Carlos y la Viuda de su Madre Vanessa - Capítulos 001 al 002

heranlu

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Me llamo Carlos. Tengo diecinueve años, estudio Económicas Empresariales en la universidad de la ciudad, y vivo con mi madre.

Sé que suena a tópico. El hijo que se queda en casa de la madre porque la universidad está cerca, porque el alquiler está por las nubes, porque total, ya me iré cuando termine la carrera. Pero no es solo eso. Me quedé porque ella me necesitaba. Y yo la necesitaba a ella.

Mi padre murió hace dos años.

Un conductor borracho se lo llevó por delante en un semáforo. Mi madre y él habían discutido esa noche. Él salió furioso, cogió el coche, y cinco minutos después un camión de la muerte, con el doble de alcohol en sangre del permitido, lo mató en el acto.

No voy a entrar en los detalles de la discusión ahora. Eso es cosa de ellos, de ella, de la culpa que arrastra desde entonces. Lo que importa es que, desde aquella noche, mi madre y yo nos volvimos inseparables. No por obligación. Por necesidad. Porque cuando pierdes al pilar de la familia, los que quedáis os agarráis el uno al otro para no caeros.

Ella se llama Vanessa. Tiene cuarenta y dos años, aunque aparenta menos. Es morena, de ojos verdes, con el pelo largo y ondulado que a veces se recoge en un moño cuando trabaja. No es una mujer delgada, de esas que parecen salidas de una revista de moda. Es más bien... generosa. Caderas anchas, cintura marcada, un pecho que siempre ha llamado la atención aunque ella intente disimularlo con jerséis holgados y camisetas sin forma. Tiene ese tipo de cuerpo que algunas mujeres odian y otros hombres no pueden dejar de mirar. Yo crecí viéndola, así que para mí siempre fue solo mi madre. Hasta hace poco.

Pero no voy a adelantarme.

Un día normal empieza con el despertador a las siete y media. Me levanto, me ducho, me visto, y salgo a la cocina. Ella ya está allí, casi siempre. Mi madre madruga aunque no tenga que ir a ninguna oficina. Trabaja desde casa, haciendo contabilidad para varias empresas, y dice que las mañanas son su momento más productivo.

—Buenos días, dormilón —dice sin mirarme, removiendo el café.

—Buenos días.

Me siento en la mesa y ella me pone un plato delante. Tostadas con tomate y aceite, un vaso de zumo de naranja, el café ya servido. Todos los días igual. Todos los días me mira mientras desayuno, con una sonrisa que es mitad orgullo, mitad ternura.

—¿Tienes clase a las nueve?

—A las nueve y media. Microeconomía.

—¿Y qué tal llevas esa asignatura?

—Bien. El profesor es un coñazo, pero se entiende.

Ella asiente, se sienta enfrente con su taza de café, y me mira un rato en silencio. Es una mirada que he visto mil veces, pero que nunca termino de descifrar. No es solo una madre mirando a su hijo. Hay algo más, algo que no sé poner en palabras.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada. Que estás muy guapo hoy.

—Mamá...

—¿Qué? No puedo decirle a mi hijo que está guapo?

Ruedo los ojos, pero sonrío. Es su manera de ser. Siempre ha sido cariñosa, siempre ha dicho lo que piensa. Desde que papá murió, si cabe, lo es más. Como si necesitara asegurarse de que estoy bien, de que sigo aquí, de que no me voy a ir.

Termino de desayunar, recojo mi mochila, y me despido con un beso en la mejilla. Ella huele a su crema de siempre, a café, a algo limpio y cálido que asocio con la infancia.

—Que tengas buen día —dice.

—Tú también.

Salgo del piso y camino hacia la universidad. Son veinte minutos a pie, tiempo suficiente para despejar la mente. El barrio es tranquilo, de esos con árboles en las aceras y tiendas de toda la vida. Conozco cada esquina, cada banco, cada farola. He vivido aquí desde que tengo memoria.

Las clases transcurren sin novedad. Apunto apuntes, hago preguntas, finjo que me importa más de lo que realmente me importa. A las dos, salgo y vuelvo a casa. Ella ya ha preparado la comida. Siempre está lista cuando llego.

—¿Qué hay?

—Lentejas. Y de segundo, pollo al horno.

—Perfecto.

Comemos juntos, hablando de tonterías. Me cuenta que ha tenido una videollamada con un cliente, que el programa de contabilidad le ha dado un error, que el vecino del quinto ha vuelto a poner la música alta. Son conversaciones sin importancia, pero son nuestras. Son el pegamento que nos mantiene unidos.

Después de comer, ella se sienta en el sofá con el portátil y yo me tumbo a su lado con el móvil. A veces vemos algo en la tele. A veces no. A veces solo estamos, cada uno en lo suyo, pero sintiendo la presencia del otro.

—¿Tienes mucha tarea? —pregunta.

—No mucho. Un par de horas de estudio y ya.

—Podríamos ver una película esta noche.

—¿Cuál?

—No sé. Una de esas que te gustan a ti. De acción.

Sonrío. A ella no le gustan las películas de acción, pero las ve conmigo porque sabe que me gusta compartirlas con ella. Es su manera de decirme que le importo.

—Vale —digo—. Elige tú.

—No, elige tú. Total, me dormiré a los veinte minutos.

Me río. Es verdad. Siempre se duerme. Pero no me importa. Me gusta tenerla ahí, aunque esté dormida, aunque respire profundamente con la cabeza apoyada en mi hombro.

Así son nuestros días. Rutinarios, tranquilos, predecibles. Y yo los quiero así. Porque después de la muerte de mi padre, lo único que quería era que todo fuera normal. Que nada cambiara. Que ella siguiera aquí, conmigo, a salvo.

Pero las cosas cambian. Aunque no quieras. Aunque no las veas venir.

Y lo que estaba a punto de pasar entre nosotros iba a cambiarlo todo.

Fue un jueves cualquiera, de esos en los que todo se tuerce. Yo llevaba una semana encerrado preparando un examen de Macroeconomía que tenía al día siguiente, y mi madre había tenido un problema con un cliente que no le había mandado la documentación hasta las diez de la noche. Los dos estábamos en casa, cada uno en lo suyo, pero los dos despiertos mucho más tarde de lo normal.

—¿Sigues despierto? —me preguntó desde el salón, pasadas las doce.

—Sí. Estudiando. ¿Tú?

—Trabajando. El cliente este me va a matar.

Sonreí en la oscuridad de mi habitación. Era una sensación extraña, saber que ella estaba ahí, al otro lado del pasillo, igual de desvelada que yo. Como si compartiéramos algo, aunque fuera el cansancio.

Sobre la una y media cerré los apuntes. Estaba tan fundido que ya no me entraba nada. Salí al salón y me la encontré en el sofá, con el portátil en el regazo, los ojos rojos de mirar la pantalla.

—¿Terminaste? —pregunté.

—Ya. Por fin. Mañana lo reviso y lo mando.

Cerró el portátil, se estiró, y soltó un bostezo que le desencajó la mandíbula.

—Estoy destrozada —dijo.

—Yo también. Mañana va a ser un día duro.

—Pues a la cama. Mañana más.

Nos deseamos buenas noches y cada uno se fue a su habitación. Pero ninguno de los dos durmió bien. Yo di vueltas en la cama repasando mentalmente fórmulas y gráficos, y sé que ella también se desveló, porque oí la tele encendida en su cuarto hasta tarde.

El viernes fue exactamente como esperábamos: una mierda. El examen me salió regular, no mal, pero tampoco bien. Ella pasó el día corrigiendo informes y llamando a clientes. Cuando llegué a casa a mediodía, la encontré con el mismo gesto de cansancio que yo llevaba en la cara.

—¿Qué tal el examen? —preguntó mientras comíamos.

—Regular. Aprobado, pero sin nota.

—Ya habrá más.

—Sí. ¿Y tu cliente?

—Resuelto. Pero me ha tenido todo el día.

—Pues esta noche descansamos. Cena temprano, peli, y a dormir.

Asintió, y vi una sonrisa pequeña, de esas que se le escapan cuando está demasiado cansada para fingir que está bien.

Cenamos temprano, sobre las ocho y media. Después recogimos la cocina y nos sentamos en el sofá. Ella cogió el mando y empezó a hacer zapping.

—¿Qué vemos? —preguntó.

—Lo que tú quieras. Hoy eliges tú.

—¿En serio?

—Sí. Una de las tuyas. Es viernes.

Me miró con esa mezcla de sorpresa y cariño que siempre se le escapaba cuando hacía algo que no esperaba. Puso una película romántica de los ochenta, de esas que había visto mil veces y que sabía de memoria. Yo me tumbé a su lado, ella se recostó contra el reposabrazos, y los dos nos envolvimos en el silencio cómodo de la noche.

Llevaba el pijama de siempre: pantalón gris de franela y camiseta blanca. Ella un conjunto azul claro, también de franela, holgado, cómodo. El tipo de ropa que usas cuando no esperas que nadie te vea.

A los veinte minutos, los dos estábamos dormidos.

No sé exactamente cuándo pasó. En algún momento de la madrugada, mientras la película seguía sonando en la tele, nuestros cuerpos se movieron por inercia. Ella se había deslizado hacia abajo en el sofá, buscando una postura más cómoda, y había terminado con la cabeza apoyada en mi regazo. Yo, sin ser consciente, había dejado caer el brazo sobre ella, la mano descansando sobre su pecho.

Así nos encontró la noche.

Debían de ser las dos de la madrugada cuando ella se movió ligeramente. No sé si se despertó o si fue solo un movimiento mientras dormía. Solo sé que, al girarse, su mejilla se apretó contra mi muslo y su boca quedó a un centímetro de mi paquete.

Yo dormía profundamente. Soñaba con una compañera de clase, Laura, con la que había estado hablando esa semana. En el sueño estábamos en la biblioteca, ella se inclinaba sobre la mesa para enseñarme algo, y yo notaba su olor, su calor, su cuerpo cerca del mío. Era un sueño confuso, de esos que te dejan una sensación extraña al despertar.

No sé cuánto tiempo pasó. Pero en algún momento, mi cuerpo reaccionó al sueño, al calor, a la cercanía. Empecé a ponerme duro dentro del pijama. Primero poco a poco, luego completamente, la tela gris levantándose, formando un bulto evidente.

Y entonces ella se movió otra vez.

Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero fue suficiente. Su boca, que antes estaba a un centímetro de distancia, ahora presionaba directamente contra mi polla a través de la franela del pijama.

Me desperté de golpe.

Durante un par de segundos no supe dónde estaba. Parpadeé, confuso, intentando orientarme en la penumbra del salón. La tele seguía encendida, la película había terminado y ahora sonaba un programa de madrugada. Y entonces lo sentí.

El calor de su aliento a través de la tela. La presión de su boca contra mi polla. La erección, dura, evidente, imposible de ocultar.

El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a despertarla. No me atrevía a moverme. Cualquier movimiento en falso haría que su boca se presionara más contra mí, o que ella se despertara y viera la situación. Intenté retirar la mano de su pecho con cuidado, milímetro a milímetro, pero en ese momento ella se movió de nuevo, reajustando la postura, y su boca presionó más firmemente contra mi erección.

Contuve la respiración.

Ella se quedó quieta. Yo también. Durante unos segundos eternos, ninguno de los dos se movió. Y entonces, lentamente, ella abrió los ojos.

Levantó la cabeza, confusa, y vio dónde estaba su boca. Vio el bulto en mi pijama. Vio mi cara, pálida, los ojos abiertos, el miedo y la vergüenza escritos en cada rasgo.

—Carlos... —dijo, con la voz rota, medio dormida, medio horrorizada.

—Mamá, yo...

No supe qué decir. No había nada que decir. No había excusa. No había explicación.

Ella se incorporó lentamente, apartándose, llevándose una mano a los labios. Me miró, y en sus ojos vi una mezcla de confusión, de vergüenza, de algo más que no supe identificar.

—Lo siento —dije—. Estaba dormido. No...

—Lo sé —dijo ella, con la voz temblorosa—. Lo sé.

Se levantó, sin mirarme, y se fue hacia su habitación. La puerta se cerró con un clic suave, y yo me quedé allí, sentado en el sofá, con la erección bajando lentamente, sintiendo que algo entre nosotros acababa de cambiar para siempre.

Me quedé solo en el salón, con la tele encendida y la erección bajando lentamente. Durante un rato no me moví. No podía. La imagen de su boca presionando contra mi pijama, el momento en que abrió los ojos, su expresión de confusión y vergüenza... todo eso daba vueltas en mi cabeza como un bucle del que no podía salir.

Finalmente me levanté, apagué la tele, y fui a mi habitación. Eran casi las tres de la mañana. Estaba agotado, pero cuando me tumbé en la cama, el sueño no llegó. Mi mente no paraba de darle vueltas a lo que había pasado.

Fue un accidente, me dije a mí mismo. Los dos estábamos dormidos. Ella se movió, yo me moví, y pasó. No hay intención, no hay nada raro. Mañana se lo explico. Le digo que estaba soñando con Laura, que fue una reacción física sin más, que no significaba nada.

Pero cuanto más lo repetía, menos me lo creía.

