Es Una Pervertida

heranlu

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¡Ay, coño, cómo me pone contároslo todo! Soy Inmaculada, 33 añazos de pura carne caliente, morena, guapa de morirse, con esta boca gorda y grande que parece hecha para mamar pollas hasta el fondo, ojos enormes que te clavan mientras te monto como una yegua en celo, cara de puta cara que hace que se os caiga la baba.

Mis tetas pequeñas pero con pezones gordos como dedos y areolas tan grandes que caben tres lenguas a la vez. Cintura de avispa y estas caderas de puta exageradas, sujetas por dos muslazos que parecen troncos, piernas gorditas y tobillos rechonchos.

Soy una fogosa de mierda, dominante, guarra total y siempre con el coño chorreando. A los 14 ya parí a mi Andrés, que ahora con 19 está en la uni, guapísimo, musculoso, cara de niño bueno pero con una verga de caballo que me parte en dos.

Le van las mayores, como su profesora-novia de 28 que se lo folla en el despacho.

A los 20 seduje y volví loco a mi padre Juan, ahora 52, viudo, albañil de éxito, barba, canas, atractivo de la hostia y un nabo gordo como una berenjena que me llena hasta el útero.

Esperé a que mi hijo cumpliera 18 para forzarlo y pervertirlo como la cerda que soy. Ahora estoy de 9 meses, preñada hasta las trancas, y ni puta idea si es del abuelo o del nieto, porque me corro con los dos dentro sin condón ni hostias.

Escena 1: Cómo pervirtí a mi padre. 2012.

Fue una noche de verano asfixiante. Andrés tenía 6 añitos y ya dormía como un angelito. Yo, con 20 tacos, ya no aguantaba más. Mi coño me ardía cada vez que2 veía a mi padre llegar del tajo, sudado, con esa camiseta pegada al pecho peludo y ese bulto en los vaqueros que parecía querer reventar la tela.

Me puse la bata de seda abierta, sin nada debajo, pezones duros como piedras, y esperé sentada en su cama.

Entró, se quitó la camiseta empapada y me vio allí, piernas gorditas abiertas, coño depilado brillando de lo mojada que estaba.

—Inmaculada… ¿qué coño haces en mi cama? —dijo con voz ronca, pero sus ojos ya se habían clavado en mis tetas.

Yo me lamí los labios con mi boca gorda y le contesté mirándolo fijo:

—Papá… vengo a que me folles como la puta que soy. Llevo años masturbándome pensando en esa berenjena que llevas entre las piernas. ¿No te has dado cuenta de cómo me rozo contigo en la cocina? ¿De cómo me pongo en cuatro cuando limpias el suelo para que me veas el culo?

Él tragó saliva, intentando ser el padre serio:

—Hija, esto está mal… soy tu padre, joder. No puedes…

Yo me levanté, dejé caer la bata al suelo y me acerqué desnuda, pegando mis tetas pequeñas a su pecho sudado.

—¿Mal? —susurré pegando mi boca a su oreja mientras le metía mano al paquete—. Mal es que lleves años sin follarte a una mujer como yo. Mal es que tu polla esté dura como piedra solo de verme. Mírame, papá… ¿no quieres meterla en este coño que parió a tu nieto?

Le bajé la cremallera de un tirón y saqué ese nabo gordo, venoso, caliente, oliendo a hombre de verdad. Lo agarré con las dos manos y empecé a pajearlo despacio.

—Míralo… está llorando por mí —gemí—. ¿Verdad que sí, papi? Di que quieres follarte a tu hija guarra.

Él soltó un gruñido animal, ya perdido:

—Joder, Inmaculada… eres una puta… una puta deliciosa…

Yo me arrodillé, abrí mi boca gorda al máximo y me lo metí hasta la garganta de un solo golpe, haciendo arcadas ruidosas adrede para que se pusiera más loco.

—Así, papá… métemela hasta los huevos… úsame la garganta como coño… —balbuceaba entre chupadas—. ¿Te gusta cómo mama tu hija? ¿Te gusta ver cómo se me caen las babas por tus huevos peludos?

Él me agarró del pelo y empezó a follarme la boca con fuerza.

—Eres una cerda… mi propia hija… una cerda cachonda… ¡toma polla, guarra!

