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Cosas que Ocurren en Pandemia – Capítulo 001
Cuando el 14 de marzo de 2020 se decretó el Estado de Alarma y el confinamiento en España, Alba se vio de repente encerrada en casa todo el día con su hijo, Antonio. Julián, su marido y enfermero de profesión, al ser personal de servicios esenciales sí que iba a trabajar, y muchos días, más de las 8 horas reglamentarias.
Los primeros días fueron de aclimatación a las nuevas circunstancias. Julián no tenía horarios fijos y Alba y Antonio no tenían otra cosa que hacer que ver la tele, turnarse para ir al supermercado y poco más. Bueno, Antonio, a sus 19 años también se la meneaba a diario, y varias veces.
Alba, como todas las madres, sabía que su hijo se masturbaba. Ese largo tiempo encerrado en el baño, esas sospechosas manchas en las sábanas, eran las inequívocas señales de que su hijo se tocaba desde la lejana pubertad. Ella no le daba importancia, sabedora de que eran cosas de la juventud.
Lo que Alba no sospechaba, ni de lejos, es que alguna de esas juveniles pajas estaba dedicada a ella. Y que desde que estaban los dos encerrados en casa por el Covid la frecuencia de las fantasías en las que Antonio la metía a ella había aumentado.
A sus 46 años Alba era una hermosa mujer. Morena de piel, con el cabello rizado un poco por debajo de los hombros. Delgada, pero no flaca, con una linda cara, un culito redondo y respingón y un bello par de tetas que se mantenían muy bien para su edad. Hacía un año desde su última regla y por el momento no había necesitado ni medicación ni complemento alguno.
Sin embargo, pese a su belleza, solo había mantenido relaciones sexuales con su marido, con el que se había casado virgen. La desfloró en su noche de bodas, torpemente. Y así, torpe, había sido su vida sexual desde entonces. Ni ella ni Julián, de la que Alba también había sido su primera y única mujer, tenían la suficiente experiencia ni tampoco la osadía de experimentar cosas nuevas.
Durante los primeros años de matrimonio, cada sábado por la noche, como un reloj, Julián, una vez acostados y con la luz apagada, le besaba un poco el cuello. Le acariciaba las tetas, pero sin mucha dulzura, le quitaba las bragas - si ella las tenía puestas -, la montaba, le clavaba su dura polla en su casi siempre poco húmedo sexo y la embestía unos minutos hasta tensarse y correrse, bufando y gruñendo, dentro de ella. Luego un beso rápido en los labios, se tumbaba en su lado de la cama y a los pocos minutos ya roncaba.
Alba, con los ojos abiertos en la oscuridad de su dormitorio y sintiendo como el semen de su marido empezaba a salirse, se preguntaba si eso era el sexo. Eso tan placentero que había oído pero que para ella no significaba nada. Solo de vez en cuando, en contadas ocasiones, cuando la polla de su marido entraba y salía de ella, notaba como se mojaba y empezaba a sentir algo de placer. Pero entonces él se corría y todo terminaba. Se levantaba cuando él empezaba a roncar, se iba al baño a lavarse y volvía a la cama.
A los 27 años se quedó embarazada de Antonio. Julián la dejó tranquila más de 1 año antes de, por supuesto un sábado por la noche, volver a montarla y bufar sobre ella hasta llenarla.
Cierto día, tendría su hijo tres años, Alba hablando con su mejor amiga, se atrevió a preguntarle:
-Carmen... ¿Tú gozas con tu marido?
-¿Ein? - respondió, sorprendida, su amiga.
-Ya sabes - bajó la cabeza, avergonzada - cuando tenéis sexo.
-¡Cuando follamos!
-Sí.
-Pues a veces sí, a veces no. ¿Tú qué tal?
-Yo... creo que no.
-¡Coño!
Alba le contó cómo era Julián con ella. Cómo cada sábado la montaba, se meneaba hasta correrse y se echaba a dormir. Le contó que a veces ella empezaba a sentir algo pero que todo terminaba rápido y se quedaba frustrada.
-Pues hazte una paja - le respondió.
-Yo... me da cosa... con él ahí.
-¿No me dices que los pocos minutos ya está roncando?
-Sí.
-Pues eso. O vete al baño.
De esa manera fue como a los 30 años Alba tuvo su primero orgasmo en la cama con su marido. Solo que él roncaba a su lado y ella se frotaba el clítoris hasta estallar en silencio después de que él se la follara y se quedara dormido enseguida.
Cada sábado después de esa noche, ella se masturbaba cuando Julián se dormía. Se acariciaba a sí misma hasta que su cuerpo se tensaba, apretaba los dientes y gozaba de su propio cuerpo.
Meses después, estando sola en su casa una tarde que su marido se llevó al pequeño Antonio de paseo, Alba se masturbó tranquila, sin temer que nadie la oyera y gritó, por primera vez, en la cumbre del intenso orgasmo que sus dedos le regalaron. Desde ese momento aprovechaba las escasas ocasiones en que se quedaba sola para satisfacerse. Ocasiones que aumentaron cuando Antonio empezó a ir al colegio.
Así pasaron los años. Antonio fue creciendo y ella fue disminuyendo sus momentos de auto amor. Hasta Julián a veces se saltaba algún sábado.
Hasta que un día el Gobierno la encerró en casa con su hijo.
*******
Antonio, ahora casi todo el día solo con su madre, la empezó a mirar con más intensidad que hasta ese momento. La escasas pajas que se hacía antes pensando ella se convirtieron en las principales. No era una jovencita, por supuesto, pero a sus 46 años, a los ojos del joven de 19, era una hermosa mujer.
