Las Reglas Familiares se Rompen

heranlu

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Ago 31, 2007
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La casa de campo olía a madera vieja, a tierra húmeda y a ese perfume dulce y empalagoso que María Dolores se echaba en el cuello desde hacía veinte años. Mauro llegó un jueves por la tarde, con el auto cubierto de polvo y la mochila tirada en el asiento de atrás. No venía de visita. Venía con hambre. Con una tensión que le apretaba los testículos desde que cruzó el límite de la propiedad y vio a María Carmela regando las macetas del porche, con un vestido corto que se le pegaba a los muslos por el sudor.

Ella lo saludó con una sonrisa tímida, pero sus ojos bajaron directo a la entrepierna. No fue casualidad. Mauro lo notó. Siempre lo notaba. Se acercó, la abrazó, sintiendo cómo se le endurecía la pija contra los jeans cuando el pecho de Carmela le rozó el esternón. Ella no se apartó. Solo murmuró:

—Hola, primo, con la voz un poco más ronca de lo normal.

Dentro, María Yanina estaba en la cocina, cortando verduras con un cuchillo grande. Llevaba un pantalón de yoga ajustado y una remera blanca que dejaba ver la marca del sostén y la curva de las tetas. No dijo nada al principio. Solo lo miró por encima del hombro, con esa calma de mujer que sabe exactamente lo que tiene y lo que quiere. Mauro se sirvió un vaso de agua, se apoyó en la mesada, y dejó que el silencio se estirara hasta que se volvió pesado.

—Llegaste tarde —dijo Yanina, sin dejar de cortar.

—El camino estaba hecho mierda —respondió él, sin quitarle los ojos de la cintura.

Ella sonrió de lado. Secó el cuchillo, se giró, y se acercó lo suficiente para que él sintiera el calor de su cuerpo. Le acomodó el cuello de la remera con dos dedos. El roce fue deliberado. Lento.

—Mamá te espera en la sala. Dice que hace mucho que no venís.

Mauro asintió. Sabía que no era una invitación inocente. Dolores tenía cuarenta y ocho años, pero los llevaba como una mujer de treinta y cinco que había aprendido a usar su cuerpo como un arma. La encontró sentada en el sillón de cuero, con una copa de vino tinto y las piernas cruzadas. La falda le subía hasta mitad del muslo. No llevaba medias. Los pies descalzos, con las uñas pintadas de rojo oscuro.

—Mauro —dijo ella, con esa voz grave que siempre le erizaba la piel—. Qué bueno que viniste. La casa estaba muy silenciosa.

—Ya no lo estará —respondió él, sentándose frente a ella. No se sentó en la silla. Se sentó en el borde del sillón, lo suficientemente cerca para que sus rodillas casi se tocaran.

Dolores no retrocedió. Tomó un sorbo de vino, lo miró directo a los ojos, y dejó la copa en la mesa baja. Luego, con una lentitud calculada, cruzó y descruzó las piernas. El movimiento fue un mensaje claro. Un desafío. Una invitación.

Mauro no dijo nada. Solo se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas, y dejó que su mirada bajara por el escote de Dolores, por la curva de sus muslos, por la punta de sus pies. Ella respiró más hondo. No apartó la vista.

—Hace calor —murmuró ella.

—Sí —respondió él—. Pero se puede bajar.

Ella sonrió. Una sonrisa que no era de tía. Era de mujer. De hembra que sabe lo que viene. Mauro se levantó, fue a la cocina, buscó hielo, volvió con un vaso. Se lo entregó. Sus dedos se rozaron. Ella no soltó el vaso de inmediato. Lo sostuvo un segundo más, sintiendo la temperatura, sintiendo la tensión. Luego, lo tomó.

—Gracias —dijo.

—De nada.

Esa noche cenaron en silencio. Carmela servía la comida con movimientos lentos, rozando los platos con los dedos, dejando que la tela del vestido se le subiera un poco más cada vez que se inclinaba. Yanina comía despacio, masticando con calma, pero sus ojos no dejaban de seguir a Mauro. Dolores bebía vino, hablaba de la cosecha, del clima, de cualquier cosa que no fuera lo que realmente pasaba en la habitación. Pero el aire estaba cargado. Pesado. Húmedo.

Después de la cena, Mauro se quedó solo en el porche. Fumó un cigarrillo, escuchó los grillos, sintió cómo la pija le latía contra el pantalón. No era solo deseo. Era anticipación. Era la certeza de que el terreno ya estaba preparado. Que las reglas se habían roto en silencio. Que, al día siguiente, todo iba a cambiar.