Yo gemía como loca, babeando, hasta que lo saqué y me tiré en la cama, abriendo las piernas al máximo.

—Ahora fóllame, papá. Rómpeme este coño. Quiero sentir cómo me abres con esa berenjena. Métemela sin condón, lléname de lefa caliente… preñame si te sale de los cojones.

Él se tiró encima como un toro, me penetró de un empujón brutal y empezó a bombear como si quisiera partirme en dos.

—¡Joder, qué coño tan apretado tienes, hija! —gruñía mientras me embestía—. ¿Te gusta que tu padre te folle? ¿Eh? Di que eres mi puta personal.

—¡Sí, papá! ¡Soy tu puta! ¡Tu guarra! ¡Fóllame más fuerte! ¡Quiero que me dejes el coño hecho un desastre! —gritaba yo, clavándole las uñas en la espalda—. ¡Méteme los dedos también, fistéame mientras me follas!

Metió tres dedos junto a su polla, estirándome hasta que grité de placer y dolor.

—¡Así, cabrón! ¡Abre a tu hija! ¡Quiero que quepa tu puño entero dentro!

Esa noche lo volví loco de verdad. Después de corrernos los dos, me senté en su cara y le solté una lluvia dorada caliente mientras él se pajeaba otra vez.

—Bebe, papi… bebe la meada de tu hija… —gemía yo—. ¿Te gusta? Di que te encanta que te mee en la boca.

—Joder… sí… me encanta… eres una guarra asquerosa… y me tienes loco… —jadeaba él, tragando.

Desde esa noche fue mío. Cada día lo pervertía más: lo obligaba a lamerme el culo mientras me follaba con el puño, le hacía correrse en mis tetas y luego me lamía la leche yo misma, le enseñé a follarme en el baño de la obra cuando iba a verlo trabajar…, quería todo lo prohibido.

Así empezó mi vicio más grande: tener a mi propio padre como esclavo sexual. Y no paré ahí…

### Escena 2: Cómo pervirtí a mi hijo . 2024

Llevaba meses planeándolo como la zorra calculadora que soy. Desde que Andrés empezó a cambiar de niño a hombre, yo lo observaba con hambre. Cada vez que volvía del gimnasio, con el cuerpo sudado y los músculos hinchados, mi coño se ponía a palpitar solo.

Tenía 18 recién cumplidos, y ya iba a reclamar esa polla de caballo que le había dado al nacer. Yo, con 32 años, estaba en mi mejor momento

Era un sábado por la tarde de finales de primavera. La novia esa de 28, la profesora guarra que se lo follaba en el despacho de la uni, lo había dejado plantado con una excusa de “reunión de departamento”.

Perfecto. Lo pillé en su habitación, solo, haciendo flexiones en el suelo sin camiseta, el sudor corriendo por su espalda ancha, los abdominales marcados como tabla, respirando fuerte. Entré sin llamar, cerré la puerta con doble vuelta de llave, me apoyé en ella y lo miré como si fuera mi presa.

—Andrés… para de hacer el tonto con esas flexiones y mírame —le ordené con voz ronca, dominante, mientras me subía despacio el vestidito corto de algodón blanco que llevaba puesto. No llevaba bragas ni sujetador; el coño depilado ya chorreaba, goteándome por los muslos gorditos, y mis pezones apuntaban como flechas a través de la tela fina.

Él se incorporó despacio, se sentó en el borde de la cama, rojo hasta las orejas, con esa carita de niño bueno que me volvía loca de deseo y de ganas de romperlo.

—Mamá… ¿qué haces? ¿Por qué entras así? —balbuceó, intentando no mirar, pero sus ojos ya se habían clavado en mis tetas y en el vestido subido hasta la cintura.

Yo me acerqué despacio, taconeando con mis sandalias, y me planté justo delante de él, tan cerca que podía oler su sudor de macho joven mezclado con el mío de hembra en celo.

—¿Que qué hago? Te voy a decir lo que vas a hacer tú, cabroncete —le dije agarrándole la barbilla con fuerza, obligándolo a levantar la vista hacia mis ojos grandes y cachondos—. Este coño que ves aquí, este coño mojado que te parió hace 18 años, ahora te va a tragar esa polla de caballo que tienes entre las piernas. Quítate los pantalones. Despacio. Quiero verlo todo.

