LA CENA DEL IDIOTA

ASeneka

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Comienza la publicación de la ópera prima que me dio a conocer

Una historia de angustia y dolor por infidelidad no consentida.


ARAN SENEKA
 

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LIBRO 1

PERDIDO




El relato aquí mostrado es pura ficción, producto de la mente calenturienta del autor que, pese a lo obsceno, sucio y soez que en ocasiones pueda resultar, sabe diferenciar perfectamente entre lo fantasioso y lo real, condenando explícitamente cualquier acto o pasaje de este libro, ilegal y/o inmoral, que pueda darse en la vida real.
El autor respeta y comparte los derechos fundamentales de todas las personas independientemente de su raza, cultura, creencia religiosa, sexo o condición. Todos los personajes y hechos son producto de la ficción por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Este libro contiene altas dosis de sexo así como un lenguaje soez en muchos de sus pasajes por lo que puede herir la sensibilidad del lector. Este material no debe ser facilitado a menores ni a ninguna otra persona sensible que pudiera ofenderse con tales comentarios.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma, o por cualquier medio, ya sea electrónico o mecánico, incluyendo fotocopiado, grabación, transmisión o cualquier sistema de almacenamiento y recuperación de información sin el permiso por escrito del autor.


AGRADECIMIENTOS​



Esta historia ha sido posible gracias a la inspiración del relato Perdiendo a mi novia de Required. Obra que leí con auténtica pasión y congoja. De hecho, fue su autor quien me dio los primeros consejos sobre mi relato.
A partir de ahí, han sido varios los colaboradores que han hecho posible el desarrollo de esta obra; corrigiendo, apuntando, aconsejando y dedicando muchas horas y esfuerzo desinteresadamente, armados con su ilusión y determinación.
David Lovia, autor de éxito sobradamente conocido en Amazon. Estrella de las Nieves, igual de grande y que siempre ha estado ahí para mí, a todas horas y en todo momento; constante, incansable y cercana. Gambito Danés, genio frustrado de la literatura. Binaria 314, amiga, confidente, experta correctora…

A todos ellos:

GRACIAS.​


Prólogo​

El viaje​


La chica intentaba abrir el compartimento del salpicadero sin apartar la vista de la carretera. El viaje estaba siendo muy largo y necesitaba saber que aún seguía allí, oculto a la vista. Lo palpó cerciorándose de que continuaba en el mismo sitio y seguidamente hurgó entre las chucherías de la bolsa que lo tapaba extrayendo un chicle de menta para disimular. «Perfecto», pensó. Pronto llegarían a su destino y quizá podría sacarlo si la cosa no se torcía demasiado. A Dani no le iba a hacer mucha gracia si se enteraba de que lo llevaba.

Dani era su novio y viajaba dormido en el asiento del copiloto. Ambos estaban cruzando el país hasta la otra punta para asistir a una boda.

Iba a ser un momento especial. No solo porque ella volvía a su pueblo paterno después de muchos años, sino porque así aprovechaban para pasar las vacaciones. Además sería una buena oportunidad para intentar solucionar los problemas de pareja por los que venían atravesando últimamente.

Estaba ilusionada pensando en el momento de presentar a su novio a sus tíos, primos y resto de amistades. Le había costado convencerlo para viajar hasta tan lejos, pero por fin él había aceptado conocerlos.

Un error del que Dani se arrepentiría durante toda su vida.
 

ASeneka

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Di mi nombre​



Cuatro años antes…

Ella era de esas chicas que te hacen girar la cabeza al verlas pasar. No solo por su belleza espectacular o por esos ojos verdes como esmeraldas que te congelan los testículos al clavar la mirada cuando se enfada. Tampoco por su altura o su porte soberbio que hacía temblar las baldosas al caminar o por su coleta de caballo que se balanceaba a un lado y a otro a cada paso. Lo más destacable de ella eran sus tetas. Grandes, firmes, elevadas y bien formadas. Las mejores que nadie haya visto jamás. Dos tetas que ella se obstinaba en ocultar tras un hosco cruce de brazos.

Su amiga, otro bellezón aunque en otra categoría, cerraba el paso tras ella hasta que ambas llegaron a la barra del pub donde se acomodaron para pedir las consumiciones. Se sentaron al final, junto a la pared. Ella ocupaba el último taburete mientras la amiga le flanqueaba de pie, formando una barrera invisible ante los moscones nocturnos.



— · —​



Dani estaba sentado, con el codo apoyado hacia atrás, en la barra del pub mientras sostenía la bebida con la otra mano. Junto a él, Rober, su mejor amigo, entretenía con su cháchara a las dos impresionantes chicas. No había tardado ni dos segundos en intentar algo con ellas en cuanto las vio colocarse a su lado, dejando al pobre Dani condenado al ostracismo, como tantas otras veces.

—Eh, Dani —susurró—, igual te dejo solo un rato. Creo que voy a dar una vueltilla con la de la izquierda.

Dani cerró los ojos y suspiró. No sabía ni por qué seguían quedando. Se había metido media hora en tren para salir de marcha con él y terminaba plantándolo por la primera chica que le hacía caso. Bebió de su vaso asintiendo a su amigo con la boca llena antes de tragar.

—Otra vez que me dejas solo —suspiró resignado—. Acuérdate de que me tienes que llevar a casa. Mañana tengo tema, así que no te retrases mucho, “cabroni”.

—Oye, que te dejo con ese pibón. Y esa es de las que te gustan a ti. —Señaló con el pulgar a la amiga.

—Paso.

—Dani, en serio. Mírala, es un “Primera Clase Especial”.

—Paso.

Rober sonrió y se mesó el pelo desde la frente hasta la nuca, entrelazando los dedos entre el cabello en un gesto que se había convertido en manía. Después se giró e intercambió algunas frases más con las dos amigas antes de abandonar el local de la mano de la chica “menos guapa”.

Se llamaba Olga. Era simpática y abierta, en contraposición con su compañera que apenas había abierto la boca durante el tiempo que Rober había desplegado su “cortejo”. De aspecto reservado y rictus contraído observó cómo su amiga la abandonaba relegándola al estatus de carabina, algo poco frecuente en ella, pero más típico en Dani, muy a su pesar.

Y aunque lo más normal hubiera sido que entre los dos se iniciara una conversación cuasi espontánea mientras esperaban la vuelta de los otros, el bellezón de ojos esmeralda no tardó en pasar de él ni cero coma dos segundos. Se giró en su taburete hacia la barra donde descansaba su consumición y regaló a Dani la imagen de su hombro izquierdo. Después, agachó la cabeza sobre la pantalla de su móvil y lo toqueteó sin parar, simulando estar ocupada. Entre los dos había quedado un taburete de distancia, justo el que acababa de dejar libre Rober. La chica ocupaba el último, junto a la pared.

A Dani se le iba a hacer muy larga la espera y, por lo visto, la chica parecía ser de su misma opinión en vista de su actitud áspera y defensiva. Por desgracia para él, su móvil llevaba una hora sin batería por lo que carecía de ese elemento como entretenimiento, así que buscó una solución alternativa para matar el tiempo. Se levantó, dio un paso hacia la chica para salvar la distancia que los separaba y levantó la mano para llamar su atención.

—Perdona…

—Ni lo intentes. No voy a follar contigo. Paso de tíos como tú.

La contestación de la chica fue cortante y categórica, con un tono un tanto enfadado. Ni siquiera había levantado los ojos del móvil. Le dejó sin palabras, con la mano en el aire. La reacción había sido de lo más hiriente, y eso sin haber abierto apenas la boca. Dani pensó que no merecía un desprecio como ese, por muy lejos que quedara de la liga en que jugaba aquella tía. Cerró los ojos durante el tiempo que dura un suspiro y se lo tomó con resignación.

—Gracias por la información, era necesaria. He estado a punto de derrochar una fortuna en condones y gracias a ti, no he cometido ese error. Pero verás, lo único que quería era que me dejaras alcanzar uno de los periódicos que tienes detrás.

La chica, desconcertada, siguió con la vista la dirección que marcaba con el dedo hasta donde se encontraban apilados varios ejemplares de prensa. Por acto reflejo se apartó ligeramente. Dani se estiró y se hizo con uno. Ella lo miró con expectación mientras él volvía a ocupar su asiento y lo abría sobre la barra, disponiéndose a leerlo. Se sorprendió de que no se tratara de un periódico deportivo.

El ambiente del local no era discotequero, pero ver a alguien a esas horas leyendo un periódico en la barra era como ver a un viejo en chándal con un velocímetro. Dani no pudo evitar sentir la mirada escrutadora de aquella chica en el cogote.

—Ya ves —dijo tocándose la frente con el índice y levantando ligeramente el periódico por uno de sus laterales—. Soy algo más que un cuerpo bonito y unas piernas preciosas.