Carmela entró a su habitación a las once de la noche. No tocó la puerta. Solo giró la perilla, la cerró detrás de ella, y se quedó parada en el umbral, con el vestido de la tarde cambiado por una remera oversize que le llegaba a mitad del muslo. No llevaba nada debajo. Mauro lo supo en el momento en que ella dio un paso adelante y la tela se le pegó a los pezones.

—No podía dormir —dijo ella, con la voz temblorosa pero firme.

—Yo tampoco —respondió él, sentado en el borde de la cama.

Ella se acercó. Se arrodilló frente a él. No dudó. Le desabrochó el botón del pantalón, bajó el cierre y metió la mano dentro. Sintió la pija dura, caliente, latiendo contra su palma. Mauro cerró los ojos. Ella le acarició la punta, luego el glande, luego toda la longitud, con movimientos lentos, seguros. No era inexperta. Sabía lo que hacía.

—¿Querés que te la chupe? —preguntó, mirándolo hacia arriba.

—Sí —respondió él, sin abrir los ojos.

Carmela se inclinó. Abrió la boca. Lo tomó entero. No con torpeza. Con hambre. Con la lengua plana contra la parte de abajo, los labios apretados alrededor, la mano en la base marcando el ritmo. Mauro jadeó. Le agarró la nuca, no para forzarla, sino para sentir el calor de su boca, el movimiento de su garganta, la humedad que le escurría por los dedos. Ella subió y bajó, más rápido, más profundo, hasta que él sintió que iba a venirse.

—Pará —dijo él, retirándola con cuidado.

Ella se limpió los labios con el dorso de la mano, sonrió, y se puso de pie. Se quitó la remera de un tirón. Quedó desnuda. Tetas pequeñas pero firmes, pezones oscuros, cintura estrecha, caderas anchas, y entre las piernas, una concha depilada, húmeda, que ya brillaba bajo la luz tenue de la lámpara.

Mauro se quitó la ropa, se acostó en la cama, y la atrajo hacia él. Ella se montó encima, sin prisa, alineando su entrada con la punta de su pija. La frotó una vez, dos, sintiendo cómo se abría, cómo se lubricaba, cómo lo aceptaba. Luego, se dejó caer.

El gemido que salió de su boca fue largo, ronco, contenido. Mauro le agarró las caderas, la sintió ajustarse alrededor de él, apretada, caliente, perfecta. Empezó a moverse. Lento al principio. Profundo. Cada embestida la hacía jadear, cada retirada la hacía gemir. Ella se inclinó hacia adelante, le apoyó las tetas en el pecho, le mordió el cuello, le susurró al oído:

—Más fuerte. No me cuides.

Mauro obedeció. La agarró de la cintura, la levantó un poco, y la clavó contra él con fuerza. El sonido de la carne chocando, de la concha apretada, de los gemidos entrecortados, llenó la habitación. Carmela se movía con él, subiendo y bajando, girando las caderas, buscando el punto exacto que la hacía temblar. Cuando lo encontró, gritó. No un grito de dolor. De placer puro, crudo, sin filtros. Se corrió apretándolo con las paredes internas, contrayéndose, mojándolo, temblando.

Mauro no se detuvo. La volteó, la puso boca abajo, le separó las piernas, y la penetró por atrás. La concha estaba tan húmeda que resbalaba, pero él la mantuvo firme, la embistió con ritmo, con fuerza, con la pija entrando y saliendo, golpeando el fondo, haciendo que ella se agarrara de las sábanas, que arqueara la espalda, que gritara su nombre. Cuando él sintió que iba a venirse, le agarró el pelo, la tiró hacia atrás, y se corrió dentro de ella, caliente, espeso, profundo. Carmela jadeó, se relajó, y se dejó caer sobre la cama, con el cuerpo temblando, la respiración agitada, la concha goteando.

Mauro se acostó a su lado. No dijo nada. Solo le acarició la espalda, sintiendo cómo se le calmaba el pulso, cómo se le cerraban los ojos. Ella se giró, lo miró y sonrió.

—Mañana —murmuró—, le toca a Yanina.


Mauro sintió que el aire se espesaba cuando Yanina se detuvo, separando sus labios de su pija con un chasquido húmedo. No fue una interrupción por cansancio, sino una pausa calculada. Ella se limpió la boca con el dorso de la mano, pero no se limpió la humedad que le brillaba en la barbilla. Sus ojos, oscuros y fijos, no parpadearon. Con una sonrisa que no llegaba a ser amable—era más bien una expresión de dominio—lo empujó con ambas manos contra el colchón. Mauro no resistió. Se dejó caer sobre las sábanas, que ya estaban calientes y arrugadas, y observó cómo ella se ponía de pie junto a la cama.

