Disfrutando Pervertidamente de Sonia

heranlu

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Soy un divorciado de 43 años. Ni flaco ni gordo, aunque con la barriguita de la edad, con entradas incipientes, pelo castaño y 1, 85 de altura.

Se me presentaron por cuadrante en el trabajo unos días libres, pero no hice planes con amistades porque eran unas fechas raras al principio del verano y nadie podía, Así que me acordé de mi pobre madre, viuda, que está muy aburrida y decidí darle una alegría y llevarla a un pequeño viaje a la costa para que viera a parte de su familia. Viven lejos y los ve de tarde en tarde. Son su hermana también viuda y muy mayor y sus dos sobrinas de unos 50 años cada una con sus respectivas familias.

Decidí llevarla a pasar allí el fin de semana porque siempre están deseando verse.

Llegamos el viernes por la tarde y el recibimiento fue cálido como siempre. Aunque pronto entré casi en shock. Hacía tres años que yo no iba por allí y casi no recordaba a la hija de una de las sobrinas de mi madre. La ultima vez era una adolescente escuchimizada. Pero ahora había allí, destacando entre los familiares una tremenda joven de unos 20 años, alta, esbelta, de una belleza que aturdía los sentidos. Y yo, divorciado que estoy y con sequía de sexo, pronto sufrí el despertar de los bajos instintos del hombre. Intentaba concentrarme en no mirarla, en la conversación y en no dar señales de alarma a los demás, pero fue difícil.

La chica, Sonia, iba ataviada allí dentro de su casa de campo con piscina con un pantalón corto bastante ancho y arriba un bikini excesivamente pequeño. Era una jovencita alta, de aproximadamente 1,75 cm. Su piel estaba morena por el profuso bronceado. Cara con forma de corazón, en la que pude percibir que desde la última vez se había retocado los labios y la nariz en intervenciones estéticas, lo cual evidentemente denotaba un deseo de gustar a los demás. Sus labios nuevos eran carnosos y su aspecto había quedado como el común que acaban teniendo cientos de chicas retocadas para destacar en las redes sociales. Al final todas acaban pareciendo la misma, lo cual no la hacía menos bella, al contrario. Tenía ojos marrones oscuros muy profundos que me impedían mantenerle la mirada siquiera unos instantes porque sentía que me derretía y me delataría.

Cada vez que ella me hablaba y me miraba fijamente yo me retorcía por dentro para mantener la compostura impertérrita, pues su mirada y su simpatía me desarmaban. Su pelo era muy largo, lacio y castaño oscuro con reflejos claros. Su cuerpo era esbelto, bastante delgada, con un tono atlético, pero sin llegar a percibirse musculatura. Un estilo de cuerpo de jugadora de vóley o algo así. Los hombros, ligeramente más anchos que la media, y los brazos preciosamente formados. Una cintura deliciosamente estrecha y un vientre tan plano como una sartén.

En aquel momento por lo amplio de los shorts no pude ver bien sus cuartos traseros, aunque se percibía que de la estrechez de la cintura se abría una considerable anchura de caderas. Y las piernas eran largas, de modelo, con muslos bien contorneados sin llegar a ser gruesos.

Su ridículamente pequeño bikini dejaba ver perfectamente la forma de unas tetas de infarto, muy redonditas, nada grandes, aproximadamente de la talla 85, pero que para su menudo cuerpo se hacían grandes. Me esforcé tremendamente para no mirarlas, pero pequé brevemente repetidas veces. Esa parte de arriba me hacía pensar en cómo sería la también pequeñita braguita.

Pensé tras retirarnos a nuestra parte de la parcela, mi madre y yo, que la presencia de aquella joven me iba a hacer sufrir por el resto del fin de semana, aunque supuse que seguramente en aquel momento la pillamos allí por casualidad y que no se uniría a los planes de sus viejos y carrozas parientes.

El sábado en familia fue bien. Todo el día haciendo planes tranquilos. La chica estaba en su trabajo veraniego y no apareció por allí. Nos arreglamos para salir a cenar a la ciudad cercana. Cuando ya íbamos a salir, la sobrina de mi madre recibió una llamada de su hija, Sonia. Dijo tras colgar que estaba sorprendida porque su hija le dijo que la esperásemos porque quería venir a cenar con nosotros. Le extrañó porque normalmente tras salir del trabajo el fin de semana nunca se quedaba con la familia y salía con sus amigos. Así que la esperamos. Mientras esperábamos mi mente calenturienta y fantasiosa de divorciado maduro me jugó malas pasadas. Pensé si quizá pudiera ser yo la razón por la que ella sorpresivamente decidió cenar aquella noche de sábado en familia. Pero rápidamente descarté aquella idea ridícula.

