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La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulo 001
El autobús se detuvo en la plaza polvorienta y Sebastian sintió que el pecho se le apretaba antes incluso de bajar. Había regresado por la llamada de su tío, el pastor, para remodelar la iglesia del ejido donde creció. Apenas puso un pie en tierra, el calor seco le golpeó la cara y la curiosidad lo invadió como una ola lenta. Miró alrededor con ojos nuevos: las calles de tierra endurecida por el sol, las casas de adobe con techos de lámina que brillaban como espejos, los callejones estrechos donde de niño corría persiguiendo gallinas. Todo parecía igual y diferente a la vez.
"¿Qué habrá cambiado en todo este tiempo?", se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta. Las imágenes de infancia volvieron en tropel: el olor a humo de leña y café al atardecer, los juegos, el parque… y de pronto, la risa de una niña que siempre estaba a su lado. Miriam. La prima de risas fáciles y rodillas siempre sucias, su sombra inseparable hasta los nueve años. El beso robado debajo de aquel mango todavía le quemaba en la memoria como un secreto infantil, un roce torpe de labios que ninguno había mencionado nunca más.
Bajó del todo y el sol le dio de lleno en la cara. Y entonces la vio.
Miriam estaba allí, de pie junto a su madre, con las manos cruzadas sobre el delantal blanco. Diecinueve años. Menuda, de piel clara que parecía brillar con luz propia y con el cabello castaño lacio cayendo como una cascada pesada hasta la cintura. Su rostro se había transformado pero conservaba un poco de aquella cara redonda e inocente, con ojos avellana enormes de pestañas espesas que le daban una mirada perpetuamente sorprendida,
Sebastian sintió que se le secaba la boca. El deseo fue inmediato, brutal, animal. Era su prima, la niña con la que jugaba a las escondidas. Y ahora… ahora era esto. Una mujer que lo hacía sentir culpable solo con mirarla, pues sus pechos tensaban la blusa blanca de algodón hasta el límite, redondos, pesados, llenos de una promesa que lo golpeó directo en el estómago.
No podía dejar de mirarla, y cuando se agachó a recoger su maleta, sus senos colgaron pesados, balanceándose bajo la tela como si quisieran escapar. Cuando caminó hacia la casa, el movimiento natural de sus caderas los hacía mecerse de lado a lado, un ritmo lento y tortuoso que le aceleró el pulso.
Sebastian tragó saliva, sintió que la polla se le endurecía dentro del pantalón y se odió por ello. “Es Miriam. No puede ser”. Pero el pensamiento solo lo excitó más. El deseo le subió por la columna como fuego líquido, caliente y culpable. Cada paso que ella daba hacia la casa era una tortura: el vaivén de esos pechos, el roce sutil de la tela contra la piel clara, el modo en que el sol delineaba su silueta menuda pero voluptuosa en los lugares exactos donde no debía fijarse.
Y Miriam lo sintió en cuanto lo vio bajar del autobús. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. No era el muchacho flaco de antes. Era un hombre. Y caminaba como si supiera exactamente lo que quería. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas, y entre las piernas sintió un latido repentino, caliente, húmedo. Bajó la vista rápido, sonrojada, pero no pudo evitar mirarlo de reojo otra vez. Él la estaba viendo. No solo la veía: la devoraba con los ojos. Y eso la hizo temblar.
El pastor lo abrazó con fuerza, palmeándole la espalda como si fuera un hijo pródigo, pero Sebastian apenas registró las palabras de bienvenida. Su mirada seguía a Miriam, que ahora entraba a la casa con la maleta en la mano y el cabello castaño moviéndose como una cortina oscura contra su espalda. Ella se giró un segundo en el umbral, y sus ojos se encontraron con los de él. Fue solo un instante. Bajó la vista rápido, sonrojada, y desapareció dentro.
La casa los recibió con olor a café recién hecho y pan horneado. Ricardo hablaba de los planes que tenía para la iglesia, de las ideas que había discutido con miembros de la congregación, de lo mucho que había cambiado la localidad con el pasar de los años. Sebastian asentía, respondía con monosílabos, pero su mente estaba en otro lado. En el pasillo estrecho por el que Miriam acababa de pasar. En la habitación que le habían asignado justo al lado de la de ella. En la pared delgada que los separaría esa noche.
Miriam, en la cocina ayudando a su madre, cortaba verduras con manos temblorosas. Cada ruido que venía del patio —la voz grave de Sebastian hablando con su padre— le hacía apretar el cuchillo con más fuerza. Sentía el calor entre las piernas, la humedad que empezaba a empapar sus bragas. Se odiaba por ello y al mismo tiempo lo deseaba más. Quería que la mirara otra vez. Quería que la tocara. Quería pecar.
Ambos tenían la certeza absoluta de que, aunque intentaran resistirse, el deseo ya les había ganado. Y así, bajo el mismo techo, empezó el infierno dulce.
Los primeros días fueron tortura lenta.
Se cruzaban en el pasillo estrecho y sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Él la espiaba desde la ventana de su cuarto cuando ella colgaba ropa en el tendedero: la forma en que la blusa se pegaba a su espalda sudorosa, cómo los pechos colgaban pesados cuando se inclinaba. Ella lo sentía. Sabía que la miraba.
Por las tardes, cuando el pastor salía a hacer sus diligencias, se quedaban solos un rato. Hablaban de todo y de nada: del presente,, de los recuerdos de infancia, de lo que habían hecho todo ese tiempo apartados. Pero las miradas duraban demasiado. Las risas se volvían nerviosas. Un abrazo de saludo se alargaba. Un roce de manos al pasarse un vaso de agua se convertía en caricia disimulada.
En la tercera tarde, Sebastian estaba solo en el despacho del pastor. Extendió los planos con los últimos detalles sobre el escritorio cuando la puerta se abrió sin ruido. Unas manos suaves le taparon los ojos desde atrás.
Sebastian sintió inmediatamente la presión caliente y blanda de sus pechos contra su espalda. Pesados. Suaves. Los pezones duros ya marcándose contra la tela fina de su blusa y contra su camisa.
—Hola, Miriam… —murmuró, girándose despacio.
Se inclinaron sobre los planos. Ella se acercó para ver las líneas. Sus pechos rozaron el borde del escritorio y se aplastaron suavemente. Sebastian ya no miraba los dibujos. La miraba a ella. A la curva superior que asomaba por el escote. La forma en que la tela se tensaba y el calor que emanaba de su cuerpo.
