De todos los nietos, no había duda de que yo era el favorito de mi abuela; era algo que saltaba a la vista. Creo que ese cariño tan especial nació porque de niño vivíamos en su casa. Como mi mamá trabajaba, mi abuela fue quien me crió día a día. Ella me ayudaba con los deberes de la escuela, jugaba conmigo y me acompañaba en todo. Tuvimos una conexión única gracias a ese tiempo juntos.
Teníamos una complicidad única. En invierno, por ejemplo, era habitual que durmiéramos juntos para abrigarnos mutuamente. Mi padre siempre protestaba diciendo que ya debía dormir solo “Para hacerme hombre”, pero a nosotros no nos importaba; nos buscábamos para compartir la cama. Éramos muy unidos. Ella jugaba conmigo, salíamos a pasear y la acompañaba a hacer las compras; una rutina perfecta porque sabía que, sin falta, regresaría a casa con un juguete o una golosina en las manos.
La desnudez nunca fue un tema tabú entre nosotros, lo vivíamos con total normalidad. Mi abuela salía de la ducha y se secaba o vestía en la habitación conmigo presente. Yo hice lo mismo hasta bien grande, me cambiaba frente a ella sin la menor timidez. Compartíamos una confianza total que dejaba fuera cualquier rastro de incomodidad.
Por el trabajo de mi padre, nos cambiamos de ciudad y cuando ella nos venía a visitar, obviamente se quedaba conmigo, en mi cuarto, donde ambos nos hacíamos cariño recuperando el tiempo perdido. Yo la quiero muchísimo.
El tiempo avanzó y, al terminar el colegio, dejé mi ciudad para ingresar a la universidad. Fue una época muy compleja. Mi timidez, sumada a mi inmadurez y a lo hogareño que siempre fui, hicieron que adaptarme a la vida fuera de casa fuera un verdadero desafío. Debido a ello me era difícil hacer amigos, pero si conseguí ligarme a una muchacha de la universidad o mejor dicho ella a mí, que al igual que yo, no era de la ciudad y arrendaba junto a otras amigas. Así pase a duras penas el primer año de universidad, viviendo solo, en un pequeño departamento que me arrendo mi padre de un solo ambiente, cerca de la costa.
En mi segundo año, al terminar el primer semestre, la muchacha con la que salía, abandonó la carrera y volvió a su ciudad, a muchos kilómetros de distancia, por lo que nuestro noviazgo se terminó. Me sentía solo, la extrañaba demasiado, me empezó a ir mal en la universidad, incluso me dieron ganas de dejar mis estudios. Mi padre me decía que tenía que terminar, que era mucho lo que habían invertido en mí, mientras mi madre me trataba de alentar a seguir, dándome ideas motivacionales. Fueron momentos muy difíciles, hasta que a mi madre se le ocurrió la brillante idea de que mi abuela se fuese por unas semanas a acompañarme.
Para mi abuela no fue ningún problema, al contrario, feliz de vivir con su nieto regalón por un tiempo. Ella era viuda hace muchos años, de hecho yo ni siquiera recordaba a mi abuelo, no tenía trabajo ni ningún compromiso de momento, así que esa misma semana, la fueron a dejar para que viviera conmigo.
Mi vida cambió por completo. Mi departamento ahora brillaba de limpio, siempre había comida casera y compartíamos rutinas como ver series o salir a caminar. Gracias a que ya no me sentía tan solo, mis notas mejoraron de inmediato.
Todo estaba bien, pero se vino otro problema, un gran problema. En el tiempo que yo había estado viviendo solo, con mi novia, teníamos sexo regularmente, a veces se quedaba a dormir conmigo, pero ahora nada y tener posibilidad de traer alguna chica, con mi abuela cerca, menos. Andaba todo el día caliente, me tenía que hacer una paja a diario, pero era poco motivante al hacerlo escondido en el baño, escuchando a mi abuela afuera, un departamento demasiado pequeño, se escuchaba todo, ni videos porno podía ver. Por todo eso, además de dormir todas las noches con mi abuela, verla desnuda, cambiándose su camisa de dormir o saliendo de la ducha, mostrándose por completo, no hacía más que despertar mi lívido y la comencé a verla con otros ojos.
A mi abuela ya se le notaba la edad, pues tenía casi 65 años, era rellenita, de pechos normales a grandes, pero obviamente caídos. Su piel mostraba algunas manchas, pero su culo al menos era carnoso, aunque también algo caído, pero de todas formas, atraía mis mirada cuando se mostraba desnuda ante su nieto, sin imaginar el efecto que provocaba en mí. Aparte que por el calor y al compartir una sola cama, dormía solo en calzones, con una polera vieja mía, sin sostenes y se apegaba a mi, me abrazaba y me daba besos en la boca, antes de quedarse dormida.
