El sargento Nicolas Matute, que pasaba la mayor parte de su tiempo pensando en lo cercana que estaba la edad para pasar a la reserva del ejército, aquella mañana se había encontrado algo indispuesto. Por eso abandonó el cuartel bastante antes del final de su jornada y por eso tuvo la mala suerte de encontrarse con aquel espectáculo en casa.
No es que se estuviera para el arrastre, pero, a su edad, frisaba ya los sesenta, se sentía legitimado para escaquearse de vez en cuando. A fin de cuentas, consideraba que ya había cumplido con su patria de sobras. Había una opción de continuar en el servicio activo, pero el buen hombre había tenido bastante, demasiados años, demasiadas misiones en el exterior. Y ahora, estos últimos años en su ciudad cuando al fin podía hacer algo de vida hogareña, estaba feliz como nunca antes. Sí, para Matute había llegado el momento de cambiar de vida, dejar el Ejército y empezar una vida hogareña con su esposa a la que, por culpa del servicio, nunca había podido prestar demasiada atención.
Por un momento pensó en llamar a Pepi, para avisarla, pero lo descartó y decidió que sería más divertido sorprenderla. Y para reforzar la sorpresa y dar una alegría a su esposa y se paró a comprar un pequeño ramo de flores, como cuando eran novios. Era uno de esos detalles románticos que sabía que a ella le encantaban. A estas alturas, estos pequeños detalles románticos eran lo poco que mantenía viva la llama del matrimonio dada la inexistente vida sexual de la pareja. Claro que el sargento Matute no tenía el más mínimo remordimiento en ese sentido. Nunca había sido muy fogoso y, Pepi, su mujer, nunca le había reclamado nada. De hecho, parecía que estaba más que satisfecha con el frugal polvo mensual que todavía le echaba el bueno de Nicolás con bastante más esfuerzo que pericia.
Tras abrir sigilosamente la puerta, el sargento se adentró en el pequeño piso del matrimonio con el ramo de flores en la mano. Le sorprendió no ver a su esposa en el salón ni en la cocina, de modo que prosiguió por el pasillo. Fue entonces cuando empezó a escuchar unos ruidos algo extraños que llamaron su atención. La primera puerta, la antigua habitación de su hijo, también militar, estaba abierta.
Allí, desordenada sobre la cama, estaba la ropa del chico que, aunque ya no vivía con ellos, solía venir cuando estaba de permiso. Un uniforme nuevo con las tres estrellas en la bocamanga. Era oficial y a sus veintinueve años había sido recientemente ascendido a capitán. Era la primera vez que Nicolás veía el uniforme de capitán de su hijo.
El matrimonio llevaba semanas esperándolo para dar una fiesta en su honor contando con amigos y familiares, pero, por x o por b no acaban de cuadrar los turnos de padre e hijo. Nunca sabían cuando iba a aparecer por casa. Estaba destinado en una ciudad cercana y sus permisos dependían siempre de las necesidades del servicio. Por mala suerte, hacía meses que Nicolás no coincidía con él. Quizá por eso se alegró tanto al ver la ropa del chico en su habitación. Por una de esas casualidades iba a poder saludarlo y cuadrarse en su presencia para felicitarlo por el ascenso.
Mirando aquel uniforme fue cuando escuchó con mayor claridad los sonidos fogosos que venían de la habitación de al lado, la suya, la de matrimonio. Lo primero que pensó el sargento Matute fue que su hijo había obtenido un permiso y había venido a casa con alguna novia y aprovechaba para divertirse con ella mientras su mujer había salido a comprar material para agasajar al flamante capitán. No era la primera vez que su hijo traía chicas a casa. Lo extraño fue que no estuviera en su habitación con ella, pero, bueno, los jóvenes son así, impetuosos y, además, la cama de matrimonio era bastante más grande que la pequeña individual del muchacho.
Bueno, llamar muchacho al capitán Marcial Matute quizá era algo cariñoso, pero estaba lejos del aspecto del hombre en el que se había convertido Marcial. Un metro noventa de altura, un centenar de kilos, musculoso, con la cabeza rapada y una barba de varios días bien recortada, tenía un aspecto realmente imponente. Sobre todo cuando estaba de uniforme y tanto Nicolás como Pepi, su esposa, estaban tan orgullosos de su aspecto como de su carrera.
Por un momento antes de acabar de recorrer el pasillo, el sargento Matute, pensó en retirarse y volver más tarde. Seguro que Pepi debía haber hecho lo mismo para dejar vía libre al chico. Pero la curiosidad pudo más y al ver que la puerta de la habitación de matrimonio estaba entreabierta, no pudo resistir la tentación de echar un vistazo.
Despacio, sin hacer ruido y todavía con el ramo en la mano se asomó cautelosamente por el hueco de la puerta. Un espacio lo suficientemente amplio y encarado al espejo del armario que daba a la cama matrimonio, como para echar un vistazo sin llamar la atención.
Lo primero que le sorprendió fue ver una mujer a cuatro patas, con la cabeza agachada y dando sus cuartos traseros al macho que se la estaba follando violentamente mientras la sujetaba por las caderas y, de vez en cuando, le daba sonoras palmadas en las nalgas. El tipo, el capitán Matute, se follaba a aquella hembra como hemos dicho, con una agresividad inusitada, sus emboladas estaban salpicadas de insultos y su padre, que contemplaba la escena boquiabierto desde la puerta no podía creer que aquel tipo alto y corpulento que sometía a aquella hembra a aquel tratamiento tan duro era su recto y comedido hijo, siempre tan educado y formal.
