Capítulo 1 – La ducha
El calor de agosto en el pueblo andaluz era una puta bestia. El aire no se movía. Las cicadas cantaban como si quisieran reventar y la casa de la abuela olía a limón, a jabón de siempre y a ese polvo fino que se mete en todas partes.Teníamos veintiún años yo y ella acababa de cumplir los dieciocho hacía apenas una semana. Llevábamos años sin vernos desnudos. Desde que éramos críos, de hecho. Pero la abuela no entendía de pudores modernos.—¡Los dos a la ducha ahora mismo! —ordenó desde la cocina, con esa voz que no admitía discusión—. Que no vamos a gastar agua como si fuéramos ricos. Como cuando erais pequeños, anda.Sofía me miró un segundo. Sus ojos oscuros, esa piel morena de sol andaluz, el pelo negro recogido en un moño alto que dejaba el cuello al aire. Tragó saliva y asintió. Yo también.El baño era pequeño, de azulejos blancos y azules antiguos, con una ventanita alta que dejaba entrar la luz del atardecer. Cerré la puerta. El pestillo sonó demasiado fuerte.Nos quitamos la ropa sin hablarnos. Yo de espaldas a ella, ella de espaldas a mí. Cuando me giré, ella ya estaba bajo el chorro. El agua le caía por los hombros, por la espalda, por ese culo redondo y firme que había crecido desde la última vez que la vi en bañador. Se enjabonó los brazos, el cuello, y cuando pasó las manos por las tetas, se le endurecieron los pezones al contacto del agua.Intenté no mirar. Fracasé.Me metí detrás de ella. El espacio era tan reducido que casi nos tocábamos. El vapor empezó a subir. Le pasé el jabón por encima del hombro sin decir nada. Sus dedos rozaron los míos al cogerlo. Un segundo. Nada más.Empezó a lavarse el vientre, bajando despacio. Yo me enjaboné el pecho, los brazos, intentando pensar en cualquier mierda que no fuera su cuerpo a menos de un palmo de distancia. Entonces ella se agachó un poco para lavarse las piernas y su culo quedó justo enfrente de mi polla.Se me empalmó de golpe.Fue violento. La sangre bajó tan rápido que casi me mareé. La polla se me puso dura, gruesa, pesada, subiendo hasta casi tocarme el ombligo. El agua corría por ella, haciendo que brillara. No pude girarme a tiempo.Sofía se enderezó. Y se quedó mirándola.Se le abrieron los ojos. La boca se le entreabrió. El jabón se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo. No dijo nada durante varios segundos. Solo miraba. Fija. Como si no pudiera creer lo que tenía delante.Yo noté cómo se le aceleraba el pecho. Cómo se le ponían los pezones todavía más duros. Cómo apretaba los muslos sin darse cuenta.—Hostia… —susurró, casi sin voz, con ese acento cargado de sorpresa y algo más.No se movió. Yo tampoco. El agua seguía cayendo entre los dos, caliente, pegajosa. Mi polla latía a escasos centímetros de su vientre. Ella levantó la vista un segundo, me miró a los ojos, y volvió a bajarla. Se mordió el labio inferior. Tragó saliva. Pero no dijo nada más. Tampoco alargó la mano. Solo se quedó allí, quieta, con las mejillas encendidas y la respiración agitada, contemplando el tamaño que le había dejado helada.Conseguí dar media vuelta. Terminé de ducharme de espaldas, con la polla todavía dura y apuntando hacia la pared. Ella se enjabonó rápido, casi con prisas, y salió primero. La oí secarse al otro lado de la cortina en silencio absoluto.Cuando salí yo, ella ya no estaba. Solo quedaba el vapor y el olor a jabón de la abuela.Esa noche cenamos los tres en la mesa de siempre. La abuela hablaba de las vecinas y del calor. Sofía apenas levantó la vista del plato. Cada vez que nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, los dos nos tensábamos.Y la tensión no se fue.Al contrario.Se quedó ahí, densa, caliente, esperando.
