Me llamo Alicia y tengo cuarenta y cuatro años, viuda desde hace cinco, con dos hijos maravillosos: Sergio, de veinticinco años y Sonia de veintitrés. A decir por los que me rodean me conservo estupenda, con pechos no pequeños ni excesivos y curvas apetitosas; mi culo, lo digo casi con vergüenza, es merecedor de piropos continuos, aunque desde que murió mi marido no he tenido ningún affaire. Solo me queda masturbarme con frecuencia, diría que a diario.
Mi hijo Sergio está casado con Marina desde hace seis meses, y en el verano nos invitaron a mi hija y a mí a pasar con ellos una quincena de vacaciones en una casa rural que habían alquilado. Marina y Sonia eran las mejores amigas y se conocían desde el colegio, toda la vida; centenares de veces se había quedado Marina a dormir en nuestra casa y Sonia en la suya. Así fue como Marina y Sergio se trataron, se enamoraron y, finalmente, ahora están casados.
Para trasladarnos a la casa rural utilizamos un solo coche, el 4x4 grande de Sergio y Marina. Era casi de noche y solo nos dio tiempo en preparar algo de cena y acostarnos. Eran tres las habitaciones y nos acomodamos cada una de nosotras en una de ellas y la pareja en otra. Dormí tan profundamente que nada ni nadie me hubiera despertado. El cambio de lugar y de rutina, el aire limpio y la novedad siempre han sido un estímulo, pero también un relajante.
A la mañana siguiente me levanté la primera y preparé el desayuno, a la vez que investigaba la casa rural que me parecía muy acogedora. Los parajes de alrededor que contemplaba desde la ventana de la cocina eran un verdadero lujo para la vista e invitaban a perderse sin rumbo fijo, con una arboleda y follaje impresionante. El sol desde primera hora era muy intenso. Se fueron levantando y mientras saboreábamos el café y las tostadas con mermelada hicimos los típicos comentarios sobre la necesidad de relajarse y cambiar de aires en ese entorno natural y alejado del mundo. Al terminar quise lavar los utensilios utilizados, pero no me dejaron. Todos coincidieron en que yo había preparado el desayuno.
—Como no me dejáis hacer nada, me voy a pasear. Luego acomodaré la ropa en el armario. Tardaré como dos horas que es el tiempo que utilizo en mi paseo diario.
—Muy bien, mamá. No te metas en líos —respondió jocoso Sergio.
Cuando salía de la casa noté unas miradas de complicidad entre Sonia y Marina y pensé que algo estarían tramando. A veces eran como chiquillas revoltosas. Menos mal que allí estaba Sergio para, llegado el caso, poner un poco de orden.
Me puse un minúsculo tanga negro y unos leggins del mismo color y lo acompañé con una camiseta sin mangas. Con mis zapatillas nuevas seguí un pequeño sendero que se adentraba en el bosque. Llevaba cerca de quince minutos andando cuando busqué en un pequeño bolso de cintura las gafas de sol. El sol abrasaba mis ojos y no me dejaba contemplar con naturalidad el paisaje, llegando a ser molesto y lagrimar. Pocos segundos sirvieron para entender que las había olvidado, pero no tenía opciones, tenía que volver sí o sí. Con cara de decepción me giré y comencé el trayecto de vuelta. No había andado demasiado por lo que no sería un problema coger las gafas y volver a salir.
Me sentía juguetona y quería darles un susto. No me esperaban hasta mucho más tarde y suponía que estarían colocando la ropa en los armarios, por lo que entré por el patio para asomarme a la habitación de Sergio y Marina, pero tenía la ventana cerrada. Descubrí un pequeño ventanuco con una especie de mosquitera al que no saqué ninguna utilidad, era aproximadamente de diez por quince centímetros, pero estaba allí. Me subí en una caja de madera procurando no hacer ruido y cuando me disponía a gritar para asustarles el mundo se congeló, algo me impedía moverme, y el grito fue incapaz de surgir de mi garganta, lo deglutí, sin asomo alguno de sonido. ¿Cómo era posible aquello?
Marina, mi nuera, estaba tumbada sobre la cama de matrimonio y Sonia, mi hija entre sus piernas lamía, mordía, besaba con una devoción más que religiosa el coño depilado de su amiga, que se agitaba y suspiraba. Ambas estaban desnudas completamente. Unos segundos después Sonia levantó la cabeza y, mientras subía le iba pasando la lengua por todo el cuerpo, por el vientre y los pechos, hasta que se acercó a la boca de Marina. Se besaron suavemente en los labios, con deliciosa ternura, pero poco después sus lenguas parecían enloquecidas, babeaban la una a la otra, se mordían los labios, el cuello, las orejas y la nariz, se pellizcaban los pezones, se frotaban el coño con las piernas y los dedos, reían, suspiraban. Era una imagen tremenda que no podía dejar de mirar. ¿Cuántas veces lo habrían hecho en mi casa o en la suya? Esto, indudablemente, no era la primera vez que lo hacían en absoluto. Desconocía que mi hija fuese lesbiana porque incluso le había conocido, nada importante, algunos novios. Todo era un lío en mi cabeza, pero los cuerpos entrelazados golpeaban mi mente; entonces reparé que mi tanga estaba encharcado y traspasaban los legging con los que había salido a caminar. Me toqué la humedad como queriendo cerrar un grifo, sin poder remediar el flujo. Me sentía sucia de estar mirando y por la reacción de mi cuerpo, pero me era imposible dejar de hacerlo, algo me trababa en ese lugar. Nunca había tenido tendencias lésbicas, pero aquello era más que eso, era erotismo puro. Pero, ¡eran mi hija y mi nuera!
