La Llegada de mi Madre

heranlu

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Me encontraba en el aeropuerto esperando la llegada de mi madre.

A sus cincuenta años mi padre había comenzado a salir con una chica de veintisiete años y mi madre terminó por descubrir todo. Así es como su relación de más de treinta años llegó a su final.

Yo seguía manteniendo el trato con mi padre, pero obviamente estaba del lado de ella en todo esto, él era quien había faltado al serle infiel con una chica que incluso era más joven que yo.

Como me encontraba soltero, vivía solo, no tenía la costumbre de llevar a mujeres a pasar la noche a casa y además también tenía una buena relación con mi madre, tras su separación se me hizo práctico sugerirle que viniera a pasar conmigo una temporada. A ella también le pareció buena idea abandonar la ciudad por un tiempo y aceptó.

Me puse de pie cuando vi que se acercaba, tenía puestas sus gafas de sol, vestía una camisa de seda blanca y un pantalón de lino beige. Se conservaba bien a sus casi cincuenta años y no era una mujer de carnes gruesas, sino más bien de fina figura.

—¡Mamá, mamá! —la llamé y alcé mi mano para que me viera.

Se notaba incomoda con el equipaje.

—Oh, Martín, ahí estás —dijo.

Al acercarnos le di un abrazo y ella me besó las mejillas.

—¿Qué tal el viaje? —pregunté.

—Insoportable —dijo—. El sujeto que venía junto a mí no paraba de toser.

—Déjame ayudarte —le dije tomando una maleta y un bolso—. Tengo el auto estacionado afuera. ¿Esto es todo lo que traes contigo?

—Sí, eso es todo —dijo mirando el equipaje.

Caminamos hacia el auto y luego conduje hacia mi casa. Mi residencia quedaba algo apartada, estaba cerca de la playa, en las afueras del pueblo.

—Tenía tiempo sin venir —me dijo mirando por la ventana del auto mientras pasábamos por la zona más céntrica de la localidad.

—No ha cambiado mucho —le dije—. Hay más turistas que antes, pero el pueblo sigue siendo el mismo. Ya sabes, en un día puedes recorrerlo todo, pero es más sobre el ambiente, ¿no es así?, es decir, es distinto al de la ciudad. Acá la gente está mucho más relajada, más alegre, se preocupa menos por lo que sucede en el resto mundo, están ocupados atendiendo a los turistas y disfrutando del clima.

—Sí, creo que fue buena idea venir —dijo—. Se siente diferente. Ha valido la pena el solo hecho de no encontrarme hoy a ninguno del condominio en el elevador.

Volteé a mirarla, se le notaba cansada. Me compadecí, tal vez en ningún momento su reacción había sido dramática, pero de alguna forma la ruptura y el engaño le habían pasado factura.

Tras dejar el pueblo atrás, desviándonos unos metros de la carretera principal se encontraba mi residencia.

—Bueno... hemos llegado —dije apagando el vehículo.

Nos bajamos del automóvil y entramos a la casa. No era de mi propiedad, pero me estaba yendo suficientemente bien como para permitirme rentar el lugar. Tenía un baño principal, dos habitaciones, una de ellas con baño, aunque la zona principal del inmueble lo constituía un espacio único y espacioso en forma de L en el que al cruzar se encontraba un mesón que separaba la zona de la cocina de una mesa central y unos muebles; de frente a esa cocina estaba una pared de puertas corredizas de cristal que daban vista y acceso al patio trasero donde se encontraba una piscina.

Aproveché de fijarme bien en mi madre mientras ella exploraba el lugar, hacía tiempo que no la veía en persona. Entendía que mi padre pudiera verse atraído por una chica joven y atractiva, pero al mismo tiempo noté que mi madre gozaba de un atractivo singular y que en los últimos meses yo más bien había estado buscando encontrar una mujer de esas características.

Se sentó en el mueble y se quitó las zapatillas.

—Se me hincharon los pies —dijo quitándose las gafas de sol de la cabeza y poniéndolas sobre una pequeña mesa que se encontraba frente al mueble.

—¿Quieres beber algo? —le pregunté.

—¿Tienes algo de vino? —respondió.

—Ya te sirvo una copa —dije tomando una botella que tenía guardada.

Le acerqué una copa y me senté junto a ella.

—Deja que te ayude con eso —le dije haciendo un gesto para que me aproximara sus pies.

Los subió sobre mis piernas. Tenía unos pies pequeños y agraciados, sus uñas no estaban pintadas, pero sí debidamente cuidadas.

—¿Qué quieres hacer primero? —le pregunté mientras comencé a hacerle un masaje de pies—, ¿A dónde quieres ir?

—No sé —me dijo.

—Vamos, mamá, está la playa, conozco a alguien que renta veleros por sí quieres ir a dar un paseo al mar, también podemos ir a hacer senderismo o darnos una vuelta caminando por el pueblo.

No demostró interés por ninguna de mis propuestas, se le veía cansada.

—No estoy diciendo que tengamos que hacerlo ahora mismo, claro… —le aclaré—. Tómate tu tiempo, podemos hacerlo cuando quieras.

—La verdad es que he venido para no estar allá —me dijo—, para no ver a nadie… y para verte a ti, por supuesto. Hace tiempo que no te veía. Te ves más maduro, Martín.

—Sí —asentí—, yo también creo que he cambiado.

—¿Qué pasó con Susana? —me preguntó mirándome fijamente.

Me dejó sin palabras. Sabía que en algún momento tocaría ese tema, pero no pensé que sería tan pronto.

—Lo decidimos entre los dos —finalmente respondí—, no estaba funcionando.

