El secreto de mi madre

Registrado
Mar 4, 2026
Mensajes
7
Likes Recibidos
15
Puntos
3
Solo había una manera de describir a Diana: era una diosa.
Era de esas personas que, simplemente, son magnéticas. No solo porque fuera guapa a rabiar. O que su cuerpo menudo pero voluptuoso pudiera volver loco a cualquier hombre. O que su cabello pelirrojo y sus ojos verdes llamaran la atención allá donde iba. O que, para colmo, fuera inteligente y divertida. Incluso irónica si se terciaba. No era solo eso. Había algo más. Algo intangible. Un atractivo imposible de explicar con palabras, que sin duda provocaría que cualquier hombre heterosexual cayera irremisiblemente hechizado al instante.
Como digo, una diosa.
Solo había un problema: Diana era mi madre.

-------------------------------------------------------------------------------

Mi amigo Jaime no quitaba ojo a mi madre, que se abría paso entre la gente que abarrotaba la sala de conciertos, intentando que las tres cervezas que llevaba en sus manos llegaran intactas hasta nosotros. El puto Jaime la miraba embobado, con una sonrisilla bobalicona que concluía en una boca abierta hasta el pecho.
-Joder, tío -le di un codazo-. Córtate un poco, ¿no? Que es mi madre.
-Ya, tío, perdona -contestó. Reaccionó y me miró un segundo, pero le duró solo eso, un segundo. Inmediatamente volvió a mirar a mi madre-. Joder, es que tu madre está muy buena.
-Vete a la mierda. ¿Te digo yo algo de la tuya?
-Claro que no, porque la mía no está buena como la tuya. Si lo estuviera, lo podrías decir, pero como lo está, pues no.
Así es Jaime, todo lógica y sutileza.
-Tío -volvió a la carga-, de verdad te tengo envidia -me agarró por el hombro-. Has tenido la suerte de chupar esas tetas.
-Bueno, si la cuestión es chupar algo, puedes chuparme la polla.
-Gracias, hombre, es un detalle -contestó Jaime, riéndose.
-Por un amigo, lo que sea.
-Una cerveza para ti, y otra para ti -dijo mi madre cuando por fin consiguió llegar a nuestra altura-. Aunque por lo que me han cobrado igual me han puesto sangre de unicornio.
-Muchas gracias, Diana -Jaime agarró su cerveza por el cuello-. A la próxima invito yo.
-Deja, que no quiero que tengas que pedir un crédito antes de los veinte -se rió y luego se giró hacia mí-. ¿De qué hablabais, cariño?
-Que te lo cuente Jaime -contesté. Jaime se atragantó con la cerveza-. Yo voy a aprovechar para ir un momento al baño antes de que empiece el concierto.
Dejé a mi madre preguntando a Jaime, y a Jaime sudando mientras buscaba algo que contestarla. Me abrí paso entre la gente hasta llegar al baño. Cuando salí, me detuve a echar un vistazo al puesto de merchandising. Entre las camisetas con la portada del último disco del grupo que tocaba aquella noche, había un modelo de chica bastante chulo que me llamó la atención. Pensé que podía tirarme un poco el rollo y y regalarle una a mi madre. Ella y yo coincidíamos bastante en gustos musicales, y no era raro que fuéramos juntos a conciertos o festivales. Pero en aquella ocasión había permitido que Jaime nos acompañara, y pensé que igual debía agradecérselo con un detalle. Agarré una de las camisetas para verla más de cerca. La chica que atendía el puesto se acercó.
-Un poco pequeña para ti, ¿no? -me dijo, sonriendo.
-¿Qué? Ah, no, no es para mí. Es para…
-Ya, te tomaba el pelo -contestó la chica, riendo abiertamente-. Es para la chica tan guapa que va contigo, ¿verdad?
Me giré y comprobé que desde donde estaba se veía a mi madre bromear con Jaime. Me volví de nuevo hacia la chica.
-¿Tu hermana mayor? -preguntó.
-No… es mi… ¿Cómo sabes que somos familia?
-Bueno, tenéis cierto parecido -la chica volvió a sonreír-. Tienes una hermana muy guapa, ¿sabes?
-Sí, ya lo sé. A su lado, soy el feo de la familia. Cuando era pequeño me encerraban en una mazmorra y me daban de comer a través de una trampilla para no tener que verme.