Hablaba despacio, intentando que su voz sonara profesional, calmada, como si estuviera explicando un proyecto más y no sintiendo que el aire se volvía espeso cada vez que Miriam se acercaba un poco más.
Pero Miriam quería probarlo. Quería ver hasta dónde llegaría. Quería saber si él también sentía el mismo fuego que la consumía a ella desde que lo vio bajar del autobús; ya no le importaba el pecado, ni lo que diría su padre, si se enteraba. El deseo había ganado hacía rato.
Se inclinó sobre el escritorio para ver mejor los detalles que él señalaba. El olor de su cabello, jabón de rosas y piel tibia, lo envolvió. El corazón se le aceleró tanto que pensó que ella lo escucharía. Sebastian dejó de hablar un segundo. Miriam estaba tan cerca que su aliento le rozaba el cuello, cálido, acelerado. Ella se había inclinado sobre el escritorio fingiendo interés en lo que decía, pero ambos sabían que era una excusa. El aire entre ellos era espeso, cargado, como si el despacho entero contuviera la respiración.
Sebastian levantó la mano despacio y acomodó un mechón castaño detrás de la oreja de ella. Sus dedos temblaron al rozar la piel suave y tibia de su mejilla. Miriam no se apartó. Al contrario: levantó la cara, los labios entreabiertos, los ojos avellana fijos en la boca de él con una intensidad que no dejaba dudas. Estaba pecando. Lo sabía. Y ya no le importaba.
Él acercó su rostro milímetro a milímetro, dándole tiempo para huir. Ella no huyó.
Sus labios se tocaron.
Fue un roce suave, reverente, como una oración susurrada. Sebastian sintió la textura aterciopelada de los labios de Miriam, el leve temblor que los recorría. Ella soltó un suspiro corto, caliente, que le rozó la boca. No retrocedió. Se acercó más.
Entonces los labios se fundieron con fuerza.
Sebastian la tomó de la cintura con ambas manos y la atrajo contra su cuerpo. Sintió cómo sus pechos se aplastaban contra el suyo: pesados, cálidos con los pezones seguramente duros rozando con fricción deliciosa a través de la tela. Su erección creció de inmediato, dura e insoportable, presionando contra el vientre suave de ella. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto que lo hizo estremecer. Sus caderas buscaron instintivamente la fricción, moviéndose contra la dureza de él en pequeños círculos desesperados. Estaba empapada; sentía la humedad caliente empapando sus bragas, el coño palpitando tan fuerte que casi llegaba al borde del orgasmo solo con el roce y el beso.
Sus labios se movieron por instinto: lenguas que se buscaban con hambre, se enredaban profundas, se lamían con pasión desesperada. Miriam temblaba entera. Era su primer beso real y su cuerpo lo gritaba: respiración entrecortada, gemidos ahogados contra la lengua de él, caderas que seguían frotándose contra la erección de Sebastian como si quisieran más, más, más. Sebastian mordió suavemente su labio inferior, lo chupó, lo soltó. Ella respondió chupando su lengua con ansia torpe pero voraz, chocando dientes en su afán.
Una mano de Sebastian subió a su nuca, enredándose en el cabello largo y castaño, acariciándolo con ternura mientras la otra apretaba su trasero con fuerza, levantándola ligeramente contra él. Miriam se arqueó, gimiendo más alto, clavándole las uñas en los brazos. Sus pechos se aplastaban más, el roce era tortuoso, exquisito. El beso se volvió eterno: lenguas danzando, saliva compartida, respiraciones jadeantes que se mezclaban en un solo aliento.
Cuando por fin se separaron, apenas un centímetro, frentes pegadas, labios hinchados y brillantes, Miriam se aferró a su camisa con desesperación, escondiendo la cara en su cuello.
—No me sueltes… —suplicó en un susurro roto, la voz temblorosa de deseo y lágrimas de emoción.
Sebastian la abrazó más fuerte, rodeándola con los brazos como si quisiera fundirse con ella, respirando contra su cabello.
—Nunca —murmuró, besándole la sien con una ternura que le dolía en el alma.
Pero el motor de un coche se acercó por el camino de tierra.
Se separaron de golpe.
Miriam se acomodó la ropa con manos temblorosas y se pasó los dedos por el cabello que la mano de Sebastian había alborotado. Se asomó por la entrada de la estancia y escuchó pasos acercándose. Volteó a verlo con una expresión pesada, los ojos todavía brillantes de deseo y miedo. Salió del estudio sin decir una palabra.
Sebastian se quedó de pie junto al escritorio, con la respiración y el pulso agitados. ¿De verdad había sucedido? El sabor de sus labios todavía le quemaba la boca, su erección seguía dura y dolorosa bajo los pantalones, el corazón le martilleaba en los oídos.
Entonces la madre de Miriam —su tía— entró sonriente, llevando una bandeja de bocadillos caseros: empanadas de queso y galletas de canela que olían a hogar y a inocencia.
—Los hizo Miriam para la reunión de más tarde —explicó con orgullo—. Dice que te van a gustar.
Miriam entró detrás de su madre, sonrojada hasta las orejas. Su tía lo notó de inmediato: las mejillas encendidas, el cabello ligeramente revuelto, la mirada baja pero nerviosa. Sebastian se aclaró la garganta y forzó una sonrisa agradeciendo el gesto.
—Se ven deliciosos. Gracias… a las dos.
Ambos se miraban nerviosos, como si su secreto estuviera a punto de proyectarse en el aire entre ellos, visible para cualquiera que supiera mirar. La madre agradeció el trabajo que estaba haciendo con ellos y salió de la estancia junto con Miriam.
Pero antes de cruzar el umbral, Miriam se acercó un segundo, aprovechando que su madre ya había dado la espalda. Le colocó un papelito doblado en la mano con disimulo, rozándole los dedos.
“Escribeme. Deja las notas dentro del diccionario de la sala. No tengo teléfono”.
El corazón de Sebastian dio un vuelco violento. Sintió cómo su erección volvía a crecer, latiendo con fuerza renovada solo con esas palabras. La miró una última vez: ojos avellana brillantes, labios todavía hinchados del beso, una promesa muda en la mirada.
Luego ella salió tan sigilosamente como había entrado.
Sebastian se quedó solo en el despacho, el papelito apretado en el puño, el pulso acelerado, el deseo ardiendo más fuerte que nunca.
