Elena y su Hijo Tomás

heranlu

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Elena, una mujer de 38 años con un cuerpo que todavía hacía girar cabezas en la calle, entró al despacho del jefe de su hijo con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Llevaba una blusa blanca ajustada que marcaba sus tetas grandes y firmes, y una falda negra corta que dejaba ver sus piernas torneadas. Tomás, su hijo, trabajaba en esa empresa de logística desde hacía un año y medio. El pendejo se había mandado una cagada grande: un error en un envío importante que costó plata a la empresa. El jefe, Carlos, un tipo de 50 años, fornido, con barba canosa y mirada de hijo de puta que sabía lo que quería, la había citado para «hablar del futuro de Tomás».

—Señora Elena —dijo Carlos cerrando la puerta con llave apenas ella entró—, su hijo es un buen chico, pero esta vez la cagó feo. Lo tengo que echar. Mañana mismo.

Elena se sentó frente al escritorio, cruzando las piernas. Sentía la mirada del tipo clavada en sus tetas.

—Por favor, don Carlos… no lo eche. Es mi único hijo. Si lo despide, no sé qué vamos a hacer. Yo soy viuda, laburo limpiando casas, no nos alcanza. Déle una oportunidad más, se lo pido por favor.

Carlos sonrió de lado, recostándose en su sillón de cuero.

—Mirá, Elena… yo soy un hombre razonable. Pero las oportunidades se pagan. ¿Vos estás dispuesta a pagar por tu hijo?

Ella tragó saliva. Sabía exactamente qué quería decir. No era tonta. Lo miró a los ojos y, sin pensarlo dos veces, se levantó, rodeó el escritorio y se paró frente a él.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó con voz baja, temblando un poco.

Carlos se abrió la bragueta despacio. Sacó una pija gruesa, ya medio dura, venosa, con la cabeza grande y morada.

—Arrodillate y mamámela bien. Si me la chupás como una puta buena, quizás tu hijo se queda.

Elena se arrodilló sin decir nada más. Tomó esa pija pesada con las dos manos. Olía a hombre, a sudor y a colonia barata. Abrió la boca y se la metió hasta donde pudo. Carlos gruñó y le agarró la cabeza con las dos manos.

—Así, mamita… chupá fuerte. Mirá cómo se te llena la boca con mi verga. Sos una madre muy puta, ¿no?

Elena gemía con la pija adentro, babeando, moviendo la cabeza de adelante para atrás. La verga de Carlos creció del todo, gruesa como una botella, y le llegaba hasta la garganta. Él la empujaba más profundo, follándole la boca sin piedad.

—Sacate las tetas afuera —ordenó.

Ella se bajó la blusa y el corpiño. Sus tetas grandes, pesadas, con pezones marrones y duros, saltaron libres. Carlos las agarró y las apretó fuerte mientras ella seguía chupando.

—Buenas tetas de puta tenés, Elena. Ahora ponete en cuatro sobre el escritorio.

Elena se levantó, se subió la falda hasta la cintura y se bajó la tanga. Su concha estaba ya mojada, los labios hinchados y brillosos. Se inclinó sobre el escritorio, abriendo las piernas. Carlos se paró atrás, escupió en su mano y le frotó la concha con los dedos gruesos.

—Mirá cómo estás de mojada, hija de puta. Te encanta que te usen para salvar a tu hijo, ¿verdad?

—Sí… —susurró ella, muerta de vergüenza y de calentura al mismo tiempo.

Carlos apoyó la cabeza de su verga en la entrada de la concha y empujó de una sola vez. La pija entró hasta el fondo, abriéndole el coño de par en par. Elena soltó un gemido largo y ronco.

—¡Ay, Dios! ¡Qué gruesa!

Carlos empezó a cogerla fuerte, agarrándola de las caderas, metiendo y sacando esa verga enorme. Cada embestida hacía que las tetas de Elena se bambolearan contra el escritorio. El sonido de la carne chocando llenaba la oficina: plap, plap, plap.

—Tomá, puta. Tomá toda mi verga en esa concha de madre desesperada. ¿Cuánto hace que no te cogían así?

—Mucho… mucho tiempo —jadeaba ella, empujando el culo hacia atrás para que entrara más profundo.

Carlos le metió un dedo en el orto mientras la cogía.

—Este culito también lo voy a usar. Pero primero te lleno la concha.

Aceleró el ritmo, cogiéndola como un animal. Elena ya no podía contener los gemidos. Se corrió fuerte, apretando la verga con su concha, chorreado jugo por los muslos.

—Así, puta… apretá esa concha. Me voy a correr adentro.

