Ayudo a mi Hijo a Descargar sus Testiculos - Capítulos 001 al 005

heranlu

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Me presento brevemente: me llamo Gloria y tengo unos 40 años. Me casé muy joven y pronto tuvimos un hijo. Soy muy controladora y sobreprotectora con mi niño, pues mi marido viaja mucho y focalicé mi vocación familiar con él. Mi niño tiene 19 años y consiguió una beca Erasmus en Grecia. Tras cuatro meses sin verlo, volvió al fin, estábamos muy contentos de tenerlo con nosotros otra vez. No obstante, a mi marido le pilló en el otro extremo de Europa y no pudo venir a recibirlo. Charlamos, nos fuimos a comer por ahí, hasta que llegamos a casa. Por la tarde estaba muy contento porque al fin iba a ver a su novia. Antes de irse le abracé muy fuerte.

— ¿Has echado de menos a María?

Fue decir su nombre y sentí cómo tuvo una erección. Como lo vi turbado, hice como si no me diese cuenta.

— ¡Mucho! Hemos quedado esta noche para después de cenar. Es que está muy liada, mañana tiene un examen, si se quita esa asignatura, prácticamente termina ya.

— Qué alegría. Oye, puedes llegar a la hora que quieras.

— Gracias, mamá, ¡contaba con eso!

He de reconocer que mientras hablábamos, no me separé de él, e incluso me rocé a propósito con su pene. Estaba muy orgullosa de él y quería que estuviese motivado cuando viese a María. Estaba algo celosa, pero sabía que él ya era casi un hombre y algún día tenía que levantar el vuelo. Mantener su pene amorcillado fue un acto de amor, de inconsciencia y de maldad.

Al final salió, pero una hora después ya estaba de vuelta, visiblemente decepcionado. María tenía que estudiar y no tenía tiempo de estar con mi niño. Era una buena chica, pero yo tenía cierta inquina contra ella. Era algo timorata y tenía a mi hijo un poco dominado. Pongo un ejemplo. Una vez que llegué a casa, oí un leve ruido en la salita de estar. Silenciosamente me acerqué y los vi a los dos, medio desnudos. Pedrito quería que se la chupara, pero María se negaba. Se la meneó un poco, pero no consintió siquiera en besarla. Al parecer él ya le había practicado sexo oral, pero la palabra reciprocidad no estaba en el diccionario de ella. Le dijo algo así que eso sólo lo hacían las putas y las guarras. Yo estaba muy enfadada. Volví sobre mis pasos y simulé que entraba dando un portazo y fui directamente a la salita. Casi los pillo.

El caso es que esa noche mi chico se vio en casa, compuesto y sin novia. Se puso ropa cómoda y sentó junto a mí en el sofá. Yo, que estaba viendo una película y no esperaba a nadie, iba vestida con un salto de cama sin ropa interior. La blusa me la iba quitar al acostarme, pues me está algo estrecha y me aprieta los pechos. Así que estaba con un buen escote y los pezones taladrando el satén. Estuvimos viendo la película y me dió por recostarme en su regazo. Hubo una escena subida de tono y sentí cómo su pene se endurecía bajo mi cogote. El dejó de respirar y a mi casi me da la risa. Acabó la peli y me puse sentada más normal. Para darle el beso de buenas noches me apoyé descuidadamente en su pene y comprobé que seguía algo duro.

— ¡Que pases una buena noche, descansa cariño!

Pero sabiendo que la lagarta lo había dejado tirado después de cuatro meses sin verlo, y lo sensible que estaba su polla, también sabía que el pobre no iba a tardar mucho en hacerse una paja. Me recogí a mi cuarto y oí cómo él se metía en el suyo. Se me recalentó la cabeza, quería que mi hijo tuviese la noche especial que se merecía y empecé a hacer recuento de justificaciones que me llevaron a hacer lo que hice. Empecé por la relación tan rara que tiene mi amiga Carla con sus hijos, que siendo personas de lo más normales, tienen una relación tan extraña entre ellos, que al ajeno le da pie a fantasías incestuosas. En este punto he de reconocer que me he masturbado pensando en Carla jugando con la polla de su hijo, y por motivos que desconozco, también entró el mío en ese delirio. También recordé las veces que mi hijo me ha cogido de la cintura y bajando la mano casi me toca el culo. Y la vez en que su padre y yo volvimos de una fiesta, yo tenía lencería de la buena y él se puso como una moto. Me folló como pocas veces y le pedí que también me la metiera por el culo, y lo hizo diciéndome cosas guarras y yo otras más aún. Pero escondí en lo más profundo la certeza de que mi hijo nos estuvo mirando. Una sombra en un reflejo, ruidos imperceptibles en el pasillo. Primero me dio vergüenza, luego sobreactué un poco, pues quería que viese cómo folla una mujer de verdad, y no la mojigata de su novia o las pelanduscas del porno. Recordé también las veces que he creído que alguien me observa cuando me ducho… Luego volví a mi amiga Carla, en un bucle morboso, y me convencí. Si ella lo hace y son normales, por qué yo no. Al fin y al cabo no hay deseo, sólo… justicia. Sí, esa era la palabra, ¡justicia!

No me lo pensé más, tenía que hacerlo sin más preámbulos. Fui a su habitación, toqué la puerta y entré sin esperar. El estaba frente al ordenador, con los cascos puestos y viendo porno. Se estaba masturbando y se encogió.

— ¡Mamá!

— Perdona, hijo —me acerqué a él.

Intentó apagar el monitor, pero no le dejé. Una mujer blanca de unos 30 años estaba de rodillas tragándose unas enormes pollas negras, tres contra una. Estuve mirando en silencio la escena, con él junto a mí.

— ¡Una mujer afortunada! —él no respondió a la broma. Se sentía humillado.

En el vídeo la mujer se cogió un pecho mientras agarraba una de las vergas. Parecía entusiasmada y pensé que yo también lo estaría en esa situación. El me miró. Me puse detrás de él y dejé mis manos posadas en sus hombros.

— Perdona que haya entrado así. Pero no te avergüences por lo que estás haciendo, es normal, más que normal, es lo lógico. Tenías que haber estado con María, haciendo el amor con ella. Así que lo que tienes que hacer es desfogarte.

Me agaché y le di un beso en la mejilla, pero al postrarme y levantarme le restregué mis pechos por el cogote.

— Gracias, mamá —puso una mano sobre la mía, dándome unas palmaditas. Me pregunté si esa mano era la que usaba para masturbarse.

No me moví del sitio y el vídeo seguía con la mujer, ahora con una de esas enormes porras metida en el culo. Un jadeo salía de los cascos de mi retoño.

— Puedes seguir —le dije.

— ¿Qué? —comprendió— ¡Mamá!

— Sigue, cariño. Que no te de vergüenza —seguiría con la cantinela lo que hiciese falta.