Al no tener que salir de casa debido al confinamiento ella no se arreglaba tanto como antes, pero por otra parte usaba ropa más cómoda, de andar por casa, lo que permitía que Antonio pudiera admirar su cuerpo con más facilidad. Y no podía evitar ponerse como una moto los días que ella no se ponía sujetador y se adivinaban, tras la tela de las camisas o el pijama que llevara, sus dos pezones.
No era raro el día que se metía en el baño a hacerse una buena paja a la salud de su bella y apetecible madre, fantaseando con ella, con hacer todas esas cosas que veía en los vídeos que también usaba para calmar sus juveniles calentones. Y además, el maldito encierro en el que estaba le impedía intentar conseguir algún ligue con el que desfogarse un poco. No era raro que en sus salidas nocturnas con sus amigos consiguiera ligar con alguna chica y sacarle unos besos, un buen morreo, sobarle las tetas y a veces, hasta una placentera paja. Incluso, aunque en raras ocasiones, una rica mamada.
Pero todo eso fue era antes del Covid. Ahora solo tenías sus pajas y a su madre para inspirarlas.
*******
A medida que pasaban los días Alba empezó a notar que Antonio la miraba. Lo sorprendía mirándole las tetas, sobre todo cuando no se ponía sujetador. Ella disimulaba, haciendo como que no se daba cuenta. Se sintió rara, siendo espiada así por su hijo. Pero extrañamente, halagada. Incluso, excitada, hasta el punto de ponerse una camisa fina sin sujetador y disfrutar en silencio de las furtivas miradas de su hijo.
Llevaban un mes de encierro cuando un sábado por la noche y sin que Julián hubiese llegado aún, se pusieron a ver una película en la tele. Ella con un pijama corto y sin sostén, lo que tenía a Antonio atento pare echarle rápidas miradas, y él con una camiseta y unos pantalones cortos de deporte.
A mitad de la película empezó una escena bastante subida de tono. Aunque no era explícita, entre cómo iba vestida su madre y el polvazo que el protagonista le echaba a una estupenda rubia sobre el capó de un coche hizo que la polla de Antonio pasara, de estar morcillona, a ponerse dura como una piedra, abultando notoriamente en su pantalón y obligando al joven a usar, a falta de otra cosa, sus manos para taparse.
Su madre, que se dio cuenta, se rio.
-¡Jajaja! Parece que a alguien la escenita le está afectando - dijo, socarrona.
-Sí, un poco - respondió, ligeramente azorado, Antonio.
Siguieron mirando la película. La escena terminó pero Antonio no se quitaba las manos de la entrepierna. Fue Alba la que ahora, disimuladamente, le echaba furtivas miradas.
Se dio cuenta de que estaba allí, sentada con su hijo, el que sin duda tenía una erección... que sin duda tendría la polla dura y ella lo miraba, tratando de ver algo. Empezó a notar en su bajo vientre ese agradable cosquilleo que sentía hacía unos años y que la llevaban a acariciarse hasta estallar de placer.
Quizás fue eso, la excitación que estaba renaciendo en su cuerpo, la que la llevó a preguntarle a su hijo:
-¿Qué? ¿No se te... baja?
Y arrepentirse de haberlo dicho al siguiente milisegundo.
-Parece que no - respondió él, sin mirarla.
Y en vez de callarse y dejarlo pasar, se sorprendió a si misma cuando le dijo:
-Bueno. Si... luego te tocas, procura no marcharme nada, ¿Eh?
-¡Mamá! - exclamó ahora Antonio, mirándola.
-¡Jajaja! Que es broma hombre.
-Sí, claro.
-Que soy tu madre. Y las madres siempre sabemos lo que hacen nuestros hijos... en la baño o en la cama.
-¡Joder!
-¿Qué te pensabas? ¿Que nos chupamos el dedo?
-No... supongo que no.
Todo terminó ahí cuando oyeron la puerta, indicando que Julián había llegado. Alba se levantó a prepararle algo de cena, dejando a Antonio 'desinflándose' en el salón.
Cuando esa misma noche, después de un breve magreo de tetas y un par de besos en el cuello, Julián se subió sobre su mujer y le metió la polla, no se dio cuenta de que aquel coño estaba más húmedo que otras veces. Se la folló como siempre, buscando solo su placer hasta vaciarse dentro de la acogedora y cálida vagina.
Tampoco se dio cuenta de que Alba estuvo a punto de correrse también mientras la follaba. Si él solo hubiese aguantado un poco más, un minutito más, habría logrado que su esposa, que su mujer, se corriera con su polla dentro. Pero como las veces anteriores, para correrse Alba esperó a oír roncar a su marido antes de tocarse y estallar de placer. Y no puedo evitar correrse pensando en su hijo, en las miradas de los últimos días. En lo que escondían sus manos antes durante la película.
Lo que Alba no supo fue que Antonio también se había corrido momentos antes, oyendo a su padre gruñir. Sabía desde hacía mucho que sus padres follaban casi todos los sábados, y no era la primera paja que se hacía oyéndolos. Bueno, oyendo a su padre. A ella nunca la había oído gemir. Pero sabía el momento justo en que su padre se corría. El momento justo en que su padre le llenaba el coño a su madre de leche calentita. Y era en ese momento, con ese gruñido de placer paterno, cuando Antonio se corría imaginando que era su propia polla la que llenaba a su madre hasta rebosar.
******
Al día siguiente, aunque era domingo, Julián desayunó y se marchó a trabajar sobre las 10 de la mañana. Le dijo a su mujer que solo sería media jornada y que volvería a la hora de comer. Alba estaba en la cocina limpiando la loza cuando Antonio entró.
