Embajador Marciano
Virgen
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- Mar 4, 2026
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Solo había una manera de describir a Diana: era una diosa.
Era de esas personas que, simplemente, son magnéticas. No solo porque fuera guapa a rabiar. O que su cuerpo menudo pero voluptuoso pudiera volver loco a cualquier hombre. O que su cabello pelirrojo y sus ojos verdes llamaran la atención allá donde iba. O que, para colmo, fuera inteligente y divertida. Incluso irónica si se terciaba. No era solo eso. Había algo más. Algo intangible. Un atractivo imposible de explicar con palabras, que sin duda provocaría que cualquier hombre heterosexual cayera irremisiblemente hechizado al instante.
Como digo, una diosa.
Solo había un problema: Diana era mi madre.
-------------------------------------------------------------------------------
Mi amigo Jaime no quitaba ojo a mi madre, que se abría paso entre la gente que abarrotaba la sala de conciertos, intentando que las tres cervezas que llevaba en sus manos llegaran intactas hasta nosotros. El puto Jaime la miraba embobado, con una sonrisilla bobalicona que concluía en una boca abierta hasta el pecho.
-Joder, tío -le di un codazo-. Córtate un poco, ¿no? Que es mi madre.
-Ya, tío, perdona -contestó. Reaccionó y me miró un segundo, pero le duró solo eso, un segundo. Inmediatamente volvió a mirar a mi madre-. Joder, es que tu madre está muy buena.
-Vete a la mierda. ¿Te digo yo algo de la tuya?
-Claro que no, porque la mía no está buena como la tuya. Si lo estuviera, lo podrías decir, pero como lo está, pues no.
Así es Jaime, todo lógica y sutileza.
-Tío -volvió a la carga-, de verdad te tengo envidia -me agarró por el hombro-. Has tenido la suerte de chupar esas tetas.
-Bueno, si la cuestión es chupar algo, puedes chuparme la polla.
-Gracias, hombre, es un detalle -contestó Jaime, riéndose.
-Por un amigo, lo que sea.
-Una cerveza para ti, y otra para ti -dijo mi madre cuando por fin consiguió llegar a nuestra altura-. Aunque por lo que me han cobrado igual me han puesto sangre de unicornio.
-Muchas gracias, Diana -Jaime agarró su cerveza por el cuello-. A la próxima invito yo.
-Deja, que no quiero que tengas que pedir un crédito antes de los veinte -se rió y luego se giró hacia mí-. ¿De qué hablabais, cariño?
-Que te lo cuente Jaime -contesté. Jaime se atragantó con la cerveza-. Yo voy a aprovechar para ir un momento al baño antes de que empiece el concierto.
Dejé a mi madre preguntando a Jaime, y a Jaime sudando mientras buscaba algo que contestarla. Me abrí paso entre la gente hasta llegar al baño. Cuando salí, me detuve a echar un vistazo al puesto de merchandising. Entre las camisetas con la portada del último disco del grupo que tocaba aquella noche, había un modelo de chica bastante chulo que me llamó la atención. Pensé que podía tirarme un poco el rollo y y regalarle una a mi madre. Ella y yo coincidíamos bastante en gustos musicales, y no era raro que fuéramos juntos a conciertos o festivales. Pero en aquella ocasión había permitido que Jaime nos acompañara, y pensé que igual debía agradecérselo con un detalle. Agarré una de las camisetas para verla más de cerca. La chica que atendía el puesto se acercó.
-Un poco pequeña para ti, ¿no? -me dijo, sonriendo.
-¿Qué? Ah, no, no es para mí. Es para…
-Ya, te tomaba el pelo -contestó la chica, riendo abiertamente-. Es para la chica tan guapa que va contigo, ¿verdad?
Me giré y comprobé que desde donde estaba se veía a mi madre bromear con Jaime. Me volví de nuevo hacia la chica.
-¿Tu hermana mayor? -preguntó.
-No… es mi… ¿Cómo sabes que somos familia?
-Bueno, tenéis cierto parecido -la chica volvió a sonreír-. Tienes una hermana muy guapa, ¿sabes?
-Sí, ya lo sé. A su lado, soy el feo de la familia. Cuando era pequeño me encerraban en una mazmorra y me daban de comer a través de una trampilla para no tener que verme.
