La Madre de un Amigo

heranlu

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Y es que la madre de José me está volviendo loco

Me está volviendo loco

¿Qué culpa tengo yo de que…?


Detuvo la canción con desgana. Acababa de llegar a la casona del Joselés. ¡Vaya casoplón, compadre! En comparación a su casa, ellos vivían en una chabola casi. Juanito se aseguró de cerrar el Seat León negro de sus padres y se encaminó para la entrada. El viejo casi lo muele a palos cuando descubrió que se había dejado una vez el coche abierto y al día siguiente se habían llevado hasta el pañuelo de los mocos de debajo del asiento.

Ese coche en esa acera destacaba. Por los arañazos y bollos, y la pintura descolorida de algunos laterales. Ni dejando la ventanilla bajada algún pijo de allí se acercaría a husmear.

Llamó al timbre, y aguardó. Era sábado por la tarde, sus viejos libraban del curro y les había pedido el coche para darse una vuelta. Una vuelta al garito ese del pueblo de al lado, a ver si volvía a ver a la Vane. Vaya chavalita, se dijo, sonrindo. Más bajita que él, escurrida pero pechugona y con un culo de infarto, estrechito y durito, de esos que agarras y por más que quieras, no te aferras a él del todo.

Le había echado un polvo en el asiento de atrás del Seat que flipas. La amortiguación no paraba de chirriar en el descampado, y la Vane casi se dejaba la cabeza en el techo con los botes, pero ¡buah!, qué saltitos le daban las tetas.

Insistió en el timbre. Las notas enmudecieron en el silencio de la tarde. Esperaba que el Joseles no estuviera planchando la oreja. Le había dicho que volvería del curro ese a esa hora. Sacó el móvil y lo llamó. Nada, suena y suena y no descuelga.

Por fin la puerta se abre, pero no es Joseles. Es su mamá, Ana. Doña Ana, para ser más correcto, se dice. La conocía de vista, siempre conjuntada, siempre con pantalones, chaqueta y camisa, como si fuera una de esas señoritingas. Era dueña de una marca de ropa, le había dicho Joseles.

Pero ahora no iba así. Iba deportiva, con un pantaloncito que dejaba ver los muslos carnosos y torneados, una camiseta blanca ajustada donde se marcaba bien el generoso sostén, una gorrita y zapatillas nuevas y más blancas que el culo de un noruego. Ropita a estrenar.

-Buenas tardes, señora, ¿se encuentra el Joselés…, quiero decir, José en casa?-preguntó Juan, desviando sus ojos del escote al rostro de la mujer. Doña Ana le sonrió, dibujándose unas graciosas arruguitas en la comisura de sus labios y ojos, como si recordase ahora su nombre.

-Juan, ¿qué tal?, no, mi Pepito aún no ha vuelto de la pizzería-respondió ella, dando un énfasis de desagrado al local del italiano Gioseppe.

-Lo he llamado pero no me lo coge, volveré a llamarlo, a ver-dice Juan, pero Ana le hace un gesto para que pasase.

-Entra, cielo, ¿quieres un vaso de agua, al menos?

Juan se dispone a rechazarlo, pero se encoge de hombros. Agüita para refrescarse y quitarse el olor a la chusta de hace una hora, no vaya a ser que la Vane se lo camelara y le pida.

-Pepito no tardará mucho, ya verás-insiste Ana, volviendo con el vaso-pasa al salón y te sientas, como si estuvieras en tu casa.

-Gracias, señora-responde él. ¡En su casa! ¡Más quisiera! Poner los pies en ese sofá, to´tirao, liarse un cigarro y ponerse allí a fumar con tranquilidad, mirando ese pedazo de pantalla de TV. Era finísima, narices, ¿y dónde estaban los botones para encenderla? Ah, no, que al lado había un mando, ¡qué flipada!

Doña Ana observa como el chaval se sienta con cierta tensión en el sofá, como si supiera que ese no era un lugar adecuado para él. Lo conocía, sí. Un gandul más de ese módulo que su hijo se había empecinado en hacer. Junto a la ocurrencia de la pizzería, ¡como si a él le faltase el dinero!

