La Vida Secreta de Betty – Noche de Juegos

Historias el macho

Estrella Porno
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Feb 5, 2025
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La casa olía a pizza y a cerveza fría. Memo había invitado a tres amigos de toda la vida: Pablo, el más hablador; Julio, el callado de manos grandes; y Jorge, el que siempre llegaba con una sonrisa pícara. La idea era simple: una noche de Halo, partidas de combate hasta que el cuerpo aguantara.

Betty abrió la puerta con una sonrisa amplia. Llevaba un short negro que le marcaba el culo enorme y gelatinoso y una camiseta holgada que apenas contenía sus pechos pequeños. El cabello rizado castaño le caía suelto sobre los hombros. Pómulos pronunciados, piel blanca y esa forma de mover las caderas anchas que hacía que cualquiera se quedara mirando un segundo de más.

—Pasen, pasen —dijo alegre—. Ya puse las pizzas y hay cerveza en el refri.

Los tres hombres entraron saludando a Memo, que ya estaba instalado en el sillón grande con el control en la mano. Betty les sirvió las primeras cervezas. Cada vez que se agachaba a sacar otra del refrigerador, el short se le subía y el culo se le abría en dos mitades redondas y pesadas. Pablo fue el primero en mirar sin disimulo. Julio se pasó la lengua por los labios. Jorge solo sonrió.

Memo, como siempre, estaba en su mundo. En cuanto empezó la primera partida de Halo, se concentró por completo. Gritaba, se quejaba de los disparos, pedía cobertura que nadie le daba. Betty se sentó un rato a su lado, pero pronto se levantó a recoger platos y a traer más hielo.

—Voy al baño —dijo Pablo después de un rato.

No fue al baño. Fue a la cocina, donde Betty estaba acomodando las botellas vacías. Se acercó por detrás, tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo.

—Estás bien buena esta noche, Betty —susurró contra su oreja.

Ella se tensó. Miró hacia la sala. Memo seguía gritando a la pantalla:

—¡Cúbranme, cabrones! ¡Me están spawneando encima!

—No digas eso… —murmuró ella, pero no se apartó.

La mano de Pablo bajó y le apretó una nalga completa. El culo de Betty era tan grande que la mano ni siquiera lo cubría. Ella soltó un suspiro tembloroso.

—Memo está ahí…

—Memo no ve ni huele cuando agarra ese pinche control de Halo —respondió Pablo, y le dio una nalgada suave pero firme.

Betty sintió cómo se le humedecía el coño. Pensó en todo lo que ya había hecho: el campo, su padre, los desconocidos… Una vez más no iba a poder resistirse. Dio un paso atrás, empujando el culo contra la verga ya dura de Pablo.

—Solo un rato… y en silencio.

Julio y Jorge aparecieron en la cocina casi al mismo tiempo. Habían visto el movimiento. Jorge cerró la puerta que daba a la sala, dejándola apenas entreabierta para escuchar si Memo se levantaba. El sonido del juego seguía llenando la casa: disparos, explosiones, la voz de Memo maldiciendo.

Betty fue rodeada. Julio le bajó el short y las bragas de un tirón. El culo enorme quedó al aire, blanco, blando, con la grieta profunda ya brillando de humedad. Jorge le levantó la camiseta y le chupó un pezón pequeño mientras Pablo se arrodillaba detrás y le separaba las nalgas con las dos manos.

—Míralo qué rico está este culo… —murmuró Pablo antes de clavarle la lengua en el agujero.

Betty tuvo que morderse el labio inferior para no gemir. Se apoyó en la mesa de la cocina, abriendo más las piernas gruesas. Pablo la lamió del coño al culo una y otra vez, empujando la lengua dentro de los dos agujeros. Julio se sacó la verga gruesa y venosa y se la puso frente a la boca. Betty la abrió sin que le pidieran y empezó a chupar, babosa, profunda.

En la sala, Memo gritó:

—¡Lo maté! ¡Hijos de la chingada, eso es un headshot!

Los tres hombres sonrieron. Jorge se puso detrás de Betty, se escupió en la mano y se frotó la verga contra la entrada de su coño. Empujó. Entró de un solo golpe hasta el fondo. Betty soltó un gemido ahogado contra la verga de Julio. El sonido húmedo de la cogida empezó a llenar la cocina: carne golpeando carne, el culo de Betty rebotando contra la pelvis de Jorge.

—Más callada —le ordenó Jorge al oído, y le dio una nalgada fuerte que hizo temblar toda la grasa de sus nalgas.

Se turnaron. Pablo se la cogió después, más bruto, agarrándole las caderas anchas con fuerza y embistiéndola tan profundo que Betty tenía que aferrarse a la mesa. Julio la puso de rodillas en el piso frío de la cocina y se la metió por la boca hasta hacerla llorar de asfixia, mientras Jorge le abría el culo con los dedos y le escupía dentro.

Memo seguía en su mundo.

—¡Otra ronda! ¡Esta sí la ganamos!

Betty ya no pensaba en nada. Solo sentía. Tres vergas usándola. Una en la boca, otra en el coño, los dedos en el culo. Después la pusieron en cuatro sobre el piso, con el pecho pegado al azulejo frío. Pablo se la metió por el culo de un empujón seco. Betty abrió la boca en un gemido silencioso, los ojos llorosos. Le dolía y le gustaba al mismo tiempo. Julio se arrodilló frente a ella y le llenó la garganta otra vez. Jorge se masturbaba mirándola, esperando su turno.

La cocina olía a sexo, a sudor y a cerveza. El culo de Betty estaba rojo de nalgadas, el coño chorreaba y el ano se abría y cerraba alrededor de la verga gruesa que lo follaba. Cada embestida hacía que sus nalgas enormes temblaran como gelatina.

Se corrieron dentro de ella. Primero Pablo, llenándole el culo de semen caliente. Después Julio, que se la sacó de la boca y se corrió en su cara y en su cabello rizado. Jorge la puso de nuevo de pie, la levantó una pierna y se la cogió de frente contra la refrigeradora hasta venirse profundo en su coño.

Cuando terminaron, Betty estaba temblando, llena, sucia. Se limpió como pudo con un trapo de cocina, se subió el short (sin bragas) y se acomodó el cabello. Los tres hombres se subieron los pantalones y volvieron a la sala como si nada hubiera pasado.

Memo ni siquiera levantó la vista.

—¿Todo bien, mi vida? —preguntó sin apartar los ojos de la pantalla de Halo.

Betty se sentó a su lado en el sillón, sintiendo el semen escurriéndole por el coño y el culo, empapándole el short.

—Todo bien —respondió con una sonrisa cansada—. Solo estaba acomodando la cocina.

Los amigos se rieron bajito. Encendieron otra partida. Betty se quedó ahí, entre ellos, con las piernas cerradas y el cuerpo todavía latiendo, sabiendo que en cualquier momento Memo se distraería otra vez… y ellos volverían a usarla.

Y ella, como siempre, abriría las nalgas en silencio.
 
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