La chica disimuló una sonrisa y, por primera vez, se fijó en él. No era feo. De complexión normal tirando a delgado aunque parecía fibroso. Tenía marcada una cicatriz en mitad de la ceja derecha que no le afeaba la cara, pero le daba un toque interesante. Otra pequeña cicatriz en la comisura de la boca remarcaba sus facciones al fruncir el labio concentrado como estaba en la lectura.

—Perdona —dijo con la boca pequeña y algo arrepentida—. Pensaba que eras otro pesado más que venía a molestarme dándoselas de supermacho. Ya veo que me he confundido.

Estuvo a punto de contestar, pero prefirió ignorarla y seguir con su lectura. Ella sabía perfectamente que era el compañero del ligue con el que acababa de irse su amiga. Así que, como excusa, era una mierda. Le dio un sorbo a su bebida.

—Eso de ahí… —exclamó ella— ¿Estás bebiendo un kas de limón en botellín con una pajita?

Dani contuvo un suspiro. El tono había sonado a burla. Y no era la primera vez que alguien se sorprendía de lo mismo.

—¿Por qué? ¿Qué pasa, te parece muy gay? Pues que sepas que tengo un montón de amigos machos y solemos juntarnos para hacer cosas de tíos —hizo una pausa—. De hecho, cuando venía hacia aquí, he soltado un eructo tan grande que todos los patos del parque han arrancado el vuelo a la vez.

La chica sonrió. No fue por lo que decía sino cómo lo decía. Parecía simpático de verdad, y gracioso. El chico volvió a su lectura desentendiéndose de ella otra vez. Ella lo siguió observando hasta que la pantalla de su teléfono se apagó, y eso le hizo recordar que su amiga todavía iba a tardar en volver. Lo guardó en su bolso y con tono amable se dirigió a él.

—Vale, oye, ¿y si me invitas a una copa?

—Paso.

Ahora la que se quedó de piedra fue ella. Al principio pensó que seguía bromeando pero pasaban los segundos y el chico seguía absorto en su periódico sin hacerle ni caso. No era habitual que ella obtuviera ese tipo de respuesta de un hombre, pero le pareció que lo había dicho de verdad.

Al final, él reaccionó al sentirse, de nuevo, observado y se giró hacia ella con gesto cansado.

—Solo esa camisa... —dijo señalándola con el dedo pero sin apartar la mirada de sus ojos— vale más que mi casa, por lo que tu nivel adquisitivo debe ser ostensiblemente mayor que el mío. Teniendo en cuenta eso y la caída de ese patriarcado machista contra el que las mujeres tanto habéis luchado, no me parece justo que sea yo quien pague la consumición. Además, lo de antes ha sido humillante. Yo también tengo mi autoestima ¿sabes? A pesar de que no sea tan guapo como tú.

Touché.

—Aunque me hayas ahorrado una fortuna en condones —añadió ahora sí, en tono de broma.

La tensión del ambiente se relajó un poco. Quizás se había confundido con ese chico al que había juzgado demasiado deprisa.

—Vale, perdona. Tienes razón —sonrió conciliadora—. He sido muy borde. Me he pasado tres pueblos ¿Puedo invitarte yo?

—Te lo agradezco de veras, pero acabo de empezar mi kas. Además, no te conozco.

Dani volvió a meter su nariz en el periódico desentendiéndose de la chica que no podía salir de su perplejidad. No era para nada la reacción habitual de un chico. Al menos de uno que no fuera ciego profundo o disfuncional. Y la cosa es que parecía normal.

Se dio cuenta de que ella le seguía mirando en silencio. Cogió aire y suspiró. Esta vez giró su taburete para encararse a ella.

—Oye, no quiero ser maleducado y me gustaría que no te incomodara lo que voy a decir, pero no tienes por qué hablar conmigo por compromiso. Entiendo tu reacción de antes aunque me pillara desprevenido. Eres un bellezón que pasa de tíos como yo, y lo asumo. Por mi parte, soy feliz leyendo hasta que mi amigo Judas vuelva de mancillar a tu amiga cuando se acuerde de mí.

Dicho lo cual volvió a su lectura una vez más. Ella, lejos de incomodarse, sonrió el comentario del chico extraño. En serio este tío era peculiar de narices. Peculiar e interesante. Estiró el cuello para ver lo que leía.

—¿Actualidad? —preguntó a su espalda.

—Economía. Estaba mirando si por fin también les va mal a los chinos. Los odio a muerte.

—Por su sistema productivo parasitario, supongo.

—Y por su mirada. Parece que estén tramando algo.

La chica soltó una risotada y se giró completamente hacia él en su asiento. Fue a decir algo cuando, justo en ese momento, alguien se sentó en el taburete que quedaba entre ellos. Un tipo alto, musculoso y con el porte de un pijo o un camarero de alto standing. Solo su corte de pelo costaba más que toda la ropa de Dani. El tipo era tremendamente guapo y se dirigió hacia el bellezón de ojos verdes que, en ese momento, se le antojaba plato de su gusto. Se veía que el hombre se gustaba y sabía gustar.

—Hola, perdona mi atrevimiento, pero te he visto aquí sola y no he podido resistirme a conocerte. ¿Puedo invitarte a algo?

El buen humor de la chica desapareció en el acto.

—Ya estaba tomando algo. Además, estoy acompañada.

—¿En serio? Yo no veo a nadie —hizo un ademán mostrando el espacio de alrededor—. Me llamo Gustavo, por cierto.

Ofreció su mano pero ella no llegó ni a mirarla. Le enfadó que ese individuo viniera a estorbar su conversación con el chico del periódico y el kas de limón justo cuando mejor se ponía.

Dani, oculto tras la espalda de aquella torre de perfume Christian Dior y atuendo prêt-à-porter de lujo, sintió una pequeña punzada de dolor. No porque pensara que le había levantado a la chica. No había nada entre ellos dos y además para él era una borde de las que se hace la simpática según la situación. Con una tía de ese calibre, los que eran como él nunca pasaban más allá de amigo pagafantas.

Lo que le había fastidiado era la forma en que se había metido por medio, como si no existiera. Como si fuera un paria o un estorbo. La tía estaba hablando con él, debería haberse cortado un poco.

Para su desgracia, aquel era el tipo de hombre idóneo para ella. Guapísimo y con un cuerpo de gimnasio de quitar el hipo.

—Oye, mira, de verdad —seguía insistiendo ella—, no me interesas. Y te aseguro que estoy acompañada.

—Vamos mujer, deja al menos que te invite a algo. Dame ese capricho. Solo una copa ¿vale?

—Te digo que ya estoy servida.

Pero aquel hombre era corredor de fondo, de los que no se caen al primer traspié. No era la primera ni sería la última vez que una hembra como aquella negaba con obstinación y terminaba gritando horas después en su cama. La miró de arriba abajo deteniéndose lo necesario en el par de tetas que se adivinaban bajo su ropa.

—Vale, de acuerdo, tú ganas —dijo por fin levantando las palmas de las manos a modo de fingida rendición, regalando su mejor sonrisa—. Dime tu nombre, al menos, antes de irme.

La chica endureció la mirada, acostumbrada como estaba a tratar con cansinos como aquel. Giró su taburete hacia la barra, sacó su móvil y simuló consultarlo condenando al Adonis al ostracismo.

—Eres muy mala conmigo, ¿sabes? Me rompes mi corazoncito.

La chica ni se inmutó. Gustavo mantuvo la posición aguantando su mutismo. De paso aprovechó para inspeccionar la forma de su trasero que ahora quedaba en mejor posición para su vista. Ella continuaba enfrascada en su móvil, toqueteando la pantalla. Con toda seguridad lo hacía solo para disimular. Él, sonrió seguro de que se estaba haciendo la dura.

Volvió a la carga.

—¿Ves aquellos tipos de allí? —Señaló algún lugar del establecimiento que la chica ni se molestó en mirar— son mis amigos. Les he dicho que conseguiría tomarme algo contigo y ahora me vas a dejar mal. ¿No puedo saber al menos el nombre de la mujer que me va a hacer volver como un panoli?

El tecleo en el móvil era incesante. Gustavo no lo sabía, pero ella estaba escribiendo a su amiga para que volviese cuanto antes.

—Vamos, mujer, no seas tan dura conmigo. Te aseguro que soy inofensivo. ¿No puedo saber cómo te llamas?

Dani le escuchaba cortejarla y lo comparó con Rober y su manera de ligar. La de aquel tipo podría definirse como táctica de acoso y derribo o bien, derribo por extenuación. Había una diferencia más entre los dos, este tío era realmente guapo. No le iba a hacer falta ni la mitad de tiempo que a su amigo para conseguir lo mismo, pero con una tía más buena.

—Entonces te lo diré yo. Seguro que lo adivino. Una belleza como tú tiene que tener nombre acorde con su hermosura.

La chica puso los ojos en blanco y después, en un ademán de aburrimiento, miró tras él, al chico del periódico.

