Esto es algo que me sucedió cuando cumpli los 18 años de edad.
A esa edad había ocurrido un cambio fundamental en mi vida, de no interesarme una chica que no fuera capaz de seguir mis intereses, a empezar a verlas de otra manera, a apreciar sus formas, a tener ganas de tocarlas a descubrir el sexo. Por supuesto, descubrí la masturbación y me mente febrilmente comenzó a pensar en las chicas y las cosas que me gustaría hacer con ellas. Me moría por concer el cuerpo de ellas, de ver a alguna desnuda, en fin, todo lo que las hormonas adolescentes le hacen a uno. Pero paralelamente tenía un gran problema. Porque al contrario de lo que ocurría con algunos amigos mios que evidentemente habían experimentado el mismo cambio, a mi me resultaba sumamente dificil encarar una conversación con las chicas, hacerlas interesarse en mi, poder hablar con ellas, cuando trataba una charla, bacilaba, tartamudeaba en fin todas esas cosas que lo único que producían es que las chicas no quisieran darme bola.
Mi madre tenía en el barrio donde vivíamos una amiga, que tenía el sobrenombre Mercy. Esta me conocía desde que era un bebé, yo la llamaba la "tia Mercy". Tenía la misma edad que mamá, es decir que a la época de este relato ella tenía 41 años. Estaba casada pero nunca había tenido hijos así que recuerdo que conservaba un cuerpo muy atractivo en el que se destacaba sus grandes y atractivos pechos.
Una tarde de verano, mi madre me envió con un recado para la tía Mercy. Fui a su casa preparado para ir luego a jugar al fútbol, es decir que iba con remera, unos pantalones corto, medias y zapatillas. Cuando llegué a la casa de tia Mercy llamé pero nadie contestó mis llamados. Era extraño, pero en otras ocasiones había ocurrido, así que como tenía confianza entré directamente a la casa por una puerta que había al costado. Una vez dentro llame pero nadie me contestó, solo sentí un sollozo que provenía del ****** de la casa. Me asomé en el mismo, desde la puerta observé que allí estaba la "tía" Mercy, sentada en el sofa, a mi me llamó la atención porque solo tenía puesto un camisón bastante corto, que permetía apreciar una porción bastante generosa de su apetecible cuerpo, recién después reparé que estaba llorando. Frente a ella, sobre la mesita de la sala había un papel. Me acerqué más por la primera circunstancia que por la segunda. Cuando estuve a su lado ella levantó la vista, pareció que intentaba decirme algo, pero un nuevo ataque de llanto le impidió hablar. Atrevidamente tomé entonces el papel que había sobre la mesa, era una carta que una mujer había escrito a su marido. En ella describía su satisfacción por las relaciones que habían tenido. Había llegado a las manos de la tía Mercy una evidencia de que su marido la engañaba.
Luego de leer la carta la dejé sobre la mesa, ya medio conmovido por las intimidades que allí se contaban, en ese momento, estaba al lado de Mercy, de pie, mientras ella permanecía sentada en el sofa, de tal modo que desde arriba podía yo ver gracias al generoso escote de su camisón gran parte de sus grandes pechos. Nada de lo que ocurría allí me interesaba salvo la visión que tenía.
En eso, en un gesto de desdesperación, llorando desde donde estaba Mercy me abrazó. Sus brazos rodearon mi cintura y sin querer fue a apoyar toda la exquisita blandura de sus senos a la altura de mis genitales. Sentí entonces la presión de sus pechos en mi pene, para colmo los sollozos provocaban en Mercy un movimiento que produjo en mi dos consecuencias fundamentales. La primera sentir como la sangre se acumulaba en mis sienes y una sensación de calentura incontrolable me dominaba, la segunda, lógicamente, que el pene se endureciera. Mi verga se me paró haciéndose evidente en mi pantalón. Cuando la tia Mercy sintió la dureza que había entre sus pechos, se alejó de mi cuerpo, como extrañada, mirando hacía donde mi erección se hacía evidente.