-¡Exagerado! -la chica se rio con más ganas. Luego añadió-. Bueno, si quieres una camiseta para tu hermana, esta talla no vale. Es una S, y ella necesita una M, fijo.
-¿Tú crees? -pregunté, estirando la camiseta para verla mejor-. A mí me parece que le podría valer.
-Mira -dijo la chica-. Yo llevo una S, y tu hermana tiene más -se llevó las manos delante de los pechos y los apartó de su cuerpo, haciendo el gesto de más volumen. Entonces se sonrojó ligeramente. Y yo más, porque me había pillado mirándole las tetas. La verdad es que la chica era muy guapa. Morena, con el pelo cortado a media melena, enmarcando una cara muy dulce. Sus ojos, azules y alegres, encima de una naricilla respingona, sonreían a la vez que sus labios. Definitivamente aquella chica sonreía con los ojos.
-Lamentablemente no me quedan de la M -dijo con un suspiro, volviendo a adoptar una actitud profesional-. De chica solo me quedan de la S.
-Da igual -devolví la camiseta al montón-. Gracias de todas formas.
-¡De nada! -me volvió a sonreír. Se dio la vuelta para atender a una pareja que reclamaba su atención, pero se volvió de nuevo hacia mí-. ¡Eh! -y cuando me giré, añadió con una sonrisa-. Tu hermana es muy guapa, pero tú no eres el hermano feo ni de coña.
En ese momento las luces de la sala se apagaron y el grupo salió al escenario. Toda la sala se llenó de un rugido colectivo. Podría haber vuelto para hablar con la chica del puesto, pero con ese jaleo no hubiera servido de nada, así que me abrí paso a codazos y volví con mi madre y Jaime. Mi madre levantaba su cerveza y se llevó la mano libre a la boca para silbar.
-¿Qué? -mi madre me habló al oído mientras me daba un codazo-. ¿Ya has dejado de ligar con esa chica tan guapa? -le dio un trago a la cerveza, me guiñó un ojo y volvió su atención de nuevo al concierto.
No podía culpar a la chica del puesto por confundir a mi madre con mi hermana. Viéndola saltar como una loca en primera fila, vestida con sus vaqueros ajustados, su camiseta que no le cubría el ombligo, su cazadora corta de cuero, su pelo pelirrojo recogido en una coleta alta y su cara de niña, no parecía una mujer de poco más de 40 años. Ni de coña. No creo que nadie le pudiera echar más de treinta, porque siempre había aparentado mucha menos edad de la que tenía. No tenía pinta de ser la madre de nadie. Lo que sí podía parecer sin problemas era la hermana mayor de un idiota de 18 años. Y el idiota de 18 años, en este caso, era yo.
---------------------------------------------------------------------------------
-¿Qué? -preguntó Jaime- ¿La penúltima antes de irnos a casa?
Salíamos del concierto, roncos y exhaustos, pero emocionados. Llegamos al coche y mi madre abrió la puerta del conductor.
-De la penúltima, nada -dijo-. Yo mañana tengo que estar en el laboratorio a primera hora, y estoy molida. Además, creo que me acompañan dos apuestos jóvenes que mañana tienen clase. ¿No es así?
-Diana… -protestó Jaime-. No seas cortarrollos. Te prometo que vamos a un garito donde pongan música de tu época.
-Oye, chaval. Que el grupo que hemos visto ya eran viejos cuando empecé a escucharlos. A ver si te vas a pensar que vosotros habéis inventado la pólvora. Además, me has llamado vieja, así que ahora sí que te vas a casa sin remedio.
-Que no, que no quería decir eso… -Jaime se había puesto rojo-. Además mañana es viernes, y a primera hora…
-Jaime, a primera hora tenemos clase con la Teletubbie -le corté-. Y esa sabes que no pasa ni una.
-¿La Teletubbie?
-Sí -explicó Jaime a mi madre-, la llamamos así porque es una tía que tiene un culo y unas piernas así de gord….
-¿Un poco ofensivo, no os parece, chicos? -nos advirtió mi madre, pero se partía de risa.
-Vamos a dormir y mañana a clase, tío. Con la Teletubbie mejor no jugársela. Paso de que me baje la nota para la universidad por una gilipollez.
