Me llamo Carlos. Tengo diecinueve años, estudio Económicas Empresariales en la universidad de la ciudad, y vivo con mi madre.
Sé que suena a tópico. El hijo que se queda en casa de la madre porque la universidad está cerca, porque el alquiler está por las nubes, porque total, ya me iré cuando termine la carrera. Pero no es solo eso. Me quedé porque ella me necesitaba. Y yo la necesitaba a ella.
Mi padre murió hace dos años.
Un conductor borracho se lo llevó por delante en un semáforo. Mi madre y él habían discutido esa noche. Él salió furioso, cogió el coche, y cinco minutos después un camión de la muerte, con el doble de alcohol en sangre del permitido, lo mató en el acto.
No voy a entrar en los detalles de la discusión ahora. Eso es cosa de ellos, de ella, de la culpa que arrastra desde entonces. Lo que importa es que, desde aquella noche, mi madre y yo nos volvimos inseparables. No por obligación. Por necesidad. Porque cuando pierdes al pilar de la familia, los que quedáis os agarráis el uno al otro para no caeros.
Ella se llama Vanessa. Tiene cuarenta y dos años, aunque aparenta menos. Es morena, de ojos verdes, con el pelo largo y ondulado que a veces se recoge en un moño cuando trabaja. No es una mujer delgada, de esas que parecen salidas de una revista de moda. Es más bien... generosa. Caderas anchas, cintura marcada, un pecho que siempre ha llamado la atención aunque ella intente disimularlo con jerséis holgados y camisetas sin forma. Tiene ese tipo de cuerpo que algunas mujeres odian y otros hombres no pueden dejar de mirar. Yo crecí viéndola, así que para mí siempre fue solo mi madre. Hasta hace poco.
Pero no voy a adelantarme.
Un día normal empieza con el despertador a las siete y media. Me levanto, me ducho, me visto, y salgo a la cocina. Ella ya está allí, casi siempre. Mi madre madruga aunque no tenga que ir a ninguna oficina. Trabaja desde casa, haciendo contabilidad para varias empresas, y dice que las mañanas son su momento más productivo.
—Buenos días, dormilón —dice sin mirarme, removiendo el café.
—Buenos días.
Me siento en la mesa y ella me pone un plato delante. Tostadas con tomate y aceite, un vaso de zumo de naranja, el café ya servido. Todos los días igual. Todos los días me mira mientras desayuno, con una sonrisa que es mitad orgullo, mitad ternura.
—¿Tienes clase a las nueve?
—A las nueve y media. Microeconomía.
—¿Y qué tal llevas esa asignatura?
—Bien. El profesor es un coñazo, pero se entiende.
Ella asiente, se sienta enfrente con su taza de café, y me mira un rato en silencio. Es una mirada que he visto mil veces, pero que nunca termino de descifrar. No es solo una madre mirando a su hijo. Hay algo más, algo que no sé poner en palabras.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Que estás muy guapo hoy.
—Mamá...
—¿Qué? No puedo decirle a mi hijo que está guapo?
Ruedo los ojos, pero sonrío. Es su manera de ser. Siempre ha sido cariñosa, siempre ha dicho lo que piensa. Desde que papá murió, si cabe, lo es más. Como si necesitara asegurarse de que estoy bien, de que sigo aquí, de que no me voy a ir.
Termino de desayunar, recojo mi mochila, y me despido con un beso en la mejilla. Ella huele a su crema de siempre, a café, a algo limpio y cálido que asocio con la infancia.
—Que tengas buen día —dice.
—Tú también.
Salgo del piso y camino hacia la universidad. Son veinte minutos a pie, tiempo suficiente para despejar la mente. El barrio es tranquilo, de esos con árboles en las aceras y tiendas de toda la vida. Conozco cada esquina, cada banco, cada farola. He vivido aquí desde que tengo memoria.
Las clases transcurren sin novedad. Apunto apuntes, hago preguntas, finjo que me importa más de lo que realmente me importa. A las dos, salgo y vuelvo a casa. Ella ya ha preparado la comida. Siempre está lista cuando llego.
—¿Qué hay?
—Lentejas. Y de segundo, pollo al horno.
—Perfecto.
Comemos juntos, hablando de tonterías. Me cuenta que ha tenido una videollamada con un cliente, que el programa de contabilidad le ha dado un error, que el vecino del quinto ha vuelto a poner la música alta. Son conversaciones sin importancia, pero son nuestras. Son el pegamento que nos mantiene unidos.
Después de comer, ella se sienta en el sofá con el portátil y yo me tumbo a su lado con el móvil. A veces vemos algo en la tele. A veces no. A veces solo estamos, cada uno en lo suyo, pero sintiendo la presencia del otro.
—¿Tienes mucha tarea? —pregunta.
—No mucho. Un par de horas de estudio y ya.
—Podríamos ver una película esta noche.
—¿Cuál?
—No sé. Una de esas que te gustan a ti. De acción.
Sonrío. A ella no le gustan las películas de acción, pero las ve conmigo porque sabe que me gusta compartirlas con ella. Es su manera de decirme que le importo.
—Vale —digo—. Elige tú.
—No, elige tú. Total, me dormiré a los veinte minutos.
Me río. Es verdad. Siempre se duerme. Pero no me importa. Me gusta tenerla ahí, aunque esté dormida, aunque respire profundamente con la cabeza apoyada en mi hombro.
Así son nuestros días. Rutinarios, tranquilos, predecibles. Y yo los quiero así. Porque después de la muerte de mi padre, lo único que quería era que todo fuera normal. Que nada cambiara. Que ella siguiera aquí, conmigo, a salvo.
Pero las cosas cambian. Aunque no quieras. Aunque no las veas venir.
Y lo que estaba a punto de pasar entre nosotros iba a cambiarlo todo.
Fue un jueves cualquiera, de esos en los que todo se tuerce. Yo llevaba una semana encerrado preparando un examen de Macroeconomía que tenía al día siguiente, y mi madre había tenido un problema con un cliente que no le había mandado la documentación hasta las diez de la noche. Los dos estábamos en casa, cada uno en lo suyo, pero los dos despiertos mucho más tarde de lo normal.
—¿Sigues despierto? —me preguntó desde el salón, pasadas las doce.
—Sí. Estudiando. ¿Tú?
—Trabajando. El cliente este me va a matar.
Sonreí en la oscuridad de mi habitación. Era una sensación extraña, saber que ella estaba ahí, al otro lado del pasillo, igual de desvelada que yo. Como si compartiéramos algo, aunque fuera el cansancio.
Sobre la una y media cerré los apuntes. Estaba tan fundido que ya no me entraba nada. Salí al salón y me la encontré en el sofá, con el portátil en el regazo, los ojos rojos de mirar la pantalla.
—¿Terminaste? —pregunté.
—Ya. Por fin. Mañana lo reviso y lo mando.
Cerró el portátil, se estiró, y soltó un bostezo que le desencajó la mandíbula.
—Estoy destrozada —dijo.
—Yo también. Mañana va a ser un día duro.
—Pues a la cama. Mañana más.
Nos deseamos buenas noches y cada uno se fue a su habitación. Pero ninguno de los dos durmió bien. Yo di vueltas en la cama repasando mentalmente fórmulas y gráficos, y sé que ella también se desveló, porque oí la tele encendida en su cuarto hasta tarde.
El viernes fue exactamente como esperábamos: una mierda. El examen me salió regular, no mal, pero tampoco bien. Ella pasó el día corrigiendo informes y llamando a clientes. Cuando llegué a casa a mediodía, la encontré con el mismo gesto de cansancio que yo llevaba en la cara.
—¿Qué tal el examen? —preguntó mientras comíamos.
—Regular. Aprobado, pero sin nota.
—Ya habrá más.
—Sí. ¿Y tu cliente?
—Resuelto. Pero me ha tenido todo el día.
—Pues esta noche descansamos. Cena temprano, peli, y a dormir.
Asintió, y vi una sonrisa pequeña, de esas que se le escapan cuando está demasiado cansada para fingir que está bien.
Cenamos temprano, sobre las ocho y media. Después recogimos la cocina y nos sentamos en el sofá. Ella cogió el mando y empezó a hacer zapping.
—¿Qué vemos? —preguntó.
—Lo que tú quieras. Hoy eliges tú.
—¿En serio?
—Sí. Una de las tuyas. Es viernes.
Me miró con esa mezcla de sorpresa y cariño que siempre se le escapaba cuando hacía algo que no esperaba. Puso una película romántica de los ochenta, de esas que había visto mil veces y que sabía de memoria. Yo me tumbé a su lado, ella se recostó contra el reposabrazos, y los dos nos envolvimos en el silencio cómodo de la noche.
Llevaba el pijama de siempre: pantalón gris de franela y camiseta blanca. Ella un conjunto azul claro, también de franela, holgado, cómodo. El tipo de ropa que usas cuando no esperas que nadie te vea.
A los veinte minutos, los dos estábamos dormidos.
No sé exactamente cuándo pasó. En algún momento de la madrugada, mientras la película seguía sonando en la tele, nuestros cuerpos se movieron por inercia. Ella se había deslizado hacia abajo en el sofá, buscando una postura más cómoda, y había terminado con la cabeza apoyada en mi regazo. Yo, sin ser consciente, había dejado caer el brazo sobre ella, la mano descansando sobre su pecho.
Así nos encontró la noche.
Debían de ser las dos de la madrugada cuando ella se movió ligeramente. No sé si se despertó o si fue solo un movimiento mientras dormía. Solo sé que, al girarse, su mejilla se apretó contra mi muslo y su boca quedó a un centímetro de mi paquete.
Yo dormía profundamente. Soñaba con una compañera de clase, Laura, con la que había estado hablando esa semana. En el sueño estábamos en la biblioteca, ella se inclinaba sobre la mesa para enseñarme algo, y yo notaba su olor, su calor, su cuerpo cerca del mío. Era un sueño confuso, de esos que te dejan una sensación extraña al despertar.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero en algún momento, mi cuerpo reaccionó al sueño, al calor, a la cercanía. Empecé a ponerme duro dentro del pijama. Primero poco a poco, luego completamente, la tela gris levantándose, formando un bulto evidente.
Y entonces ella se movió otra vez.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero fue suficiente. Su boca, que antes estaba a un centímetro de distancia, ahora presionaba directamente contra mi polla a través de la franela del pijama.
Me desperté de golpe.
Durante un par de segundos no supe dónde estaba. Parpadeé, confuso, intentando orientarme en la penumbra del salón. La tele seguía encendida, la película había terminado y ahora sonaba un programa de madrugada. Y entonces lo sentí.
El calor de su aliento a través de la tela. La presión de su boca contra mi polla. La erección, dura, evidente, imposible de ocultar.
El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a despertarla. No me atrevía a moverme. Cualquier movimiento en falso haría que su boca se presionara más contra mí, o que ella se despertara y viera la situación. Intenté retirar la mano de su pecho con cuidado, milímetro a milímetro, pero en ese momento ella se movió de nuevo, reajustando la postura, y su boca presionó más firmemente contra mi erección.
Contuve la respiración.
Ella se quedó quieta. Yo también. Durante unos segundos eternos, ninguno de los dos se movió. Y entonces, lentamente, ella abrió los ojos.
Levantó la cabeza, confusa, y vio dónde estaba su boca. Vio el bulto en mi pijama. Vio mi cara, pálida, los ojos abiertos, el miedo y la vergüenza escritos en cada rasgo.
—Carlos... —dijo, con la voz rota, medio dormida, medio horrorizada.
—Mamá, yo...
No supe qué decir. No había nada que decir. No había excusa. No había explicación.