-Buenos días, mamá - le dijo, mirándole a placer el precioso culo ya que ella le daba la espalda.
-Buenos días, tesoro. ¿Descansaste bien?
-Sí, muy bien. ¿Y tú?
-Sí - respondió la mujer, notando un cosquilleo en su zona baja. Se había despertado mojada.
-Ya claro... jeje. Normal.
Alba se dio la vuelta.
-¿Normal? ¿Qué quieres decir? - preguntó sin saber a qué se refería Antonio.
-Bueno, ya sabes. Era sábado.
-Sí. ¿Y? - volvió a preguntar, aun no habiendo pillado la indirecta de su hijo.
-Sábado sabadete... - respondió él, poniendo cara de pillo.
De repente, Alba al fin comprendió lo que Antonio insinuaba y no podo evitar ruborizarse ligeramente. Se dio la vuelta otra vez para que Antonio no la viera así. Antonio volvió a posar sus ojos el culo de su madre, que tras el corto pantalón de pijama que llevaba lucía precioso y apetecible.
No pudo evitar que su polla empezara a coger consistencia.
¿Y si lo hago? - pensó - ¿Y si hago lo que tantas veces he fantaseado pero nunca me he atrevido a hacer?
Ella seguía dándole la espalda. Había vuelto a ponerse a fregar la loza que le quedaba en el fregadero y al frotar con la esponja la taza que tenía en la mano, el movimiento se distribuía por el todo el cuerpo y sus nalgas se mecían al compás, encendiendo aún más al joven que no le quitaba ojo.
Ese suave meneo fue lo que llevó a Antonio a levantarse, acercarse a su madre y, después de un momento de duda, pegarse a ella y darle un suave beso en el cuello, rozando sus nalgas con su ya dura polla. Con el corazón desbocado, acercó su boca a uno de las orejas de la mujer y le susurró.
-Anoche, entre la película y luego oír como follaban me tuve que... calmar. Pero tranquila, que no te manché nada.
Alba se estremeció, pero no se movió. Casi gime cuando Antonio se apretó más a ella notó claramente contra su culo la dura polla de su hijo.
-Y ahora ya ves. Otra vez hinchado. Creo que iré a mi cuarto a calmarme.
A Alba casi se le cae de las manos la enjabonada taza que sostenía. Iba a decirle algo cuando Antonio se separó de ella y se alejó. Alba no se movió, estaba como petrificada. Lo único vivo en su cuerpo era su coño, el cual lo sentía palpitar entre sus piernas.
Antonio se dirigió a su cuarto y cerró la puerta, aunque no echó la llave. Se tumbó en su cama, se desnudó y empezó a masturbarse, mirando hacia la puerta, esperando que en cualquier momento ésta se abriera y su madre los sorprendiera así, con la polla en la mano y haciéndose una paja.
No era la primera vez que fantaseaba con algo como eso. Estar masturbándose y que de repente su madre entraba y lo sorprendía. En su fantasía ella no se escandalizaba ni le decía nada. Solo se acercaba a su cama, se sentaba, le quitaba la mano para, agarrando su dura polla, terminarle la paja y hacerlo correr a borbotones.
Solo que ahora no era una fantasía. Se había atrevido a hacerlo. Le había apretado la polla contra el culo y le había insinuado claramente que iba a cascársela a su cama. Sabía que era una locura. Que esto era la vida real y que su madre en vez de cogerle la polla podría gritarle y decirle de todo menos bonito.
Pero ya estaba hecho. Quizás el estar tanto tiempo encerrado todo el día con ella lo había llevado a cometer esa locura. Sin dejar de mirar hacia la puerta, siguió tocándose esperando que de un momento a otro ella entrara, o al menos, tocara a la puerta.
Después de 10 minutos y ver que ella no aparecía se empezó a preocupar, primero, y a asustar, después. Empezó a decirse que había sido un estúpido y que se la iba a cargar. La polla se le desinfló y se vistió.
No se atrevió a salir de su cuarto en más de tres horas. Y cuando por fin lo hizo, con todos los sentidos alerta, se acercó lentamente al salón y allí, mirando la tele, estaba ella, como si nada hubiese pasado. Antonio se acercó y se sentó, temeroso, en el sofá de al lado.
*****
Horas antes, cuando Antonio la dejó en la cocina con la taza a medio fregar en las manos, Alba se notó muy excitada, más de lo que recordaba haber estado nunca. En todos los años que llevaba con su marido jamás se había sentido como ahora. Por más que Julián la besara, la acariciara y la follara, había bastado que Antonio la rozara con su dura polla unos segundos para encenderla como nunca.
Sus pezones, duros como piedras, casi le dolían al rozarse con la tela de su camiseta. Notaba como su corazón latía en su pecho, desbocado, y como esos latidos hacían eco en su coño, mojado como nunca. Cerró los ojos y recordó las últimas palabras de su hijo: "Creo que iré a mi cuarto a calmarme".
Eso significaba que Antonio estaría en su cama, masturbándose. Que estaría, se estremeció al pensarlo, haciéndose una paja. Estaría tocándose esa cosa dura que había notado contra su culo momentos antes.
¿Y si iba al cuarto de él? ¿Y si se atrevía a entrar y mirar cómo se daba placer?
Dejó la taza en el fregadero, se lavó las manos y salió de la cocina. Miró hacia el cuarto de Antonio y vio la puerta cerrada. Se acercó lentamente, pero dudas en el último momento hicieron que se diera la vuelta y se dirigiera hacia su propio dormitorio. Entró, cerró la puerta, sin pasar la llave, se tumbó en la cama y a los pocos segundos se corrió mordiéndose la mano para no gritar.
