"Normalmente, me da por escribir historias inventadas o las fantasías que se me ocurren. Pero lo que toca contar ahora es una historia basada en las confidencias de un buen amigo, de los de toda la vida, de mi edad, junto a una carta que escribió su madre antes de morir dirigida a mí a sus 82 años.
La verdad es que el caso es bastante extraño, porque aunque se acerca al incesto, no llega a serlo del todo. Es, por decirlo de alguna manera, un incesto que no se llegó a consumar del todo, un caso curioso.
El ambiente: Una familia en los ochentas de clase media que vive en un pueblo de Andalucía. Están el matrimonio su hijo que era amigo mio y la abuela, que era la madre del marido."
Ahí van sus confesiones tal como yo la he recibido:
"Mira Inma, mi Antonio (mi hijo), era un niño así, muy a su aire, pero se fiaba mucho de mí. Me contaba todos los problemas que tenía. El pobre era muy malo para dormir, y como yo siempre he sído una madraza, le hacía caso y me metía en la cama con él hasta que el niño se quedaba sobao. Era todo muy tierno, con mucho querer. Él se agarraba a mí y se dormía como un tronco.
Una vez, o dos, noté que me sobaba la pierna y el pecho más de la cuenta, ¿sabe? Pero yo pensé: 'será que está dormido y no se entera de nada'. No le di importancia, hasta que una noche noté un bulto duro que me daba en el culo.
Cuando se hizo ya un mozo, pues claro, dejé de acostarme con él. Y a partir de ahí, le dio por meterse en el váter, se pasaba allí casi una hora todos los días. Yo sé que a esas edades de los chicos les da por tocarse, pero el mío lo hacía sin disimulo y a mí me daba una vergüenza terrible que toda la familia estuviera pendiente de lo que tardaba en el baño.
Sobre todo por su padre y por mi suegra. '¿Por qué se tira tanto el niño en el retrete?', me preguntaba ella, y yo le soltaba: 'Ay, no se me preocupe, ¡son manías de esa edad!'
Un día, lo pillé a solas y le dije que no tardara tanto, y como teníamos esa confiancilla, va y me dice:
'Mamá, es que con los años que tengo, me tengo que aliviar de mis cositas.'
Desde ese día, empecé a verlo tocándose el pito. El muy sinvergüenza lo hacía en cualquier sitio: se escondía en la despensa, en la cama, en el baño, y hasta dejaba la puerta abierta a veces. Es que no tenía ni pizca de vergüenza.
Al poco tiempo, me entró una cosa rara, una curiosidad por ver al chaval. El baño tenía una ventanita que daba al patio. Y yo empecé a mirar a escondidas para ver lo que se hacía. El tonto, que no cerraba la ventana, ¡parecía que quería que yo viera cómo se la meneaba!"
"La primera vez que le vi el miembro me quedé tiesa, Inma. Era un pito enorme, gordo y grande con una cabeza muy grande, ¡nada que ver con el que tenía mi marido, que era más normalito! Estaba allí, meneándosela y leyendo una revista, tan tranquilo.
Yo por aquel entonces era una mujer muy de antes, ¿sabe? Solo había estado con mi marido cuando él quería y siempre a oscuras. Vamos, que era una ama de casa decente y de bien que jamás se había tocado en su vida.
Pues mire usted, Inma, que sentí una calor en mis partes que no me aguanté y tuve que tocarme allí. Me dio un gusto tremendo y, claro, me mojé todas las bragas.
Y hablando de bragas... otro día me asomo y ¿a que no sabe? Veo que el cochino se la estaba meneando, ¡pero es que además estaba chupando mis bragas sucias! De pipí y hasta con algo de caca también.
Normal que echara de menos muchas bragas que me desaparecían del cesto de la ropa, ¿ve usted?"
"Como tenía ese pito tan grande, pues no le entraba en el hueco del váter para soltar lo suyo, y lo hacía en el suelo. Al principio eran gotitas de leche, pero cuando cumplió los dieciocho años, ya eran chorros que mojaban la pared de enfrente y el lavabo.
Yo me envicié a mirar a mi hijo por la ventana del váter. Luego veía que a veces escondía revistas de porno y de historias guarras.