Ya después, comenzó a calentarme de verdad mi abuela, al punto que mis cortas masturbaciones eran solo pensando en ella. Mi abuela empezó a notar algo raro en mí, me preguntaba constantemente que me pasaba, que estaba extraño, sin siquiera sospechar que pasaba por mi mente, hasta que una vez me sorprendió mirándola muy detenidamente mientras se secaba y ahí recién, como después me comentó, llegó a pasar por su mente que yo necesitaba sexo, por eso la miraba así.
La rutina se mantuvo igual, nos acostábamos, ella se desnudaba delante mío y se metía a la cama, abrazándome, pasándome la pierna por encima, dándome besos, pidiéndome que la abrazara, etc. Yo la abrazaba por detrás y a veces se me paraba, pero solo me apegaba a ella, sin siquiera moverme, muy apegado, sintiendo su culo contra mi.
Una noche cualquiera, la misma rutina, ella terminando de lavar los platos, yo acostado, delante de la cama, se saca la ropa, mostrándome las tetas. Se coloca mi vieja polera, apaga la luz y se mete a mi lado. Me abraza, me da un beso de buenas noches, se da vuelta y se restriega contra mí, buscando calor, como siempre, pero esta vez, me encontró un poco duro, no en extremo pero sí bastante notorio. Me tomó el brazo y me hizo abrazarla, moviéndose nuevamente apegándose más a mí, haciendo que más se me parara irremediablemente.
Seguro debe haberlo notado, pero se quedó callada y no se separó. Yo trataba de contenerme, pero inevitablemente se me terminó de parar por completo. Me sentía muy incómodo pensando que mi abuela se fuese a dar cuenta y traté de separarme, pero ella tomándome del brazo, no me dejó. Yo ni me movía, en cambio ella, se acomodaba una y otra vez, apegándose más y más a mi, hasta que estiró su brazo hacia atrás y comenzó a acariciarme los cabellos. Ya mi verga no podía estar más dura, ni mi nerviosismo. En eso mi abuela gira la cabeza y me pide un beso, se lo di como siempre, un beso corto, pero ella pidió otro, alargándolo un poco más que de costumbre.
Continuó haciéndolo, apegándose más a mí. Era imposible que no notara como yo estaba, sus caricias no cesaban y sus movimientos eran cada vez más evidente, apoyando sus nalgas contra mi cuerpo hasta que en un momento, su brazo bajo de mi cabeza a mis nalgas apegándome a ella y ya luego la paso hacia adelante, buscando mi verga, solo ahí se separo un poco dejando más espacio para su mano.
Yo estaba estupefacto, no podía creer que estaba pasando eso. Su mano tocándome por fuera y luego me bajo mi ropa interior tocándola directamente. Yo ni siquiera la tocaba, estaba petrificado, sintiendo la mano de mi abuela bajándome más aún mi ropa interior, hasta que mi verga salía parada.
Luego la llevó a sus nalgas, tomándola desde la base, restregándola contra su culo, para luego correrse los calzones hacia un lado. Sentí los pelos de su sexo y el contacto con sus labios vaginales. Ninguno decía nada, yo solo me dejaba llevar, hasta que sentí que mi punta estaba en el lugar indicado y mi abuela echó el culo más atrás, sintiendo como solo un poco de mi verga entraba en su cuerpo.
Uno, dos, tres intentos más y sentí que estaba dentro de mi abuela. Recién ahí ejercí un poco más de presión y ya no cabía duda, estaba cogiéndome a mi propia abuela.
Comencé a moverme, penetrándola suavemente, mientras mi abuela comenzaba a ronronear, disfrutando de lo que estábamos haciendo. En un momento se salió y antes de volver a meterla, mi abuela rápidamente se saca los calzones y los tira. Esta vez, mucho más cómodos, la volví a penetrar, siempre en silencio, con movimientos muy suaves para no lastimarla, con mi mano en su vientre, solamente ahí, apegándola a mi, escuchando su respiración agitada.
No dure mucho, 8 minutos a lo mucho y sin poder contenerme, acabe dentro de mi abuela, sintiendo como su coño me apretaba la verga, sus movimientos eran más intensos y un leve gemido me indico que también ella había acabado, deje mi verga adentro, sin moverme, hasta que se salió por sí sola.
Fue algo hermoso, exquisito. Mi abuela sabiendo mi timidez y la vergüenza que tenía en ese momento, no dijo nada, solo se acomodo, quedándonos abrazados en la oscuridad, hasta que escuche que dormía.
