Me llamo Francisco, tengo 43 años y entre varios sobrinos y sobrinas, tengo una sobrina que se llama Teresa Teresa, pero que todos conocemos como Teresa.
Teresa ha de medir 1,63 metros, piel mas bien oscura, cabello castaño, hermosa sonrisa, buen cuello, lindas tetas y erguidas, buen culo y lindas piernas en las que se podían ver que practicaba deporte. Teresa era también mi ahijada.
Hace ya tiempo que me di cuenta que en las reuniones familiares me observaba fijamente, al comienzo no le di importancia, pero al repetirse esta actitud, me sentí algo incomodo.
Así pasó el tiempo, pero ante la persistencia de ella, empecé a mirarla con otros ojos. Enpece a fijarme en sus pechos, en su trasero, en sus piernas, de su cuello y de su boca. Pero y so no era como yo pensaba, y si me equivocaba y quedaba como un viejo estúpido ante ella.
Transcurrieron los meses, hasta que una tarde la vi justo en la entrada del edificio donde tengo mi oficina, donde trabajo independiente como asesor. Nos saludamos con un beso en la mejilla, cambiamos unas palabras, y en ese instante se escuchó un fuerte trueno al mismo tiempo que empezó una tormenta de verano.
“Nos vamos a mojar, vamos a mi oficina”, dije.
“¿Aquí tienes tu oficina?, pregunto ella.
“Si acá, vamos”. Entramos al Edificio, llame el ascensor, subimos y mientras ascendíamos note su respiración algo agitada y no paraba de mirarme a los ojos.
Llegamos al piso, abrí la puerta de la Oficina, entramos, cerré la puerta con llave, encendí las luces y le dije: “Pasa”, señalando hacia el fondo.
Caminó delante mío, y yo la seguí admirando su turgente culo, que se movía debajo de un vestido de verano, de algodón o algo así, y que dejaba adivinar una diminuta braguita.
Por la ventana se veía una copiosa y ruidosa lluvia, le acerqué una silla, pasé al otro lado de mi escritorio, encendí la PC y le ofrecí una cola. Ella aceptó.
Serví y procedí a abrir el correo, deseche mensajes sin importancia y mientras leía y respondía los demás, Teresa sorbía su cola. De repente saco un cigarrillo.
“¿Puedo?”, me pregunto
“No sabía que fumabas”, le dije.
Ella respondió: “En casa no lo hago porque mi papá me mata”.
Terminé con el correo, encendí también un cigarrillo y mire por la ventana. “¡Qué manera de llover!, parece que no va a parar ten pronto”, dije mirando ese diluvio.
Ella me miro y dijo: “Si no te molesta tío, me quedo hasta que pare”.
“No hay problemas dije, pero te vas a aburrir”, conteste.
Ella me miró y suavemente me dijo: “No creas tío”. Se levantó de su silla y se fue al otro ordenador. Yo seguí respondiendo correos. Al cabo de un rato la pregunte: “Que estas viendo”.
“Una peli”, respondió sin mirarme.
Curioso me levante, fui hacia ella, y me quede parado a sus espaldas. Lo que vi me helo la sangre.
En la pantalla del monitor, una mujer seducía a un joven sentados en un sofá, le tomaba la mano y se la hacía pasar por la concha, después le amasaba la polla por sobre el pantalón, le abría el cierre, le sacaba la polla y se la empezaba a lamer y chupar.
Sin pensar la pregunte: “¿Has visto muchas pelis porno sola?” Ella se dio la vuelta avergonzada.
“¡Tio! No… no, es la primera vez”, respondió con la cara roja.
“No tienes que avergonzarte, es normal”, la dije sonriendo. “Ademas no soy un extraño, soy tu tío y además tu padrino”.
En ese mismo momento me di cuenta de que Teresa respiraba profundo y yo tenía la polla durisima. Sin pensar dos veces, puse mis manos sobre sus hombros. Ella no dijo nada, lo que me hizo subír las manos y acariciar su cuello. Ella quieta y muda, sólo respiraba profundamente y se veían sus tetas moverse al ritmo de la respiración.
Bajé suavemente las manos, deslicé los tirantes de su vestido que cayo hasta sus caderas. Teresa quieta pasaba sus manos por sus piernas. Después baje los tirantes de su sujetador.
Teresa se arqueó mirándome hacia arriba. Su rostro reflejaba una tremenda calentura. Bajé las manos hacia sus tetas, las saqué y comencé a acariciarlas, masajeando los pezones que estaban totalmente erectos, mientras hacía esto, me incliné y la besé en el cuello. Deslicé una de mis manos hacia su entrepierna y le acaricié la conchita por encima de la falda. Ella entreabrió algo sus piernas, subí la falda y metí la mano en la braguita. Estaba muy mojada y su conchita muy caliente.
Sin dejar de acariciarle la concha, con la otra mano me abrí el pantalón y saqué la polla. Me erguí parado a su lado, Teresa giró la cabeza, me miró la polla y dijo: “¡Tío, que grande es!”
“¿Te gusta? Podría ser toda tuya”, dije en voz excitada.
Teresa me agarró la polla son sus manos, echo el prepucio hacia atrás, quedando al aire la cabezota morada, brillante por mis jugos.
Pasó la punta de la lengua por el orificio del glande, luego por toda la cabeza y, finalmente, mirándome a los ojos, se la metió todo lo que pudo en la boca. Su boca estaba llena de saliva y muy caliente. Yo la tomé la cabeza por detrás para atraerla mas hacia mi.
Me chupaba la polla con muchas ganas, como si de verdad se la quisiera tragar, la saliva le salía por el borde de los labios, lo hacía muy bien, mi polla entraba y salía de su boca al ritmo de los movimientos de su cabeza. Saqué la polla de su boca, la besé metiendo mi lengua en su boca, encontrándome con la suya. Mientras la volvía a acariciar el coño, la tomé de los brazos y la puse de pié. La abracé metiendo la polla entre sus piernas, amasándola el culo, besé sus tetas, las chupe al mismo tiempo que la manoseaba toda.
