Dorita, la Hermana menor de Diego es Mamadora

heranlu

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Dorita, la hermana menor de Diego, siempre había sido el secreto mejor guardado del barrio. Con un cuerpo que parecía tallado para el pecado —tetas firmes y pesadas, cintura estrecha, culo redondo y alto, y unas piernas largas que terminaban en una concha depilada y siempre húmeda—, ella sabía exactamente por qué los pibes del vecindario la llamaban «la mamadora». No era un apodo cualquiera. Era una verdad que se susurraba en las esquinas, en las canchas y en las reuniones de los sábados a la noche. Dorita mamaba como nadie. Y esa tarde de playa, con el sol quemando la arena y el mar tibio lamiendo la orilla, decidió que era el momento de demostrarlo en vivo y en directo a su hermano Diego y a su mejor amigo, Patricio.

Habían llegado temprano a la playa de La Costa, los tres solos. Diego, musculoso de tanto gimnasio y con esa pija gruesa que siempre marcaba bajo el short de baño. Patricio, alto, morocho, con una verga larga y venosa que ya había hecho suspirar a media cuadra. Y Dorita, en un bikini rojo diminuto que apenas cubría sus pezones y dejaba al descubierto la mitad de su culo. El calor era insoportable, pero no era solo el sol lo que los tenía sudados.

Desde el momento en que se tiraron sobre las toallas, el manoseo empezó sin disimulo. Diego, acostado boca arriba, pasó la mano por la espalda de su hermana y bajó despacio hasta meter los dedos bajo la tela del bikini. Le apretó una nalga con fuerza, separándola un poco para que el dedo medio rozara la rajita de su concha.

—Che, Dorita… estás más mojada que el mar —murmuró Diego con la voz ronca, mirando de reojo a Patricio.

Ella se rio bajito, girándose hacia él y abriendo las piernas apenas lo suficiente para que la mano de su hermano se deslizara más profundo. Dos dedos entraron fáciles en su concha caliente y apretada.

—Ay, hermanito… no me toques así delante de tu amigo o voy a terminar pidiendo que me cojan acá mismo —dijo ella, mordiéndose el labio inferior.

Patricio, que estaba del otro lado, no se quedó atrás. Su mano derecha subió por el muslo de Dorita hasta llegar a la concha ya invadida por los dedos de Diego. Rozó el clítoris hinchado y lo pellizcó suavemente.

—Mirá vos… la famosita mamadora ya está chorreando —susurró Patricio, metiendo un dedo junto al de Diego. Los dos dedos se movían adentro de ella, estirándola, follándola lento mientras las olas seguían rompiendo a lo lejos.

Dorita soltó un gemido ahogado y apretó las tetas contra el pecho de su hermano. Le metió la mano dentro del short y sacó la pija de Diego, gruesa y dura como una barra de hierro. Empezó a pajearla despacio, con la palma bien abierta, sintiendo cómo latía.

—Mirá qué verga tenés, Diego… siempre tan dura para tu hermanita —dijo ella, bajando la voz—. Y vos, Patricio… sacala también. Quiero sentir las dos pijas en mis manos mientras me meten los dedos en la concha.

Patricio obedeció al instante. Su verga salió libre, larga y gorda, con la cabeza morada y brillante de precum. Dorita la agarró con la otra mano y empezó a pajearlas a las dos al mismo tiempo, arriba y abajo, apretando fuerte en la base y aflojando en la punta. Los dos pibes gemían bajito, mirando alrededor para asegurarse de que nadie los viera. La playa estaba casi vacía a esa hora de la siesta, pero el riesgo los ponía más calientes.

—Decime, Dorita… ¿por qué te dicen la mamadora en el barrio? —preguntó Diego mientras le metía tres dedos ahora, abriéndole la concha y frotando el punto G con el pulgar—. Contanos… contanos con lujo de detalles.

Ella sonrió con picardía, acelerando el movimiento de sus manos sobre las dos pijas.