Llegó con un outfit deportivo amplio e informal y se metió corriendo a arreglarse. Su padre le espetó que no tardase, porque si no nos íbamos sin ella. Ella dijo que no se iba a arreglar mucho y no iba a tardar. En cuanto desapareció dentro de la casa todos coincidieron en que no se lo creían porque era muy coqueta y siempre se emperifollaba mucho.

Yo estaba hasta nervioso, esperando que no fuese así. Pero tras unos 50 minutos de espera salió por la puerta y se me cayeron los cojones al suelo al verla. Salió de su casa con un top marrón chocolate muy ajustado de escote plano pero muy bajo que apretaba sus preciosas tetas al centro haciéndolas resaltar hacia arriba y formando un canalillo que me daba mareos. Llevaba también una minifalda vaquera blanca muy corta y ajustada que daban a sus piernas un aspecto de chica de pasarela. Gracias al top y a la falda ya se confirmó que tenía una asombrosa anchura de caderas y una curvatura de columna dorsal que le generaba un culo respingón. Bajo la falda se atisbaban unas poderosas nalgas que movían con elegancia y potencia sus largas piernas.

Como llevaba unas cuñas de esparto bastante altas y yo iba en chanclas, al andar a mi lado y mirarla de reojo percibía que sus ojos quedaban casi a la misma altura que los míos. “Tremenda jaca, tremenda niña” me repetía para mis adentros.

La cena para mí fue un suplicio pues por la distribución de asientos me tocó bastante cerca de ella y en un ángulo en el que tenia una perfecta visión de sus piernas cruzadas. Sufría horrores reduciendo las miradas a sus muslos y su escote microsegundos, de pasada, para no despertar sospechas. Pero me sabía a tan poco que no podía dejar de mirar una y otra vez.

Decidí que no podía seguir en una actitud tan introvertida y evasiva sin generar sospechas, concentrado en no relacionarme con ella y disimular y pensé que quizá me fuera más fácil actuar con normalidad, pero centrándome más en hablar con ella, lo cual me permitiría mirarla, pero centrado en la conversación y no en la tremenda atracción que me hacía sentir su despampanante físico.

Como mi actividad profesional es del mismo campo que en el que trabaja ella pude explayarme en una conversación que me era fácil desarrollar con solvencia y que a ella le interesaría, para poder hablar mucho sin hacerme pesado. Ella atendía hasta con admiración, pudiera decirse, cortándome a veces para preguntarme cosas y para expresar a los demás que a ella le gustaría llegar a las cotas que yo he alcanzado. Me sentí tan reforzado por su actitud que volví a pensar que yo era el motivo por el que aquella deliciosa chiquilla estaba aquel sábado noche cenando con sus familiares mayores y vestida para la guerra. Pero volvía a negarme una y otra vez en mi interior.

Durante la charla sus familiares hablaron algo de ella, de como estaba soltera desde hacía un año y medio desde que lo dejó con el inútil bueno para nada de su novio, el único que había tenido. Pero decía que estaba mejor sola y disfrutando de la vida con sus amigas.

Tras cenar fuimos a una heladería en la que tuvimos el mismo ambiente distendido y pronto volvimos a la casa para que las más mayores de la familia se acostasen y los de mediana edad junto a la chiquilla tomásemos una copa con una conversación distendida al fresco bajo el cielo estrellado.

Tras un par de copas todos nos despedimos y nos fuimos a dormir. Mi alojamiento era una casa de invitados anexa a la vivienda principal con un dormitorio en el que dormiría mi anciana madre. Yo me acosté en un amplísimo sofá cama en el salón de la casa de invitados.

Me era imposible conciliar el sueño por todo el estrés que había sufrido aquella noche. No hacia más que pensar en ella. Empecé a fantasear un poco pero cuando noté una terrible erección desvié esos pensamientos pues decidí que no era de recibo aliviarme en aquella estancia. Tras lo que me pareció un rato interminable conseguí relajarme y adormilarme.