Ni los pantalones se bajó. Solo metió la mano por dentro, se frotó y se corrió.
*****
Antonio esperó unos segundos a que ella dijera, algo, a que estallara contra él. Pero ella parecía tranquila, viendo algún programa en la tele. El silencio lo ahogaba, así que se atrevió a hablar.
-Mamá... yo... siento lo de antes.
-¿El qué, tesoro? - respondió Alba, sabiendo perfectamente a qué se refería su hijo.
-Bueno. A lo que te dije. A lo que hice.
-Ah, bueno, tranquilo. No pasa nada. Supongo que las hormonas, el estar aquí los dos encerrados todo el día...
-Sí... jeje... será eso - mintió el muchacho, aliviado de ver tan tranquila a su madre.
-Y parece que funcionó - dijo ella.
-¿Cómo? - preguntó Antonio, sin entenderla.
-Pues... que te calmaste, digo - y señaló con los ojos al pantalón de Antonio.
-Ah... sí - volvió a mentir el joven, que no pudo terminar la paja que había empezado.
Alba casi le dice que ella también se calmó. Pero se contuvo.
Pasados unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada, Alba no pudo más y le preguntó.
-¿Tan finas son las paredes?
-¿Por qué lo dices? - respondió Antonio.
-Por lo que dijiste esta mañana. Lo de... sábado sabadete...
-Camisa nueva y polvete - completó él.
-¡Jajaja! - Sí, por eso.
-Bueno, eso parece - le dijo, pero sin decirle que él se acercaba a la pared para oírlos mejor, ya que desde su cama, que no daba directamente a la habitación de sus padres, no se oía nada.
-Uf, que corte. Que nos oigas... hacerlo.
-Bueno, mamá. ¿Acaso crees que los hijos no sabemos que nuestros padres... follan?
-Estás aquí. Así que supongo que sabes que al menos 1 vez...
-¡Jajaja, sí! Y precisamente eso es algo que no entiendo.
-¿Qué cosa? - inquirió Alba, intrigada.
-Pues... No, nada. Déjalo.
-Venga, no seas bobo. ¿Qué no entiendes?
Antonio la miró a los ojos y le dijo:
-Que solo te folle una vez a la semana.
La mujer se quedó con la boca medio abierta, sin saber que decir. Pasaron unos segundos en los que sintió como la cara se le ponía roja. Él no dejaba de mirarla. Y añadió:
-Porque si fueras mi mujer...
-¿Qu...qué? - dijo Alba con un hilo de voz
-Si fueras mi mujer, te follaba todos los días.
Alba sintió como todo su cuerpo se estremecía. Su corazón se desbocó y su coño volvió a mojarse.
-Lo siento - dijo Antonio - Quizás me he pasado.
-Bueno, no es algo que una madre espere oír de su hijo, la verdad.
-Ya... supongo que no. Perdóname, mamá.
-Tranquilo, Antonio. En realidad no me ha molestado. Solo me ha sorprendido. Aunque me temo que...
-¿Qué? - preguntó asustado el muchacho.
-Pues... que tendrás que volver a calmarte - respondió Alba, señalando al evidente bulto que se había formado en el pantalón de su hijo.
-Uf, sí - susurró Antonio, mirando como su polla palpitaba encerrada en los holgados pantalones.
No hizo nada, esta vez, por taparse ante su madre. Ella tampoco le dijo que su coño de nuevo palpitaba y que también tendría que calmarse ella también.
Antonio se levantó y vio como su madre le miraba fijamente a la entrepierna. La polla estaba de lado y abultaba de manera nada decorosa. A punto estuvo de bajarse los pantalones y hacerse una paja allí, con ella mirando, pero optó otra cosa. La miró a los ojos.
-Voy a mi cama a...hacerme una paja. Esta vez dejaré la puerta abierta por si quieres... mirar. Me la haré pensando en ti.
Antes de que ella dijese algo, se dio la vuelta y se fue a su cuarto, sorprendido de todo los que estaba haciendo y diciendo ese día. Entró, dejó la puerta abierta tal y como había dicho, se desnudó y se acostó en su cama. Se agarró la polla y empezó una suave y lenta paja, mirando hacia la puerta, esperando ver a su madre asomarse y, quizás, entrar.
Alba, por su parte, tardó más de un minuto en procesar lo que había pasado. Su hijo acababa de decirle que se iba a hacer una paja a su cuarto. Una paja por ella. Y que dejaría la puerta abierta para que ella mirara. Y en vez de enfadarse, de escandalizarse, lo que hizo fue apretar las piernas y gemir.
¿Y si lo hacía? ¿Y si se atrevía a mirar? Solo mirar... No podía tocarlo. Eso no sería correcto. Solo... mirar.
Estuvo unos minutos con la cabeza llena de fugaces pensamientos, de dudas. Llegó a decirse a sí misma que todo aquello no era real. Que Antonio le había gastado una broma.
Se levantó y lentamente salió al pasillo. La puerta abierta al fondo, la puerta del dormitorio de su hijo, la hizo estremecer otra vez. ¿De verdad lo estaba haciendo? ¿Estaba Antonio haciéndose una paja y había dejado la puerta abierta para que ella lo viera?
Salió de dudas cuando, tras lo que le parecieron horas, llegó hasta el marco de la puerta y miró dentro. Allí, tumbado sobre la cama, desnudo, con la polla en la mano, la cual subía y bajaba lentamente a lo largo de la dura estaca, estaba Antonio. Los ojos de la mujer fueron de los ojos de su hijo hacia su polla. Aún desde los 4 metros que los separaban, se dio cuenta de que la polla de su hijo no tenía nada que ver con la de su padre.
