La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulos 001 al 003

heranlu

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La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulo 001

El autobús se detuvo en la plaza polvorienta y Sebastian sintió que el pecho se le apretaba antes incluso de bajar. Había regresado por la llamada de su tío, el pastor, para remodelar la iglesia del ejido donde creció. Apenas puso un pie en tierra, el calor seco le golpeó la cara y la curiosidad lo invadió como una ola lenta. Miró alrededor con ojos nuevos: las calles de tierra endurecida por el sol, las casas de adobe con techos de lámina que brillaban como espejos, los callejones estrechos donde de niño corría persiguiendo gallinas. Todo parecía igual y diferente a la vez.

"¿Qué habrá cambiado en todo este tiempo?", se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta. Las imágenes de infancia volvieron en tropel: el olor a humo de leña y café al atardecer, los juegos, el parque… y de pronto, la risa de una niña que siempre estaba a su lado. Miriam. La prima de risas fáciles y rodillas siempre sucias, su sombra inseparable hasta los nueve años. El beso robado debajo de aquel mango todavía le quemaba en la memoria como un secreto infantil, un roce torpe de labios que ninguno había mencionado nunca más.

Bajó del todo y el sol le dio de lleno en la cara. Y entonces la vio.

Miriam estaba allí, de pie junto a su madre, con las manos cruzadas sobre el delantal blanco. Diecinueve años. Menuda, de piel clara que parecía brillar con luz propia y con el cabello castaño lacio cayendo como una cascada pesada hasta la cintura. Su rostro se había transformado pero conservaba un poco de aquella cara redonda e inocente, con ojos avellana enormes de pestañas espesas que le daban una mirada perpetuamente sorprendida,

Sebastian sintió que se le secaba la boca. El deseo fue inmediato, brutal, animal. Era su prima, la niña con la que jugaba a las escondidas. Y ahora… ahora era esto. Una mujer que lo hacía sentir culpable solo con mirarla, pues sus pechos tensaban la blusa blanca de algodón hasta el límite, redondos, pesados, llenos de una promesa que lo golpeó directo en el estómago.

No podía dejar de mirarla, y cuando se agachó a recoger su maleta, sus senos colgaron pesados, balanceándose bajo la tela como si quisieran escapar. Cuando caminó hacia la casa, el movimiento natural de sus caderas los hacía mecerse de lado a lado, un ritmo lento y tortuoso que le aceleró el pulso.

Sebastian tragó saliva, sintió que la polla se le endurecía dentro del pantalón y se odió por ello. “Es Miriam. No puede ser”. Pero el pensamiento solo lo excitó más. El deseo le subió por la columna como fuego líquido, caliente y culpable. Cada paso que ella daba hacia la casa era una tortura: el vaivén de esos pechos, el roce sutil de la tela contra la piel clara, el modo en que el sol delineaba su silueta menuda pero voluptuosa en los lugares exactos donde no debía fijarse.

Y Miriam lo sintió en cuanto lo vio bajar del autobús. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. No era el muchacho flaco de antes. Era un hombre. Y caminaba como si supiera exactamente lo que quería. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas, y entre las piernas sintió un latido repentino, caliente, húmedo. Bajó la vista rápido, sonrojada, pero no pudo evitar mirarlo de reojo otra vez. Él la estaba viendo. No solo la veía: la devoraba con los ojos. Y eso la hizo temblar.

El pastor lo abrazó con fuerza, palmeándole la espalda como si fuera un hijo pródigo, pero Sebastian apenas registró las palabras de bienvenida. Su mirada seguía a Miriam, que ahora entraba a la casa con la maleta en la mano y el cabello castaño moviéndose como una cortina oscura contra su espalda. Ella se giró un segundo en el umbral, y sus ojos se encontraron con los de él. Fue solo un instante. Bajó la vista rápido, sonrojada, y desapareció dentro.

La casa los recibió con olor a café recién hecho y pan horneado. Ricardo hablaba de los planes que tenía para la iglesia, de las ideas que había discutido con miembros de la congregación, de lo mucho que había cambiado la localidad con el pasar de los años. Sebastian asentía, respondía con monosílabos, pero su mente estaba en otro lado. En el pasillo estrecho por el que Miriam acababa de pasar. En la habitación que le habían asignado justo al lado de la de ella. En la pared delgada que los separaría esa noche.

Miriam, en la cocina ayudando a su madre, cortaba verduras con manos temblorosas. Cada ruido que venía del patio —la voz grave de Sebastian hablando con su padre— le hacía apretar el cuchillo con más fuerza. Sentía el calor entre las piernas, la humedad que empezaba a empapar sus bragas. Se odiaba por ello y al mismo tiempo lo deseaba más. Quería que la mirara otra vez. Quería que la tocara. Quería pecar.

Ambos tenían la certeza absoluta de que, aunque intentaran resistirse, el deseo ya les había ganado. Y así, bajo el mismo techo, empezó el infierno dulce.

Los primeros días fueron tortura lenta.

Se cruzaban en el pasillo estrecho y sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Él la espiaba desde la ventana de su cuarto cuando ella colgaba ropa en el tendedero: la forma en que la blusa se pegaba a su espalda sudorosa, cómo los pechos colgaban pesados cuando se inclinaba. Ella lo sentía. Sabía que la miraba.

Por las tardes, cuando el pastor salía a hacer sus diligencias, se quedaban solos un rato. Hablaban de todo y de nada: del presente,, de los recuerdos de infancia, de lo que habían hecho todo ese tiempo apartados. Pero las miradas duraban demasiado. Las risas se volvían nerviosas. Un abrazo de saludo se alargaba. Un roce de manos al pasarse un vaso de agua se convertía en caricia disimulada.

En la tercera tarde, Sebastian estaba solo en el despacho del pastor. Extendió los planos con los últimos detalles sobre el escritorio cuando la puerta se abrió sin ruido. Unas manos suaves le taparon los ojos desde atrás.

Sebastian sintió inmediatamente la presión caliente y blanda de sus pechos contra su espalda. Pesados. Suaves. Los pezones duros ya marcándose contra la tela fina de su blusa y contra su camisa.

—Hola, Miriam… —murmuró, girándose despacio.

Se inclinaron sobre los planos. Ella se acercó para ver las líneas. Sus pechos rozaron el borde del escritorio y se aplastaron suavemente. Sebastian ya no miraba los dibujos. La miraba a ella. A la curva superior que asomaba por el escote. La forma en que la tela se tensaba y el calor que emanaba de su cuerpo.

Hablaba despacio, intentando que su voz sonara profesional, calmada, como si estuviera explicando un proyecto más y no sintiendo que el aire se volvía espeso cada vez que Miriam se acercaba un poco más.

Pero Miriam quería probarlo. Quería ver hasta dónde llegaría. Quería saber si él también sentía el mismo fuego que la consumía a ella desde que lo vio bajar del autobús; ya no le importaba el pecado, ni lo que diría su padre, si se enteraba. El deseo había ganado hacía rato.

Se inclinó sobre el escritorio para ver mejor los detalles que él señalaba. El olor de su cabello, jabón de rosas y piel tibia, lo envolvió. El corazón se le aceleró tanto que pensó que ella lo escucharía. Sebastian dejó de hablar un segundo. Miriam estaba tan cerca que su aliento le rozaba el cuello, cálido, acelerado. Ella se había inclinado sobre el escritorio fingiendo interés en lo que decía, pero ambos sabían que era una excusa. El aire entre ellos era espeso, cargado, como si el despacho entero contuviera la respiración.

Sebastian levantó la mano despacio y acomodó un mechón castaño detrás de la oreja de ella. Sus dedos temblaron al rozar la piel suave y tibia de su mejilla. Miriam no se apartó. Al contrario: levantó la cara, los labios entreabiertos, los ojos avellana fijos en la boca de él con una intensidad que no dejaba dudas. Estaba pecando. Lo sabía. Y ya no le importaba.

Él acercó su rostro milímetro a milímetro, dándole tiempo para huir. Ella no huyó.

Sus labios se tocaron.

Fue un roce suave, reverente, como una oración susurrada. Sebastian sintió la textura aterciopelada de los labios de Miriam, el leve temblor que los recorría. Ella soltó un suspiro corto, caliente, que le rozó la boca. No retrocedió. Se acercó más.

Entonces los labios se fundieron con fuerza.

Sebastian la tomó de la cintura con ambas manos y la atrajo contra su cuerpo. Sintió cómo sus pechos se aplastaban contra el suyo: pesados, cálidos con los pezones seguramente duros rozando con fricción deliciosa a través de la tela. Su erección creció de inmediato, dura e insoportable, presionando contra el vientre suave de ella. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto que lo hizo estremecer. Sus caderas buscaron instintivamente la fricción, moviéndose contra la dureza de él en pequeños círculos desesperados. Estaba empapada; sentía la humedad caliente empapando sus bragas, el coño palpitando tan fuerte que casi llegaba al borde del orgasmo solo con el roce y el beso.

Sus labios se movieron por instinto: lenguas que se buscaban con hambre, se enredaban profundas, se lamían con pasión desesperada. Miriam temblaba entera. Era su primer beso real y su cuerpo lo gritaba: respiración entrecortada, gemidos ahogados contra la lengua de él, caderas que seguían frotándose contra la erección de Sebastian como si quisieran más, más, más. Sebastian mordió suavemente su labio inferior, lo chupó, lo soltó. Ella respondió chupando su lengua con ansia torpe pero voraz, chocando dientes en su afán.

Una mano de Sebastian subió a su nuca, enredándose en el cabello largo y castaño, acariciándolo con ternura mientras la otra apretaba su trasero con fuerza, levantándola ligeramente contra él. Miriam se arqueó, gimiendo más alto, clavándole las uñas en los brazos. Sus pechos se aplastaban más, el roce era tortuoso, exquisito. El beso se volvió eterno: lenguas danzando, saliva compartida, respiraciones jadeantes que se mezclaban en un solo aliento.

Cuando por fin se separaron, apenas un centímetro, frentes pegadas, labios hinchados y brillantes, Miriam se aferró a su camisa con desesperación, escondiendo la cara en su cuello.

—No me sueltes… —suplicó en un susurro roto, la voz temblorosa de deseo y lágrimas de emoción.

Sebastian la abrazó más fuerte, rodeándola con los brazos como si quisiera fundirse con ella, respirando contra su cabello.

—Nunca —murmuró, besándole la sien con una ternura que le dolía en el alma.

Pero el motor de un coche se acercó por el camino de tierra.

Se separaron de golpe.

Miriam se acomodó la ropa con manos temblorosas y se pasó los dedos por el cabello que la mano de Sebastian había alborotado. Se asomó por la entrada de la estancia y escuchó pasos acercándose. Volteó a verlo con una expresión pesada, los ojos todavía brillantes de deseo y miedo. Salió del estudio sin decir una palabra.

Sebastian se quedó de pie junto al escritorio, con la respiración y el pulso agitados. ¿De verdad había sucedido? El sabor de sus labios todavía le quemaba la boca, su erección seguía dura y dolorosa bajo los pantalones, el corazón le martilleaba en los oídos.

