davidlopez7207
Virgen
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CAPÍTULO 1: LA LLAMADA QUE LO CAMBIA TODO
POV RACHEL
El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina justo cuando estaba terminando de dar de mamar a Mateo. Tenía la blusa completamente abierta, uno de mis senos pesados todavía al aire, con una gota espesa de leche materna escurriendo por el pezón oscuro e hinchado. El bebé se había dormido pegado a mí, con la boquita llena de leche y la respiración tranquila.
Miré la pantalla y sentí que el corazón se me subía a la garganta.
Sergio Müller.
Ese nombre que no había visto en casi dos años. Dos años en los que me había esforzado por ser solo Rachel López: esposa, madre, agente de seguros y creadora de contenido “bonito” para Instagram. Dos años intentando convencerme de que había dejado atrás a la puta sumisa que él había creado.
Pero mi cuerpo nunca olvidó.
Solo con ver su nombre ya se me contrajo el vientre y sentí cómo la concha se me empapaba de golpe. Mis pezones, siempre sensibles por la lactancia, se pusieron duros como piedras. Traicioneros. Asquerosamente traicioneros.
Contesté casi en un susurro.
—¿Hola?
—Rachel… —Esa voz grave, profunda, con ese acento alemán tan marcado y frío que me erizaba la piel—. Por fin contestas. Pensé que tal vez habías borrado mi número.
Se me aflojaron las rodillas. Solo escuchar cómo pronunciaba mi nombre ya me transportaba de vuelta a todas las veces que me había tenido de rodillas, llorando, suplicando y corriéndome como una perra mientras me repetía que era suya.
—Sergio… ¿qué quieres? —pregunté, aunque la voz me salió temblorosa y débil.
Escuché su risa baja al otro lado de la línea, esa risa controlada que siempre significaba que ya había tomado una decisión y yo solo estaba ahí para obedecer.
—Estoy en el aeropuerto de Frankfurt. En menos de veinticuatro horas estaré en Monterrey. Esta vez no es una visita… Me mudo definitivamente a la ciudad. Compré un departamento en San Pedro. Muy cerca de tu casa, Rachel.
Se me escapó un gemido ahogado. Mateo se removió un poco contra mi pecho y apreté los muslos con fuerza. Sentía la tanga completamente empapada, pegada a mis labios hinchados. La leche me empezó a bajar otra vez de pura excitación.
—¿Estás sola? —preguntó con ese tono que no admitía mentiras.
—Isaías está en su oficina… trabajando —susurré—. Mateo se acaba de dormir en mis brazos.
—Perfecto. Quiero que hagas algo por mí ahora mismo.
Cerré los ojos con fuerza. Ahí estaba otra vez. Ese poder absoluto. Ese dominio natural que había ejercido sobre mí desde que yo tenía dieciocho años. Diecisiete años de entrenarme, de romperme, de convertirme en su juguete favorito.
—Quiero que te toques mientras hablamos —ordenó con calma—. Métete los dedos en esa concha de madre lactante que tienes y dime exactamente qué tan mojada estás solo por escuchar mi voz.
—Sergio… por favor… —supliqué bajito, pero mi mano libre ya bajaba por mi vientre. Aparté la tanga a un lado con dedos temblorosos. Estaba chorreando. Literalmente chorreando. El olor fuerte de mi excitación se mezclaba con el dulce olor de la leche que todavía tenía en los senos.
—Está… está empapada —gemí con vergüenza mientras metía dos dedos de golpe—. No puedo creer que todavía me pongas así… después de tanto tiempo.
—Claro que te pongo así. Porque en el fondo nunca dejaste de ser mi puta, Rachel. Por más que te hayas casado con ese cornudito insignificante, por más que hayas parido y ahora le des de mamar a ese niño… tu coño sigue reaccionando solo para mí. ¿Verdad?
—Sí… —jadeé mientras mis dedos entraban y salían cada vez más rápido. Mis tetas pesadas se movían con cada respiración agitada, dejando escapar más leche que me corría por el abdomen—. Me da miedo… me da un miedo horrible que vengas a vivir aquí. Sé lo que vas a hacerme. Sé que vas a humillarme, que vas a corromperme otra vez, que vas a obligarme a hacer cosas asquerosas mientras soy madre… Pero al mismo tiempo… estoy tan excitada que me tiemblan las piernas. Quiero que vengas. Necesito que vengas. Necesito que me recuerdes qué puta tan asquerosa soy cuando estoy contigo.
Se quedó callado unos segundos, solo escuchando mis gemidos y el sonido húmedo y obsceno de mis dedos follándome en la cocina.
—Muy bien —dijo finalmente, con evidente satisfacción en la voz—. Esa es mi Rachel. Cuando llegue mañana, quiero que estés lista. Quiero que tengas puesto el plug anal más grande que te regalé. El de acero. Y quiero que le des de mamar a tu hijo con mi semen todavía caliente dentro de tu coño y de tu culo. ¿Queda claro?
—Sí, señor… —susurré, y el orgasmo me atravesó como un rayo.
Me corrí con fuerza, mordiéndome el labio hasta casi hacerlo sangrar para no gritar. Mis paredes se apretaron violentamente alrededor de mis dedos mientras imaginaba todo lo que se venía: las mentiras, la humillación constante, el riesgo de que Isaías descubriera todo… y lo mucho que eso me excitaba.
Cuando colgué la llamada, me quedé sentada en la silla de la cocina, con las piernas abiertas, la tanga destrozada de lo mojada que estaba y leche escurriéndome por ambos senos.
Isaías estaba a solo unos metros, en su oficina, probablemente concentrado en su código sin tener la menor idea de que su esposa acababa de correrse como una perra solo con escuchar la voz del alemán que la había arruinado para siempre.
Y yo… yo ya estaba contando las horas para que Sergio Müller regresara a destruirme.
CAPÍTULO 2: EL OLOR DE LA TRAICIÓN
POV ISAÍAS
Estaba sentado frente a mi segundo monitor, revisando el mismo código por tercera vez sin entender ni madres. No podía concentrarme. Desde hace rato escuchaba la voz baja de Rachel en la cocina, ese tono que usa cuando no quiere que yo escuche.
Y entonces lo oí.
—Sergio… ¿qué quieres?
Se me heló la sangre. Ese nombre. Ese puto nombre que no había escuchado en casi dos años. Sergio Müller. El alemán. El hijo de la chingada que se había cogido a mi esposa desde que ella tenía dieciocho años.
Me quité los audífonos lentamente. Mi verga ya estaba empezando a cobrar vida dentro del pantalón de la pijama. Pinche traicionera.
Me levanté sin hacer ruido y caminé descalzo hasta la puerta de la cocina, que estaba entreabierta. Desde ahí podía verla.
Rachel estaba sentada en una de las sillas, con Mateo dormido en sus brazos. La blusa abierta de par en par, sus tetas grandes y pesadas al aire, todavía chorreando leche. Una de sus manos estaba entre sus piernas, moviéndose rápido. La tanga negra la tenía corrida a un lado y podía ver claramente cómo se metía dos dedos hasta el fondo mientras gemía bajito.
—Está… está empapada… No puedo creer que todavía me pongas así…
Escuché la voz grave del alemán a través del altavoz del teléfono. Ese acento frío y autoritario que siempre me había hecho sentir insignificante.
—Porque en el fondo nunca dejaste de ser mi puta, Rachel.
Sentí que me dolió el pecho y, al mismo tiempo, mi verga dio un brinco tan fuerte que casi me duele. Estaba completamente erecta. Empecé a respirar por la boca como un perro. El corazón me latía en la garganta.
Ella siguió hablando, con la voz rota de placer:
—Me da miedo… me da un miedo horrible que vengas a vivir aquí. Sé que vas a humillarme, que vas a corromperme otra vez… Pero al mismo tiempo… estoy tan excitada que me tiemblan las piernas. Quiero que vengas. Necesito que vengas…
Cuando dijo “señor” y se corrió, tuve que agarrarme del marco de la puerta. Rachel se mordió el labio con fuerza mientras su cuerpo se sacudía. Sus tetas se movían pesadas, soltando chorros finos de leche que le corrían por la panza. El sonido de su concha mojada era asquerosamente audible incluso desde donde yo estaba.
Colgó la llamada y se quedó ahí, con las piernas abiertas, la cara roja y la tanga completamente destruida de lo empapada que estaba. Se veía tan puta. Tan jodidamente hermosa siendo la puta de otro hombre.
No pude resistirme.
Esperé a que se levantara, se limpiara un poco con una servilleta de papel y llevara a Mateo a la habitación. En cuanto desapareció por el pasillo, entré a la cocina como un ladrón.
Ahí estaban.