Intentó resistirse, pobre crío.

—Mamá… esto no… no está bien… eres mi madre, joder… no puedo… mi novia…

Le di una cachetada suave pero seca en la mejilla, solo para que sintiera quién mandaba.

—¿Tu novia? Esa zorra de 28 que se lo monta contigo en el aula mientras los demás están en clase… ¿crees que no sé que te folla como una puta? Pues yo soy tu madre, y soy mucho más puta que ella. Mira cómo tengo el coño, hijo… —me abrí los labios con dos dedos, enseñándole lo hinchado y brillante que estaba—. Está llorando por ti. Por esa verga que te di al nacer. Quítate los pantalones YA o te los bajo yo y te la chupo hasta que me supliques que pare.

Temblando, con la respiración acelerada, se desabrochó el botón, bajó la cremallera y se quitó los vaqueros junto con los bóxers. Esa polla saltó como un resorte: gorda, larga, venosa, curvada hacia arriba, con la punta goteando presemen espeso. Más grande que la de su abuelo, más joven, más dura. Me relamí la boca gorda despacio.

—Joder… qué maravilla, hijo mío… Mira cómo se te pone para mamá. Ven aquí, putito.

Lo empujé de un manotazo fuerte hacia atrás, hasta que quedó tumbado en la cama. Me subí encima a horcajadas, mis muslazos gordos aprisionando sus caderas, y empecé a restregarle el coño empapado por toda la verga, arriba y abajo, cubriéndola de mis jugos, torturándolo.

—Dime que quieres follarte a tu madre, Andrés. Di que eres mi putito personal y que me vas a llenar de lefa caliente sin condón. ¡Dilo fuerte, coño! ¡Quiero oírlo!

Él jadeaba, perdido, con las manos subiendo por mis caderas exageradas sin poder evitarlo.

—Mamá… sí… joder… quiero follarte… eres tan… tan guarra… tan caliente… por favor… métetela…

Le agarré la cara con las dos manos y le escupí suavemente en los labios.

—Más fuerte, cabrón. Di exactamente: “Mamá, soy tuyo y quiero correrme dentro de ti hasta dejarte preñada”.

—Mamá… quiero correrme dentro… quiero preñarte… joder… por favor… métetela ya… —suplicó, con la voz rota y los ojos vidriosos de deseo.

Me reí triunfal, me coloqué justo encima de la punta y me dejé caer de golpe, metiéndomela entera hasta que sus huevos peludos chocaron contra mi culo. Grité de placer puro, sintiendo cómo me abría como nunca me habían abierto.

—¡Así, hijo de puta! ¡Rómpeme el coño! ¡Fóllame como hombre, no como el niñato que eras hace un año! ¡Más fuerte, cabrón! ¡Clávamela hasta el útero!

Empecé a montarlo como una salvaje, subiendo y bajando con violencia, mis muslazos golpeando sus caderas, mis tetas pequeñas rebotando, pezones enormes rozando su pecho sudado.

—Chupa, hijo. Chupa estos pezones gordos mientras te follo —le ordené, agarrándole la nuca y metiéndole uno en la boca.

Él succionó con desesperación, lamiendo, mordiendo suavemente, gimiendo contra mi piel.

—Buen chico… mama fuerte… ahora méteme los dedos en el culo… fistéame mientras te monto… quiero tu puño dentro junto a tu polla de caballo.

Metió tres dedos primero, luego cuatro, estirándome brutalmente mientras yo seguía cabalgándolo. Grité de placer obsceno, clavándole las uñas en los pectorales.

—¡Sííí! ¡Abre a tu madre! ¡Méteme el puño entero, hijo de puta! ¡Quiero que me destroces el culo!

Cuando ya estaba al borde del orgasmo, me bajé, me puse a cuatro patas en la cama, culo en pompa, y le ordené con voz de mando absoluto:

—Ahora por detrás, cabrón. Fóllame el culo. Sin lubricante. Quiero sentir cómo me abres el ojete con esa verga monstruosa. ¡Hazlo ya!

