boredflamingo
Virgen
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Era una noche verano. Sara, en su cama, intentaba dormir pero, pese a llevar puesto únicamente una camiseta de tirantes y unas braguitas, el calor del ambiente no se lo permitía. Tenía la boca reseca, y no paraba de dar vueltas, así que decidió levantarse a por un vaso de agua para ver si le ayudaba a conciliar el sueño.
Al salir de su cuarto, la oscuridad del pasillo se rompía por una pequeña franja de luz azul que salía del cuarto de Carlos, su compañero de piso.
Sara no le dió mayor importancia, pensó que Carlos pasaría la noche jugando al ordenador, como otras tantas veces había hecho. Sin embargo, al pasar por la puerta, escuchó un leve sonido que la hizo detenerse frente a la puerta.
Era un sonido a penas perceptible, similar a la respiración que ella misma había sentido antes. Sabía que lo mejor era seguir su camino a la cocina y dejarlo estar. Sin embargo, un gemido contenido lo cambió todo.
Sara, víctima de la curiosidad, se acercó silenciosamente a la puerta y miró a través de la abertura. Vió a Carlos, tendido en la cama, desnudo, con la cabeza apoyada en la almohada. Llevaba puestos unos auriculares y a su lado tenía el portátil encendido. Su mano derecha agarraba su miembro erecto y lo bombeaba con ritmo medio, deslizándo su mano una y otra vez desde la base hasta la punta del glande.
Ella contuvo el aliento. Comenzó a sentir como el calor subía desde entre sus piernas hacia su pecho. Debía retroceder. Dar media vuelta, fingir que no había visto nada. Pero no se movió. Se mordió el labio inferior y deslizó la mano izquierda hasta su pecho, apretándolo sobre la camiseta y pellizcando suavemente su pezón hasta que se le endureció bajo la tela.
Nunca había pensado en Carlos como lo estaba haciendo en ese instante. Observándolo desde la puerta, fantaseó con la sensación de agarrar su miembro, de deslizar su mano a lo largo de este mientras el goteo de semen y la saliva que ella iba dejando caer sobre el glando lo lubricaban poco a poco.
Sara no lo pensó más. Llevó su mano derecha a sus bragas, bajó el elástico y comenzo a acariciar su clítoris ya hinchado y húmedo debido a los pensamientos que recorrían su cabeza, haciéndola olvidar aquel calor que lo inició todo. Lo frotó en círculos lentos. Sus labios vaginales resbalaban más y más a cada pasada, mientras lo seguía observando a través de la rendija.
Sin darse cuenta, su mano se había sincronizado con la de Carlos, que seguís subiendo y bajando cada vez más rápido. Carlos estaba llegando al climax, sus músculos del antebrazo estaban tensos, su resperiación agitada se observaba en un abdomen brillante debido al sudor y que, en un suspiro, acabó cubierto de sus fluidos.
Sara, con sus bragas mojadas y su pecho cubierto en sudor, volvió a su habitación intentando no hacer ruido para no alertar a Carlos. Volvió sin su vaso de agua, pero con una sensación que lo cambiaría todo.
Al salir de su cuarto, la oscuridad del pasillo se rompía por una pequeña franja de luz azul que salía del cuarto de Carlos, su compañero de piso.
Sara no le dió mayor importancia, pensó que Carlos pasaría la noche jugando al ordenador, como otras tantas veces había hecho. Sin embargo, al pasar por la puerta, escuchó un leve sonido que la hizo detenerse frente a la puerta.
Era un sonido a penas perceptible, similar a la respiración que ella misma había sentido antes. Sabía que lo mejor era seguir su camino a la cocina y dejarlo estar. Sin embargo, un gemido contenido lo cambió todo.
Sara, víctima de la curiosidad, se acercó silenciosamente a la puerta y miró a través de la abertura. Vió a Carlos, tendido en la cama, desnudo, con la cabeza apoyada en la almohada. Llevaba puestos unos auriculares y a su lado tenía el portátil encendido. Su mano derecha agarraba su miembro erecto y lo bombeaba con ritmo medio, deslizándo su mano una y otra vez desde la base hasta la punta del glande.
Ella contuvo el aliento. Comenzó a sentir como el calor subía desde entre sus piernas hacia su pecho. Debía retroceder. Dar media vuelta, fingir que no había visto nada. Pero no se movió. Se mordió el labio inferior y deslizó la mano izquierda hasta su pecho, apretándolo sobre la camiseta y pellizcando suavemente su pezón hasta que se le endureció bajo la tela.
Nunca había pensado en Carlos como lo estaba haciendo en ese instante. Observándolo desde la puerta, fantaseó con la sensación de agarrar su miembro, de deslizar su mano a lo largo de este mientras el goteo de semen y la saliva que ella iba dejando caer sobre el glando lo lubricaban poco a poco.
Sara no lo pensó más. Llevó su mano derecha a sus bragas, bajó el elástico y comenzo a acariciar su clítoris ya hinchado y húmedo debido a los pensamientos que recorrían su cabeza, haciéndola olvidar aquel calor que lo inició todo. Lo frotó en círculos lentos. Sus labios vaginales resbalaban más y más a cada pasada, mientras lo seguía observando a través de la rendija.
Sin darse cuenta, su mano se había sincronizado con la de Carlos, que seguís subiendo y bajando cada vez más rápido. Carlos estaba llegando al climax, sus músculos del antebrazo estaban tensos, su resperiación agitada se observaba en un abdomen brillante debido al sudor y que, en un suspiro, acabó cubierto de sus fluidos.
Sara, con sus bragas mojadas y su pecho cubierto en sudor, volvió a su habitación intentando no hacer ruido para no alertar a Carlos. Volvió sin su vaso de agua, pero con una sensación que lo cambiaría todo.