Entonces pensé en Sergio. No sabía dónde estaba, pero podría llegar en cualquier momento y si se encontraba con aquello podía ser un desastre. Temblaba de solo pensar en ello, pero ni esos pensamientos rebajaban mi excitación que era independiente de mí. Mi hijo no era en absoluto impulsivo, pero aquello… su mujer y su hermana.
Entre ellas se fueron calmando los ánimos y entonces, mirándose a los ojos con cariño, les oí hablar.
—Lo has echado mucho de menos —dijo Marina.
—Mucho, cariño. No podía más.
—No te preocupes, vas a tener todo lo que necesitas y más.
—Siempre eres tan buena conmigo —dijo Sonia, y besó los labios de Marina.
—Sabes que te quiero con locura. Tú eres mi querida y Sergio mi amor. Sois mi vida y es un placer estar contigo, pero ¿estás preparada?
—Nunca se está preparada para eso, pero sí. Lo estoy.
La conversación me sorprendió. No entendía mucho a qué se referían y de lo que no dudaba era que se querían. Era evidente y eso me daba ternura.
—Ponte a cuatro, cariño —dijo Marina cogiendo de la cara a Sonia y besando sus labios.
Sonia suspiró y devolvió el beso con una sonrisa delicada. La vi como se ponía a cuatro al borde de la cama. Marina se levantó y se arrodilló detrás de ella. El corazón me dio un vuelco cuando le dio unos azotes y luego comenzó a besar, lamer, acariciar sus nalgas hasta que enterró su cabeza en el magnífico culo de Sonia. Se vio perfectamente cómo le pasó la lengua por todo el coño, rebañando su excitación en forma de flujo, para luego centrarse en el ojete. Allí chupaba, lamía e introducía toda la lengua en él. Sonia era un concierto de suspiros y ayes.
Me llevé un susto de muerte al ver aparecer a Sergio, él también desnudo, que desde la puerta de la habitación les sonreía a las dos como si fuera lo más natural del mundo. Entonces me relajé pues supe que no ocurriría nada malo. No pude evitar mirar su cuerpo delgado y fibroso y, en concreto, me detuve en su… polla. Era de unas medidas espectaculares y no estaba del todo erecto, pero me sorprendió aun más el grosor de su polla; era tan gruesa o más que mi muñeca.
Quería tragar saliva, pero me era imposible, la garganta era una laguna seca. Mi respiración se agitaba por momentos y temí que me descubrieran. Tapé mi boca con la mano para no dejar huella de mi presencia y traté de contener la respiración.
Sergio se acercó a Marina y cogiéndola del pelo la arrastró hasta su polla.
—Chupa, putita, ensaliva bien que voy a partirle el culo a esta zorra de hermanita que tengo. ¡Cómo me gusta ese culo!
Marina pasaba la lengua sin parar, de arriba abajo, luego se centraba en el capullo, brillante y terso por la excitación, para bajar hasta los huevos que parecían pelotas de tenis y que se balanceaban al ritmo de la lengua. Ahora sí estaba la polla en plenitud y no me equivocaba, en efecto, tenía más de veinte centímetros y gruesa como mi muñeca. Me asusté. Mi hijo había dicho que quería follar el culo de mi niña, de Sonia, su hermana, con apenas veintitrés añitos con aquella monstruosidad. La iba a desgraciar para siempre...
Puse toda mi voluntad por marcharme, con terminar con aquello, pero no podía discernir y no me funcionaba la cabeza ni el cuerpo. Seguía amarrada ante tan excitante y sucia postal, que era algo más que erótica, mientras el flujo de mi coño resbalaba por mis piernas convirtiéndose en algo viscoso. El olor era penetrante, lo envolvía todo, y no sabía si era por mí o era el que emanaba, como sugerían las imágenes, de aquél plató pornográfico.
Cuando Sergio consideró que su polla estaba lo suficientemente atendida y baboseada con la saliva de Marina, la separó y la puso en la entrada del coño de Sonia. No necesitó grandes empellones para introducirla del todo. Mi hija Sonia no tenía un coño, aquello era un túnel, pues emitió ni una sola protesta de dolor que a cualquier otra nos hubiera martirizado; lo suyo eran solo suspiros cuando los besos de Marina se lo permitían y que, a su vez, le retorcía los pezones.
Mi niño embestía a su hermana con un ímpetu descarnado mientras la azotaba en las nalgas enrojecidas, la potencia de sus empujes hacían bambolear a Sonia que se aferraba a Marina, hasta que comenzó a temblar y su cuerpo se estremeció alcanzando un placer que parecía imposible. Sudor, babas y suspiros roncos llenaron la habitación. La cabeza de Sonia se desplomó sobre la cama mientras Marina la acariciaba. Sergio, duro como una piedra, sacó su miembro del coño baboso y restregó varias veces la polla por el agujero negro del culo. « ¡Dios mío!, la va a destrozar».