Gustavo se apoyó en la barra interponiéndose en la visión del bellezón. Al hacerlo golpeó el brazo derecho de Dani que tenía apoyado en la barra y que terminó por retirar, resignado.

—Veamos, tú debes llamarte… —hizo una pausa innecesariamente larga simulando buscar el nombre perfecto entre miles de nombres perfectos— Afrodita. Era la diosa griega del amor y la belleza.

Gustavo sonrió con dulzura regalando su mejor pose. La chica exhaló un suspiro y movió su cuerpo hacia el otro lado intentando de nuevo encontrar visual con el chico del periódico.

—Haces como que te aburro, pero en el fondo te gusta. Lo veo en tus ojos —acusó Gustavo por fin—. Juegas conmigo. Eres muy mala.

Al decirlo, se movió sentándose más atrás y estirando la espalda, empujando el hombro de Dani que tuvo que inclinarse como la torre de pisa. Éste miró al Hércules que invadía su espacio, tan extrañado como molesto. Por su parte, la chica seguía sin responder a sus intentos y además empezó a ponerse nerviosa. Su talón empezó a moverse inquieto en el reposapiés del taburete.

—Te propongo una cosa —dijo seductor—. Si adivino tu nombre te tomas algo conmigo.

Por fin, la chica se dirigió a él. No lo hizo enfadada, más bien en tono neutro.

—¿Y si fallas?

—Me iré en paz por donde he venido. Humillado, pero contento de haberte conocido —dijo apoyando el codo sobre la barra y su cara sobre la mano. La penetraba con sus ojos color miel, embriagado de su propia belleza.

Al apoyarse sobre la barra golpeó la bebida de Dani que estuvo a punto de caer. Aprovechó también para echarse hacia atrás de nuevo. Su corpachón volvía a ocupar el espacio vital de Dani que se vio empujado, otra vez, por aquella espalda tamaño frontón.

La chica sopesó la oferta y evaluó al hombre de peso welter. Además de su sonrisa encantadora tenía un pelo perfectamente peinado hacia atrás hasta llegar a la parte alta de su nuca, dándole un toque moderno, algo largo, pero sin ser ostentoso. Su musculatura quedaba definida bajo la camisa ajustada sin caer en el error de llevarla apretada. Remataba su atuendo con una muy elegante chaqueta. Por no obviar la belleza de su rostro y la mirada penetrante de sus ojos.

—Vale, tienes una oportunidad —se giró hacia él y apoyó el brazo derecho a lo largo de la barra a la espera de su intentona—. Si fallas me dejas tranquila —El hombre sonrió ladino. Punto para él.

—Veamos… —Se tocó el mentón—. Tu nombre tiene que hacer honor a lo que se lee de ti.

Aspiró el aire simulando inspirarse con el aroma de la mujer. Sonrió complacido. Siempre sonreía, conocedor de su mejor arma.

—Esos ojos te dan un aire de pantera negra, lo que me dicen que tu nombre representa algo salvaje —una leve mueca de agrado surgió de la comisura de los labios de la chica—. Tu cuerpo felino me dice que además debe ser sensual, como yo.

Ella no se inmutó pero un ligero rubor subió a sus mejillas.

—He visto cómo te mueves. Tus gestos, elegantes pero delicados; tu forma de vestir. Tu nombre no puede ser algo corriente.

La chica lo miraba expectante. Dani sentía curiosidad por saber qué nombre se le ocurriría al lechuguino pedante que tenía junto a él.

Gustavo la miraba y dejaba que ella lo mirara a él. Al igual que el dulce que espera en la cola del supermercado y que dice cómeme mientras esperas a ser atendido. Haciendo que la tentación sea cada vez mayor hasta sucumbir. Ella no lo sabía pero él estaba ganando la partida.

—¿Y bien?

—Lo tengo —dijo él—. Solo estoy saboreándolo antes de mancillar este silencio tan encantador que compartimos.

Dani sufrió un mareo y estuvo a punto de soltar una arcada. Ese tío era un empalagoso de campeonato. Lo que le molestaba de verdad, lo que verdaderamente le dolía, era que idiotas como ese se llevaran a las mejores chicas soltando ñoñeces como esa. Se lamentó de que ese pedazo de pibón, la tía más buena que hubiera visto en mucho tiempo, se fuera a terminar yendo con aquel individuo.

La chica forzó una sonrisa por la pedante adulación de su interlocutor y, girando la cabeza, desvió la mirada de nuevo tras él.

Gustavo se recostó otra vez más en su asiento, ocupando más si cabe el espacio de Dani que ya lo tenía continuamente pegado a su costado, golpeándole con cada movimiento. Al final decidió claudicar. Era imposible leer con aquel hombre molestando sin parar. Además, escucharlo le provocaba náuseas. «Toda tuya, campeón». Se levantó con su bebida y el periódico y se fue hasta una mesa elevada que se encontraba a cierta distancia. Ocupó una de las sillas altas. La chica lo siguió con la vista mientras su interlocutor continuaba con su acoso.

—Veamos. Conozco el nombre de una diosa de la guerra y del amor. Y hemos dicho que debes tener nombre de diosa. Istar es como se llama. —Gustavo extendió la mano hasta tocar la suya. Ella no la retiró.

—¿Es esa tu respuesta? —dijo mostrando una enigmática sonrisa.

—¿Te gustaría que lo fuera?

Las yemas de los dedos de Gustavo comenzaron a acariciar el dorso de su mano desde las puntas de los dedos hasta la muñeca pasando por cada falange y cada nudillo. Ella no movió la mano tampoco esta vez.

—O quizás debería ser el de una diosa nocturna. Una diosa que gobernara la noche. La diosa romana Diana protegía la naturaleza y la luna. Quizá te llames así, Diana. ¿Será ese tu nombre?

Una mueca de malicia adornó las comisuras de la chica y Gustavo se anotó otro punto. Le estaba siguiendo el juego. Decidió continuar con sus caricias utilizando únicamente el dedo corazón. Y lo hizo de forma sutil pero con un mensaje implícito. Su yema comenzó a deslizarse entre los dedos anular y corazón arriba y abajo por toda la abertura que quedaba entre ambos. Una abertura alargada y vertical.

—¿Es Diana el nombre que eliges para mí?

—Quizás, no sé, esos rasgos salvajes y felinos me hacen dudar. ¿Te he dicho que nunca he visto a nadie como tú?

Intentó no poner cara de hastío y desvió sin querer la mirada hacia el chico del kas que ahora ocupaba una mesa en el fondo del local.

El dedo de Gustavo presionó ligeramente entre la separación de los dedos corazón y anular de ella hasta introducirse con suavidad entre ambos. Primero la yema, después la primera falange y después la siguiente. Como si fuera un pene entre los labios de una vagina.

Y entonces la chica reaccionó como un resorte retirando la mano como si hubiese tocado mierda. Estaba ruborizada y simuló buscar algo en su bolso. En realidad solo estaba ganando tiempo.

—¿Me perdonas un momento? —dijo ella—. Voy al baño.



— · —


Dani leía absorto su periódico en una zona no muy bien iluminada del local. El pub era un sitio agradable y tranquilo, algo alejado del centro neurálgico de la ciudad donde se encontraba todo el ambiente más discotequero, ruidoso y nocturno. La clientela era, por regla general, gente que acudía a tomar alguna copa antes de retirarse a su casa. Pero a partir de cierta hora, y para acoger al tipo de cliente más trasnochador, bajaban la luminosidad con el objetivo de conseguir ese ambiente nocturno tan característico de las zonas de copas. Ya era la segunda vez que disminuían la potencia lumínica por lo que debía forzar algo la vista para conseguir leer. Echado sobre la mesa y con la cara casi pegada al papel, notó cómo alguien se colocaba a su lado.

—Hola, tío. ¿Cómo te va?

Levantó la vista y vio a Gustavo. Extrañado, buscó a la chica con la mirada, pero no estaba con él ni en su taburete.

—Ha ido al baño un momento —aclaró Gustavo adivinando sus pensamientos.

La barra, al igual que el pub, tenía forma de L mayúscula tumbada. Los baños se encontraban al final de ella, en el lugar opuesto de donde estaba su taburete, doblando a la derecha para llegar a ellos. Dani se había alejado con su periódico hasta la pared del fondo, en mitad del palo largo de la L, cerca de la entrada.

El Adonis sonreía conciliador. Tenía una mano en un bolsillo de su pantalón y la otra apoyada en la mesa, junto al periódico. De cerca, y teniéndolo de pie, acojonaba un poco. No solo por su tamaño sino también por la imagen de chulo.

—Oye, ¿conoces a esa tía, la de las tetas? —Preguntó.

Por acto reflejo Dani dirigió su mirada de nuevo al taburete vacío y posteriormente a la zona de los aseos. Decidió no contestar por cautela.