Entonces la madre de Miriam —su tía— entró sonriente, llevando una bandeja de bocadillos caseros: empanadas de queso y galletas de canela que olían a hogar y a inocencia.

—Los hizo Miriam para la reunión de más tarde —explicó con orgullo—. Dice que te van a gustar.

Miriam entró detrás de su madre, sonrojada hasta las orejas. Su tía lo notó de inmediato: las mejillas encendidas, el cabello ligeramente revuelto, la mirada baja pero nerviosa. Sebastian se aclaró la garganta y forzó una sonrisa agradeciendo el gesto.

—Se ven deliciosos. Gracias… a las dos.

Ambos se miraban nerviosos, como si su secreto estuviera a punto de proyectarse en el aire entre ellos, visible para cualquiera que supiera mirar. La madre agradeció el trabajo que estaba haciendo con ellos y salió de la estancia junto con Miriam.

Pero antes de cruzar el umbral, Miriam se acercó un segundo, aprovechando que su madre ya había dado la espalda. Le colocó un papelito doblado en la mano con disimulo, rozándole los dedos.

“Escribeme. Deja las notas dentro del diccionario de la sala. No tengo teléfono”.

El corazón de Sebastian dio un vuelco violento. Sintió cómo su erección volvía a crecer, latiendo con fuerza renovada solo con esas palabras. La miró una última vez: ojos avellana brillantes, labios todavía hinchados del beso, una promesa muda en la mirada.

Luego ella salió tan sigilosamente como había entrado.

Sebastian se quedó solo en el despacho, el papelito apretado en el puño, el pulso acelerado, el deseo ardiendo más fuerte que nunca.

Sabía que esa noche escribiría.

Y sabía que ella estaría esperando.
Miriam no volvió a cruzar mirada con Sebastian esa tarde. Su madre la arrastró a hacer compras en el mercado y se demoró más de lo habitual, pero Miriam apenas podía concentrarse. Caminaba a su lado como un fantasma, los ojos perdidos en el polvo del camino, la mente atrapada en el despacho de su padre.

Pensaba en sus brazos rodeándola con fuerza, en cómo la había atraído contra su cuerpo grueso y sólido, en cómo sus pechos se habían aplastado contra él hasta doler de tan rico. Pensaba en ese beso que había empezado como una súplica y había terminado como un incendio. Labios que se devoraban, lenguas que se buscaban con hambre desesperada, el sabor de su saliva mezclado con el suyo. No podría contárselo a nadie. Ni siquiera a Sonia, su mejor amiga y la única que sabía de sus fantasías secretas. Ese beso era suyo. Y de Sebastian. Un secreto que quemaba en el pecho y entre las piernas.

Estaba tan absorta que tropezó con una piedra y casi dejó caer la bolsa que traía en la mano. Su madre la miró de reojo.

—Conozco esa mirada —dijo de pronto, cortando el silencio pesado que se había instalado entre ellas.

Miriam se sonrojó hasta las orejas. Intentó esquivar la conversación que se avecinaba.

—¿Qué mirada, mamá? Solo estoy cansada…

—No me mientas, Miriam. Estás así por Sebastian, ¿verdad?

El corazón se le detuvo un segundo. Horror. Pánico. Sintió que el mundo se le venía encima. <¿Nos vio? ¿Ya lo sabe?> se preguntó sumida en el más profundo de los miedos.

—No… claro que no, mamá —balbuceó, mirando al suelo—. Es mi primo… solo estamos contentos de vernos después de tanto tiempo.

La respuesta sonó falsa incluso para ella. Su madre no insistió más, pero el silencio que siguió fue peor que cualquier regaño. Miriam supo, en ese instante, que ahora habría un par de ojos vigilantes sobre ellos. Su madre sospechaba. Y su madre no era tonta.

Al regresar a casa ya había oscurecido por completo. El ejido estaba en silencio: los trabajadores se habían ido, las luces de las casas vecinas parpadeaban lejanas, el viento movía apenas las hojas de los mangos. Miriam subió las escaleras casi corriendo, el corazón latiéndole en la garganta. Cerró la puerta de su cuarto con cerrojo y se apoyó contra ella un segundo, respirando agitada.

Estaba húmeda. Empapada. Desde el beso no había dejado de sentir esa palpitación constante entre las piernas, el coño hinchado y sensible, las bragas pegajosas contra la piel. Se quitó el vestido con manos temblorosas, quedando solo en bragas y sostén. Los pechos pesados se liberaron cuando desabrochó el cierre; los pezones ya estaban duros, rosados y erectos, rogando por ser tocados.

Se sentó en el borde de la cama, abrió el cajón del buró y sacó un plumón grueso que usaba para marcar los himnarios de la iglesia. Era negro, grueso, con tapa redondeada. Lo miró un segundo, sintiendo una oleada de vergüenza y excitación al mismo tiempo. Lo lamió despacio, humedeciendo la punta con saliva, imaginando que era la lengua de Sebastian.

Se acostó boca arriba, abrió las piernas todo lo que pudo y apartó las bragas a un lado. Estaba chorreando: los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris rojo e inflamado asomando entre ellos. Introdujo la punta del plumón despacio, sintiendo cómo la estiraba poco a poco. Gimió bajito al sentir la presión, la frialdad del plástico contra su calor interno. Lo empujó más profundo, curvándolo ligeramente para rozar ese punto exacto dentro de ella.

Empezó a moverse: lento al principio, entrando y saliendo con ritmo suave, mientras con la otra mano apretaba uno de sus pechos, amasándolo con fuerza, pellizcando el pezón hasta que dolía rico. Sus caderas se levantaban solas, follándose el plumón con desesperación creciente. El sonido húmedo llenaba el cuarto: chapoteo suave, obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados contra la almohada.

Pensaba en Sebastian. En cómo la había besado con hambre, en cómo su erección dura se había presionado contra su vientre, en cómo sus manos habían apretado su trasero levantándola contra él. Imaginaba que era su polla gruesa la que la penetraba, que era su boca la que chupaba sus pezones, que era su voz ronca la que le susurraba “no te sueltes nunca”.

Aceleró. Metió el plumón más profundo, frotando el clítoris con el pulgar en círculos rápidos y furiosos. El primer orgasmo llegó como un latigazo: el cuerpo se le arqueó, los pechos rebotaron con violencia, el coño se contrajo alrededor del plumón en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó los muslos y las sábanas. Gimió su nombre contra la almohada:

—Sebastian… Sebastian…

No se detuvo. Siguió follándose con el plumón, más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó casi de inmediato, más intenso: las piernas le temblaron, los dedos de los pies se curvaron, un grito ahogado escapó de su garganta. El tercero la atravesó como una ola lenta y profunda: el cuerpo entero convulsionó, los pechos temblaron, lágrimas de placer rodaron por sus mejillas.

Quedó jadeando, temblando, el plumón aún dentro de ella, contrayéndose alrededor de él en espasmos residuales. Se lo sacó despacio, sintiendo cómo su coño seguía palpitando, vacío y ansioso.

Se quedó allí, desnuda sobre la cama revuelta, mirando el techo en penumbras. El deseo no se había apagado. Solo había crecido.

Sabía que esa noche escribiría la nota para él y le respondería. Y que pronto, muy pronto, volverían a tocarse aunque el mundo entero los vigilara.

Los recados empezaron esa misma noche.

Sebastian dejó la primera nota dentro del diccionario viejo de la sala, entre las páginas de la “S” de “secreto”. Era simple, doblado con cuidado: “No dejo de pensar en ese beso. ¿Tú también?”. La dejó antes de que la casa se durmiera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que alguien lo oyera.

Al día siguiente, Miriam la encontró. Sus dedos temblaron al abrirla. Leyó las palabras y sintió que el calor le subía otra vez entre las piernas. Respondió en el reverso con letra pequeña y apresurada: “Sí. Todo el día. Quiero verte de nuevo”. La dejó en el mismo lugar, esperando que él la viera antes de que su madre empezara a husmear.

Pero su madre ya sospechaba. Desde la tarde de las compras, la seguía como un fantasma: aparecía en la cocina cuando Miriam intentaba pasar al pasillo, se sentaba en el porche cuando ella quería salir al patio, le pedía ayuda con tareas absurdas para mantenerla cerca. No le había dicho nada al pastor —conocía el temperamento explosivo de su esposo—, pero quería estar segura. Quería pruebas. Así que Miriam y Sebastian aprendieron a comunicarse en silencios: miradas largas a través de la mesa durante la cena, roces de dedos al pasarse el pan, sonrisas nerviosas que duraban un segundo de más. Cada vez que sus ojos se encontraban, el aire se cargaba de electricidad. Pero estar solos era imposible.

Las notas se multiplicaron. “Te extraño aunque estés al lado”. “Tu olor se me quedó en la piel”. “Sueño contigo todas las noches”. Cada una era un riesgo mayor, pero también un bálsamo. Miriam las guardaba bajo el colchón, las releía en la oscuridad, tocándose despacio mientras las leía, imaginando que eran sus manos las que la acariciaban.

Hasta el fin de semana.

El sábado por la mañana, Miriam encontró la nota más audaz: “Detrás del cobertizo, a las 3. Nadie va por ahí. Ven”. El pulso le martilleó en las sienes. Su madre estaba ocupada con la preparación del servicio dominical, el pastor había salido a visitar a un enfermo. Era ahora o nunca.

Se escabulló por la puerta trasera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que se oyera. El cobertizo era un rincón olvidado detrás de la casa: madera vieja, herramientas oxidadas, sombra fresca bajo el mango grande. Sebastian ya estaba allí, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el camino por donde ella vendría.

Cuando Miriam apareció, él se enderezó. No dijeron nada. Solo se miraron un segundo eterno. Luego se lanzaron uno sobre el otro.

Sebastian la tomó de la cintura y la pegó contra la pared de madera. Sus labios se encontraron con hambre acumulada: lenguas que se enredaban profundo, gemidos ahogados que se tragaban mutuamente. Miriam temblaba, las manos enredadas en su cabello, tirando ligeramente. Él bajó las manos por su espalda, apretando su trasero con fuerza, levantándola contra su cuerpo.

Pero no se quedó ahí.

Sus manos subieron despacio por los costados de ella, rozando la tela del vestido. Cuando llegaron a sus pechos, Sebastian se detuvo un instante, respirando agitado contra su boca. Los tocó por primera vez sobre la ropa: palmas abiertas, dedos extendidos, sintiendo su peso increíble, su calor, cómo se desbordaban contra sus manos. Eran enormes, pesados, perfectos. Los apretó con reverencia, levantándolos ligeramente, sintiendo cómo la tela se tensaba y los pezones duros se marcaban contra sus palmas. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto. Arqueó la espalda, empujando más sus pechos contra él, como si quisiera que los tocara más fuerte.

—Dios… Miriam… —susurró Sebastian contra sus labios, la voz ronca—. Son… perfectos.