Sergio agarró su polla y empezó a empujar sobre el ojete que, sorprendentemente, se fue abriendo con ciertas dificultades, pero tragando aquel misil. Solo entonces pude oír los quejidos de Sonia: Espera…. ahhhh….espera,… despacio… por favor…aggg…por favor….
—No te quejes, puta, que tienes un culito bien tragón —contestó Sergio.
No tenía ninguna duda de que aquella polla había entrado muchas veces en el culito de mi niña. Marina seguía acariciando y besando a su amiga, que movía la cabeza de un lado a otro como un toro miura banderilleado.
Habían conseguido meter toda aquella polla en el culito expuesto de Sonia que bramaba, suspiraba y, en estos momentos, pedía más.
—Dale fuerte, cabrón, rómpeme como merezco. Soy tu hermanita puta —decía Sonia.
Después de unos minutos ambos, al unísono, temblaron y las contracciones de Sergio aseguraron su corrida dentro del culo de Sonia, mientras esta gritaba tanto que Marina le tapó la boca con sus labios sin dejar de retorcer los pezones de mi pequeña.
Sergio, poco a poco, sacó su miembro y puso a Marina a limpiárselo con la lengua, cosa que hizo de muy buena gana. Sonia no se había movido de su postura aunque descansaba la cabeza y el pecho sobre la almohada a la que abrazaba. Luego vino algo más.
—Limpia el culo de mi hermanita con la lengua —dijo Sergio dirigiéndose a Marina.
Marina, con una sonrisa de satisfacción, enterró de nuevo su lengua en el culo de Sonia y fue lamiendo los grumos lechosos hasta dejarlo limpio. Luego se besaron con pasión. ¡Joder con las niñas!
Sonia se levantó y se abrazó a su hermano.
—Gracias hermanito, muchas gracias a los dos. Lo necesitaba tanto…
—Ha sido un placer. La próxima eres tú —dijo Sergio mirando a Marina que se relamía— Habrá que esperar a los paseos de mamá para ponernos manos a la obra.
—Conmigo no es necesario, soy tu mujer y no creo que se sorprenda.
—Claro, pero sé que te gustaría hacerlo con mi hermanita presente y, para eso, hay que esperar. No te preocupes que tu bonito culo será visitado muy pronto.
En ese momento tuve conciencia de que me encontraba con la mano dentro del leggins tocándome, pellizcándome furiosa el clítoris. Estaba llegando a un nuevo orgasmo. Sí, nuevo, porque no era el primero que conseguía. Aún me avergoncé mucho más por aquello.
Bajé de la caja con miedo a ser descubierta y salí del patio hacia el bosque. Había pasado más de una hora y media y solo debía esperar un poco más para volver. Pero ¿cómo sostener una mirada o una conversación?, ¿cómo entrar y pasar desapercibida con las manchas en los leggins y oliendo a sexo? Solo se me ocurrió lavarme un poco en un riachuelo y mojarme las prendas como si hubiera sido un descuido.
Cuando entré en la casa ellos estaban colocando sus ropas en el armario, la ventana de la habitación de Sergio y Marina completamente abierta y Marina cambiaba las sabanas. Ellas estaban en biquini mostrando sus espectaculares cuerpos y Sergio con un pantalón corto al que, instintivamente, dirigí una mirada a la delantera. No me detuve, cogí un vestido veraniego del armario y me dirigí al baño.
Poco tiempo después nos encontrábamos en el salón comentando qué haríamos de comer, a la vez que me preguntaban por mi paseo. La más incisiva era Marina que no dejaba de preguntar dónde había estado, si había encontrado a alguien, qué había visto. Yo contestaba casi con monosílabos y con la mirada baja. Esta muy avergonzada, pero ellos estaban como siempre, lo que demostraba que estaban muy acostumbrados a lo ocurrido. Cuando caminaba me fijaba en el culo de Sonia intentando encontrar algo especial, pero no, todo era muy normal. Después de lo que había recibido en él me asombraba que ni siquiera se la notase incómoda.
Preparamos algo sencillo para comer y después de tomar café nos dispusimos a salir tomar el sol y bañarnos en la alberca del patio. Me puse un biquini rojo que acentuaba mi cuerpo mi cuerpo blanquecino. Cogimos una hamaca y me dispuse a leer mientras ellos parecían dormitar. Hacía calor y aprovechando que dormitaban me quité la parte de arriba del biquini para que me diera el sol. A los pocos minutos se levantó Marina y se acercó a mí que estaba algo más alejada. Le hice un huevo y se sentó en mi hamaca.
—Hola, suegrita. No tengo sueño y no quiero molestar a Sergio y Sonia que se han dormido profundamente, por eso me vengo contigo, si no te importa.
—Claro que no —dije dejando el libro a un lado.
Marina se echó a mi lado y puso su cabeza en mi pecho mientras acariciaba mi vientre. Algo que podría ser normal me estaba poniendo nerviosa. Entonces me preguntó.
—¿Por qué no te echas un novio? Porque si lo tienes lo desconocemos.
—No, no tengo novio ni lo quiero. Ya soy mayor para eso.
—¿Mayor? Ya quisiera yo llegar a tu edad y estar como tú. Luces espectacular.
—Vosotras sí que sois bonitas, tú rubia con ojos azules y una cara y un cuerpo de ensueño, y Sonia morena con ojos verdes y también muy bonita y espectacular.
—Sonia ha salido a ti, morena con ojos verdes y un cuerpo espectacular.
