Ingrid ajustó su bolso mientras entraba en la casa de acogida. Era su primer día trabajando el turno de noche, y ya podía sentir el peso de la responsabilidad. A sus 31 años, había decidido cambiar de carrera y dedicarse a algo que realmente le importara. El olor a desinfectante y café rancio la recibió al cruzar la puerta.
—Hola, ¿tú debes ser Ingrid? —preguntó una mujer mayor con una sonrisa cansada.
—Sí, soy yo. ¿Eres María?
—La misma. Bienvenida al caos. —María le hizo un gesto para que la siguiera—. Hoy es un día especial. Es el cumpleaños de uno de los chicos, y hemos organizado una pequeña celebración. Nada grande, solo algo para alegrarles el día.
Ingrid asintió, sintiéndose inmediatamente parte de algo. Siguió a María por los pasillos hasta llegar a una sala común donde varios jóvenes estaban reunidos. Entre ellos, vio a dos chicos que destacaban: uno con una sonrisa burlona y ojos oscuros, Mauro; y otro con una mirada intensa y calculadora, Jorge.
—Chicos, esta es Ingrid, nuestra nueva trabajadora del turno de noche —anunció María—. Ingrid, estos son algunos de nuestros residentes. Mauro y Jorge son los más «activos» del grupo.
Mauro se acercó a saludar alcanzando q medio esconder una botella de licor que tenia en la mano.
—Bienvenida, Ingrid. ¿Quieres celebrar con nosotros? —dijo con una voz que sonaba más a amenaza que a invitación.
—Gracias, pero estoy trabajando —respondió Ingrid con una sonrisa tensa.
—Todo el mundo trabaja, pero hoy es una excepción —insistió Jorge, acercándose por detrás—. Relájate, no muerde… todavía.
Ingrid solo se sonrió . Había algo en la forma en que la miraban que la ponía nerviosa. Justo cuando pesaban decir que debía continuar con su recorrido María habló y se excusó para atender otra cosa, dejándola sola con el grupo.
—Vamos, Ingrid, solo una copa —dijo Mauro, ofreciéndole un vaso—. Es el cumpleaños de Carlos.
Ingrid miró alrededor y vio que todos los demás estaban bebiendo lo que suponía era ponche y como no quería ser la aguafiestas, aceptó el vaso.
—Está bien, solo uno.
Recibió el vaso de ponche y para su sorpresa esta agradable a su garganta dulce y refrescante , pero pronto el calor se extendió por su cuerpo. Mauro y Jorge no perdían de vista cada uno de sus movimientos. Con cada trago, Ingrid se sentía más relajada, más vulnerable para estos momentos ya habían pasado casi un par de horas en las cuales María nunca más volvió.
—Eres muy guapa para trabajar aquí —dijo Jorge, sus ojos fijos en su escote—. ¿Estás segura de que no quieres divertirte un poco?
—Estoy segura —respondió Ingrid, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
Mauro se acercó más, su aliento caliente en su oído.
—Tu novio sabe que estás aquí, ¿verdad? ¿Sabe lo que hacen los chicos como nosotros cuando una chica como tú entra en nuestra casa?
Ingrid sintió una punzada de miedo y a la vez de duda . ¿Cómo sabían lo de su novio? No había mencionado para nada.
—Mi novio el está de acuerdo con esto pero eso es cosa mía dijo, tratando de mantener la compostura.
—Todos tenemos algo que esconder, Ingrid —susurró Jorge—. Todos tenemos nuestros secretos.
El ambiente en la sala se volvió algo más denso. Los otros chicos se habían acercado, formando un círculo alrededor de Ingrid. Mauro le ofreció otro vaso, y esta vez ella lo aceptó sin dudar. El ponche lo notó con un sabor algo más extraño, alcanzando a notar que se se mezclaba con lo que parecía ser una pastilla disuelta.
—Esto te ayudará a relajarte —dijo Mauro con una sonrisa maliciosa.
Ingrid bebió el contenido del vaso. Pronto, el mundo comenzó a dar vueltas. Su visión se nubló y sus piernas se volvieron de gelatina y comenzó a sonreír de la nada.
—¿Qué… qué me diste? —preguntó, sintiendo el pánico y a la vez un calor crecer dentro de ella.
—Algo para que puedas disfrutar de la fiesta —respondió Jorge, sus ojos brillando con anticipación.
Ingrid intentó protestar, pero las palabras no salían de su boca, solo comenzó a reír sin saber porque ,Mauro la tomó del brazo y la llevó hacia una de las habitaciones.