Tiradas en el suelo, junto a la silla. Sus bragas negras. Las levanté con manos temblorosas. Estaban calientes. Empapadas. El olor era brutal: una mezcla espesa de su excitación, leche materna y ese aroma dulce y sucio que tiene su concha cuando está realmente cachonda.
Me las llevé a la nariz y aspiré como un degenerado. Mi verga palpitaba dolorosamente. Olí profundo, saboreando el olor de su traición. El olor de que mi esposa acababa de correrse pensando en el alemán de 57 años que pronto viviría a unas cuadras de nosotros.
“Me da miedo… pero estoy tan excitada…”
Sus palabras me retumbaban en la cabeza mientras me bajaba la pijama y empezaba a jalármela ahí mismo, en medio de la cocina, con sus bragas pegadas a mi cara.
Imaginaba todo. Imaginaba a Sergio llegando mañana, imaginaba cómo le iba a meter ese plug enorme en el culo, cómo la iba a hacer amamantar a Mateo con la verga del alemán recién corrida dentro de ella. Imaginaba a Rachel de rodillas, con las tetas llenas de leche, llamándolo “señor” mientras él la trataba como la puta que siempre había sido.
Estaba a punto de correrme cuando escuché sus pasos regresando por el pasillo.
Rápidamente metí las bragas en el bolsillo de mi pantalón y me subí la pijama. Todavía tenía la verga dura cuando Rachel entró a la cocina, ahora con una blusa limpia, aunque sus pezones seguían marcándose obscenamente contra la tela.
Me miró extrañada.
—¿Estás bien, amor? Te ves… raro.
La miré a los ojos. Tenía las mejillas todavía sonrojadas del orgasmo. Olía a sexo. A leche. A traición.
Por un segundo pensé en confrontarla. En gritarle que sabía que ese hijo de puta regresaba, que la había escuchado correrse como una perra mientras hablaba con él. Pero entonces sentí el peso de sus bragas empapadas en mi bolsillo… y la verga me dio otro latigazo.
No dije nada.
Solo sonreí como un idiota y respondí:
—Todo bien, mi vida. Solo… estaba pensando en lo mucho que te quiero.
Rachel me devolvió una sonrisa nerviosa. Sabía que algo no estaba bien. Pero yo ya había tomado mi decisión.
Iba a guardar silencio.
Iba a dejar que el alemán regresara y destruyera lo poco que quedaba de nuestra vida “normal”. Iba a quedarme callado mientras él convertía a mi esposa en su puta personal otra vez.
Y lo peor de todo…
Es que ya estaba desesperado porque eso empezara lo antes posible.
CAPÍTULO 3: EL REGRESO DEL AMO
POV SERGIO
El aire de Monterrey era más caliente y húmedo de lo que recordaba. Bajé del coche negro que había rentado en el aeropuerto y miré la casa desde la acera. Una típica casa familiar de clase media en San Pedro. Perfecta. Discreta. El escenario ideal para lo que tenía planeado.
Llevaba un traje gris oscuro hecho a medida. A mis 57 años todavía mantenía una presencia imponente. Sabía exactamente el efecto que causaba. Toqué el timbre una sola vez.
Isaías abrió la puerta. El pobre diablo intentó disimularlo, pero vi el destello de miedo y excitación en sus ojos. Era más débil de lo que recordaba.
—Señor Müller… —dijo con voz temblorosa—. Bienvenido. Pase, por favor.
Sonreí con frialdad y le extendí la mano. La suya estaba sudada.
—Isaías. Cuánto tiempo. Veo que sigues trabajando desde casa. Qué conveniente.
Entré sin esperar invitación. El olor de la casa era una mezcla de comida casera, leche de bebé y ese aroma inconfundible de Rachel. Mi polla dio un leve latido dentro del pantalón solo con percibirlo.
Y entonces apareció ella.
Rachel López entró desde la cocina con Mateo en brazos. Estaba vestida como la buena madre y esposa que fingía ser: blusa blanca abotonada hasta arriba, jeans ajustados que marcaban sus caderas ensanchadas por el embarazo y el cabello recogido en una coleta. Pero sus ojos… sus ojos me delataban. Pupilas dilatadas. Respiración ligeramente agitada. Los pezones se le marcaban claramente contra la tela a pesar de que intentaba disimularlo con un brasier especial para lactancia.
—Sergio… —dijo en voz baja, casi reverente.
—Rachel —respondí con mi acento alemán marcado, sin acercarme todavía—. Has cambiado. Las caderas más anchas. Los senos más llenos. La maternidad te queda bien… aunque ambos sabemos que no es lo único que te llena ahora.
Vi cómo tragaba saliva. Isaías estaba parado a un lado, incómodo, sin saber dónde meter las manos. Perfecto.
—Sentémonos —ordené suavemente, señalando la sala—. No hay necesidad de formalidades. Soy un viejo amigo de la familia, ¿no es así?
Nos sentamos. Rachel frente a mí, con Mateo dormido contra su pecho. Isaías a mi izquierda, como un perro esperando instrucciones.
Empecé de forma sutil, midiendo a ambos.
—Rachel, quiero que te desabotonen los dos primeros botones de la blusa —dije con voz calmada, casi casual, como si estuviera pidiendo un café.
Ella se quedó congelada por un segundo. Miró de reojo a Isaías, quien había palidecido visiblemente. Aun así, sus dedos temblorosos subieron hasta su blusa y desabotonó los dos primeros botones. La curva superior de sus senos pesados quedó a la vista, junto con el borde del brasier lleno de leche.
—Muy bien —dije sin alterar la voz—. Así está mejor. No me gusta que te escondas de mí.
Isaías apretó los puños sobre sus rodillas, pero no dijo nada. Solo respiraba más rápido. Su verga estaba dura, se le notaba el bulto en el pantalón de algodón. Interesante. Más débil de lo que imaginaba.
—Rachel —continué—, desde hoy quiero que uses plug todos los días. El más grande que te di. Lo quiero dentro de ti desde que te levantas hasta que te acuestas. ¿Entendido?
—Sí, señor —susurró ella, con la voz rota. Sus mejillas ardían de vergüenza.
Isaías soltó un pequeño sonido ahogado, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Aun así, no intervino. Solo miró al suelo, con la cara roja y la respiración entrecortada.
Sonreí por dentro. Este cornudo no solo lo iba a permitir… lo iba a disfrutar.
—Además —seguí, mirando directamente a Rachel mientras hablaba—, quiero que cada noche me mandes una foto de tus senos llenos de leche antes de dormir. Y otra foto después de sacarte leche, mostrando cómo gotean. Sin excepción. Si no cumples, sabré que has olvidado a quién perteneces.
Rachel asintió lentamente. Sus muslos se apretaban uno contra el otro. Sabía que estaba mojada. Muy mojada.
Me giré hacia Isaías, estudiándolo con calma.
—Isaías… tú eres un hombre inteligente. Programador, ¿correcto? Entonces entenderás esto muy bien: yo no vengo a destruir tu matrimonio. Solo vengo a recordarles a ambos su verdadero lugar. Si tienes algún problema con esto… ahora es el momento de hablar.
El silencio que siguió fue delicioso. Isaías abrió y cerró la boca varias veces. Finalmente, con voz apenas audible, murmuró:
—No… no tengo problema, señor Müller.
Lo llamé “señor”. Excelente. Ya estaba empezando a quebrarse.
—Muy bien —dije poniéndome de pie—. Entonces todo está claro. Rachel, acompáñame a la puerta.
Ella se levantó obedientemente, todavía con Mateo en brazos. La seguí hasta la entrada, dejando a Isaías sentado en la sala como un mueble.
Cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que él no escuchara con claridad, me acerqué a su oído y le hablé en voz baja y grave:
—Mañana quiero que vengas a mi departamento a las 11 de la mañana. Sin el bebé. Sin excusas. Trae el plug puesto y sin bragas. Voy a empezar a recordarte cómo se siente ser mía de verdad. ¿Está claro?
—Sí, señor —respondió con un hilo de voz, casi temblando.
Le rocé apenas el dorso de la mano con dos dedos. Un toque mínimo. Suficiente para que se le pusiera la piel de gallina.
—Bienvenida de nuevo, mi puta.
Me di la vuelta y salí de la casa sin mirar atrás.
Mientras caminaba hacia el coche, sonreí con genuina satisfacción.
El alemán había regresado.
Y tanto la madre lactante como su cornudo esposo ya estaban exactamente donde yo quería que estuvieran.
CAPÍTULO 4: LA PRIMERA GRABACIÓN
POV RACHEL
Llegué al departamento de Sergio a las 10:55 a.m. puntual, como la puta bien entrenada que soy. El plug anal más grande que me había regalado años atrás ya estaba bien enterrado en mi culo desde las siete de la mañana. Cada paso que daba me recordaba su presencia: una presión fría, pesada y constante que me hacía apretar los dientes.
