El Amor Entre Un Hijo y Su Madre

heranlu

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Hola, mi nombre es Tulio, tengo 23 años y me considero un tipo que se defiende bastante bien. Además de irme bastante bien con las mujeres, la verdad es que no me hace falta salir a ligar, ya que estoy bien atendido, pues mi madre satisface mi gran apetito sexual. Estoy tan satisfecho que en muy pocas ocasiones he ido a buscar sexo por ahí y cuando lo he tenido que hacer, siempre he buscado mujeres que me recordaran a mi madre. Me gusta follar con mujeres rellenitas, y en ese aspecto mi mamá, cumple todas mis expectativas. Si no habéis follado nunca con una gordita, os habéis perdido uno de los mayores placeres de la vida y cuando probéis una, querrán repetir la ocasión, se lo aseguro.

Todo esto empezó hace unos meses, cuando me mudé de la casa de mis padres a mi propio apartamento. Mi madre estaba triste porque su único hijo abandonaba el nido y se resistía a ello. La tenía metida todo el día en mi propia casa. Me traía comida, venía a lavarme la ropa, a ayudarme a limpiar y lo que hiciera falta. Yo me había marchado de casa para tener independencia e intimidad y no lo estaba consiguiendo, así que un domingo por la mañana en que mi madre se presentó con unos tappers de comida, decidí que ya era hora de hablar con ella y dejar las cosas claras.

  • Mira mamá, esto no puede seguir así, yo necesito intimidad, no digo que vengas a visitarme de vez en cuando, pero es que creo que te estás pasando.
  • Ya lo sé hijo, tu padre también me lo dice, pero es que te echo de menos. Tú sabes lo mucho que te quiero y se me hace muy duro no tenerte en casa.
  • Yo también te quiero mamá, pero debes dejar que viva mi vida. Imagínate que quiero traer una chica a casa y tú te presentas aquí en mitad de la faena, no sería muy agradable.
  • Así que lo que te molesta es que pueda pillarte tirándote a alguna zorra.
Su tono se había puesto demasiado áspero. No lo entendía mi madre y yo siempre habíamos tenido mucha confianza para tratar los temas de sexo. Le había contado mis primeras experiencias y ella había resuelto todas mis dudas.

  • ¿Qué te ocurre mamá? Parece que te has enfadado.
  • Perdona pero creo que estoy un poco celosa, hasta ahora yo era la mujer más importante de tu vida y ahora seguro que conocerás a otras que te darán lo que te ha faltado conmigo.
  • No se de que me hablas, tú me has dado siempre todo lo que he necesitado. Eres una madre totalmente amorosa y por eso te aprecio mucho.
  • Sí cariño, pero ahora has crecido, te has hecho un hombre y tienes otras necesidades, necesitas sexo de verdad y de forma regular.
Aquella conversación estaba tomando un camino muy extraño y yo no me imaginaba cómo iba a terminar. Quizás si hubiera continuado por otro lado no hubiera pasado lo que sucedió, y la verdad es que no me disgustó lo que se venía.

  • Por supuesto que necesito sexo, pero no se que tienes que ver tú en eso, ¿Acaso quieres dármelo tú tambien?
Dije aquello sin ninguna mala intención, de verdad que hasta entonces no había pensado en mi madre como mujer. Creo que inconscientemente siempre me atrajeron las mujeres gorditas; por eso buscaba a alguien como ella sin haberme dado cuenta. En ese instante, su respuesta me dejó alucinado:

  • Si me lo pidieras… sabes que nunca he podido negarte nada mi amor.
  • Mamá, qué dices. Serías capaz de tener sexo conmigo, con tu propio hijo, me parece alocado.
  • No te consiento que digas que sea una locura, sería el acto de amor más sublime. No hay nada más precioso que el amor entre un hijo y su madre; por eso, entregarme a ti sería la demostración más grande de amor. Ahora puedo entender que no seas capaz, que no me ames lo suficiente o que yo te repugne sexualmente.
No sabía qué decirle. Mi cerebro intentaba aceptar toda aquella información y ordenarla, estaba paralizado. Entonces empecé a recapacitar. Intenté ver a mi madre como una mujer.

Era de estatura baja, midiendo aproximadamente 1,65 metros. Su rostro redondo destacaba por unos ojos grandes y brillantes de color miel. Una nariz ligeramente abultada aportaba personalidad a sus rasgos, mientras que un lunar, situado justo sobre su apetecible boca de labios carnosos y rojos como la sangre, la convertía en una mujer muy atractiva. Su cabello rubio y ondulado caía con suavidad sobre sus hombros.