Teresa jadeaba, respiraba hondo, sus mejillas se sonrojaron de la calentura. Me saqué la camisa, el pantalón, el bóxer, y terminé de desnudarla. La hice sentar en el sillón, levanté sus piernas para que las pusiera encima del sillón, me arrodillé, abrí su concha con mis dedos, y comencé a lamer su coño, a chupar su clítoris y a absorber sus jugos. Mientras con una mano amasaba sus tetas. Teresa se arqueaba y gemía, hasta que dijo balbuceando: “Tío, no sabía que eras así de caliente ¿Qué más me vas a hacer?”
“Todo lo que tu quieras preciosa”, le respondí. “Ahora ponte de rodillas en el sillón”.
Una vez de rodillas, la incliné hacia adelante para que se apoyara sobre el respaldo, abrí sus nalgas y empecé a chuparle el coño y meterle dos dedos. Ella estiró una mano hacia atrás acariciándome la cabeza diciendo: “Hay tío, hay tío… es lindo lo que haces”.
Me puse de pies, pasándole la polla por la raja del culo, de arriba a abajo, la dirigí hasta su concha, empujándola lentamente. Poco a poco fue penetrando en esa conchita estrecha y jugosa. Teresa entre suspiros decía: “Ahhhhhh... ahhhhh despacito tío... es muy grande… nunca tuve una asi… seguí, más, más…”.
Sus palabras me desafiaron al máximo. De una tremendo golpe la introduje completa. La agarre de la cintura y le pegaba terribles cogidas, golpeando sus nalgas que se movían a cada golpe.
Así estuvimos un rato, hasta que dijo gimiendo: “Tío,… me viene… me vieneeeee...”, se la meti hasta el fondo y allí me quedé, mientras Teresa se corría entre espasmos.
Una vez que acabo, le saqué la polla y ella se sentó en el sillón. La bese en la boca y después le ofrecí mi herramienta. Ella la tomó y empezó a lamer y chupar con fuerza, hasta que le dije: “Me voy a correr”. Se metió la polla todo lo que pudo en la boca, y allí literalmente exploté, cerró sus labios para no desperdiciar nada de mi semen. Lo tragó todo y me chupó para sacarme hasta la última gota.
Una vez tranquilizados le ofrecí un cigarrillo y fumamos relajándonos. Terminamos el cigarrillo, ella se puso de pié, dijo: “Tío, voy al baño”. Mientras iba la mire sin poder creer lo que había pasado, y al mismo tiempo la miraba su culo, mientras pensaba que algún día iba a ser mío.
Cuando volvió del baño la tome de la cintura, la atraje hacia mí, la besé en la boca, en el cuello, y acariciaba sus nalgas, ella se froto contra mí, la polla empezaba a pararse otra vez, me la acarició, la agarró, la apretó en su mano, me miró a los ojos, se arrodilló y empezó a mamármela de nuevo.
Me dio una terrible mamada, la polla entraba y salía de su boca toda mojada por su saliva. Yo la tenía dura otra vez y con ganas de volver a cogerla.
La puse de pie y la indique que se pusiera de rodillas otra vez. Ella lo hizo con sus piernas abiertas y
con el culo parado. Me puse de rodillas detrás, y empecé a chuparle el ano lamiéndolo y al mismo
tiempo le metía dos dedos en la concha y frotaba su clítoris.
Teresa balbuceaba algo que no se entendía y respiraba roncamente, me puse de pie y se la ensarté
hasta el final. La agarre de la cintura y la folle con tremendas cogidas, en cada entrada yo sentía que mi glande llegaba al fondo de su coño lleno de flujos.
Con cada entrada ella gemía con un largo ...ahhhh.... parecido a un gruñido.
“Tío dame más, dame más…” gritaba. Y yo le daba más mientras ella empujaba para atrás acompañándome en los movimientos.
Saqué la polla y le dije: “Teresa, déjanos cambia”.
“Si tío”, contesto y se puso de pie.
Me senté en la silla y le dije: “Ven, súbete”. Se montó a horcajadas, metiéndose la polla en su concha ardiente y jugosa, la agarre de las caderas y la ayude a cabalgar sobre mi.
Cabalgaba con la polla introducida, moviéndose circularmente y gimiendo roncamente: “¡Ay tío!, me vuelves loca”.
Suspiró profundamente, cabalgaba más fuerte, casi con violencia, yo sentía mi polla ardiendo por sus jugos calientes. Quería correrse. Empezó a jadear y a gemir. Me beso en la boca y dijo: “¡Quiero acabar tio! De repente empezó a temblar respirando como con un gruñido.
No paraba, se quedaba casi sin respiración, me clavaba las uñas en la espalda y se seguía moviendo.
Su respiración era un gruñido continuo. Eso duro minutos, no sé cuantos, yo estaba sorprendido.
De repente respiró hondo, se calmo, cayeron sus brazos a los costados y se le cayó la cabeza hacia atrás.
Respiraba profundo y casi con normalidad, abrió los ojos, sonrió y dijo. “Tío, no sé que me pasó, no podía terminar de correrme y casi me desmayo, me faltaba la respiración”.
“Tuviste seguro varios orgasmos seguidos”, dije.
“Es la primera vez, a lo mejor es porque con tu polla me siento llena, siento que me llenas y siento que me llegas al fondo”.
Habrían pasado un par de minutos cuando ella se arrodilló entre mis pierna, me agarro la polla, la pasaba la lengua por la cabeza, se la metió en la boca y empezó a mamármela muy bien. Yo aun no había tenido mi orgasmo, así que rápidamente mi polla se puso como un tronco. Ella con movimientos de cabeza rápidos la metía y sacaba de su boca, ya sentía que iba a acabar, le puse una mano sobre la cabeza, Teresa adivinó, se metió la polla lo más que pudo en la boca y exploté.
Se tragó toda la acabada relamiéndose, me limpió la polla con su lengua, se puso de pie y me beso en la boca. Note el sabor de mi semen.
“Tío, ya dejó de llover, me tengo que ir”, dijo ella mientras se vestía. Se vistió, me beso y se fue.
Estos encuentros se repetían una o dos veces por semana, según lo permitieran nuestras ocupaciones, siendo cada vez más calientes, lujuriosos y libidinosos.
Si ella tenía tiempo, me manda un mensaje de texto con un "Quiero"; yo, a mi vez, respondo con un "OK" o un "No", según las circunstancias. A veces íbamos a mi casa para follar con más comodidad.
