Casilda Está Descontrolada – Capítulos 001 al 003

heranlu

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Casilda Está Descontrolada – Capítulo 001
La línea que separa la simpática rebeldía y la terrible autodestrucción puede ser demasiado delgada. Por norma general, es la persona que se mueve entre esas dos posibilidades la última en darse cuenta de que se está acercando al abismo. Aunque en alguna ocasiones, como era mi caso, lo sabe y le da exactamente igual.

Culpar a otra persona de nuestros fallos y malas decisiones puede ser muy injusto, especialmente si es a tu madre a quien quieres cargar con esa responsabilidad, y mucho más si está muerta. Aun así, no lo podía evitar, su ausencia era la excusa perfecta para justificar el haber pasado de ser una niña buena a la joven más problemática.

Yo misma era consciente de que era una verdad solo a medias. Sí, su muerte me afectó tanto que podía ser comprensible que me rebelara contra todo y contra todos en aquel momento, porque no lograba comprender por qué me tenía que haber pasado a mí. Pero los años pasaron, ya era mayor de edad, y nadie más que yo era responsable de mis decisiones.

Dejar de estudiar podía ser comprensible, demasiadas cosas en la cabeza. También se podía entender que mi recién estrenado desprecio por la vida me llevara a querer probar cosas como el tabaco o el alcohol, siempre que no pasara de simple curiosidad, pero no se quedó ahí. Aunque yo no tuviera la culpa de la muerte de mi madre, solo encontraba algo de alivio castigándome a mí misma.

Y la mejor forma de hacerme daño era hacérselo a mi pobre padre. Hacerle sufrir a él, lo único que me quedaba en el mundo, era el camino más rápido para sentirme la peor persona del mundo. Como digo, al principio solo fue mi inocente forma de reaccionar al miedo y a lo desconocido, pero se me acabó yendo de las manos.

Para cuando cumplí los diecinueve años ya había salido más noches que el camión de la basura. Fumaba y bebía como si me fuera la vida en ello, cuando, en realidad, se me estaba yendo la vida en ello. Me acostaba con cualquiera que me hiciese sentir que no era un desperdicio, aunque supiera que me lo decían solo para follarme.

El sexo, el alcohol y las distintas substancias no eran más que distracciones puntuales. En la soledad de mi casa, los pocos ratos que pasaba allí, nada lograba que olvidara a mi madre. Sabía que todo hubiese sido más fácil si hubiera optado por el buen camino, pero ya no sabía salir de allí. Y lo peor de todo, mi padre no sabía cómo sacarme.

- Cariño, no sabía que estabas en casa.

- Eso es porque no me prestas atención.

- No, es porque casi nunca estás.

- ¿Y te extraña?

- No discutamos ahora, por favor.

- Has empezado tú.

- ¿Estás bien?

- Sí, pero necesito algo de dinero.

- ¿Otra vez?

- La vida está muy cara.

- Sobre todo para quien no trabaja.

- ¿Vamos a empezar con eso?

- Te permití dejar los estudios porque me prometiste buscar un empleo.

- Ya trabajas tú, ¿para qué queremos más dinero?

- Pues tú sabrás, porque no paras de pedirme.

- Porque tengo varias adicciones, ¿es lo que querías escuchar?

- Casilda...

- Métete en tus cosas y déjame a mí en paz.

- Me vas a forzar a tomar una decisión.

- Mira cómo tiemblo.

Podía llegar a ponerme en la piel de mi padre y comprenderlo, pero no cuando me sacaba el tema del trabajo. Aunque me hubiese venido muy bien tener independencia económica, me negaba a desperdiciar mi vida trabajando. La enfermedad y repentina muerte de mi madre me había enseñado que nunca podemos saber cuánto nos queda.

Pese a todo, mi padre volvió a darme el dinero y yo lo gasté de nuevo en cosas pocas recomendables. En aquella época estaba iniciando lo más parecido que había tenido nunca a una relación, una decisión lamentable, como todas las que tomaba. Podría haber optado por un chico que me apartara de ese mundo, pero elegí al peor.

Coco, hablando claro, era el que me conseguía todo lo que no se podía comprar en un establecimiento. Empecé dejándome meter mano cuando no tenía dinero para pagarle y acabé teniendo que estar a su disposición siempre que se le antojaba. No me suponía un trauma, la verdad, ahorraba dinero, me follaba bien y solía ser bueno conmigo... cuando estaba de buen humor.

- Me tienes que pagar lo que te pasé ayer.

- Creo que anoche te lo pagué ya de sobra.

- Eso ya no vale, Cas, ahora dices que somos novios.

- ¿Y qué?

- Pues que son mamadas por amor, no por dinero.

- Si soy tu pareja, razón de más para que no me cobres.

- Ya te he invitado demasiadas veces.

- Joder, es que mi viejo ya no me da tanto dinero como antes.

- Menudo cabrón.

- Oye, no te pases.

- No te cuida suficiente, nena.

- Demasiado me da, sabiendo en qué me lo gasto.

- Bueno, déjate de cháchara y vamos a echar un polvo.

- Hoy no, me duele la cabeza.

- ¿Cómo dices?

- Vamos muy puestos, no apetece nada.

- No te lo voy a repetir otra vez.

- En serio, Coco, mejor lo dejamos para mañana.

- Si me quedo con las ganas no te vuelvo a conseguir nada.

Iba a ceder, no me quedaba más remedio, pero antes de responderle que sí, Coco me agarró con mucha fuerza del brazo y tiró de mí para llevarme a su coche. Ya estaba acostumbrada a esas cosas, no le daba importancia, pero esa noche me hizo daño, me dejó una marca bastante grande. Aun así, hice lo que me pidió, me iba el vicio en ello.

Cualquiera que nos conociese sabía que lo nuestro era mutua conveniencia, entre nosotros había de todo menos amor, pero daba igual el motivo, la cuestión era que estaba enganchada a él. Follábamos hasta que se cansaba, nos volvíamos a colocar y después me llevaba a casa, salvo que tuviera intención de volver a hacerlo.

Nunca le di demasiada importancia a lo relativo al sexo, era una necesidad más, otra forma de conseguir o pagar favores, pero después de estar con Coco, me avergonzaba cruzarme con mi padre. Aunque trataba de evitarlo, esa vez no lo logré y se dio cuenta de las señales que tenía en el brazo. No me dio tiempo a esconderlas.

- ¿Qué te ha pasado?

- Nada, me he dado un golpe.

- Que me trates como a un tonto no quiere decir que lo sea.

- Tampoco es que seas muy listo.

- Ha sido el chico ese, ¿no?

- No tienes ni puta idea.

- Claro que no, porque no me cuentas nada.

- Por algo será.

- Aléjate de él, Casilda.

- Te falta autoridad para decirme lo que tengo que hacer.

- Si insistes en verle dejaré de darte dinero.

- ¿Te molesta que lo vea o que me lo folle?

- Me molesta que te trate como a un trapo.

- ¿Qué sabrás tú?

- Conmigo eres muy dura, pero en la calle se aprovechan de ti.

- ¿Cómo sabes que no soy yo la que se aprovecha de la gente?

- Porque eres tú la que tiene un brazo morado.

- Ya te he dicho que me he dado un golpe.

- Tu madre no te enseñó a mentir.

- No la vuelvas a nombrar, no para utilizarla en mi contra.

- Entiéndeme, hija, estoy muy preocupado por ti.

- ¡Me suda el coño!

- ¿Y eso qué tiene que ver? Date una ducha.

- Eres un antiguo, es imposible que me entienda contigo.

- Pues encontraré a alguien con quien sí te puedas comunicar.

- Ni se te ocurra hacer nada.

Di por hecho que se refería a un psicólogo o algo parecido, algo por lo que no estaba dispuesta a pasar de nuevo. De niña, cuando murió mi madre, me vieron varios especialistas, pero su frívola manera de decirme que tenía que mirar hacia adelante solo consiguió que me sintiera aún peor, que tuviese más ganas de rebelarme.