-Ese es mi chico -dijo mi madre, revolviéndome el pelo-. Pero el taco ha sobrado.
-Lo siento mamá.
-Pelota -masculló Jaime.
-Instinto de supervivencia -aclaré yo.
Después de dejar a Jaime en su casa, por fin llegamos a la nuestra. Entré en el baño para lavarme los dientes y hacer un pis, y cuando salí, mi madre estaba en la cocina.
Las botas, la cazadora y los pantalones descansaban en el suelo, arrugados. Mi madre estaba apoyada en la encimera, trasteando con algo.
Solo llevaba puesta la camiseta corta y un tanga de encaje, de color negro con remates de color vino tinto.
Tragué saliva. Mi madre y yo siempre habíamos tenido mucha confianza. Había veces que parecía más bien una amiga mayor que mi madre. Hacíamos muchas cosas juntos, hablábamos de cualquier tema. Teníamos muy buen rollo. Además, desde que era pequeño me había acostumbrado a verla en todo tipo de situaciones. En la ducha. En topless en la playa. Andando con poca ropa por casa en verano.
Pero de unos años a esta parte, la cosa había cambiado. Creo que mi madre no era consciente del efecto que causaba en mí. Ella seguía inclinada sobre la encimera, haciendo que su culazo coronado por el tanga se bamboleara ligeramente. Se giró un poco para coger algo y advertí que debajo de la camiseta se le marcaban los pezones. También se había quitado el sujetador.
Parado como un imbécil en la puerta, no podía dejar de admirar a mi madre.
Era un puto espectáculo. Era una puta maravilla.
Era una puta tortura.
-Ah, Max, cariño -se giró un poco al verme-. Estoy haciéndome un te antes de dormir. ¿Quieres uno?
-No, no, gracias -tartamudee, intentando que no se me notara que la estaba mirando como un psicópata-. Me voy a la cama. Buenas noches.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla, y ella me rozó el brazo con su pecho. Sentí un cosquilleo en el estómago. Ella me dio otro beso y me acarició la mejilla. Su pelo olía de maravilla.
Me encerré en mi habitación y me masturbé furiosamente.
Era de esas personas que, simplemente, son magnéticas. No solo porque fuera guapa a rabiar. O que su cuerpo menudo pero voluptuoso pudiera volver loco a cualquier hombre. O que su cabello pelirrojo y sus ojos verdes llamaran la atención allá donde iba. O que, para colmo, fuera inteligente y divertida. Incluso irónica si se terciaba. No era solo eso. Había algo más. Algo intangible. Un atractivo imposible de explicar con palabras, que sin duda provocaría que cualquier hombre heterosexual cayera irremisiblemente hechizado al instante.
Como digo, una diosa.
Solo había un problema: Diana era mi madre.
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Mi amigo Jaime no quitaba ojo a mi madre, que se abría paso entre la gente que abarrotaba la sala de conciertos, intentando que las tres cervezas que llevaba en sus manos llegaran intactas hasta nosotros. El puto Jaime la miraba embobado, con una sonrisilla bobalicona que concluía en una boca abierta hasta el pecho.
-Joder, tío -le di un codazo-. Córtate un poco, ¿no? Que es mi madre.
-Ya, tío, perdona -contestó. Reaccionó y me miró un segundo, pero le duró solo eso, un segundo. Inmediatamente volvió a mirar a mi madre-. Joder, es que tu madre está muy buena.
-Vete a la mierda. ¿Te digo yo algo de la tuya?
-Claro que no, porque la mía no está buena como la tuya. Si lo estuviera, lo podrías decir, pero como lo está, pues no.
Así es Jaime, todo lógica y sutileza.
-Tío -volvió a la carga-, de verdad te tengo envidia -me agarró por el hombro-. Has tenido la suerte de chupar esas tetas.
-Bueno, si la cuestión es chupar algo, puedes chuparme la polla.
-Gracias, hombre, es un detalle -contestó Jaime, riéndose.
-Por un amigo, lo que sea.
-Una cerveza para ti, y otra para ti -dijo mi madre cuando por fin consiguió llegar a nuestra altura-. Aunque por lo que me han cobrado igual me han puesto sangre de unicornio.
