Las Necesidades de mi Padre

heranlu

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Me llamo Julia y tengo veintisiete años. Me considero y me consideran una mujer atractiva. Mi cara es dulce, mis ojos grandes y expresivos y mis labios gruesos. Mi cuerpo está en consonancia con mi cara: bonitos pechos medianos con unos pezones traviesos a los que, a la mínima, les gusta destacar. Mi culo dicen que es muy bonito, redondo, profundo y de medidas justas.

Estoy casada con Mario, de veintinueve años y de muy buen porte, aunque es un poco retraído. Nuestra relación es muy buena, pero el sexo un poco escaso, además de no tener —eso no se lo digo a él— un miembro que se ajuste a mis gustos y medidas. Pero eso no es lo más importante en una relación duradera.

Recientemente, mi madre murió por un fatal accidente, lo que nos causó a todos, como es obvio, un dolor intenso, sobre todo a mi padre al estar muy unidos. Después de unos meses decidimos irnos a vivir con mi padre y dejar nuestro piso de alquiler. Papá no estaría tan solo y ello nos ayudaría en nuestra precaria economía. Mi padre, con cincuenta años, es muy atractivo y se conserva de maravilla.

Papá tiene una pequeña empresa y a los pocos días de convivir con él, contrató a Mario para algunas de las funciones que realizaba mi madre. Era mayor el sueldo y estábamos todos muy contentos. Ello conllevaba que, al principio y a fin de enseñar a Mario la profesión, ambos viajaran a otras ciudades durante muchos días: una semana e, incluso, diez días. Cuando estaban fuera hablaba con ellos a diario, pero me sentía sola, por lo que me decidí a comprar un consolador de buen tamaño para mi cuidado personal.

Después de uno de esos largos viajes Mario me comentó:

—Tu padre está muy necesitado y me temo que se liará con cualquier pelandusca que le complazca.

—Hará bien, es joven y tiene sus necesidades.

—El problema es que nos traiga a otra mujer aquí.

—Eso sí que no, si hiciera eso nos vamos.

Pasaron unos días y mi padre, siempre cariñoso, dejó de volver tarde a casa oliendo a perfumes baratos, pero también notaba un cierto cambio en Mario, mi marido, pero no sabría decir el qué. Una noche, después de beber vino un poco de más y estando en nuestra habitación, Mario me comentó que había tenido una conversación con mi padre un poco escabrosa.

—Tu padre me ha dicho que tengo que pasarlo muy bien contigo. Que eres muy guapa.

—Pues vaya conversaciones con tu suegro.

—Dice que tienes una carita perversa y un cuerpo de ensueño.

—¿Mi padre te ha dicho eso?

—No solo eso —decía Mario, mientras reía tontamente por el alcohol ingerido—, sino que cuando vas en braguitas por la casa se pone nervioso.

—No me lo puedo creer, y tú ¿no le has dicho nada?

—No, ¿qué querías que le dijera? Nos hemos reído mucho, pero por eso te decía que está muy necesitado.

—Pues tiene muchas fulanas por ahí… Sois dos payasos —dije, no queriendo escuchar nada más.

Más que enfadada estaba sorprendida, por una parte por lo dicho por mi padre y, por otra, por la actitud de Mario. Comencé a fijarme en la actitud de papá y, en efecto, no me quitaba ojo, sobre todo cuando iba ligerita de ropa, cosa que hacía con mucha frecuencia. Salió mi lado perverso y estaba decidida a poner cachondo a mi padre como un juego. La sorpresa es que cuando me fijé en sus erecciones me llevé la sorpresa de mi vida: aquello era monstruoso, largo y gordo. Yo miraba con disimulo y él trataba de esconder su… «cosota». Nada que ver con la de Mario, que seguía sin hacerme mucho caso, aunque a veces les pillaba a los dos con ciertas miradas de complicidad, pero no sabía qué significaban.

Una noche, después de cenar quise abundar en las necesidades de mi padre y ver cómo se satisfacía.

—Papá, Mario y yo sabemos que eres joven y que necesitas una mujer, pero si quieres traerla a casa debes decírnoslo.