—Porque me encanta mamar, hermanito. Me encanta tener una verga gruesa en la garganta, sentir cómo me llena la boca, cómo me ahoga… y seguir tragando hasta que me la metan hasta los huevos. Me encanta que me follen la cara, que me llenen de saliva y que me terminen adentro de la boca. Soy una puta mamadora nata.

Patricio gruñó y le pellizcó el clítoris más fuerte.

—Mostranos entonces. Acá no podemos, pero volvamos a casa y demostranos por qué te ganaste ese apodo.

El viaje de vuelta fue una tortura. En el auto, Dorita se sentó en el medio del asiento delantero. Durante todo el trayecto no dejó de pajearlos. Les bajó los shorts y se la chupó alternadamente a los dos, solo la cabeza, lamiendo el precum que les salía a chorros. Diego manejaba con una mano en el volante y la otra en la nuca de su hermana, empujándola un poco más profundo cada vez que ella tragaba su pija.

—Chupala bien, puta… así, como la mamadora que sos —gruñó Diego.

Llegaron a la casa que habían alquilado para esas vacaciones y apenas cerraron la puerta, Dorita se arrodilló en el ******, frente al sofá. Los dos pibes se pararon delante de ella, pijas duras y palpitantes apuntándole a la cara.

—Miren bien —dijo ella, sacándose el bikini de un tirón. Quedó completamente desnuda, con las tetas al aire, los pezones duros y la concha brillando de tanto jugo—. Les voy a mostrar por qué me dicen la mamadora.

Primero tomó la pija de su hermano. La miró a los ojos mientras abría la boca y se la metía entera de una sola vez. Hasta el fondo. La garganta se le abultó visiblemente. Diego soltó un gemido largo.

—Mierda… mirá cómo se la traga toda…

Dorita no tuvo arcadas. Se quedó ahí, nariz contra el pubis de su hermano, tragando alrededor de la pija, apretándola con la garganta. Las lágrimas le corrían por las mejillas pero no se apartaba. Sacó la verga despacio, babeada de saliva espesa, y la dejó colgando de su boca como un hilo brillante.

—Ves, hermanito… así es como la mama la puta de tu hermana.

Luego se giró hacia Patricio. Su verga era más larga, y Dorita la tomó con las dos manos, la besó en la punta y se la tragó también hasta el fondo. Esta vez movió la cabeza rápido, follándose la propia garganta con la pija del amigo de su hermano. Sonidos húmedos, gargantas, arcadas controladas y mucha saliva cayendo en chorros sobre sus tetas.

—Así… así es como me la comen en el barrio —dijo ella entre mamada y mamada, alternando entre las dos pijas—. Me ponen en el piso, me agarran de la cabeza y me cogen la boca como si fuera una concha más. Y yo me corro solo con eso.

Diego ya no aguantaba. La levantó del piso, la tiró sobre el sofá boca arriba con la cabeza colgando del borde y le metió la pija otra vez en la garganta. Desde arriba, empezó a follarle la cara con fuerza. Sus huevos le golpeaban la frente. Patricio, mientras tanto, se arrodilló entre las piernas de Dorita y le abrió la concha con los dedos.

—Está empapada… mirá cómo chorrea la puta.

Metió la verga de un solo empujón hasta el fondo de la concha. Dorita soltó un gemido ahogado alrededor de la pija de su hermano. Los dos la estaban cogiendo al mismo tiempo: Diego en la boca, Patricio en la concha. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación.

—Tomá, mamadora… tomá toda la verga de tu hermano —gruñó Diego, empujando profundo.

Patricio la cogía con ritmo fuerte, sacando la pija casi toda y volviéndola a clavar.

—Esta concha está hecha para que la rompan… apretá, Dorita, apretá la concha alrededor de mi verga.

Ella se corrió la primera vez así, con la pija de su hermano en la garganta y la de Patricio destrozándole la concha. El orgasmo le hizo temblar todo el cuerpo y un chorro de jugo le salió de adentro, mojando las bolas de Patricio.