Solo esperaba que su hijo no adoptara ese estilo de ropa. Un pantalón holgado, luciendo rotos como si fueran las cicatrices orgullosas de un soldado, la camisa desabotonada por arriba, las mangas plegadas, esa cadena de oro asomando por el cuello de la camisa y el olor a un perfume demasiado concentrado.

Su Pepito no se convertiría en el Joseles, pero ahora que conversaba con ese joven, que veía como le sonreía con amabilidad, con esos ojos oscuros curiosos, esa ceja partida por un desconcertante tajo, tal vez recuerdo de una cicatriz, no le parecía a ella tan faltón y vulgar ese nuevo amigo de su hijo, “mi colega, mamá”, le habría dicho él.

Juan da un respingo y saca el móvil. Se pone en pie y se aleja unos pasos de doña Ana.

-Tronco, ¿dónde te metes? Que habíamos quedao…-hace una pausa y luego, prosigue, un poco enfadado.

-¡Qué narices!, ¡no me des la turra y dile al italiano ese que no te dé la vara más y te largas cagando leches!

Otra pausa, más distendida, Juan echa un vistazo a su espalda y sonríe a doña Ana, que imita su gesto y enseguida lo borra de su faz. ¿Había pensado que no era vulgar el colega de Pepito?

-Va, venga, luego me llamas cuando te des el piro-cuelga y se da la vuelta.

-Gracias, señora, por la invitación y el agua, pero he de irme, José no vendrá hasta más tarde-responde a esa mujer que lo contempla con una ceja alzada.

-Bueno, ya que estás aquí…, Pepito me dijo que se te dan bien los deportes de pelota, ¿no? ¿Me echas una mano al pádel?

-Eh, bueno, vale, pero tampoco puedo estar mucho rato-responde Juan. La mala hostia que había sentido con las excusas del Joselés se esfuma al ver el culo de doña Ana yendo por la casa, guiándolo hacia la parte de atrás. La Vane podía esperar un ratito más, se dice.

Doña Ana lo condujo por un pasillo con muebles y cuadros variopintos, y dejaron atrás varias habitaciones cerradas. Llegaron a una cristalera y recogió una raqueta y se puso unas muñequeras y una cinta blanca en la frente. Juan casi silba por lo bajo.

-Gustavo, mi entrenador, está de vacaciones y hasta dentro de un mes no vuelve, y me he apuntado a una liguilla de pádel pero no se me da bien-explica doña Ana.

Sí, el Joseles le había dicho que su vieja era activa. Desde el divorcio, hacía cinco años. Aeróbic, zumba, baile, pádel, senderismo…, todos los palos los tocaba esa señora, aparte de la tienda.

“Fíjate tú, que me llevé el otro día a la Teresa a casa y me la estuve trajinando toda la tarde y ella sin aparecer por allí.”

“¿La Tere? ¿La enana esa pijoleta? Pero gachón, si esa es más estirá que una corbata en invierno.”

“Pues no veas la boquita que tiene, compadre. Como la chupetea la jodia, y cuando la puse en pompa en la cama, ¡qué culo, búa! Y los grititos que pegaba, con la medallita esa del Cristo colgando y rebotando mientras se la metía.”

Si doña Ana conociera un poco más a su hijo. Se encogió de hombros y se aproximó a la pista. Al menos, estarían cubiertos del sol por una lona. La señora sería muy modista, pero estaba más pegá al padel que el tapón de un Superglue usado. Le tuvo que enseñar, incluso, a como agarrar el mango de la pala.

Doña Ana lo miraba y asentía. Aprendió deprisa, un poco torpe quizás en el saque, pero tenía agilidad para alcanzar y golpear los rebotes. Se pegó más a ella para enseñarle la posición de la mano en el mango, la postura del cuerpo para el saque, la disposición y posible alcance de la pelota.

Se relame en su interior. Qué escotazo le mostraba la tía. Un poquillo más, si se pusiera de puntillas, y era capaz hasta de verle el bultito del pezón en el sostén negro. Doña Ana se endereza y le lanza una mirada hosca, o eso le pareció a él, pero enseguida se relaja y adopta la postura que le decía.