Él se colocó detrás, temblando de excitación, y me la metió en el culo de un empujón salvaje. Grité, gemí, empujé hacia atrás para que entrara más hondo.

—¡Joder, qué grande la tienes! ¡Rómpeme el culo, hijo! ¡Llénamelo de lefa caliente! ¡Quiero sentir cómo me marcas por dentro!

Embestía como un animal, yo dominando cada movimiento, moviendo las caderas para que me penetrara más profundo.

—Dime que me perteneces, Andrés. Di que tu polla es de mamá para siempre. Di que me vas a follar todos los días que yo quiera.

—Soy tuyo, mamá… mi polla es tuya… para siempre… todos los días… ¡me corro… me corro dentro!

Se corrió con un rugido brutal, llenándome el culo de semen espeso y caliente, chorros y chorros mientras yo me masturbaba el clítoris y me corría gritando como una loca, apretando su polla con el esfínter.

Después, me giré, lo besé con mi boca gorda, metiéndole la lengua hasta la garganta, saboreando su sudor y mi propia excitación, y le susurré al oído con voz dominante y satisfecha:

—Esto es solo el principio, hijo mío. A partir de ahora me follas cuando yo diga, donde yo diga, como yo diga. Sin condón nunca. Y cuando me salga de los cojones… me preñarás. Quiero llevar dentro un hijo tuyo, cabrón. Quiero que tu abuelo y tú me llenéis los dos, sin saber quién es el padre. Y entonces sí que vamos a ser la familia más guarra, más sucia y más feliz del puto mundo.

Escena 3: Cómo desvirgué a mi padre y a mi hijo, haciendo que se volvieran bisexuales como los putos viciosos que son. 2025

¡Joder, qué vicio me da recordar esto, coño! Después de tener a mi padre Juan como mi esclavo sexual personal y de pervertir a mi hijo Andrés, supe que era hora de llevarlo al siguiente nivel.

Yo, Inmaculada, la reina de la casa, la ninfómana dominante que manda en todo, decidí que esos dos machos míos tenían que probarse el uno al otro. ¿Por qué? Porque soy una guarra absoluta y quería verlos romperse, quería que se convirtieran en bisexuales para mí, para que el trío fuera total, sin límites, sin mariconadas de "esto no me va".

Quería que mi padre se comiera la polla de su nieto y que mi hijo le abriera el culo a su abuelo, todo bajo mi mando, con mi coño chorreando de excitación mientras los dirigía como marionetas cachondas.

Lo planeé todo como la zorra calculadora que soy. Era una noche de viernes, unos meses después de haber forzado a Andrés. Yo tenía 32 todavía. Invité a mi padre a casa con la excusa de "cena familiar", pero la cena iba a ser polla y culo para todos.

Andrés ya estaba advertido: le había dicho esa tarde, mientras le chupaba la verga en el sofá, que esa noche iba a aprender a ser mi putito bisexual o le cortaba el suministro de coño materno para siempre. El pobre crío, con su cara de niño bueno y esa polla de caballo dura como piedra, solo pudo asentir y gemir: "Sí, mamá... lo que tú digas...".

Llegó Juan, mi papi atractivo de 52, con su barba canosa, su pecho peludo asomando por la camisa abierta, y ese bulto en los vaqueros que ya me hacía salivar.

Entró en el salón, vio a Andrés sentado en el sofá, nervioso, y a mí de pie, con un vestidito negro ajustado que marcaba mis muslazos gordos y mis tetas pequeñas pero provocativas, sin nada debajo, por supuesto.

Cerré la puerta con llave, me acerqué a ellos contoneándome como una yegua en celo, y les solté sin rodeos, con mi voz dominante que no admite réplicas:

—Bien, cabrones míos. Esta noche vais a aprender una lección nueva. Papá, hijo... os vais a follar el uno al otro para mí. Quiero ver cómo mi padre se traga la polla de su nieto y cómo mi hijo le rompe el culo a su abuelo. Nada de excusas de machos heteros. Sois míos, y os voy a convertir en bisexuales viciosos. El que se niegue, se va a la puta calle sin probar más de este coño. ¿Entendido?.

Juan se quedó pálido, tragando saliva, su mirada yendo de mí a Andrés. Intentó protestar, el pobre, con esa voz ronca de albañil curtido:

—Inmaculada... hija... esto es demasiado. Soy tu padre, joder, pero con el crío... no soy maricón, coño. No puedo...