De a poco le fui enseñando algunas otras cosas, para moldearla morbosamente, para convertirla casi en mi esclava sexual, en un objeto de mis más bajos instintos, en una obediente puta. Llegaba a cada uno de los encuentros ya mojada, esperando con ansias sentir mis manos, mi lengua y mi polla. Se convirtió en una verdadera perra y en mi objeto sexual, tal como yo quería. Hacía lo que le ordenaba y se dejaba hacer lo que se me ocurriera.
Teresa aprendió que, al quedar solos, ya fuera en mi oficina, en mi casa o algunas veces en el auto, lo primero que tenía que hacer era sacarme la polla, acariciarla y mamármela, salvo que yo ordenase otra cosa. Todo lo cumplía a la perfección y con tremenda calentura; de hecho, creía que siempre estaba caliente y con ganas de sexo. Pero yo tenía una obsesión: >su culito<.
Así es que comencé el paciente camino para lograr que voluntariamente me entregue su culito. Cuando estábamos en la oficina o en mi casa, yo aprovechaba para elegir una película de sexo anal, y así mientras le chupaba la conchita, ella podía verla. Esa repetición comenzó a dar sus frutos, cuando un día preguntó: “Tío, ¿cuándo te la meten por el culo, no duele?”
“Al principio puede doler si se hace mal”, contesté.
“Pero a ellas no les duele”, dijo refiriéndose a las de la peli.
“Ellas ya están acostumbradas. Pero si se hace mal la primera vez, puede doler”, respondí.
“¿Si se hace mal?”, preguntó con cara de interrogación.
“Sí, si no se prepara duele”, le expliqué.
“¿Y cómo se prepara?”, volvió a preguntar.
“Bueno, acostumbrándolo de a poco, metiendo cosas, por supuesto con lubricación”, repliqué, quedando ahí la conversación.
En los sucesivos encuentros no volvió a preguntar. Por supuesto que, además de las películas de sexo anal que ponía, yo le chupaba el culito cada vez que nos veíamos, cada vez más tiempo, de modo de excitarla y que le dieran ganas de ser penetrada analmente.
Un día de repente dijo: “Tío, ¿me puedes preparar el culito?”.
Haciéndome el no entender nada, la pregunté a mi vez: “¿El culito?, ¿para qué?”
“Tengo ganas de que me la metas por ahí, pero no quiero que me duela. “Prométeme que no me va a doler”, contestó sonriendo.
“Bueno, mira, lo primero que tenemos que hacer es usar un gel que lubrique bien el ano, y para empezar a dilatar, se mete un dedo, se juega un poco y se mete otro”, le expliqué.
“¿Y si yo quiero empezar a prepararme en mi casa?”
“Te pones gel, y puedes meterte algo así como una zanahoria, pero al principio no muy grande y con condón”, le expliqué.
“¿Y en caso de no tener gel, qué puedo usar?”
“Alguna crema para manos, te untas el ano, untas la zanahoria o lo que vayas a introducir, te pones en cuclillas y empiezas a meterte chisme poco a poco. Si sientes dolor, paras. Así todos los días, cada vez un poco más, para que el culito se te vaya acostumbrando”.
Mientras hablábamos, Teresa me acariciaba la polla, que se me puso dura como un mazo. Ella la miró, se deslizó hacia abajo, se metió la polla en la boca y comenzó a chupármela como loca.
Después de unos minutos, se sentó encima, metiéndose la polla en la concha de un golpe, tal era su calentura. Cabalgaba, gemía, gruñía; yo le amasaba las tetas y el culo. Siguió cada vez con más violencia, hasta que lanzó un alarido, siguió cabalgando, respiraba roncamente; yo le amasaba el culo y ella se agarraba las tetas, no paraba, se estremecía, tenía la mirada perdida, el cabello revuelto, hasta que se quedó quieta y empujó como si quisiera meterme todo dentro de su concha, y allí acabé yo derramando mi leche en el interior de su conchita. En ese mismo momento, Teresa se
estremeció, cayendo sobre mí agotada, tratando de recuperar su respiración.
Cuando se recuperó, fumamos un cigarrillo. Cuando estábamos de camino a su casa, paramos en el parque para fumar tranquilos un cigarrillo, escuchando música suave. En determinado momento, Teresa me empezó a acariciar la polla sobre el pantalón, me abrió el cierre, la sacó y la empezó a mamar. Mi polla era un tronco duro que Teresa chupaba y miraba golosamente. Dejó de mamar, miró para afuera, no había nadie. Se retiró la braguita a un lado y se montó en la polla con la espalda apoyada en el volante del automóvil, cabalgando frenéticamente. El auto se movía al compás de las cogidas, hasta que me besó en la boca, lengua profunda, me abrazó fuerte y tuvo otro orgasmo. Salió de encima de mí y se limpió. Después seguimos de camino.
Pasaron tres días sin vernos hasta que llegó el mensaje que decía: “Quiero”.
“OK”, contesté.
Quedamos al lado de su casa y la fui a buscar. En el camino, como era ya costumbre, me amasaba la polla y me la chupaba mientras conducía. En un tramo le dije: “Mastúrbate”.
Ella abrió sus piernas, se metió la mano en la concha y empezó a masturbarse. Así llegamos a mi oficina. Una vez dentro, la manoseé toda, la chupé; eso la puso más caliente aún.
“Tío, dame la polla”.
"Cógela, es toda tuya". Se arrodilló, me agarró la polla que ya tenía fuera del pantalón y me la empezó a mamar mirándome a los ojos como buscando mi aprobación.
Me fui desnudando; Teresa me bajó el pantalón sin dejar de mamar. Le saqué la polla de la boca, la hice parar, la manoseé otra vez y la desnudé.
Nos echamos en la alfombra, hicimos un 69; cuando noté que estaba que no daba más, la puse en cuatro, le abrí las nalgas y le chupé la zanja y el ano un buen tiempo, con gran gozo de Teresa, que gemía y se movía abriéndose ella misma las nalgas.
“Tío, quiero que veas algo”, dijo mi sobrina. Dejé de chuparle el culito, se puso de pie, fue hasta su bolso y..., sacó un bote de crema, un condón y una zanahoria. Quedé asombrado.