-¿Qué te parece echarme un partidito, eh?-le reta, tras unos minutos, mirándole con ferocidad.

-Me encantaría, pero…, se me hace tarde-responde él, recordando la sonrisa de la muchacha tras la barra del garito.

-Unos peloteos solo, así practico más-insiste ella. Juan se encoge de hombros y acepta. El Joselés había heredado de su madre el carácter desafiante y echado pa´lante.

-Me quito la camisa, que no la quiero manchar-anuncia, recogiendo una pala que había sobre un asiento. Un poquito de movimiento para el cuerpo antes de vérselas con la Vane, y en el pádel no se suda mucho, así que perfecto.

Doña Ana lo mira atentamente, como si tomara las medidas para una nueva camisa. Sonrió, con un brillo divertido en los ojos, y sacude ligeramente la cabeza, centelleando los mechones libres de la coleta que se había hecho en su media melena castaña. Tintada, seguro.

No era rival para él. Se esmeró, pero nada, le lanzaba miradas encendidas, pero no bajó el ritmo implacable. Por fin, acabó rindiéndose, y él se rio, secándose la frente. ¿Qué no se sudaba? Y un carajo.

-Ni se te ocurra ponerte la camisa así, Juan, anda, date una ducha y te vas-propone doña Ana.

-No es necesario, señora, si yo…

-Adentro, vamos.

Como si fuera un niño obediente, la siguió. Enfilaron escaleras arriba y le enseña el cuarto de baño. Entran juntos, y a Juan se le hicieron los ojos chiribitas.

-Tenemos un hidromasaje, ven, te explico cómo funciona-le dice, inclinándose para señalar las diversas llaves y los chorros que se propulsarían. Juan apenas atiende a sus explicaciones, él está más ensimismado en el vaivén de esos pechos, en la curva respingona de las nalgas bajo el pantaloncito. Se notó hasta cachondo.

-Ni te imaginas el gusto que pueden dar estos chorros en la piel y el cuerpo-añade doña Ana, incorporándose-ahí tienes toallas-, y lo deja solo.

La cancioncita resonó en sus oídos, otra vez:

Qué culpa tengo yo si esa puerta no la haya abierto

(y no la ha abierto, no, no, no)

Y ha sido tu madre que quería que entrara dentro


-Qué casoplón, macho-susurró Juan, desvistiéndose rápidamente. Y el agua caliente llegó al instante, y esos chorros…, qué delicia. Las palabras de esa mujer retornaron a su mente. Sonrió, perverso, y dejó más templada el agua y se agachó, descubriéndose el cipote ya casi endurecido. Gime cuando uno de los chorritos impacta en el glande. Le recordaba a la yema del dedo de la Vane cuando jugó con su polla.

Se aguantó las ganas de hacerse allí una gañola, pero la voz de doña Ana seguía meciéndose en su mente. Lo que habría hecho esa mujer ahí, en el hidromasaje. Divorciada y sin pareja, se recordó. Una cuarentona bien cuidada, una mujer madura, experimentada, no una retocada de esas, porque tenía arrugas, y un pelín de barriguita, y algo de celulitis en las piernas, ¡pero, bueno!

Su amiguito cabeceó, en señal de protesta, y él se la sacudió solo una vez. Ojalá estuviera ahí la Vane. Se la imaginó en pelotas, con esa graciosa sonrisa pintada entre las mejillas pecosas y redondas, los grandes ojos asombrados al ver el hidromasaje, la suave curvatura de sus labios adoptando un gesto pícaro al fantasear con las posibilidades.

Y sus gemiditos se elevarían al cielo de la misma forma que su mano viajaba por el tronco de la polla, y Vane proyectaría su sexo hacia los chorritos, abriéndoselo, dejando que impactaran en sus sensibles paredes, mientras otros chorritos golpetearían sus tetas y a él le comería la polla.