Ella se incorporó lentamente, apartándose, llevándose una mano a los labios. Me miró, y en sus ojos vi una mezcla de confusión, de vergüenza, de algo más que no supe identificar.
—Lo siento —dije—. Estaba dormido. No...
—Lo sé —dijo ella, con la voz temblorosa—. Lo sé.
Se levantó, sin mirarme, y se fue hacia su habitación. La puerta se cerró con un clic suave, y yo me quedé allí, sentado en el sofá, con la erección bajando lentamente, sintiendo que algo entre nosotros acababa de cambiar para siempre.
Me quedé solo en el salón, con la tele encendida y la erección bajando lentamente. Durante un rato no me moví. No podía. La imagen de su boca presionando contra mi pijama, el momento en que abrió los ojos, su expresión de confusión y vergüenza... todo eso daba vueltas en mi cabeza como un bucle del que no podía salir.
Finalmente me levanté, apagué la tele, y fui a mi habitación. Eran casi las tres de la mañana. Estaba agotado, pero cuando me tumbé en la cama, el sueño no llegó. Mi mente no paraba de darle vueltas a lo que había pasado.
Fue un accidente, me dije a mí mismo. Los dos estábamos dormidos. Ella se movió, yo me moví, y pasó. No hay intención, no hay nada raro. Mañana se lo explico. Le digo que estaba soñando con Laura, que fue una reacción física sin más, que no significaba nada.
Pero cuanto más lo repetía, menos me lo creía.
Llevaba así un rato, dando vueltas en la cama, cuando empecé a oír ruidos desde la habitación de mi madre. Al principio pensé que era imaginación mía, pero me concentré y los oí más claros. Eran como sollozos, ahogados, como cuando alguien intenta llorar en silencio para que no lo oigan.
Mi madre lloraba muchas noches. Desde que mi padre murió, se había convertido en algo casi rutinario. A veces la oía desde mi cuarto, y otras veces la encontraba al día siguiente con los ojos rojos, fingiendo que no había pasado nada. Pero esta noche era diferente. Esta noche, los sollozos sonaban distintos. Más rítmicos. Más... no sé. Extraños.
Me levanté sin hacer ruido. Crucé el pasillo descalzo, y me paré frente a su puerta, que estaba entreabierta. Los sonidos eran más claros ahora. No eran sollozos. Eran jadeos. Respiración entrecortada, acelerada, acompañada de un movimiento rítmico que no podía ser otra cosa.
Empujé la puerta con cuidado, solo un par de centímetros, y miré.
Mi madre estaba tumbada boca arriba en su cama, con las piernas abiertas y flexionadas, las rodillas apuntando al techo. Llevaba el mismo pijama azul de antes, pero el pantalón estaba bajado hasta los muslos, dejando al descubierto sus caderas, su vientre, y su mano, que se movía rítmicamente entre sus piernas. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y su respiración era rápida, superficial, como la de alguien que está a punto de llegar.
Me quedé paralizado. No era la primera vez que veía a mis padres teniendo sexo. Los había pillado varias veces cuando llegaba antes de tiempo a casa, o cuando pasaba por delante de su habitación y la puerta no estaba bien cerrada. Pero eso era diferente. Eran ellos dos, juntos, riéndose, disfrutando. Esto era ella sola, en su cama, dos años después de la muerte de mi padre, con la mano entre las piernas y los ojos cerrados.
Y yo sabía, en algún lugar de mi mente, que lo que la había llevado hasta allí era lo que había pasado en el sofá.
En ese momento, ella abrió los ojos.
Nuestras miradas se encontraron a través de la rendija de la puerta. Durante una fracción de segundo, ninguno de los dos se movió. Luego, ella dio un respingo, apartó la mano como si le hubiera quemado, y se incorporó de golpe, tirando de las sábanas para cubrirse.
—¡Carlos! —dijo, con la voz entrecortada—. No es lo que parece. Yo... estaba...
—Tranquila —dije, sin entrar—. No pasa nada.
—No, no, espera. No te vayas.
Aparté la mano del pomo, pero no cerré del todo. Me quedé en el pasillo, sin saber qué hacer. Oía su respiración agitada, el roce de las sábanas mientras se cubría, el silencio incómodo que se instaló entre nosotros.
—Carlos —dijo, desde dentro—. Entra. Por favor.
Dudé un momento. Luego empujé la puerta y entré.
Ella se había sentado en la cama, con las sábanas subidas hasta el pecho, el pelo revuelto, la cara roja. Tenía los ojos brillantes, pero no de lágrimas. De vergüenza. De confusión.
—Siéntate —dijo, señalando el borde de la cama.
Me senté. No sabía dónde mirar. La habitación olía a ella, a su crema, a algo más que no supe identificar.
—Mira —empezó, sin mirarme a los ojos—. Lo del sofá... fue un accidente. Los dos estábamos dormidos. No significa nada.
—Lo sé.
—Y esto... —señaló la cama, a sí misma—. Esto no tiene nada que ver. Bueno, sí, tiene que ver, pero no como tú piensas.
—Mamá...
—Déjame terminar. Lo que pasó en el sofá me recordó a tu padre. La sensación de tener a alguien cerca, el calor, el peso de tu mano... y no pude evitarlo. Necesitaba... no sé. Sentir algo. Pero no tiene nada que ver contigo. Bueno, sí tiene que ver, pero no de esa manera. No sé explicarlo.
La miré. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, y estaba haciendo un esfuerzo enorme por no echarse a llorar.
—Mamá —dije, con voz tranquila—. No pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? Me has pillado...
—Te he pillado haciéndote una paja. Y qué. Eres una mujer de cuarenta y dos años con las mismas necesidades que cualquier mujer de cuarenta y dos años. No tiene nada de malo.
—Pero...
—No hay pero. Papá murió hace dos años. No has estado con nadie desde entonces. Es normal que tengas ganas. Es normal que necesites... aliviarte.
Ella me miró, y vi cómo sus hombros se relajaban ligeramente.
—¿De verdad no te parece raro?
—Un poco, sí. Pero no malo. Solo raro. Y se nos pasará.
Se quedó en silencio un momento, procesando mis palabras. Luego soltó una risa nerviosa, corta, como si no supiera muy bien si debía reírse o no.
—Eres muy parecido a tu padre, ¿lo sabías?
—Me lo dices a menudo.
—Porque es verdad. La misma forma de hablar, la misma calma, la misma manera de quitarle importancia a las cosas.
Sonreí. No sabía qué más decir. Me levanté, fui hacia la puerta, y antes de salir, me giré.
—Anda, vete a la cama. Termina lo que estabas haciendo y duérmete.
Se quedó mirándome, con los ojos abiertos de par en par. Luego, una sonrisa se abrió paso entre la vergüenza, una sonrisa pequeña, cómplice, que iluminó su cara.
—Eres igual que él —dijo.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, Carlos.
Salí y cerré la puerta. Desde el pasillo, oí cómo se tumbaba de nuevo, y después, el silencio. No supe si había seguido o no. Pero no me importaba. Le había dado permiso. Le había dicho que no pasaba nada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que había hecho lo correcto.
Me desperté al día siguiente con la sensación de que todo había sido un sueño. Durante unos segundos, mientras la luz del sol se colaba por la persiana, pensé que lo del sofá, lo de su habitación, todo, había sido producto de mi imaginación. Pero entonces oí su voz desde la cocina, y supe que no.
—¿Carlos? ¿Estás despierto?
—Sí —dije, con la voz ronca.
—Baja a desayunar.
Me levanté, me vestí, y salí al pasillo. Ella estaba en la cocina, de espaldas a mí, preparando café. Llevaba un vestido ligero, de esos de verano, blanco con flores pequeñas, y el pelo recogido en una coleta. Cuando me oyó llegar, se giró, y vi en su cara una mezcla de nervios y vergüenza que no supe cómo interpretar.
—Buenos días —dijo, sin mirarme del todo.
—Buenos días.
Me senté en la mesa y ella puso el café delante de mí, como siempre. Pero esta vez no se sentó enfrente. Se quedó de pie, apoyada en la encimera, jugando con los bordes de su taza.
—Carlos... —empezó.
—Mamá, si es por lo de anoche...
—Sí, es por lo de anoche.
Suspiré. Dejé la taza y la miré.
—Siéntate, por favor.
Obedeció. Se sentó enfrente de mí, y por primera vez desde que había entrado en la cocina, me miró a los ojos.
—Mira —dije—. Anoche te dije que no pasaba nada, y lo decía en serio. No tienes que sentirte avergonzada. No tienes que darme explicaciones. Lo del sofá fue un accidente. Lo de tu cuarto... es normal. Eres una mujer adulta. Tienes necesidades. No hay nada de malo en ello.
—Lo sé. Pero...
—No hay pero.
Ella bajó la mirada, y durante un rato se quedó en silencio. Luego, sin levantar la cabeza, dijo:
—Es que me recordaste a él.
—¿A papá?
Asintió.
—La forma en que estabas tumbado, el peso de tu mano, tu olor... Por un momento, cuando me desperté, pensé que era él. Que no había muerto. Que estábamos los dos en el sofá, como antes.
No supe qué decir. Me quedé mirándola, viendo cómo sus ojos se humedecían, cómo se mordía el labio para no llorar.
—Mamá...
—Lo sé. No eres él. Eres mi hijo. Pero a veces, cuando menos lo espero, veo un gesto, oigo una frase, y me parece que está aquí. Y anoche, con tu mano en mi pecho, sentí que volvía a tenerlo cerca.
—Mamá, yo no soy papá.
—Lo sé. Pero a veces desearía que lo fueras.
La frase quedó flotando en el aire, cargada de un significado que ninguno de los dos se atrevió a explorar. Ella se dio cuenta, y rápidamente cambió el tema.
—Tu padre y yo... —dijo, y se detuvo—. Nunca te lo he contado, pero teníamos una vida sexual muy activa. Casi todos los días. A veces más de una vez. Era algo nuestro, algo que nos unía, que nos mantenía conectados. Desde que él murió, no he vuelto a sentirme así. No he estado con nadie. No he querido.
—Mamá, no tienes que contarme esto.
—Lo sé. Pero necesito que alguien lo sepa. Necesito decirlo en voz alta. Tu padre y yo follábamos mucho. Y lo disfrutábamos. Y desde que se fue, una parte de mí se fue con él.
Me removí en la silla, incómodo. No era algo que quisiera escuchar, pero entendía que ella necesitaba decirlo. Así que me quedé callado, dejando que hablara.
—Anoche, cuando me desperté y sentí tu mano, recordé todo eso. Recordé cómo era tenerlo cerca, sentir su peso, su calor. Y no pude evitarlo. Necesitaba... aliviarme.
—Y lo hiciste. Y no pasa nada.
Ella me miró, y en sus ojos vi algo que no supe identificar. Agradecimiento, quizás. O alivio.
—Gracias —dijo—. Por no juzgarme. Por no salir corriendo.
—Para eso estamos, ¿no?
Sonrió, una sonrisa pequeña, frágil, pero sincera.
Después del desayuno, cada uno hizo su vida. Yo me puse a estudiar un rato, ella se sentó con el portátil en el salón. Pero había algo diferente en el aire. Una tensión que no existía antes, un conocimiento compartido que flotaba entre nosotros como el olor del café por la mañana.
Llegó la hora de comer. Hicimos pasta, ensalada, y comimos en la mesa de siempre, hablando de cosas sin importancia. Pero notaba que ella me miraba más de lo normal, y que sus ojos se detenían en mí un par de segundos más de la cuenta.
Hacía calor. Era mayo, y en la ciudad el calor ya empezaba a apretar. Después de comer, con el estómago lleno y el sol cayendo a plomo, los dos sentimos ese sopor que solo llega en los días de primavera avanzada.