Ella me miró, sonrió pícaramente diciendo: ¡Sorpresa! Se untó gel en el ano, untó la zanahoria de tamaño regular, se agachó y se la introdujo poco a poco en el culo.
“Ves, tío, que en mi casa me estuve preparando para tu polla; ahora ven que te la chupo”.
Me paré delante, con una mano me agarró la polla y comenzó a chupármela, mientras que con la otra mano se sostenía la zanahoria, así por unos diez minutos; luego dejó de chupar y, agarrándose de mí, se puso de pie lentamente, ligeramente inclinada hacia adelante, y se sacó suavemente la zanahoria. Le había entrado casi toda.
“Ahora te toca a ti, tío”.
“Ponte de cuatro patas”. Se puso en cuatro y ella misma se abrió las nalgas. El hoyo estaba dilatado, pero así y todo, me unté los dedos con gel, primero metí uno haciéndolo jugar en círculos; entró flojo, metí otro más, resbalaron hacia dentro en el culito de mi sobrina, que movía el culo de adelante hacia atrás, saqué los dedos y dije: “Teresa, escucha bien, yo no te voy a meter la polla, eso lo harás tú, despacio y a tu ritmo… ¿Vale?”
“Sí, tío”.
Me unté la polla con gel, apunté la cabezota en el hoyo, empujé un poco y le metí solo el glande diciéndole: “Ahora tú tienes que meterla empujando hacia atrás.
Empujaba contra mí despacio; la polla le entraba bastante bien. Yo la sujetaba de la cintura, la traía para atrás y me adelantaba un poco; así le fue entrando, resbalando en el intestino. Casi estaba completamente dentro, pero quedaba un pedazo de polla afuera. Se detuvo. La sujeté por la cintura y comencé a bombear despacio, con cada empujón se le metía un poco más. Ella respiraba hondo y yo la fui penetrando suavemente, hasta que la tuvo toda adentro.
Empecé a follarla lentamente. Teresa se quejaba suavemente: “Ahh... ahh... ahh… Tío, duele un poco, pero es hermoso”.
La follada en el culo duró un rato. Teresa gemía en cada empujón; yo no podía creer lo que veía, ese hermoso culo turgente abierto en dos, moviéndose al compás de mis empujones, y no podía creer lo que sentía, la polla metida en la tripa de mi sobrina que me la apretaba como un guante.
“¡Ay tío, es rico!”
“¿Te gusta?”
“Sí, tío, hazme lo que quieras, soy tuya, soy tu perra”.
Esas palabras me pusieron más dura la polla, si era posible, pero a mí me dio la sensación de que se agrandaba. La seguí follando el culo por un tiempo más, entre suspiros y roncos gemidos de mi sobrina. Se la volví a sacar, puse más gel mientras observaba su ano abierto como un gran ojo negro, y se la enterré nuevamente de un golpe. Teresa gritó. Lo repetí varias veces; en cada enterrada gritaba, mordía la almohada, pero a la vez movía el culo golosamente. Se empezó a acariciar el clítoris con una mano.
El bombeo era cada vez más fuerte; alternativamente la metía a fondo y allí me quedaba; Teresa movía el culo circularmente.
“Tío, empuja fuerte, que eso que siento me hace sentir mucho, quiero acabar así”.
Después de esas palabras, la embestí salvajemente agarrándola de los pelos; ella gemía, se retorcía, gruñía roncamente. “Tío, no puedo más...”
Yo sentía la polla a punto de explotar.
“Tío, échalo dentro…” Se la enterré a fondo, allí me quedé, ella seguía moviendo el culo en círculos, hasta que pegó un grito largo y ronco. En el mismo momento acabé; parecía que no terminaba de salirme la leche. Se levantó un poco sobre sus brazos, jadeando agitada, y se fue desplomando hasta caer boca abajo. Yo quedé de rodillas con la polla fuera, me recosté encima de ella, y así estuvimos un rato, recuperándonos.
“Tío, algo me sale del culo”.
Me incorporé, le abrí las nalgas; el hoyo se había cerrado un poco, pero le salía la leche espesa.
“Es mi lechecita, Teresa”. Se tocó la zanja, pasó un dedo por el ano, retirándolo; ahí comprobó que lo que le salía era mi leche.
“Tío, no quisiera que tu leche se salga”.
“Es imposible contenerlo”.
“¿Me quedó el culo abierto?”
“Sí, pero después se te va a cerrar”.
Teresa encendió un cigarrillo, y mientras fumaba lentamente, me acariciaba la polla.
“Tío, tenía miedo de que me doliera y no me gustara, pero fue maravilloso. ¿Me lo vas a hacer más veces?”
“Claro, pero hoy no, te tienes que ir acostumbrando poco a poco”.
Teresa me pajeaba hasta que consiguió lo que quería. Que la polla se me parara otra vez.
Cuando tuve la polla dura como un mástil, mi sobrina se subió a horcajadas, me la agarró llevándola hacia su conchita, bajó un poco metiéndose la cabezota, bajó más y, después de un solo golpe, se la enterró.
“Ahhhhhhhhh”, fue su expresión, y allí se quedó quieta respirando hondo.
Eso fue un instante; luego comenzó a cabalgar despacio mientras yo le amasaba las tetas y le pellizcaba los pezones. La agarré del culito acompañando cada empujón de ella, así un rato largo, hasta que dijo: “Tío, métemela por detrás. Se levantó y se puso en cuatro.
Me puse detrás, metiéndosela por la concha, pegándole tremendas cogidas que, al chocar contra su culito, hacían que sus carnes se estremecieran.
“Tío, tío, ahh..., ahhh..., así, así…” Teresa gozaba como una perra puta, se pegaba contra mí para sentir la polla más adentro; la respiración se le hacía cada vez más profunda, hasta que gritó: Ahhhhhhhhhhh... Ahhhhhhhhh... Mmm..., Tioooooo... ¡Me estás matando!”
Se pegó contra mí y, en un largo espasmo, tuvo otro orgasmo al mismo tiempo que yo acababa llenándola la concha de leche caliente.
Fueron varios los encuentros en los que la penetré analmente, al menos una vez por semana, y cada vez el mismo ritual. Ella se sentaba en la cama, yo me paraba delante y ella me mamaba la polla hasta que se endurecía; luego se la hundía por el culito.