Ella respondió besándolo más profundo, temblando. Sebastian siguió masajeándolos sobre la tela, amasándolos, pellizcando suavemente los pezones a través del vestido hasta que ella jadeó y se frotó contra su erección con desesperación.

Entonces él no aguantó más.

Le levantó el vestido hasta la cintura con manos temblorosas y le bajó el sostén de un tirón. Por primera vez vio sus pechos desnudos: redondos, pesados, pálidos, con areolas grandes y rosadas, pezones erectos y duros como piedras. Colgaban con un peso natural delicioso, balanceándose ligeramente con cada respiración agitada de ella.

Sebastian soltó un gemido grave y los tomó con ambas manos, piel contra piel. Eran suaves, calientes, tersos. Los levantó, los apretó, los dejó caer para sentir su peso real. Pasó los pulgares por los pezones, rodeándolos, pellizcándolos con ternura y fuerza al mismo tiempo. Miriam echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, los ojos entrecerrados de placer.

—Sebastian… —susurró, voz rota—.

Él se inclinó y besó uno de sus pechos. Primero un beso suave en la curva superior, luego lamió el pezón con la lengua plana, succionándolo después con hambre. Miriam se aferró a su cabeza, clavándole las uñas en el cuero cabelludo, gimiendo sin control mientras él pasaba de un pecho al otro, chupando, mordiendo suavemente, amasando el que quedaba libre con la mano.

Estaban tan perdidos que casi no se dieron cuenta cuando Miriam lo tomó de la mano y lo llevó al viejo catre que ella misma había preparado esa mañana: una colchoneta vieja y limpia, cubierta con una sábana que había robado del tendedero, escondida detrás de unas cajas. Lo empujó suavemente y se acostó a su lado.

Allí, bajo la sombra del cobertizo, continuaron explorándose.

Sebastian siguió devorando sus pechos desnudos: los besaba, los lamía, los succionaba mientras su mano bajaba entre las piernas de ella. Le apartó las bragas y metió dos dedos en su coño empapado, moviéndolos despacio, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse. Miriam, temblando, metió la mano dentro de los pantalones de él y sacó su polla gruesa y dura. La miró fascinada: el tamaño, el calor, las venas que latían. La acarició con torpeza hambrienta, arriba y abajo, mientras él seguía follándola con los dedos y chupando sus pechos.

Se masturbaron mutuamente, mirándose a los ojos, respiraciones entrecortadas.

Miriam se hinchó primero: el cuerpo se le arqueó, los pechos temblaron contra la boca de Sebastian, el coño se contrajo alrededor de sus dedos en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó la mano. Gritó su nombre ahogado contra su hombro.

Sebastian se corrió segundos después, chorros calientes y espesos saliendo sobre la mano de ella y sobre su vientre.

Se quedaron abrazados sobre el catre, jadeando, besándose suavemente, los pechos de Miriam todavía desnudos y brillantes de saliva contra el pecho de él.

—Quiero más… —susurró ella, todavía temblando—. Quiero todo contigo.

—Pronto —prometió Sebastian, besándole la frente—. Pero hoy… esto ha sido perfecto.

Se arreglaron la ropa con manos temblorosas, se besaron una última vez, largo y profundo, y se separaron antes de que alguien los buscara.
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La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulo 002

La casa estaba en completo silencio. El sol se filtraba apenas por las rendijas de la ventana del baño, tiñendo el vapor de un tono dorado. Sebastián había entrado a ducharse después de una noche que aún le ardía en la piel: las manos de Míriam temblando alrededor de su miembro mientras ella se tocaba con la otra, sus gemidos ahogados contra su cuello, el olor a heno y a deseo prohibido. Ella había susurrado al final, con la voz rota: «Quiero más… mucho más». Y él se había corrido pensando en lo mismo, aunque sabía que no podían cruzar esa línea. Aún no.

El agua caliente caía sobre sus hombros anchos, resbalando por su pecho y abdomen. Su pene ya estaba medio duro solo de recordar. Cerró los ojos y dejó que el chorro le golpeara la cara, intentando calmarse. No escuchó la puerta abrirse con cuidado. Tampoco oyó los pasos descalzos sobre las baldosas húmedas.

De pronto, unas manos suaves se deslizaron por su espalda. Sebastián dio un respingo.

—Shhh… soy yo —susurró Míriam contra su oreja, su voz dulce y temblorosa.

Se giró tan rápido que casi resbala. Allí estaba ella, completamente desnuda, el cabello castaño largo hasta la cintura ya empapado por el vapor. Su piel clara brillaba bajo el agua, como mármol mojado, y sus pechos, pesados y redondos, se estremecían con los pezones rosados endurecidos por la excitación y el agua caliente. Gotas resbalaban por ellos formando caminos que él deseaba seguir con la lengua.

—Míriam… ¿qué haces aquí? —preguntó con la voz ronca, pero sus manos ya la estaban atrayendo contra su cuerpo sin esperar respuesta.

—Te vi entrar —murmuró ella, pegándose a él. Sus pechos grandes se aplastaron contra su pecho firme, y Sebastián sintió cómo sus pezones duros le rozaban la piel—. No pude dormir pensando anoche. Quiero sentirte…

Sus ojos avellana, los mismos que heredó de su padre, lo miraban con una mezcla de vergüenza y hambre pura. Era la hija del hombre que predicaba contra el pecado cada domingo, y aquí estaba, desnuda en la ducha con su primo, pidiendo exactamente lo que ambos sabían que no debían hacer… pero tampoco podían negarse del todo.

Sebastián tragó saliva. Su pene ya estaba completamente erecto, presionando contra el vientre suave de ella.

—¿Tenemos tiempo? —preguntó Sebastian con voz grave.

Míriam asintió, mordiéndose el labio inferior. El agua caía entre ellos como una cortina caliente. Él la besó primero, lento y profundo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y al mismo tiempo como si el mundo se fuera a acabar. Sus lenguas se enredaron mientras sus manos grandes subían a esos pechos que lo obsesionaban. Los apretó con reverencia, sintiendo su peso perfecto, su suavidad. Los pulgares rozaron los pezones y Míriam gimió dentro de su boca, arqueándose contra él.

Él bajó la cabeza y tomó uno de sus pechos en la boca, succionando el pezón con hambre mientras el agua caliente los envolvía. Míriam enredó los dedos en su cabello mojado, tirando suavemente. Su otro pecho se mecía libre, pesado y brillante. Él lo amasó con la mano libre, pellizcando el pezón entre los dedos hasta que ella jadeó su nombre como una oración prohibida.

Sus cuerpos se movían juntos bajo el chorro. Sebastián deslizó una mano por la curva de su cintura, bajando hasta su culo redondo, apretándolo para pegarla más contra él. Su pene erecto quedó atrapado entre sus vientres, duro y palpitante. Míriam bajó la mano y lo rodeó con los dedos, acariciándolo despacio, como había hecho la noche anterior.

—Quiero sentirte —susurró ella, abriendo un poco las piernas. Guió la cabeza de su pene hacia su vagina, pero sin dejarlo entrar. Solo el contacto.

Sebastián entendió. Apoyó las manos en las baldosas a ambos lados de ella y comenzó a moverse. Su pene grueso y caliente se deslizó entre los labios hinchados de Míriam, rozando su clítoris con cada embestida lenta y controlada. El agua hacía todo resbaladizo, perfecto. No había penetración, solo fricción caliente, íntima, desesperada.

—Así… —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás. Su largo cabello castaño se pegaba a su espalda como una cascada oscura—. Frota más fuerte… justo ahí.

Sebastián obedeció. Movía las caderas con ritmo constante, sintiendo cómo su glande se hundía entre sus pliegues sin entrar nunca del todo. Cada vez que pasaba sobre su clítoris, Míriam temblaba. Sus pechos grandes rebotaban con cada movimiento, salpicando agua. Él no podía dejar de mirarlos: hipnotizado por cómo se movían, por cómo sus pezones rozaban su pecho.

—Eres tan hermosa… —murmuró contra su cuello, mordiéndole suavemente la piel—. Estos pechos me vuelven loco desde siempre. Quiero chuparlos hasta que te corras.

Lo hizo. Bajó la boca otra vez mientras seguía frotándose contra ella. Succionó un pezón con fuerza, luego el otro, alternando, mientras su pene seguía deslizándose entre sus labios vaginales, cada vez más rápido. Míriam jadeaba, sus uñas clavándose en los hombros de él.

—Muero por sentirte —confesó en un susurro roto, la voz llena de necesidad—. No te detengas.

Sebastían se movía con fuerza, controlándose con cada fibra de su ser para no penetrarla, para no resbalar dentro de ella pues aún no era el momento. Aceleró el ritmo. Su pene se movía con más urgencia, resbalando entre sus pliegues empapados, presionando su clítoris hinchado una y otra vez. El sonido húmedo de la fricción se mezclaba con el agua y sus gemidos. Míriam rodeó su cintura con una pierna, abriéndose más para él. Sus pechos se aplastaban contra su pecho, los pezones duros rozando su piel con cada embestida.

—Sebastián… —gimió ella—. No pares, no pares…

Sebastián la levantó un poco, apoyándola contra la pared de la ducha. Ahora su pene frotaba directamente sobre su clítoris con cada movimiento largo y profundo. Sentía cómo los labios de ella lo abrazaban, cómo su calor lo envolvía sin dejarlo entrar. Era una tortura deliciosa.

—Míriam… me voy a correr —gruñó él, los músculos tensos.

—Yo también, no te detengas… —suplicó ella, mirándolo a los ojos.

Sus movimientos se volvieron erráticos, desesperados. Él frotaba su pene contra su vagina con fuerza, el glande hinchado deslizándose una y otra vez sobre su punto más sensible. Míriam tembló violentamente, sus pechos grandes agitándose, y entonces se corrió con un gemido largo y ahogado contra su cuello. Su cuerpo se contrajo, sus jugos calientes bañando el pene de Sebastián mientras seguía frotándose contra ella.

Eso fue suficiente. Él se corrió con un gruñido gutural, su semen caliente saliendo en chorros espesos sobre el vientre y los muslos de ella, mezclándose con el agua. Siguió moviéndose despacio, prolongando el placer, mientras ambos temblaban abrazados.

El agua seguía cayendo sobre ellos, limpiando las huellas de su pecado compartido. Sebastián la bajó con cuidado, pero no la soltó. La abrazó contra su pecho, besando su frente, sus mejillas, sus labios hinchados.

—Quiero sentirte, Sebastián —susurró ella, aún jadeando, con los ojos brillantes de placer y frustración—.

—Lo sé —respondió él, acariciando su cabello mojado—. Será perfecto. Cuando nadie pueda interrumpirnos.

Míriam asintió, escondiendo la cara en su cuello. Sus pechos aún subían y bajaban contra él, calmándose poco a poco.

—Te quiero, primo —murmuró, con una sonrisa traviesa y culpable.