Sabía que esa noche escribiría.
Y sabía que ella estaría esperando.
Miriam no volvió a cruzar mirada con Sebastian esa tarde. Su madre la arrastró a hacer compras en el mercado y se demoró más de lo habitual, pero Miriam apenas podía concentrarse. Caminaba a su lado como un fantasma, los ojos perdidos en el polvo del camino, la mente atrapada en el despacho de su padre.
Pensaba en sus brazos rodeándola con fuerza, en cómo la había atraído contra su cuerpo grueso y sólido, en cómo sus pechos se habían aplastado contra él hasta doler de tan rico. Pensaba en ese beso que había empezado como una súplica y había terminado como un incendio. Labios que se devoraban, lenguas que se buscaban con hambre desesperada, el sabor de su saliva mezclado con el suyo. No podría contárselo a nadie. Ni siquiera a Sonia, su mejor amiga y la única que sabía de sus fantasías secretas. Ese beso era suyo. Y de Sebastian. Un secreto que quemaba en el pecho y entre las piernas.
Estaba tan absorta que tropezó con una piedra y casi dejó caer la bolsa que traía en la mano. Su madre la miró de reojo.
—Conozco esa mirada —dijo de pronto, cortando el silencio pesado que se había instalado entre ellas.
Miriam se sonrojó hasta las orejas. Intentó esquivar la conversación que se avecinaba.
—¿Qué mirada, mamá? Solo estoy cansada…
—No me mientas, Miriam. Estás así por Sebastian, ¿verdad?
El corazón se le detuvo un segundo. Horror. Pánico. Sintió que el mundo se le venía encima. <¿Nos vio? ¿Ya lo sabe?> se preguntó sumida en el más profundo de los miedos.
—No… claro que no, mamá —balbuceó, mirando al suelo—. Es mi primo… solo estamos contentos de vernos después de tanto tiempo.
La respuesta sonó falsa incluso para ella. Su madre no insistió más, pero el silencio que siguió fue peor que cualquier regaño. Miriam supo, en ese instante, que ahora habría un par de ojos vigilantes sobre ellos. Su madre sospechaba. Y su madre no era tonta.
Al regresar a casa ya había oscurecido por completo. El ejido estaba en silencio: los trabajadores se habían ido, las luces de las casas vecinas parpadeaban lejanas, el viento movía apenas las hojas de los mangos. Miriam subió las escaleras casi corriendo, el corazón latiéndole en la garganta. Cerró la puerta de su cuarto con cerrojo y se apoyó contra ella un segundo, respirando agitada.
Estaba húmeda. Empapada. Desde el beso no había dejado de sentir esa palpitación constante entre las piernas, el coño hinchado y sensible, las bragas pegajosas contra la piel. Se quitó el vestido con manos temblorosas, quedando solo en bragas y sostén. Los pechos pesados se liberaron cuando desabrochó el cierre; los pezones ya estaban duros, rosados y erectos, rogando por ser tocados.
Se sentó en el borde de la cama, abrió el cajón del buró y sacó un plumón grueso que usaba para marcar los himnarios de la iglesia. Era negro, grueso, con tapa redondeada. Lo miró un segundo, sintiendo una oleada de vergüenza y excitación al mismo tiempo. Lo lamió despacio, humedeciendo la punta con saliva, imaginando que era la lengua de Sebastian.
Se acostó boca arriba, abrió las piernas todo lo que pudo y apartó las bragas a un lado. Estaba chorreando: los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris rojo e inflamado asomando entre ellos. Introdujo la punta del plumón despacio, sintiendo cómo la estiraba poco a poco. Gimió bajito al sentir la presión, la frialdad del plástico contra su calor interno. Lo empujó más profundo, curvándolo ligeramente para rozar ese punto exacto dentro de ella.
Empezó a moverse: lento al principio, entrando y saliendo con ritmo suave, mientras con la otra mano apretaba uno de sus pechos, amasándolo con fuerza, pellizcando el pezón hasta que dolía rico. Sus caderas se levantaban solas, follándose el plumón con desesperación creciente. El sonido húmedo llenaba el cuarto: chapoteo suave, obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados contra la almohada.
Pensaba en Sebastian. En cómo la había besado con hambre, en cómo su erección dura se había presionado contra su vientre, en cómo sus manos habían apretado su trasero levantándola contra él. Imaginaba que era su polla gruesa la que la penetraba, que era su boca la que chupaba sus pezones, que era su voz ronca la que le susurraba “no te sueltes nunca”.
Aceleró. Metió el plumón más profundo, frotando el clítoris con el pulgar en círculos rápidos y furiosos. El primer orgasmo llegó como un latigazo: el cuerpo se le arqueó, los pechos rebotaron con violencia, el coño se contrajo alrededor del plumón en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó los muslos y las sábanas. Gimió su nombre contra la almohada:
—Sebastian… Sebastian…
No se detuvo. Siguió follándose con el plumón, más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó casi de inmediato, más intenso: las piernas le temblaron, los dedos de los pies se curvaron, un grito ahogado escapó de su garganta. El tercero la atravesó como una ola lenta y profunda: el cuerpo entero convulsionó, los pechos temblaron, lágrimas de placer rodaron por sus mejillas.
Quedó jadeando, temblando, el plumón aún dentro de ella, contrayéndose alrededor de él en espasmos residuales. Se lo sacó despacio, sintiendo cómo su coño seguía palpitando, vacío y ansioso.
Se quedó allí, desnuda sobre la cama revuelta, mirando el techo en penumbras. El deseo no se había apagado. Solo había crecido.
Sabía que esa noche escribiría la nota para él y le respondería. Y que pronto, muy pronto, volverían a tocarse aunque el mundo entero los vigilara.
Los recados empezaron esa misma noche.
Sebastian dejó la primera nota dentro del diccionario viejo de la sala, entre las páginas de la “S” de “secreto”. Era simple, doblado con cuidado: “No dejo de pensar en ese beso. ¿Tú también?”. La dejó antes de que la casa se durmiera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que alguien lo oyera.
Al día siguiente, Miriam la encontró. Sus dedos temblaron al abrirla. Leyó las palabras y sintió que el calor le subía otra vez entre las piernas. Respondió en el reverso con letra pequeña y apresurada: “Sí. Todo el día. Quiero verte de nuevo”. La dejó en el mismo lugar, esperando que él la viera antes de que su madre empezara a husmear.