—Dime, ¿sois amigos o algo? —Insistió Gustavo.

—¿Por qué lo preguntas?

—Verás —se pellizcó el mentón desde la mandíbula hasta la barbilla—, a esa tía la tengo a punto de caramelo, ¿entiendes? Ella no lo sabe todavía, pero antes de que se dé cuenta, tendré sus tetazas botando en mi cara mientras grita como una perra. Lo que pasa es que tu presencia no deja de… —buscó una manera agradable de decir lo que tenía en mente— ponerla nerviosa. ¿Me entiendes?

—Creo que no —respondió incómodo.

Apoyó su antebrazo en el respaldo de la silla que ocupaba Dani y acercó su cara a la de él. Junto con la mano apoyada en la mesa, daba la impresión de abrazarlo parcialmente. La pose podía ser de intimidad o de intimidación.

—A ver cómo te lo digo para que no te hagas películas raras —miró hacia lo lejos como buscando una nueva inspiración a su palabras—. Necesito que te pires.

—¿Cómo dices?

—Mira, tú y yo sabemos que no tienes nada que hacer con ella. No sé de qué la conoces y de verdad que no me importa, en serio. Entiendo que te guste, es normal, no hay más que ver qué pedazo de pibón y las tetazas que gasta, pero ahora estoy yo con ella y tu presencia la está molestando.

Dani lo escuchaba atónito. Miró hacia los lados por si alguien estuviera oyendo la conversación tan surrealista. Gustavo siguió hablando.

—Pareces buena gente. Y seguro que eres mejor persona, pero los dos sabemos que esa tía no es para ti. Te queda muy lejos. Mírate, mira tus pintas.

Dani se miró de arriba abajo. No sabía a qué pintas se refería. Vestía normal. No al nivel de ese modelo de pasarela gay, pero sí al del resto de humanos que se levantan cada mañana a trabajar por un sueldo digno.

Si pensaba que no había nada más humillante que la reacción de la chica al intentar coger el periódico esto lo superaba con creces.

—Mira, colega —le pasó el brazo por el hombro—, te invito a una ronda de lo que quieras. ¿Conoces el club Dante? Está aquí cerquita. Tengo un colega que trabaja en la barra. Dile que vas de mi parte, que te envía Gustavo, del gimnasio Gym21. Tómate lo que quieras, corre de mi cuenta.

Dani miró hacia la salida por donde acababa de señalar Gustavo. Después consultó su reloj y se tomó su tiempo en contestar. Se irguió para parecer algo más grande y carraspeó para agravar su voz.

—El caso es que estoy esperando a un amigo. He quedado aquí con él. Además ya estoy servido, gracias.

El rictus de Gustavo se tensó. Giró la cabeza hacia algún lugar del pub nervioso y volvió a la carga.

—Te lo estoy pidiendo como amigo. Vamos colega, somos tíos. A estas alturas no vamos a pisarnos entre nosotros, ¿no? Hoy por ti y mañana por mí.

El brazo del hombro se deslizó hasta quedar su mano a la altura de la nuca. Sintió una presión en ella. La situación empezaba a complicarse. Sin comerlo ni beberlo se estaba metiendo en un problema con alguien que le sacaba una cabeza y media. Levantó las manos a modo de rendición.

—Oye, mira. Esa tía no me interesa. No la conozco y no tengo nada con ella. Solo quiero leer mientras espero a mi amigo. En cuanto llegue me piraré con él. Te agradezco la invitación, pero va a ser que no.

Justo en ese momento llegaron por detrás tres hombretones como tres armarios. Se colocaron alrededor de Dani y Gustavo.

—Ey, Gustaki, ¿qué pasa? —Se saludaron con un choque de manos—. ¿Cómo va todo?

Cada uno de ellos era una copia del otro. Y todos sonreían conciliadores alrededor de Dani. Una sonrisa de lobo. Vestían elegantemente con ropa cara, sin ser ostentosa. Las horas de gimnasio quedaban patentes en sus figuras cinceladas. Gustavo se relajó al verlos y sonrió a cada uno como si se los acabara de encontrar, como si no hubieran estado en un rincón del pub, vigilando.

—Estos son mis colegas —presentó con amabilidad—. Son buena gente, como tú. ¿Por qué no vas con ellos a tomar esa ronda? Estás invitado a la primera. Lo vas a pasar de puta madre. Te lo garantizo. ¿Verdad, chicos?

—Claro —dijo uno pasando una mano por su hombro—. Vente con nosotros.

La silla de Dani era de talla alta. De las que debes subir el culo para posarlo. Aun así, tenía que mirar hacia arriba como si fuera un enano rodeado de trolls, tan sorprendido como estupefacto. Preguntándose si le estaba pasando esto de verdad.

—No, gracias. Estoy bien aquí leyendo —tragó saliva.

—Venga, anímate. Ya verás, te vamos a presentar a unas pavas que vas a flipar —dijo otro de ellos.

La situación empezaba a superarlo. Gustavo, que ya no sonreía, lo miraba con expectación. Le estaba pidiendo con la mirada que aceptara la oferta de sus colegas. Se lo exigía, más bien. De vez en cuando echaba una mirada en dirección a los baños. La chica de las tetas grandes y el culo perfecto no tardaría en volver y era evidente que no quería que lo viera hablando con él.

—Puedes seguir leyendo afuera, si quieres —dijo el tercero de ellos y al decirlo arrastró el periódico de las manos de Dani e hizo como que lo leía un instante. Después, lo cerró con cuidado y se lo puso debajo del brazo—. ¿Te vienes entonces?

El que había puesto su mano en el hombro tiró de él sin opción a rechistar. Fue un tirón amigable, pero enérgico. Los otros dos lo flanquearon en cuanto puso los pies en el suelo. Cuando se quiso dar cuenta, estaba caminando hacia la calle. El que le había pasado el brazo por el hombro no dejaba de hablarle.

—¿Y cómo dices que te llamas?

—Daniel —carraspeó dubitativo—. Dani para los amigos.

Sopesaba sus opciones de camino a la salida y las siguió sopesando mientras caminaban por la acera, cada vez más lejos del pub. Él no quería irse y ellos no tenían derecho a echarlo, sin embargo eso es lo que estaban haciendo. Y todo por una tía con la que no tenía la mínima oportunidad. El que llevaba el periódico lo metió en una papelera y comenzó a hablar en susurros con el que iba a su lado. Ambos se carcajeaban por lo bajo, seguramente de él.

Ir de fiesta con unos maromos que no conocía, le repugnaba, pero la idea de que no fueran a ir precisamente de fiesta le repelía aún más. Pensó en plantarles cara. Uno contra tres mascachapas inflados a esteroides. Otra opción era deshacerse del abrazo del que iba a su lado y salir corriendo. Quizá no pudiera competir con ellos levantando gimnasios, pero a la carrera era como un gamo. El ambiente se iba volviendo cada vez más tenso y todos eran conscientes de ello aunque intentaban disimular.

—Por curiosidad, esa cicatriz que tienes en la ceja... —dijo el que lo abrazaba por el cuello— ¿Cómo te la hiciste?

Su tono seguía pareciendo amigable y conciliador. En otra situación hasta podrían haberse hecho buenos amigos.

—Fue de una vez que había una docena de tíos metiéndose con alguien indefenso. Tuve que darles una paliza.

Las risas de todos no se hicieron esperar. Sonaban huecas, histéricas. Como si escondieran algo debajo.

—¡JA!, muy buena —dijo el del abrazo—. Y supongo que sería una damisela en apuros, ¿no?

—¿Importa eso?

Los tres se miraron entre sí. Debía parecerles gilipollas.

—Claro, claro, haz el bien y no mires a quién, ¿verdad?

Las risas contenidas eran cada vez mayores. Mientras caminaban, a Dani se le ocurrió una tercera opción: la negociación. Pero la desechó de inmediato, no iban a entrar en razones. No le dejarían volver.

Suspiró y maldijo su mala suerte. Él solo quería matar el tiempo en el pub, leyendo tranquilamente hasta que llegara Rober. Sin embargo, se encontraba caminando con tres tiparracos sin saber si se dirigían a un punto en concreto, solo caminaban. Cogió aire, suspiró y se santiguó mentalmente a su manera.

«Papá, mamá...».



— · —​



—¿Y vienes mucho por aquí?

—Di mi nombre de una vez, Gustavo.

—¿Sabes una cosa? —Sonrió como si no la hubiese oído—. Desde que te he visto he sabido que necesitaba conocerte.

—Di mi nombre —el tono no era el mismo.

—¿Y te tomarás algo conmigo… en otro local? —La chica había vuelto a posar el antebrazo en la barra de nuevo. Gustavo colocó su mano encima de la suya—. Conozco uno que te sorprenderá.

—Dilo de una vez —se notaba impaciente pero no retiró la mano.

—Prométemelo. Hazme esa pequeña concesión. Te aseguro que si acierto no te arrepentirás.