—¿Por qué?, ¿qué pasó? —preguntó ella—, ¿problemas de comunicación?, ¿o acaso se trataba de algo sexual?, es decir, no creo que haya sido por algo económico.

—No —dije algo incómodo—. Nada de eso, todo lo contrario. Solo teníamos visiones diferentes de cómo abordar esta etapa de nuestras vidas.

Simplemente no podía contarle que habíamos decidido separarnos después de haber hecho un trio con Antonio, el propietario de un bar al que solíamos frecuentar. Susana había podido tolerar que yo le comiera las tetas a una de sus amigas, pero yo no podía soportar que ella se hubiese desplomado completamente con la polla de Antonio. Aún si bien disfrutábamos de incluir a otros, se me había hecho intolerable la demostración de virilidad que él tuvo y la lasciva sumisión con la cual ella disfrutó de todo cuanto él decidió hacerle, cumpliendo cada uno de los caprichos que le propuso y dejándome a mí prácticamente al margen. Nunca sabré con certeza sí lo que me molestó fue que esta situación me hizo sentir superado como hombre o sí fue la expresión de incredulidad e imbecilidad que tenía el sujeto al ver cumplidas todas sus fantasías sexuales. Tal vez ella tenía razón, yo no estaba listo para ese tipo de relaciones abiertas. Ya no importa, lo que sé es que eso se acabó y que precisamente a partir de esa relación fallida quise alejarme de mujeres como Susana y buscar algo más parecido a mi madre.

Con la respuesta que le di pareció entender que yo no quería hablar a profundidad sobre el tema.

—Entiendo… —me dijo.

Después de eso se produjo un breve silencio con el que se zanjaba el tema, pero en el medio de la conversación yo había parado de masajear sus pies y sin darme cuenta estos habían quedado prácticamente sobre mi entrepierna. Al percatarme me puse algo nervioso y ella notó la razón.

Como ninguno de los dos hizo ningún movimiento por evitar que sus pies continuaran prácticamente estando sobre mi polla, se terminó volviendo aún más incómodo.

—Bueno… —dijo rompiendo el silencio—, creo que me voy a ir a dar una ducha.

Entonces tensó sus pies, punzando levemente mi entrepierna y sonrió de una forma discreta, pero juguetona. Luego se levantó como sí nada.

Yo no supe cómo reaccionar. Me dejó algo descolocado, ella había roto aquel momento de incomodidad de una forma juguetona, ¡sexualmente juguetona!, ¿O era yo el que lo había malinterpretado? Sea como sea en mi mente se abría la puerta a una forma de confianza que hasta el momento no tenía con mi madre, pues aunque no la había logrado tocar de lleno, de una forma u otra ella intencionalmente había intentado sentir o golpear mi polla con sus pies.

Fui tras ella y la adelanté para mostrarle el baño.

—Este es tu baño —le dije abriendo la puerta y encendiendo la luz—. Yo suelo usar el de mi habitación, que es la que está subiendo las escaleras. Puedes usar este que es el de invitados, pero que a fin de cuentas no lo usa nadie. Al lado se encuentra tu habitación, ya dejé tus cosas en ella.

—Muchas gracias, hijo —dijo—, eres muy amable.

Asentí con la cabeza y la dejé.

Me senté en el mueble. Pasaron algunos minutos y escuché los sonidos de las puertas. Estaba distraído mirando mensajes en el móvil.

—Martín…

Subí la mirada y me encontré a mi madre con el cabello mojado y su cuerpo envuelto en una toalla.

—¿Qué ocurre? —dije estupefacto.

—¿Dónde has dejado la maleta pequeña? —me dijo.

—Coloqué todas las maletas en tu habitación —dije.

—Falta una maleta de color negro que era de este tamaño —dijo indicándome el tamaño con su manos.

—No vi ninguna maleta de color negro —respondí—, solo vi la maleta blanca y el bolso que puse junto a ella. ¿Estás segura de que la traías contigo?

—Sí, sí, claro —dijo y se quedó pensativa.

—¿Qué había en la maleta? —pregunté.

—Mi ropa íntima y algunos pijamas —dijo.

—Bueno, lo único que se me ocurre es ir al aeropuerto y ver sí la hemos dejado allá —dije—. Y en caso de que no sea así, pues no nos queda otra que ir de compras.

—¿No es muy tarde ya para eso? —dijo.

—Lo es, pero podemos ir mañana —respondí.

—Será… —dijo—. Hoy me tocará dormir en pelotas —dijo dejando escapar un risa.

—Espera un momento, déjame ver sí tengo algo —dije.

Subí las escaleras y tomé una de mis franelas de algodón del armario. Estando allí vi que todavía conservaba unas bragas de Susana en una de las gavetas. Lo pensé por un momento y preferí mejor no ofrecérselas.

—Toma —le dije al bajar.

—¿Y esto qué es? —dijo desdoblando la tela.

—Es una de mis franelas —dije.

Dejó escapar una sonrisa sarcástica y guardó silencio.

—Voy a preparar la cena —dije.

Me marché a la cocina. A los pocos minutos volvió.

—¿Qué te parece? —preguntó y estirando los brazos giró como si fuera una hélice.

La camisa le quedaba obviamente grande, le llegaba a las rodillas y las mangas hasta casi a los codos. Se pegaba a su piel y se marcaban más sus pechos.

—Te ha quedado muy bien —le dije—. Además, solo será por esta noche, mañana solucionaremos.

—La comida ya está casi lista —le dije.

Nos fuimos al patio y nos sentamos en unas tumbonas que tenía junto a la piscina, allí comimos y nos fuimos poco a poco bebiendo toda la botella.

—Entonces mañana iremos de compras —dije.

—Pues sí, voy a necesitar algunas bombachas y algo de ropa para andar por casa a menos que quieras que ande en bolas por la casa —dijo bromeando.