Aunque era consciente de que mi padre tenía razón en lo de Coco, incluso sin saber la relación tan tóxica que teníamos en realidad, ni siquiera me podía plantear dejarlo. Odiaba admitirlo, pero era adicta a la mierda que él me conseguía y que, en algunas ocasiones, me daba gratis. De hecho, solo era necesario que me planteara dejarlo para darme cuenta de hasta qué punto estaba enganchada.

Afortunadamente, mi padre no hizo nada. Durante las siguientes semanas todo siguió igual: Coco hacía conmigo lo que le daba la gana porque sabía que me tenía controlada y yo descargaba en casa la ira que eso me provocaba. Me sentía en un callejón sin salida, cada paso que daba era siempre a peor, no mejoraba en nada.

Darme cuenta de eso no me acercó a la solución, al contrario, me llenó más de rabia y todos los pasos quedaba eran en la dirección errónea. Según mi lógica, si todo lo hacía mal, me merecía un castigo, y ese castigo era seguir exactamente igual, no había nada peor. El único que se beneficiaba siempre de aquello era Coco.

- Empiezo a estar harto de follar siempre en el coche.

- Ya de dije que fuéramos a un hotel.

- Claro, me arriesgo vendiendo droga para gastarme la pasta en eso.

- Pues entonces no te quejes.

- Me quejo porque sé que tu padre está trabajando y nunca propones ir a tu casa.

- Es que no tiene un horario fijo coma puede volver en cualquier momento.

- ¿Tan malo te parece que me conozca?

- Hombre, en esas circunstancias...

- Déjate de excusas y vamos a tu casa.

- Bueno, pero solo un momento, para enseñártela.

- Yo sí que te la voy a enseñar.

Me acostaba con él, le tenía incluso cierto aprecio, por las veces que se mostraba cariñoso conmigo, porque era el único, al margen de mi padre, que lo hacía, pero llevar a Coco a casa era lo último que me apetecía. Era el paso definitivo para mezclar mis dos mundos, los que ni siquiera debían rozarse. No podía traer nada bueno.

Habría sido una ilusa si de verdad me hubiese creído que Coco se iba a conformar con conocer mi casa. Enseguida quiso ir directo al grano, aunque yo ese día padecía las limitaciones que todas las mujeres tenemos cada mes. Se la chupé, de eso no me escapaba nunca, y después fumamos un poco, a pesar de que le dije que no quería que mi habitación oliese a porro.

Esperaba que se conformase con eso, pero, salvo que se le fuera la mano con lo que tomara, nunca lo hacía. Aunque le dije claramente que tenía la regla, comenzó a desnudarme con la intención de metérmela. Fue la primera vez que me resistí a lo que intentaba hacerme. Cuando al fin parecía que entraba en razón, me hizo una propuesta que me dejó helada.

Quería metérmela por el culo. Ya me lo había dicho en más de una ocasión, pero hasta ese momento no lo había intentado. Aunque siempre acababa cediendo para poder colocarme, el sexo anal me aterraba, no estaba dispuesta a aceptarlo. Como era de esperar, Coco no se lo tomó nada bien y trató de forzarme. Mientras me arrancaba la ropa de forma violenta no podía evitar pensar que me lo merecía.

Entonces apareció mi padre y se lio lo inimaginable. Casi llegaron a las manos, no había otra forma de que Coco cejara en su empeño de violarme analmente. Solo funcionó el amenazarlo con llamar a la policía, pero juró que eso no iba a quedar así. ¿Y qué hice yo? Intenté salir detrás de él, no podía quedarme sin suministrador.

- ¿Se puede saber dónde te crees que vas?

- No puedo dejar que se vaya así sin más.

- Si no llego a aparecer te hubiese violado.

- Tú no lo entiendes, papá.

- No soy estúpido, te tiene enganchada con la droga.

- No siempre es malo.

- Así se comportan los manipuladores, cielo.

- Tengo que hablar con él, solo para aclarar las cosas.

- Lo siento, pero por tu bien tengo que ponerme firme.

- Vale, soy adicta... y no puedo dejarlo de la noche a la mañana.

- No te va a quedar otro remedio, porque no vas a salir de la habitación.

- Tú flipas.

- Te lo digo en serio, Casilda.

- Sabes que no puedes conmigo, que al final hago lo que quiero.

- Pues tendré que usar el comodín secreto.

- ¿De qué estás hablando?

- Van a venir tus tíos.

Mi padre no tenía hermanos, así que se estaba refiriendo a los de mi madre. Eran tres: Antonio, Jorge y Kai. Hacer muy distintos entre ellos, años atrás había tenido muy buena relación con todos, pero ya llevaba bastante tiempo sin verlos. A priori, no me parecía más que un movimiento desesperado, no creía que fuese a funcionar en absoluto.

Aun así, entendía cuáles eran las intenciones de mi padre. Pretendía tocarme la fibra sensible a través de algo muy cercano a mi madre como eran sus hermanos. Debía reconocer que como estrategia no estaba mal, que en otras circunstancias le podría haber funcionado, pero cada día que pasaba mi cuerpo reclamaba más la droga y yo estaba descontrolada.

Se cogió días libres en el trabajo para vigilarme mientras me mantenía encerrada en mi habitación, sin el móvil uniforma alguna de comunicarme con el exterior. Él me traía la comida y me controlaba incluso cuando iba al cuarto de baño, a pesar de la cantidad de insultos que llegaba a dedicarle por minuto. A los pocos días me comunicó que mi tío Jorge sería el primero en aparecer.

Jorge siempre me pareció el más normal de los hermanos de mi madre, y eso que también tenía sus peculiaridades. Seguía soltero ya pasados los cuarenta años, pero porque él lo quiso así. Decidió aprovechar que le había sido concedido el don de la belleza para pasarse la vida follando, no quería saber nada de compromisos.

Recuerdo que de niña no lo entendía, pero en ese momento empatizaba completamente con su causa. Tener pareja solo te puede llevar a sufrir, incluso en el mejor de los casos, porque nadie te garantiza que no se muera en cualquier momento. Cuando entró mi habitación, tan guapo como lo recordaba, pensé que nos íbamos a llevar bien.

- ¿Dónde está mi sobrina Casilda?

- ¿Te refieres a la que hace casi tres años que no visitas?

- Touché.

- Estoy aquí, secuestrada.

- Pero creo que por una buena razón.

- Discrepo.

- Te estás destrozando la vida.

- Puede ser, pero es la mía, no la vuestra.

- ¿Y pretendes que nos limitemos a observar sin más?

- Preferiría que no hicierais ni eso.

- ¿Sabes la de cosas maravillosas que te pierdes por la mierda de la droga?

- No me vengas ahora con el rollito happy flower.

- Es la verdad, la vida es increíble.

- Se nota que sigues muy afectado por la muerte de tu hermana...

- Claro que me afecta, pero no puedo vivir en el pasado.

- No hace falta, a día de hoy sigue doliendo.

- ¿Sabes cómo se dice regalo en inglés?

- Present.

- ¿No te hace pensar un poco?

- ¿En qué?

- El presente es un regalo, tienes que disfrutar de él.

- Lo estaba haciendo, hasta que me encerraron aquí.

- Drogarse no es disfrutar.

- ¿Por qué no? Cada uno elige su modo.

- Y tú has escogido el que más tortura a tu padre.

- No es para tanto.

- Estás siendo muy egoísta con él.

- ¿Qué sabrás tú?

- Ha perdido a su mujer y tiene que ver cómo su hija se autodestruye.

- ¿Quieres que te haga caso?

- Estaría bien, la verdad.

- Pues empieza por contarme algo de ti, que hace mucho que no sé nada.

A mi padre no lo iba a convencer para que me dejara salir de casa, eso estaba más que claro, pero quizás podía engañar de algún modo a mi tío. Para eso necesitaba que me contara cosas de su vida, de los últimos años, para analizarlo en profundidad y encontrar sus debilidades, grietas por las que colarme y poder manipularlo.