Teresa ha de medir 1,63 metros, piel mas bien oscura, cabello castaño, hermosa sonrisa, buen cuello, lindas tetas y erguidas, buen culo y lindas piernas en las que se podían ver que practicaba deporte. Teresa era también mi ahijada.
Hace ya tiempo que me di cuenta que en las reuniones familiares me observaba fijamente, al comienzo no le di importancia, pero al repetirse esta actitud, me sentí algo incomodo.
Así pasó el tiempo, pero ante la persistencia de ella, empecé a mirarla con otros ojos. Enpece a fijarme en sus pechos, en su trasero, en sus piernas, de su cuello y de su boca. Pero y so no era como yo pensaba, y si me equivocaba y quedaba como un viejo estúpido ante ella.
Transcurrieron los meses, hasta que una tarde la vi justo en la entrada del edificio donde tengo mi oficina, donde trabajo independiente como asesor. Nos saludamos con un beso en la mejilla, cambiamos unas palabras, y en ese instante se escuchó un fuerte trueno al mismo tiempo que empezó una tormenta de verano.
“Nos vamos a mojar, vamos a mi oficina”, dije.
“¿Aquí tienes tu oficina?, pregunto ella.
“Si acá, vamos”. Entramos al Edificio, llame el ascensor, subimos y mientras ascendíamos note su respiración algo agitada y no paraba de mirarme a los ojos.
Llegamos al piso, abrí la puerta de la Oficina, entramos, cerré la puerta con llave, encendí las luces y le dije: “Pasa”, señalando hacia el fondo.
Caminó delante mío, y yo la seguí admirando su turgente culo, que se movía debajo de un vestido de verano, de algodón o algo así, y que dejaba adivinar una diminuta braguita.
Por la ventana se veía una copiosa y ruidosa lluvia, le acerqué una silla, pasé al otro lado de mi escritorio, encendí la PC y le ofrecí una cola. Ella aceptó.
Serví y procedí a abrir el correo, deseche mensajes sin importancia y mientras leía y respondía los demás, Teresa sorbía su cola. De repente saco un cigarrillo.
“¿Puedo?”, me pregunto
“No sabía que fumabas”, le dije.
Ella respondió: “En casa no lo hago porque mi papá me mata”.
Terminé con el correo, encendí también un cigarrillo y mire por la ventana. “¡Qué manera de llover!, parece que no va a parar ten pronto”, dije mirando ese diluvio.
Ella me miro y dijo: “Si no te molesta tío, me quedo hasta que pare”.
“No hay problemas dije, pero te vas a aburrir”, conteste.
Ella me miró y suavemente me dijo: “No creas tío”. Se levantó de su silla y se fue al otro ordenador. Yo seguí respondiendo correos. Al cabo de un rato la pregunte: “Que estas viendo”.
“Una peli”, respondió sin mirarme.
Curioso me levante, fui hacia ella, y me quede parado a sus espaldas. Lo que vi me helo la sangre.
En la pantalla del monitor, una mujer seducía a un joven sentados en un sofá, le tomaba la mano y se la hacía pasar por la concha, después le amasaba la polla por sobre el pantalón, le abría el cierre, le sacaba la polla y se la empezaba a lamer y chupar.
Sin pensar la pregunte: “¿Has visto muchas pelis porno sola?” Ella se dio la vuelta avergonzada.
“¡Tio! No… no, es la primera vez”, respondió con la cara roja.
“No tienes que avergonzarte, es normal”, la dije sonriendo. “Ademas no soy un extraño, soy tu tío y además tu padrino”.
En ese mismo momento me di cuenta de que Teresa respiraba profundo y yo tenía la polla durisima. Sin pensar dos veces, puse mis manos sobre sus hombros. Ella no dijo nada, lo que me hizo subír las manos y acariciar su cuello. Ella quieta y muda, sólo respiraba profundamente y se veían sus tetas moverse al ritmo de la respiración.
Bajé suavemente las manos, deslicé los tirantes de su vestido que cayo hasta sus caderas. Teresa quieta pasaba sus manos por sus piernas. Después baje los tirantes de su sujetador.
Teresa se arqueó mirándome hacia arriba. Su rostro reflejaba una tremenda calentura. Bajé las manos hacia sus tetas, las saqué y comencé a acariciarlas, masajeando los pezones que estaban totalmente erectos, mientras hacía esto, me incliné y la besé en el cuello. Deslicé una de mis manos hacia su entrepierna y le acaricié la conchita por encima de la falda. Ella entreabrió algo sus piernas, subí la falda y metí la mano en la braguita. Estaba muy mojada y su conchita muy caliente.
Sin dejar de acariciarle la concha, con la otra mano me abrí el pantalón y saqué la polla. Me erguí parado a su lado, Teresa giró la cabeza, me miró la polla y dijo: “¡Tío, que grande es!”
“¿Te gusta? Podría ser toda tuya”, dije en voz excitada.
Teresa me agarró la polla son sus manos, echo el prepucio hacia atrás, quedando al aire la cabezota morada, brillante por mis jugos.
Pasó la punta de la lengua por el orificio del glande, luego por toda la cabeza y, finalmente, mirándome a los ojos, se la metió todo lo que pudo en la boca. Su boca estaba llena de saliva y muy caliente. Yo la tomé la cabeza por detrás para atraerla mas hacia mi.
Me chupaba la polla con muchas ganas, como si de verdad se la quisiera tragar, la saliva le salía por el borde de los labios, lo hacía muy bien, mi polla entraba y salía de su boca al ritmo de los movimientos de su cabeza. Saqué la polla de su boca, la besé metiendo mi lengua en su boca, encontrándome con la suya. Mientras la volvía a acariciar el coño, la tomé de los brazos y la puse de pié. La abracé metiendo la polla entre sus piernas, amasándola el culo, besé sus tetas, las chupe al mismo tiempo que la manoseaba toda.
