Con mi Tía Elena y su novia Raquel

heranlu

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El calor del verano en la casa de campo de mi tía Elena no era nada comparado con el incendio que sentía en la sangre cada vez que la veía cruzar el salón. A mis veintiún años, debería estar pensando en la universidad o en chicas de mi edad, pero mi mente estaba anclada en la mujer de treinta y cinco que me observaba desde el otro lado de la mesa con una mezcla de ternura familiar y una autoridad que me hacía bajar la vista.

Elena siempre había sido la figura imponente de la familia: exitosa, elegante y con una seguridad que rayaba en lo intimidante. Pero ese verano, algo había cambiado. O quizás fui yo quien finalmente despertó.

—Alberto, estás muy callado hoy —dijo Elena, dejando su copa de vino sobre la mesa de madera. Sus ojos castaños se clavaron en los míos, cargados de una inteligencia que parecía leer mis pensamientos más sucios—. ¿Te molesta que Raquel esté aquí?

Miré a Raquel, que estaba sentada al lado de mi tía. Tenía treinta y dos años, una melena oscura y una sonrisa ladeada que delataba que sabía perfectamente por qué yo estaba tan tenso. Raquel era la novia de mi tía desde hacía un año, y la forma en que se tocaban, con una libertad que yo nunca había presenciado, me fascinaba y me aterraba a partes iguales.

—No, tía. Para nada —mentí, sintiendo cómo el cuello de mi camisa me apretaba.

—Mejor así —intervino Raquel, inclinándose hacia adelante, permitiendo que el escote de su vestido de lino revelara más de lo que el protocolo familiar dictaba—. Porque Elena me ha contado que eres un chico muy aplicado, pero que a veces necesitas que alguien te ponga en tu sitio.

Elena soltó una risa suave, un sonido que siempre me había reconfortado pero que ahora me hacía vibrar de una forma distinta. Se levantó y caminó hacia mí, rodeando mi silla. Sentí su mano apoyarse en mi hombro, y el peso de su palma, firme y cálida, me dejó clavado en el sitio.

—Es cierto, Alberto —susurró Elena cerca de mi oído—. Te hemos visto crecer, pero todavía tienes ese aire de niño que cree que puede ocultar sus deseos. El amor filial es una cosa, pero la obediencia... la obediencia es lo que realmente nos une.

Antes de que pudiera reaccionar, Raquel se levantó también y se situó frente a mí, atrapándome entre las dos. La complicidad lésbica entre ellas era evidente; compartían una mirada de entendimiento que me excluía y me reclamaba al mismo tiempo.

—¿Sabes qué me gusta de tu sobrino, Elena? —preguntó Raquel, recorriendo con un dedo el borde de mi mandíbula—. Que tiene esa fuerza joven, pero sus ojos gritan que está desesperado por que le digamos qué hacer.

—Lo sé —respondió Elena, y sentí cómo sus dedos se hundían un poco más en mi hombro—. Por eso este verano va a ser diferente. Alberto, vas a aprender que el respeto que me tienes como tía no es nada comparado con la devoción que me vas a entregar como mujer.

Elena me obligó a levantar la cabeza para mirarla. La autoridad de sus treinta y cinco años se impuso sobre mis veintiuno como una ley natural. En ese momento, el vínculo de sangre no fue una barrera, sino el puente que me permitió aceptar que mi voluntad ya no era mía.

—Esta noche vamos a empezar tu verdadera educación —sentenció Elena—. Y Raquel va a ser la testigo de cómo el heredero de la familia se convierte en nuestro servidor más fiel.

La habitación principal de la tía Elena era un reflejo de su personalidad: minimalista, impecable y con un aroma a sándalo que ahora, bajo la luz mortecina de las lámparas de noche, se sentía denso y embriagador. Me detuve en el umbral, con el corazón martilleando contra mis costillas. Raquel cerró la puerta a mis espaldas con un clic metálico que resonó en mi pecho como una sentencia.

—No te quedes ahí parado, Alberto. Entra —ordenó Elena. Estaba sentada en el borde de su cama de roble, con las piernas cruzadas. Se había despojado de los zapatos, y ver sus pies descalzos sobre la alfombra me recordó la intimidad prohibida de la situación.