Escuché con atención todas las historias de mi tío Jorge. Era, sin duda, un gran aventurero que había recorrido medio mundo para estar en infinidad de países, pero siempre con un mimo objetivo: follar con el mayor número de mujeres posible. Decidió dedicar su vida al placer, a un hombre así tenía que ser muy sencillo engañarlo.

Seguramente sin querer, me dio una serie de detalles, de datos que me contaba casi de pasada, que me hicieron comenzar a elaborar un plan. Puede que Jorge fuera de esas personas empeñadas en vivir el presente, pero había algo del pasado que añoraba: poder tirarse a jovencitas. Estaba segura de que podía sacarle partido a eso.

- ¿Nunca has querido a una lo suficiente como para plantarte el compromiso?

- Sí, pero yo no soy débil ante la tentación.

- ¿Y estás seguro de que no te puede pasar?

- Imposible, las mujeres con las que salgo ahora no cumplen los requisitos.

- ¿Por qué?

- No seas cotilla, Casilda.

- ¿Porque a una cuarentona como tú le quedan pocos años buenos?

- Yo no he dicho eso.

- Pero estoy segura de que es lo que piensas.

- Tienes la lengua muy larga.

- Eres guapo, tío, puedes enamorar a una jovencita.

- No salgo con chicas jóvenes.

- ¿Y eso?

- Porque sería patético.

- A mí no me lo parece, siempre que ella también quiera.

- No soporto a los que no asumen que van cumpliendo años.

- ¿Cuánto hace que no te comes unas tetas bien firmes?

- No todas las de cuarenta las tienen caídas.

- La cirugía no cuenta, tito. ¿No echas de menos un buen culo prieto?

- No.

- Liso, sin imperfecciones... como un melocotón.

- Parece que buscas provocarme.

- Ni que te hubiera dicho que el mío es exactamente así.

- ¿Lo es?

- ¿Quieres verlo?

- No... claro no.

- ¿Y qué me dices de meterla en un coño que sea todavía estrecho y lubrique bien?

- ¿Como el tuyo?

- Yo me mojo solo con que me rocen.

- Mataría por comerme uno así.

- No tienes que cargarte a nadie, dile a mi padre que me permita salir y te dejo jugar con el mío.

Al fin vi la duda reflejada en la mirada de mi tío. En ese momento él estaba sentado en la silla de mi escritorio y yo en la cama, apoyada contra la pared. Llevaba una camiseta larga, me llegaba justo hasta las rodillas, y debajo unas braguitas rosas, probablemente el mejor color, el más inocente, para conseguir que Jorge no pudiera resistirse.

Empecé a subir la camiseta muy lentamente, permitiendo que me viera los muslos. Al principio no le dio importancia, casi ni se estaba fijando, seguramente porque no creía que lo pudiera estar haciendo a propósito. Pero cuando de cintura para abajo ya había visible más piel que tela, obtuve por completo la atención de mi tío.

Le había dejado claro que estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de salir de esa habitación, pero su mirada era de pura incredulidad. Seguí subiendo hasta mostrarle las braguitas, lo que le provocó tanto morbo como culpabilidad. Lo tenía en el bote, solo necesitaba jugar un poco más con él y haría todo lo que le pidiese.

Con las piernas abiertas, comencé a tocarme muy despacio por encima de la ropa interior. Me froté la rajita ante la atenta mirada de mi tío hasta que me mojé. Jorge tragó saliva, ni siquiera era capaz de pestañear. Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo cuando se llevó la mano al paquete para manoseárselo, momento que aproveche para apartar la braguita y enseñarle el coño.

Mi sexo joven y depilado lo dejó con la boca abierta. Jorge se levantó de la silla y se fue acercando a mí lentamente, salivando. Me introduje un dedo en la boca, lo chupé de forma lasciva y me lo metí en la vagina, haciendo que mi tío terminara de volverse loco ante el manjar que tenía delante. Estaba a punto de lanzarse a comérselo.

- Era lo que querías, ¿verdad?

- Necesito volver a comerme un coñito joven.

- Vale, pero ya sabes cuál es mi condición.

- Le diré a tu padre que te deje salir, que así solo te está perjudicando más.

- Y que me has visto arrepentida y sin ningún ánimo de volver a consumir.

- Todo lo que tú me pidas.

- Pues date prisa, que estas piernas cierran en cinco minutos.

Me quité las bragas y se las lancé a la cara. Un segundo después, lo tenía aferrado a mis muslos, pasándome la lengua por el coño una y otra vez. Había sido muy sencillo, con los hombres siempre lo era, por eso me daba tanta rabia haber dejado que Coco llevara el control en esa especie de relación que habíamos mantenido.

Cuando mi tío ya había degustado grandes cantidades de mis jugos vaginales, pasó a comprobar si de verdad mi coño era tan estrecho. Me hizo chupar dos de sus dedos y sin pensárselo demasiado me los introdujo. Debía de tenerlo más prieto de lo que se esperaba, porque no dejaba de decir cosas como "qué maravilla".

Lo que no me esperaba yo era que pudiese llegar a sentir algo de placer, pero la cuestión era que mi tío tenía bastante talento para eso. Sus dedos surcaban certeros mi interior y la combinación de movimientos de su lengua sobre mi clítoris me estaban calentando. Con Coco siempre me tocaba mamar a mí, él nunca se preocupaba de que yo disfrutara.

Agarré a Jorge por el pelo y comencé a impulsar mis caderas hacia su boca, movida por el placer que estaba sintiendo. Mi tío me lamía y besaba la entrepierna, sabía jugar también con sus labios sobre los míos. Notaba que no paraba de fluir y que él disfrutaba con eso, con tener la cara entera cubierta del caldo de mi juventud.

Finalmente, se detuvo de forma definitiva en mi clítoris y comenzó a succionar mientras sus dedos, que habían adoptado una curvatura extraña dentro de mí, añadían un placer extra que estaba a punto de llevarme a un orgasmo inesperado. Le solté el pelo para taparme la boca a dos manos mientras me corría de forma brutal, como jamás lo había hecho.

Mi único propósito era salirme con la mía, pero me había llevado una buena cantidad de placer por el camino. De todos modos, le recordé a mi tío porque le había dejado comerme el coño, tenía que convencer a mi padre para que pusiera fin a mi clausura. En cuanto Jorge salió de mi habitación, los oí discutir, no pintaba demasiado bien.

- ¿Qué le has contado a tu tío?

- Nada, si prácticamente solo ha hablado él.

- No tiene sentido que piense que deberías salir.

- ¿Y no te has parado a pensar que quizás la que no tiene sentido es tu postura?

- Sigues siendo una adicta, en cuanto salgas de aquí recaerás.

- Ni siquiera te has planteado llevarme a un especialista.

- ¿Es lo que quieres?

- ¡No!

- ¿Entonces?

- Solo digo que tú no tienes ni idea de cómo se supera esto.

- Con apoyo y comprensión.

- Sí, claro... y con unicornios y arcoíris mágicos.

- Puede que Jorge no fuese el indicado, solo piensa en él.

- Pero yo creo que...

- Voy a tener que recurrir a tu tío Antonio.



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heranlu

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Casilda Está Descontrolada – Capítulo 002
El tío Antonio era el hermano mayor de mi difunta madre, el único de los tres que se había casado. También hacía unos cuantos años que no lo veía, pero lo recordaba muy serio, aparentaba más edad de la que en realidad tenía, sobre todo por su carácter y por lo tradicional que era. De él solo podía esperar que me echara una buena bronca.

Para ahorrarme ese mal trago que de poco me iba a servir, traté de convencer a mi padre de que no era necesario, que aceptaría seguir un tiempo más en casa sin rechistar, pero ya no se fiaba de mí. Sabía que si el tío Jorge había hablado en mi favor era porque lo había manipulado de algún modo, aunque no se imaginaba cómo, y no quería que jugara también con él.

- En serio, no metas a ese hombre en mi habitación.

- Es tu tío, Casilda.