Las palmadas en el enrojecido culo de la puerca, bastante más pequeña que el joven, sonaban como estallidos: ¡plas, plas, plas! Rítmicamente, acompasaban el chapoteo de la polla del joven que la penetraba, usando el cuerpo de la putilla como una muñeca de trapo. El vocabulario de Marcial estaba en consonancia con su comportamiento:
—¡Toma, puerca, toma! ¡Jódete, cerda! ¿Qué…? ¿Te gusta cómo te reviento el culo, puta asquerosa?
El sargento Matute escuchaba asombrado aquellas frases, preguntándose que tipo de chica había encontrado su hijo que soportaba con aquella sumisión ese tipo de tratamiento. La puerca, como la llamaba repetidamente el capitán, respondía con jadeos y gimoteando. Parecía incapaz de articular una palabra coherente.
Tras dos minutos de intenso mete saca que el sargento Matute contempló hipnotizado, el macho dominante pareció dispuesto a subir la apuesta y agarró del pelo a su puta alzándole la cabeza:
—¡Levanta la cabeza y mírate en el espejo, puta! ¡Mira en lo que te has convertido!
En ese instante la mujer irguió su torso, mostrando unas tetas enormes que se movían como flanes y una cara congestionada y sudorosa con el flequillo pegado a la frente. La mujer se miró en el espejo y fue en ese momento cuando la mirada de la mujer se cruzó con la del sargento Matute. El capitán, más atento a reventar el ojete de la jamona, no pareció darse cuenta y siguió gritando:
—¡Eres una puta! ¡Eres la puta de tu hijo, cerda! ¡Y lo disfrutas, guarra! ¡Y no te da vergüenza!
Mientras hablaba, el joven la cogió del cuello apretándolo y se la acercó para hacerle un chupetón que la marcase.
El sargento Matute, con la mano crispada sujetando el ridículo ramo de flores, tras cruzar aquella extraña mirada con su mujer, se dio cuenta de que ella, avergonzada, había desviado la vista y, pese a esa vergüenza y humillación, no decidió acabar con la incestuosa sesión, sino que entre jadeos se limitó a decir:
—¡Sigue, cabrón, sigue, córrete ya, por Dios! ¡Llena el culo de tu puta madre, por favor! ¡Necesito tu leche!
—¡Y la vas a tener, puta, la vas a tener!
La mujer, por un momento, entre gemidos, con los ojos en blanco y los dientes apretados soportó los últimos embates de la polla de su hijo y los borbotones de leche que fueron inundando poco a poco su dilatado culo. Todavía con el rabo de su hijo aún duro encajado en su puerta trasera después de correrse, Pepi, levemente recuperada, volvió a mirar al espejo y pudo ver, con algo de alivio, que el pobre cornudo no estaba en el umbral. «Mejor», pensó, «menudo trago, pobrecito».
La jamona intentó entonces separarse del macho que seguía sobre ella, medio adormilado, descansado después del violento acoplamiento. Su enorme mole de uno noventa y un centenar de kilos reposaba sobre el menudo cuerpo de metro cincuenta de su madre.
—¡Qué coño haces, puerca! —dijo con malos modales su hijo al notar el movimiento de la cerda para desacoplarse.
—Pe… perdona… —respondió la acogotada mujer, que seguía a cuatro patas con el peso del cuerpo de su hijo sobre ella y la polla, todavía rígida en su interior, a pesar de que acababa de correrse. «¡Cómo aguanta el muy cabrón», pensó Pepi— Creía que habías terminado…
—¡Terminaré cuando termine, joder! A ver si vas aprendiendo a ser una putita obediente y te enteras de quién marca los ritmos…
—Sí, sí, hijo, perdona…
Marcial, moviendo a su madre como un pelele, la giró hasta colocarla de lado, en cucharita, sin sacar la polla de su culo. Una postura algo más cómoda para ambos y que permitió a la madura guarra pajearse más fácilmente mientras notaba que su hijo, con más suavidad, más tranquilo, empezaba a moverse follándola de nuevo. «¡Cómo le gusta clavármela en el culo al muy hijo de puta!» pensó Pepi sin poder evitar una pizca de orgullo por haber dado a luz a un macho que podía llegar a satisfacerla de aquel modo.
El polvo que no era el primero, se prolongó bastante más tiempo y, aunque Marcial mantuvo su actitud chulesca y prepotente y no cesó de insultar a su madre durante toda la cópula, esta vez todo pareció hasta cariñoso. Seguramente se debía a la tranquilidad que le daba el haber soltado ya su primera densa y espesa carga de lefa en las entrañas maternas.
Pepi siguió masturbándose acompañando con el masajeo de su clítoris el placer que sentía por aquella gruesa tranca apretando su culo. Se corrió dos veces y, agotada, volvió a gimotear:
—¡Córrete de una puta vez Marcial, por favor, córrete ya! ¡No puedo más…!
—Claro, guarra, pero esta vez quiero que saborees tu culo. Me apetece correrme en esa carita de puta tan bonita que tienes. Dejarte la jeta como la radio de un pintor. ¿No te hace ilusión, mamá?