—Alguna conozco y una de forma especial, pero sé que no aprobaríais que la trajera, por lo que no le he propuesto nada.

—Esta es tu casa y puedes hacer lo que quieras, solo nos lo dices y nosotros nos vamos. Entiende que, al menos yo, no estaría a gusto con otra mujer.

—No te preocupes, con vosotros dos tengo suficiente.

No sé si lo había entendido o no se había explicado bien, ¿qué significaba que con nosotros tenía suficiente? Estábamos hablando directa o indirectamente de sexo.

Pocos días después, recogiendo la habitación de mi padre, en un armario vi una bolsa que abrí por si era ropa para lavar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que todo era ropa íntima femenina: varias braguitas, medias, un sujetador, un babydoll y una peluca rubia. No podía creer lo que estaba viendo, el presunto macho alfa de mi padre con aquellas ropas escondidas. Después de mucho pensarlo decidí afrontarlo y, si fuera el caso, ayudarlo en su particular perversión. Una vez solos en casa me senté con él.

—Papá, he visto lo que tienes en una bolsa que hay en el armario y quiero decirte que te apoyo y que no tienes que esconderte de nada. Son tus gustos y son respetables. Por mí puedes vestir como quieras y más aún si ya lo hacías con mamá…

—No quiero hablar de eso y no deberías hurgar en las cosas privadas —dijo levantándose y desaparecer.

Al día siguiente, después de la cena ambos me miraron y se confesaron.

—Mira, hija, tenemos que contarte algo que espero que entiendas, aunque sé que es muy difícil. Mario me ha contado que no tenéis mucha intimidad, bueno, que folláis poco, y yo reboso de energía. Cuando hemos estado de viaje, Mario y yo hemos tenido intimidad.

—¿Co…, cómo?, ¿quieres decir que os habéis acostado?

—No, cariño, solo que Mario me ha procurado un poco de relax, me la ha chupado y le he enculado, pero nada más.

—¿Nada más?, ¿cómo que nada más?, ¿qué os ha faltado?

—No ha habido besos ni hemos pasado la noche juntos, solo ha sido para descargar —dijo mi padre tratando de justificarse.

—¿Y tú, qué eres? A mí casi no me tocas y te encula mi padre. ¡Eres un maricón pervertido!

—Cariño, tu padre estaba nervioso y quise tranquilizarle. No sé cómo pasó, pero yo tampoco quiero que traiga a nadie a casa.

—Y para que no traiga a nadie te da por el culo y se la mamas… ¡Maricón! Con tu teoría yo también debería estar dispuesta a follar con mi padre.

—A mí no me importaría, lo podríamos hacer los dos. Tu padre es un prodigio de la naturaleza y no se fatiga nunca…

—Pero, Mario, ¿te estás oyendo? ¿Tanto te ha gustado que te sodomicen? Entonces, la ropa que encontré es tuya y por eso te depilas últimamente.

—Sí, después de la primera vez, cuando viajamos, en el hotel me visto para tu padre. La verdad es que me gusta mucho, no puedo negarlo, y me gustaría seguir con ello.

—Creyendo que era mi ropa, me dijiste que lo entendías, por lo que supongo que también lo entenderás si es de Mario —dijo mi padre para mostrar mi incoherencia.

—Estáis locos los dos —dije saliendo del salón.

Pasaron unos días en los que Mario durmió en el sofá y apenas nos hablábamos, pero aquello debía resolverlo cuanto antes. No soy ninguna mojigata, pero aquello era una locura.

—Mira, Mario, creo que debemos marcharnos de esta casa y ya verás cómo todo se resuelve y vuelve a su cauce —dije intentando recomponer nuestra vida.

—Ojalá, pero no lo creo, he descubierto que soy bisexual… Te amo con locura, pero necesito esa polla. Además, me encantaría verte follar con tu padre. Te recuerdo que tiene una polla superior.

Ahora sí que me enfadé y decidí darle una lección. Cuando esa tarde llegaron estaba con una coleta, un picardías negro transparente y un tanga minúsculo que dejaba el culo al aire, y en el que se marcaba mi depilado y abultado coño. Al no llevar sujetador, mis pezones rosados se marcaban en todo su esplendor. Ambos me miraron con sorpresa.