- Siempre me dio miedo, es demasiado estricto.

- Quizás así lo respetes.

- El respeto se gana, no se impone.

- Es el más mayor, seguro que te puede dar buenos consejos.

- ¿Y por qué no lo ha hecho durante todos estos años?

- Sabes que es culpa mía que nos alejáramos un poco de la familia de mamá.

- Da igual, nunca demostró que le importara.

- Está dispuesto a ayudar, eso es lo que importa.

- Viene a echarme la bronca, que es lo que le gusta.

- Hasta que no esté aquí no lo sabrás.

- ¿Tú que le has contado?

- Que te has juntado con quien no debías y has consumido algunas cosas.

- Si él también te dice que puedo salir ¿le harás caso?

- Sí, me fio de la palabra de Antonio.

- Pues veremos a ver si no eres el único que se equivoca.

Por más vueltas que le daba, no veía la forma de poder convencerlo, era demasiado evidente que estaba desesperada por salir de mi habitación, y no precisamente para que me diera el aire. Con Jorge había sido distinto, era un hombre guapo con una clara debilidad que lo hacía manipulable, pero Antonio no tenía nada de eso.

Lo peor de todo era que no sabía en qué momento podía aparecer, lo que me tenía asustada todo el rato. Intenté trazar varias estrategias, tanto para hacerme pasar por una buena chica, cosa que no iba a colar, como para intentar provocarlo al máximo en busca de su punto débil. Incluso él debía cortarse un poco después de tanto tiempo sin vernos.

La opción de provocarlo sexualmente no me iba a servir de nada porque, hasta lo que yo recordaba, era un fanático religioso, así que cualquier insinuación podría acabar incluso en exorcismo. Además, era imposible que con un hombre tan antiguo y desagradable al trato pudiera entrar en situación, no podía ocurrir de ningún modo.

Parecía que lo tenía clarísimo, pero iban pasando los días y mi desesperación aumentaba tanto que, en ocasiones, me veía capaz de cualquier cosa con tal de poder consumir una última vez. Aunque se suponía que mi cuerpo debía dejar de ser dependiente de las drogas en algún momento, yo las seguía necesitando. También la fiesta, la atención de Coco y todo lo que me distraía de mi amarga realidad.

Un jueves por la tarde llamaron a la puerta y automáticamente comencé a prepararme para enfrentarme a ese señor, pero no era él. Coco, preocupado a su modo por los días que llevaba sin verme y porque no le devolvía las llamadas, se había presentado en casa. Al escuchar su voz mis deseos por salir de la habitación sin multiplicarlo.

Tal y como sucedió la última vez que se encontraron, mi padre y Coco comenzaron a discutir a gritos. Yo intenté salir a poner en paz, no quería otra cosa, pero, como todas las veces en las que había intentado huir de mi cuarto, me resultó imposible romper el candado. La conversación entre ellos cada vez elevaba más el tono.

No solo se escuchaban gritos, también golpes cada vez más fuertes. Podía estar más o menos de acuerdo con mi padre y sus métodos, pero no cabía duda de que todo lo hacía por mi bien, así que no quería que sufriera el menor daño. Aun así, necesitaba ver a Coco, saber si llevaba algo encima. Tras un fuerte portazo, alguien irrumpió en mi habitación.

- ¡Papá! Estás sangrando.

- ¿Te queda ahora claro por qué no puedes juntarte con esa mala bestia?

- En el fondo no es tan malo, pero las drogas lo alteran.

- ¿Y en ese estado quieres vivir tú también?

- Yo no estoy tan enganchada.

- Sí lo estás, solo de ese modo se entiende que aún lo defiendas.

- Porque lo que me estás haciendo es inhumano.

- Ya me lo agradecerás.

- Pongamos que consigo dejar las drogas.

- Más te vale.

- ¿Después qué?

- ¿Qué quieres decir?

- No tengo en qué ocupar mi tiempo, no acabaría en nada bueno.

- Basta de excusas, puedes retomar los estudios o buscarte un empleo.

- A estas alturas dudo que pueda volver a estudiar.

- Pero si solo tienes diecinueve años.

- Estoy muy perdida, no me auguro un gran porvenir.

- No te preocupes, seguro que tu tío te ayuda.

- Como me ayude tanto como el otro...

Después de hablar con mi padre me quedé un poco más tranquila, pero nunca me duraba demasiado. Al día siguiente volvía a subirme por las paredes, ansiosa por salir de esa maldita habitación. Pero esa tarde iba a ser distinta, porque al fin haría su aparición mi tío Antonio. Nada bueno podía salir de aquel encuentro tan poco deseado.

No se podía decir que los años hubiesen tratado demasiado bien a mi tío punto debía de rondar los cincuenta años, pero aparentaba unos cuantos más. En lo que no había cambiado lo más mínimo era en su expresión seria, en ese ceño siempre fruncido. No sabía cómo mi padre podía pensar que sacaría algo bueno de un hombre al que ni siquiera mi madre tenía en demasiada estima.

Igual que hizo su hermano días atrás, Antonio se sentó en la silla de mi escritorio. Se quedó observándome sin decir una sola palabra, como esperando a que iniciara yo la conversación. Si de mí dependía, iba a ser difícil que abandonáramos el silencio, pero, por desgracia, no fue así. No pudo seguir resistiéndose a sermonearme.

- Casilda, Casilda, Casilda... si tu madre levantara la cabeza...

- Se daría con la tapa del ataúd.

- Eso no tiene gracia.

- Tampoco que utilices a mi madre fallecida para hacer que me sienta mal.

- Vale, no hemos empezado con buen pie.

- Desde luego que no.

- ¿Cómo estás?

- Encerrada como una criminal.

- Algo habrás hecho.

- Lo sabes perfectamente.

- Pero si eras una niña muy tranquila.

- ¿Y qué quieres que te diga? Las cosas cambian.

- ¿No te acuerdas de los veranos en casa de mis padres?

- Sí, ¿y qué?

- ¿No eras más feliz en esa época?

- ¡Pues claro! Nos ha jodido, tenía madre y nada de lo que preocuparme.

- Ahora con tanto móvil os estáis echando a perder toda la juventud.

- Mis desgracias poco tienen que ver con eso.

- Antes los jóvenes eran felices, no se obsesionaban con chorradas.

- Siempre ha habido chavales enganchados a las drogas.

- Eso es a lo que menos importancia le doy.

- ¿Qué es lo que te preocupa?

- No estudias, no trabajas... ¿cuánto hace que no vas a misa?

- Más de lo que llevabas tú sin venir a verme, que ya es decir.

No necesitaba más conversación para darme cuenta de que mi tío era uno de esos nostálgicos para los que cualquier tiempo pasado siempre es mejor, pero, por desgracia, todavía lo tendría que aguantar durante bastante rato más. Aunque intentaba desviar el tema, Antonio siempre volvía a lo mismo: a lo perdida que estaba la juventud.

Según él, se habían perdido todos los valores, ya no había educación ni respeto. Se suponía que lo estaba diciendo en serio, pero a mí me parecía que seguir ese estilo de vida tan arcaico era lo que lo tenía amargado. Tenía la sensación de que llevaba siglos sin follar, y no me quería quedar sin preguntárselo, aunque solo fuese para sacarlo de quicio.

- Los jóvenes solo piensan en el sexo, pero no son capaces de comprometerse.

- El tío Jorge no es ningún crío ni tampoco piensa en otra cosa.

- Por eso está solo, ¿es lo que tú quieres?

- Mejor que mal acompañada.

- Eso lo dices ahora, pero nadie quiere envejecer en soledad.

- ¿A ti te va bien en tu matrimonio?

- Perfectamente, soy muy feliz.

- Pues no se te nota.

- Siempre he sido un hombre serio, de carácter, eso no tiene nada que ver.

- Pero eso no creo que te haya entendido pensar en el sexo.

- Únicamente como medio de reproducción.

- Si no tienes hijos.

- Porque el Señor no lo ha querido.

- ¿Y cuándo te diste cuenta de que no podías ser padre dejaste de hacerlo?