No sé si llegue a dormirme del todo, creo que no, o quizá sí, pero volví a la vigilia poco a poco, quizá por notar una presencia cerca. Lo primero que pensé es si mi madre se había levantado para ir al servicio, pero según abría los ojos lo que vi allí en aquel salón ante mí, no podía ser más que un traicionero sueño. Debí quedar muy tocado porque el alma se me salió por la boca al verla a ella, a Sonia allí junto a mí.

Yo no daba crédito de lo que ocurría, no podía ser verdad. Aquella chiquilla estaba de pie, frente a los pies de mi cama, con su espalda apoyada en la pared. Me estaba mirando fijamente. Su expresión era casi lastimera, sus cejas dibujaban una expresión de puchero como una niña a punto de llorar. Tras mirar su cara miré su torso. Traía el mismo bikini minúsculo que dejaba ver gran parte de sus pechos que incluso en la penumbra de la habitación se notaban muy morenos por el bronceado.

Pero entonces me fijé en el repetitivo movimiento de su brazo. Deslicé la mirada hacia abajo y me retorcí de emoción al ver que su pantalón y sus braguitas no estaban donde deberían, sino abajo del todo, caídos y enrollados en sus tobillos. Estaba desnuda allí abajo y se masturbaba mirándome con profusión. Su expresión lastimera se debía al placer que estaba recibiendo de su mano una mano que trabajaba con amplitud en su sexo pues se notaba una hermosa separación entre sus muslos allí donde llegaban a las ingles. Con la otra mano se apretaba alternativamente sus tetas. Ella me miraba. A los ojos. A mi incipiente barriga de maduro, a mi bóxer abultado, a mi torso peludo… Me miraba y se daba placer.

Yo, casi sufro un desmayo de la visión, pero fui a hablarle, aunque debido a que se me secó la garganta y a la emoción, más que hablarle, aquello parecía un ladrido o un gruñido. “Sonia, ¿qué haces?” Le dije. Pero ella no respondía al principio. “No puedes estar aquí, no está bien, ¡nos van a ver!”. Tras insistirle ella ya me habló. “Por favor, déjame. Déjame quedarme un momento. Lo necesito. Solo un momento y me iré”. Seguí tratando de convencerla, pero era inútil, ella iba a quedarse allí hasta que terminara. Y yo empecé a flaquear en mi postura responsable. Aquello era demasiado para un hombre caliente y necesitado como yo.

Ella ya solamente miraba mi bóxer en el que se veía el tremendo bulto deseando abrirse camino, todo provocado por su culpa. “Déjame verlo. Déjame verlo por favor”. Yo me negaba, pero me dijo que así acabaría antes. Así que me la saqué. La polla la tenía durísima y ante la liberación se alzó erguida y pareció crecer un poco más a sus ojos. La oí jadear y suspirar mas fuerte y noté que aceleraba su masturbación.

La cosa no iba bien porque ella me mentía, no pretendía correrse rápido e irse. Me di cuenta que cuando le venía el orgasmo se refrenaba e iba más lento. Ella disfrutaba el momento y lo estaba postergando para disfrutar más.

No pude aguantar más inmóvil y pasivo y tuve que agarrármela. Qué dura y grande la tenía. No recordaba notármela así. Empecé yo también a darme placer mirando a aquella preciosa e inocente putita disfrutando de la visión de mi cuerpo como si no le importasen mi edad ni mis defectos. Al empezar a machacármela suavemente ella se estremeció y noté que le flaqueaban las piernas. Más que masturbarse se acariciaba para no provocarse el orgasmo.

Estuvimos así un breve momento que acabó por destruir en mi cabeza cualquier atisbo de racionalidad, escrúpulos, responsabilidad, etc. Aquello me había derrotado como hombre y para aquel entonces yo ya solamente era un animal. Y como animal, al ver a la presa tan indefensa, ofrecida, dispuesta… empecé a maquinar qué iba a hacer a continuación.

Lo decidí todo muy rápido. Suponía un peligro, pero mucho menor que quedarnos allí en mi salón. Me levanté de la cama y me desnudé del todo. Me fui hacia ella. Apreté mi cuerpo contra el suyo aprisionándola contra la pared. Mi polla dura y caliente se apretaba contra su pubis y su plano vientre y le agarré la cabeza por la nuca y la besé, ferozmente, introduciendo de forma violenta e intrusiva mi lengua en toda su cavidad oral, degustando su sabor fresco y dulzón a pasta de dientes.