—Papá, ¿no te gustaría follarme? —dije sin darle tiempo a nada.

—Claro que sí, cariño, no te defraudaré, aunque me haya follado el culo de Mario esta mañana en la oficina.

Con la sorpresa que mostraba mi rostro, me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Mario nos seguía, pero no le dejamos entrar.

—Esta primera vez es íntima entre mi hija y yo —dijo papá antes de cerrar la puerta.

Ya a solas, me miró a los ojos y al verme avergonzada me besó el cuello, las mejillas, las orejas mientras acariciaba mis nalgas. Mi cuerpo empezó a reaccionar y a querer más. Sin prisas me desnudó de mi escasa ropa y siguió besando, ahora mis pechos y los pezones endurecidos que chupaba como un niño; bajó al ombligo y de allí a los muslos haciendo arabescos con su lengua. Luego me giró y besó las nalgas, las mordisqueó y metió su lengua en mi culo. Estaba en la gloria. Lo que pensaba que iba a ser una lección, lo era, pero de cómo un macho sabe domar a una mujer. Mi padre también lamió mis pies y siguió subiendo para, ahora, llegar al coño al que sopló haciéndome temblar. Besó mis labios mayores y su contorno, luego los menores lamiendo de arriba abajo hasta centrase en el clítoris. Obtuve un orgasmo mayúsculo y mi cuerpo no respondía y temblaba de forma autónoma. Cuando recobré la respiración mi padre estaba desnudo, con su polla endurecida con el tamaño de un vaso de tubo. La acaricié con las dos manos sin atreverme a mirarle y luego la introduje en mi boca. Era enorme para tragarla por lo que lamí ensalivando toda ella hasta los huevos. No me cabía ni siquiera la mitad, y aun así me daban arcadas y mis ojos lagrimaban.

Me empujó y tumbada me penetró. Creí que me moría cuando comenzó a bascular. Todo era distinto a como era con Mario. Esto era salvaje, prohibido. Me sacó la polla de improviso y con ella me golpeó el coño centrándose en el clítoris hinchado. Eran nuevas sensaciones. Luego me giró y me puso a cuatro patas, me azotó las nalgas hasta que el picor se hizo insoportable y me penetró tirándome de la coleta. Estaba ensartada, a su completa merced. Rendida por haberme corrido repetidas veces, solo deseaba su leche caliente donde él decidiera: en la boca, el coño o en las tetas.

Papá decidió que no había terminado la follada, me volvió a girar al borde de la cama y de frente me penetró. Abrazó mis nalgas y me alzó; me estuvo follando de pie mientras yo me sujetaba al cuello y le rodeaba con las piernas la cintura. Era mi primera vez así y saltaba embriagada sobre su polla. En pocos minutos le sentí temblar y se corrió en mi coño que dejó anegado de leche caliente. Me posó sobre la cama con delicadeza y salió de mí lentamente y sonriendo.

—La próxima vez te voy a encular y tendrás que competir con el culo de Mario, que es muy tragón.

Asentí con la cabeza y ansiosa busqué sus labios para besarle con lengua, pues recordaba que dijo que a Mario no le había besado. A mí, sí. Metió su lengua en mi boca, chupó la mía, mordió mis labios y babeamos juntos.

En el colmo del «cerderío», papá llamó a Mario que entró al segundo en la habitación, y le hizo limpiar con la lengua mi coño que se apresuró a hacer bien contento. Notaba que le gustaba estar sometido por mi padre. Cuando tragó la mezcla de semen y jugos se apresuró a acercarse a papá y le limpió toda la polla. Se le veía feliz. Si Mario quería ser sometido y usado como una putita, lo haría con todas las consecuencias. Ya me encargaría yo.

En pocos minutos mi visión de la familia, del sexo y del matrimonio había cambiado. Todo lo veía distinto y ahora quería tener esa polla a mi disposición todos los días. Papá no iba a necesitar a nadie más. Yo sería su mujer y Mario una sirvienta amante bajo mi supervisión.
 
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