Las Historias de Santiago - Capítulos 001 al 002

heranlu

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Las Historias de Santiago - Capítulo 001

Mi nombre es Santiago y les contaré una historia llena de perversión y depravación filial. Soy oriundo de Granada, sin embargo, me basté de un par de decisiones para terminar estudiado en la Universidad Complutense de Madrid. La Ciudad donde ocurrió todo. Al cumplir los dieciocho convoqué a mis padres a una reunión en el comedor para platicar de mi futuro universitario. Después de muchas palabras y cifras acordamos lo mejor: Te irás a Madrid, pero ni de mierdas rentarás piso tú solo, te irás a casa de tu tía Carmen, que nos debe la vida y no se negará a recibir a su querido sobrino. “Vale”, respondí.

La tía Carmen, una mujer casi cincuentona, casi sin chiste, pero le llovían pretendientes como fuente de plaza. Su mayor atributo físico eran sus enormes tetas y su culo gordo, el típico de una señora de su edad. Además, portaba piel blanca y los rastros de unos ojos esmeralda perdidos por la edad. Era viuda desde hacía diez años quedó sola con una hija única; Leticia. Que se mantiene aún bajo su cuidado. Leticia era una niña de 18 años recién cumplidos, delgada, blanca, ojos color miel y las tetazas del tamaño de melones. Su cabello caía en cascada lacia sobre sus hombros y clavículas huecas. Hasta dónde recordaba su voz era angelical. De eso ya hace unos años. Nuestra relación siempre fue buena, aunque lejana porque solo nos veíamos de vez en cuando en una festividad en común. Lo último que supe es que se había comprometido.

Todo listo, iba ya en el tren a punto de llegar a Madrid. En la terminal me esperaba Jorge, un amigo de la familia que se ofreció a llevarme a la casa, me subió y aprovecho para darme un pequeño tour por la ciudad. Al llegar a la casa solo bastaba saludar a las dos mujeres con las que conviviría por tiempo indefinido para poder acostarse y disfrutar de la última semana de vacaciones que me quedaba.

—Hijo mío! —exclamó la tía Carmen al verme- pero qué grande estáis, ¡Dios de mi vida!

—Hola, tía —dije mientas me apretujaba sobre sus pechugas— es bueno estar aquí, gracias por todo.

—¡Gracias ni qué nada! Más que un favor es un placer, querido.

Entró la hermosa Leticia, en la flor de la adolescencia, frágil, ligera y sonriente. Venía del hombro de su novio Ramiro. Al verme se precipitó ante mí.

—¡Santiago! —se elevó del piso y me abrazó en el aire- mírate, estáis enorme. (¿Qué acaso es lo único que le pueden decir a un hombre?)

—¡Lety! ¡Pero vaya que estás hermosa!

Fue rara esa reacción en ella, si bien teníamos buena relación nunca fue así de efusiva conmigo. Después averigüé que fue para darle un piquete a su novio porque habían discutido. Claro, su novio no estaba de ni enterado de que era primo de su prometida y menos de que compartiría techo con ella. Así que pude sentir sus celos mientras la cargaba sosteniendo sus glúteos.

—Que lindo es tenerte por aquí —dijo Leticia— déjame acabar con unas compras y te llevo de tour por los alrededores.

—Lety, deja descansar al muchacho, por el amor de dios —dijo la tía interrumpiendo su ímpetu.

Tenía ganas de llevarle la contraria a la tía Carmen y escaparme con Leticia de paseo, pero de verdad estaba cansado. Leticia observó mi mirada y se dio cuenta que era cierto. No insistió y procedió a salir no sin antes presentarme a su prometido.

—Por cierto, te presento a Ramiro, mi bello prometido.

—Qué tal, Santi. A ver si salimos todos a dar una vuelta cuando te repongas —dijo Ramiro—, a ver si te llevo unas amigas para que vayas calando mujer en Madrid —terminó entre risas.

—Vale, hombre. Nos vemos más tarde —concluí.

(Qué tipo tan pesado)

Mi tía me llevó al cuarto donde me quedaría.

—No es muy ostentoso, pero es cómodo y seco.

—No se preocupe, tía. Todo bien —dije mientras dejaba caer mis maletas.

