Lupita vs los muertos vivientes.

Historias el macho

Pajillero
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Feb 5, 2025
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El mundo se había ido a la mierda en menos de tres semanas.
Lupita Morales, viróloga de 28 años, se había encerrado en el laboratorio subterráneo del Instituto de Investigación Biomédica de Colima desde el día que todo empezó. Era una morena de curvas peligrosas: tetas grandes y pesadas que se movían bajo la bata blanca, culo redondo y firme, labios gruesos y ojos oscuros que ahora solo reflejaban agotamiento y terror. David, su novio y compañero de investigación, había salido hace cinco días en busca de suministros y nunca regresó. Ahora solo quedaban ella, las luces fluorescentes parpadeantes y los gemidos eternos del otro lado de la puerta blindada.
Cada noche el coro de muertos vivientes se hacía más fuerte. Cientos de zombies rodeaban el edificio, golpeando, arañando, gruñendo con esa hambre insaciable. Lupita trabajaba sin dormir, inyectándose anfetaminas para mantenerse despierta, mezclando muestras de sangre infectada con cada compuesto que encontraba. “Tiene que haber una cura”, se repetía mientras sus manos temblaban sobre el microscopio.
Pero esa noche todo cambió.
Eran las 3:17 a.m. Lupita estaba inclinada sobre la mesa central, solo en tanga negra y bata abierta porque el calor del generador la estaba asfixiando. Sus pezones oscuros estaban duros por el frío del aire acondicionado. De pronto, un golpe más fuerte que los demás hizo vibrar toda la puerta metálica. Luego otro. Y otro. El sonido del metal cediendo fue como un disparo en el silencio.
La puerta se abrió de golpe con un chirrido horrible.
Entraron cinco al principio. Después diez. Después ya no pudo contarlos.
Eran hombres y mujeres convertidos en monstruos. Piel gris verdosa colgando en jirones, ojos lechosos sin alma, bocas abiertas mostrando dientes rotos y negros. Pero lo que más horrorizó a Lupita fue ver que varios de ellos tenían las vergas hinchadas, erectas, deformes. Algunas estaban cubiertas de llagas purulentas, otras supuraban un líquido espeso y amarillento, todas palpitando con una lujuria enferma que el virus parecía haber potenciado.
— No… por favor… —susurró Lupita retrocediendo hasta chocar contra la mesa de trabajo.
No sirvió de nada.
El primero, un zombie que alguna vez fue un guardia de seguridad corpulento, la agarró por el cabello y la arrojó sobre la mesa de acero inoxidable. Los instrumentos cayeron al suelo con estrépito. Lupita gritó cuando sintió las manos frías y viscosas rasgando su bata y su tanga. Quedó completamente desnuda, sus tetas aplastadas contra el metal frío, el culo expuesto.
— ¡Suéltenme, hijos de puta! —chilló, pataleando.
Una verga putrefacta y gruesa le golpeó la cara. Olía a muerte, a semen rancio, a carne descompuesta. Antes de que pudiera cerrar la boca, se la metieron hasta la garganta. Lupita se atragantó, arcadas violentas sacudiendo su cuerpo mientras el zombie le follaba la boca con embestidas brutales. Saliva y moco le corrían por la barbilla.
Al mismo tiempo, otro zombie le separó las nalgas con fuerza. Sintió la cabeza hinchada y fría presionando contra su ano. Sin lubricante, sin piedad, la penetró de un solo empujón. El dolor fue cegador. Lupita gritó alrededor de la verga que le llenaba la boca, lágrimas brotando de sus ojos. El zombie anal la embestía con furia animal, sus huevos podridos golpeando contra su coño seco.
Pronto fueron más.
Un tercero le abrió las piernas y le metió la verga en la vagina de golpe. Lupita sintió que la partían en dos. Dos vergas dentro de ella al mismo tiempo, rozándose a través de la delgada pared que separaba su ano y su coño. Otro zombie le tomó las tetas, apretándolas con fuerza mientras le chupaba los pezones con una lengua negra y babosa. Otro más le metió los dedos en la boca junto a su verga, estirándole los labios.
Gemidos guturales llenaban el laboratorio. El olor era insoportable: carne podrida, sudor rancio, semen fétido. Lupita se retorcía, trataba de escapar, pero solo conseguía que la follaran más fuerte. Su cuerpo traicionero empezó a reaccionar. El dolor se mezclaba con una sensación caliente y enfermiza de placer. Su coño comenzó a mojarse contra su voluntad, facilitando las embestidas del zombie que la estaba cogiendo por delante.
— No… ahhh… no puedo… —gemía ella entre arcadas.
Los zombies parecían alimentarse de sus gemidos. Sus movimientos se volvían más frenéticos. La turnaban como si fuera un pedazo de carne. Uno la sacaba del ano y se la metía en la boca para que probara su propio sabor mezclado con el asco. Otro le eyaculaba en las tetas un semen espeso, grisáceo y maloliente que le quemaba la piel. La ponían en cuatro, de lado, de espaldas, siempre con al menos tres vergas dentro de su cuerpo.
Lupita perdió la cuenta del tiempo. Horas, minutos, eternidad. Su mente se quebraba. El terror puro se convertía en una lujuria demencial. Cuando el orgasmo la golpeó fue como una explosión. Su cuerpo se convulsionó violentamente, el coño apretando la verga que la follaba, el ano contrayéndose alrededor de otra. Gritó con todas sus fuerzas, un grito que era mitad placer, mitad horror absoluto.
Los zombies rugieron al unísono. Uno tras otro empezaron a correrse dentro de ella. Chorros calientes y fétidos inundaron su vagina, su ano, su garganta. Lupita tragó semen podrido sin poder evitarlo, sintió cómo le llenaban el útero y los intestinos hasta que le dolía el vientre. Semen gris y espeso le escurría por los muslos, por las tetas, por la cara. Estaba completamente cubierta, brillando bajo las luces del laboratorio.
Finalmente, uno a uno, los zombies perdieron interés. Sus vergas se ablandaron y se retiraron con sonidos húmedos y asquerosos. Se alejaron tambaleándose, algunos todavía goteando semen, y volvieron a salir por la puerta rota, buscando nueva carne fresca.
Lupita quedó tirada en el suelo, temblando, hecha un desastre.
Su cuerpo estaba lleno de moretones, mordidas superficiales que milagrosamente no la infectaron, y fluidos repugnantes. El semen fétido le salía del coño y del ano en gruesos hilos. Tenía el cabello pegado a la cara, los labios hinchados, los ojos rojos de tanto llorar y correrse.
Se arrastró hasta la pared y se abrazó las rodillas. El laboratorio olía a sexo y muerte. Afuera seguían los gemidos interminables.
Sabía que David nunca debía enterarse. Nadie debía saber nunca lo que acababa de pasar. Esa noche quedaría grabada en su alma como la peor y la más oscura de su vida.
Pero también sabía algo más terrible: en el fondo, una parte de ella ya esperaba la próxima noche con una mezcla enfermiza de terror y anticipación.
Porque los zombies siempre regresaban.
Y Lupita ya no estaba segura de querer que la puerta volviera a cerrarse.
 
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