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Despertar Sexual de sus Hijos - Capítulo 001
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Despertar Sexual de sus Hijos - Capítulo 001
-Cariño, esto te va a doler.
-¿Mucho?.
-No, solo al principio.
A punto de cumplir su mayor sueño, apenas se podía creer que tan solo habían pasado seis meses desde que se había empezado aquella cadena de acontecimientos que al final desembocaron en aquel clímax. Su mente no pudo evitar retrotraerse hasta aquella vez que estando en la playa notó como los jóvenes ojos de su hijo miraban a su hermana.
-¿Ocurre algo, Pablito-le decía a pesar de tener ya los 14 años-?.
-No papá, ¿por qué lo dices?.
-Porqué veo que miras mucho a tu hermana.
-Es que no me puedo creer que sea la misma-se quejó-. Me la han cambiado.
-¿A que viene eso-se rió-?.
-Que no es la misma: la hermana que yo conocí era pequeña y plana, de cara de niña.
-¿Y-repuso curioso-?.
-Que esta está llena de curvas. Algunas más pronunciadas que otras, pero tiene tantas curvas como una carretera de montaña. Además, la cara ya no es de niña, ya parece más mayor que yo.
-Pero solo tiene un año menos que tú. Además, yo la veo muy linda. Esta hermosota, como las nenas de su edad.
Ambos se quedaron mirándola, la cual estaba jugando a salpicarse junto a su madre en la playa. Llevaba un ceñido bikini dos piezas azul y rojo, con dibujos por todas partes. La parte inferior le dibujaba un culito prieto y pequeño pero proporcionado a su cuerpo en ebullición hormonal. Su cintura, antes plana, ahora ya tenía un par de curvas que le dibujaban una silueta estilizada y femenina, y donde antes nada había ahora se intuían un par de hermosos y redondeados senos un poco pequeños para su cuerpo pero que se insinuaban crecerían algo más con el paso del tiempo, cuando terminara de desarrollar. Poseía dos ojos color zafiro que parecían brillar tanto como el cielo del día tan soleado que tenían, y tenía un fuerte y brillante pelo azabache.
-Sí que es verdad que está linda-reconoció el muchacho-.
-¡¡EH-gritó ella de lejos-!!. ¿¿Venís o no??.
-¡Vamos con ellas a jugar!.
-Yo iré luego.
-¿Te vas a quedar aquí?.
-No tengo más remedio.
Su padre no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que Pablito se tumbó boca abajo en la arena. "No puede ser", pensó mientras iba hacia su esposa y su hijita querida.
-¿¿No viene Pablito??.
-Dice que vendrá más tarde. Te ves muy linda Eriquita.
-Papá que ya no soy tan niña-protestó-, con Ericka vale.
-Tú siempre serás mi niña. Eres mi niñita del alma.
Ericka abrazó a su padre y le dio un beso en los labios breve y fugaz para agradecerle aquellas palabras. Dado que era un gesto habitual entre ellos (madre e hijo también se daban esos antisépticos besos, carentes de toda emoción más allá de la formalidad) no le dio importancia, pero el tenerla abrazarla le produjo una involuntaria reacción hormonal que supo combatir de forma rápida e instintiva tirando a su hija al agua para remojarla y chapotear con ella.
-¡Te pillé-bromeó-!.
-¡Maridito, no me ahogues a la nena, que solo tengo una y no tengo de repuesto!.
Ericka reaccionó a las bromas de su madre y provocó a hundirla un poco en el agua. El resto del día, una vez Pablito se unió a ellos, fue igual de bueno y divertido. Ya con la puesta de sol, con la playa ya casi vacía, los cuatro emprendieron el camino de regreso para volver a casa.
-Ha sido un día perfecto, te quiero Carlos.
-Yo también te quiero Ale-la besó-.
Llegando al coche, padre e hijo cargaban toallas y demás para regresar.
-Pablito, ¿qué fue lo que te impidió ir con nosotros hace horas?.
-Te lo digo si no se lo dices a nadie-dijo ruborizado-.
-Claro, te lo prometo.
-Es que últimamente me siento muy mal papá. Muchas veces despierto y tengo toda la puntita parada, no consigo bajarla.
Carlos lanzó una carcajada que tuvo que ahogar para no llamar la atención de las dos féminas de la familia, apostados delante del coche.
-No te dé vergüenza, es natural. Eres un adolescente y es normal. Yo lo tuve a tu edad y no hay porqué sentirse mal por ello.
-¡Sí que tengo!.
La respuesta tan convencida hizo que él se quedara algo extrañado.
-¿Por qué dices eso?, ¿qué tiene de malo?.
Incapaz de decirlo al aire, hizo que su padre se acercara y se lo dijera al oído. Carlos le miró una vez se lo dijo. Pablito parecía al borde de una crisis nerviosa.
-¡Ay no, no te sientas mal-lo abrazó-!. Bueno, que sepas que eso no es tan malo, es algo natural, ¿de acuerdo?.
-¿¿Lo dices en serio-preguntó al ver aquellas palabras como un rayo de esperanza-??.
-Sí, en serio. Los niños suelen pasar esa etapa en la vida, es de lo más normal. Yo la tuve, y se pasó. Ya verás como pronto se te pasa, pero no te sientas mal, ¿de acuerdo?. No eres ningún monstruo.
-¿Qué pasa?.
-Nada Ale-respondió su marido-. Cosas de hombres.
-Venga, vámonos, es tarde y quiero cenar.
Algunas horas después ya estaban todos en casa. Habían cenado, habían visto la TV y se habían ido a dormir. Para rematar el tan formidable día, Carlos y Ale habían tenido una sesión intensiva de sexo, quedando sobre la cama extenuados. Carlos se fijó en que la puerta de la habitación estaba entornada, algo que le extrañó ya que recordaba haberla cerrado del todo.
-¿Qué le pasaba a Pablito de tarde?.
-Tendrás que prometer no decir ni hacer nada, ¿de acuerdo?.
-Tranquilo marido, sabes que sé guardar una confidencia-sonrió ella-.
-Esta es diferente-repuso muy serio-. Necesito saber que él no se enterará de que te lo he dicho, se moriría de la vergüenza y a mí me repudiaría.
-¿¿Pero que pasa-preguntó aterrada-??. Por dios no me asustes así.
-No te preocupes, no es nada malo, es que tuvo una erección y no era quien a quitarla.
-¡Pobre-sonrió enternecida-!. Ya entiendo porqué se tumbó boca abajo-se reía-. Ay que chico, como crece. Ya hasta piensa en las chicas.
-No, piensa en una.
-¿Le gusta una?, ¡que bien-se alegró-!, ¿y quien es la afortunada?.
-Tú.
Los ojos azules de Alejandra quedaron fijos en los de su marido, esperando que fuera una broma. Éste, por contra, quedó impertérrito.
-¿Qué yo le gusto?, ¿a Pablito-se extrañó-?.
-Le tranquilicé diciéndole que era normal, que todos los niños sueñan en alguna parte de su vida con su madre, que yo lo había pasado con su abuela y que no pasa nada, que esa época viene y va.
-¿Y que tengo yo que le guste tanto?.
Carlos miró el cuerpo desnudo de su mujer, tumbado en la cama de colchas totalmente descorridas debido al calor de la casa: pelo negro liso hasta los hombros, de unos ojos azules que su hija había heredado, con grandes pechos de pezones nacarados claros, de areola bien formada y redonda, con un vientre aún liso y torneado, piernas musculadas (que no musculosas) y firmes y un bien cuidado monte de Venus en su bajo vientre, que daba una imagen perfecta de sensualidad. Sus labios, finos pero carnosos, y su boca de sugerentes formas hizo que de nuevo se excitara al ver a la mujer que tenía a su lado.