En fin, pasó la noche, cenamos y pasé mi primera noche ahí. Ramiro no vivía en la casa, pero se la pasaba casi diario con Leticia. Así que no era raro verlo merodeando por la casa. Mi relación con Leticia se fue acrecentando, de noche, cuando la tía dormía solíamos tomar unas cervezas mientras recordábamos episodios chuscos de nuestra infancia juntos. Nunca se lo dije, pero ella fue de mis primeros amores y representó una pieza importante en mi niñez. Me quedaba hasta tarde en su cuarto, ahí bebíamos porque era más grande y tenía una terraza que permitía fumar sin el problema de los aromas. La tía Carmen era algo conservadora, por eso Ramiro no vivía aún en la casa, pero no tenía problema si bebía algo de alcohol con su hija porque eran vacaciones y entendía nuestra emoción de volvernos a conocer. Como sea, esto abrió pauta a una libertad nocturna sin precedentes en la vida de Leticia. Que, con muchos novietes a lo largo de su adolescencia, nunca tuvo esa libertad de estar con un hombre pasadas las ocho de la noche. Ni con Ramiro. Toda la semana nos juntamos en la noche ya sea para fumar tabaco o cannabis, beber alcohol o simplemente parlar sobre todo hasta que los parpados nos dormían. El viernes salimos de fiesta a uno de los clubs más exclusivos de Madrid, me presentó a unas amigas suyas y conocí a mi primer ligue en la capital; Susana. No pasó mucho más que un encerrón en su carro y un secuestro a su piso. Llegué a las seis de la mañana del sábado. Al entrar a la casa Leticia tenía un café listo y un desayuno:

—Mírame, te tiras a una de mis amigas y aquí me tienes haciéndote el desayuno —dijo sarcástica.

—Es que me amas, querida —me aventuré a decirle aún bajo efecto del alcohol.

Hizo caso omiso y se metió a bañar. Verla en ropas ligeras y transparentes alejándose mientras su culo danzaba frente a mí me convencieron de mis sentimientos hacia ella. El día transcurrió normal y esa noche me contó ciertos problemas que tiene con su novio. Me di cuenta entonces de lo fragmentada que podía estar la relación. Sin embargo, me confesó que siempre le ha sido fiel y que no había tenido ningún desliz en cuanto a ese tema. La noche del domingo ocurrió lo inesperado una oleada de calor azotó la capital a 42 grados Celsius, al acostarme sentía el infierno, el ventilador eléctrico no ayudaba y al asomarme a la terraza de la sala el aire parecía vapor. Leticia salió de su habitación para beber agua antes de dormir:

—Madre mía, esto es un infierno —dijo mientras caminaba a la cocina, al beber el vaso me vio a lo lejos, observó cómo me escurría de sudor con una botella de agua en el antebrazo— ¡Madre mía, Willy! ¿Pero qué haces ahí? Ven a mi cuarto.

Al entrar a su habitación una nube de frescura seco mis gotas en segundos. Tenía control de clima de última generación.

—Qué pena, Santi. No recordaba que en el cuarto de huéspedes no hay control de clima.

—Vale, no te preocupes, que de todas maneras ya me estaba acostumbrando. Buenas noches.

—No te vayas, esta noche te duermes conmigo. No dejaré que mi primito se derrita allá afuera.

Nos acostamos entonces y dormimos nuestra primera noche juntos. Mi mente se alborotó, hace tiempo que no tenía el cuerpo de una mujer tan hermosa tan cerca de mí en una cama. Escuchar su respiración recalcitrante, su movimiento bajo la sábana y por leves momentos sentir su calor eran sensaciones placenteras. Era ya la una de la mañana.

—¿Aún no te duermes? —dijo susurrando Leticia.

—No, me cuesta trabajo dormir en cama nueva.

—Entonces hablemos.

—No puedo, tengo que estar mañana a primera hora en la uni.

—Anda, prometo aburrirte para que te quedes dormido.

—Vale…

—Esto es muy raro para mí, nunca había hablado con un hombre tan tarde, sé que eres mi primo, pero sigues siendo de mi sexo opuesto.

—No te creo, no te ves tan inocente.

—¿Qué? ¡Claro que soy inocente! —gritó Leticia.

—Cálmate, despertarás a mi tía. Lo decía por la forma en la que te mueves al caminar y …

—¿y?

—Y la forma en la que miras los hombres… Ese día en el club… —dije. Leticia guardó silencio— pero vale que no hay problema, no digo que esté mal… Pero creo que te has dormido —concluí mientras me ponía boca arriba.

A los poco segundos comencé a escuchar un solloce.

—Es difícil ser yo —dijo Leticia entre lágrimas—, es difícil pretender ser la niña perfecta. Quise a Ramiro por ser el único en no pasarse conmigo, todos querían sexo o querían tocarme. Él no, pero ahora, en este último año siento una llama, un fuego abrasante que destapa instintos que Ramiro no puede apaciguar y que solo puedo arrancar cuando estoy bebiendo rodeada de “tíos buenos”.

—Te respeta demasiado.

—No, no es eso, lo hemos intentado, pero… simplemente no puede y cuando eso pasa se queda sin ganas, se cabrea consigo mismo y tenemos que regresar a casa.

—Ya veo —dije mientras recobraba mi posición dirigida a ella esperando un río de desahogo.