Sin embargo, él no siguió. Qué orgullosa estaba de él, me lo hubiese comido a besos en ese momento. Así que le puse los cascos en las orejas y eché el vídeo hacia atrás, cuando la mujer se estaba merendando las pollas. Y me quedé tras él, con mi vientre rozando su cabeza y mis manos sobre sus hombros. Al poco, la estimulación hizo su efecto y dejó de taparse la verga, que había encogido algo. Con una mano empezó a tocarse y aquello volvió a subir.

— Esto es muy raro —dijo. Deslicé mis manos más cerca de su cogote.

El se masturbaba lentamente, recorriendo una polla que se hacía más inmensa. La veía crecer iluminada por la luz del monitor. Volví a inclinarme hacia delante, y le cogí el ratón. Mi pecho rozaba su sien, él podía sentir mi calor. Recorrí las escenas y vi los distintos numeritos que hacía el grupo. Me quedé en una en el que la mujer tenía una verga en cada orificio, y aún le quedaba energía para pellizcarse los pechos. Volví a mi sitio, con las manos en sus hombros. El siguió con el manubrio. Una de mis manos abandonó su contacto para sobarme un pezón. Mi chico miró hacia mí, para saber qué estaba haciendo, pero sólo vio cómo la mano volvía a él. El resto lo dejé a su imaginación.

El vídeo se acabó y se puso a buscar otro. Vi cómo recorría el catálogo de perversiones, cómo miraba un vídeo, cómo lo abandonaba. Al final se quedó con uno de una mujer madura que al parecer pillaba a su hija con el novio. Le quité los cascos y le di la vuelta a la silla. Era muy morboso tener como fondo los gemidos que salían de los auriculares. Me puse de rodillas frente a él y le cogí la polla. El estaba inmóvil.

— Mira cariño, esta noche es especial —tenía el calor de su rabo en mi mano. La otra descansaba en su pierna.

Empecé a masturbarlo lentamente. Miraba su envergadura, pensando en lo chica que era esa misma verga hasta no hace mucho, y ahora era tan grande como la de su padre. Lo miré, estaba respirando profundamente, ocultando los jadeos, y le sonreí.

— Será nuestro secreto —cambié el tono, lo más sensual posible—. El secreto de mamá —porque era su mamá quien le daba placer y no la tonta de su novia. No sabía qué efecto tendría en él hablar así, pero la polla respondió por mi niño, pues estaba cada vez más dura—. ¿Te está gustando cómo te doy las buenas noches?

— Síiii.

— ¿De verdad, cariño?

— Sí, mamá —me dijo mamá como madre, pero yo quería me lo dijese de otra manera, como si dijese puta. Me estaba poniendo cachonda y quería que él también participase más en el juego, pero era su noche y no le iba a presionar.

— No se lo puedes decir a nadie ¡a nadie!

— No…

— Nuestro secreto… de madre e hijo… compréndeme, no podías tener tu noche de bienvenida solo —solté el rabo y le acaricié la mejilla. Volví a masturbarlo—. No hay nada malo, creeme. Piensa que es algo higiénico. Te he tocado muchas veces la colita cuando era más chico, esto no es nuevo. Ahora la tienes más grande, como la de tu padre —aumenté el ritmo—, a él le gusta que le toque ¿te gusta a ti también, cariño?

— Sí, mamá, me gusta mucho. Gracias…

— No me des las gracias aún, amor —no solía ser tan cariñosa cuando me dirigía a él, pero tenía que atraparlo en mi torrente de amor maternal—. También me gusta tocarte. Y me gusta oírte decírtelo —me acerqué un poco más para que mi torso rozase sus piernas con el movimiento. Me quedé mirándolo fijamente mientras movía la verga—. Díme cómo te gusta lo que está haciendo tu mamá.

— Me encanta cómo me coges la polla, mamá —le costó hablarme así, pero le animé a seguir.

— ¿Te habías imaginado esta situación? —silencio acusador— ¿me has tocado intencionadamente alguna vez? Dímelo, cariño —dije suspirando—, díselo a mamá .

— Una vez… que te quedaste dormida… te habías tomado un chupito y papá estaba en vuestra cama. Estabas echada en el sofá, tenías unos tirantes y no llevabas sujetador. Dormías como un tronco y no podía dejar de mirarte las tetas —le miraba sonriendo— , te puse una mano en el vientre, y como no reaccionaste, te cogí un pecho, quería saber cómo se sentía —recuerdo ese momento, no sé cómo pude olvidarlo. Entonces recordé que como soy tan protectora pasó lo que siguió contando—, entonces tú, dormida, me cogiste la mano. Me dio un miedo horrible de que te despertases tú o papá en ese momento, pero también me gustó tener tu pezón duro rozando la palma de la mano… y tu mano encima de la mía —eso es, el chico tuvo curiosidad y ya que tuvo la osadía de tocar a su madre, no iba a dejar que se quedara a medias—. Mientras no sabía qué hacer, te miraba las piernas, las tienes preciosas, mamá. Luego retiraste la mano y pude escapar del salón.

— Dime cariño, si me has tocado… ¿te has masturbado pensando en mí? ¿en tu mamá?

— Sí, alguna vez. ¡Pero pocas veces! —puse cara de sorpresa.

— ¿Pocas veces? ¿No soy deseable?

— Estás cañón, mamá, no seas mala. Mis amigos se comportan raro cuando apareces con las calzonas o los pantalones ajustados. Eso no lo hacen con el resto de… madres.

— ¿Tus amigos me miran el culo, delante tuya? tú también me lo miras, entonces…

— También te miro el culo, mamá. Lo tienes perfecto.

— Gracias, cariño. ¿Qué más te gusta de tu mamá?

— Lo puta que és —le salió del alma. Se quedó algo cortado.

— Esta noche es puta para ti, amor. Tienes la polla bien gorda, y me está gustando conocerla bien. Me encanta cogerte la polla como una puta, sentir la polla de mi hijo, masturbarte como masturbo a tu padre.

— Es una delicia cómo lo haces, mamá.

— Hoy mamá es tu puta, mi amor —dejé que se deleitara en mi masaje—. Nos quedamos en que sólo te gusta mi culo.

— También me gustan mucho tus pechos. Este verano no pude evitar verte tomar el sol en la piscina del tío. Creías que estabas sola y estabas haciendo top-less. Luego te diste la vuelta y te desabrochaste la parte de abajo, para tomar el sol. Al rato, cuando te levantaste se te olvidó que no llevabas atado el bikini y te vi desnuda, te agachaste a cogerlo, y tu culo… estás buenísima, mamá. Pero tus pechos tan grandes… —se estaba aturullando, el pobre.

— ¿Te masturbaste entonces? —interrumpí—. ¿Eyaculaste pensando en tu madre?