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Cosas que Ocurren en Pandemia – Capítulo 001
Cuando el 14 de marzo de 2020 se decretó el Estado de Alarma y el confinamiento en España, Alba se vio de repente encerrada en casa todo el día con su hijo, Antonio. Julián, su marido y enfermero de profesión, al ser personal de servicios esenciales sí que iba a trabajar, y muchos días, más de las 8 horas reglamentarias.
Los primeros días fueron de aclimatación a las nuevas circunstancias. Julián no tenía horarios fijos y Alba y Antonio no tenían otra cosa que hacer que ver la tele, turnarse para ir al supermercado y poco más. Bueno, Antonio, a sus 19 años también se la meneaba a diario, y varias veces.
Alba, como todas las madres, sabía que su hijo se masturbaba. Ese largo tiempo encerrado en el baño, esas sospechosas manchas en las sábanas, eran las inequívocas señales de que su hijo se tocaba desde la lejana pubertad. Ella no le daba importancia, sabedora de que eran cosas de la juventud.
Lo que Alba no sospechaba, ni de lejos, es que alguna de esas juveniles pajas estaba dedicada a ella. Y que desde que estaban los dos encerrados en casa por el Covid la frecuencia de las fantasías en las que Antonio la metía a ella había aumentado.
A sus 46 años Alba era una hermosa mujer. Morena de piel, con el cabello rizado un poco por debajo de los hombros. Delgada, pero no flaca, con una linda cara, un culito redondo y respingón y un bello par de tetas que se mantenían muy bien para su edad. Hacía un año desde su última regla y por el momento no había necesitado ni medicación ni complemento alguno.
Sin embargo, pese a su belleza, solo había mantenido relaciones sexuales con su marido, con el que se había casado virgen. La desfloró en su noche de bodas, torpemente. Y así, torpe, había sido su vida sexual desde entonces. Ni ella ni Julián, de la que Alba también había sido su primera y única mujer, tenían la suficiente experiencia ni tampoco la osadía de experimentar cosas nuevas.
Durante los primeros años de matrimonio, cada sábado por la noche, como un reloj, Julián, una vez acostados y con la luz apagada, le besaba un poco el cuello. Le acariciaba las tetas, pero sin mucha dulzura, le quitaba las bragas - si ella las tenía puestas -, la montaba, le clavaba su dura polla en su casi siempre poco húmedo sexo y la embestía unos minutos hasta tensarse y correrse, bufando y gruñendo, dentro de ella. Luego un beso rápido en los labios, se tumbaba en su lado de la cama y a los pocos minutos ya roncaba.
Alba, con los ojos abiertos en la oscuridad de su dormitorio y sintiendo como el semen de su marido empezaba a salirse, se preguntaba si eso era el sexo. Eso tan placentero que había oído pero que para ella no significaba nada. Solo de vez en cuando, en contadas ocasiones, cuando la polla de su marido entraba y salía de ella, notaba como se mojaba y empezaba a sentir algo de placer. Pero entonces él se corría y todo terminaba. Se levantaba cuando él empezaba a roncar, se iba al baño a lavarse y volvía a la cama.
A los 27 años se quedó embarazada de Antonio. Julián la dejó tranquila más de 1 año antes de, por supuesto un sábado por la noche, volver a montarla y bufar sobre ella hasta llenarla.
Cierto día, tendría su hijo tres años, Alba hablando con su mejor amiga, se atrevió a preguntarle:
-Carmen... ¿Tú gozas con tu marido?
-¿Ein? - respondió, sorprendida, su amiga.
-Ya sabes - bajó la cabeza, avergonzada - cuando tenéis sexo.
-¡Cuando follamos!
-Sí.
-Pues a veces sí, a veces no. ¿Tú qué tal?
-Yo... creo que no.
-¡Coño!
Alba le contó cómo era Julián con ella. Cómo cada sábado la montaba, se meneaba hasta correrse y se echaba a dormir. Le contó que a veces ella empezaba a sentir algo pero que todo terminaba rápido y se quedaba frustrada.
-Pues hazte una paja - le respondió.
-Yo... me da cosa... con él ahí.
-¿No me dices que los pocos minutos ya está roncando?
-Sí.
-Pues eso. O vete al baño.
De esa manera fue como a los 30 años Alba tuvo su primero orgasmo en la cama con su marido. Solo que él roncaba a su lado y ella se frotaba el clítoris hasta estallar en silencio después de que él se la follara y se quedara dormido enseguida.
Cada sábado después de esa noche, ella se masturbaba cuando Julián se dormía. Se acariciaba a sí misma hasta que su cuerpo se tensaba, apretaba los dientes y gozaba de su propio cuerpo.
Meses después, estando sola en su casa una tarde que su marido se llevó al pequeño Antonio de paseo, Alba se masturbó tranquila, sin temer que nadie la oyera y gritó, por primera vez, en la cumbre del intenso orgasmo que sus dedos le regalaron. Desde ese momento aprovechaba las escasas ocasiones en que se quedaba sola para satisfacerse. Ocasiones que aumentaron cuando Antonio empezó a ir al colegio.
Así pasaron los años. Antonio fue creciendo y ella fue disminuyendo sus momentos de auto amor. Hasta Julián a veces se saltaba algún sábado.
Hasta que un día el Gobierno la encerró en casa con su hijo.
*******
Antonio, ahora casi todo el día solo con su madre, la empezó a mirar con más intensidad que hasta ese momento. La escasas pajas que se hacía antes pensando ella se convirtieron en las principales. No era una jovencita, por supuesto, pero a sus 46 años, a los ojos del joven de 19, era una hermosa mujer.