-¡Exagerado! -la chica se rio con más ganas. Luego añadió-. Bueno, si quieres una camiseta para tu hermana, esta talla no vale. Es una S, y ella necesita una M, fijo.
-¿Tú crees? -pregunté, estirando la camiseta para verla mejor-. A mí me parece que le podría valer.
-Mira -dijo la chica-. Yo llevo una S, y tu hermana tiene más -se llevó las manos delante de los pechos y los apartó de su cuerpo, haciendo el gesto de más volumen. Entonces se sonrojó ligeramente. Y yo más, porque me había pillado mirándole las tetas. La verdad es que la chica era muy guapa. Morena, con el pelo cortado a media melena, enmarcando una cara muy dulce. Sus ojos, azules y alegres, encima de una naricilla respingona, sonreían a la vez que sus labios. Definitivamente aquella chica sonreía con los ojos.
-Lamentablemente no me quedan de la M -dijo con un suspiro, volviendo a adoptar una actitud profesional-. De chica solo me quedan de la S.
-Da igual -devolví la camiseta al montón-. Gracias de todas formas.
-¡De nada! -me volvió a sonreír. Se dio la vuelta para atender a una pareja que reclamaba su atención, pero se volvió de nuevo hacia mí-. ¡Eh! -y cuando me giré, añadió con una sonrisa-. Tu hermana es muy guapa, pero tú no eres el hermano feo ni de coña.
En ese momento las luces de la sala se apagaron y el grupo salió al escenario. Toda la sala se llenó de un rugido colectivo. Podría haber vuelto para hablar con la chica del puesto, pero con ese jaleo no hubiera servido de nada, así que me abrí paso a codazos y volví con mi madre y Jaime. Mi madre levantaba su cerveza y se llevó la mano libre a la boca para silbar.
-¿Qué? -mi madre me habló al oído mientras me daba un codazo-. ¿Ya has dejado de ligar con esa chica tan guapa? -le dio un trago a la cerveza, me guiñó un ojo y volvió su atención de nuevo al concierto.
No podía culpar a la chica del puesto por confundir a mi madre con mi hermana. Viéndola saltar como una loca en primera fila, vestida con sus vaqueros ajustados, su camiseta que no le cubría el ombligo, su cazadora corta de cuero, su pelo pelirrojo recogido en una coleta alta y su cara de niña, no parecía una mujer de poco más de 40 años. Ni de coña. No creo que nadie le pudiera echar más de treinta, porque siempre había aparentado mucha menos edad de la que tenía. No tenía pinta de ser la madre de nadie. Lo que sí podía parecer sin problemas era la hermana mayor de un idiota de 18 años. Y el idiota de 18 años, en este caso, era yo.

---------------------------------------------------------------------------------

-¿Qué? -preguntó Jaime- ¿La penúltima antes de irnos a casa?
Salíamos del concierto, roncos y exhaustos, pero emocionados. Llegamos al coche y mi madre abrió la puerta del conductor.
-De la penúltima, nada -dijo-. Yo mañana tengo que estar en el laboratorio a primera hora, y estoy molida. Además, creo que me acompañan dos apuestos jóvenes que mañana tienen clase. ¿No es así?
-Diana… -protestó Jaime-. No seas cortarrollos. Te prometo que vamos a un garito donde pongan música de tu época.
-Oye, chaval. Que el grupo que hemos visto ya eran viejos cuando empecé a escucharlos. A ver si te vas a pensar que vosotros habéis inventado la pólvora. Además, me has llamado vieja, así que ahora sí que te vas a casa sin remedio.
-Que no, que no quería decir eso… -Jaime se había puesto rojo-. Además mañana es viernes, y a primera hora…
-Jaime, a primera hora tenemos clase con la Teletubbie -le corté-. Y esa sabes que no pasa ni una.
-¿La Teletubbie?
-Sí -explicó Jaime a mi madre-, la llamamos así porque es una tía que tiene un culo y unas piernas así de gord….
-¿Un poco ofensivo, no os parece, chicos? -nos advirtió mi madre, pero se partía de risa.
-Vamos a dormir y mañana a clase, tío. Con la Teletubbie mejor no jugársela. Paso de que me baje la nota para la universidad por una gilipollez.