Al otro día, afortunadamente tenía universidad y apenas la vi. Me despedí de ella como siempre, como si nada hubiese pasado, tratando de salir lo antes posible de mi departamento.
Ese día favorablemente tenía clases en la tarde y me quedaba almorzar en la universidad. Ya en la tarde, no quería llegar y ver a la cara a mi abuela, pero no me quedaba otra. Avergonzado entre al departamento y mi abuela actuó como siempre. Yo traté de hacer lo mismo, pero me costaba. Vimos televisión, la misma serie de todos los días, cenamos algo, ella preguntándome de mi día, disimulando completamente. Hasta que llegó la hora de acostarnos.
Estaba nervioso, pero a la vez excitado pensando que se podría volver a repetir. Como siempre me acosté antes que ella, sin saber lo que pasaría.
Mi abuela como siempre se daba una ducha en el baño, para luego desvestirse delante de mí, apagar la luz y metiéndose a mi lado. Me dio mi beso de buenas noches, diciéndome “Mi Hombrecito”, para luego darme la espalda apegándose a mí, diciéndome que la abrazara.
Un silencio absoluto de ambos, yo apegado a su cuerpo, casi ni respiraba. Ni siquiera se me paro de los nervios. Ambos sabíamos que estábamos despiertos, pero ni ella ni yo hacíamos o decíamos nada. Pasó un rato, me separe de ella acostándome de espalda, al minuto, mi abuela se da vuelta y me abraza, pasándome una pierna por encima de las mías.
Comenzó a acariciar mi pecho, suavemente, para luego comenzar a bajar su mano, muy lentamente. Cuando llega a la altura de mi ombligo, ya mi verga se estaba despertando, pensando lo que podría ocurrir, hasta que pasó, la mano de mi abuela bajó más aún, hasta que la colocó sobre mi verga, haciéndome cariño ahí.
Metió su mano por dentro, ya acariciándomela directamente, sin decir nada. Me estuvo tocando unos minutos, haciendo que se me pusiera dura por completo, hasta que rompió el silencio y me dijo “Sácatelos”. Así lo hice, me los saque rápidamente y me coloque de frente, ahora completamente desnudo. Continuó acariciármela muy suavemente, tocándome las bolas, besando mi pecho, mientras yo acariciaba su espalda. Todo era muy despacio, en completa oscuridad y en silencio, hasta que sin dejar de besarme y bajando más por mi cuerpo, comenzó a bajar su cabeza, lentamente, dándome besos en el vientre.
Ni en sueños se me pasó por la mente que mi abuela estuviese haciendo lo que yo creía que iba hacer. Su cabeza está más abajo de mi vientre y comienzo a sentir la boca de mi abuela en contacto con mi verga. Lo hacía muy suave, haciéndome sentir un placer insuperable. A mi novia se lo pedía contantemente, pero casi nunca lo hizo, le daba asco, mientras que mi abuela, sin siquiera insinuárselo, estaba ahí abajo, concentrada en lo que hacía, tomándose todo el tiempo del mundo, dándome un formidable sexo oral.
Comencé a disfrutar como loco, lo hacía tan bien, tan suave, soltándomela para darme besos a mis bolas, para luego volver meterla en su boca, jugando con su lengua, pero a pesar de eso, yo apenas la tocaba, increíblemente aún me daba vergüenza, cuando en un momento mi abuela sube, me da un beso en los labios y se saca la polera, quedando solo en calzones. Me vuelve a besar y me coloca sus tetas en la cara, donde por primera vez se las comencé a chupar.
Nuevamente mi abuela rompe el silencio y me dice:
Con una rodilla a cada lado mio, se incorporó, me tomo la verga y la llevo a su sexo y cuando la coloco en la posición indicada, se fue sentando, enterrándosela de apoco. Yo sentía la humedad de su sexo, estaba mojada, haciendo que la penetración fuera más fácil, entrando de a poco. Cuando estaba en la mitad, me la soltó y puso sus manos en mi pecho, bajando un poco más, otro poco, hasta que entró hasta el fondo, haciéndola ronronear de placer y lanzando un fuerte suspiro con la boca abierta.
Comenzó a moverse lentamente, subiendo y bajando, haciendo que sus tetas me rozaran la cara, hasta que en un momento se incorporó y soltó un largo gemido, pidiéndome que la tocara. Alcé mis manos, le agarre las tetas, ella llevo sus manos a las mías y me las apretó, para luego sacármelas de ahí y colocarlas en sus nalgas, donde ahí si ya me comencé a moverme yo, apretándoselas, levantando mi pelvis para hacer más profundo el contacto, haciendo disfrutar a mi abuela, porque sus gemidos aumentaron considerablemente y yo también comencé a quejarme.