— Sí —mintió, lo sé, pero se puso cachondo de pensarlo. Seguro que a partir de ahora alguna macoca caería en mi honor. No dejaba de mirarme el escote.

— ¿Quieres que mami te enseñe las tetas? ¿Quieres ver las tetas de mamá mientras te toca la polla? —afirmó—.

Me saqué un pecho de la blusa, me pasé un dedo por un pezón, y luego saqué el otro. Me manosee mientras gemía, aunque ya llevaba tiempo suspirando y gimiendo. Pero como me apretaba la tela, terminé por bajarme toda la blusa. Me pasé las manos desde las caderas hasta los pechos, para que él viese la firmeza de los mismos.

— Ahora te gusta más que te toque ¿verdad? viendo las tetas de tu mamá. Ya no tienes que espiarme, me las puedes mirar, hijo. Estoy desnuda para ti. Sólo para ti —se incorporó y se acercó. Me deseaba, pero no se atrevía a mancillar mi cuerpo. Yo seguí incitándole—. Mami sabe que tiene cuerpo de puta, pero puta sólo para su niño, igual que esta es la polla de mamá —mi hijo se atrevió a cogerme de un pezón, tiró suavemente de él, luego hizo movimientos circulares con el índice y el pulgar. Apenas apretaba, pero la insistencia del movimiento empezó a excitarme—. Sí, cógeme de los pezones, me gusta mucho, hijo. Me gusta que me toques así, sigue. Son para ti.

Notaba que su excitación había pasado varios límites, pero seguí con lo mío. Me acerqué más aún. Acercando mi boca, dejé que fantaseara con que le hacía una felación, quería que sus pajas en un futuro tuviesen recuerdos vividos, que cuando estuviese con María o similares, fuese consciente de que había otras formas de practicar un sexo más pleno.

— Quiero verte eyacular, cariño. Ver tu leche en mis manos. Mami hará que sea inolvidable—me puse más erguida—. Cógeme las tetas… así… tienes la polla entre las tetas de mamá —él las apretó para sentir el contacto con su verga, pero era yo quien dirigía el movimiento de la polla, y sólo dejé que las rozase—. ¿Quieres correrte sobre mi? ¿Sí? Dámelo, amor, así, así, muy bien cariño, dámelo todo, más, un poco más, así…

Me cubrió los pechos con su leche, las manos estaban pringadas y unas gotas tocaron mis labios. La polla estaba muy gorda, pero no tardaría en bajar. Yo estaba muy cachonda y necesitaba también un recuerdo para llevarme a la soledad de mi habitación. Me metí la verga en la boca y saboree el salado esperma de mi hijo. Con las manos movía la polla y con la boca chupaba el glande, que aún recibía pequeñas gotas. Cuando no quedó nada, terminé de limpiarle la verga con la lengua y labios. Me dio la impresión de que el chico recuperaba muy levemente la erección, cosas de la juventud, pero yo ya había acabado lo que había ido a hacer.

— Te has corrido sobre tu madre, has sido un poco guarro, hijo —me pasé los dedos por los pechos, recogiendo el semen, y me los metí en la boca—. Este será un secreto entre tú y yo. Tu madre ha sido algo puta y a ti te ha gustado correrte sobre ella —me subí los tirantes de la blusa, un pecho pudo entrar, manchando el satén con el semen, el otro quedó a medio meter. Me puse de pie y le di un beso en los labios. Me dirigí a la puerta.

— Y papá…

— Tu padre no es problema, eso es cosa mía —me acaricié el pecho que estaba descubierto aire—. Espero que te haya gustado tu noche de bienvenida, porque esto no se volverá a repetir —hizo un gesto de aprobación, así quedaba sellado nuestro secreto.

— Buenas noches, mamá.

— Buenas noches, mi amor.

Entré en mi cuarto y me desnudé. Dejé la puerta abierta por si mi hijo quería volver a mirar a su madre como puta, pero esa noche no salió del cuarto. Estoy segura de que volvió a pajearse, yo lo hubiese hecho. De hecho, abrí la mesilla de noche y saqué el consolador que solía aliviarme las noches en que mi marido me dejaba sola en casa. El semen de mi hijo ya estaba secándose y me humedecí los dedos para pasarlos por mi piel, y volver a saborear su néctar. Mi sol se merecía que me lo tragase todo, eso me decía mientras el vibrador entraba y salía de mi mojada vulva.
 

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Ayudo a mi Hijo a Descargar sus Testiculos - Capítulos 002



Había transcurrido casi todo el verano desde que me excedí en sobreproteger a mi hijo. Creía que habíamos dejado lo ocurrido en el limbo de los recuerdos improbables. Pero claro, a principios de septiembre ocurrió algo que me hizo volver a la realidad. Estábamos los tres en casa, con mi hermana, su marido y mis sobrinos. Habíamos vuelto de la piscina y nos disponíamos a comer unos pollos asados que habíamos comprado por el camino. Estábamos eufóricos y hambrientos, pero quisimos hacernos una foto de recuerdo antes del festín. Nos juntamos como pudimos e hicimos la foto grupal, que naturalmente salió con la mitad bostezando, movidos o con los ojos cerrados, así que repetimos. En esta segunda ocasión mi hijo Vicente, que me tenía cogida por la cintura, bajó la mano. Noté cómo su mano pasaba de estar en las costillas a bajar hacia el elástico del bikini. A través de la bata de playa, sentí su mano cómo acabó terminando rozando mi culo, volviendo a subir hasta la cintura. La bata me quedó algo subida y me la bajé mientras mantenía estoicamente la cara de foto hasta que pudimos romper filas, y luego miré a mi hijo con un regaño silencioso. No me hacía gracia su atrevimiento, porque indicaba que o no había superado lo sucedido, o que el episodio iba a tener una continuidad en el tiempo.

Después de la comida, vino la sobremesa y el sopor de la tarde. Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja con Vicente y el caso es que el chico no salía del baño. Como tenemos dos, no había problema por los invitados, pero es que él no salía. Y él va a sus necesidades por las mañanas antes del café, como un reloj. Así que algo estaba haciendo, y me hubiese jugado el brazo a que tenía que ver con su pene. Yo estaba en el sofá, con mi hermana Teresa a un lado y mi cuñado al otro, ambos emitían leves ronquidos, y yo con mi hijo contínuamente en la cabeza. Me incomodaba que se estuviese pajeando con nuestro invitados aquí, con los niños correteando. Luego supuse que al menos habría echado el pestillo. Mientras veía la televisión, pensaba en que quizás Vicente había tenido un verano confuso, con los tira y afloja con María, los exámenes finales, y que quizás yo me había pasado un poco. Me vino otra vez la fuerza protectora. Si estaba haciendo lo yo que creía que estaba haciendo, sin esperar a tener un poco de intimidad, es que estaba pasando una mala época, posiblemente por mi culpa. Y si no era así, era yo la que estaba teniendo un berrinche por nada. Así que decidí ver qué pasaba.