—Gracias cariño, pero no creo que esté tan espectacular —dije con un alarde de modestia.
—Voy a ponerte un poco de crema que el este sol es muy traicionero —dijo Marina cogiendo el protector solar.
Me quedé muda sin saber qué responder y mi silencio se convirtió en consentimiento. Comenzó por los pies acariciando la planta y el empeine y luego entre los dedos. Era una delicia. Después se dedicó a mis piernas, primero una y luego la otra, con delicadeza, deteniéndose en los muslos y las corvas. Yo mantenía los ojos cerrados, aunque cada tanto la miraba de a través de las gafas de sol sin que ella pudiera ver mis ojos. Estaba concentrada en lo que hacía. La crema en mi vientre, tan cerca del pubis, me arrancó un suspiro que la hizo sonreír, pero cuando frotó mis tetas con la crema y apretó ligeramente los pezones, tan endurecidos y sensibles, sabía que no podría aguantar mucho, pero tampoco quería quedar como una mojigata. Opté por girarme.
—Ahora un poco por la espalda —dije al tiempo de girarme.
Comenzó por el cuello y fue bajando despacio recorriendo la espalda en un masaje maravilloso. Cuando llegó a las nalgas me habló.
—En el culo hay que detenerse más, pues la piel es muy sensible, como la de los pechos, y se quema con mayor facilidad. Voy a quitarte las braguitas para que llegue la crema a todos los lados.
Me dejaba hacer, como ida, y ella masajeaba mis nalgas con suavidad, luego con más firmeza hasta agarrarlas con fuerza, las abría e incluso las besó. No podía quitarme de la cabeza las imágenes de la mañana.
—¿Se te ha escapado un poco de pis? —dijo Marina.
—No, cómo dices eso. No estoy en esa fase.
—Pues entonces te has mojado por el masaje. Es lógico, es muy agradable —insistió Marina.
En esos momentos quería morirme; era cierto que sentía humedad en mi coño, pero había sido sin buscarlo, sin intención ninguna, al menos con eso quería justificarme, pero lo cierto es que estaba excitada, muy excitada.
—¿Qué te ha parecido lo que has visto esta mañana?
—¿Visto?, no he visto nada especial, solo el bosque —suspiré.
—A los pocos minutos de salir has vuelto y te has asomado al ventanuco de la habitación y, ¿sabes cómo te he descubierto?, porque la luz que entraba por el mismo se ha cortado y de reojo he visto que estabas allí. No te has movido en toda la sesión. Estoy segura de que te has mojado y corrido —dijo Marina apartando la braguita del biquini y acariciando el coño de Alicia.
—Perdón, cariño, no quería, pero… No, no sigas, por favor, detente, yo no…
—Gírate —ordenó Marina. Sin saber porqué me giré y me descubrí toda expuesta a Marina. Estaba enloquecida y no sabía lo que hacía. Aquella niña que había visto crecer me estaba dominando sin que pudiera hacer nada. Quería seguir escondida cerrando los ojos detrás de las gafas de sol. Me masturbó y mordisqueó mis pezones sin que se lo impidiera: había sucumbido sin remedio.
—¿Sabías que Sergio, tu adorado hijo, está deseando follarte el culo?
Con aquella frase y el recuerdo de aquella polla me corrí.
Marina seguía lamiendo mis pechos y pezones y, al momento, sentí una lengua en mi coño lamiendo mis jugos y excitándome de nuevo hasta el paroxismo. Abrí los ojos y me encontré con la adorada polla de mi hijo apuntando mis labios, por lo que la que me comía el coño era Sonia. Me dio todo igual, quise introducirme la polla en la boca pero solo alcanzaba a una pequeña parte, por lo que lamí, chupé y acaricié sus huevos como si en ello me fuese la vida.
No era yo quien habitaba en mí, era la lujuria, el frenesí y un deseo incontrolable por gozar como sea y con quien sea. Sonia dejó de lamerme después de dos corridas más y Sergio se dispuso a penetrarme. Me alzó las piernas, apunto su polla en mi coño y de dos empujones la clavó entera. Mi boca fue cerrada con el coño de Marina que empecé a lamer sin saber muy bien cómo, y mis pezones fueron chupados y retorcidos por Sonia. Tuve varios orgasmos hasta que llegó una explosión final, un clímax sin parangón. Me corrí con unos temblores como jamás lo había hecho y creo que me desmallé. Solo recuerdo estar en la cama rodeado por mis amantes.
—Hijos, perdón, yo…
—No digas nada —dijo Sergio mientras Sonia y Marina sonreían cogidas de la mano y divertidas—. Lo has disfrutado y cuando hayas descansado te voy a romper el culo. Estoy obsesionado con él desde hace muchos años.
—Pero hijo, eso no puede ser, soy tu madre…
—Hace un rato también eras mi madre y te has divertido de lo lindo—. Eres tan deliciosamente guarra como todos nosotros. No debes preocuparte, ya conoces que las lenguas de Marina y Sonia lo hacen todo más fácil.
Me quedé callada y en mi interior deseaba que sucediese cuanto antes. Marina y Sonia comenzaron a acariciarme y besarme sin negarme a ello, por lo que supe que no podía hacer otra cosa que entregarme a fondo en esta familia tan viciosa.
—Ahora que te tengo —dijo Sergio posando un beso en mis labios—empezaré a pensar en cuándo os voy a preñar a las tres.