Tras unos breves segundos así la agarré del brazo, pisé su pantaloncito y braguita para dejarlos allí y la saqué de la estancia como alma que lleva el diablo. Salimos fuera a la parcela y volteamos la casa de invitados a la parte mas apartada de la parcela, la de la piscina y la metí en el pequeño chozo construido para la barbacoa donde había más oscuridad.

Le di un empujón y puse su espalda otra vez contra la pared y le dije “Venga, ahora sigue haciendo aquí lo que hacías antes”. Se empezó a masturbar obediente y yo solamente la admiraba.

Al principio ella me miraba a los ojos, pero pronto bajó la vista y se puso a mirar mi miembro viril. Al poco tiempo yo mismo necesité desviar la mirada hacia mi polla, pues, aunque necesitaba mirar a Sonia sin parar, empecé a notar una presión por la turgencia del nabo que nunca antes había sentido. No soy un superdotado, pues me mide 17 cm aproximadamente. Pero en aquella ocasión mi polla parecía a punto de reventar. Las venas tan marcadas e hinchadas le daban un aspecto grotesco, como si fuera la polla de un mal bicho y la presión de la sangre le daba al cabezón un color brillante y amoratado. No la tengo larga pero la cabeza es muy gorda y yo mismo quedé extrañado de la transformación bestial de mi polla debido al calentón que me había provocado Sonia.

Me la agarré y la apreté para sentir aún más esa presión casi dolorosa pero placentera de una erección salvaje. La niña pareció derretirse ante mí otra vez con una expresión facial casi de echarse a llorar, pero no era pena, sino deseo lo que significaba su gesto.

Me acerqué a ella otra vez. La agarré rodeando su esbelto cuello con mi mano, puse mi boca en su oído y le susurré. “Qué pasa, Sonia? ¿Por qué me estás haciendo esto? ¿Qué pretendías?”

“Perdona, pero es que… es que… Me das mucho morbo. Desde que no tengo novio, no sé. No me gusta ninguno. Me parecen todos iguales. Y tú has venido y no sé… eres otra cosa. Eres, no sé… un hombre. No sé, pero es que sentía que lo necesitaba, necesitaba esto. Que pasara algo…”

“Pero Sonia, ¿cómo que pasara algo? Que eres familia, niña joder. Que están aquí todos, Están ahí al lado tus padres. ¿Estás enferma de la cabeza o qué te pasa? ¿Qué pasara algo de qué? ¿Qué te piensas que iba a pasar viniendo así a mi cama? ¿Qué quieres que pase?”

“No sé, no he pensado en qué, en algo. Necesitaba solo verte… Los chicos, no sé, son todos iguales, pero tú eres como un hombre de verdad… y que pasara algo contigo, no sé, lo que tu quisieras”.

Para entonces yo ya era un animal desbocado pero aquella frase (lo que tú quisieras) me convirtió en un depredador retorcido.

“Joder, Sonia, ¿lo que yo quisiera? ¿Sabes lo que estás diciendo? ¿No te da miedo decir esas cosas?”

“No, o sí no sé, pero quiero eso”, balbuceó con dificultad.

“Voy a hacer lo que quiero contigo, ¿vale? Lo voy a hacer. Lo que no sé es si tú vas a seguir pensando lo mismo en un rato o si lo vas a poder disfrutar. ¿De verdad quieres que haga lo que yo quiera?”

“Sss… ssí” Respondió con dificultad. Y por un momento ya no hubo más palabras.

Agarrándola por el cuello con la mano izquierda como estaba me separé un poco de ella poniendo el brazo recto y clavándola en la pared. Pateé levemente sus pies para separarlos y dejando su entrepierna bien abierta vi un coño precioso, amplio de anchura entre sus muslos, totalmente depilado y con una rajita en la que casi no se veían los labios vaginales.

Me escupí en la mano derecha y se la puse en el coño. Ella ante aquello cambió su expresión y pasó de la pasiva excitación a abrir los ojos de sorpresa y a esbozar una amplia y enorme sonrisa de su ancha boca preciosa y labios carnosos. Le metí dos dedos y empecé a masturbarla fuertemente al tiempo que apretaba su garganta. Ella entornó los párpados y volvió los ojos en blanco un momento, pero su sorpresa y sonrisa por el salivazo me dejaron pensando un rato.