—¿Nos echamos la siesta aqui en el salón con el aire acondicionado? —preguntó ella.
—Buena idea.
Nos tumbamos en el sofá, como tantas otras tardes. Pero esta vez, cuando ella se acomodó, lo hizo de una manera que me heló la sangre. Se tumbó de lado, apoyó la cabeza en mi regazo, y dobló ligeramente las piernas, adoptando exactamente la misma postura en la que se había despertado la noche anterior.
El corazón me dio un vuelco. Pero ella parecía tranquila, con los ojos cerrados, la respiración pausada. Su boca había quedado más alejada de mi paquete que la otra vez, a unos centímetros de distancia, pero el simple hecho de que hubiera elegido esa postura me tenía en tensión.
Cerré los ojos e intenté relajarme. Pero no podía. Mi mente volvía una y otra vez a la noche anterior, a la sensación de su boca presionando contra mi pijama, al calor de su aliento a través de la tela. Y entonces, cuando decidí pensaren otra cosa, como si mi cerebro hubiera decidido torturarme, empecé a pensar en Laura.
Laura era una compañera de clase. Morena, el pelo largo, siempre con faldas cortas que dejaban ver sus piernas, o con mallas ajustadas que marcaban cada curva de su cuerpo. Cuando se sentaba a mi lado en clase, no podía evitar mirar de reojo cómo la tela se estiraba sobre sus muslos, cómo se le marcaba todo, hasta la forma de su coño. Estaba buenísima, con un cuerpazo de infarto, y yo llevaba meses deseándola en silencio.
Pensar en ella no ayudó. Al contrario. Empecé a notar cómo la sangre se movía, cómo mi polla empezaba a despertarse dentro del pantalón del chándal. Intenté pensar en otra cosa, en frío, en exámenes, en cualquier cosa que no fuera sexual. Pero era inútil. La imagen de Laura, combinada con el recuerdo de la noche anterior, estaba haciendo efecto.
Abrí los ojos y miré a mi madre. Seguía con los ojos cerrados, la respiración tranquila. Pero entonces, muy lentamente, sus párpados se movieron, y supe que estaba despierta.
—Carlos —dijo, entreabriendo los ojos—. ¿Estás...?
—No —dije, demasiado rápido—. No es lo que piensas.
—¿El qué?
—Esto. No es por ti. Es por... una compañera de clase. Laura. Estaba pensando en ella y...
—No tienes que explicarte.
—Pero quiero que sepas que no es por lo de anoche. No es por...
—Carlos.
Abrí la boca, pero no salió nada. Ella seguía con los ojos entreabiertos, pero una sonrisa pequeña se dibujaba en sus labios.
—Tranquilo —dijo—. No pasa nada.
Me quedé callado, con la erección evidente bajo su cabeza, sintiendo el calor de su cabeza en mi muslo. Y supe, en algún lugar de mi mente, que aquella situación no iba a ser la última.
Pasaron varios días desde la siesta. La rutina volvió a imponerse, pero había algo diferente en el aire. Ella me miraba más. Se sentaba más cerca. Sus roces duraban un segundo más de lo normal. Y yo, en lugar de apartarme, me quedaba quieto, dejando que ocurriera.
Pero fuera de casa, las cosas no iban tan bien.
Laura, la compañera de clase que me traía loco, la que siempre iba con faldas cortas y mallas ajustadas, la que ocupaba mis fantasías desde hacía meses, había empezado a salir con alguien. Y no con cualquiera. Con Pablo, mi mejor amigo de la universidad.
Me enteré un jueves, al salir de clase. Los vi juntos en la cafetería, riéndose, ella apoyada en su hombro, él con la mano en su cintura. No hacía falta ser muy listo para saber qué estaba pasando. Me quedé mirándolos un par de segundos, sentí cómo el estómago se me encogía, y salí de allí sin decir nada.
Los dos días siguientes fueron un infierno. En clase, tenía que verlos juntos, sentados al lado, cuchicheando, tocándose. Pablo me saludaba como siempre, sin saber que yo llevaba meses deseándola. Laura me sonreía, sin saber que cada una de sus sonrisas era un puñal en el pecho. Y yo tenía que fingir que todo estaba bien, que me alegraba por ellos, que no me importaba.
Llegué a casa el viernes por la tarde con la cabeza hecha un lío. Dejé la mochila en el pasillo, me tiré en la cama, y me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho como un nudo que no podía deshacer.
Oí la voz de mi madre desde el salón.
—¿Carlos? ¿Eres tú?
—Sí —dije, sin moverme.
—¿Te pasa algo?
—No.
Mentira. Y ella lo sabía. Siempre lo sabía.
La oí acercarse, y un momento después, su silueta apareció en la puerta de mi habitación. Me miró un momento, evaluando la situación, y luego entró sin pedir permiso. Se sentó en el borde de la cama, a mi lado, y puso una mano en mi hombro.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Carlos.
Suspiré. Cerré los ojos. Y las palabras empezaron a salir solas, como si hubieran estado esperando el momento justo para escaparse.
—Laura. La chica de clase. La que te dije. Está saliendo con Pablo.
—¿Pablo? ¿Tu amigo Pablo?
—Sí.
—Oh, Carlos...
—Llevo meses detrás de ella, mamá. Meses. Y nunca tuve valor para decirle nada. Y ahora resulta que mi mejor amigo, sin hacer nada, sin esforzarse, la ha conseguido. Y yo me he quedado solo. Como siempre.
La voz se me quebró al final, y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. Empezaron a caer, silenciosas, calientes, rodando por mis mejillas hasta perderse en la almohada.
Mi madre no dijo nada. Se tumbó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro, y me abrazó. Su brazo rodeó mi pecho, su cuerpo se pegó al mío, y durante un rato, los dos estuvimos en silencio, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida.
—No estás solo —dijo, al fin—. Me tienes a mí.
—No es lo mismo.
—Lo sé. Pero estoy aquí.
Su mano acarició mi pecho, un gesto de consuelo, de esos que una madre hace para calmar a su hijo. Pero la caricia se alargó. Su mano subió hasta mi cuello, luego hasta mi nuca, y empezó a masajear suavemente, con una lentitud que no era maternal. Era otra cosa.
—Mamá... —dije, sin saber muy bien qué estaba diciendo.
—Shhh —susurró ella—. Relájate.
Su cara estaba muy cerca de la mía. Podía sentir su aliento en mi mejilla, el calor de su cuerpo a través de la ropa. Sus dedos seguían masajeando mi nuca, y yo sentía cómo la tensión se disipaba, cómo mi cuerpo se relajaba bajo sus manos.
Entonces, muy despacio, ella giró la cabeza y me besó en la frente.
Fue un beso suave, cálido, de esos que una madre da a su hijo cuando quiere consolarlo. Pero se quedó allí un segundo más de lo normal. Luego otro beso, en la mejilla. Luego otro, más cerca de la comisura de los labios.
—Mamá... —repetí, pero esta vez mi voz sonó diferente. No era una advertencia. Era una pregunta.
Ella no respondió. Se limitó a apoyar su frente contra la mía, a cerrar los ojos, a respirar al mismo ritmo que yo. Y allí nos quedamos, inmóviles, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida, la línea que se difuminaba entre lo que éramos y lo que podríamos llegar a ser.
—No tienes que hacer nada —dijo, al fin—. Solo déjame estar aquí. Contigo.
Y me quedé quieto, dejando que sus brazos me rodearan, que su calor me envolviera, que su presencia llenara el vacío que Laura había dejado en mi pecho. Sabía que aquello no era normal. Sabía que estábamos cruzando una línea. Pero en ese momento, con su cuerpo pegado al mío y su aliento en mi cuello, no me importaba.
Solo quería que no se fuera nunca.
Pasaron varios días desde aquella tarde en mi cama. No hablamos de lo que había pasado. Volvimos a la rutina, al desayuno, a las comidas, a las películas por la noche. Pero algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero lo notaba en la forma en que me miraba, en cómo su mano se demoraba un segundo más cuando me rozaba al pasar.
Fue un sábado por la mañana. Había estado en la biblioteca de la universidad repasando apuntes, pero me había ido antes de lo previsto porque no podía concentrarme. Llegué a casa, entré sin hacer ruido, y oí el agua corriendo en el baño. Ella se estaba duchando. Dejé la mochila en mi cuarto y me senté en el salón a esperar, con el móvil en la mano, sin prestarle atención.
El agua dejó de correr. Oí cómo abría la puerta del baño, y luego, el sonido de sus pasos descalzos en el pasillo.
Levanté la vista sin pensar, y me quedé helado.
Mi madre estaba en el pasillo, completamente desnuda, de espaldas a mí, secándose el pelo con una toalla. No me había visto. La luz de la mañana entraba por la ventana del salón, iluminando su silueta, y yo no podía apartar la mirada.
Sabía que debía mirar a otro lado. Sabía que estaba violando su intimidad, que aquello no estaba bien, que si me descubría, la vergüenza sería insoportable. Pero no podía. Mi cuerpo no respondía. Mis ojos se negaban a obedecer.
Era la primera vez que veía a mi madre completamente desnuda.
Su espalda era suave, con esa curva que baja desde los hombros hasta la cintura, marcando una silueta de reloj de arena que siempre había notado cuando llevaba vestidos ajustados, pero que nunca había visto al descubierto. La cintura se estrechaba, y luego las caderas se abrían en una curva generosa, redondeada, perfecta. Sus nalgas eran grandes, firmes, con una forma que cortaba la respiración, sin una sola imperfección, sin celulitis, sin marcas. La piel, todavía húmeda, brillaba bajo la luz.
Se giró ligeramente, buscando algo en la estantería del pasillo, y entonces la vi de perfil. Sus pechos colgaban con un peso natural, grandes, llenos, perfectamente proporcionados, con los pezones oscuros y erectos por el contraste del agua. El vientre era plano, con una ligera curva suave, y más abajo, el triángulo oscuro de su vello púbico, espeso, descuidado, salvaje. Era el único detalle que rompía la perfección de su cuerpo. El único recordatorio de que hacía tiempo que no se preocupaba por mostrarse a nadie.
Y entonces me di cuenta.
Laura tenía el mismo tipo de cuerpo. Las mismas caderas anchas, la misma cintura marcada, el mismo pecho generoso. No era que Laura se pareciera a mi madre. Era que yo, sin saberlo, había estado buscando a mi madre en Laura. Había idealizado a una compañera de clase porque su cuerpo me recordaba al cuerpo que había visto crecer, al cuerpo que me había abrazado, al cuerpo que ahora tenía delante, desnudo, vulnerable, increíblemente hermoso.
Mi polla empezó a ponerse dura dentro del pantalón.
Fue una reacción instintiva, imposible de controlar. Mi cerebro había procesado lo que veía, lo había clasificado como "mujer atractiva", y mi cuerpo había respondido antes de que mi mente racional pudiera intervenir. Miré hacia abajo, vi el bulto formándose en mi pantalón, y sentí una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo gestionar.
Levanté la vista de nuevo. Ella seguía allí, de espaldas a mí, pasándose la toalla por el pelo. Sus pechos se balanceaban ligeramente con el movimiento, y yo no podía dejar de mirarlos. Imaginé cómo se sentirían en mi mano, cómo pesarían, cómo sería tenerlos cerca de mi cara.
El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a oírme. Pero ella no se giró. Terminó de secarse, se envolvió en la toalla, y se fue a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé en el salón, inmóvil, con la erección evidente bajo el pantalón, la respiración agitada, la mente hecha un lío. Había visto a mi madre desnuda. Me había excitado viéndola. Y había descubierto que Laura, la chica que creía desear, era solo un reflejo de lo que realmente quería.