Pepi se echó hacia adelante para facilitar la extracción. Un sonoro «chof» indicó que la tranca empapada de flujos acababa de salir de su pandero. Notó el culo abierto y como algún resto de la corrida anterior se escurría por su ojete. Después, con una agilidad impropia de sus cincuenta y cinco años, la jamona se colocó a cuatro patas con su cara sobre la polla y, conociendo los gustos de su macho, primero la olfateo a fondo y pasó el pringoso y tieso tronco del chico por su cara antes de comérsela cómo si no hubiera un mañana.
La polla, dura como una piedra, era venosa, de un tamaño respetable y muy gruesa. Le costaba abarcarla con la boca. Aunque, después de tanto tiempo debería haber acostumbrado su mandíbula a ese grosor todavía en ocasiones le parecía que era la primera vez que tenía algo tan gordo dentro de la boca y su garganta tenía que controlar las arcadas. Gruesos chorros de baba escapaban de su boca mientras mamaba a buen ritmo el pollón de su macho. La saliva resbalaba entre las piernas de Marcial. La puerca, con sus manitas que parecían de niña ante aquellas dos bolas, le masajeaba los cojones.
Cuando Pepi empezó a notar como se tensaba la polla y los cojones estaban a punto de enviar su nueva dosis de esperma a la pole position, notó un violento tirón de pelo y como el cabrón de su hijo le levantaba la cabeza.
Un denso chorro de saliva quedó uniendo sus labios con la polla. En su cara, una mirada vidriosa y extraviada, la boca abierta, los labios hinchados y un gesto estúpido y desconcertado, provocaron un gesto de abierta burla combinado con una risa sardónica por parte de su hijo.
—¡Tranquila, putilla, no seas ansiosa que no te vas a quedar sin tu ración de leche!
Y así, sujetando la cabeza de su madre de los pelos empezó a pajearse con la otra mano frente a su cara, a apenas quince centímetros, hasta que densos disparos de leche fueron cubriendo todo el rostro materno que apenas si pudo guiñar los ojos para evitar los impactos.
El aspecto de la mujer era tan patético que su hijo, entre risas, cogió su móvil de la mesita y le hizo unas cuantas fotos y un par de vídeos cortos, mientras la mujer lloriqueaba por la leche que le había entrado en los ojos y densos goterones de esperma le resbalaban por la punta de la nariz y la barbilla.
Cuando la mujer se disponía a limpiarse, el capitán le dijo, autoritario:
—¡Qué coño haces! ¡Suelta el kleenex! No te limpies, joder, lo harás cuando yo te diga, guarra. Me gusta verte así, con la cara pringosa rebosando leche, como una buena puta. Porque eres una buena puta, ¿no?
Marcial le levantó la barbilla y le hizo mirarle a la cara directamente. La pobre Pepi, medio llorosa, le miró con los ojos semicerrados por el esperma que mojaba sus pestañas, esbozó una sonrisa falsa y ridícula y respondió un:
—Ssí… sí, cla… claro, hijo…
—Bien, así me gusta. Anda, ve a por un par de cervezas para reponer fuerzas y después rematamos la jugada. Todavía no me has comido el culo hoy y vengo con ganas… ¡Venga, espabila, joder!
Esta vez, Pepi, agotada y casi sin ver por la leche irritándole los ojos, se levantó con algo más de esfuerzo. Se dirigió bamboleando su pandero a la cocina, no sin antes recibir dos fuertes palmadas en el culo que resonaron por toda la habitación.
La pobre mujer, aprovechó en el pasillo para quitarse la leche de las pestañas y mitigar el escozor. No se limpió más porque sabía que su hijo se cabrearía si volvía con la cara lavada. De modo que así fue como entró en la cocina y encontró allí sentado al pobre Nicolás, todavía en shock por las imágenes que había presenciado un rato antes. Aún llevaba el ramo de flores en la mano crispada.
La jamona que casi había olvidado aquella impactante imagen del cornudo reflejado en el espejo, se detuvo sorprendida. Pepi sintió algo de lástima por la llorosa imagen del tipo y susurrando le dijo:
—Siento que hayas tenido que ver esto.
El pobre hombre levantó la vista. Aquel cuerpo menudo de la jamona, macizo y bien proporcionado estaba desnudo frente a él. Por primera vez podía verlo desnudo después de muchos, muchos años y le costó reconocerlo. Al contrario que su propio aspecto, con una barriga fláccida, una picha encogida y un aspecto decadente, su mujer era otra historia. Sus domingas enormes y caídas pero todavía apetecibles, lucían dos piercing en los pezones de los que desconocía su existencia, su coño perfectamente depilado con un tatuaje con un as de picas en el pubis y aquella cara llena de lefa goteante, con esa sonrisa estúpida de hembra bien follada que Pepi no podía borrar de su cara; todo era la viva imagen de la lujuria. Aunque el aturdido Nicolás no podía creer que eso fuera real, que estuviera pasando de verdad y que aquella hembra fuera su recatada y mojigata esposa.
Al pasar junto a él, Pepi le acarició la cabeza y pareció que se apiadaba de su desgracia, de su enorme cornamenta, pero un gritó desde la habitación le hizo acelerar los pasos.
—¿Qué coño haces, guarra? ¿Estás destilando la cerveza o qué?