- Bueno, no... porque seguíamos conservando la esperanza.

- Y porque te gustaba, no lo niegues.

- No es pecado tener intimidad con tu esposa.

- Si a mí me parece maravilloso.

- Lo que no puedes es acostarte con cualquiera, como parece ser que haces tú.

- No todo es acostarse, también hago otras cositas.

- Estás muy perdida, Casilda.

- Creo que el que se ha perdido muchas cosas eres tú, tío.

- ¿Como qué?

- Me apuesto lo que sea a que eres de los que piensan que el sexo oral es pecado.

- Por supuesto.

- ¿Nunca te la han chupado?

- Vigila esa boca, jovencita.

- Precisamente esta boca podría regalarte el mejor momento de tu vida.

- ¿Qué estás diciendo?

Podía ser una metedura de pata monumental, pero creía haber encontrado la forma de controlar a mi tío, la misma que funcionaba con todos los hombres, por mucho que él fuese de recto y honorable. Si jamás se la habían mamado y tenía tan poca actividad sexual como me imaginaba, iba a ser difícil que lograra resistirse a mis encantos.

La verdad era que no podía apetecerme menos, aunque tenía su punto morboso y sabía que si conseguía que mi tío Antonio hablara en mi favor ya no le quedarían excusas a mi padre para seguir reteniéndome. En cualquier caso, lo veía bastante difícil, pero no perdía nada por intentarlo. Al fin y al cabo, ni siquiera veía a ese hombre con frecuencia.

Ese día no llevaba la camiseta larga, pero sí un top y un short que me podía venir muy bien. Me tumbé boca abajo en la cama, en una posición óptima para que mi tío pudiera ver cómo me resaltaba el culo. No tardó ni medio segundo en dirigir su mirada hacia mi parte trasera. Los más creyentes siempre eran los que tenían más vicio reprimido.

- ¿Quieres que hagamos un trato o no?

- ¿Qué tipo de trato?

- Tú me ayudas a salir de aquí y yo te hago lo que nadie te ha hecho.

- ¿Crees que aceptaría algo así? Y encima eres mi sobrina.

- ¿No te da morbo?

- No soy un monstruo, Casilda.

- Nadie ha dicho eso, solo tienes tus necesidades, como cualquiera.

- Si las tuviera acudiría a mi mujer.

- ¿Cuántos años lleva diciéndote que le duele la cabeza?

- Es que padece migrañas.

- ¿Ves? No falla nunca.

- Si quisiera hacer una locura tú serías la última a la que acudiría.

- Pero soy la primera que te lo ofrece.

- Está en contra de todo lo que creo.

- Seguir tus creencias te ha convertido en un señor amargado.

- Pues que así sea.

- Ya verás como no es para tanto.

Me levanté de la cama, me acerqué hasta la posición de mi tío, junto al escritorio, y me arrodillé ante él. Aprovechando lo desconcertado que estaba, le cogí una mano y, tras pasársela fugazmente por una teta, me llevé uno de sus dedos a la boca. Se quedó inmovilizado, observando confuso cómo simulaba hacerle una felación.

Lamí su dedo entero, lo cubrí de saliva como si fuera una polla sin dejar de mirar a mi tío a los ojos. Puse morritos para besárselo y dejé que la baba me cayera en el escote para ponerlo más cachondo. Tenía su paquete a escasos centímetros y notaba cómo iba creciendo, no había creencia que te impidiera luchar contra ese instinto primario.

Quizás sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, mi tío comenzó a acariciarse el bulto del pantalón sin apartar la vista de mi ardiente espectáculo. Ya lo tenía, solo necesitaba que él mismo me lo pidiera para chupársela. Tenía que salir ya de esa habitación, no aguantaba más, así que estaba dispuesta a llegar hasta el final.

- Parece que ha subido un poco la temperatura aquí, ¿no, tito?

- Sí que hace un poco de calor.

- Tienes el dedo muy mojadito.

- Ya me he dado cuenta.

- No ha pasado nada malo, ¿verdad?

- No, supongo que no.

- Pues sería igual si te humedeciera cualquier otra parte del cuerpo.

- ¿Tú crees?

- Claro, eso no se puede considerar sexo, solo entretenimiento.

- Visto así...

- ¿Te apetece probar?

- Solo si es un secreto entre nosotros.

- Cuenta con ello.

- Entonces supongo que no pasará nada.

- No, siempre que le digas a mi padre que estoy lista para salir.

- Se lo diré.

Ansiosa por salir ya de allí, me coloqué entre las piernas de mi tío, le bajé la cremallera del pantalón y liberé su tranca venosa. No era demasiado grande, pero en ese momento la tenía dura como una piedra. La sostuve de inmediato entre mis manos y solo con eso logré que jadeara, mientras cerraba los ojos y echaba hacia atrás la cabeza.

Tras masturbarlo brevemente, me introduje la punta en la boca. De nuevo volvió a jadear, pero en esa ocasión no apartó la mirada, quería ver cómo se la mamaba. Empecé despacio, estimulando el glande con mi lengua y cubriéndolo de saliva, como había hecho con el dedo. La respiración de mi tío se aceleró, parecía que no iba a aguantar nada.

Hubiese preferido que fuera así, que se corriera rápido, pero Antonio resistió. Cada centímetro que engullía lo hacía sujetarse con más fuerza a la silla, jadeaba de placer y suspiraba de alivio. Cuando al fin tuve su polla entera en mi boca, no pudo evitar agarrarme del pelo, sacó de dentro la bestia que llevaba toda su vida conteniendo.

Guiada por su mano que me hacía bajar hasta el final, moví el cuello de arriba hacia abajo, a bastante velocidad. Cuando él se relajaba un poco yo me concentraba en la punta, se la succionaba, provocando que a mi tío le temblaran las piernas. La baba caía por la comisura de mis labios y descendía hasta empaparle los huevos.

No era el momento más erótico de mi vida, pero le estaba cogiendo gusto a complacer a mis tíos. No era más que otra señal de lo perdida que estaba, pero me daba igual. Seguí chupándosela, recurriendo a mis conocimientos y haciendo todo lo que él me pedía, fantasías que debía tener y que llevaba toda la vida negándose.

La estaba lamiendo como un helado, desde los testículos a la punta, para volver a succionársela. Me sorprendió lo mucho que resistía, pero pronto dio muestras de estar muy próximo al orgasmo. Me moví aún más rápido, quería terminar lo antes posible, que se terminara ya esa pesadilla y que él descubriera al fin el auténtico placer oral.

Me tenía cogida con fuerza del pelo cuando se corrió. No me avisó, ni siquiera lo intentó, simplemente eyaculó en mi boca. La cantidad de semen indicaba que ese hombre llevaba mucho tiempo sin descargar, casi me ahogo. Escupí lo que pude y cayó sobre mis tetas, lo que hizo que mi tío se tocara lentamente mientras yo trataba de recomponerme.

- Seguro que ahora te arrepientes de tanto puritanismo.

- Esto ha sido solo una excepción.

- Llámalo como quieras, pero ahora tienes que cumplir tu parte.

- Tienes que cambiar, Casilda.

- ¿Otra vez vas a empezar con eso?

- Te has asegurado mi palabra, no mi opinión.

- Sé que no voy por buen camino.

- Tú solo piensa en si tu madre estaría contenta o no.

- Con lo que hemos hecho seguro que no.

- Eso ya no tiene arreglo, tu futuro sí.

- Lo tendré en cuenta.

- Hasta pronto, sobrina.

- Sí, bueno... eso dijiste la última vez.

Sabía que tenía razón, no era necesario que él ni nadie me dijera que llevaba años tomando decisiones horribles, pero justo en ese momento me hacía falta un porro más que nunca, lo que acababa de hacer no se digería fácilmente. Solo tenía que esperar a que Antonio hablara con mi padre y sería libre, no podía ponerme más excusas.