No traía bragas. Tal como él lo había ordenado.
El vestido negro que llevaba era sencillo por fuera, pero por dentro estaba hecha un desastre. Mis senos estaban tan llenos de leche que me dolían. Tenía los pezones sensibles y húmedos; ya había empezado a filtrar un poco dentro del brasier especial. La concha me palpitaba desde que me desperté.
Toqué el timbre del departamento en San Pedro. Sergio abrió casi de inmediato.
—Puntual. Buena puta —dijo con esa voz grave y acento alemán que me desarmaba.
Cerró la puerta detrás de mí y, sin darme tiempo a saludar, me empujó contra la pared del pasillo. Su mano grande subió directamente por debajo de mi vestido y sus dedos gruesos tocaron mi concha desnuda.
—Joder, Rachel… estás chorreando —gruñó contra mi oído—. Dos años fuera y sigues siendo una puta fácil.
Gemí cuando metió dos dedos de golpe dentro de mí. Mis rodillas se aflojaron. Me sostuvo con el otro brazo mientras me follaba con los dedos sin piedad, haciendo que el plug en mi culo se moviera con cada embestida.
—Quítate el vestido. Ahora.
Me desnudé con manos temblorosas. En menos de diez segundos estaba completamente desnuda frente a él, solo con el plug metálico brillando entre mis nalgas y leche comenzando a gotear de mis pezones.
Sergio sacó su teléfono y lo colocó en un trípode que ya tenía preparado en la sala. Apuntó la cámara directamente hacia el centro de la habitación.
—Hoy vamos a hacer una grabación especial, Rachel. Esta primera sesión se la voy a mandar a tu marido esta misma noche. Quiero que Isaías vea exactamente en qué te conviertes cuando estás conmigo.
Se me contrajo el estómago de pura vergüenza y excitación. Saber que Isaías iba a ver esto… que iba a ver cómo su esposa se convertía en una puta asquerosa para un hombre de 57 años… me puso todavía más cachonda.
—Arrodíllate.
Me puse de rodillas en el piso de la sala. Sergio se abrió el pantalón y sacó su verga gruesa y venosa. Ya estaba medio dura. Ese olor tan familiar me golpeó como un mazazo.
—Primero vas a chupármela como la puta que eres. Mira a la cámara mientras lo haces. Quiero que tu marido vea tu cara de degenerada.
Tomé su verga con ambas manos y la metí en mi boca. Empecé a chupar con hambre, lamiendo desde los huevos hasta la cabeza, babeando sin control. Sergio agarró mi coleta con fuerza y empezó a follarme la boca con embestidas profundas.
—Así… trágatela toda, Rachel. Muéstrale a Isaías cómo te gusta que te usen.
Las lágrimas me corrían por las mejillas mientras me atragantaba con su polla. Mis tetas pesadas se movían de un lado a otro, salpicando gotas de leche al piso. Sergio lo notó y sonrió con crueldad.
—Estás perdiendo mucha leche, puta. Ordéñate mientras me chupas.
Sin sacarme la verga de la boca, llevé mis manos a mis senos y empecé a apretarlos. Chorros fuertes de leche materna salían disparados de mis pezones, cayendo sobre mis muslos y sobre el piso. El sonido húmedo de la leche salpicando se mezclaba con los sonidos obscenos de mi garganta siendo follada.
Sergio gemía de placer.
—Mírate… una madre de 35 años, casada, con un bebé de ocho meses en casa… arrodillada, chorreando leche y tragándose la verga de otro hombre. Esto es lo que realmente eres.
Me sacó la polla de la boca y me dio una cachetada suave pero firme.
—Ahora quiero que te pongas en cuatro patas. Cara a la cámara. Voy a follarte el coño mientras tienes el plug en el culo.
Me coloqué como me ordenó, con el culo en pompa hacia la cámara. Sergio se colocó detrás de mí y, de un solo empujón, me metió toda su verga hasta el fondo. Grité de placer.
—¡Ahhh! ¡Puta madre!
Empezó a cogerme con fuerza. Cada embestida hacía que el plug en mi culo se moviera y que mis tetas colgaran pesadas, soltando leche con cada golpe. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación.
—Dilo para la cámara —ordenó sin dejar de cogerme—. Dile a tu marido lo que eres.
—Soy… soy una puta —gemí entre embestidas—. Soy la puta de Sergio… Me encanta que me coja mientras mi marido está en casa cuidando a nuestro hijo… ¡Ahh! ¡Me corro!
El orgasmo me golpeó tan fuerte que casi me caigo. Mi concha se contrajo violentamente alrededor de su verga mientras chorros de leche salían disparados de mis tetas. Sergio no se detuvo. Siguió follándome más duro, agarrándome del cabello.
—Esto es solo el principio, Rachel. Voy a grabarte cada vez que te use. Y tu cornudo marido va a ver absolutamente todo.
Después de correrme por segunda vez, Sergio sacó su verga y me ordenó que abriera la boca. Se corrió con fuerza sobre mi lengua y mi cara, pintándome con semen espeso y caliente. Parte del semen cayó sobre mis senos llenos de leche.
Se acercó al teléfono, lo tomó y grabó un close-up de mi cara cubierta de semen, con leche escurriendo de mis tetas y el plug todavía metido en mi culo.
—Sonríe a la cámara, puta. Dile a Isaías que lo quieres.
Miré directamente al lente, con semen escurriéndome por la barbilla y dije con voz ronca:
—Te amo, mi amor… pero necesito esto. Necesito que Sergio me use como la puta que soy.
Sergio detuvo la grabación y me miró con esa sonrisa fría y satisfecha.
—Esta noche tu marido va a recibir este video. Y tú vas a estar en casa cuando lo vea.
Me quedé de rodillas, temblando, chorreando leche, semen y mis propios jugos.
El control ya no era sutil.
Y lo peor… es que yo ya no quería que lo fuera.
CAPÍTULO 5: EL VIDEO
POV ISAÍAS
Eran las 9:47 de la noche.
Rachel estaba en la habitación de Mateo, dándole de mamar antes de dormir. La escuchaba cantarle bajito, como la madre perfecta que fingía ser. Yo estaba sentado en la sala, con el celular en la mano y el corazón latiéndome como si quisiera salirse del pecho.
El mensaje de Sergio llegó sin aviso.
Sergio Müller:
[Video adjunto - 14:32 minutos]
“Míralo completo. Sin pausas. Cuando termines, quiero que me escribas.”
Solo eso.
Sabía lo que era. Lo supe desde que vi el thumbnail: Rachel arrodillada, con la boca abierta y los ojos llorosos. Mis manos temblaban tanto que casi se me cayó el teléfono.
Me puse los audífonos, bajé el brillo de la pantalla al mínimo y le di play.
Lo primero que vi fue a mi esposa completamente desnuda en el departamento de Sergio, solo con un plug metálico brillando en su culo. Sus tetas estaban enormes, hinchadas de leche, con los pezones rojos y goteando. Se veía tan puta… tan jodidamente puta.
Sergio le metió la verga en la boca y empezó a cogérsela sin piedad. Rachel babeaba, se ahogaba, pero no se quitaba. Al contrario, gemía como una perra en celo. La cámara estaba perfectamente colocada. Se le veía todo: la cara, las lágrimas, la leche escurriendo de sus tetas cada vez que él le empujaba la cabeza.
—Muéstrale a Isaías cómo te gusta que te usen —se escuchaba la voz grave de Sergio con su acento alemán.
Y Rachel, mirándome directamente a través de la cámara mientras le follaban la garganta, empezó a ordeñarse las tetas. Chorros fuertes de leche salían disparados, salpicando el piso. Mi verga estaba tan dura que me dolía.
Me bajé los pantalones ahí mismo en la sala, con mi esposa y mi hijo a solo unos metros. Saqué mi polla tiesa y empecé a jalármela con desesperación mientras veía cómo Sergio ponía a Rachel en cuatro patas.
El sonido era brutal.
El golpe de su pelvis contra el culo de ella. El plug moviéndose con cada embestida. Los gemidos ahogados de Rachel. La leche salpicando. Y sus palabras… sus putas palabras:
—Soy la puta de Sergio… Me encanta que me coja mientras mi marido está en casa cuidando a nuestro hijo…
Me corrí.
Me corrí tan fuerte que tuve que taparme la boca con la mano para no gemir. El semen me salió a chorros, salpicándome la panza, el pecho y hasta el cuello de la camisa. Pero no me detuve. Seguí jalándomela mientras veía cómo Sergio le descargaba toda su leche en la cara y en las tetas de mi esposa.
