Lupita, de camino a casa.

Historias el macho

Pajillero
Registrado
Feb 5, 2025
Mensajes
152
Likes Recibidos
231
Puntos
43
db8xyeat_o.jpg


Era el cumpleaños número 33 de Lupita y su novio David había decidido celebrarlo a lo grande en la casa familiar. La fiesta estaba en su punto máximo: la música retumbaba en los altavoces, las luces de colores bailaban sobre las paredes, y el alcohol corría como agua. Botellas de tequila, whisky y cerveza se vaciaban una tras otra entre risas, bailes y conversaciones subidas de tono. Lupita lucía espectacular con una falda negra corta que apenas cubría la mitad de sus muslos firmes y redondeados, una blusa escotada que dejaba ver el borde de su sujetador de encaje y un maquillaje que resaltaba sus labios carnosos y sus ojos oscuros llenos de picardía.
David, orgulloso de su novia, no paraba de presumirla, pero después de varias rondas de shots y mezclas fuertes, el pobre terminó derrumbado en el sofá de la sala. Roncaba profundamente, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, completamente fuera de combate. La fiesta comenzó a decaer poco a poco. Los amigos se despedían entre abrazos y bromas, y el ambiente se fue quedando en silencio.
Lupita, todavía con el cuerpo caliente por el alcohol y la adrenalina de la noche, ayudaba a recoger algunos vasos cuando el padre de David se acercó a ella con paso seguro. Don papá de David era un hombre de 58 años que imponía presencia: alto, de complexión fuerte y hombros anchos gracias a años de trabajo duro y gimnasio ocasional. Su cabello entrecano le daba un aire distinguido, su mandíbula cuadrada y sus ojos oscuros transmitían una masculinidad madura y peligrosa. Muchas veces Lupita había notado cómo la miraba cuando iba de visita, pero siempre lo había atribuido a simple curiosidad paternal. Esa noche, sin embargo, algo era diferente.
—Deja eso, mija. Ya es muy tarde. Yo te llevo a tu casa —dijo don papá de David con esa voz grave y ronca que parecía salir del fondo del pecho.
Lupita dudó un segundo, pero el cansancio y el efecto del alcohol la hicieron aceptar. —Gracias, don papá de David. La verdad es que no quiero pedir un taxi a estas horas.
Subieron al sedán negro de don papá de David, un coche amplio y cómodo con asientos de piel. El motor ronroneó suavemente y pronto se encontraron recorriendo las calles oscuras y casi vacías de la ciudad. Dentro del auto reinaba un silencio cargado, solo interrumpido por el sonido ocasional de algún semáforo o el roce de la ropa. Lupita cruzó las piernas, pero sentía la mirada intensa de don papá de David recorriéndola: desde sus tacones, subiendo por sus muslos suaves, deteniéndose en el escote donde se marcaban sus pechos firmes, y terminando en sus labios entreabiertos.
La tensión sexual era palpable. Lupita notaba cómo su corazón latía más rápido y cómo un calor traicionero empezaba a acumularse entre sus piernas. Don papá de David no disimulaba. Sus manos fuertes apretaban el volante, pero sus ojos la devoraban sin piedad.
En un semáforo en rojo, en una avenida solitaria, don papá de David apagó el motor de golpe. Sin decir una palabra, se inclinó hacia ella con decisión animal y la besó. Fue un beso hambriento, dominante. Sus labios firmes presionaron los de Lupita mientras su lengua invadía su boca con urgencia. Lupita soltó un gemido ahogado de sorpresa, pero el deseo que llevaba acumulando toda la noche la traicionó. En lugar de apartarse, respondió al beso con la misma lujuria, enredando su lengua con la de él.
La mano grande y áspera de don papá de David subió por su muslo, apartó sin delicadeza el borde de la falda y metió los dedos directamente bajo el tanga negro. Tocó su coño ya mojado y gruñó contra su boca:
—Estás empapada, cabrona… ¿Tanto te calienta el suegro?
Lupita jadeó y abrió instintivamente las piernas. Dos dedos gruesos del hombre se hundieron en su interior de un solo empujón, follándola con ellos mientras el pulgar frotaba su clítoris hinchado con movimientos circulares expertos. Lupita se retorció en el asiento, gimiendo contra la boca del viejo, sintiendo cómo su coño chorreaba alrededor de aquellos dedos callosos.
—Don papá de David… esto está mal… —susurró ella, pero su cuerpo decía todo lo contrario.
—Cállate y abre más las piernas —ordenó él con voz ronca.
Sin esperar respuesta, don papá de David se bajó la cremallera del pantalón y liberó su verga. Lupita abrió los ojos como platos al verla. Era enorme: gruesa como su muñeca, venosa, con una cabeza grande y morada que brillaba con precum. Mucho más larga y pesada que la polla de David. Una verga madura, poderosa, que parecía desafiar la edad.
—Chúpamela —gruñó, agarrándola del cabello y guiando su cabeza hacia abajo.
Lupita no se resistió. Se inclinó sobre el regazo del hombre y abrió la boca, metiéndose aquella polla gruesa entre los labios. Empezó a chupar con ganas, lamiendo la cabeza, bajando por el tronco venoso mientras su mano apenas lograba rodearla. Don papá de David gemía de placer, empujando su cabeza hacia abajo para que la tomara más profundo, hasta que Lupita sintió la verga golpear el fondo de su garganta.
—Así, puta… chúpala bien. Qué boca tan caliente tienes.