Pero su madre ya sospechaba. Desde la tarde de las compras, la seguía como un fantasma: aparecía en la cocina cuando Miriam intentaba pasar al pasillo, se sentaba en el porche cuando ella quería salir al patio, le pedía ayuda con tareas absurdas para mantenerla cerca. No le había dicho nada al pastor —conocía el temperamento explosivo de su esposo—, pero quería estar segura. Quería pruebas. Así que Miriam y Sebastian aprendieron a comunicarse en silencios: miradas largas a través de la mesa durante la cena, roces de dedos al pasarse el pan, sonrisas nerviosas que duraban un segundo de más. Cada vez que sus ojos se encontraban, el aire se cargaba de electricidad. Pero estar solos era imposible.
Las notas se multiplicaron. “Te extraño aunque estés al lado”. “Tu olor se me quedó en la piel”. “Sueño contigo todas las noches”. Cada una era un riesgo mayor, pero también un bálsamo. Miriam las guardaba bajo el colchón, las releía en la oscuridad, tocándose despacio mientras las leía, imaginando que eran sus manos las que la acariciaban.
Hasta el fin de semana.
El sábado por la mañana, Miriam encontró la nota más audaz: “Detrás del cobertizo, a las 3. Nadie va por ahí. Ven”. El pulso le martilleó en las sienes. Su madre estaba ocupada con la preparación del servicio dominical, el pastor había salido a visitar a un enfermo. Era ahora o nunca.
Se escabulló por la puerta trasera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que se oyera. El cobertizo era un rincón olvidado detrás de la casa: madera vieja, herramientas oxidadas, sombra fresca bajo el mango grande. Sebastian ya estaba allí, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el camino por donde ella vendría.
Cuando Miriam apareció, él se enderezó. No dijeron nada. Solo se miraron un segundo eterno. Luego se lanzaron uno sobre el otro.
Sebastian la tomó de la cintura y la pegó contra la pared de madera. Sus labios se encontraron con hambre acumulada: lenguas que se enredaban profundo, gemidos ahogados que se tragaban mutuamente. Miriam temblaba, las manos enredadas en su cabello, tirando ligeramente. Él bajó las manos por su espalda, apretando su trasero con fuerza, levantándola contra su cuerpo.
Pero no se quedó ahí.
Sus manos subieron despacio por los costados de ella, rozando la tela del vestido. Cuando llegaron a sus pechos, Sebastian se detuvo un instante, respirando agitado contra su boca. Los tocó por primera vez sobre la ropa: palmas abiertas, dedos extendidos, sintiendo su peso increíble, su calor, cómo se desbordaban contra sus manos. Eran enormes, pesados, perfectos. Los apretó con reverencia, levantándolos ligeramente, sintiendo cómo la tela se tensaba y los pezones duros se marcaban contra sus palmas. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto. Arqueó la espalda, empujando más sus pechos contra él, como si quisiera que los tocara más fuerte.
—Dios… Miriam… —susurró Sebastian contra sus labios, la voz ronca—. Son… perfectos.
Ella respondió besándolo más profundo, temblando. Sebastian siguió masajeándolos sobre la tela, amasándolos, pellizcando suavemente los pezones a través del vestido hasta que ella jadeó y se frotó contra su erección con desesperación.
Entonces él no aguantó más.
Le levantó el vestido hasta la cintura con manos temblorosas y le bajó el sostén de un tirón. Por primera vez vio sus pechos desnudos: redondos, pesados, pálidos, con areolas grandes y rosadas, pezones erectos y duros como piedras. Colgaban con un peso natural delicioso, balanceándose ligeramente con cada respiración agitada de ella.
Sebastian soltó un gemido grave y los tomó con ambas manos, piel contra piel. Eran suaves, calientes, tersos. Los levantó, los apretó, los dejó caer para sentir su peso real. Pasó los pulgares por los pezones, rodeándolos, pellizcándolos con ternura y fuerza al mismo tiempo. Miriam echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, los ojos entrecerrados de placer.
—Sebastian… —susurró, voz rota—.
Él se inclinó y besó uno de sus pechos. Primero un beso suave en la curva superior, luego lamió el pezón con la lengua plana, succionándolo después con hambre. Miriam se aferró a su cabeza, clavándole las uñas en el cuero cabelludo, gimiendo sin control mientras él pasaba de un pecho al otro, chupando, mordiendo suavemente, amasando el que quedaba libre con la mano.
Estaban tan perdidos que casi no se dieron cuenta cuando Miriam lo tomó de la mano y lo llevó al viejo catre que ella misma había preparado esa mañana: una colchoneta vieja y limpia, cubierta con una sábana que había robado del tendedero, escondida detrás de unas cajas. Lo empujó suavemente y se acostó a su lado.
Allí, bajo la sombra del cobertizo, continuaron explorándose.
Sebastian siguió devorando sus pechos desnudos: los besaba, los lamía, los succionaba mientras su mano bajaba entre las piernas de ella. Le apartó las bragas y metió dos dedos en su coño empapado, moviéndolos despacio, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse. Miriam, temblando, metió la mano dentro de los pantalones de él y sacó su polla gruesa y dura. La miró fascinada: el tamaño, el calor, las venas que latían. La acarició con torpeza hambrienta, arriba y abajo, mientras él seguía follándola con los dedos y chupando sus pechos.
Se masturbaron mutuamente, mirándose a los ojos, respiraciones entrecortadas.
Miriam se hinchó primero: el cuerpo se le arqueó, los pechos temblaron contra la boca de Sebastian, el coño se contrajo alrededor de sus dedos en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó la mano. Gritó su nombre ahogado contra su hombro.
Sebastian se corrió segundos después, chorros calientes y espesos saliendo sobre la mano de ella y sobre su vientre.
Se quedaron abrazados sobre el catre, jadeando, besándose suavemente, los pechos de Miriam todavía desnudos y brillantes de saliva contra el pecho de él.
—Quiero más… —susurró ella, todavía temblando—. Quiero todo contigo.
—Pronto —prometió Sebastian, besándole la frente—. Pero hoy… esto ha sido perfecto.
Se arreglaron la ropa con manos temblorosas, se besaron una última vez, largo y profundo, y se separaron antes de que alguien los buscara.