-Cariño, no tengo ni idea-ironizó mirándola de arriba abajo sin esconder su erección-.
-Sí, ya lo veo-se relamió-.
Incorporándose un poco sobre la cama Alejandra acarició el endurecido miembro de su marido y se lo metió en la boca con avidez. Carlos se dejó hacer y permitió que ella le tomara el control de su cuerpo. La boca de Ale, húmeda y caliente, le proporcionaba una riada de sensaciones que le llegaban hasta los dedos de los pies. Amante consumada tras años de práctica y juegos sexuales de toda índole, juegos que terminaron por incluir a varios amigos de Carlos, que aceptaron encantados la oferta de poder disfrutarse de su esposa a condición de poder hacer de mirón, masturbándose mientras ejercía de voyeur viendo a su mujer poseída por sus más íntimos amigos. Ale no ejercía un papel pasivo en los respectivos tríos, si no que aceptaba de buena gana a esos hombres de diferentes cuerpos y penes que iban pasando por ella. Enamorada de su marido a más no poder y confiando plenamente en las decisiones de éste se había tirado a los brazos de aquellos hombres y había disfrutado con todos ellos. Ahora, con toda esa experiencia acumulada, manejaba la verga de su marido como consumada maestra sexual, usando los labios a modo de ventosa para aspirarlo y enroscando al lengua alrededor del glande.
-¡Aaaaaaaaaahh ay Ale que me la arrancaaaaaaaas!, ¡sigue Ale sigueeeeeeeeee!…
-¡Quiero que te vengas en mi boca!, ¡dame tu leche, quiero ordeñarte!.ç
-¡Sácamela ya, sácamela yaaaaaaaaa!…
En un acto reflejo del que no fue consciente hasta segundos más tarde Carlos se giró y miró a la puerta de la habitación: entonces vio una figura oculta entre tinieblas que no se perdía detalle de lo ocurrido. Lo tuvo claro desde el primer momento: envalentonado un poco por lo hablado de tarde, Pablito estaba mirando a su madre apropiarse del pene de su padre, veía a su madre con la boca llena de polla. Temiendo que si hablaba podría causarle daño Carlos calló y dejó que siguiera mirando. No sabía porqué pero aquello le proporcionaba un morbo terrible: su hijo pequeño mirando a sus padres teniendo sexo.
-¡Así Ale-la animaba-!. ¡Vamos, chúpame todo, gózame, sácame la leche!…
-¡Sí maridito-se la quitó para respirar-!. ¡Esta joyita es mía, toda mía!. ¡Dámela toda mi amor, quiero tenerla en mi boca, quiero saborearla!.
-¡Pues chúpame más fuerte!, ¡chúpame hasta los huevos!, ¡métetela toda en la boca!.
Dicho y hecho Ale abrió del todo la boca y se la tragó hasta que su nariz tropezó con el pubis de su marido, manteniendo esa postura bastante tiempo al respirar por la nariz y así evitar abrir la boca. Carlos, viendo que su esposa era ajena al espectador que había al otro lado de la habitación, lo miró un tiempo, cruzando varias veces la mirada con él y sonriéndole le guiñó un ojo con complicidad. Entonces dio la luz de una de las mesitas de noche, que estaba cerca de él.
-¡Quiero verte ordeñarme, quiero ver esa carita llena de leche!.
-¿Te excita verdad?, ¿quieres verme pringada?.
-Síiiii quiero correrme en tu cara, en tu boca, quiero verte llena de mí.
Alejandra apretó el ritmo de sus mamadas y se la estrujó usando una mano para hacerlo correr más deprisa. Carlos ayudaba empujando con las caderas para gozar cuanto antes.
-¡Ya está, me corro!, ¡me corrooo!.
-¡Síiiii!
Sacándosela de la boca Carlos se masturbó los últimos segundos y eyaculó en la cara de su esposa, que recibió su simiente de vida embelesada. Sobreexcitado como estaba la dejó bien pringada en la cara y la boca.
-¡Que linda luces llena de semen, estás de foto!.
-¡Pues sácame una para recordarlo-se rió mientras usaba los dedos para tragarlo todo-!.
-Otro día…pero ahora necesito más.
-¿¿Más??, ¿aún te quedan fuerzas?.
-Pocas, pero las suficientes para aguantar un último asalto.
Cogiendo a su mujer y poniéndola a cuatro patas apoyándose en el lateral de la cama Carlos la penetró a pesar de estar semi erecto.
-¡Ni siquiera la tienes del todo dura!, ¿cómo vas a aguantar otro round?.
-Así.
Embatiéndola y cogiéndola del pelo en plan salvaje Carlos se giró para ver a su mirón, El morbo de verse observado por su hijo hizo que se volviera a empalmar, haciéndolo dentro de ella.
-¡Ay que gusto, la he sentido ponerse durísima!, ¡me encanta, quiero que me la metas así siempre, que rico sentir como te excitas!.
-¡Pues ya verás ahora, voy a taladrarte como si fuera un berbiquí!.
Empujando con ritmo de martillo y con salvaje amoralidad Carlos propinó a su esposa una gran penetrada doble, ya que a mitad de camino cambió de agujero. Carlos notó que los ojos del espectador se abrieron de par en par.
-¿¿Te gusta tenerla en la cola, te gusta que te sodomicé??. ¡Grítamelo!.
-¡No, que los niños pueden oírnos!.
-¡Que nos oigan, que sepan como es hacer buen sexo!, ¡grítamelo Ale, grítalo!. Grita lo mucho que te gusta que te penetre el culo.
-¡SÍIIIIIIIIIIIIII-gritó descocada-!. ¡SÍ ME ENCANTA, ME CHIFLAAA, DAME POR DETRÁS, RÓMPEME EL CULO, PÁRTEMELO EN DOS!.
Obedeciendo fielmente Carlos bombeó y bombeó con todo el ímpetu que le quedaba en el cuerpo tras el polvo anterior y la mamada previa de su mujer. El espectador tenía los ojos como platos, escondido en la oscuridad solo se podía distinguir como miraba muy asombrado aquella escena. Carlos no se perdió detalle de su espectador mientras hacía lo propio para darle a su esposa el último orgasmo de la noche.
-Aaay ya me viene, ya casi lo tengo…vamos Ale muévete, menea las caderas, quiero clavarte hasta el fondo!.
-¡Envíciame marido, fornícame, atorníllame con tu rabo!, ¡sí, así!.
-¡Ay que culo, se lo traga todo!, ¡que no me entere que este culo pasa hambre!.
-¡Dale de comer!, ¡que lo trague todo!, ¡haz que trague!, ¡métela, métemelaaaaaa!.
Los paroxísticos jadeos y gritos entre ellos hicieron que al final llegaran al orgasmo, y que cayeran a la cama ya sudorosos provocando un ruido bastante considerable. Carlos se fijó que la puerta estaba cerrada. El espectador había aprovechado el momento para desaparecer. Al lado de su mujer, Carlos estaba agotado, pero también alucinado. Nunca había imaginado que se excitaría tanto que su hijo le viera.