—Todos vamos a divertirnos mucho esta noche —dijo con una risa áspera.
Ingrid sintió cómo la arrastraban hacia la cama. Jorge ya estaba allí, con su teléfono en la mano, listo para grabar todo.
—Tu novio va a amar esto —dijo Jorge con una sonrisa—. Ver cómo su chica es usada por todos nosotros.
Ingrid intentó protestar , pero su cuerpo no respondía y el que calor que sentía la volvió casas vez más loca, Mauro le arrancó la blusa, exponiendo sus pechos. Jorge se acercó y comenzó a grabar, sus ojos fijos en la cámara mientras Mauro desabrochaba los pantalones de Ingrid.
—Mira qué tetas —dijo Mauro, apretando sus pechos con fuerza—. Perfectas para ser folladas.
Jorge se bajó los pantalones, liberando una enorme verga erecta
—Quiero grabar cómo te comes mi polla —dijo, acercándose a su cara.
Ingrid sintió náuseas cuando Jorge le metió su pene en la boca. Mauro, mientras tanto, le había arrancado las bragas y estaba frotando su pene contra su coño.
—Estás tan mojada —dijo Mauro con una risa—. Me encanta.
Ingrid quería gritar, pero solo podía gemir alrededor del enorme pene de Jorge que apenas podía aguantar en su boca . Mauro la penetró con fuerza, haciendo que su cuerpo se sacudiera con cada embestida.
—Mira qué apretada está —dijo Mauro, sus ojos fijos en los de Ingrid—. Tu concha es perfecta puta.
Jorge sacó su pene de su boca y lo reemplazó con el el de otro chico que aprecio
—Quiero que me veas —dijo, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Quiero que veas cómo te grabo mientras Mauro te folla.
Ingrid podía ver su propia imagen en la pantalla del teléfono: sus ojos vidriosos, su boca abierta, Mauro moviéndose dentro de ella. El horror y el morbo la invadió, pero su cuerpo traicionero comenzaba a responder a las embestidas.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Mauro, aumentando el ritmo—. Puta de mierda
Jorge se movió hacia atrás y comenzó a grabar desde otro ángulo.
—Mira cómo se le moja la concha —dijo, su voz llena de excitación—. Es una Puta barata.
Ingrid sintió cómo Mauro se corría dentro de ella, su semen caliente llenando su concha . Pero no había terminado. Jorge se acercó y la penetró por detrás por lo que hasta ahora había sido su culo virgen, su verga era mucho más grande que el de Mauro.
—Tu Culo está hecho para esto perra de mierda —dijo Jorge, sus embestidas brutales—. Para ser follado por todos nosotros mientras traladraba sin piedad su culo, Ingrid sentía un fuerte dolor y comenzó a rogar que se lo sacara, Ayyyyy me Dueleeeee!!! Por favor sácalo, Jorge no tenía piedad .
Ingrid perdió la cuenta de cuántos chicos la penetrado esa noche. Uno tras otro, la usaron, la humillaron, la grabaron. Mauro y Jorge eran los líderes, organizando todo, asegurándose de que cada uno tuviera su turno.
—Tu novio va a amar este video —dijo Jorge, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Va a ver cómo su chica es una puta.
Ingrid solo podía gemir y gritar, no paraba de correrse como una perra mientras su cuerpo era usado como un objeto. El alcohol y las drogas habían borrado su voluntad, dejando solo un cascarón vacío que recibía el placer y semen sin discriminación.
Cuando amaneció, Ingrid se despertó sola en la habitación, su cuerpo dolorido y cubierto de semen. Jorge y Mauro no estaban cerca pero habían dejado su teléfono en la mesa de noche, con el video aún grabando.
—Mira qué puta eres — escucho a lo lejos decir a Jorge que estaba mirándola desde la puerta, con una sonrisa—. Tu novio va a amar esto.
Ingrid miró el video y vio su propio cuerpo siendo usado por docenas de chicos, su cara llena de lágrimas y placer. Sabía que su vida había cambiado para siempre, que nunca podría escapar de lo que había pasado esa noche.
—Eres nuestra puta ahora —dijo Mauro, acercándose a ella—. Siempre que queramos, podemos follar contigo.
Ingrid no pudo responder. Solo podía mirar el video y saber que su novio lo vería todo. Sabía que nunca sería la misma, que siempre sería recordada como la puta de la casa de acogida.
—Te veremos pronto —dijo Jorge, apagando el teléfono y guardándolo en su bolsillo—. Cuando queramos más.