Yo solo miré sorprendida y sonreí sin entender qué quería decir, tal vez no le había entendido, pero Marina y Sonia se pusieron a aplaudir y a jalear de felicidad.
Mi hijo Sergio está casado con Marina desde hace seis meses, y en el verano nos invitaron a mi hija y a mí a pasar con ellos una quincena de vacaciones en una casa rural que habían alquilado. Marina y Sonia eran las mejores amigas y se conocían desde el colegio, toda la vida; centenares de veces se había quedado Marina a dormir en nuestra casa y Sonia en la suya. Así fue como Marina y Sergio se trataron, se enamoraron y, finalmente, ahora están casados.
Para trasladarnos a la casa rural utilizamos un solo coche, el 4x4 grande de Sergio y Marina. Era casi de noche y solo nos dio tiempo en preparar algo de cena y acostarnos. Eran tres las habitaciones y nos acomodamos cada una de nosotras en una de ellas y la pareja en otra. Dormí tan profundamente que nada ni nadie me hubiera despertado. El cambio de lugar y de rutina, el aire limpio y la novedad siempre han sido un estímulo, pero también un relajante.
A la mañana siguiente me levanté la primera y preparé el desayuno, a la vez que investigaba la casa rural que me parecía muy acogedora. Los parajes de alrededor que contemplaba desde la ventana de la cocina eran un verdadero lujo para la vista e invitaban a perderse sin rumbo fijo, con una arboleda y follaje impresionante. El sol desde primera hora era muy intenso. Se fueron levantando y mientras saboreábamos el café y las tostadas con mermelada hicimos los típicos comentarios sobre la necesidad de relajarse y cambiar de aires en ese entorno natural y alejado del mundo. Al terminar quise lavar los utensilios utilizados, pero no me dejaron. Todos coincidieron en que yo había preparado el desayuno.
—Como no me dejáis hacer nada, me voy a pasear. Luego acomodaré la ropa en el armario. Tardaré como dos horas que es el tiempo que utilizo en mi paseo diario.
—Muy bien, mamá. No te metas en líos —respondió jocoso Sergio.
Cuando salía de la casa noté unas miradas de complicidad entre Sonia y Marina y pensé que algo estarían tramando. A veces eran como chiquillas revoltosas. Menos mal que allí estaba Sergio para, llegado el caso, poner un poco de orden.
Me puse un minúsculo tanga negro y unos leggins del mismo color y lo acompañé con una camiseta sin mangas. Con mis zapatillas nuevas seguí un pequeño sendero que se adentraba en el bosque. Llevaba cerca de quince minutos andando cuando busqué en un pequeño bolso de cintura las gafas de sol. El sol abrasaba mis ojos y no me dejaba contemplar con naturalidad el paisaje, llegando a ser molesto y lagrimar. Pocos segundos sirvieron para entender que las había olvidado, pero no tenía opciones, tenía que volver sí o sí. Con cara de decepción me giré y comencé el trayecto de vuelta. No había andado demasiado por lo que no sería un problema coger las gafas y volver a salir.
Me sentía juguetona y quería darles un susto. No me esperaban hasta mucho más tarde y suponía que estarían colocando la ropa en los armarios, por lo que entré por el patio para asomarme a la habitación de Sergio y Marina, pero tenía la ventana cerrada. Descubrí un pequeño ventanuco con una especie de mosquitera al que no saqué ninguna utilidad, era aproximadamente de diez por quince centímetros, pero estaba allí. Me subí en una caja de madera procurando no hacer ruido y cuando me disponía a gritar para asustarles el mundo se congeló, algo me impedía moverme, y el grito fue incapaz de surgir de mi garganta, lo deglutí, sin asomo alguno de sonido. ¿Cómo era posible aquello?
Marina, mi nuera, estaba tumbada sobre la cama de matrimonio y Sonia, mi hija entre sus piernas lamía, mordía, besaba con una devoción más que religiosa el coño depilado de su amiga, que se agitaba y suspiraba. Ambas estaban desnudas completamente. Unos segundos después Sonia levantó la cabeza y, mientras subía le iba pasando la lengua por todo el cuerpo, por el vientre y los pechos, hasta que se acercó a la boca de Marina. Se besaron suavemente en los labios, con deliciosa ternura, pero poco después sus lenguas parecían enloquecidas, babeaban la una a la otra, se mordían los labios, el cuello, las orejas y la nariz, se pellizcaban los pezones, se frotaban el coño con las piernas y los dedos, reían, suspiraban. Era una imagen tremenda que no podía dejar de mirar. ¿Cuántas veces lo habrían hecho en mi casa o en la suya? Esto, indudablemente, no era la primera vez que lo hacían en absoluto. Desconocía que mi hija fuese lesbiana porque incluso le había conocido, nada importante, algunos novios. Todo era un lío en mi cabeza, pero los cuerpos entrelazados golpeaban mi mente; entonces reparé que mi tanga estaba encharcado y traspasaban los legging con los que había salido a caminar. Me toqué la humedad como queriendo cerrar un grifo, sin poder remediar el flujo. Me sentía sucia de estar mirando y por la reacción de mi cuerpo, pero me era imposible dejar de hacerlo, algo me trababa en ese lugar. Nunca había tenido tendencias lésbicas, pero aquello era más que eso, era erotismo puro. Pero, ¡eran mi hija y mi nuera!