Varios días después de aquello la mente de Carlos aún seguía pensando en lo que había pasado. No dejaba de recordar como le había gustado que Pablito le viera tirándose a su madre, y como se había excitado ante aquel espectador de ojos grandes e intensos que miraba como sus padres disfrutaban como salvajes. Pensando que debía hablar con su hijo para que no lo hiciera de nuevo se acercó a él aprovechando que las dos mujeres de la casa estaban en otra parte de la misma.
-¿Tienes un momento Pablito?.
-¿Qué pasa papá?.
-Verás, esto es muy embarazoso…es lo que hiciste hace varios días…
-¿¿Lo de la playa-se asustó-??.
-No, después…no quiero que vuelvas a espiarnos, ¿de acuerdo?.
-¿Espiaros?.
-Te vi. Abriste un poco la puerta y nos viste a tu madre y a mí en la cama. No dije nada para que ella no te reprendiera, pero procura no hacerlo de nuevo, ¿de acuerdo?.
-Papá yo no os he espiado.
-¡No mientras, sabes que no me gusta!.
-¡Te digo la verdad papá, yo no he sido, me fui a la cama directo y me quedé dormido toda la noche!.
-¡No sigas!, ¿vale?. Te he visto, fuiste tú.
-¡¡Yo no he sido-gritó-!!. ¡Yo no os espié!.
Pablito no era el típico chico mentiroso, pero Carlos no le podía creer del todo. Sabía lo que había visto, sabía qué lo había visto, pero él se defendía como si fuera inocente. La idea de que no fuera su hijo le hizo tener una duda: "si él no fue, ¿entonces quien fue?". Dado que solo había cuatro personas en la casa, no tuvo que pensar mucho, y decidido a salir de dudas esperó a ver a solas a la otra persona que estaba en la casa pero no dentro de la habitación con ellos. Encontró a Ericka charlando su madre y con su hermano muy cerca de ella. Antes de hablar con ella se fijó que la mirada de su hija era algo intensa, mirando algo que no supo precisar lo que era. Aunque intentó saber a qué miraba con tanta intensidad no pudo descubrirlo.
-Hijita, ¿puedes venir un momento?. Tengo que preguntarte algo.
Ericka se levantó. Vestida con una ropa holgada que dejaba su cuerpo a la imaginación de una tela semi transparente que destacaba sus curvas, Carlos la llevó a su cuarto.
-Cariño, ¿la noche después de venir de la playa te levantaste de noche?.
-No. Solo fui a beber agua, que me levanté con sed y me volví a dormir después. ¿Por qué lo preguntas?.
-¿Segura?.
-Sí papá, segura-sonrió-.
-Está bien, vuelve con mamá.
-Vale papá te quiero.
Abrazándolo tiernamente, Carlos sintió el liviano peso y la calidez de su juvenil cuerpo contra el suyo. Él correspondió acogiéndola en brazos con cariño.
-Yo también te quiero mi’jita. Eres preciosa.
Al separase de él Ericka, adrede o sin querer, no estaba claro, rozó la entrepierna de su padre con el muslo de su pierna. Carlos quedó sin saber qué pensar. ¿Había sido un roce inocente o lo había hecho adrede?.
Poco tiempo después de aquello todo había vuelto a la calma. El mirón no había hecho acto de presencia y ni Pablo ni Ericka habían confesado el delito, por lo que el asunto fue olvidado, pero lo cierto era que aquel roce comenzó a quemar la mente de Carlos. Recordando aquella charla que había tenido con Pablito, lo cierto era que ya no venía a su hija de la misma manera. Ya no la veía como hija, si no como mujer, una mujer que prometía superar a su madre en belleza. Piernas lindas y torneadas, cintura que ya apuntaba su feminidad, y un rostro de niña buena e inocente eran rasgos que cada noche le venían a la mente, en especial aquella tarde en la playa, con aquel bikini que dejaba a la imaginación tan solo sus partes íntimas. Al paso de las semanas ya se había convertido en algo cotidiano que se levantara de la cama con una erección dolorosa, incapaz de bajarla sin la ayuda de su mujer, que de buena gana aliviaba los ardores de su marido, pero era ver a su nena en la cocina tomando su desayuno cuando su mente volvía a traicionarlo, imaginándola que tomaba otro tipo de desayuno.
-Hola mi amor, buenos días-la besó en los labios a modo de saludo-.
-Buenos días papá, ¿qué es eso?.
-¿Esto-miró a la bolsa que había cogido de su habitación-?. Míralo y lo verás.
Ericka miró al interior de la bolsa y encontró algo envuelto. Era un paquete enorme, de modo que se las vio y las deseó para poder abrirlo. Cuando al final lo abrió, al igual que las matrioskas rusas (las muñecas que al abrirlas contienen otras más pequeñas), Ericka vio más paquetes, estos más pequeños.
-¡¡Papá, esto es trampa!!.
-Ya lo sé-se rió sentándose al lado de ella, admirando sus piernecitas al descubierto por los shorts de su pijama-. No quería que la sorpresa se acabara tan pronto. Anda, abre lo que quieras.
Muy excitada Ericka cogió uno de los paquetes y lo abrió. Al hacerlo vio que estaba de doble envoltura.
-¡¡¡PAPÁAAAA-volvió a protestar-!!!.
-Esta vez verás lo que contiene, te lo prometo.
Fiándose de él Ericka volvió a desenvolverlo, y en efecto pudo ver el contenido de uno de los regalos: se trataba de dos o tres minifaldas de escasa tela, que a la nena quedarían a la altura de los muslos. Ericka casi se volvió loca cuando las vio.
-¡¡Esto es lo que yo quería-se excitó toda-!!, ¡¡papá que bueno, te acordaste de que era mi cumpleaños!!.
-No podía esperar a dártelo de noche. ¡Feliz cumpleaños mi amor!.
-¡¡Gracias papi!!…
Llevada por el momento y sin medir las consecuencias de sus actos Ericka dio un largo beso en la boca a su padre. Carlos lo recibió con un azoramiento terrible, sobretodo al darse cuenta de la inocencia con que su hija lo estaba besando.
-Bueno, ¿y no vas a ver los demás?.
Rauda y veloz acabó por dejar el suelo lleno de papel de envolver: tres bikinis bastante sugerentes, zapatitos de tacón alto y un par de tops de enseñar ombligo. Ericka, fuera de sí, no dejaba de abrazar a su padre, llegando a sentarse en el regazo de él.
-¡¡Gracias papi!!, que bueno eres, me has comprado todo lo que quería.
-De nada mi niña, ya sabes que te adoro, ¿pero no es un poco prontito para que te vistas de esa manera?. Los chicos se van a fijar demasiado en ti.
-¿Y eso es malo-preguntó en un hilillo de voz-?.
La ternura aún existente de Ericka pese a su edad emocionó a Carlos. Aún era como si tuviera 6 años.
-No mi amor, claro que no-la abrazó, sintiendo la frescura de su cuerpo junto al suyo-.
-¡Vaya, te has adelantado a los regalos-protestó Ale al verlos juntos en la cocina-!.
-Lo siento cariño, no podía resistirme-sonrió-.
-Mamá, papá me ha regalado la ropita que había pedido. ¡Ya verás que linda estaré!.
Como si fuera un huracán recogió todo y fue a su cuarto, casi tropezando con Pablito en el pasillo.
-¿¿Qué le pasa??.
-Tu padre, que le ha dado los regalos de su cumpleaños y va a probarlos.
-¡Ay va, que hoy es su cumpleaños-se llevó la mano a la frente-!. Y yo no me acordaba.
-Que chico-sonrió su madre-. Pues aún estás a tiempo de elegir un regalo.