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La Relación Prohibida de Miriam y Sebastián – Capítulo 001
El autobús se detuvo en la plaza polvorienta y Sebastian sintió que el pecho se le apretaba antes incluso de bajar. Había regresado por la llamada de su tío, el pastor, para remodelar la iglesia del ejido donde creció. Apenas puso un pie en tierra, el calor seco le golpeó la cara y la curiosidad lo invadió como una ola lenta. Miró alrededor con ojos nuevos: las calles de tierra endurecida por el sol, las casas de adobe con techos de lámina que brillaban como espejos, los callejones estrechos donde de niño corría persiguiendo gallinas. Todo parecía igual y diferente a la vez.
"¿Qué habrá cambiado en todo este tiempo?", se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta. Las imágenes de infancia volvieron en tropel: el olor a humo de leña y café al atardecer, los juegos, el parque… y de pronto, la risa de una niña que siempre estaba a su lado. Miriam. La prima de risas fáciles y rodillas siempre sucias, su sombra inseparable hasta los nueve años. El beso robado debajo de aquel mango todavía le quemaba en la memoria como un secreto infantil, un roce torpe de labios que ninguno había mencionado nunca más.
Bajó del todo y el sol le dio de lleno en la cara. Y entonces la vio.
Miriam estaba allí, de pie junto a su madre, con las manos cruzadas sobre el delantal blanco. Diecinueve años. Menuda, de piel clara que parecía brillar con luz propia y con el cabello castaño lacio cayendo como una cascada pesada hasta la cintura. Su rostro se había transformado pero conservaba un poco de aquella cara redonda e inocente, con ojos avellana enormes de pestañas espesas que le daban una mirada perpetuamente sorprendida,
Sebastian sintió que se le secaba la boca. El deseo fue inmediato, brutal, animal. Era su prima, la niña con la que jugaba a las escondidas. Y ahora… ahora era esto. Una mujer que lo hacía sentir culpable solo con mirarla, pues sus pechos tensaban la blusa blanca de algodón hasta el límite, redondos, pesados, llenos de una promesa que lo golpeó directo en el estómago.
No podía dejar de mirarla, y cuando se agachó a recoger su maleta, sus senos colgaron pesados, balanceándose bajo la tela como si quisieran escapar. Cuando caminó hacia la casa, el movimiento natural de sus caderas los hacía mecerse de lado a lado, un ritmo lento y tortuoso que le aceleró el pulso.
Sebastian tragó saliva, sintió que la polla se le endurecía dentro del pantalón y se odió por ello. “Es Miriam. No puede ser”. Pero el pensamiento solo lo excitó más. El deseo le subió por la columna como fuego líquido, caliente y culpable. Cada paso que ella daba hacia la casa era una tortura: el vaivén de esos pechos, el roce sutil de la tela contra la piel clara, el modo en que el sol delineaba su silueta menuda pero voluptuosa en los lugares exactos donde no debía fijarse.
Y Miriam lo sintió en cuanto lo vio bajar del autobús. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. No era el muchacho flaco de antes. Era un hombre. Y caminaba como si supiera exactamente lo que quería. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas, y entre las piernas sintió un latido repentino, caliente, húmedo. Bajó la vista rápido, sonrojada, pero no pudo evitar mirarlo de reojo otra vez. Él la estaba viendo. No solo la veía: la devoraba con los ojos. Y eso la hizo temblar.
El pastor lo abrazó con fuerza, palmeándole la espalda como si fuera un hijo pródigo, pero Sebastian apenas registró las palabras de bienvenida. Su mirada seguía a Miriam, que ahora entraba a la casa con la maleta en la mano y el cabello castaño moviéndose como una cortina oscura contra su espalda. Ella se giró un segundo en el umbral, y sus ojos se encontraron con los de él. Fue solo un instante. Bajó la vista rápido, sonrojada, y desapareció dentro.
La casa los recibió con olor a café recién hecho y pan horneado. Ricardo hablaba de los planes que tenía para la iglesia, de las ideas que había discutido con miembros de la congregación, de lo mucho que había cambiado la localidad con el pasar de los años. Sebastian asentía, respondía con monosílabos, pero su mente estaba en otro lado. En el pasillo estrecho por el que Miriam acababa de pasar. En la habitación que le habían asignado justo al lado de la de ella. En la pared delgada que los separaría esa noche.
Miriam, en la cocina ayudando a su madre, cortaba verduras con manos temblorosas. Cada ruido que venía del patio —la voz grave de Sebastian hablando con su padre— le hacía apretar el cuchillo con más fuerza. Sentía el calor entre las piernas, la humedad que empezaba a empapar sus bragas. Se odiaba por ello y al mismo tiempo lo deseaba más. Quería que la mirara otra vez. Quería que la tocara. Quería pecar.
Ambos tenían la certeza absoluta de que, aunque intentaran resistirse, el deseo ya les había ganado. Y así, bajo el mismo techo, empezó el infierno dulce.
Los primeros días fueron tortura lenta.
Se cruzaban en el pasillo estrecho y sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Él la espiaba desde la ventana de su cuarto cuando ella colgaba ropa en el tendedero: la forma en que la blusa se pegaba a su espalda sudorosa, cómo los pechos colgaban pesados cuando se inclinaba. Ella lo sentía. Sabía que la miraba.
Por las tardes, cuando el pastor salía a hacer sus diligencias, se quedaban solos un rato. Hablaban de todo y de nada: del presente,, de los recuerdos de infancia, de lo que habían hecho todo ese tiempo apartados. Pero las miradas duraban demasiado. Las risas se volvían nerviosas. Un abrazo de saludo se alargaba. Un roce de manos al pasarse un vaso de agua se convertía en caricia disimulada.
En la tercera tarde, Sebastian estaba solo en el despacho del pastor. Extendió los planos con los últimos detalles sobre el escritorio cuando la puerta se abrió sin ruido. Unas manos suaves le taparon los ojos desde atrás.
Sebastian sintió inmediatamente la presión caliente y blanda de sus pechos contra su espalda. Pesados. Suaves. Los pezones duros ya marcándose contra la tela fina de su blusa y contra su camisa.
—Hola, Miriam… —murmuró, girándose despacio.
Se inclinaron sobre los planos. Ella se acercó para ver las líneas. Sus pechos rozaron el borde del escritorio y se aplastaron suavemente. Sebastian ya no miraba los dibujos. La miraba a ella. A la curva superior que asomaba por el escote. La forma en que la tela se tensaba y el calor que emanaba de su cuerpo.