Le di una bofetada seca en la mejilla para recordarle quién manda. Me acerqué, le agarré el paquete por encima de los vaqueros y apreté justo lo suficiente para que doliera un poco y excitara mucho.

—¿Maricón? ¿Quién ha dicho eso, papi? Vas a ser bisexual para mí, porque yo lo digo. Mira a Andrés... —señalé a mi hijo, que ya tenía la polla medio dura solo de oírme—. Esa verga de caballo es tuya esta noche. Te la vas a meter en la boca y en el culo, y te vas a correr como nunca. Y tú, hijo de puta —me giré a Andrés, que estaba rojo como un tomate—, vas a follarte a tu abuelo como si fuera tu puta personal. ¿O quieres que te castigue negándote mis tetas?

Andrés, el niñato musculoso de 18, balbuceó algo como "Mamá... yo... nunca he...", pero yo no le dejé terminar. Me arrodillé entre los dos, les bajé las cremalleras de un tirón y saqué sus nabos: el de Juan, gordo como una berenjena, venoso y maduro; el de Andrés, largo y curvado, joven y tieso como un palo. Los acerqué el uno al otro, frotándolos juntos, sintiendo cómo se endurecían a pesar de todo.

—Miraos las pollas, cabrones. Frotaos el uno al otro mientras yo miro. ¡Hazlo, Juan! Agarra la verga de tu nieto y pajeala despacio. Y tú, Andrés, haz lo mismo con la de tu abuelo. Quiero ver cómo os ponéis duros pensando en follaros mutuamente.

Temblando, obedecieron. Juan, con sus manos callosas de albañil, agarró la polla de Andrés y empezó a moverla arriba y abajo, gimiendo bajito: "Joder... es enorme...".

Andrés, con sus manos jóvenes y fuertes, hizo lo mismo con la de su abuelo, cerrando los ojos al principio pero abriéndolos pronto, excitado a la fuerza.

Yo me senté en el sofá, abrí mis piernas gorditas al máximo, me metí tres dedos en el coño chorreante y empecé a masturbarme mientras los dirigía:

—Bien, putitos míos. Ahora, papá, arrodíllate y chupa la polla de tu nieto. Métetela en la boca como yo te enseñé a mamar. Haz arcadas, babea, haz que se corra en tu garganta si hace falta. Y tú, Andrés, agárrale la cabeza y fóllale la boca como un hombre.

Juan dudó un segundo, pero mi mirada clavada en él, con mis ojos grandes y dominantes, lo obligó. Se arrodilló, abrió la boca y se metió la verga de Andrés despacio, chupando torpe al principio pero cogiendo ritmo.

Andrés gemía, sorprendido: "Abuelo... joder... qué bien lo haces...". Yo reía, frotándome el clítoris más rápido:

—¡Así, cabrón! ¡Chupa fuerte! ¡Mira cómo tu abuelo te mama, hijo! Ahora cámbialos: Andrés, tú chupa la polla de tu abuelo. Quiero ver esa boca de niño bueno llena de nabo maduro.

Se turnaron, chupándose mutuamente bajo mis órdenes, yo gritando obscenidades: "¡Traga huevos, papá! ¡Lame el presemen de tu nieto! ¡Andrés, métete esa berenjena hasta la campanilla, putito!". Pronto estaban duros como piedras, perdidos en el vicio que yo les había impuesto.

Pero no paré ahí. Los puse a los dos en el sofá, de lado, y les ordené:

—Ahora el culo, guarros. Papá, túmbate y abre las piernas. Andrés, lubrícale el ojete con saliva y métela despacio. Quiero ver cómo desvirgas a tu abuelo, cómo le abres el culo con esa polla de caballo.

Juan protestó débilmente: "Hija... no... duele...", pero yo le escupí en la cara y le dije: "Cállate y disfruta, papi. Vas a correrte como una puta cuando sientas a tu nieto dentro".