Pepi aceleró y se acercó a la nevera. Se agachó para coger un pack de seis latas y plantó su culo, con el ojete todavía abierto y goteante ante la cara de su pobre marido. Este no pudo evitar ver aquel anhelante y satisfecho agujero, ni sentir su intenso olor que le provocó una extraña sensación de realidad. Esta vez sí que se dio cuenta de que no era un sueño, de que lo que estaba viviendo era real. Aquel olor le hizo salir de golpe de su ensoñación.
Su mujer se giró con las latas de cerveza y pudo ver dos gruesos lagrimones corriendo por las mejillas del cornudo. Debería haber sentido algo de lástima y compasión, pero lo único que sentía era rabia porque el pardillo hubiera aparecido de aquella manera tan intempestiva, sin avisar, para contemplar (y estropearle a ella) un espectáculo que, aunque él no lo sabía, hacía mucho que se venía repitiendo.
—¿Desde cuándo? —preguntó el pobre Nicolás con un susurro.
La zorra de su esposa lo miró y con algo de lástima estuvo a punto de darle algún tipo de explicación, pero enseguida se dio cuenta de que era imposible. De nuevo su hijo volvió a llamarla.
—¡Ya… ya! ¡Ya voy, hijo! —gritó Pepi. Después, se acercó algo a su esposo y en voz más baja le dijo— Es mejor que te vayas y vuelvas más tarde. Un par de horas y Marcial ya no estará. Será mejor eso que quedarte aquí. Al menos no te ha visto.
El cornudo se levantó.
—Espera —dijo Pepi—. Sal de casa cuando entre en la habitación y cierre la puerta. No hagas ruido. ¡Y llévate las flores!
El pobre sargento Matute salió cariacontecido del piso y, con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta. Antes de hacerlo todavía oyó algún desagradable sonido más de la refriega entre su esposa y su hijo. Esta vez eran los gritos de Marcial que, sujetaba la cabeza de su madre entre sus piernas para que le comiese el culo. Por suerte, el sargento Matute, se perdió aquella triste imagen.
El ramo de flores acabó en la papelera más próxima al portal de la casa.
Dos horas más tarde el sargento Matute volvía a entrar en casa. Esta vez triste y con una mirada ausente, pensando que su mujer ya estaría sola y podrían aclarar las cosas, aunque no había demasiado que aclarar, la verdad. Era todo cristalino.
Así y todo, se sorprendió al ver, nada más traspasar el recibidor, que su hijo todavía estaba allí. Al parecer la fiesta había sido bastante intensa. Algo que ni su mujer ni su hijo le iban a contar, claro, pero que podía atestiguar la revuelta habitación de matrimonio que la jamona todavía no había podido arreglar y el intenso olor a sexo que se respiraba al entrar en el piso.
El capitán, su hijo, que evidentemente desconocía la visita anterior de su padre, estaba sonriente y feliz, con los cojones vacíos, secos como pasas, y luciendo su flamante uniforme nuevo. Su madre, que tenía el pelo mojado, debía haberse duchado hacía unos minutos y llevaba una bata sobre la ropa interior. Todavía notaba un escozor en el ojete y el coño de los que iba a tardar unos días en recuperarse. Bueno, si acaso ya iría a por alguna pomada a la farmacia. El próximo día que su marido iba a tener guardia era el sábado y el capitán ya lo había bloqueado en su agenda para hacer la visita de rigor a su madre. «Ya se sabe», como solía decirle con malicia Marcial a su madre, que «si no se riega la cornamenta con asiduidad no acaba de crecer».
Ahora el pobre viejo podía entender porque nunca coincidían sus guardias y sus días libres con los de su hijo. Su esposa le había pasado su calendario para que su hijo cuadrase sus días libres con los que tenía ocupado el cornudo.
La cuestión es que, padre e hijo tenían una broma recurrente desde que el hijo salió de la academia de oficiales y, a partir de aquel momento, tenía un rango superior al de su padre. El viejo se tenía que cuadrar en su presencia y saludarle con honores. Era algo que al cornudo siempre le había parecido una broma inocente y divertida, claro que ahora lo veía de otro modo.
—¡Hombre, sargento, bienvenido a su hogar! —la jovialidad de su hijo le sentó como tres patadas a Nicolás, pero no podía más que fingir y disimular. De modo que respondió rápido y al grano, para abreviar el suplicio:
—¡A sus órdenes mi capitán! Se presenta el sargento Matute, sin novedad —lo dijo con falsa alegría esperando que le bastase a su hijo y poder terminar la conversación cuanto antes.
—Descanse, sargento. Puede usted tomar posesión del puesto y de las tropas de la guarnición —al tiempo que decía esto cogió a su madre por la cintura y le dio un baboso beso en la mejilla. Un gesto que el sargento había visto mil veces, pero que ahora cobraba una dimensión especial.
Era todo de lo más triste y morboso, sobre todo si se fijaba, como hizo el sargento, en los chupetones que marcaban el cuello de la guarra de su mujer. Esas marcas que ella siempre le había dicho que eran ronchas por la alergia y que ahora el sargento sabía perfectamente a qué eran debidas.
Después, hijo y madre se dirigieron a la salida, ante la impávida mirada del sargento que permaneció en posición de firmes en el salón. Todo muy patético, todo muy ridículo. El pobre Nicolás pudo oír las risitas de la pareja antes de salir y ver, de refilón, el intenso morreo entre madre e hijo antes de que éste abandonase el hogar familiar.