Empecé a meterme en el váter y a frotarme el chichi mientras leía esas cochinadas y veía esas fotos de mujeres y hombres echando un polvo. ¡Yo, que apenas le había visto el pito a mi marido! Eso me hacía correr del gusto como nunca en mi vida, y yo que tendría cuarenta y pico años por entonces.
Él seguía manchando las sábanas con su leche y el suelo de su cuarto. Parecía que quería fastidiarme o algo, porque yo era la que tenía que fregar y lavar todo.
Hasta que una vez me atreví a probar su crema. Fue en el baño, limpiando con mis manos lo que él había echado en el lavabo. ¡Me gustó tanto que me hice pis de gusto!"
"Un día, espiándolo por la ventana, vi que el muy pervertído se estaba metiendo por el ojete botes de champú y la escobilla del váter, ¡fíjate tú! Yo me quedé de una pieza. Nunca imaginé que esas guarradas se hicieran.
Pues esto me hizo a mí que probara yo también esa cosa. Me abrí el chocho más de la cuenta y me metí algo en el culete por primera vez.
Ahí me di cuenta de que tanto a mi hijo como a mí nos venía el gusto también por el culo.
Cuando ya tenía veinte años, el chaval seguía con las mismas. Mi suegra, que dormía pegada al cuarto de él (se comunicaban por una puerta), me soltó que por las noches el niño se la cascaba mientras leía revistas en la cama. Ella lo veía todo desde el cuarto de ella.
Yo le quité importancia a la cosa, diciéndole a la abuela que eran cosas de la edad y que los hombres tenían que desahogarse, ¿sabe?"
"Mi hijo no se cortaba ni un pelo conmigo, Inma. Cuando yo entraba en su cuarto y se estaba pajeando, él seguía a lo suyo. Yo me ponía colorá y me iba. Se ponía desnudo delante de mí sin importarle que le viera su gran vergajo, y se duchaba justo cuando yo estaba en el váter.
Al hacerle la cama, a veces me encontraba leche aún mojada. Y la puerca que se había despertado en mí la chupaba con ganas y olía ese aroma a macho, ¡qué cosa!
También me encontré debajo del colchón varias bragas usadas. Algunas eran mías, pero otras no sé de dónde las sacaría. De su abuela, seguro que no.
A pesar de todo esto, yo le seguía queriendo mucho y teníamos mucha confianza. Un día le pregunté por todo esto, y él, con mucha naturalidad, me explicó lo que era eso del sexo y me dijo que era un vicioso de la pornografía.
Me contó que las bragas que había encontrado eran de mi cuñada joven, la mujer de mi hermano, con la que tenía algún rollo. Y otras eran de la madre de un amigo suyo, una cincuentona gorda. Eran unas bragas enormes con las que se había hecho muchas pajas y estaban enteras llenas de la leche seca de haberse corrido en ellas."
"A partir de entonces, yo empecé a hacer lo mismo que él. Me desnudaba mientras él se estaba pajeando, y él me miraba mis tetas grandes. Me duchaba en el baño cuando no había nadie en casa mientras él leía cosas de porno.
Pero nunca, nunca me atreví a meterle mano, ni a decirle nada, y él tampoco me dijo nunca nada. Éramos una madre y un hijo muy liberales, que respetábamos los gustos del otro. Pero también respetábamos nuestro parentesco, porque jamás hicimos el acto carnal. Solo nos mirábamos, que Dios me perdone, porque también sé que eso es pecado.
Cogimos tanta confianza que él me enseñaba y me leía pornografía, y me hizo volverme una adicta a eso. Llegó un momento en que con cincuenta años y él ya casado, yo me hacía más pajas que mi propio hijo.
Cuando llegó eso de Internet, él me regaló un ordenador para que yo viera las películas porno y los relatos que había por ahí. Luego nos juntábamos y lo comentábamos. Una vez solo, solo una vez, nos hicimos una paja los dos a la vez, mientras él me ponía una película porno de incesto.
Así seguimos los dos el resto de nuestra vida, haciéndonos pajas, como él decía, y disfrutando a solas, más que yo con mi marido y él más que con su mujer.
Escribo esta confesión para pedirle que, si puede, la publique algún día en la página de Todorelatos, que me ha dicho que tiene usted y que tanto nos gusta. Yo le sigo queriendo como a un hijo, a pesar de que me haya convertido en una pajillera. Dolores."