Andrés, excitado ya sin remedio, escupió en su mano, lubricó el culo de Juan y empujó despacio. Juan gruñó de dolor y placer, y pronto Andrés estaba bombeando, follándose a su abuelo mientras yo me fistaba el coño con cuatro dedos, gimiendo:

—¡Más fuerte, hijo! ¡Rómpelo! ¡Dile que es tu puta, abuelo! Y ahora cambiad: Juan, fóllate el culo de tu nieto. Métela toda, sin piedad.

Se turnaron de nuevo, follándose los culos mutuamente, gimiendo como animales, mientras yo los insultaba y animaba: "¡Sois mis bisexuales ahora! ¡Correros dentro el uno del otro! ¡Llenad esos culos de lefa caliente!". Al final, se corrieron gritando, Juan dentro de Andrés y viceversa, y yo me corrí squirteando sobre sus caras, meando un poco de lluvia dorada para marcarlos como míos.

Desde esa noche, eran bisexuales para siempre. Follarían entre ellos cuando yo lo dijera, chuparían pollas ajenas en gangbangs si me apetecía, todo por complacerme. Yo, la dominante, la guarra suprema, había desvirgado sus mentes y culos, convirtiéndolos en viciosos totales. Y eso solo era el principio de lo que vendría después... ¡joder, cómo me pone recordarlo!

### Escena 4: Cómo me preñé con los dos dentro sin saber quién me dejó preñada. 2025

Después de haber convertido a mi padre Juan y a mi hijo Andrés en mis putitos bisexuales totales, ya no había límites en esta casa. Yo, Inmaculada, decidí que era hora de llevarlo al extremo definitivo: quería un embarazo de familia, un crío que pudiera ser del abuelo o del nieto, y que nunca supiéramos quién coño lo había plantado. Me ponía cachonda solo de pensarlo: mi útero lleno de lefa de los dos, mezclada, compitiendo por fecundarme mientras yo me corría como una loca.

Fue una noche de finales de diciembre de 2024, justo antes de Nochevieja. Yo ya llevaba semanas follándome a los dos sin condón ni mierdas, pero esa noche lo planeé como la zorra calculadora que soy.

Sabía que estaba en mis días fértiles: el coño me ardía más de lo normal, los pezones gordos me dolían de lo hinchados que estaban. Me puse un tanga rojo diminuto que apenas me tapaba el coño depilado, un sujetador de encaje que me dejaba los pezones fuera, y tacones altos que hacían que mis muslazos gordos y mis caderas exageradas se movieran como una invitación al pecado.

Los llamé a los dos al salón: "Venid aquí, cabrones. Esta noche me vais a preñar los dos. Sin saber quién gana la carrera".

Juan llegó primero, mi papi de 52, con su barba canosa, pecho peludo y ese nabo gordo como una berenjena ya medio duro solo de verme. Andrés entró detrás, mi hijo de 19, musculoso, cara de niño bueno y esa verga de caballo curvada que me volvía loca. Cerré la puerta, me planté en medio y les ordené con voz ronca y dominante:

—Desnudaos ya, putitos míos. Quiero veros las pollas tiesas para mí. Esta noche me vais a follar los dos a la vez, sin condón, y me vais a llenar el útero de lefa hasta que me quede preñada. El que me deje embarazada… bueno, da igual, los dos sois familia. Pero os quiero ver competir por mi coño.

Me miraron con esa mezcla de deseo y vicio que yo les había metido en la cabeza. Juan se quitó la camisa, dejando ver su torso maduro y fuerte; Andrés se bajó los pantalones, y esa polla joven saltó como un resorte.

Yo me acerqué, me arrodillé entre los dos y saqué sus nabos. Primero chupé el de Juan, metiéndomelo hasta la garganta con arcadas ruidosas, babeando por sus huevos peludos. Luego me giré a Andrés y le hice lo mismo, succionando esa verga larga y dura como si quisiera tragármela entera.

—Así, cabrones… mirad cómo os mamaoa los dos. Ahora, frotaos las pollas entre vosotros mientros yo os chupo las puntas. Quiero veros duros para preñarme.

Obedecieron al instante, frotando sus nabos el uno contra el otro mientras yo les lamía las puntas alternativamente, metiendo la lengua en sus meatos, saboreando el presemen salado. Gemían los dos, perdidos.

Me levanté, me quité el tanga y me puse a cuatro patas en el sofá, culo en pompa, coño chorreando y abierto.