No dije nada, preferí guardar silencio; el vino, algunas de las cosas que habían pasado esa noche, la vista que mi madre me había regalado cuando se puso frente mi usando nada más que una toalla y el hecho de que ahora solo llevaba puesta una de mis camisas para cubrir todo su cuerpo me hacían querer decirle que sí, que me apetecía mucho verla desnuda, aunque fuese solo por el morbo.

—Ay, Martín, discúlpame —dijo apenada—, debe ser la bebida y el cansancio del viaje. Solo estoy jugando, me desoriento un poco cuando bebo y digo tonterías… ya sabes.

—No, no… —respondí—, no has dicho nada malo. Por favor, mamá, sabes que conmigo puedes decir lo que quieras. Es más… —me animé a decir atrevidamente a pesar de que sentía dudas en sí decirlo o no—. No tengo ningún problema sí decides hacer precisamente eso.

Me miró sorprendida.

—Es decir… —supe que tenía que intentar racionalizar lo que había dicho sí no quería dejar al descubierto que lo que realmente quería era que se despojara de esa camisa para verla desnuda—. La casa está sola todo el día, yo a veces estoy afuera, sí estás acostumbrada a… a usar poca ropa en tu casa o a andar desnuda… ya sabes, no tengo ningún problema con ello. Es perfectamente normal y mucha gente lo hace. Te aviso antes de entrar y listo. Como te sientas cómoda.

Sonrió.

—Ay por dios, Martín, jaja —dijo—, muchas gracias, hijo, eres un estupendo anfitrión, pero no, no creo que tengas interés en ver por accidente a tu vieja madre desnuda. Imagínate esa situación, jaja, no, no, que locura.

Noté entonces que sus pezones se marcaron bajo la camisa y me excité.

—Bueno… —dije—, eres una mujer muy bella, estoy seguro de que no sería una vista desagradable, al contrario, seguramente tienes un cuerpo atractivo.

—¡Ay!, Martín, por dios… jaja —dijo algo ruborizada—. Gracias por el alago, hijo, eres muy amable. Bueno… siempre me han alagado el trasero —dijo con cierto tono de indiscreción.

—Bueno… sí me permites decirlo, la verdad es que sí tienes un buen trasero —le dije jugándomela toda.

Me miró fijamente y se produjo un silencio.

—La cagué. ¿Qué me pasa por la cabeza?, ¡No sé cómo me atreví a piropearle el culo a mi madre! —pensé.

Luego se puso de pie.

—¿Qué ocurre? —pregunté—. ¿Dije algo malo?

—No, no es eso —dijo—, es solo que estoy cansada, hijo, ya sabes, el viajes y todo eso, creo que lo mejor será que me vaya a dormir.

Se inclinó para darme un beso en la mejilla y un medio abrazo.

—Buenas noches —dijo—, recuerda que mañana vamos a ir de compras en la mañana.

—Buenas noches. Sí, cuenta con eso —respondí

Se fue caminando hacia adentro de la casa y comencé a levantar los platos lamentándome por mi imprudencia.

Minutos después todavía le daba vueltas a mi cabeza sobre sí la había cagado o no. Subí a mi habitación y me encontraba con bastantes ganas de echar un polvo. Me desnudé, la tenía levantada y tiesa.

Sabía que iba a tener que recurrir a una paja. Me acosté en mi cama y busqué unas fotos que aún guardaba de Susana, pero no estaban consiguiendo el efecto que quería y sin darme cuenta comencé a visualizar que a quien me follaba no era a mi anterior pareja, ni a ninguna otra, sino que era mi propia madre.

—Oaaahh… mmmm… sí…

Estaba muy excitado, no sé sí era porque no había tenido relaciones sexuales en los últimos meses, no sé sí era por el tabú, pero no pude evitarlo, ni siquiera pensé en la posibilidad de imaginar a alguna otra mujer, la fantasía que me consumía en ese momento era la de arrebatarle la camisa mía que había estado usado esta noche, dejarla en pelotas y follarla.

—Oahhhh…

Me terminé viniendo sobre mí mismo imaginando que le hacía sonar las nalgas con mis embestidas.

—Fua… qué fue eso… —me dije.

Ya era definitivo, tenía que admitirlo, me la quería coger. No importaba sí era mi madre o no, lo que quería era metérsela.

La mañana siguiente desperté con una erección y con la sensación de haber soñado con mi madre toda la noche; sueños húmedos, sueños donde lo hacíamos apasionadamente. No era la primera vez que ocurría, recordé una ocasión en mi adolescencia en la que había tenido ese tipo de sueños también sobre mi madre. En aquella ocasión se me había hecho rarísimo, ahora era diferente, el sueño no había sido algo aislado a mis pensamientos y deseos.

Esperé perder la erección y bajé las escaleras. Vi que mi madre no había despertado aún y con cuidado abrí la puerta de su habitación.

Se encontraba acostada boca abajo. No se había cubierto con las sabanas y la camisa la tenía algo subida, dejando sus nalgas totalmente expuestas. La erección regresó.

En silencio me acerqué y contemplé sus piernas, sus muslos y sus nalgas desnudas. Intenté ver su rostro, parecía estar durmiendo profundamente. Sentí que estaba comenzando a perder el control, pero sí cedía a mis instintos iba a terminar haciendo algo que no quería. Supe entonces que no podía permanecer más tiempo allí y abandoné la habitación.

Fui al baño principal con la intención de jalármela y para mi sorpresa encontré la braga que ella había usado el día anterior. ¡No lo podía creer! La tomé y la olí. La había usado todo el día por lo que su olor estaba completamente impregnado en ella y terminé soltando aceleradamente semen a borbotones en el lavamanos. Había sido la paja más rápida que hubiera recordado, treinta segundos intensos en los que me desahogué con el olor de mi madre, nunca había hecho algo como eso. Mi mano quedó bañada de mis propios fluidos.