El pestillo del baño se puede abrir por fuera con un alfiler, así que con decisión, metí el alambre, sonó la liberación del pestillo, abrí, entré y cerré. Allí estaba, masturbándose frente al lavabo.

— ¡Mamá!

— Perdona, hijo —esto me sonaba, pero ahora había mucho enojo en mí—. ¡No me lo puedo creer! ¡Ahí al lado está Tere con los niños! ¡Tu padre! ¡Ramón! ¿A qué estás jugando?

Vicente mantuvo la mirada hacia abajo. Con la polla aún en la mano. Mi primer pensamiento fue echar otra vez el pestillo, por si entraba alguien y lo pillaba así.

— Pero yo puse el pestillo…

Me acerqué a la puerta y la aseguré, pero al darme la vuelta él movía la mano muy lentamente. Se estaba masturbando delante de mí, como si fuera un mono. Con la mirada gacha, no me miraba a los ojos, porque si lo llega a hacer le arranco las orejas.

— Al menos podrías esperar a la noche, en tu cuarto —se siguió tocando lentamente. Quedó claro que estaba decidido a llegar hasta el final, y que estaba esperando que le dejase en paz—. ¡Joder, Vicente, estoy aquí, podrías parar! —pero no paró.

Yo me quedé mirándolo con los brazos en cruz. Vaya situación más ridícula. La verga se le empezó a hinchar, su mano la recorría sin llegar al glande, tomándose su tiempo. Me impacienté.

— Pues no te quedes aquí toda la tarde, ¡termina! —me quedé plantada, sabiendo lo antisexual que es tener a tu madre delante mientras te masturbas. Pero él siguió con la paja, mirando lascivamente mi cuerpo. ¡Joder, si antes por poco me coje el culo a placer! ¡Qué tonta había sido! Y ahora miraba mi boca, pero se volvió a avergonzar.

— Perdona mamá, pero llevo así todo el día, necesito centrarme, necesito terminar… —me conmovió— sal, acabo enseguida, no volverá a ocurrir.

— No puedes volver a hacer esto, cariño —le acaricié la mejilla—. Hay cosas que hay que dejar en la intimidad… —pero Vicente ya no escuchaba mi voz. Cogió mi mano e intentó llevarla a la polla, me aparté—. ¡Me voy!

— No, mamá, por favor, no te vayas —me dirigí a la puerta—. Por favor…

Me daba mucha lástima y me sentía culpable, así que me di la vuelta, sin un plan. El seguía con la masturbación, mirándome los pechos ahora. Se me vino a la cabeza las veces que este verano le había pedido a mi marido que me pellizcara los pezones, que tirara de ellos mientras me tragaba su polla, mientras me montaba. Y todo porque se me mojaba el chocho cada vez que me acordaba de cuando mi Vicente me tocó. La última vez que me corrí así fue hace dos noches, yo estaba sentada sobre mi marido, con la polla recién descargada dentro de mi vagina y me estuve frotando el clítoris como una loca mientra me apretaba un pezón con una mano y el otro estaba entre los dientes de Juan. En cuando imaginé que el semen que sentía dentro no era de mi marido, sino de nuestro hijo, me corrí como nunca, mojando el vientre de Juan. Luego llevé el coño a su boca y… en fin, si yo tenía sueños húmedos con mi hijo, tenía que aceptar que él los tuviese conmigo. Pero no me gustaba aquello.

Seguía mirándolo con los brazos cruzados. El me miraba ahora abajo, hacia mis piernas. Pero lo único que podía ver eran mis rodillas, que era lo que mostraba mi bata. Yo me impacientaba, pues si alguien nos veía salir podían hacer preguntas incómodas.

— Sólo un poco —me dijo, mirando mis rodillas. Me volví a enfadar otra vez, pero el recuerdo del polvo con mi marido me hizo ser comprensiva. Me subí el vestido hasta los muslos. El empezó a masturbarse con más rapidez, los ojos se le iban a salir. A mí, el roce del vestido al subir, y sentirme tan deseada me estaba haciendo humedecer el bikini—. ¡Gracias, mamá!

Tenía que animarlo para acabar lo antes posible. Por mi parte, mi apetito lo podía satisfacer con Juan esa misma noche. Acerqué a mi hijo y lo puse de rodillas, para que su cara estuviese a un palmo de mi coño. Creo que incluso Vicente podía olerlo. Dejé que me mirara a placer. Yo también me miraba sosteniendo la falda por los laterales y me estaba poniendo más cachonda aún, mirando mis piernas y pensando en que Vicente eyaculara sobre ellas. Me subí más el vestido y se quedó con la mirada fija en el bikini pegado a mi coño. Creo que también estaba algo mojado. Fui a decirle algo subido de tono, pero me fijé que la mano masturbadora tenía algo, como un trozo de tela que era con lo que se frotaba. Lo paré y le abrí el puño, mostrando unas braguitas mías. ¡Las había puesto en el saco de la ropa sucia hacía dos días! Se estaba pajeando con mis braguitas sucias.

— ¿Y esto? ¿Me estás acosando?

— No, no, no.

— ¿Pero cómo eres capaz de revolver en mis cosas? —mientras hablaba, más pena me daba mi hijo. Tendría que haberme dado cuenta antes… igual no lo conocía tan bien.

— ¡No, no! Estaba ahí, en el cesto. Yo no tocaría tus cosas —a mí, en cambio, me puso cachonda pensar en él tocando mis juguetes.

— ¡Pero es que está sucia! —le quité las braguitas y me la llevé a la nariz. Olía a orín, a flujo, a culo y a ropa sucia— ¡Cómo se te ocurre!

Oler mi culo también causó que me excitara un poco más. La otra noche, Juan, después de abrirme el culo, me pasó la polla por la boca y ese olor hizo que me pusiese como un animal en celo, y ahora volvía a sentir lo mismo. Pero no podía consentir que mi hijo se expusiese a algún tipo de infección en el pene. Tiré las braguitas al saco de la ropa sucia y me quité la parte de abajo del bikini. Lo olí, recibiendo el aroma de mi coño mezclado con el cloro de la piscina. Se lo puse a Vicente en la nariz.

— Esto sí huele a coño y está limpio.

Se lo puse en la mano y se la llevé otra vez a la verga, que estaba muy hinchada. Empezó a masturbarse. Yo me volví a levantar la falda y dejé que se pajeara mirando mi coño depilado. Se me ocurrió animarlo más, para que acabara pronto. Le agarré del pelo e hice que me mirara y le hablé en voz baja.

— ¿Quieres correrte sobre mí, echar tu leche sobre mí?

— Sí, mamá.