Llevaba así un rato, dando vueltas en la cama, cuando empecé a oír ruidos desde la habitación de mi madre. Al principio pensé que era imaginación mía, pero me concentré y los oí más claros. Eran como sollozos, ahogados, como cuando alguien intenta llorar en silencio para que no lo oigan.

Mi madre lloraba muchas noches. Desde que mi padre murió, se había convertido en algo casi rutinario. A veces la oía desde mi cuarto, y otras veces la encontraba al día siguiente con los ojos rojos, fingiendo que no había pasado nada. Pero esta noche era diferente. Esta noche, los sollozos sonaban distintos. Más rítmicos. Más... no sé. Extraños.

Me levanté sin hacer ruido. Crucé el pasillo descalzo, y me paré frente a su puerta, que estaba entreabierta. Los sonidos eran más claros ahora. No eran sollozos. Eran jadeos. Respiración entrecortada, acelerada, acompañada de un movimiento rítmico que no podía ser otra cosa.

Empujé la puerta con cuidado, solo un par de centímetros, y miré.

Mi madre estaba tumbada boca arriba en su cama, con las piernas abiertas y flexionadas, las rodillas apuntando al techo. Llevaba el mismo pijama azul de antes, pero el pantalón estaba bajado hasta los muslos, dejando al descubierto sus caderas, su vientre, y su mano, que se movía rítmicamente entre sus piernas. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y su respiración era rápida, superficial, como la de alguien que está a punto de llegar.

Me quedé paralizado. No era la primera vez que veía a mis padres teniendo sexo. Los había pillado varias veces cuando llegaba antes de tiempo a casa, o cuando pasaba por delante de su habitación y la puerta no estaba bien cerrada. Pero eso era diferente. Eran ellos dos, juntos, riéndose, disfrutando. Esto era ella sola, en su cama, dos años después de la muerte de mi padre, con la mano entre las piernas y los ojos cerrados.

Y yo sabía, en algún lugar de mi mente, que lo que la había llevado hasta allí era lo que había pasado en el sofá.

En ese momento, ella abrió los ojos.

Nuestras miradas se encontraron a través de la rendija de la puerta. Durante una fracción de segundo, ninguno de los dos se movió. Luego, ella dio un respingo, apartó la mano como si le hubiera quemado, y se incorporó de golpe, tirando de las sábanas para cubrirse.

—¡Carlos! —dijo, con la voz entrecortada—. No es lo que parece. Yo... estaba...

—Tranquila —dije, sin entrar—. No pasa nada.

—No, no, espera. No te vayas.

Aparté la mano del pomo, pero no cerré del todo. Me quedé en el pasillo, sin saber qué hacer. Oía su respiración agitada, el roce de las sábanas mientras se cubría, el silencio incómodo que se instaló entre nosotros.

—Carlos —dijo, desde dentro—. Entra. Por favor.

Dudé un momento. Luego empujé la puerta y entré.

Ella se había sentado en la cama, con las sábanas subidas hasta el pecho, el pelo revuelto, la cara roja. Tenía los ojos brillantes, pero no de lágrimas. De vergüenza. De confusión.

—Siéntate —dijo, señalando el borde de la cama.

Me senté. No sabía dónde mirar. La habitación olía a ella, a su crema, a algo más que no supe identificar.

—Mira —empezó, sin mirarme a los ojos—. Lo del sofá... fue un accidente. Los dos estábamos dormidos. No significa nada.

—Lo sé.

—Y esto... —señaló la cama, a sí misma—. Esto no tiene nada que ver. Bueno, sí, tiene que ver, pero no como tú piensas.

—Mamá...

—Déjame terminar. Lo que pasó en el sofá me recordó a tu padre. La sensación de tener a alguien cerca, el calor, el peso de tu mano... y no pude evitarlo. Necesitaba... no sé. Sentir algo. Pero no tiene nada que ver contigo. Bueno, sí tiene que ver, pero no de esa manera. No sé explicarlo.

La miré. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, y estaba haciendo un esfuerzo enorme por no echarse a llorar.

—Mamá —dije, con voz tranquila—. No pasa nada.

—¿Cómo que no pasa nada? Me has pillado...

—Te he pillado haciéndote una paja. Y qué. Eres una mujer de cuarenta y dos años con las mismas necesidades que cualquier mujer de cuarenta y dos años. No tiene nada de malo.

—Pero...

—No hay pero. Papá murió hace dos años. No has estado con nadie desde entonces. Es normal que tengas ganas. Es normal que necesites... aliviarte.

Ella me miró, y vi cómo sus hombros se relajaban ligeramente.

—¿De verdad no te parece raro?

—Un poco, sí. Pero no malo. Solo raro. Y se nos pasará.

Se quedó en silencio un momento, procesando mis palabras. Luego soltó una risa nerviosa, corta, como si no supiera muy bien si debía reírse o no.

—Eres muy parecido a tu padre, ¿lo sabías?

—Me lo dices a menudo.

—Porque es verdad. La misma forma de hablar, la misma calma, la misma manera de quitarle importancia a las cosas.

Sonreí. No sabía qué más decir. Me levanté, fui hacia la puerta, y antes de salir, me giré.

—Anda, vete a la cama. Termina lo que estabas haciendo y duérmete.

Se quedó mirándome, con los ojos abiertos de par en par. Luego, una sonrisa se abrió paso entre la vergüenza, una sonrisa pequeña, cómplice, que iluminó su cara.

—Eres igual que él —dijo.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, Carlos.

Salí y cerré la puerta. Desde el pasillo, oí cómo se tumbaba de nuevo, y después, el silencio. No supe si había seguido o no. Pero no me importaba. Le había dado permiso. Le había dicho que no pasaba nada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que había hecho lo correcto.

Me desperté al día siguiente con la sensación de que todo había sido un sueño. Durante unos segundos, mientras la luz del sol se colaba por la persiana, pensé que lo del sofá, lo de su habitación, todo, había sido producto de mi imaginación. Pero entonces oí su voz desde la cocina, y supe que no.

—¿Carlos? ¿Estás despierto?

—Sí —dije, con la voz ronca.

—Baja a desayunar.

Me levanté, me vestí, y salí al pasillo. Ella estaba en la cocina, de espaldas a mí, preparando café. Llevaba un vestido ligero, de esos de verano, blanco con flores pequeñas, y el pelo recogido en una coleta. Cuando me oyó llegar, se giró, y vi en su cara una mezcla de nervios y vergüenza que no supe cómo interpretar.

—Buenos días —dijo, sin mirarme del todo.

—Buenos días.

Me senté en la mesa y ella puso el café delante de mí, como siempre. Pero esta vez no se sentó enfrente. Se quedó de pie, apoyada en la encimera, jugando con los bordes de su taza.

—Carlos... —empezó.

—Mamá, si es por lo de anoche...

—Sí, es por lo de anoche.

Suspiré. Dejé la taza y la miré.

—Siéntate, por favor.

Obedeció. Se sentó enfrente de mí, y por primera vez desde que había entrado en la cocina, me miró a los ojos.

—Mira —dije—. Anoche te dije que no pasaba nada, y lo decía en serio. No tienes que sentirte avergonzada. No tienes que darme explicaciones. Lo del sofá fue un accidente. Lo de tu cuarto... es normal. Eres una mujer adulta. Tienes necesidades. No hay nada de malo en ello.

—Lo sé. Pero...

—No hay pero.

Ella bajó la mirada, y durante un rato se quedó en silencio. Luego, sin levantar la cabeza, dijo:

—Es que me recordaste a él.

—¿A papá?

Asintió.

—La forma en que estabas tumbado, el peso de tu mano, tu olor... Por un momento, cuando me desperté, pensé que era él. Que no había muerto. Que estábamos los dos en el sofá, como antes.

No supe qué decir. Me quedé mirándola, viendo cómo sus ojos se humedecían, cómo se mordía el labio para no llorar.

—Mamá...

—Lo sé. No eres él. Eres mi hijo. Pero a veces, cuando menos lo espero, veo un gesto, oigo una frase, y me parece que está aquí. Y anoche, con tu mano en mi pecho, sentí que volvía a tenerlo cerca.

—Mamá, yo no soy papá.

—Lo sé. Pero a veces desearía que lo fueras.

La frase quedó flotando en el aire, cargada de un significado que ninguno de los dos se atrevió a explorar. Ella se dio cuenta, y rápidamente cambió el tema.

—Tu padre y yo... —dijo, y se detuvo—. Nunca te lo he contado, pero teníamos una vida sexual muy activa. Casi todos los días. A veces más de una vez. Era algo nuestro, algo que nos unía, que nos mantenía conectados. Desde que él murió, no he vuelto a sentirme así. No he estado con nadie. No he querido.

—Mamá, no tienes que contarme esto.

—Lo sé. Pero necesito que alguien lo sepa. Necesito decirlo en voz alta. Tu padre y yo follábamos mucho. Y lo disfrutábamos. Y desde que se fue, una parte de mí se fue con él.

Me removí en la silla, incómodo. No era algo que quisiera escuchar, pero entendía que ella necesitaba decirlo. Así que me quedé callado, dejando que hablara.

—Anoche, cuando me desperté y sentí tu mano, recordé todo eso. Recordé cómo era tenerlo cerca, sentir su peso, su calor. Y no pude evitarlo. Necesitaba... aliviarme.

—Y lo hiciste. Y no pasa nada.

Ella me miró, y en sus ojos vi algo que no supe identificar. Agradecimiento, quizás. O alivio.

—Gracias —dijo—. Por no juzgarme. Por no salir corriendo.

—Para eso estamos, ¿no?

Sonrió, una sonrisa pequeña, frágil, pero sincera.

Después del desayuno, cada uno hizo su vida. Yo me puse a estudiar un rato, ella se sentó con el portátil en el salón. Pero había algo diferente en el aire. Una tensión que no existía antes, un conocimiento compartido que flotaba entre nosotros como el olor del café por la mañana.

Llegó la hora de comer. Hicimos pasta, ensalada, y comimos en la mesa de siempre, hablando de cosas sin importancia. Pero notaba que ella me miraba más de lo normal, y que sus ojos se detenían en mí un par de segundos más de la cuenta.

Hacía calor. Era mayo, y en la ciudad el calor ya empezaba a apretar. Después de comer, con el estómago lleno y el sol cayendo a plomo, los dos sentimos ese sopor que solo llega en los días de primavera avanzada.

—¿Nos echamos la siesta aqui en el salón con el aire acondicionado? —preguntó ella.

—Buena idea.

Nos tumbamos en el sofá, como tantas otras tardes. Pero esta vez, cuando ella se acomodó, lo hizo de una manera que me heló la sangre. Se tumbó de lado, apoyó la cabeza en mi regazo, y dobló ligeramente las piernas, adoptando exactamente la misma postura en la que se había despertado la noche anterior.

El corazón me dio un vuelco. Pero ella parecía tranquila, con los ojos cerrados, la respiración pausada. Su boca había quedado más alejada de mi paquete que la otra vez, a unos centímetros de distancia, pero el simple hecho de que hubiera elegido esa postura me tenía en tensión.

Cerré los ojos e intenté relajarme. Pero no podía. Mi mente volvía una y otra vez a la noche anterior, a la sensación de su boca presionando contra mi pijama, al calor de su aliento a través de la tela. Y entonces, cuando decidí pensaren otra cosa, como si mi cerebro hubiera decidido torturarme, empecé a pensar en Laura.

Laura era una compañera de clase. Morena, el pelo largo, siempre con faldas cortas que dejaban ver sus piernas, o con mallas ajustadas que marcaban cada curva de su cuerpo. Cuando se sentaba a mi lado en clase, no podía evitar mirar de reojo cómo la tela se estiraba sobre sus muslos, cómo se le marcaba todo, hasta la forma de su coño. Estaba buenísima, con un cuerpazo de infarto, y yo llevaba meses deseándola en silencio.

Pensar en ella no ayudó. Al contrario. Empecé a notar cómo la sangre se movía, cómo mi polla empezaba a despertarse dentro del pantalón del chándal. Intenté pensar en otra cosa, en frío, en exámenes, en cualquier cosa que no fuera sexual. Pero era inútil. La imagen de Laura, combinada con el recuerdo de la noche anterior, estaba haciendo efecto.

Abrí los ojos y miré a mi madre. Seguía con los ojos cerrados, la respiración tranquila. Pero entonces, muy lentamente, sus párpados se movieron, y supe que estaba despierta.

—Carlos —dijo, entreabriendo los ojos—. ¿Estás...?

—No —dije, demasiado rápido—. No es lo que piensas.

—¿El qué?

—Esto. No es por ti. Es por... una compañera de clase. Laura. Estaba pensando en ella y...

—No tienes que explicarte.

—Pero quiero que sepas que no es por lo de anoche. No es por...

—Carlos.

Abrí la boca, pero no salió nada. Ella seguía con los ojos entreabiertos, pero una sonrisa pequeña se dibujaba en sus labios.

—Tranquilo —dijo—. No pasa nada.

Me quedé callado, con la erección evidente bajo su cabeza, sintiendo el calor de su cabeza en mi muslo. Y supe, en algún lugar de mi mente, que aquella situación no iba a ser la última.

Pasaron varios días desde la siesta. La rutina volvió a imponerse, pero había algo diferente en el aire. Ella me miraba más. Se sentaba más cerca. Sus roces duraban un segundo más de lo normal. Y yo, en lugar de apartarme, me quedaba quieto, dejando que ocurriera.