Tenía un escote precioso. Unos pechos de buen tamaño aunque no demasiado grandes, se juntaban formando un canalillo extremadamente sensual y aunque nunca los había visto desnudos, dejaban intuir unos pezones grandes, muy de mujer. La cintura estaba dominada por rollitos, se le formaban unos pliegues en la ropa que solían atrapar sus carnes y resaltaban aún más sus anchas caderas de movimientos provocativos. Sus muslos eran anchos y duros, sin asomo de celulitis a pesar de su gordura y formaban unas nalgas grandes y espectaculares, un culazo maravilloso. Sus piernas acababan en unas fuertes y anchas pantorrillas y en unos pies pequeños de dedos perfectos.

El conjunto me pareció de una mujer absolutamente deseable, realmente mi madre era una mujer capaz de ponerme a cien y además la quería con locura. Pero seguía sin atreverme a lanzarme. De repente su voz me sacó del hechizo:

  • Lo siento, creo que no debería haberte dicho eso, lo mejor será que me vaya.
Mis neuronas se activaron de repente, no podía dejar que se marchara, tenía que decirle lo que sentía, necesitaba urgentemente abrazarla y besarla.

  • Espera mamá, no te marches. Es solo que no esperaba que me dijeras eso y me has desconcertado. Me pareces una mujer increíblemente guapa y deseable, además tú sabes que te quiero con locura y voy a demostrartelo.
Avancé hacia ella y tiernamente cogí su dulce cara entre mis manos. La acaricié y pasando mi mano entre su pelo la agarré de la nuca y la atraje hacia mi boca. Besé sus labios y empujé mi lengua dentro de su boca. Puedo recordar la sensación de su cálida saliva en mi boca, su áspera lengua recorriendo la mía, mientras sus manos recorrían mi pecho de arriba abajo. Separamos nuestras bocas y nos quedamos mirando a los ojos, con nuestras caras prácticamente pegadas.

  • Te amo mamá. Deseo entregarme a ti.
  • Yo también te amo hijo mío. Desde el momento en que te tuve en mi pecho nada más nacer creo que me enamoré de ti. Siempre has tenido mi corazón, ahora quiero entregarte también mi cuerpo. Por favor hijo mío, poseeme, hazme tuya. Hazme sentir como una hembra entre tus brazos.
  • Madre, quiero hacer el amor contigo ahora mismo, te deseo con todas mis fuerzas.
Mi miembro estaba ya duro como una piedra. Me puse tras ella y mientras le acariciaba los pechos, le besaba el cuello y la iba empujando poco a poco hacia mi habitación. Oía sus gemidos mientras ella iba desabotonándose el vestido y lo dejaba caer al suelo.

Llegamos a mi cuarto y encendí la luz, quería disfrutar de aquel momento con total claridad, no quería perderme ni un detalle de aquel magnífico cuerpo. Realmente su cuerpo era grande. Su piel era completamente blanca y podía contemplarla en todo su esplendor, además de vestir un sujetador y unas enormes bragas negras a juego. Tiró su cabeza hacia atrás y llevando sus manos a la espalda soltó el sujetador. Sus pechos cayeron vencidos por el peso, eran más pequeños de lo que me había imaginado pero eran absolutamente preciosos. Dos masas de carne dura y como siempre había pensado dos grandes areolas oscuras como el café y con unos pezones redondos como bolas.

Inclinándose hacia delante comenzó a bajarse las bragas. Los pliegues de su cintura se hicieron más visibles. Lo que ví a continuación me dejó estupefacto. Mi madre tenía su coño totalmente afeitado y eso me hizo pensar que ya estaba preparada, además su coño resaltaba aún un rosa pálido. El espectáculo era sobrecogedor. Notaba como mi polla empezaba a soltar las primeras gotitas.

  • Te gusta lo que ves cariño. Espero te agrade…
  • Mamá estás buenísima, me pones terriblemente caliente, no me hagas sufrir más, ven a la cama.
Avanzó hacia mí, yo estaba sentado en la cama con la espalda recostada en el cabezal. Subió a la cama y se sentó sobre mí. Su peso me pareció glorioso, nos acomodamos en una posición en que los dos estuviéramos más a gusto. Estábamos el uno frente al otro desnudos. Nuestras manos recorrían frenéticamente nuestros cuerpos y nuestras lenguas se unían en un interminable beso.