— Hazlo, cariño, córrete sobre mamá —él estaba en éxtasis, seguramente llevaba tiempo deseando oírme hablar así—. Mamá vuelve a ser tu puta… tu puta secreta… —qué ganas tenía de tocarme yo también— mírame el coño, mi amor. Mírame las piernas —puso una mano sobre mi muslo, pero se la aparté—, no me puedes tocar, cariño, no te he dado permiso. ¿De verdad quieres tocarme, mi vida?

— Sí, sí —me di la vuelta, levantando el culo, lo puse en pompa, abriéndolo para que viese mi vagina y mi ano.

— No me puedes tocar. Hoy no, pero puedes eyacular sobre mí. Mami está hoy muy puta, amor, y quiere tu leche sobre ella.

Pero Vicente no se corría y empecé a pensar que lo hacía a propósito. Me puse frente a él y le cogí las bragas del bikini y usándolas como un guante, empecé a masturbarlo, pero con un ritmo más alegre de lo que estaba haciendo él.

— Al final has hecho que tu putita te coja la verga… —recorrer su buena polla con el bikini entre los dedos no era tan mala idea, iba muy suave— era esto lo que querías ¿no? —yo hablaba sin esperar a que él respondiese, yo sólo miraba su polla— parece que hoy ya te has pajeado, está muy gordota pero no quiere escupirme. ¿Es eso? ¿Ya te habías tocado? ¿dónde, en la piscina? hoy no había mucha gente, ¿qué ha pasado hoy?

— Habían dos chicas…

— Las suecas esas… sí, una tenía unos pechos enormes… —empecé con mis historias mientras lo masturbaba— una vez una amiga me enseñó sus tetas, eran más grandes que las de la sueca, eran ubres. Me dejó jugar con ellas, de broma. Intentaba abarcar una de ellas con las dos manos, no podía, luego la otra. La sostenía, pero se me escapaban y caían. Cuando vi que mi amiga se empezaba a poner colorada, dejé de jugar y me llevé el enorme pezón a la boca...

— También vi a Ramón con la polla bien gorda mientras os miraba a ti y a las suecas, a la entrada del vestuario. Se estaba tocando —eso no me lo esperaba.

— ¿No estaría mirando a Tere?

— No, os miraba a las tres. Me puso muy cachondo pensar que papá y Ramón te follaban uno detrás de otro, o a la vez.

— ¡Pero no me tiro a tu tío!

— Me lo supongo, pero yo cogí un gran calentón, mamá. Me masturbé allí. Mirándote, bueno a ti y a las mujeres que había allí.

— ¿Te tocaste así? —la polla estaba muy dura, y empecé a usar las dos manos—. ¿Y no te quedaste tranquilo?

— Sí, pero luego ahí, entre vosotras… y pensando en la paja que me había hecho casi en público… me volví a excitar… mis amigos te miran mucho, mamá. Luego, cuando llegamos a casa y te pegaste a mí para la foto, no pude evitar tocarte, para sentir que nuestro secreto fue real. La polla me estaba volviendo loco y necesitaba descargar otra vez.

Había dejado de masturbarlo. El pobre estaba muy salido, las hormonas no le dejaban pensar con claridad. Le di un beso en la mejilla. Me puse de rodillas frente a él y me llevé el bikini a la nariz. Esta vez olía a polla y coño. Busqué la zona más mojada de la tela y la lamí. Luego pasé la lengua por los dedos y empecé a masturbarlo con las manos desnudas y con más rapidez. No quería que se sintiera culpable por lo que sentía, así que tenía que hacerle ver que su deseo provenía de la lascivia su madre. Al fin y al cabo, yo inicié este problema.

— Mami quiere oírte decir que es tu puta, cariño.

— Eres mi puta, mamá.

— Sí, cariño, lo soy. Por eso me gusta tanto tener tu polla entre mis manos… —intentó acercar la verga a mi boca, pero no le dejé. A cambio le conté una de mis historias— una vez Tere me dejó un vestido suyo de cuando tenía algo más peso. Me quedaba como un guante, y a cambio de hacerme los pechos más bonitos, resaltaba mucho mi culo. Me costaba mucho andar con él, pero me lo puse ese mismo día y nos fuimos los cuatro de copas. Tere y tu padre se fueron a bailar y me fui con Ramón a dar una vuelta por el jardín de la discoteca. Me habló del vestido. Me dijo que le había hecho el amor muchas veces a Tere con el vestido puesto, en otras palabras, que se le ponía dura en cuanto veía a Tere embutida en él —a la polla de mi hijo también le gustaba el relato—. Que me veía a mí puesto con él y que aún me sentaba mejor que a mi hermana. Que si la suerte que tenía Juan…

— Es que estás muy buena, mamá —ya empezaba a jadear mi chico.

— Me habló de un botón que estaba disimulado en el vestido y que yo creía que era de adorno. Estaba en la axila y dejé que lo desabrochara. Mi pecho salió por él. No llevaba sujetador, porque el vestido no lo necesitaba. Nos reímos. Pero colocarlo otra vez era más complicado, así que sólo pudimos hacerlo con Ramón sujetándome una teta y yo abrochando el botón. Tras un silencio, Ramón desabrochó otro botón que estaba al otro lado. Salió el otro pecho, y yo me quedé quieta, me había gustado antes cuando me tocó el pecho —la polla de mi Vicentito ya estaba a punto de regalarme su leche—, y esperé a que tu tío volviera a quitar el primer botón. Me estuvo sobando los pechos y me comió los pezones. ¿Te hubiese gustado ver cómo otro hombre le come las tetas a mamá?

— Sí, sí, sí.

— Me hubiera gustado que lo vieras, amor. Y que tú también me las hubieras comido. Yo me puse muy cachonda y me remangué el vestido, ofreciéndole mi trasero al tito, y me la metió bien dentro.

— ¿Te la metió por el culo? —a mi niño le daba igual si la historia era real o inventada, tal era el calentón que tenía y que yo me estaba encargando de apagarlo.

— Me la metió por el coño, amor mío. Me embestía muy duro, tenía la polla tan dura como la que tienes ahora, como la que tengo en mis manos. Las pollas tan grandes como las vuestras me vuelven muy puta, no puedo evitarlo. Casi me faltaba el aire del goce que tenía y él estaba como un toro cegado por el vestido —la polla de mi Vicentico estaba a puntito de caramelo—. En realidad, cuando le ofrecí mi trasero, tenía cierta fantasía de que me la metiera por el culo, en el jardín, a expensas de que nos viera alguien.

Me puse de pie y me di la vuelta, subiendo la bata. Coloqué la polla de Vicente entre los glúteos, de forma que el rabo quedase a la altura de mi ano.

— Córrete, amor mío. Córrete sobre mí. Déjame sentir el semen en mi culo.

