La Vida Secreta de Betty - Caminata por el campo

Historias el macho

Estrella Porno
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Feb 5, 2025
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Betty se miró al espejo del baño de la secundaria por enésima vez esa mañana. El uniforme de secretaria le apretaba en las caderas, esas caderas anchas y carnosas que parecían haber ganado aún más volumen en los últimos meses. Se giró de lado y suspiró al ver el enorme trasero gelatinoso que se marcaba bajo la falda. Las piernas gruesas, los muslos que se rozaban al caminar… y esos pechos pequeños que contrastaban con el resto de su figura voluptuosa. Cabello rizado castaño recogido en una coleta imperfecta, pómulos pronunciados y esa cara bonita que siempre le había abierto puertas, pero que no ocultaba el sobrepeso.

Llevaba meses intentando bajar de peso. Dietas, promesas, días de solo ensalada… y luego la cerveza fría o el Caribe Cooler después del trabajo, las botanas en los convivios, la flojera de levantarse temprano a caminar. Memo, su esposo bonachón y despistado, siempre le decía “estás perfecta, mi vida”, mientras él mismo se acomodaba en el sillón con una cerveza. Israel, su hijo de quince años, apenas notaba nada. Pero Betty sí. Quería verse mejor. Quería sentirse mejor.

Esa tarde, después de la salida de los alumnos, tres compañeros de trabajo la esperaban en el estacionamiento: Jorge, el maestro de educación física, alto y fornido; Roberto, el de computación, más delgado pero con una mirada pícara; y Andrés, el intendente, callado, de hombros anchos y manos enormes. Los tres eran amigos cercanos desde hacía años. Siempre la invitaban a las reuniones, siempre compartían cervezas con ella.

—Betty, vamos a caminar un rato por el campo de atrás de la escuela —dijo Jorge con una sonrisa—. Te va a ayudar a bajar de peso. Solo nosotros. Sin prisa.

Betty dudó un segundo. La secundaria estaba en una comunidad algo alejada, rodeada de terrenos baldíos y caminos de tierra que se perdían entre el monte bajo. No había nadie a esas horas. Pero la idea de hacer algo por su cuerpo la motivó.

—Está bien —aceptó—. Pero no me hagan sufrir mucho.

Se cambiaron de ropa. Betty se puso unos leggins negros que le marcaban cada curva: el vientre suave, las caderas desbordantes, y sobre todo ese culo enorme y blando que se movía con cada paso. Una blusa holgada y tenis. Los tres hombres la miraron de reojo mientras caminaban por el sendero polvoriento. El sol de la tarde caía cálido. El aire olía a tierra seca y hierba.

Hablaron de tonterías del trabajo, de los alumnos, de las próximas juntas. Betty se reía con facilidad, sociable como siempre. A los veinte minutos ya tenía la frente sudada y la respiración un poco agitada. Las piernas gruesas le pesaban. Se detuvo junto a un árbol viejo, apoyando una mano en el tronco.

—Descansemos un poco… ya no puedo.

Los tres se detuvieron a su alrededor. El silencio se alargó un segundo de más. Jorge fue el primero en hablar, con la voz más grave de lo normal.

—Betty… te vamos a ayudar de verdad a bajar de peso. Pero de otra forma.

Ella frunció el ceño, confundida. Entonces Roberto se bajó el cierre del pantalón. Andrés hizo lo mismo. Jorge también. Uno tras otro sacaron sus vergas.

Betty se quedó helada.

Eran enormes. Largas, gruesas, pesadas, llenas de venas saltadas que latían a la vista. La de Jorge era especialmente gruesa, oscura y con la cabeza hinchada ya goteando. La de Roberto, más larga y ligeramente curva. La de Andrés, gruesa y venosa, con un brillo de pre-semen en la punta. Tres vergas adultas, duras, apuntando hacia ella bajo el sol de la tarde.

—¿Qué… qué están haciendo? —murmuró Betty, dando un paso atrás. El corazón le latía fuerte. Pensó en Memo. En Israel. En sus valores, en la iglesia de vez en cuando, en ser una mujer casada, una madre. En todo lo que estaba “bien”.

—Nadie se va a enterar —dijo Jorge acercándose un poco—. Ni Memo. Ni nadie. Solo nosotros. Tú quieres bajar de peso… y nosotros queremos cogerte. Aquí. Ahora. Al aire libre.

Betty tragó saliva. Sus ojos no podían apartarse de aquellas tres vergas. El contraste entre su mente moral y el calor que empezaba a subirle entre las piernas era brutal. Sentía cómo se le humedecía el coño dentro de los leggins. Esas vergas eran demasiado. Demasiado grandes, demasiado reales, demasiado tentadoras.

—Yo… estoy casada —dijo en voz baja, casi sin fuerza.

—Lo sabemos —respondió Roberto, acariciándose lentamente la verga—. Por eso nadie se entera. Solo esta vez. O las veces que quieras. Tú decides.

Betty miró alrededor. Solo monte, tierra y el cielo. Nadie. El viento movía un poco su cabello rizado. Entonces, sin poder evitarlo, extendió una mano temblorosa y tocó la verga de Jorge. Estaba caliente, dura como piedra, con las venas palpitando bajo sus dedos. Un gemido bajo se le escapó a él.

Eso la rompió.

—Está bien… —susurró—. Pero nadie se entera. Nunca. Especialmente Memo.