“Agárrame la polla, Sonia. Menéamela a mi también”. Sus delicados dedos buscaron en el aire mi miembro pues no podía verlo ya que la presa que mi mano ejercía en su cuello no le daba libertad de movimiento, pero acabó por encontrarla. Cuando sentí su mano aferrarse a mi rabo me estremecí de placer. Ella empezó a menearlo suavemente delante y detrás mientras yo empezaba a fabricar abundante caldo con los flujos de su coño de la masturbada que le daba.

Entonces pensando en el salivazo le hablé. “Mírame bien, Sonia”. Cuando Sonia me miraba dominada por el placer le escupí en su cara a poca distancia. Su reacción me dejó muerto pues únicamente gimió y al poco sacó la lengua para recoger la saliva mía que resbalaba por su cara hacia su boca. Me encantó aquello.

Sin decirle nada paré de masturbarla, la agarré por los hombros y la puse mirando contra la pared. Ella apoyó su cara de lado en la pared y yo le puse la mano izquierda abierta en su cara, aprisionándola contra la pared. Esta vez le puse los pies juntos y separados de la pared un poco. Tiré de la cuerda del bikini soltando el nudo y dejándolo caer, dejándola así completamente desnuda. Con la mano derecha aplasté también su torso y tetas contra la fría y ruda pared y agarré su cadera sobre su pequeña cintura con mi gran mano que la apresaba desde el trasero hasta casi la ingle y tiré hacia atrás para que encorvase su espalda de forma que dejase expuesta su entrepierna hacia atrás. Me agarré la polla durísima, más que nunca en mi vida, con el cabezón a punto de estallar y se lo coloqué en la entrada del coñito de putita casi sin usar que tenía Sonia. Volví a agarrarla de la cadera y ahí me detuve un momento.

Le dije “Esto debería hacerse de otra forma, pero como has dicho, voy a hacerlo como yo quiera. Eso sí, de ti depende que nadie se entere de lo que estamos haciendo aquí. Procura que no te oiga nadie”. Y entonces de un violento golpe le partí el coñito pequeño, su coñito que llevaba tiempo sin usar y que solamente había perforado la pollita de su pusilánime noviete. Meter el cabezón gordo y endurecido por la turgencia por aquel agujerito tan estrecho hubiera sido muy difícil de no ser por el violento empujón de mis caderas y el firme agarre de mi mano en su cadera. La carita aplastada contra la pared de Sonia se tensó bajo mi mano en una mueca de dolor y escuché un sonido gutural que salió forzadamente apagado de su garganta. Un sonido lastimero pero la chica lo hizo muy bien pues el volumen dio apenas para llegar a mis oídos.

Le dejé toda mi gorda polla de 17 cm dentro de su chochito de putilla de mierda durante unos instantes dejando que se acomodasen coño y polla el uno al otro y que ella soltase el aire contenido del dolor y la impresión y comenzase a respirar de nuevo.

En aquel momento lo que yo veía era la cabecita de Sonia, con su cabellera recogida en una cola de caballo, aplastada contra la pared por mi mano, su morena espalda, sus marcados omoplatos, su estrechísima cintura encorvada hacia atrás y la anchura de sus caderas que se abrían hasta formar el esplendoroso culo casi en pompa, cullos glúteos se aplastaban contra mi pubis. Allí dentro pero no a la vista yo sentía toda mi polla apretadísima dentro de su cuevita de niñata ramera y mis cojonazos aplastados contra su coño.

Aquella visión me hizo embrutecer y sentí crecer una vez más mi polla, aunque pareciera imposible, estirando más las paredes de su coño.

Yo sentía sus palpitaciones. Ella notaba cada movimiento milimétrico también. Pero debido a mi embrutecimiento aquel equilibrio estático acabó. Y empecé a sacarla y meterla casi en toda la longitud del nabo dándole intensas embestidas.

Ella ya no presentaba para entonces síntomas de dolor alguno ni molestia. Esos instantes sirvieron para que su vagina chorrease como una fábrica de lubricante nuestros dos sexos y ahora su expresión era otra vez la de ojos vueltos y la boca abierta en una preciosa “O” que le daba el aspecto de la niñata más furcia del planeta.