Rachel miró a la cámara, con semen escurriéndole por la barbilla y los labios, y dijo con voz rota:
—Te amo, mi amor… pero necesito esto. Necesito que Sergio me use como la puta que soy.
El video terminó.
Me quedé ahí, jadeando, cubierto de mi propio semen, con la verga todavía medio dura y el corazón a mil. Nunca en mi vida había sentido algo tan fuerte. Era humillación pura, asquerosa, deliciosa. Mi esposa, la madre de mi hijo, convertida en una puta lactante para un alemán de 57 años.
Y yo… yo estaba completamente enganchado.
Escuché que Rachel salía de la habitación de Mateo. Rápidamente me limpié con la camisa, me subí los pantalones y abrí el chat con Sergio. Mis dedos temblaban mientras escribía.
Isaías:
Señor Müller… acabo de ver el video completo.
Nunca había gozado tanto en mi puta vida.
Nunca.
Gracias por usarla así.
Gracias por grabarlo.
Puede hacer con ella lo que quiera.
Estoy dispuesto a todo.
Enviar.
Me quedé mirando la pantalla, con el semen todavía pegajoso en mi piel y el olor de mi corrida en el aire.
Rachel entró a la sala unos segundos después. Se había puesto una camisola ligera. Se le marcaban claramente los pezones húmedos. Me miró con cara de preocupación.
—¿Estás bien, amor? Te ves… sudado.
Sonreí como un idiota, todavía con el teléfono en la mano y el chat con Sergio abierto.
—Todo bien, mi vida —respondí con la voz ronca—. Solo estaba… viendo un video.
Ella palideció un poco. Sabía exactamente cuál video era. Aun así, no dijo nada. Solo asintió y se fue a la cocina.
Miré de nuevo el chat. Sergio ya había leído mi mensaje.
Sergio Müller:
Buen cornudo.
Mañana te enviaré el siguiente.
Esta vez será más duro.
Sentí que se me volvía a poner dura solo de leerlo.
Rachel estaba lavando los trastes como si nada, moviéndose con cuidado porque todavía traía el plug puesto. Yo me quedé sentado en la sala, oliendo mi propio semen seco en la camisa, sabiendo que mi esposa ya no era solo mía.
Y nunca me había sentido más vivo.
CAPÍTULO 6: EL CORNUDO EN ACCIÓN
POV SERGIO
Llegué a la casa a las 8:15 de la noche. No avisé. No hacía falta. Sabía que ambos estarían esperándome.
Rachel me abrió la puerta. Llevaba una bata ligera de algodón que apenas le cubría los muslos. Se le notaban los pezones hinchados contra la tela; ya estaba produciendo leche otra vez. Sus ojos estaban bajos, sumisos. Perfecta.
—Buenas noches, señor —murmuró.
Entré sin decir una palabra. Isaías estaba de pie en la sala, nervioso, con las manos metidas en los bolsillos de su pants. Se le marcaba claramente el bulto. El muy imbécil ya estaba duro solo de saber que yo venía.
—Buenas noches, cornudo —le dije con mi acento marcado, cerrando la puerta detrás de mí—. Hoy vas a aprender algo importante. Siéntate en el sillón y no te muevas hasta que yo te diga.
Isaías obedeció de inmediato. Se sentó con las manos sobre las rodillas, respirando agitado.
Miré a Rachel.
—Quítate la bata. Despacio. Quiero que tu marido vea bien lo que le pertenece a otro hombre.
Rachel dejó caer la bata al piso. Estaba completamente desnuda debajo. El plug grande de acero brillaba entre sus nalgas redondas y anchas. Sus tetas pesadas colgaban llenas de leche, con gotas gruesas ya formándose en las puntas de sus pezones oscuros. Su concha estaba hinchada, brillante de humedad.
—Isaías —dije sin dejar de mirar a su esposa—, mírala bien. Mira cómo se le escurren las tetas solo porque estoy aquí. Esta puta ya no te pertenece. Pero hoy voy a darte el privilegio de cogértela… mientras yo miro.
Isaías tragó saliva con fuerza. Su verga dio un salto visible dentro del pantalón.
—Rachel, ponte en cuatro patas en el sofá, frente a tu marido. Abre bien las piernas. Quiero que vea cómo te chorrean los jugos.
Ella obedeció sin protestar. Se colocó en el sillón grande, con las rodillas abiertas y el culo en pompa, apuntando directamente hacia donde estaba sentado su esposo. El plug anal se veía obsceno entre sus cachetes. Su concha estaba completamente expuesta, rosada, hinchada y goteando.
—Ahora, Isaías —ordené con voz calmada pero firme—, sácala. Quiero ver esa verga de cornudo que tienes.
Con manos temblorosas, Isaías se bajó el pants. Su polla saltó libre. No era grande, pero estaba durísima, morada, con una gota de precum en la punta. Patético y excitante al mismo tiempo.
—Acércate y métésela. Ahora.
Isaías se levantó y se colocó detrás de su esposa. Cuando puso la cabeza de su verga en la entrada de Rachel, ella soltó un gemido bajo. Él empujó y se la metió de un solo golpe hasta el fondo.
—Más lento —le ordené—. Quiero que sientas cada centímetro de la concha que yo he estado entrenando durante diecisiete años.
Isaías empezó a moverse con embestidas torpes, casi desesperadas. Rachel gemía bajito, pero no era el mismo sonido que hacía cuando yo la cogía. Se notaba la diferencia.
Me acerqué al sofá y me paré al lado de ellos, cruzado de brazos. Mi presencia hacía que el ambiente se cargara todavía más.
—Más fuerte, Isaías —dije con tono autoritario—. ¿Así es como coges a tu esposa? ¿Con esa verga de mierda que tienes? Mírala. Tiene un plug en el culo que yo le puse. Está llena de mi semen de ayer. Y tú sigues metiéndola como un adolescente virgen.
Isaías soltó un gemido ahogado y empezó a cogérsela con más fuerza. El sonido húmedo de su pelvis chocando contra las nalgas de Rachel llenaba la sala. Las tetas de ella se balanceaban pesadas, soltando chorros finos de leche que caían sobre el sofá.
—Así, cornudo. Más fuerte. Quiero que le des bien duro. ¿Sientes cómo te aprieta? Eso es porque está pensando en mi verga, no en la tuya. Dile, Rachel. Dile a tu marido en qué estás pensando mientras él te coge.
Rachel jadeó, con la cara hundida en el respaldo del sofá.
—Estoy… estoy pensando en tu verga, señor… En cómo me coges mucho mejor que él…
Isaías gimió como si le hubieran dado un latigazo. Empezó a embestir con más violencia, casi con rabia. El plug en el culo de Rachel se movía con cada golpe.
—Más fuerte todavía —le ordené, acercándome más—. Quiero escuchar cómo le golpeas las nalgas. Quiero que le hagas daño con esa verga de cornudo. Esta puta parió a tu hijo y ahora se deja usar por mí como una perra. Demuéstrame que al menos puedes cogértela como se merece.
Isaías estaba sudando. Sus embestidas eran cada vez más brutales. Rachel gemía más alto, con la cara roja de vergüenza y placer. Sus tetas ya soltaban leche de forma constante, formando un charco pequeño en el sofá.
—Mírala —continué sin piedad—. Mira cómo le chorrean las tetas de pura excitación. Esa leche es para mi boca, no para tu hijo. Cuando termines de correrte dentro de ella, quiero que te arrodilles y limpies con la lengua todo lo que le caiga de leche al sofá. ¿Entendido, cornudo?
—Sí… señor… —jadeó Isaías, con la voz quebrada.
Aceleró todavía más. El sonido de carne contra carne era obsceno. Rachel estaba a punto de correrse. Yo solo observaba, con mi verga dura como piedra dentro del pantalón, disfrutando del espectáculo que yo mismo había orquestado.
—Más fuerte, Isaías. Cógela como si quisieras borrarme de su concha. Aunque los dos sabemos que nunca podrás.
Isaías soltó un gemido largo y animal. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de su esposa, temblando de pies a cabeza. Rachel también se corrió casi al mismo tiempo, apretando los dientes para no gritar demasiado fuerte y despertar a Mateo.
Cuando Isaías sacó su verga, un hilo espeso de semen le escurrió a Rachel por los labios de la concha.
Me acerqué, le di una palmada fuerte en el culo a Rachel y miré al cornudo con desprecio y satisfacción.
—Bien hecho, Isaías. Por fin serviste para algo. Ahora arrodíllate y limpia tu desastre… con la lengua.
Isaías, todavía jadeando y con la verga chorreando, se arrodilló sin protestar.
Yo sonreí.