Entonces pensé en Sergio. No sabía dónde estaba, pero podría llegar en cualquier momento y si se encontraba con aquello podía ser un desastre. Temblaba de solo pensar en ello, pero ni esos pensamientos rebajaban mi excitación que era independiente de mí. Mi hijo no era en absoluto impulsivo, pero aquello… su mujer y su hermana.
Entre ellas se fueron calmando los ánimos y entonces, mirándose a los ojos con cariño, les oí hablar.
—Lo has echado mucho de menos —dijo Marina.
—Mucho, cariño. No podía más.
—No te preocupes, vas a tener todo lo que necesitas y más.
—Siempre eres tan buena conmigo —dijo Sonia, y besó los labios de Marina.
—Sabes que te quiero con locura. Tú eres mi querida y Sergio mi amor. Sois mi vida y es un placer estar contigo, pero ¿estás preparada?
—Nunca se está preparada para eso, pero sí. Lo estoy.
La conversación me sorprendió. No entendía mucho a qué se referían y de lo que no dudaba era que se querían. Era evidente y eso me daba ternura.
—Ponte a cuatro, cariño —dijo Marina cogiendo de la cara a Sonia y besando sus labios.
Sonia suspiró y devolvió el beso con una sonrisa delicada. La vi como se ponía a cuatro al borde de la cama. Marina se levantó y se arrodilló detrás de ella. El corazón me dio un vuelco cuando le dio unos azotes y luego comenzó a besar, lamer, acariciar sus nalgas hasta que enterró su cabeza en el magnífico culo de Sonia. Se vio perfectamente cómo le pasó la lengua por todo el coño, rebañando su excitación en forma de flujo, para luego centrarse en el ojete. Allí chupaba, lamía e introducía toda la lengua en él. Sonia era un concierto de suspiros y ayes.
Me llevé un susto de muerte al ver aparecer a Sergio, él también desnudo, que desde la puerta de la habitación les sonreía a las dos como si fuera lo más natural del mundo. Entonces me relajé pues supe que no ocurriría nada malo. No pude evitar mirar su cuerpo delgado y fibroso y, en concreto, me detuve en su… polla. Era de unas medidas espectaculares y no estaba del todo erecto, pero me sorprendió aun más el grosor de su polla; era tan gruesa o más que mi muñeca.
Quería tragar saliva, pero me era imposible, la garganta era una laguna seca. Mi respiración se agitaba por momentos y temí que me descubrieran. Tapé mi boca con la mano para no dejar huella de mi presencia y traté de contener la respiración.
Sergio se acercó a Marina y cogiéndola del pelo la arrastró hasta su polla.
—Chupa, putita, ensaliva bien que voy a partirle el culo a esta zorra de hermanita que tengo. ¡Cómo me gusta ese culo!
Marina pasaba la lengua sin parar, de arriba abajo, luego se centraba en el capullo, brillante y terso por la excitación, para bajar hasta los huevos que parecían pelotas de tenis y que se balanceaban al ritmo de la lengua. Ahora sí estaba la polla en plenitud y no me equivocaba, en efecto, tenía más de veinte centímetros y gruesa como mi muñeca. Me asusté. Mi hijo había dicho que quería follar el culo de mi niña, de Sonia, su hermana, con apenas veintitrés añitos con aquella monstruosidad. La iba a desgraciar para siempre...
Puse toda mi voluntad por marcharme, con terminar con aquello, pero no podía discernir y no me funcionaba la cabeza ni el cuerpo. Seguía amarrada ante tan excitante y sucia postal, que era algo más que erótica, mientras el flujo de mi coño resbalaba por mis piernas convirtiéndose en algo viscoso. El olor era penetrante, lo envolvía todo, y no sabía si era por mí o era el que emanaba, como sugerían las imágenes, de aquél plató pornográfico.
Cuando Sergio consideró que su polla estaba lo suficientemente atendida y baboseada con la saliva de Marina, la separó y la puso en la entrada del coño de Sonia. No necesitó grandes empellones para introducirla del todo. Mi hija Sonia no tenía un coño, aquello era un túnel, pues emitió ni una sola protesta de dolor que a cualquier otra nos hubiera martirizado; lo suyo eran solo suspiros cuando los besos de Marina se lo permitían y que, a su vez, le retorcía los pezones.
Mi niño embestía a su hermana con un ímpetu descarnado mientras la azotaba en las nalgas enrojecidas, la potencia de sus empujes hacían bambolear a Sonia que se aferraba a Marina, hasta que comenzó a temblar y su cuerpo se estremeció alcanzando un placer que parecía imposible. Sudor, babas y suspiros roncos llenaron la habitación. La cabeza de Sonia se desplomó sobre la cama mientras Marina la acariciaba. Sergio, duro como una piedra, sacó su miembro del coño baboso y restregó varias veces la polla por el agujero negro del culo. « ¡Dios mío!, la va a destrozar».
Sergio agarró su polla y empezó a empujar sobre el ojete que, sorprendentemente, se fue abriendo con ciertas dificultades, pero tragando aquel misil. Solo entonces pude oír los quejidos de Sonia: Espera…. ahhhh….espera,… despacio… por favor…aggg…por favor….
—No te quejes, puta, que tienes un culito bien tragón —contestó Sergio.