Salí del baño, hice algo de café y me senté en las sillas que tenía en la zona de la piscina para disfrutar de la brisa leve y el sol mañanero. Ahora con algo más de claridad mental pude comenzar a pensar en lo que me estaba pasando. No entendía cómo es que repentinamente me había comenzado a sentir atraído por mi madre cuando nunca antes había tenido pensamientos de ese tipo sobre ella. Me sentía algo sucio, como sí la deshonrara, pero al mismo tiempo sentía una fuerte atracción sexual a la cual era muy difícil desafiar.

Minutos más tarde despertó y se fue directo al baño, al rato apareció en la cocina ya lista para salir. Yo ya había hecho el desayuno.

—Buenos días, Martín —me dijo.

—Buen día —respondí—, ¿qué tal tu noche?, ¿dormiste cómoda?

—La verdad es que dormí bastante bien —dijo—, me siento mucho mejor que ayer.

—Sí —le dije—, se te nota descansada.

Desayunamos y luego nos fuimos al pueblo en el auto. Estacioné frente a una boutique, tenía entendido que era el mejor lugar del pueblo. Por alguna razón asumí que sería el tipo de sitio en el que mi madre compraría su ropa íntima.

Bajamos del auto y entramos.

—Buenos días —dijo una rubia con sonrisa de vendedora.

El sitio estaba solo, no era temporada, seguramente no había muchos turistas y probablemente seríamos los primeros clientes del día.

Noté a mi madre un poco incomoda.

—¿Pasa algo? —le pregunté.

—Martín… —dice con una sonrisa de incredulidad—, ¿Me has traído a comprar lencería?

Me quedé en silencio y avergonzado. ¿Qué podía decirle? Que acaso debía explicarle que me la imaginaba más con unas bragas color granate y no con una de esas bombachas de señora.

—Oh, mamá, lo siento —dije apenado—, no era mi intención. Es solo que este es el sitio que conozco, aquí es donde Susana venía a comprar.

Mi respuesta pareció satisfacerle, había salido airoso.

—¿Venías con ella y se probaba lencería para ti? —preguntó.

—No, no —respondí rápidamente—, la dejaba mientras yo iba a hacer otras cosas y luego la pasaba buscando. No tenía ni la menor idea de que solo vendían este tipo de prendas.

—Ya, Martín, ya… —dijo sonriendo—, no pasa nada.

Luego comenzó a observar lo que había disponible en la tienda.

—No sé, hace mucho que no uso nada como esto —dijo sosteniendo una braguita de hilo blanca—, a tu padre ya no le importaba.

La imaginé usando dicha prenda y mi miembro se comenzó a despertar. Ella pudo notar en mi cara la emoción que me había provocado.

—¿Quieres que me la pruebe para ver que tal me queda? —dijo mirándome fijamente.

Me quedé mudo. Me volvía loco la idea de verla usando esas bragas, pero no quería ser tan obvio.

—Eee… sí, claro, pruébatelas sí quieres —dije como si no le diera mucha importancia—, no tengo ningun problema con eso.

Me miró y sonrió con cierto aire de autoconfianza.

—¿Los probadores? —dijo mirando hacia la encargada.

—Por acá —respondió abriendo una puerta que se desdoblaba y que daba a un pequeño cubículo con espejos a cada lado.

Mi madre entró. La puerta terminaba poco más arriba de sus tobillos y la parte de arriba alcanzaba a llegarle hasta la altura de la nariz, pero tal vez el aspecto más notorio era que tenía pequeños agujeros ornamentales cubiertos por una tela que difuminaba la vista al oro lado, pero sin ocultarla totalmente.

Me vi en la necesidad de tragarme mi saliva y me quedé allí mirando embobado aquellos agujeros. Mi madre colocó la ropa que se iba quitando sobre la puerta, bloqueando gran parte de lo poco que se alcanzaba a visualizar.

La encargada de la tienda parecía una estatua allí parada mirándome. No sé sí su intención era incomodarme o sí era algo que hacía por mero protocolo.

La puerta finalmente se abrió.

—¿Qué tal? —dijo llevando sus manos a la cintura y girándose levemente, mostrándome de lado sus nalgas.

Yo me quedé con la boca abierta.

Había acompañado las braguitas de hilo blanco con un brasier tipo balconette de igual color que exaltaba sus senos de una forma sugerente.

Mi asombro era obvio, pude notar en el rostro desorientado de la encargada que mi emoción era evidente para todos, se le veía desencajada ante lo que ella entendía como una relación entre alguien de unos treinta y una mujer mayor.

—¿Entonces?, hijo —dijo mi madre pícaramente—, ¿Qué opinas?

La encargada se quedó con los ojos abiertos al escuchar a mi madre revelar la naturaleza de nuestra relación, pero la verdad es que nos parecía importar poco lo que ella pensara, no obstante, debo admitir que sí la encargada no hubiese estado allí probablemente me habría ido sobre mi madre, de eso no me cabe ninguna duda.

—Pues se te ven bastante bien —dije intentando contener mi excitación.

—Me has convencido, me las llevaré —dijo.

Se le notaba un brillo en el rostro y la sonrisa que me enamoraba.

Ella se colocó nuevamente su vestimenta, seleccionó algunas prendas más sin probárselas y también tomó algunos conjuntos de pijamas cortos que se veían elegantes.

Al salir dejó las bolsas de compras en el auto y se fue a una tienda donde vendían trajes de baños mientras yo pasaba por la carnicería y el abasto de verduras.