Te escribo con el nudo en el estómago, entre lo jodido del luto y la necesidad urgente de contarte algo gordo. La carta que te adjunto no es solo un relato, es el último fogonazo que mi madre dejó en el ordenador justo antes de irse. Era solo para ti.
Tú sabes bien el calentón que le daban tus historias. Joder, la leía con una maldita avidez que hasta daba cosa, viendo cómo le revolucionaban las tripas. Se le notaba ese punto guarrillo que le sacabas, y eso se multiplicaba sabiendo que eras amiga mía.
El caso es que quiero que esto se sepa. Pero la historia no está completa si no meto mi parte del cotarro, lo que yo pienso de todo esto. Y, claro, tengo que confesar el vicio turbio que me domina: esa paja solitaria que, al final, es mi único alivio de carne.
Inma, lo que mi madre ha contado de mis movidas para conciliar el sueño era exacto. Siempre me ha costado pillarlo, y ella se acostumbró a compartir la cama conmigo hasta que me vencía el sueño.
Por aquel entonces, mis instintos sexuales ya estaban desbocados, pisando a fondo. Y, claro, tenía a mi lado a una madurita increíble, de unos 35 a 40 años, hecha un cañón, ¿entiendes?
Ojo, no es que me excitara de forma especial, porque era mi queridísima madre, pero te confieso que a veces me apetecía un huevo toquetearla. Le echaba la pierna por encima y me ponía a sobajearle un poco el culo prieto y, sobre todo, esos pechos tan grandes y tiernos que me habían dado de mamar.
Yo creo que ella ni se enteraba de esas maniobras furtivas, o simplemente hacía la vista gorda. Pero hubo un día, estando yo ya tan salido que perdí el control, que metí mi picha entre sus muslos. Me corrí sin apenas eyacular todavia. Estoy seguro de que se refiere justo a eso en su carta, cuando dice que sintió algo duro apretando su trasero.
Y sobre el rollo de mis pajas diarias, Inma, la verdad es que fui bastante descarado y un poco idiota. En aquella época en la que las hormonas te explotan en la cara, fui un descuidado de cojones. Dejé que mi madre me pillara muchas veces, vamos, "con la mano en la masa", y es que teníamos esa confianza brutal para hablar de todo.
La verdad es que siempre he sido un tipo caliente como una perra. Me la meneaba que daba gusto, mínimo dos veces al día: una al volver a casa, encerrado en el váter, y la otra por la noche, en la cama.
Lo más guarro de aquella época es que me hacía una lista, ¿te imaginas?, en un papelucho. Apuntaba a todas las mujeres que me habían puesto burro durante el día (vecinas, compañeras, familiares, tías de todas las edades...). Después, en mis sesiones de manivela, me las imaginaba a ellas como las protagonistas absolutas de esos relatos que leía. Ya sabes, los que salían en Las cartas privadas de Pen y revistas porno como la Private. ¡Puro vicio!
Esas revistas, Inma, las empecé a pillar haciendo un poco el ladrón. Se las quitaba a mi propio padre, que ya te digo yo que también era un calentón de cuidado, y a mi tía, la que salía con un hermano de mi madre. Precisamente con esa tía, fíjate tú, es con la que acabé teniendo un lío de amantes más adelante.
La cosa es que, poco a poco, me fui viciando al porno a saco. Cada vez me hacía unos pajotes más salvajes. Y lo más fuerte es que me fue enganchando el sexo más duro, sin cortarme un pelo: el incesto me ponía muchísimo, las guarradas de todo tipo, las tías embarazadas, el fisting, y todo lo que te puedas imaginar.
"La verdad es que era un puto despistado y dejaba rastros de lefa por el suelo y en el lavabo. Nunca me habría imaginado que mi madre, con lo decente que parecía, hubiese lamido mi semen cuando entraba detrás de mí y se hacía unas pajas con mis putas revistas."
"Cuando más adelante me lo confesó, me entró un morbo de la hostia, y entonces lo hacía más a menudo. Incluso le dejaba mis descargas de leche preparadas en un vasito para que se las bebiese, cosa que me ponía a cien mil.
Pero, joder, nunca me atreví a follármela. La verdad es que había algo ahí, algo sentimental, que me frenaba de llegar a tanto. Y ella decía exactamente lo mismo."