Para el obediente y fiel sargento Matute había llegado el momento de replantearse si de verdad le interesaba adelantar su pase a la reserva del Ejército o permanecer en las fuerzas armadas el máximo tiempo posible.
No es que se estuviera para el arrastre, pero, a su edad, frisaba ya los sesenta, se sentía legitimado para escaquearse de vez en cuando. A fin de cuentas, consideraba que ya había cumplido con su patria de sobras. Había una opción de continuar en el servicio activo, pero el buen hombre había tenido bastante, demasiados años, demasiadas misiones en el exterior. Y ahora, estos últimos años en su ciudad cuando al fin podía hacer algo de vida hogareña, estaba feliz como nunca antes. Sí, para Matute había llegado el momento de cambiar de vida, dejar el Ejército y empezar una vida hogareña con su esposa a la que, por culpa del servicio, nunca había podido prestar demasiada atención.
Por un momento pensó en llamar a Pepi, para avisarla, pero lo descartó y decidió que sería más divertido sorprenderla. Y para reforzar la sorpresa y dar una alegría a su esposa y se paró a comprar un pequeño ramo de flores, como cuando eran novios. Era uno de esos detalles románticos que sabía que a ella le encantaban. A estas alturas, estos pequeños detalles románticos eran lo poco que mantenía viva la llama del matrimonio dada la inexistente vida sexual de la pareja. Claro que el sargento Matute no tenía el más mínimo remordimiento en ese sentido. Nunca había sido muy fogoso y, Pepi, su mujer, nunca le había reclamado nada. De hecho, parecía que estaba más que satisfecha con el frugal polvo mensual que todavía le echaba el bueno de Nicolás con bastante más esfuerzo que pericia.
Tras abrir sigilosamente la puerta, el sargento se adentró en el pequeño piso del matrimonio con el ramo de flores en la mano. Le sorprendió no ver a su esposa en el salón ni en la cocina, de modo que prosiguió por el pasillo. Fue entonces cuando empezó a escuchar unos ruidos algo extraños que llamaron su atención. La primera puerta, la antigua habitación de su hijo, también militar, estaba abierta.
Allí, desordenada sobre la cama, estaba la ropa del chico que, aunque ya no vivía con ellos, solía venir cuando estaba de permiso. Un uniforme nuevo con las tres estrellas en la bocamanga. Era oficial y a sus veintinueve años había sido recientemente ascendido a capitán. Era la primera vez que Nicolás veía el uniforme de capitán de su hijo.
El matrimonio llevaba semanas esperándolo para dar una fiesta en su honor contando con amigos y familiares, pero, por x o por b no acaban de cuadrar los turnos de padre e hijo. Nunca sabían cuando iba a aparecer por casa. Estaba destinado en una ciudad cercana y sus permisos dependían siempre de las necesidades del servicio. Por mala suerte, hacía meses que Nicolás no coincidía con él. Quizá por eso se alegró tanto al ver la ropa del chico en su habitación. Por una de esas casualidades iba a poder saludarlo y cuadrarse en su presencia para felicitarlo por el ascenso.
Mirando aquel uniforme fue cuando escuchó con mayor claridad los sonidos fogosos que venían de la habitación de al lado, la suya, la de matrimonio. Lo primero que pensó el sargento Matute fue que su hijo había obtenido un permiso y había venido a casa con alguna novia y aprovechaba para divertirse con ella mientras su mujer había salido a comprar material para agasajar al flamante capitán. No era la primera vez que su hijo traía chicas a casa. Lo extraño fue que no estuviera en su habitación con ella, pero, bueno, los jóvenes son así, impetuosos y, además, la cama de matrimonio era bastante más grande que la pequeña individual del muchacho.
Bueno, llamar muchacho al capitán Marcial Matute quizá era algo cariñoso, pero estaba lejos del aspecto del hombre en el que se había convertido Marcial. Un metro noventa de altura, un centenar de kilos, musculoso, con la cabeza rapada y una barba de varios días bien recortada, tenía un aspecto realmente imponente. Sobre todo cuando estaba de uniforme y tanto Nicolás como Pepi, su esposa, estaban tan orgullosos de su aspecto como de su carrera.
Por un momento antes de acabar de recorrer el pasillo, el sargento Matute, pensó en retirarse y volver más tarde. Seguro que Pepi debía haber hecho lo mismo para dejar vía libre al chico. Pero la curiosidad pudo más y al ver que la puerta de la habitación de matrimonio estaba entreabierta, no pudo resistir la tentación de echar un vistazo.
Despacio, sin hacer ruido y todavía con el ramo en la mano se asomó cautelosamente por el hueco de la puerta. Un espacio lo suficientemente amplio y encarado al espejo del armario que daba a la cama matrimonio, como para echar un vistazo sin llamar la atención.
Lo primero que le sorprendió fue ver una mujer a cuatro patas, con la cabeza agachada y dando sus cuartos traseros al macho que se la estaba follando violentamente mientras la sujetaba por las caderas y, de vez en cuando, le daba sonoras palmadas en las nalgas. El tipo, el capitán Matute, se follaba a aquella hembra como hemos dicho, con una agresividad inusitada, sus emboladas estaban salpicadas de insultos y su padre, que contemplaba la escena boquiabierto desde la puerta no podía creer que aquel tipo alto y corpulento que sometía a aquella hembra a aquel tratamiento tan duro era su recto y comedido hijo, siempre tan educado y formal.
