El Secreto me Llevo a Dominarla

heranlu

Veterano
Registrado
Ago 31, 2007
Mensajes
8,097
Likes Recibidos
3,759
Puntos
113
 
 
 
La mayoría de las fiestas familiares se realizaban en la cabaña de nuestros abuelos a unos kilómetros a las afueras de la Ciudad de México. Era una casa inmensa hecha de madera y piedra. Yo era un chico de dieciocho años, soltero y sin mucha experiencia seduciendo mujeres. De hecho, mis mayores éxitos siempre ocurrían en estas fiestas en la cabaña, donde todas mis primas y primos, al igual que mis tíos, se emborrachaban. Después de varias cervezas a escondidas de los mayores lograba besarme con dos o tres primas. A la hora de dormir nuestros padres solían sacar varias colchonetas y las acomodaban en el salón. Si me había prendado de una de mis primas, nos acostábamos juntos, una vez que empezaban los ronquidos de los primos mayores, continuábamos lo nuestro en extremo silencio. Cuando era insostenible la calentura, me las ponía de cucharita y se las metía a pelo. Era el sexo más silencioso y lento de mi vida, aunque encontraba un placer inmenso en lo prohibido de hacerlo con una prima, en el hecho de mezclar fluidos sexuales y que nadie se enterara. Algunas veces tuve que verlas al día siguiente para darles la pastilla de emergencia, ya que no me aguantaba y terminaba adentro. Eso me pasó con las tres primas que me cogí. Me encantaba verlas platicando en una fiesta familiar y pensar que yo se las había metido y las había llenado de leche.

En fin, este relato da lugar en una de esas fiestas donde no tuve suerte, pero mi insomnio hizo que estuviera al pendiente cuando escuché la voz de mi tía Amaranta y mi tío Luis, ambos son primos y cada uno tiene su respectiva pareja. Al mirarlos, vi que se secreteaban en lo que subían las escaleras hacia la azotea. Justo antes de desaparecer en el umbral, vi que se besaron. Mi curiosidad me quitó el poco sueño y me puse a investigar. Subiendo las escaleras vi que la puerta estaba cerrada. Recordé que mi abuelo una vez me enseñó unas escaleras de caracol que conectaban con cada piso de la cabaña, así que después de pelear con las telarañas pude subir a la azotea. Abrir la puerta sin hacer ruido fue difícil, pero valió la pena. Al mirar por el resquicio pude ver a mi tía Amaranta de rodillas pajeando a mi tío. Se había bajado el escote del vestido para que le viera las tetas. Veía de espaldas a mi tío, levantaba la cara al cielo por el placer de la mano de Amaranta. Ella tenía treinta y seis años, tenía unas hermosas tetas y culo redondeado, sus piernas eran trabajadas en el gimnasio y siempre se veía radiante. Ella estaba casada con mi tío favorito, así que me dio mucha rabia verla siendo infiel. A pesar de ello, sentí mi pija llena de sangre queriendo reventar mi pijama. Desde que aprendí a jalármela ella siempre estuvo en mi repertorio de fantasías, verla así era un regalo tan divino que no sabía a quién agradecerle. Decidí grabar el momento para mi colección. Salí del umbral y me escondí detrás del tinaco, comencé a grabar enfocando especialmente a mi tía Amaranta. A los pocos minutos mi tío empezó a botar su semen por todos lados y afortunadamente todo dio a parar en el suelo, me hubiera dado coraje verla embadurnada de su corrida. Dejé de grabar y me quedé escuchando la conversación sin dejar de grabar.

—Salió mucha.

—Te tenía ganas desde que te vi llegar en ese vestido.

—Baja tu primero, yo me fumo un cigarro y bajo también.

—Ok

—Si ves a mi marido le dices que me vine a recostar un poco —prendió el cigarro—, anda, que también tu esposa se empezara a preguntar dónde te metiste.

Mi tío Luis abrió la puerta y bajó.

En medio del enojo de saber que Amaranta era una infiel, un ánimo inusitado nació en mí. Finalmente pude ver todo con claridad, experimenté una lucidez completa de todo el panorama.

—Hola, tía, ¿me das las tres?

Amaranta se sobresaltó y gritó.

—Dios mío, ¿de dónde has salido?

—Estaba viendo.

La tía Amaranta lo miró con el rostro torcido.

—Entonces tú...

—Sí, no solo vi y escuché todo, sino que lo grabé —tomé su cigarro y me di las tres bocanadas—. Así que tú y el tío Luis se complacen cuando se pasan de copas.

Amaranta estaba anonadada, era incapaz de articular palabra alguna.