El siguiente nivel acababa de comenzar.
CONTINUARÁ...
POV RACHEL
El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina justo cuando estaba terminando de dar de mamar a Mateo. Tenía la blusa completamente abierta, uno de mis senos pesados todavía al aire, con una gota espesa de leche materna escurriendo por el pezón oscuro e hinchado. El bebé se había dormido pegado a mí, con la boquita llena de leche y la respiración tranquila.
Miré la pantalla y sentí que el corazón se me subía a la garganta.
Sergio Müller.
Ese nombre que no había visto en casi dos años. Dos años en los que me había esforzado por ser solo Rachel López: esposa, madre, agente de seguros y creadora de contenido “bonito” para Instagram. Dos años intentando convencerme de que había dejado atrás a la puta sumisa que él había creado.
Pero mi cuerpo nunca olvidó.
Solo con ver su nombre ya se me contrajo el vientre y sentí cómo la concha se me empapaba de golpe. Mis pezones, siempre sensibles por la lactancia, se pusieron duros como piedras. Traicioneros. Asquerosamente traicioneros.
Contesté casi en un susurro.
—¿Hola?
—Rachel… —Esa voz grave, profunda, con ese acento alemán tan marcado y frío que me erizaba la piel—. Por fin contestas. Pensé que tal vez habías borrado mi número.
Se me aflojaron las rodillas. Solo escuchar cómo pronunciaba mi nombre ya me transportaba de vuelta a todas las veces que me había tenido de rodillas, llorando, suplicando y corriéndome como una perra mientras me repetía que era suya.
—Sergio… ¿qué quieres? —pregunté, aunque la voz me salió temblorosa y débil.
Escuché su risa baja al otro lado de la línea, esa risa controlada que siempre significaba que ya había tomado una decisión y yo solo estaba ahí para obedecer.
—Estoy en el aeropuerto de Frankfurt. En menos de veinticuatro horas estaré en Monterrey. Esta vez no es una visita… Me mudo definitivamente a la ciudad. Compré un departamento en San Pedro. Muy cerca de tu casa, Rachel.
Se me escapó un gemido ahogado. Mateo se removió un poco contra mi pecho y apreté los muslos con fuerza. Sentía la tanga completamente empapada, pegada a mis labios hinchados. La leche me empezó a bajar otra vez de pura excitación.
—¿Estás sola? —preguntó con ese tono que no admitía mentiras.
—Isaías está en su oficina… trabajando —susurré—. Mateo se acaba de dormir en mis brazos.
—Perfecto. Quiero que hagas algo por mí ahora mismo.
Cerré los ojos con fuerza. Ahí estaba otra vez. Ese poder absoluto. Ese dominio natural que había ejercido sobre mí desde que yo tenía dieciocho años. Diecisiete años de entrenarme, de romperme, de convertirme en su juguete favorito.
—Quiero que te toques mientras hablamos —ordenó con calma—. Métete los dedos en esa concha de madre lactante que tienes y dime exactamente qué tan mojada estás solo por escuchar mi voz.
—Sergio… por favor… —supliqué bajito, pero mi mano libre ya bajaba por mi vientre. Aparté la tanga a un lado con dedos temblorosos. Estaba chorreando. Literalmente chorreando. El olor fuerte de mi excitación se mezclaba con el dulce olor de la leche que todavía tenía en los senos.
—Está… está empapada —gemí con vergüenza mientras metía dos dedos de golpe—. No puedo creer que todavía me pongas así… después de tanto tiempo.
—Claro que te pongo así. Porque en el fondo nunca dejaste de ser mi puta, Rachel. Por más que te hayas casado con ese cornudito insignificante, por más que hayas parido y ahora le des de mamar a ese niño… tu coño sigue reaccionando solo para mí. ¿Verdad?
—Sí… —jadeé mientras mis dedos entraban y salían cada vez más rápido. Mis tetas pesadas se movían con cada respiración agitada, dejando escapar más leche que me corría por el abdomen—. Me da miedo… me da un miedo horrible que vengas a vivir aquí. Sé lo que vas a hacerme. Sé que vas a humillarme, que vas a corromperme otra vez, que vas a obligarme a hacer cosas asquerosas mientras soy madre… Pero al mismo tiempo… estoy tan excitada que me tiemblan las piernas. Quiero que vengas. Necesito que vengas. Necesito que me recuerdes qué puta tan asquerosa soy cuando estoy contigo.
Se quedó callado unos segundos, solo escuchando mis gemidos y el sonido húmedo y obsceno de mis dedos follándome en la cocina.
—Muy bien —dijo finalmente, con evidente satisfacción en la voz—. Esa es mi Rachel. Cuando llegue mañana, quiero que estés lista. Quiero que tengas puesto el plug anal más grande que te regalé. El de acero. Y quiero que le des de mamar a tu hijo con mi semen todavía caliente dentro de tu coño y de tu culo. ¿Queda claro?
—Sí, señor… —susurré, y el orgasmo me atravesó como un rayo.
Me corrí con fuerza, mordiéndome el labio hasta casi hacerlo sangrar para no gritar. Mis paredes se apretaron violentamente alrededor de mis dedos mientras imaginaba todo lo que se venía: las mentiras, la humillación constante, el riesgo de que Isaías descubriera todo… y lo mucho que eso me excitaba.
Cuando colgué la llamada, me quedé sentada en la silla de la cocina, con las piernas abiertas, la tanga destrozada de lo mojada que estaba y leche escurriéndome por ambos senos.
Isaías estaba a solo unos metros, en su oficina, probablemente concentrado en su código sin tener la menor idea de que su esposa acababa de correrse como una perra solo con escuchar la voz del alemán que la había arruinado para siempre.
Y yo… yo ya estaba contando las horas para que Sergio Müller regresara a destruirme.
CAPÍTULO 2: EL OLOR DE LA TRAICIÓN
POV ISAÍAS
Estaba sentado frente a mi segundo monitor, revisando el mismo código por tercera vez sin entender ni madres. No podía concentrarme. Desde hace rato escuchaba la voz baja de Rachel en la cocina, ese tono que usa cuando no quiere que yo escuche.
Y entonces lo oí.
—Sergio… ¿qué quieres?
Se me heló la sangre. Ese nombre. Ese puto nombre que no había escuchado en casi dos años. Sergio Müller. El alemán. El hijo de la chingada que se había cogido a mi esposa desde que ella tenía dieciocho años.
Me quité los audífonos lentamente. Mi verga ya estaba empezando a cobrar vida dentro del pantalón de la pijama. Pinche traicionera.
Me levanté sin hacer ruido y caminé descalzo hasta la puerta de la cocina, que estaba entreabierta. Desde ahí podía verla.
Rachel estaba sentada en una de las sillas, con Mateo dormido en sus brazos. La blusa abierta de par en par, sus tetas grandes y pesadas al aire, todavía chorreando leche. Una de sus manos estaba entre sus piernas, moviéndose rápido. La tanga negra la tenía corrida a un lado y podía ver claramente cómo se metía dos dedos hasta el fondo mientras gemía bajito.
—Está… está empapada… No puedo creer que todavía me pongas así…
Escuché la voz grave del alemán a través del altavoz del teléfono. Ese acento frío y autoritario que siempre me había hecho sentir insignificante.
—Porque en el fondo nunca dejaste de ser mi puta, Rachel.
Sentí que me dolió el pecho y, al mismo tiempo, mi verga dio un brinco tan fuerte que casi me duele. Estaba completamente erecta. Empecé a respirar por la boca como un perro. El corazón me latía en la garganta.
Ella siguió hablando, con la voz rota de placer:
—Me da miedo… me da un miedo horrible que vengas a vivir aquí. Sé que vas a humillarme, que vas a corromperme otra vez… Pero al mismo tiempo… estoy tan excitada que me tiemblan las piernas. Quiero que vengas. Necesito que vengas…
Cuando dijo “señor” y se corrió, tuve que agarrarme del marco de la puerta. Rachel se mordió el labio con fuerza mientras su cuerpo se sacudía. Sus tetas se movían pesadas, soltando chorros finos de leche que le corrían por la panza. El sonido de su concha mojada era asquerosamente audible incluso desde donde yo estaba.
Colgó la llamada y se quedó ahí, con las piernas abiertas, la cara roja y la tanga completamente destruida de lo empapada que estaba. Se veía tan puta. Tan jodidamente hermosa siendo la puta de otro hombre.
No pude resistirme.
Esperé a que se levantara, se limpiara un poco con una servilleta de papel y llevara a Mateo a la habitación. En cuanto desapareció por el pasillo, entré a la cocina como un ladrón.
Ahí estaban.