Miró, durante unos segundos, la mesa vacía donde había estado el chico del periódico y chasqueó la lengua. Después miró a Gustavo y sopesó su oferta.

—De acuerdo, dilo y acabemos de una vez.

Su sonrisa, amplia de por sí, aumentó otro poco más. La mantuvo hasta que la tensión se hizo insoportable. Al igual que había hecho antes, deslizó sus yemas sobre los dedos de ella desde las puntas hasta los nudillos. Esta vez no intentó profanarla sino que posó su palma sobre el dorso de ella.

—Estoy entre Istar y Diana —la chica sonrió de medio lado.

Entrecerró los ojos y comenzó a mover el dedo en el aire como si los nombres estuvieran dibujados a un lado y otro de su cara y dudara por cuál decantarse. La chica esperaba impaciente su nombre. Él sonreía como si supiera algo que ella desconociera.

—Dilo.

Cogió aire. Lo exhaló con lentitud, y lo dijo.

—Alba.

El rictus de la mujer cambió por completo. Sus facciones se congelaron y en sus ojos aparecieron signos de crispación. Retiró la mano como si la de Gustavo empezara a quemarle.

—¿He acertado? —preguntó Gustavo ingenuamente.

Por toda respuesta ella retrocedió irguiendo su cuerpo, desconfiando de un extraño que supiera su nombre. Quitó el codo de la barra y se rebulló sobre el asiento, intranquila.

—Vale, lo confieso —reconoció Gustavo levantando las palmas de las manos—. Sabía tu nombre antes de venir. Se lo oí a tu amiga cuando pasasteis junto a mí al entrar. No te asustes. De verdad que soy inofensivo, ya te lo dije.

—Entonces has hecho trampa.

—En el amor, al igual que en la guerra, todo vale. Sobre todo en el amor. Y el tuyo bien lo merece, Alba —le dio un poco de tiempo a la chica para que asimilara su victoria— ¿Vamos a otro local entonces?

Ella dudó. Miró la hora. —Se me hace tarde y espero a una amiga que no puede tardar.

—¿Amiga? vamos, aquí solo estamos tú y yo. Venga, vente. Te gustará. Me lo debes. Lo prometiste.

—Mira, no sé, no quiero que se me haga tarde.

—Está aquí al lado. En esta misma calle.

La chica pareció confundida. Miró hacia la salida por acto reflejo y frunció el ceño.

—En esta calle solo hay un hotel —dijo extrañada— ¿Me quieres llevar a un hotel? —Se puso rígida sobre el taburete.

—Ey, tranquila. Yo me refería al bar-restaurante que hay dentro. No te hagas películas raras.

La observó y examinó su reacción. En el fondo no parecía muy disgustada y su cuerpo emitía buenas vibraciones. Pareció que se relajaba un poco.

—Aunque por otra parte, ya que estamos allí… siempre podríamos…

—No, creo que no —atajó ella.

Gustavo sonrió por enésima vez y levantó las palmas claudicando.

—No me has dejado acabar. Quería decirte que podríamos cenar algo. Me encantaría invitarte.

Ella cerró los ojos y suspiró de manera pesada. No contestó.

Volvió a mirarla fijamente con la cara apoyada en la mano y el codo en la barra. Cambió de táctica.

—¿Te he dicho que soy cirujano estético? Estoy en esta ciudad por una convención a la que asisto. Precisamente me hospedo en ese hotel, por eso conozco su bar y su restaurante.

Por norma general, esto le funcionaba como un bálsamo con las mujeres. La chica enarcó una ceja. No tenía pinta de médico, pero Gustavo no tenía intención de dejarla pensar mucho.

—¿Me dejas que te diga una cosa? Eres guapísima, de verdad. Pero si te tuviera tumbada en mi camilla de operaciones hay algo que cambiaría —La boca de ella se tornó en una línea recta y dura. Gustavo dejó que rumiara lo que acababa de decir. Sabía hacerse el interesante.

—La posición —dijo al fin. Y esperó a que ella pillara la gracia—. Seguro que eres de las que le gusta encima, dominando al macho.

La ceja de ella siguió enarcada pero el rictus de la boca formó una fina curva ascendente con aspecto maléfico. Gustavo se anotó tres puntos y devolvió la misma sonrisa ladina y cómplice. La batalla estaba ganada.

—Puedes llamar a tu amiga desde allí para que se acerque cuando llegue.

Ella posó la vista en sus ojos. Había que reconocer que el tío estaba de muerte y no pasaría nada por matar el tiempo tomando algo con un chico tan guapo y elegante aunque, por otra parte, no tenía pensado pasar la noche con nadie. Tamborileó con los dedos en la barra y lanzó un hondo suspiro.

—No sé, Gustavo. No tenía pensado volver tarde —dijo al fin—. Además, tengo novio.

Él volvió a mostrar su sonrisa perversa y se acercó a su oído para susurrarle. —Si fuera cierto, no hubieras salido con tu amiga sabiendo que podías quedarte solita.

—Es verdad, lo digo en serio —dijo a la defensiva. Pero era evidente que no la había creído—. Además, mi amiga llegará de un momento a otro y no puedo dejarla colgada.

—Venga, Alba. Sabes que tu amiga no va a volver. Está pasándoselo de miedo con su amigo mientras tú estás aquí esperando. Vente conmigo, anda. Solo vamos a charlar como buenos amigos.

—De verdad que no puedo. No debo.

—Por tu novio imaginario, ¿no? —Gustavo sonrió con la ceja levantada y Alba apartó la mirada avergonzada.

—Mira Gustavo, eres fascinante. Lo digo en serio. Quizás en otro momento tú y yo podríamos… no sé. Pero es que esta noche no me apetece liarme.

—Sí te apetece, lo que pasa es que te doy miedo.

Alba no picó y no entró al trapo. —Sí, será eso.

—Acompáñame hasta el hotel —concedió finalmente—. Si cuando lleguemos sigues pensando igual, nos despedimos en la puerta. Solo te pido eso. Al menos que sean tus ojos lo último que vea esta noche ¿No me lo vas a conceder?

Alba seguía dudando y sus dedos seguían tamborileando nerviosos en la barra. De pronto su móvil emitió el sonido característico de un WhatsApp entrante. Lo encendió, desbloqueó la pantalla y abrió la aplicación de mensajería. Había un mensaje de Olga, por fin. Había llegado en el momento oportuno.

OLGA_

Tía, me vas a matar pero me quedo un rato más con éste, vale?

Perdona por no avisarte antes pero es que… ufff. Mañana te cuento :) :) :)

Si no te veo, mándame un was cdo llegues para saber que estás bien, ok?​

Gustavo leía por encima de su hombro y no pudo evitar sonreír. Alba apagó el móvil y lo guardó en el bolso.

—¿Lo ves? Venga. ¿Qué me dices? —insistió—. Solo una copa.

Ella seguía dudando, pero al final giró su taburete hacia él y le devolvió una tímida sonrisa a modo de cortesía después de soltar otro suspiro.

—Vale. Tú ganas. Nos tomamos una en el bar del hotel. Solo eso —advirtió ella—. No va a pasar nada más.

—Claro, claro, solo tomar algo, ya te lo he dicho. Lo único que quiero es que charlemos en un sitio mejor que este tugurio donde podamos estar tranquilos y a gusto y me dejes conocerte. Te va a gustar, ya lo verás.

—Te lo digo en serio, Gustavo. Solo una copa —amenazó—. Y que quede claro que eres mi plan B, no te hagas ilusiones.

—Por supuesto.

Se levantó del asiento y esperó a que ella hiciera lo mismo. Observó cómo recolocaba las cosas de su bolso con parsimonia cuando alguien se colocó junto a él, a su derecha.

—Perdona —dijo una voz conocida—. ¿Os importa si dejo esto ahí?

Gustavo vio con estupor la presencia de Dani sosteniendo un periódico en la mano. Por su parte ella, que aún no se había levantado del asiento, sonrió al verlo y se inclinó apartándose lo justo para que pudiera alcanzar la pila donde se acumulaba el resto de la prensa. Dani se estiró metiendo su cuerpo entre ambos, tocando el pecho de Gustavo con la espalda.

Gustavo no se movió ni un ápice como si fuera una montaña y esperó a que Dani se largara por donde había venido. Tensó los músculos de los brazos y apretó la mandíbula. Todavía estaba aguantando la respiración esperando verlo desaparecer cuando oyó a Alba interpelarlo.

—¿Lo has leído entero?

—Nah, solo he mirado los dibujos —contestó hacia atrás.

La sonrisa que le regaló la chica casi le arranca un suspiro. Sería una borde, pero era bonita de verdad, incluso le pareció más guapa que antes. Sus ojazos verdes parecían más brillantes. Tampoco pudo evitar fijarse en Gustavo. Ese chulo pedante y sus musculitos de gimnasio que lo miraba con cara de asco.