—Además me faltan tetas y culo, cuando me beso con Ramiro noto que casi no les presta atención.

Vi por la poca luz que pasaba su mano por sus pechos y los apretaba ligeramente.

—¿Crees que estoy buena? —soltó sin más Leticia.

Me puse frío y nervioso, tenía que ser preciso para que quedara claro que está buena pero que no se dé cuenta de lo que me provoca. De que en el fondo me gusta.

—Cuando éramos más niños los chavales pensaban que éramos novios, nunca estuve tan orgulloso de tener una novia ficticia como tú, imagínate cuando tenía que desmentir y decir que somos primos.

Leticia de rio y dijo— pero eso era de chavales, ¿Qué tal ahora? Ahora ni tú me ves el culo cuando me agacho —rio de nuevo pero un poco más alto.

Antes de que pudiera decir cualquier replica sentí cómo ella buscó mis manos en la oscuridad y al hallarlas las solapó con la nobleza de sus manos tersas:

—Ando de oferta, dejaré que las toques.

Dicho esto, llevó mis manos por la brisa fría y las colocó sobre sus enormes pechos que solo estaban cubiertos por un camisón ligero, estaban tibios. Me atreví a apretarlos y supe al fin la textura esas tetas que soñé con tener en mis manos. Sentí sus pezones tiernos, incluso sus aureolas y pude adivinar su color con el tacto. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero al recobrar conciencia ya estaba estimulándolas con mis dedos. Buscando hacerle placer indiscriminadamente, seguido esto me precipité para besarla. Sentí sus labios flojos. Al soltarla, Leticia ya estaba dormida y en un arranque de cobardía subí su camisón para intentar chuparle las tetas. Al levantarle la prenda vi su par descomunal en la resolana de luna, acerqué mi boca y su mano vidente apareció para detenerme por la frente, lentamente me llevó al lado contrario, se bajó el camisón y se dio media vuelta para dormir. Lo entendí, me había pasado. Me giré sin decir nada más con el corazón en la garganta y el cuerpo más frío que un hielo

Unas horas después me levanté, ella seguía dormida, salí sin hacer ruido, desayuné y me fui al primer día de universidad. A las nueve de la mañana recibí un mensaje de Leticia: “Perdóname por lo de ayer, sé que me pasé y quedé como una calientahuevos. No sé en qué estaba pensando, de verdad me siento muy mal. No quiero que esto cambie nuestra relación, vales demasiado como para dejarlo ir por la calentura”. Me sentí como cuando uno se besa con la mejor amiga y te avienta más o menos el mismo cuento, de todas maneras, me había dado cuenta de que no se quedaría ahí porque me trató más como un amigo que como su primo de sangre y para mí ya era tarde parar, después de degustar parte de su cuerpo no era posible que alguno de los dos no quisiera un poco más. “Vale, Leticia. No pasa nada, no te preocupes, queda olvidado lo de ayer. Nos vemos al rato. Saludos a Ramiro”, respondí. El resto de la semana no pasó nada interesante en cuanto a Leticia, salimos de paseo los dos y recobramos sin problemas la informalidad. En Granada las cosas no fueron bien, mi padre se quedó sin trabajo y eso repercutió directamente en la mesada para gastos escolares, mi presupuesto se redujo por la mitad y la única opción era buscar trabajo de medio tiempo. Encontré uno sin problemas; una cafetería local, perteneciente a Jorge (¿Lo recuerdan?) Me parece que está enamorado de mi tía porque nada más le bastó con mencionar que su sobrino estaba pobre y en seguida ofreció la vacante. Era trabajo de tres a ocho de la noche, por lo que si antes regresaba cansado ahora llegaba molido a casa de mi tía. Ya no tenía tiempo ni energías para hablar con Leticia y nos dejábamos de ver durante días, los fines ella salía por lo que el distanciamiento era obligatorio. Pasaron dos meses y fue cuando la vida dio un giro esperado (por mí, claro), una nueva oleada de calor. Inesperadamente la que tomó la iniciativa fue la tía Carmen: Ve al cuarto de Leticia a dormir, hijo. Ya con Leticia reconectamos enseguida y hablamos hasta las tres de la mañana. En esta ocasión la oleada de calor duró más que un par de días por lo que llegar molido a su cuarto, hablar un rato y dormir a su lado se volvieron cosa normal. Días después la suerte seguía dando frutos, si no tenía suficiente placer con ver su cuerpo en delgados pijamas, a veces sin sostén y algo trasparentes, el día jueves comenzó a cambiar mi suerte:

—Entonces… déjame ver si entendí; ¿te paras a las 6 am para llegar a las 7 am a clases, sin horas libres hasta la una de la tarde, para llegar a comer a la casa a las 2 pm e irse cagando leches para llegar a tu trabajo, servir a niños pijos del centro hasta las 8 pm, llegar a hacer trabajos escolares y después dormir para repetir todo mañana?