Por un momento, Yanina solo lo miró. Su cuerpo, desnudo bajo la luz tenue de la lámpara de mesa, parecía tallado en sombras y curvas. Los pechos, generosos y pesados, se movían levemente con su respiración acelerada. La cintura se estrechaba antes de abrirse en unas caderas amplias, y entre sus piernas, el vello pubiano, cuidadosamente recortado, enmarcaba una concha que ya brillaba de excitación. Mauro podía ver cómo los labios estaban hinchados y húmedos. Su propia verga, dura y palpitante, se erguía contra su abdomen, la punta llena del brillo de la saliva de ella.

—Te gusta mirar, ¿no? —dijo Yanina, su voz un poco ronca. No era una pregunta retórica; parecía genuinamente interesada en su respuesta.

—Sí —admitió Mauro sin vergüenza—. Me gusta.

—Bueno —murmuró ella—, ahora vas a hacer más que mirar.

Se subió a la cama con la gracia de un felino, arrodillándose a horcajadas sobre sus muslos. No se apresuró. Con una mano, tomó su pija, la acarició de base a punta, sintiendo cómo latía bajo sus dedos. Con la otra, se tocó a sí misma, deslizando dos dedos entre sus labios, mojándolos aún más. Luego, llevó esos dedos a la boca de Mauro. Él los chupó sin dudar, saboreando el sabor salado y único de ella. Yanina emitió un gemido bajo, de aprobación.

Finalmente, se posicionó. Con una mano guio la punta de su verga a la entrada de su concha. No la penetró de inmediato. En su lugar, comenzó a frotar la cabeza contra su clítoris, en círculos lentos y deliberados. El roce hizo que ambos contuvieran la respiración. Mauro podía sentir la humedad caliente que lo cubría, la tensión en sus propios músculos abdominales. Yanina cerraba los ojos, concentrándose en la sensación, dejando escapar pequeños jadeos.

—Así… —susurró ella, más para sí misma que para él—. Justo ahí…

Después de lo que pareció una eternidad, pero fueron solo unos segundos, bajó las caderas. No fue un movimiento brusco, sino una sumisión lenta e inexorable. La punta de su pija se abrió paso, separando los labios carnosos, y luego el resto de su longitud fue siendo engullida centímetro a centímetro. Mauro gruñó, un sonido gutural que salió de lo más profundo de su pecho. La sensación era abrumadora: un calor apretado que lo envolvía, una humedad que facilitaba el paso, pero no disminuía la fricción. Yanina dejó escapar un gemido largo y tembloroso cuando él estuvo completamente dentro, sus nalgas apoyadas en sus muslos.

—Dios… —exhaló ella, con los ojos aún cerrados—. Estás… llenándome.

Mauro no respondió con palabras. Sus manos, que hasta entonces habían estado a los costados, se alzaron y se cerraron alrededor de sus caderas. Sus dedos se hundieron en la carne suave pero firme. Empezó a moverla, al principio con empujones leves, casi exploratorios. Yanina se balanceó hacia adelante, apoyando las palmas de las manos en su pecho. Sus pechos colgaban frente a su rostro, y Mauro no pudo resistirse. Alargó el cuello y tomó uno de sus pezones duros en su boca, chupando y mordisqueando con suavidad. Yanina gimió más fuerte, arqueando la espalda para ofrecerle más.

El ritmo se aceleró gradualmente. Los empujones se hicieron más profundos, más firmes. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el crujido de los resortes de la cama y la música de sus respiraciones entrecortadas. Yanina comenzó a mover sus propias caderas en contraposición, encontrando un compás sincopado y salvaje. Cada vez que Mauro la empujaba hacia abajo, ella se encontraba con su embestida, intensificando el impacto.

—Sí… así… —jadeaba Yanina, el sudor haciendo brillar su piel—. Más adentro… quiero sentirlo todo.

Mauro obedeció, cambiando el ángulo. Se sentó un poco, apoyándose en los codos, lo que le permitió clavar sus caderas con más fuerza desde abajo. El nuevo ángulo hizo que Yanina gritara, una exclamación aguda y sorprendida. Sus uñas se clavaron en su pecho, dejando marcas rojas.

—¡Ahí! —gritó, casi sin aliento—. ¡Justo ahí, Mauro, por favor!

Él se concentró en ese punto, martillando con una cadencia implacable. Yanina perdió todo control sobre su voz. Gemidos, gritos ahogados, fragmentos de palabras sin sentido salían de su boca. Su cuerpo comenzó a temblar, las contracciones precursoras del orgasmo apretando la verga de Mauro como un puño interno.