-Ese es mi chico -dijo mi madre, revolviéndome el pelo-. Pero el taco ha sobrado.
-Lo siento mamá.
-Pelota -masculló Jaime.
-Instinto de supervivencia -aclaré yo.
Después de dejar a Jaime en su casa, por fin llegamos a la nuestra. Entré en el baño para lavarme los dientes y hacer un pis, y cuando salí, mi madre estaba en la cocina.
Las botas, la cazadora y los pantalones descansaban en el suelo, arrugados. Mi madre estaba apoyada en la encimera, trasteando con algo.
Solo llevaba puesta la camiseta corta y un tanga de encaje, de color negro con remates de color vino tinto.
Tragué saliva. Mi madre y yo siempre habíamos tenido mucha confianza. Había veces que parecía más bien una amiga mayor que mi madre. Hacíamos muchas cosas juntos, hablábamos de cualquier tema. Teníamos muy buen rollo. Además, desde que era pequeño me había acostumbrado a verla en todo tipo de situaciones. En la ducha. En topless en la playa. Andando con poca ropa por casa en verano.
Pero de unos años a esta parte, la cosa había cambiado. Creo que mi madre no era consciente del efecto que causaba en mí. Ella seguía inclinada sobre la encimera, haciendo que su culazo coronado por el tanga se bamboleara ligeramente. Se giró un poco para coger algo y advertí que debajo de la camiseta se le marcaban los pezones. También se había quitado el sujetador.
Parado como un imbécil en la puerta, no podía dejar de admirar a mi madre.
Era un puto espectáculo. Era una puta maravilla.
Era una puta tortura.
-Ah, Max, cariño -se giró un poco al verme-. Estoy haciéndome un te antes de dormir. ¿Quieres uno?
-No, no, gracias -tartamudee, intentando que no se me notara que la estaba mirando como un psicópata-. Me voy a la cama. Buenas noches.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla, y ella me rozó el brazo con su pecho. Sentí un cosquilleo en el estómago. Ella me dio otro beso y me acarició la mejilla. Su pelo olía de maravilla.
Me encerré en mi habitación y me masturbé furiosamente.

 
Última edición:
Registrado
Mar 4, 2026
Mensajes
7
Likes Recibidos
15
Puntos
3
El calor de la mañana se había convertido en sofocante cuando salí del instituto el viernes por la tarde y me dirigía a casa de mi padre. Ese fin de semana me tocaba pasarlo con él. Subí las escaleras del metro y caminé los 10 minutos de distancia entre la parada y la urbanización donde vivía él. Llamé al timbre de su pulcro e impersonal chalet pareado.
-Hola, Max -me saludó con una sonrisa Andrea, la mujer de mi padre, al abrirme la puerta. Me dio dos besos y se internó en el pasillo. Yo la seguí-. Tu padre aún no ha llegado. ¿Tienes hambre? ¿Te preparo algo antes de la cena?
-Gracias, Andrea -contesté sonriendo-. No hace falta, he tomado algo antes de salir del instituto.
Había que reconocer que Andrea, la mujer de mi padre, no estaba nada mal. Era profesora de yoga, así que tenía un cuerpo espigado y flexible. Además era bastante guapa. Y se portaba genial conmigo, en eso no podía tener queja. Pero si la comparabas con mi madre… Joder, mi madre no es que estuviera en otra liga, es que estaba en otro deporte.
Ni mi padre ni mi madre me habían explicado nunca por qué se habían separado. Recuerdo haberlo preguntado cuando era pequeño y siempre me habían contestado con evasivas. Así que supongo que me aburrí en algún momento y dejé de preguntar. Por eso siempre me quedó la duda. ¿Cómo había sido mi padre tan gilipollas de dejar escapar a semejante mujer? Lo único cierto es que se habían separado cuando yo tenía unos cinco años, y que mi padre se había vuelto a casar siete años después. Esa era toda la información de la que disponía al respecto.
Llevé la mochila a mi habitación, y me tiré encima de la cama. Cuando me disponía a conectar la consola, escuché como en la planta de abajo la puerta de la calle se abría, e inmediatamente, a mi padre saludar. Bajé las escaleras y entré en la cocina, donde estaba hablando con Andrea.