Cada vez nos soltábamos mas, yo tomaba más confianza y mi abuela se quejaba más y más fuerte, quizás alentándome para desinhibirme, diciéndome lo mucho que me amaba y el placer que la estaba haciendo sentir, que era su hombre, su hombrecito.
Ya en un momento, no era mi abuela, era una mujer montada sobre mi, una mujer ardiente que estaba disfrutando tanto como yo. Me coloqué un poco más agresivo, metiéndosela más fuerte, apretándola más fuerte, chupándole las tetas con más ganas y mi abuela más disfrutaba como loca, porque sus gemidos ya se escuchaban por todo el cuarto. Se estiró completamente encima mío, nos besamos ya no con un solo roce de labios, nuestras lenguas se juntaron, mientras mis manos acariciaban sus nalgas y su espalda, sin dejar de follarla.
Se salió de encima mío, se acostó de boca en la cama, yo me monte sobre ella, claro que aguantando en mis brazos, cogiéndomela por detrás. En esa posición busqué sus labios y dejándonos de besar solo para quejarnos. La di vuelta, quedamos de frente, la volví a penetrar buscando sus labios y le di y le di, una y otra vez, haciéndola acabar, sintiendo sus gemidos de placer, yo tampoco pude aguantarme más y acabe nuevamente dentro de mi abuela, llenándola hasta que ya no pude más.
Como dos amantes, desnudos en la cama, uno al lado del otro, recuperando la respiración, nos dijimos lo mucho que nos queríamos, la exquisita locura que habíamos cometido y dormimos abrazados hasta que me tuve que levantar.
Al otro día, al volver para almorzar con ella, me recibió con un gran beso, me había preparado un almuerzo exquisito y ahora con más confianza, le dije que quería cogérmela. Terminamos nuevamente en la cama, ahora por primera vez, cogiendo con luz, mirando nuestros cuerpos, nuestras expresiones. Empezó chupando un largo rato, yo también a ella, hicimos de todo, la coloque a lo perrito, hicimos un 69, realmente me sorprendió las ganas y la vitalidad que tenía de coger a mi amada abuela.
Dormimos un rato, hice algo por la universidad y ya cuando oscureció, nuevamente terminamos haciendo el amor.
Pasaron varias semanas, cogiendo casi a diario. Mi abuela era un volcán al momento de tener relaciones, le gustaba hacerlo, los disfrutaba, me decía que estuvo años, muchos años sin tener sexo con nadie y que yo la satisfacía por completo.
No teníamos limites al momento de hacerlo, era cosa de pedirle algo a mi abuela y con gusto lo hacía, incluso no tenía problemas de que yo acabara en su boca, es más, ella misma me lo pedía, le encantaba, era caliente, una vieja morbosa, al punto que tratamos de tener sexo anal, pero a pesar de intentarlo varias veces, a ella le dolía y no lo hacíamos, pero todo lo demás, estaba permitido. Me la cogía hasta que mi cuerpo me lo permitiera.
Éramos prácticamente novios, incluso en público a veces se nos pasaban los cariños de abuela y nieto, pero nadie sospechaba nada, todo perfecto, hasta que una de sus hermanas, tuvo un derrame cerebral. Ya mis padres le decían que se fuera a su casa, que yo ya estaba bien, que me dejara solo, pero ella no quería. Pero con eso, ya obligada se tuvo que marchar para ayudar a cuidar a su hermana. Se le notaba en la cara, tristeza y con ojos casi llorosos al tener que separarnos nuevamente.
Pasó más de un año sin vernos, mi abuela no podía dejar a su hermana postrada en cama. Hablábamos por teléfono, nos decíamos lo mucho que nos extrañabamos y lo mucho que deseábamos volver a estar juntos, pero no se podía. Una vez la fuimos a visitar y en ningún momento pudimos estar solos, hasta que su hermana falleció y mi abuela, aunque se mostraba triste, me comentó que no deseaba estar sola de nuevo. Y así sin más, le dije que podría quedarse a vivir conmigo otra vez, y que hablaría con mis padres para que lo vieran como una forma de apoyo. Note como su arrugada cara mostraba una sonrisa al escuchar mi idea.
Ni bien llegamos nuevamente a mi departamento, comenzamos a desvestirnos y a acariciarnos mientras nos besábamos profundamente. En el fondo, sospechábamos que nuestro pecado había provocado el incidente de su difunta hermana; sin embargo, en ese punto, ya no nos importaba en absoluto. Además nuestro amor dejó de ser de una abuela y su nieto a estas alturas.