Vicente se empezó a masturbar con mi culo. El glande pasaba por el ojete de forma frenética. Algunas veces se quedaba enganchado, pero volvía al frotamiento. A pesar de la estimulación que estaba recibiendo en el ano, estaba sufriendo por si intentaba metérmela por alguno de mis agujeros, pues se la iba a sacar inmediatamente con malos modos. Sentí su leche por mi espalda y mi culo. Sin darme la vuelta, le cogí la verga y la puse entre mis muslos, a la altura del coño y dejé que se moviese como si me estuviese follando, dejando que terminase de descargar y, de camino,haciendo que su glande me frotase el clítoris.

— Dámelo cariño, dáselo a mamá… tengo tu leche cayéndome por el culo, amor.

Esperé a que terminara. Luego cogí una toalla que humedecí y le limpié bien la verga. Después me limpió él a mí.

— Esto no puede ser, amor —le dije.

— Pero me da el calentón… —le costó seguir— y luego tú te vuelves tan… tan… puta…

Se me erizaron los pezones otra vez.

— Pero comprendes que esto no puede volver a ocurrir, ¿verdad?

— Sí, mamá.

Salimos, y el resto de la jornada transcurrió tal cual.
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heranlu

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Ayudo a mi Hijo a Descargar sus Testiculos - Capítulos 003


Mi marido Juan me tiene bien servida sexualmente hablando y yo procuro complacerlo en todo lo que puedo, y a mi manera. Como alguno ya sabréis, tengo una relación ligeramente tormentosa con mi familia, provocada por la obsesión de darle siempre lo mejor a mi hijo. Esto ha derivado en que yo solita me haya metido en situaciones complicadas. Os contaré lo que ocurrió una noche al acabar el verano donde se inició todo.


Mi marido y yo íbamos de cena ese día. El tiempo se me echaba encima, como siempre. Por si fuera poco, Juan salía tarde del trabajo y tenía el tiempo justo para venir a recogerme y llegar a la recepción. Yo, para evitar más retrasos, me duché, pinté y medio vestí antes de meterme en la cocina para dejarle la cena lista a mi hijo. Aunque él era perfectamente capaz de cuidarse solito pues había estado viviendo en el extranjero gracias a una beca, a mí me gustaba que en casa se sintiese como un rey.


Estábamos en la cocina, yo entre fogones y Pedrito con el móvil. Hablábamos de su nueva amiga, de su ex novia, de cómo afrontaría el nuevo año. La conversación no era fluida, pues yo estaba pendiente de la comida y él de la pantalla del teléfono. Mientras estaba con la cuchara dando vueltas al sofrito pensé en la lencería negra que llevaba puesta y que se me podían romper las medias si me salpicaba aceite hirviendo. Me gusta ir guapa a las reuniones de amigos, y como iba a llevar un vestido con una buena ranura lateral hasta el muslo, quise ponerme sexy para mi marido. Así sabía que esa noche tendría mi ración de Juan. No negaré también que siento cierto morbo cuando pillo a nuestros amigos, o amigas, mirándome el culo o el escote.


Pueso eso, pensaba en la lencería y en cómo le pone a Juan, y empecé a ser consciente del roce de la seda de mis muslos cada vez que me movía. Sentía también los pechos muy bien sujetos por el sostén, su precio lo valía, estaba claro. El liguero apenas me molestaba en las caderas y el culotte realzaba mi querido pandero. Me hacía gracia pensar en el contraste entre mi ropa interior y el batín que usaba en casa con las babuchas con pompóm. Me preguntaba qué efecto tendría verme así desde fuera… desde donde estaba mi hijo, por ejemplo… y pensé en si estaba provocando alguna reacción en él, alguna reacción no prevista… no, el batín me llegaba hasta más abajo de las rodillas… pero se me había subido un poco por el culotte y el delantal… tampoco era para tanto… hasta que noté a Pedrito detrás de mí, muy cerca.


— Estás muy guapa, mamá.


— ¡Muchas gracias! ¿Te gusta? ¡Ya verás cuando me ponga el vestido! Luego estaremos varios días hablando de unos y de otros. Estoy deseando ver a Marga, siempre trae algo espectacular.


— Vas a estar suprema —tan cerca estaba que me puso las manos en la cintura, y pudo sentir el liguero a través de la bata—, ¿Qué llevas ahí?


— ¿Qué quieres que lleve? Tu madre cuando se arregla cuida hasta el último detalle.


— ¿Pero qué es? —el pobrecito mío no podía imaginarse la lencería que gastaba.


— Un liguero… —lo estaba viendo llegar, y llegó. Rozó su pene en mi culo. Hice como si nada, pero el rozamiento seguía y me puse más severa—. Vete a la mesa, no seas pesado.


Habíamos tenido unos meses muy tranquilos pero mi relación con mi hijo era como una herida sin cerrar, un bucle que parecía no tener fin. No quería girarme. Yo seguía con mis platos, pero sabía lo que él estaba haciendo, lo que estaba haciendo con su pene.


— Mamá…


— Dime…


— No quiero que te enfades… —podía oír el ruido de su mano masturbando su verga.


— Ya sabes lo que tienes que hacer, cariño, sé bueno. En cualquier momento viene tu padre y nos vamos corriendo —pero seguí oyendo cómo se masturbaba.


— ¿Por qué no me enseñas un poco más?


— ¿Más que?


— Tu lo sabes, tus piernas… más arriba…


— Hijo, que no. No es el momento —mi subconsciente me estaba traicionando— ¡no habrá ese momento! —yo sola cada vez me liaba más, qué torpe fui. Me giré. Como esperaba, estaba con la polla fuera—. ¡Vamos Pedrito! Por favor…


Y Pedrito no paró. Yo me giré e intenté ignorarlo, pero no era posible. Me volvía a sentir culpable por haberlo iniciado en esto. A él le costaba gestionar unos actos difícilmente gestionables, y a pesar de todo, tenía que reconocer que el chico había sabido estar muy correcto últimamente.


— Mamá… sólo un poco…


Así que o bien hacía sentir más culpable a mi hijo por un error mío de cálculo, o bien le permitía terminar su masturbación y postergaba una buena charla con él. Entre mis sentimientos encontrados había uno, uno en concreto, que había humedecido mis braguitas, así que me dejé llevar por mi instinto. Me levanté un poco la bata, y le mostré mis muslos, envueltos por la seda negra de mis medias. Apagué el fuego y dejé que me mirara. Ya no cocinaba, pero no dejé de moverme mientras le daba la espalda, sabía que eso le pondría como una moto.


— Un poco más, por favor, más arriba…


Me subí la bata lentamente. Primero enseñé el fin de las medias, después mi culo, y cuando ya lo había mirado bien, me subí la bata hasta las costillas, para que viese el liguero. Oía cómo se masturbaba más rápido. Dejé el culo ligeramente en pompa, para hacerlo más esbelto, pero él se acercó y su polla fue directa a mis cuartos traseros. El culotte impidió que me penetrara. Me enfadé y me di la vuelta, empujándolo.