-Hola, capitán – me saludó mi padre, dándome un abrazo-. ¿Todo bien?
Mi padre era un hombre alto y de espaldas anchas. Tenía una buena mata de pelo muy oscuro, que se empezaba a poner gris por las sienes, y una sonrisa franca de hombre seguro de sí mismo. A veces me sentía poca cosa a su lado. Supongo que es algo que a todos nos pasa con nuestros padres.
-Buenas tardes, comandante -contesté-. Sí, acabo de llegar. Hoy te he ganado.
-Ten piedad de tu pobre y anciano padre -dijo, con una carcajada-. ¿Salimos mañana con las bicis?
-Vale, pero no muy pronto -pedí yo-. He quedado hoy con Jaime y estos.
-¿Vas a salir esta noche? -preguntó mi padre, cambiando el tono amable que tenía hasta ese momento por otro bastante más suspicaz-. Pensé que te quedarías estudiando. Tienes los exámenes finales encima.
-Lo llevo bien, papá -suspiré-. Solo vamos a salir un rato. Prometido.
-No seas muermo, Jorge -intervino Andrea, tomándole suavemente del brazo-. Deja al muchacho que se divierta un poco. Habría que ver lo que hacías tú con dieciocho años.
-Eso es lo que me preocupa -mi padre meneó la cabeza-. Esta bien, puedes salir un rato, pero sin pasarte.
-Claro, comandante -contesté. Andrea me guiñó un ojo, y yo le di las gracias con un movimiento de cabeza-. Ocio responsable y con moderación.
-Y a las nueve te quiero arriba y con la bici preparada. Y si te pasas esta noche, no pienso tener compasión de ti cuando te de una pájara subiendo el Molinillo.
-A ver si el que se va a quedar clavado eres tú… -le tomé el pelo.
-Muy gracioso. Y mañana te quiero ver toda la tarde estudiando. ¿Estamos?
-¿Y si cenamos ya? -zanjó Andrea, saliendo en mi ayuda. Mi padre captó la indirecta, sonrió a Andrea y, sin añadir nada más, salió de la cocina para entrar en el comedor.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
La notificación de mensaje de mi madre llegó el domingo por la tarde, cuando volvía a casa en el metro.
“Hola, cariño. Me voy al cine, así que llegaré a casa un poco más tarde que tú”, decía.
Le contesté con un pulgar hacia arriba. Luego continué con el scroll desganado por la red social que estaba mirando.
Cuando llegué a mi casa, mi madre aun no había llegado. La casa estaba oscura y silenciosa. Me hice un sándwich y me senté con él en la mesa de la cocina. Saqué el teléfono del bolsillo. Diez por ciento de carga. Me levanté y agarré la mochila que había dejado en al pasillo, junto a la puerta. Rebusqué en los bolsillos pero no encontré el cargador. Mierda, me lo debía haber dejado en casa de mi padre. Sabía perfectamente que en mi habitación no tenía ninguno, pero aun así, eche una ojeada. Sin éxito, como era de esperar. Suspiré.
Ni en el enchufe junto a la estantería del recibidor ni en el del salón, junto al sofá, que era donde mi madre solía cargar su teléfono, había ningún cargador. Pensé entonces que quizá en su habitación tendría alguno.
Entré en la habitación de mi madre, tenuamente iluminada por la penumbra de la tarde. Encendí la luz. Eché un vistazo por encima de la cama, las mesillas o la cómoda. Ningún cargador a la vista. Abrí un cajón de la cómoda, lleno de jerséis. Nada. Abrí siguiente, y el que iba a continuación. Allí encontré algunos de los conjuntos de lencería que se solía poner mi madre, y que eran mi tortura. Encajes provocativos, transparencias sutiles, tejidos sugerentes. Cerré el cajón con un golpe. ¿Qué me estaba pasando? Joder, era un puto enfermo. Mi madre me ponía y mucho. Pero es que, siendo sinceros, me costaba pensar en alguna mujer más atractiva que ella. O más divertida. O más leal.
Meneé la cabeza. Abrí el último cajón. Pañuelos de seda, fulares. Pero de cargadores, nada.
Cuando iba a cerrar el cajón, algo llamó mi atención. Un destello metálico en una esquina. Levanté los pañuelos y debajo de ellos, oculto, encontré un disco duro externo de color negro brillante.