Teresa jadeaba, respiraba hondo, sus mejillas se sonrojaron de la calentura. Me saqué la camisa, el pantalón, el bóxer, y terminé de desnudarla. La hice sentar en el sillón, levanté sus piernas para que las pusiera encima del sillón, me arrodillé, abrí su concha con mis dedos, y comencé a lamer su coño, a chupar su clítoris y a absorber sus jugos. Mientras con una mano amasaba sus tetas. Teresa se arqueaba y gemía, hasta que dijo balbuceando: “Tío, no sabía que eras así de caliente ¿Qué más me vas a hacer?”
“Todo lo que tu quieras preciosa”, le respondí. “Ahora ponte de rodillas en el sillón”.
Una vez de rodillas, la incliné hacia adelante para que se apoyara sobre el respaldo, abrí sus nalgas y empecé a chuparle el coño y meterle dos dedos. Ella estiró una mano hacia atrás acariciándome la cabeza diciendo: “Hay tío, hay tío… es lindo lo que haces”.
Me puse de pies, pasándole la polla por la raja del culo, de arriba a abajo, la dirigí hasta su concha, empujándola lentamente. Poco a poco fue penetrando en esa conchita estrecha y jugosa. Teresa entre suspiros decía: “Ahhhhhh... ahhhhh despacito tío... es muy grande… nunca tuve una asi… seguí, más, más…”.
Sus palabras me desafiaron al máximo. De una tremendo golpe la introduje completa. La agarre de la cintura y le pegaba terribles cogidas, golpeando sus nalgas que se movían a cada golpe.
Así estuvimos un rato, hasta que dijo gimiendo: “Tío,… me viene… me vieneeeee...”, se la meti hasta el fondo y allí me quedé, mientras Teresa se corría entre espasmos.
Una vez que acabo, le saqué la polla y ella se sentó en el sillón. La bese en la boca y después le ofrecí mi herramienta. Ella la tomó y empezó a lamer y chupar con fuerza, hasta que le dije: “Me voy a correr”. Se metió la polla todo lo que pudo en la boca, y allí literalmente exploté, cerró sus labios para no desperdiciar nada de mi semen. Lo tragó todo y me chupó para sacarme hasta la última gota.
Una vez tranquilizados le ofrecí un cigarrillo y fumamos relajándonos. Terminamos el cigarrillo, ella se puso de pié, dijo: “Tío, voy al baño”. Mientras iba la mire sin poder creer lo que había pasado, y al mismo tiempo la miraba su culo, mientras pensaba que algún día iba a ser mío.
Cuando volvió del baño la tome de la cintura, la atraje hacia mí, la besé en la boca, en el cuello, y acariciaba sus nalgas, ella se froto contra mí, la polla empezaba a pararse otra vez, me la acarició, la agarró, la apretó en su mano, me miró a los ojos, se arrodilló y empezó a mamármela de nuevo.
Me dio una terrible mamada, la polla entraba y salía de su boca toda mojada por su saliva. Yo la tenía dura otra vez y con ganas de volver a cogerla.
La puse de pie y la indique que se pusiera de rodillas otra vez. Ella lo hizo con sus piernas abiertas y
con el culo parado. Me puse de rodillas detrás, y empecé a chuparle el ano lamiéndolo y al mismo
tiempo le metía dos dedos en la concha y frotaba su clítoris.
Teresa balbuceaba algo que no se entendía y respiraba roncamente, me puse de pie y se la ensarté
hasta el final. La agarre de la cintura y la folle con tremendas cogidas, en cada entrada yo sentía que mi glande llegaba al fondo de su coño lleno de flujos.
Con cada entrada ella gemía con un largo ...ahhhh.... parecido a un gruñido.
“Tío dame más, dame más…” gritaba. Y yo le daba más mientras ella empujaba para atrás acompañándome en los movimientos.
Saqué la polla y le dije: “Teresa, déjanos cambia”.
“Si tío”, contesto y se puso de pie.
Me senté en la silla y le dije: “Ven, súbete”. Se montó a horcajadas, metiéndose la polla en su concha ardiente y jugosa, la agarre de las caderas y la ayude a cabalgar sobre mi.
Cabalgaba con la polla introducida, moviéndose circularmente y gimiendo roncamente: “¡Ay tío!, me vuelves loca”.
Suspiró profundamente, cabalgaba más fuerte, casi con violencia, yo sentía mi polla ardiendo por sus jugos calientes. Quería correrse. Empezó a jadear y a gemir. Me beso en la boca y dijo: “¡Quiero acabar tio! De repente empezó a temblar respirando como con un gruñido.
No paraba, se quedaba casi sin respiración, me clavaba las uñas en la espalda y se seguía moviendo.
Su respiración era un gruñido continuo. Eso duro minutos, no sé cuantos, yo estaba sorprendido.
De repente respiró hondo, se calmo, cayeron sus brazos a los costados y se le cayó la cabeza hacia atrás.
Respiraba profundo y casi con normalidad, abrió los ojos, sonrió y dijo. “Tío, no sé que me pasó, no podía terminar de correrme y casi me desmayo, me faltaba la respiración”.
“Tuviste seguro varios orgasmos seguidos”, dije.
“Es la primera vez, a lo mejor es porque con tu polla me siento llena, siento que me llenas y siento que me llegas al fondo”.
Habrían pasado un par de minutos cuando ella se arrodilló entre mis pierna, me agarro la polla, la pasaba la lengua por la cabeza, se la metió en la boca y empezó a mamármela muy bien. Yo aun no había tenido mi orgasmo, así que rápidamente mi polla se puso como un tronco. Ella con movimientos de cabeza rápidos la metía y sacaba de su boca, ya sentía que iba a acabar, le puse una mano sobre la cabeza, Teresa adivinó, se metió la polla lo más que pudo en la boca y exploté.
Se tragó toda la acabada relamiéndose, me limpió la polla con su lengua, se puso de pie y me beso en la boca. Note el sabor de mi semen.
“Tío, ya dejó de llover, me tengo que ir”, dijo ella mientras se vestía. Se vistió, me beso y se fue.
Estos encuentros se repetían una o dos veces por semana, según lo permitieran nuestras ocupaciones, siendo cada vez más calientes, lujuriosos y libidinosos.
Si ella tenía tiempo, me manda un mensaje de texto con un "Quiero"; yo, a mi vez, respondo con un "OK" o un "No", según las circunstancias. A veces íbamos a mi casa para follar con más comodidad.