Tiradas en el suelo, junto a la silla. Sus bragas negras. Las levanté con manos temblorosas. Estaban calientes. Empapadas. El olor era brutal: una mezcla espesa de su excitación, leche materna y ese aroma dulce y sucio que tiene su concha cuando está realmente cachonda.
Me las llevé a la nariz y aspiré como un degenerado. Mi verga palpitaba dolorosamente. Olí profundo, saboreando el olor de su traición. El olor de que mi esposa acababa de correrse pensando en el alemán de 57 años que pronto viviría a unas cuadras de nosotros.
“Me da miedo… pero estoy tan excitada…”
Sus palabras me retumbaban en la cabeza mientras me bajaba la pijama y empezaba a jalármela ahí mismo, en medio de la cocina, con sus bragas pegadas a mi cara.
Imaginaba todo. Imaginaba a Sergio llegando mañana, imaginaba cómo le iba a meter ese plug enorme en el culo, cómo la iba a hacer amamantar a Mateo con la verga del alemán recién corrida dentro de ella. Imaginaba a Rachel de rodillas, con las tetas llenas de leche, llamándolo “señor” mientras él la trataba como la puta que siempre había sido.
Estaba a punto de correrme cuando escuché sus pasos regresando por el pasillo.
Rápidamente metí las bragas en el bolsillo de mi pantalón y me subí la pijama. Todavía tenía la verga dura cuando Rachel entró a la cocina, ahora con una blusa limpia, aunque sus pezones seguían marcándose obscenamente contra la tela.
Me miró extrañada.
—¿Estás bien, amor? Te ves… raro.
La miré a los ojos. Tenía las mejillas todavía sonrojadas del orgasmo. Olía a sexo. A leche. A traición.
Por un segundo pensé en confrontarla. En gritarle que sabía que ese hijo de puta regresaba, que la había escuchado correrse como una perra mientras hablaba con él. Pero entonces sentí el peso de sus bragas empapadas en mi bolsillo… y la verga me dio otro latigazo.
No dije nada.
Solo sonreí como un idiota y respondí:
—Todo bien, mi vida. Solo… estaba pensando en lo mucho que te quiero.
Rachel me devolvió una sonrisa nerviosa. Sabía que algo no estaba bien. Pero yo ya había tomado mi decisión.
Iba a guardar silencio.
Iba a dejar que el alemán regresara y destruyera lo poco que quedaba de nuestra vida “normal”. Iba a quedarme callado mientras él convertía a mi esposa en su puta personal otra vez.
Y lo peor de todo…
Es que ya estaba desesperado porque eso empezara lo antes posible.
CAPÍTULO 3: EL REGRESO DEL AMO
POV SERGIO
El aire de Monterrey era más caliente y húmedo de lo que recordaba. Bajé del coche negro que había rentado en el aeropuerto y miré la casa desde la acera. Una típica casa familiar de clase media en San Pedro. Perfecta. Discreta. El escenario ideal para lo que tenía planeado.
Llevaba un traje gris oscuro hecho a medida. A mis 57 años todavía mantenía una presencia imponente. Sabía exactamente el efecto que causaba. Toqué el timbre una sola vez.
Isaías abrió la puerta. El pobre diablo intentó disimularlo, pero vi el destello de miedo y excitación en sus ojos. Era más débil de lo que recordaba.
—Señor Müller… —dijo con voz temblorosa—. Bienvenido. Pase, por favor.
Sonreí con frialdad y le extendí la mano. La suya estaba sudada.
—Isaías. Cuánto tiempo. Veo que sigues trabajando desde casa. Qué conveniente.
Entré sin esperar invitación. El olor de la casa era una mezcla de comida casera, leche de bebé y ese aroma inconfundible de Rachel. Mi polla dio un leve latido dentro del pantalón solo con percibirlo.
Y entonces apareció ella.
Rachel López entró desde la cocina con Mateo en brazos. Estaba vestida como la buena madre y esposa que fingía ser: blusa blanca abotonada hasta arriba, jeans ajustados que marcaban sus caderas ensanchadas por el embarazo y el cabello recogido en una coleta. Pero sus ojos… sus ojos me delataban. Pupilas dilatadas. Respiración ligeramente agitada. Los pezones se le marcaban claramente contra la tela a pesar de que intentaba disimularlo con un brasier especial para lactancia.
—Sergio… —dijo en voz baja, casi reverente.
—Rachel —respondí con mi acento alemán marcado, sin acercarme todavía—. Has cambiado. Las caderas más anchas. Los senos más llenos. La maternidad te queda bien… aunque ambos sabemos que no es lo único que te llena ahora.
Vi cómo tragaba saliva. Isaías estaba parado a un lado, incómodo, sin saber dónde meter las manos. Perfecto.
—Sentémonos —ordené suavemente, señalando la sala—. No hay necesidad de formalidades. Soy un viejo amigo de la familia, ¿no es así?
Nos sentamos. Rachel frente a mí, con Mateo dormido contra su pecho. Isaías a mi izquierda, como un perro esperando instrucciones.
Empecé de forma sutil, midiendo a ambos.
—Rachel, quiero que te desabotonen los dos primeros botones de la blusa —dije con voz calmada, casi casual, como si estuviera pidiendo un café.
Ella se quedó congelada por un segundo. Miró de reojo a Isaías, quien había palidecido visiblemente. Aun así, sus dedos temblorosos subieron hasta su blusa y desabotonó los dos primeros botones. La curva superior de sus senos pesados quedó a la vista, junto con el borde del brasier lleno de leche.
—Muy bien —dije sin alterar la voz—. Así está mejor. No me gusta que te escondas de mí.
Isaías apretó los puños sobre sus rodillas, pero no dijo nada. Solo respiraba más rápido. Su verga estaba dura, se le notaba el bulto en el pantalón de algodón. Interesante. Más débil de lo que imaginaba.
—Rachel —continué—, desde hoy quiero que uses plug todos los días. El más grande que te di. Lo quiero dentro de ti desde que te levantas hasta que te acuestas. ¿Entendido?
—Sí, señor —susurró ella, con la voz rota. Sus mejillas ardían de vergüenza.
Isaías soltó un pequeño sonido ahogado, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Aun así, no intervino. Solo miró al suelo, con la cara roja y la respiración entrecortada.
Sonreí por dentro. Este cornudo no solo lo iba a permitir… lo iba a disfrutar.
—Además —seguí, mirando directamente a Rachel mientras hablaba—, quiero que cada noche me mandes una foto de tus senos llenos de leche antes de dormir. Y otra foto después de sacarte leche, mostrando cómo gotean. Sin excepción. Si no cumples, sabré que has olvidado a quién perteneces.
Rachel asintió lentamente. Sus muslos se apretaban uno contra el otro. Sabía que estaba mojada. Muy mojada.
Me giré hacia Isaías, estudiándolo con calma.
—Isaías… tú eres un hombre inteligente. Programador, ¿correcto? Entonces entenderás esto muy bien: yo no vengo a destruir tu matrimonio. Solo vengo a recordarles a ambos su verdadero lugar. Si tienes algún problema con esto… ahora es el momento de hablar.
El silencio que siguió fue delicioso. Isaías abrió y cerró la boca varias veces. Finalmente, con voz apenas audible, murmuró:
—No… no tengo problema, señor Müller.
Lo llamé “señor”. Excelente. Ya estaba empezando a quebrarse.
—Muy bien —dije poniéndome de pie—. Entonces todo está claro. Rachel, acompáñame a la puerta.
Ella se levantó obedientemente, todavía con Mateo en brazos. La seguí hasta la entrada, dejando a Isaías sentado en la sala como un mueble.
Cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que él no escuchara con claridad, me acerqué a su oído y le hablé en voz baja y grave:
—Mañana quiero que vengas a mi departamento a las 11 de la mañana. Sin el bebé. Sin excusas. Trae el plug puesto y sin bragas. Voy a empezar a recordarte cómo se siente ser mía de verdad. ¿Está claro?
—Sí, señor —respondió con un hilo de voz, casi temblando.
Le rocé apenas el dorso de la mano con dos dedos. Un toque mínimo. Suficiente para que se le pusiera la piel de gallina.
—Bienvenida de nuevo, mi puta.
Me di la vuelta y salí de la casa sin mirar atrás.
Mientras caminaba hacia el coche, sonreí con genuina satisfacción.
El alemán había regresado.
Y tanto la madre lactante como su cornudo esposo ya estaban exactamente donde yo quería que estuvieran.
CAPÍTULO 4: LA PRIMERA GRABACIÓN
POV RACHEL
Llegué al departamento de Sergio a las 10:55 a.m. puntual, como la puta bien entrenada que soy. El plug anal más grande que me había regalado años atrás ya estaba bien enterrado en mi culo desde las siete de la mañana. Cada paso que daba me recordaba su presencia: una presión fría, pesada y constante que me hacía apretar los dientes.