-¡Ven conmigo mamá, ayúdame a elegir algo!, no sé qué comprarle a una chica.
-Es tu hermana, no creo que haya problemas Pablito.
-Pero ya no es una nenita pequeña, no creo que le guste un osito de peluche.
-En fin marido, tengo que solucionar una crisis familiar-le dijo a éste-.
-Espera a ver salir a la nena-dijo Carlos-. No sea que salga y se lleve la decepción de que nadie esté para verla.
Esperando un par de minutos, la chica que apareció ante ellos nada tenía que ver con la misma niña que hasta hace poco aún jugaba con muñecas. Vestida con un top escotado enseñando su vientre, con una minifalda a la altura de los muslos y unos zapatos altos, Carlos quedó alucinado por ver a su hija jugar a ser mujer. Fijándose en Pablito, Carlos vio como la mirada de su hijo se posaba involuntariamente en las partes íntimas de su querida hermana sin poder creerse que aquella fuera su hermana.
-¿¿Qué tal me veo??, ¿cómo luzco?.
-¡Vale, ya está bien!, ¿quién eres y que has hecho con mi hermana-bromeó-?.
-¡Ay Pablito, que soy yo, este es el regalo de papá!. ¿¿Qué tal me sienta??.
-Estás matadora, todos los chicos van a querer ligarte. Se darán golpizas por estar a tu lado, ya lo verás.
Ilusionada ante esa idea le dio un fuerte abrazo a su hermano. Éste al final se retiró un poco hacia atrás, y su padre intuyó que ver a su hermana luciendo palmito podría haber provocado en él una involuntaria excitación sexual. "Instinto de hombre, es natural", se dijo con desdén, sin darle importancia.
-Bueno, ya te he visto, ¿me acompañas mamá?.
-Sí. Ahora volvemos.
Justo antes de salir de casa Ale se fijó en que Ericka se sentaba en el regazo de su padre y en que la mano de éste, quizá adrede quizá sin querer, se posaba en los muslos de su hija, sin que ella protestase.
-¿Soy guapa papá?, dime, ¿soy guapa-preguntó con notable nerviosismo-?.
-Claro que sí. Eres liadísima. Tu hermano tiene razón, los chicos van a pelearse por ti, los vas a dejar muy azorados si te muestras así.
-¿En serio?.
-En serio-sonrió-.
-¿Tú estás azorado papá-y Carlos, viendo que la conversación iba por unos derroteros bien distintos a los de antes-?.
-Un poco cariño, pero es normal. Todo hombre se excita con una mujer hermosa.
-¿¿Entonces ya soy una mujer-sonrió de oreja a oreja-??.
-Serás una gran mujer Ericka. Vas a ser fantástica.
De nuevo Ericka dio un largo beso a su padre, levantándose después para ir a probarse el resto de prendas y a tiempo de evitar sentir la tremenda erección que había provocado en su padre. Carlos no podía creérselo pero estaba totalmente excitado por su hija. Ésta lo había dejado con su verga tan dura como una barra de hierro macizo.
Ale, desde aquella noche que su marido había dicho que era el blanco de las fantasías de su hijo, notó un cambio en la actitud de éste. Del mismo modo que la relación entre Carlos y Ericka había cambiado en los últimos meses (de vez en cuando su padre hacía un regalo sorpresa a su hija, siempre ropa un poco provocativa, o un cariño más fuerte entre ellos, en que Ericka se sentaba muy a menudo en el regazo de su padre o que éste acariciara sus piernas y su vientre con regularidad) la relación entre Pablito y ella había experimentado un cambio también. Su hijo parecía vigilar todos sus movimientos, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Prestaba especial atención a la ropa que llevaba y siempre le dedicaba una palabra amable cuando iba de faldas cortas o de top ajustado marcando las curvas de su cuerpo, y si iba por casa en ropa interior (algo que siempre se había hecho con la mayor naturalidad) los ojos de Pablito no perdían detalle de cada uno de sus gestos. Incluso parecía estar muy excitado (especialmente los días que, llevando mini falda, él se sentaba enfrente de ella, como si intentase ver a través de aquella débil tela), pues hacía los clásicos gestos que los hombres hacen cuando no quieren que una chica sepa que están excitados. Aquel juego le hacía una gracia tremenda, sabiendo además que Pablito no lo hacía con malicia, si no que lo hacía llevado por su curiosidad sobre el cuerpo de las mujeres. También buscaba rozarse con ella, con algún abrazo y dándole muchos besos de cumplido casi cada día, siempre un poco más largos de lo que debieran, pero como el encantaba recibir el cariño de su hijo (un cariño que veía muchas madres no tenían, de ahí que le gustase ese contacto entre ellos), ella nunca protestó, y permitía que él se tomara aquellas libertades para no sufrir ninguna decepción ni ningún corte que luego le impidiera encontrar novia, aceptando aquel roce como algo de lo más natural, lo mismo que los piropos, los cuales la tenían en una nube de amor y cariño.
-Mamá que guapa estás: te veo muy linda hoy-le dijo al verla entrar en la sala de estar-.
-Gracias hijo, tú también estás guapo...Oye voy a darme una ducha, así que vigila por si alguien llama a la puerta, ¿de acuerdo?.
-Sí, claro.
Fue a su dormitorio para cambiarse de ropa y ponerse el albornoz, y al poco de quitarse la camisa y la falda tuvo la extraña sensación de que alguien la miraba, pero no se fijó hasta que estuvo desnuda que se fijó en que, reflejado en un espejo de la habitación, se veía alguien al otro lado de la puerta mirándola cambiarse de ropa, pero cuando se giró para ver quien era, ya no había nadie. Pensando que había visto más se desnudó del todo y luego se puso el albornoz encima, notando que alguien volvía a mirarla. Antes de atar el nudo del albornoz y de tapar su desnudez miró hacia él espejo, donde los ojos volvían a estar mirándola muy fijamente, aprovechando el reflejo de éste para ver su cuerpo sin ropa. Al girarse, de nuevo la puerta estaba algo entornada, pero nadie al otro lado.
-Que chico-se dijo con ternura-. En fin, mejor no regañarle, tampoco se ha propasado.
Yendo a mirar su ropa interior para cambiarse, se encontró con que todo el cajón estaba removido. Alguien o algo lo había estado revolviendo. Ya era algo habitual cuando iba a mirar su cajón de ropa interior: por mucho que lo encontrara ordenado, siempre acababa revuelto como si hubiera pasado un ciclón. Planteándose que podría hacer su hijo con su ropa interior (no imaginaba otro culpable), recordó que ella misma, en su juventud, hizo lo propio con la ropa interior de su padre, especialmente la ropa usada, para descubrir el aroma del hombre, y pensando que quizá era eso lo que buscaba su hijo (el aroma de la mujer) decidió restarle importancia, aunque estaba dispuesta a abroncarle si llegaba un día y se encontraba su ropa totalmente pringada, pues era ya lo creía una mala conducta y una perversión que no quería que él tuviera. Saliendo de su habitación volvió a la sala de estar, donde estaba Pablito viendo la televisión.
-Cariño, ¿estabas tú mirando por mi puerta ahora?.
-No, he estado aquí todo el rato, ¿por qué?.
-No, por nada. No me gustaría saber que me espías.
-¿Y si así fuera que tiene de malo?. Eres muy hermosa y sería normal mirar una mujer guapa, ¿no-preguntó con actitud desenfadada-?.
-Gracias mi amor, pero no olvides que soy tu madre, no solo una mujer.
-Ya lo sé-sonrió-.