Hablaba despacio, intentando que su voz sonara profesional, calmada, como si estuviera explicando un proyecto más y no sintiendo que el aire se volvía espeso cada vez que Miriam se acercaba un poco más.
Pero Miriam quería probarlo. Quería ver hasta dónde llegaría. Quería saber si él también sentía el mismo fuego que la consumía a ella desde que lo vio bajar del autobús; ya no le importaba el pecado, ni lo que diría su padre, si se enteraba. El deseo había ganado hacía rato.
Se inclinó sobre el escritorio para ver mejor los detalles que él señalaba. El olor de su cabello, jabón de rosas y piel tibia, lo envolvió. El corazón se le aceleró tanto que pensó que ella lo escucharía. Sebastian dejó de hablar un segundo. Miriam estaba tan cerca que su aliento le rozaba el cuello, cálido, acelerado. Ella se había inclinado sobre el escritorio fingiendo interés en lo que decía, pero ambos sabían que era una excusa. El aire entre ellos era espeso, cargado, como si el despacho entero contuviera la respiración.
Sebastian levantó la mano despacio y acomodó un mechón castaño detrás de la oreja de ella. Sus dedos temblaron al rozar la piel suave y tibia de su mejilla. Miriam no se apartó. Al contrario: levantó la cara, los labios entreabiertos, los ojos avellana fijos en la boca de él con una intensidad que no dejaba dudas. Estaba pecando. Lo sabía. Y ya no le importaba.
Él acercó su rostro milímetro a milímetro, dándole tiempo para huir. Ella no huyó.
Sus labios se tocaron.
Fue un roce suave, reverente, como una oración susurrada. Sebastian sintió la textura aterciopelada de los labios de Miriam, el leve temblor que los recorría. Ella soltó un suspiro corto, caliente, que le rozó la boca. No retrocedió. Se acercó más.
Entonces los labios se fundieron con fuerza.
Sebastian la tomó de la cintura con ambas manos y la atrajo contra su cuerpo. Sintió cómo sus pechos se aplastaban contra el suyo: pesados, cálidos con los pezones seguramente duros rozando con fricción deliciosa a través de la tela. Su erección creció de inmediato, dura e insoportable, presionando contra el vientre suave de ella. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto que lo hizo estremecer. Sus caderas buscaron instintivamente la fricción, moviéndose contra la dureza de él en pequeños círculos desesperados. Estaba empapada; sentía la humedad caliente empapando sus bragas, el coño palpitando tan fuerte que casi llegaba al borde del orgasmo solo con el roce y el beso.
Sus labios se movieron por instinto: lenguas que se buscaban con hambre, se enredaban profundas, se lamían con pasión desesperada. Miriam temblaba entera. Era su primer beso real y su cuerpo lo gritaba: respiración entrecortada, gemidos ahogados contra la lengua de él, caderas que seguían frotándose contra la erección de Sebastian como si quisieran más, más, más. Sebastian mordió suavemente su labio inferior, lo chupó, lo soltó. Ella respondió chupando su lengua con ansia torpe pero voraz, chocando dientes en su afán.
Una mano de Sebastian subió a su nuca, enredándose en el cabello largo y castaño, acariciándolo con ternura mientras la otra apretaba su trasero con fuerza, levantándola ligeramente contra él. Miriam se arqueó, gimiendo más alto, clavándole las uñas en los brazos. Sus pechos se aplastaban más, el roce era tortuoso, exquisito. El beso se volvió eterno: lenguas danzando, saliva compartida, respiraciones jadeantes que se mezclaban en un solo aliento.
Cuando por fin se separaron, apenas un centímetro, frentes pegadas, labios hinchados y brillantes, Miriam se aferró a su camisa con desesperación, escondiendo la cara en su cuello.
—No me sueltes… —suplicó en un susurro roto, la voz temblorosa de deseo y lágrimas de emoción.
Sebastian la abrazó más fuerte, rodeándola con los brazos como si quisiera fundirse con ella, respirando contra su cabello.
—Nunca —murmuró, besándole la sien con una ternura que le dolía en el alma.
Pero el motor de un coche se acercó por el camino de tierra.
Se separaron de golpe.
Miriam se acomodó la ropa con manos temblorosas y se pasó los dedos por el cabello que la mano de Sebastian había alborotado. Se asomó por la entrada de la estancia y escuchó pasos acercándose. Volteó a verlo con una expresión pesada, los ojos todavía brillantes de deseo y miedo. Salió del estudio sin decir una palabra.
Sebastian se quedó de pie junto al escritorio, con la respiración y el pulso agitados. ¿De verdad había sucedido? El sabor de sus labios todavía le quemaba la boca, su erección seguía dura y dolorosa bajo los pantalones, el corazón le martilleaba en los oídos.
Entonces la madre de Miriam —su tía— entró sonriente, llevando una bandeja de bocadillos caseros: empanadas de queso y galletas de canela que olían a hogar y a inocencia.
—Los hizo Miriam para la reunión de más tarde —explicó con orgullo—. Dice que te van a gustar.
Miriam entró detrás de su madre, sonrojada hasta las orejas. Su tía lo notó de inmediato: las mejillas encendidas, el cabello ligeramente revuelto, la mirada baja pero nerviosa. Sebastian se aclaró la garganta y forzó una sonrisa agradeciendo el gesto.
—Se ven deliciosos. Gracias… a las dos.
Ambos se miraban nerviosos, como si su secreto estuviera a punto de proyectarse en el aire entre ellos, visible para cualquiera que supiera mirar. La madre agradeció el trabajo que estaba haciendo con ellos y salió de la estancia junto con Miriam.
Pero antes de cruzar el umbral, Miriam se acercó un segundo, aprovechando que su madre ya había dado la espalda. Le colocó un papelito doblado en la mano con disimulo, rozándole los dedos.
“Escribeme. Deja las notas dentro del diccionario de la sala. No tengo teléfono”.
El corazón de Sebastian dio un vuelco violento. Sintió cómo su erección volvía a crecer, latiendo con fuerza renovada solo con esas palabras. La miró una última vez: ojos avellana brillantes, labios todavía hinchados del beso, una promesa muda en la mirada.
Luego ella salió tan sigilosamente como había entrado.
Sebastian se quedó solo en el despacho, el papelito apretado en el puño, el pulso acelerado, el deseo ardiendo más fuerte que nunca.