No traía bragas. Tal como él lo había ordenado.
El vestido negro que llevaba era sencillo por fuera, pero por dentro estaba hecha un desastre. Mis senos estaban tan llenos de leche que me dolían. Tenía los pezones sensibles y húmedos; ya había empezado a filtrar un poco dentro del brasier especial. La concha me palpitaba desde que me desperté.
Toqué el timbre del departamento en San Pedro. Sergio abrió casi de inmediato.
—Puntual. Buena puta —dijo con esa voz grave y acento alemán que me desarmaba.
Cerró la puerta detrás de mí y, sin darme tiempo a saludar, me empujó contra la pared del pasillo. Su mano grande subió directamente por debajo de mi vestido y sus dedos gruesos tocaron mi concha desnuda.
—Joder, Rachel… estás chorreando —gruñó contra mi oído—. Dos años fuera y sigues siendo una puta fácil.
Gemí cuando metió dos dedos de golpe dentro de mí. Mis rodillas se aflojaron. Me sostuvo con el otro brazo mientras me follaba con los dedos sin piedad, haciendo que el plug en mi culo se moviera con cada embestida.
—Quítate el vestido. Ahora.
Me desnudé con manos temblorosas. En menos de diez segundos estaba completamente desnuda frente a él, solo con el plug metálico brillando entre mis nalgas y leche comenzando a gotear de mis pezones.
Sergio sacó su teléfono y lo colocó en un trípode que ya tenía preparado en la sala. Apuntó la cámara directamente hacia el centro de la habitación.
—Hoy vamos a hacer una grabación especial, Rachel. Esta primera sesión se la voy a mandar a tu marido esta misma noche. Quiero que Isaías vea exactamente en qué te conviertes cuando estás conmigo.
Se me contrajo el estómago de pura vergüenza y excitación. Saber que Isaías iba a ver esto… que iba a ver cómo su esposa se convertía en una puta asquerosa para un hombre de 57 años… me puso todavía más cachonda.
—Arrodíllate.
Me puse de rodillas en el piso de la sala. Sergio se abrió el pantalón y sacó su verga gruesa y venosa. Ya estaba medio dura. Ese olor tan familiar me golpeó como un mazazo.
—Primero vas a chupármela como la puta que eres. Mira a la cámara mientras lo haces. Quiero que tu marido vea tu cara de degenerada.
Tomé su verga con ambas manos y la metí en mi boca. Empecé a chupar con hambre, lamiendo desde los huevos hasta la cabeza, babeando sin control. Sergio agarró mi coleta con fuerza y empezó a follarme la boca con embestidas profundas.
—Así… trágatela toda, Rachel. Muéstrale a Isaías cómo te gusta que te usen.
Las lágrimas me corrían por las mejillas mientras me atragantaba con su polla. Mis tetas pesadas se movían de un lado a otro, salpicando gotas de leche al piso. Sergio lo notó y sonrió con crueldad.
—Estás perdiendo mucha leche, puta. Ordéñate mientras me chupas.
Sin sacarme la verga de la boca, llevé mis manos a mis senos y empecé a apretarlos. Chorros fuertes de leche materna salían disparados de mis pezones, cayendo sobre mis muslos y sobre el piso. El sonido húmedo de la leche salpicando se mezclaba con los sonidos obscenos de mi garganta siendo follada.
Sergio gemía de placer.
—Mírate… una madre de 35 años, casada, con un bebé de ocho meses en casa… arrodillada, chorreando leche y tragándose la verga de otro hombre. Esto es lo que realmente eres.
Me sacó la polla de la boca y me dio una cachetada suave pero firme.
—Ahora quiero que te pongas en cuatro patas. Cara a la cámara. Voy a follarte el coño mientras tienes el plug en el culo.
Me coloqué como me ordenó, con el culo en pompa hacia la cámara. Sergio se colocó detrás de mí y, de un solo empujón, me metió toda su verga hasta el fondo. Grité de placer.
—¡Ahhh! ¡Puta madre!
Empezó a cogerme con fuerza. Cada embestida hacía que el plug en mi culo se moviera y que mis tetas colgaran pesadas, soltando leche con cada golpe. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación.
—Dilo para la cámara —ordenó sin dejar de cogerme—. Dile a tu marido lo que eres.
—Soy… soy una puta —gemí entre embestidas—. Soy la puta de Sergio… Me encanta que me coja mientras mi marido está en casa cuidando a nuestro hijo… ¡Ahh! ¡Me corro!
El orgasmo me golpeó tan fuerte que casi me caigo. Mi concha se contrajo violentamente alrededor de su verga mientras chorros de leche salían disparados de mis tetas. Sergio no se detuvo. Siguió follándome más duro, agarrándome del cabello.
—Esto es solo el principio, Rachel. Voy a grabarte cada vez que te use. Y tu cornudo marido va a ver absolutamente todo.
Después de correrme por segunda vez, Sergio sacó su verga y me ordenó que abriera la boca. Se corrió con fuerza sobre mi lengua y mi cara, pintándome con semen espeso y caliente. Parte del semen cayó sobre mis senos llenos de leche.
Se acercó al teléfono, lo tomó y grabó un close-up de mi cara cubierta de semen, con leche escurriendo de mis tetas y el plug todavía metido en mi culo.
—Sonríe a la cámara, puta. Dile a Isaías que lo quieres.
Miré directamente al lente, con semen escurriéndome por la barbilla y dije con voz ronca:
—Te amo, mi amor… pero necesito esto. Necesito que Sergio me use como la puta que soy.
Sergio detuvo la grabación y me miró con esa sonrisa fría y satisfecha.
—Esta noche tu marido va a recibir este video. Y tú vas a estar en casa cuando lo vea.
Me quedé de rodillas, temblando, chorreando leche, semen y mis propios jugos.
El control ya no era sutil.
Y lo peor… es que yo ya no quería que lo fuera.
CAPÍTULO 5: EL VIDEO
POV ISAÍAS
Eran las 9:47 de la noche.
Rachel estaba en la habitación de Mateo, dándole de mamar antes de dormir. La escuchaba cantarle bajito, como la madre perfecta que fingía ser. Yo estaba sentado en la sala, con el celular en la mano y el corazón latiéndome como si quisiera salirse del pecho.
El mensaje de Sergio llegó sin aviso.
Sergio Müller:
[Video adjunto - 14:32 minutos]
“Míralo completo. Sin pausas. Cuando termines, quiero que me escribas.”
Solo eso.
Sabía lo que era. Lo supe desde que vi el thumbnail: Rachel arrodillada, con la boca abierta y los ojos llorosos. Mis manos temblaban tanto que casi se me cayó el teléfono.
Me puse los audífonos, bajé el brillo de la pantalla al mínimo y le di play.
Lo primero que vi fue a mi esposa completamente desnuda en el departamento de Sergio, solo con un plug metálico brillando en su culo. Sus tetas estaban enormes, hinchadas de leche, con los pezones rojos y goteando. Se veía tan puta… tan jodidamente puta.
Sergio le metió la verga en la boca y empezó a cogérsela sin piedad. Rachel babeaba, se ahogaba, pero no se quitaba. Al contrario, gemía como una perra en celo. La cámara estaba perfectamente colocada. Se le veía todo: la cara, las lágrimas, la leche escurriendo de sus tetas cada vez que él le empujaba la cabeza.
—Muéstrale a Isaías cómo te gusta que te usen —se escuchaba la voz grave de Sergio con su acento alemán.
Y Rachel, mirándome directamente a través de la cámara mientras le follaban la garganta, empezó a ordeñarse las tetas. Chorros fuertes de leche salían disparados, salpicando el piso. Mi verga estaba tan dura que me dolía.
Me bajé los pantalones ahí mismo en la sala, con mi esposa y mi hijo a solo unos metros. Saqué mi polla tiesa y empecé a jalármela con desesperación mientras veía cómo Sergio ponía a Rachel en cuatro patas.
El sonido era brutal.
El golpe de su pelvis contra el culo de ella. El plug moviéndose con cada embestida. Los gemidos ahogados de Rachel. La leche salpicando. Y sus palabras… sus putas palabras:
—Soy la puta de Sergio… Me encanta que me coja mientras mi marido está en casa cuidando a nuestro hijo…
Me corrí.
Me corrí tan fuerte que tuve que taparme la boca con la mano para no gemir. El semen me salió a chorros, salpicándome la panza, el pecho y hasta el cuello de la camisa. Pero no me detuve. Seguí jalándomela mientras veía cómo Sergio le descargaba toda su leche en la cara y en las tetas de mi esposa.