"Era un chaval más perverso que su puta madre por culpa de la pornografía, y no hacía más que imitar todo lo que veía. Descubrí que el culo me daba un gustazo tremendo.
Empecé metiéndome los dedos, ensanchándome el agujero y explorando mis flujos anales y esa peste. Después, pasé a meterme cualquier mierda que pillaba en el baño: botes de gel, champús... hasta un puto desatascador de esos que se meten en el váter. Me lo clavaba en el culo mientras me hacía la paja o lo que fuera."
"Llegué a unas burradas increíbles, tío. Me daba por el culo hasta con un espray de laca de mi madre. Y en el puto baño de la madre de mi tía, que era mi amante, una vez me clavé el puto cuello gordo de una garrafa de aceite de cristal de veinte litros.
A veces me hacía sangre, pero me la sudaba; de hecho, me molaba. Creo que pillaba como unos orgasmos anales estupendos, y acabé metiéndome los putos dedos hasta el colon."
"Joder, el rollo de las bragas era mi puto fetiche. Cuando me colaba en casa de mis primas o de algún colega y pillaba un hueco, me iba directo al baño a rebuscar las bragas sucias de sus hermanas o de sus madres.
Las de las viejas me flipaban más, ¿sabes? Estaban siempre empapadas de flujos y con esos restos de mierda que me ponían berraco. Me las llevaba a mi casa y, el cerdo de mí, las lamía mientras me hacía unos pajotes del copón.
Y ojo, que más de una vez se las mangaba a mi propia madre. Me volvía loco su olorazo y ese sabor a meada que soltaban."
"Sobre lo de mi abuela, pues sí, es verdad. Me pasaba las eternas noches de verano tirado en mi cuarto, dándole a la radio, y al final siempre acababa echándome una pajilla. Mi abuela era delgada y siempre me pareció una vieja, pero cuando subía y se quedaba en bolas para ponerse el camisón de dormir, joder, tenía un cuerpo que te cagas, sobre todo esas piernas bien torneadas que me ponían burrísimo.
Me acuerdo que alguna vez, en verano, entraba en su habitación, le miraba las piernas y me la meneaba corriéndome en sus sábanas, y ella jamás se dio cuenta, la muy inocente."
"Fueron pasando los años y me eché novia; y yo, a saco, se lo contaba todo a mi madre: las guarradas que hacíamos y los polvos que echábamos. Con esto, mi vieja se ponía cachonda y se pajeaba a gusto. Teníamos un montón de confianza con estos temas, sobre todo cuando, ya con sesenta tacos, la metí en el puto mundo de la pornografía de internet.
"Ya casado, quedábamos algunos días en mi casa cuando mi mujer estaba currando para ver porno. Al principio eran pelis de videoclub, y luego de la red, y descubrimos relatos eróticos como los tuyos en Todorelatos. Nos iban los más bestias, sobre todo los de incesto, aunque, como ella misma ha dicho, nunca llegamos a follar."
"Pero, ojo, tengo que decir que mi vieja lo ha suavizado un montón en su carta. Yo no diría que no hubo incesto con mi madre, a no ser que incesto se considere solo follar.
Estábamos hasta el culo de vernos en pelotas, pajeándonos cada uno por su lado, algo que nos ponía bravísimos a los dos. Intercambiábamos nuestros fluidos: yo me tragaba los chorros de squirt que echaba ella y ella mis lefazos de semen. Incluso una vez, solo una vez, nos la meneamos mutuamente el uno al otro. Si eso no fué entre madre e hijo, que baje Dios y lo vea, hostia."
"En definitiva, Inmaculada, que he tenido mucha suerte con tener una madre así, compartiendo mis gustos por el sexo y pajeándonos juntos toda la vida. Yo tenía un nabo largo como el de un caballo y ella una pipa larga y gorda que me quedé con las ganas de comérsela, pero no sé por qué cojones no nos atrevimos."
"Nos queríamos demasiado para eso. Hace dos años, la pobre murió de un derrame cerebral. Cuando la encontré sola en su casa, tenía metido en el coño un Satisfyer que yo mismo le regalé y al lado un portátil donde había una peli porno de un caballo metiéndole una enorme polla a una madurita preñada hasta las trancas."