Sabía que esa noche escribiría.
Y sabía que ella estaría esperando.
Miriam no volvió a cruzar mirada con Sebastian esa tarde. Su madre la arrastró a hacer compras en el mercado y se demoró más de lo habitual, pero Miriam apenas podía concentrarse. Caminaba a su lado como un fantasma, los ojos perdidos en el polvo del camino, la mente atrapada en el despacho de su padre.
Pensaba en sus brazos rodeándola con fuerza, en cómo la había atraído contra su cuerpo grueso y sólido, en cómo sus pechos se habían aplastado contra él hasta doler de tan rico. Pensaba en ese beso que había empezado como una súplica y había terminado como un incendio. Labios que se devoraban, lenguas que se buscaban con hambre desesperada, el sabor de su saliva mezclado con el suyo. No podría contárselo a nadie. Ni siquiera a Sonia, su mejor amiga y la única que sabía de sus fantasías secretas. Ese beso era suyo. Y de Sebastian. Un secreto que quemaba en el pecho y entre las piernas.
Estaba tan absorta que tropezó con una piedra y casi dejó caer la bolsa que traía en la mano. Su madre la miró de reojo.
—Conozco esa mirada —dijo de pronto, cortando el silencio pesado que se había instalado entre ellas.
Miriam se sonrojó hasta las orejas. Intentó esquivar la conversación que se avecinaba.
—¿Qué mirada, mamá? Solo estoy cansada…
—No me mientas, Miriam. Estás así por Sebastian, ¿verdad?
El corazón se le detuvo un segundo. Horror. Pánico. Sintió que el mundo se le venía encima. <¿Nos vio? ¿Ya lo sabe?> se preguntó sumida en el más profundo de los miedos.
—No… claro que no, mamá —balbuceó, mirando al suelo—. Es mi primo… solo estamos contentos de vernos después de tanto tiempo.
La respuesta sonó falsa incluso para ella. Su madre no insistió más, pero el silencio que siguió fue peor que cualquier regaño. Miriam supo, en ese instante, que ahora habría un par de ojos vigilantes sobre ellos. Su madre sospechaba. Y su madre no era tonta.
Al regresar a casa ya había oscurecido por completo. El ejido estaba en silencio: los trabajadores se habían ido, las luces de las casas vecinas parpadeaban lejanas, el viento movía apenas las hojas de los mangos. Miriam subió las escaleras casi corriendo, el corazón latiéndole en la garganta. Cerró la puerta de su cuarto con cerrojo y se apoyó contra ella un segundo, respirando agitada.
Estaba húmeda. Empapada. Desde el beso no había dejado de sentir esa palpitación constante entre las piernas, el coño hinchado y sensible, las bragas pegajosas contra la piel. Se quitó el vestido con manos temblorosas, quedando solo en bragas y sostén. Los pechos pesados se liberaron cuando desabrochó el cierre; los pezones ya estaban duros, rosados y erectos, rogando por ser tocados.
Se sentó en el borde de la cama, abrió el cajón del buró y sacó un plumón grueso que usaba para marcar los himnarios de la iglesia. Era negro, grueso, con tapa redondeada. Lo miró un segundo, sintiendo una oleada de vergüenza y excitación al mismo tiempo. Lo lamió despacio, humedeciendo la punta con saliva, imaginando que era la lengua de Sebastian.
Se acostó boca arriba, abrió las piernas todo lo que pudo y apartó las bragas a un lado. Estaba chorreando: los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris rojo e inflamado asomando entre ellos. Introdujo la punta del plumón despacio, sintiendo cómo la estiraba poco a poco. Gimió bajito al sentir la presión, la frialdad del plástico contra su calor interno. Lo empujó más profundo, curvándolo ligeramente para rozar ese punto exacto dentro de ella.
Empezó a moverse: lento al principio, entrando y saliendo con ritmo suave, mientras con la otra mano apretaba uno de sus pechos, amasándolo con fuerza, pellizcando el pezón hasta que dolía rico. Sus caderas se levantaban solas, follándose el plumón con desesperación creciente. El sonido húmedo llenaba el cuarto: chapoteo suave, obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados contra la almohada.
Pensaba en Sebastian. En cómo la había besado con hambre, en cómo su erección dura se había presionado contra su vientre, en cómo sus manos habían apretado su trasero levantándola contra él. Imaginaba que era su polla gruesa la que la penetraba, que era su boca la que chupaba sus pezones, que era su voz ronca la que le susurraba “no te sueltes nunca”.
Aceleró. Metió el plumón más profundo, frotando el clítoris con el pulgar en círculos rápidos y furiosos. El primer orgasmo llegó como un latigazo: el cuerpo se le arqueó, los pechos rebotaron con violencia, el coño se contrajo alrededor del plumón en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó los muslos y las sábanas. Gimió su nombre contra la almohada:
—Sebastian… Sebastian…
No se detuvo. Siguió follándose con el plumón, más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó casi de inmediato, más intenso: las piernas le temblaron, los dedos de los pies se curvaron, un grito ahogado escapó de su garganta. El tercero la atravesó como una ola lenta y profunda: el cuerpo entero convulsionó, los pechos temblaron, lágrimas de placer rodaron por sus mejillas.
Quedó jadeando, temblando, el plumón aún dentro de ella, contrayéndose alrededor de él en espasmos residuales. Se lo sacó despacio, sintiendo cómo su coño seguía palpitando, vacío y ansioso.
Se quedó allí, desnuda sobre la cama revuelta, mirando el techo en penumbras. El deseo no se había apagado. Solo había crecido.
Sabía que esa noche escribiría la nota para él y le respondería. Y que pronto, muy pronto, volverían a tocarse aunque el mundo entero los vigilara.
Los recados empezaron esa misma noche.
Sebastian dejó la primera nota dentro del diccionario viejo de la sala, entre las páginas de la “S” de “secreto”. Era simple, doblado con cuidado: “No dejo de pensar en ese beso. ¿Tú también?”. La dejó antes de que la casa se durmiera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que alguien lo oyera.
Al día siguiente, Miriam la encontró. Sus dedos temblaron al abrirla. Leyó las palabras y sintió que el calor le subía otra vez entre las piernas. Respondió en el reverso con letra pequeña y apresurada: “Sí. Todo el día. Quiero verte de nuevo”. La dejó en el mismo lugar, esperando que él la viera antes de que su madre empezara a husmear.
