La Vida Secreta de Betty – Devoción Religiosa

Historias el macho

Estrella Porno
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Feb 5, 2025
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El padre Ramiro tenía sesenta y cinco años y una reputación intachable en todo el pueblo. Era el mismo sacerdote que había bautizado a Betty cuando era apenas una bebé, el que años después le administró la Primera Comunión, el que ofició su matrimonio con Memo y el que bautizó a su hijo. Amigo cercano de la familia desde hacía décadas. Todos lo querían. Todos lo respetaban. Nadie hubiera imaginado jamás lo que estaba a punto de ocurrir dentro de su iglesia.

Betty entró un martes por la tarde, cuando la nave estaba casi vacía. Solo se escuchaba el eco lejano de sus propios pasos sobre el mármol. Llevaba una falda larga hasta las rodillas y una blusa discreta de manga larga, ropa de “buena esposa y madre”. Pero debajo el cuerpo seguía siendo el mismo: caderas desmesuradamente anchas, pechos pequeños y firmes, y ese culo enorme, pesado y gelatinoso que se movía con cada paso a pesar de la falda. El cabello rizado castaño le caía suelto sobre los hombros. Tenía los pómulos sonrojados y las manos frías.

Se arrodilló en el confesionario. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que el cura podía escucharlo del otro lado.

—Perdóneme, padre, porque he pecado —dijo en voz baja.

La pequeña ventanita se deslizó. La voz grave, calmada y paternal del padre Ramiro respondió:

—Dios te escucha, hija. Habla sin miedo.

Betty tragó saliva. Empezó despacio. Le habló de su matrimonio, de cómo a veces se sentía invisible, de la tentación constante. Después, con la voz cada vez más quebrada, confesó que había caído. Que en más de una ocasión se había entregado a grupos de hombres. Amigos suyos. Amigos de su esposo. Que los había dejado usarla, uno detrás de otro, y que había disfrutado cada segundo mientras pedía que nadie se enterara. Que había abierto las piernas y el culo para varios al mismo tiempo. Que el remordimiento la estaba consumiendo, pero el deseo era más fuerte.

Del otro lado del confesionario hubo un silencio largo, pesado. Solo se escuchaba la respiración del viejo sacerdote.

—Hija… —dijo al fin con voz más grave—. Tus pecados son graves. Muy graves. La carne te ha dominado por completo. Necesitas una penitencia especial. Una redención más profunda que unas simples oraciones.

Betty escuchó el chasquido de una cerradura. La puerta lateral del confesionario se abrió lentamente. El padre Ramiro estaba de pie frente a ella. El hábito negro caía recto, pero no podía ocultar el bulto enorme que le bajaba por la parte interna del muslo derecho. Con calma, sin prisa, se levantó la túnica y se bajó el pantalón clerical.

Lo que apareció hizo que a Betty se le secara la boca.

Era la verga más grande que había visto en su vida. Anormalmente descomunal. Más gruesa que su propia muñeca, larguísima, pesada, de un color oscuro y surcada por venas gruesas que latían con fuerza. La cabeza era enorme, hinchada, brillante del fluido preseminal. Los huevos, grandes y pesados, colgaban debajo como un saco lleno. Aquella cosa no parecía humana.

—Esta es la verga bendita, hija —dijo el padre Ramiro con total seriedad, sosteniéndola con una mano—. Dios me la dio para redimir a las pecadoras como tú. Con ella voy a castigar tu cuerpo y limpiar tu alma. Y el semen sagrado que guardan estos huevos va a lavarte por dentro de todos tus pecados.

Betty temblaba. El olor fuerte, masculino y casi animal de aquella verga la mareó. Se arrodilló en el confesionario sin que se lo ordenaran. Necesitó las dos manos para poder sostenerla. Apenas logró meterse la cabeza en la boca. La mandíbula le crujió. Los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato. El padre Ramiro le sujetó el cabello rizado con firmeza y empezó a empujar, despacio, pero sin detenerse, abriéndole la garganta centímetro a centímetro.

—Así… chúpala con fe. Cada centímetro que tragues es un pecado que se borra.

Betty bababa sin control. La saliva le caía por la barbilla y le manchaba la blusa. La verga era tan gruesa que le deformaba completamente las mejillas y le cerraba la garganta. Cada vez que el cura empujaba más profundo ella sentía que se ahogaba, que los ojos se le salían de las órbitas, pero no se apartaba. Quería esa redención. Quería ser castigada por aquella monstruosidad bendita.