—Y yo a ti, —respondió él, besándola otra vez bajo el agua caliente—. Ahora salgamos antes de que alguien note que la ducha lleva demasiado tiempo encendida…

Miriam salió de la habitación de Sebastián con la bata apenas anudada, el nudo tan flojo que cada paso hacía que la tela se abriera como alas, dejando ver por completo la curva inferior de sus pechos, el pezón rosado que se asomaba y volvía a esconderse. El pasillo estaba oscuro, pero ella sentía la mirada de él clavada en su espalda, en el balanceo de sus caderas, en cómo la bata se metía entre las nalgas húmedas todavía.

Sebastián no parpadeó ni un segundo. Vio cómo la bata se adhería a su piel húmeda, cómo marcaba perfectamente todas sus curvas. Cuando ella desapareció, él se quedó mirando el pasillo vacío, con el miembro todavía duro y brillante.

*********

Esa mañana en el servicio, Miriam era puro fuego. El vestido blanco se pegaba a su torso cada vez que alzaba los brazos durante las alabanzas, marcando los pechos que se movían con vida propia, con los pezones endurecidos apenas dibujándose contra la tela fina.

Cuando sus miradas se cruzaron durante el himno, Sebastián bajó los ojos directamente a ellos, los devoró con la mirada, imaginando ya su boca allí, sus manos apretándolos. Miriam sintió el calor subirle por el cuello; apretó los muslos y notó cómo se humedecía de nuevo solo con esa mirada.

La ducha había sido un tormento delicioso. El agua caliente cayendo sobre ellos, los cuerpos resbaladizos por el jabón, la fricción interminable de sus sexos rozándose sin penetración, solo piel contra piel, resbalando, presionando, buscando. Sebastian la había sostenido contra los azulejos fríos mientras ella se retorcía, buscando más profundidad, más presión, más de todo. Fue un orgasmo intenso pero incompleto, como si su cuerpo hubiera gritado “esto no es suficiente, quiero más”. Y ahora, sentada allí, sentía esa hambre latiendo entre sus piernas como un segundo corazón.

Sus ojos buscaron nuevamente a Sebastian pero él ya la estaba mirando. No era una mirada inocente. Era oscura, hambrienta, cómplice. Miriam inclinó ligeramente la cabeza y sonrió con apenas los labios, un gesto pequeño pero cargado. Él respondió con una media sonrisa lenta, casi insolente, y bajó la mirada un instante hacia su regazo.

Entonces ella lo hizo.

Con movimientos muy lentos, casi imperceptibles, metió la mano bajo la falda plisada que llevaba esa mañana —la falda “de iglesia”, la que usaba para parecer recatada—. Enganchó con dos dedos el elástico de las bragas de encaje negro, las deslizó por sus muslos, las pasó por las rodillas y las dejó caer hasta los tobillos. Se inclinó un poco hacia adelante como si estuviera recogiendo algo del suelo, las tomó con delicadeza y las apretó en su puño cerrado. Luego levantó la vista.

Sebastian la había visto. Todo. Sus pupilas se dilataron visiblemente. Se mordió el labio inferior por un segundo, después sonrió de lado, esa sonrisa suya que prometía problemas. Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza señaló hacia el fondo del recinto, donde una puerta lateral conducía a los pasillos de servicio.

Se levantó con naturalidad, murmuró algo a su vecino de banca sobre ir al baño y caminó hacia atrás con paso tranquilo. Nadie le prestó atención.

Miriam esperó. Contó hasta treinta en su cabeza, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas se hacía más evidente sin la barrera de la ropa interior. Se mordió el labio inferior con fuerza, se puso de pie y susurró una disculpa rápida antes de salir por la misma puerta.

El pasillo era un espacio a medio construir: paredes de block sin terminar, cables colgando, focos desnudos que apenas alumbraban. Olía a cemento fresco y polvo. Al fondo se escuchaban claramente los coros, la voz amplificada del pastor, los “¡aleluya!” que resonaban como un telón de fondo perfecto.

Se encontraron casi a mitad del corredor.

No hubo palabras.

Sebastian la atrapó por la cintura y la empujó suavemente contra la pared más cercana. Sus bocas chocaron con urgencia, con miedo y con deseo al mismo tiempo. Lenguas que se buscaban con violencia, dientes que rozaban labios, respiraciones entrecortadas que se mezclaban. Las manos de él subieron directo a sus pechos, apretándolos con fuerza sobre la blusa delgada, pellizcando los pezones ya duros a través de la tela. Bajó luego las manos, las metió bajo la falda y agarró sus nalgas desnudas con ambas palmas, separándolas, apretándose, clavando los dedos en la carne suave.

—Te las quitaste… —susurró contra su boca, voz ronca—. ¿Estas loca…?

Miriam solo respondió mordiéndole el labio inferior y metiendo la mano entre los dos. Le desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, bajó el cierre de la bragueta y sacó su pene ya completamente duro. Estaba caliente, grueso, palpitante en su palma. Lo rodeó con fuerza y empezó a mover la mano de arriba abajo, lento al principio, luego más rápido.

Sebastian gruñó contra su cuello. Metió una mano entre sus muslos, subió la falda hasta la cintura y encontró su sexo empapado, abierto, hinchado. Deslizó dos dedos dentro de ella sin preámbulos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía temblar. Con el pulgar encontró su clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos.

Se masturbaban mutuamente con desesperación, besándose como si el mundo fuera a acabarse. Los gemidos de Miriam se ahogaban contra la boca de él cada vez que la música subía de volumen.

De pronto Sebastian se soltó de su boca, se hincó frente a ella y metió la cabeza bajo la falda. Miriam abrió más las piernas por instinto. Sintió primero el aliento caliente contra su sexo, luego la lengua plana recorriendo toda su vulva de abajo hacia arriba. Cuando llegó al clítoris lo atrapó entre los labios y succionó con fuerza.

Ella se arqueó contra la pared, una mano enredada en el pelo de él, la otra tapándose la boca para no gritar. Pero la alabanza seguía sonando fuerte y nadie podía oírla. Sebastian lamía con avidez, alternando succiones profundas con golpecitos rápidos de punta de lengua. Metió de nuevo dos dedos dentro de ella, los movió con ritmo frenético mientras su boca no dejaba de trabajar el clítoris.

El orgasmo la atravesó como un rayo. Sus piernas temblaron violentamente, su vientre se contrajo en espasmos, un chorro caliente escapó de ella y mojó la barbilla de Sebastian. Él no se apartó; siguió lamiendo, bebiendo, prolongando cada contracción hasta que ella lo empujó suavemente con la mano, incapaz de soportar más.

La música se detuvo de golpe. Silencio repentino, solo el eco de alguna tos y el crujir de bancas.

—Tenemos que… —susurró él, poniéndose de pie con la boca brillante.

Miriam no lo dejó terminar. Se arrodilló frente a él, tomó su pene con ambas manos y lo metió en su boca por un instante, solo para lubricarlo más. Luego lo masturbó con fuerza, con las dos manos, girando las muñecas en sentidos opuestos, apretando justo debajo del glande. Sebastian apoyó una mano en la pared, la otra en la nuca de ella, respirando entrecortado.

—Miriam… me vengo… —advirtió con voz rota.

Ella no se apartó. Aceleró el movimiento hasta que él se tensó por completo. El primer chorro caliente salió disparado y cayó sobre su palma, luego otro y otro más, gruesos y abundantes, cubriéndole los dedos y goteando hacia su muñeca. Sebastian se estremeció varias veces, soltando gemidos bajos y ahogados.

Se miraron un segundo, jadeantes, con las pupilas dilatadas. Se besaron otra vez, saboreando el sexo del otro en sus bocas. Rápido, sucio, desesperado.

—Ve tú primero —dijo él—. Yo te sigo en un momento.

Miriam se acomodó la falda, se limpió la mano en el interior de su muslo, respiró hondo y caminó de regreso al recinto con las piernas temblorosas.

Entró discretamente y se sentó en su lugar. Nadie pareció notar nada. El pastor ya estaba hablando de nuevo.

Entonces los vio.

Tres hombres de pie al fondo, muy cerca del estrado, pero no participaban. No cantaban, no levantaban las manos, no cerraban los ojos. Simplemente estaban ahí, observando.

El más grande —alto, ancho de hombros, barba recortada y mirada pesada— la vio entrar. Sus ojos se clavaron en ella. No fue una mirada casual. Fue lenta, deliberada. Recorrió su rostro, bajó por su cuello, se detuvo en sus pechos que aún subían y bajaban agitados, siguió por su cintura, sus caderas, y regresó a sus ojos.

Miriam sintió un escalofrío de asco recorriéndole la espalda. Pero también algo más: una alerta instintiva, como si su cuerpo reconociera peligro antes que su mente.

Apartó la mirada rápidamente y buscó a Sebastian con los ojos. Él acababa de entrar por la puerta lateral, con el cabello un poco revuelto y la camisa ligeramente arrugada. Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, ella sintió que todo volvía a su lugar.

El desconocido podía mirar cuanto quisiera. Su cuerpo, su placer, su deseo… todo eso ya tenía dueño. Y estaba sentado a unos metros de distancia, sonriéndole con esa misma sonrisa peligrosa de siempre.

Al final del servicio, Miriam le deslizó una nota en su bolsillo con un roce deliberado:

“Ven a mi cuarto en la madrugada.”. Sebastián sonrió con cierto dejo de malicia.
A las 3:03, él entró sin tocar. Miriam estaba de pie en medio de la habitación, completamente desnuda, las piernas abiertas, la humedad brillando en el interior de sus muslos. Sus pechos colgaban pesados, los pezones ya duros y apuntando hacia él como una invitación. La luna los iluminaba, haciendo que la piel pareciera de porcelana, las areolas grandes y oscuras contrastando con el resto.

Se estrellaron.

El beso fue brutal: lenguas peleando, dientes mordiendo, gemidos ahogados. Sebastián la levantó del suelo de inmediato, las manos grandes cubriendo sus nalgas, pero no pudo resistir: bajó una mano y tomó uno de sus pechos con fuerza, lo apretó, lo levantó como si pesara, sintió su peso perfecto en la palma. Miriam gimió contra su boca.

—Llevo soñando con ellos desde el primer día —gruñó, bajando la boca a su cuello mientras seguía apretando.

La llevó hasta la pared, la aplastó contra ella y bajó la cabeza sin más preámbulos. Tomó un pezón en la boca y succionó con hambre. Fuerte. Muy fuerte. La lengua rodeaba la areola, lamía el pezón endurecido, lo atrapaba entre los dientes y tiraba suavemente. Miriam arqueó la espalda, le clavó las uñas en la nuca, empujando su cabeza contra su pecho.

—Muérdemelos así…

Él obedeció. Cambió al otro pecho, lo apretó con la mano libre mientras succionaba el pezón como si quisiera tragárselo. Lo mordió con cuidado, tiró, lo soltó y lo lamió en círculos rápidos. Los pechos de Miriam estaban rojos, hinchados, brillantes de saliva. Él los juntó con las manos, los apretó uno contra el otro, hundió la cara entre ellos y los lamió, los besó, los mordió alternadamente. Miriam se retorcía contra la pared, frotando su sexo empapado contra el abdomen de él.