—Me voy… me voy a correr… —anunció, con la voz quebrada.

Y lo hizo. Un espasmo violento sacudió su cuerpo. Su concha se contrajo alrededor de él en una serie de pulsaciones rápidas y fuertes, exprimiéndolo, bañándolo en más de su fluido. Ella gritó su nombre, una vez, dos veces, mientras su cuerpo se sacudía con las olas de placer. Mauro la sostuvo, sintiendo cada contracción, disfrutando del espectáculo de su abandono.

Pero no terminó ahí. Apenas los temblores de Yanina comenzaron a amainar, Mauro la rodó sobre la cama. Ella cayó de costado, jadeando, pero él no le dio tiempo a recuperarse. La puso boca abajo, levantó sus caderas y, arrodillándose detrás de ella, volvió a entrar en un solo movimiento profundo. Yanina gritó otra vez, esta vez por la sorpresa y la nueva intensidad de la penetración desde atrás.

—¡No pares! —suplicó, su voz apagada por la almohada—. ¡No pares ahora!

Esta posición era más profunda, más animal. Mauro podía ver cómo su pija desaparecía y reaparecía, brillante con sus jugos mezclados. Le agarró las caderas con fuerza, marcando moretones con sus dedos, y estableció un ritmo brutal y eficiente. Cada embestida hacía que las nalgas de Yanina temblaran y producía un sonido húmedo y obsceno. Ella empujaba hacia atrás contra él, buscando más contacto, más fricción, enterrando su rostro en las sábanas para ahogar sus gritos.

Mauro sentía su propio orgasmo acumulándose, una presión ardiente en la base de su espina dorsal. La vista del cuerpo de Yanina sometido a su ritmo, el sonido de su placer, el calor y la humedad de su interior, todo se combinaba para llevarlo al borde.

—¿Dónde? —gruñó, su voz áspera por el esfuerzo—. ¿Dónde querés que me corra?

—¡Adentro! —fue la respuesta inmediata, casi un aullido—. ¡Adentro de mí, Mauro!

Esa fue la orden que necesitaba. Con un último empujón profundo, se clavó hasta el fondo y explotó. Un rugido salió de su garganta mientras su semen salía a chorros, caliente y espeso, llenándola. Yanina sintió la descarga y tuvo un segundo orgasmo, más corto, pero igualmente intenso, que la hizo estremecerse y gemir sin parar.

Durante un minuto largo, solo se escuchaba el sonido de su respiración agitada luchando por calmarse. Mauro se desplomó sobre su espalda, todavía dentro de ella, sintiendo las últimas pulsaciones de su propia pija. Poco a poco, se retiró y cayó a su lado en la cama, exhausto.

El silencio que siguió era pesado pero cómodo. El aire olía a sexo, a sudor y a piel caliente. Mauro extendió un brazo y comenzó a acariciar la espalda de Yanina con suavidad, trazando círculos sobre su columna vertebral. Ella se estremeció bajo su tacto, un último reflejo de sus nervios sobreexcitados, y luego se relajó por completo. Su respiración se hizo más lenta y profunda.

Pasaron varios minutos antes de que alguno de los dos hablara. Fue Yanina quien rompió el silencio, su voz era apenas un susurro ronco.

—Dolores… —murmuró, sin abrir los ojos—. Mañana… le toca a Dolores.

Mauro no respondió de inmediato. Siguió acariciándole la espalda, observando cómo los músculos de su hombro se relajaban completamente. Finalmente, asintió, aunque ella no podía verlo.

—Sí —dijo, su propia voz sorprendentemente serena—. Mañana.

Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en los labios de Yanina. Sin abrir los ojos, giró la cabeza hacia él. En la penumbra, sus rasgos parecían más suaves, menos desafiantes.

—Va a querer todo —advirtió, un atisbo de su antigua picardía regresando a su tono—. No vas a tener piedad con nosotras.

Mauro miró al techo, sintiendo el peso del cansancio y la satisfacción en sus huesos—. No —concordó en un susurro—. No voy a tener piedad.


Dolores no esperó. A las diez en punto de la noche llamó a Mauro desde la sala. La puerta estaba cerrada, como siempre cuando ella quería algo. Mauro tocó con los nudillos y ella abrió sin demora. Llevaba puesto un vestido de seda negra que parecía pintado sobre su cuerpo maduro. Sin sostén, sin nada debajo. El escote profundo llegaba hasta el ombligo, dejando ver la curva interna de sus pechos pesados y la piel suave del vientre. La falda le cortaba a mitad del muslo, apenas cubriendo lo justo. Iba descalza, con las uñas de los pies pintadas de un rojo oscuro que brillaba bajo la luz baja de la lámpara.