Teníamos una complicidad única. En invierno, por ejemplo, era habitual que durmiéramos juntos para abrigarnos mutuamente. Mi padre siempre protestaba diciendo que ya debía dormir solo “Para hacerme hombre”, pero a nosotros no nos importaba; nos buscábamos para compartir la cama. Éramos muy unidos. Ella jugaba conmigo, salíamos a pasear y la acompañaba a hacer las compras; una rutina perfecta porque sabía que, sin falta, regresaría a casa con un juguete o una golosina en las manos.
La desnudez nunca fue un tema tabú entre nosotros, lo vivíamos con total normalidad. Mi abuela salía de la ducha y se secaba o vestía en la habitación conmigo presente. Yo hice lo mismo hasta bien grande, me cambiaba frente a ella sin la menor timidez. Compartíamos una confianza total que dejaba fuera cualquier rastro de incomodidad.
Por el trabajo de mi padre, nos cambiamos de ciudad y cuando ella nos venía a visitar, obviamente se quedaba conmigo, en mi cuarto, donde ambos nos hacíamos cariño recuperando el tiempo perdido. Yo la quiero muchísimo.
El tiempo avanzó y, al terminar el colegio, dejé mi ciudad para ingresar a la universidad. Fue una época muy compleja. Mi timidez, sumada a mi inmadurez y a lo hogareño que siempre fui, hicieron que adaptarme a la vida fuera de casa fuera un verdadero desafío. Debido a ello me era difícil hacer amigos, pero si conseguí ligarme a una muchacha de la universidad o mejor dicho ella a mí, que al igual que yo, no era de la ciudad y arrendaba junto a otras amigas. Así pase a duras penas el primer año de universidad, viviendo solo, en un pequeño departamento que me arrendo mi padre de un solo ambiente, cerca de la costa.
En mi segundo año, al terminar el primer semestre, la muchacha con la que salía, abandonó la carrera y volvió a su ciudad, a muchos kilómetros de distancia, por lo que nuestro noviazgo se terminó. Me sentía solo, la extrañaba demasiado, me empezó a ir mal en la universidad, incluso me dieron ganas de dejar mis estudios. Mi padre me decía que tenía que terminar, que era mucho lo que habían invertido en mí, mientras mi madre me trataba de alentar a seguir, dándome ideas motivacionales. Fueron momentos muy difíciles, hasta que a mi madre se le ocurrió la brillante idea de que mi abuela se fuese por unas semanas a acompañarme.
Para mi abuela no fue ningún problema, al contrario, feliz de vivir con su nieto regalón por un tiempo. Ella era viuda hace muchos años, de hecho yo ni siquiera recordaba a mi abuelo, no tenía trabajo ni ningún compromiso de momento, así que esa misma semana, la fueron a dejar para que viviera conmigo.
Mi vida cambió por completo. Mi departamento ahora brillaba de limpio, siempre había comida casera y compartíamos rutinas como ver series o salir a caminar. Gracias a que ya no me sentía tan solo, mis notas mejoraron de inmediato.
Todo estaba bien, pero se vino otro problema, un gran problema. En el tiempo que yo había estado viviendo solo, con mi novia, teníamos sexo regularmente, a veces se quedaba a dormir conmigo, pero ahora nada y tener posibilidad de traer alguna chica, con mi abuela cerca, menos. Andaba todo el día caliente, me tenía que hacer una paja a diario, pero era poco motivante al hacerlo escondido en el baño, escuchando a mi abuela afuera, un departamento demasiado pequeño, se escuchaba todo, ni videos porno podía ver. Por todo eso, además de dormir todas las noches con mi abuela, verla desnuda, cambiándose su camisa de dormir o saliendo de la ducha, mostrándose por completo, no hacía más que despertar mi lívido y la comencé a verla con otros ojos.
A mi abuela ya se le notaba la edad, pues tenía casi 65 años, era rellenita, de pechos normales a grandes, pero obviamente caídos. Su piel mostraba algunas manchas, pero su culo al menos era carnoso, aunque también algo caído, pero de todas formas, atraía mis mirada cuando se mostraba desnuda ante su nieto, sin imaginar el efecto que provocaba en mí. Aparte que por el calor y al compartir una sola cama, dormía solo en calzones, con una polera vieja mía, sin sostenes y se apegaba a mi, me abrazaba y me daba besos en la boca, antes de quedarse dormida.