-Bueno, me voy a la ducha. No tardaré en salir.
-¿Mucho?.
-No, solo al principio.
A punto de cumplir su mayor sueño, apenas se podía creer que tan solo habían pasado seis meses desde que se había empezado aquella cadena de acontecimientos que al final desembocaron en aquel clímax. Su mente no pudo evitar retrotraerse hasta aquella vez que estando en la playa notó como los jóvenes ojos de su hijo miraban a su hermana.
-¿Ocurre algo, Pablito-le decía a pesar de tener ya los 14 años-?.
-No papá, ¿por qué lo dices?.
-Porqué veo que miras mucho a tu hermana.
-Es que no me puedo creer que sea la misma-se quejó-. Me la han cambiado.
-¿A que viene eso-se rió-?.
-Que no es la misma: la hermana que yo conocí era pequeña y plana, de cara de niña.
-¿Y-repuso curioso-?.
-Que esta está llena de curvas. Algunas más pronunciadas que otras, pero tiene tantas curvas como una carretera de montaña. Además, la cara ya no es de niña, ya parece más mayor que yo.
-Pero solo tiene un año menos que tú. Además, yo la veo muy linda. Esta hermosota, como las nenas de su edad.
Ambos se quedaron mirándola, la cual estaba jugando a salpicarse junto a su madre en la playa. Llevaba un ceñido bikini dos piezas azul y rojo, con dibujos por todas partes. La parte inferior le dibujaba un culito prieto y pequeño pero proporcionado a su cuerpo en ebullición hormonal. Su cintura, antes plana, ahora ya tenía un par de curvas que le dibujaban una silueta estilizada y femenina, y donde antes nada había ahora se intuían un par de hermosos y redondeados senos un poco pequeños para su cuerpo pero que se insinuaban crecerían algo más con el paso del tiempo, cuando terminara de desarrollar. Poseía dos ojos color zafiro que parecían brillar tanto como el cielo del día tan soleado que tenían, y tenía un fuerte y brillante pelo azabache.
-Sí que es verdad que está linda-reconoció el muchacho-.
-¡¡EH-gritó ella de lejos-!!. ¿¿Venís o no??.
-¡Vamos con ellas a jugar!.
-Yo iré luego.
-¿Te vas a quedar aquí?.
-No tengo más remedio.
Su padre no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que Pablito se tumbó boca abajo en la arena. "No puede ser", pensó mientras iba hacia su esposa y su hijita querida.
-¿¿No viene Pablito??.
-Dice que vendrá más tarde. Te ves muy linda Eriquita.
-Papá que ya no soy tan niña-protestó-, con Ericka vale.
-Tú siempre serás mi niña. Eres mi niñita del alma.
Ericka abrazó a su padre y le dio un beso en los labios breve y fugaz para agradecerle aquellas palabras. Dado que era un gesto habitual entre ellos (madre e hijo también se daban esos antisépticos besos, carentes de toda emoción más allá de la formalidad) no le dio importancia, pero el tenerla abrazarla le produjo una involuntaria reacción hormonal que supo combatir de forma rápida e instintiva tirando a su hija al agua para remojarla y chapotear con ella.
-¡Te pillé-bromeó-!.
-¡Maridito, no me ahogues a la nena, que solo tengo una y no tengo de repuesto!.
Ericka reaccionó a las bromas de su madre y provocó a hundirla un poco en el agua. El resto del día, una vez Pablito se unió a ellos, fue igual de bueno y divertido. Ya con la puesta de sol, con la playa ya casi vacía, los cuatro emprendieron el camino de regreso para volver a casa.
-Ha sido un día perfecto, te quiero Carlos.
-Yo también te quiero Ale-la besó-.
Llegando al coche, padre e hijo cargaban toallas y demás para regresar.
-Pablito, ¿qué fue lo que te impidió ir con nosotros hace horas?.
-Te lo digo si no se lo dices a nadie-dijo ruborizado-.
-Claro, te lo prometo.
-Es que últimamente me siento muy mal papá. Muchas veces despierto y tengo toda la puntita parada, no consigo bajarla.
Carlos lanzó una carcajada que tuvo que ahogar para no llamar la atención de las dos féminas de la familia, apostados delante del coche.
-No te dé vergüenza, es natural. Eres un adolescente y es normal. Yo lo tuve a tu edad y no hay porqué sentirse mal por ello.
-¡Sí que tengo!.
La respuesta tan convencida hizo que él se quedara algo extrañado.
-¿Por qué dices eso?, ¿qué tiene de malo?.
Incapaz de decirlo al aire, hizo que su padre se acercara y se lo dijera al oído. Carlos le miró una vez se lo dijo. Pablito parecía al borde de una crisis nerviosa.
-¡Ay no, no te sientas mal-lo abrazó-!. Bueno, que sepas que eso no es tan malo, es algo natural, ¿de acuerdo?.
-¿¿Lo dices en serio-preguntó al ver aquellas palabras como un rayo de esperanza-??.
-Sí, en serio. Los niños suelen pasar esa etapa en la vida, es de lo más normal. Yo la tuve, y se pasó. Ya verás como pronto se te pasa, pero no te sientas mal, ¿de acuerdo?. No eres ningún monstruo.
-¿Qué pasa?.
-Nada Ale-respondió su marido-. Cosas de hombres.
-Venga, vámonos, es tarde y quiero cenar.
Algunas horas después ya estaban todos en casa. Habían cenado, habían visto la TV y se habían ido a dormir. Para rematar el tan formidable día, Carlos y Ale habían tenido una sesión intensiva de sexo, quedando sobre la cama extenuados. Carlos se fijó en que la puerta de la habitación estaba entornada, algo que le extrañó ya que recordaba haberla cerrado del todo.
-¿Qué le pasaba a Pablito de tarde?.
-Tendrás que prometer no decir ni hacer nada, ¿de acuerdo?.
-Tranquilo marido, sabes que sé guardar una confidencia-sonrió ella-.
-Esta es diferente-repuso muy serio-. Necesito saber que él no se enterará de que te lo he dicho, se moriría de la vergüenza y a mí me repudiaría.
-¿¿Pero que pasa-preguntó aterrada-??. Por dios no me asustes así.
-No te preocupes, no es nada malo, es que tuvo una erección y no era quien a quitarla.
-¡Pobre-sonrió enternecida-!. Ya entiendo porqué se tumbó boca abajo-se reía-. Ay que chico, como crece. Ya hasta piensa en las chicas.
-No, piensa en una.
-¿Le gusta una?, ¡que bien-se alegró-!, ¿y quien es la afortunada?.
-Tú.
Los ojos azules de Alejandra quedaron fijos en los de su marido, esperando que fuera una broma. Éste, por contra, quedó impertérrito.
-¿Qué yo le gusto?, ¿a Pablito-se extrañó-?.
-Le tranquilicé diciéndole que era normal, que todos los niños sueñan en alguna parte de su vida con su madre, que yo lo había pasado con su abuela y que no pasa nada, que esa época viene y va.
-¿Y que tengo yo que le guste tanto?.
Carlos miró el cuerpo desnudo de su mujer, tumbado en la cama de colchas totalmente descorridas debido al calor de la casa: pelo negro liso hasta los hombros, de unos ojos azules que su hija había heredado, con grandes pechos de pezones nacarados claros, de areola bien formada y redonda, con un vientre aún liso y torneado, piernas musculadas (que no musculosas) y firmes y un bien cuidado monte de Venus en su bajo vientre, que daba una imagen perfecta de sensualidad. Sus labios, finos pero carnosos, y su boca de sugerentes formas hizo que de nuevo se excitara al ver a la mujer que tenía a su lado.