No tenía ninguna duda de que aquella polla había entrado muchas veces en el culito de mi niña. Marina seguía acariciando y besando a su amiga, que movía la cabeza de un lado a otro como un toro miura banderilleado.
Habían conseguido meter toda aquella polla en el culito expuesto de Sonia que bramaba, suspiraba y, en estos momentos, pedía más.
—Dale fuerte, cabrón, rómpeme como merezco. Soy tu hermanita puta —decía Sonia.
Después de unos minutos ambos, al unísono, temblaron y las contracciones de Sergio aseguraron su corrida dentro del culo de Sonia, mientras esta gritaba tanto que Marina le tapó la boca con sus labios sin dejar de retorcer los pezones de mi pequeña.
Sergio, poco a poco, sacó su miembro y puso a Marina a limpiárselo con la lengua, cosa que hizo de muy buena gana. Sonia no se había movido de su postura aunque descansaba la cabeza y el pecho sobre la almohada a la que abrazaba. Luego vino algo más.
—Limpia el culo de mi hermanita con la lengua —dijo Sergio dirigiéndose a Marina.
Marina, con una sonrisa de satisfacción, enterró de nuevo su lengua en el culo de Sonia y fue lamiendo los grumos lechosos hasta dejarlo limpio. Luego se besaron con pasión. ¡Joder con las niñas!
Sonia se levantó y se abrazó a su hermano.
—Gracias hermanito, muchas gracias a los dos. Lo necesitaba tanto…
—Ha sido un placer. La próxima eres tú —dijo Sergio mirando a Marina que se relamía— Habrá que esperar a los paseos de mamá para ponernos manos a la obra.
—Conmigo no es necesario, soy tu mujer y no creo que se sorprenda.
—Claro, pero sé que te gustaría hacerlo con mi hermanita presente y, para eso, hay que esperar. No te preocupes que tu bonito culo será visitado muy pronto.
En ese momento tuve conciencia de que me encontraba con la mano dentro del leggins tocándome, pellizcándome furiosa el clítoris. Estaba llegando a un nuevo orgasmo. Sí, nuevo, porque no era el primero que conseguía. Aún me avergoncé mucho más por aquello.
Bajé de la caja con miedo a ser descubierta y salí del patio hacia el bosque. Había pasado más de una hora y media y solo debía esperar un poco más para volver. Pero ¿cómo sostener una mirada o una conversación?, ¿cómo entrar y pasar desapercibida con las manchas en los leggins y oliendo a sexo? Solo se me ocurrió lavarme un poco en un riachuelo y mojarme las prendas como si hubiera sido un descuido.
Cuando entré en la casa ellos estaban colocando sus ropas en el armario, la ventana de la habitación de Sergio y Marina completamente abierta y Marina cambiaba las sabanas. Ellas estaban en biquini mostrando sus espectaculares cuerpos y Sergio con un pantalón corto al que, instintivamente, dirigí una mirada a la delantera. No me detuve, cogí un vestido veraniego del armario y me dirigí al baño.
Poco tiempo después nos encontrábamos en el salón comentando qué haríamos de comer, a la vez que me preguntaban por mi paseo. La más incisiva era Marina que no dejaba de preguntar dónde había estado, si había encontrado a alguien, qué había visto. Yo contestaba casi con monosílabos y con la mirada baja. Esta muy avergonzada, pero ellos estaban como siempre, lo que demostraba que estaban muy acostumbrados a lo ocurrido. Cuando caminaba me fijaba en el culo de Sonia intentando encontrar algo especial, pero no, todo era muy normal. Después de lo que había recibido en él me asombraba que ni siquiera se la notase incómoda.
Preparamos algo sencillo para comer y después de tomar café nos dispusimos a salir tomar el sol y bañarnos en la alberca del patio. Me puse un biquini rojo que acentuaba mi cuerpo mi cuerpo blanquecino. Cogimos una hamaca y me dispuse a leer mientras ellos parecían dormitar. Hacía calor y aprovechando que dormitaban me quité la parte de arriba del biquini para que me diera el sol. A los pocos minutos se levantó Marina y se acercó a mí que estaba algo más alejada. Le hice un huevo y se sentó en mi hamaca.
—Hola, suegrita. No tengo sueño y no quiero molestar a Sergio y Sonia que se han dormido profundamente, por eso me vengo contigo, si no te importa.
—Claro que no —dije dejando el libro a un lado.
Marina se echó a mi lado y puso su cabeza en mi pecho mientras acariciaba mi vientre. Algo que podría ser normal me estaba poniendo nerviosa. Entonces me preguntó.
—¿Por qué no te echas un novio? Porque si lo tienes lo desconocemos.
—No, no tengo novio ni lo quiero. Ya soy mayor para eso.
—¿Mayor? Ya quisiera yo llegar a tu edad y estar como tú. Luces espectacular.
—Vosotras sí que sois bonitas, tú rubia con ojos azules y una cara y un cuerpo de ensueño, y Sonia morena con ojos verdes y también muy bonita y espectacular.
—Sonia ha salido a ti, morena con ojos verdes y un cuerpo espectacular.
—Gracias cariño, pero no creo que esté tan espectacular —dije con un alarde de modestia.
—Voy a ponerte un poco de crema que el este sol es muy traicionero —dijo Marina cogiendo el protector solar.