—Sebastián… —jadeó.

Él la bajó al suelo solo para arrodillarse frente a ella. Tomó ambos pechos con las manos, los levantó, los apretó hasta que la carne se desbordó entre sus dedos. Metió la cara entre ellos, los lamió por los lados, subió la lengua por el valle profundo que formaban. Luego volvió a los pezones: succionó uno mientras pellizcaba el otro con fuerza, tirando, girando. Miriam le agarró el pelo, lo empujó más fuerte contra su pecho.

Sebastián gruñó, la levantó de nuevo y la tiró sobre la cama boca arriba. Se subió encima, pero no entró todavía. Se dedicó a sus pechos como un hombre poseído. Los apretaba, los masajeaba con las palmas abiertas, los levantaba y los dejaba caer para ver cómo rebotaban pesados. Los lamía desde abajo hacia arriba, dejando rastros brillantes. Tomaba un pezón entre los labios y lo succionaba tan fuerte que Miriam sentía tirones directos en su clítoris. Cambiaba de pecho sin parar, mordía suavemente la carne blanda alrededor de la areola, dejaba marcas rojas en forma de media luna.

Miriam estaba al borde solo con eso. Bajó una mano entre sus piernas, se tocó el clítoris mientras él seguía devorándole los pechos. El orgasmo llegó rápido, violento: cuerpo arqueado, pechos empujados hacia su boca, un grito ahogado mientras temblaba entera.

Aún jadeando, lo jaló hacia arriba.

—Sebastián… Házlo ya…

Sebastián se colocó entre sus piernas presionándola contra el colchón. El aire olía a deseo acumulado, a piel caliente y a la humedad que ya había dejado rastros en las sábanas durante el largo juego previo. Miriam se incorporó un poco, apoyándose en un codo. Con la mano libre abrió el cajón de la mesita y sacó el pequeño paquete plateado que había escondido días atrás. Lo rasgó con los dientes, nerviosa. Sebastian se arrodilló frente a ella, el pene erecto, grueso y palpitante, apuntando hacia sus manos como una ofrenda. Ella lo miró un segundo, con los ojos brillantes de anticipación y miedo, y colocó el condón sobre la punta. Sus dedos temblaban. Intentó desenrollarlo, pero el látex se resistía, se doblaba torpemente.

Sebastian sonrió con ternura, sin decir nada. Tomó sus manos con suavidad y las guió. Juntos hicieron bajar el plástico rojo brillante, centímetro a centímetro, hasta que el anillo llegó a la base de su pene. El color intenso contrastaba con la piel caliente y venosa. Miriam lo miró fascinada, rodeó el miembro con ambas manos y lo masturbó despacio, arriba y abajo, sintiendo cómo el látex se tensaba y cómo él palpitaba bajo sus palmas. Sus ojos no se apartaban del falo, hipnotizada.

Luego se recostó otra vez. Abrió las piernas con lentitud, exponiéndose por completo. Con dos dedos temblorosos separó sus labios vaginales, mostrándole lo mojada que estaba: brillante, hinchada, goteando. Sus ojos suplicaban. Sebastian se colocó sobre ella, apoyando el peso en un antebrazo. Con la otra mano tomó su pene y guió la punta contra la entrada caliente y resbaladiza. Presionó apenas. Miriam cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior hasta que casi sangró.

Él empujó despacio. Ella estaba tan lubricada que el glande entró con un sonido húmedo, suave. Aun así, Miriam apretó los párpados, una mueca de dolor cruzó su rostro. Sebastian se inclinó y empezó a besar su cuello con devoción, labios abiertos, lengua trazando líneas calientes sobre su piel. Empujó un poco más, lento, paciente, dejando que su cuerpo se acostumbrara. Ella se tapó la boca con la mano, ahogando el gemido que pugnaba por salir.

Centímetro a centímetro, él siguió avanzando hasta que sus caderas se encontraron por completo. Estaba dentro de ella hasta la base. Miriam respiraba agitada, la mano aún sobre la boca, los ojos cerrados. El dolor era un fuego agudo, pero debajo de él empezaba a nacer algo más profundo, más dulce. Cuando el placer comenzó a vencer, abrió los ojos y lo miró. Con un gesto mínimo de la cabeza le pidió que se moviera.

Sebastian empezó a mecerse. Despacio al principio: salidas largas y entradas profundas, controladas. Cada embestida hacía que sus cuerpos se rozaran con una fricción perfecta. Miriam gimió contra su palma, un sonido ahogado y ronco. Poco a poco el ritmo aumentó. Él empujaba más fuerte, más profundo, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía arquear la espalda. El dolor desapareció por completo. Solo quedó placer, intenso, líquido, que subía por su vientre como olas calientes.

Se besaron con desesperación, lenguas enredadas, mientras él la follaba en misionero con pasión creciente. Las manos de Miriam recorrían la espalda de Sebastian, clavando las uñas cuando el placer era demasiado. Sus pechos se aplastaban contra el torso de él, los pezones duros rozando piel sudorosa. Los gemidos de ella se escapaban entre beso y beso, cada vez más altos, más libres.

Sin palabras, él se retiró con cuidado. La giró con ternura y la puso de lado, entrando de nuevo desde atrás en posición cucharita. La abrazó fuerte contra su pecho, una mano en su pecho apretando el pezón, la otra entre sus piernas frotando el clítoris hinchado mientras la penetraba con embestidas profundas y lentas. Miriam empujaba hacia atrás con las caderas, buscando más, jadeando. El ángulo era perfecto; cada golpe llegaba más lejos, más intenso.

Después la colocó boca abajo, levantándole las caderas. La penetró en cuatro patas, sujetándola por la cintura. Sus embestidas se volvieron más fuertes, más animales. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba el cuarto. Miriam enterraba el rostro en la almohada, mordiéndola para no gritar, mientras olas de placer la recorrían. Sentía cada vena del pene a través del látex, cada golpe contra su cervix, cada roce de sus bolas contra sus labios hinchados.

Finalmente, Sebastian se recostó de espaldas. Miriam, con las piernas temblorosas, se subió sobre él. Era la primera vez que lo cabalgaba y lo hizo con torpeza deliciosa. Se colocó a horcajadas, tomó el pene con una mano y lo guió otra vez dentro de ella. Bajó despacio, gimiendo largo y bajo cuando lo sintió llenarla por completo. Sebastian puso las manos en sus caderas y la dirigió con suavidad pero con firmeza: la subía y la bajaba, marcando el ritmo, enseñándole cómo moverse. Miriam apoyó las manos en su pecho y empezó a cabalgar, primero insegura, luego con más confianza. Sus caderas giraban en círculos, subían y bajaban con fuerza creciente. El cabello le caía sobre el rostro, los pechos rebotaban al ritmo de sus movimientos. Sebastian la miraba con adoración y lujuria, una mano subiendo a pellizcarle los pezones, la otra frotando su clítoris con el pulgar.

El placer se volvió insoportable para ambos. Miriam cabalgaba cada vez más rápido, más profundo, sintiendo cómo el orgasmo se construía como una tormenta. Sebastian empujaba hacia arriba, encontrándose con cada bajada de ella. Cuando ella se corrió, fue violento: todo su cuerpo se tensó, su vagina se contrajo alrededor del pene en espasmos fuertes, un chorro caliente escapó de ella y mojó el vientre de él. Gimió contra su propia mano, temblando sin control.

Sebastian la siguió segundos después. La sujetó fuerte por las caderas, la mantuvo clavada sobre él y se vació dentro del condón con gruñidos roncos, pulsando una y otra vez mientras ella seguía moviéndose suavemente, prolongando el placer de ambos.

Exhaustos, Miriam se dejó caer sobre el pecho de Sebastian. Él aún estaba dentro de ella, palpitando. Se abrazaron con fuerza, piel sudorosa contra piel sudorosa, respiraciones agitadas que poco a poco se calmaban. Él le acarició el cabello con ternura infinita, besó su frente, sus párpados, sus labios hinchados. Ella se acurrucó contra su cuello, sintiendo los latidos de su corazón contra el suyo.

Sin palabras. Solo respiraciones sincronizadas y la certeza dulce de que algo profundo acababa de nacer entre ellos. La habitación quedó en silencio, solo el sonido suave de sus respiraciones y el calor de dos cuerpos que, por primera vez, se habían hecho uno. Se durmieron así.

A las 6:47 de la mañana, tres golpes fuertes.

—¡Miriam! Abre ahora mismo.

La voz de su tío los arrancó del sueño como un balde de agua helada. Ambos se levantaron en pánico, el corazón desbocado, buscando ropa mientras la puerta volvía a sonar con más fuerza.

—¡Miriam! ¡Abre la puerta!


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heranlu

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La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulo 003


Sebastián se movió como un relámpago. En menos de diez segundos ya tenía los pantalones puestos, la camiseta en la mano y los zapatos colgando de los dedos. Miriam, aún desnuda y con el semen secándose en su entrepierna, lo miró con los ojos muy abiertos, el pánico y la adrenalina mezclándose en su respiración acelerada.

—¡Por la ventana! ¡Por la ventana! —le apuró ella, señalando la que daba al patio trasero—. Es la única salida sin pasar por el pasillo.

Él asintió, le dio un beso rápido y feroz en los labios, y abrió la ventana de un tirón. El salto era de casi tres metros hasta el césped. Se colgó del alféizar, se dejó caer… y aterrizó mal. El tobillo derecho crujió al impactar, un dolor agudo le subió por la pierna como un latigazo. Mordió el interior de la mejilla para no gritar, se levantó cojeando y corrió —o más bien trotó torpemente— hacia la construcción que quedaba al fondo del terreno de la iglesia. Allí se metió entre las herramientas, fingió revisar unos planos y se sentó en un balde invertido, respirando con dificultad mientras se masajeaba el tobillo hinchado.

Minutos después oyó pasos. El pastor apareció en la entrada de la obra, con el ceño fruncido.

—Sebastián… ¿Qué haces aquí tan temprano?

Él levantó la vista, forzando una sonrisa casual aunque el sudor le corría por la sien.

—Buenos días, pastor… tío. No podía dormir… vine a revisar el avance de las vigas del techo. Quiero que todo esté listo para el domingo.

El pastor lo miró un segundo más de lo necesario, pero asintió.

—Bien. Me alegra verte tan comprometido. Pero cuídate ese tobillo, hijo. Se te ve inflamado.

Sebastián soltó el aire cuando se marchó. No los habían atrapado. Todavía. O al menos eso esperaba. Como pudo, regresó a su cuarto y se acostó en la cama.

El día transcurrió con la monotonía de siempre para los demás. Aunque para ellos, era una sofocante espera hasta el momento en que pudieran estar a solas, que minimizaban con miradas largas y cómplices y besos a escondidas.