Pero en cuanto la última gota de mi eyaculación cayó en el cuerpo de la tía Mercy, sentí miedo pensando que al haberla ensuciado así, ahora si que iba a provocar su enojo. Yo mismo asustado deshice el abrazo moviéndome hacia atrás y mirándola fijamente para tratar de adivinar el tipo de reacción que tendría. Pero ella no me dijo nada, tan solo volvió a recostarse en el respaldo del sofá, suspirando. La escena me parecía maravilloso, la tía Mercy recostada con sus pechos desnudos y todo mi semen sobre ella, chorreando hasta su vientre, empapando su camisón. De todas formas yo seguía intranquilo.
Caí, bastante agotado al costado del cuerpo de la tía Mercy, sobre la cama. Esta se mantuvo acostada boca arriba, con las piernas abiertas, su pecho subía y bajaba con rapidez hasta que recuperó su ritmo de respiración normal. Recién en ese momento la tía giró la cabeza hacia donde estaba yo, mirándo siempre extasiado su cuerpo desnudo, me dedicó una sonrisa y una caricia en mi mejilla.
Cuando me despedia de la tía Mercy, me agradeció el hermoso momento que le había hecho pasar y acordamos para seguir visitando su casa para cumplir con todas sus necesidades. Por tres largos y excitantes años repetimos los encuentros, hasta que ella se divorció y yo aunque comencé a tener novias. Suelo visitarla para saciarle como su macho.
A esa edad había ocurrido un cambio fundamental en mi vida, de no interesarme una chica que no fuera capaz de seguir mis intereses, a empezar a verlas de otra manera, a apreciar sus formas, a tener ganas de tocarlas a descubrir el sexo. Por supuesto, descubrí la masturbación y me mente febrilmente comenzó a pensar en las chicas y las cosas que me gustaría hacer con ellas. Me moría por concer el cuerpo de ellas, de ver a alguna desnuda, en fin, todo lo que las hormonas adolescentes le hacen a uno. Pero paralelamente tenía un gran problema. Porque al contrario de lo que ocurría con algunos amigos mios que evidentemente habían experimentado el mismo cambio, a mi me resultaba sumamente dificil encarar una conversación con las chicas, hacerlas interesarse en mi, poder hablar con ellas, cuando trataba una charla, bacilaba, tartamudeaba en fin todas esas cosas que lo único que producían es que las chicas no quisieran darme bola.
Mi madre tenía en el barrio donde vivíamos una amiga, que tenía el sobrenombre Mercy. Esta me conocía desde que era un bebé, yo la llamaba la "tia Mercy". Tenía la misma edad que mamá, es decir que a la época de este relato ella tenía 41 años. Estaba casada pero nunca había tenido hijos así que recuerdo que conservaba un cuerpo muy atractivo en el que se destacaba sus grandes y atractivos pechos.
Una tarde de verano, mi madre me envió con un recado para la tía Mercy. Fui a su casa preparado para ir luego a jugar al fútbol, es decir que iba con remera, unos pantalones corto, medias y zapatillas. Cuando llegué a la casa de tia Mercy llamé pero nadie contestó mis llamados. Era extraño, pero en otras ocasiones había ocurrido, así que como tenía confianza entré directamente a la casa por una puerta que había al costado. Una vez dentro llame pero nadie me contestó, solo sentí un sollozo que provenía del ****** de la casa. Me asomé en el mismo, desde la puerta observé que allí estaba la "tía" Mercy, sentada en el sofa, a mi me llamó la atención porque solo tenía puesto un camisón bastante corto, que permetía apreciar una porción bastante generosa de su apetecible cuerpo, recién después reparé que estaba llorando. Frente a ella, sobre la mesita de la sala había un papel. Me acerqué más por la primera circunstancia que por la segunda. Cuando estuve a su lado ella levantó la vista, pareció que intentaba decirme algo, pero un nuevo ataque de llanto le impidió hablar. Atrevidamente tomé entonces el papel que había sobre la mesa, era una carta que una mujer había escrito a su marido. En ella describía su satisfacción por las relaciones que habían tenido. Había llegado a las manos de la tía Mercy una evidencia de que su marido la engañaba.