—Excepto si me toca cerrar, en ese caso llego a las 10 pm a casa.

—Mierda… Está duro.

—Sí…

—Debes estar muy estresado, con razón no hablabas conmigo, debes llegar molido. Yo me quejaba con todos de que ya no me querías.

—No seas tonta, claro que te quiero, chiquilla, pero llego hecho mierda —lancé una risa cansada y me acosté en la cama.

—Si pudiera hacer algo por ti, lo que sea, lo hago. Yo no estoy tan molida como tú así que puedo hacer lo que me pidas.

En seguida mi mente comenzó a jugar sucio y comencé a inventar salvajadas en mi mente, por extraño que parezca esa idea relajó mi cabeza.

—Gracias, Lety. Estaré bien, no es necesario.

—En serio, un té, un masaje de pies o de espalda. ¡Ya sé, mejor una cena especial preparada por mí!

(Mejor hazme una paja, eso me ayudaría bastante) Me abrumé y me di vuelta en la cama dándole la espalda y apagando la luz.

—Estoy bien, te lo juro. Gracias, Lety.

El lugar quedó con el único sonido del viento artificial. Comencé a sumergirme en la perdición de los sueños hasta que un tacto me regresó a la realidad. Leticia masajeaba mi espalda.

—No lo estás, tienes la espalda muy tensa —dijo con una voz suave sobre mi oído.

No tardó en darme sueño de nuevo a causa de la relajación, pero mi mente volvió a jugármela y en lugar de dormirme me colocó a un nivel elevado de excitación. Mientras ella seguía recorriendo mi espalda y hablándome de su día al oído yo simplemente estaba perdido solo con ella.

—Ahora te toca allá abajo.

(¿Qué?) Prendió la luz me tomó de la cintura y me giró boca arriba.

—Puta madre —dije.

Sin pensarlo, ella fue testigo de la enorme erección que respingó por debajo de mi pants y que sin presumir puedo decir que se veía majestuosa, en ese momento me sentí, claro, apenado. Por lo que me giré y apagué la luz.

—Perdón, solo quería darte un masaje de pies…

No podía decir nada porque la vergüenza comió mis palabras. Todo quedó en silencio de nuevo. Estaba más despierto que nunca, apenado, oprobiado y ligeramente excitado por su mirada de sorpresa al ver mi animal descomunal.

—Nunca había visto una así —dijo Leticia.

Guardo otro silencio y se notaba que estaba en un conflicto mental. Me giré boca arriba y me quedé escuchando su respiración. (Ahora es mi turno). Moví mi mano rozando la cobija a su dirección hasta que tomé su mano, que estaba caliente, y la apretó un poco. Metí el pulgar de mi mano derecha en mi pants y lo bajé para liberar mi miembro. Entonces la llevé lentamente a mi paquete erecto, no dijo nada, segundos después noté como lo trató de sujetar, su respiración a lo lejos se pausó y se agitó.

—Me puedes ayudar con esto, primita.

Seguía sin hablar, pero no había duda, estaba moviendo ligeramente su mano arriba y abajo en un vaivén celestial. Yo cerré los ojos y comencé a disfrutar de ese placer carnal en una atmosfera de peligro y prohibiciones. Se llevó a cabo un incendio en aquel cuarto frío donde no se produjo una sola palabra hasta horas después por la mañana. Estiré mi mano y comencé a tocas sus pechos por encima de camisón, los estrujé y apreté, después las dejé desnudas y comencé a estimularlas con mis dedos álgidos. Bajé mi mano por su cintura hasta sus piernas y dilucidé la forma tan sensual que tenía mi prima. Pasaron cinco minutos y estaba extasiado, ella estaba igual de caliente que yo, entonces puse mi mano en su nuca y busqué atraer su boquita. Ella cedió sin problemas y sus labios rodearon mi pene, no tardé mucho en rendirme y no me pude contener. Llevé mis manos a su nuca y descargué semen de una semana en su boquita mientras yo lanzaba un rugido sordo de animal. Hizo arcadas y tosió cúmulos de mi leche sobre mi falo. Se paró rápidamente y salió del cuarto, yo me paré a limpiarme con unos pañuelos y me acosté. Minutos más tarde ella llegaría con un aliento a pasta dental para luego quedarse dormida.

Estaba asustado porque no sabía qué iba a pasar, mil cosas pasaron por mi mente; pelea, discusión, conflicto familiar, mi exilio de la casa de la tía. En fin, todo se disipó la noche de ese día cuando Leticia entró al cuarto, puso seguro a la puerta, se acercó a mí y de un movimiento tajante me bajó los pants y engulló mi miembro hasta devorar cada gota.
 