—Sobrino, no es lo que crees, yo…

—¿Lo hacen desde jóvenes? ¿Ya te la metió?

—Todo fue un gran error, no tenías que ver esto.

—Responde puta infiel incestuosa. Zorra de mierda.

Amaranta se quedó muda ante mi cambio de humor.

—¿Cómo se te ocurre hablarme así?

—Porque le mientes a mi tío Guillermo. Eres una vulgar prostituta y nada de lo que puedas decir cambiará ese hecho.

La tía Amaranta miró al suelo y suspiró.

—Me volví loca, fue la bebida, me hace hacer cosas impensables, no soy así, sabes que amo a tu tío Guillermo… Tú mismo lo has comprobado durante todos estos años, yo haría cualquier cosa por él.

Sus palabras eran torpes, se notaba que estaba alcoholizada.

—No tengo dudas, pero responde si lo hacen desde jóvenes.

—Sss… sí —dijo con vergüenza—, desde que íbamos en la primaria nos tocábamos.

—¿Ya te la metió?

—Sí... pero no le digas a tu tío, no quiero que mi matrimonio se arruine por esto.

—Tranquila —me saqué la verga. Estaba hinchada de sangre implorando caricias.

—¿Qué haces? —espetó Amaranta—, ¡guarda eso, carajo!

—No te espantaste así con el pito del tío Luis —dije mientras me acariciaba la polla.

—No es lo mismo, tú eres mi sobrino, yo te cargué de pequeño, fui tu segunda madre… es impensable.

—Eso me pone más duro, ¿te imaginaste que ese pequeño algún día se pajearía frente a ti?

—No.

—¿Me has visto de otra forma alguna vez?

—Jamás —dijo apartando la mirada.

—¿Cómo calificas mi polla? ¿Se te haría difícil rodearla de tus labios, chuparla hasta correrme y tragarte todos mis mecos?

Amaranta miró mi erección y me comencé a pajear sin tapujos. Le miré sus piernas torneadas, luego bajé a sus pies, llevaba unas sandalias que dejaban ver sus hermosos dedos con las uñas pintadas de blanco. Luego miré el escote de su vestido, donde furtivamente se asomaban unas lolas doradas y suculentas.

—Sácate las tetas.

Amaranta estaba furiosa, pero con suavidad llevó las manos a sus pechos y se bajó el escote dejándome ver sus hermosas pechugas.

—Qué ricas se ven, tía.

Me acerqué y las acaricié, las tomé y las apreté. Amaranta suspiró y cerró los ojos mentalizada.

—Siempre has sido tan hermosa, tía. Desde pequeño me pajeo pensando en ti. Eres divina.

—Yo te veía como un hijo, no puedo creer que este pasando esto.

Le acaricié su rostro y le metí el pulgar en la boca.

—Ya no me verás como un hijo, porque ahora me verás como tu amante. No quiero volver a enterarme que te ves con el tío Luis, ahora solo seré yo.

—¿Cómo sabré que no me traicionarás después de aprovecharte de mí?

—¿Y perderme de esto? Jamás, mientras tú te calles me llevaré hasta mi lecho de muerte que te volví mi amante. Ahora te toca pajearme como le hiciste al tío Luis.

Tomó mi verga y la empezó a estimular. Se puso de rodillas y sin pedírselo se lo metió a la boca. Me sorprendió que cooperara tan fácil. Por fin estaba cumpliendo una de mis fantasías más grandes, debía aprovecharlo al máximo.

Se lo sacó de la boca y dijo:

—Apúrate, que tu tío ya me ha de estar buscando.

—Venga, me apuro.

Me la estuvo chupando por varios minutos. Colé mi mano entre su cabello y controlé la velocidad de la mamada.

—La chupas bien rico. Me encanta tu boquita.

—Tu tío, va a empezar a buscarme.

La puse die pie y le levanté el vestido. Vi sus bragas y se las bajé con violencia.

—Deja te la meto poquito y te prometo que me apuro.

—¿QUÉ TE PASA?

—No tienes que hacer nada, solo date la vuelta, recárgate en el lavadero y relájate.

Titubeó, aunque finalmente lo hizo. Coloqué el cel en un estante oxidado y grabé apuntándonos. La tomé de las nalgas y las apreté, jamás pensé tener así a mi tía. Pasé mi polla por toda su raja hasta que sentí la humedad, cuando di con el blanco se la metí hasta el fondo. Era muy pequeña, cuando llegué a su cérvix aún faltaban un par de centímetros para que cupiera toda mi reata. Les juro que sentir con mi polla el tamaño tan estrecho de la pucha de mi tía provocó que llegara a un nivel de placer que jamás imaginé. Admiré unos segundos a mi tía empalada de mi vergota deseando que no terminara nunca. Se la empecé a sacar y meter a una embestida por segundo, disfrutando al máximo las carnes de Amaranta. De pronto su pozo estaba tan encharcado que empezaron a escurrir los jugos por su entrepierna.