Y con eso, se fueron, dejando a Ingrid sola con el recuerdo de la noche más humillante de su vida.
ajustó su bolso mientras entraba en la casa de acogida. Era su primer día trabajando el turno de noche, y ya podía sentir el peso de la responsabilidad. A sus 31 años, había decidido cambiar de carrera y dedicarse a algo que realmente le importara. El olor a desinfectante y café rancio la recibió al cruzar la puerta.
—Hola, ¿tú debes ser Ingrid? —preguntó una mujer mayor con una sonrisa cansada.
—Sí, soy yo. ¿Eres María?
—La misma. Bienvenida al caos. —María le hizo un gesto para que la siguiera—. Hoy es un día especial. Es el cumpleaños de uno de los chicos, y hemos organizado una pequeña celebración. Nada grande, solo algo para alegrarles el día.
Ingrid asintió, sintiéndose inmediatamente parte de algo. Siguió a María por los pasillos hasta llegar a una sala común donde varios jóvenes estaban reunidos. Entre ellos, vio a dos chicos que destacaban: uno con una sonrisa burlona y ojos oscuros, Mauro; y otro con una mirada intensa y calculadora, Jorge.
—Chicos, esta es Ingrid, nuestra nueva trabajadora del turno de noche —anunció María—. Ingrid, estos son algunos de nuestros residentes. Mauro y Jorge son los más «activos» del grupo.
Mauro se acercó a saludar alcanzando q medio esconder una botella de licor que tenia en la mano.
—Bienvenida, Ingrid. ¿Quieres celebrar con nosotros? —dijo con una voz que sonaba más a amenaza que a invitación.
—Gracias, pero estoy trabajando —respondió Ingrid con una sonrisa tensa.
—Todo el mundo trabaja, pero hoy es una excepción —insistió Jorge, acercándose por detrás—. Relájate, no muerde… todavía.
Ingrid solo se sonrió . Había algo en la forma en que la miraban que la ponía nerviosa. Justo cuando pesaban decir que debía continuar con su recorrido María habló y se excusó para atender otra cosa, dejándola sola con el grupo.
—Vamos, Ingrid, solo una copa —dijo Mauro, ofreciéndole un vaso—. Es el cumpleaños de Carlos.
Ingrid miró alrededor y vio que todos los demás estaban bebiendo lo que suponía era ponche y como no quería ser la aguafiestas, aceptó el vaso.
—Está bien, solo uno.
Recibió el vaso de ponche y para su sorpresa esta agradable a su garganta dulce y refrescante , pero pronto el calor se extendió por su cuerpo. Mauro y Jorge no perdían de vista cada uno de sus movimientos. Con cada trago, Ingrid se sentía más relajada, más vulnerable para estos momentos ya habían pasado casi un par de horas en las cuales María nunca más volvió.
—Eres muy guapa para trabajar aquí —dijo Jorge, sus ojos fijos en su escote—. ¿Estás segura de que no quieres divertirte un poco?
—Estoy segura —respondió Ingrid, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
Mauro se acercó más, su aliento caliente en su oído.
—Tu novio sabe que estás aquí, ¿verdad? ¿Sabe lo que hacen los chicos como nosotros cuando una chica como tú entra en nuestra casa?
Ingrid sintió una punzada de miedo y a la vez de duda . ¿Cómo sabían lo de su novio? No había mencionado para nada.
—Mi novio el está de acuerdo con esto pero eso es cosa mía dijo, tratando de mantener la compostura.
—Todos tenemos algo que esconder, Ingrid —susurró Jorge—. Todos tenemos nuestros secretos.
El ambiente en la sala se volvió algo más denso. Los otros chicos se habían acercado, formando un círculo alrededor de Ingrid. Mauro le ofreció otro vaso, y esta vez ella lo aceptó sin dudar. El ponche lo notó con un sabor algo más extraño, alcanzando a notar que se se mezclaba con lo que parecía ser una pastilla disuelta.
—Esto te ayudará a relajarte —dijo Mauro con una sonrisa maliciosa.
Ingrid bebió el contenido del vaso. Pronto, el mundo comenzó a dar vueltas. Su visión se nubló y sus piernas se volvieron de gelatina y comenzó a sonreír de la nada.
—¿Qué… qué me diste? —preguntó, sintiendo el pánico y a la vez un calor crecer dentro de ella.
—Algo para que puedas disfrutar de la fiesta —respondió Jorge, sus ojos brillando con anticipación.
Ingrid intentó protestar, pero las palabras no salían de su boca, solo comenzó a reír sin saber porque ,Mauro la tomó del brazo y la llevó hacia una de las habitaciones.