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Las Historias de Santiago - Capítulo 002

—ahhhh, dios… —gemí impotente ante un placer desbordante y ardiente. El sudor resbalaba sobre mis pómulos y un vapor celestial ascendía sobre mi rostro. Estaba con mi prima Leticia en un cuartito caliente por el sol de verano, escondidos de la civilización cercana al océano. Era un fin de semana donde la tía Carmen, Leticia y yo decidimos ir a vacacionar a Mallorca. Heme ahí, un chico cualquiera yendo de lado con una exquisitez de dieciocho años, con un par de melones tambaleándose en un bikini verde olivo, mientras del otro lado una madura que no le pide nada a las jóvenes, piel color desbordante y un par de tetazas más grandes que lo que podría abarcar mi mano, esbelta, radiante y con un culo gordo bien dado y acomodado. Cuando llegamos nos sentamos y las féminas fueron a remojarse los pies mientras yo instalé todo el rollo, después abrí unas cervezas Corona y fui a por ellas. Me senté a orillas del mar justo en medio de aquellas dos. Una pequeña ola nos mojó hasta las caderas y después de eso ambas recargaron sus cabezas en mis hombros. Ser el consentido de la casa tiene sus frutos.

Durante el día se nos pegaron señores y jóvenes que con amabilidad buscaban más que sonrisas de parte de las dos mujeres. Todos sin éxito, aunque estoy casi seguro de que la tía Carmen le pasó su número a un señor cuarentón. Leticia, al seguir comprometida con Ramiro, no respondió a los estímulos sexuales de esos jóvenes sudados sedientos de placer. Le era tanto fiel a su prometido como a mí. Llegó la tarde y los tres nos encontrábamos recostados tomando el sol, ya un poco ebrios.

—Como que me das un masajito, ¿no, Santi? —dijo la tía Carmen con cierta malicia.

—Claro, tía, con gusto.

—ay, no. Yo le iba a pedir lo mismo a Santi —interrumpió mi prima Leticia.

—No se preocupen —dije entre risas—, puedo con las dos.

—Ese Santi bien cumplidor, así debes de ser con todas tus conquistas.

—¿Cuáles conquistas? —dije en un sentido irónico. Lo cierto es que mi tía Carmen sabía que no era un hombre una sola mujer. La soltería tiene sus beneficios.

Comencé con mi tía, masajear su espalda dorada por el sol, y humedecida por la crema, me arrojaron a un valle de arranques sexuales. Como sea, no pasó más allá de una erección. Más tarde pasé con Leticia, mi tía al estar dormida boca abajo aproveché para tocar de más a mi prima. Primero su espalda luego sus piernas mientras le pegaba mi erección cada que podía. Leticia solo se limitaba a sonreír y a sacar ciertos gemidos. Más tarde nos habíamos metido a una casita de madera que solían ser los baños de la playa hace ya muchos años. Bajó mi short ligero, se puso de rodillas y comenzó a chupar mi falo sin piedad. En ocasiones se detenía y seguía pajeando con sus manos mientras me miraba a los ojos con esos ojos felinos que llenaban mis entrañas. Levantaba mi pene y me lamía los huevos mientras seguía el vaivén con su mano. De una maniobra le quité su bikini y dejé que sus pechugas se extendieran. Siguió mamando moviendo la cabeza mientras tus tetas se columpiaban. Después supo que estaba a punto de venirme y comenzó a pajearme mientras abría la boquita y cerraba lo ojos esperando mi venida. Finalmente acabé sobre su cartita y pude ver cómo mi semen escurría por sus mejillas, labios y nariz. Nunca olvidaré lo bien que se siente ver una cara tan hermosa siendo ultrajada por mi semen caliente. La limpié con mi playera y nos fuimos a enjuagar a la playa, regresamos con la tía Carmen que ya había ordenado mariscos para comer. El día ocurrió normal y regresamos al hotel. Yo estaba solo en mi habitación viendo televisión mientras salía de bañarme. Se me ocurrió salir a la terraza para admirar la costa, el aire era cálido y la noche se alumbraba por las luces de los clubes nocturnos. De pronto alguien llamó a mi puerta:

—oye, Santi —dijo una voz suave—, no me lo vas a creer, mi mamá me dejó salir de fiesta.

Yo me apresuré a abrir la puerta.

—Salgo en diez …

Pedimos un taxi que se coló por las calles para llegar a la zona de clubes, así como ocurrió, algo totalmente inesperado acabó con todo el plan y la expectativa. El taxi cruzó una importante avenida y de la nada, a toda velocidad, una camioneta se atravesó. Después nada.