Pero fuera de casa, las cosas no iban tan bien.

Laura, la compañera de clase que me traía loco, la que siempre iba con faldas cortas y mallas ajustadas, la que ocupaba mis fantasías desde hacía meses, había empezado a salir con alguien. Y no con cualquiera. Con Pablo, mi mejor amigo de la universidad.

Me enteré un jueves, al salir de clase. Los vi juntos en la cafetería, riéndose, ella apoyada en su hombro, él con la mano en su cintura. No hacía falta ser muy listo para saber qué estaba pasando. Me quedé mirándolos un par de segundos, sentí cómo el estómago se me encogía, y salí de allí sin decir nada.

Los dos días siguientes fueron un infierno. En clase, tenía que verlos juntos, sentados al lado, cuchicheando, tocándose. Pablo me saludaba como siempre, sin saber que yo llevaba meses deseándola. Laura me sonreía, sin saber que cada una de sus sonrisas era un puñal en el pecho. Y yo tenía que fingir que todo estaba bien, que me alegraba por ellos, que no me importaba.

Llegué a casa el viernes por la tarde con la cabeza hecha un lío. Dejé la mochila en el pasillo, me tiré en la cama, y me quedé mirando el techo, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho como un nudo que no podía deshacer.

Oí la voz de mi madre desde el salón.

—¿Carlos? ¿Eres tú?

—Sí —dije, sin moverme.

—¿Te pasa algo?

—No.

Mentira. Y ella lo sabía. Siempre lo sabía.

La oí acercarse, y un momento después, su silueta apareció en la puerta de mi habitación. Me miró un momento, evaluando la situación, y luego entró sin pedir permiso. Se sentó en el borde de la cama, a mi lado, y puso una mano en mi hombro.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Carlos.

Suspiré. Cerré los ojos. Y las palabras empezaron a salir solas, como si hubieran estado esperando el momento justo para escaparse.

—Laura. La chica de clase. La que te dije. Está saliendo con Pablo.

—¿Pablo? ¿Tu amigo Pablo?

—Sí.

—Oh, Carlos...

—Llevo meses detrás de ella, mamá. Meses. Y nunca tuve valor para decirle nada. Y ahora resulta que mi mejor amigo, sin hacer nada, sin esforzarse, la ha conseguido. Y yo me he quedado solo. Como siempre.

La voz se me quebró al final, y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. Empezaron a caer, silenciosas, calientes, rodando por mis mejillas hasta perderse en la almohada.

Mi madre no dijo nada. Se tumbó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro, y me abrazó. Su brazo rodeó mi pecho, su cuerpo se pegó al mío, y durante un rato, los dos estuvimos en silencio, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida.

—No estás solo —dijo, al fin—. Me tienes a mí.

—No es lo mismo.

—Lo sé. Pero estoy aquí.

Su mano acarició mi pecho, un gesto de consuelo, de esos que una madre hace para calmar a su hijo. Pero la caricia se alargó. Su mano subió hasta mi cuello, luego hasta mi nuca, y empezó a masajear suavemente, con una lentitud que no era maternal. Era otra cosa.

—Mamá... —dije, sin saber muy bien qué estaba diciendo.

—Shhh —susurró ella—. Relájate.

Su cara estaba muy cerca de la mía. Podía sentir su aliento en mi mejilla, el calor de su cuerpo a través de la ropa. Sus dedos seguían masajeando mi nuca, y yo sentía cómo la tensión se disipaba, cómo mi cuerpo se relajaba bajo sus manos.

Entonces, muy despacio, ella giró la cabeza y me besó en la frente.

Fue un beso suave, cálido, de esos que una madre da a su hijo cuando quiere consolarlo. Pero se quedó allí un segundo más de lo normal. Luego otro beso, en la mejilla. Luego otro, más cerca de la comisura de los labios.

—Mamá... —repetí, pero esta vez mi voz sonó diferente. No era una advertencia. Era una pregunta.

Ella no respondió. Se limitó a apoyar su frente contra la mía, a cerrar los ojos, a respirar al mismo ritmo que yo. Y allí nos quedamos, inmóviles, sintiendo el calor del otro, la respiración compartida, la línea que se difuminaba entre lo que éramos y lo que podríamos llegar a ser.

—No tienes que hacer nada —dijo, al fin—. Solo déjame estar aquí. Contigo.

Y me quedé quieto, dejando que sus brazos me rodearan, que su calor me envolviera, que su presencia llenara el vacío que Laura había dejado en mi pecho. Sabía que aquello no era normal. Sabía que estábamos cruzando una línea. Pero en ese momento, con su cuerpo pegado al mío y su aliento en mi cuello, no me importaba.

Solo quería que no se fuera nunca.

Pasaron varios días desde aquella tarde en mi cama. No hablamos de lo que había pasado. Volvimos a la rutina, al desayuno, a las comidas, a las películas por la noche. Pero algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero lo notaba en la forma en que me miraba, en cómo su mano se demoraba un segundo más cuando me rozaba al pasar.

Fue un sábado por la mañana. Había estado en la biblioteca de la universidad repasando apuntes, pero me había ido antes de lo previsto porque no podía concentrarme. Llegué a casa, entré sin hacer ruido, y oí el agua corriendo en el baño. Ella se estaba duchando. Dejé la mochila en mi cuarto y me senté en el salón a esperar, con el móvil en la mano, sin prestarle atención.

El agua dejó de correr. Oí cómo abría la puerta del baño, y luego, el sonido de sus pasos descalzos en el pasillo.

Levanté la vista sin pensar, y me quedé helado.

Mi madre estaba en el pasillo, completamente desnuda, de espaldas a mí, secándose el pelo con una toalla. No me había visto. La luz de la mañana entraba por la ventana del salón, iluminando su silueta, y yo no podía apartar la mirada.

Sabía que debía mirar a otro lado. Sabía que estaba violando su intimidad, que aquello no estaba bien, que si me descubría, la vergüenza sería insoportable. Pero no podía. Mi cuerpo no respondía. Mis ojos se negaban a obedecer.

Era la primera vez que veía a mi madre completamente desnuda.

Su espalda era suave, con esa curva que baja desde los hombros hasta la cintura, marcando una silueta de reloj de arena que siempre había notado cuando llevaba vestidos ajustados, pero que nunca había visto al descubierto. La cintura se estrechaba, y luego las caderas se abrían en una curva generosa, redondeada, perfecta. Sus nalgas eran grandes, firmes, con una forma que cortaba la respiración, sin una sola imperfección, sin celulitis, sin marcas. La piel, todavía húmeda, brillaba bajo la luz.

Se giró ligeramente, buscando algo en la estantería del pasillo, y entonces la vi de perfil. Sus pechos colgaban con un peso natural, grandes, llenos, perfectamente proporcionados, con los pezones oscuros y erectos por el contraste del agua. El vientre era plano, con una ligera curva suave, y más abajo, el triángulo oscuro de su vello púbico, espeso, descuidado, salvaje. Era el único detalle que rompía la perfección de su cuerpo. El único recordatorio de que hacía tiempo que no se preocupaba por mostrarse a nadie.

Y entonces me di cuenta.

Laura tenía el mismo tipo de cuerpo. Las mismas caderas anchas, la misma cintura marcada, el mismo pecho generoso. No era que Laura se pareciera a mi madre. Era que yo, sin saberlo, había estado buscando a mi madre en Laura. Había idealizado a una compañera de clase porque su cuerpo me recordaba al cuerpo que había visto crecer, al cuerpo que me había abrazado, al cuerpo que ahora tenía delante, desnudo, vulnerable, increíblemente hermoso.

Mi polla empezó a ponerse dura dentro del pantalón.

Fue una reacción instintiva, imposible de controlar. Mi cerebro había procesado lo que veía, lo había clasificado como "mujer atractiva", y mi cuerpo había respondido antes de que mi mente racional pudiera intervenir. Miré hacia abajo, vi el bulto formándose en mi pantalón, y sentí una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo gestionar.

Levanté la vista de nuevo. Ella seguía allí, de espaldas a mí, pasándose la toalla por el pelo. Sus pechos se balanceaban ligeramente con el movimiento, y yo no podía dejar de mirarlos. Imaginé cómo se sentirían en mi mano, cómo pesarían, cómo sería tenerlos cerca de mi cara.

El corazón me latía tan fuerte que estaba seguro de que iba a oírme. Pero ella no se giró. Terminó de secarse, se envolvió en la toalla, y se fue a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé en el salón, inmóvil, con la erección evidente bajo el pantalón, la respiración agitada, la mente hecha un lío. Había visto a mi madre desnuda. Me había excitado viéndola. Y había descubierto que Laura, la chica que creía desear, era solo un reflejo de lo que realmente quería.

Necesitaba aliviarme. Me levanté, fui al baño, y me encerré. Me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, me senté en el borde de la bañera, y agarré mi polla con la mano. Estaba tan dura que dolía. Empecé a masturbarme con la imagen de su cuerpo grabada en la retina. Sus pechos. Sus caderas. Su culo. El triángulo oscuro de su vello. La forma en que la luz se reflejaba en su piel húmeda.

No tardé nada. Sentí cómo el orgasmo se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se tensaba, y entonces el primer chorro de semen salió disparado, caliente, espeso, manchando mi mano, mi muslo, el borde blanco de la bañera. Seguí masturbándome, sintiendo cómo los siguientes chorros salían más débiles, hasta que no quedó nada.

Y entonces, en el silencio que siguió, oí un ruido.

La puerta del baño estaba abierta.

Levanté la vista, y allí estaba ella.

Mi madre, en la puerta, con la toalla aún puesta, mirándome. Su mirada recorrió la escena: yo sentado en el borde de la bañera, los pantalones bajados, la polla aún medio erecta en mi mano, el semen fresco en mi muslo y en la bañera. Su expresión pasó de la sorpresa a algo que no supe identificar.

—Mamá... —dije, con la voz rota.

Ella no dijo nada. Se quedó allí, mirándome, durante lo que pareció una eternidad. Luego, muy despacio, cerró la puerta.

Pero no se fue. Se quedó al otro lado, apoyada contra la madera. Y oí su respiración, agitada, irregular, mezclándose con la mía a través de la puerta cerrada.

Me quedé allí, sentado en el borde de la bañera, con la polla aún medio erecta en la mano, el semen secándose en mi muslo, y la certeza de que ella lo había visto todo. La puerta estaba abierta. Había estado abierta todo el tiempo. Y ella había estado ahí, mirando.

Pasaron segundos. Minutos. No lo sé.

Luego, oí sus pasos alejándose.

Exhalé el aire que había estado conteniendo. Me limpié como pude con papel higiénico, me subí los pantalones, y salí del baño. El pasillo estaba vacío. La puerta de su habitación, cerrada.

Fui a mi cuarto y me tumbé en la cama, mirando el techo, sintiendo cómo la vergüenza me envolvía como una manta húmeda. La había visto desnuda. Me había masturbado pensando en ella. Y ella me había pillado, con la polla en la mano, diciendo su nombre. No podía haber vuelta atrás después de eso.

Pasó una hora. Dos. No salí de mi cuarto. No oí ningún ruido del otro lado. El piso estaba en silencio, como si los dos estuviéramos esperando a que el otro hiciera algo.

Entonces, oí unos golpes suaves en mi puerta.

—¿Carlos?

Su voz sonaba diferente. Más baja. Más insegura.

—Sí.

—¿Puedo entrar?

Dudé un momento. Luego, con la voz ronca, dije:

—Sí.

La puerta se abrió y ella entró. Llevaba puesto el albornoz claro, el pelo aún húmedo, recogido en un moño. Tenía los ojos un poco rojos, pero no parecía triste. Parecía... no sé. Pensativa. Se sentó en el borde de mi cama, sin mirarme, y se quedó en silencio.

—Mamá...

—Te he visto —dijo, sin rodeos—. En el baño. Te he visto todo.

—Lo sé.

—Y he oído lo que decías.

Cerré los ojos. No recordaba haber dicho nada en voz alta. Pero ella lo había oído. Sabía.

—Decías mi nombre —continuó—. Cuando te estabas corriendo, decías "mamá".

No había nada que decir. No había excusa. Asentí, y esperé el golpe.

Pero no llegó.

—Supongo que esto nos deja en empate —dijo, con un tono que no esperaba.

Levanté la vista, confuso.

—¿Cómo?

—Tú me viste a mí la otra noche. Y yo te he visto a ti ahora. Y aunque tú me viste a mí desnuda esta mañana. Estamos en paz.

—¿En paz?

—Sí. Los dos hemos visto cosas que no deberíamos. Los dos hemos hecho cosas que no deberíamos. Estamos empatados.

Me quedé mirándola, sin saber muy bien si hablaba en serio o estaba bromeando. Pero entonces vi la pequeña sonrisa que se dibujaba en la comisura de sus labios, y no pude evitar esbozar una yo también.

—¿Te parece gracioso? —pregunté.

—Un poco, sí. Quiero decir, de todas las formas en las que imaginaba que sería este sábado, desde luego no esperaba pillar a mi hijo masturbándose en el baño pensando en mí.

—Mamá...

—¿Qué? Es la verdad. Y si no podemos reírnos de esto, vamos a pasarlo muy mal.