Pero iban pasando las horas y mi padre no aparecía con lo que para mí serían buenas noticias, aunque él no lo viese igual. Suponía que le estaba costando aceptar que no tenía razón o que no podía retenerme más. Empezaba a estar desesperada, más todavía, cuando al fin llamó a la puerta. Tenía la cara de preocupación que me esperaba.

- Te has tomado tu tiempo.

- Porque sé que no va a ser una conversación fácil.

- Pues será porque tú la compliques.

- No, no creo que vaya a ser yo precisamente.

- Habla claro.

- Todavía no puedo dejarte salir.

- ¿Qué? Pero si el tío Antonio te ha hablado bien de mí.

- ¿Tú qué sabes lo que me ha dicho?

- No lo sé, pero es lo que habíamos acordado.

- Te ha debido engañar, porque ha insistido en que te mantenga encerrada.

- Qué hijo de puta...

- ¡Casilda!

- Ni Casilda, ni pollas, no aguanto más aquí, me retienes de forma ilegal.

- ¿Cuánto tardarías en consumir si te dejo salir?

- Seguramente muy poco, pero por tu puñetera culpa.

- A mí no me culpes de tus adicciones.

- El estrés y la presión a los que me sometes son inaguantables.

- Pronto dejarás de necesitar esas sustancias.

- Déjame salir un rato, te lo suplico.

- Antes haremos un último intento.

- Es absurdo, no va a cambiar nada.

- Tu tío Kai es el que más se acerca a tu edad, quizás te entienda mejor.

- ¿Te tomarías en serio a ese pringado si te dice que me dejes salir?

- Sí, te lo prometo.



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heranlu

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Casilda Está Descontrolada – Capítulo 003
El tío Kai era el hermano pequeño de mi madre. Aún no había cumplido ni siquiera los treinta años, porque fue un embarazo con el que nadie contaba, o al menos eso me contaron cuando era pequeña. Con él había tenido siempre todavía menos relación que con Antonio o Jorge, según mi punto de vista, porque era un rarito.

Estaba segura de que lo podría convencer sin ningún esfuerzo, del mismo modo que sabía que no iba a servir de nada, que mi padre no le daría ningún valor a la opinión de Kai. Entonces ¿por qué me hacía pasar por ese trago? Pues seguramente porque todo pertenecía a un mismo plan que consistía en ablandarme a base de acercarme a lo que era importante para mi madre.

Sabiendo que mi padre ignoraría su opinión, ni siquiera me iba a molestar en insinuarme, se acabó lo de tener sexo con mis tíos, aunque hubiese llegado a verle el morbo. Charlaría con Kai, soportaría sus peculiaridades y después no me quedaría más remedio que esperar a que mi padre se cansara de tenerme retenida.

- ¿Cuándo viene el tío?

- Mañana por la tarde.

- ¿Cómo lo has convencido para que salga de su cueva?

- No me ha costado, tenía ganas de verte.

- ¿Y qué le impedía hacerlo?

- Hay cosas que tú no sabes, Casilda.

- Pues cuéntamelas.

- Digamos que hubo una discusión en el funeral de tu madre.

- Por eso los tres han pasado de mí todo este tiempo, ¿no?

- No han pasado, simplemente preferían no tener trato conmigo.

- ¿Qué ha cambiado ahora?

- Que les he suplicado que intenten ayudarte.

- No estoy tan mal, papá, estás exagerándolo todo.

- Te creo, ¿vale? Pero habla con él y después tomaré una decisión.

No iba a negarme a hablar con mi tío, y menos después de descubrir que no se habían alejado de mí sin motivo, sino que todo se debía a una antigua disputa entre ellos y mi padre. Empezaba a sentirme más serena, con ganas de recuperarme del todo, aunque eso me pasaba con frecuencia y después volvía a necesitar con urgencia consumir.

Encaré la última visita con naturalidad, sin trazar planes ni estrategias. La última vez me salió fatal, porque el tío Antonio no fue capaz de mantener su palabra, así que era mejor no tener ideas preconcebidas, simplemente hablar con él y ver hacia dónde se dirigía la conversación. No quería que se llevara una peor imagen de mí de la que ya debía de tener.

Mi tío llegó a la hora prevista. Desde que me enteré de lo de la discusión casi que me interesaba más lo que tuviera que hablar con mi padre que conmigo, así que me pegué a la puerta para ver si escuchaba lo que se decían entre ellos. Parecía todo muy cordial, nada llamó mi atención, hasta que escuché que mi padre le decía que su palabra sería definitiva para decidir si me dejaba salir o no.

Ya no era un simple trámite, mi padre se había comprometido, pero no conmigo, así que debía de estar diciendo la verdad. Tenía que salir cuanto antes de esa habitación, ya no se trataba de un tema de drogas, sino de no acabarme volviendo loca de pasar tanto tiempo encerrada. Tocaba hacerme la buena y no meter la pata bajo ningún concepto.

Kai, que era una mezcla entre sus dos hermanos mayores, pero más joven, tenía pinta de que le daba el sol aún menos que a mí. Siempre tuvo fama de solitario, de no importarle nada que no fuesen los videojuegos o su ordenador. Desconocía si con el tiempo eso había cambiado, aunque, a juzgar por su aspecto, hubiese apostado a que no.

Al margen de eso, era el típico chico que sin ser nada feo no llamaba la atención de las muchachas. Seguramente era culpa de los prejuicios, pero costaba mucho no imaginarlo encerrado en su habitación viendo porno a todas horas. Cosa curiosa, teniendo en cuenta que era yo la que llevaba casi dos semanas sin moverme de mi cuarto.

- Te pareces mucho a tu madre.

- Eres el primero que me lo dice.

- Mis hermanos la recuerdan de niña o de adulta, yo sobre todo con tu edad.

- ¿Era una buena hermana mayor?

- Como una madre, y ya sabes que en eso era perfecta.

- Sí que lo era.

- Te has torcido un poco desde que no está, ¿no?

- La rebeldía se me ha ido de las manos.

- Se puede entender, pero, por suerte, a tu edad todo es reversible.

- ¿Tú crees?

- Claro, solo tienes que darte cuenta de todo lo que la droga te está quitando.

- A veces lo veo, pero estoy más enganchada de lo que pienso.

- No te preocupes, yo voy a intentar ayudarte.

Seguía creyendo que no podía hacer nada por ayudarme, pero se había mostrado tan agradable que no le iba a impedir intentarlo. Lo que sí estaba claro era que con él me entendía más que con sus hermanos, utilizaba un lenguaje mucho más parecido al mío. Aun así, seguía habiendo un abismo entre su forma de pensar y la mía.

Si mi tío Antonio parecía vivir en el pasado y Jorge ser un hombre centrado en el presente, Kai era más bien de futuro. Informático de profesión, hablaba todo el rato del imparable avance de la tecnología, de cómo en unos años seremos capaces de acceder a todo lo que nos propongamos, incluido algo similar a la resurrección de nuestros seres queridos.

Aunque lo que decía sonaba interesante, mi cerebro se desconectó de la conversación, lo último que necesitaba era que me dijese que, de algún modo iba a ver a mi madre de nuevo. Lo único positivo era que en ningún momento hablamos de mi problema, parecía como si hubiese venido únicamente para venderme algo.

- Eres lo que se dice un auténtico friki.

- Y a mucha honra.

- Pero tendrás más aficiones aparte del ordenador, ¿no?

- También me gustan los videojuegos y las cartas de Pokémon.

- No sé para qué pregunto...

- Supongo que los chicos con los que sales tienen otros hobbies.

- Sí, los que me han llevado a estar en esta situación.

- Pues abre tu mente.

- ¿Qué quieres decir?

- No todo es fiesta y desfase, un fin de semana en casa puede estar muy bien.

- ¿Es lo que haces tú con tus ligues?

- Sí, bueno...

- ¿No?

- Es lo que haría, si existieran.

- ¿Cumples con el estereotipo de informático que no sale de su cueva?

- Las chicas os habéis vuelto muy exigentes.

- Y vosotros muy cobardes.