Lo examiné a la vista. Un disco duro. ¿Por qué mi madre tendría escondido eso?
Me debatí unos instantes. Por un lado, me moría de curiosidad por saber qué podía contener ese disco duro para que mi madre lo tuviera oculto entre su ropa, en lugar de tenerlo junto con su portátil. Pero por otro lado, no resultaba nada ético fisgar en las cosas de los demás. Y si mi madre no lo tenía a la vista, por algo sería.
“Exactamente por eso”, habló mi parte mala. “Si lo tiene escondido, es que ahí hay algo importante”.
“Venga, Max”, habló mi parte buena. “Sabes que no está bien. Deja el disco donde lo has encontrado”
En efecto, era lo correcto. Me incliné hacia el cajón, volví a levantar los pañuelos y dej…
-A tomar por culo -mascullé, y salí hacia mi habitación con el disco duro en la mano.
“De puta madre”, dijo mi parte mala.
“No sé qué cojones pinto yo aquí, si nunca me haces ni puto caso”, protestó mi parte buena.
Me senté en la silla y me acerqué a la mesa. Arranqué el ordenador. Miré la hora. No sabía cuando podía volver mi madre, así que me la estaba jugando.
“Una miradita rápida y lo devolvemos a su sitio antes de que llegue”, me apremió mi parte mala.
Introduje la clave de acceso y una eternidad después se abrió la pantalla de inicio.
“Te va a pillar y no le va a hacer ninguna gracia”, me advirtió mi parte buena.
-Venga, venga -murmuré. Enchufé el disco duro al ordenador. Se abrió el icono de unidad externa conectada. Lo pinché. Un mensaje del antivirus: “Estamos analizando esta unidad antes de abrirla”. ¡Joder! Cerré el antivirus y pinché de nuevo sobre el icono del disco duro externo. El puto antivirus otra vez: “¿Esta seguro de que quiere abrir esta unidad sin analizarla?”
-¡Tan seguro como de que voy a cancelar la puta suscripción como no dejes de dar el coñazo! -grité.
Cerré el antivirus. Estaba sudando. Volví a pinchar de nuevo sobre el icono del disco duro. Varias veces.
Por fin se abrió.
Carpetas. Un montón de carpetas. No sé cuantas. Más de cien, seguro. Nombradas por fecha. La primera, de unos once o doce años de antigüedad. La última, de tan solo un mes atrás. Sin nombres, sin pistas de lo que había dentro. Solo fechas.
Abrí una carpeta al azar. La carpeta se abrió. Fotos y videos. Pinché la primera foto y se abrió el visor de imágenes.
-Hostias -murmuré yo.
“Hostias”, dijo mi parte mala.
“Hostias”, dijo mi parte buena.
En la foto aparecía mi madre, unos años atrás. Tenía el pelo a media melena, con el pelo cayéndole a ambos lados de la cara. Había llevado ese corte de pelo una temporada hacía algún tiempo. Estaba en lo que parecía la habitación de un hotel, posando con una mano en el pelo y otra en la cadera. Sonreía de manera pícara.
Lo único que llevaba puesto encima era un sujetador y un tanga de encaje morado.
Tragué saliva.
Pasé la foto.
En la siguiente foto, mi madre se había dado la vuelta, y mostraba su culazo a cámara, solo cubierto por el tanga.
Seguí pasando fotos. Las imágenes de mi madre posando sonriente se sucedían. Ahora de rodillas en la cama. Ahora a cuatro patas sobre la moqueta. Ahora apoyada sobre una cómoda, con el culazo en pompa. En la siguiente, el sujetador había desaparecido, y levantaba sus tetonas, como si las estuviera ofreciendo a quien hacia las fotos.
Las manos me sudaban. Pasé a la siguiente foto, y me encontré con lo que me temía que iba a acabar encontrándome.
Mi madre estaba de rodillas, mirando a la cámara con expresión de niña buena. Solo llevaba puesto el tanga.
Y tenía una polla en la boca.
Cerré la ventana y me quedé mirando el fondo de escritorio de pantalla unos segundos. El corazón me iba a mil. ¿De verdad quería ver eso? ¿En serio quería ver como mi madre se comía una polla, y Dios sabe qué cosas más?