Suspiré, pero la sonrisa no se me iba de la cara. Tenía razón. Si nos tomábamos aquello demasiado en serio, la vergüenza nos iba a consumir.

—¿Sabes qué? —dijo, después de un rato—. Tu padre la tenía igual que tú.

—¿El qué?

—La polla. Del mismo tamaño, misma forma. Hasta eso has heredado de él.

—Mamá...

—Es un cumplido, tonto. Tu padre no tenía nada de lo que avergonzarse en ese aspecto.

Negué con la cabeza, riéndome por dentro. Solo mi madre podía convertir una situación como aquella en una conversación sobre el tamaño de la polla de mi padre.

—Hablando de papá —dije, y ella levantó una ceja—. Le tengo envidia, ¿sabes?

—¿Envidia? ¿De tu padre?

—Sí. Por haber conseguido a una mujer como tú.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

—Que era un tío con suerte. Y que yo, en cambio... bueno, ya has visto. Ni Laura, ni nada. Me quedé solo.

—No estás solo.

—Ya lo sé. Pero no es lo mismo.

Se hizo un silencio. Largo. Pero no incómodo. Era un silencio compartido, de esos en los que no hace falta hablar.

—Mira —dijo ella, al fin—. Lo de esta mañana ha sido... raro. Muy raro. Pero no quiero que te sientas avergonzado. Ni culpable. Eres un chico de diecinueve años con hormonas alborotadas. Es normal que tengas fantasías. Incluso si esas fantasías son conmigo.

—¿No te parece mal?

—No lo sé. Pero tampoco quiero juzgarte. Ni a ti ni a mí.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora —dijo, levantándose—, ahora vamos a comer, vemos una película, y fingimos que esto no ha pasado. O que ha pasado, pero no le damos más importancia de la que tiene. Ya veremos qué pasa mañana.

—¿Y si quiero que pase algo más?

Ella se detuvo en la puerta y me miró. Durante un largo rato, no dijo nada. Luego, muy despacio, esbozó una sonrisa.

—Entonces hablaremos.

Y se fue, dejándome solo en la cama, con la mente más tranquila pero el cuerpo más revuelto que nunca.

Pasaron varios días desde aquella conversación. No volvimos a hablar de lo del baño, pero algo había cambiado. Ella ya no se escondía para cambiarse. Yo ya no apartaba la mirada cuando la veía en ropa interior. Había una complicidad nueva, un entendimiento tácito de que lo que había pasado estaba ahí, entre nosotros, y que ninguno de los dos tenía intención de fingir que no existía.

Pero no pasaba nada más. Nos movíamos en ese limbo de miradas y roces, esperando a que alguien diera el siguiente paso sin atreverse a darlo.

Hasta que una noche, en la ducha, me encontré un bulto.

Fue al enjabonarme. Mis dedos rozaron algo en mi testículo izquierdo, una pequeña protuberancia que no había notado antes. Al principio pensé que era imaginación mía, pero palpé con más cuidado y allí estaba: un bulto pequeño, duro, justo en la parte superior del testículo.

El corazón me dio un vuelco.

Salí de la ducha chorreando, me sequé a toda prisa, y me tumbé en la cama a palparme con más calma. Sí, estaba ahí. No dolía, pero estaba ahí. Y en mi cabeza, todas las alarmas se dispararon. Cáncer de testículo. Tumores. Quimioterapia. Todo lo peor.

Pasé la noche en vela, dándole vueltas. Al día siguiente, durante el desayuno, ella notó que algo me pasaba.

—¿Qué tienes? —preguntó, dejando la taza de café—. Llevas toda la mañana en silencio.

—Nada.

—Carlos.

Suspiré. Dejé la cuchara y la miré.

—Creo que tengo un bulto. En el testículo.

Su expresión cambió al instante. Dejó la taza, se sentó a mi lado, y me puso una mano en el brazo.

—¿Un bulto? ¿Desde cuándo?

—Me lo encontré anoche. En la ducha.

—¿Te duele?

—No.

—¿Has ido al médico?

—Todavía no. Acabo de encontrármelo.

Asintió, procesando la información. Luego, con una calma que me sorprendió, dijo:

—Tienes que ir al médico. Pero mientras tanto, déjame verlo.

—¿Cómo?

—Que me dejes verlo. Para saber si es algo que deba preocuparme o no. He visto muchos bultos en mi vida, Carlos. Los de tu padre, los míos. A veces son solo quistes, cosas sin importancia.

—Mamá...

—No seas tímido. Después de todo lo que ha pasado, ¿me vas a decir que te da vergüenza que te vea las pelotas?

Solté una risa nerviosa. Tenía razón. Después de lo del baño, después de lo del pasillo, después de todo, que me viera los testículos era casi irrelevante.

—Vale —dije.

Me levanté, fui a mi cuarto, y me bajé los pantalones y los calzoncillos. Me tumbé en la cama, con las piernas ligeramente abiertas, esperando. Ella entró un momento después, cerró la puerta, y se sentó en el borde de la cama.

—Tranquilo —dijo—. Solo voy a mirar.

Sus dedos rozaron mi muslo, y sentí un escalofrío. Luego, con una suavidad que me sorprendió, cogió mi escroto con una mano y empezó a palparlo con la otra. Sus dedos recorrían la superficie, buscando el bulto, presionando ligeramente aquí y allá.

—¿Aquí? —preguntó, encontrando la protuberancia.

—Sí.

Palpó con más cuidado, rodeando el bulto con los dedos, evaluando su tamaño, su consistencia.

—Es pequeño —dijo—. Y se mueve. No está pegado al testículo. Eso es buena señal.

—¿Significa que no es cáncer?

—No significa nada. Solo un médico puede decirlo. Pero tiene buena pinta.

Siguió palpando, y yo sentía cómo su mano se movía, cómo sus dedos exploraban, cómo su pulgar rozaba la base de mi polla cada vez que se desplazaba. Y entonces, para mi horror, empecé a notar cómo la sangre se movía.

—Mamá... —dije, con la voz estrangulada.

—¿Qué?

—Para.

Ella levantó la vista, y vio lo mismo que yo estaba sintiendo. Mi polla, que hasta hacía un momento estaba flácida, empezaba a despertarse, a crecer, a levantarse lentamente hacia el techo.

—Oh —dijo ella, sin soltarme.

—Lo siento. No puedo evitarlo.

—Tranquilo. Es normal. Es una reacción física.

Pero no retiró la mano. Se quedó allí, con los dedos aún alrededor de mi escroto, mirando cómo mi polla se ponía firme, cómo se elevaba, cómo quedaba completamente erecta, apuntando hacia arriba, rozando casi su brazo.

—Mamá... —dije, sin saber qué más decir.

Ella me miró. Luego, muy despacio, deslizó la mano desde mi escroto hasta la base de mi polla. La rodeó con los dedos, sintiendo el calor, la dureza, el latido de la sangre bajo la piel.

—¿Duele? —preguntó.

—No.

—¿Te molesta?

—No.

Asintió, como si estuviera confirmando algo. Luego, sin decir nada, empezó a mover la mano.
 

heranlu

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Carlos y la Viuda de su Madre Vanessa - Capítulo 002

Asintió, como si estuviera confirmando algo. Luego, sin decir nada, empezó a mover la mano.

Fue un movimiento lento, casi imperceptible. Un simple deslizamiento de sus dedos a lo largo del tronco, como si estuviera comprobando algo. Pero yo sabía que no era eso. Sabía que estaba cruzando una línea.

—Mamá...

—Shhh —dijo, sin mirarme—. Solo esto. Solo un poco.

Su mano seguía moviéndose, arriba y abajo, con una lentitud que me volvía loco. Yo estaba tumbado, con los ojos cerrados, sintiendo cómo su palma envolvía mi polla, cómo sus dedos presionaban en los puntos justos, cómo su pulgar rozaba el glande en cada subida.

—Así —dijo, en un susurro—. Relájate.

Y yo me relajé. Dejé que su mano hiciera lo que quisiera, que me llevara al borde y me mantuviera allí, flotando en una sensación que nunca había experimentado. No era solo placer físico. Era la certeza de que ella estaba ahí, de que me estaba tocando, de que había decidido cruzar esa línea conmigo.

—Me voy a correr —dije, al fin.

—Adelante.

Apretó el ritmo, y yo sentí cómo el orgasmo se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se tensaba, cómo el placer se concentraba en la punta. Y entonces, cuando ya no pude aguantar más, el primer chorro de semen salió disparado, caliente, espeso, directo hacia arriba.

Y le cayó en la cara.

Ella parpadeó, sorprendida. Una gota blanca colgaba de su pestaña, otra resbalaba por su mejilla. Se quedó allí, inmóvil, con mi semen en la cara, mirándome con una expresión que no supe interpretar.

—Mamá... —dije, horrorizado—. Lo siento. No quería...

Pero ella no me escuchó. Se levantó lentamente, se limpió la cara con el dorso de la mano, y dijo, con una voz que no le conocía:

—El bulto no parece nada malo. Pero pide cita en el médico. Te acompañaré.

Y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé allí, tumbado, con la polla aún medio erecta, el semen en mi vientre, y una sensación de vacío que no sabía cómo llenar. Había pasado. Había ocurrido. Y ella se había ido.

Pasaron varios minutos. Me limpié, me vestí, y salí al pasillo. La puerta de su habitación estaba cerrada. Llamé suavemente.

—Mamá.

Silencio.

—Mamá, abre. Por favor.

Oí un ruido, como un sollozo ahogado. Empujé la puerta y entré.

Estaba tumbada boca abajo en la cama, con la bata puesta pero desabrochada, las piernas ligeramente abiertas. La bata se había subido, dejando al descubierto casi todo su culo, dos nalgas grandes, blancas, perfectas, separadas por la sombra de la rendija. Tenía la cara hundida en la almohada, y sus hombros se movían con pequeños espasmos. Estaba llorando.

—Mamá —dije, sentándome en el borde de la cama—. ¿Qué pasa?

—Lo siento —dijo, sin levantar la cabeza—. Lo siento mucho.

—¿Por qué?

—Por lo que he hecho. Por haberte tocado. Por haberme dejado llevar. Por un momento, me he enajenado. Me he creído que eras tu padre. Que todo era normal. Que estábamos los dos en casa, como antes del accidente, y que era él quien estaba ahí, y que todo estaba bien.

—Mamá...

—Pero no eres él. Eres mi hijo. Y lo que he hecho está mal.

Se calló, y los sollozos volvieron, ahogados, desgarradores.

No supe qué decir. Así que no dije nada. Me tumbé a su lado, de lado, mirando su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la bata. Y muy despacio, sin pensar, puse mi mano sobre su espalda.

Ella no se movió. No dijo nada. Los sollozos continuaban.

Empecé a acariciarle la espalda, con movimientos lentos, circulares, como ella había hecho conmigo tantas veces. Su piel estaba caliente, suave, y yo sentía cómo cada caricia la relajaba un poco más.

Mi mano fue bajando, centímetro a centímetro, siguiendo la curva de su columna, hasta llegar al borde de la bata. Allí se detuvo un momento. Luego, muy despacio, deslicé los dedos por debajo de la tela, y mi palma se posó sobre su nalga.

Ella contuvo la respiración.

Pero no se movió. No me apartó. No dijo nada.

Empecé a acariciarle el culo con la misma lentitud, con la misma suavidad. Su piel era increíblemente suave, firme, cálida. Mis dedos recorrían la curva, exploraban la forma, se demoraban en la unión con el muslo. Ella seguía inmóvil, pero su respiración había cambiado. Ya no eran sollozos. Era algo más.

Mi mano siguió bajando, rodeando la nalga, acercándose poco a poco a la rendija. Podía sentir el calor que emanaba de entre sus piernas, un calor húmedo, denso, que me llamaba. Mis dedos rozaron el borde de su coño, apenas un roce, y ella abrió ligeramente las piernas.

Era una invitación. Silenciosa, pero clara.

Deslicé la mano entre sus muslos, y mis dedos encontraron su coño. Estaba mojado. Muy mojado. Los labios, hinchados, se abrieron bajo mis dedos, y el calor que emanaba de allí era casi líquido. Empecé a acariciarla con suavidad, siguiendo la forma de sus labios, sintiendo la humedad, el calor, la textura del vello espeso que los cubría.

Era la primera vez que tocaba un coño. Y era el de mi madre.

El vello púbico era espeso, salvaje, sin recortar, cubriendo toda la zona con una maraña oscura que mis dedos tenían que atravesar para llegar a la piel. No era como en las películas, donde todo está depilado y limpio. Era real. Era ella. Y me encantaba.

Mis dedos se movían lentamente, explorando, aprendiendo. Encontré el clítoris, pequeño, duro, escondido entre los pliegues, y cuando lo rocé, ella jadeó y se giró.

Se puso boca arriba, con los ojos cerrados, la bata completamente abierta, mostrando sus pechos, su vientre, su coño cubierto de vello oscuro. Ahora tenía acceso completo, y supe que me estaba dando permiso para seguir.

—Ahí —dijo, con la voz rota—. Ahí.

Apreté el círculo, masajeando el clítoris con el pulgar mientras mis otros dedos se deslizaban entre sus labios, sintiendo cómo se abrían, cómo se mojaban más, cómo su cuerpo empezaba a moverse al ritmo de mi mano.