- Puede ser, pero así nos evitamos sufrimientos.

- También alegrías, porque ¿cuánto llevas sin follar?

- No me hagas responder a eso, Casilda.

- Estamos intentando que haya confianza entre nosotros.

- Digamos que hace mucho tiempo.

- Eso para algunos puede ser días y para otros años.

- Para mí es toda la vida.

Mentiría si dijera, según había ido avanzando en la conversación, que me sorprendía que mi tío siguiese siendo virgen. Conocía a ese tipo de hombres, aunque de menos edad. Eran los típicos a los que las chicas no se tomaban en serio y ellos mismos menos todavía. Esa falta de confianza los hacía muy poco atractivos.

En el caso de mi tío, estaba convencida de que si cambiaba aspecto y se dedicaba a hablar de otra cosa que no fuese siempre lo mismo, pasaría por un chico promedio y tendría novia sin demasiado problema. Podía decírselo, pero ¿era justo sugerirle a alguien que renunciara a su personalidad por gustar a los demás?

El caso es que, con sus rarezas y la obsesión por parlotear sin parar de lo que a él le entusiasmaba, la conversación con mi tío Kai me estaba resultando más interesante que la que había mantenido con los otros dos. Probablemente se debía a que me estaba tratando como a una igual, no me hablaba con superioridad ni intentaba sermonearme.

Empezaba incluso a sentir cierta curiosidad por lo que me estaba contando cuando sucedió algo imprevisto. Por los gritos que llegaban de fuera de la habitación, parecía que Coco había vuelto a irrumpir en casa. No tardó en colarse en mi cuarto y, sorprendentemente, mi tío le plantó cara. Utilizando sus propios medios, eso sí.

- ¿Se puede saber quién eres?

- El novio de Casilda.

- Llevo un buen rato hablando con ella y no te ha mencionado en ningún momento.

- No me rayes, tronco. Vámonos, Cass.

- Mi sobrina no va a ir a ninguna parte.

- ¿Tienes ganas de tragarte tus propios dientes o qué?

- Te aconsejo que no vuelvas a amenazarme.

- ¿De qué vas, flipado? Si no tienes ni media hostia.

- Pero tengo otras cosas que podrían hacerte aún más daño.

- Nena, ¿de qué está hablando este personaje?

- A ella ni la mires, céntrate en mí, si tienes huevos.

- Se acabó, te voy a dar como le di a su padre.

- José Miguel Fernández Matamoros.

- ¿Cómo sabes mi puto nombre?

- Sé tu nombre, tu dirección, tu correo electrónico y todo lo que contiene.

- No entiendo nada...

- ¿Te parece muy inteligente intercambiar mails sobre tus trapicheos?

- ¿Me has hackeado?

- No se llama así cuando el cretino en cuestión tiene de contraseña su cumpleaños.

- Da igual, razón de más para reventarte.

- Adelante, pero en cuanto me reponga le enviaré a la policía lo que tengo.

- Lo habré borrado mucho antes.

- ¿En serio crees que no tengo copias de todo?

- Esto no se puede quedar así.

- Ya te digo yo que sí... y peor aún para ti.

- Conmigo no se juega.

- Si vuelves a molestarla, te vacío la cuenta del banco.

- En serio, te voy a matar.

- Y publico las fotos de tu mini salchicha, las que envías a las tías con las que engañas a mi sobrina.

Nunca había visto tanta rabia en los ojos de nadie, pero Coco se fue. Por primera vez desde que lo conocía, no había sentido ganas de consumir al verlo, más bien todo lo contrario, me quedó claro que tenía que alejarme de ese mundo. Me avergonzaba de haber estado con él, de lo que la droga me había empujado a hacer.

En cambio, mi tío me sorprendió más que gratamente. Había recurrido a su mundo, a lo que él conocía, para enfrentarse a Coco, pero lo había hecho sin vacilar y acabó saliendo victorioso. Me demostró que no eran necesarios los músculos para salir victorioso de una discusión con un macarra. Definitivamente, se merecía más suerte en el amor.

Después de aquel episodio tan lamentable me vine abajo. Era triste haber desperdiciado mis mejores años drogándome, pero aún más humillante haberme acostado con ese despojo, y con otros muchos, para poder conseguir la mierda que me metía. Lo supe siempre, aunque esa fue la primera vez que lo sentía de verdad, que me dolía.

Era como abrir los ojos de golpe y darme cuenta del daño que me había hecho a mí misma, pero también a mi padre. Por no hablar de la forma tan despreciable que había tenido de ensuciar la memoria de mi madre y todos los valores que me enseñó. Quería cambiar, ser una persona buena y justa, empezando por premiar a mi tío cómo se merecía.

- Siento que hayas tenido que pasar por esto, tío.

- Tranquila, ya has visto que venía preparado para el enfrentamiento.

- ¿Lo habías investigado?

- Desde el mismo momento en que tu padre me habló de él.

- Qué vergüenza haber estado con alguien así.

- Se aprovechaba de tu debilidad.

- Ya, pero yo tampoco era ninguna santa.

- Me consta, Casilda.

- Quiero cambiar, te lo prometo.

- Que lo desees ya es un paso muy importante.

- Pero no va a ser fácil, la droga es muy jodida.

- Llevas muchos días encerrada sin consumir.

- Sí, y he pasado por todo tipo de estados.

- ¿Y ahora mismo cómo estás?

-El cuerpo no me lo pide tanto, pero me vendría muy bien.

- Creo que ya estás preparada para salir de aquí.

- ¿En serio? Si te he dicho que sigo pensando en consumir.

- Lo que has vivido hoy no te la va a permitir, estoy seguro.

- Yo no lo tengo tan claro.

- Solo tienes que evitar moverte por los mismos sitios que frecuentabas.

- Es que no tengo a nadie fuera de ese círculo.

- Me tienes a mí, puedo guiarte si decides estudiar.

- Y enseñarme a hackear correos.

- Negaré haberte enseñado a hacer algo así.

- Ese también será nuestro secreto.

- ¿También?

- Voy a hacer que dejes de ser virgen.

Quizás era algo del todo inapropiado, pero mi cuerpo era el instrumento que llevaba años utilizando para pagar los favores. En este caso, no me sentía obligada, me apetecía de verdad. Mi tío Kai se merecía vivir esa experiencia con alguien que no jugara con su corazón y después lo pisoteara, y yo quería estar al menos una vez con un chico tierno.

Por la cara que puso no supe si estaba de acuerdo o no, se había quedado paralizado, ni siquiera pestañeaba. Intuía que de no haberle parecido bien lo hubiese dicho al instante, aunque entendía que tampoco se pudiera mostrar muy entusiasmado, puesto que era su sobrina y estaba en situación de vulnerabilidad.

Quería que entendiera que no lo hacía por obligación o porque quisiera sacar algo de él, simplemente me apetecía y quería hacerle disfrutar. Cuando al fin comenzó a recuperarse, apenas lograba decir tres palabras seguidas, al menos que tuvieran coherencia. Empezaba a arrepentirme, quizás no estaba tan desesperado como creía.

- No tendría que haber sido tan brusca.

- ¿Estás hablando en serio?

- Me gustaría hacerlo contigo, pero solo si te parece bien.

- No quiero que pienses que tienes que agradecerme nada.

- Ya, es simplemente que me apetece.

- Pero entiendes que somos familia, ¿no?

- Eso para mí le añade morbo, las drogas me deben de haber dejado muy mal.

- No sé, Casilda, algo así es muy fuerte.

- No nos vamos a casar ni a tener hijos, solo es un rato de diversión.

- Te acabarás arrepintiendo y no quiero que me odies.

- Seré una nueva persona cuando salga de esta habitación, hasta entonces...

- Está tu padre en casa.

- Nunca se entera de nada.

- No llevo preservativos.

- Da igual, intenta acabar fuera.

- Pero...

- ¿En serio vas a poner tantas pegas para desvirgarte?

- Vale, lo hacemos, un favor por otro.