—Cuando termines hazlo en mi espalda.

—¿y si me dejas llenarte?

—Dame más duro si quieres, pero por favor no te corras adentro.

—Pero quiero que seas mi puta para preñar.

—Hijo, por favor, no te vengas adentro.

La empecé a reventar, sus nalgas sonaban en cada impacto con mi pelvis. Pareció que acepté su pequeño trato, pero al final la traicioné.

—Ya voy a terminar, tía… Te haré mía para siempre.

—No me llenes, para, para, nooo, por favor.

Estaba a tope bramando como animal salvaje. Iba a completar mi cometido a como diera lugar.

—Zorrita de mierda, serás mía a partir de hoy.

Llevé el vaivén lo más duro posible hasta que no pude más, la apreté con fuerza por las caderas, le estrellé mi pelvis metiendo los centímetros que no cupieron hasta el fondo. Amaranta empezó a gritar de dolor. Mi orgasmo bestial fue acompañado con un río desmedido de corrida que llegó hasta su útero.

—Es impensable lo que acabas de hacer —me dijo exhausta.

Tomé el cel y grabé su chocho, apreté una de sus nalgas y como fruta jugosa empezó a salirse la corrida. Ella se deslizó hasta el suelo completamente sobajada y quedó sentada de nalgas en el suelo. Le metí la polla en la boca y obediente lo limpió con su lengüita. En lo que me acomodaba el pijama vi que empezó a llorar con la mirada clavada en el piso. Me dio lástima, pero no encontré palabras, así que solo me bajé por las escaleras y me acosté. Ningún primo o prima seguía despierto. Esperé para verla bajar y cuando lo hizo noté la vergüenza en su andar, miró hacia mi dirección, pero la oscuridad me cubría.

Durante el desayuno vi mi tía Amaranta y al tío Guillermo platicando con mi abuelo. Me acerqué a darles los buenos días. Ella se comportó normal, pero pude notar la incomodidad en su tono de voz. Durante el resto de la mañana Amaranta no se separó de Guillermo, quizás para evitar otra extorsión. Más tarde le mandé a Amaranta un mensaje, seguido por el video de su concha escurriendo de leche. Apartó el cel para que no lo viera mi tío y alzó la mirada buscándome.

Yo: Te veo en el establo en 5 minutos, necesitamos hablar

Ella: Qué tan lejos piensas llevar todo esto?

Yo: y me llegas sin bragas.

Llegué al establo y esperé en un banco su llegada. Finalmente entró.

—Tía, qué hermosa te ves —me acerqué.

—Eres un enfermo, ¿cómo puede ser que me extorciones así?

—Entonces somos dos enfermos, uno que le gusta su tía y la otra que le gusta su primo.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Me vas a coger otra vez?

Me dirigí a ella y le acaricié su carita. Llevé mis manos a su escote y con delicadeza lo bajé dejando sus tetas al aire. Sin decir más comencé a engullirlas. Aunque trataba de ocultarlo, escuché que mi tía ahogaba gemidos. Saqué mi pito erecto, tomé su mano y la acerqué. Me empezó a pajear como nunca nadie me lo había hecho. Se notaba que tenía mucha experiencia. Comencé a besarla, mis manos no soltaban sus tetas y estuve a punto de voltearla para penetrarla, pero escuchamos unos pasos torpes aproximándose. Era uno de los primos que merodeaba por el establo.

—Me voy a correr, tía.

Me empecé a correr, puse la mano para no mancharla, pero eso provocó que cayera en sus sandalias, llenando sus deditos de lefa.

—No hay tiempo, regresa como si nada con el resto de la familia.

—Estás loco, me verán toda salpicada

—Quiero ver cómo te las arreglas.

Accedió. Al llegar con los demás, nos unimos a una conversación trivial sobre qué estado de la república es mejor para una casa de campo. A los pocos minutos uno de los tíos se dio cuenta y Amaranta simuló sorpresa. Me sentí raro que toda la familia viera mi corrida, que ya estaba casi seca y transparente, y me puse muy nervioso, pero me relajó ver a mi tía ruborizada tratando de explicarlo.

—Seguro fue una sábila que pisaste —aventuró un tío tratando de dar explicación lógica. El resto de la familia convino lo mismo y no le dieron más rollo.