Al no tener que salir de casa debido al confinamiento ella no se arreglaba tanto como antes, pero por otra parte usaba ropa más cómoda, de andar por casa, lo que permitía que Antonio pudiera admirar su cuerpo con más facilidad. Y no podía evitar ponerse como una moto los días que ella no se ponía sujetador y se adivinaban, tras la tela de las camisas o el pijama que llevara, sus dos pezones.
No era raro el día que se metía en el baño a hacerse una buena paja a la salud de su bella y apetecible madre, fantaseando con ella, con hacer todas esas cosas que veía en los vídeos que también usaba para calmar sus juveniles calentones. Y además, el maldito encierro en el que estaba le impedía intentar conseguir algún ligue con el que desfogarse un poco. No era raro que en sus salidas nocturnas con sus amigos consiguiera ligar con alguna chica y sacarle unos besos, un buen morreo, sobarle las tetas y a veces, hasta una placentera paja. Incluso, aunque en raras ocasiones, una rica mamada.
Pero todo eso fue era antes del Covid. Ahora solo tenías sus pajas y a su madre para inspirarlas.
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A medida que pasaban los días Alba empezó a notar que Antonio la miraba. Lo sorprendía mirándole las tetas, sobre todo cuando no se ponía sujetador. Ella disimulaba, haciendo como que no se daba cuenta. Se sintió rara, siendo espiada así por su hijo. Pero extrañamente, halagada. Incluso, excitada, hasta el punto de ponerse una camisa fina sin sujetador y disfrutar en silencio de las furtivas miradas de su hijo.
Llevaban un mes de encierro cuando un sábado por la noche y sin que Julián hubiese llegado aún, se pusieron a ver una película en la tele. Ella con un pijama corto y sin sostén, lo que tenía a Antonio atento pare echarle rápidas miradas, y él con una camiseta y unos pantalones cortos de deporte.
A mitad de la película empezó una escena bastante subida de tono. Aunque no era explícita, entre cómo iba vestida su madre y el polvazo que el protagonista le echaba a una estupenda rubia sobre el capó de un coche hizo que la polla de Antonio pasara, de estar morcillona, a ponerse dura como una piedra, abultando notoriamente en su pantalón y obligando al joven a usar, a falta de otra cosa, sus manos para taparse.
Su madre, que se dio cuenta, se rio.
-¡Jajaja! Parece que a alguien la escenita le está afectando - dijo, socarrona.
-Sí, un poco - respondió, ligeramente azorado, Antonio.
Siguieron mirando la película. La escena terminó pero Antonio no se quitaba las manos de la entrepierna. Fue Alba la que ahora, disimuladamente, le echaba furtivas miradas.
Se dio cuenta de que estaba allí, sentada con su hijo, el que sin duda tenía una erección... que sin duda tendría la polla dura y ella lo miraba, tratando de ver algo. Empezó a notar en su bajo vientre ese agradable cosquilleo que sentía hacía unos años y que la llevaban a acariciarse hasta estallar de placer.
Quizás fue eso, la excitación que estaba renaciendo en su cuerpo, la que la llevó a preguntarle a su hijo:
-¿Qué? ¿No se te... baja?
Y arrepentirse de haberlo dicho al siguiente milisegundo.
-Parece que no - respondió él, sin mirarla.
Y en vez de callarse y dejarlo pasar, se sorprendió a si misma cuando le dijo:
-Bueno. Si... luego te tocas, procura no marcharme nada, ¿Eh?
-¡Mamá! - exclamó ahora Antonio, mirándola.
-¡Jajaja! Que es broma hombre.
-Sí, claro.
-Que soy tu madre. Y las madres siempre sabemos lo que hacen nuestros hijos... en la baño o en la cama.
-¡Joder!
-¿Qué te pensabas? ¿Que nos chupamos el dedo?
-No... supongo que no.
Todo terminó ahí cuando oyeron la puerta, indicando que Julián había llegado. Alba se levantó a prepararle algo de cena, dejando a Antonio 'desinflándose' en el salón.
Cuando esa misma noche, después de un breve magreo de tetas y un par de besos en el cuello, Julián se subió sobre su mujer y le metió la polla, no se dio cuenta de que aquel coño estaba más húmedo que otras veces. Se la folló como siempre, buscando solo su placer hasta vaciarse dentro de la acogedora y cálida vagina.
Tampoco se dio cuenta de que Alba estuvo a punto de correrse también mientras la follaba. Si él solo hubiese aguantado un poco más, un minutito más, habría logrado que su esposa, que su mujer, se corriera con su polla dentro. Pero como las veces anteriores, para correrse Alba esperó a oír roncar a su marido antes de tocarse y estallar de placer. Y no puedo evitar correrse pensando en su hijo, en las miradas de los últimos días. En lo que escondían sus manos antes durante la película.
Lo que Alba no supo fue que Antonio también se había corrido momentos antes, oyendo a su padre gruñir. Sabía desde hacía mucho que sus padres follaban casi todos los sábados, y no era la primera paja que se hacía oyéndolos. Bueno, oyendo a su padre. A ella nunca la había oído gemir. Pero sabía el momento justo en que su padre se corría. El momento justo en que su padre le llenaba el coño a su madre de leche calentita. Y era en ese momento, con ese gruñido de placer paterno, cuando Antonio se corría imaginando que era su propia polla la que llenaba a su madre hasta rebosar.
******
Al día siguiente, aunque era domingo, Julián desayunó y se marchó a trabajar sobre las 10 de la mañana. Le dijo a su mujer que solo sería media jornada y que volvería a la hora de comer. Alba estaba en la cocina limpiando la loza cuando Antonio entró.