*******

Amanece. La luz del sol se filtra tímida por las rendijas de la persiana, pintando rayas doradas sobre la sábana que cubre a medias el cuerpo de Sebastián. No ha dormido bien. Su mente es un torbellino de Miriam: la curva suave de su cintura cuando se arquea, el modo en que su voz se quiebra en gemidos dulces y entrecortados, la risa baja y traviesa que le sale cuando él roza justo el lugar donde su piel se eriza.

Antes de llegar al pueblo, Julian compró un delicado collar de oro con una paloma en vuelo como dije central. Era un obsequio para Miriam, por todos esos años de ausencia que pesaban como una culpa silenciosa; casi como una disculpa que nunca había podido pronunciar con palabras. Pero ahora, ese regalo había cobrado un significado mucho más profundo y peligroso. Ya no era solo una disculpa. Era su forma de decirle, sin rodeos, lo que sentía de verdad: que la amaba con una intensidad que desafiaba cualquier lazo de sangre que los uniera.

Estaba nervioso, más de lo que recordaba haberlo estado nunca. El corazón le latía con fuerza contra las costillas mientras imaginaba el momento: ¿aceptaría ella? Y si decía que sí… ¿qué harían después? Era más que lógico que nadie estuviera de acuerdo; el escándalo sería inevitable, las miradas, los murmullos, quizá hasta el rechazo de su propia familia. Pero a Julian ya no le importaba. Si ella le correspondía, si esa paloma de oro terminaba colgando entre sus pechos como símbolo de su compromiso secreto, él estaba dispuesto a todo: a enfrentarse al mundo, a llevársela lejos si era necesario, a construir una vida donde solo existieran ellos dos. Nada más importaba.

La puerta se abre con un clic suave. Miriam entra descalza, envuelta en un camisón de algodón tan ligero que parece niebla. Cierra con llave sin apartar la mirada de él. Sus pezones ya están duros, marcándose contra la tela casi transparente. Sonríe con malicia contenida, esa sonrisa que promete problemas deliciosos.

Sube a la cama gateando lentamente, felina, sin romper el contacto visual. Sebastián siente que el aire se espesa. Cuando llega a su altura, se detiene a horcajadas sobre sus caderas, las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza.

—Buenos días… —susurra ella, voz ronca de sueño y deseo.

No responden más palabras. Se besan con hambre acumulada. Lenguas que se buscan, se enredan, se reclaman. Las manos de Sebastián suben por sus muslos, levantando el camisón hasta la cintura. Ella se estremece cuando él acaricia la piel sensible del interior de sus piernas. Miriam baja una mano y envuelve su erección ya dura, moviéndola con lentitud tortuosa mientras lo besa más profundo.

Se separa un instante, solo para bajar por su torso a besos y lamidas. Cuando llega a su entrepierna, lo mira desde abajo con ojos oscuros y brillantes. Lo toma con la mano, lo acaricia con la lengua desde la base hasta la punta, luego lo envuelve con los labios cálidos y húmedos. Sebastián suelta un gemido grave, los dedos enredados en su cabello. Ella lo succiona con dedicación, alternando ritmo: lento y profundo, luego rápido y superficial. Lo lleva al borde varias veces, deteniéndose justo antes. Cuando él ya no puede más, aprieta los muslos y se viene con fuerza en su boca. Miriam no se aparta; lo recibe todo, tragando despacio, saboreándolo, dejando que el sabor salado y cálido se quede en su lengua mientras lo mira a los ojos.

Se limpia los labios con el dorso de la mano y sonríe satisfecha. Saca un condón del cajón de la mesita, lo abre con los dientes y se lo coloca con dedos hábiles. Se quita el camisón por encima de la cabeza y lo arroja al suelo. Se sube sobre él, guiándolo dentro de sí con un movimiento lento y profundo. La cama cruje bajo ellos. Miriam empieza a moverse, primero en círculos suaves, luego subiendo y bajando con más fuerza. Sebastián agarra sus caderas, ayudándola, embistiéndola desde abajo. Le quita lo poco que le quedaba de ropa con urgencia. Se besan mientras ella cabalga, pechos rozando su pecho, pezones duros contra su piel.

La cambia de posición: la pone boca arriba, piernas abiertas. Entra de nuevo en ella con fuerza contenida. La penetra profundo, lento al principio, luego más rápido. Los gemidos de Miriam se vuelven más agudos. Justo cuando él acelera, escuchan pasos en el pasillo. Se congelan. Ella salta de la cama, corre a la puerta y pega la oreja. Pasos que se alejan.

—Tenemos que parar… —susurra, aunque su voz tiembla de deseo—. Pero seguimos después. Lo prometo.

Miriam regresa a su lado y lo besa con desesperación, lengua y dientes, y sale del cuarto con el camisón puesto a toda prisa.

El desayuno habitual con la familia transcurre bajo una tensión eléctrica que ninguno de los dos puede disimular. Miriam apenas toca el pan dulce que le puso delante su madre. Cada vez que Sebastián le pasa la mermelada o la jarra de jugo, sus dedos se rozan más tiempo del necesario: un roce deliberado, lento, que le arranca a ella un leve estremecimiento y un rubor que le sube desde el cuello hasta las orejas. Él la mira fijo, sin disimulo, los ojos oscuros brillando con algo hambriento y paciente a la vez. Ella baja la vista al plato, pero enseguida vuelve a buscarlo, como si no pudiera evitarlo.

La madre de Miriam —tía Elizabeth para Sebastián— observa desde el otro lado de la mesa. No es tonta. Nota las mejillas encendidas de su hija, el modo en que los párpados de Miriam caen un segundo más de lo normal cada vez que Sebastián le sonríe de lado. Los labios de Elizabeth se aprietan en una línea fina, casi imperceptible. No dice nada. Solo bebe un sorbo largo de café, deja la taza con un golpe seco y anuncia:

—Voy a acompañar a tu papá con el notario, Miriam. Necesito que estés pendiente de la comida y el teléfono. Volvemos en un par de horas.

Se levanta, toma su bolso y el chal. Antes de salir por la puerta principal, lanza una última mirada hacia la mesa, especialmente a Sebastián. Ni Miriam ni él se atreven a moverse hasta que escuchan el motor del coche alejarse.

El silencio que queda es espeso, caliente.

Miriam se pone de pie casi de un salto y empieza a recoger los platos, como si el movimiento pudiera disipar la electricidad que le recorre la piel. Está intentando calmarse pero no lo consigue.

Sebastián se acerca a ella sin hacer ruido y Miriam siente su calor detrás de ella. Luego el roce de su pecho contra su espalda. Luego sus manos grandes, seguras, subiendo directas a sus pechos por encima de la blusa de algodón delgada. Los toma con firmeza, los acaricia en círculos lentos, los pezones ya duros se marcan contra la tela y él los busca, los pellizca con justo la presión que sabe que la hace arquear la espalda.

—Sebastián… —susurra ella, pero la palabra sale rota, más gemido que negativa.

Él empuja su cadera hacia adelante. La erección gruesa y caliente se hunde entre sus nalgas a través de la tela de la falda y los jeans de él. Miriam siente cada centímetro, la rigidez, el calor que irradia. Sonríe sin querer, mordiéndose el labio inferior.

Él la gira con cuidado pero sin pedir permiso. La besa profundo con lengua invasora, saboreándola como si llevara horas deseando hacerlo. Las manos bajan a su cintura y la levantan sin esfuerzo —ella es ligera, él está demasiado excitado para medir su propia fuerza— y la sienta en el borde del fregadero. El agua sigue corriendo, salpicando un poco, pero ninguno de los dos lo nota.

Le sube la falda con un movimiento brusco pero preciso. Miriam abre las piernas al instante, casi por reflejo, el cuerpo actuando antes que la cabeza. Sus dedos temblorosos buscan la bragueta de él, la bajan y liberan el pene hinchado que salta caliente contra su palma. Lo acaricia una, dos veces, apretando la base mientras él gruñe contra su boca.

Justo cuando Sebastián va a bajarse los pantalones del todo, el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose los congela.

—Mierda —masculla él entre dientes.

Miriam baja de un salto, la falda cayéndole desordenada y húmeda por el chorro de agua sobre los muslos. El corazón le retumba en la garganta. Sebastián la toma de la mano con fuerza.

—Ven.

La lleva casi a rastras por el pasillo corto que da a la alacena principal. Abre la puerta de un tirón y la empuja dentro. Cierra con cuidado, pero rápido. La oscuridad los envuelve completamente.

El espacio es mínimo. Estantes con latas y frascos a ambos lados. Sus cuerpos quedan pegados de inmediato: pecho contra pecho, caderas contra caderas, la erección de él todavía fuera presionando contra el vientre de ella. Miriam respira agitada, el olor a madera vieja y especias mezclado con el aroma masculino de Sebastián y su propia excitación.

Él no pierde tiempo.

Le sube otra vez la falda, la arruga en su cintura. Con dedos hábiles aparta la braga a un lado —está empapada, la tela pegada a los labios hinchados— y la voltea de cara a la pared. Miriam apoya las palmas abiertas contra un estante. Siente cómo él se acomoda detrás, la cabeza ancha del pene rozando su entrada y resbalando por la humedad.

Entra de una sola embestida lenta pero implacable.

Miriam se tapa la boca con ambas manos para ahogar el grito que quiere salirle. Él la llena por completo, estirándola, ocupándola hasta el fondo. El calor de su carne sin barrera, la sensación cruda y resbaladiza, la hace temblar entera.

Sebastián la sujeta de las caderas con fuerza. Sale casi del todo y vuelve a entrar, profundo, controlado, sintiendo cada contracción involuntaria de ella alrededor de su miembro. El ritmo crece rápido: embestidas firmes, cortas, que hacen que los frascos tiemblen levemente en los estantes. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezcla con los jadeos ahogados de Miriam y los gruñidos bajos de él. Sus manos suben a sus pechos, que bailan con cada embestida. Los acaricia en circulos y luego aprisiona sus pezones con las yemas de los dedos.

Ella está al borde del orgasmo en cuestión de segundos. El riesgo, la oscuridad, el cuerpo enorme de Sebastián cubriéndola por completo, la forma en que la penetra sin piedad pero con una precisión que conoce demasiado bien… todo conspira contra ella. Y se corre primero.

Las piernas le fallan, tiembla violentamente mientras su interior se contrae en espasmos fuertes alrededor de él, apretándolo como si quisiera retenerlo dentro para siempre. Un gemido largo y roto se le escapa entre los dedos.

Eso lo lleva al límite.

Sebastián hunde la cara en su cuello sin soltar sus pechos, gruñe contra su piel y se vacía dentro de ella con chorros calientes y abundantes. Sigue moviéndose despacio mientras termina, prolongando el placer de ambos, sintiendo cómo ella todavía palpita alrededor de su longitud.

Se quedan así unos segundos eternos, jadeando en la oscuridad, pegados, sudorosos, temblorosos.

Él sale con cuidado. Despacio. Miriam siente el calor de su semen resbalando por el interior de sus muslos. Se besan torpemente, con hambre todavía, lenguas perezosas y respiraciones compartidas.