Carlos gruñó y le descargó todo adentro. Chorros calientes de leche espesa le llenaron la concha hasta que le empezó a chorrear por las piernas. Se quedó unos segundos adentro, palpitando, y después sacó la verga chorreante.

—Limpiámela con la boca.

Elena se dio vuelta, se arrodilló otra vez y le chupó la pija sucia de leche y de sus propios jugos, lamiendo cada gota.

—Buena chica —dijo Carlos subiéndose los pantalones—. Tu hijo se queda. Pero esto no termina acá. Cada vez que quiera cogerte, vas a venir. ¿Entendido?

—Sí, don Carlos —respondió ella, todavía con la boca llena de sabor a verga y semen.

Elena se arregló la ropa como pudo y salió del despacho con las piernas temblando y la concha todavía palpitando, llena de leche del jefe.

Lo que Elena no sabía era que Tomás había vuelto a la empresa esa misma tarde para pedir disculpas personalmente. Había llegado justo cuando su madre salía del despacho de Carlos, con el pelo revuelto y la cara colorada. Y lo peor: había escuchado todo. Los gemidos, los insultos, el sonido inconfundible de la verga entrando y saliendo de la concha de su madre.

Se quedó escondido en el pasillo, con la pija dura como piedra dentro del pantalón. No podía creerlo. Su vieja, la misma que lo había criado sola, se había dejado coger como una puta barata para salvarle el laburo.

Esa noche, en la casa, Elena estaba en la cocina preparando la cena cuando Tomás entró. Cerró la puerta con llave y la miró fijo.

—Mamá… ¿qué carajo hiciste hoy en la oficina de don Carlos?

Elena se puso pálida.

—Tomás… ¿de qué hablás?

—No te hagás la boluda. Te escuché. Te escuché gemir como una puta mientras te cogía. Te escuché pedirle que te metiera toda la verga. ¿Te dejó llena de leche, mamá? ¿Te corriste mientras te usaba para salvarme el puesto?

Elena se apoyó en la mesada, sin saber qué decir. Las lágrimas le subieron a los ojos, pero también sintió un calor traicionero entre las piernas.

—Hijo… lo hice por vos. No quería que te quedaras sin trabajo.

Tomás se acercó. Era más alto que ella, más fuerte. Le agarró la cara con una mano y la miró a los ojos.

—Te dejaste coger como una perra en celo. Ahora yo te voy a dar la lección que te merecés, mamá. Porque si te gusta que te usen, vas a aprender lo que es que te usen de verdad.

Sin darle tiempo a responder, Tomás la empujó contra la mesada, le subió la falda de un tirón y le bajó la tanga de un manotazo. La concha de Elena todavía estaba sensible y un poco hinchada de la cogida de la tarde.

—Mirá… todavía tenés la concha colorada y mojada. ¿Te gustó la verga del jefe, mamá?

Elena temblaba, pero no se resistía. La voz de su hijo, tan autoritaria, le estaba mojando la concha otra vez.

—Tomás… no hagas esto…

—Callate. Ahora vas a aprender quién manda en esta casa.

Tomás se bajó los pantalones. Su verga saltó afuera: larga, gruesa, más grande que la de Carlos, con la cabeza brillante de precum. La agarró de la base y se la frotó contra la concha de su madre.

—Sentí, mamá. Esta es la verga que te va a dar la lección.

De un empujón fuerte se la metió toda. Elena soltó un grito ahogado. La pija de su hijo era más gruesa, más dura, y le llegaba más profundo que la del jefe.

—¡Ay, hijo! ¡Me estás partiendo!

Tomás empezó a cogerla con furia, agarrándola del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás mientras le metía verga sin parar.

—Tomá, puta. Tomá la verga de tu hijo. ¿Te gusta que te cojan así? ¿Te corriste como una loca cuando el viejo te llenó la concha?

—Sí… sí, me corrí —confesó ella entre gemidos, empujando el culo hacia atrás.

Tomás le dio una nalgada fuerte que le dejó la marca roja.

—Sos una madre de mierda. Te dejaste coger por cualquiera con tal de salvarme. Ahora vas a ser mi puta personal.

La sacó de la concha de golpe, la hizo arrodillarse y le metió la pija hasta el fondo de la garganta. Elena se atragantó, babeando, con lágrimas en los ojos, pero chupaba con ganas.

—Chupá bien, mamá. Limpiá la verga que acaba de salir de tu concha.

Después la levantó, la puso sobre la mesa de la cocina boca arriba, le abrió las piernas al máximo y se la metió otra vez. Cogía con fuerza, haciendo que las tetas de Elena saltaran con cada embestida.

—Mirá cómo te tiemblan las tetas, puta. Decime qué sos.