—Entrá —dijo con esa voz grave y segura, sin levantar la voz, como si diera una orden que ya sabía que iba a ser obedecida.

Mauro entró. Cerró la puerta con llave. Dolores no se movió del sitio. Se quedó parada en el medio de la sala, mirándolo con esa calma de mujer que ya había decidido todo lo que iba a pasar. Sus ojos bajaron directo a la entrepierna de él, notando la hinchazón que ya se marcaba contra el pantalón.

—¿Querés que te la chupe? —preguntó Mauro sin rodeos, la voz ronca.

Dolores sonrió. No era una sonrisa de tía. Era la sonrisa de una mujer que sabe exactamente qué quiere y cómo conseguirlo. Una sonrisa de hembra lista.

—Sí —respondió ella, sin titubear—. Pero primero mostrame lo que tenés.

Mauro se desabrochó el pantalón y lo bajó junto con los calzoncillos. Su pija saltó dura, gruesa, la cabeza ya brillante. Dolores la miró con hambre. Se acercó, la tomó con la mano derecha, la midió con los dedos, la apretó para sentir el pulso. La acarició de arriba abajo, despacio, disfrutando del calor y la dureza. Luego, sin avisar, se arrodilló frente a él, abrió la boca y se la tragó hasta el fondo en un solo movimiento.

No fue suave. Fue directo y voraz. Chupó con fuerza, la lengua enrollada alrededor del glande, los labios bien apretados, la mano en la base marcando el ritmo. Subía y bajaba la cabeza con movimientos largos y húmedos, tragando saliva y pre-semen. Mauro le agarró el pelo, no para obligarla, sino para sentir cómo se movía. Dolores lo chupaba con ganas, haciendo ruidos obscenos, metiéndosela hasta casi el fondo de la garganta. Mauro sintió que se le subía el orgasmo rápido.

—Pará —dijo él, tirándole suavemente del pelo.

Dolores se detuvo. Se limpió los labios con el dorso de la mano, se levantó y, con un empujón firme, lo obligó a recostarse en el sillón grande de cuero. Mauro se dejó caer. Ella se subió encima, se levantó la falda del vestido hasta la cintura y se posicionó. Con una mano tomó su pija, la frotó varias veces contra su concha ya mojada, deslizándola entre los labios hinchados, empapándola. Una vez, dos, tres veces. Luego se dejó caer de golpe.

El gemido que soltó Dolores fue largo y ronco. Mauro sintió cómo su concha lo apretaba, caliente, resbaladiza, perfecta. Ella empezó a moverse despacio al principio, subiendo y bajando las caderas, girando un poco para sentirlo en todos los ángulos. Sus pechos pesados se balanceaban frente a la cara de él. Mauro los agarró con las manos, los apretó, los chupó. Dolores aceleró el ritmo, clavándose más fuerte, gimiendo cada vez que lo sentía hasta el fondo.

—Más —pidió ella, la voz entrecortada—. Dámelo más fuerte.

Mauro la agarró de la cintura y empezó a subirla y bajarla con fuerza, clavándola contra su pija. El sonido de la carne mojada chocando llenó la sala. Dolores se inclinó hacia adelante, le mordió el cuello, le arañó los hombros. Sus tetas le rozaban la cara. Él la follaba con embestidas profundas, sintiendo cómo su concha se contraía alrededor de su verga. Dolores empezó a temblar. Se corrió con un grito ahogado, apretándolo fuerte, mojándolo todo, el cuerpo convulsionando.

Mauro no paró. La levantó de un movimiento, la volteó y la puso boca abajo sobre el sillón. Le separó las piernas con las rodillas. Le bajó la falda del todo y le levantó el culo. La concha seguía goteando, pero él no volvió a entrar ahí. Con la pija todavía dura y brillante de sus jugos, la apoyó contra el culo cerrado de Dolores. Empujó con fuerza. Dolores soltó un gemido más agudo cuando la cabeza de su pija dura empezó a abrirle el culo. Mauro no se detuvo. Empujó más, centímetro a centímetro, hasta que la metió entera, dura, hasta el fondo.

Dolores gritó contra el respaldo del sillón. Mauro la agarró de las caderas y empezó a cogérsela por el culo con fuerza, sin piedad. Entraba y salía con embestidas largas y duras, la pija gruesa abriéndole el ano una y otra vez. El sonido era obsceno, húmedo, salvaje. Dolores se agarraba del sillón, arqueando la espalda, gimiendo y maldiciendo entre dientes. Mauro la follaba más rápido, más profundo, la pija dura y caliente metiéndose sin descanso por ese culo apretado.