Las palmadas en el enrojecido culo de la puerca, bastante más pequeña que el joven, sonaban como estallidos: ¡plas, plas, plas! Rítmicamente, acompasaban el chapoteo de la polla del joven que la penetraba, usando el cuerpo de la putilla como una muñeca de trapo. El vocabulario de Marcial estaba en consonancia con su comportamiento:
—¡Toma, puerca, toma! ¡Jódete, cerda! ¿Qué…? ¿Te gusta cómo te reviento el culo, puta asquerosa?
El sargento Matute escuchaba asombrado aquellas frases, preguntándose que tipo de chica había encontrado su hijo que soportaba con aquella sumisión ese tipo de tratamiento. La puerca, como la llamaba repetidamente el capitán, respondía con jadeos y gimoteando. Parecía incapaz de articular una palabra coherente.
Tras dos minutos de intenso mete saca que el sargento Matute contempló hipnotizado, el macho dominante pareció dispuesto a subir la apuesta y agarró del pelo a su puta alzándole la cabeza:
—¡Levanta la cabeza y mírate en el espejo, puta! ¡Mira en lo que te has convertido!
En ese instante la mujer irguió su torso, mostrando unas tetas enormes que se movían como flanes y una cara congestionada y sudorosa con el flequillo pegado a la frente. La mujer se miró en el espejo y fue en ese momento cuando la mirada de la mujer se cruzó con la del sargento Matute. El capitán, más atento a reventar el ojete de la jamona, no pareció darse cuenta y siguió gritando:
—¡Eres una puta! ¡Eres la puta de tu hijo, cerda! ¡Y lo disfrutas, guarra! ¡Y no te da vergüenza!
Mientras hablaba, el joven la cogió del cuello apretándolo y se la acercó para hacerle un chupetón que la marcase.
El sargento Matute, con la mano crispada sujetando el ridículo ramo de flores, tras cruzar aquella extraña mirada con su mujer, se dio cuenta de que ella, avergonzada, había desviado la vista y, pese a esa vergüenza y humillación, no decidió acabar con la incestuosa sesión, sino que entre jadeos se limitó a decir:
—¡Sigue, cabrón, sigue, córrete ya, por Dios! ¡Llena el culo de tu puta madre, por favor! ¡Necesito tu leche!
—¡Y la vas a tener, puta, la vas a tener!
La mujer, por un momento, entre gemidos, con los ojos en blanco y los dientes apretados soportó los últimos embates de la polla de su hijo y los borbotones de leche que fueron inundando poco a poco su dilatado culo. Todavía con el rabo de su hijo aún duro encajado en su puerta trasera después de correrse, Pepi, levemente recuperada, volvió a mirar al espejo y pudo ver, con algo de alivio, que el pobre cornudo no estaba en el umbral. «Mejor», pensó, «menudo trago, pobrecito».
La jamona intentó entonces separarse del macho que seguía sobre ella, medio adormilado, descansado después del violento acoplamiento. Su enorme mole de uno noventa y un centenar de kilos reposaba sobre el menudo cuerpo de metro cincuenta de su madre.
—¡Qué coño haces, puerca! —dijo con malos modales su hijo al notar el movimiento de la cerda para desacoplarse.
—Pe… perdona… —respondió la acogotada mujer, que seguía a cuatro patas con el peso del cuerpo de su hijo sobre ella y la polla, todavía rígida en su interior, a pesar de que acababa de correrse. «¡Cómo aguanta el muy cabrón», pensó Pepi— Creía que habías terminado…
—¡Terminaré cuando termine, joder! A ver si vas aprendiendo a ser una putita obediente y te enteras de quién marca los ritmos…
—Sí, sí, hijo, perdona…
Marcial, moviendo a su madre como un pelele, la giró hasta colocarla de lado, en cucharita, sin sacar la polla de su culo. Una postura algo más cómoda para ambos y que permitió a la madura guarra pajearse más fácilmente mientras notaba que su hijo, con más suavidad, más tranquilo, empezaba a moverse follándola de nuevo. «¡Cómo le gusta clavármela en el culo al muy hijo de puta!» pensó Pepi sin poder evitar una pizca de orgullo por haber dado a luz a un macho que podía llegar a satisfacerla de aquel modo.
El polvo que no era el primero, se prolongó bastante más tiempo y, aunque Marcial mantuvo su actitud chulesca y prepotente y no cesó de insultar a su madre durante toda la cópula, esta vez todo pareció hasta cariñoso. Seguramente se debía a la tranquilidad que le daba el haber soltado ya su primera densa y espesa carga de lefa en las entrañas maternas.
Pepi siguió masturbándose acompañando con el masajeo de su clítoris el placer que sentía por aquella gruesa tranca apretando su culo. Se corrió dos veces y, agotada, volvió a gimotear:
—¡Córrete de una puta vez Marcial, por favor, córrete ya! ¡No puedo más…!
—Claro, guarra, pero esta vez quiero que saborees tu culo. Me apetece correrme en esa carita de puta tan bonita que tienes. Dejarte la jeta como la radio de un pintor. ¿No te hace ilusión, mamá?