—Así —dijo—. No pares.

No paré. Seguí acariciándola, sintiendo cómo su coño se humedecía bajo mis dedos, cómo los labios se hinchaban, cómo el clítoris se endurecía bajo mi pulgar. Ella movía las caderas al ritmo de mi mano, buscando más presión, más contacto, y yo se la daba, adaptándome a sus movimientos, aprendiendo su cuerpo en tiempo real.

—Mételos —dijo, de repente.

—¿El qué?

—Los dedos. Mételos dentro.

Dudé un momento. Luego, muy despacio, deslicé dos dedos entre sus labios y los empujé hacia dentro.

Estaba increíblemente caliente. Y apretada. Mis dedos se hundieron en su coño, sintiendo las paredes húmedas y calientes que se cerraban alrededor de ellos, succionándolos hacia dentro. Ella arqueó la espalda, y un gemido largo, profundo, escapó de su garganta.

—Joder —dijo—. Joder, sí.

Empecé a mover los dedos dentro de ella, entrando y saliendo, mientras mi pulgar seguía masajeando el clítoris. Su coño se contraía alrededor de mis dedos, apretándolos, y yo sentía cómo se acercaba, cómo su respiración se volvía más rápida, más superficial.

—Más —dijo—. Más rápido.

Apreté el ritmo, metiendo los dedos más profundamente, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus caderas se elevaban para encontrarme. Y entonces, sin dejar de gemir, ella se giró.

Se puso boca arriba, con los ojos cerrados, la bata completamente abierta, mostrando sus pechos, su vientre, su coño cubierto de vello oscuro, mis dedos aún dentro de ella. Y con la mano izquierda, buscó a ciegas hasta encontrar mi polla.

La agarró con fuerza, y empezó a masturbarme al mismo ritmo que yo la masturbaba a ella.

—Así —dijo—. Así.

Los dos nos movíamos al unísono, sus dedos en mi polla, los míos en su coño, en un ritmo compartido que no habíamos ensayado pero que salía natural, como si nuestros cuerpos hubieran estado esperando este momento toda la vida. Ella no decía nada más. No pronunciaba mi nombre. No pronunciaba el de mi padre. Solo gemía, jadeaba, apretaba los dedos alrededor de mi polla, y yo hacía lo mismo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos, cómo se acercaba, cómo todo su cuerpo se preparaba para el estallido.

—Me voy a correr —dijo ella, al fin.

—Yo también.

—Los dos a la vez.

Apretó el ritmo, y yo también, y sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos, cómo un gemido largo, profundo, escapaba de su garganta. Y entonces, cuando la sentí correrse, me dejé ir yo también, sintiendo cómo el semen caliente salía a borbotones, manchando su mano, su vientre, mezclándose con su propia humedad.

Nos quedamos allí, los dos jadeando, los dos sudados, los dos cubiertos de los fluidos del otro. Ella abrió los ojos y me miró. No dijo nada. Pero su mano, aún en mi polla, apretó suavemente, como si no quisiera soltarme.

—Mamá... —dije.

—No me digas mamá —susurró—. Solo quédate aquí. Conmigo. Y llámame como quieras, pero no me llames mamá.

Y me quedé.

No sabía qué pensar. Mi cabeza era un torbellino de emociones encontradas. Había hecho algo que sabía que estaba mal, que la sociedad consideraría aberrante, que probablemente me perseguiría el resto de mi vida. Pero en ese momento, con su mano aún alrededor de mi polla, con el calor de su cuerpo junto al mío, con el olor de su sexo mezclado con el mío, no podía sentirme mal. No podía arrepentirme.

La había ayudado. La había hecho sentir bien. La había visto correrse, había oído sus gemidos, había sentido cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos. Y ella me había devuelto el favor, con su mano firme y segura, con sus dedos que sabían exactamente dónde presionar.

Estaba confundido, sí. Pero también estaba contento. Contento de haber estado ahí para ella. Contento de haberle dado lo que necesitaba. Contento de que, por primera vez en dos años, hubiera dejado de llorar.

—¿Qué hacemos ahora, cariño? —dijo ella, rompiendo el silencio—. ¿Ha sido un error?

Su voz era suave, insegura, como la de una niña que teme la respuesta.

—No creo, Vanessa —dije, probando su nombre en mi boca por primera vez—. No creo que sea un error. Los dos hemos querido. Los dos nos ha gustado.

—Pero es raro, cariño.

—Lo sé. Pero también es bueno. Y si los dos estamos de acuerdo, si a los dos nos gusta, si los dos lo aceptamos... no tiene por qué ser malo.

Ella no respondió. Pero su mano, que seguía en mi polla, empezó a moverse de nuevo, lentamente, acariciando la piel, sintiendo cómo la sangre empezaba a fluir de nuevo. Mi polla, que había empezado a desinflarse después de la corrida, volvía a despertarse bajo sus dedos.

—¿Y si alguien se entera? —preguntó.

—No va a enterarse nadie. Solo estamos nosotros dos.

—¿Y si me acostumbro?

—¿A qué?

—A esto. A tenerte así. A no poder dormir sin tu mano en mi coño.

Sonrió al decirlo, y yo sentí cómo el calor se extendía por mi pecho.

—Entonces tendré que tener la mano ahí todas las noches.

Ella se rió, una risa baja, cómplice, que se cortó cuando mi pulgar volvió a encontrar su clítoris. Suspiró, cerró los ojos, y se dejó llevar, moviendo las caderas al ritmo de mi dedo, soltando pequeños suspiros de placer.

—Otra vez —dijo, en un susurro—. Hazme correr otra vez.

Obedecí. Mis dedos volvieron a trabajar, encontrando los puntos que la hacían gemir, el ritmo que la hacía arquear la espalda. Ella no soltaba mi polla, la acariciaba con la misma dedicación, y los dos nos movíamos en ese baile silencioso que habíamos aprendido en cuestión de minutos.

Cuando se corrió, fue más suave que la primera vez. Un gemido largo, contenido, mientras su cuerpo se tensaba y se relajaba, mientras su coño se contraía alrededor de mis dedos, mientras su mano apretaba mi polla con más fuerza.

—Cariño —dijo, cuando recuperó el aliento—. Ahora tú.

—¿Yo?

—Sí. Pero no con la mano.

Se incorporó, y antes de que pudiera reaccionar, me tumbó boca arriba. Se colocó entre mis piernas, separándolas ligeramente, y se quedó allí, mirando mi polla erecta, brillante, húmeda de su propia excitación, aun con resto de semen de la corrida anterior.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, aunque ya lo sabía.

No respondió. Se limitó a agarrar mi polla con una mano, a mirarla un momento, y a sonreír.

Se quedó allí, entre mis piernas, con mi polla agarrada en su mano, mirándola como si fuera algo precioso. Yo estaba tumbado boca arriba, con la respiración aún agitada por el orgasmo de ella, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho.

—¿Estás seguro? —preguntó, sin mirarme.

—Sí.

—¿Seguro seguro?

—Mamá... Vanessa. Sí.

Sonrió, una sonrisa pequeña, cómplice, y bajó la cabeza.

El primer contacto fue su aliento, caliente, húmedo, rozando la piel de mi polla. Era una sensación que no había experimentado nunca, y mi cuerpo respondió con un escalofrío que recorrió toda mi columna. Luego, muy despacio, ella sacó la lengua y lamió la punta.

Fue un roce leve, casi tímido, pero el impacto fue eléctrico. Mi polla, que ya estaba dura, dio un latido bajo su lengua, y ella sonrió, sintiendo la reacción.

—Así que esto te gusta —dijo, en un susurro.

—Sí.

—Pues prepárate.

Abrió la boca y se la metió entera.

No fue gradual. No fue un primer contacto tímido. Fue directa, segura, como si supiera exactamente lo que hacía. Su boca envolvió mi polla en un calor húmedo que no había imaginado, y su lengua, cálida y ágil, empezó a moverse alrededor del glande mientras su cabeza subía y bajaba.

—Joder —dije, sin poder contenerme.

Ella no respondió. Siguió chupando, marcando un ritmo lento, pausado, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su boca era increíblemente suave, sus labios se cerraban alrededor del tronco, y su lengua trazaba círculos alrededor del glande en cada subida. Era como si hubiera estado practicando aquello toda su vida, como si su boca hubiera sido diseñada para aquello.

Y en cierto modo, así era. Había chupado la polla de mi padre durante años, había perfeccionado cada técnica, cada movimiento, cada presión. Y ahora estaba usando todo ese conocimiento en mí.

—Mamá... —dije, y ella apretó ligeramente con los dientes, un aviso.

—Vanessa —corregí—. Vanessa.

Asintió, satisfecha, y siguió.

Su mano izquierda se posó sobre mi vientre, y sentí sus dedos rozar los restos de mi propio semen, aún húmedos, pegajosos. No le importó. Mojó sus dedos en mi semen y los deslizó por mi polla, mezclando su saliva con mi propia humedad, haciendo que cada pasada fuera más suave, más resbaladiza.

—Así —dijo, sacando la boca un momento—. Así quiero que estés. Brillante. Húmedo. Listo.

Y volvió a metérsela en la boca.

Cerré los ojos y me dejé llevar. Su boca era un torbellino de sensaciones: el calor, la humedad, la presión de sus labios, el roce de su lengua, el sonido húmedo de cada pasada. Subía y bajaba con un ritmo hipnótico, a veces lento, a veces más rápido, siempre manteniéndome al borde sin dejarme caer.

—¿Te gusta? —preguntó, sacando la boca un momento.

—Sí.

—¿Más que cuando te la haces tú?

—Mucho más.

Sonrió, satisfecha, y volvió a la tarea.

Su lengua recorrió el tronco de arriba abajo, lamiendo cada centímetro, cada vena, cada pliegue. Luego se centró en el glande, rodeándolo con la lengua, presionando la punta, haciendo círculos alrededor del borde. Yo gemía, me retorcía, agarraba las sábanas con los puños, sintiendo cómo el placer se acumulaba lentamente, como una ola que tardaba en romper.

—Estás tardando —dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Te estás haciendo el duro?

—No es eso. Es que me he corrido ya dos veces. Cuesta más.

—Ah. Entonces tengo tiempo.

Bajó la cabeza y siguió chupando, pero esta vez más despacio, más deliberadamente, como si estuviera saboreando cada momento. Su lengua se movía con una lentitud exasperante, lamiendo, presionando, succionando, mientras su mano acariciaba mis pelotas, mis muslos, mi vientre.

—¿Sabes? —dijo, sacando la boca de nuevo—. A ... le encantaba que le hiciera esto. Decía que nadie se la chupaba como yo.

—¿Y es verdad?

Se rió, y yo también, pero la risa se cortó cuando volvió a metérsela en la boca.

Esta vez fue diferente. Más profunda. Su cabeza bajó hasta que su nariz rozó mi vello púbico, y sentí su garganta abrirse para recibirme. Era una sensación increíble, el calor de su garganta alrededor del glande, la presión, la humedad. Se quedó allí un momento, con toda mi polla dentro de su boca, y luego subió lentamente, arrastrando su lengua por todo el tronco.

—Joder, Vanessa —gemí.

Ella sonrió, con la polla aún en la boca, y el movimiento de sus labios alrededor de mi glande fue casi más de lo que podía soportar.

Pasaron minutos. No sé cuántos. El tiempo había perdido sentido. Solo existía su boca, su lengua, sus manos, el calor, la humedad, el sonido húmedo de cada pasada. Ella alternaba ritmos, a veces lento y profundo, a veces rápido y superficial, siempre manteniéndome en ese estado de placer flotante, sin dejarme caer, sin dejarme escapar.

—Vanessa —dije, al fin—. Me voy a correr.

Ella apretó el ritmo, succionando con más fuerza, y yo sentí cómo el orgasmo se acumulaba lentamente, cómo todo mi cuerpo se tensaba, cómo el placer se concentraba en la punta. Pero no llegaba. Se quedaba ahí, en el borde, flotando, sin romper.

—No puedo aguantar mas. —dije.

Ella sacó la boca y me miró.

—No lo aguantes, damelo todo.

Volvió a metérsela en la boca, pero esta vez su mano izquierda rodeó la base de mi polla y empezó a masturbarme al mismo ritmo que su boca. La combinación de su mano y su boca era demasiado. Sentí cómo el orgasmo se acercaba, cómo se acumulaba, cómo todo mi cuerpo se preparaba.

—Ahora —dijo ella, con la boca llena—. Ahora, cariño.

Y me corrí.

El semen salió caliente, disparándose contra el fondo de su garganta. Ella no se apartó. Siguió chupando, tragando, recibiendo cada gota, hasta que mi cuerpo se relajó y mi polla empezó a ablandarse.

Entonces soltó mi polla lentamente, lamiendo el glande por última vez, y levantó la cabeza.

Tenía los labios brillantes, húmedos, y una sonrisa de satisfacción en la cara.

—¿Y bien? —preguntó.

—No tengo palabras.

—¿Te ha gustado?

—Demasiado.

Se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se tumbó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro.

—Pues acostúmbrate —dijo—. Porque esto no va a ser la última vez.

Me desperté con el peso de su cuerpo sobre el mío.