Ya después, comenzó a calentarme de verdad mi abuela, al punto que mis cortas masturbaciones eran solo pensando en ella. Mi abuela empezó a notar algo raro en mí, me preguntaba constantemente que me pasaba, que estaba extraño, sin siquiera sospechar que pasaba por mi mente, hasta que una vez me sorprendió mirándola muy detenidamente mientras se secaba y ahí recién, como después me comentó, llegó a pasar por su mente que yo necesitaba sexo, por eso la miraba así.
La rutina se mantuvo igual, nos acostábamos, ella se desnudaba delante mío y se metía a la cama, abrazándome, pasándome la pierna por encima, dándome besos, pidiéndome que la abrazara, etc. Yo la abrazaba por detrás y a veces se me paraba, pero solo me apegaba a ella, sin siquiera moverme, muy apegado, sintiendo su culo contra mi.
Una noche cualquiera, la misma rutina, ella terminando de lavar los platos, yo acostado, delante de la cama, se saca la ropa, mostrándome las tetas. Se coloca mi vieja polera, apaga la luz y se mete a mi lado. Me abraza, me da un beso de buenas noches, se da vuelta y se restriega contra mí, buscando calor, como siempre, pero esta vez, me encontró un poco duro, no en extremo pero sí bastante notorio. Me tomó el brazo y me hizo abrazarla, moviéndose nuevamente apegándose más a mí, haciendo que más se me parara irremediablemente.
Seguro debe haberlo notado, pero se quedó callada y no se separó. Yo trataba de contenerme, pero inevitablemente se me terminó de parar por completo. Me sentía muy incómodo pensando que mi abuela se fuese a dar cuenta y traté de separarme, pero ella tomándome del brazo, no me dejó. Yo ni me movía, en cambio ella, se acomodaba una y otra vez, apegándose más y más a mi, hasta que estiró su brazo hacia atrás y comenzó a acariciarme los cabellos. Ya mi verga no podía estar más dura, ni mi nerviosismo. En eso mi abuela gira la cabeza y me pide un beso, se lo di como siempre, un beso corto, pero ella pidió otro, alargándolo un poco más que de costumbre.
Continuó haciéndolo, apegándose más a mí. Era imposible que no notara como yo estaba, sus caricias no cesaban y sus movimientos eran cada vez más evidente, apoyando sus nalgas contra mi cuerpo hasta que en un momento, su brazo bajo de mi cabeza a mis nalgas apegándome a ella y ya luego la paso hacia adelante, buscando mi verga, solo ahí se separo un poco dejando más espacio para su mano.
Yo estaba estupefacto, no podía creer que estaba pasando eso. Su mano tocándome por fuera y luego me bajo mi ropa interior tocándola directamente. Yo ni siquiera la tocaba, estaba petrificado, sintiendo la mano de mi abuela bajándome más aún mi ropa interior, hasta que mi verga salía parada.
Luego la llevó a sus nalgas, tomándola desde la base, restregándola contra su culo, para luego correrse los calzones hacia un lado. Sentí los pelos de su sexo y el contacto con sus labios vaginales. Ninguno decía nada, yo solo me dejaba llevar, hasta que sentí que mi punta estaba en el lugar indicado y mi abuela echó el culo más atrás, sintiendo como solo un poco de mi verga entraba en su cuerpo.
Uno, dos, tres intentos más y sentí que estaba dentro de mi abuela. Recién ahí ejercí un poco más de presión y ya no cabía duda, estaba cogiéndome a mi propia abuela.
Comencé a moverme, penetrándola suavemente, mientras mi abuela comenzaba a ronronear, disfrutando de lo que estábamos haciendo. En un momento se salió y antes de volver a meterla, mi abuela rápidamente se saca los calzones y los tira. Esta vez, mucho más cómodos, la volví a penetrar, siempre en silencio, con movimientos muy suaves para no lastimarla, con mi mano en su vientre, solamente ahí, apegándola a mi, escuchando su respiración agitada.
No dure mucho, 8 minutos a lo mucho y sin poder contenerme, acabe dentro de mi abuela, sintiendo como su coño me apretaba la verga, sus movimientos eran más intensos y un leve gemido me indico que también ella había acabado, deje mi verga adentro, sin moverme, hasta que se salió por sí sola.
Fue algo hermoso, exquisito. Mi abuela sabiendo mi timidez y la vergüenza que tenía en ese momento, no dijo nada, solo se acomodo, quedándonos abrazados en la oscuridad, hasta que escuche que dormía.
Al otro día, afortunadamente tenía universidad y apenas la vi. Me despedí de ella como siempre, como si nada hubiese pasado, tratando de salir lo antes posible de mi departamento.