— Si quieres follar, búscate una novia. ¡A mí no me vuelvas a hacer eso!


Pero él volvió, intentando besarme a la vez que intentaba bajarme las braguitas. Intenté zafarme pero él estaba cegado. Tenía que pararlo como sea.


— ¡Para! —siguió, así que me puse cariñosa—. Déjame a mí, amor —le puse mis manos sobre su pecho y conseguí que aflojara.


En ese momento le dí un tortazo que tuvo que dejarlo con buen pitido en los oídos. Le agarré la polla y le clavé las uñas. La otra mano hizo lo mismo con sus testículos.


— ¿Te vas a estar tranquilito? —hinqué las uñas.


— Sí, sí.


— ¿Querías violarme? —estaba muy enojada, y avergonzada por él. Siempre había estado muy orgullosa de mi hijo, y esa no era la educación que le había dado. ¿Qué le había pasado? — esto es… pero cómo… —seguía con su polla en la mano— ¿qué te pasa?


— Perdona, he entendido mal todo —estaba a punto de llorar—. Yo no te haría daño, mamá —se le veía destrozado, no tuve más remedio que creerle, pero seguía enojada, las uñas clavadas en su miembro—. Me he portado bien este tiempo ¿verdad?, a pesar de que tú…


— ¿Yo? ¿Yo qué? —me volvió a enfadar.


— Bueno, que no te cortas un pelo, vas sin sujetador, o solo en sujetador, o como hoy que…


— ¡En mi casa voy como se sale del coño! —lo que me hizo enfadar más fue que algo de razón tenía. No quería reconocerlo, pero quería que mis dos hombres me vieran sexy. Algo totalmente contraproducente con Pedrito, lo reconozco, pero aún así no tenía que haberse echado encima mía.


—Ya, pero cuando estás con papá tampoco te cortas —lo miré extrañada—. Gritas mucho cuando follas, mamá —le dejé de clavar las uñas—. Y dices muchas cochinadas, es que te gusta mucho —sin darme cuenta empecé a mover la mano de la polla, recorriendo levemente su piel.


— Pero no puedes comportarte así.


— Creía que estabas juguetona, mamá. Estos meses no te he molestado, y pensé que me echabas de menos.


— Tienes que aprender a leer las señales, cariño. No puedes hacer eso. ¡Jamás!


— Sé que lo he hecho mal, mamá, de verdad —estaba muy avergonzado y le di un beso en la mejilla. Quise hacer las paces, y como su rabo no había disminuido, no se me ocurrió nada mejor que terminarle la manola. Me pareció que había aprendido la lección. Realmente había echado de menos tener su polla entre mis manos. En la casa cada uno tenía sus lugares y costumbres, y yo sabía perfectamente cuándo se masturbaba y me daba pena que lo hiciera solo.


Apoyé el culo en la encimera, le cogí la verga con las dos manos y empecé a masturbarlo.


— Mami quiere hacer las paces contigo ¿de acuerdo?


— Sí mamá, gracias mamá.


— ¿Quieres ver la lencería que llevo puesta? A cambio te tengo que masturbar más rápido, que puede venir tu padre… si nos pilla así no sabría darle una explicación —se sonrió.


Me quité el delantal y me desabroché la bata, que dejé caer. Le seguí masturbando con las dos manos, a cada movimiento, mis pechos se encogían y se expandían en el sostén.


— Echaba de menos tener tu polla en mis manos, amor. ¿María te la cogía así?.


— Cómo puedes comparar. Eres una diosa, mamá. Estaría así toda la vida —me hacía una idea.


— Eso quisieras… pero hoy no.


Se me ocurrió lubricar bien la polla y masajearla a placer sin hacerle daño. Cogí un poco de aceite de oliva y lo froté en la palma de mis manos. Aquello resbalaba que daba gusto. Cada vez que recorría su verga con esa fluidez, me imaginaba tener su polla dentro de mí, entrando y saliendo.


— ¿Sigues pensando en mí cuando te masturbas?


— Sí, casi siempre.


— Eres muy guarro, mi amor.


— No creo que aguante mucho a ese ritmo, mamá.


— No quiero que aguantes nada, cariño, me lo tienes que dar todo. Sólo tienes que avisarme.


Lo vi estirarse levemente. Realmente le faltaba poco, pero al ver mis manos engrasadas volví a ceder a mis impulsos. Me puse de rodillas ante él, y coloqué el glande justo a la entrada de mi boca abierta. Mientras que seguía masturbándolo con una mano, la otra pasó por sus testículos y el índice acabó a la entrada de su culo. En un acto reflejo cerró los glúteos.


— Relájate, cariño, déjame hacer.


— ¡Mamá! ¡No! —pero yo no quité el dedo y él seguía tenso.


— Haz caso a mami. Antes querías tenerme y ahora no quieres que te tenga, no es justo, amor —volví a clavarle las uñas en la polla, sólo un poco—. Abre el culo.


— ¡Mamá! —hinqué más las uñas y él relajó los glúteos. Sabía que yo no le haría daño, pero le di la excusa perfecta para que se dejara hacer.


Moví la mano masturbadora recorriendo toda la polla, lentamente, para relajarlo. Luego empecé a meter la punta del dedo. Poco a poco.


— Así amor, dáselo todo a mamá.


Sin darme cuenta, el dedo estaba casi dentro, así que lo saqué y metí el índice y el anular, que entraron fácilmente. Pedrito estaba muy confuso. Yo empecé a meter y sacar los dedos mientras lo pajeaba. La boca esperando su leche.


— Tienes la polla más dura que nunca… me haces sentir muy puta… no entiendo cómo me puede dar tanto placer hacerte una paja… tengo muchas ganas de llenarme la boca con el semen de mi niño… —quería ponerlo lo más cachondo posible, pero también me estaba calentando a mí misma.


Y al final me llenó la boca. Su ano apretaba mis dedos mientras su verga descargaba. No dejé que se saliese ni una gota, me lo iba tragando como podía. El veía lo que me costaba tragar y eso le hizo que eyaculara más aún, realmente le gustaba ver a su madre como una perra. Cuando acabó me puse de pié y me chupé los dedos que habían estado dentro de él.


— Mi casa, mis reglas. Piénsatelo la próxima vez que te hagas el encontradizo conmigo, amor.


— Sí mamá.