—¿Conseguiste algo que te gustara? —pregunté cuando ya iba conduciendo camino a casa.

—Compré algunos bikinis, estas gafas de sol y bueno… ya sabes… lo de la boutique —dijo—, la braguita que te gustó tanto.

Me encontraba sorprendido por como reafirmaba que yo era la causa por la cual había comprado una lencería erótica. ¿Será que debía suponer que la compró para lucirla para mí?

—Te queda increíble, mamá —dije galantemente con un toque de coquetería—, con el cuerpo que tienes y lo bien que te conservas no parece que tuvieras cuarenta y nueve años.

—Ay, Martín, hijo —dijo sonriendo—, gracias, gracias por ser tan bueno conmigo. Hace mucho que nadie me alagaba de esa forma.

Ella no parecía notarlo, pero bajo mis bermudas ya me la había puesto tiesa y no iba a desaprovechar que me estaba dando su aprobación para seguir hablando de lo atractiva que me parecía.

—¿Me hablas en serio? —dije—, mira, mamá, sí consiguiera a una mujer como tú me sentiría afortunado.

—¿Cómo yo? —dijo contrayendo su cuello, haciendo que su quijada roce su pecho—. ¿Cómo es como yo?

—Bueno… —dije—, ya sabes, inteligente… elegante… buena conversadora… de mente abierta… atractiva…

Guardo silencio y me miró.

—¿Atractiva? —dijo entonces—, ¿me encuentras atractiva?

—Por supuesto que te encuentro atractiva —dije ya más suelto, casi confesándome—, no quiero que se vaya a malinterpretar, pero no es fácil para un hombre soltero como yo verte usar una de sus camisas sabiendo que no llevas nada debajo.

Se quedó boquiabierta.

—No por ser mi madre dejas de ser una mujer sumamente atractiva —dije y voltié a mirarla por un segundo en el que hice contacto visual con ella—, tienes un cuerpo muy bonito, ¿lo sabes?

—Martín… yo no… —respondió un poco apenada—. No sabía que te sentías de esa forma respecto a mí.

Seguí conduciendo en silencio durante un momento. No sabía qué decirle, tras confesarle todo eso me había quedado expuesto. ¿Qué estaba pensando?, ¿Que me la iba a sacar y se iba a ir sobre mi polla mientras conducía el trayecto que faltaba para llegar a casa? Obviamente la había dejado sin palabras, yo estaba completamente fuera de lugar.

Al llegar a la casa no apagué el auto ni me bajé de él.

—Voy hacer unas cosas y regreso más tarde —dije.

—Martín… —dijo sujetándome un brazo—, no pasa nada. Todo está bien, cariño. Entiendo lo que me has dicho y también ha sido culpa mía que todo esto se malinterpretara. Malentendí lo que estaba ocurriendo e hice algunas cosas que no están bien, soy tu madre y… bueno… somos humanos, cariño, a veces tenemos deseos o hacemos cosas que… que no son apropiadas, malinterpretamos situaciones, ya sabes… simplemente podemos olvidar que todo esto ha ocurrido y todo lo que se ha dicho. ¿Te parece?

Guardé silencio, no quise mostrar lo que sentía, pero me sentía bastante aliviado porque sentía que ella había aceptado de buena manera mis inapropiadas insinuaciones y me daba una salida.

—Sí, sí —dije—, tienes razón. Discúlpame, mamá, creo que yo tampoco he sabido explicar bien lo que quería decir. Estoy pasando por un momento difícil y creo que estoy algo confundido, ya sabes.

—Sí, cariño, claro que sí —dijo—, por supuesto que te entiendo.

—Igual hay algo que tengo que hacer —dije—, sí quieres te bajas y te pones cómoda, cuando vuelva podremos ir a donde quieras.

—Está bien, Martín, está bien —dijo.

Me dio un beso en la mejilla y se bajó del auto. Puse el auto en marcha. Sentía que necesitaba perderme durante unas horas. Fui a dar al puesto de cocadas que tenía Lorena en la playa.

Me recibió con una sonrisa, era una morena de tez canela, en sus treinta, caderona, de buenos pechos y nalgas redondas y firmes.

—Pero que sorpresa… —dijo dándome un abrazo y un beso en la mejilla—, mira nada más… Martín.

—¿Qué tal? —dije sonriendo—, ¿cómo te ha ido?

—Bien, bien… ya sabes... no estamos en temporada —dijo—, el negocio está un poco flojo, pero lo de siempre, ¿sabes?

—Sí, sí, entiendo… —dije—, ¿Y qué hay de Julio?

—Julio está bien, él está bien —dijo—, ya sabes después de lo de la otra vez cambió un poco, pero estamos bien.

—Sí, eso fue una lástima… para él… —dije con una leve sonrisilla.

Ella me devolvió una contenida sonrisa de complicidad. Lorena y Julio fue la primera pareja con la que Susana y yo intentamos hacer algo. Esa noche a Julio los nervios lo traicionaron y Susana se quedó intentando que se le levantara la polla mientras Lorena y yo follábamos. Fue una experiencia sexual maravillosa, creo que para ella también lo fue, a partir de ese momento quedó una conexión especial entre nosotros. Lorena era una mujer exquisita, de un atractivo sexual de revista exótica y que cogía imparablemente.

—Y entonces… —dijo mordiéndose suavemente los labios—, ¿a qué has venido?

La miré a los ojos fijamente. No quería faltarle el respeto, pero mi intención tampoco era hacerle perder el tiempo, mi interés era saber si todavía había alguna atracción entre nosotros. No dijo nada y me acerqué, no se apartó y terminé tomándola de la cintura. La besé y me correspondió.