"Muchas gracias, Inma, por publicar estas confidencias en tu página, gracias de parte de mi madre y de parte mía. Y a ver si te animas tú también y nos echamos unas pajas juntos, amiga cachonda y de mente calenturienta. Un beso donde más te guste, joder."
La verdad es que el caso es bastante extraño, porque aunque se acerca al incesto, no llega a serlo del todo. Es, por decirlo de alguna manera, un incesto que no se llegó a consumar del todo, un caso curioso.
El ambiente: Una familia en los ochentas de clase media que vive en un pueblo de Andalucía. Están el matrimonio su hijo que era amigo mio y la abuela, que era la madre del marido."
Ahí van sus confesiones tal como yo la he recibido:
"Mira Inma, mi Antonio (mi hijo), era un niño así, muy a su aire, pero se fiaba mucho de mí. Me contaba todos los problemas que tenía. El pobre era muy malo para dormir, y como yo siempre he sído una madraza, le hacía caso y me metía en la cama con él hasta que el niño se quedaba sobao. Era todo muy tierno, con mucho querer. Él se agarraba a mí y se dormía como un tronco.
Una vez, o dos, noté que me sobaba la pierna y el pecho más de la cuenta, ¿sabe? Pero yo pensé: 'será que está dormido y no se entera de nada'. No le di importancia, hasta que una noche noté un bulto duro que me daba en el culo.
Cuando se hizo ya un mozo, pues claro, dejé de acostarme con él. Y a partir de ahí, le dio por meterse en el váter, se pasaba allí casi una hora todos los días. Yo sé que a esas edades de los chicos les da por tocarse, pero el mío lo hacía sin disimulo y a mí me daba una vergüenza terrible que toda la familia estuviera pendiente de lo que tardaba en el baño.
Sobre todo por su padre y por mi suegra. '¿Por qué se tira tanto el niño en el retrete?', me preguntaba ella, y yo le soltaba: 'Ay, no se me preocupe, ¡son manías de esa edad!'
Un día, lo pillé a solas y le dije que no tardara tanto, y como teníamos esa confiancilla, va y me dice:
'Mamá, es que con los años que tengo, me tengo que aliviar de mis cositas.'
Desde ese día, empecé a verlo tocándose el pito. El muy sinvergüenza lo hacía en cualquier sitio: se escondía en la despensa, en la cama, en el baño, y hasta dejaba la puerta abierta a veces. Es que no tenía ni pizca de vergüenza.
Al poco tiempo, me entró una cosa rara, una curiosidad por ver al chaval. El baño tenía una ventanita que daba al patio. Y yo empecé a mirar a escondidas para ver lo que se hacía. El tonto, que no cerraba la ventana, ¡parecía que quería que yo viera cómo se la meneaba!"
"La primera vez que le vi el miembro me quedé tiesa, Inma. Era un pito enorme, gordo y grande con una cabeza muy grande, ¡nada que ver con el que tenía mi marido, que era más normalito! Estaba allí, meneándosela y leyendo una revista, tan tranquilo.
Yo por aquel entonces era una mujer muy de antes, ¿sabe? Solo había estado con mi marido cuando él quería y siempre a oscuras. Vamos, que era una ama de casa decente y de bien que jamás se había tocado en su vida.
Pues mire usted, Inma, que sentí una calor en mis partes que no me aguanté y tuve que tocarme allí. Me dio un gusto tremendo y, claro, me mojé todas las bragas.
Y hablando de bragas... otro día me asomo y ¿a que no sabe? Veo que el cochino se la estaba meneando, ¡pero es que además estaba chupando mis bragas sucias! De pipí y hasta con algo de caca también.
Normal que echara de menos muchas bragas que me desaparecían del cesto de la ropa, ¿ve usted?"
"Como tenía ese pito tan grande, pues no le entraba en el hueco del váter para soltar lo suyo, y lo hacía en el suelo. Al principio eran gotitas de leche, pero cuando cumplió los dieciocho años, ya eran chorros que mojaban la pared de enfrente y el lavabo.
Yo me envicié a mirar a mi hijo por la ventana del váter. Luego veía que a veces escondía revistas de porno y de historias guarras.
Empecé a meterme en el váter y a frotarme el chichi mientras leía esas cochinadas y veía esas fotos de mujeres y hombres echando un polvo. ¡Yo, que apenas le había visto el pito a mi marido! Eso me hacía correr del gusto como nunca en mi vida, y yo que tendría cuarenta y pico años por entonces.