Ese día favorablemente tenía clases en la tarde y me quedaba almorzar en la universidad. Ya en la tarde, no quería llegar y ver a la cara a mi abuela, pero no me quedaba otra. Avergonzado entre al departamento y mi abuela actuó como siempre. Yo traté de hacer lo mismo, pero me costaba. Vimos televisión, la misma serie de todos los días, cenamos algo, ella preguntándome de mi día, disimulando completamente. Hasta que llegó la hora de acostarnos.
Estaba nervioso, pero a la vez excitado pensando que se podría volver a repetir. Como siempre me acosté antes que ella, sin saber lo que pasaría.
Mi abuela como siempre se daba una ducha en el baño, para luego desvestirse delante de mí, apagar la luz y metiéndose a mi lado. Me dio mi beso de buenas noches, diciéndome “Mi Hombrecito”, para luego darme la espalda apegándose a mí, diciéndome que la abrazara.
Un silencio absoluto de ambos, yo apegado a su cuerpo, casi ni respiraba. Ni siquiera se me paro de los nervios. Ambos sabíamos que estábamos despiertos, pero ni ella ni yo hacíamos o decíamos nada. Pasó un rato, me separe de ella acostándome de espalda, al minuto, mi abuela se da vuelta y me abraza, pasándome una pierna por encima de las mías.
Comenzó a acariciar mi pecho, suavemente, para luego comenzar a bajar su mano, muy lentamente. Cuando llega a la altura de mi ombligo, ya mi verga se estaba despertando, pensando lo que podría ocurrir, hasta que pasó, la mano de mi abuela bajó más aún, hasta que la colocó sobre mi verga, haciéndome cariño ahí.
Metió su mano por dentro, ya acariciándomela directamente, sin decir nada. Me estuvo tocando unos minutos, haciendo que se me pusiera dura por completo, hasta que rompió el silencio y me dijo “Sácatelos”. Así lo hice, me los saque rápidamente y me coloque de frente, ahora completamente desnudo. Continuó acariciármela muy suavemente, tocándome las bolas, besando mi pecho, mientras yo acariciaba su espalda. Todo era muy despacio, en completa oscuridad y en silencio, hasta que sin dejar de besarme y bajando más por mi cuerpo, comenzó a bajar su cabeza, lentamente, dándome besos en el vientre.
Ni en sueños se me pasó por la mente que mi abuela estuviese haciendo lo que yo creía que iba hacer. Su cabeza está más abajo de mi vientre y comienzo a sentir la boca de mi abuela en contacto con mi verga. Lo hacía muy suave, haciéndome sentir un placer insuperable. A mi novia se lo pedía contantemente, pero casi nunca lo hizo, le daba asco, mientras que mi abuela, sin siquiera insinuárselo, estaba ahí abajo, concentrada en lo que hacía, tomándose todo el tiempo del mundo, dándome un formidable sexo oral.
Comencé a disfrutar como loco, lo hacía tan bien, tan suave, soltándomela para darme besos a mis bolas, para luego volver meterla en su boca, jugando con su lengua, pero a pesar de eso, yo apenas la tocaba, increíblemente aún me daba vergüenza, cuando en un momento mi abuela sube, me da un beso en los labios y se saca la polera, quedando solo en calzones. Me vuelve a besar y me coloca sus tetas en la cara, donde por primera vez se las comencé a chupar.
Nuevamente mi abuela rompe el silencio y me dice:
- Eso mi niño, mi niño hermoso, son suyas, chúpemelas… chúpele las tetas a su abuela. *yo embelesado succionando sus pezones*
Con una rodilla a cada lado mio, se incorporó, me tomo la verga y la llevo a su sexo y cuando la coloco en la posición indicada, se fue sentando, enterrándosela de apoco. Yo sentía la humedad de su sexo, estaba mojada, haciendo que la penetración fuera más fácil, entrando de a poco. Cuando estaba en la mitad, me la soltó y puso sus manos en mi pecho, bajando un poco más, otro poco, hasta que entró hasta el fondo, haciéndola ronronear de placer y lanzando un fuerte suspiro con la boca abierta.
Comenzó a moverse lentamente, subiendo y bajando, haciendo que sus tetas me rozaran la cara, hasta que en un momento se incorporó y soltó un largo gemido, pidiéndome que la tocara. Alcé mis manos, le agarre las tetas, ella llevo sus manos a las mías y me las apretó, para luego sacármelas de ahí y colocarlas en sus nalgas, donde ahí si ya me comencé a moverme yo, apretándoselas, levantando mi pelvis para hacer más profundo el contacto, haciendo disfrutar a mi abuela, porque sus gemidos aumentaron considerablemente y yo también comencé a quejarme.