Luego de leer la carta la dejé sobre la mesa, ya medio conmovido por las intimidades que allí se contaban, en ese momento, estaba al lado de Mercy, de pie, mientras ella permanecía sentada en el sofa, de tal modo que desde arriba podía yo ver gracias al generoso escote de su camisón gran parte de sus grandes pechos. Nada de lo que ocurría allí me interesaba salvo la visión que tenía.
En eso, en un gesto de desdesperación, llorando desde donde estaba Mercy me abrazó. Sus brazos rodearon mi cintura y sin querer fue a apoyar toda la exquisita blandura de sus senos a la altura de mis genitales. Sentí entonces la presión de sus pechos en mi pene, para colmo los sollozos provocaban en Mercy un movimiento que produjo en mi dos consecuencias fundamentales. La primera sentir como la sangre se acumulaba en mis sienes y una sensación de calentura incontrolable me dominaba, la segunda, lógicamente, que el pene se endureciera. Mi verga se me paró haciéndose evidente en mi pantalón. Cuando la tia Mercy sintió la dureza que había entre sus pechos, se alejó de mi cuerpo, como extrañada, mirando hacía donde mi erección se hacía evidente.
- Pero... que... que... pasa.
- ¡Oh!, ¡perdoname!, no me di cuenta, oh Dios cuanto has crecido, es que como te conozco de chiquitito, me cuesta darme cuenta lo que has crecido, y que te estás poniendo todo un hombrecito.
- Decime, ¿alguna vez le viste los pechos a una mujer?
- No... (contesté muy timidamente yo)
- ¿Te gustaría vérmelos?
- Dale amorcito, tocamelas todas sin pena
- ¡Ay!, eso nene, ¡como te gustan las tetazas de la tía!
Pero en cuanto la última gota de mi eyaculación cayó en el cuerpo de la tía Mercy, sentí miedo pensando que al haberla ensuciado así, ahora si que iba a provocar su enojo. Yo mismo asustado deshice el abrazo moviéndome hacia atrás y mirándola fijamente para tratar de adivinar el tipo de reacción que tendría. Pero ella no me dijo nada, tan solo volvió a recostarse en el respaldo del sofá, suspirando. La escena me parecía maravilloso, la tía Mercy recostada con sus pechos desnudos y todo mi semen sobre ella, chorreando hasta su vientre, empapando su camisón. De todas formas yo seguía intranquilo.
- Perdoname, no quise ensuciarte, no me di cuenta
- No amor, no te preocupes, lo que te ha pasado es totalmente normal y además yo quería que me acabarás en las tetas, ¡cuanta lechita que tenías!, eso sí, vamos a tener que ir a lavarnos.
- Mira nomas se te paró de nuevo –comentó con desparpajo ella- estás hecho todo un hombrecito como dije.
- Sentémonos a descansar –me dijo haciendo que me ubicara en el sofá al lado de ella.
- Pensar que cuando eras chiquillo también te veía desnudo, pero ahora te has puesto tan hombrecito y tan guapo
- Tenés una verga hermosa, me dan ganas de darle un besito, ¿puedo?
- ¡Si, claro! –le contesté yo-
- Mmmm... te gusta... –hizo mirándome a los ojos-
- Mi amor, que rica está –me dijo- está deliciosa para chuparla un ratito.
- Me encantó tu leche y la cantidad que me diste, ¿te gustó como te la chupé?
- Acompañame, vamos a dormir "la siesta"
- ¿Llevo algo para vestirme?
- No, no hace falta porque yo me voy a sacar las bragas, así nos acostamos los dos desnudos, ¿qué te parece?
- Bien
- Mirá mi colita, ¿te gusta?
- ¡Me encanta! –expresé con sinceridad yo mientras no podía alejar la vista de ese culo redondo y firme que se me ofrecía.
- Entonces tocalo mi amor, tocale el culo a la tía Mercy, dale manoseámelo todo, el culito de la tía es todo para vos, mi macho hermoso.
- Ah, siiiii!, amorcito, eso me gusta, tocame en el agujero de atrás, ayyyyy!, siii, así, mi macho, ¿te gusta?, ¿qué otra cosa me querés hacer?
- Me gustaría verte la concha –le contesté aunque sin dejar de pasar mis dedos por su ano-
- Nunca se la viste a ninguna mujer, ¿no es cierto, mi amor?