Desperté en mi cama un martes por la mañana, habían pasado tres días del choque en Mallorca. El taxi quedó desecho y la camioneta fue pérdida total. Leticia salió intacta al igual que el taxista, los de la camioneta quedaron heridos, pero no de mucha gravedad. Lo peor me tocó a mí: fractura de pierna, dislocación de ambos hombros, fractura de mano derecha y fractura de muñeca en la izquierda, heridas superficiales y demás detalles médicos. Al final del día el diagnostico del doctor era que iba a recuperar la movilidad total de todo mi cuerpo en varios meses, el problema era que no podía valerme por mí solo porque no podía ni rascarme un huevo. Acordé con mis padres vía telefónica que pasaría mi discapacidad en casa de la tía Carmen ya que en Madrid era más caro que alguien me cuidara. Entonces fue así. Una enfermera y mi tía serían las elegidas de suplir mis necesidades de alimento y baño. Pasó un mes y el dolor era menos, me daban de comer cosas blandas porque también tuve problemas en la mandíbula, me bañaba la enfermera cada dos días y lo peor de todo, al no tener mis manos libres, tenía las bolas llenas con más de un litro de leche. Leticia no fue la opción porque se fue el resto del verano con la familia de Ramiro, su prometido, y no la vería en dos meses. Me sentía muy extraño estar inmóvil todos los días, llamarle a mi tía para que le cambiara al televisor. ¿YouTube? No podía ni mear solo, así que agarrar el móvil tampoco era opción.

Cuando pasas tanto tiempo sin correrte el cuerpo comienza a sentirse muy cálido y cualquier cosa con connotaciones sexuales eran suficientes para provocar una ligera erección. Durante una sesión de baño puse a la enfermera en una situación incómoda. Mientras pasaba la esponja en mi miembro para limpiarlo algo pasó que provocó que se me parara completamente. Anteriormente respingaba un poco y ya pero hoy fue una erección completa. La enfermera no sabía si seguir limpiando y, a su vez, seguir estimulando mi erección.

—Lo siento…

—Está bien, Santiago, no es la primera vez que me pasa.

Sentí tanta vergüenza que mi pene no tardó en bajarse de nuevo. Así pasaron los días y cada vez era más común he incómodo. Un día mi tía fue a cambiarme de ropa porque la enfermera no iba a venir.

—Ya que hoy no tendrás baño te cambiaré de ropa, ¿vale?

Mi tía ya me había visto en pelotas varias veces así que no me causó pena. Pero ocurrió de nuevo, mi pene se erigió culminante en el aire. La tía Carmen no se inmutó ni dijo comentario al respecto. Se inclinó hacia mí para limpiar mi cara del sudor y pude ver su escote y cómo se colgaban esas tetas inmensas. Después me colocó el pantalón y pasó lo inevitable:

—¡Santi! Válgame dios —dijo muy apenada.

—Perdone tía, no sé qué le pasa…

Carmen tomó toda la valentía del mundo agarró el pene de su sobrino, lo recargó en su pierna y rápidamente le subió el pantalón.

—Ya, no te preocupes.

Era un infierno, mis bolas reventaban incluso de ver a mi tía en pijama, necesitaba hacer algo de manera urgente. Esa misma noche mis dolores regresaron y tuve que pedirle a mi tía que me diera un calmante para dormir a gusto. Después de media hora sentí una pesadez muy extraña, como si estuviera borracho, era obvio que los calmantes me habían pegado más fuerte. Pasó un rato y seguía despierto, pero sin poder mover mi cuerpo, mi tía Carmen entró con su bata de noche y se acercó a mí guiándose con la luz de la televisión nada más. Entre abrí los ojos y pude ver que me miraba de cerca. Se quedó quieta, de pronto me quitó las cobijas y volvió a quedarse estática. Pasó un minuto y me bajó el short que cubría una erección que extrañamente se había producido por ver a mi tía tan cerca. En voz baja mi tía balbuceaba:

—Dios de mi vida, la tiene muy hermosa… No, cálmate, es tu sobrino… Cómo me gustaría devorarla.