Lorena era magnifica, todo lo hacía bien, su lengua se desenvolvía mejor en mi boca que la mía propia. Tenía una magia que la hacía liderar gracias a su domino del sexo, pero no perdía el encanto de la mujer que desea ser sometida.

—Déjame cerrar el negocio —dijo.

Le tomé el cabello desde atrás y se lo alcé para dejarle el cuello libre, así se lo comencé a besar y mordí suavemente. Usé la otra mano para desenvolver la tela con la que cubría sus pechos, dejando libres sus pezones negros. Le comí las tetas, se las chupé como un niño mientras ella disfrutaba con una sonrisa en el rostro. Luego la tomé de la cintura y la monté sobre el mesón del local, pasé mis manos por sus muslos, subiendo por debajo de su falda de tiras y al hallar su tanga se la bajé, primero hasta las rodillas y luego hasta el tobillo. Le abrí las piernas y tomándola de la cintura la tiré hacia mí. Tenía mí miembro sobre su sexo. La besé en la boca y después le lamí los pechos.

—Mmmmmmm… —gimió cuando se la empujé hacia dentro.

Como la tenía sobre el mesón la vista que tenía al fondo daba al mar, por suerte esa parte de la playa estaba sola, ya que cualquiera que pasara frente al local o que quisiera haber ido a comprar una cocada iba a encontrarnos cogiendo como animales.

Para mí era como un sueño lo que estaba pasando, mi polla no paraba de humedecerse en su coño. Me hizo un candado con sus piernas y yo apoyé mis manos sobre su pecho, presionándole las tetas mientras no paraba de clavarla.

La primera vez que lo hicimos fue con el consentimiento de Julio, su pareja, y aunque él no pudo cogerse a mi mujer como yo sí a la suya, habíamos acordado entre todos no acabar adentro, pero esta vez no estaba Julio, era una infidelidad en toda la regla y últimamente lo prohibido se me estaba haciendo más apetecible, además, la pasión que había entre Lorena y yo, por breve y espontanea que fuera, tenía que sí o sí consumarse, así que me vine a cantaros en su interior mientras ella se retorcía locamente de placer.

Le saqué la verga, salió toda pegajosa y seguí corriéndome sobre su coño. La dejé toda embarrada y llena de semen, me había vaciado los huevos enteramente. Deslicé mi mano por sus pechos mientras ella aún disfrutaba de las sensaciones. Sin lugar a dudas Lorena era una mujer magnifica.

Me arrodillé y luego me senté en el suelo, ella se bajó del mesón, me vio y enseguida se sentó sobre mí.

—¿Qué te pasa? —me preguntó.

—Quería olvidar —dije.

—¿A Susana? —preguntó.

—Sí —mentí. No hacía falta explicarle que quería cogerme a mi madre.

Ella se acercó apoyando sus senos sobre mi pecho y me besó. Yo comencé a pasar mis manos por su espalda mientras me dejaba mimar por sus besos y por la presión de sus pechos.

Ahí nos quedamos un rato, juntos, muy juntos, disfrutando del contacto físico. Bajé mi mano por su espalda y con un dedo hurgué entre sus nalgas buscando acariciarle el ano. Sonrió del gusto y a mí se me comenzaba a animar el miembro nuevamente, quería más de Lorena, quería quedarme allí con ella para seguir disfrutando del placer de su carne suave y caliente, pero escuchamos unas voces acercarse.

Ella rápidamente se puso de pie y comenzó a vestirse. Yo me quedé sentado un momento más, respiré profundamente y supe entonces que me tenía que marchar.

—Martin… —me dijo antes de que me marchara—. Yo quiero mucho a Julio. Creo que lo mejor será que no nos volvamos a ver.

Guardé silencio y asentí con la cabeza, luego caminé hasta mi auto mientras fumaba un cigarrillo. Rememoré con gusto lo que acaba de pasar y comparaba el sexo salvaje, sudoroso y acelerado que habíamos tenido en la primera ocasión frente a nuestras parejas y ahora este sexo pasional que habíamos tenido en la intimidad que encontramos casi al aire libre y supe que con Lorena podría alcanzar la versatilidad sexual que tanto me gustaba, pero al mismo tiempo nuestra relación no podía ser, no tenía lugar, ya que se basaba exclusivamente en sexo.

Al llegar a la casa pasé y no vi a mi madre, supuse que estaba en su habitación y no quise molestarla. Subí por las escaleras a mi habitación y al mirar por la ventana la vi en bikini tomando el sol junto a la piscina. En ese momento confirmé que lo de Lorena no cambiaba nada, que había sido un excelente polvo y ya está, pero que allí no había nada más que buscar, ahora estaba seguro que sí me sentía atraído por mi madre, ya no había discusión, no era falta de sexo, era atracción sexual y morbo.

Me tumbé boca abajo en mi cama, estaba agotado, pero más o menos unos veinte minutos después escucho que mi madre sube a mi habitación.

—Martín… —dice tocando la puerta que estaba abierta—. No me has avisado, me di cuenta dque habías llegado porque vi el coche afuera. Pensé que íbamos a salir.

—Sí… —dije sin levantarme ni girarme—, lo lamento, es que llegué algo cansado.

—Entiendo… —me dijo—, bueno, entonces voy a tomar algo de sol en la piscina, ¿está bien?

—No hay ningún problema, mamá —respondí—, siéntete como en tu casa.

No dijo ni una palabra más y cerró la puerta al salir. Yo realmente comenzaba a tener algo de sueño y me quedé dormido. Al rato me desperté y revisé el móvil, tan solo había dormido unos cuarenta minutos, pero me sentía renovado.