Caminé hacia el centro del cuarto. Raquel se movía a mi alrededor con la agilidad de una cazadora, observando cómo mi respiración se volvía errática. Se detuvo junto a Elena y apoyó una mano en su hombro; el contraste entre la piel de ambas y la complicidad de sus gestos me recordaba que yo era el invitado en un reino donde ellas ya lo habían decidido todo.

—Míranos, Alberto —dijo Raquel, su voz bajando un octavo de tono—. Sé que siempre has fantaseado con Elena. Sé que ese respeto de "buen sobrino" es solo una máscara para el deseo que te quema.

—Es... es mi tía —alcancé a decir, aunque mi voz me traicionó, rompiéndose al final.

Elena se levantó y se acercó a mí. A sus treinta y cinco años, tenía esa mezcla perfecta de juventud y madurez que me hacía sentir como un niño desvalido. Me puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón.

—Precisamente porque soy tu tía, soy quien mejor sabe lo que necesitas —susurró, y por primera vez sentí su autoridad de forma física—. Tu sangre me pertenece, Alberto. Y hoy voy a reclamarla. Quítate la ropa. Ahora.

Obedecí. Mis dedos torpes se deshicieron de la ropa mientras ellas me observaban sin parpadear. Elena mantenía una expresión de mando sereno, mientras que Raquel recorría mi cuerpo con una curiosidad más carnal. Cuando quedé completamente desnudo, la vulnerabilidad fue total. Mi erección, expuesta y vibrante, era la prueba irrefutable de mi traición al vínculo familiar.

—Fascinante —murmuró Raquel, acercándose para rozar mi abdomen con las yemas de sus dedos—. Tiembla como un cachorro castigado.

—Túmbate en la cama, boca arriba —ordenó Elena, señalando las sábanas de hilo blanco—. Y mantén las manos a los lados. No tienes permiso para tocarte ni para tocarnos a menos que yo lo diga.

Me acosté, sintiendo el frescor de las sábanas contra mi piel caliente. Elena y Raquel se sentaron a ambos lados de mí. Elena tomó mi mano derecha y Raquel la izquierda, entrelazando sus dedos con los míos, pero no en un gesto de afecto, sino de inmovilización.

—Hoy vas a ser el espectador de nuestro amor —dijo Elena, inclinándose para besar a Raquel frente a mis ojos.

El beso fue lento, profundo, cargado de una sensualidad lésbica que me dejó sin aliento. Ver a mi tía entregándose a otra mujer, ignorando mi presencia mientras me sujetaba con fuerza, fue la primera lección de mi nueva realidad: yo no era el protagonista, era el objeto que presenciaba su poder.

—Mira cómo se pone... —susurró Raquel contra los labios de Elena, señalando mi estado—. Tu sobrino está desesperado, Elena.

—Lo sé —respondió mi tía, fijando su mirada en la mía—. Pero su desesperación es lo que lo hace tan útil. Alberto, prepárate. Porque antes de que termine la noche, vas a entender que el amor filial es la base de la sumisión más absoluta.

El ambiente en la habitación se volvió más pesado, cargado con el olor del deseo y esa tensión eléctrica que solo surge cuando se rompe un tabú. Yo seguía inmóvil sobre las sábanas de hilo, con el corazón galopando contra mis costillas. Elena y Raquel habían dejado de besarme para centrarse la una en la otra, convirtiéndome en el pedestal de su propio encuentro.

—Míranos, Alberto. No te atrevas a cerrar los ojos —ordenó Elena, su voz sonando más grave, más dueña de mi voluntad.

Se colocaron sobre mí, una a cada lado, pero sin tocarme directamente todavía. Empezaron a acariciarse, recorriendo sus cuerpos con una familiaridad que me quemaba por dentro. Ver a mi tía Elena, la mujer que siempre había visto como el pilar de la rectitud familiar, arqueando la espalda bajo las caricias de Raquel, era una imagen que destruía cualquier rastro de mi antigua vida.

—Tu sobrino está a punto de romperse, Elena —susurró Raquel, bajando la mano hacia mi entrepierna, pero deteniéndose justo antes de tocarme—. Mira cómo palpita. Parece que su sangre joven no sabe cómo procesar lo que ve.

—Es porque todavía cree que esto es un sueño —respondió Elena, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su aliento—. Pero es muy real, Alberto. Tan real como el hecho de que hoy vas a ser nuestro instrumento.