Cada vez nos soltábamos mas, yo tomaba más confianza y mi abuela se quejaba más y más fuerte, quizás alentándome para desinhibirme, diciéndome lo mucho que me amaba y el placer que la estaba haciendo sentir, que era su hombre, su hombrecito.
Ya en un momento, no era mi abuela, era una mujer montada sobre mi, una mujer ardiente que estaba disfrutando tanto como yo. Me coloqué un poco más agresivo, metiéndosela más fuerte, apretándola más fuerte, chupándole las tetas con más ganas y mi abuela más disfrutaba como loca, porque sus gemidos ya se escuchaban por todo el cuarto. Se estiró completamente encima mío, nos besamos ya no con un solo roce de labios, nuestras lenguas se juntaron, mientras mis manos acariciaban sus nalgas y su espalda, sin dejar de follarla.
Se salió de encima mío, se acostó de boca en la cama, yo me monte sobre ella, claro que aguantando en mis brazos, cogiéndomela por detrás. En esa posición busqué sus labios y dejándonos de besar solo para quejarnos. La di vuelta, quedamos de frente, la volví a penetrar buscando sus labios y le di y le di, una y otra vez, haciéndola acabar, sintiendo sus gemidos de placer, yo tampoco pude aguantarme más y acabe nuevamente dentro de mi abuela, llenándola hasta que ya no pude más.
Como dos amantes, desnudos en la cama, uno al lado del otro, recuperando la respiración, nos dijimos lo mucho que nos queríamos, la exquisita locura que habíamos cometido y dormimos abrazados hasta que me tuve que levantar.
Al otro día, al volver para almorzar con ella, me recibió con un gran beso, me había preparado un almuerzo exquisito y ahora con más confianza, le dije que quería cogérmela. Terminamos nuevamente en la cama, ahora por primera vez, cogiendo con luz, mirando nuestros cuerpos, nuestras expresiones. Empezó chupando un largo rato, yo también a ella, hicimos de todo, la coloque a lo perrito, hicimos un 69, realmente me sorprendió las ganas y la vitalidad que tenía de coger a mi amada abuela.
Dormimos un rato, hice algo por la universidad y ya cuando oscureció, nuevamente terminamos haciendo el amor.
Pasaron varias semanas, cogiendo casi a diario. Mi abuela era un volcán al momento de tener relaciones, le gustaba hacerlo, los disfrutaba, me decía que estuvo años, muchos años sin tener sexo con nadie y que yo la satisfacía por completo.
No teníamos limites al momento de hacerlo, era cosa de pedirle algo a mi abuela y con gusto lo hacía, incluso no tenía problemas de que yo acabara en su boca, es más, ella misma me lo pedía, le encantaba, era caliente, una vieja morbosa, al punto que tratamos de tener sexo anal, pero a pesar de intentarlo varias veces, a ella le dolía y no lo hacíamos, pero todo lo demás, estaba permitido. Me la cogía hasta que mi cuerpo me lo permitiera.
Éramos prácticamente novios, incluso en público a veces se nos pasaban los cariños de abuela y nieto, pero nadie sospechaba nada, todo perfecto, hasta que una de sus hermanas, tuvo un derrame cerebral. Ya mis padres le decían que se fuera a su casa, que yo ya estaba bien, que me dejara solo, pero ella no quería. Pero con eso, ya obligada se tuvo que marchar para ayudar a cuidar a su hermana. Se le notaba en la cara, tristeza y con ojos casi llorosos al tener que separarnos nuevamente.
Pasó más de un año sin vernos, mi abuela no podía dejar a su hermana postrada en cama. Hablábamos por teléfono, nos decíamos lo mucho que nos extrañabamos y lo mucho que deseábamos volver a estar juntos, pero no se podía. Una vez la fuimos a visitar y en ningún momento pudimos estar solos, hasta que su hermana falleció y mi abuela, aunque se mostraba triste, me comentó que no deseaba estar sola de nuevo. Y así sin más, le dije que podría quedarse a vivir conmigo otra vez, y que hablaría con mis padres para que lo vieran como una forma de apoyo. Note como su arrugada cara mostraba una sonrisa al escuchar mi idea.
Ni bien llegamos nuevamente a mi departamento, comenzamos a desvestirnos y a acariciarnos mientras nos besábamos profundamente. En el fondo, sospechábamos que nuestro pecado había provocado el incidente de su difunta hermana; sin embargo, en ese punto, ya no nos importaba en absoluto. Además nuestro amor dejó de ser de una abuela y su nieto a estas alturas.