Pepi se echó hacia adelante para facilitar la extracción. Un sonoro «chof» indicó que la tranca empapada de flujos acababa de salir de su pandero. Notó el culo abierto y como algún resto de la corrida anterior se escurría por su ojete. Después, con una agilidad impropia de sus cincuenta y cinco años, la jamona se colocó a cuatro patas con su cara sobre la polla y, conociendo los gustos de su macho, primero la olfateo a fondo y pasó el pringoso y tieso tronco del chico por su cara antes de comérsela cómo si no hubiera un mañana.
La polla, dura como una piedra, era venosa, de un tamaño respetable y muy gruesa. Le costaba abarcarla con la boca. Aunque, después de tanto tiempo debería haber acostumbrado su mandíbula a ese grosor todavía en ocasiones le parecía que era la primera vez que tenía algo tan gordo dentro de la boca y su garganta tenía que controlar las arcadas. Gruesos chorros de baba escapaban de su boca mientras mamaba a buen ritmo el pollón de su macho. La saliva resbalaba entre las piernas de Marcial. La puerca, con sus manitas que parecían de niña ante aquellas dos bolas, le masajeaba los cojones.
Cuando Pepi empezó a notar como se tensaba la polla y los cojones estaban a punto de enviar su nueva dosis de esperma a la pole position, notó un violento tirón de pelo y como el cabrón de su hijo le levantaba la cabeza.
Un denso chorro de saliva quedó uniendo sus labios con la polla. En su cara, una mirada vidriosa y extraviada, la boca abierta, los labios hinchados y un gesto estúpido y desconcertado, provocaron un gesto de abierta burla combinado con una risa sardónica por parte de su hijo.
—¡Tranquila, putilla, no seas ansiosa que no te vas a quedar sin tu ración de leche!
Y así, sujetando la cabeza de su madre de los pelos empezó a pajearse con la otra mano frente a su cara, a apenas quince centímetros, hasta que densos disparos de leche fueron cubriendo todo el rostro materno que apenas si pudo guiñar los ojos para evitar los impactos.
El aspecto de la mujer era tan patético que su hijo, entre risas, cogió su móvil de la mesita y le hizo unas cuantas fotos y un par de vídeos cortos, mientras la mujer lloriqueaba por la leche que le había entrado en los ojos y densos goterones de esperma le resbalaban por la punta de la nariz y la barbilla.
Cuando la mujer se disponía a limpiarse, el capitán le dijo, autoritario:
—¡Qué coño haces! ¡Suelta el kleenex! No te limpies, joder, lo harás cuando yo te diga, guarra. Me gusta verte así, con la cara pringosa rebosando leche, como una buena puta. Porque eres una buena puta, ¿no?
Marcial le levantó la barbilla y le hizo mirarle a la cara directamente. La pobre Pepi, medio llorosa, le miró con los ojos semicerrados por el esperma que mojaba sus pestañas, esbozó una sonrisa falsa y ridícula y respondió un:
—Ssí… sí, cla… claro, hijo…
—Bien, así me gusta. Anda, ve a por un par de cervezas para reponer fuerzas y después rematamos la jugada. Todavía no me has comido el culo hoy y vengo con ganas… ¡Venga, espabila, joder!
Esta vez, Pepi, agotada y casi sin ver por la leche irritándole los ojos, se levantó con algo más de esfuerzo. Se dirigió bamboleando su pandero a la cocina, no sin antes recibir dos fuertes palmadas en el culo que resonaron por toda la habitación.
La pobre mujer, aprovechó en el pasillo para quitarse la leche de las pestañas y mitigar el escozor. No se limpió más porque sabía que su hijo se cabrearía si volvía con la cara lavada. De modo que así fue como entró en la cocina y encontró allí sentado al pobre Nicolás, todavía en shock por las imágenes que había presenciado un rato antes. Aún llevaba el ramo de flores en la mano crispada.
La jamona que casi había olvidado aquella impactante imagen del cornudo reflejado en el espejo, se detuvo sorprendida. Pepi sintió algo de lástima por la llorosa imagen del tipo y susurrando le dijo:
—Siento que hayas tenido que ver esto.
El pobre hombre levantó la vista. Aquel cuerpo menudo de la jamona, macizo y bien proporcionado estaba desnudo frente a él. Por primera vez podía verlo desnudo después de muchos, muchos años y le costó reconocerlo. Al contrario que su propio aspecto, con una barriga fláccida, una picha encogida y un aspecto decadente, su mujer era otra historia. Sus domingas enormes y caídas pero todavía apetecibles, lucían dos piercing en los pezones de los que desconocía su existencia, su coño perfectamente depilado con un tatuaje con un as de picas en el pubis y aquella cara llena de lefa goteante, con esa sonrisa estúpida de hembra bien follada que Pepi no podía borrar de su cara; todo era la viva imagen de la lujuria. Aunque el aturdido Nicolás no podía creer que eso fuera real, que estuviera pasando de verdad y que aquella hembra fuera su recatada y mojigata esposa.
Al pasar junto a él, Pepi le acarició la cabeza y pareció que se apiadaba de su desgracia, de su enorme cornamenta, pero un gritó desde la habitación le hizo acelerar los pasos.
—¿Qué coño haces, guarra? ¿Estás destilando la cerveza o qué?
Pepi aceleró y se acercó a la nevera. Se agachó para coger un pack de seis latas y plantó su culo, con el ojete todavía abierto y goteante ante la cara de su pobre marido. Este no pudo evitar ver aquel anhelante y satisfecho agujero, ni sentir su intenso olor que le provocó una extraña sensación de realidad. Esta vez sí que se dio cuenta de que no era un sueño, de que lo que estaba viviendo era real. Aquel olor le hizo salir de golpe de su ensoñación.
