Pero no era eso lo que buscaban. Buscaban algo más crudo, más anónimo.
Fue entonces cuando vieron la puerta. Era pequeña, de madera oscura, y no tenía ninguna manija. Solo una pequeña placa de metal que decía: "El Silencio". Un hombre enorme, que parecía más una puerta que una persona, la custodiaba. No dijo nada cuando se acercaron, simplemente los miró y asintió, abriendo la puerta para que pasaran.
El silencio los golpeó. Era absoluto. La sala era pequeña, casi oscura, con solo unas velas en las paredes que proyectaban sombras danzantes. En el centro, sobre una plataforma elevada de madera negra, había una mujer. Estaba arrodillada, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. No se movía. No hacía ningún sonido. Esperaba.
Alrededor de la plataforma, sentados en sillas bajas, había una docena de figuras, todas ellas silenciosas, observando. Eran espectadores en un rito sagrado y profano.
Robert y Vanessa se unieron a ellos, tomando dos sillas vacías. Miraron a la mujer en la plataforma. Era joven, con un cuerpo delgado y pálido. Una figura, alta y vestida completamente de negro, se acercó a ella. No podía ver si era hombre o mujer. La figura le acarició el pelo, y luego, con una lentitud hipnótica, le quitó la venda de los ojos.
La mujer parpadeó, ajustándose a la luz de las velas. Sus ojos eran de un azul increíble. La figura le hizo una seña, y la mujer se giró, poniéndose a cuatro patas. Su coño y su culo estaban completamente expuestos a la audiencia silenciosa.
La figura tomó un objeto de una mesa pequeña. Era un consolador de cristal, largo y liso. Se lo pasó por el coño de la mujer, que ya brillaba de humedad, y luego, con una precisión quirúrgica, se lo introdujo lentamente por el culo.
La mujer gimió, un sonido tan débil que casi era inaudible. La figura empezó a mover el consolador, muy lentamente, aumentando el ritmo de forma gradual. El único sonido en la sala era el jadeo de la mujer y el crujido del cristal dentro de ella.
Robert sintió la mano de Vanessa en su muslo. Sus dedos se deslizaron hacia su polla, que ya estaba dura de nuevo, y empezó a masturbarlo lentamente, con la misma lentitud con la que la figura movía el consolador.
Miró a Vanessa. Sus ojos estaban fijos en la plataforma, su boca ligeramente abierta, su respiración agitada. Estaba completamente hipnotizada por la escena.
La figura aceleró el ritmo, y los gemidos de la mujer se hicieron más fuertes. El orgasmo la golpeó con una violencia que la hizo temblar de arriba abajo, un grito de placer puro que rompió el silencio sagrado de la sala.
En ese preciso instante, Robert se corrió en la mano de Vanessa, un orgasmo silencioso y explosivo que lo dejó temblando.
La figura retiró el consolador, lo dejó en la mesa y se inclinó para susurrar algo al oído de la mujer. Luego, la desató, la ayudó a levantarse y la cubrió con una capa de seda negra. La llevó fuera de la sala, como si acabaran de completar una ceremonia.
La audiencia empezó a levantarse, saliendo en silencio, sin una palabra.
Robert y Vanessa se quedaron allí, solos en la sala ahora vacía.
—No sé qué era eso —dijo Robert, su voz ronca—. Pero... fue lo más erótico que he visto en mi vida.
—Fue arte —dijo Vanessa, limpiándose la mano con un pañuelo—. Fue el sexo convertido en arte. Y quiero ser la artista la próxima vez.
Salieron de "El Silencio" como si despertaran de un trance. El ruido y el olor del club principal les golpearon de nuevo, pero esta vez les parecieron vulgares, ordinarios. Habían visto algo más íntimo, más poderoso.
En el coche de vuelta a casa, el silencio era diferente. No era de anticipación, sino de digestión. Estaban procesando lo que habían visto, lo que habían sentido.
—¿De verdad lo harías? —preguntó Robert, rompiendo el silencio—. ¿Ser tú la que está en la plataforma?