Se detuvo, agitado, y se calmó. No iba a perder el control por las palabras de esa señora, ni mucho menos. Salió del hidromasaje y se secó y fue entonces cuando cayó en su error:

-¡Hostia, tú! ¡Los calzones!-se lamenta. No iba a ponerse los mismos que antes, olían a macho, y tampoco era plan de ir dando campanadas por el garito. Se vistió como pudo y salió de allí. Solo le quedaba birlar unos al Joselés.

No había ni rastro de la señora, así que anduvo sigiloso por el pasillo, pensando en cuál sería la habitación de su colega. En esas se encontraba cuando la voz de doña Ana lo detuvo, a sus espaldas:

-¿Ibas a alguna parte, cielo?-le pregunta.

*****************************************************************

¿En qué andaba pensando? Salió del cuarto de baño, apoyando una mano en su pecho. Notaba aún el corazón alocado. Le había impresionado su desfachatez quitándose la camisa en la pista, le iba a pedir que se cubriera, pero se calló. Tenía un buen plante, ese jovencito. Los músculos un poco marcados, una leve cicatriz en su pechón contorneada por un incipiente vello rizado, la marca de un tatuaje extraño en el antebrazo derecho.

Y luego, ahí, en el hidromasaje, notarlo tan cerca, esos ojos que se la comían, esa sonrisa aviesa del que se cree no pillado, ¿qué creía, que no le había pescado hurgando en su escote? Su amiga Paula se lo había explicado bien: “Mujer, a esa edad, son fogosos, como conejos que se echan encima de la hembra, están deseando trincar carne”. Paula se reía mientras lo decía, su amiga del club de golf, a veces parecía no haber recibido una educación esmerada. Cuando se trataba de hombres, y en su caso lista de amantes, perdía el estilo y las bragas.

Sí, ella aún era activa sexualmente. Había tenido amantes, otros hombres que la acompañaban en las noches en las que Alfonso, su difunto, el que había diseñado esa casa, debería haber estado ahí, pero ningún hombre se había acostado con ella allí salvo su difunto.

Era discreta, prudente, los conocía previamente, los llevaba a un hotel, encuentros salpicados sazonados con el recurso del hidromasaje y el consuelo de sus dedos. Pero, ese chaval, ese Juan…

Inspiró hondo y se alejó de la puerta. ¿Le había parecido oír un gemido? Las manos le hormigueaban, el estruendo del corazón en sus oídos era escandaloso, ¿y si…? Pegó el oído a la puerta.

-Qué tonterías hago-rezongó, frotándose los brazos con las manos, resistiendo el impulso de bajar una mano hasta su pantaloncito, y otra hacia los pechos…

-¡Hostia, tú! ¡Los calzones!-escucha repentinamente y doña Ana aguantó la risa. Por fin el chaval caía en la cuenta. Se alejó de la puerta, aguantándose la risa. Se notaba que pensaba con la polla. Sí, no estaría mal que ahora le pidiera que le llevara unos calzones, si tenía suerte, hasta vislumbraría algo más que el torso…

Se sorprendió al verlo salir, vestido, y alejarse envuelto en sigilo. << ¿Adónde va?¿ No pretenderá robarme?>>. Juan seguía andando, y ella lo acechaba desde la esquina. <>.

Lo siguió y alcanzó. Su mente le había insinuado una posibilidad aterradora, indecente, obscena. ¿Y si buscaba su cuarto para hurgar en su ropa interior?

-¿Adónde vas, cielo?

-¡Qué susto! Perdone, doña Ana, es que…, no me ha dejado una muda de ropa interior. Si pudiera, aunque fuera, darme unos de Pepito.

Sonreí para mis adentros. El zalamero usaba hasta mi denominación para referirse a mí hijo. Tenía un rostro marcado, con un afilado mentón, las mejillas despobladas y unos ojos sabiondos y oscuros. Lucia una sonrisa afectada, que impresionaría a cualquier jovencita. <>.

-Ven, te daré unos de José-dijo, llevándolo hasta una habitación. Él la siguió con pasos cautelosos, como si no quisiera hacer tan ostentoso el bailoteo de sus partes.

-Toma, ponte estos mismos-le dijo doña Ana. Juna los mira, con cierto recelo.