-Cariño, no tengo ni idea-ironizó mirándola de arriba abajo sin esconder su erección-.
-Sí, ya lo veo-se relamió-.
Incorporándose un poco sobre la cama Alejandra acarició el endurecido miembro de su marido y se lo metió en la boca con avidez. Carlos se dejó hacer y permitió que ella le tomara el control de su cuerpo. La boca de Ale, húmeda y caliente, le proporcionaba una riada de sensaciones que le llegaban hasta los dedos de los pies. Amante consumada tras años de práctica y juegos sexuales de toda índole, juegos que terminaron por incluir a varios amigos de Carlos, que aceptaron encantados la oferta de poder disfrutarse de su esposa a condición de poder hacer de mirón, masturbándose mientras ejercía de voyeur viendo a su mujer poseída por sus más íntimos amigos. Ale no ejercía un papel pasivo en los respectivos tríos, si no que aceptaba de buena gana a esos hombres de diferentes cuerpos y penes que iban pasando por ella. Enamorada de su marido a más no poder y confiando plenamente en las decisiones de éste se había tirado a los brazos de aquellos hombres y había disfrutado con todos ellos. Ahora, con toda esa experiencia acumulada, manejaba la verga de su marido como consumada maestra sexual, usando los labios a modo de ventosa para aspirarlo y enroscando al lengua alrededor del glande.
-¡Aaaaaaaaaahh ay Ale que me la arrancaaaaaaaas!, ¡sigue Ale sigueeeeeeeeee!…
-¡Quiero que te vengas en mi boca!, ¡dame tu leche, quiero ordeñarte!.ç
-¡Sácamela ya, sácamela yaaaaaaaaa!…
En un acto reflejo del que no fue consciente hasta segundos más tarde Carlos se giró y miró a la puerta de la habitación: entonces vio una figura oculta entre tinieblas que no se perdía detalle de lo ocurrido. Lo tuvo claro desde el primer momento: envalentonado un poco por lo hablado de tarde, Pablito estaba mirando a su madre apropiarse del pene de su padre, veía a su madre con la boca llena de polla. Temiendo que si hablaba podría causarle daño Carlos calló y dejó que siguiera mirando. No sabía porqué pero aquello le proporcionaba un morbo terrible: su hijo pequeño mirando a sus padres teniendo sexo.
-¡Así Ale-la animaba-!. ¡Vamos, chúpame todo, gózame, sácame la leche!…
-¡Sí maridito-se la quitó para respirar-!. ¡Esta joyita es mía, toda mía!. ¡Dámela toda mi amor, quiero tenerla en mi boca, quiero saborearla!.
-¡Pues chúpame más fuerte!, ¡chúpame hasta los huevos!, ¡métetela toda en la boca!.
Dicho y hecho Ale abrió del todo la boca y se la tragó hasta que su nariz tropezó con el pubis de su marido, manteniendo esa postura bastante tiempo al respirar por la nariz y así evitar abrir la boca. Carlos, viendo que su esposa era ajena al espectador que había al otro lado de la habitación, lo miró un tiempo, cruzando varias veces la mirada con él y sonriéndole le guiñó un ojo con complicidad. Entonces dio la luz de una de las mesitas de noche, que estaba cerca de él.
-¡Quiero verte ordeñarme, quiero ver esa carita llena de leche!.
-¿Te excita verdad?, ¿quieres verme pringada?.
-Síiiii quiero correrme en tu cara, en tu boca, quiero verte llena de mí.
Alejandra apretó el ritmo de sus mamadas y se la estrujó usando una mano para hacerlo correr más deprisa. Carlos ayudaba empujando con las caderas para gozar cuanto antes.
-¡Ya está, me corro!, ¡me corrooo!.
-¡Síiiii!
Sacándosela de la boca Carlos se masturbó los últimos segundos y eyaculó en la cara de su esposa, que recibió su simiente de vida embelesada. Sobreexcitado como estaba la dejó bien pringada en la cara y la boca.
-¡Que linda luces llena de semen, estás de foto!.
-¡Pues sácame una para recordarlo-se rió mientras usaba los dedos para tragarlo todo-!.
-Otro día…pero ahora necesito más.
-¿¿Más??, ¿aún te quedan fuerzas?.
-Pocas, pero las suficientes para aguantar un último asalto.
Cogiendo a su mujer y poniéndola a cuatro patas apoyándose en el lateral de la cama Carlos la penetró a pesar de estar semi erecto.
-¡Ni siquiera la tienes del todo dura!, ¿cómo vas a aguantar otro round?.
-Así.
Embatiéndola y cogiéndola del pelo en plan salvaje Carlos se giró para ver a su mirón, El morbo de verse observado por su hijo hizo que se volviera a empalmar, haciéndolo dentro de ella.
-¡Ay que gusto, la he sentido ponerse durísima!, ¡me encanta, quiero que me la metas así siempre, que rico sentir como te excitas!.
-¡Pues ya verás ahora, voy a taladrarte como si fuera un berbiquí!.
Empujando con ritmo de martillo y con salvaje amoralidad Carlos propinó a su esposa una gran penetrada doble, ya que a mitad de camino cambió de agujero. Carlos notó que los ojos del espectador se abrieron de par en par.
-¿¿Te gusta tenerla en la cola, te gusta que te sodomicé??. ¡Grítamelo!.
-¡No, que los niños pueden oírnos!.
-¡Que nos oigan, que sepan como es hacer buen sexo!, ¡grítamelo Ale, grítalo!. Grita lo mucho que te gusta que te penetre el culo.
-¡SÍIIIIIIIIIIIIII-gritó descocada-!. ¡SÍ ME ENCANTA, ME CHIFLAAA, DAME POR DETRÁS, RÓMPEME EL CULO, PÁRTEMELO EN DOS!.
Obedeciendo fielmente Carlos bombeó y bombeó con todo el ímpetu que le quedaba en el cuerpo tras el polvo anterior y la mamada previa de su mujer. El espectador tenía los ojos como platos, escondido en la oscuridad solo se podía distinguir como miraba muy asombrado aquella escena. Carlos no se perdió detalle de su espectador mientras hacía lo propio para darle a su esposa el último orgasmo de la noche.
-Aaay ya me viene, ya casi lo tengo…vamos Ale muévete, menea las caderas, quiero clavarte hasta el fondo!.
-¡Envíciame marido, fornícame, atorníllame con tu rabo!, ¡sí, así!.
-¡Ay que culo, se lo traga todo!, ¡que no me entere que este culo pasa hambre!.
-¡Dale de comer!, ¡que lo trague todo!, ¡haz que trague!, ¡métela, métemelaaaaaa!.
Los paroxísticos jadeos y gritos entre ellos hicieron que al final llegaran al orgasmo, y que cayeran a la cama ya sudorosos provocando un ruido bastante considerable. Carlos se fijó que la puerta estaba cerrada. El espectador había aprovechado el momento para desaparecer. Al lado de su mujer, Carlos estaba agotado, pero también alucinado. Nunca había imaginado que se excitaría tanto que su hijo le viera.
Varios días después de aquello la mente de Carlos aún seguía pensando en lo que había pasado. No dejaba de recordar como le había gustado que Pablito le viera tirándose a su madre, y como se había excitado ante aquel espectador de ojos grandes e intensos que miraba como sus padres disfrutaban como salvajes. Pensando que debía hablar con su hijo para que no lo hiciera de nuevo se acercó a él aprovechando que las dos mujeres de la casa estaban en otra parte de la misma.