Su bienestar me impulsó a ser cada vez más intenso y agresivo en las embestidas que ya hacía con intención de buscar su límite que no llegaba. Pude darle tan fuerte como quise. Le solté la cara y la agarré de ambas caderas para darle más fuerte. Mientras la follaba como un salvaje, empecé a morderla en el cuello, en la zona del deltoides, le agarré un pecho apretándolo hasta oírla gemir de dolor, le pellizcaba con mala idea el pezón… Pero ella seguía disfrutando igual de aquel empotramiento animal.

Como casi se la sacaba entera hasta la punta para metérsela entera en cada golpe, yo sentía en cada penetración como se aplastaba el escalón de mi capullo al atravesar su coño. Casi sentía como se abrían paso las venas de mi polla abriéndole el coño cada vez que la atravesaba.

Ella empezaba a jadear a un ritmo acelerado. Con su cabeza ya liberada giró el cuello para conseguir mirarme mientras la follaba como a una verdadera puta. La zorra de la niñata estaba disfrutando tanto como yo. Cuando consiguió mirarme a los ojos y sonrió le escupí otra vez. Ella se derretía y se mordió el labio inferior del gusto. Le dije “Eres una puta de mierda. Hay que ver como estas gozando de lo que te hago”. Giró la cabeza hacia delante como avergonzada, pero al poco respondió, “Sí, quiero ser tu puta, tito, por favor”.

“Cerda de mierda, qué coño más apretado tienes, te lo estoy rompiendo para joderte viva, hija de puta, cómo me tienes la polla”.

“Si, cabrón, putéame, fóllame, jódeme, hazme tuya y lo que quieras, cabr… cab… ah ahhh ahhhhhh”.

La pobre no pudo acabar la frase porque empezó a correrse como una furcia por culpa de las embestidas sádicas y de las obscenidades que le seguía diciendo. Pero lo consiguió hacer de forma contenida para no despertar a nadie.

Terminó de correrse cuando sin solución de continuidad le vino otro orgasmo, y otro. Entró en multiorgasmo y ya parecía una zombi que no se tenía en pie, aunque yo la sostenía agarrándola y reventándola a pollazos.

Aquella visión, aquella puta deliciosa, casi adolescente, la jovencita que vi crecer de niña ahora hecha muchachita, follada hasta la inconsciencia con el coño destrozado por mi rabo de pervertido maduro, fue ya demasiado para mí y se acercaba mi momento. Noté que me iba a correr, pero no quería acabar así y entonces me detuve y me separé de ella.

La giré por los hombros y la empujé hacia abajo. Quedó de rodillas en el suelo ante mí. Con sus glúteos sentados sobre sus tobillos. La agarré de la barbilla y subí su cara para que me mirase.

“Puta de mierda, quédate aquí y no te muevas. Ahora vengo”. Le solté otro salivazo en la cara y me fui un momento a mi salón. Tardé 15 segundos y cuando volví ella no había movido ni un pelo. Allí seguía sentada en sus tobillos, sudorosa con su morena piel brillante. Las gotitas de sudor eran perlas que adornaban sus preciosas tetas de putita. Y su cara era toda curiosidad por lo que fuera a ocurrir a continuación y deseo.

Me acerqué dejando algo en la barbacoa y le dije que abriera bien la boca y sacase la lengua. Me hizo caso. Puse el capullo de mi verga en su lengua y lo moví levemente por ella para que lo saborease. Ella lo hacía impertérrita, mirándome a los ojos y respirando aceleradamente lo cual denotaba su ansía por volver a ser usada a mi antojo.

Agarré su pequeña cabecita de supermodelo con mis dos manazas de cerdo pervertido y entonces, el capullo que estaba en su lengua, de un empujón se lo clavé hasta que choqué con su campanilla de princesa de cuento ultrajada.

Por un acto reflejo posó sus manos en mis piernas para intentar separarse de mí, pero rápidamente liberé una mano para darle un buen bofetón. La polla quedó fuera de su boca. Sus manos cayeron abajo otra vez y su mirada de culpa y súplica de perdón endureció mi polla una vez más.

Volví a agarrar su cabecita con las dos manos y empecé, ahora sí sin interrupción, una follada de boca que muy pocas perras guarras hubieran soportado con tanta entrega al macho que la puteaba para su placer. Sentía su campanilla frotando mi capullo, mis huevos sudados y peludos chocar con su preciosa barbilla de muñequita, su respiración atropellada cuando la polla la dejaba tomar aire y sus ojos preciosos de gacela rendida abiertos de par en par sin poder dirigir la mirada, enfrentados a mi pubis que la martilleaba sin piedad ni descanso.