Después de varios minutos el padre la levantó como si no pesara. La giró y la obligó a apoyarse sobre el reclinatorio del confesionario, de espaldas a él. Le subió la falda hasta la cintura con calma y le bajó las bragas hasta las rodillas. El culo enorme de Betty quedó completamente expuesto bajo la luz tenue de las velas. Las dos nalgas blancas, enormes y blandas se separaron solas por el peso. El cura se quedó mirándolo un momento, como admirando una ofrenda.

Se escupió abundantemente en la mano, se untó aquella verga descomunal de saliva y la apoyó contra la entrada ya mojada del coño de Betty. La cabeza sola ya era más gruesa que cualquier otra verga que ella hubiera recibido.

—Voy a llenarte de gracia divina, hija.

Empujó.

Betty abrió la boca en un grito silencioso. La invasión fue tan brutal que las piernas le fallaron. El cura tuvo que sostenerla por las caderas. Fue entrando despacio, sin piedad, abriéndola, estirándola, llegando a lugares que nadie había tocado jamás. Betty sentía que se la partían por la mitad. Cuando por fin el padre Ramiro logró meterla completa, hasta que los huevos pesados le golpearon el clítoris, ella estaba llorando de verdad. El vientre se le veía ligeramente abultado por dentro.

El sacerdote empezó a follarla con movimientos largos, profundos y ceremoniosos. Cada embestida sacaba de Betty un gemido roto, ahogado. La verga era tan gruesa que al salir casi completamente se veía cómo el coño de ella se quedaba abierto, distendido, rosado y derrotado, antes de que volviera a entrar de un solo empujón hasta el fondo. El sonido húmedo y obsceno de aquella cogida llenaba el confesionario.

—Confiesa mientras te redime esta verga santa —ordenó el cura sin dejar de embestirla—. Habla de tus pecados. Di cómo te han usado.

Betty, con la frente apoyada en el reclinatorio y la baba cayéndole, empezó a hablar entre gemidos:

—Me han usado en grupo… varios hombres a la vez… amigos míos… amigos de mi esposo… me han llenado por delante y por detrás… he chupado y he tragado… he pedido más…

Cada confesión era respondida con una embestida más profunda y una nalgada que hacía rebotar toda la grasa de su culo. El padre Ramiro la follaba con la solemnidad de quien celebra una misa, pero con la fuerza de un hombre que lleva años deseando aquello. Le cambiaba de posición cuando quería. La puso de espaldas sobre el estrecho banco del confesionario, le abrió las piernas todo lo que la falda permitía y volvió a entrar hasta el fondo. Betty veía el bulto monstruoso que se formaba en su bajo vientre cada vez que el cura empujaba.

Sudor, saliva, fluidos. El olor a incienso se mezclaba con el olor a sexo crudo.

—Ahora va a salir el semen bendito —anunció el padre con voz entrecortada—. Vas a recibirlo como se recibe la comunión. Dentro. Todo dentro.

Se corrió con un gemido grave y profundo, clavándose hasta el fondo. Betty sintió cómo aquellos huevos enormes se contraían y cómo chorros espesos, calientes y abundantes la llenaban. Era tanto semen que al sacar la verga le salió a presión, resbalándole en hilos gruesos por el culo, los muslos y hasta las pantorrillas. El coño le quedó completamente abierto, derrotado, goteando sin parar.

Pero el cura no había terminado.

La obligó a arrodillarse otra vez frente a él. Se masturbó con la misma verga todavía brillante de los fluidos de ella y se corrió por segunda vez, esta vez directamente en la boca abierta de Betty, en su lengua y en su cara. Chorros pesados le mancharon los labios, la nariz y una mejilla.

—Trágatelo. Es el cuerpo y la sangre que te redime. No desperdicies ni una gota.

Betty se lo tragó todo, con lágrimas mezcladas con semen. El sabor era fuerte, espeso, casi amargo. Cuando terminó de tragar, el padre Ramiro le acarició la cabeza con la misma ternura con la que la había bendecido de niña.

—Tu penitencia apenas comienza, hija. Vendrás todos los martes a la misma hora. Y cada martes esta verga bendita y este semen sagrado te seguirán limpiando el alma… y el cuerpo.

Betty se bajó la falda con dedos temblorosos. El semen le seguía cayendo en hilos calientes por dentro de los muslos mientras cruzaba la nave de la iglesia hacia la salida. Cojeaba ligeramente. El coño le latía destrozado y abierto. Cada paso le recordaba el tamaño imposible de aquella verga.

Y lo más terrible, lo más pecaminoso de todo, era que mientras empujaba la pesada puerta de madera de la iglesia, Betty ya estaba deseando que llegara el próximo martes.
 
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