-¿Tienes un momento Pablito?.
-¿Qué pasa papá?.
-Verás, esto es muy embarazoso…es lo que hiciste hace varios días…
-¿¿Lo de la playa-se asustó-??.
-No, después…no quiero que vuelvas a espiarnos, ¿de acuerdo?.
-¿Espiaros?.
-Te vi. Abriste un poco la puerta y nos viste a tu madre y a mí en la cama. No dije nada para que ella no te reprendiera, pero procura no hacerlo de nuevo, ¿de acuerdo?.
-Papá yo no os he espiado.
-¡No mientras, sabes que no me gusta!.
-¡Te digo la verdad papá, yo no he sido, me fui a la cama directo y me quedé dormido toda la noche!.
-¡No sigas!, ¿vale?. Te he visto, fuiste tú.
-¡¡Yo no he sido-gritó-!!. ¡Yo no os espié!.
Pablito no era el típico chico mentiroso, pero Carlos no le podía creer del todo. Sabía lo que había visto, sabía qué lo había visto, pero él se defendía como si fuera inocente. La idea de que no fuera su hijo le hizo tener una duda: "si él no fue, ¿entonces quien fue?". Dado que solo había cuatro personas en la casa, no tuvo que pensar mucho, y decidido a salir de dudas esperó a ver a solas a la otra persona que estaba en la casa pero no dentro de la habitación con ellos. Encontró a Ericka charlando su madre y con su hermano muy cerca de ella. Antes de hablar con ella se fijó que la mirada de su hija era algo intensa, mirando algo que no supo precisar lo que era. Aunque intentó saber a qué miraba con tanta intensidad no pudo descubrirlo.
-Hijita, ¿puedes venir un momento?. Tengo que preguntarte algo.
Ericka se levantó. Vestida con una ropa holgada que dejaba su cuerpo a la imaginación de una tela semi transparente que destacaba sus curvas, Carlos la llevó a su cuarto.
-Cariño, ¿la noche después de venir de la playa te levantaste de noche?.
-No. Solo fui a beber agua, que me levanté con sed y me volví a dormir después. ¿Por qué lo preguntas?.
-¿Segura?.
-Sí papá, segura-sonrió-.
-Está bien, vuelve con mamá.
-Vale papá te quiero.
Abrazándolo tiernamente, Carlos sintió el liviano peso y la calidez de su juvenil cuerpo contra el suyo. Él correspondió acogiéndola en brazos con cariño.
-Yo también te quiero mi’jita. Eres preciosa.
Al separase de él Ericka, adrede o sin querer, no estaba claro, rozó la entrepierna de su padre con el muslo de su pierna. Carlos quedó sin saber qué pensar. ¿Había sido un roce inocente o lo había hecho adrede?.
Poco tiempo después de aquello todo había vuelto a la calma. El mirón no había hecho acto de presencia y ni Pablo ni Ericka habían confesado el delito, por lo que el asunto fue olvidado, pero lo cierto era que aquel roce comenzó a quemar la mente de Carlos. Recordando aquella charla que había tenido con Pablito, lo cierto era que ya no venía a su hija de la misma manera. Ya no la veía como hija, si no como mujer, una mujer que prometía superar a su madre en belleza. Piernas lindas y torneadas, cintura que ya apuntaba su feminidad, y un rostro de niña buena e inocente eran rasgos que cada noche le venían a la mente, en especial aquella tarde en la playa, con aquel bikini que dejaba a la imaginación tan solo sus partes íntimas. Al paso de las semanas ya se había convertido en algo cotidiano que se levantara de la cama con una erección dolorosa, incapaz de bajarla sin la ayuda de su mujer, que de buena gana aliviaba los ardores de su marido, pero era ver a su nena en la cocina tomando su desayuno cuando su mente volvía a traicionarlo, imaginándola que tomaba otro tipo de desayuno.
-Hola mi amor, buenos días-la besó en los labios a modo de saludo-.
-Buenos días papá, ¿qué es eso?.
-¿Esto-miró a la bolsa que había cogido de su habitación-?. Míralo y lo verás.
Ericka miró al interior de la bolsa y encontró algo envuelto. Era un paquete enorme, de modo que se las vio y las deseó para poder abrirlo. Cuando al final lo abrió, al igual que las matrioskas rusas (las muñecas que al abrirlas contienen otras más pequeñas), Ericka vio más paquetes, estos más pequeños.
-¡¡Papá, esto es trampa!!.
-Ya lo sé-se rió sentándose al lado de ella, admirando sus piernecitas al descubierto por los shorts de su pijama-. No quería que la sorpresa se acabara tan pronto. Anda, abre lo que quieras.
Muy excitada Ericka cogió uno de los paquetes y lo abrió. Al hacerlo vio que estaba de doble envoltura.
-¡¡¡PAPÁAAAA-volvió a protestar-!!!.
-Esta vez verás lo que contiene, te lo prometo.
Fiándose de él Ericka volvió a desenvolverlo, y en efecto pudo ver el contenido de uno de los regalos: se trataba de dos o tres minifaldas de escasa tela, que a la nena quedarían a la altura de los muslos. Ericka casi se volvió loca cuando las vio.
-¡¡Esto es lo que yo quería-se excitó toda-!!, ¡¡papá que bueno, te acordaste de que era mi cumpleaños!!.
-No podía esperar a dártelo de noche. ¡Feliz cumpleaños mi amor!.
-¡¡Gracias papi!!…
Llevada por el momento y sin medir las consecuencias de sus actos Ericka dio un largo beso en la boca a su padre. Carlos lo recibió con un azoramiento terrible, sobretodo al darse cuenta de la inocencia con que su hija lo estaba besando.
-Bueno, ¿y no vas a ver los demás?.
Rauda y veloz acabó por dejar el suelo lleno de papel de envolver: tres bikinis bastante sugerentes, zapatitos de tacón alto y un par de tops de enseñar ombligo. Ericka, fuera de sí, no dejaba de abrazar a su padre, llegando a sentarse en el regazo de él.
-¡¡Gracias papi!!, que bueno eres, me has comprado todo lo que quería.
-De nada mi niña, ya sabes que te adoro, ¿pero no es un poco prontito para que te vistas de esa manera?. Los chicos se van a fijar demasiado en ti.
-¿Y eso es malo-preguntó en un hilillo de voz-?.
La ternura aún existente de Ericka pese a su edad emocionó a Carlos. Aún era como si tuviera 6 años.
-No mi amor, claro que no-la abrazó, sintiendo la frescura de su cuerpo junto al suyo-.
-¡Vaya, te has adelantado a los regalos-protestó Ale al verlos juntos en la cocina-!.
-Lo siento cariño, no podía resistirme-sonrió-.
-Mamá, papá me ha regalado la ropita que había pedido. ¡Ya verás que linda estaré!.
Como si fuera un huracán recogió todo y fue a su cuarto, casi tropezando con Pablito en el pasillo.
-¿¿Qué le pasa??.
-Tu padre, que le ha dado los regalos de su cumpleaños y va a probarlos.
-¡Ay va, que hoy es su cumpleaños-se llevó la mano a la frente-!. Y yo no me acordaba.
-Que chico-sonrió su madre-. Pues aún estás a tiempo de elegir un regalo.
-¡Ven conmigo mamá, ayúdame a elegir algo!, no sé qué comprarle a una chica.