-¿No son de tu talla, cielo?

-No, no es eso, es que…son unos calzones, ¿no se quedará eso muy apretado? Yo soy más de gall…, de calzoncillos-explicó el joven.

-Tonterías, cielo, Pepito nunca se queja, anda, póntelos. <>.

Salió del cuarto y fue a cerrar, pero no pudo. Deja un quicio de la puerta abierto, pega el ojo y lo ve cambiándose. Un culo prieto, blanco, de esos que aferrar entre los dedos y clavar las uñas. Se mordió el labio inferior y cerró la puerta.

Juan salió al cabo, y le hizo un gesto de despedida a la madre de José. Ella correspondió a su gesto y se apoyó en la pared, calmándose, viéndolo marchar como a través de una cámara lenta.

-Tienes un buen culo-susurra, y se tapó la boca, escandalizada. Había materializado en palabras lo que su mente le decía.

Juan se vuelve, y la mira de arriba abajo. <<Sí, esta vez sí que me está analizando, inspeccionando con ojo avizor, qué insolente, qué descarado, qué morbo>>.

-¿No se ha pasado un poco de la raya?-repuso él, jocoso, volviéndose hacia mí con petulancia, deteniéndose en mitad del pasillo.

-Fisgoneaste en mi escote en el pádel, así que si observo tu trasero ahora, estamos en paz-respondí, otorgando a mi voz un tono seco y contundente. Él se frotó la barbilla, pensativo.

-Le miré el escote, sí, pero no he visto tus tetas-aclaró-y tú sí mi culo peludo-añadió, burlón.

-No es peludo-aclaré, sonrojándome-bueno, ¿a qué esperas para irte?-añadí, recuperando el control. ¿Cómo había pensado en alguna posibilidad con ese grosero truhán que me miraba con suficiencia, con altanería? Me dieron ganas de abofetearlo y alcé la mano, pero solo para recolocarle el cuello de la camisa. Él posó su mano sobre mi muñeca, me miró a los ojos, me veía en ellos reflejada, su sonrisa bailoteando en sus labios, sus…

La madre de José besó a Juan. O Juan besó a la madre de José. Un beso largo, con los labios fijos e inamovibles al principio, que dieron paso a unas lenguas nerviosas y temblorosas. Juan sintió las manos de doña Ana en su nuca. Se separa de sus labios un instante:

-Ven, que te voy a follar en mi cuarto-susurra la mujer, con una voz cargada de pasión.

La cama era muy amplia, y sobre ella arrojó la madre de José a ese sonriente chaval. Se tumbó sobre él y buscó con anhelo sus labios de nuevo. Las manos del joven acarician su espalda y hombros.

-Quítate la ropa, por Dios-murmura la mujer, con una sonrisa lujuriosa. Y allá que fue Juan, pugnando con los botones de la camisa, con más prisas que un ladrón pillado in fraganti. Y ella lo mira, sonriendo con sus ojos castaños, como el chavalito se baja los pantalones y se quita el calzón, en el cual ya emerge una tranca dura y erecta. Se la sacude obsceno un par de veces y ella lo chista.

-No te toques, cielo, no vayas a correrte. Ven, túmbate, mira como se desnuda una mujer-susurra ella, levantándose. Y se enfrenta a ese pícaro bribón que la miraba embobado, con la espalda recostada en el cabecero de madera de la cama.

Ana bailoteó para sus ojitos ilusionados, contorneando la cintura. Se desprendió de la camiseta, y él suspiró al verla con el sostén, que parecía restallar frenando sus pechos. Hizo el amago de desabrochárselo pero sus dedos reptaron por su vientre y se toparon con el elástico del pantaloncito.

-Acaríciate los huevos-le indicó Ana, mordiéndose el labio inferior al observar la línea que dibuja esa tranca hasta fundirse con su sonrisa ufanada. El chaval pareció desconcertado, pero dirigió sus manos hacia el escroto, palpándose esas dos bolitas contenidas.