- No, nunca.
- Entonces vení, mi amorcito, que la tía te va a mostrar su concha.
- ¿Te gusta la conchita de la tía?
- Es hermosa tía Mercy
- ¿Querés verme el agujero?
- ¡Si!
- Este es el clítoris, a las mujeres nos gusta mucho que nos lo toquen y nos lo besen porque nos caliente muchísimo y también nos hace acabar –andaba moviendo el dedo- este es el agujerito por el que me sale el pipí, y este otro agujero es por donde los chicos como vos meten su verga, cuando nosotras las dejamos, claro.
- ¿Serías capaz de darme un besito en la concha?, a mi me gustaría mucho.
- Ahhh!!!, siiii!!!!, mi nene, ¡que lindo!, pero ahora chupame el clítoris mi vida, acordate, ese piquito gordito que tengo ahí, dale... eso mi amor!!!... uffff... siiiiii, ah, que divino sos, que divino...
- Bueno, veo que estás listo, que así vení, subite encima mio que hoy me vas a coger toda, te vas a coger a tu tía Mercy.
- Ohhh!, mi nene ¡como te gusta chuparme las tetitas!, así más, más, dale amorcito cogeme todita, metémela.
- Acá, nene, aca es el orificio correcto mmm...
- Si, si, toda, metémela todita, ahhh, amor, cogeme, metémela toda, quiero sentir toda tu dura verga adentro, siiii, mi amooooor.
- mhhhh, siii, siii, siiiiiiiii, a... aca... boooooooooooooo!
Caí, bastante agotado al costado del cuerpo de la tía Mercy, sobre la cama. Esta se mantuvo acostada boca arriba, con las piernas abiertas, su pecho subía y bajaba con rapidez hasta que recuperó su ritmo de respiración normal. Recién en ese momento la tía giró la cabeza hacia donde estaba yo, mirándo siempre extasiado su cuerpo desnudo, me dedicó una sonrisa y una caricia en mi mejilla.
- Mi lindo machito, estuviste maravillosa.
- mmmmhhhhh, bebé! –dijo girando la cabeza sobre su hombro y mirándome, viendo que otra vez mi pija estaba bien parada- ¡otra vez!, en que macho se transformó este nene, mhhhhh, ¿te gusta mi cola?
- No tienes ni idea.
- ¿Mucho, te gusta mi amorcito?, tocame el agujerito, ahhhhh, ¡que lindo!, me gusta lo que me hacés, meté un dedito, mi amor, dale despacito, meté un dedito.
- Cogeme, mi amor, cogeme de nuevo, haceme toda tuya, cogeme por el culito.
- ¡Que delicioso culo tienes tía!
- Te gusta, te gusta mi amor –yo comencé a moverme adentro y afuera, afuera y adentro de manera frenetica- ¡oh siiiiii!, ¡como te gusta mi culo!, ah, mi nene, como te movés, se ve que te gusta mucho hacérmelo por el culo, y me estás haciendo tan feliz, a mi también me gusta mucho, así, seguí cogiendo a la tía, pensar que yo lloraba por mi marido, y ahora tengo un machito mejor que me coge toda, ahhhhh, mi amor, que me importa lo que haga ese tarado si te tengo a vos.
- Ahhh, siii tía, me gusta cogerte, me gusta tu culo y me gustó tu concha también –le dije- ¿me vas a dejar cogerte otro día?
- ¡Claro mi amor!, cuando la tía esté sola podés venir y la tía va a estar lista y preparada para que me la metas cuando quieras por la concha y cuando quieras por el culo... y también te la voy a chupar, te voy a chupar mucho la pija y me voy a tomar litros de tu leche, ¿te gusta la idea?
- Si tía! no te dejare en paz.
- ¿Y esto, te gusta?
Cuando me despedia de la tía Mercy, me agradeció el hermoso momento que le había hecho pasar y acordamos para seguir visitando su casa para cumplir con todas sus necesidades. Por tres largos y excitantes años repetimos los encuentros, hasta que ella se divorció y yo aunque comencé a tener novias. Suelo visitarla para saciarle como su macho.