La Preñada Caliente

heranlu

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Ago 31, 2007
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Yo tenía 32 años y estaba embarazada de siete meses. Mi panza ya era enorme, redonda y pesada, y mis pechos se habían hinchado tanto que dolían. Mi libido estaba por las nubes; el embarazo me había convertido en una mujer que se despertaba mojada todas las noches, con ganas de que mi marido me tocara, me penetrara, me hiciera sentir deseada.

Pero él, con sus 35 años, delgado y un poco más bajo que yo, empezó a rechazarme. “No quiero lastimar al bebé, amor”, me decía cada vez que intentaba seducirlo, rozándome contra él en la cama estrecha de nuestra habitación alquilada. Yo insistía, le besaba el cuello, le metía la mano dentro del pantalón, pero él siempre encontraba una excusa suave: “Estoy cansado del trabajo”, “Mañana temprano tengo que salir”, “Mejor esperamos”. Me sentía fea, rechazada, como si mi cuerpo embarazado ya no valiera nada para él.

Vivíamos en una casa vieja, en una sola habitación sin baño propio. Pagábamos alquiler barato porque no nos alcanzaba para más. El dueño era un señor viudo de unos 55 años, grande, grueso, peludo, con manos anchas y una mirada que siempre se detenía un segundo de más en mí. Tenía tres habitaciones alquiladas y vivía solo en el resto de la casa desde que sus hijos mayores se habían ido. El baño era compartido, la cocina también.

Cada vez que salía en bata o envuelta en toalla después de ducharme, tenía que cruzar la sala donde él solía estar sentado viendo televisión. Sentía sus ojos clavados en mi trasero, en mis piernas, en la curva de mi panza bajo la tela húmeda. Al principio no le daba importancia; estaba acostumbrada a que los hombres me miraran. Pero ahora, embarazada, me parecía raro… y, en secreto, un poco excitante.

Mi marido trabajaba de sol a sol y llegaba tarde, agotado. Yo pasaba el día encerrada en la habitación, aburrida, caliente, frustrada. El viejo empezó a buscarme a la hora del té. “¿Quiere una tacita, doña?”, me decía con esa voz ronca, y yo aceptaba porque no tenía nada más que hacer. Hablábamos de tonterías: del clima, de la comida, de lo difícil que era la vida. Él me miraba de una forma que ya no disimulaba tanto, y yo… yo empecé a dejar que me mirara. Me ponía blusas más escotadas, me sentaba con las piernas cruzadas para que la falda subiera un poco. Sentía su deseo como un calor que me llenaba el vacío que mi marido dejaba.

Un día, mi marido salió temprano y dijo que volvería tarde. Yo estaba sola, con la panza pesada, el coño hinchado y húmedo de tanto desear. El viejo me llamó desde la cocina: “Venga, le hice un chocolate caliente”. Fui en bata, sin nada debajo porque hacía calor.

Me senté frente a él en la mesa pequeña. Hablamos, y en un momento sus ojos bajaron a mis pechos, que se marcaban bajo la tela fina. “Estás muy bonita embarazada”, me dijo de pronto, con voz baja. Yo me reí nerviosa, el ambiente se puso pesado, cargado. Me levanté rápido diciendo “Voy a lavar las tazas” para cortar la tensión, me acerqué al lavaplatos y empecé a enjuagar. Pero él se levantó detrás de mí, siguiéndome.

Sentí su cuerpo grande pegado a mi espalda, sus manos gruesas me agarraron los glúteos con fuerza, amasándolos, mientras la otra mano se coló por delante, bajo la bata, directo a mi coño. Ya estaba empapada, los dedos resbalaron fácil entre mis labios. “Mira cómo estás de mojada, niña… déjate llevar, sé que quieres, tu coño te delata”, me susurró al oído con esa voz ronca y sucia. Yo jadeé, intenté decir algo pero solo salió un gemido. Me giró, me besó con hambre, metiéndome la lengua, mientras seguía tocándome.

Me llevó a su habitación —la suya, grande, con cama matrimonial— y me desnudó despacio, besando mi panza, mis tetas hinchadas, mis pezones oscuros y sensibles.