Elena tomó la iniciativa. Se sentó a horcajadas sobre mi pecho, obligándome a sentir el calor de su cuerpo a través de su lencería de seda. Sus manos bajaron hacia mis hombros y los presionaron contra el colchón con una fuerza sorprendente. Mientras tanto, Raquel se encargaba de mis piernas, acariciando mis muslos con una suavidad que me hacía retorcerme, buscando un contacto que ella me negaba sistemáticamente.

—¿Te gusta ver cómo nos amamos, Alberto? —preguntó Elena, inclinándose para que sus cabellos rozaran mi cara—. ¿Te excita ver a tu tía entregada a los caprichos de otra mujer?

—Sí... tía... sí —gemí, perdiendo toda capacidad de resistencia.

—No me llames así ahora —me reprendió con un tono autoritario que me hizo vibrar—. Ahora soy tu dueña. Y Raquel es quien te va a enseñar que tu cuerpo no es más que un mapa que nosotras vamos a recorrer a nuestro antojo.

Raquel se acercó y, finalmente, envolvió mi erección con su mano cálida, pero no para darme placer, sino para apretar con firmeza, controlando mi flujo sanguíneo. Elena, desde arriba, me miraba con una mezcla de orgullo y deseo, disfrutando de mi absoluta vulnerabilidad. La complicidad lésbica entre ellas se manifestaba en cada mirada que intercambiaban sobre mi cuerpo, usándome como el nexo que unía sus voluntades.

—Está listo, Elena —sentenció Raquel, soltándome de golpe y dejándome en un estado de frustración insoportable—. Pero antes de darle lo que busca, quiero que vea lo que significa de verdad pertenecer a este cuarto.

Elena bajó de mi pecho y se arrodilló entre mis piernas, intercambiando posiciones con Raquel. Me obligó a sentarme en la cama, apoyado contra el cabecero, mientras ellas dos se fundían en un abrazo íntimo frente a mí, permitiéndome ver cada detalle de su química mientras yo permanecía ignorado, castigado por mi propio deseo.

El silencio que siguió a sus palabras fue casi doloroso. Estaba allí, apoyado contra el cabecero de la cama de roble, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Mis manos seguían aferradas a las sábanas de hilo, mis nudillos blancos por la tensión. Elena se puso en pie y se colocó a un lado, cruzando los brazos sobre su pecho, observándome con esa autoridad serena que solo sus treinta y cinco años podían proyectar.

—Raquel tiene hambre, Alberto —sentenció Elena, y su voz no dejaba lugar a dudas: era una orden—. Y tú vas a ser quien la sacie. Pero recuerda, lo haces porque yo te lo mando. Tu lengua es mi herramienta.

Raquel se deslizó por el colchón hasta quedar frente a mí. Su belleza de treinta y dos años era más salvaje, más impulsiva que la de mi tía. Se abrió de piernas ante mis ojos, una invitación que era, en realidad, un altar de carne y deseo. La complicidad entre ellas era absoluta; Elena no mostraba ni un ápice de celos, solo el placer de ver cómo su sobrino se humillaba para complacer a su amante.

—Acércate, Alberto —susurró Raquel, agarrándome por el cuello y tirando de mí hacia abajo—. Demuéstrale a Elena que eres un buen chico. Demuéstrale que sabes servir a las mujeres de esta casa.

Me hundí entre las piernas de Raquel. El aroma de su deseo era embriagador, una mezcla de perfume caro y calor femenino que me nubló el juicio. Empecé a usar mi lengua con una devoción desesperada, buscando su aprobación, pero sobre todo buscando la aprobación de mi tía, que no apartaba la vista de nosotros.

—Más ritmo —me ordenó Elena, dándome un toque seco en el hombro con sus dedos firmes—. No te distraigas. Concéntrate en ella.

Sentía las manos de Raquel enredadas en mi pelo, guiando mi cabeza, mientras sus gemidos empezaban a llenar la habitación. Era una sinfonía de transgresión. Estaba lamiendo a la novia de mi tía, rompiendo cada regla de respeto filial, mientras la mujer que llevaba mi sangre me dirigía como si yo fuera un esclavo. La tensión lésbica entre ellas se alimentaba de mi esfuerzo; Elena se acercó y empezó a acariciar los pechos de Raquel mientras yo seguía abajo, creando un círculo de placer donde yo era el único que trabajaba y el único que no tenía permiso para liberarse.