-Muchas gracias, Diana -Jaime agarró su cerveza por el cuello-. A la próxima invito yo.
-Deja, que no quiero que tengas que pedir un crédito antes de los veinte -se rió y luego se giró hacia mí-. ¿De qué hablabais, cariño?
-Que te lo cuente Jaime -contesté. Jaime se atragantó con la cerveza-. Yo voy a aprovechar para ir un momento al baño antes de que empiece el concierto.
Dejé a mi madre preguntando a Jaime, y a Jaime sudando mientras buscaba algo que contestarla. Me abrí paso entre la gente hasta llegar al baño. Cuando salí, me detuve a echar un vistazo al puesto de merchandising. Entre las camisetas con la portada del último disco del grupo que tocaba aquella noche, había un modelo de chica bastante chulo que me llamó la atención. Pensé que podía tirarme un poco el rollo y y regalarle una a mi madre. Ella y yo coincidíamos bastante en gustos musicales, y no era raro que fuéramos juntos a conciertos o festivales. Pero en aquella ocasión había permitido que Jaime nos acompañara, y pensé que igual debía agradecérselo con un detalle. Agarré una de las camisetas para verla más de cerca. La chica que atendía el puesto se acercó.
-Un poco pequeña para ti, ¿no? -me dijo, sonriendo.
-¿Qué? Ah, no, no es para mí. Es para…
-Ya, te tomaba el pelo -contestó la chica, riendo abiertamente-. Es para la chica tan guapa que va contigo, ¿verdad?
Me giré y comprobé que desde donde estaba se veía a mi madre bromear con Jaime. Me volví de nuevo hacia la chica.
-¿Tu hermana mayor? -preguntó.
-No… es mi… ¿Cómo sabes que somos familia?
-Bueno, tenéis cierto parecido -la chica volvió a sonreír-. Tienes una hermana muy guapa, ¿sabes?
-Sí, ya lo sé. A su lado, soy el feo de la familia. Cuando era pequeño me encerraban en una mazmorra y me daban de comer a través de una trampilla para no tener que verme.
-¡Exagerado! -la chica se rio con más ganas. Luego añadió-. Bueno, si quieres una camiseta para tu hermana, esta talla no vale. Es una S, y ella necesita una M, fijo.
-¿Tú crees? -pregunté, estirando la camiseta para verla mejor-. A mí me parece que le podría valer.
-Mira -dijo la chica-. Yo llevo una S, y tu hermana tiene más -se llevó las manos delante de los pechos y los apartó de su cuerpo, haciendo el gesto de más volumen. Entonces se sonrojó ligeramente. Y yo más, porque me había pillado mirándole las tetas. La verdad es que la chica era muy guapa. Morena, con el pelo cortado a media melena, enmarcando una cara muy dulce. Sus ojos, azules y alegres, encima de una naricilla respingona, sonreían a la vez que sus labios. Definitivamente aquella chica sonreía con los ojos.
-Lamentablemente no me quedan de la M -dijo con un suspiro, volviendo a adoptar una actitud profesional-. De chica solo me quedan de la S.
-Da igual -devolví la camiseta al montón-. Gracias de todas formas.
-¡De nada! -me volvió a sonreír. Se dio la vuelta para atender a una pareja que reclamaba su atención, pero se volvió de nuevo hacia mí-. ¡Eh! -y cuando me giré, añadió con una sonrisa-. Tu hermana es muy guapa, pero tú no eres el hermano feo ni de coña.
En ese momento las luces de la sala se apagaron y el grupo salió al escenario. Toda la sala se llenó de un rugido colectivo. Podría haber vuelto para hablar con la chica del puesto, pero con ese jaleo no hubiera servido de nada, así que me abrí paso a codazos y volví con mi madre y Jaime. Mi madre levantaba su cerveza y se llevó la mano libre a la boca para silbar.
-¿Qué? -mi madre me habló al oído mientras me daba un codazo-. ¿Ya has dejado de ligar con esa chica tan guapa? -le dio un trago a la cerveza, me guiñó un ojo y volvió su atención de nuevo al concierto.