Se bajó el pantalón, y los ojos de Juan brillaron, observando el tanga blanco que se incrustaba deliciosamente entre los cachetes generosos de la madre de su amigo. Doña Ana se desabrochó el sujetador, dándole la espalda, dejándolo caer al suelo y fue retirando lentamente el tanga, jugueteando con el elástico, estirándolo y bajándolo, subiéndolo un poco y volviendo a bajarlo.

<<Qué pivón>>.

-Eres muy guapa-musita Juan, cuando Ana se da la vuelta, retirando sus brazos para que el joven vea sus desnudeces con total libertad.

-¿Guapa, cielo? No es el adjetivo que esperaba-responde, lanzándole una traviesa mirada.

-Está más buena que el pan-respondió Juan, envalentonado. Doña Ana asiente y ríe, ligeramente ruborizada. Se sienta junto a él. Su pecho asciende y desciende, con la respiración entrecortada, y Juan admira esos globos henchidos, alicaídos, pero carnosos, blancos y con un arrugado pezón estrechado en una gruesa areola.

La mujer tiembla cuando el zagal lleva su mano a uno de sus pechos. Lo estrujaba y amasaba, lo apretaba y hundía su pezón. No era delicado, era brusco, pero su firmeza la encandilaba, el ardor de la juventud, se dijo para sus adentros, recordando a Paula.

Llevó el rostro del chaval hasta sus tetas y dejó que las besara y lamiera a placer. Acariciaba las greñas oscuras de su pelo mientras Juan paseaba su lengua por los pechos, encontraba los pezones y los atrapaba entre sus labios.

-¿Quieres mamar de ellos, cielo?-pregunta doña Ana mientras el chico aferraba un pecho con una mano y succionaba del pezón como si fuera un bebé.

-Prefiero que mames otra cosa-replica Juan, sabiondo. Ella soltó una risita y empujó su pecho para tumbarlo. Aferró su estaca con una mano y el joven se estremeció.

-Una señora como yo no mama de un hombre, cielo-le señala, bajando y subiendo lentamente la mano. Juan parece compungido, pero ella se pegó a su oído y añade:

-Una mujer como yo te chupa la polla hasta dejarte seco.

Sus palabras la sorprendieron incluso a ella, pero reptó por la cama y posicionó su rostro ante la verga de Juan. Se notaba ardiente, lujuriosa, arrojada. Y deleitada al ver como sus ojos temblaban mientras su rostro descendía, mientras sus labios se separaban y dejaban entrever la punta de la lengua.

Juan gimió. Él nunca gemía con una tía delante, eso era de maricas, pero ¡joder! ¡Cómo la chupa esa tía! Deslizaba su lengua por el contorno de la polla, besaba la punta, la frotaba entre sus labios con delicadeza, bajaba levemente mientras la otra mano se la cascaba poco a poco.

Doña Ana no hacía ascos ante el vello de sus huevos ni de la base del tronco. No era como la Vane, que siempre lo miraba con un poco de mala hostia cuando se encontraba un pelo en la lengua tras mamársela. No, Doña Ana acariciaba su vello, deslizaba sus labios por su escroto, lo besaba.

-Ah-gime el joven, embriagado por la oleada de placer que siente-ojalá la Vane la chupara así-susurra.

-¿Tienes novia, cielo?-pregunta doña Ana, como si estuvieran conversando tranquilamente tomando un café y sus labios pasan a abrazar el glande.

-No, no….es una…

-¿Una putita?-los ojos de doña Ana centellearon, divertidos.

Juan asiente, tembloroso. Mejor eso que intentar buscar palabras para responder. No quería jadear ante esa mujer, demostrarle hasta qué punto está en sus manos, mientras le sostenía los huevos con los dedos.

-Le echas un polvo de vez en cuando, pero, a mí, no vas a echarme un polvo. A ti te voy a follar-susurra Ana, con la voz enronquecida. Juan jadeó, notando una gota de sudor bajando por su frente. Fue entonces cuando vio, de refilón, que doña Ana tiene una mano entre sus muslos.