Rachel miró a la cámara, con semen escurriéndole por la barbilla y los labios, y dijo con voz rota:
—Te amo, mi amor… pero necesito esto. Necesito que Sergio me use como la puta que soy.
El video terminó.
Me quedé ahí, jadeando, cubierto de mi propio semen, con la verga todavía medio dura y el corazón a mil. Nunca en mi vida había sentido algo tan fuerte. Era humillación pura, asquerosa, deliciosa. Mi esposa, la madre de mi hijo, convertida en una puta lactante para un alemán de 57 años.
Y yo… yo estaba completamente enganchado.
Escuché que Rachel salía de la habitación de Mateo. Rápidamente me limpié con la camisa, me subí los pantalones y abrí el chat con Sergio. Mis dedos temblaban mientras escribía.
Isaías:
Señor Müller… acabo de ver el video completo.
Nunca había gozado tanto en mi puta vida.
Nunca.
Gracias por usarla así.
Gracias por grabarlo.
Puede hacer con ella lo que quiera.
Estoy dispuesto a todo.
Enviar.
Me quedé mirando la pantalla, con el semen todavía pegajoso en mi piel y el olor de mi corrida en el aire.
Rachel entró a la sala unos segundos después. Se había puesto una camisola ligera. Se le marcaban claramente los pezones húmedos. Me miró con cara de preocupación.
—¿Estás bien, amor? Te ves… sudado.
Sonreí como un idiota, todavía con el teléfono en la mano y el chat con Sergio abierto.
—Todo bien, mi vida —respondí con la voz ronca—. Solo estaba… viendo un video.
Ella palideció un poco. Sabía exactamente cuál video era. Aun así, no dijo nada. Solo asintió y se fue a la cocina.
Miré de nuevo el chat. Sergio ya había leído mi mensaje.
Sergio Müller:
Buen cornudo.
Mañana te enviaré el siguiente.
Esta vez será más duro.
Sentí que se me volvía a poner dura solo de leerlo.
Rachel estaba lavando los trastes como si nada, moviéndose con cuidado porque todavía traía el plug puesto. Yo me quedé sentado en la sala, oliendo mi propio semen seco en la camisa, sabiendo que mi esposa ya no era solo mía.
Y nunca me había sentido más vivo.
CAPÍTULO 6: EL CORNUDO EN ACCIÓN
POV SERGIO
Llegué a la casa a las 8:15 de la noche. No avisé. No hacía falta. Sabía que ambos estarían esperándome.
Rachel me abrió la puerta. Llevaba una bata ligera de algodón que apenas le cubría los muslos. Se le notaban los pezones hinchados contra la tela; ya estaba produciendo leche otra vez. Sus ojos estaban bajos, sumisos. Perfecta.
—Buenas noches, señor —murmuró.
Entré sin decir una palabra. Isaías estaba de pie en la sala, nervioso, con las manos metidas en los bolsillos de su pants. Se le marcaba claramente el bulto. El muy imbécil ya estaba duro solo de saber que yo venía.
—Buenas noches, cornudo —le dije con mi acento marcado, cerrando la puerta detrás de mí—. Hoy vas a aprender algo importante. Siéntate en el sillón y no te muevas hasta que yo te diga.
Isaías obedeció de inmediato. Se sentó con las manos sobre las rodillas, respirando agitado.
Miré a Rachel.
—Quítate la bata. Despacio. Quiero que tu marido vea bien lo que le pertenece a otro hombre.
Rachel dejó caer la bata al piso. Estaba completamente desnuda debajo. El plug grande de acero brillaba entre sus nalgas redondas y anchas. Sus tetas pesadas colgaban llenas de leche, con gotas gruesas ya formándose en las puntas de sus pezones oscuros. Su concha estaba hinchada, brillante de humedad.
—Isaías —dije sin dejar de mirar a su esposa—, mírala bien. Mira cómo se le escurren las tetas solo porque estoy aquí. Esta puta ya no te pertenece. Pero hoy voy a darte el privilegio de cogértela… mientras yo miro.
Isaías tragó saliva con fuerza. Su verga dio un salto visible dentro del pantalón.
—Rachel, ponte en cuatro patas en el sofá, frente a tu marido. Abre bien las piernas. Quiero que vea cómo te chorrean los jugos.
Ella obedeció sin protestar. Se colocó en el sillón grande, con las rodillas abiertas y el culo en pompa, apuntando directamente hacia donde estaba sentado su esposo. El plug anal se veía obsceno entre sus cachetes. Su concha estaba completamente expuesta, rosada, hinchada y goteando.
—Ahora, Isaías —ordené con voz calmada pero firme—, sácala. Quiero ver esa verga de cornudo que tienes.
Con manos temblorosas, Isaías se bajó el pants. Su polla saltó libre. No era grande, pero estaba durísima, morada, con una gota de precum en la punta. Patético y excitante al mismo tiempo.
—Acércate y métésela. Ahora.
Isaías se levantó y se colocó detrás de su esposa. Cuando puso la cabeza de su verga en la entrada de Rachel, ella soltó un gemido bajo. Él empujó y se la metió de un solo golpe hasta el fondo.
—Más lento —le ordené—. Quiero que sientas cada centímetro de la concha que yo he estado entrenando durante diecisiete años.
Isaías empezó a moverse con embestidas torpes, casi desesperadas. Rachel gemía bajito, pero no era el mismo sonido que hacía cuando yo la cogía. Se notaba la diferencia.
Me acerqué al sofá y me paré al lado de ellos, cruzado de brazos. Mi presencia hacía que el ambiente se cargara todavía más.
—Más fuerte, Isaías —dije con tono autoritario—. ¿Así es como coges a tu esposa? ¿Con esa verga de mierda que tienes? Mírala. Tiene un plug en el culo que yo le puse. Está llena de mi semen de ayer. Y tú sigues metiéndola como un adolescente virgen.
Isaías soltó un gemido ahogado y empezó a cogérsela con más fuerza. El sonido húmedo de su pelvis chocando contra las nalgas de Rachel llenaba la sala. Las tetas de ella se balanceaban pesadas, soltando chorros finos de leche que caían sobre el sofá.
—Así, cornudo. Más fuerte. Quiero que le des bien duro. ¿Sientes cómo te aprieta? Eso es porque está pensando en mi verga, no en la tuya. Dile, Rachel. Dile a tu marido en qué estás pensando mientras él te coge.
Rachel jadeó, con la cara hundida en el respaldo del sofá.
—Estoy… estoy pensando en tu verga, señor… En cómo me coges mucho mejor que él…
Isaías gimió como si le hubieran dado un latigazo. Empezó a embestir con más violencia, casi con rabia. El plug en el culo de Rachel se movía con cada golpe.
—Más fuerte todavía —le ordené, acercándome más—. Quiero escuchar cómo le golpeas las nalgas. Quiero que le hagas daño con esa verga de cornudo. Esta puta parió a tu hijo y ahora se deja usar por mí como una perra. Demuéstrame que al menos puedes cogértela como se merece.
Isaías estaba sudando. Sus embestidas eran cada vez más brutales. Rachel gemía más alto, con la cara roja de vergüenza y placer. Sus tetas ya soltaban leche de forma constante, formando un charco pequeño en el sofá.
—Mírala —continué sin piedad—. Mira cómo le chorrean las tetas de pura excitación. Esa leche es para mi boca, no para tu hijo. Cuando termines de correrte dentro de ella, quiero que te arrodilles y limpies con la lengua todo lo que le caiga de leche al sofá. ¿Entendido, cornudo?
—Sí… señor… —jadeó Isaías, con la voz quebrada.
Aceleró todavía más. El sonido de carne contra carne era obsceno. Rachel estaba a punto de correrse. Yo solo observaba, con mi verga dura como piedra dentro del pantalón, disfrutando del espectáculo que yo mismo había orquestado.
—Más fuerte, Isaías. Cógela como si quisieras borrarme de su concha. Aunque los dos sabemos que nunca podrás.
Isaías soltó un gemido largo y animal. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de su esposa, temblando de pies a cabeza. Rachel también se corrió casi al mismo tiempo, apretando los dientes para no gritar demasiado fuerte y despertar a Mateo.
Cuando Isaías sacó su verga, un hilo espeso de semen le escurrió a Rachel por los labios de la concha.
Me acerqué, le di una palmada fuerte en el culo a Rachel y miré al cornudo con desprecio y satisfacción.
—Bien hecho, Isaías. Por fin serviste para algo. Ahora arrodíllate y limpia tu desastre… con la lengua.
Isaías, todavía jadeando y con la verga chorreando, se arrodilló sin protestar.
Yo sonreí.
El siguiente nivel acababa de comenzar.
CONTINUARÁ...