Necesitaba aliviarme. Me levanté, fui al baño, y me encerré. Me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, me senté en el borde de la bañera, y agarré mi polla con la mano. Estaba tan dura que dolía. Empecé a masturbarme con la imagen de su cuerpo grabada en la retina. Sus pechos. Sus caderas. Su culo. El triángulo oscuro de su vello. La forma en que la luz se reflejaba en su piel húmeda.
No tardé nada. Sentí cómo el orgasmo se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se tensaba, y entonces el primer chorro de semen salió disparado, caliente, espeso, manchando mi mano, mi muslo, el borde blanco de la bañera. Seguí masturbándome, sintiendo cómo los siguientes chorros salían más débiles, hasta que no quedó nada.
Y entonces, en el silencio que siguió, oí un ruido.
La puerta del baño estaba abierta.
Levanté la vista, y allí estaba ella.
Mi madre, en la puerta, con la toalla aún puesta, mirándome. Su mirada recorrió la escena: yo sentado en el borde de la bañera, los pantalones bajados, la polla aún medio erecta en mi mano, el semen fresco en mi muslo y en la bañera. Su expresión pasó de la sorpresa a algo que no supe identificar.
—Mamá... —dije, con la voz rota.
Ella no dijo nada. Se quedó allí, mirándome, durante lo que pareció una eternidad. Luego, muy despacio, cerró la puerta.
Pero no se fue. Se quedó al otro lado, apoyada contra la madera. Y oí su respiración, agitada, irregular, mezclándose con la mía a través de la puerta cerrada.
Me quedé allí, sentado en el borde de la bañera, con la polla aún medio erecta en la mano, el semen secándose en mi muslo, y la certeza de que ella lo había visto todo. La puerta estaba abierta. Había estado abierta todo el tiempo. Y ella había estado ahí, mirando.
Pasaron segundos. Minutos. No lo sé.
Luego, oí sus pasos alejándose.
Exhalé el aire que había estado conteniendo. Me limpié como pude con papel higiénico, me subí los pantalones, y salí del baño. El pasillo estaba vacío. La puerta de su habitación, cerrada.
Fui a mi cuarto y me tumbé en la cama, mirando el techo, sintiendo cómo la vergüenza me envolvía como una manta húmeda. La había visto desnuda. Me había masturbado pensando en ella. Y ella me había pillado, con la polla en la mano, diciendo su nombre. No podía haber vuelta atrás después de eso.
Pasó una hora. Dos. No salí de mi cuarto. No oí ningún ruido del otro lado. El piso estaba en silencio, como si los dos estuviéramos esperando a que el otro hiciera algo.
Entonces, oí unos golpes suaves en mi puerta.
—¿Carlos?
Su voz sonaba diferente. Más baja. Más insegura.
—Sí.
—¿Puedo entrar?
Dudé un momento. Luego, con la voz ronca, dije:
—Sí.
La puerta se abrió y ella entró. Llevaba puesto el albornoz claro, el pelo aún húmedo, recogido en un moño. Tenía los ojos un poco rojos, pero no parecía triste. Parecía... no sé. Pensativa. Se sentó en el borde de mi cama, sin mirarme, y se quedó en silencio.
—Mamá...
—Te he visto —dijo, sin rodeos—. En el baño. Te he visto todo.
—Lo sé.
—Y he oído lo que decías.
Cerré los ojos. No recordaba haber dicho nada en voz alta. Pero ella lo había oído. Sabía.
—Decías mi nombre —continuó—. Cuando te estabas corriendo, decías "mamá".
No había nada que decir. No había excusa. Asentí, y esperé el golpe.
Pero no llegó.
—Supongo que esto nos deja en empate —dijo, con un tono que no esperaba.
Levanté la vista, confuso.
—¿Cómo?
—Tú me viste a mí la otra noche. Y yo te he visto a ti ahora. Y aunque tú me viste a mí desnuda esta mañana. Estamos en paz.
—¿En paz?
—Sí. Los dos hemos visto cosas que no deberíamos. Los dos hemos hecho cosas que no deberíamos. Estamos empatados.
Me quedé mirándola, sin saber muy bien si hablaba en serio o estaba bromeando. Pero entonces vi la pequeña sonrisa que se dibujaba en la comisura de sus labios, y no pude evitar esbozar una yo también.
—¿Te parece gracioso? —pregunté.
—Un poco, sí. Quiero decir, de todas las formas en las que imaginaba que sería este sábado, desde luego no esperaba pillar a mi hijo masturbándose en el baño pensando en mí.
—Mamá...
—¿Qué? Es la verdad. Y si no podemos reírnos de esto, vamos a pasarlo muy mal.
Suspiré, pero la sonrisa no se me iba de la cara. Tenía razón. Si nos tomábamos aquello demasiado en serio, la vergüenza nos iba a consumir.
—¿Sabes qué? —dijo, después de un rato—. Tu padre la tenía igual que tú.
—¿El qué?
—La polla. Del mismo tamaño, misma forma. Hasta eso has heredado de él.
—Mamá...
—Es un cumplido, tonto. Tu padre no tenía nada de lo que avergonzarse en ese aspecto.
Negué con la cabeza, riéndome por dentro. Solo mi madre podía convertir una situación como aquella en una conversación sobre el tamaño de la polla de mi padre.
—Hablando de papá —dije, y ella levantó una ceja—. Le tengo envidia, ¿sabes?
—¿Envidia? ¿De tu padre?
—Sí. Por haber conseguido a una mujer como tú.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué quieres decir?
—Que era un tío con suerte. Y que yo, en cambio... bueno, ya has visto. Ni Laura, ni nada. Me quedé solo.
—No estás solo.
—Ya lo sé. Pero no es lo mismo.
Se hizo un silencio. Largo. Pero no incómodo. Era un silencio compartido, de esos en los que no hace falta hablar.
—Mira —dijo ella, al fin—. Lo de esta mañana ha sido... raro. Muy raro. Pero no quiero que te sientas avergonzado. Ni culpable. Eres un chico de diecinueve años con hormonas alborotadas. Es normal que tengas fantasías. Incluso si esas fantasías son conmigo.
—¿No te parece mal?
—No lo sé. Pero tampoco quiero juzgarte. Ni a ti ni a mí.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora —dijo, levantándose—, ahora vamos a comer, vemos una película, y fingimos que esto no ha pasado. O que ha pasado, pero no le damos más importancia de la que tiene. Ya veremos qué pasa mañana.
—¿Y si quiero que pase algo más?
Ella se detuvo en la puerta y me miró. Durante un largo rato, no dijo nada. Luego, muy despacio, esbozó una sonrisa.
—Entonces hablaremos.
Y se fue, dejándome solo en la cama, con la mente más tranquila pero el cuerpo más revuelto que nunca.
Pasaron varios días desde aquella conversación. No volvimos a hablar de lo del baño, pero algo había cambiado. Ella ya no se escondía para cambiarse. Yo ya no apartaba la mirada cuando la veía en ropa interior. Había una complicidad nueva, un entendimiento tácito de que lo que había pasado estaba ahí, entre nosotros, y que ninguno de los dos tenía intención de fingir que no existía.
Pero no pasaba nada más. Nos movíamos en ese limbo de miradas y roces, esperando a que alguien diera el siguiente paso sin atreverse a darlo.
Hasta que una noche, en la ducha, me encontré un bulto.
Fue al enjabonarme. Mis dedos rozaron algo en mi testículo izquierdo, una pequeña protuberancia que no había notado antes. Al principio pensé que era imaginación mía, pero palpé con más cuidado y allí estaba: un bulto pequeño, duro, justo en la parte superior del testículo.
El corazón me dio un vuelco.
Salí de la ducha chorreando, me sequé a toda prisa, y me tumbé en la cama a palparme con más calma. Sí, estaba ahí. No dolía, pero estaba ahí. Y en mi cabeza, todas las alarmas se dispararon. Cáncer de testículo. Tumores. Quimioterapia. Todo lo peor.
Pasé la noche en vela, dándole vueltas. Al día siguiente, durante el desayuno, ella notó que algo me pasaba.
—¿Qué tienes? —preguntó, dejando la taza de café—. Llevas toda la mañana en silencio.
—Nada.
—Carlos.
Suspiré. Dejé la cuchara y la miré.
—Creo que tengo un bulto. En el testículo.
Su expresión cambió al instante. Dejó la taza, se sentó a mi lado, y me puso una mano en el brazo.
—¿Un bulto? ¿Desde cuándo?
—Me lo encontré anoche. En la ducha.
—¿Te duele?
—No.
—¿Has ido al médico?
—Todavía no. Acabo de encontrármelo.
Asintió, procesando la información. Luego, con una calma que me sorprendió, dijo:
—Tienes que ir al médico. Pero mientras tanto, déjame verlo.
—¿Cómo?
—Que me dejes verlo. Para saber si es algo que deba preocuparme o no. He visto muchos bultos en mi vida, Carlos. Los de tu padre, los míos. A veces son solo quistes, cosas sin importancia.
—Mamá...
—No seas tímido. Después de todo lo que ha pasado, ¿me vas a decir que te da vergüenza que te vea las pelotas?
Solté una risa nerviosa. Tenía razón. Después de lo del baño, después de lo del pasillo, después de todo, que me viera los testículos era casi irrelevante.
—Vale —dije.
Me levanté, fui a mi cuarto, y me bajé los pantalones y los calzoncillos. Me tumbé en la cama, con las piernas ligeramente abiertas, esperando. Ella entró un momento después, cerró la puerta, y se sentó en el borde de la cama.
—Tranquilo —dijo—. Solo voy a mirar.
Sus dedos rozaron mi muslo, y sentí un escalofrío. Luego, con una suavidad que me sorprendió, cogió mi escroto con una mano y empezó a palparlo con la otra. Sus dedos recorrían la superficie, buscando el bulto, presionando ligeramente aquí y allá.
—¿Aquí? —preguntó, encontrando la protuberancia.
—Sí.
Palpó con más cuidado, rodeando el bulto con los dedos, evaluando su tamaño, su consistencia.
—Es pequeño —dijo—. Y se mueve. No está pegado al testículo. Eso es buena señal.
—¿Significa que no es cáncer?
—No significa nada. Solo un médico puede decirlo. Pero tiene buena pinta.
Siguió palpando, y yo sentía cómo su mano se movía, cómo sus dedos exploraban, cómo su pulgar rozaba la base de mi polla cada vez que se desplazaba. Y entonces, para mi horror, empecé a notar cómo la sangre se movía.
—Mamá... —dije, con la voz estrangulada.
—¿Qué?
—Para.
Ella levantó la vista, y vio lo mismo que yo estaba sintiendo. Mi polla, que hasta hacía un momento estaba flácida, empezaba a despertarse, a crecer, a levantarse lentamente hacia el techo.
—Oh —dijo ella, sin soltarme.
—Lo siento. No puedo evitarlo.
—Tranquilo. Es normal. Es una reacción física.
Pero no retiró la mano. Se quedó allí, con los dedos aún alrededor de mi escroto, mirando cómo mi polla se ponía firme, cómo se elevaba, cómo quedaba completamente erecta, apuntando hacia arriba, rozando casi su brazo.
—Mamá... —dije, sin saber qué más decir.
Ella me miró. Luego, muy despacio, deslizó la mano desde mi escroto hasta la base de mi polla. La rodeó con los dedos, sintiendo el calor, la dureza, el latido de la sangre bajo la piel.
—¿Duele? —preguntó.
—No.
—¿Te molesta?
—No.