Dio unos pasos más y entonces se paró de nuevo. En su semblante se podía leer que estaba rumiando algo. Gustavo se dio cuenta de lo que iba a intentar aquel pagafantas y se desplazó a un costado interponiéndose entre los dos con su corpachón, anulando la conexión visual de Dani con ella.

—Bueno, ¿nos vamos, Alba?

Había posado una mano sobre su cintura invitándola a levantarse y de paso enviando un mensaje de propiedad. Su mano casi circundaba la cintura de la chica.

Y entonces ocurrió algo que no entraba ni en el peor de los escenarios contemplados por Gustavo. Dani lo rodeó y ocupó el taburete que había dejado libre, colocándose frente a ella para, posteriormente, hablarle con todo el descaro.

—Me llamo Dani. Quizás no hayamos empezado de la mejor manera —dijo de corrido—. Pero si todavía está en pie la invitación de antes, me gustaría aceptarla.

—Ella está conmigo —interrumpió Gustavo afectadamente molesto—. Además, ya nos íbamos.

—Ve yendo tú —cortó ella—. Yo te sigo ahora.

—¿Y dejarte aquí sola? —bromeó alegre—. Ni hablar. Vamos preciosa. Hemos dejado algo a medias y te he prometido que te iba a sorprender. —Alargó el abrazo para rodear su cintura por completo y de paso la pegó contra su cuerpo haciendo que ésta notara la dureza de su complexión.

Por toda respuesta ella clavó sus ojos en los de él en lo que podría considerarse una mirada de advertencia. Apartó la mano de su espalda con un gesto sutil pero autoritario.

—Prefiero quedarme aquí, ¿vale?

—No me digas eso, bonita. Hemos dicho…

—Que eras mi plan B y además —añadió—, ya te he dicho que estaba acompañada.

Por primera vez en toda la noche, Gustavo intentó sonreír sin conseguirlo. En su lugar ofreció la mueca patética de un perdedor.

Fin capítulo I
 

ASeneka

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La gasolinera​


Se sorprendió al descubrirse observada por su novio que la miraba ensimismado mientras sujetaba el volante con una mano y se apoyaba en la ventanilla con la otra. Le sonrió de medio lado.

—Hola, bello durmiente.

Dani había estado dormitando contra el cristal y sus ojos mostraban las secuelas del sueño al igual que la marca de su frente.

—¿Estamos parando? —preguntó rebulléndose en el asiento a la vez que se frotaba la cara.

La velocidad del vehículo se reducía mientras rodaban por el carril de entrada hacia la estación de servicio. Alba buscaba con la mirada un surtidor libre.

—Me meo —dijo ella—. Y de paso repostamos, que ya nos hace falta. ¿Te encargas tú mientras busco los lavabos?

—Cómo no. Siempre hago yo todo lo peor. Haces de mí lo que quieres —contestó con sorna.

Sonrió sin mirarle mientras conducía hasta el surtidor más cercano. Cuando se detuvo, recogió su bolso y se aseguró de que llevaba todo dentro. Recuperó la chaqueta de los asientos de atrás y se la puso, aunque en el exterior hacía bastante calor. Abrochada por delante tapaba parcialmente su anatomía. Se quitó las gafas de sol, se miró en el espejo, se recolocó la coleta y le lanzó un beso al aire.

—Para algo tienes que servir… Billy el rápido —dijo propinándole un golpecito en sus partes con el estuche de las gafas que lo cogió desprevenido.

Dani dio un pequeño bote por el susto, echando el cuerpo hacia delante por acto reflejo y ruborizándose. La miró con un fingido gesto de dolor.

—Eso ha dolido… aquí dentro —dijo tocándose el corazón con un dedo.

—Te lo he dicho en broma porque sabes que no me importa lo más mínimo —dijo mientras besaba sus labios y frotaba su nariz con la de él—. No te obsesiones con eso, ¿vale? Venga, tú la gasolina y yo al baño.

Se quedó mirándola mientras seguía metiendo y sacando cosas en el bolso. Casi cuatro años juntos y todavía no podía creerse que estuviera saliendo con ella. Como si tuviera que excusarse ante el mundo por estar con alguien muy por encima de sus posibilidades.

—¿Sabes una cosa curiosa? —dijo Alba rompiendo el breve silencio—. Esta gasolinera fue el último lugar en el que paré cuando volví del pueblo la última vez. Tengo la corazonada de que parar aquí de nuevo es como una señal o algo así.

—Será una señal de que te meas mucho porque, según el GPS, casi hemos llegado a casa de tu prima.

—Qué bobo eres —sonrió.

Pero aquella corazonada sería premonitoria.

Salieron del coche notando el calor del verano. En esa época del año el sol achicharraba hasta debajo de la sombra. Ella comenzó a caminar, dejando a Dani a cargo de su tarea. En un cartel podía leerse “PROHIBIDO MÓVILES” que le recordaba que debía poner el suyo en modo avión o apagarlo. Más abajo, sobre el surtidor, otro cartel más pequeño indicaba que esperase a ser atendido por un operario. Encontró a uno al otro lado de la isleta.

El muchacho vestía con el atuendo del establecimiento y, en ese momento, se encontraba hablando con las ocupantes del coche que estaba repostando. Eran dos adolescentes que, desde los asientos traseros, disfrutaban con la atención del apuesto gasolinero más preocupado de ellas que de la manguera insertada en su coche. Ambas sonreían y cuchicheaban como colegialas mientras él no paraba de pavonearse y de lucir su lozanía conquistadora.

Era un chaval joven aunque, por su corpulencia, podría parecer mayor. Alto y bastante bien parecido, daba la impresión de ser algo presumido vista su indumentaria impoluta y su corte de pelo demasiado moderno. De esos que cuidan mucho su aspecto incluso en el trabajo o cuando salen a comprar el pan.

Solo la presencia de Alba, caminando hacía el edificio, hizo que éste desviara su atención de las dos rubias. Su cabeza rotaba como un girasol y sus ojos se habían quedado descaradamente fijos en ella a lo largo de todo el recorrido, incluso después de desaparecer tras las puertas automáticas.

Dani nunca era ajeno a aquellas miradas de lascivia a las que, generalmente, seguían otras de asombro y desprecio cuando terminaban retornando hacia él. Sonrió para sus adentros.

Desaparecida Alba, el operario volvió a su cháchara con las chicas como si no tuviera otra cosa que hacer por lo que Dani carraspeó para hacerse notar.

Funcionó.

Sin mucha prisa, pero sin retirar la manguera del coche de las chicas, que ya había dejado de bombear hacía rato, y sin dejar de mantener contacto con ellas, se acercó a Dani y lo saludó con un ademán de cabeza.

—Lleno, por favor —le dijo.

Colocó la pistola en la boca del depósito e inmediatamente volvió al otro lado de la isleta para continuar con el palique. «Adolescentes», pensó Dani.

Se vio obligado a soportar el desagradable cortejo juvenil. El chico incluso se apoyaba en el coche y cruzaba los tobillos, despreocupándose del resto del mundo. Y las dos rubias encantadas, claro.

Por fin se oyó el clac del gatillo de la pistola, pero el operario, lejos de volver a su lado a retirarla, le había cogido gusto a la compañía de aquellas dos muchachas.

La hubiera retirado él mismo si no fuera por su aspecto pringoso. Tampoco había guantes a la vista así que volvió a carraspear para llamar su atención, esta vez, sin éxito. El ligón lo estaba pasando tan bien que ya no existía nada a su alrededor.

—Perdona —llamó—, esto ya ha acabado.

El chico lo miró fugazmente y reaccionó separándose del coche, amagando con acudir pero sin dejar de hablar con ellas. Apenas un paso en su dirección pero nada más. Se quedó plantado en mitad de la isleta, terminando su charla. Dani resopló. «Menuda pachorra», pensó. El ruido de la bomba de combustible trabajando en vacío, sonaba sin cesar. Y el tiempo pasaba.

—Oye, en serio. ¿Puedes quitar esto ya?

—Que ya voy.

“Que ya venía”, había dicho, y no se había movido ni un pelo, plantado en el mismo sitio. Dani se masajeó el puente de la nariz mientras expiraba el aire de sus pulmones intentando no perder la paciencia. Pasaron dos minutos más. Si la pistola no estuviera tan pringosa…

—A ver, chaval, ¿puedes dejar de hablar con tus novias y ponerte a trabajar de una vez?

La frase cayó como un rayo fulminador. El chico se giró con los ojos encendidos. Le había llamado la atención delante de las dos chicas, algo que su ego de adolescente no podía tolerar.

Se acercó sin mirarlo y prácticamente arrancó la manguera de la boca del depósito. En el recorrido, la punta de la pistola fue desprendiendo restos de gasolina que formaron un arco. Dani retrocedió de un salto, pero varias gotas cayeron sobre la pernera de su pantalón.