No pararon. Le dieron vuelta. Ahora Dorita quedó a cuatro patas en el sofá. Diego se puso atrás y le metió la pija en la concha de una sola estocada. Patricio se paró adelante y le volvió a llenar la boca. Los dos la cogían como animales, sincronizados, entrando y saliendo al mismo ritmo.

—Mirá cómo traga… mirá cómo mama… es una máquina —decía Patricio, agarrándola del pelo.

Diego le daba nalgadas fuertes, dejando la marca roja de su mano en el culo blanco de su hermana.

—Esta es mi hermanita… la mejor mamadora del barrio. Y hoy nos la estamos cogiendo los dos.

La cambiaron de posición varias veces. La cogieron contra la pared, con Dorita subida a horcajadas sobre Patricio mientras Diego la penetraba por atrás en el culo. Le habían lubricado el orto con saliva y jugo de concha, y ahora la doble penetración era brutal. Dorita gritaba de placer, con la voz ronca de tanto tener pija en la garganta.

—Cogeme el culo, Diego… meteme toda la verga en el orto mientras Patricio me rompe la concha… así… soy la puta de los dos.

Se corrió por segunda vez, y esta vez Patricio no aguantó más. Sacó la pija de la concha y se la metió en la boca justo cuando empezaba a eyacular. Dorita tragó todo, sin perder una gota, mamando con fuerza para sacarle hasta la última gota de leche.

Diego la siguió casi al instante. La sacó de la concha y le apuntó a la cara. Chorros gruesos y calientes le pintaron las mejillas, los labios, las tetas. Dorita abrió la boca y sacó la lengua, recogiendo lo que podía.

Cuando terminaron, los tres estaban jadeando, sudados y satisfechos. Dorita, todavía arrodillada, se limpió la cara con los dedos y se los chupó, mirándolos a los ojos.

—¿Ahora entienden por qué me dicen la mamadora en el barrio? —preguntó con una sonrisa sucia y satisfecha—. Porque ninguna la mama como yo. Y porque me encanta que me usen la boca, la concha y el orto hasta dejarme llena de leche.

Diego le acarició el pelo, todavía respirando agitado.

—Sos una hija de puta, Dorita… pero sos nuestra hija de puta.

Patricio asintió, con la pija todavía semi dura goteando.

—Y la mejor mamada que nos dieron en la vida.

Ella se rio bajito, se puso de pie y los besó a los dos en la boca, compartiendo el sabor de sus propias pijas y de su concha.

—Cuando quieran… los espero de nuevo. La mamadora siempre está lista para demostrarlo.

La tarde había empezado en la playa con manoseos y diálogos calientes. Terminó en la casa con dos pijas agotadas, una concha y un orto bien cogidos, y una boca que había cumplido su fama con creces. Dorita, la hermana de Diego, la mamadora del barrio, había demostrado una vez más por qué nadie podía igualarla.

El olor a sexo llenaba la habitación, una mezcla espesa de sudor, saliva y jugos de concha que parecía impregnarse en cada rincón. Dorita, arrodillada en el suelo con las tetas brillantes de leche y la cara pintada de semen, sonreía como una gata que acaba de devorar un canario. Diego y Patricio, recostados en el sofá con las pijas colgando fláccidas pero todavía húmedas, la miraban con una mezcla de asombro y deseo insatisfecho.

—No me digan que ya se cansaron —dijo Dorita, levantándose lentamente y pasando sus manos por su cuerpo sudado—. La mamadora apenas está calentando.

Diego se rio, pero su pija ya empezaba a latir de nuevo, respondiendo a la provocación de su hermana.

—¿Calentando? Acabamos de destrozarte, hermana. Tuviste una verga en cada agujero.

—Y quiero más —respondió ella, acercándose al sofá y apoyando las manos en los respaldos, dejando las tetas colgando sobre sus rostros—. Quiero que me usen hasta que no pueda más. Quiero que se corran dentro de mí tantas veces que les duelan las bolas.

Patricio tragó saliva, su mano ya acariciando su miembro que se endurecía rápidamente.