Asintió, como si estuviera confirmando algo. Luego, sin decir nada, empezó a mover la mano.
Sé que suena a tópico. El hijo que se queda en casa de la madre porque la universidad está cerca, porque el alquiler está por las nubes, porque total, ya me iré cuando termine la carrera. Pero no es solo eso. Me quedé porque ella me necesitaba. Y yo la necesitaba a ella.
Mi padre murió hace dos años.
Un conductor borracho se lo llevó por delante en un semáforo. Mi madre y él habían discutido esa noche. Él salió furioso, cogió el coche, y cinco minutos después un camión de la muerte, con el doble de alcohol en sangre del permitido, lo mató en el acto.
No voy a entrar en los detalles de la discusión ahora. Eso es cosa de ellos, de ella, de la culpa que arrastra desde entonces. Lo que importa es que, desde aquella noche, mi madre y yo nos volvimos inseparables. No por obligación. Por necesidad. Porque cuando pierdes al pilar de la familia, los que quedáis os agarráis el uno al otro para no caeros.
Ella se llama Vanessa. Tiene cuarenta y dos años, aunque aparenta menos. Es morena, de ojos verdes, con el pelo largo y ondulado que a veces se recoge en un moño cuando trabaja. No es una mujer delgada, de esas que parecen salidas de una revista de moda. Es más bien... generosa. Caderas anchas, cintura marcada, un pecho que siempre ha llamado la atención aunque ella intente disimularlo con jerséis holgados y camisetas sin forma. Tiene ese tipo de cuerpo que algunas mujeres odian y otros hombres no pueden dejar de mirar. Yo crecí viéndola, así que para mí siempre fue solo mi madre. Hasta hace poco.
Pero no voy a adelantarme.
Un día normal empieza con el despertador a las siete y media. Me levanto, me ducho, me visto, y salgo a la cocina. Ella ya está allí, casi siempre. Mi madre madruga aunque no tenga que ir a ninguna oficina. Trabaja desde casa, haciendo contabilidad para varias empresas, y dice que las mañanas son su momento más productivo.
—Buenos días, dormilón —dice sin mirarme, removiendo el café.
—Buenos días.
Me siento en la mesa y ella me pone un plato delante. Tostadas con tomate y aceite, un vaso de zumo de naranja, el café ya servido. Todos los días igual. Todos los días me mira mientras desayuno, con una sonrisa que es mitad orgullo, mitad ternura.
—¿Tienes clase a las nueve?
—A las nueve y media. Microeconomía.
—¿Y qué tal llevas esa asignatura?
—Bien. El profesor es un coñazo, pero se entiende.
Ella asiente, se sienta enfrente con su taza de café, y me mira un rato en silencio. Es una mirada que he visto mil veces, pero que nunca termino de descifrar. No es solo una madre mirando a su hijo. Hay algo más, algo que no sé poner en palabras.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Que estás muy guapo hoy.
—Mamá...
—¿Qué? No puedo decirle a mi hijo que está guapo?
Ruedo los ojos, pero sonrío. Es su manera de ser. Siempre ha sido cariñosa, siempre ha dicho lo que piensa. Desde que papá murió, si cabe, lo es más. Como si necesitara asegurarse de que estoy bien, de que sigo aquí, de que no me voy a ir.
Termino de desayunar, recojo mi mochila, y me despido con un beso en la mejilla. Ella huele a su crema de siempre, a café, a algo limpio y cálido que asocio con la infancia.
—Que tengas buen día —dice.
—Tú también.
Salgo del piso y camino hacia la universidad. Son veinte minutos a pie, tiempo suficiente para despejar la mente. El barrio es tranquilo, de esos con árboles en las aceras y tiendas de toda la vida. Conozco cada esquina, cada banco, cada farola. He vivido aquí desde que tengo memoria.
Las clases transcurren sin novedad. Apunto apuntes, hago preguntas, finjo que me importa más de lo que realmente me importa. A las dos, salgo y vuelvo a casa. Ella ya ha preparado la comida. Siempre está lista cuando llego.
—¿Qué hay?
—Lentejas. Y de segundo, pollo al horno.
—Perfecto.
Comemos juntos, hablando de tonterías. Me cuenta que ha tenido una videollamada con un cliente, que el programa de contabilidad le ha dado un error, que el vecino del quinto ha vuelto a poner la música alta. Son conversaciones sin importancia, pero son nuestras. Son el pegamento que nos mantiene unidos.
Después de comer, ella se sienta en el sofá con el portátil y yo me tumbo a su lado con el móvil. A veces vemos algo en la tele. A veces no. A veces solo estamos, cada uno en lo suyo, pero sintiendo la presencia del otro.
—¿Tienes mucha tarea? —pregunta.
—No mucho. Un par de horas de estudio y ya.
—Podríamos ver una película esta noche.
—¿Cuál?
—No sé. Una de esas que te gustan a ti. De acción.
Sonrío. A ella no le gustan las películas de acción, pero las ve conmigo porque sabe que me gusta compartirlas con ella. Es su manera de decirme que le importo.
—Vale —digo—. Elige tú.
—No, elige tú. Total, me dormiré a los veinte minutos.
Me río. Es verdad. Siempre se duerme. Pero no me importa. Me gusta tenerla ahí, aunque esté dormida, aunque respire profundamente con la cabeza apoyada en mi hombro.
Así son nuestros días. Rutinarios, tranquilos, predecibles. Y yo los quiero así. Porque después de la muerte de mi padre, lo único que quería era que todo fuera normal. Que nada cambiara. Que ella siguiera aquí, conmigo, a salvo.
Pero las cosas cambian. Aunque no quieras. Aunque no las veas venir.
Y lo que estaba a punto de pasar entre nosotros iba a cambiarlo todo.
Fue un jueves cualquiera, de esos en los que todo se tuerce. Yo llevaba una semana encerrado preparando un examen de Macroeconomía que tenía al día siguiente, y mi madre había tenido un problema con un cliente que no le había mandado la documentación hasta las diez de la noche. Los dos estábamos en casa, cada uno en lo suyo, pero los dos despiertos mucho más tarde de lo normal.
—¿Sigues despierto? —me preguntó desde el salón, pasadas las doce.
—Sí. Estudiando. ¿Tú?
—Trabajando. El cliente este me va a matar.
Sonreí en la oscuridad de mi habitación. Era una sensación extraña, saber que ella estaba ahí, al otro lado del pasillo, igual de desvelada que yo. Como si compartiéramos algo, aunque fuera el cansancio.
Sobre la una y media cerré los apuntes. Estaba tan fundido que ya no me entraba nada. Salí al salón y me la encontré en el sofá, con el portátil en el regazo, los ojos rojos de mirar la pantalla.
—¿Terminaste? —pregunté.
—Ya. Por fin. Mañana lo reviso y lo mando.
Cerró el portátil, se estiró, y soltó un bostezo que le desencajó la mandíbula.
—Estoy destrozada —dijo.
—Yo también. Mañana va a ser un día duro.
—Pues a la cama. Mañana más.
Nos deseamos buenas noches y cada uno se fue a su habitación. Pero ninguno de los dos durmió bien. Yo di vueltas en la cama repasando mentalmente fórmulas y gráficos, y sé que ella también se desveló, porque oí la tele encendida en su cuarto hasta tarde.
El viernes fue exactamente como esperábamos: una mierda. El examen me salió regular, no mal, pero tampoco bien. Ella pasó el día corrigiendo informes y llamando a clientes. Cuando llegué a casa a mediodía, la encontré con el mismo gesto de cansancio que yo llevaba en la cara.
—¿Qué tal el examen? —preguntó mientras comíamos.
—Regular. Aprobado, pero sin nota.
—Ya habrá más.
—Sí. ¿Y tu cliente?
—Resuelto. Pero me ha tenido todo el día.
—Pues esta noche descansamos. Cena temprano, peli, y a dormir.
Asintió, y vi una sonrisa pequeña, de esas que se le escapan cuando está demasiado cansada para fingir que está bien.
Cenamos temprano, sobre las ocho y media. Después recogimos la cocina y nos sentamos en el sofá. Ella cogió el mando y empezó a hacer zapping.
—¿Qué vemos? —preguntó.
—Lo que tú quieras. Hoy eliges tú.
—¿En serio?
—Sí. Una de las tuyas. Es viernes.
Me miró con esa mezcla de sorpresa y cariño que siempre se le escapaba cuando hacía algo que no esperaba. Puso una película romántica de los ochenta, de esas que había visto mil veces y que sabía de memoria. Yo me tumbé a su lado, ella se recostó contra el reposabrazos, y los dos nos envolvimos en el silencio cómodo de la noche.
Llevaba el pijama de siempre: pantalón gris de franela y camiseta blanca. Ella un conjunto azul claro, también de franela, holgado, cómodo. El tipo de ropa que usas cuando no esperas que nadie te vea.
A los veinte minutos, los dos estábamos dormidos.
No sé exactamente cuándo pasó. En algún momento de la madrugada, mientras la película seguía sonando en la tele, nuestros cuerpos se movieron por inercia. Ella se había deslizado hacia abajo en el sofá, buscando una postura más cómoda, y había terminado con la cabeza apoyada en mi regazo. Yo, sin ser consciente, había dejado caer el brazo sobre ella, la mano descansando sobre su pecho.
Así nos encontró la noche.
Debían de ser las dos de la madrugada cuando ella se movió ligeramente. No sé si se despertó o si fue solo un movimiento mientras dormía. Solo sé que, al girarse, su mejilla se apretó contra mi muslo y su boca quedó a un centímetro de mi paquete.
Yo dormía profundamente. Soñaba con una compañera de clase, Laura, con la que había estado hablando esa semana. En el sueño estábamos en la biblioteca, ella se inclinaba sobre la mesa para enseñarme algo, y yo notaba su olor, su calor, su cuerpo cerca del mío. Era un sueño confuso, de esos que te dejan una sensación extraña al despertar.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero en algún momento, mi cuerpo reaccionó al sueño, al calor, a la cercanía. Empecé a ponerme duro dentro del pijama. Primero poco a poco, luego completamente, la tela gris levantándose, formando un bulto evidente.
Y entonces ella se movió otra vez.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero fue suficiente. Su boca, que antes estaba a un centímetro de distancia, ahora presionaba directamente contra mi polla a través de la franela del pijama.
Me desperté de golpe.
Durante un par de segundos no supe dónde estaba. Parpadeé, confuso, intentando orientarme en la penumbra del salón. La tele seguía encendida, la película había terminado y ahora sonaba un programa de madrugada. Y entonces lo sentí.
El calor de su aliento a través de la tela. La presión de su boca contra mi polla. La erección, dura, evidente, imposible de ocultar.
El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a despertarla. No me atrevía a moverme. Cualquier movimiento en falso haría que su boca se presionara más contra mí, o que ella se despertara y viera la situación. Intenté retirar la mano de su pecho con cuidado, milímetro a milímetro, pero en ese momento ella se movió de nuevo, reajustando la postura, y su boca presionó más firmemente contra mi erección.
Contuve la respiración.
Ella se quedó quieta. Yo también. Durante unos segundos eternos, ninguno de los dos se movió. Y entonces, lentamente, ella abrió los ojos.
Levantó la cabeza, confusa, y vio dónde estaba su boca. Vio el bulto en mi pijama. Vio mi cara, pálida, los ojos abiertos, el miedo y la vergüenza escritos en cada rasgo.
—Carlos... —dijo, con la voz rota, medio dormida, medio horrorizada.
—Mamá, yo...
No supe qué decir. No había nada que decir. No había excusa. No había explicación.
Ella se incorporó lentamente, apartándose, llevándose una mano a los labios. Me miró, y en sus ojos vi una mezcla de confusión, de vergüenza, de algo más que no supe identificar.