Cuando escuchan voces lejanas, se recomponen a toda prisa. Él se guarda, sube la bragueta. Ella se baja la falda, se pasa los dedos por el pelo revuelto.

Salen con sigilo, uno detrás del otro.

Miriam va directo al fregadero otra vez, fingiendo terminar de lavar. Sebastián se sienta a la mesa como si nada, hojeando los papeles que debe firmar su tío.

Sus miradas se cruzan una sola vez por encima del respaldo de la silla.

En los ojos de ambos brilla la misma promesa muda, ardiente: más tarde.

******

Casi al mediodía, el sol cae como una losa caliente sobre la construcción. El aire huele a cemento fresco, polvo y sudor masculino. Leslie llega en su coche rojo descapotable, el pelo rubio revuelto por el viento y una sonrisa que siempre parece saber demasiado. Miriam la recibe con un abrazo rápido, demasiado rápido, como si necesitara anclarse a algo familiar antes de que todo se descontrole.

—Vamos, te muestro como va todo —dice Miriam, forzando una naturalidad que no siente.

Caminan entre los andamios y las pilas de ladrillos. Sebastián está arriba, en el segundo piso sin terminar, sin camisa, el torso bronceado brillando de sudor mientras ayuda a clavar un tablón. Cada martillazo hace que sus músculos se tensen, cada movimiento resalta la línea dura de su abdomen, la V que desaparece bajo la cintura baja de los jeans. Miriam no puede evitarlo: cada dos minutos sus ojos vuelven a él. Lo mira como si su cuerpo recordara todavía el calor de su semen resbalando entre sus muslos en la alacena, como si todavía sintiera sus manos apretándole las caderas.

Leslie lo nota al tercer vistazo.

Se detiene en medio del patio, cruza los brazos y sonríe con esa picardía que siempre ha tenido.

—Tu primo está guapísimo, ¿eh? —dice bajito, pero no lo suficiente— Mira esos brazos… Joder, Miriam, si yo tuviera un primo así, no salía de la casa.

Miriam siente el pinchazo de celos como un latigazo en el estómago. Caliente, ácido, inmediato. Se le cierra la garganta. Sus uñas se clavan en las palmas.

—Déjalo en paz, Leslie —responde, la voz más seca de lo que pretendía.

Leslie arquea una ceja, divertida, pero con un brillo de curiosidad que no disimula.

—¿Por qué? Solo lo estoy mirando. No es delito. ¿O sí?

—Porque…él tiene novia —suelta Miriam sin pensar. La mentira le sabe amarga en la lengua.

Leslie se gira hacia ella lentamente, la sonrisa creciendo.

—¿Ah sí? ¿Y cómo se llama esa novia misteriosa?

Miriam enmudece. El corazón le golpea tan fuerte que está segura de que Leslie lo oye. Quiere decirle confesarle su secreto pero aun no es el momento. No sabe qué nombre inventar porque no existe ninguna novia... ¿O si? Nunca han hablado de eso. Traga saliva, los ojos fijos en un montón de arena para no mirar a Sebastián otra vez.

—No… no habla mucho de ella —murmura—. Pero lo sé. Aunque no me lo haya dicho directamente.

Leslie la mira fijamente ahora. Ya no hay risa en sus ojos; hay algo más agudo, casi clínico.

—¿Te gusta tu primo, Miriam?

El rubor le sube hasta las orejas en una ola abrasadora. Miriam siente que le arde la cara entera, que el cuello se le enciende. Da un paso atrás como si la pregunta la hubiera empujado.

—¡No! ¿Cómo crees, tonta? ¡Es mi primo! —exclama, pero la voz le tiembla, la delata. Suena falso incluso a sus propios oídos.

Leslie no retrocede. Da un paso adelante, bajando la voz, casi conspiradora.

—Te gusta tu primo —repite, lenta, saboreando cada palabra—. Y no me mientas, que te conozco desde los cinco años. Tienes esa cara de “me estoy muriendo por dentro”. ¿Ya hicieron algo? ¿Ya se besaron? ¿O ya pasaron de besos?

Miriam intenta girarse, fingir que revisa una ventana sin marco.

—Para, Leslie. Cambiemos de tema, por favor.

Pero Leslie la toma suavemente del brazo, obligándola a mirarla.

—Yo también me enamoré de mi primo un tiempo… —comenta con una naturalidad que duele—. Se llamaba Diego. Teníamos diecisiete. Nos besábamos a escondidas en el sótano de la casa de mis abuelos. Duró tres meses hasta que nos pillaron. Fue lo más intenso que he sentido en mi vida… y lo más prohibido.

Miriam siente un nudo en la garganta. El recuerdo de la alacena oscura, de Sebastián entrando en ella sin condón, de sus gemidos ahogados contra la mano… todo le vuelve como un flash caliente entre las piernas. Se muerde el labio inferior con fuerza.

—Para, Leslie —susurra, casi suplicando.

Leslie no para. Su voz baja aún más, intensa, casi urgente.

—¿Ya te pidió que fueras su novia? Porque si solo te está cogiendo a escondidas… eso es otra cosa, Miriam. Y tú mereces más que ser el secreto de alguien.

Miriam se congela.

La pregunta se le clava como un aguijón en el centro del pecho. Nunca han hablado de eso. Ni una sola vez. En su cabeza lo daba por sentado: las miradas, los roces, la forma en que él la follaba como si fuera suya… pero ¿novia? Las palabras no han existido. Solo cuerpos, riesgo y silencio.

Se queda callada, los ojos fijos en el suelo polvoriento. El corazón le late tan fuerte que siente náuseas. Leslie la observa, esperando. Arriba, Sebastián baja la escalera de metal, ajeno a todo, y sus ojos se encuentran con los de Miriam por un segundo eterno.

En ese segundo, ella siente todo: el deseo, el miedo, los celos, la duda.

Y por primera vez, la pregunta de Leslie se queda flotando entre ellas como humo espeso: “¿Qué son realmente?”

Por fortuna, la madre de Miriam aparece y les pide que ayuden a servirle la comida a los trabajadores de la obra. Miriam y Leslie cargan las canastas con tortillas calientes, frijoles, arroz, carne guisada y botellas de agua fresca. Leslie intenta bromear un par de veces, pero recibe solo monosílabos.

El bullicio habitual se detiene por un momento: los hombres bajan herramientas, se limpian el sudor de la frente con el dorso de la mano y se acercan con sonrisas agradecidas.

Sebastián está arriba, terminando de revisar unos detalles del techo. Baja por la escalera con movimientos fluidos asegurándose de que todos tengan su porción antes de tomar la suya propia. Miriam lo observa desde unos metros de distancia, sentada en una pila de ladrillos con su plato en las manos. En sus ojos hay algo nuevo: frustración y una inseguridad que le aprieta el pecho. Cuando él levanta la vista y la busca, ella lo saluda con una extraña indiferencia —un gesto breve con la cabeza, los labios apretados en una línea fina— que a Sebastián le cae como un golpe sordo.

Hay demasiada gente alrededor para preguntarle qué pasa. Los trabajadores charlan, ríen, cuentan anécdotas del día. Él come despacio, pero su atención está en ella. Sus ojos la persiguen constantemente, buscando una explicación en su rostro esquivo. Miriam siente esa mirada como un peso cálido y constante; al final, casi forzada por la intensidad, voltea a verlo. Sebastián arranca un pedacito de papel de una libreta que lleva en el bolsillo, escribe rápido con el lápiz que siempre trae encima y lo dobla. Lo deja en el lugar de siempre: debajo de una piedra plana cerca de la pila de materiales donde también suelen esconderse mensajes cuando no están dentro de la casa. Luego se aleja, fingiendo revisar algo en la estructura.

Al rato regresa por la respuesta. El papelito está ahí, con la letra temblorosa de ella: “Hablemos. Vamos a un lugar que conozco”.

El lugar que seleccionó Miriam es un rancho abandonado que su padre ha cuidado de favor por muchos años. El dueño, amigo personal, criaba caballos de carreras que Miriam solía visitar. Al día de hoy, ya no hay animales ni trabajadores en el lugar. Solo una vieja casa, las caballerizas vacías y un estanque que abarca casi la mitad de la propiedad.

Caminan uno al lado del otro. Se toman de las manos, pero no es lo mismo. Los dedos de Miriam están fríos y su agarre es flojo, casi ausente. Ella mira al frente y esquiva sus intentos de conversación, respondiendo con murmullos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que Leslie los ha visto desde la casa. Al principio solo fue curiosidad: Miriam saliendo con esa expresión seria, Sebastián siguiéndola poco después. Leslie, con esa intuición afilada que siempre ha tenido, decidió seguirlos a distancia. Se mantuvo oculta entre los árboles y las sombras del camino, con el corazón latiéndole fuerte por la emoción prohibida de espiarlos. Cuando llegaron al estanque y se detuvieron, ella se escondió detrás de un tronco grueso, lo suficientemente cerca para ver y oír, pero invisible para ellos.

La vista los detiene. El agua brilla con los últimos rayos del sol, un espejo perfecto que refleja un cielo naranja y violeta. Alrededor, árboles altos y verdes rasgan el horizonte, sus hojas moviéndose apenas con la brisa suave. Es un lugar que parece existir solo para ellos en ese momento.

Sebastián la abraza impaciente por detrás, despacio, rodeándole la cintura con los brazos.

—¿Qué pasa, ratita? —le susurra al oído apoyando la barbilla en su hombro

Miriam espera un momento largo y respira hondo. Cuando habla, su voz sale baja, vulnerable:

—Nos hemos estado dejando llevar solo por… lo que queremos… pero nunca hemos hablado de lo que sentimos de verdad. De lo que somos. Tengo miedo de que esto sea solo… calor. De que para ti no signifique lo mismo que para mí.

Él la gira con suavidad para mirarla a los ojos vidriosos por la emoción. Ve la inseguridad que le tiembla en los labios, y sin decir nada aún, saca la cajita de terciopelo negro del bolsillo. La abre y el collar brilla bajo la luz dorada que ya se oculta entre los árboles.

—Miriam… —Su voz sale ronca, cargada de emoción—. Siempre te he amado, aun cuando estaba lejos. Y ahora… bueno… no sé cómo lo haremos o cuánto tendremos que escondernos pero quiero que estemos juntos. Siempre. Sé que nadie lo aceptará, y por eso quiero llevarte conmigo cuando todo esto termine. ¿Vendrías conmigo?

Mientras habla, toma el collar con dedos temblorosos y se lo coloca con infinita delicadeza. La cadena fría roza su clavícula caliente; el colgante descansa justo entre sus pechos. Miriam cierra los ojos un segundo, una lágrima se desliza por su mejilla.

Entre sollozos suaves, susurra:

—Sí… sí quiero. Si quiero estar contigo siempre.

Se besan con una intensidad que nace del alivio y del amor acumulado. Es un beso profundo, desesperado y tierno al mismo tiempo: lenguas que se encuentran con hambre y reverencia, manos que se aferran a la ropa del otro como si temieran soltarse. Lágrimas se mezclan en sus labios, pero no las secan; son parte del momento, parte de la promesa que acaban de sellar.