—Todos vamos a divertirnos mucho esta noche —dijo con una risa áspera.
Ingrid sintió cómo la arrastraban hacia la cama. Jorge ya estaba allí, con su teléfono en la mano, listo para grabar todo.
—Tu novio va a amar esto —dijo Jorge con una sonrisa—. Ver cómo su chica es usada por todos nosotros.
Ingrid intentó protestar , pero su cuerpo no respondía y el que calor que sentía la volvió casas vez más loca, Mauro le arrancó la blusa, exponiendo sus pechos. Jorge se acercó y comenzó a grabar, sus ojos fijos en la cámara mientras Mauro desabrochaba los pantalones de Ingrid.
—Mira qué tetas —dijo Mauro, apretando sus pechos con fuerza—. Perfectas para ser folladas.
Jorge se bajó los pantalones, liberando una enorme verga erecta
—Quiero grabar cómo te comes mi polla —dijo, acercándose a su cara.
Ingrid sintió náuseas cuando Jorge le metió su pene en la boca. Mauro, mientras tanto, le había arrancado las bragas y estaba frotando su pene contra su coño.
—Estás tan mojada —dijo Mauro con una risa—. Me encanta.
Ingrid quería gritar, pero solo podía gemir alrededor del enorme pene de Jorge que apenas podía aguantar en su boca . Mauro la penetró con fuerza, haciendo que su cuerpo se sacudiera con cada embestida.
—Mira qué apretada está —dijo Mauro, sus ojos fijos en los de Ingrid—. Tu concha es perfecta puta.
Jorge sacó su pene de su boca y lo reemplazó con el el de otro chico que aprecio
—Quiero que me veas —dijo, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Quiero que veas cómo te grabo mientras Mauro te folla.
Ingrid podía ver su propia imagen en la pantalla del teléfono: sus ojos vidriosos, su boca abierta, Mauro moviéndose dentro de ella. El horror y el morbo la invadió, pero su cuerpo traicionero comenzaba a responder a las embestidas.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Mauro, aumentando el ritmo—. Puta de mierda
Jorge se movió hacia atrás y comenzó a grabar desde otro ángulo.
—Mira cómo se le moja la concha —dijo, su voz llena de excitación—. Es una Puta barata.
Ingrid sintió cómo Mauro se corría dentro de ella, su semen caliente llenando su concha . Pero no había terminado. Jorge se acercó y la penetró por detrás por lo que hasta ahora había sido su culo virgen, su verga era mucho más grande que el de Mauro.
—Tu Culo está hecho para esto perra de mierda —dijo Jorge, sus embestidas brutales—. Para ser follado por todos nosotros mientras traladraba sin piedad su culo, Ingrid sentía un fuerte dolor y comenzó a rogar que se lo sacara, Ayyyyy me Dueleeeee!!! Por favor sácalo, Jorge no tenía piedad .
Ingrid perdió la cuenta de cuántos chicos la penetrado esa noche. Uno tras otro, la usaron, la humillaron, la grabaron. Mauro y Jorge eran los líderes, organizando todo, asegurándose de que cada uno tuviera su turno.
—Tu novio va a amar este video —dijo Jorge, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Va a ver cómo su chica es una puta.
Ingrid solo podía gemir y gritar, no paraba de correrse como una perra mientras su cuerpo era usado como un objeto. El alcohol y las drogas habían borrado su voluntad, dejando solo un cascarón vacío que recibía el placer y semen sin discriminación.
Cuando amaneció, Ingrid se despertó sola en la habitación, su cuerpo dolorido y cubierto de semen. Jorge y Mauro no estaban cerca pero habían dejado su teléfono en la mesa de noche, con el video aún grabando.
—Mira qué puta eres — escucho a lo lejos decir a Jorge que estaba mirándola desde la puerta, con una sonrisa—. Tu novio va a amar esto.
Ingrid miró el video y vio su propio cuerpo siendo usado por docenas de chicos, su cara llena de lágrimas y placer. Sabía que su vida había cambiado para siempre, que nunca podría escapar de lo que había pasado esa noche.
—Eres nuestra puta ahora —dijo Mauro, acercándose a ella—. Siempre que queramos, podemos follar contigo.
Ingrid no pudo responder. Solo podía mirar el video y saber que su novio lo vería todo. Sabía que nunca sería la misma, que siempre sería recordada como la puta de la casa de acogida.
—Te veremos pronto —dijo Jorge, apagando el teléfono y guardándolo en su bolsillo—. Cuando queramos más.