—Lo siento —dije—. Estaba dormido. No...
—Lo sé —dijo ella, con la voz temblorosa—. Lo sé.
Se levantó, sin mirarme, y se fue hacia su habitación. La puerta se cerró con un clic suave, y yo me quedé allí, sentado en el sofá, con la erección bajando lentamente, sintiendo que algo entre nosotros acababa de cambiar para siempre.
Me quedé solo en el salón, con la tele encendida y la erección bajando lentamente. Durante un rato no me moví. No podía. La imagen de su boca presionando contra mi pijama, el momento en que abrió los ojos, su expresión de confusión y vergüenza... todo eso daba vueltas en mi cabeza como un bucle del que no podía salir.
Finalmente me levanté, apagué la tele, y fui a mi habitación. Eran casi las tres de la mañana. Estaba agotado, pero cuando me tumbé en la cama, el sueño no llegó. Mi mente no paraba de darle vueltas a lo que había pasado.
Fue un accidente, me dije a mí mismo. Los dos estábamos dormidos. Ella se movió, yo me moví, y pasó. No hay intención, no hay nada raro. Mañana se lo explico. Le digo que estaba soñando con Laura, que fue una reacción física sin más, que no significaba nada.
Pero cuanto más lo repetía, menos me lo creía.
Llevaba así un rato, dando vueltas en la cama, cuando empecé a oír ruidos desde la habitación de mi madre. Al principio pensé que era imaginación mía, pero me concentré y los oí más claros. Eran como sollozos, ahogados, como cuando alguien intenta llorar en silencio para que no lo oigan.
Mi madre lloraba muchas noches. Desde que mi padre murió, se había convertido en algo casi rutinario. A veces la oía desde mi cuarto, y otras veces la encontraba al día siguiente con los ojos rojos, fingiendo que no había pasado nada. Pero esta noche era diferente. Esta noche, los sollozos sonaban distintos. Más rítmicos. Más... no sé. Extraños.
Me levanté sin hacer ruido. Crucé el pasillo descalzo, y me paré frente a su puerta, que estaba entreabierta. Los sonidos eran más claros ahora. No eran sollozos. Eran jadeos. Respiración entrecortada, acelerada, acompañada de un movimiento rítmico que no podía ser otra cosa.
Empujé la puerta con cuidado, solo un par de centímetros, y miré.
Mi madre estaba tumbada boca arriba en su cama, con las piernas abiertas y flexionadas, las rodillas apuntando al techo. Llevaba el mismo pijama azul de antes, pero el pantalón estaba bajado hasta los muslos, dejando al descubierto sus caderas, su vientre, y su mano, que se movía rítmicamente entre sus piernas. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y su respiración era rápida, superficial, como la de alguien que está a punto de llegar.
Me quedé paralizado. No era la primera vez que veía a mis padres teniendo sexo. Los había pillado varias veces cuando llegaba antes de tiempo a casa, o cuando pasaba por delante de su habitación y la puerta no estaba bien cerrada. Pero eso era diferente. Eran ellos dos, juntos, riéndose, disfrutando. Esto era ella sola, en su cama, dos años después de la muerte de mi padre, con la mano entre las piernas y los ojos cerrados.
Y yo sabía, en algún lugar de mi mente, que lo que la había llevado hasta allí era lo que había pasado en el sofá.
En ese momento, ella abrió los ojos.
Nuestras miradas se encontraron a través de la rendija de la puerta. Durante una fracción de segundo, ninguno de los dos se movió. Luego, ella dio un respingo, apartó la mano como si le hubiera quemado, y se incorporó de golpe, tirando de las sábanas para cubrirse.
—¡Carlos! —dijo, con la voz entrecortada—. No es lo que parece. Yo... estaba...
—Tranquila —dije, sin entrar—. No pasa nada.
—No, no, espera. No te vayas.
Aparté la mano del pomo, pero no cerré del todo. Me quedé en el pasillo, sin saber qué hacer. Oía su respiración agitada, el roce de las sábanas mientras se cubría, el silencio incómodo que se instaló entre nosotros.
—Carlos —dijo, desde dentro—. Entra. Por favor.
Dudé un momento. Luego empujé la puerta y entré.
Ella se había sentado en la cama, con las sábanas subidas hasta el pecho, el pelo revuelto, la cara roja. Tenía los ojos brillantes, pero no de lágrimas. De vergüenza. De confusión.
—Siéntate —dijo, señalando el borde de la cama.
Me senté. No sabía dónde mirar. La habitación olía a ella, a su crema, a algo más que no supe identificar.
—Mira —empezó, sin mirarme a los ojos—. Lo del sofá... fue un accidente. Los dos estábamos dormidos. No significa nada.
—Lo sé.
—Y esto... —señaló la cama, a sí misma—. Esto no tiene nada que ver. Bueno, sí, tiene que ver, pero no como tú piensas.
—Mamá...
—Déjame terminar. Lo que pasó en el sofá me recordó a tu padre. La sensación de tener a alguien cerca, el calor, el peso de tu mano... y no pude evitarlo. Necesitaba... no sé. Sentir algo. Pero no tiene nada que ver contigo. Bueno, sí tiene que ver, pero no de esa manera. No sé explicarlo.
La miré. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, y estaba haciendo un esfuerzo enorme por no echarse a llorar.
—Mamá —dije, con voz tranquila—. No pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? Me has pillado...
—Te he pillado haciéndote una paja. Y qué. Eres una mujer de cuarenta y dos años con las mismas necesidades que cualquier mujer de cuarenta y dos años. No tiene nada de malo.
—Pero...
—No hay pero. Papá murió hace dos años. No has estado con nadie desde entonces. Es normal que tengas ganas. Es normal que necesites... aliviarte.
Ella me miró, y vi cómo sus hombros se relajaban ligeramente.
—¿De verdad no te parece raro?
—Un poco, sí. Pero no malo. Solo raro. Y se nos pasará.
Se quedó en silencio un momento, procesando mis palabras. Luego soltó una risa nerviosa, corta, como si no supiera muy bien si debía reírse o no.
—Eres muy parecido a tu padre, ¿lo sabías?
—Me lo dices a menudo.
—Porque es verdad. La misma forma de hablar, la misma calma, la misma manera de quitarle importancia a las cosas.
Sonreí. No sabía qué más decir. Me levanté, fui hacia la puerta, y antes de salir, me giré.
—Anda, vete a la cama. Termina lo que estabas haciendo y duérmete.
Se quedó mirándome, con los ojos abiertos de par en par. Luego, una sonrisa se abrió paso entre la vergüenza, una sonrisa pequeña, cómplice, que iluminó su cara.
—Eres igual que él —dijo.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, Carlos.
Salí y cerré la puerta. Desde el pasillo, oí cómo se tumbaba de nuevo, y después, el silencio. No supe si había seguido o no. Pero no me importaba. Le había dado permiso. Le había dicho que no pasaba nada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que había hecho lo correcto.
Me desperté al día siguiente con la sensación de que todo había sido un sueño. Durante unos segundos, mientras la luz del sol se colaba por la persiana, pensé que lo del sofá, lo de su habitación, todo, había sido producto de mi imaginación. Pero entonces oí su voz desde la cocina, y supe que no.
—¿Carlos? ¿Estás despierto?
—Sí —dije, con la voz ronca.
—Baja a desayunar.
Me levanté, me vestí, y salí al pasillo. Ella estaba en la cocina, de espaldas a mí, preparando café. Llevaba un vestido ligero, de esos de verano, blanco con flores pequeñas, y el pelo recogido en una coleta. Cuando me oyó llegar, se giró, y vi en su cara una mezcla de nervios y vergüenza que no supe cómo interpretar.
—Buenos días —dijo, sin mirarme del todo.
—Buenos días.
Me senté en la mesa y ella puso el café delante de mí, como siempre. Pero esta vez no se sentó enfrente. Se quedó de pie, apoyada en la encimera, jugando con los bordes de su taza.
—Carlos... —empezó.
—Mamá, si es por lo de anoche...
—Sí, es por lo de anoche.
Suspiré. Dejé la taza y la miré.
—Siéntate, por favor.
Obedeció. Se sentó enfrente de mí, y por primera vez desde que había entrado en la cocina, me miró a los ojos.
—Mira —dije—. Anoche te dije que no pasaba nada, y lo decía en serio. No tienes que sentirte avergonzada. No tienes que darme explicaciones. Lo del sofá fue un accidente. Lo de tu cuarto... es normal. Eres una mujer adulta. Tienes necesidades. No hay nada de malo en ello.
—Lo sé. Pero...
—No hay pero.
Ella bajó la mirada, y durante un rato se quedó en silencio. Luego, sin levantar la cabeza, dijo:
—Es que me recordaste a él.
—¿A papá?
Asintió.
—La forma en que estabas tumbado, el peso de tu mano, tu olor... Por un momento, cuando me desperté, pensé que era él. Que no había muerto. Que estábamos los dos en el sofá, como antes.
No supe qué decir. Me quedé mirándola, viendo cómo sus ojos se humedecían, cómo se mordía el labio para no llorar.
—Mamá...
—Lo sé. No eres él. Eres mi hijo. Pero a veces, cuando menos lo espero, veo un gesto, oigo una frase, y me parece que está aquí. Y anoche, con tu mano en mi pecho, sentí que volvía a tenerlo cerca.
—Mamá, yo no soy papá.
—Lo sé. Pero a veces desearía que lo fueras.
La frase quedó flotando en el aire, cargada de un significado que ninguno de los dos se atrevió a explorar. Ella se dio cuenta, y rápidamente cambió el tema.
—Tu padre y yo... —dijo, y se detuvo—. Nunca te lo he contado, pero teníamos una vida sexual muy activa. Casi todos los días. A veces más de una vez. Era algo nuestro, algo que nos unía, que nos mantenía conectados. Desde que él murió, no he vuelto a sentirme así. No he estado con nadie. No he querido.
—Mamá, no tienes que contarme esto.
—Lo sé. Pero necesito que alguien lo sepa. Necesito decirlo en voz alta. Tu padre y yo follábamos mucho. Y lo disfrutábamos. Y desde que se fue, una parte de mí se fue con él.
Me removí en la silla, incómodo. No era algo que quisiera escuchar, pero entendía que ella necesitaba decirlo. Así que me quedé callado, dejando que hablara.
—Anoche, cuando me desperté y sentí tu mano, recordé todo eso. Recordé cómo era tenerlo cerca, sentir su peso, su calor. Y no pude evitarlo. Necesitaba... aliviarme.
—Y lo hiciste. Y no pasa nada.
Ella me miró, y en sus ojos vi algo que no supe identificar. Agradecimiento, quizás. O alivio.
—Gracias —dijo—. Por no juzgarme. Por no salir corriendo.
—Para eso estamos, ¿no?
Sonrió, una sonrisa pequeña, frágil, pero sincera.
Después del desayuno, cada uno hizo su vida. Yo me puse a estudiar un rato, ella se sentó con el portátil en el salón. Pero había algo diferente en el aire. Una tensión que no existía antes, un conocimiento compartido que flotaba entre nosotros como el olor del café por la mañana.
Llegó la hora de comer. Hicimos pasta, ensalada, y comimos en la mesa de siempre, hablando de cosas sin importancia. Pero notaba que ella me miraba más de lo normal, y que sus ojos se detenían en mí un par de segundos más de la cuenta.
Hacía calor. Era mayo, y en la ciudad el calor ya empezaba a apretar. Después de comer, con el estómago lleno y el sol cayendo a plomo, los dos sentimos ese sopor que solo llega en los días de primavera avanzada.