—Así… más duro —jadeó ella, la voz rota.

Mauro obedeció. Le agarró el pelo, la tiró de él hacia atrás y la folló con más fuerza todavía, metiéndole la pija hasta los huevos en cada embestida. Dolores gritaba de placer, el cuerpo temblando, el culo abierto y usado. Cuando Mauro sintió que ya no podía más, se clavó hasta el fondo y se corrió con fuerza, llenándole el culo de leche caliente, espesa, a chorros. Dolores se corrió otra vez con él, apretando el ano alrededor de su pija palpitante.

Mauro se quedó dentro de ella unos segundos más, respirando agitado. Luego se retiró despacio. Dolores se dejó caer sobre el sillón, el cuerpo temblando, la respiración entrecortada, el culo abierto y goteando semen. Mauro se acostó a su lado, le pasó la mano por la espalda, acariciándola con lentitud. Dolores giró la cabeza, lo miró con los ojos entrecerrados y sonrió con esa misma sonrisa de antes.

—Mañana —murmuró, la voz ronca—. Nos toca a las tres.

A las ocho de la noche la sala estaba lista. Las luces bajas, tres velas encendidas sobre la mesa y la cama grande del medio con las sábanas negras ya tendidas. Mauro estaba desnudo, sentado en el borde del sillón, la pija ya medio dura por la expectativa. La puerta se abrió y entraron las tres.

Carmela fue la primera. Desnuda, con las tetas pequeñas y firmes, la concha completamente depilada y ya brillando de humedad. Yanina detrás, tetas más grandes, pezones duros, el vello de la concha recortado en una línea fina. Dolores cerró la marcha, el cuerpo maduro, tetas pesadas, la concha con un poco de vello natural y los labios ya hinchados.

Ninguna dijo nada al principio. Se acercaron a Mauro. Carmela se arrodilló a la izquierda, Yanina a la derecha y Dolores se puso de frente. Las tres manos agarraron su pija al mismo tiempo. Carmela empezó a chuparla primero, metiéndosela hasta el fondo de la garganta con hambre. Yanina le lamía los huevos, succionándolos con fuerza. Dolores se inclinó y le metió la lengua en la boca, besándolo profundo mientras las otras dos le trabajaban la verga.

Mauro las dejó hacer. Las tres se turnaban la pija. Una la chupaba, otra lamía los huevos, la tercera le pasaba la lengua por el glande. La saliva les chorreaba por la barbilla y caía al piso. A las ocho y media ya las tenía a las tres con la boca llena. Se corrió la primera vez en la boca de Carmela. La chica tragó todo sin sacar la pija, luego pasó la verga a Yanina, que chupó lo que quedaba y se tragó el resto. Dolores se quedó con la última gota, lamiendo la punta y tragándola con un gemido.

A las nueve Mauro las puso a las tres en cuatro patas sobre la cama, una al lado de la otra. Empezó por Carmela. Le abrió la concha con los dedos, metiéndole dos y luego tres, estirándola bien. La penetró de una sola estocada. Carmela gritó. Él la cogió duro, dándole palmetazos en el culo mientras le metía la pija hasta el fondo. Después de diez minutos la sacó y pasó a Yanina. Le abrió la concha igual, metiéndole los dedos hasta que estuvo bien dilatada, y la folló con la misma fuerza. Yanina gemía más bajo, pero empujaba el culo hacia atrás. Cuando estuvo bien abierta, Mauro fue a Dolores. La tía ya chorreaba. Le abrió la concha con cuatro dedos, la estiró con ganas y le metió la pija de golpe. Dolores soltó un grito ronco y empezó a moverse contra él.

A las diez ya las había follado a las tres por la concha. Las tres tenían la raja roja, hinchada y abierta. Mauro se corrió la segunda vez dentro de Yanina. Cuando sacó la pija, la leche le empezó a salir. Carmela se acercó y la chupó directo de la concha de su hermana. Dolores se unió y las tres se lamieron la leche entre ellas, tragando todo lo que salía.

A las diez y media les dio un descanso de veinte minutos. Las tres se acostaron en la cama, jadeando, con las piernas abiertas. Mauro les trajo agua. Mientras bebían, les metió los dedos en la concha a las tres al mismo tiempo, abriéndolas de nuevo, frotando el clítoris de cada una hasta que las tres volvieron a estar mojadas y listas.

A las once volvió a empezar. Esta vez les rompió el culo.