Me puse de pie y miré por la ventana nuevmente. Mi madre se encontraba acostada boca abajo, pero esta vez estaba enteramente desnuda. El ángulo que tenía era perfecto para apreciarla. Tomé el móvil e hice algunas fotografías, en algunas de ellas hice zoom para obtener un primer plano de su trasero. A su edad se veía conservada, las piernas de mi madre y sus nalgas poco voluminosas, pero moderadamente firmes eran la viva imagen del pecado y la lujuria; la polla me palpitaba, me la saqué y me comencé a masturbar viéndola. ¿Lo estaría haciendo apropósito? Tenía que estarlo haciendo... incluso sí yo me encontraba dormido en mi habitación ella sabía que en cualquier momento podía bajar y encontrarla así o que podía verla desde aquí. Se estaba exhibiendo descaradamente, después de todo seguía con sus insinuaciones.

En ese momento sucedió algo que terminó por confirmar lo que estaba pensando, mi madre su puso de pie y caminó hacia el interior de la casa completamente desnuda, desde la ventana pude verla lucir sus pequeños pechos y su abdomen delgado.

Me encontraba sumamente excitado, sentía que el hecho de que estuviera desnuda en mi casa era un mensaje, me daba luz verde para bajar y hacerla mía. Fui al baño y me lavé la polla para remover cualquier vestigio de Lorena. Luego bajé las escaleras y caminé hacia la zona de la cocina.

Encontré a mi madre friendo algo en el sartén, no supe qué, la única prenda que tenía puesta era un delantal. Hipnotizado me quedé en silencio mirando sus nalgas.

Me acerqué a ella cuidadosamente, lo suficiente como para que no notara mi presencia y me dejé caer de rodillas.

—Ohhh —exclamó al sentir mis manos sobre su trasero.

Separé sus nalgas. Las tenía calientes a causa del sol.

—Oh, Martín, no, no, qué estás haciendo cariño, —dijo un poco estremecida.

Permanecí en silencio y atónito contemplé el rincón más secreto de su cuerpo. No pude evitarlo y le di una intensa lamida.

—Martín, espe… ooohhhhh… —dijo al sentir mi lengua húmeda sobre su ano—. Martín… hijo… ohhh… mmmmm…

—Seguramente nunca antes se lo han comido —pensé—, de igual forma yo lo iba hacer mejor que cualquier otro que se lo hubiera hecho.

—Ohhhhh… mmmmm… mmmm… —gemía ella.

Mordí con suavidad sus nalgas, se las separé y también se junté con mi rostro en ellas, le pasé la lengua de arriba abajo, al derecho y al revés. Lamía, mordía, chupaba y besaba toda la zona, cada rincón.

Una de mis manos fue a explorar adelante y después de sentir una leve capa de vellos comprobé que estaba sumamente humeda. Le introduje el dedo medio y anular hasta el fondo.

—Martiiín… Ahhhhhhh… mmmmm… Dios… mmm… que rico… mmmm… no puede ser… —dijo mientras juntaba sus piernas, presionando y atrapando mi mano.

Se vio en la obligación de apoyar sus manos en el mesón que tenía frente a ella por el placer que sentía. Noté que ella aún tenía reservas, pero al mismo tiempo notaba que de alguna manera no podía resistirse al placer que le estaba haciendo sentir. Eso me excitó aún más, ver que el goce que le proveía era aún más fuerte que cualquier oposición que ella pudiese tener.

Finalmente saqué mi rostro de sus nalgas y mis dedos de su coño.

—Oh, Martín, ah, creo que nos hemos pasado, cariño —dijo jadeante—, esto se nos fue de control.

Antes de que se moviera la sujeté de la cadera con ambas manos y la usé para apoyarme y ponerme de pie.

Hubo un momento de silencio. Ella estaba de espaldas a mí y se encontraba en la posición ideal.

—Martín… —dijo desconcertada mirando hacia atrás sobre su hombro al ver que mis manos permanecían fijas en sus caderas.

Yo ya la tenía afuera. Me vio a los ojos y supo que no había forma de detener lo que iba a pasar.

—Martín, hijo —dijo algo renuente—, ¿qué vas hacer?

De más está decir lo que pasó después. Le metí primero la punta.

—Mmmmm… —gimió mientras se mordía el labio inferior—, Martín… hijo…

No tardé en metérsela toda. Yo no me podía creer que tenía mi pene en el coño de mi madre. Entonces comencé a follarmela, tiraba de su cadera mientras la embestía.

—Ohhhhh… mmmmm… —gimió—. Dios, Martín… mmmmm… —dijo mientras luchaba con el placer que le provocaba mi polla—. Esto no está bien…

—Vamos, mamá, solo disfruta —le dije mientras se la hundía toda—, papá no dudó tanto cuando se fue con otra.

Fue algo manipulador de mi parte usar ese tema para intentar convencerla, pero surtió efecto.

—Mmmmm… está bien… está bien —dijo después de guardar silencio por un momento—. Pero vamos a la cama.

Se la saqué y la levanté en brazos y me la llevé a mi habitación. La tiré sobre la cama y luego me fui sobre ella.

Empezamos con el misionero, posición en la que aproveché para comerle toda la boca, luego le abrí bien las piernas y le comencé a dar con todo lo que tenía, gotas de sudor corrían por mi frente y mi espalda mientras se la clavaba como una estaca. Luego pasé a tener sus piernas sobre mis hombros, me volvía loco el rostro emputecido que ponía.

—Oh, Martín, cariño, ah, ah, ah… Mmmmm…

Cuando sentí que ya la había hecho gozar lo suficiente asumí que no había ningún problema en hacerlo y me derramé en su interior. Fue todo tan natural, tan brutalmente erótico, tan animal… habíamos sido consumidos por el instinto y el impulso sexual.