—¿Nos echamos la siesta aqui en el salón con el aire acondicionado? —preguntó ella.
—Buena idea.
Nos tumbamos en el sofá, como tantas otras tardes. Pero esta vez, cuando ella se acomodó, lo hizo de una manera que me heló la sangre. Se tumbó de lado, apoyó la cabeza en mi regazo, y dobló ligeramente las piernas, adoptando exactamente la misma postura en la que se había despertado la noche anterior.
El corazón me dio un vuelco. Pero ella parecía tranquila, con los ojos cerrados, la respiración pausada. Su boca había quedado más alejada de mi paquete que la otra vez, a unos centímetros de distancia, pero el simple hecho de que hubiera elegido esa postura me tenía en tensión.
Cerré los ojos e intenté relajarme. Pero no podía. Mi mente volvía una y otra vez a la noche anterior, a la sensación de su boca presionando contra mi pijama, al calor de su aliento a través de la tela. Y entonces, cuando decidí pensaren otra cosa, como si mi cerebro hubiera decidido torturarme, empecé a pensar en Laura.
Laura era una compañera de clase. Morena, el pelo largo, siempre con faldas cortas que dejaban ver sus piernas, o con mallas ajustadas que marcaban cada curva de su cuerpo. Cuando se sentaba a mi lado en clase, no podía evitar mirar de reojo cómo la tela se estiraba sobre sus muslos, cómo se le marcaba todo, hasta la forma de su coño. Estaba buenísima, con un cuerpazo de infarto, y yo llevaba meses deseándola en silencio.
Pensar en ella no ayudó. Al contrario. Empecé a notar cómo la sangre se movía, cómo mi polla empezaba a despertarse dentro del pantalón del chándal. Intenté pensar en otra cosa, en frío, en exámenes, en cualquier cosa que no fuera sexual. Pero era inútil. La imagen de Laura, combinada con el recuerdo de la noche anterior, estaba haciendo efecto.
Abrí los ojos y miré a mi madre. Seguía con los ojos cerrados, la respiración tranquila. Pero entonces, muy lentamente, sus párpados se movieron, y supe que estaba despierta.
—Carlos —dijo, entreabriendo los ojos—. ¿Estás...?
—No —dije, demasiado rápido—. No es lo que piensas.
—¿El qué?
—Esto. No es por ti. Es por... una compañera de clase. Laura. Estaba pensando en ella y...
—No tienes que explicarte.
—Pero quiero que sepas que no es por lo de anoche. No es por...
—Carlos.
Abrí la boca, pero no salió nada. Ella seguía con los ojos entreabiertos, pero una sonrisa pequeña se dibujaba en sus labios.
—Tranquilo —dijo—. No pasa nada.
Me quedé callado, con la erección evidente bajo su cabeza, sintiendo el calor de su cabeza en mi muslo. Y supe, en algún lugar de mi mente, que aquella situación no iba a ser la última.
Pasaron varios días desde la siesta. La rutina volvió a imponerse, pero había algo diferente en el aire. Ella me miraba más. Se sentaba más cerca. Sus roces duraban un segundo más de lo normal. Y yo, en lugar de apartarme, me quedaba quieto, dejando que ocurriera.
Pero fuera de casa, las cosas no iban tan bien.
Laura, la compañera de clase que me traía loco, la que siempre iba con faldas cortas y mallas ajustadas, la que ocupaba mis fantasías desde hacía meses, había empezado a salir con alguien. Y no con cualquiera. Con Pablo, mi mejor amigo de la universidad.
Me enteré un jueves, al salir de clase. Los vi juntos en la cafetería, riéndose, ella apoyada en su hombro, él con la mano en su cintura. No hacía falta ser muy listo para saber qué estaba pasando. Me quedé mirándolos un par de segundos, sentí cómo el estómago se me encogía, y salí de allí sin decir nada.
Los dos días siguientes fueron un infierno. En clase, tenía que verlos juntos, sentados al lado, cuchicheando, tocándose. Pablo me saludaba como siempre, sin saber que yo llevaba meses deseándola. Laura me sonreía, sin saber que cada una de sus sonrisas era un puñal en el pecho. Y yo tenía que fingir que todo estaba bien, que me alegraba por ellos, que no me importaba.
Llegué a casa el viernes por la tarde con la cabeza hecha un lío. Dejé la mochila en el pasillo, me tiré en la cama, y me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho como un nudo que no podía deshacer.
Oí la voz de mi madre desde el salón.
—¿Carlos? ¿Eres tú?
—Sí —dije, sin moverme.
—¿Te pasa algo?
—No.
Mentira. Y ella lo sabía. Siempre lo sabía.
La oí acercarse, y un momento después, su silueta apareció en la puerta de mi habitación. Me miró un momento, evaluando la situación, y luego entró sin pedir permiso. Se sentó en el borde de la cama, a mi lado, y puso una mano en mi hombro.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Carlos.
Suspiré. Cerré los ojos. Y las palabras empezaron a salir solas, como si hubieran estado esperando el momento justo para escaparse.
—Laura. La chica de clase. La que te dije. Está saliendo con Pablo.
—¿Pablo? ¿Tu amigo Pablo?
—Sí.
—Oh, Carlos...
—Llevo meses detrás de ella, mamá. Meses. Y nunca tuve valor para decirle nada. Y ahora resulta que mi mejor amigo, sin hacer nada, sin esforzarse, la ha conseguido. Y yo me he quedado solo. Como siempre.
La voz se me quebró al final, y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. Empezaron a caer, silenciosas, calientes, rodando por mis mejillas hasta perderse en la almohada.
Mi madre no dijo nada. Se tumbó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro, y me abrazó. Su brazo rodeó mi pecho, su cuerpo se pegó al mío, y durante un rato, los dos estuvimos en silencio, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida.
—No estás solo —dijo, al fin—. Me tienes a mí.
—No es lo mismo.
—Lo sé. Pero estoy aquí.
Su mano acarició mi pecho, un gesto de consuelo, de esos que una madre hace para calmar a su hijo. Pero la caricia se alargó. Su mano subió hasta mi cuello, luego hasta mi nuca, y empezó a masajear suavemente, con una lentitud que no era maternal. Era otra cosa.
—Mamá... —dije, sin saber muy bien qué estaba diciendo.
—Shhh —susurró ella—. Relájate.
Su cara estaba muy cerca de la mía. Podía sentir su aliento en mi mejilla, el calor de su cuerpo a través de la ropa. Sus dedos seguían masajeando mi nuca, y yo sentía cómo la tensión se disipaba, cómo mi cuerpo se relajaba bajo sus manos.
Entonces, muy despacio, ella giró la cabeza y me besó en la frente.
Fue un beso suave, cálido, de esos que una madre da a su hijo cuando quiere consolarlo. Pero se quedó allí un segundo más de lo normal. Luego otro beso, en la mejilla. Luego otro, más cerca de la comisura de los labios.
—Mamá... —repetí, pero esta vez mi voz sonó diferente. No era una advertencia. Era una pregunta.
Ella no respondió. Se limitó a apoyar su frente contra la mía, a cerrar los ojos, a respirar al mismo ritmo que yo. Y allí nos quedamos, inmóviles, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida, la línea que se difuminaba entre lo que éramos y lo que podríamos llegar a ser.
—No tienes que hacer nada —dijo, al fin—. Solo déjame estar aquí. Contigo.
Y me quedé quieto, dejando que sus brazos me rodearan, que su calor me envolviera, que su presencia llenara el vacío que Laura había dejado en mi pecho. Sabía que aquello no era normal. Sabía que estábamos cruzando una línea. Pero en ese momento, con su cuerpo pegado al mío y su aliento en mi cuello, no me importaba.
Solo quería que no se fuera nunca.
Pasaron varios días desde aquella tarde en mi cama. No hablamos de lo que había pasado. Volvimos a la rutina, al desayuno, a las comidas, a las películas por la noche. Pero algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero lo notaba en la forma en que me miraba, en cómo su mano se demoraba un segundo más cuando me rozaba al pasar.
Fue un sábado por la mañana. Había estado en la biblioteca de la universidad repasando apuntes, pero me había ido antes de lo previsto porque no podía concentrarme. Llegué a casa, entré sin hacer ruido, y oí el agua corriendo en el baño. Ella se estaba duchando. Dejé la mochila en mi cuarto y me senté en el salón a esperar, con el móvil en la mano, sin prestarle atención.
El agua dejó de correr. Oí cómo abría la puerta del baño, y luego, el sonido de sus pasos descalzos en el pasillo.
Levanté la vista sin pensar, y me quedé helado.
Mi madre estaba en el pasillo, completamente desnuda, de espaldas a mí, secándose el pelo con una toalla. No me había visto. La luz de la mañana entraba por la ventana del salón, iluminando su silueta, y yo no podía apartar la mirada.
Sabía que debía mirar a otro lado. Sabía que estaba violando su intimidad, que aquello no estaba bien, que si me descubría, la vergüenza sería insoportable. Pero no podía. Mi cuerpo no respondía. Mis ojos se negaban a obedecer.
Era la primera vez que veía a mi madre completamente desnuda.
Su espalda era suave, con esa curva que baja desde los hombros hasta la cintura, marcando una silueta de reloj de arena que siempre había notado cuando llevaba vestidos ajustados, pero que nunca había visto al descubierto. La cintura se estrechaba, y luego las caderas se abrían en una curva generosa, redondeada, perfecta. Sus nalgas eran grandes, firmes, con una forma que cortaba la respiración, sin una sola imperfección, sin celulitis, sin marcas. La piel, todavía húmeda, brillaba bajo la luz.
Se giró ligeramente, buscando algo en la estantería del pasillo, y entonces la vi de perfil. Sus pechos colgaban con un peso natural, grandes, llenos, perfectamente proporcionados, con los pezones oscuros y erectos por el contraste del agua. El vientre era plano, con una ligera curva suave, y más abajo, el triángulo oscuro de su vello púbico, espeso, descuidado, salvaje. Era el único detalle que rompía la perfección de su cuerpo. El único recordatorio de que hacía tiempo que no se preocupaba por mostrarse a nadie.
Y entonces me di cuenta.
Laura tenía el mismo tipo de cuerpo. Las mismas caderas anchas, la misma cintura marcada, el mismo pecho generoso. No era que Laura se pareciera a mi madre. Era que yo, sin saberlo, había estado buscando a mi madre en Laura. Había idealizado a una compañera de clase porque su cuerpo me recordaba al cuerpo que había visto crecer, al cuerpo que me había abrazado, al cuerpo que ahora tenía delante, desnudo, vulnerable, increíblemente hermoso.
Mi polla empezó a ponerse dura dentro del pantalón.
Fue una reacción instintiva, imposible de controlar. Mi cerebro había procesado lo que veía, lo había clasificado como "mujer atractiva", y mi cuerpo había respondido antes de que mi mente racional pudiera intervenir. Miré hacia abajo, vi el bulto formándose en mi pantalón, y sentí una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo gestionar.
Levanté la vista de nuevo. Ella seguía allí, de espaldas a mí, pasándose la toalla por el pelo. Sus pechos se balanceaban ligeramente con el movimiento, y yo no podía dejar de mirarlos. Imaginé cómo se sentirían en mi mano, cómo pesarían, cómo sería tenerlos cerca de mi cara.
El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a oírme. Pero ella no se giró. Terminó de secarse, se envolvió en la toalla, y se fue a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé en el salón, inmóvil, con la erección evidente bajo el pantalón, la respiración agitada, la mente hecha un lío. Había visto a mi madre desnuda. Me había excitado viéndola. Y había descubierto que Laura, la chica que creía desear, era solo un reflejo de lo que realmente quería.