Y con eso, se fueron, dejando a Ingrid sola con el recuerdo de la noche más humillante de su vida.
—Hola, ¿tú debes ser Ingrid? —preguntó una mujer mayor con una sonrisa cansada.
—Sí, soy yo. ¿Eres María?
—La misma. Bienvenida al caos. —María le hizo un gesto para que la siguiera—. Hoy es un día especial. Es el cumpleaños de uno de los chicos, y hemos organizado una pequeña celebración. Nada grande, solo algo para alegrarles el día.
Ingrid asintió, sintiéndose inmediatamente parte de algo. Siguió a María por los pasillos hasta llegar a una sala común donde varios jóvenes estaban reunidos. Entre ellos, vio a dos chicos que destacaban: uno con una sonrisa burlona y ojos oscuros, Mauro; y otro con una mirada intensa y calculadora, Jorge.
—Chicos, esta es Ingrid, nuestra nueva trabajadora del turno de noche —anunció María—. Ingrid, estos son algunos de nuestros residentes. Mauro y Jorge son los más «activos» del grupo.
Mauro se acercó a saludar alcanzando q medio esconder una botella de licor que tenia en la mano.
—Bienvenida, Ingrid. ¿Quieres celebrar con nosotros? —dijo con una voz que sonaba más a amenaza que a invitación.
—Gracias, pero estoy trabajando —respondió Ingrid con una sonrisa tensa.
—Todo el mundo trabaja, pero hoy es una excepción —insistió Jorge, acercándose por detrás—. Relájate, no muerde… todavía.
Ingrid solo se sonrió . Había algo en la forma en que la miraban que la ponía nerviosa. Justo cuando pesaban decir que debía continuar con su recorrido María habló y se excusó para atender otra cosa, dejándola sola con el grupo.
—Vamos, Ingrid, solo una copa —dijo Mauro, ofreciéndole un vaso—. Es el cumpleaños de Carlos.
Ingrid miró alrededor y vio que todos los demás estaban bebiendo lo que suponía era ponche y como no quería ser la aguafiestas, aceptó el vaso.
—Está bien, solo uno.
Recibió el vaso de ponche y para su sorpresa esta agradable a su garganta dulce y refrescante , pero pronto el calor se extendió por su cuerpo. Mauro y Jorge no perdían de vista cada uno de sus movimientos. Con cada trago, Ingrid se sentía más relajada, más vulnerable para estos momentos ya habían pasado casi un par de horas en las cuales María nunca más volvió.
—Eres muy guapa para trabajar aquí —dijo Jorge, sus ojos fijos en su escote—. ¿Estás segura de que no quieres divertirte un poco?
—Estoy segura —respondió Ingrid, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
Mauro se acercó más, su aliento caliente en su oído.
—Tu novio sabe que estás aquí, ¿verdad? ¿Sabe lo que hacen los chicos como nosotros cuando una chica como tú entra en nuestra casa?
Ingrid sintió una punzada de miedo y a la vez de duda . ¿Cómo sabían lo de su novio? No había mencionado para nada.
—Mi novio el está de acuerdo con esto pero eso es cosa mía dijo, tratando de mantener la compostura.
—Todos tenemos algo que esconder, Ingrid —susurró Jorge—. Todos tenemos nuestros secretos.
El ambiente en la sala se volvió algo más denso. Los otros chicos se habían acercado, formando un círculo alrededor de Ingrid. Mauro le ofreció otro vaso, y esta vez ella lo aceptó sin dudar. El ponche lo notó con un sabor algo más extraño, alcanzando a notar que se se mezclaba con lo que parecía ser una pastilla disuelta.
—Esto te ayudará a relajarte —dijo Mauro con una sonrisa maliciosa.
Ingrid bebió el contenido del vaso. Pronto, el mundo comenzó a dar vueltas. Su visión se nubló y sus piernas se volvieron de gelatina y comenzó a sonreír de la nada.
—¿Qué… qué me diste? —preguntó, sintiendo el pánico y a la vez un calor crecer dentro de ella.
—Algo para que puedas disfrutar de la fiesta —respondió Jorge, sus ojos brillando con anticipación.
Ingrid intentó protestar, pero las palabras no salían de su boca, solo comenzó a reír sin saber porque ,Mauro la tomó del brazo y la llevó hacia una de las habitaciones.
—Todos vamos a divertirnos mucho esta noche —dijo con una risa áspera.
Ingrid sintió cómo la arrastraban hacia la cama. Jorge ya estaba allí, con su teléfono en la mano, listo para grabar todo.