—Primero tú, papi. Métemela entera y fóllame fuerte. Quiero sentir esa berenjena madura abriéndome el útero. Y tú, hijo, ven aquí y métemela en la boca mientras tu abuelo me folla.

Juan se colocó detrás, me agarró las caderas exageradas y me la clavó de un empujón brutal. Grité de placer, sintiendo cómo me llegaba al fondo. Andrés se puso delante, me agarró del pelo y me metió su verga de caballo hasta la garganta. Yo mamaba como loca, babeando, mientras Juan me bombardeaba por detrás.

—¡Así, cabrón! ¡Fóllame como la puta que soy! ¡Méteme hasta el fondo, papi! ¡Quiero que me dejes preñada de tu nieto… o de tu hijo, da igual! —gemía entre chupadas—. ¡Hijo, fóllame la boca! ¡Usa esa polla que te parí para marcarme!

Cambiamos posiciones mil veces. Me puse encima de Andrés, montándolo como una salvaje, subiendo y bajando con violencia, mis muslazos golpeando sus caderas. Juan se colocó detrás y me metió dos dedos en el culo mientras su nieto me follaba el coño.

—¡Más, hijo! ¡Clávamela hasta el útero! ¡Papi, méteme el puño junto a su polla! ¡Quiero que me abráis los dos!

Mi padre me metió tres dedos, luego cuatro, estirándome brutalmente mientras Andrés bombeaba dentro. Yo gritaba, corriéndome una y otra vez, squirteando sobre la polla de mi hijo.

Luego el turno de mi padre: me tumbé boca arriba, abrí las piernas al máximo, y él me penetró profundo, con esa polla madura y gruesa que me llenaba hasta el límite. Mi hijo se sentó en mi cara, restregándome sus huevos por la boca mientras yo le chupaba el culo y le metía la lengua.

—¡Fóllame, papi! ¡Llénamelo de lefa caliente! ¡Quiero sentir cómo me fecundas, cabrón! ¡Y tú, hijo, córrete en mi boca para que trague tu semilla también!

Juan aceleró, gruñendo como un animal:

—Joder, hija… tu coño está tan apretado… te voy a preñar… ¡toma lefa, puta!

Se corrió dentro, chorros calientes y espesos inundándome el útero. Sentí cómo me llenaba, cómo subía hasta el fondo. No le dejé salir: apreté el coño alrededor de su polla para que no se escapara ni una gota.

Luego, sin sacarla, le ordené a Andrés:

—Ahora tú, hijo. Métela junto a la de tu abuelo. Quiero las dos pollas dentro de mi coño a la vez, estirándome hasta reventar.

Andrés se colocó encima, empujó su verga de caballo junto a la de Juan, que aún estaba dentro, dura otra vez. Grité de placer y dolor, sintiendo cómo me abrían como nunca. Los dos bombeaban, frotándose el uno contra el otro dentro de mí, sus huevos chocando.

—¡Sííí! ¡Los dos dentro! ¡Fóllame el útero juntos! ¡Correros los dos dentro, cabrones! ¡Preñadme sin saber quién es el padre!

Se corrieron casi al mismo tiempo: el abuelo rugiendo, llenándome de lefa joven y abundante; el nieto gruñendo, soltando otro chorro maduro. Yo me corrí con ellos, apretando el coño, ordeñándolos, sintiendo cómo la mezcla de sus leches me inundaba, competía por fecundarme.

Después, me quedé tumbada, con las piernas abiertas, coño chorreando lefa blanca y espesa. Les ordené que me lamieran:

—Lamedme, putitos. Limpiad el desastre que habéis hecho. Quiero que probéis la mezcla de vuestras lefas en mi coño.

Juan y Andrés se arrodillaron, lamiendo juntos mi coño, chupando la lefa que salía. Yo les agarré la cabeza y me corrí otra vez en sus bocas.

Esa noche me preñé, coño. Nueve meses después, aquí estoy, con 33 años, con esta barriga enorme, tetas lactantes y el parto a punto. Ni puta idea si es del abuelo o del nieto… y me pone más cachonda que nunca saber que nunca lo sabremos. ¡La familia más guarra del mundo, joder!
 
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