—Eso es... —jadeó Raquel, arqueando la espalda—. Mira cómo lo hace, Elena... Tu sobrino tiene un talento natural para la sumisión.

—Lo ha heredado de la familia —respondió mi tía con una sonrisa cruel—. Sabemos cuándo hemos encontrado a alguien superior a nosotros. Sigue, Alberto. No pares hasta que ella te lo diga.

Pasaron los minutos y el agotamiento empezó a pesar en mi mandíbula, pero la mirada de Elena era una cadena que me impedía detenerme. Estaba totalmente subyugado. La infidelidad hacia mi propia moral era completa. Cuando finalmente Raquel llegó al clímax, apretando mi cabeza contra ella con una fuerza que me dejó casi sin aire, Elena soltó una carcajada de triunfo.

—Buen trabajo, cachorro —dijo Elena, obligándome a levantarme. Tenía el rostro húmedo y los ojos empañados—. Pero esto solo ha sido el aperitivo. Raquel ha tenido su premio. Ahora es mi turno de reclamar el mío.

Elena caminó hacia un pequeño baúl a los pies de la cama y sacó algo que hizo que mi corazón se detuviera por un instante. Un arnés de cuero negro, impecable y robusto.

El aire en la habitación pareció espesarse cuando el sonido de las hebillas de cuero empezó a ajustarse. Elena, con una calma que me helaba la sangre y me encendía la piel, se colocó el arnés sobre sus caderas. Ver ese accesorio sobre su cuerpo de treinta y cinco años, tan elegante y a la vez tan dominante, fue el golpe final para mi resistencia. Ya no había rastro del Alberto que llegó a esa casa; solo quedaba un sobrino quebrado por la autoridad de su propia sangre.

—A cuatro patas, Alberto. Ahora —ordenó Elena. Su voz ya no tenía rastro de calidez familiar. Era la voz de una dueña reclamando su propiedad.

Obedecí de inmediato, colocándome en el centro de la cama. Mis rodillas se hundían en el colchón de hilo, y mi espalda temblaba bajo la mirada combinada de las dos mujeres. Raquel se colocó a mi lado, acariciando mi nuca con una mano mientras con la otra vertía un aceite tibio y perfumado sobre mis glúteos.

—Relájate, cariño —susurró Raquel, aunque su tono era de todo menos compasivo—. Elena no es de las que pide permiso. Si te tensas, solo harás que su dominio sea más evidente.

Sentí los dedos de Raquel separándome, preparándome, mientras Elena se posicionaba detrás de mí. Pude sentir el calor de su cuerpo rozando mis muslos. El tabú del amor filial se manifestaba ahora en una presión física inminente. Estaba a punto de ser tomado por mi tía, por la mujer que me había visto crecer, y la idea de esa profanación me hacía jadear de un éxtasis oscuro.

—Mírame, Raquel —dijo Elena, y sentí cómo apoyaba la punta del juguete de silicona negra contra mi entrada—. Mira cómo su cuerpo de veintiún años se rinde ante mí. No importa cuánto gimnasio haga ni cuánto crezca; siempre será el niño que debe obedecer a su tía.

Elena empujó con una determinación implacable. El grito que solté fue ahogado por la mano de Raquel, que me tapó la boca con firmeza. La invasión fue absoluta. Sentí cómo mis fibras se estiraban para dar cabida a la autoridad de Elena, cómo su ritmo empezaba a marcar el compás de mi propia humillación. Cada embestida era un recordatorio de que yo no era nada frente a ella.

—Eso es... gime para nosotras —se burló Elena, aumentando la velocidad. Sus manos se clavaron en mis caderas, dirigiéndome, usándome como el objeto que ella había decidido que yo era—. Siente cómo tu tía te abre. Siente cómo tu sangre se doblega ante la mía.

Raquel se inclinó frente a mí, permitiéndome ver su rostro excitado mientras Elena me poseía desde atrás. La complicidad entre ellas era total; Raquel disfrutaba de mi degradación tanto como Elena disfrutaba de su mando. Estaba siendo reclamado por las dos mujeres de la casa, y el dolor de la dilatación se transformaba en un placer que me hacía perder el sentido de la realidad.