-Es tu hermana, no creo que haya problemas Pablito.
-Pero ya no es una nenita pequeña, no creo que le guste un osito de peluche.
-En fin marido, tengo que solucionar una crisis familiar-le dijo a éste-.
-Espera a ver salir a la nena-dijo Carlos-. No sea que salga y se lleve la decepción de que nadie esté para verla.
Esperando un par de minutos, la chica que apareció ante ellos nada tenía que ver con la misma niña que hasta hace poco aún jugaba con muñecas. Vestida con un top escotado enseñando su vientre, con una minifalda a la altura de los muslos y unos zapatos altos, Carlos quedó alucinado por ver a su hija jugar a ser mujer. Fijándose en Pablito, Carlos vio como la mirada de su hijo se posaba involuntariamente en las partes íntimas de su querida hermana sin poder creerse que aquella fuera su hermana.
-¿¿Qué tal me veo??, ¿cómo luzco?.
-¡Vale, ya está bien!, ¿quién eres y que has hecho con mi hermana-bromeó-?.
-¡Ay Pablito, que soy yo, este es el regalo de papá!. ¿¿Qué tal me sienta??.
-Estás matadora, todos los chicos van a querer ligarte. Se darán golpizas por estar a tu lado, ya lo verás.
Ilusionada ante esa idea le dio un fuerte abrazo a su hermano. Éste al final se retiró un poco hacia atrás, y su padre intuyó que ver a su hermana luciendo palmito podría haber provocado en él una involuntaria excitación sexual. "Instinto de hombre, es natural", se dijo con desdén, sin darle importancia.
-Bueno, ya te he visto, ¿me acompañas mamá?.
-Sí. Ahora volvemos.
Justo antes de salir de casa Ale se fijó en que Ericka se sentaba en el regazo de su padre y en que la mano de éste, quizá adrede quizá sin querer, se posaba en los muslos de su hija, sin que ella protestase.
-¿Soy guapa papá?, dime, ¿soy guapa-preguntó con notable nerviosismo-?.
-Claro que sí. Eres liadísima. Tu hermano tiene razón, los chicos van a pelearse por ti, los vas a dejar muy azorados si te muestras así.
-¿En serio?.
-En serio-sonrió-.
-¿Tú estás azorado papá-y Carlos, viendo que la conversación iba por unos derroteros bien distintos a los de antes-?.
-Un poco cariño, pero es normal. Todo hombre se excita con una mujer hermosa.
-¿¿Entonces ya soy una mujer-sonrió de oreja a oreja-??.
-Serás una gran mujer Ericka. Vas a ser fantástica.
De nuevo Ericka dio un largo beso a su padre, levantándose después para ir a probarse el resto de prendas y a tiempo de evitar sentir la tremenda erección que había provocado en su padre. Carlos no podía creérselo pero estaba totalmente excitado por su hija. Ésta lo había dejado con su verga tan dura como una barra de hierro macizo.
Ale, desde aquella noche que su marido había dicho que era el blanco de las fantasías de su hijo, notó un cambio en la actitud de éste. Del mismo modo que la relación entre Carlos y Ericka había cambiado en los últimos meses (de vez en cuando su padre hacía un regalo sorpresa a su hija, siempre ropa un poco provocativa, o un cariño más fuerte entre ellos, en que Ericka se sentaba muy a menudo en el regazo de su padre o que éste acariciara sus piernas y su vientre con regularidad) la relación entre Pablito y ella había experimentado un cambio también. Su hijo parecía vigilar todos sus movimientos, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Prestaba especial atención a la ropa que llevaba y siempre le dedicaba una palabra amable cuando iba de faldas cortas o de top ajustado marcando las curvas de su cuerpo, y si iba por casa en ropa interior (algo que siempre se había hecho con la mayor naturalidad) los ojos de Pablito no perdían detalle de cada uno de sus gestos. Incluso parecía estar muy excitado (especialmente los días que, llevando mini falda, él se sentaba enfrente de ella, como si intentase ver a través de aquella débil tela), pues hacía los clásicos gestos que los hombres hacen cuando no quieren que una chica sepa que están excitados. Aquel juego le hacía una gracia tremenda, sabiendo además que Pablito no lo hacía con malicia, si no que lo hacía llevado por su curiosidad sobre el cuerpo de las mujeres. También buscaba rozarse con ella, con algún abrazo y dándole muchos besos de cumplido casi cada día, siempre un poco más largos de lo que debieran, pero como el encantaba recibir el cariño de su hijo (un cariño que veía muchas madres no tenían, de ahí que le gustase ese contacto entre ellos), ella nunca protestó, y permitía que él se tomara aquellas libertades para no sufrir ninguna decepción ni ningún corte que luego le impidiera encontrar novia, aceptando aquel roce como algo de lo más natural, lo mismo que los piropos, los cuales la tenían en una nube de amor y cariño.
-Mamá que guapa estás: te veo muy linda hoy-le dijo al verla entrar en la sala de estar-.
-Gracias hijo, tú también estás guapo...Oye voy a darme una ducha, así que vigila por si alguien llama a la puerta, ¿de acuerdo?.
-Sí, claro.
Fue a su dormitorio para cambiarse de ropa y ponerse el albornoz, y al poco de quitarse la camisa y la falda tuvo la extraña sensación de que alguien la miraba, pero no se fijó hasta que estuvo desnuda que se fijó en que, reflejado en un espejo de la habitación, se veía alguien al otro lado de la puerta mirándola cambiarse de ropa, pero cuando se giró para ver quien era, ya no había nadie. Pensando que había visto más se desnudó del todo y luego se puso el albornoz encima, notando que alguien volvía a mirarla. Antes de atar el nudo del albornoz y de tapar su desnudez miró hacia él espejo, donde los ojos volvían a estar mirándola muy fijamente, aprovechando el reflejo de éste para ver su cuerpo sin ropa. Al girarse, de nuevo la puerta estaba algo entornada, pero nadie al otro lado.
-Que chico-se dijo con ternura-. En fin, mejor no regañarle, tampoco se ha propasado.
Yendo a mirar su ropa interior para cambiarse, se encontró con que todo el cajón estaba removido. Alguien o algo lo había estado revolviendo. Ya era algo habitual cuando iba a mirar su cajón de ropa interior: por mucho que lo encontrara ordenado, siempre acababa revuelto como si hubiera pasado un ciclón. Planteándose que podría hacer su hijo con su ropa interior (no imaginaba otro culpable), recordó que ella misma, en su juventud, hizo lo propio con la ropa interior de su padre, especialmente la ropa usada, para descubrir el aroma del hombre, y pensando que quizá era eso lo que buscaba su hijo (el aroma de la mujer) decidió restarle importancia, aunque estaba dispuesta a abroncarle si llegaba un día y se encontraba su ropa totalmente pringada, pues era ya lo creía una mala conducta y una perversión que no quería que él tuviera. Saliendo de su habitación volvió a la sala de estar, donde estaba Pablito viendo la televisión.
-Cariño, ¿estabas tú mirando por mi puerta ahora?.
-No, he estado aquí todo el rato, ¿por qué?.
-No, por nada. No me gustaría saber que me espías.
-¿Y si así fuera que tiene de malo?. Eres muy hermosa y sería normal mirar una mujer guapa, ¿no-preguntó con actitud desenfadada-?.
-Gracias mi amor, pero no olvides que soy tu madre, no solo una mujer.
-Ya lo sé-sonrió-.
-Bueno, me voy a la ducha. No tardaré en salir.
-