Por un lado, estaba entrando en un terreno prohibido para mí: era la intimidad de mi madre, y me estaba metiendo de lleno en aquello. Además, me jodía profundamente ver a mi madre haciendo aquello. ¡Joder, era mi madre, y en esas fotos aparecía como una actriz porno!
Pero por otro lado…
Joder, por otro lado, nunca había estado tan excitado. Tenía la polla durísima, a punto de estallar sin siquiera haberme llegado a tocar.
Sin darme cuenta muy bien de lo que estaba haciendo, había vuelto a abrir las fotos. En las siguientes imágenes, el tipo que hacía las fotos había inmortalizado a mi madre devorando su polla. En una foto, lamía el capullo sonriendo, como si se comiera un helado. En la siguiente, chupaba los huevos al tío. En otra tenía la mitad de la polla del tío metida en la boca, de manera que le deformaba el carrillo en un enorme bulto. Y en todas, en absolutamente todas, miraba a cámara. Es decir, me miraba a mí.
No había más fotos. El resto del contenido de la carpeta eran dos videos.
Con pulso tembloroso, abrí el primero.
Mi madre estaba de rodillas en la cama, de espaldas a la cámara. El tanga había desaparecido. Tenía el tronco girado de manera que se veía su cara sonriente. Del tipo que grababa solo se veían los pies. Y la polla, claro. El tío la tenía dura y enfundada en un condón.
-¿A qué estás esperando? -decía mi madre, con voz melosa, mientras meneaba un poco el culo.
-A que me lo pidas -contestó el tío, con voz ronca. Su voz no me sonaba, y eso me planteó otra pregunta. ¿Quién era ese tío?
-¿Qué quieres que te pida? -preguntó mi madre, haciendo un puchero-. ¿Que vengas a follarme?
El corazón me dio un vuelco. Nunca había escuchado a mi madre decir eso.
-Ven a follarme -repitió, jadeando-. Venga, necesito tu polla….
Y con una expresión de zorra indescriptible, se separó las dos nalgas.
Joder, casi me caigo de la silla. Había visto a mi madre desnuda algunas veces. Pero nunca había podido ver su coñito abierto. Y el agujero del culo, menos. Estaba completamente depilada, y por lo que parecía, empapada de la excitación.
Se escuchó al tío reírse con una única carcajada seca y desagradable. Avanzó hasta mi madre y, con un solo golpe, su polla desapareció dentro del coño de ella. Mi madre gritó, y enterró su cabeza en las sábanas de la cama.
No sabía ni como sentirme. Tenía el estómago del revés. Sentía ira, excitación, vergüenza, morbo, celos… Tenía ganas de llorar y de reírme a la vez. Daba igual. Todo era secundario. Lo único cierto es que tenía la polla como un hierro, y había comenzado a pajearme.
El tío se la follaba con ganas. No era para menos. Y mi madre tampoco se estaba quieta. De vez en cuando, era ella la que echaba el culo hacia atrás y hacia delante, como si quisiera marcar el ritmo de la follada. Y luego estaba lo de los azotes. El tío, de cuando en cuando, le arreaba unos azotes que sonaban la hostia de fuerte. Cada vez que mi madre recibía uno de esos azotes, soltaba un gruñido, casi un grito que destacaba del resto de gemidos entrecortados. La piel blanquísima de mi madre se le estaba quedando roja por la zona del culo, y algunos dedos se habían quedado marcados.
Mi madre volvió a girarse hacía el tío que se la estaba follando. Tenía el rostro congestionado, y algunos mechones le caían sudorosos por encima de la cara.
-Deja de grabar y ven aquí -dijo, con voz ronca.
Y el video se terminó.
Como un autómata abrí el siguiente sin tardanza. En esta ocasión, se veía que el tipo había dejado el teléfono, o la cámara, o lo que fuera con lo que estaba grabando, encima de una superficie al lado de la cama. Mi madre lo esperaba tumbada, con una sonrisa expectante, mientras le acariciaba la polla.