No podía culpar a la chica del puesto por confundir a mi madre con mi hermana. Viéndola saltar como una loca en primera fila, vestida con sus vaqueros ajustados, su camiseta que no le cubría el ombligo, su cazadora corta de cuero, su pelo pelirrojo recogido en una coleta alta y su cara de niña, no parecía una mujer de poco más de 40 años. Ni de coña. No creo que nadie le pudiera echar más de treinta, porque siempre había aparentado mucha menos edad de la que tenía. No tenía pinta de ser la madre de nadie. Lo que sí podía parecer sin problemas era la hermana mayor de un idiota de 18 años. Y el idiota de 18 años, en este caso, era yo.
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-¿Qué? -preguntó Jaime- ¿La penúltima antes de irnos a casa?
Salíamos del concierto, roncos y exhaustos, pero emocionados. Llegamos al coche y mi madre abrió la puerta del conductor.
-De la penúltima, nada -dijo-. Yo mañana tengo que estar en el laboratorio a primera hora, y estoy molida. Además, creo que me acompañan dos apuestos jóvenes que mañana tienen clase. ¿No es así?
-Diana… -protestó Jaime-. No seas cortarrollos. Te prometo que vamos a un garito donde pongan música de tu época.
-Oye, chaval. Que el grupo que hemos visto ya eran viejos cuando empecé a escucharlos. A ver si te vas a pensar que vosotros habéis inventado la pólvora. Además, me has llamado vieja, así que ahora sí que te vas a casa sin remedio.
-Que no, que no quería decir eso… -Jaime se había puesto rojo-. Además mañana es viernes, y a primera hora…
-Jaime, a primera hora tenemos clase con la Teletubbie -le corté-. Y esa sabes que no pasa ni una.
-¿La Teletubbie?
-Sí -explicó Jaime a mi madre-, la llamamos así porque es una tía que tiene un culo y unas piernas así de gord….
-¿Un poco ofensivo, no os parece, chicos? -nos advirtió mi madre, pero se partía de risa.
-Vamos a dormir y mañana a clase, tío. Con la Teletubbie mejor no jugársela. Paso de que me baje la nota para la universidad por una gilipollez.
-Ese es mi chico -dijo mi madre, revolviéndome el pelo-. Pero el taco ha sobrado.
-Lo siento mamá.
-Pelota -masculló Jaime.
-Instinto de supervivencia -aclaré yo.
Después de dejar a Jaime en su casa, por fin llegamos a la nuestra. Entré en el baño para lavarme los dientes y hacer un pis, y cuando salí, mi madre estaba en la cocina.
Las botas, la cazadora y los pantalones descansaban en el suelo, arrugados. Mi madre estaba apoyada en la encimera, trasteando con algo.
Solo llevaba puesta la camiseta corta y un tanga de encaje, de color negro con remates de color vino tinto.
Tragué saliva. Mi madre y yo siempre habíamos tenido mucha confianza. Había veces que parecía más bien una amiga mayor que mi madre. Hacíamos muchas cosas juntos, hablábamos de cualquier tema. Teníamos muy buen rollo. Además, desde que era pequeño me había acostumbrado a verla en todo tipo de situaciones. En la ducha. En topless en la playa. Andando con poca ropa por casa en verano.
Pero de unos años a esta parte, la cosa había cambiado. Creo que mi madre no era consciente del efecto que causaba en mí. Ella seguía inclinada sobre la encimera, haciendo que su culazo coronado por el tanga se bamboleara ligeramente. Se giró un poco para coger algo y advertí que debajo de la camiseta se le marcaban los pezones. También se había quitado el sujetador.
Parado como un imbécil en la puerta, no podía dejar de admirar a mi madre.
Era un puto espectáculo. Era una puta maravilla.
Era una puta tortura.
-Ah, Max, cariño -se giró un poco al verme-. Estoy haciéndome un te antes de dormir. ¿Quieres uno?
-No, no, gracias -tartamudee, intentando que no se me notara que la estaba mirando como un psicópata-. Me voy a la cama. Buenas noches.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla, y ella me rozó el brazo con su pecho. Sentí un cosquilleo en el estómago. Ella me dio otro beso y me acarició la mejilla. Su pelo olía de maravilla.
Me encerré en mi habitación y me masturbé furiosamente.
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