Los tres sonrieron. Jorge la tomó por la nuca y la besó con fuerza, metiéndole la lengua mientras los otros dos le bajaban los leggins y las bragas de un tirón. El aire fresco le rozó el coño ya mojado. Su enorme culo gelatinoso quedó al descubierto, temblando. Las caderas anchas se marcaban aún más sin ropa.

La pusieron de rodillas sobre la tierra suave. Las tres vergas se acercaron a su cara. Betty, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de conflicto y lujuria, abrió la boca. Primero chupó la de Jorge, intentando meter solo la cabeza, pero él empujó más profundo. La verga le llenó la boca, gruesa, sabrosa, con sabor a hombre. Babeó alrededor mientras Roberto le frotaba la suya por la mejilla y Andrés le jalaba el cabello rizado para que mirara hacia arriba.

—Míralas bien, Betty… todas para ti —dijo Andrés.

Ella chupó una, luego la otra, luego la tercera, pasando de verga en verga como una puta hambrienta. Su saliva brillaba en los tres miembros. Los pechos pequeños se movían con cada movimiento de cabeza. El culo enorme le temblaba mientras se arrodillaba.

Jorge la levantó y la puso a cuatro patas. El sol le daba de lleno en la espalda y en ese culo descomunal, blanco, blando, con la grieta profunda y el coño hinchado y chorreando. Sin avisarle mucho, le apoyó la verga gruesa en la entrada y empujó.

—Ahhh… joder… —gimió Betty al sentir cómo la abría. Era gruesa. Muy gruesa. Le estiraba el coño de una forma que Memo nunca había logrado. Cada centímetro entraba con dificultad y placer. Cuando Jorge estuvo hasta el fondo, con los huevos pegados a su coño, Betty soltó un gemido largo y roto.

Empezó a cogerla. Fuerte. Profundo. El sonido de su culo golpeando contra la pelvis de Jorge era obsceno, húmedo, carnoso. Las nalgas gelatinosas rebotaban y temblaban con cada embestida. Roberto se arrodilló frente a ella y le metió la verga en la boca otra vez. Andrés se puso a un lado, masturbándose y manoseándole los pechos pequeños, pellizcándole los pezones.

Betty estaba siendo usada. De boca y de coño al mismo tiempo. El conflicto moral todavía estaba ahí, en el fondo, pero cada embestida lo hacía más pequeño. El placer era demasiado. El coño le chorreaba, los muslos gruesos le temblaban, y ese culo enorme se movía como gelatina con cada embestida.

—Más duro… —pidió ella entre chupadas, la voz pastosa por la verga—. Cójanme más duro…

Jorge obedeció. Le agarró las caderas anchas con fuerza y la embistió con ganas, abriéndole el coño una y otra vez. Cuando estaba cerca, se salió y se la dio a Roberto. Este entró de un solo empujón, más largo, llegando más profundo. Betty gritó contra la verga de Andrés, que ahora ocupaba su boca.

La turnaron. Uno detrás de otro. La cogieron de perrito, luego la pusieron de lado, levantándole una pierna gruesa para entrar más hondo. Después la montaron a horcajadas sobre Jorge, de frente, mientras Roberto le abría las nalgas y le frotaba la verga por el culo, sin entrar todavía, solo amenazando. Andrés le sujetaba el cabello y le follaba la boca.

Betty sudaba. El maquillaje se le corría un poco. Los rizos castaños se le pegaban a la frente. Su cuerpo gordito y voluptuoso era un espectáculo: el vientre suave moviéndose, las caderas desbordantes, el culo enorme rebotando, el coño rojo e hinchado tragándose verga tras verga.

—Voy a correrme… —avisó Jorge cuando volvió a estar dentro de ella.

—Adentro… —dijo Betty sin pensarlo, la voz rota de placer—. Métanmela adentro… nadie se va a enterar…

Jorge gruñó y se corrió profundo, llenándole el coño de semen caliente. Betty sintió cada pulsación. Cuando él se salió, el semen le chorreó por los muslos gruesos. Inmediatamente Roberto entró y siguió cogiéndola, mezclando su verga con el semen de su amigo. Poco después también se corrió adentro. Andrés fue el último. La puso de rodillas otra vez, le abrió la boca y se corrió en su lengua y en su cara, manchándole los pómulos pronunciados y los labios.

Betty se quedó arrodillada, respirando agitada, con el semen escurriéndole del coño y de la boca, el culo todavía temblando. Miró a los tres hombres, también sudados y satisfechos.

—Nadie se entera —repitió ella, casi como un mantra—. Ni Memo. Ni nadie.

Los tres asintieron.

Se limpiaron como pudieron con unas toallas que Andrés había traído “por si acaso”. Betty se volvió a poner los leggins, sintiendo el semen resbalarle entre los muslos mientras caminaban de regreso. Las piernas le temblaban. El coño le latía. El culo le pesaba de una forma deliciosa.

En el camino de vuelta casi no hablaron. Solo cuando llegaron cerca de la escuela, Jorge le dijo en voz baja:

—La próxima semana… misma hora. Si quieres seguir “haciendo ejercicio”.

Betty no respondió de inmediato. Pensó en Memo esperándola en casa, despistado, con una cerveza. Pensó en Israel. Pensó en sus principios. Luego sintió el semen seco en sus muslos y el recuerdo de aquellas tres vergas enormes abriéndola bajo el sol.

Sonrió apenas, con un brillo nuevo en los ojos.

—Ya veremos —contestó.

Y siguió caminando, con las caderas anchas balanceándose y ese enorme culo gelatinoso moviéndose bajo la ropa, sabiendo perfectamente que volvería.
 
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