Él seguía manchando las sábanas con su leche y el suelo de su cuarto. Parecía que quería fastidiarme o algo, porque yo era la que tenía que fregar y lavar todo.
Hasta que una vez me atreví a probar su crema. Fue en el baño, limpiando con mis manos lo que él había echado en el lavabo. ¡Me gustó tanto que me hice pis de gusto!"
"Un día, espiándolo por la ventana, vi que el muy pervertído se estaba metiendo por el ojete botes de champú y la escobilla del váter, ¡fíjate tú! Yo me quedé de una pieza. Nunca imaginé que esas guarradas se hicieran.
Pues esto me hizo a mí que probara yo también esa cosa. Me abrí el chocho más de la cuenta y me metí algo en el culete por primera vez.
Ahí me di cuenta de que tanto a mi hijo como a mí nos venía el gusto también por el culo.
Cuando ya tenía veinte años, el chaval seguía con las mismas. Mi suegra, que dormía pegada al cuarto de él (se comunicaban por una puerta), me soltó que por las noches el niño se la cascaba mientras leía revistas en la cama. Ella lo veía todo desde el cuarto de ella.
Yo le quité importancia a la cosa, diciéndole a la abuela que eran cosas de la edad y que los hombres tenían que desahogarse, ¿sabe?"
"Mi hijo no se cortaba ni un pelo conmigo, Inma. Cuando yo entraba en su cuarto y se estaba pajeando, él seguía a lo suyo. Yo me ponía colorá y me iba. Se ponía desnudo delante de mí sin importarle que le viera su gran vergajo, y se duchaba justo cuando yo estaba en el váter.
Al hacerle la cama, a veces me encontraba leche aún mojada. Y la puerca que se había despertado en mí la chupaba con ganas y olía ese aroma a macho, ¡qué cosa!
También me encontré debajo del colchón varias bragas usadas. Algunas eran mías, pero otras no sé de dónde las sacaría. De su abuela, seguro que no.
A pesar de todo esto, yo le seguía queriendo mucho y teníamos mucha confianza. Un día le pregunté por todo esto, y él, con mucha naturalidad, me explicó lo que era eso del sexo y me dijo que era un vicioso de la pornografía.
Me contó que las bragas que había encontrado eran de mi cuñada joven, la mujer de mi hermano, con la que tenía algún rollo. Y otras eran de la madre de un amigo suyo, una cincuentona gorda. Eran unas bragas enormes con las que se había hecho muchas pajas y estaban enteras llenas de la leche seca de haberse corrido en ellas."
"A partir de entonces, yo empecé a hacer lo mismo que él. Me desnudaba mientras él se estaba pajeando, y él me miraba mis tetas grandes. Me duchaba en el baño cuando no había nadie en casa mientras él leía cosas de porno.
Pero nunca, nunca me atreví a meterle mano, ni a decirle nada, y él tampoco me dijo nunca nada. Éramos una madre y un hijo muy liberales, que respetábamos los gustos del otro. Pero también respetábamos nuestro parentesco, porque jamás hicimos el acto carnal. Solo nos mirábamos, que Dios me perdone, porque también sé que eso es pecado.
Cogimos tanta confianza que él me enseñaba y me leía pornografía, y me hizo volverme una adicta a eso. Llegó un momento en que con cincuenta años y él ya casado, yo me hacía más pajas que mi propio hijo.
Cuando llegó eso de Internet, él me regaló un ordenador para que yo viera las películas porno y los relatos que había por ahí. Luego nos juntábamos y lo comentábamos. Una vez solo, solo una vez, nos hicimos una paja los dos a la vez, mientras él me ponía una película porno de incesto.
Así seguimos los dos el resto de nuestra vida, haciéndonos pajas, como él decía, y disfrutando a solas, más que yo con mi marido y él más que con su mujer.
Escribo esta confesión para pedirle que, si puede, la publique algún día en la página de Todorelatos, que me ha dicho que tiene usted y que tanto nos gusta. Yo le sigo queriendo como a un hijo, a pesar de que me haya convertido en una pajillera. Dolores."
Te escribo con el nudo en el estómago, entre lo jodido del luto y la necesidad urgente de contarte algo gordo. La carta que te adjunto no es solo un relato, es el último fogonazo que mi madre dejó en el ordenador justo antes de irse. Era solo para ti.