Nos quedamos abrazados en silencio durante una hora y media más o menos, ella reposando su cabeza sobre mi pecho y yo le había dejado un dedo metido entre las nalgas, rosando la superficie de su ano. Cuando sentí que había recuperado el ánimo y volví a tener una erección, ella me miró a los ojos y se acomodó para recibirme de nuevo y lo hicimos una vez más, empezamos de misionero, luego la puse de espaldas y de rodilla y finalmente regresamos al misionero, era todo muy intenso, me hundí en ella como nunca me había hundido en una mujer, o por lo menos así se sintió, pasé mis labios, lengua y dientes por todo su cuerpo y eso a ella le encantó casi tanto como a mí que me sujetara fuertemente el trasero mientras se la enterraba, acabé sobre su abdomen esta vez. Luego nos quedamos dormidos.

La mañana siguiente despertamos en mi cama, nos encontrábamos los dos desnudos, habíamos pasado toda la noche abrazados.

—Buenos días —me dijo tímidamente.

—Buenos días —respondí y le di un beso en la frente—. Mamá, lo de anoche… lo de anoche fue increíble.

—Hacía tiempo no experimentaba algo como eso —me dijo.

—Sí... yo creo que nunca había experimentado algo como eso —confesé—, ha sido espectacular.

Guardó silencio y comenzó a masajearme la polla, lo hacía hacia abajo, amasándome un poco los huevos también. Rápidamente se me fue endureciendo.

Se quitó de mi pecho. Pensé que me iba a montar, pero se fue sobre mi polla.

—Oh… mierda… —dije al sentir su lengua deslizarse por mi miembro.

Buscaba mirarme a los ojos mientras se devoraba entera mi polla, con lamidas y succiones a mis huevos incluidos.

—Ahhhh… ahhh… —gemí.

No aguantaba el placer y me vine mientras me la jalaba. Bajó el ritmo y me presionaba la polla mientras veía gratamente como el semen se deslizaba por mi miembro. Luego se acercó y nos dimos un breve beso.

—Voy hacer el desayuno —dijo levantándose de la cama.

Al rato bajé y desayunamos juntos. Ella se había puesto la braguita de hilo color blanco que habíamos comprado en la boutique y llevaba el pecho descubierto. Yo no paraba de mirar sus tetas, pequeñas, pero seductoras, había chupado locamente esos pezones en la noche, los mismos que de niño me amamantaron y que ahora sentía el deseo de volver a tener en la boca.

—¿Te puedo chupar las tetas? —me sentí en la necesidad de preguntar.

Soltó una risilla.

—¿Qué pasa? —pregunté—, ¿es que acaso no puedo? —dije sin entender su reacción.

—Claro que puedes —dijo—, es solo que es extraño que me pidas permiso. Te costó dejarla, cuando eras un crio no te importaba dónde, con quién o qué estuviera haciendo, me sacabas los senos y los llevabas a tu boca, ¿no lo recuerdas?

—Sinceramente no —dije—. ¿Eso te excitaba?

—Bueno… —respondió un poco pensativa—. Debo admitir que a veces lo hacía.

Sonreí.

—Pero eso era cuando era un niño —le dije.

—Anoche también lo hiciste —dijo—, tampoco tuviste problema para comerme el coño o el culo.

—Es verdad —respondí.

Se tumbó en el suelo y yo me acosté a su lado y comencé a comerle el pecho.

Durante dos meses la casa se convirtió una especie de domicilio conyugal, uno que en el que pasábamos largas jornadas y en el cual nos permitíamos andar desnudos para disfrutar lo más que pudiéramos de la vista de nuestros cuerpos, tocarnos, decirnos cualquier cosa sin moralismo y disfrutar uno del otro; duchas conjuntas que casi siempre terminaban en masturbaciones o empotramientos contra la esquina del baño mientras el agua corría, masajes de pies a los que le sucedían besos en los dedos y que terminaban en comidas de coño, momentos en los que ella hacía el almuerzo y yo como la primera vez iba por detrás y le abría las nalgas para devorarle el culo. Nos entregábamos enteramente uno al otro sabiendo que eso no duraría para siempre, dábamos largos paseos por la playa como si fuéramos una pareja, a mí no me importaba que alguien pudiera vernos y le sujetaba el trasero, eso nos excitaba y nos metíamos al mar y lo hacíamos abrazados; cenábamos en restaurantes, tuvimos charlas en las que hablamos sobre sexo, sobre la vida, sobre la forma que le íbamos a dar a nuestra relación, lo hacíamos casi todas las noches y dormíamos juntos. Esas semanas tuve con mi madre el mejor sexo de mi vida y la relación más íntima, acumulamos muchos momentos juntos para el recuerdo.

Luego ella se marchó de nuevo a la ciudad, nos escribíamos todos los días y yo iba a visitarla en los días festivos. Nos veíamos como queriendo repetir lo que en esos meses había pasado, pero habíamos acordado que no volvería a pasar y así fue, al final con el tiempo el deseo fue muriendo, pero nos quedó una muy buena relación madre e hijo.

Conocí a una mujer después, una hermosa chica llamada Claudia que terminó siendo muy diferente a mi madre, tuvimos un par de hijos juntos. Nos mudamos y ahora vivo con ella felizmente. Sin embargo, después de todo lo ocurrido, en ocasiones cuando vemos a mi madre con motivo de alguna festividad o vacaciones, ella y yo solemos tener siempre un roce o mirada cómplice, un toqué que parece casual, un momento en el que nos tocamos un poco inapropiadamente y de forma disimulada. A veces creo que algo entre nosotros puede volver a pasar, que solo estamos esperando el momento y el lugar adecuado para ceder y ensartar su cuerpo al mio como en aquellos días apasionados que pasamos juntos.
 
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