Carmen siguió con su debate interno hasta que se decidió y comenzó a tocar mi pene, debo aceptar que se sentía muy bien pero mi cuerpo estaba adormecido y no llegué al orgasmo. Al día siguiente no sabía qué había pasado. Pensé que era un sueño, pero en la noche le dije que me suministrara otra dosis. Me dio de nuevo dos pastillas, pero esta vez guardé una bajo mi lengua y cuando se fue la escupí lejos. A la media hora escuché que mi tía se acercaba a mi cuarto y me hice el dormido. Pasó de nuevo. Tenía sueño, pero con la mitad de la dosis tenía control de mis sentidos. Vi cómo apagó la luz y solo quedaba la que se colaba de los postes de la calle entre las persianas. En esta ocasión se veía más confianza en sus movimientos, con menos duda. Se acercó, me bajó el pantalón y tomó mi pene. Se lo engulló en la boca y pude notar el placer que sentía al degustar el líquido de un pene. Se veía que hacía años no chupaba uno. En esta ocasión sentía todo el placer completo y mi pene arrojaba más líquido pre-seminal, me esforcé por no retorcerme demasiado. Se detuvo y movió mis hombros para comprobar qué tan dormido estaba. Se notaba por sus movimientos desesperados que estaba tremendamente excitada. Rápidamente se levantó la faldita y se trepó encima de mí sin hacer mucho movimiento. Se notaba su respiración agitada por los nervios y comenzó a dirigir mi pene a su vulva. Cuando mi punta tocó la entrada de la vagina de mi tía me sentí en el cielo. Sentir ese calor y esa humedad tierna estaba volviéndome loco. Mi pene entró ligeramente y de un tirón se la metió hasta el fondo. Sentí cómo mi miembro se había abierto paso a una cavidad que no se utilizaba en mucho tiempo. Carmen soltó un gemido derretido y ahogado, y yo no pude evitar retorcerme y lanzar un pequeño gemido. En un intento por no delatarme hice como que hablaba dormido y balbuceé, pero no funcionó. Mi tía Carmen se espantó tanto que se bajó y salió lo más rápido que pudo. Nunca me habían dejado tan prendido en mi vida. Ni para hacerme una paja. Un río de placer que se convirtió en uno de desesperación. Pasó un rato y me dejé dormir.

Todo ocurrió con normalidad el día siguiente. Esa noche y las siguientes la tía Carmen no regresó a mi cuarto, aunque pidiera una dosis, parecía que se hubiese espantado. De todas maneras, siempre trataba de que mi tía viera mi pene cada vez que era posible. Hice que la enfermera dejara de venir alegando que me sentía incómodo. Entonces mi tía me tuvo que bañar ese día. Una vez en el baño ella comenzó a pasar la esponja por todos los rincones de mi cuerpo, una vez más, al pasar por mi miembro, éste se paralizó. Mi tía hizo caso omiso, pero noté cómo lo veía de reojo de vez en cuando.

—Tía, qué pena con tantas molestias. Todavía que me quedo en tu casa tienes que bañarme.

—Qué pena ni qué pena. Si cuando eras un crio luego yo te bañaba cuando mi hermana estaba ocupada.

—Pero no es lo mismo…

—¿A qué te refieres exactamente?

Yo solo miré mi pene erecto y le hice un ademán con las cejas.

—Oh… —dijo mi tía—, eso es normal, raro fuera que no tuvieras erecciones.

Mi tía, tratando de sonar normal y relajada tomó mi pene del tronco y lo sacudió haciendo un sonido bobo. Pero bastó con ver mi rostro hundido en un placer efímero para darse cuenta de que no podía bromear con eso. Al fin de cuentas, mi tía ya había pasado esa línea semanas atrás, cuando me sedaba para aprovecharse de mí. Solo era cuestión de llegar a un acuerdo ya que los dos, sexualmente, estábamos solos.

Mi tía, que se había quedado pensativa mientras seguía lavándome, me dijo:

—Sobrino… entiendo lo que te pasa… verás… a tu tío le pasó lo mismo una ocasión cuando se cayó de la moto. Me volví su masturbadora oficial —dijo eso último soltando una pequeña carcajada. Ella siempre tuvo esa forma de expresarse sin tantos tapujos.

—¿ah sí?

—Yo puedo ayudarte, pero que solo se quede en eso. Me interesa que te sientas lo menos incómodo posible. Espero que ésta sea una buena forma para solucionarlo.

—¿Estás diciendo que me vas a masturbar?

—Sí, pero solo para ayudarte. Con la condición de que no le hables a nadie más sobre esto. Mucho menos a Leticia. Ella no me perdonaría saber que le hago esto a mi propio sobrino.

—No te preocupes, tía. —dije sin tratar de mostrar mucha emoción, aunque en el fondo esas palabras se deslizaron como miel por mis oídos.

Dicho esto, mi tía se dispuso a terminar su labor y a continuación dejó la esponja y se dirigió a mi pene. Comenzó tomando mi tronco y lo agitó, tal como lo hizo días pasados, solo que ahora no se detuvo. Empezó a masturbarme con buen ritmo, mientras con la otra mano, tomó la botella de shampoo y la roció sobre mi miembro y su mano. Esto facilitó la lubricación. Yo estaba en el cielo mientras estaba recostado en la tina. Cada vez mis espasmos eran más fuertes y a los pocos minutos todo el mundo se volvió hermoso. Mi leche salió disparada con una fuerza y cantidad tremendas. Varias gotas cayeron sobe mi tía que solo sonreía también consumida por una calentura. No dijo nada y solo limpió, me secó, me vistió y me llevó a mi cuarto. El día siguiente pasó normal. Al siguiente me tocaba baño:

—¿Listo par tu baño y tu final feliz? —dijo mi tía (les dije que ella no se andaba con tapujos).