Tú sabes bien el calentón que le daban tus historias. Joder, la leía con una maldita avidez que hasta daba cosa, viendo cómo le revolucionaban las tripas. Se le notaba ese punto guarrillo que le sacabas, y eso se multiplicaba sabiendo que eras amiga mía.
El caso es que quiero que esto se sepa. Pero la historia no está completa si no meto mi parte del cotarro, lo que yo pienso de todo esto. Y, claro, tengo que confesar el vicio turbio que me domina: esa paja solitaria que, al final, es mi único alivio de carne.
Inma, lo que mi madre ha contado de mis movidas para conciliar el sueño era exacto. Siempre me ha costado pillarlo, y ella se acostumbró a compartir la cama conmigo hasta que me vencía el sueño.
Por aquel entonces, mis instintos sexuales ya estaban desbocados, pisando a fondo. Y, claro, tenía a mi lado a una madurita increíble, de unos 35 a 40 años, hecha un cañón, ¿entiendes?
Ojo, no es que me excitara de forma especial, porque era mi queridísima madre, pero te confieso que a veces me apetecía un huevo toquetearla. Le echaba la pierna por encima y me ponía a sobajearle un poco el culo prieto y, sobre todo, esos pechos tan grandes y tiernos que me habían dado de mamar.
Yo creo que ella ni se enteraba de esas maniobras furtivas, o simplemente hacía la vista gorda. Pero hubo un día, estando yo ya tan salido que perdí el control, que metí mi picha entre sus muslos. Me corrí sin apenas eyacular todavia. Estoy seguro de que se refiere justo a eso en su carta, cuando dice que sintió algo duro apretando su trasero.
Y sobre el rollo de mis pajas diarias, Inma, la verdad es que fui bastante descarado y un poco idiota. En aquella época en la que las hormonas te explotan en la cara, fui un descuidado de cojones. Dejé que mi madre me pillara muchas veces, vamos, "con la mano en la masa", y es que teníamos esa confianza brutal para hablar de todo.
La verdad es que siempre he sido un tipo caliente como una perra. Me la meneaba que daba gusto, mínimo dos veces al día: una al volver a casa, encerrado en el váter, y la otra por la noche, en la cama.
Lo más guarro de aquella época es que me hacía una lista, ¿te imaginas?, en un papelucho. Apuntaba a todas las mujeres que me habían puesto burro durante el día (vecinas, compañeras, familiares, tías de todas las edades...). Después, en mis sesiones de manivela, me las imaginaba a ellas como las protagonistas absolutas de esos relatos que leía. Ya sabes, los que salían en Las cartas privadas de Pen y revistas porno como la Private. ¡Puro vicio!
Esas revistas, Inma, las empecé a pillar haciendo un poco el ladrón. Se las quitaba a mi propio padre, que ya te digo yo que también era un calentón de cuidado, y a mi tía, la que salía con un hermano de mi madre. Precisamente con esa tía, fíjate tú, es con la que acabé teniendo un lío de amantes más adelante.
La cosa es que, poco a poco, me fui viciando al porno a saco. Cada vez me hacía unos pajotes más salvajes. Y lo más fuerte es que me fue enganchando el sexo más duro, sin cortarme un pelo: el incesto me ponía muchísimo, las guarradas de todo tipo, las tías embarazadas, el fisting, y todo lo que te puedas imaginar.
"La verdad es que era un puto despistado y dejaba rastros de lefa por el suelo y en el lavabo. Nunca me habría imaginado que mi madre, con lo decente que parecía, hubiese lamido mi semen cuando entraba detrás de mí y se hacía unas pajas con mis putas revistas."
"Cuando más adelante me lo confesó, me entró un morbo de la hostia, y entonces lo hacía más a menudo. Incluso le dejaba mis descargas de leche preparadas en un vasito para que se las bebiese, cosa que me ponía a cien mil.
Pero, joder, nunca me atreví a follármela. La verdad es que había algo ahí, algo sentimental, que me frenaba de llegar a tanto. Y ella decía exactamente lo mismo."
"Era un chaval más perverso que su puta madre por culpa de la pornografía, y no hacía más que imitar todo lo que veía. Descubrí que el culo me daba un gustazo tremendo.