Con un breve baile sexy me quité toda la ropa. No tardó ni cinco segundos en llevarse la mano a la entrepierna. Al igual que sus hermanos, Kai optó por sentarse en mi silla y hacia allí me dirigí, meneando las caderas de forma exagerada. Nunca se me dio bien lo de seducir, probablemente porque no me había hecho falta, pero mi tío no me quitaba ojo.

Al llegar a su altura me arrodillé, le guiñé un ojo y bajé la cremallera de su pantalón. Su polla, más grande de lo que esperaba, ya apuntaba hacia el techo, tiesa y dura como una roca. Kai tembló cuando se la acaricié, era la primera vez que se la tocaba alguien que no fuese él mismo. No podía ni imaginar lo que estaría pensando.

Me puse de pie, coloqué una pierna a cada uno de sus lados y, sujeta a sus hombros, descendí lentamente, haciendo que mi sexo y el suyo se rozaran, que mis fluidos lo empaparan. Kai estaba quieto, solo conseguía balbucear, y lo mejor hubiese sido que se quedara así, porque en el momento en que se atrevió a tocarme el culo se corrió.

Un chorro potente de leche caliente recorrió mi abdomen, salpicó mis tetas y fue directo a la barbilla. No me lo esperaba, al menos no tan pronto, pero no pude evitar reírme. Mi tío estaba avergonzado, no había logrado aguantar ni siquiera a penetrarme. Ese día me sentía muy relajada, nada iba a conseguir perturbarme.

- Joder, Casilda, lo siento.

- No te preocupes, la primera puede pasar.

- Solo me has rozado un poco y...

- Tendría que haber sido más directa, no provocarte tanto.

- Desnuda estás muchísimo más buena de lo que imaginaba.

- ¿Te ha gustado sentir un coñito entre tus piernas?

- Llevo más de media vida soñando con algo así.

- Pues relájate, porque en cuanto estés preparado vuelvo a la carga.

- Creo que ya lo estoy.

- ¿Te has vuelto a empalmar?

- Ni siquiera se me ha bajado, estoy muy cachondo.

- Disfruta, tito.

Antes de volver a intentarlo, le sugerí que jugara con mis pechos. Kai los sostuvo tímidamente entre sus manos, hasta que le di permiso para llevárselos a la boca. Estaba sentada en su regazo, moviendo las caderas contra su paquete, que seguía luciendo igual de poderoso. Se atrevió incluso a palpar la humedad de mi entrepierna.

Más relajado, mi tío me pidió que volviera a intentarlo. Me sujeté de nuevo a sus hombros y, prescindiendo en esa ocasión del frote, descendí despacio mientras me clavaba cada milímetro de la estaca de mi tío. Su cara era un poema, una mezcla entre satisfacción extrema y sufrimiento. Me rodeó la cintura mientras comenzaba a trotar.

Lo hice muy lento, haciendo que sintiera cada ligero movimiento de mi coño, de mis empapados labios rodeando su verga. Las manos se le iban hacia mi culo, aunque se notaba que quería evitarlo, por miedo a volver a correrse antes de tiempo. Nunca había echado un polvo como ese, tan pausado, y la verdad es que me estaba poniendo muy caliente.

Pasado aproximadamente un minuto, debió considerar que ya había aguantado suficiente como para no considerarlo un ridículo, porque se atrevió a cogerme el culo a dos manos, hundiéndome los diez dedos en las nalgas. No solo eso, sino que cada vez que ascendía su lengua buscaba mis puntiagudos pezones y los lamía.

No esperaba verme en esa situación, pero quería gemir, lo necesitaba. Tenía a mi tío sutilmente agarrado por el pelo y con la otra mano traté de sofocar mis aullidos de placer. Kai, que aprendía mucho más rápido de lo esperado, optó por silenciarme con su propia lengua, dándome unos besos que poco tenían que ver con el amor familiar.

Formamos un único cuerpo sudoroso que ascendía y descendía a un ritmo muy pausado, pero que iba de cabeza al orgasmo. Tenía su polla entera en mi interior y movía la cintura para sentirla, para dejar que mi cuerpo entero se inundara de placer. Yo ya estaba a punto de llegar, y mi tío, por la expresión de gozo que lucía en la cara, también.

- Frena, Casilda, me voy a correr.

- Hazlo sin miedo.

- Es demasiado arriesgado.

- No creo que pase nada por una vez.

- ¿En serio?

- Claro, tío, tiene que ser un estreno en condiciones.

Aliviado al obtener el permiso, mi tío me agarró con las dos manos por la cintura, me elevó unos centímetros y empujó desde debajo hasta descargar todo el semen que le quedaba en el interior de mi vagina. A la par, el éxtasis sexual llegaba también a mí, y lo hacía de una manera muy distinta a la que estaba acostumbrada. Sentaba muy bien hacerlo así.

Después de eso ya apenas hablamos, nada iba a superar a lo que acababa de suceder. Nos despedimos con entusiasmo, prometiendo volver a vernos. En este caso, estaba convencida de que así sería, porque yo era la primera interesada en seguir aprendiendo de su mundo. Quizás nunca me había interesado, pero lo veía como una opción para cuando me recuperara.

Cuando mi tío salió de la habitación, volví a pegar la oreja en la puerta, me interesaba mucho qué le decía a mi padre después de lo que habíamos hecho. Kai no me traicionó y le dijo que me veía bastante bien y que lo mejor era que me permitiese salir, porque pasando tanto tiempo encerrada solo conseguía que pensara en todo lo que no tenía, especialmente en la droga.

Una vez que se marchó, mi padre se tomó mucho rato antes de venir a verme, estaba convencida de que buscaba una nueva excusa para mantenerme bajo su control. Empezaba a desesperarme, más por la incertidumbre que por otra cosa. Ya de noche, cuando vino a traerme la cena, se sentó conmigo a conversar, tenía algo importante que comunicarme.

- Tu tío Kai es un buen chaval.

- Me cae mejor que los otros dos, eso seguro.

- Lo podemos invitar algún día a cenar.

- Por mí encantada.

- Ya puedes salir, Casilda.

- ¿En serio?

- Tengo la sensación de que llevo años haciéndolo fatal contigo.

- Yo tampoco es que haya estado muy acertada.

- Pero se supone que yo era el adulto.

- Vamos a centrarnos en todo lo que aún tenemos por delante.

- ¿Dónde vas a ir?

- De momento a ningún sitio.

- ¿Cómo dices?

- Voy a quedarme aquí unos días más.

- Eso no me lo esperaba.

- Siento que la recuperación total está cerca, pero aún no la he alcanzado.

- Me alegra verte tan madura.

- Lo último que deseo es regresar junto a Coco, y quizás ahora lo haría.

- Por el vicio, ¿no?

- Exacto.

- Podemos buscar algún tipo de tratamiento.

- Solo necesito algo en lo que enfocarme.

- Te ayudaré a encontrarlo.

Mi padre puso todo de su parte, pero con quien deseaba pasar tiempo era con mi tío Kai. No tenía intención de volver a mantener relaciones sexuales, ni él tampoco, solo quería que me enseñara lo que hacía y que me contagiara la ilusión por todas esas cosas que le entretenían y que a mí siempre me habían parecido poco menos que patéticas.

No me convertí en una friki como mi tío, pero sí me aficioné a algunos videojuegos y a un tipo de cine que antes odiaba. Empecé a estudiar informática, por curiosidad, y se acabó convirtiendo en mi pasión. Gracias a eso conocí a un montón de personas, gente sana con la que me lo pasaba muy bien. Al fin mi padre, y mi madre, en el caso de que pudiera verme desde algún sitio, se podían sentir orgullosos de mí.

Jamás volví a consumir, aunque a la voz de mi cerebro que me pedía que lo hiciera era imposible acallarla del todo. Tenía muchos motivos para no hacerlo, y a todos ellos se unió el lamentable final de Coco, muerto por una sobredosis. Nada de drogas ni de ser la puta de mis tíos, solo Casilda, una joven con todo el futuro por delante.


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