—Tu novio va a amar esto —dijo Jorge con una sonrisa—. Ver cómo su chica es usada por todos nosotros.
Ingrid intentó protestar , pero su cuerpo no respondía y el que calor que sentía la volvió casas vez más loca, Mauro le arrancó la blusa, exponiendo sus pechos. Jorge se acercó y comenzó a grabar, sus ojos fijos en la cámara mientras Mauro desabrochaba los pantalones de Ingrid.
—Mira qué tetas —dijo Mauro, apretando sus pechos con fuerza—. Perfectas para ser folladas.
Jorge se bajó los pantalones, liberando una enorme verga erecta
—Quiero grabar cómo te comes mi polla —dijo, acercándose a su cara.
Ingrid sintió náuseas cuando Jorge le metió su pene en la boca. Mauro, mientras tanto, le había arrancado las bragas y estaba frotando su pene contra su coño.
—Estás tan mojada —dijo Mauro con una risa—. Me encanta.
Ingrid quería gritar, pero solo podía gemir alrededor del enorme pene de Jorge que apenas podía aguantar en su boca . Mauro la penetró con fuerza, haciendo que su cuerpo se sacudiera con cada embestida.
—Mira qué apretada está —dijo Mauro, sus ojos fijos en los de Ingrid—. Tu concha es perfecta puta.
Jorge sacó su pene de su boca y lo reemplazó con el el de otro chico que aprecio
—Quiero que me veas —dijo, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Quiero que veas cómo te grabo mientras Mauro te folla.
Ingrid podía ver su propia imagen en la pantalla del teléfono: sus ojos vidriosos, su boca abierta, Mauro moviéndose dentro de ella. El horror y el morbo la invadió, pero su cuerpo traicionero comenzaba a responder a las embestidas.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Mauro, aumentando el ritmo—. Puta de mierda
Jorge se movió hacia atrás y comenzó a grabar desde otro ángulo.
—Mira cómo se le moja la concha —dijo, su voz llena de excitación—. Es una Puta barata.
Ingrid sintió cómo Mauro se corría dentro de ella, su semen caliente llenando su concha . Pero no había terminado. Jorge se acercó y la penetró por detrás por lo que hasta ahora había sido su culo virgen, su verga era mucho más grande que el de Mauro.
—Tu Culo está hecho para esto perra de mierda —dijo Jorge, sus embestidas brutales—. Para ser follado por todos nosotros mientras traladraba sin piedad su culo, Ingrid sentía un fuerte dolor y comenzó a rogar que se lo sacara, Ayyyyy me Dueleeeee!!! Por favor sácalo, Jorge no tenía piedad .
Ingrid perdió la cuenta de cuántos chicos la penetrado esa noche. Uno tras otro, la usaron, la humillaron, la grabaron. Mauro y Jorge eran los líderes, organizando todo, asegurándose de que cada uno tuviera su turno.
—Tu novio va a amar este video —dijo Jorge, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Va a ver cómo su chica es una puta.
Ingrid solo podía gemir y gritar, no paraba de correrse como una perra mientras su cuerpo era usado como un objeto. El alcohol y las drogas habían borrado su voluntad, dejando solo un cascarón vacío que recibía el placer y semen sin discriminación.
Cuando amaneció, Ingrid se despertó sola en la habitación, su cuerpo dolorido y cubierto de semen. Jorge y Mauro no estaban cerca pero habían dejado su teléfono en la mesa de noche, con el video aún grabando.
—Mira qué puta eres — escucho a lo lejos decir a Jorge que estaba mirándola desde la puerta, con una sonrisa—. Tu novio va a amar esto.
Ingrid miró el video y vio su propio cuerpo siendo usado por docenas de chicos, su cara llena de lágrimas y placer. Sabía que su vida había cambiado para siempre, que nunca podría escapar de lo que había pasado esa noche.
—Eres nuestra puta ahora —dijo Mauro, acercándose a ella—. Siempre que queramos, podemos follar contigo.
Ingrid no pudo responder. Solo podía mirar el video y saber que su novio lo vería todo. Sabía que nunca sería la misma, que siempre sería recordada como la puta de la casa de acogida.
—Te veremos pronto —dijo Jorge, apagando el teléfono y guardándolo en su bolsillo—. Cuando queramos más.
Y con eso, se fueron, dejando a Ingrid sola con el recuerdo de la noche más humillante de su vida.
ajustó su bolso mientras entraba en la casa de acogida. Era su primer día trabajando el turno de noche, y ya podía sentir el peso de la responsabilidad. A sus 31 años, había decidido cambiar de carrera y dedicarse a algo que realmente le importara. El olor a desinfectante y café rancio la recibió al cruzar la puerta.