Su mujer se giró con las latas de cerveza y pudo ver dos gruesos lagrimones corriendo por las mejillas del cornudo. Debería haber sentido algo de lástima y compasión, pero lo único que sentía era rabia porque el pardillo hubiera aparecido de aquella manera tan intempestiva, sin avisar, para contemplar (y estropearle a ella) un espectáculo que, aunque él no lo sabía, hacía mucho que se venía repitiendo.
—¿Desde cuándo? —preguntó el pobre Nicolás con un susurro.
La zorra de su esposa lo miró y con algo de lástima estuvo a punto de darle algún tipo de explicación, pero enseguida se dio cuenta de que era imposible. De nuevo su hijo volvió a llamarla.
—¡Ya… ya! ¡Ya voy, hijo! —gritó Pepi. Después, se acercó algo a su esposo y en voz más baja le dijo— Es mejor que te vayas y vuelvas más tarde. Un par de horas y Marcial ya no estará. Será mejor eso que quedarte aquí. Al menos no te ha visto.
El cornudo se levantó.
—Espera —dijo Pepi—. Sal de casa cuando entre en la habitación y cierre la puerta. No hagas ruido. ¡Y llévate las flores!
El pobre sargento Matute salió cariacontecido del piso y, con cuidado, sin hacer ruido, cerró la puerta. Antes de hacerlo todavía oyó algún desagradable sonido más de la refriega entre su esposa y su hijo. Esta vez eran los gritos de Marcial que, sujetaba la cabeza de su madre entre sus piernas para que le comiese el culo. Por suerte, el sargento Matute, se perdió aquella triste imagen.
El ramo de flores acabó en la papelera más próxima al portal de la casa.
Dos horas más tarde el sargento Matute volvía a entrar en casa. Esta vez triste y con una mirada ausente, pensando que su mujer ya estaría sola y podrían aclarar las cosas, aunque no había demasiado que aclarar, la verdad. Era todo cristalino.
Así y todo, se sorprendió al ver, nada más traspasar el recibidor, que su hijo todavía estaba allí. Al parecer la fiesta había sido bastante intensa. Algo que ni su mujer ni su hijo le iban a contar, claro, pero que podía atestiguar la revuelta habitación de matrimonio que la jamona todavía no había podido arreglar y el intenso olor a sexo que se respiraba al entrar en el piso.
El capitán, su hijo, que evidentemente desconocía la visita anterior de su padre, estaba sonriente y feliz, con los cojones vacíos, secos como pasas, y luciendo su flamante uniforme nuevo. Su madre, que tenía el pelo mojado, debía haberse duchado hacía unos minutos y llevaba una bata sobre la ropa interior. Todavía notaba un escozor en el ojete y el coño de los que iba a tardar unos días en recuperarse. Bueno, si acaso ya iría a por alguna pomada a la farmacia. El próximo día que su marido iba a tener guardia era el sábado y el capitán ya lo había bloqueado en su agenda para hacer la visita de rigor a su madre. «Ya se sabe», como solía decirle con malicia Marcial a su madre, que «si no se riega la cornamenta con asiduidad no acaba de crecer».
Ahora el pobre viejo podía entender porque nunca coincidían sus guardias y sus días libres con los de su hijo. Su esposa le había pasado su calendario para que su hijo cuadrase sus días libres con los que tenía ocupado el cornudo.
La cuestión es que, padre e hijo tenían una broma recurrente desde que el hijo salió de la academia de oficiales y, a partir de aquel momento, tenía un rango superior al de su padre. El viejo se tenía que cuadrar en su presencia y saludarle con honores. Era algo que al cornudo siempre le había parecido una broma inocente y divertida, claro que ahora lo veía de otro modo.
—¡Hombre, sargento, bienvenido a su hogar! —la jovialidad de su hijo le sentó como tres patadas a Nicolás, pero no podía más que fingir y disimular. De modo que respondió rápido y al grano, para abreviar el suplicio:
—¡A sus órdenes mi capitán! Se presenta el sargento Matute, sin novedad —lo dijo con falsa alegría esperando que le bastase a su hijo y poder terminar la conversación cuanto antes.
—Descanse, sargento. Puede usted tomar posesión del puesto y de las tropas de la guarnición —al tiempo que decía esto cogió a su madre por la cintura y le dio un baboso beso en la mejilla. Un gesto que el sargento había visto mil veces, pero que ahora cobraba una dimensión especial.
Era todo de lo más triste y morboso, sobre todo si se fijaba, como hizo el sargento, en los chupetones que marcaban el cuello de la guarra de su mujer. Esas marcas que ella siempre le había dicho que eran ronchas por la alergia y que ahora el sargento sabía perfectamente a qué eran debidas.
Después, hijo y madre se dirigieron a la salida, ante la impávida mirada del sargento que permaneció en posición de firmes en el salón. Todo muy patético, todo muy ridículo. El pobre Nicolás pudo oír las risitas de la pareja antes de salir y ver, de refilón, el intenso morreo entre madre e hijo antes de que éste abandonase el hogar familiar.
Para el obediente y fiel sargento Matute había llegado el momento de replantearse si de verdad le interesaba adelantar su pase a la reserva del Ejército o permanecer en las fuerzas armadas el máximo tiempo posible.