—Esa concha tuya es adictiva, Dorita. Y esa boca… mierda, esa boca.

Ella se inclinó y le dio un beso largo y profundo a Patricio, metiéndole la lengua hasta la garganta. Luego hizo lo mismo con Diego, compartiendo el sabor de su propia leche entre los tres.

—Vamos a la ducha —propuso Dorita de repente, tomando de las pijas a ambos y tirando suavemente para que se levantaran—. Los quiero limpios para ensuciarlos de nuevo.

La ducha era estrecha, pero los tres cabían apretados. El agua caliente resbalaba por sus cuerpos, haciendo que la piel brillara y resaltara cada músculo, cada curva. Dorita se arrodilló bajo el chorro de agua y volvió a tomar las dos pijas, esta vez ya completamente duras. Los alternaba, mamando uno mientras pajeaba el otro, con el agua corriendo por su cara y mezclándose con la saliva que goteaba de su boca.

—Así, puta… limpianos las bolas —ordenó Diego, agarrándola del pelo mojado.

Dorita obedeció, tomando primero los testículos de su hermano en su boca, chupándolos suavemente mientras su mano trabajaba la pija. Luego pasó a los de Patricio, que eran más grandes y colgaban más pesados. Los mamó con avidez, sintiendo cómo se movían dentro de su boca.

—Ahora párate y apóyate en la pared —dijo Patricio con voz ronca.

Ella hizo lo que le pedía, poniendo las manos en la pared de azulejos y arqueando la espalda para ofrecerles su culo. Diego se arrodilló detrás de ella y le abrió las nalgas con las manos, exponiendo su orto rosado y su concha todavía hinchada.

—Voy a comerte el culo, hermanita —anunció Diego antes de empezar a lamerle el ano con movimientos circulares.

Dorita soltó un gemido largo, apoyando la frente contra el frío de los azulejos. La lengua de su hermano era experta, moviéndose con precisión, entrando un poco en su orto mientras sus dedos le masajeaban el clítoris. Patricio se arrodilló frente a ella y le metió dos dedos en la concha, encontrando su punto G al instante.

—Así… así… no paren —suplicaba Dorita, moviendo las caderas al ritmo de los estímulos.

Diego se levantó y le guiñó un ojo a Patricio. Entendieron la señal sin palabras. Diego le metió la pija en la concha, mientras Patricio se ponía de pie y le ofrecía la suya a la boca. La doble penetración en la ducha era salvaje, con el agua golpeando sus cuerpos y el sonido de los gemidos de Dorita rebotando en las paredes.

—Cogeme… cogeme como a la puta que soy —gritaba ella entre mamada y mamada.

Los dos la follaron con fuerza, sincronizando sus movimientos. Diego la agarraba de las caderas y la penetraba profundamente, mientras Patricio le sostenía la cabeza y se la metía hasta el fondo de la garganta. Dorita se corrió de nuevo, esta vez con más intensidad, con el orgasmo recorriendo todo el cuerpo como una corriente eléctrica.

—No puedo más… necesito un descanso —dijo ella, casi sin aliento, cuando finalmente se separaron.

Salieron de la ducha y se secaron con toallas ásperas que rozaban su piel sensible. Volvieron al ******, donde el olor a sexo era aún más fuerte ahora con la humedad de la ducha. Dorita se tiró en el sofá boca arriba, con las piernas abiertas y la concha brillando.

—Ahora quiero que me mamen —dijo con una sonrisa pícara—. Quiero sentir sus lenguas en mi concha hasta que me corra en sus caras.

Diego y Patricio no se lo pensaron dos veces. Se arrodillaron frente al sofá, uno a cada lado de sus piernas, y empezaron a lamerla. Diego se concentró en el clítoris, chupándolo y mordiéndolo suavemente, mientras Patricio metía la lengua dentro de su concha, explorando cada pliegue, cada rincón húmedo.

—Así… chupen esa concha… sí —gemía Dorita, agarrándolos del pelo y empujándolos contra su sexo.