-Buenos días, mamá - le dijo, mirándole a placer el precioso culo ya que ella le daba la espalda.
-Buenos días, tesoro. ¿Descansaste bien?
-Sí, muy bien. ¿Y tú?
-Sí - respondió la mujer, notando un cosquilleo en su zona baja. Se había despertado mojada.
-Ya claro... jeje. Normal.
Alba se dio la vuelta.
-¿Normal? ¿Qué quieres decir? - preguntó sin saber a qué se refería Antonio.
-Bueno, ya sabes. Era sábado.
-Sí. ¿Y? - volvió a preguntar, aun no habiendo pillado la indirecta de su hijo.
-Sábado sabadete... - respondió él, poniendo cara de pillo.
De repente, Alba al fin comprendió lo que Antonio insinuaba y no podo evitar ruborizarse ligeramente. Se dio la vuelta otra vez para que Antonio no la viera así. Antonio volvió a posar sus ojos el culo de su madre, que tras el corto pantalón de pijama que llevaba lucía precioso y apetecible.
No pudo evitar que su polla empezara a coger consistencia.
¿Y si lo hago? - pensó - ¿Y si hago lo que tantas veces he fantaseado pero nunca me he atrevido a hacer?
Ella seguía dándole la espalda. Había vuelto a ponerse a fregar la loza que le quedaba en el fregadero y al frotar con la esponja la taza que tenía en la mano, el movimiento se distribuía por el todo el cuerpo y sus nalgas se mecían al compás, encendiendo aún más al joven que no le quitaba ojo.
Ese suave meneo fue lo que llevó a Antonio a levantarse, acercarse a su madre y, después de un momento de duda, pegarse a ella y darle un suave beso en el cuello, rozando sus nalgas con su ya dura polla. Con el corazón desbocado, acercó su boca a uno de las orejas de la mujer y le susurró.
-Anoche, entre la película y luego oír como follaban me tuve que... calmar. Pero tranquila, que no te manché nada.
Alba se estremeció, pero no se movió. Casi gime cuando Antonio se apretó más a ella notó claramente contra su culo la dura polla de su hijo.
-Y ahora ya ves. Otra vez hinchado. Creo que iré a mi cuarto a calmarme.
A Alba casi se le cae de las manos la enjabonada taza que sostenía. Iba a decirle algo cuando Antonio se separó de ella y se alejó. Alba no se movió, estaba como petrificada. Lo único vivo en su cuerpo era su coño, el cual lo sentía palpitar entre sus piernas.
Antonio se dirigió a su cuarto y cerró la puerta, aunque no echó la llave. Se tumbó en su cama, se desnudó y empezó a masturbarse, mirando hacia la puerta, esperando que en cualquier momento ésta se abriera y su madre los sorprendiera así, con la polla en la mano y haciéndose una paja.
No era la primera vez que fantaseaba con algo como eso. Estar masturbándose y que de repente su madre entraba y lo sorprendía. En su fantasía ella no se escandalizaba ni le decía nada. Solo se acercaba a su cama, se sentaba, le quitaba la mano para, agarrando su dura polla, terminarle la paja y hacerlo correr a borbotones.
Solo que ahora no era una fantasía. Se había atrevido a hacerlo. Le había apretado la polla contra el culo y le había insinuado claramente que iba a cascársela a su cama. Sabía que era una locura. Que esto era la vida real y que su madre en vez de cogerle la polla podría gritarle y decirle de todo menos bonito.
Pero ya estaba hecho. Quizás el estar tanto tiempo encerrado todo el día con ella lo había llevado a cometer esa locura. Sin dejar de mirar hacia la puerta, siguió tocándose esperando que de un momento a otro ella entrara, o al menos, tocara a la puerta.
Después de 10 minutos y ver que ella no aparecía se empezó a preocupar, primero, y a asustar, después. Empezó a decirse que había sido un estúpido y que se la iba a cargar. La polla se le desinfló y se vistió.
No se atrevió a salir de su cuarto en más de tres horas. Y cuando por fin lo hizo, con todos los sentidos alerta, se acercó lentamente al salón y allí, mirando la tele, estaba ella, como si nada hubiese pasado. Antonio se acercó y se sentó, temeroso, en el sofá de al lado.
*****
Horas antes, cuando Antonio la dejó en la cocina con la taza a medio fregar en las manos, Alba se notó muy excitada, más de lo que recordaba haber estado nunca. En todos los años que llevaba con su marido jamás se había sentido como ahora. Por más que Julián la besara, la acariciara y la follara, había bastado que Antonio la rozara con su dura polla unos segundos para encenderla como nunca.
Sus pezones, duros como piedras, casi le dolían al rozarse con la tela de su camiseta. Notaba como su corazón latía en su pecho, desbocado, y como esos latidos hacían eco en su coño, mojado como nunca. Cerró los ojos y recordó las últimas palabras de su hijo: "Creo que iré a mi cuarto a calmarme".
Eso significaba que Antonio estaría en su cama, masturbándose. Que estaría, se estremeció al pensarlo, haciéndose una paja. Estaría tocándose esa cosa dura que había notado contra su culo momentos antes.
¿Y si iba al cuarto de él? ¿Y si se atrevía a entrar y mirar cómo se daba placer?
Dejó la taza en el fregadero, se lavó las manos y salió de la cocina. Miró hacia el cuarto de Antonio y vio la puerta cerrada. Se acercó lentamente, pero dudas en el último momento hicieron que se diera la vuelta y se dirigiera hacia su propio dormitorio. Entró, cerró la puerta, sin pasar la llave, se tumbó en la cama y a los pocos segundos se corrió mordiéndose la mano para no gritar.