El ritmo de Elena se volvió una constante brutal, una cadencia que no admitía réplica. Cada golpe del arnés contra mis glúteos resonaba en la habitación como el segundero de un reloj que marcaba el fin de mi inocencia. Mis veintiún años de vigor masculino eran una broma pesada frente a la autoridad técnica de mi tía, que sabía exactamente cómo manejar mi cuerpo para llevarme al límite del colapso sensorial.

—Dilo, Alberto —me exigió Elena, inclinándose sobre mi espalda, dejando que sus pechos rozaran mi piel sudorosa mientras sus manos seguían firmes en mis caderas—. Di a quién perteneces.

—A... a ti, tía... eres mi dueña —jadeé, con el rostro hundido en la almohada, sintiendo cómo el juguete me llenaba por completo, reclamando cada rincón de mi interior.

—¡Más alto! —intervino Raquel, que se había colocado frente a mí, obligándome a levantar la vista. Ella me observaba con una sonrisa triunfal, disfrutando de la forma en que el sudor y las lágrimas de esfuerzo surcaban mi cara—. Elena no puede oírte con ese ritmo. Cuéntale a tu tía lo mucho que te gusta que ella te tome así.

La presión interna era insoportable y deliciosa a la vez. El tabú del amor filial se retorcía en mis entrañas; sentir a la hermana de mi padre —la mujer que representaba el orden y la rectitud— rompiendo mi cuerpo con esa fuerza, me hacía sentir una libertad oscura. Ya no tenía que ser el heredero perfecto, solo el juguete de Elena.

—¡Me gusta! —grité, rompiendo finalmente mi última barrera de orgullo—. ¡Me gusta que mi tía me use! ¡Me gusta ser tu perra, Elena!

Elena soltó un gemido de satisfacción pura y aceleró. Sus embestidas se volvieron más profundas, más posesivas. Raquel, al ver la intensidad del momento, se acercó a Elena y la besó con una pasión lésbica devoradora mientras mi tía seguía usándome. Estaba presenciando su unión en el clímax de mi propia humillación; yo era el puente carnal que conectaba el deseo de las dos mujeres más importantes de mi vida.

—Míralo, Raquel... —susurró Elena entre besos, sin detener el movimiento de su cadera—. Mira cómo se abre para mí. Mira cómo acepta su destino. Es un buen chico, el mejor servidor que podríamos haber soñado para este verano.

Raquel empezó a acariciarse a sí misma mientras me miraba a los ojos, alimentándose de mi degradación. Yo estaba atrapado en un trío de voluntades donde mi único papel era recibir y resistir. El arnés de Elena parecía haberse convertido en parte de su anatomía, una extensión de su mando que me recordaba, con cada estocada, que mi cuerpo ya no era propiedad privada, sino territorio conquistado por su linaje.

La habitación estaba impregnada de una atmósfera eléctrica, un cóctel de sudor, aceite y el aroma del poder femenino que lo dominaba todo. Yo ya no era un hombre; era una masa de nervios expuestos, un eco de gemidos que respondía únicamente al movimiento de las caderas de Elena. Mis veintiún años se sentían insignificantes frente a la madurez de treinta y cinco de mi tía, que parecía haber encontrado en mi cuerpo el lienzo perfecto para su autoritarismo.

—Está en el límite, Elena —susurró Raquel, su voz cargada de una excitación ronca—. Mira cómo le tiemblan las piernas. No va a aguantar mucho más sin romperse.

—Eso es exactamente lo que quiero —respondió Elena, y sentí cómo sus manos, fuertes y seguras, se clavaban en mis muslos para abrirme un poco más—. Quiero que se rompa bajo mi mando. Quiero que su primer gran clímax anal sea un regalo que yo le conceda, no algo que él tome por su cuenta.

Elena cambió el ángulo del arnés, buscando ese punto interno que me hacía ver estrellas. Sus embestidas se volvieron cortas, rápidas y devastadoras. El tabú filial alcanzó su punto de no retorno: la mujer que compartía mi sangre me estaba llevando a un éxtasis que ninguna chica de mi edad podría haberme dado jamás. La complicidad entre ellas se intensificó; Raquel se subió a la cama y se colocó justo debajo de mi rostro, ofreciéndome su cuerpo mientras ella misma buscaba el placer.