—Ey, joder.

—Cuidado —respondió el gasolinero sin mirar.

Lo dijo como un autómata mientras ensartaba la pistola en su zócalo. Y tampoco había pedido perdón, solo avisaba de su ineptitud después de haber hecho el daño.

—¡Pero qué leches! Oye, que me has puesto perdido de gasolina.

No le hizo ni caso y volvió junto a las chicas. Dani alucinaba de que pasara de él de aquella manera.

—Al menos podrías pedir perdón.

—A ver, que ha sido sin querer.

Se lo veía muy molesto. La verdadera razón eran las dos chicas que los observaban. Su presencia hacía que se hubiera puesto en modo macho Alfa y, por su semblante, Dani adivinó que ambas leonas estaban de parte de su macho copulador. Lanzó un suspiro, colocó el tapón y se dirigió a pagar. «Idiota», pensó.

Llegó hasta las puertas automáticas sintiendo el peso del sol que arrasaba el suelo de hormigón. Justo antes de entrar se cruzó con dos mujeres. Por el parecido debían ser hermanas, seguramente la madre y la tía de las adolescentes. Una le dio un pequeño codazo a la otra y susurró en voz baja.

—Mira, ahí sigue el gasolinero. Joder, está buenísimo. A éste ya le dejaba yo que me rellenara otra cosa con su manguera.

—Calla, loca —le recriminaba la otra entre carcajadas—. Si es un crío.

Se fijó de nuevo en el operario. «Ser gilipollas no está reñido con ser un guapo con suerte. A cuántas se habrá llevado con el mínimo esfuerzo», pensó.

Al volver la vista al frente, se fijó en el establecimiento. Era parte de un edificio compuesto, además, por una pequeña cafetería adosada en su lado izquierdo, independiente del primero pero acompañamiento ideal para transeúntes que además de repostar combustible quisieran descansar frente a un tentempié. Juntos, los dos edificios formaban una L mayúscula. Siendo el establecimiento que tenía delante el que conformaba el palo inferior.

Una vez dentro, se sorprendió de que su interior fuera mucho más amplio de lo que parecía desde fuera y, lo más importante, se estaba fresquito. El mostrador de cobro quedaba justo a la derecha, cerca de la puerta. Hacia la izquierda se podía pasar por pasillos formados de estanterías repletas de productos hasta llegar al fondo del local.

Frente a él, una cola de gente esperaba su turno para ser atendida. Alba estaba en ella. Había cogido algún paquete a la vuelta del baño y aguardaba a que el único empleado tras el mostrador, un joven con la cara llena de acné, despachara a toda aquella gente. Al verlo entrar le sonrió.

—He cogido esto —dijo enseñando una bandeja de pastas—. Es para no llegar con las manos vacías y que vea que le llevamos algo. —Mostraba una sonrisilla picarona—. Ya que nos va a dejar su casa…

Dani le devolvió la sonrisa cómplice. No podía quererla más.

—Qué generosa eres —sonrió ladino—. Oye, voy a echar un meo y de paso a ver si me puedo limpiar un poco el pantalón, que me he manchado de gasolina. No sé cómo voy a poder quitar el pestuzo para no atufar el coche.

—Pero qué guarrete eres.

—Calla, calla. No me hables. —Comenzó a caminar hacia los aseos—. Te encargas tú de pagar la gasolina. He repostado en la tres.

Desapareció entre las estanterías recorriendo uno de los pasillos. Casi cuando estaba a punto de sobrepasar el último de los estantes, oyó un bisbiseo. Dos hombres hablaban entre sí al otro lado de la estantería donde se encontraba, ambos de espaldas a él.

—Pedazo tetas que tiene la pava. Yo creo que casi hasta me ha pillado mirándoselas. Menudo espectáculo.

—Y le has sacado una foto. ¡Qué huevos tienes!

—Nos ha jodido. Justo estaba con el móvil en la mano cuando va la pava y se agacha a por no sé qué. Casi me da un mareo cuando he visto aparecer aquellos melones. No he tardado ni cero coma dos en activar la cámara.

—¡JA! Menudo cabrón que estás hecho. Y te ha quedado de puta madre. A ver, a ver, amplía —le apremiaba el otro—. Uaaa, qué bufas. Éstas son para meneártela hasta que se te caiga la polla. Me la tienes que pasar.

Dani asomó la cabeza lo justo para que no se dieran cuenta de su presencia. Uno de ellos levantaba el móvil. Por el hueco que quedaba entre los dos podía ver la pantalla y, aunque había cierta distancia, se apreciaba perfectamente que era Alba. La imagen era un zoom de su escote y de su generoso canalillo.

Sonrió para sus adentros. Babosos como esos nunca tendrían con ella la más remota posibilidad.

Los dos tipos eran bastante diferentes entre sí. Uno parecía mayor, no viejo pero sí algo pasado de edad. Con el pelo entrecano y alguna arruga en las comisuras de su cara. Vestía ropa de trabajo con los colores del establecimiento.

El otro era joven y espigado, pero carecía de esa chispa que da la lozanía por lo que daba la imagen de un tipejo cetrino y taciturno. Vestía una camisa blanca y pantalón negro envejecido, casi sucio.

Por su forma de hablar parecían dos de esos eternos jóvenes que siguen llevando zapatillas y chupa vaquera el fin de semana, aunque cumplan noventa años, como si eso les hiciera detenerse en el tiempo. De los que utilizan expresiones juveniles mientras fantasean como pícaros adolescentes cuando en realidad solo babeaban como viejos verdes. Daban grima. Mucha.

Estaba a punto de salir de su escondite cuando un comentario lo dejó clavado en el sitio.

—Seguro que el novio es un mingafría —dijo el más viejo.

—No creo. Ésta tiene pinta de liarse con el típico musculitos de gimnasio con pasta.

—Que no, tío. Te juego algo a que es un puto pringao pichacorta que no sabe cómo follarla. Te lo digo yo que tengo un don para esto.

El compañero más joven sonrió la ocurrencia como si fuera un chiste, pero el otro se lo decía de veras y oscureció el semblante.

—En serio, lo huelo. —Se llevó el dedo a la nariz—. Y te digo que esta es una malfollada.

—¿Y lo sabes solo con mirarla? Venga ya.

—Y por la forma de moverse. Y de caminar. —Bajó la voz—. Y ésta camina como una perra caliente. —Le dio un pequeño codazo—. Y yo de éstas he catado más de una, y con su cornudo bien cerca.

—Me tomas el pelo.

—Que sí, te lo digo yo. Ésta tiene toda la pinta de ser de las que le va la marcha y su novio no le da la que necesita. Van de dignas y de fieles, pero te digo yo que con un buen rabo, le pone los cuernos así —dijo chasqueando los dedos.

El compinche más joven coreó la gracia de su amigo con una risita irritante. De esas que emiten ronquiditos y que parecen el rebuzno de un asno. El otro, alentado por su elocuencia, se llevó la mano al paquete haciendo gestos obscenos. Las carcajadas de burro del segundo sonaron más fuertes.

A Dani se le había borrado la sonrisa.

Salió de su escondite y lo hizo a zancadas, como si acabara de llegar y pasara de largo sin haberlos oído. Los dos se pusieron tensos al verse sorprendidos y se apartaron un poco el uno del otro mientras él se alejaba hacia la puerta del baño.

Cuando evacuó la vejiga, se dedicó a frotar la parte baja de la pernera con un pañuelo húmedo. El resultado final fue una pernera empapada, pero al menos había logrado parte de su objetivo y casi no olía a demonios.

Salió del aseo y deshizo el camino. Al llegar al mostrador se encontró con que Alba ya no estaba en la cola y el chico de la cara llena de granos terminaba de despachar a la última persona que quedaba. Ella seguramente le estaría esperando fuera. Giró hacia las puertas y antes de abrirse se topó con el señor de pelo cano que estaba junto a ellas reponiendo en la estantería más próxima a la salida. Cruzó la mirada con él y salió al exterior sintiendo de nuevo el calor achicharrante. Efectivamente allí estaba Alba.

Hablando con el gasolinero conquistador.

Casi le da un espasmo. El muy crápula no había perdido el tiempo y en cuanto la había visto se había acercado para desplegar su cortejo macho-alfa-pueblerino. Lo vio hablando en plan tonteo, como con las otras chicas del coche de antes. En ocasiones le tocaba el brazo con la punta de sus dedos como si necesitara mayor atención para un dato de la historia en concreto. Volvía a ser el dandy conquistador, amable y seguro de sí mismo; con su garbo y actitud autosuficiente. Estaba sabiendo mantener la atención de Alba. Demasiada quizás, a juicio de Dani.

A lo mejor, si hubiera sido otro, hubiera disfrutado viéndolo babear por su novia, fantaseando con ella y regodeándose en su inútil intento por cortejarla sabiendo que nunca sería suya. Permitiendo que creyera que, a cada minuto de conversación, aumentaban sus posibilidades.