De a poco le fui enseñando algunas otras cosas, para moldearla morbosamente, para convertirla casi en mi esclava sexual, en un objeto de mis más bajos instintos, en una obediente puta. Llegaba a cada uno de los encuentros ya mojada, esperando con ansias sentir mis manos, mi lengua y mi polla. Se convirtió en una verdadera perra y en mi objeto sexual, tal como yo quería. Hacía lo que le ordenaba y se dejaba hacer lo que se me ocurriera.
Teresa aprendió que, al quedar solos, ya fuera en mi oficina, en mi casa o algunas veces en el auto, lo primero que tenía que hacer era sacarme la polla, acariciarla y mamármela, salvo que yo ordenase otra cosa. Todo lo cumplía a la perfección y con tremenda calentura; de hecho, creía que siempre estaba caliente y con ganas de sexo. Pero yo tenía una obsesión: >su culito<.
Así es que comencé el paciente camino para lograr que voluntariamente me entregue su culito. Cuando estábamos en la oficina o en mi casa, yo aprovechaba para elegir una película de sexo anal, y así mientras le chupaba la conchita, ella podía verla. Esa repetición comenzó a dar sus frutos, cuando un día preguntó: “Tío, ¿cuándo te la meten por el culo, no duele?”
“Al principio puede doler si se hace mal”, contesté.
“Pero a ellas no les duele”, dijo refiriéndose a las de la peli.
“Ellas ya están acostumbradas. Pero si se hace mal la primera vez, puede doler”, respondí.
“¿Si se hace mal?”, preguntó con cara de interrogación.
“Sí, si no se prepara duele”, le expliqué.
“¿Y cómo se prepara?”, volvió a preguntar.
“Bueno, acostumbrándolo de a poco, metiendo cosas, por supuesto con lubricación”, repliqué, quedando ahí la conversación.
En los sucesivos encuentros no volvió a preguntar. Por supuesto que, además de las películas de sexo anal que ponía, yo le chupaba el culito cada vez que nos veíamos, cada vez más tiempo, de modo de excitarla y que le dieran ganas de ser penetrada analmente.
Un día de repente dijo: “Tío, ¿me puedes preparar el culito?”.
Haciéndome el no entender nada, la pregunté a mi vez: “¿El culito?, ¿para qué?”
“Tengo ganas de que me la metas por ahí, pero no quiero que me duela. “Prométeme que no me va a doler”, contestó sonriendo.
“Bueno, mira, lo primero que tenemos que hacer es usar un gel que lubrique bien el ano, y para empezar a dilatar, se mete un dedo, se juega un poco y se mete otro”, le expliqué.
“¿Y si yo quiero empezar a prepararme en mi casa?”
“Te pones gel, y puedes meterte algo así como una zanahoria, pero al principio no muy grande y con condón”, le expliqué.
“¿Y en caso de no tener gel, qué puedo usar?”
“Alguna crema para manos, te untas el ano, untas la zanahoria o lo que vayas a introducir, te pones en cuclillas y empiezas a meterte chisme poco a poco. Si sientes dolor, paras. Así todos los días, cada vez un poco más, para que el culito se te vaya acostumbrando”.
Mientras hablábamos, Teresa me acariciaba la polla, que se me puso dura como un mazo. Ella la miró, se deslizó hacia abajo, se metió la polla en la boca y comenzó a chupármela como loca.
Después de unos minutos, se sentó encima, metiéndose la polla en la concha de un golpe, tal era su calentura. Cabalgaba, gemía, gruñía; yo le amasaba las tetas y el culo. Siguió cada vez con más violencia, hasta que lanzó un alarido, siguió cabalgando, respiraba roncamente; yo le amasaba el culo y ella se agarraba las tetas, no paraba, se estremecía, tenía la mirada perdida, el cabello revuelto, hasta que se quedó quieta y empujó como si quisiera meterme todo dentro de su concha, y allí acabé yo derramando mi leche en el interior de su conchita. En ese mismo momento, Teresa se
estremeció, cayendo sobre mí agotada, tratando de recuperar su respiración.
Cuando se recuperó, fumamos un cigarrillo. Cuando estábamos de camino a su casa, paramos en el parque para fumar tranquilos un cigarrillo, escuchando música suave. En determinado momento, Teresa me empezó a acariciar la polla sobre el pantalón, me abrió el cierre, la sacó y la empezó a mamar. Mi polla era un tronco duro que Teresa chupaba y miraba golosamente. Dejó de mamar, miró para afuera, no había nadie. Se retiró la braguita a un lado y se montó en la polla con la espalda apoyada en el volante del automóvil, cabalgando frenéticamente. El auto se movía al compás de las cogidas, hasta que me besó en la boca, lengua profunda, me abrazó fuerte y tuvo otro orgasmo. Salió de encima de mí y se limpió. Después seguimos de camino.
Pasaron tres días sin vernos hasta que llegó el mensaje que decía: “Quiero”.
“OK”, contesté.
Quedamos al lado de su casa y la fui a buscar. En el camino, como era ya costumbre, me amasaba la polla y me la chupaba mientras conducía. En un tramo le dije: “Mastúrbate”.
Ella abrió sus piernas, se metió la mano en la concha y empezó a masturbarse. Así llegamos a mi oficina. Una vez dentro, la manoseé toda, la chupé; eso la puso más caliente aún.
“Tío, dame la polla”.
"Cógela, es toda tuya". Se arrodilló, me agarró la polla que ya tenía fuera del pantalón y me la empezó a mamar mirándome a los ojos como buscando mi aprobación.
Me fui desnudando; Teresa me bajó el pantalón sin dejar de mamar. Le saqué la polla de la boca, la hice parar, la manoseé otra vez y la desnudé.
Nos echamos en la alfombra, hicimos un 69; cuando noté que estaba que no daba más, la puse en cuatro, le abrí las nalgas y le chupé la zanja y el ano un buen tiempo, con gran gozo de Teresa, que gemía y se movía abriéndose ella misma las nalgas.
“Tío, quiero que veas algo”, dijo mi sobrina. Dejé de chuparle el culito, se puso de pie, fue hasta su bolso y..., sacó un bote de crema, un condón y una zanahoria. Quedé asombrado.