Necesitaba aliviarme. Me levanté, fui al baño, y me encerré. Me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, me senté en el borde de la bañera, y agarré mi polla con la mano. Estaba tan dura que dolía. Empecé a masturbarme con la imagen de su cuerpo grabada en la retina. Sus pechos. Sus caderas. Su culo. El triángulo oscuro de su vello. La forma en que la luz se reflejaba en su piel húmeda.
No tardé nada. Sentí cómo el orgasmo se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se tensaba, y entonces el primer chorro de semen salió disparado, caliente, espeso, manchando mi mano, mi muslo, el borde blanco de la bañera. Seguí masturbándome, sintiendo cómo los siguientes chorros salían más débiles, hasta que no quedó nada.
Y entonces, en el silencio que siguió, oí un ruido.
La puerta del baño estaba abierta.
Levanté la vista, y allí estaba ella.
Mi madre, en la puerta, con la toalla aún puesta, mirándome. Su mirada recorrió la escena: yo sentado en el borde de la bañera, los pantalones bajados, la polla aún medio erecta en mi mano, el semen fresco en mi muslo y en la bañera. Su expresión pasó de la sorpresa a algo que no supe identificar.
—Mamá... —dije, con la voz rota.
Ella no dijo nada. Se quedó allí, mirándome, durante lo que pareció una eternidad. Luego, muy despacio, cerró la puerta.
Pero no se fue. Se quedó al otro lado, apoyada contra la madera. Y oí su respiración, agitada, irregular, mezclándose con la mía a través de la puerta cerrada.
Me quedé allí, sentado en el borde de la bañera, con la polla aún medio erecta en la mano, el semen secándose en mi muslo, y la certeza de que ella lo había visto todo. La puerta estaba abierta. Había estado abierta todo el tiempo. Y ella había estado ahí, mirando.
Pasaron segundos. Minutos. No lo sé.
Luego, oí sus pasos alejándose.
Exhalé el aire que había estado conteniendo. Me limpié como pude con papel higiénico, me subí los pantalones, y salí del baño. El pasillo estaba vacío. La puerta de su habitación, cerrada.
Fui a mi cuarto y me tumbé en la cama, mirando el techo, sintiendo cómo la vergüenza me envolvía como una manta húmeda. La había visto desnuda. Me había masturbado pensando en ella. Y ella me había pillado, con la polla en la mano, diciendo su nombre. No podía haber vuelta atrás después de eso.
Pasó una hora. Dos. No salí de mi cuarto. No oí ningún ruido del otro lado. El piso estaba en silencio, como si los dos estuviéramos esperando a que el otro hiciera algo.
Entonces, oí unos golpes suaves en mi puerta.
—¿Carlos?
Su voz sonaba diferente. Más baja. Más insegura.
—Sí.
—¿Puedo entrar?
Dudé un momento. Luego, con la voz ronca, dije:
—Sí.
La puerta se abrió y ella entró. Llevaba puesto el albornoz claro, el pelo aún húmedo, recogido en un moño. Tenía los ojos un poco rojos, pero no parecía triste. Parecía... no sé. Pensativa. Se sentó en el borde de mi cama, sin mirarme, y se quedó en silencio.
—Mamá...
—Te he visto —dijo, sin rodeos—. En el baño. Te he visto todo.
—Lo sé.
—Y he oído lo que decías.
Cerré los ojos. No recordaba haber dicho nada en voz alta. Pero ella lo había oído. Sabía.
—Decías mi nombre —continuó—. Cuando te estabas corriendo, decías "mamá".
No había nada que decir. No había excusa. Asentí, y esperé el golpe.
Pero no llegó.
—Supongo que esto nos deja en empate —dijo, con un tono que no esperaba.
Levanté la vista, confuso.
—¿Cómo?
—Tú me viste a mí la otra noche. Y yo te he visto a ti ahora. Y aunque tú me viste a mí desnuda esta mañana. Estamos en paz.
—¿En paz?
—Sí. Los dos hemos visto cosas que no deberíamos. Los dos hemos hecho cosas que no deberíamos. Estamos empatados.
Me quedé mirándola, sin saber muy bien si hablaba en serio o estaba bromeando. Pero entonces vi la pequeña sonrisa que se dibujaba en la comisura de sus labios, y no pude evitar esbozar una yo también.
—¿Te parece gracioso? —pregunté.
—Un poco, sí. Quiero decir, de todas las formas en las que imaginaba que sería este sábado, desde luego no esperaba pillar a mi hijo masturbándose en el baño pensando en mí.
—Mamá...
—¿Qué? Es la verdad. Y si no podemos reírnos de esto, vamos a pasarlo muy mal.
Suspiré, pero la sonrisa no se me iba de la cara. Tenía razón. Si nos tomábamos aquello demasiado en serio, la vergüenza nos iba a consumir.
—¿Sabes qué? —dijo, después de un rato—. Tu padre la tenía igual que tú.
—¿El qué?
—La polla. Del mismo tamaño, misma forma. Hasta eso has heredado de él.
—Mamá...
—Es un cumplido, tonto. Tu padre no tenía nada de lo que avergonzarse en ese aspecto.
Negué con la cabeza, riéndome por dentro. Solo mi madre podía convertir una situación como aquella en una conversación sobre el tamaño de la polla de mi padre.
—Hablando de papá —dije, y ella levantó una ceja—. Le tengo envidia, ¿sabes?
—¿Envidia? ¿De tu padre?
—Sí. Por haber conseguido a una mujer como tú.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué quieres decir?
—Que era un tío con suerte. Y que yo, en cambio... bueno, ya has visto. Ni Laura, ni nada. Me quedé solo.
—No estás solo.
—Ya lo sé. Pero no es lo mismo.
Se hizo un silencio. Largo. Pero no incómodo. Era un silencio compartido, de esos en los que no hace falta hablar.
—Mira —dijo ella, al fin—. Lo de esta mañana ha sido... raro. Muy raro. Pero no quiero que te sientas avergonzado. Ni culpable. Eres un chico de diecinueve años con hormonas alborotadas. Es normal que tengas fantasías. Incluso si esas fantasías son conmigo.
—¿No te parece mal?
—No lo sé. Pero tampoco quiero juzgarte. Ni a ti ni a mí.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora —dijo, levantándose—, ahora vamos a comer, vemos una película, y fingimos que esto no ha pasado. O que ha pasado, pero no le damos más importancia de la que tiene. Ya veremos qué pasa mañana.
—¿Y si quiero que pase algo más?
Ella se detuvo en la puerta y me miró. Durante un largo rato, no dijo nada. Luego, muy despacio, esbozó una sonrisa.
—Entonces hablaremos.
Y se fue, dejándome solo en la cama, con la mente más tranquila pero el cuerpo más revuelto que nunca.
Pasaron varios días desde aquella conversación. No volvimos a hablar de lo del baño, pero algo había cambiado. Ella ya no se escondía para cambiarse. Yo ya no apartaba la mirada cuando la veía en ropa interior. Había una complicidad nueva, un entendimiento tácito de que lo que había pasado estaba ahí, entre nosotros, y que ninguno de los dos tenía intención de fingir que no existía.
Pero no pasaba nada más. Nos movíamos en ese limbo de miradas y roces, esperando a que alguien diera el siguiente paso sin atreverse a darlo.
Hasta que una noche, en la ducha, me encontré un bulto.
Fue al enjabonarme. Mis dedos rozaron algo en mi testículo izquierdo, una pequeña protuberancia que no había notado antes. Al principio pensé que era imaginación mía, pero palpé con más cuidado y allí estaba: un bulto pequeño, duro, justo en la parte superior del testículo.
El corazón me dio un vuelco.
Salí de la ducha chorreando, me sequé a toda prisa, y me tumbé en la cama a palparme con más calma. Sí, estaba ahí. No dolía, pero estaba ahí. Y en mi cabeza, todas las alarmas se dispararon. Cáncer de testículo. Tumores. Quimioterapia. Todo lo peor.
Pasé la noche en vela, dándole vueltas. Al día siguiente, durante el desayuno, ella notó que algo me pasaba.
—¿Qué tienes? —preguntó, dejando la taza de café—. Llevas toda la mañana en silencio.
—Nada.
—Carlos.
Suspiré. Dejé la cuchara y la miré.
—Creo que tengo un bulto. En el testículo.
Su expresión cambió al instante. Dejó la taza, se sentó a mi lado, y me puso una mano en el brazo.
—¿Un bulto? ¿Desde cuándo?
—Me lo encontré anoche. En la ducha.
—¿Te duele?
—No.
—¿Has ido al médico?
—Todavía no. Acabo de encontrármelo.
Asintió, procesando la información. Luego, con una calma que me sorprendió, dijo:
—Tienes que ir al médico. Pero mientras tanto, déjame verlo.
—¿Cómo?
—Que me dejes verlo. Para saber si es algo que deba preocuparme o no. He visto muchos bultos en mi vida, Carlos. Los de tu padre, los míos. A veces son solo quistes, cosas sin importancia.
—Mamá...
—No seas tímido. Después de todo lo que ha pasado, ¿me vas a decir que te da vergüenza que te vea las pelotas?
Solté una risa nerviosa. Tenía razón. Después de lo del baño, después de lo del pasillo, después de todo, que me viera los testículos era casi irrelevante.
—Vale —dije.
Me levanté, fui a mi cuarto, y me bajé los pantalones y los calzoncillos. Me tumbé en la cama, con las piernas ligeramente abiertas, esperando. Ella entró un momento después, cerró la puerta, y se sentó en el borde de la cama.
—Tranquilo —dijo—. Solo voy a mirar.
Sus dedos rozaron mi muslo, y sentí un escalofrío. Luego, con una suavidad que me sorprendió, cogió mi escroto con una mano y empezó a palparlo con la otra. Sus dedos recorrían la superficie, buscando el bulto, presionando ligeramente aquí y allá.
—¿Aquí? —preguntó, encontrando la protuberancia.
—Sí.
Palpó con más cuidado, rodeando el bulto con los dedos, evaluando su tamaño, su consistencia.
—Es pequeño —dijo—. Y se mueve. No está pegado al testículo. Eso es buena señal.
—¿Significa que no es cáncer?
—No significa nada. Solo un médico puede decirlo. Pero tiene buena pinta.
Siguió palpando, y yo sentía cómo su mano se movía, cómo sus dedos exploraban, cómo su pulgar rozaba la base de mi polla cada vez que se desplazaba. Y entonces, para mi horror, empecé a notar cómo la sangre se movía.
—Mamá... —dije, con la voz estrangulada.
—¿Qué?
—Para.
Ella levantó la vista, y vio lo mismo que yo estaba sintiendo. Mi polla, que hasta hacía un momento estaba flácida, empezaba a despertarse, a crecer, a levantarse lentamente hacia el techo.
—Oh —dijo ella, sin soltarme.
—Lo siento. No puedo evitarlo.
—Tranquilo. Es normal. Es una reacción física.
Pero no retiró la mano. Se quedó allí, con los dedos aún alrededor de mi escroto, mirando cómo mi polla se ponía firme, cómo se elevaba, cómo quedaba completamente erecta, apuntando hacia arriba, rozando casi su brazo.
—Mamá... —dije, sin saber qué más decir.
Ella me miró. Luego, muy despacio, deslizó la mano desde mi escroto hasta la base de mi polla. La rodeó con los dedos, sintiendo el calor, la dureza, el latido de la sangre bajo la piel.
—¿Duele? —preguntó.
—No.
—¿Te molesta?
—No.
Asintió, como si estuviera confirmando algo. Luego, sin decir nada, empezó a mover la mano.