—Soy… soy tu puta, hijo —gimió ella, completamente entregada.

Tomás le pellizcó los pezones fuerte mientras la cogía cada vez más rápido.

—Voy a llenarte la concha de leche, mamá. Te voy a marcar como mía.

Elena se corrió otra vez, gritando, apretando la verga de su hijo con su concha. Tomás gruñó y le descargó adentro, chorros calientes y espesos que le llenaron el útero. Se quedó adentro unos segundos, palpitando, y después sacó la verga chorreante de leche y jugos.

—Ahora vas a limpiarme con la boca otra vez.

Elena obedeció, lamiendo cada gota de la pija de su hijo, saboreando su propia concha y la leche espesa.

Tomás la miró desde arriba, respirando agitado.

—Esta es la lección, mamá. De ahora en adelante, cada vez que quieras salvarme de algo, vas a venir primero a mí. Y te voy a coger cuando, donde y como yo quiera. ¿Entendiste?

—Sí, hijo… entendí —dijo ella, todavía arrodillada, con la boca llena de semen y la concha chorreando.

Tomás sonrió satisfecho.

—Bien. Ahora preparame la cena, puta. Y dejá la tanga abajo. Quiero que mi leche te siga chorreando mientras cocinás.

Elena se quedó unos segundos parada frente a la mesada, con la falda todavía levantada hasta la cintura y la leche espesa de su hijo corriéndole por los muslos internos. Sentía la concha caliente, hinchada y abierta, palpitando todavía después de la cogida salvaje que acababa de recibir. La leche blanca y viscosa le bajaba lento, dibujando hilos pegajosos que le llegaban casi hasta las rodillas. Tenía el culo marcado de las nalgadas y los pezones todavía duros y rojos por los pellizcos.

Tomás se sentó en una silla de la cocina, con la pija todavía semi-dura colgando entre las piernas, brillante de jugos y semen. La miraba con una mezcla de bronca, calentura y poder que nunca había sentido antes.

—Movete, mamá. Prepará la cena como te dije. Y no te limpiés. Quiero verte cocinar con mi leche chorreándote de la concha.

Elena tragó saliva, muerta de vergüenza, pero el cuerpo le respondía de una forma que la asustaba. Asintió en silencio y se dio vuelta hacia la cocina. Cada paso que daba hacía que más leche se le escapara de la concha y le bajara por las piernas. Sentía el líquido caliente y espeso deslizándose, mojándole la piel. Se puso a pelar papas con las manos temblando, tratando de concentrarse en la tarea, pero era imposible. La falda subida le dejaba el culo y la concha completamente expuestos. Tomás no le sacaba los ojos de encima.

—Abrí más las piernas mientras cocinás —ordenó él con voz ronca—. Quiero ver cómo me chorrea mi leche de esa concha de puta.

Ella obedeció sin protestar. Separó un poco más las piernas y siguió moviéndose por la cocina. Cada vez que se agachaba a buscar algo en la heladera, la concha se le abría un poco más y un nuevo hilo de semen le caía. Tomás se masturbaba lento, mirando el espectáculo.

—Mirá cómo estás… toda llena de la verga de tu propio hijo. ¿Te imaginabas que ibas a terminar así cuando te arrodillaste para chuparle la pija al jefe?

—No… —susurró Elena, con la voz entrecortada—. Lo hice por vos, Tomás.

—Y yo te lo estoy agradeciendo a mi manera —dijo él, levantándose otra vez.

Se acercó por detrás sin hacer ruido. Le levantó más la falda y le metió dos dedos gruesos en la concha, revolviendo la leche que todavía tenía adentro. Elena soltó un gemido ahogado y se apoyó en la mesada.

—Todavía estás bien llena. Mirá cómo entra y sale fácil con todo lo que te dejé adentro.

Sacó los dedos y se los metió en la boca a su madre.

—Chupá. Probá cómo sabe la mezcla de tu concha y mi leche.

Elena chupó sus propios dedos, gimiendo bajito, saboreando el gusto salado y dulce al mismo tiempo. Tomás le agarró las tetas por detrás, apretándoselas fuerte, tironeando de los pezones.

—Seguí cocinando —le ordenó al oído, mientras le frotaba la verga ya dura otra vez contra el culo.

Elena intentó seguir cortando verduras, pero era inútil. Tomás le separó las nalgas con las manos y apoyó la cabeza de su pija en el agujero del culo.

—Hoy no te voy a coger solo la concha, mamá. Te voy a marcar también por acá.

Elena se tensó.

—Hijo… por favor, despacio… hace mucho que no…

—No me importa —gruñó él, y empezó a empujar.