—Hola, ¿tú debes ser Ingrid? —preguntó una mujer mayor con una sonrisa cansada.
—Sí, soy yo. ¿Eres María?
—La misma. Bienvenida al caos. —María le hizo un gesto para que la siguiera—. Hoy es un día especial. Es el cumpleaños de uno de los chicos, y hemos organizado una pequeña celebración. Nada grande, solo algo para alegrarles el día.
Ingrid asintió, sintiéndose inmediatamente parte de algo. Siguió a María por los pasillos hasta llegar a una sala común donde varios jóvenes estaban reunidos. Entre ellos, vio a dos chicos que destacaban: uno con una sonrisa burlona y ojos oscuros, Mauro; y otro con una mirada intensa y calculadora, Jorge.
—Chicos, esta es Ingrid, nuestra nueva trabajadora del turno de noche —anunció María—. Ingrid, estos son algunos de nuestros residentes. Mauro y Jorge son los más «activos» del grupo.
Mauro se acercó a saludar alcanzando q medio esconder una botella de licor que tenia en la mano.
—Bienvenida, Ingrid. ¿Quieres celebrar con nosotros? —dijo con una voz que sonaba más a amenaza que a invitación.
—Gracias, pero estoy trabajando —respondió Ingrid con una sonrisa tensa.
—Todo el mundo trabaja, pero hoy es una excepción —insistió Jorge, acercándose por detrás—. Relájate, no muerde… todavía.
Ingrid solo se sonrió . Había algo en la forma en que la miraban que la ponía nerviosa. Justo cuando pesaban decir que debía continuar con su recorrido María habló y se excusó para atender otra cosa, dejándola sola con el grupo.
—Vamos, Ingrid, solo una copa —dijo Mauro, ofreciéndole un vaso—. Es el cumpleaños de Carlos.
Ingrid miró alrededor y vio que todos los demás estaban bebiendo lo que suponía era ponche y como no quería ser la aguafiestas, aceptó el vaso.
—Está bien, solo uno.
Recibió el vaso de ponche y para su sorpresa esta agradable a su garganta dulce y refrescante , pero pronto el calor se extendió por su cuerpo. Mauro y Jorge no perdían de vista cada uno de sus movimientos. Con cada trago, Ingrid se sentía más relajada, más vulnerable para estos momentos ya habían pasado casi un par de horas en las cuales María nunca más volvió.
—Eres muy guapa para trabajar aquí —dijo Jorge, sus ojos fijos en su escote—. ¿Estás segura de que no quieres divertirte un poco?
—Estoy segura —respondió Ingrid, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
Mauro se acercó más, su aliento caliente en su oído.
—Tu novio sabe que estás aquí, ¿verdad? ¿Sabe lo que hacen los chicos como nosotros cuando una chica como tú entra en nuestra casa?
Ingrid sintió una punzada de miedo y a la vez de duda . ¿Cómo sabían lo de su novio? No había mencionado para nada.
—Mi novio el está de acuerdo con esto pero eso es cosa mía dijo, tratando de mantener la compostura.
—Todos tenemos algo que esconder, Ingrid —susurró Jorge—. Todos tenemos nuestros secretos.
El ambiente en la sala se volvió algo más denso. Los otros chicos se habían acercado, formando un círculo alrededor de Ingrid. Mauro le ofreció otro vaso, y esta vez ella lo aceptó sin dudar. El ponche lo notó con un sabor algo más extraño, alcanzando a notar que se se mezclaba con lo que parecía ser una pastilla disuelta.
—Esto te ayudará a relajarte —dijo Mauro con una sonrisa maliciosa.
Ingrid bebió el contenido del vaso. Pronto, el mundo comenzó a dar vueltas. Su visión se nubló y sus piernas se volvieron de gelatina y comenzó a sonreír de la nada.
—¿Qué… qué me diste? —preguntó, sintiendo el pánico y a la vez un calor crecer dentro de ella.
—Algo para que puedas disfrutar de la fiesta —respondió Jorge, sus ojos brillando con anticipación.
Ingrid intentó protestar, pero las palabras no salían de su boca, solo comenzó a reír sin saber porque ,Mauro la tomó del brazo y la llevó hacia una de las habitaciones.
—Todos vamos a divertirnos mucho esta noche —dijo con una risa áspera.