Leslie, oculta, siente un calor repentino subirle por el cuello. Su respiración se acelera al verlos besarse así, con esa entrega absoluta y prohibida y abre la boca con expresión de sorpresa. ”Así que tú eras la novia ¿no?”. Dice en voz baja sin apartar la vista de ellos.

Se desnudaron el uno al otro con una lentitud deliberada, besándose entre risas ahogadas y caricias que ya ardían de deseo. Los dedos de Julian trazaban líneas de fuego sobre la piel de Miriam mientras le quitaba la blusa; ella respondía deslizando las manos por su pecho, bajando por su abdomen hasta liberar su miembro erecto. Entraron al agua tomados de la mano. El cuerpo de Miriam se estremeció al contacto con la tibieza, y su piel se erizó por completo, los pezones endureciéndose al instante. Julian la abrazó fuerte contra su torso, rodeándola con sus brazos musculosos, y jugaron un momento como niños: salpicándonos, riendo, besándose con inocencia fingida. Pero el hambre creció rápido. La atrajo más cerca, pegándola a su cuerpo, y sus bocas se encontraron en un beso salvaje, casi animal, lenguas enredándose con urgencia, mordiéndose los labios entre gemidos ahogados.

Las manos de Julian bajaron hasta apretar con fuerza sus nalgas redondas y firmes; Miriam dio un pequeño brinco de sorpresa y placer, riendo contra su boca. Él no soltó, masajeandolas mientras subía las palmas por su espalda y luego las deslizaba hacia adelante, capturando sus pechos llenos. Los acarició en círculos lentos y profundos, rozando los pezones con las yemas de los pulgares hasta hacerla jadear. El pene de Julian, duro y palpitante, se posicionó naturalmente entre sus muslos. Miriam abrió un poco las piernas, dejando que el falo caliente se deslizara entre sus pliegues empapados. Ella comenzó a moverse sobre él, frotando con fuerza su clítoris hinchado y la entrada de su vagina contra toda la longitud de su erección. Ambos movían las caderas en sincronía perfecta, intensificando el roce resbaladizo y caliente de sus sexos. Julian no soltaba sus pechos, apretándolos y pellizcando los pezones con la presión justa que la volvía loca. Ella, instintivamente, bajó una mano y envolvió su pene con los dedos, masturbándolo al ritmo de sus propios movimientos, rozando al mismo tiempo su clítoris con el dorso de la mano. Miriam estaba empapada, perfectamente lubricada, su excitación goteando y mezclándose con el agua.

Julian lo sintió en cada latido. Con fuerza pero con una gentileza infinita, la giró entre sus brazos hasta dejarla de espaldas a él. La sujetó firmemente de las caderas y dirigió la cabeza gruesa de su pene hacia la entrada resbaladiza de su vagina. Pero Miriam, en un impulso de puro deseo, detuvo su mano y lo guió más arriba, presionando el glande contra su ano apretado y virgen.

—¿Estás segura? —preguntó Julian en su oído, la voz ronca de sorpresa y excitación.

Ella asintió despacio, mordiéndose el labio inferior con fuerza, los ojos entrecerrados de anticipación. Julian besó su cuello con devoción, mordisqueando el lóbulo de su oreja mientras hacía presión lenta y constante. El glande se abrió paso con dificultad; el rostro de Miriam se deformó en una mueca de dolor intenso, los ojos apretados, la boca abierta en un silencioso grito.

—¿Quieres que pare? —susurró él de nuevo, deteniéndose al instante, besándola en la sien con ternura infinita.

—No… continua —contestó Miriam con un hilo de voz temblorosa, el dolor mezclado con una necesidad profunda.

Julian empujó un poco más, con una paciencia agonizante, hasta que el glande entró por completo. Se quedó quieto dentro de ella, respirando contra su espalda, dándole tiempo. Miriam lanzó un grito agudo que ahogó inmediatamente con la palma de su propia mano, el cuerpo rígido por el ardor que la atravesaba. Julian la abrazaba fuerte desde atrás, una mano masajeando sus pechos con cariño, la otra sosteniéndola por la cintura. Poco a poco, fue empujando más profundo, centímetro a centímetro, hasta que la mitad de su pene grueso quedó enterrada en ese calor apretadísimo.

—Despacito, amor… —suplicó Miriam con un hilo de voz rota.

—¿Te gusta?…

—Sí… pero me duele… —admitió ella, la voz entrecortada.

Julian estaba absorto en la sensación: esa calidez ajustada, casi asfixiante, que envolvía la mitad de su miembro como un guante de terciopelo ardiente. Lo dejó ahí un momento eterno, besando su espalda curvada, su cuello, lamiendo el sudor que perlaba su piel, mientras seguía jugando con sus senos, pellizcando los pezones para distraerla del dolor. Miriam bajó las manos a su propia entrepierna: introdujo dos dedos en su vagina empapada y con la otra mano acariciaba su clítoris en círculos rápidos y desesperados. Julian esperó a que su respiración se normalizara un poco, a que los gemidos de dolor se suavizaran. Entonces empezó a moverse: primero despacio, sacándola y metiéndola solo hasta la mitad, con movimientos largos y controlados. Cuando los gemidos de Miriam empezaron a teñirse de placer puro, la penetró de un solo golpe hasta el fondo. Ella gimió fuerte, esta vez de puro éxtasis, el cuerpo arqueándose contra él.

Julian empezó a follarla duro, con movimientos continuos y profundos, sin detenerse ni un segundo. Sus caderas chocaban contra sus nalgas con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en el estanque. No soltaba sus pechos, apretándolos y tirando de los pezones mientras la penetraba sin piedad. Entonces bajó una mano hasta su entrepierna y acarició su clítoris hinchado en círculos perfectos, al mismo ritmo que sus embestidas, besando y mordiendo su cuello. Miriam estaba en éxtasis total, el placer creciendo como una ola imparable. Julian aceleró, follándola con fuerza salvaje hasta que sintió cómo su interior comenzaba a convulsionar alrededor de su pene. Y entonces Miriam se corrió: un gemido que fue más bien un berrido agudo, gutural y prolongado, cuyo eco rompió la quietud del lugar como un trueno. Sus piernas temblaron tanto que no la sostuvieron; Julian tuvo que sujetarla fuerte de la cintura para evitar que se sumergiera completamente. Ella se aferraba a sus brazos, las uñas clavadas en su piel, mientras el orgasmo seguía recorriendo su vientre y su entrepierna en oleadas brutales. Estaba perdida en el placer más puro.

Desde su escondite entre los arbustos, a solo unos metros de distancia, Leslie los observaba con los ojos vidriosos de lujuria. Una mano dentro de sus shorts, dos dedos hundidos en su coño empapado, masturbándose con furia al ritmo de las embestidas de Julian. Cuando Miriam gritó su orgasmo, Leslie se corrió por primera vez: un orgasmo silencioso pero violento que la hizo arquear la espalda y morderse el puño para no gemir.

Julian apretó a Miriam contra su pecho, besando su cuello lentamente, con amor infinito.

—Las piernas… me tiemblan mucho —le dijo Miriam, divertida, aún con la respiración cortada por el orgasmo.

Julian sacó su pene despacio de su ano; ella gimió de nuevo, largo y bajo, sintiendo el vacío. Él aún no se había corrido, el miembro brillante y palpitante de deseo. La cargó en brazos hasta la orilla, la recostó con cuidado sobre la hierba suave y fresca. Se besaron: un beso muy largo, ininterrumpido, profundo, acompasado con las caricias de sus manos que recorrían cada centímetro de sus cuerpos como si fuera la primera vez. Sus lenguas se enredaban con pasión romántica, sus alientos mezclados, sus corazones latiendo al unísono.

Entonces Miriam lo empujó poco a poco, con una sonrisa traviesa, hasta hacerlo acostarse de espaldas. Se subió sobre él con las piernas aún temblorosas, tomó su pene con una mano y lo dirigió a la entrada de su vagina. Se sentó completamente sobre él de un solo movimiento, tragándoselo entero hasta la base. Echó la cabeza hacia atrás con un gemido ligero y prolongado, sintiéndolo llenarla por completo. Empezó a cabalgarlo: primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más rápido y fuerte, con urgencia desesperada. Sus pechos perfectos se movían frenéticamente al compás de sus caderas, rebotando con cada embestida. Julian los atrapó con ambas manos, apretándolos, chupando y mordiendo sus pezones duros mientras ella lo follaba sin piedad. El sonido de su piel chocando, de sus jugos resbalando, llenaba el aire.

Leslie, todavía escondida, se masturbaba con más fuerza, tres dedos ahora dentro de sí, el pulgar en su clítoris. Cuando Miriam aceleró y Julian empezó a gemir debajo de ella, Leslie se corrió por segunda vez, casi al mismo tiempo que ellos: un orgasmo silencioso y profundo que la dejó temblando entre las hojas.

Miriam lo cabalgó con todo hasta que ambos llegaron juntos: ella primero, contrayéndose alrededor de su pene con un grito ahogado de placer absoluto; él inmediatamente después, corriéndose dentro de ella con chorros calientes y potentes. Se quedaron unidos un momento, respirando agitados, besándose con ternura.

Luego Julian la giró con delicadeza y la puso en cuatro sobre la hierba. Sujetándola firmemente de las caderas con ambas manos, la penetró de nuevo en su vagina, esta vez con embestidas profundas y poderosas. La folló con pasión renovada, sus cuerpos chocando con fuerza, hasta que ambos terminaron casi al mismo tiempo otra vez: primero ella, convulsionando y gritando su nombre, y luego él, derramándose dentro con un gruñido gutural de liberación total.

Se quedaron quietos un momento, unidos, respirando juntos. Luego se tendieron desnudos sobre la hierba, acariciándose con lentitud y pasión infinita, besándose como si el mundo no existiera. Sus dedos trazaban líneas de amor sobre la piel sudorosa, sus miradas clavadas la una en la otra, sus corazones latiendo al unísono en la quietud del rancho. El silencio es dulce, perfecto.

Leslie, desde su escondite, se quedó un rato más observándolos, el pecho agitado, una sonrisa satisfecha en los labios mientras se lamía los dedos. El espectáculo había sido más que suficiente.

Entonces Miriam ve el resplandor anaranjado a lo lejos. Una columna de humo se eleva, densa, cercana. Demasiado cercana.

Se le congela la sangre.

—El humo… algo pasa… —susurró, asustada.

Se visten a toda prisa con el corazón latiéndoles en la garganta. Corren hacia la casa con un mal presentimiento que ninguno se atreve a nombrar todavía.

Leslie, aun oculta, se queda un momento más, el cuerpo flojo por el placer y la adrenalina. Luego se arregla la ropa con manos temblorosas y regresa sin prisa por otro camino, el secreto ardiéndole en el pecho como una brasa que no sabe si apagará o avivará.

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