La cabeza gruesa de su verga forzó el ano apretado de su madre. Elena soltó un grito ahogado, agarrándose fuerte a la mesada. Centímetro a centímetro, la pija gruesa le entró en el ojete hasta que las bolas le tocaron la concha mojada.

—Ahhh… ¡qué apretado lo tenés, puta! —jadeó Tomás, empezando a moverse lento al principio, después cada vez más fuerte.

Cada embestida hacía que el cuerpo de Elena se sacudiera. Las tetas le rebotaban contra la mesada mientras él la cogía por el orto con fuerza. El sonido era obsceno: la piel chocando, los gemidos de ella, los gruñidos de él.

—Tomá verga en el florero, mamá. Esto es parte de tu lección. De ahora en adelante este culito también es mío.

Elena ya no podía hablar. Solo gemía y empujaba el culo hacia atrás, entregada por completo. La verga de su hijo le llegaba profundo, abriéndole el ano de una forma que nunca había sentido. La concha le chorreaba todavía más, mezclando la leche anterior con sus propios jugos.

Tomás aceleró, cogiéndola con brutalidad. Le metió una mano entre las piernas y le frotó el clítoris hinchado mientras la penetraba por atrás.

—Correte, mamá. Correte con la verga de tu hijo en el orto.

Elena explotó en un orgasmo brutal. Todo el cuerpo se le tensó, gritó fuerte y le apretó la pija con el ano. Tomás no aguantó más y le descargó adentro del orificio de cagar, chorros calientes y abundantes que le llenaron las entrañas.

Cuando sacó la verga, un hilo grueso de semen le salió del ano abierto y le bajó por la concha y los muslos, mezclándose con todo lo anterior.

—Ahora sí —dijo Tomás respirando agitado—. Terminá de preparar la cena. Y cuando comamos, vas a estar sentada frente a mí con las piernas abiertas para que yo vea cómo te sigue chorreando mi leche de la concha y del orto.

Elena, con las piernas temblando y el cuerpo marcado, terminó de cocinar como pudo. Sirvió los platos y se sentó como le había ordenado: falda levantada, piernas bien abiertas, mostrando la concha roja e hinchada y el ano entreabierto, de donde todavía salía semen lento.

Tomás comía tranquilo, mirándola.

—Comé vos también, mamá. Pero mientras comés, metete dos dedos en la concha y jugá con mi leche. Quiero que te masturbés despacio delante de mí.

Ella obedeció. Mientras comía con una mano, con la otra se metía los dedos en la concha, revolviendo la mezcla espesa, gimiendo bajito cada vez que se tocaba el clítoris.

—Buena puta —dijo Tomás sonriendo—. Mañana vas a volver a la oficina. Y cuando don Carlos te llame para cogerte otra vez, vas a ir. Pero antes vas a venir a casa al mediodía para que yo te marque primero. Quiero que vayas con la concha y el orto llenos de mi leche cuando te coja el viejo. ¿Entendiste?

—Sí, hijo… —respondió Elena, con la voz ronca de tanto gemir—. Entendí.

Tomás se levantó, se acercó y le metió la pija semi-dura en la boca otra vez.

—Ahora terminá de limpiarme bien mientras seguís tocándote.

Elena chupó la verga de su hijo con devoción, lamiendo los restos de semen, de su propia concha y de su orto. Se masturbaba al mismo tiempo, acercándose a otro orgasmo.

Cuando terminó, Tomás la miró desde arriba.

—Esta noche dormís en mi cama, mamá. Y no vas a usar ropa. Quiero cogerte cuando se me dé la gana, toda la noche si quiero.

Elena asintió, completamente sometida.

—Sí, mi amor… como vos digas.

Se levantó de la silla, todavía con los dedos mojados de leche y jugos, y lo siguió hasta la habitación. Sabía que su vida había cambiado para siempre. Ya no era solo la madre que se había dejado coger para salvar el trabajo de su hijo. Ahora era la puta personal de Tomás. Y una parte oscura y caliente de ella estaba ansiosa por todo lo que venía.

Esa noche, apenas se acostaron, Tomás la montó otra vez. Le abrió las piernas y se la metió en la concha de una sola estocada, cogiéndola lento y profundo mientras le mordía las tetas.

—Decime a quién pertenecés ahora —le susurró al oído mientras la penetraba.

—A vos, hijo… soy tu puta —gimió Elena, abrazándolo con las piernas, entregándose por completo.

Y así siguieron, cogiendo una y otra vez hasta que los dos quedaron exhaustos, con los cuerpos pegajosos de sudor y semen, la concha y el orto de Elena completamente llenos y marcados por la verga de su propio hijo.
 
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