Vanessa lo miró, y por un momento, Robert vio una pizca de la mujer que conocía, una pizca de duda. Pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazada por la determinación.
—Sí —dijo, su voz firme—. Pero no como ella. Ella era pasiva. Estaba esperando. Yo no quiero esperar. Quiero controlar.
—¿Controlar? ¿A qué te refieres?
—A todo —dijo ella, y su voz tenía una nueva nota, una nota de poder que a Robert le resultó a la vez excitante y aterradora—. Quiero elegir a los espectadores. Quiero elegir al que me toque. Quiero que tú estés allí, en la primera fila, viéndolo todo. Pero no quiero ser la obra de arte. Quiero ser la artista. Y el lienzo. Y el pincel.
Llegaron a casa y se fueron a la cama, no para follar, sino para hablar. Por primera vez, su nueva vida se sentía como un proyecto, algo que podían diseñar juntos.
—Entonces, ¿cómo sería? —preguntó Robert, acariciándole el pelo—. ¿Tu versión de "El Silencio"?
—No en un club —dijo Vanessa—. Es su espacio. Quiero el nuestro. Quiero organizarlo. Una fiesta. Una fiesta pequeña, selectiva. Solo gente que elijamos. Gente anónima, pero elegante. Gente que entienda las reglas.
—¿Y cuáles son las reglas?
—La regla es que no hay reglas —dijo ella, y sus ojos brillaban en la oscuridad—. Excepto una: lo que yo diga. Seré la anfitriona. Y la directora. Y la protagonista.
La idea creció en los días siguientes. Ya no era una fantasía, era un plan. Vanessa creó un perfil privado en una web exclusiva, filtrando a los posibles invitados con una crueldad que Robert admiraba. No quería pervertidos torpes ni novatos asustados. Quería expertos, gente que viera el sexo como una forma de arte, como ellos.
CONTINUARA.....
La noche de la fiesta, la casa estaba transformada. Las luces eran tenues, la música era un jazz instrumental y suave, y en el salón, en lugar de sofás, había colchones y cojines de terciopelo negro. En el centro, sobre una pequeña plataforma elevada, había una única silla de cuero negro.
Los invitados empezaron a llegar. Eran exactamente como Vanessa los había imaginado. Parejas bien vestidas, hombres solitarios con una mirada intensa, mujeres con una confianza que desprendía poder. Se mezclaron, bebieron champagne y esperaron.
Robert, vestido con un traje oscuro, se quedó en un rincón, observando. Era el marido, el cómplice, pero esa noche, su único papel era el de espectador.
Vanessa apareció en la parte superior de la escalera. Lleva un body de encaje negro y unos tacones altísimos. No sonreía. Su rostro era una máscara de poder.
Bajó las escaleras y Vanessa se sentó en la silla de cuero, su cuerpo erguido y dominante. La habitación quedó en silencio, expectante.
—Bienvenidos —dijo, su voz clara y firme—. Gracias por venir a mi casa. Esta noche, no hay nombres. No hay historias. Solo hay cuerpos. Y deseos. Y una sola regla: lo que yo diga.
Su mirada recorrió la sala, deteniéndose en un hombre corpulento que estaba cerca de la plataforma.
—Tú —ordenó—. Ven aquí y desnúdame.
El hombre obedeció, sus dedos torpes desabrochando el body de encaje. Sus pechos quedaron al aire, los pezones ya duros por la excitación y el aire frío de la habitación.
—Ahora —dijo Vanessa, señalando a una mujer pelirroja—. Tú. Ven aquí. Y tú —señaló a otro hombre más joven—. Arrodíllate frente a mí.
Mientras la mujer se acercaba, Vanessa se levantó de la silla y se tumbó en el suelo de terciopelo, abriendo las piernas.
—Tú —dijo a la mujer—, siéntate en mi cara. Quiero lamer tu coño hasta que te corras en mi boca. Y tú —le dijo al hombre arrodillado—, mete tu polla en mi coño. Fóllame. Ahora.