No sabía qué hora era. La luz entraba por la persiana, tamizada, dorada, y ella estaba tumbada sobre mí, con la cabeza en mi pecho, el pelo revuelto, la bata abierta, su piel pegada a la mía. Su mano seguía en mi polla, floja, relajada, como si incluso dormida no quisiera soltarme.

No me moví. No quería romper el momento.

Pero ella debió notar que estaba despierto, porque sin abrir los ojos, sonrió y apretó ligeramente los dedos.

—Buenos días —dijo, con la voz ronca de sueño.

—Buenos días.

—¿Has dormido bien?

—Sí. ¿Y tú?

—Mejor que en los últimos dos años.

Se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo, y me miró. Tenía el pelo hecho un desastre, los ojos aún medio cerrados, y una sonrisa perezosa en la cara. La bata se había abierto por completo, y sus pechos colgaban libres, grandes, con los pezones oscuros y erectos por el frescor de la mañana. No podia apartar la mirada de ellos.

—¿Qué miras? —preguntó, con una sonrisa pícara.

—A ti.

—¿Y qué ves?

—A mi madre. Desnuda.

—¿Y eso te gusta?

—Sí.

Se rió, una risa baja, ronca, y se estiró como un gato, arqueando la espalda, exhibiéndose sin ninguna vergüenza.

—Pues acostúmbrate —dijo—. Porque no creo que vuelva a dormir sola.

—¿No?

—No. Así se duerme mejor. Y además, aquí tengo esto.

Bajó la mano y volvió a agarrar mi polla, que ya empezaba a despertarse.

—¿Siempre te levantas así? —preguntó.

—Casi siempre.

—Menuda suerte tengo.

Empezó a masturbarme lentamente, sin prisas, como quien acaricia a un animal doméstico. Yo me dejaba hacer, con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación de sus dedos alrededor de mi polla, del calor de su cuerpo junto al mío, de la naturalidad con la que lo hacía.

—Vanessa —dije, después de un rato.

—¿Qué?

—¿Cómo te sientes?

Paró de mover la mano y me miró. Durante un momento, su expresión se volvió seria.

—No lo sé —dijo—. Rara. Confundida. Pero también bien. Muy bien.

—¿Arrepentida?

—No. No creo. Todavía.

—¿Todavía?

—Sí. Pregúntame dentro de unas horas. O mañana. O la semana que viene. Ahora mismo, con tu polla en mi mano, no me arrepiento de nada.

Se rió, y yo también, y la tensión se rompió.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo te sientes?

—Como si hubiera ganado la lotería.

—¿En serio?

—En serio. Llevo meses viéndote, deseándote sin saber que te deseaba, y de repente resulta que tú también me deseas a mí. Es como si me hubiera tocado el premio gordo.

—Qué tonto eres.

—Pero es verdad.

Ella sonrió, y se inclinó para besarme en la mejilla. Luego bajó, y su boca recorrió mi cuello, mi pecho, mi vientre, hasta llegar a mi polla, que ya estaba completamente erecta, esperándola.

—¿Otra vez? —pregunté.

—¿Te quejas?

—No.

—Entonces calla y disfruta.

Y me la chupó.

Pero esta vez fue diferente. No era la mamada intensa y concentrada de la noche anterior. Era una mamada perezosa, matutina, sin prisa. Su boca se movía lentamente, saboreando, jugando, mientras sus dedos acariciaban mis pelotas, mi perineo, el interior de mis muslos. De vez en cuando sacaba la boca y me miraba, con una sonrisa, y decía algo.

—¿Sabes qué he estado pensando?

—¿El qué?

—Que tu padre tenía la polla igual que tú. Mismo tamaño, misma forma, mismo grosor. Hasta la tenéis ligeramente curvada hacia la izquierda.

—¿En serio?

—En serio. Es como si hubieras heredado todo de él. Incluso eso.

Volvió a metérsela en la boca, y yo sentí cómo su lengua recorría el tronco, cómo su mano apretaba la base, cómo su cabeza subía y bajaba con un ritmo hipnótico.

—¿Y te gusta? —pregunté.

Sacó la boca y me miró, con los labios brillantes.

—¿Si me gusta? Me encanta. Es como tenerlo a él de vuelta, pero mejor. Porque tú eres más joven, más fuerte, y tienes más aguante.

—¿Más aguante que papá?

—Mucho más. Él duraba cinco minutos y ya estaba listo. Tú aguantas horas.

—No es para tanto.

—Para mí sí.

Siguió chupando, y yo me dejé llevar, sintiendo cómo el placer se acumulaba lentamente, sin prisa, sin urgencia. Era una sensación nueva, diferente a la de la noche anterior. Más relajada. Más íntima. Como si no hubiera prisa, como si todo el tiempo del mundo fuera nuestro.

—Vanessa —dije, después de un rato.

—¿Mmm?

—¿Crees que esto está mal?

Paró de chupar y levantó la cabeza. Me miró fijamente, con la polla aún en la mano, y pensó la respuesta.

—Sí —dijo, al fin—. Creo que está mal. La sociedad dice que está mal. La moral dice que está mal. Probablemente hasta Dios dice que está mal.

—¿Y entonces?

—Y entonces, ¿qué? ¿Qué importa lo que digan los demás? Los demás no han estado dos años sin sentir nada. Los demás no han visto a su hijo convertirse en el hombre que más han deseado. Los demás no han sentido lo que yo siento cuando te chupo la polla.

—¿Y qué sientes?

—Que estoy viva. Que por primera vez en dos años, estoy viva.

Se quedó en silencio, y yo también. Luego, muy despacio, volvió a metérsela en la boca.

—Además —dijo, con la boca llena—, si está tan mal, ¿por qué sabe tan bien?

Me reí, y ella también, y la risa hizo que su boca se moviera de una forma que me hizo gemir.

—Joder, Vanessa.

—¿Ves? —dijo, sacando la boca—. Hasta te ríes. Eso es bueno.

—¿El qué?

—Que podamos reírnos de esto. Que no sea todo serio y trágico. Que podamos disfrutarlo sin culpa.

—¿Sin culpa?

—Bueno, con un poco de culpa. Pero cada vez menos.

Volvió a chupar, y yo cerré los ojos, sintiendo cómo su boca me llevaba al borde, cómo su lengua jugaba con el glande, cómo su mano apretaba la base.

—Vanessa —dije—. Me voy a correr.

—Adelante.

—¿En tu boca?

—Donde quieras.

—En tu boca.

Asintió, apretó el ritmo, y yo sentí cómo el orgasmo llegaba, cómo el semen caliente salía disparado, cómo ella lo recibía, tragando, sin perder ni una gota.

Cuando terminó, sacó la polla lentamente, lamió el glande limpio, y levantó la cabeza con una sonrisa.

—Buen desayuno —dijo.

—Eres una glotona.

—Y tú me has hecho así.

Se tumbó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro, y se quedó mirando el techo.

—Cariño —dijo, después de un rato.

—¿Qué?

—¿Crees que llegaremos a hacerlo de verdad?

—¿Hacer el qué?

—Ya sabes. Follar.

La palabra sonó extraña en su boca. No era una palabra que hubiera asociado nunca con mi madre. Pero allí estaba, diciéndola con toda naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.

—No lo sé —dije—. ¿Tú quieres?

—No lo sé. A veces sí, a veces no. Cuando me estás tocando, quiero. Cuando me corro, quiero. Pero luego, cuando pasa, pienso que es demasiado.

—¿Demasiado?

—Demasiado real. Demasiado definitivo. La mamada, los dedos, todo eso... se puede justificar. Pero follar... follar es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—No lo sé. Pero es diferente.

Se quedó en silencio, y yo sentí cómo su mano buscaba la mía, cómo entrelazaba sus dedos con los míos.

—Pero si algún día quieres —dijo, al fin—, dímelo. Y lo hablamos.

—¿Y si quiero ahora?

Ella se rió, y me dio un golpe en el pecho.

—Ahora no, tonto. Acabo de tragarme tu semen. Dame un respiro.

—¿Y luego?

—Luego ya veremos.

Se incorporó, se estiró, y se levantó de la cama. Estaba completamente desnuda, y la luz de la mañana iluminaba su cuerpo, sus caderas, su culo, su coño cubierto de vello oscuro. Se volvió hacia mí y sonrió.

—Voy a ducharme —dijo—. ¿Vienes?

—¿A la ducha?

—Sí. Pero solo a ducharnos. Nada de sexo. Necesito que me ayudes.

—¿Que te ayude? ¿A qué?

—No tonto. Tú ven a la ducha.

Y salió de la habitación, moviendo las caderas, dejándome allí, con la polla medio dura, el corazón acelerado, y la certeza de que aquella mañana iba a ser larga.

La seguí al baño. El vapor empezaba a llenar la habitación, y ella ya estaba dentro, de espaldas a mí, dejando que el agua caliente cayera sobre su cuerpo. Me quedé un momento en la puerta, mirándola. El agua resbalaba por su espalda, por la curva de sus caderas, por la rendija de su culo. Era una imagen que no me cansaba de ver.

—¿Entras o te quedas ahí mirando? —dijo, sin volverse.

Entré. El agua estaba caliente, casi quemando, y el espacio era pequeño. Los dos desnudos, pegados, sintiendo el calor del agua y el calor de nuestros cuerpos.

—Pásame la cuchilla —dijo.

—¿La cuchilla?

—Sí. La de afeitar. Está en la repisa.

Se la pasé, confuso.

—¿Qué vas a hacer?

—Depilarme —dijo, omo si fuera lo más obvio del mundo—. Llevo dos años sin hacerlo. Tu padre le encantaba que lo tuviera todo depilado, y yo se lo mantenía así porque a él le encantaba. Pero después de que se fue, dejé de cuidarme. No había motivo.

—¿Y ahora sí?

—Ahora sí.

Se volvió hacia mí, y vi la cuchilla en su mano, y el gel de baño en la repisa. Se mojó el vello púbico, se aplicó gel, y empezó a pasar la cuchilla con cuidado, lentamente, siguiendo la dirección del vello.

—¿Me ayudas? —preguntó.

—¿A qué?

—A llegar a las partes que no veo. Sujeta la piel mientras paso la cuchilla.

Me coloqué frente a ella, y agaché la cabeza. Su coño estaba cubierto de espuma, y el vello oscuro asomaba entre las burbujas. Puse una mano en su cadera, y con la otra estiré la piel de su ingle mientras ella pasaba la cuchilla.

—Así —dijo—. Justo así.

Pasó la cuchilla una vez, dos, tres, y cada vez aparecía más piel, más suave, más rosada. Yo miraba fascinado, viendo cómo su coño se transformaba, cómo el vello desaparecía, cómo dejaba al descubierto la forma real de sus labios.

—¿Te gusta? —preguntó, notando mi mirada.

—Sí. Mucho.

—Pues espera a que termine.

Siguió depilándose, y yo la ayudaba, estirando la piel, sujetando sus muslos, rozando sus labios con los dedos cada vez que podía. En una de esas, mientras estiraba la piel de su labio derecho, mi pulgar se deslizó y encontró su clítoris.

Ella jadeó.

—Cariño...

—Perdón.

—No, no... está bien. Pero no ahora. Cuando termine.

Aparté la mano, pero ella la cogió y la volvió a colocar.

—Bueno —dijo, con una sonrisa—. Un poco sí. Pero solo un poco.

Sonreí, y mientras ella seguía depilándose, mi pulgar empezó a masajear su clítoris con movimientos lentos, circulares. Ella cerraba los ojos, dejándose hacer, soltando pequeños suspiros mientras la cuchilla seguía su trabajo.

—Así —dijo—. Sigue así.

Pero cuando bajé la cabeza para lamerlo, ella me apartó suavemente.

—Todavía no —dijo—. Cuando esté completamente depilada. Entonces podrás hacer lo que quieras.

—¿Y cuánto falta?

—Paciencia.

Siguió depilándose, y yo seguía masajeando su clítoris, sintiendo cómo se endurecía bajo mi pulgar, cómo su respiración se volvía más rápida. De vez en cuando bajaba la cabeza e intentaba lamerlo, pero ella me apartaba, riéndose.

—He dicho que no.

—Pero...

—No. Cuando termine.

—Eres cruel.

—Soy paciente. Aprende.

Finalmente, despues de mas de media hora de trabajo y la bañera llena de pelos, terminó. Se enjuagó con agua, y cuando se giró hacia mí, su coño estaba completamente liso, suave, rosado. Los labios, antes ocultos bajo el vello, ahora estaban completamente visibles, hinchados, brillantes.

—¿Y bien? —preguntó.

—Es perfecto.

—Pues ahora puedes hacer lo que quieras.

No necesité que me lo dijera dos veces. Me arrodillé frente a ella, separé sus muslos con las manos, y acerqué mi cara a su coño. El olor era intenso, mezcla de gel de baño y su propio aroma, y yo inspiré profundamente antes de pasar la lengua.

Fue torpe. No sabía lo que hacía. Mi lengua se movía sin rumbo, lamiendo donde no debía, presionando donde no hacía falta. Pero ella no se quejó. Me guiaba con suavidad, con palabras susurradas.

—Más arriba —dijo—. Justo ahí. No tan fuerte. Sí, así. Ahora en círculos.