Su hija, mi prima Elenita, se ofreció a limpiarla. Era un par de años menor que yo y era una de las primas que me había cogido. Se metieron a la casa y yo las seguí. Mi prima retiró de la pierna de mi tía unas gotas de mi leche con los dedos, analizó la sustancia frotándola en sus yemas y luego la olfateó.

—¡No seas asquerosa! —graznó Amaranta—, quítame esto y ya.

Mi tía Amaranta regresó con los demás y mi prima Elena se acercó.

—Esa cosa olía como a tu semen —me dijo sin tener la menor idea de que sí era.

—¿Te veo en el establo?

—No, este año me prometí ya no meterme contigo —se rio y salió.

La noche cayó y Amaranta comenzó a meter cosas en la cajuela de su auto, eso significaba que ya estaban a punto de irse. El parqueadero de los carros era en una zona poco iluminada. Me escondí ente unos carros hasta que vi a la tía Amaranta. Cuando dejó las cosas en la cajuela, me acerqué y la abracé por detrás. Se agitó, pero ahogó su grito al ver que era yo.

—No te puedes ir sin que te despidas, tía.

Amaranta apoyó las manos en el borde de la cajuela y se dejó de mí. Le levanté el vestido y vi sus bragas color beige. Se las bajé, apunté mi polla endurecida y se la dejé ir al fondo, estaba seca y me dolió un poco. Empecé un vaivén brutal, el carro se movía acompasado, cualquiera que se asomara lo podría notar.

—Nos va a ver tu tío y te va a partir tu madre.

—Nos la va a partir a los dos.

Arremetí con fuertes nalgadas a mi tía, su culo se puso rojo por la brutalidad de mis golpes. La música de la reunión reverberaba como un eco distante. Me acercaba peligrosamente al orgasmo dispuesto a todo otra vez. Saqué mi verga, estaba escurriendo de los jugos de mi tía. Apuntillé mi polla en su diminuto ano.

—Eres tan estrecha de la puchita que no me imagino tu culito rico.

—Aggg, me va a doler.

Mi cabeza entró de un empujón y Amaranta se torció del dolor, empezó a gritar incontrolablemente. Le tapé la boca con mi mano, mientas que la otra la sometía desde su cadera. Era tan estrecha su colita que las contracciones de su esfínter me llevaron al cielo. Ella seguía gritando, pero no iba a parar hasta clavarla entera. Hice un mete y saca, cada que salía le escupía y cada embestida llegaba más profundo. Cuando metí toda mi polla Amaranta comenzó a desvanecerse. Se la saqué y de un movimiento volví a meterla en su vagina.

—Te dije que serás mía nada más y eso implica engendrar a mis hijos.

Al oír eso se giró bruscamente, pero la reduje haciendo uso de mi fuerza, le tomé los brazos y la sometí. Seguí las embestidas, yo estaba ido, desconectado del mundo y la realidad. Se la metía con tanta fuerza, que casi la meto a la cajuela. El carro se movía tanto que saltó la alarma. Justo en ese momento terminé dejando otra carga de corrida en su útero. Al salirme, salieron burbujas de aire de su coño y toda mi leche brotó de su rajita.

Salí de la escena cagando leches, dejando a mi tía con la leche escurriendo en su entrepierna, tirada de rodillas en el suelo, con el resto de su cuerpo metido en la cajuela. A los pocos segundos llegaron algunos tíos y tías a ver lo que ocurría. Amaranta como pudo se levantó y disimulando les dijo que se había tropezado. Apagó la alarma y se fue con el tío Guillermo. Yo estaba sentado en frente y pude ver unas gotas de leche en su entrepierna.

Finalmente, el día acabó y todos fuimos a casa. No vi a mi tía Amaranta hasta un año después, estaba caminando en una plaza con una carriola. Para entonces se había divorciado del tío Guillermo, los rumores decían que había quedado embarazada y era sabido que el Guillermo había quedado estéril unos años atrás. Se quedaron de frente viéndose.

—Tía...Amaranta.

—Tú...

Me acerqué a la carriola y vi a un bebé muy parecido a mí. Me quedé pasmado.

—Es...

—Sí.

—¿Puedo?

—Sí.

Lo tomé en mis brazos y comprobé que era toda mi sangre, era una niña de 4 meses. Miré a mi tía y me disculpé.

—No quita que seas ruin, pero gracias a eso pude separarme de Guillermo, yo ya no era feliz a su lado y esta bebita que me diste me regresó las ganas de vivir.

—¿Ya comiste? Vayamos a comer, yo invito.

—Estás pendejo si crees que quiero algo que ver contigo. Mi maldición y mi pesar siempre será que seas el padre de mi niña. Me consideraré afortunada cuando deje de saber de ti para siempre.
 
Arriba Pie