—Sí, tía.

Como era natural, mi cuerpo ya estaba más normalizado por lo que en esta ocasión tardé un poco más en correrme. Mi tía pasaba su mano con esa técnica que me volvía loco, lo hacía tan agitado que sus tetas rebotaban en su blusa y su collar se levantaba ligeramente haciendo ruido al compás de su vaivén. Yo estaba nuevamente en el cielo y le dije:

—Quiero verlas, tía.

—Claro que sí, hijo, lo que quieras, chiquito.

En seguida, con su mano izquierda se bajó la blusa con todo y sujetador y las dejó salir apretadas por la blusa. Me perdí en el paraje eterno de sus tetas descomunales que me miraban con perversión. En ese instante dejamos de ser familia y ahora fuimos cómplices.

—Hazlo, sé que quieres hacerlo desde hace mucho —dije con la voz entre cortada.

Ella me entendió y sin dudarlo se metió mi pene en su boca. Pasaba su lengua mientras sus labios masajeaban mi contorno sin piedad. Por debajo, seguía pajeando mi tronco mientras jugaba con mi cabeza. Entonces la vi ahí, rendida ante mí, de rodillas, con las tetas afuera mientras se derretía de placer por mi pene en su boca. Entonces no pude más y me vine.

Pasaban los días y el acuerdo entre la tía Carmen y yo se iba infringiendo. Caímos en un supuesto enfermizo y ciego. Donde ella era super maternal y yo era muy indefenso. Cuando no podía dormir ella iba y me recargaba en su pecho desnudo. Cuando me bañaba me masturbaba muy suave y procurando no lastimarme. Poco a poco me iba recuperando y cada vez eran menos necesarios los cuidados de mi tía. Entonces yo ya hacía más cosas solo. Excepto complacerme.

Finalmente me recuperé por completo meses después. Leticia ya estaba con nosotros y la normalidad regresó a la casa. Los asuntos con la tía Carmen se enfriaron por temor a que Leticia se enterara. Aunque cuando ella no estaba en casa la tía me trataba como a su novio. Me daba besos en la boca, me decía “amor” o “cielo”. Aunque era a veces algo incómodo, ambos sabíamos que eran cosas que se quedaban en casa. Sin embargo, hasta entonces nunca habíamos tenido sexo. Lo máximo eran orales y besos muy calientes.

Un día Leticia se fue de antro con sus amigas y me quedé solo con la tía. Preparó la cena de un viernes por la noche y se me ocurrió llevar un vino tinto a la mesa. Comenzamos a tener una plática interesante de política, luego hablamos temas triviales y cuando la botella se acabó ambos estábamos sonrojados y risueños. Saqué otra botella de mi cuarto, y luego otra y otra.

—Tía, te voy a confesar algo. Ese día que te pedí un calmante… Estaba despierto y pude sentir cómo tratabas de tener sexo conmigo.

La tía se quedó muda y sonrojada. De verdad se notaba apenada.

—La verdad es que siempre he querido vengarme por eso.

—¿Vengarte? ¿Me vas a drogar?

Yo solo miré su copa y luego miré labios.

—¿Te pesa la cabeza? —le dije.

—¿Qué me diste?

—Ven, vayamos a tu cuarto, luces cansada.

Entonces la dirigí a su cuarto. Ella no tuvo otra opción que seguirme porque estaba a punto de quedar noqueada.

—No te preocupes, tía. No quedarás completamente dormida.

Una vez en la cama comencé a manosearla. Se había puesto un vestido un tanto elegante para la pequeña cena. Era rojo color vino. Se veía tan exquisita en él que no se lo quité para el gran momento. Tomé lubricante con mi mano y lo pasé por su concha. Después comencé a penetrarla de frente. Primero lento y luego con envestidas más fuertes. La giré y la puse con el culo arriba y la comencé a coger de una manera monstruosa.

Nunca me preocupé porque en un punto supe que lo estaba disfrutando. Era la primera vez que cogía con todas mis facultades físicas restablecidas. Perdí el control de mí mismo, dejé de ser humano para convertirme en animal en estado primario. Lancé sonidos guturales por el extremo placer de estar sometiendo a mi tía en ese entallado vestido rojo… ese vestido rojo…

—Tía… tía!!! ¡¡Chiquita!! ¡¡¡¡En tu vestido, en tu vestido!!!!

Saqué mi pene enrojecido por la fricción y derramé todo mi interior sobre esas telas rojas. Desde su espalda hasta sus nalgas. Me recosté a un lado rendido y vi de reojo una sonrisita que tenía en sus labios.
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