Pero su madre ya sospechaba. Desde la tarde de las compras, la seguía como un fantasma: aparecía en la cocina cuando Miriam intentaba pasar al pasillo, se sentaba en el porche cuando ella quería salir al patio, le pedía ayuda con tareas absurdas para mantenerla cerca. No le había dicho nada al pastor —conocía el temperamento explosivo de su esposo—, pero quería estar segura. Quería pruebas. Así que Miriam y Sebastian aprendieron a comunicarse en silencios: miradas largas a través de la mesa durante la cena, roces de dedos al pasarse el pan, sonrisas nerviosas que duraban un segundo de más. Cada vez que sus ojos se encontraban, el aire se cargaba de electricidad. Pero estar solos era imposible.
Las notas se multiplicaron. “Te extraño aunque estés al lado”. “Tu olor se me quedó en la piel”. “Sueño contigo todas las noches”. Cada una era un riesgo mayor, pero también un bálsamo. Miriam las guardaba bajo el colchón, las releía en la oscuridad, tocándose despacio mientras las leía, imaginando que eran sus manos las que la acariciaban.
Hasta el fin de semana.
El sábado por la mañana, Miriam encontró la nota más audaz: “Detrás del cobertizo, a las 3. Nadie va por ahí. Ven”. El pulso le martilleó en las sienes. Su madre estaba ocupada con la preparación del servicio dominical, el pastor había salido a visitar a un enfermo. Era ahora o nunca.
Se escabulló por la puerta trasera, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que se oyera. El cobertizo era un rincón olvidado detrás de la casa: madera vieja, herramientas oxidadas, sombra fresca bajo el mango grande. Sebastian ya estaba allí, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el camino por donde ella vendría.
Cuando Miriam apareció, él se enderezó. No dijeron nada. Solo se miraron un segundo eterno. Luego se lanzaron uno sobre el otro.
Sebastian la tomó de la cintura y la pegó contra la pared de madera. Sus labios se encontraron con hambre acumulada: lenguas que se enredaban profundo, gemidos ahogados que se tragaban mutuamente. Miriam temblaba, las manos enredadas en su cabello, tirando ligeramente. Él bajó las manos por su espalda, apretando su trasero con fuerza, levantándola contra su cuerpo.
Pero no se quedó ahí.
Sus manos subieron despacio por los costados de ella, rozando la tela del vestido. Cuando llegaron a sus pechos, Sebastian se detuvo un instante, respirando agitado contra su boca. Los tocó por primera vez sobre la ropa: palmas abiertas, dedos extendidos, sintiendo su peso increíble, su calor, cómo se desbordaban contra sus manos. Eran enormes, pesados, perfectos. Los apretó con reverencia, levantándolos ligeramente, sintiendo cómo la tela se tensaba y los pezones duros se marcaban contra sus palmas. Miriam gimió dentro de su boca, un sonido largo y roto. Arqueó la espalda, empujando más sus pechos contra él, como si quisiera que los tocara más fuerte.
—Dios… Miriam… —susurró Sebastian contra sus labios, la voz ronca—. Son… perfectos.
Ella respondió besándolo más profundo, temblando. Sebastian siguió masajeándolos sobre la tela, amasándolos, pellizcando suavemente los pezones a través del vestido hasta que ella jadeó y se frotó contra su erección con desesperación.
Entonces él no aguantó más.
Le levantó el vestido hasta la cintura con manos temblorosas y le bajó el sostén de un tirón. Por primera vez vio sus pechos desnudos: redondos, pesados, pálidos, con areolas grandes y rosadas, pezones erectos y duros como piedras. Colgaban con un peso natural delicioso, balanceándose ligeramente con cada respiración agitada de ella.
Sebastian soltó un gemido grave y los tomó con ambas manos, piel contra piel. Eran suaves, calientes, tersos. Los levantó, los apretó, los dejó caer para sentir su peso real. Pasó los pulgares por los pezones, rodeándolos, pellizcándolos con ternura y fuerza al mismo tiempo. Miriam echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto, los ojos entrecerrados de placer.
—Sebastian… —susurró, voz rota—.
Él se inclinó y besó uno de sus pechos. Primero un beso suave en la curva superior, luego lamió el pezón con la lengua plana, succionándolo después con hambre. Miriam se aferró a su cabeza, clavándole las uñas en el cuero cabelludo, gimiendo sin control mientras él pasaba de un pecho al otro, chupando, mordiendo suavemente, amasando el que quedaba libre con la mano.
Estaban tan perdidos que casi no se dieron cuenta cuando Miriam lo tomó de la mano y lo llevó al viejo catre que ella misma había preparado esa mañana: una colchoneta vieja y limpia, cubierta con una sábana que había robado del tendedero, escondida detrás de unas cajas. Lo empujó suavemente y se acostó a su lado.
Allí, bajo la sombra del cobertizo, continuaron explorándose.
Sebastian siguió devorando sus pechos desnudos: los besaba, los lamía, los succionaba mientras su mano bajaba entre las piernas de ella. Le apartó las bragas y metió dos dedos en su coño empapado, moviéndolos despacio, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse. Miriam, temblando, metió la mano dentro de los pantalones de él y sacó su polla gruesa y dura. La miró fascinada: el tamaño, el calor, las venas que latían. La acarició con torpeza hambrienta, arriba y abajo, mientras él seguía follándola con los dedos y chupando sus pechos.
Se masturbaron mutuamente, mirándose a los ojos, respiraciones entrecortadas.
Miriam se hinchó primero: el cuerpo se le arqueó, los pechos temblaron contra la boca de Sebastian, el coño se contrajo alrededor de sus dedos en pulsaciones fuertes, expulsando humedad caliente que le empapó la mano. Gritó su nombre ahogado contra su hombro.
Sebastian se corrió segundos después, chorros calientes y espesos saliendo sobre la mano de ella y sobre su vientre.
Se quedaron abrazados sobre el catre, jadeando, besándose suavemente, los pechos de Miriam todavía desnudos y brillantes de saliva contra el pecho de él.
—Quiero más… —susurró ella, todavía temblando—. Quiero todo contigo.
—Pronto —prometió Sebastian, besándole la frente—. Pero hoy… esto ha sido perfecto.
Se arreglaron la ropa con manos temblorosas, se besaron una última vez, largo y profundo, y se separaron antes de que alguien los buscara.
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