El calor de agosto en el pueblo andaluz era una puta bestia. El aire no se movía. Las cicadas cantaban como si quisieran reventar y la casa de la abuela olía a limón, a jabón de siempre y a ese polvo fino que se mete en todas partes.Teníamos veintiún años yo y ella acababa de cumplir los dieciocho hacía apenas una semana. Llevábamos años sin vernos desnudos. Desde que éramos críos, de hecho. Pero la abuela no entendía de pudores modernos.—¡Los dos a la ducha ahora mismo! —ordenó desde la cocina, con esa voz que no admitía discusión—. Que no vamos a gastar agua como si fuéramos ricos. Como cuando erais pequeños, anda.Sofía me miró un segundo. Sus ojos oscuros, esa piel morena de sol andaluz, el pelo negro recogido en un moño alto que dejaba el cuello al aire. Tragó saliva y asintió. Yo también.El baño era pequeño, de azulejos blancos y azules antiguos, con una ventanita alta que dejaba entrar la luz del atardecer. Cerré la puerta. El pestillo sonó demasiado fuerte.Nos quitamos la ropa sin hablarnos. Yo de espaldas a ella, ella de espaldas a mí. Cuando me giré, ella ya estaba bajo el chorro. El agua le caía por los hombros, por la espalda, por ese culo redondo y firme que había crecido desde la última vez que la vi en bañador. Se enjabonó los brazos, el cuello, y cuando pasó las manos por las tetas, se le endurecieron los pezones al contacto del agua.Intenté no mirar. Fracasé.Me metí detrás de ella. El espacio era tan reducido que casi nos tocábamos. El vapor empezó a subir. Le pasé el jabón por encima del hombro sin decir nada. Sus dedos rozaron los míos al cogerlo. Un segundo. Nada más.Empezó a lavarse el vientre, bajando despacio. Yo me enjaboné el pecho, los brazos, intentando pensar en cualquier mierda que no fuera su cuerpo a menos de un palmo de distancia. Entonces ella se agachó un poco para lavarse las piernas y su culo quedó justo enfrente de mi polla.Se me empalmó de golpe.Fue violento. La sangre bajó tan rápido que casi me mareé. La polla se me puso dura, gruesa, pesada, subiendo hasta casi tocarme el ombligo. El agua corría por ella, haciendo que brillara. No pude girarme a tiempo.Sofía se enderezó. Y se quedó mirándola.Se le abrieron los ojos. La boca se le entreabrió. El jabón se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo. No dijo nada durante varios segundos. Solo miraba. Fija. Como si no pudiera creer lo que tenía delante.Yo noté cómo se le aceleraba el pecho. Cómo se le ponían los pezones todavía más duros. Cómo apretaba los muslos sin darse cuenta.—Hostia… —susurró, casi sin voz, con ese acento cargado de sorpresa y algo más.No se movió. Yo tampoco. El agua seguía cayendo entre los dos, caliente, pegajosa. Mi polla latía a escasos centímetros de su vientre. Ella levantó la vista un segundo, me miró a los ojos, y volvió a bajarla. Se mordió el labio inferior. Tragó saliva. Pero no dijo nada más. Tampoco alargó la mano. Solo se quedó allí, quieta, con las mejillas encendidas y la respiración agitada, contemplando el tamaño que le había dejado helada.Conseguí dar media vuelta. Terminé de ducharme de espaldas, con la polla todavía dura y apuntando hacia la pared. Ella se enjabonó rápido, casi con prisas, y salió primero. La oí secarse al otro lado de la cortina en silencio absoluto.Cuando salí yo, ella ya no estaba. Solo quedaba el vapor y el olor a jabón de la abuela.Esa noche cenamos los tres en la mesa de siempre. La abuela hablaba de las vecinas y del calor. Sofía apenas levantó la vista del plato. Cada vez que nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, los dos nos tensábamos.Y la tensión no se fue.Al contrario.Se quedó ahí, densa, caliente, esperando.