Ni los pantalones se bajó. Solo metió la mano por dentro, se frotó y se corrió.
*****
Antonio esperó unos segundos a que ella dijera, algo, a que estallara contra él. Pero ella parecía tranquila, viendo algún programa en la tele. El silencio lo ahogaba, así que se atrevió a hablar.
-Mamá... yo... siento lo de antes.
-¿El qué, tesoro? - respondió Alba, sabiendo perfectamente a qué se refería su hijo.
-Bueno. A lo que te dije. A lo que hice.
-Ah, bueno, tranquilo. No pasa nada. Supongo que las hormonas, el estar aquí los dos encerrados todo el día...
-Sí... jeje... será eso - mintió el muchacho, aliviado de ver tan tranquila a su madre.
-Y parece que funcionó - dijo ella.
-¿Cómo? - preguntó Antonio, sin entenderla.
-Pues... que te calmaste, digo - y señaló con los ojos al pantalón de Antonio.
-Ah... sí - volvió a mentir el joven, que no pudo terminar la paja que había empezado.
Alba casi le dice que ella también se calmó. Pero se contuvo.
Pasados unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada, Alba no pudo más y le preguntó.
-¿Tan finas son las paredes?
-¿Por qué lo dices? - respondió Antonio.
-Por lo que dijiste esta mañana. Lo de... sábado sabadete...
-Camisa nueva y polvete - completó él.
-¡Jajaja! - Sí, por eso.
-Bueno, eso parece - le dijo, pero sin decirle que él se acercaba a la pared para oírlos mejor, ya que desde su cama, que no daba directamente a la habitación de sus padres, no se oía nada.
-Uf, que corte. Que nos oigas... hacerlo.
-Bueno, mamá. ¿Acaso crees que los hijos no sabemos que nuestros padres... follan?
-Estás aquí. Así que supongo que sabes que al menos 1 vez...
-¡Jajaja, sí! Y precisamente eso es algo que no entiendo.
-¿Qué cosa? - inquirió Alba, intrigada.
-Pues... No, nada. Déjalo.
-Venga, no seas bobo. ¿Qué no entiendes?
Antonio la miró a los ojos y le dijo:
-Que solo te folle una vez a la semana.
La mujer se quedó con la boca medio abierta, sin saber que decir. Pasaron unos segundos en los que sintió como la cara se le ponía roja. Él no dejaba de mirarla. Y añadió:
-Porque si fueras mi mujer...
-¿Qu...qué? - dijo Alba con un hilo de voz
-Si fueras mi mujer, te follaba todos los días.
Alba sintió como todo su cuerpo se estremecía. Su corazón se desbocó y su coño volvió a mojarse.
-Lo siento - dijo Antonio - Quizás me he pasado.
-Bueno, no es algo que una madre espere oír de su hijo, la verdad.
-Ya... supongo que no. Perdóname, mamá.
-Tranquilo, Antonio. En realidad no me ha molestado. Solo me ha sorprendido. Aunque me temo que...
-¿Qué? - preguntó asustado el muchacho.
-Pues... que tendrás que volver a calmarte - respondió Alba, señalando al evidente bulto que se había formado en el pantalón de su hijo.
-Uf, sí - susurró Antonio, mirando como su polla palpitaba encerrada en los holgados pantalones.
No hizo nada, esta vez, por taparse ante su madre. Ella tampoco le dijo que su coño de nuevo palpitaba y que también tendría que calmarse ella también.
Antonio se levantó y vio como su madre le miraba fijamente a la entrepierna. La polla estaba de lado y abultaba de manera nada decorosa. A punto estuvo de bajarse los pantalones y hacerse una paja allí, con ella mirando, pero optó otra cosa. La miró a los ojos.
-Voy a mi cama a...hacerme una paja. Esta vez dejaré la puerta abierta por si quieres... mirar. Me la haré pensando en ti.
Antes de que ella dijese algo, se dio la vuelta y se fue a su cuarto, sorprendido de todo los que estaba haciendo y diciendo ese día. Entró, dejó la puerta abierta tal y como había dicho, se desnudó y se acostó en su cama. Se agarró la polla y empezó una suave y lenta paja, mirando hacia la puerta, esperando ver a su madre asomarse y, quizás, entrar.
Alba, por su parte, tardó más de un minuto en procesar lo que había pasado. Su hijo acababa de decirle que se iba a hacer una paja a su cuarto. Una paja por ella. Y que dejaría la puerta abierta para que ella mirara. Y en vez de enfadarse, de escandalizarse, lo que hizo fue apretar las piernas y gemir.
¿Y si lo hacía? ¿Y si se atrevía a mirar? Solo mirar... No podía tocarlo. Eso no sería correcto. Solo... mirar.
Estuvo unos minutos con la cabeza llena de fugaces pensamientos, de dudas. Llegó a decirse a sí misma que todo aquello no era real. Que Antonio le había gastado una broma.
Se levantó y lentamente salió al pasillo. La puerta abierta al fondo, la puerta del dormitorio de su hijo, la hizo estremecer otra vez. ¿De verdad lo estaba haciendo? ¿Estaba Antonio haciéndose una paja y había dejado la puerta abierta para que ella lo viera?
Salió de dudas cuando, tras lo que le parecieron horas, llegó hasta el marco de la puerta y miró dentro. Allí, tumbado sobre la cama, desnudo, con la polla en la mano, la cual subía y bajaba lentamente a lo largo de la dura estaca, estaba Antonio. Los ojos de la mujer fueron de los ojos de su hijo hacia su polla. Aún desde los 4 metros que los separaban, se dio cuenta de que la polla de su hijo no tenía nada que ver con la de su padre.
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