  • Te hace daño que tu mamá gordita esté encima, hijo.
  • No, me da mucho gusto tenerte así.
Mi gorda mi polla totalmente erecta, daba golpes contra su barriga. Me escurrí un poco hacia abajo, hasta que apunté mi capullo contra la entrada de su húmedo coño, y mirándola a los ojos, la embestí con fuerza. Mi polla entró con fuerza hasta el fondo. Mamá cerró los ojos y mordiéndose los labios dejó escapar un gritito, mezcla de dolor y placer.

Mi pelvis se movía suavemente mientras mi madre se balanceaba clavándose en mi verga. Sus jadeos se hicieron más profundos, el sudor afloraba por sus poros. Mamá cruzó sus manos por detrás de la nuca, sus pechos se humedecian por el sudor, volví a chuparlos con frenesí. Su cuerpo olía a sudor y jugos vaginales. Nos estábamos volviendo locos de placer y mamá cambió sus jadeos por palabras:

  • Así, mi amor con dulzura, me gusta que me hagas el amor, así hijo mío, me haces sentir tan bien… ahhh… me quemas el coño, que gusto me dás hijo mío.
  • Me encanta este culo tuyo mamá, no creo cansarme de esto jamás.
Poco a poco la calentura fue pudiendo con ella y la lujuria fue superando al amor, mamá se convirtió en una guarrilla.

  • Ahhh… no puedo más, me vas a romper el coño, me siento como una perra caliente. Vamos nene, dale leche a tu mamá. Anda mi macho, córrete dentro de tu puta, de tu esclava, haz temblar las carnes de esta gorda mujer.
  • Si eres mia, tus tetas… tu húmedo coño… todo de ti me pertenece ahora para satisfacer mi apetito sexual.
Me excitaba más que mi madre me dijera todas esas guarradas y mis huevos totalmente llenos necesitaban desahogarse.

  • Mamá, me pones muy cachondo cuando dices esas cosas. Me encanta que quieras ser mi puta, tienes un coño tan caliente… eres un pedazo de hembra. Voy a correrme para mi perra, mi gorda. Voy a llenar el coño de mi caliente madre.
  • Sí hijo, soy tu perra, córrete en mis entrañas, lléname con tu semen.
La corrida fue tan intensa que lancé un grito de placer, notaba como no paraba de salir leche de mi polla. El coño de mamá estaba rebosando. Realmente la había llenado.

Cuando mi madre notó mi primera convulsión también gritó, sus uñas se clavaron en mi espalda y mordió con fuerza mi hombro para intentar sofocar su chillido de placer. Me dolía, pero el gusto era tan intenso, notando el enorme cuerpo de mi madre abrazado al mío, sintiendo como ella se convulsionaba por su orgasmo, como yo su hijo la estaba haciendo correrse de gusto, que el dolor se convirtió en una sensación alucinante.

Quedamos exhaustos, abrazados en la cama mientras nuestros corazones recuperaban su ritmo normal, nos acariciamos con ternura sin decir nada, tan solo besándonos intermitentemente y acariciando nuestros cuerpos desnudos, gozando del momento y reflexionando.

No tenía ni por asomo el menor rastro de culpabilidad, es más en ese momento me dí cuenta de que me había enamorado de mi madre. Antes la quería pero ahora, sentía amor por ella, la deseaba, la necesitaba. La quería solo para mí.

  • Mamá, ha sido maravilloso, hasta este momento no era consciente de cuánto te quiero realmente. Te necesito, quiero que solo seas mía, gozarte de mil maneras distintas.
  • Soy tuya mi niño. Este cuerpo solo te pertenece a ti. Después de gozar como hoy no voy a dejar que nadie disfrute de él, ni siquiera tu padre volverá a tocarme, si tú me lo pides. Solo quiero hacer el amor contigo, follar contigo, que me poseas solo tú. Quiero ser tu madre y tu mujer a la vez. Complacer todos tus deseos. Seré la más recatada de las mujeres y la más guarra de las putas para ti.
  • No quiero que papá vuelva a tocarte, a partir de ahora sólo yo seré tu amante, sólo yo disfrutaré de tu cuerpo. Te daré todo lo que me pidas y te daré todo el placer que ese enorme y caliente cuerpazo necesita. A partir de ahora, eres mi mujer y yo soy tu hombre, mamá.
Aquella tarde gozamos de nuestros cuerpos varias veces. Mi madre siguió viniendo regularmente a mi casa, y algunos fines de semana se quedaba a dormir. Seguimos gozando de nuestros cuerpos de esta manera durante un tiempo, hasta que mi madre un dia le dijo a mi padre que no quería volver a hacer el amor con él, que había perdido interés por el sexo, que ella entenderia si él se buscaba otras mujeres y que a partir de entonces dormirían en habitaciones separadas.
 
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