Empecé metiéndome los dedos, ensanchándome el agujero y explorando mis flujos anales y esa peste. Después, pasé a meterme cualquier mierda que pillaba en el baño: botes de gel, champús... hasta un puto desatascador de esos que se meten en el váter. Me lo clavaba en el culo mientras me hacía la paja o lo que fuera."
"Llegué a unas burradas increíbles, tío. Me daba por el culo hasta con un espray de laca de mi madre. Y en el puto baño de la madre de mi tía, que era mi amante, una vez me clavé el puto cuello gordo de una garrafa de aceite de cristal de veinte litros.
A veces me hacía sangre, pero me la sudaba; de hecho, me molaba. Creo que pillaba como unos orgasmos anales estupendos, y acabé metiéndome los putos dedos hasta el colon."
"Joder, el rollo de las bragas era mi puto fetiche. Cuando me colaba en casa de mis primas o de algún colega y pillaba un hueco, me iba directo al baño a rebuscar las bragas sucias de sus hermanas o de sus madres.
Las de las viejas me flipaban más, ¿sabes? Estaban siempre empapadas de flujos y con esos restos de mierda que me ponían berraco. Me las llevaba a mi casa y, el cerdo de mí, las lamía mientras me hacía unos pajotes del copón.
Y ojo, que más de una vez se las mangaba a mi propia madre. Me volvía loco su olorazo y ese sabor a meada que soltaban."
"Sobre lo de mi abuela, pues sí, es verdad. Me pasaba las eternas noches de verano tirado en mi cuarto, dándole a la radio, y al final siempre acababa echándome una pajilla. Mi abuela era delgada y siempre me pareció una vieja, pero cuando subía y se quedaba en bolas para ponerse el camisón de dormir, joder, tenía un cuerpo que te cagas, sobre todo esas piernas bien torneadas que me ponían burrísimo.
Me acuerdo que alguna vez, en verano, entraba en su habitación, le miraba las piernas y me la meneaba corriéndome en sus sábanas, y ella jamás se dio cuenta, la muy inocente."
"Fueron pasando los años y me eché novia; y yo, a saco, se lo contaba todo a mi madre: las guarradas que hacíamos y los polvos que echábamos. Con esto, mi vieja se ponía cachonda y se pajeaba a gusto. Teníamos un montón de confianza con estos temas, sobre todo cuando, ya con sesenta tacos, la metí en el puto mundo de la pornografía de internet.
"Ya casado, quedábamos algunos días en mi casa cuando mi mujer estaba currando para ver porno. Al principio eran pelis de videoclub, y luego de la red, y descubrimos relatos eróticos como los tuyos en Todorelatos. Nos iban los más bestias, sobre todo los de incesto, aunque, como ella misma ha dicho, nunca llegamos a follar."
"Pero, ojo, tengo que decir que mi vieja lo ha suavizado un montón en su carta. Yo no diría que no hubo incesto con mi madre, a no ser que incesto se considere solo follar.
Estábamos hasta el culo de vernos en pelotas, pajeándonos cada uno por su lado, algo que nos ponía bravísimos a los dos. Intercambiábamos nuestros fluidos: yo me tragaba los chorros de squirt que echaba ella y ella mis lefazos de semen. Incluso una vez, solo una vez, nos la meneamos mutuamente el uno al otro. Si eso no fué entre madre e hijo, que baje Dios y lo vea, hostia."
"En definitiva, Inmaculada, que he tenido mucha suerte con tener una madre así, compartiendo mis gustos por el sexo y pajeándonos juntos toda la vida. Yo tenía un nabo largo como el de un caballo y ella una pipa larga y gorda que me quedé con las ganas de comérsela, pero no sé por qué cojones no nos atrevimos."
"Nos queríamos demasiado para eso. Hace dos años, la pobre murió de un derrame cerebral. Cuando la encontré sola en su casa, tenía metido en el coño un Satisfyer que yo mismo le regalé y al lado un portátil donde había una peli porno de un caballo metiéndole una enorme polla a una madurita preñada hasta las trancas."
"Muchas gracias, Inma, por publicar estas confidencias en tu página, gracias de parte de mi madre y de parte mía. Y a ver si te animas tú también y nos echamos unas pajas juntos, amiga cachonda y de mente calenturienta. Un beso donde más te guste, joder."