Puso a Carmela primero. La más chica. Le escupió en el ano, le metió dos dedos para abrirla y después le apoyó la pija dura. Empujó con fuerza. Carmela gritó y se agarró de las sábanas. Mauro le rompió el culo de una sola estocada larga y profunda. Empezó a cogerla por el culo sin piedad, metiéndosela hasta el fondo, sacándola casi toda y volviendo a clavarla. Carmela lloraba de placer y dolor mezclado. Cuando estuvo bien abierta, la sacó y pasó a Yanina.

Yanina ya sabía lo que venía. Se abrió las nalgas con las manos. Mauro le escupió directo en el ano y le metió la pija de golpe. El culo de Yanina era más apretado. La folló duro, dándole cachetadas en las nalgas, tirándole del pelo, metiéndosela hasta los huevos. Yanina gemía con la cara contra el colchón. Después de varios minutos la sacó y fue a Dolores.

La tía ya estaba preparada. Se puso en cuatro patas y arqueó la espalda. Mauro le escupió en el culo y le metió la pija dura de una sola vez. Dolores soltó un gruñido animal. Él la cogió por el culo con fuerza, abriéndoselo más con cada embestida. Le metió tres dedos en la concha mientras le rompía el ano. Dolores se corrió gritando, el cuerpo temblando.

A medianoche ya les había roto el culo a las tres. Las tres tenían el ano rojo, abierto y goteando saliva y leche. Mauro se corrió la tercera vez dentro del culo de Dolores. Sacó la pija y las tres se pusieron de rodillas frente a él. Carmela chupó primero, tragando la mezcla de leche y el sabor del culo de su tía. Yanina siguió, limpiando la pija con la lengua. Dolores terminó, tragándose lo que quedaba y lamiendo los huevos.

A la una de la mañana pararon media hora. Las tres estaban exhaustas pero excitadas. Se acostaron en la cama, una al lado de la otra. Mauro les abrió la concha a las tres con los dedos, metiéndoles la mano hasta donde podía, estirando los labios, metiendo cuatro dedos en cada una. Las tres gemían y se corrían una tras otra.

A las dos volvió a follarlas. Esta vez las puso en distintas posiciones. Se cogió a Carmela en misionero, abriéndole las piernas hasta el máximo y metiéndole la pija por la concha y luego por el culo. Yanina se sentó en la cara de Carmela mientras Mauro la follaba. Dolores se puso a chupar la pija cada vez que salía del culo de las chicas.

A las tres de la mañana se corrió la cuarta vez. Esta vez en la boca de las tres. Se puso de pie y las tres se arrodillaron. Se corrió primero en la boca de Carmela, después en la de Yanina y por último en la de Dolores. Las tres tragaron hasta la última gota, lamiéndose los labios y besándose entre ellas para compartir la leche.

A las cuatro de la mañana les dio otro descanso. Las tres estaban con el culo y la concha hinchados, rojos, usados. Mauro les trajo más agua y las dejó descansar quince minutos. Luego volvió a empezar.

A las cinco ya las tenía a las tres en la cama otra vez. Les abrió la concha con la pija, metiéndosela hasta el fondo en cada una, luego les rompía el culo con estocadas largas y duras. Las tres se corrían una tras otra. Mauro las hacía chuparse entre ellas mientras él follaba a una. Carmela le chupaba la concha a Yanina mientras él le rompía el culo a Dolores. Yanina le lamía el ano a Carmela mientras él la follaba por la concha.

A las seis de la mañana se corrió la quinta vez. Esta vez dentro del culo de Carmela. Cuando sacó la pija, la leche le salió a chorros. Yanina y Dolores se pusieron a lamerle el culo a Carmela, tragando la leche que salía. Después se turnaron para chupar la pija de Mauro, limpiándola con la lengua.

A las siete de la mañana ya estaban todas destruidas. Las tres con la concha y el culo abiertos, rojos, goteando. Mauro las folló una última vez, rápido y duro, metiéndoles la pija por donde quería. Se corrió la sexta vez en la boca de las tres otra vez. Las tres tragaron hasta el final.

A las ocho de la mañana pararon. Las cuatro personas estaban exhaustas, sudorosas, con el cuerpo marcado de manos y mordidas. Las tres mujeres tenían la concha hinchada y abierta, el culo rojo y dilatado, la boca con sabor a leche y culo. Mauro se acostó en el medio de la cama. Carmela se pegó a su izquierda, Yanina a la derecha y Dolores se acostó sobre su pecho.

Ninguna habló durante varios minutos. Solo se escuchaba la respiración pesada. Dolores fue la que rompió el silencio, con la voz ronca y satisfecha.