No aguantó más. No pudo, intenta reprimir un gemido pero fue incapaz. Jadea mientras nota como estalla, como la mujer se sorprende y abre los ojos, escandalizada. No hizo amago de toser o tragar, ni retrocede ante los trallazos de su polla. Se quedó desmadejado en la cama, relajado y Ana se vuelve hacia él.

Abrió una mano para amoldar entre sus dedos sus carrillos y apretó para separarle los labios. Él, lacio, no protesta, sin sospechar nada, y la mujer lo besa. Lo besó y empujó algo hacia su boca con la lengua. Algo cálido, espeso y denso.

Juan lo acepta, junto a la lengua de la mujer, que siguió besándolo con pasión. No pudo aceptar otra cosa que tragar y Ana ahogó en su boca un gemido.

-No te di permiso para correrte en mi boca, cielo, si la putita de la Vane lo hace, allá ella-aclara, dándole toquecitos en la nariz con un dedo, como si fuera un perro al que estuviera regañando.

Sus maneras irritaron a Juan. Esa madurita estaba buena, pero tenía muchos aires de superioridad. Se los tendría que bajar un poco, recuperar el control de alguna manera. Y lo hizo buscando con su mano el coño de la mujer.

-Al fin-susurró doña Ana, entrecerrando los ojos, al notar el dedo del joven metiéndose entre los labios de su coño húmedo.

-Boca arriba, con las patas separadas. Quiero comerte el coño-le espeta, con autoridad.

Doña Ana sonríe y le obedece. Corresponde a su sonrisa y mira ufanado ese vientre, ese triángulo cobijado entre los muslos, ese valle rizado encumbrando la hendidura rosada de unos labios gruesos.

Pegó su nariz e inspira sonoramente, captando el olor a mujer. Doña Ana rebulló al notar su aliento aferrado a su sexo. Le escupió en el coño, mirándola con desafío, retándola a decirle algo, amenazándola con irse y dejarla ahí en pelotas.

Ella frunce su nariz, como si se ofuscara, pero cabecea levemente, y él empezó a lamerla. Ni loco se iba de ahí sin follarse ese coño húmedo y febril. Los gemiditos de Ana revolotearon por la habitación, mientras el joven le mete un dedo dentro y enrosca su lengua en los labios.

Notaba su excitación, como la marea ascendiente en una playa, notaba la crispación de sus muslos, el chisporroteo de sus entrañas bullendo como el agua hirviendo. Se sentía perversa, depravada, lujuriosa.

-Méteme un dedo en el culo-pide al joven, con los ojos cerrados, hundiendo su cabello en la almohada. Otro zafio escupitajo, obsceno y grosero, escucha el chapoteo de su dedo en la boca, la sigue masturbando con un dedo, mientras otro acaricia el henchido clítoris.

Gimió al sentirlo en la entrada. Estrechez que cede levemente, rindiéndose a la intromisión. Solo a Alfonso se lo había permitido, solo con él había usado ese bote de vaselina que escondía en el cajón de las bragas, solo con su recuerdo había impregnado un dedo para cobijarlo entre sus cachetes.

-Mmm-gimió Ana, extasiada, confortada. Ese dedo la palpa, el otro se mete en su coño, la lengua bailotea entre sus labios. La penetraba vanamente, emulando con inutilidad una enhiesta tranca, pero luego se contorsiona dentro y la hace jadear.

-¡Oh, sí, sí, mmm, ah!-gime ella, en voz alta. Se siente desquiciada, liberada, ansiosa, notando el clamor de su cuerpo, el ímpetu de sus entrañas derritiéndose. Aferra la cabeza del chaval y la incrusta en su coño mientras se corre, entre jadeos entrecortados.

Juan la miró, con el rostro sofocado, y unos vellitos pegados a sus labios y la nariz. Doña Ana le sonrió, pero esa sonrisa no vaticinaba el fin. No, solo el comienzo. Vio que el chaval ya se había recuperado, y lo agradeció. Divina juventud.

-Saca un condón del primer cajón y el bote de vaselina-le ordenó.

-¿Con condón?-se lamentó el joven, poniendo una expresión de lástima. Ana se irguió y lo besó.

-En esta cama solo Alfonso me ha hecho el amor. Hoy, me vas a reventar el culo, cielo, así que espabila.