La mujer pelirroja se arrodilló sobre su cara, bajando su coño ya húmedo hacia la boca de Vanessa. Al mismo tiempo, el hombre se deslizó dentro de ella con un gemido. La escena era perfecta, simétrica y brutal. Robert, desde su rincón, se masturbaba lentamente, viendo cómo su esposa era usada por dos desconocidos a la vez, su boca llena de coño y su coño lleno de polla.
Vanessa lamió y chupó con una ferocidad animal, mientras el hombre la follaba con un ritmo cada vez más rápido. La mujer pelirroja fue la primera en correrse, gritando y temblando sobre la cara de Vanessa, que se bebió todo su néctar.
—Siguiente —dijo Vanessa, empujando a la mujer a un lado.
El hombre que la follaba se retiró, y otro ocupó su lugar inmediatamente. Este era más grande, más grueso, y al metérsela, Vanessa gritó de placer.
—Tú —le dijo al primer hombre, que estaba con la polla dura y brillando con los jugos de Vanessa—. Ven aquí y métetela en mi boca.
El hombre obedeció, y esta vez, la escena era la que Vanessa quería. Una polla en su coño, otra en su boca, y su cuerpo siendo el centro de aquel universo de deseo. Robert no pudo aguantar más y se corrió con un rugido ahogado, manchándose los pantalones.
La escena continuó, con hombres y mujeres turnándose para usarla, para follarla, para ser follados por ella, para correrse en su boca, en su coño, en sus pechos. Era una orgía caótica y brutal, pero todo estaba controlado por los gemidos y las órdenes de Vanessa.
Cuando el último hombre se corrió dentro de ella, Vanessa se quedó allí, en el suelo, jadeante, cubierta de sudor, de semen y de los fluidos de otros. Se levantó lentamente, como una diosa tras una batalla, y miró a Robert.
—Ahora tú —dijo, su voz ronca—. Ven aquí y fóllame. Fóllame delante de todos. Y córrete dentro de mí.
Robert obedeció. Se acercó, la tumbó y se la metió de un golpe, follándola con una rabia y una pasión que no sabía que poseía. La folló en el suelo, frente a todos los invitados, que ahora los miraban con una admiración silenciosa. Se corrió dentro de ella con un rugido, vaciándose en su interior, marcándola como suya delante de todos.
Cuando se retiró, Vanessa se levantó, se acercó a la plataforma y se sentó de nuevo en la silla, su cuerpo brillando y su coño goteando el semen de su marido.
—La fiesta ha terminado —dijo, su voz de nuevo firme y controlada—. Gracias por vuestra visita. Podéis iros.
Los invitados se fueron, uno a uno, en silencio, dejándolos solos en el salón, ahora oliendo a sexo y a poder.
Robert se acercó a ella, la tomó en sus brazos y la besó, un beso profundo y lleno de un amor que había mutado en algo mucho más complejo y salvaje.
—Eres increíble —dijo él, sin saber qué más decir.
—No —dijo ella, con una sonrisa de triunfo—. Soy libre.
Los días siguientes a la fiesta, la casa olió a victoria y a semen seco. Era un olor que a Robert ya le resultaba familiar, casi reconfortante. Pero a Vanessa no le bastaba. La victoria, como el sexo, se desvanece. Hay que buscar una nueva, más fuerte, más oscura.
Una tarde, mientras Robert trabajaba en su estudio, Vanessa entró con la Tablet. No sonreía. Tenía el rostro concentrado, como un cazador que ha rastreado a su presa hasta la madriguera.
—He encontrado algo —dijo, dejando la Tablet sobre su mesa.
En la pantalla había un vídeo. La calidad era impecable, cinematográfica. No mostraba caras, solo cuerpos. Una mujer, atada de pies y manos sobre una mesa de madera oscura, mientras un hombre la azotaba con una fusta. No era el BDSM de película, con cueros y cadenas. Era crudo. El hombre llevaba una camisa de lino normal, como si acabara de llegar de una oficina. La mujer gemía, no de dolor, sino de un placer puro y abrumador. El vídeo terminaba con el hombre corriendo sobre su espalda y la cámara acercándose a su semen goteando sobre la piel roja y marcada.
CONTINUARA........