Cuando llegó abajo, me abrió las piernas y me comió el coño como si llevara años esperando hacerlo. Su lengua era gruesa, experta, lamía mi clítoris, chupaba mis labios, se metía dentro y bebía todo lo que salía de mí.

Yo me retorcía, agarrada a su cabeza, gritando bajito. Después me puso de rodillas, sacó su verga gruesa y venosa, dura como piedra, y me la metió en la boca. “Chúpamela, rica, muéstrame lo que quieres”, me dijo, agarrándome el pelo. Yo la chupé con ganas, lamiendo la cabeza, tragándola hasta donde podía, saboreando ese gusto salado mientras él gemía y me guiaba la cabeza.

Me puso de lado —para no aplastar la panza— y me la metió despacio. Sentí cómo me llenaba, cómo me abría. Empezó a bombear fuerte, agarrándome las caderas con esas manos enormes. Me levantaba con facilidad, me ponía en cuatro, me follaba desde atrás mientras me apretaba las tetas y me decía cosas sucias al oído: “Qué rico coño tienes, embarazada y todo… tan apretadito…”. Yo solo gemía y empujaba hacia atrás, pidiéndole más. Me corrí dos veces antes de que él se vaciara dentro de mí, caliente, abundante.

Después de eso, fue todos los días… y hasta las noches. Recuerdo una vez especialmente peligrosa: estaba durmiendo con mi marido, él ya roncaba profundo después de un día agotador. Me desperté con ganas de orinar, la panza me apretaba la vejiga. Me levanté despacio, en camisón corto, y salí al pasillo oscuro hacia el baño compartido.

Al pasar por la cocina, vi que el viejo estaba despierto, sentado con una cerveza, la luz baja. Me miró y sonrió con esa cara de deseo sucio. Intenté ignorarlo y seguí, pero cuando entré al baño y cerré la puerta sin pestillo (porque nunca se usaba), él entró detrás de mí.

Me asusté mucho. “No, por favor, mi marido está dormido ahí cerca”, le susurré, tratando de apartarlo, empujándolo con las manos en su pecho peludo. Pero él era grande, fuerte, insistente. Me acorraló contra la pared, me levantó el camisón, me bajó las bragas de un tirón y me abrió las piernas.

“Shhh, rapidito, nadie se entera”, me dijo mientras me metía dos dedos gruesos en el coño. Yo estaba mojada a pesar del miedo, el cuerpo me traicionaba. Me alzó con facilidad, me puso de pie contra él, y me la clavó de una embestida. Fue rápido, salvaje: me folló de pie, tapándome la boca con una mano para que no gritara, mientras con la otra me amasaba las tetas. Sentí su verga gruesa entrando y saliendo, golpeando fuerte.

Se corrió pronto, llenándome toda la vagina de leche caliente, chorros abundantes que sentí resbalar por mis muslos. Me sacó, me arrodilló en el piso frío del baño y me metió la polla todavía dura en la boca. “Límpiala bien, con la lengua, trágate lo que queda”, me ordenó bajito. Yo lo hice, asustada pero excitada, chupando y lamiendo hasta que quedó limpia.

Justo entonces, él seguía manoseándome, besándome el cuello, queriendo otro polvo, pero yo insistía “No, ya, váyase”. De repente, se oyó que mi marido se despertaba: había notado que me demoraba mucho (yo nunca tardaba tanto en el baño, y él siempre estaba preocupado por mí y el bebé). Tocó la puerta suave: “¿Amor, estás bien?”. Me asusté tanto que casi grito. El viejo se escondió rápido detrás de la cortina de la ducha, agachado. Yo, con la voz temblorosa, grité desde adentro: “¡Sí, estoy bien! Tengo gases, por eso me demoro un poquito… ya salgo”. Él se tranquilizó, dijo “Bueno, cuídate” y se fue de vuelta al cuarto.

Al rato salí, con las piernas temblando, la vagina chorreando su leche, la boca con su sabor. El viejo salió detrás, y en el pasillo oscuro me dio una nalgada dura en el trasero, tan fuerte que sonó como un latigazo en la casa silenciosa. Mi marido lo oyó desde la habitación y murmuró “¿Qué se cayó?”, pero pensó que era alguna cosa y no investigó.