Juan se estremeció y siguió al pie las instrucciones de esa mujer que ya se disponía a cuatro patas sobre la cama, con los generosos pechos colgando y con ese culo destacando en su pompa.

Sexo anal… ¡qué potra! A la Vane acababa liándosela para hacerlo a pelo, ni punto de comparación que con el plástico ese, pero solo de imaginarse que se hundiría en ese culo pronto…Se estremeció.

Su verga apuntó al ojete, en el cual la mujer ya había aplicado la vaselina y había estado preparando metiéndose un dedo, mientras con la otra mano se tocaba ella misma.

Se sorprende acariciando las nalgas y besándolas, mientras la otra mano tantea el triángulo entre los muslos. Doña Ana abandona su coño a sus manos.

-Despacio, un dedo, luego otro más, luego tu polla-susurra ella y hunde aún más su espalda para remarcar más su trasero.

La obedece, curioso, sintiéndose como un chiquillo que testea un nuevo juguete. Entra con más facilidad que antes, y doña Ana musita un gemido cautivador cuando remueve el dedo. Su otra mano no para de acariciar los labios de su sexo y tantear el clítoris.

-Otro…más-pide ella. Le da un poco de pavor ver que su polla empieza a perder rigor, pero al observar como doña Ana se acaricia las tetas, vuelve a endurecerse. Otro dedo, embadurnado de vaselina. Otra invasión corrosiva, placentera, otra resistencia vencida, otro gemido agradecido.

Aferra su culo, agarrándolo con firmeza. Doña Ana hilvana una cadena interminable de gemiditos con el tanteo de un dedo en su clítoris, y él apuntala su verga en el orificio y empuja.

Nota el respingo de su cuerpo, y va despacio, poco a poco. Se tensa y se relaja, se relaja y tensa. Ana gime, gozosa, pero también frunce el ceño, como si contuviera una molestia. Se detiene.

-Prosigue, no pares-dice, entre susurros.

Calmado él, mientras folla. Quién lo viera, se dice a sí mismo. Pero obedece, y cuando siente el contorno de sus caderas en su cintura, Ana suelta un jadeo aliviado.

-Muévete, muévete-pide ella, y él lo hace, avanza y retrocede, en esa estrechez, en esa mazmorra que amenazaba con engullirlo, con sajarle la polla para siempre. Pero su estaca la empala, y ella goza.

Se anima, fascinado, viendo el temblor de su culo con sus movimientos. Los jadeos de Ana se hacen más evidentes, la mano en el coño cobra ritmo.

-Ah, sí, sí, no pares, sigue, sigue, qué gusto-susurra ella, gozando. Y él temblequea, excitado, turbado, asombrado. La madre de José me está volviendo loco, de tanto follármela por el culo, tendría que haber añadido la canción.

Sorpresivamente, lo detuvo. Le pide que pare. Él se desconcierta, sale de ella. Ana le lanza una mirada ardiente, le arranca el condón de la polla y le pone otro. Lo empuja contra la cama y se pone encima de él.

-Alfonso, solo espero que te hagas una paja viendo como me follo a este cabrón-murmura Ana, separando los labios de su sexo y bajando su cintura, entrecerrando los ojos.

Juan se estremece, viendo como las tetas de Ana pegan botes mientras la mujer sube y baja, aferrando su polla y retorciéndola dentro. Ella gime, lozana, despeinada, los ojos entrecerrados, el rostro contraído en una mueca irrefrenable de placer.

Ana le agarra las manos, mientras sigue moviéndose. Sus ojos se lo decían. Se lo iba a follar. Y lo está haciendo, contorneando su cintura, gozando de su polla.

Resopla, sudoroso, fustigado, y ella incrementa el ritmo y lanza un prolongado suspiro extasiado, mientras su interior se convulsiona e inútilmente drena los trallazos de su polla.

Culeada y follada. Ana, has perdido los papeles. Pero qué gozo, bendito señor. Paula estaba equivocada. Los jóvenes no eran como conejitos. Son toros a los que hay que amansar.
 
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