Los dos intercambiaron posiciones varias veces, lamiendo, chupando, mordiendo. Dorita se corrió otra vez, esta vez en la boca de su hermano, que se encargó de beber todos sus jugos. Pero no querían terminar ahí.

—Quiero probar algo nuevo —dijo Patricio de repente, levantándose—. Diego, acostate en el suelo.

Diego obedeció, recostándose sobre la alfombra con la pija apuntando hacia el techo. Dorita entendió inmediatamente y se montó sobre su hermano, metiéndose la pija en la concha con un movimiento fluido. Se quedó así un momento, disfrutando la sensación de tener a su hermano dentro de ella.

—Ahora vos, Patricio —dijo Dorita mirándolo por encima del hombro—. Metémela en el culo. Quiero sentir las dos pijas adentro mío.

Patricio escupió en su mano y lubricó su pija, luego el orto de Dorita. Se arrodilló detrás de ella y fue introduciendo su miembro lentamente, centímetro a centímetro, mientras Dorita gemía y se adaptaba a la doble penetración.

—Mierda… así de lleno… estoy tan llena —susurró ella cuando finalmente Patricio tuvo toda su verga dentro de su culo.

Los dos empezaron a moverse, primero lentamente, luego con más fuerza. Las dos pijas se frotaban una contra la otra a través de la delgada pared que separaba la concha del orto de Dorita. La sensación era increíble para los tres.

—Soy su puta… úsenme… úsenme como quieran —gritaba Dorita, moviendo las caderas al ritmo de las penetraciones.

La doble penetración continuó por varios minutos, con los tres sudando y gimiendo en un frenesí de placer. Dorita se corrió de nuevo, esta vez con una intensidad que casi la hace desmayarse. Sus contracciones musculares fueron suficientes para que Diego y Patricio se corrieran casi al mismo tiempo, llenándola con su leche caliente.

Cuando se separaron, Dorita quedó tirada en el suelo, con semen goteando de su concha y su orto. Diego y Patricio se recostaron a su lado, exhaustos pero satisfechos.

—Nunca había hecho algo así —confesó Patricio, acariciando el vientre de Dorita—. Fue increíble.

—Y esto no ha terminado —dijo Dorita con una sonrisa maliciosa, incorporándose lentamente—. Todavía me deben una cosa.

Los dos la miraron con curiosidad.

—Quiero que se corran en mis tetas —dijo ella, acariciándose los pechos con ambas manos y pellizcándose los pezones—. Quiero sentir cómo me pintan las tetas de leche caliente.

Diego y Patricio se pusieron de rodillas a su alrededor. Dorita se arrodilló entre ellos, tomó una pija en cada mano y empezó a pajearlas con movimientos firmes y rápidos. Sus tetas subían y bajaban con cada caricia. Los dos pibes gemían, mirando cómo la mamadora trabajaba sus vergas.

—Dale, córranse encima mío —suplicó ella con voz ronca—. Píntenme las tetas.

Patricio fue el primero. Con un gruñido largo eyaculó chorros espesos que cayeron sobre las tetas de Dorita, cubriendo sus pezones y el valle entre ellos. Diego lo siguió casi inmediatamente, agregando más semen caliente que se deslizaba por la piel brillante de su hermana.

Dorita miró hacia abajo, admirando el desastre blanco que cubría su pecho. Con los dedos recogió parte de la leche y se la llevó a la boca, chupándolos con placer.

—Así me gusta —murmuró—. Llena de leche por todos lados.

Finalmente, los tres se dejaron caer exhaustos sobre el sofá. El sol ya se ponía afuera y la casa estaba en silencio, salvo por las respiraciones agitadas que poco a poco se calmaban. Dorita, con el cuerpo marcado por las manos, las nalgadas y los fluidos de los dos hombres, cerró los ojos un momento y sonrió satisfecha. Había cumplido con su fama y algo más: había convertido una simple tarde de playa en una maratón de placer sin límites.
 
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