Me quedé muda sin saber qué responder y mi silencio se convirtió en consentimiento. Comenzó por los pies acariciando la planta y el empeine y luego entre los dedos. Era una delicia. Después se dedicó a mis piernas, primero una y luego la otra, con delicadeza, deteniéndose en los muslos y las corvas. Yo mantenía los ojos cerrados, aunque cada tanto la miraba de a través de las gafas de sol sin que ella pudiera ver mis ojos. Estaba concentrada en lo que hacía. La crema en mi vientre, tan cerca del pubis, me arrancó un suspiro que la hizo sonreír, pero cuando frotó mis tetas con la crema y apretó ligeramente los pezones, tan endurecidos y sensibles, sabía que no podría aguantar mucho, pero tampoco quería quedar como una mojigata. Opté por girarme.
—Ahora un poco por la espalda —dije al tiempo de girarme.
Comenzó por el cuello y fue bajando despacio recorriendo la espalda en un masaje maravilloso. Cuando llegó a las nalgas me habló.
—En el culo hay que detenerse más, pues la piel es muy sensible, como la de los pechos, y se quema con mayor facilidad. Voy a quitarte las braguitas para que llegue la crema a todos los lados.
Me dejaba hacer, como ida, y ella masajeaba mis nalgas con suavidad, luego con más firmeza hasta agarrarlas con fuerza, las abría e incluso las besó. No podía quitarme de la cabeza las imágenes de la mañana.
—¿Se te ha escapado un poco de pis? —dijo Marina.
—No, cómo dices eso. No estoy en esa fase.
—Pues entonces te has mojado por el masaje. Es lógico, es muy agradable —insistió Marina.
En esos momentos quería morirme; era cierto que sentía humedad en mi coño, pero había sido sin buscarlo, sin intención ninguna, al menos con eso quería justificarme, pero lo cierto es que estaba excitada, muy excitada.
—¿Qué te ha parecido lo que has visto esta mañana?
—¿Visto?, no he visto nada especial, solo el bosque —suspiré.
—A los pocos minutos de salir has vuelto y te has asomado al ventanuco de la habitación y, ¿sabes cómo te he descubierto?, porque la luz que entraba por el mismo se ha cortado y de reojo he visto que estabas allí. No te has movido en toda la sesión. Estoy segura de que te has mojado y corrido —dijo Marina apartando la braguita del biquini y acariciando el coño de Alicia.
—Perdón, cariño, no quería, pero… No, no sigas, por favor, detente, yo no…
—Gírate —ordenó Marina. Sin saber porqué me giré y me descubrí toda expuesta a Marina. Estaba enloquecida y no sabía lo que hacía. Aquella niña que había visto crecer me estaba dominando sin que pudiera hacer nada. Quería seguir escondida cerrando los ojos detrás de las gafas de sol. Me masturbó y mordisqueó mis pezones sin que se lo impidiera: había sucumbido sin remedio.
—¿Sabías que Sergio, tu adorado hijo, está deseando follarte el culo?
Con aquella frase y el recuerdo de aquella polla me corrí.
Marina seguía lamiendo mis pechos y pezones y, al momento, sentí una lengua en mi coño lamiendo mis jugos y excitándome de nuevo hasta el paroxismo. Abrí los ojos y me encontré con la adorada polla de mi hijo apuntando mis labios, por lo que la que me comía el coño era Sonia. Me dio todo igual, quise introducirme la polla en la boca pero solo alcanzaba a una pequeña parte, por lo que lamí, chupé y acaricié sus huevos como si en ello me fuese la vida.
No era yo quien habitaba en mí, era la lujuria, el frenesí y un deseo incontrolable por gozar como sea y con quien sea. Sonia dejó de lamerme después de dos corridas más y Sergio se dispuso a penetrarme. Me alzó las piernas, apunto su polla en mi coño y de dos empujones la clavó entera. Mi boca fue cerrada con el coño de Marina que empecé a lamer sin saber muy bien cómo, y mis pezones fueron chupados y retorcidos por Sonia. Tuve varios orgasmos hasta que llegó una explosión final, un clímax sin parangón. Me corrí con unos temblores como jamás lo había hecho y creo que me desmallé. Solo recuerdo estar en la cama rodeado por mis amantes.
—Hijos, perdón, yo…
—No digas nada —dijo Sergio mientras Sonia y Marina sonreían cogidas de la mano y divertidas—. Lo has disfrutado y cuando hayas descansado te voy a romper el culo. Estoy obsesionado con él desde hace muchos años.
—Pero hijo, eso no puede ser, soy tu madre…
—Hace un rato también eras mi madre y te has divertido de lo lindo—. Eres tan deliciosamente guarra como todos nosotros. No debes preocuparte, ya conoces que las lenguas de Marina y Sonia lo hacen todo más fácil.
Me quedé callada y en mi interior deseaba que sucediese cuanto antes. Marina y Sonia comenzaron a acariciarme y besarme sin negarme a ello, por lo que supe que no podía hacer otra cosa que entregarme a fondo en esta familia tan viciosa.
—Ahora que te tengo —dijo Sergio posando un beso en mis labios—empezaré a pensar en cuándo os voy a preñar a las tres.
Yo solo miré sorprendida y sonreí sin entender qué quería decir, tal vez no le había entendido, pero Marina y Sonia se pusieron a aplaudir y a jalear de felicidad.