Ingrid sintió cómo la arrastraban hacia la cama. Jorge ya estaba allí, con su teléfono en la mano, listo para grabar todo.
—Tu novio va a amar esto —dijo Jorge con una sonrisa—. Ver cómo su chica es usada por todos nosotros.
Ingrid intentó protestar , pero su cuerpo no respondía y el que calor que sentía la volvió casas vez más loca, Mauro le arrancó la blusa, exponiendo sus pechos. Jorge se acercó y comenzó a grabar, sus ojos fijos en la cámara mientras Mauro desabrochaba los pantalones de Ingrid.
—Mira qué tetas —dijo Mauro, apretando sus pechos con fuerza—. Perfectas para ser folladas.
Jorge se bajó los pantalones, liberando una enorme verga erecta
—Quiero grabar cómo te comes mi polla —dijo, acercándose a su cara.
Ingrid sintió náuseas cuando Jorge le metió su pene en la boca. Mauro, mientras tanto, le había arrancado las bragas y estaba frotando su pene contra su coño.
—Estás tan mojada —dijo Mauro con una risa—. Me encanta.
Ingrid quería gritar, pero solo podía gemir alrededor del enorme pene de Jorge que apenas podía aguantar en su boca . Mauro la penetró con fuerza, haciendo que su cuerpo se sacudiera con cada embestida.
—Mira qué apretada está —dijo Mauro, sus ojos fijos en los de Ingrid—. Tu concha es perfecta puta.
Jorge sacó su pene de su boca y lo reemplazó con el el de otro chico que aprecio
—Quiero que me veas —dijo, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Quiero que veas cómo te grabo mientras Mauro te folla.
Ingrid podía ver su propia imagen en la pantalla del teléfono: sus ojos vidriosos, su boca abierta, Mauro moviéndose dentro de ella. El horror y el morbo la invadió, pero su cuerpo traicionero comenzaba a responder a las embestidas.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Mauro, aumentando el ritmo—. Puta de mierda
Jorge se movió hacia atrás y comenzó a grabar desde otro ángulo.
—Mira cómo se le moja la concha —dijo, su voz llena de excitación—. Es una Puta barata.
Ingrid sintió cómo Mauro se corría dentro de ella, su semen caliente llenando su concha . Pero no había terminado. Jorge se acercó y la penetró por detrás por lo que hasta ahora había sido su culo virgen, su verga era mucho más grande que el de Mauro.
—Tu Culo está hecho para esto perra de mierda —dijo Jorge, sus embestidas brutales—. Para ser follado por todos nosotros mientras traladraba sin piedad su culo, Ingrid sentía un fuerte dolor y comenzó a rogar que se lo sacara, Ayyyyy me Dueleeeee!!! Por favor sácalo, Jorge no tenía piedad .
Ingrid perdió la cuenta de cuántos chicos la penetrado esa noche. Uno tras otro, la usaron, la humillaron, la grabaron. Mauro y Jorge eran los líderes, organizando todo, asegurándose de que cada uno tuviera su turno.
—Tu novio va a amar este video —dijo Jorge, sosteniendo su teléfono frente a su cara—. Va a ver cómo su chica es una puta.
Ingrid solo podía gemir y gritar, no paraba de correrse como una perra mientras su cuerpo era usado como un objeto. El alcohol y las drogas habían borrado su voluntad, dejando solo un cascarón vacío que recibía el placer y semen sin discriminación.
Cuando amaneció, Ingrid se despertó sola en la habitación, su cuerpo dolorido y cubierto de semen. Jorge y Mauro no estaban cerca pero habían dejado su teléfono en la mesa de noche, con el video aún grabando.
—Mira qué puta eres — escucho a lo lejos decir a Jorge que estaba mirándola desde la puerta, con una sonrisa—. Tu novio va a amar esto.
Ingrid miró el video y vio su propio cuerpo siendo usado por docenas de chicos, su cara llena de lágrimas y placer. Sabía que su vida había cambiado para siempre, que nunca podría escapar de lo que había pasado esa noche.
—Eres nuestra puta ahora —dijo Mauro, acercándose a ella—. Siempre que queramos, podemos follar contigo.
Ingrid no pudo responder. Solo podía mirar el video y saber que su novio lo vería todo. Sabía que nunca sería la misma, que siempre sería recordada como la puta de la casa de acogida.
—Te veremos pronto —dijo Jorge, apagando el teléfono y guardándolo en su bolsillo—. Cuando queramos más.
Y con eso, se fueron, dejando a Ingrid sola con el recuerdo de la noche más humillante de su vida.