—Mañana… —murmuró, acariciándole el pecho—. Volvemos a empezar.

Mauro cerró los ojos. Las tres ya dormían. Él sonrió en la oscuridad.


A las ocho de la mañana la luz grisácea entraba por las cortinas entreabiertas de la sala. El aire estaba cargado de olor a sudor, semen, saliva y concha mojada. Mauro abrió los ojos. Tenía el cuerpo dolorido pero satisfecho. A su izquierda, Carmela dormía boca abajo, el culo todavía rojo y abierto, con rastros de leche seca entre las nalgas. A su derecha, Yanina estaba de costado, una pierna encima de la de él, la concha hinchada y brillante. Dolores estaba acostada sobre su pecho, respirando despacio, con una mano todavía agarrada a su pija flácida.

Ninguna de las tres se movió cuando él se incorporó. Mauro se levantó despacio, fue al baño, se lavó la cara y volvió con tres vasos de agua. Las despertó una por una.

Carmela fue la primera en abrir los ojos. Miró la pija que colgaba entre las piernas de su primo y sonrió con cansancio.

—Todavía no se te bajó del todo —murmuró, ronca.

—Te la chupo un rato más —ofreció Yanina, incorporándose. Tenía las tetas marcadas de mordidas y los pezones hinchados.

Dolores se rio bajito, se incorporó también y se pasó la mano por el pelo revuelto.

—Cinco días —dijo ella, mirándolo—. Y el último fue el más largo.

Mauro no respondió con palabras. Se sentó en el borde de la cama y las miró a las tres. Carmela se arrodilló primero frente a él. Tomó su pija con la mano y empezó a chuparla despacio, sin prisa, saboreando el sabor a sexo de toda la noche. Yanina se puso a su lado y le lamió los huevos, succionándolos con suavidad. Dolores se arrodilló detrás y le separó las nalgas, metiéndole la lengua en el culo mientras las otras dos le trabajaban la verga.

A las ocho y media ya estaba dura otra vez. Mauro las puso a las tres en cuatro patas, una al lado de la otra. Esta vez no fue tan brutal como durante la noche. Fue más lento, más profundo. Le abrió la concha a cada una con la pija, metiéndosela hasta el fondo, sintiendo cómo todavía estaban hinchadas y sensibles. Las tres gemían bajito, cansadas, pero todavía dispuestas.

Después les rompió el culo por última vez. Entró en Carmela primero, follándola despacio pero profundo, abriéndole el ano ya usado. Luego pasó a Yanina, metiéndosela con fuerza, pero controlada. Por último, a Dolores, que arqueó la espalda y le pidió que se la metiera más duro. Mauro la cogió por el culo con embestidas largas, tirándole del pelo, hasta que se corrió dentro de ella por séptima vez en la noche.

Cuando sacó la pija, la leche le salió a chorros. Las tres se dieron vuelta y se arrodillaron. Carmela chupó primero, tragando lo que salía del culo de su tía. Yanina siguió, limpiando la verga con la lengua. Dolores terminó, tragándose el resto y lamiendo los huevos hasta dejarlos limpios.

A las nueve de la mañana ya no quedaba nada. Las tres estaban exhaustas, con las piernas temblando, la concha y el culo completamente abiertos y usados. Mauro se acostó en el medio de la cama otra vez. Esta vez las tres se pegaron a él, pegajosas, marcadas, oliendo a sexo.

Carmela fue la que habló primero, con la voz casi dormida.

—Esto no puede ser solo cinco días —dijo.

Yanina se acercó contra su hombro.

—Podemos seguir viéndonos. No tiene por qué terminar.

Dolores, la más grande, fue la que puso las reglas.

—Mientras nadie se entere. Mientras sigamos siendo discretos. La casa de campo está lejos. Podemos venir cuando queramos.

Mauro las miró a las tres. Las tres lo miraron a él. No había culpa en ninguna cara. Solo cansancio, satisfacción y una especie de acuerdo silencioso.

—Entonces queda así —dijo él—. Cuando quiera, vengo. Y las tres están.

Carmela sonrió y le besó el pecho.

—Cuando quieras.

Yanina le pasó la mano por la pija flácida.

—Y cuando quieras, te la chupamos las tres juntas otra vez.

Dolores se rio bajito y le mordió el cuello.

—Y te dejamos que nos rompas el culo las veces que quieras.

Mauro cerró los ojos. El sol ya entraba con más fuerza por la ventana. El reloj de la sala marcaba las nueve y veinte. Los cinco días habían terminado.
 
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