Me venía ya la corrida después de unos minutos así. Me detuve, se la saqué de la boca y empecé a masturbarme delante de su cara. “¿Te ha gustado, Sonia?” le pregunté. “Sí, tito”. Alcanzó a decir ella con esfuerzo.

“Ya me voy a correr en ti. ¿Quieres mi leche?”

“Sí, tito, por favor, dame tu leche, la quiero toda”.

Empecé a masturbarme con furia delante de su cara y cuando me venía el orgasmo la agarré fuerte del pelo y le di un violento tirón para doblarle el cuello hacia detrás levantando su cara.

“Te voy a dejar como la radio de un pintor, pedazo de puta. Te voy a llenar de leche. Abre bien la boca y saca la lengua del todo, puta”.

Ella empezó a sollozar levemente por el tirón de pelo, pero obedeció al instante y con los ojos abiertos como aprensiva abrió la bocaza del todo sacando su lengua de princesita de cuento.

Yo empecé a soltar chorros intentando apuntar a su boca. Su lengua empezó a estar llena de espesa leche condensada, aunque salpicaba sus labios, sus mejillas, note que se acumulaba semen en su garganta, pero la fuente no paraba. Tenía mucho acumulado. Empecé a soltarle lefadas en toda la cara, los ojos, la nariz, el pelo…

“Toma leche, puta de mierda. Lo que tú querías. Ser una zorra llena de leche de macho. Traga bien, furcia”.

Cuando acabé de estremecerme estaba preciosa. Una deliciosa y rica putita usada a más no poder.

“Querías que te putease y te he puteado, ¿verdad, cariño?”

“Sí, tito, te quiero”

“No tienes ni idea, Sonia. No te he puteado. Todavía no. Lo de putearte empieza ahora”.

Y entonces con la mano que no estaba agarrando su pelo alcancé el objeto que traje del salón. Mi teléfono móvil. Y sin mediar palabra comencé a sacarle fotos de su cara llena de leche, bien cerca. Ella quedo inmóvil sin saber qué hacer ni que decir. Aquello la descuadró totalmente. No estaba preparada para aquello y no reaccionó. Yo seguí haciendo el reportaje alejándome un poco de ella para sacarla entera allí sentada, sudorosa, follada, lefada y con carita resignada.

“Ha sido fantástico, preciosa. Ya para terminar hazme un favor y no te muevas”.

Para entonces ya se me había bajado la erección. Empecé a grabar un video enfocándola mientras me aproximaba a ella y cuando estuve cerca empecé a soltar un chorro de meada en su carita. Al principio cerró ojos y boca y giró la cara, recibiendo el chorro en su mejilla. Yo empecé a moverlo echándole en su cabeza, en las tetas, pero entonces me miró otra vez y abrió la boca sacando la lengua y quise darle el gusto a ella por una vez y dirigí el chorro a su lengua y a su garganta. Ella intentaba tragar todo y aunque tragaba mucho también mucho le rebosaba la boca mientras miraba a cámara.

Terminé la meada y le dije “Dime tu nombre entero, cariño”

“Sonia Xxxx Yyyy”.

“Te ha gustado lo que te he hecho? Era lo que tu querías, ¿verdad? Querías ser mi puta, ¿verdad, Sonia?”

“Sí, es lo que yo quería, ser tu puta”.

Entonces terminé el video. “Sonia, cariño, ya te tengo en mi móvil. Es para disfrutarte una y otra vez, amor. ¿Te gusta que te tenga?” Ella no sabía qué responder. La noté nerviosa.

“No tienes de qué preocuparte. Lo bueno es que tú sabiendo que yo tengo este precioso video y fotos no vas a dudar volver a mí, una y otra vez, cada vez que te necesite, para hacer “lo que yo quiera” como bien dijiste.

“Hazme el favor de limpiar todo esto un poco antes de acostarte. No te preocupes por tu ropa que yo la quito del medio y ve a acostarte”.

Y allí la dejé pensativa, satisfecha y convertida en la puta que soñaba ser. Pero sin saber bien en qué tan putísima la iba a convertir en adelante.
 
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