Pero aquello era diferente. Y no solo porque aquel idiota le produjera una antipatía enorme. Sino por ser el típico guapito lameorejas acostumbrado a conseguir las mejores chicas solo con su cara bonita. Así que en lugar de esperar paciente a que acabara su inútil conversación, se plantó junto a los dos de sopetón. Alba se dio un pequeño susto por la sorpresa.

—¡Dani, amor! —exclamó inquisitiva.

—Ya estoy. ¿Nos vamos?

El gasolinero también se quedó desconcertado. Seguro que ahora se arrepentía de haber tenido un encontronazo con él. La mirada de pocos amigos de Dani hacía incómoda su compañía.

—Bueno… yo me voy, que acabo de terminar mi turno. Justo iba hacia los vestuarios a cambiarme.

Lanzó una última miradita a Alba a modo de despedida y tras subir los dos escalones desapareció tras las puertas automáticas. Al abrirse éstas, Dani vio al señor de pelo cano que seguía allí como mudo testigo de la escena. Observando todo desde el interior sin quitar ojo a Dani y, sobre todo, a Alba, a la que había visto acompañada de su compañero guaperas. Una disimulada sonrisita se adivinaba bajo su bigote y Dani supo exactamente lo que le estaba pasando por la cabeza. Mantuvo la mirada hasta que las puertas volvieron a cerrarse.

—Joe, Dani. Lo has acojonado al pobre. Con lo majo que parecía.

—Lo he acojonado porque le he pillado intentando ligarte —bromeó.

—Qué va. Si es un crío —rebatió gratamente ofendida—. Me estaba contando que es del pueblo al que vamos. Le iba a preguntar si conocía a mi prima cuando has llegado tú de sopetón. Pobre chaval, casi le da un espasmo.

—Claro, porque estaba ligando contigo. Le he cortado el rollo.

—Y dale. Qué manía tienes con ver a todo el mundo intentando ligarme —le golpeó en el hombro de modo cariñoso—. Si sigues así, un día me lo voy a tomar mal.

—Y hablando de tomar, ¿Nos tomamos algo? Hay una cafetería ahí al lado. Así estiramos un poco las piernas antes de ponernos otra vez en ruta.

Había cambiado de tercio con rapidez, no le interesaba que la conversación fluyera por aquellos derroteros que le hacían sentir bastante incómodo. Alba tardó unos momentos en aceptar su proposición.

—Supongo que todavía es pronto para llegar a casa de mi prima. —Se apartó el pelo y lo llevó a un lado de su cuello—. Vale, tú ve yendo a coger sitio y pedirme un café. Yo me encargo de mover el coche hasta allí. Así aprovecho y dejo esto —en referencia a las pastas—. Y de paso le pego un toque a mi prima para decirle dónde estamos y la hora a la que vamos a llegar.

Dani chasqueó los dedos con las dos manos y la señaló con ambos índices.

—Solo, con stevia, no azúcar, en un vaso con dos hielos.

Por toda respuesta, Alba sonrió agradeciéndole que la conociera tan bien. Él comenzó a caminar hacia la esquina que daba la vuelta hacia el edificio de la cafetería. Al doblarla enfiló hacia la entrada que se encontraba a cierta distancia. Los rayos del sol rebotaban contra la pared amplificando su efecto horneador. Varios coches permanecían aparcados en batería entre los cuales Dani pudo ver varios huecos libres donde Alba podría dejar el suyo con facilidad. Al llegar a la puerta de entrada, la encontró adornada con un par de arbustos a cada lado. Sorteó el primero de ellos y se metió dentro del edificio. De nuevo un lugar fresco donde guarecerse.

Ocupó uno de los taburetes junto a la barra. Uno de los camareros se encontraba limpiando cubiertos. Un tipo espigado de tez cetrina con camisa blanca y pantalón negro envejecido, casi sucio. Le hizo una señal con la cabeza para indicarle que le atendería enseguida. Dani extendió un periódico que había en la barra y se puso a ojearlo.

Cuando le sirvieron las consumiciones, le dio a la suya un pequeño trago aspirando de la pajita. El sabor amargo del kas de limón se coló por su garganta, refrescándolo. Comenzó a pasar hojas mientras daba tiempo a que llegara Alba. Miró por los cristales. Si se daba prisa podría coger una plaza que quedaba frente a la puerta.

Volviendo a la lectura descubrió que el periódico no informaba de gran cosa. Al parecer el mundo se había aburrido de castigarse continuamente. Volvió a dar otro sorbo a su kas.

Las hojas del periódico seguían pasando y ella seguía sin llegar. Pensó en lo que podría entender Alba como dar un “toque” a su prima al frescor del aire acondicionado del interior del coche. Comprobó el reloj.

Alguien se sentó en el taburete de su lado. Un chico con el uniforme del establecimiento de antes. Era el dependiente de los granos de la tienda. Lo saludó con un ademán de cabeza y volvió a su lectura. Por el rabillo del ojo le pareció que éste se lo había quedado mirando. Como si lo observara por encima del hombro.

—Vaya día, ¿eh? —dijo al ver que no dejaba de mirarlo.

—Pues sí. Menos mal que ahí dentro —refiriéndose a la tienda— tenemos aire acondicionado. Que si no…

El camarero espigado le sirvió un vaso de cerveza fresca sin que lo hubiera pedido. El de los granos se lo agradeció con una sonrisa.

—Me lo apuntas, ¿vale?

Dio un trago largo hasta vaciar media consumición y se limpió la espuma de la comisura de los labios. —Qué bien sabe una cerveza fresca cuando tienes sed.

—Sí —contestó levantando su kas a modo de brindis.

El Granos seguía mirándolo de forma extraña, con la frente arrugada.

—¿Tú no estabas en la tienda hablando con esa chica…?

Dani lo miró fijamente esperando oír un ofensivo “...de las tetas” pero el muchacho pareció percatarse a tiempo, por lo que dejó la frase en el aire intentando encontrar una salida honrosa.

—¿… de la bandeja de pastas? —dijo por fin.

«Bien salvado», pensó Dani con una sonrisa ladina.

—Sí, ésa. Es mi novia. —Volvió a mirar el reloj y frunció el ceño. Estaba tardando un poco.

El chico se había quedado algo cortado. —Oye, pues… te felicito por tener una novia tan guapa. Y tiene unos ojazos superbonitos.

«Por no hablar de sus tetazas», pensó Dani que ya se lo imaginaba fantaseando con ella. Seguro que más de una pajilla iba a caer a su costa. Le perdonó mentalmente. Él haría lo mismo si estuviera en su lugar. Alba era un cañón de mujer.

—Ya, gracias. Se lo diré de tu parte en cuanto la vea. Está aparcando el coche aquí enfrente. Debe estar a punto de entrar.

Al decirlo, estiró el cuello para mirar a través del ventanal a los coches aparcados enfrente. El chico acompañó su mirada de manera fugaz hacia el exterior donde no se apreciaba movimiento y mostró desconcierto.

—También iba a hacer una llamada —aclaró Dani al leer sus pensamientos.

De repente al muchacho se le había ensombrecido la cara. Se volvió hacia su cerveza algo nervioso. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de nuevo. Echó un trago largo y se frotó la barbilla.

—¿En su coche dices? —dijo por fin el Granos.

—Sí, ya sabes, aire acondicionado, charla de chicas…

El chico volvió a beber de nuevo. Estaba de frente a su cerveza, con los antebrazos apoyados en la barra, taciturno y con un silencio que se alargaba más de lo deseable. El camarero espigado los miraba de soslayo a ambos… sonriendo.

—Quizás deberías buscarla —dijo por fin.

—Nah —rebatió Dani—, siempre se lía hablando por teléfono. Estará al caer.

El chico no volvió a decir nada y el resto del tiempo lo pasó mirando a su vaso y al camarero espigado que no les quitaba la vista de encima. Por su parte, Dani decidió que ya había conversado suficiente con aquel chaval. Parecía majo aunque ya no quería más comentarios sobre Alba así que embutió su cara entre las hojas del periódico.

Minutos después, el muchacho apuró su cerveza hasta la última gota, se levantó del taburete y se despidió. —Bueno, se acabó mi descanso. Me vuelvo a la tienda. Que tengas buen viaje.

—Gracias. Un placer conocerte.

—Lo mismo. Ah, y recuerdos a tu novia.

Salió y Dani lo siguió a través de las ventanas con la vista.

Y Alba seguía sin aparecer.

Pensó en ella e instintivamente recordó el comentario del hombre cano, no pudiendo evitar darle vueltas a algo que rondaba continuamente: Alba estaba varios niveles encima de él en el plano sexual. Un terreno donde le quedaba mucho camino por recorrer para llegar a su altura.

Cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Fin capítulo II
 
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