Su mano en mi nuca, guiándome, y yo seguía sus instrucciones como un alumno aplicado. Poco a poco, fui encontrando el ritmo, el punto exacto, la presión justa. Su clítoris se endurecía bajo mi lengua, y ella gemía, se movía, apretaba mi cabeza contra su coño.

—Ahora chupa —dijo—. Succiona, como si estuvieras chupando un caramelo.

Obedeci. Cerré los labios alrededor de su clítoris y empecé a succionar, suavemente al principio, luego con más fuerza. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

—Joder, sí. Así. Justo así.

—¿Te gusta?

—Mucho. Pero no pares.

No paré. Seguí lamiendo, chupando, succionando, alternando ritmos, presiones, movimientos. Ella me guiaba con palabras sueltas, con apretones en mi nuca, con el movimiento de sus caderas.

—Meteme los dedos —dijo, de repente.

—¿Paro de comerteló?

—No. Mientras chupas, mételos dentro.

Deslicé dos dedos entre sus labios y los empujé hacia dentro. Estaba caliente, húmeda, y se abría fácilmente bajo mis dedos. Empecé a moverlos al ritmo de mi lengua, entrando y saliendo, mientras seguía chupando su clítoris.

—Así —dijo—. Joder, así. Más rápido.

Apreté el ritmo, metiendo los dedos más profundamente, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de ellos. Ella gemía, se movía, apretaba mi cabeza contra ella, y yo seguía, sin parar, sintiendo cómo se acercaba.

Pero yo quería más. Quería explorar todo su cuerpo, cada rincón, cada pliegue. Y mientras mi lengua seguía trabajando su clítoris y mis dedos entraban y salían de su coño, mi mano libre empezó a bajar, recorriendo su nalga, rodeándola, hasta encontrar el pequeño agujero escondido entre sus nalgas.

Ella se tensó un momento, sorprendida.

—¿Qué haces? —preguntó, con la voz entrecortada.

No respondí. Mojado por el agua de la ducha, mi dedo empezó a rodear su ano, sintiendo la textura, la resistencia, el pequeño pliegue de piel que se abría bajo mi presión. Ella jadeó, y su cuerpo, que se había tensado por la sorpresa, se relajó.

—Joder, cariño —dijo—. ¿Te gusta eso?

—Sí.

—¿Te gusta mi culo?

—Sí.

—¿Te gustaría entrar por ahí también?

La pregunta me pilló por sorpresa. En los vídeos que veía para masturbarme, el sexo anal era algo habitual, algo que me excitaba profundamente. Ver a una mujer recibir por detrás, ver cómo se abría, cómo gemía, siempre había sido una de mis fantasías. Pero oírlo de boca de mi madre, en ese momento, era demasiado.

—Sí —dije, con la voz ronca—. Me encantaría.

Ella sonrió, una sonrisa perezosa, satisfecha.

—Pues tendrás que esperar. Pero pronto.

Y entonces, sin avisar, apretó mi cabeza contra su coño y se corrió.

Su orgasmo fue largo, intenso, un gemido que resonó en el baño mientras su cuerpo se sacudía, mientras su coño se contraía alrededor de mis dedos, mientras su ano se tensaba bajo mi dedo. Yo seguí lamiendo, chupando, hasta que ella me apartó suavemente, temblando.

—Joder, cariño —dijo, apoyándose contra la pared—. No está mal para ser tu primera vez.

—¿He aprobado?

—Con nota. Pero tienes que practicar más.

—¿Y cuándo puedo practicar?

—Después del desayuno.

Salí de la ducha con la polla aún medio erecta, el corazón acelerado, y una mezcla de excitación y frustración que no sabía cómo gestionar. Ella ya estaba en la cocina, solo con un culot, con sus pechos al aire, preparando café.

—Siéntate —dijo, sin volverse—. Voy a hacer tostadas.

—¿Tostadas?

—Sí. Después de dos orgasmos, me he ganado un desayuno decente.

Me reí y me senté en la silla, desnudo, sin preocuparme por cubrirme. Ella se giró un momento, me miró, y sonrió al ver mi polla, que no terminaba de desinflarse.

—¿Todavía así? —preguntó.

—Es culpa tuya.

—Ya. Bueno, tendrás que aprender a controlarlo. No puedes ir por ahí con esa cara todo el día.

—No es una cara. Es una polla.

—Da igual. Siéntate y come.

Se puso a cocinar, y yo la observaba. Cuando se inclinaba para coger algo, se le marcaba el culo debajo de la tela. Era imposible no mirar.

—Vanessa.

—¿Qué?

—Ven aquí.

—Estoy cocinando.

—Solo un momento.

Suspiró, dejó la rebanada de pan, y se acercó. Cuando estuvo a mi lado, estiré la mano y le toqué un pecho. Estaba caliente, firme, y el pezón se endureció bajo mi dedo.

—Cariño...

—Solo un poco.

—Ya has tenido suficiente por hoy.

—Nunca es suficiente.

Ella sonrió, pero me apartó la mano con suavidad.

—Desayuno primero. Luego ya veremos.

Volvió al tostador, y yo me quedé mirándola, con la polla cada vez más dura. Ella lo notaba, lo sabía, y cada vez que se giraba, lanzaba una mirada a mi entrepierna y sonreía, como si disfrutara teniéndome así, al borde, sin dejarme caer.

—Vanessa —dije, después de un rato.

—¿Qué?

—¿Puedo tocarte las tetas mientras desayunas?

—No.

—¿Un poco?

—He dicho que no.

—¿Y si te las toco mientras tú me agarras la polla?

Me miró, levantó una ceja, y soltó una risa.

—Eres un negociante, ¿eh?

—Solo intento llegar a un acuerdo.

—Vale. Un trato. Puedes tocarme las tetas mientras desayunamos, pero nada más. Ni culo, ni coño, ni nada. Solo tetas. Y yo te agarro la polla de vez en cuando. ¿Trato hecho?

—Trato hecho.

Me acerqué, me puse detras de ella, con mi polla chocando contra la tela del culots que ocultaba el culo, y apoyó la cabeza en mi hombro. Sus pechos quedaban justo al alcance de mis manos, y yo no perdí el tiempo. Empecé a acariciarlos, a masajearlos, a jugar con sus pezones mientras ella cogía un trozo de pan y se lo llevaba a la boca.

—Así —dijo, con la boca llena—. Justo así.

Su mano izquierda buscó mi polla que estaba aprisionando su culo, la encontró, y la agarró con firmeza. No la masturbaba, solo la sostenía, como si fuera un objeto familiar, algo que le daba calor y seguridad.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Sí. Me gusta tener tu polla en la mano mientras desayuno. Es... íntimo.

—¿Más íntimo que chupármela?

—Diferente. Más tranquilo. Como si no hubiera prisa.

Seguimos así un rato, ella comiendo, yo acariciándole las tetas, ella con mi polla en la mano. De vez en cuando, ella apretaba los dedos, o movía la mano ligeramente, y yo gemía, y ella sonreía.

—Vanessa —dije, después de un rato.

—¿Qué?

—Baja la mano. Tócame las pelotas.

—He dicho que no.

—Solo un poco.

—No.

—¿Y si te toco el coño?

—Tampoco.

—Eres cruel.

—Soy justa. Un trato es un trato.

Suspiré, pero no insistí. Sabía que si presionaba demasiado, ella se cerraría. Así que me conformé con sus pechos, con su mano en mi polla, con el calor de su cuerpo contra el mío.

Cuando terminó de desayunar, se estiró, y dijo:

—Voy a vestirme. Vamos a hacer la compra.

—¿Ahora?

—Sí. No tenemos nada en la nevera. Y después de anoche, necesito reponer fuerzas.

—¿Puedo ir desnudo?

—No.

—¿En calzoncillos?

—Tampoco. Te pones unos pantalones y una camiseta, y vienes conmigo. Y te portas bien.

—Siempre me porto bien.

—Ya veremos.

Se vistió con unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca, sin sujetador. Se notaban sus pezones a través de la tela, y yo no podía dejar de mirarlos. Ella lo sabía, y cada vez que me pillaba mirando, sonreía.

—Vamos —dijo, cogiendo las llaves.

El supermercado estaba a diez minutos andando. Durante todo el trayecto, ella caminaba delante de mí, moviendo las caderas, y yo la seguía como un perro faldero, con la polla medio dura dentro de los pantalones.

—Pórtate bien y quizás te lleves una sorpresa.

—¿Qué tipo de sorpresa?

—Ya verás.

Cogió un carro y empezó a recorrer los pasillos, y yo la seguía, mirando cómo se inclinaba para coger cosas, cómo se estiraba para alcanzar los estantes superiores, cómo se movía con esa naturalidad que me volvía loco.

En el pasillo de los lácteos, cuando estábamos solos, se volvió hacia mí, miró a los lados para asegurarse de que nadie miraba, y metió la mano en mi pantalón.

—Joder, Vanessa...

—Shhh —dijo, con una sonrisa—. Que nos van a oír.

Su mano encontró mi polla, que ya estaba completamente dura, y la acarició un par de veces, lentamente, antes de sacarla.

—Solo quería comprobar que la tenías lista —dijo, en un susurro—. Para esta tarde.

—¿Esta tarde?

—Sí. Para mi culo. ¿Te acuerdas de lo que hablamos en la ducha?

—Sí.

—Pues eso. Espero que la tengas preparada. Para que yo este preparada tienes que ir al pasillo de drogería y coger lubricante. Lo pagas tu, que eres el que mas interes tienes.

—Pero si no he traido la cartera. —dije con tono de tristeza. —Me lo podrias haber dicho y la traigo.

—Da igual, toma, 10 euro y la pagas. —Dijo, sacando la cartera del bolso y sacando 10 euros.

Y se fue, dejándome allí, con la polla dura, el corazón acelerado, y una mezcla de excitación y pánico.

—Vanessa —dije, alcanzándola—. No puedo ir así por el supermercado.

—Pues contrólate.

—No puedo.

—Pues ajústate bien los pantalones para que no se te note.

Me ajusté los pantalones, pero era inútil. Mi polla estaba tan dura que marcaba un bulto evidente. Ella lo miró, sonrió, y siguió andando.

Yo fui al pasillo de la drogeria y cogi un bote de lubricante natural y volví con ella.

El resto de la compra fue un suplicio. Cada vez que estábamos solos en un pasillo, ella encontraba la manera de tocarme. Un roce rápido en la polla cuando nadie miraba. Un susurro al oído. Una mirada lasciva cuando yo menos me lo esperaba.

—¿Quieres melón? —preguntó, en la sección de fruta, cogiendo uno y sopesándolo con las manos.

—Sí.

—Pues esta noche te voy a dar melón. Pero no de este.

Y se rió, y yo sentí cómo la sangre me subía a la cabeza.

—Vanessa, para. Que me voy a correr aquí mismo.

—¿En el supermercado? Qué guarro.

—Es culpa tuya.

—Mía no. Tuya, por no saber controlarte.

Salió del pasillo, y yo la seguí, con la polla dolorosamente dura, deseando que la compra terminara de una vez.

Por fin fuimos a pagar y nos fuimos a cajas distintas para pagar por separado.

Desde donde yo estaba, podria verla perfectamente y tambien veia las miradas que le dedicaban otros hombres cuando pasaban por su lado.

Un tío la miraba abiertamente, recorriendo su cuerpo con los ojos. Y yo sentí algo raro. No era celos. Era... orgullo. Orgullo de saber que esa mujer, que todos deseaban, era mía. Que se había corrido con mis dedos. Que había tragado mi semen. Que esta misma noche iba a abrirse para mí.

Pero también me di cuenta de algo. Miré a las otras mujeres del supermercado, las que pasaban a mi lado, las que hacían cola en otras cajas. Y ninguna se le acercaba. Ninguna tenía sus curvas, su cintura, sus pechos. Ninguna tenia unas caderas como ella. Ninguna tenía esa mezcla de madurez y sensualidad que ella desprendía sin esfuerzo.

Y entonces caí en la cuenta: si ella no fuera mi madre, si la viera por primera vez en la calle, yo también la miraría. Yo también desearía lo que esos hombres desean. Ella no era solo mi madre. Era una mujer increíblemente atractiva, y yo nunca lo había visto hasta ahora.

Siempre la había visto como mi madre. Como la mujer que me cuidaba, que me hacía la cena, que me besaba en la frente antes de dormir. Pero ahora la veía como lo que realmente era: una mujer de cuarenta y dos años con un cuerpo que cualquier hombre desearía. Y yo, su hijo, era el único que tenía acceso a él.

Sonreí para mis adentros, pagué el lubricante, y salí del supermercado con ella, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.

Cuando por fin llegamos a casa, dejó las bolsas en la cocina. Antes de que pudiera decir nada, saqué el móvil y marqué el número de la seguridad social.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Llamar al médico. Para lo del bulto.

Me miró un momento, y vi cómo una sonrisa se dibujaba en su cara. Una sonrisa de aprobación.

—Buena idea.

Pedí cita. Me la dieron para el jueves siguiente. Nada grave, solo una revisión. Colgué y guardé el móvil.

—Jueves —dije—. A las once.

—Te acompaño.

—Vale.

Y entonces, sin más, se volvió hacia mí y dijo:

—¿Sigues con ganas?

—Más que nunca.