El tío se dio la vuelta, y se tumbó encima de mi madre, empezando a follársela en un misionero frenético. Los gemidos eran cada vez más altos, y tanto mi madre como él decían de vez en cuando cosas que no lograba entender bien. Después de un par de minutos, mi madre empujó con la mano el pecho del tío y se levantó de la cama. Hizo al tío sentarse de cara a la cámara. Inmediatamente después pasó una pierna por encima del tío, agarró su polla y se la envainó lentamente. Mi madre cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior. Ronroneaba. Aquella polla desaparecía lentamente, centímetro a centímetro dentro de ella. Y se notaba que lo estaba disfrutando. Cuando por fin la tuvo dentro entera, comenzó a botar sobre ella. Sus tetazas se movían arriba y abajo en un baile hipnótico, mientras ella seguía saltando, ensartada sobre aquella polla. El tipo levantó sus manos y se agarró con fuerza a las tetas, que comenzó a sobar con fuerza. De vez en cuando soltaba la mano derecha de la tetaza de mi madre para darle un sonoro azote en el culo, y devolver la mano rápidamente a su lugar de origen. Mi madre gritaba como una loca. Tuve que bajar el volumen porque tenía miedo de que los vecinos reconocieran la voz de mi madre, gimiendo y pidiendo más y más polla.
Mi madre puso los ojos en blanco y se corrió una vez más (no sé cuantas veces habían sido ya, sin duda unas cuantas). Empezó a moverse delante y atrás en un bamboleo suave, se giró hacia el tío, que estaba tirado en la cama, desfallecido, y le preguntó:
-¿Dónde vas a querer correrte?
Joder. ¿En serio?
-¿Me dejas dónde yo quiera? -preguntó el tío, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Mi madre se mordió un dedo, sonrió con expresión inocente y asintió con la cabeza-. ¿En la cara puedo?
Mi madre levantó una pierna y se desacopló de la polla de aquel cabronazo afortunado. El tío se levantó de la cama, sudoroso, y se acercó a mi madre. Se fundieron en un morreo muy guarro. Mi madre se enganchó del cuello del tío, mientras este le pegaba un buen sobe al culazo y a las tetonas.
Mi madre sonrió con picardía, y se arrodilló en el suelo. El tipo agarró el dispositivo de grabación, ofreciéndome un primer plano de mi madre, que le había quitado el condón, y devoraba la polla con ansias.
-¡Uf, si sigues así me vas a vaciar los huevos! -jadeaba aquel hijo de puta.
-¿Sí? -dijo mi madre, deteniendo la mamada. Dio un besito cariñoso al capullo-. Pobrecito, tienes los huevos repletos de leche. Vamos a solucionarlo.
Y acto seguido retomó la mamada, redoblando la determinación. En pocos segundos, el tío empezó a bufar. Mi madre abrio la boca con una sonrisa, mientras dejaba apoyada la punta del capullo en su lengua. El tío se masturbaba a toda velocidad.
-¡Agggghhhh! -bramó el tío. Mi madre le pasó la lengua de forma juguetona por el frenillo, y ocurrió lo inevitable: El tipo se empezó a correr. El primer latigazo de copiosa lefa salió disparado con una fuerza increíble, alcanzando el pelo y la frente de mi madre. El segundo le lleno de semen espeso las mejillas y la parte superior de los labios. El tío no paraba de pajearse mientras mi madre recibía lecherazos sin parar. El tío disminuyó la velocidad de la masturbación poco a poco hasta que terminó de correrse. Cuando hubo acabado, mi madre tenía la cara llena de esperma. Un grueso grumo se deslizó barbilla abajo, cayendo por el canalillo de sus tetas, hasta llegar a su ombligo. Mi madre lo recogió con los dedos, y se los llevó a la boca, donde empezó a chuparlos. Luego empezó a relamerse, con una sonrisa de niña inocente que nunca ha roto un plato. Sin perder tiempo, se acercó a la polla, y empezó a rebañar los restos de lefa que quedaban en ella.
-Pues sí que tenías los huevos llenos -afirmó, lamiendo el capullo-. Mmmm, qué rico estás…
El hombre volvió a soltar su seca y desagradable carcajada y en ese momento, con la imagen de mi madre sonriente relamiéndose la lefa que le goteaba por la cara, la imagen se congeló. El video había terminado.
Me incorporé en la silla, y sentí que me mareaba. Fui levemente consciente de que me había corrido más o menos al mismo tiempo que el cerdo del video. Tenía la camiseta llena, muy llena de semen. Otra gran parte había caído sobre la silla y el suelo. Me quité la camiseta, limpié los restos que habían caído con ella, y terminé de recoger el estropicio con unos pañuelos de papel.