—¡Tómame a mí también, Elena! —pidió Raquel, arqueándose—. ¡Úsalo a él para llegar a mí!

Elena no se detuvo. Con un brazo me mantenía sometido contra el colchón y con el otro acariciaba a Raquel, creando una cadena de placer lésbico y dominación masculina que me dejó sin aliento. Yo estaba en el centro de ese huracán, sintiendo la plenitud del arnés de mi tía llenándome, dilatándome, reclamando cada centímetro de mi ser.

—¡Por favor, tía... por favor! —supliqué, con la voz rota, sintiendo que la presión interna estaba a punto de estallar.

—Dime qué quieres, Alberto —me retó Elena, aumentando la velocidad hasta que mi visión empezó a nublarse—. Dime qué quieres que tu tía te haga.

—¡Quiero que me rompas! ¡Quiero correrme para ti! —grité, perdiendo la última pizca de cordura.

Elena soltó una carcajada triunfal y dio tres estocadas finales, profundas y violentas, que impactaron directamente en mi próstata. El mundo desapareció. Mi clímax anal fue una explosión de colores negros y dorados, una descarga eléctrica que me recorrió la columna mientras mis músculos se contraían desesperadamente alrededor del juguete de mi tía. No hubo contacto con mi propia virilidad; fue una liberación puramente interna, una entrega absoluta al mando de Elena.

Me desplomé sobre las sábanas, temblando, mientras sentía cómo Elena y Raquel se fundían en un abrazo final sobre mi cuerpo exhausto, compartiendo su propio orgasmo mientras me usaban como su colchón humano. La infidelidad a mi moral era completa, y el amor filial se había transformado en una devoción oscura que me ligaba a ellas para siempre.

El silencio que siguió al estallido fue absoluto, solo roto por nuestras respiraciones acompasadas. Me quedé inmóvil, con el rostro hundido en las sábanas de hilo, sintiendo todavía el latido de mi propio cuerpo alrededor del arnés de Elena. No era solo el cansancio físico; era la rendición espiritual. A mis veintiún años, el mundo que conocía había desaparecido, reemplazado por la geografía de los cuerpos de mi tía y Raquel.

Elena se retiró con una parsimonia casi ritual. Escuché el siseo del cuero al desabrocharse y el sonido metálico de las hebillas. Se puso en pie, recuperando su verticalidad soberana, y caminó hacia el espejo de la habitación. Con treinta y cinco años, su desnudez no era una invitación, era un monumento al poder.

—Mírate, Alberto —dijo, sin volverse, observando mi reflejo humillado a través del cristal—. Mañana, cuando bajemos a desayunar, seguirás siendo mi sobrino ante el resto del mundo. Pero aquí dentro, en este cuarto, siempre serás esto: el juguete que Raquel y yo moldeamos a nuestro antojo.

Raquel se acercó a mí y me acarició la nuca con una ternura que daba más miedo que sus azotes. Me obligó a levantarme y a sentarme a los pies de la cama.

—Tu tía ha guardado el arnés en el baúl —susurró Raquel al oído—. Pero no creas que ha terminado contigo. Ahora que sabe lo bien que te abres para ella, cada vez que te mire durante las cenas familiares, ambos sabréis qué es lo que hay bajo tu ropa: una marca que solo ella puede reclamar.

Elena se acercó a nosotros y me tomó de la barbilla, obligándome a mirarla directamente. No había rastro de culpa en sus ojos castaños, solo la satisfacción de una mujer que ha tomado lo que por derecho de sangre y voluntad le pertenece.

—Este es el trato, Alberto —sentenció mi tía—. Tu lealtad a la familia ahora se mide en tu entrega a nosotras. No habrá más chicas de tu edad, no habrá secretos. Tu placer solo nacerá de nuestra autoridad. ¿Lo aceptas?

—Lo acepto, tía... lo acepto, dueña —respondí, besando la mano que me sujetaba.

La infidelidad a la moral común se había convertido en nuestra nueva religión privada. La complicidad lésbica entre ellas se selló con un último beso frente a mí, un recordatorio de que yo era el nexo de su deseo, pero nunca su igual. Me quedé allí, en la penumbra de la habitación, sabiendo que el resto del verano sería un descenso continuo hacia una sumisión que ya no quería evitar.
 
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