—Pues entonces —dijo, desabrochándose los vaqueros—, vamos a ver si eres capaz de hacer lo que has dicho.

—¿El qué?. —dije sonriendo, sabiendo perfectamente a lo que se referia, pero quería escucharlo de ella.

—Entrar por mi culo.

Y se giró, se inclinó sobre la encimera de la cocina, y se bajó los vaqueros hasta las rodillas, dejando al descubierto su culo desnudo, su coño depilado, su ano pequeño y rosado, esperándome.

—Ahi lo tienes —dijo—. Haz con él lo que quieras.

Me quedé mirándola. Su culo desnudo, sus nalgas perfectas, su ano pequeño y rosado, esperándome. Y su coño depilado, brillante, entreabierto, ofreciéndose también. Todo su cuerpo era mío. Todos sus agujeros estaban a mi disposición.

Y yo iba a usar cada uno de ellos.

Empecé por su boca. Me acerqué por detrás, agarré su cabeza con ambas manos, y la empujé suavemente hacia abajo. Ella entendió la señal y se arrodilló sin resistencia. Me bajé los pantalones y el boxer de una sola vez, y mi polla saltó hacia fuera, golpeando mi pelvis con la fuerza de la erección.

—Abre —dije.

Ella abrió la boca, y yo le metí la polla.

No fue como las otras veces. No era ella la que marcaba el ritmo. Era yo. Agarré su cabeza con las manos y empecé a follarle la boca, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su garganta se abría para recibirme. Ella gemía, pero no se quejaba. Al contrario. Su lengua se movía, su garganta se contraía, y yo sentía cómo disfrutaba cada embestida.

—Así —dije—. Joder, así.

Seguí un rato, marcando mi propio ritmo, sintiendo el calor de su boca, la humedad, la presión. Ella no intentaba controlar nada. Se dejaba hacer, sumisa, abierta, dispuesta.

Cuando sentí que estaba a punto de correrme, paré. No quería terminar ahí. Quería su culo.

—Levántate —dije, tirando suavemente de su pelo.

Ella se levantó, y la giré, poniéndola de espaldas a mí, inclinada sobre la encimera. Su culo estaba ahí, ofreciéndose, y yo cogí el bote de lubricante que había dejado sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo hace que no te follan por aquí? —pregunté, mientras abría el bote.

—Dos años —dijo, con la voz entrecortada—. Desde tu padre.

—¿Y cómo lo hacía él?

—Despacio. Con mucho lubricante. Y siempre me masturbaba mientras, para que estuviera excitada y me abriera mejor.

Asentí, y me puse detrás de ella. Eché lubricante en mis dedos y empecé a untarlo alrededor de su ano, con movimientos circulares, sintiendo cómo se relajaba bajo mi tacto.

—Así —dijo—. Primero los dedos. Para abrirme.

Metí un dedo lentamente. Estaba increíblemente apretado, caliente, y sentía cómo se contraía alrededor de mi dedo, resistiéndose al principio, luego cediendo poco a poco.

—Otro —dijo.

Metí el segundo dedo, y ella jadeó, pero no pidió que parara. Al contrario, empujó hacia atrás, buscando más profundidad.

—Ahora mueve los dedos —dijo—. Abriéndome. Como si estuvieras haciendo tijeras.

Seguí sus instrucciones, abriendo y cerrando los dedos dentro de ella, sintiendo cómo se estiraba, cómo se preparaba para recibirme.

—¿Ya está? —pregunté, impaciente.

—Casi. Ahora ponte detrás y pon la punta. Pero despacio. Muy despacio.

Me coloqué, agarré mi polla con una mano, y la guié hasta su ano. La punta rozó la entrada, y ella se tensó.

—Despacio —repitió—. Muy despacio.

Empujé. La resistencia fue inmediata. Su ano se cerraba alrededor de mi glande, apretando, negándose a abrirse. Pero yo seguí empujando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo cedía, cómo se abría, cómo mi polla se hundía en su interior.

—Joder —dijo ella, con la voz estrangulada—. Para un momento.

Paré. Estaba dentro de ella hasta la mitad, sintiendo el calor, la presión, la forma en que su culo se cerraba alrededor de mi polla. Era una sensación completamente nueva, diferente a todo lo que había experimentado.

—¿Te duele? —pregunté.

—Un poco. Pero sigue. Despacio.

Empujé un poco más, y sentí cómo su cuerpo se abría definitivamente, cómo mi polla se hundía hasta el fondo, hasta que mi pelvis chocó contra sus nalgas.

Estaba dentro. Todo dentro. Dentro de su culo.

—Joder, Vanessa —dije, sin poder contenerlo.

—Espera —dijo—. Déjame acostumbrarme.

Me quedé quieto, sintiendo cómo su ano se contraía y se relajaba alrededor de mi polla, cómo se adaptaba a mi tamaño, cómo el calor me envolvía por completo.

—Ahora —dijo—. Muévete. Despacio.

Empecé a moverme, lentamente al principio, entrando y saliendo con cuidado, sintiendo cada centímetro de su interior. Ella gemía, pero no de dolor. Era un gemido diferente, más profundo, más animal.

—Más rápido —dijo.

Apreté el ritmo, y sentí cómo su culo se abría más, cómo cada embestida era más fácil, más suave. El lubricante hacía su trabajo, y pronto estábamos los dos moviéndonos al unísono, ella empujando hacia atrás, yo empujando hacia delante, en un ritmo compartido.

—Dime algo —dijo, de repente.

—¿El qué?

—Cualquier cosa. Dime lo que quieras hacerme. Dime lo puta que soy por dejarte follarme el culo.

La palabra me sorprendió. Pero también me excitó. Sentí cómo mi polla se endurecía aún más dentro de ella.

—Eres una puta —dije, probando las palabras—. Una puta que se deja follar el culo.

—Sí —dijo, con la voz entrecortada—. Más. Dime más.

—Te gusta, ¿verdad? Te gusta tener mi polla en tu culo.

—Sí. Me encanta.

—Te gusta que te follen fuerte el culo.

—Sí. Joder, sí.

—Pero yo no soy tu marido. Soy tu hijo. Y te estoy follando el culo.

—Eres mejor que él —dijo, y la frase me golpeó como un puñetazo—. Eres más grande. Más joven. Más fuerte. Y me follas mejor que él.

Apreté el ritmo, follándola más fuerte, más rápido, sintiendo cómo su culo se abría completamente, cómo cada embestida era más profunda, más salvaje.

—Dime que soy tu puta —dijo—. Dime que soy tu puta y que te gusta follarme el culo.

—Eres mi puta —dije—. Mi puta. Y tienes un culo para follartelo a todas horas.

—Pues fóllamelo. Fóllame como a una puta.

Y la follé. La follé sin piedad, agarrándole las caderas, empujando con fuerza, sintiendo cómo su culo se abría y se cerraba alrededor de mi polla, cómo sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados.

—Vamos correte dentro de mi —dijo—. Córrete dentro de mi culo.

—Dentro de ti.

—Dentro de mi culo. Córrete dentro de mi culo, hijo de puta.

Y me corrí. El semen caliente salió a borbotones, llenando su interior, mientras yo seguía empujando, sintiendo cómo cada espasmo me vaciaba por completo, apretando mi polla con su culo, exprimiendo cada gota.

Cuando terminé, me quedé dentro de ella, jadeando, sintiendo cómo su culo se contraía alrededor de mi polla, exprimiendo las últimas gotas.

—Joder —dije.

—Joder —repitió ella, riéndose.

Me retiré lentamente y mi pene salio de ella, grande, pero flacido, y vi cómo el semen empezaba a resbalar por su muslo. Ella se giró, me miró, y sonrió.

—¿Y bien? —preguntó.

—Increíble.

—¿Te ha gustado?

—Demasiado.

—Pues prepárate —dijo, agarrándome la polla—. Porque quiero más, yo aún no me he corrido.

Empezó a masturbarme, lentamente al principio, sintiendo cómo mi polla, que empezaba a desinflarse, volvía a despertarse bajo sus dedos.

—Va a costar —dije—. Acabo de correrme.

—Lo sé. No tengo prisa.

Siguió masturbándome, con movimientos lentos, seguros, mientras con la otra mano acariciaba mis pelotas, mi perineo, la base de mi polla. Poco a poco, sentí cómo la sangre volvía a fluir, cómo mi polla se endurecía de nuevo.

—Otra vez —dijo, cuando estuvo dura—. Pero esta vez quiero que me masturbes el clítoris mientras me follas el culo. Y cuando me vaya a correr, quiero que me metas los dedos en el coño y me hagas correr mientras me follas.

—¿Otra vez quieres que te folle el culo?

—Yo voy a follarte a ti. Voy a moverme yo. Tú solo métela y no pares.

Se giró, se inclinó sobre la encimera, y yo me coloqué detrás de ella. Esta vez la penetración fue más fácil. Su culo ya estaba abierto, lubricado por mi semen, y mi polla se deslizó hacia dentro sin resistencia.

—Así —dijo—. Ahora quieto. Yo me muevo, quiero meterme tu polla hasta el fondo.

Y empezó a moverse. Sus caderas se movían hacia atrás y hacia delante, golpeandome con sus nalgas, follándome ella a mí, marcando su propio ritmo, su propia profundidad. Yo metí la mano por debajo y encontré su clítoris, duro, erecto, y empecé a masajearlo con el pulgar.

—Joder, sí —dijo—. Así. Justo así, frotame bien los dedos.

Seguimos un rato, ella moviéndose, yo masajeando su clítoris, sintiendo cómo se acercaba, cómo su respiración se aceleraba, cómo sus gemidos se volvían más agudos.

—Los dedos —dijo—. Méteme los dedos.

Deslicé dos dedos en su coño, y ella gimió. Ahora tenía su culo lleno de mi polla y su coño lleno de mis dedos, y los dos nos movíamos al unísono, ella follándome, yo masturbándola.

—Dime algo —dijo, entre jadeos—. Sigue diciéndome cosas.

—Eres mi puta —dije—. Mi puta favorita. La que mejor culo tiene. La que mejor folla.

—Sí —dijo—. Dime más.

—Te gusta que te folle el culo, ¿verdad? Te gusta tener a tu hijo dentro de ti.

—Me encanta. Me encanta tu polla en mi culo.

—Pues córrete. Córrete con mi polla en el culo y mis dedos en el coño.

—Me voy a correr —dijo—. No pares. No pares.

Apreté el ritmo, y sentí cómo su orgasmo la sacudía. Pero esta vez fue diferente. No fue solo una contracción. Fue una explosión. Sentí cómo un chorro de líquido caliente salía disparado de su coño, empapando mi mano, resbalando por mis dedos, cayendo al suelo. Ella gritó, un gemido largo, profundo, mientras su cuerpo se sacudía, mientras su culo se apretaba alrededor de mi polla, mientras el líquido seguía saliendo, caliente, abundante.

—Joder —dije, sin poder creerlo.

—Joder —repitió ella, desplomándose sobre la encimera, jadeando, temblando—. Joder, cariño. Me has hecho eyacular.

—¿Eso era...?

—Sí. Eso era. Llevaba dos años sin conseguirlo. Ni siquiera con tu padre lo conseguía siempre. Y tú, con tu polla en mi culo y tus dedos en mi coño, lo has conseguido a la primera.

Se giró, me miró, y tenía los ojos brillantes, húmedos, y una sonrisa de oreja a oreja.

—Eres increíble —dijo.

—Tú también.

Nos quedamos allí, los dos jadeando, los dos sudados, los dos cubiertos de sudor y semen y lubricante y el líquido de su orgasmo. Mi polla seguía dentro de su culo, y sentía cómo se contraía y se relajaba, cómo se acostumbraba a tenerla dentro.

—Vanessa —dije, después de un rato.

—¿Qué?

—Cuando vea el culo de una mujer, siempre pensaré que dentro de este ha estado mi polla. He estado dentro de ti. No solo te he conocido por dentro del coño con los dedos. Ahora mi polla ha estado dentro de tu culo, y dentro de tu boca. Te he tenido entera.

Ella se giró y me miró. Tenía los ojos brillantes, y una sonrisa que no sabía si era de felicidad o de algo más.

—Y yo —dijo— he tenido a mi hijo dentro de mí. Y me ha encantado.

Se incorporó, se estiró, y dijo:

—Ahora, a la ducha. Y luego, cuando se me haya pasado un poco el temblor de piernas, quiero que me folles el coño. Pero esta vez quiero que me mires a la cara mientras lo haces.

—¿A la cara?

—Sí. Quiero verte. Quiero ver tu cara mientras me follas. Quiero saber que eres tú, no tu padre. Quiero que me folle mi hijo.

—¿Estás segura?

—Nunca he estado más segura.

Y me besó. No en la mejilla. En los labios. Un beso largo, profundo, con sabor a sexo y a sudor y a promesa.

—Pero ¿Porque ducharnos? Si vamos a follar otra vez. —Dije señalando mi polla totalmente tiesa.

—Cariño, no me he preparado todo lo bien que deberia para esto. —dijo con ese tono de cariño que solo ella sabe poner. —No quiero que me folles el coño, despues de follarme el culo.

Asentí entendido el problema.

—No te preocupes que mi coño, mi culo, mi boca y lo que quieras esta a tu disposicion cuando quieras. Pero hay que hacer las cosas bien.
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