Después de varios minutos de mamada húmeda y ruidosa, don papá de David no aguantó más. La jaló hacia arriba, la sentó a horcajadas sobre sus piernas en el asiento del conductor y, apartando el tanga a un lado, alineó la cabeza de su verga con el coño empapado de Lupita. Con un fuerte empujón de caderas, la bajó de golpe, clavándole toda la polla hasta el fondo.
—¡Ahhh, mierda! ¡Qué grande es! —gritó Lupita, sintiendo cómo su coño se abría al máximo, estirándose dolorosamente delicioso alrededor de aquella verga monstruosa.
El coche empezó a balancearse con fuerza mientras don papá de David la follaba con embestidas profundas y brutales. Sus manos grandes apretaban las nalgas de Lupita, separándolas para entrar más adentro. Cada empujón hacía que su polla golpeara el fondo de su coño, tocando lugares que David jamás había alcanzado. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el interior del auto, mezclado con los gemidos desesperados de Lupita y los gruñidos animales del viejo.
—Qué rico coño apretado tienes, hija de puta… Más apretado que el de cualquier puta joven —gruñía don papá de David mientras la taladraba sin piedad, mordiéndole el cuello y chupándole las tetas que había sacado de la blusa.
Lupita se corrió por primera vez con un orgasmo devastador. Su cuerpo se convulsionó violentamente, su coño apretó la verga del suegro como un puño mientras chorros de sus jugos le empapaban los huevos. Gritó sin control, arañando los hombros del hombre.
Pero don papá de David no paró. Siguió follándola más fuerte, más rápido, cambiando el ángulo para golpear su punto G una y otra vez. Lupita llegó a un segundo orgasmo casi sin recuperarse del primero, lloriqueando de placer. Finalmente, el viejo rugió como una bestia y eyaculó dentro de ella. Chorros calientes, espesos y abundantes de semen llenaron su coño hasta rebosar, saliendo a borbotones alrededor de la verga aún enterrada y escurriéndose por sus muslos y por el asiento.
Lupita se derrumbó sobre el pecho ancho de don papá de David, temblando, con la verga todavía palpitando dentro de su coño lleno de semen. El olor a sexo era intenso dentro del coche.
Desde esa noche, Lupita quedó obsesionada. Cada vez que David la besaba o intentaba hacerle el amor, ella solo podía pensar en la verga enorme y poderosa de don papá de David, en cómo la había abierto, en cómo la había hecho correrse como una puta barata. El semen de don papá de David había quedado marcado en su memoria… y en su cuerpo.
Empezó a buscar cualquier excusa para ir a la casa de David cuando sabía que él no estaba. “Olvidé mi cargador”, “Vine a dejar unas cosas que David me pidió”, “Don papá de David me dijo que necesitaba ayuda con no sé qué”. Don papá de David siempre la recibía con esa sonrisa peligrosa.
La primera vez después de aquella noche fue en la sala. David había salido a trabajar y don papá de David estaba solo viendo televisión. Lupita apenas entró cuando el viejo la empujó contra la pared, le subió la falda y la folló de pie, metiéndole la verga con fuerza mientras le tapaba la boca para que no gritara demasiado. Se corrió dentro de ella otra vez, llenándola hasta que el semen le chorreó por las piernas.
Luego vinieron encuentros más arriesgados. Una tarde en el cuarto de servicio, mientras David dormía la siesta en su habitación después de comer. Don papá de David la puso de cuatro sobre unas cajas, le bajó los jeans y la folló como un animal, dándole nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas mientras le susurraba al oído lo puta que era por dejarse follar por el padre de su novio.
Otra vez fue en la cocina. David jugaba videojuegos en la sala de al lado con los audífonos puestos. Lupita entró a “buscar agua” y terminó sentada en la encimera con las piernas abiertas, recibiendo embestidas profundas mientras don papá de David le apretaba las tetas y le mordía los pezones. Tuvo que morderse el labio hasta sangrar para no gemir demasiado fuerte cuando se corrió.
Cada polvo era mejor que el anterior. Don papá de David la follaba sin piedad, con experiencia y fuerza bruta. Le gustaba hablarle sucio: llamarla “mi puta secreta”, “la novia caliente de mi hijo”, “la perra que prefiere la verga del viejo”. A Lupita le encantaba. Se sentía viva, deseada de una forma salvaje que David nunca le había dado.
Lupita vivía una doble vida perfecta por fuera: la novia cariñosa, sonriente y atenta con David. Le cocinaba, salían al cine, se besaban tiernamente. Pero por dentro era la puta insaciable de don papá de David. Cada vez que podía, le mandaba mensajes provocativos o le enviaba fotos de su coño mojado con el mensaje “te necesito dentro”.
La relación prohibida se volvió adictiva. Se veían casi a diario, robando minutos y horas para follar en el coche, en moteles baratos de las afueras, incluso una vez en el baño de un restaurante mientras David esperaba en la mesa. Don papá de David la llenaba de semen cada vez, marcándola por dentro, y Lupita salía de cada encuentro con las piernas temblorosas y el coño palpitante, sabiendo que tarde o temprano volvería a buscar más.
Ninguno de los dos quería que terminara. Era un secreto ardiente, sucio, prohibido y deliciosamente peligroso que los unía más allá de cualquier convención social o moral. Lupita había descubierto un placer oscuro y adictivo en los brazos (y en la verga) de don papá de David, y no pensaba renunciar a él.
 
Arriba Pie