Yo entré rápido al cuarto, me acosté de lado dándole la espalda para que no notara nada. Él me abrazó por detrás, me besó el cuello y la boca (sin saber que yo todavía tenía el gusto del viejo en los labios), me dio las buenas noches y se durmió otra vez. Yo no pude limpiarme bien: la leche se me secaba adentro y por los muslos, y me quedé ahí, caliente y culpable, hasta que me dormí.

Cada vez que mi marido salía, él me buscaba. Me cogía en su cama, en la cocina, una vez hasta en el sofá de la sala. Me ponía encima de él y me dejaba mover como quería, o me levantaba contra la pared y me penetraba de pie, sosteniéndome con facilidad porque era mucho más fuerte. Me comía el coño hasta que me temblaban las piernas, se tragaba mis jugos, lamía mi culo, metía un dedo mientras me follaba.

Me hacía chupársela antes de cada revolcón, a veces me la metía en la boca mientras me tocaba, o me ponía de rodillas y me follaba la garganta suave pero firme. Me hacía cosas que mi marido nunca: me chupaba los pezones hasta sacarme leche, me daba nalgadas suaves, me metía dos dedos en el culo mientras me penetraba el coño, me obligaba a tragarme su corrida algunas veces. Era salvaje, pero cuidadoso con la panza. Su verga siempre estaba tiesa, dura, y me llenaba de una forma que me volvía loca.

Una noche, mi marido llegó temprano. Abrió la puerta de la habitación del viejo —habíamos olvidado echar el pestillo— y nos encontró. Yo estaba desnuda, a cuatro patas, con la panza colgando, y él me estaba dando duro por detrás, agarrándome las tetas. Mi marido gritó, nos insultó, me llamó puta. Hubo un escándalo horrible. Él recogió unas cosas y se fue dando un portazo. Yo corrí detrás, envuelta en una sábana, llorando, suplicándole que me perdonara. Pero no volvió. Me quedé en la casa porque no tenía adónde ir.

Los días siguientes, el viejo me cogió todos los días, a veces dos veces. Me ponía a chupársela en la mañana, me follaba al mediodía, me comía el coño en la tarde. Me decía que yo era suya ahora, y yo me dejaba. Me gustaba esa adrenalina, ese peligro, esa sensación de ser deseada con locura.

Una semana después, mi marido regresó por el resto de sus cosas. Entró a la habitación que habíamos compartido y me encontró desnuda, con la panza enorme —ya estaba casi de nueve meses, a punto de parir—, tirada en la cama después de que el viejo acabara de follarme. Me miró con dolor, pero no gritó. Me vestí rápido, rompí a llorar y le pedí perdón. Sentí las primeras contracciones. Él, sin decir mucho, me llevó a la clínica. El bebé nació sano esa misma noche.

Después de eso, me perdonó. Nos fuimos a vivir a otro lugar, un apartamentico pequeño que pudimos pagar con ayuda de su familia. Volvimos a ser pareja, y él trató de compensar todo el tiempo que me había rechazado.

Yo amo a mi marido con todo mi corazón y nunca lo dejaría por nada del mundo; él es el padre de mi hijo, mi compañero, el hombre bueno que me perdonó y me dio una familia estable. A veces, cuando los recuerdos del viejo me vienen de golpe, me siento culpable, sucia, como si lo estuviera traicionando solo con pensarlo.

Pero al mismo tiempo, no puedo evitar que me recorra esa excitación prohibida, ese calor que me sube por el cuerpo. Nunca olvidé cómo me levantaba como si no pesara nada, cómo su verga gruesa me abría y me hacía gritar, cómo me comía el coño hasta dejarme temblando y se tragaba todo, cómo me ponía a chupársela hasta que se corría en mi boca o en mi cara, cómo me metía dedos en el culo mientras me follaba, cómo me daba nalgadas y me mordía los pezones hasta sacarme leche.

Mi marido nunca hizo esas cosas; es más delicado. El viejo me dio una adrenalina que aún extraño en secreto, aunque ahora tenga a mi bebé y una vida “normal”. A veces, cuando estoy sola, me toco pensando en él y en todo lo que me hizo. Y me mojo.
 
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