Ella me miró, sonrió pícaramente diciendo: ¡Sorpresa! Se untó gel en el ano, untó la zanahoria de tamaño regular, se agachó y se la introdujo poco a poco en el culo.
“Ves, tío, que en mi casa me estuve preparando para tu polla; ahora ven que te la chupo”.
Me paré delante, con una mano me agarró la polla y comenzó a chupármela, mientras que con la otra mano se sostenía la zanahoria, así por unos diez minutos; luego dejó de chupar y, agarrándose de mí, se puso de pie lentamente, ligeramente inclinada hacia adelante, y se sacó suavemente la zanahoria. Le había entrado casi toda.
“Ahora te toca a ti, tío”.
“Ponte de cuatro patas”. Se puso en cuatro y ella misma se abrió las nalgas. El hoyo estaba dilatado, pero así y todo, me unté los dedos con gel, primero metí uno haciéndolo jugar en círculos; entró flojo, metí otro más, resbalaron hacia dentro en el culito de mi sobrina, que movía el culo de adelante hacia atrás, saqué los dedos y dije: “Teresa, escucha bien, yo no te voy a meter la polla, eso lo harás tú, despacio y a tu ritmo… ¿Vale?”
“Sí, tío”.
Me unté la polla con gel, apunté la cabezota en el hoyo, empujé un poco y le metí solo el glande diciéndole: “Ahora tú tienes que meterla empujando hacia atrás.
Empujaba contra mí despacio; la polla le entraba bastante bien. Yo la sujetaba de la cintura, la traía para atrás y me adelantaba un poco; así le fue entrando, resbalando en el intestino. Casi estaba completamente dentro, pero quedaba un pedazo de polla afuera. Se detuvo. La sujeté por la cintura y comencé a bombear despacio, con cada empujón se le metía un poco más. Ella respiraba hondo y yo la fui penetrando suavemente, hasta que la tuvo toda adentro.
Empecé a follarla lentamente. Teresa se quejaba suavemente: “Ahh... ahh... ahh… Tío, duele un poco, pero es hermoso”.
La follada en el culo duró un rato. Teresa gemía en cada empujón; yo no podía creer lo que veía, ese hermoso culo turgente abierto en dos, moviéndose al compás de mis empujones, y no podía creer lo que sentía, la polla metida en la tripa de mi sobrina que me la apretaba como un guante.
“¡Ay tío, es rico!”
“¿Te gusta?”
“Sí, tío, hazme lo que quieras, soy tuya, soy tu perra”.
Esas palabras me pusieron más dura la polla, si era posible, pero a mí me dio la sensación de que se agrandaba. La seguí follando el culo por un tiempo más, entre suspiros y roncos gemidos de mi sobrina. Se la volví a sacar, puse más gel mientras observaba su ano abierto como un gran ojo negro, y se la enterré nuevamente de un golpe. Teresa gritó. Lo repetí varias veces; en cada enterrada gritaba, mordía la almohada, pero a la vez movía el culo golosamente. Se empezó a acariciar el clítoris con una mano.
El bombeo era cada vez más fuerte; alternativamente la metía a fondo y allí me quedaba; Teresa movía el culo circularmente.
“Tío, empuja fuerte, que eso que siento me hace sentir mucho, quiero acabar así”.
Después de esas palabras, la embestí salvajemente agarrándola de los pelos; ella gemía, se retorcía, gruñía roncamente. “Tío, no puedo más...”
Yo sentía la polla a punto de explotar.
“Tío, échalo dentro…” Se la enterré a fondo, allí me quedé, ella seguía moviendo el culo en círculos, hasta que pegó un grito largo y ronco. En el mismo momento acabé; parecía que no terminaba de salirme la leche. Se levantó un poco sobre sus brazos, jadeando agitada, y se fue desplomando hasta caer boca abajo. Yo quedé de rodillas con la polla fuera, me recosté encima de ella, y así estuvimos un rato, recuperándonos.
“Tío, algo me sale del culo”.
Me incorporé, le abrí las nalgas; el hoyo se había cerrado un poco, pero le salía la leche espesa.
“Es mi lechecita, Teresa”. Se tocó la zanja, pasó un dedo por el ano, retirándolo; ahí comprobó que lo que le salía era mi leche.
“Tío, no quisiera que tu leche se salga”.
“Es imposible contenerlo”.
“¿Me quedó el culo abierto?”
“Sí, pero después se te va a cerrar”.
Teresa encendió un cigarrillo, y mientras fumaba lentamente, me acariciaba la polla.
“Tío, tenía miedo de que me doliera y no me gustara, pero fue maravilloso. ¿Me lo vas a hacer más veces?”
“Claro, pero hoy no, te tienes que ir acostumbrando poco a poco”.
Teresa me pajeaba hasta que consiguió lo que quería. Que la polla se me parara otra vez.
Cuando tuve la polla dura como un mástil, mi sobrina se subió a horcajadas, me la agarró llevándola hacia su conchita, bajó un poco metiéndose la cabezota, bajó más y, después de un solo golpe, se la enterró.
“Ahhhhhhhhh”, fue su expresión, y allí se quedó quieta respirando hondo.
Eso fue un instante; luego comenzó a cabalgar despacio mientras yo le amasaba las tetas y le pellizcaba los pezones. La agarré del culito acompañando cada empujón de ella, así un rato largo, hasta que dijo: “Tío, métemela por detrás. Se levantó y se puso en cuatro.
Me puse detrás, metiéndosela por la concha, pegándole tremendas cogidas que, al chocar contra su culito, hacían que sus carnes se estremecieran.
“Tío, tío, ahh..., ahhh..., así, así…” Teresa gozaba como una perra puta, se pegaba contra mí para sentir la polla más adentro; la respiración se le hacía cada vez más profunda, hasta que gritó: Ahhhhhhhhhhh... Ahhhhhhhhh... Mmm..., Tioooooo... ¡Me estás matando!”
Se pegó contra mí y, en un largo espasmo, tuvo otro orgasmo al mismo tiempo que yo acababa llenándola la concha de leche caliente.
Fueron varios los encuentros en los que la penetré analmente, al menos una vez por semana, y cada vez el mismo ritual. Ella se sentaba en la cama, yo me paraba delante y ella me mamaba la polla hasta que se endurecía; luego se la hundía por el culito.