Me di cuenta de que era tardísimo. Mi madre aun no había llegado a casa de milagro. Desenchufé a toda prisa el disco duro, y lo devolví rápidamente a su escondite del cajón, teniendo cuidado de volver a dejar los pañuelos de mi madre encima.
Salí corriendo de la habitación de mi madre, recogí la camiseta, fui con ella a la cocina y, cuando la estaba metiendo en el cesto de la ropa sucia, escuché la llave abriendo la puerta de la calle. Me senté delante de mi sándwich.
En la puerta de la cocina apareció mi madre.
Tragué saliva.
Ya no podría verla igual. Nunca más.
Algo me agarraba el estómago. Una sensación desagradable. Algo que, inevitablemente, me iba a consumir. Me di cuenta al instante. Pero por otro lado, la vi más guapa que nunca.
-Hola, cariño -saludó. Yo me quedé mudo, incapaz de otra cosa que no fuera seguir sus movimientos. Colgó su americana en el perchero de la entrada, y se remangó la camisa blanca que llevaba. Se sentó en una banqueta de la cocina y comenzó a quitarse los botines que llevaba por encima de los vaqueros estrechos-. Al final se me ha hecho tardísimo -añadió-. Te he llamado para avisarte, pero tu teléfono me sale apagado.
Joder, el teléfono. Me había olvidado completamente de él.
-Sí, sí… -tartamudee-. El teléfono… Es que… me he quedado sin batería. Y el cargador… me lo he dejado en casa de papá…
-Pues haber cogido el mío, que está aquí -metió la mano en un cesto de mimbre que había sobre la estantería del recibidor y sacó de él un cargador. Joder, ni se me había ocurrido mirar ahí dentro-. Oye, ¿estás bien? ¿Qué hacías?
-Esto… -mi cara adquirió un involuntario color rojo-. Iba a -señalé el sándwich- ...iba a cenar.
-¿Sin camiseta? -mi madre arrugó la nariz-. Oye, tú estás un poco raro. ¿Seguro que no te pasa nada?
-Bueno, he… he discutido con papá -improvisé-. Ya sabes, para él nunca estudio lo suficiente y…
-Ya, bueno, ya sabes como es tu padre -chasqueó la lengua y me sonrió. Uf, bala esquivada-. Pero sabes que él lo hace por tu bien. Él tiene sus formas, pero tiene buena intención.
-Y, bueno -añadí, viendo que seguía mirando mi torso desnudo-… Es que iba a ducharme, pero… pero es que antes me ha entrado hambre y…
-Ay, hijo, qué raro te pones a veces -dijo con una carcajada. Y abandonó la cocina camino de su habitación.
Suspiré aliviado. Miré el sándwich. No me apetecía nada comer. Tenía el estómago cerrado. Pero más me valía devorarlo, porque hacer lo contrario habría sido sospechoso. Cuando me disponía a darle el primer bocado, mi madre se asomó de nuevo a la cocina.
Se había quitado los pantalones y se había desabotonado los botones de la parte superior de la camisa. Por debajo de la camisa asomaba un tanga de encaje. También se había quitado el sujetador, y tras el blanco tejido se adivinaba la silueta rosada de los pezones.
Mi polla volvió a dar un brinco en los pantalones. Me revolví incómodo.
-Oye -dijo-, como vas a tardar un rato en comerte eso, me voy a duchar yo primero. No te importa, ¿verdad?
Me sonrió, con la sonrisa inocente de quien nunca ha roto un plato.
Como había sonreído al final del video.
Y la volví a ver, cubierta de lefa, rebañando la polla de aquel tipo. Dejándola reluciente.
Mi madre.
Sacudí la cabeza, mientras escuchaba como en el baño comenzaba a correr el agua.
Miré de nuevo el sándwich. Y el sándwich me miró desde el plato.
“Sabes que tienes que volver a pillar ese disco duro y hacerte con todo su contenido, ¿verdad?” dijo mi parte mala. Y mi parte buena no dijo nada, porque sabía perfectamente que lo iba a hacer.
Joder que si lo iba a hacer.

 
Arriba Pie