Fue ponerme la bata y llegar Juan. Nos fuimos corriendo al restaurante y llegamos a tiempo por los pelos. Esa noche follamos mucho, pero sólo por esa vez intenté no gritar mientras me penetraba.
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heranlu

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Ayudo a mi Hijo a Descargar sus Testiculos - Capítulos 004


Llegó el cumpleaños de Pedrito. En casa hicimos una mini fiesta, con su tarta y la vela, pero la fiesta de verdad la tendría él con sus amigos. En nuestra reunión, recibió con alegría nuestro regalo sorpresa, la videoconsola que quería, pero había cierta tristeza en él. Cuando el chico volvió bien tarde, mi marido y yo estábamos en la cama, acostados y leyendo. Era tarde para nosotros, pero demasiado temprano para él. Pensé en si sería adecuado darle el regalo de cumpleaños que él hubiese querido realmente. Me levanté de la cama y me quité el camisón. Mi marido se giró y me miró fijamente. Abrí el cajón de las prendas picantonas y saqué medias, braguitas y otras prendas. Ante la mirada de Juan, me puse las medias, alisándolas desde los pies hasta los muslos. Me puse un tanga de encaje y sobre éste, el liguero para sujetar las medias. Finalmente, me cubrí con una combinación.

—Le daré las buenas noches al chico.

Juan no me dijo nada, pero se me quedó mirando. En el fondo, sabía que nuestro último año tan intenso tenía una razón de ser. Le sonreí y le dí un beso. Salí de la habitación y entré en la de Pedrito. Como esperaba, estaba ante el ordenador, viendo porno. Se giró lentamente y, si bien no le sorprendía verme, sí lo hacía el hecho de que Juan estuviese en la casa. Le hice un gesto de que guardase silencio, de esa manera él mantendría la ilusión de que su padre estaba dormido.

—Mamá te tenía guardado un regalo sorpresa —le susurré al oído, inclinándome sobre él.

Le besé en los labios. El los recibió con cierta aprehensión. Los volví a besar y esta vez me besó también. Repetimos hasta que nuestras lenguas se encontraron. La sensación fue muy extraña para mí, pero saborear el deseo acumulado en él me hizo ponerme a cien. Le agarré la verga, erecta. Sus manos acabaron en mis pechos, buscando mis pezones, que dejé pellizcar, gimiendo al sentir sus manos.

Me separé y me puse frente a él. Me levanté la combinación para que viese bien mis piernas, las medias y el liguero. Volví a inclinarme sobre él, hablándole de manera que nuestros labios se rozasen.

—Ultimamente te has portado muy bien. Y, por eso mami será tu regalo.

Me puse otra vez de pie, descubriendo otra vez las piernas y las caderas, que moví sensualmente a un palmo de su cara. Deslizaba los muslos arriba y abajo, moviendo la cintura. El se agarró el rabo y empezó a masturbarse. Yo seguí con mi movimiento hasta que él tocó mis muslos, con su mano mojada por su polla, muy cerca de mi sexo.

—Soy tuya, pero a mi manera. Eso lo tienes claro ¿cierto?

—Sí, mamá —dijo resignado.

Volvió a tocarse el rabo y yo sequí con mi movimiento de caderas.

—Eso, amor, mírame mientras te masturbas —miraba la verga apareciendo y desapareciendo en su mano—. Me he vestido así para tí. Para que te pajees.

Tenía al chico muy bien aprendido y no volvió a intentar tocarme. Metí mi mano bajo el tanga y empecé a tocarme. Pedrito podía ver mis dedos moviéndose debajo de la prenda. Me miraba, pero no estaba del todo feliz. Así que insistí.

—Me gustaría que usaras mis piernas y sentir el roce de tu polla. Pero no sé si a tí te gustaría eso —bajé mis dedos de forma que pudiera ver cómo salía el meñique y el índice por los lados del tanga, mientras otros dos quedaban bien dentro de mí—. ¿No quieres usarme? ¿No harías eso por mami?

Saqué la mano y metí los dedos en su boca. Me cogió la mano con mucha ansiedad y lamió con fuerza. Me pegué a él, mirándolo. Dejé que su otra mano subiese por mis gemelos hasta mi culo, volviendo a bajar acariciando mis piernas. Me puso a cien sentir su lengua saboreando mis dedos impregnados en mí. Sin sacar la mano, tiré su cráneo hacia arriba, haciéndolo levantar. Le cogí el rabo y le hice doblar las piernas, haciendo que lo pasara por mis medias, para que se masturbara con ellas, como un perro. Se lo dije.

—Eres el perro de mamá.

—…

El gemía, pero sabía que esa postura era algo humillante para él y lo levanté. Me tumbé en su cama, levantando las piernas, juntas. Sé el efecto que tienen mis piernas y mi culo así, incluso me he masturbado frente a un espejo, mirándome. Se acercó con su silla de escritorio y siguió masturbándose con mis piernas, usando una, o las dos. Yo mantenía mis manos sujetando mis muslos o la parte posterior de mis rodillas. Cuando podía me tocaba el chocho. Pero sobre todo no dejaba de hablarle.

—Espero que te guste tu regalo, amor… tener tu polla en mis piernas… tan dura, tan cálida… tenía muchas ganas de vestirme así para tí... ¿te gusta verme así, cariño?

—Sí, mamá, me gusta mucho ¿puedo correrme así? —Pedrito metió el rabo entre mis piernas, sujetándome los tobillos, moviendo las caderas.

Le dejé hacer mientras me masturbaba, mirándolo. También miraba su buen rabo apareciendo y desapareciendo entre la seda de mis medias.

—Córrete sobre mí, te lo pido, amor —siguió follándome las piernas.

Pensé que tendría la polla irritada, así que me lamí las manos y la pasé por su verga, lubricándola y masturbándolo un poco. Desaté una de las medias y me la quité. Metí el rabo en ella y lo rodeé, masturbándolo con energía, de rodillas, frente a él, mirándolo.

—Córrete, amor.

—¡Sí, sí!

Se corrió y seguí con la paja hasta que se dobló, dolorido. Luego deslié la media y localicé dónde estaba su semen pegado. Llevé la mano hasta allí, abriéndola, para poder ver dónde estaba manchado.

—Lo has puesto perdido —me llevé un dedo a la boca—. ¿Qué hacemos con esto ahora?

—¿...limpiarlo? —qué perdido estaba mi hijo.

—¿No quieres que lo pruebe? —lo incité—. Estoy aquí por tí —acerqué mi boca a la media—. Dime lo puta que soy, y lo que quieres que haga.

—¡Mamá, eres una pedazo de puta! —el chico lo dijo entre excitado y resignado. Terminando de pegar la media a mi boca.

Pasé la lengua allá donde Pedrito había dejado su esperma. Me ayudaba con los dedos por el otro lado de la malla, lamiendo cada gota, recreándome en ella. Luego me volví a poner la media, mojando mi piel allá donde había estado su semen y mi lengua.

Me levanté y acerqué la otra silla que había en el cuarto, sentándome frente a él, pegándome mucho, llevando mis piernas a su pecho. Me empecé a masturbar mientras su pene flácido descansaba en mis muslos, junto a mi sexo. Le cogí las manos y las llevé al otro lado de mis piernas, para que me tocara. Me excitaba mucho tenerlo mirándome y pensé que yo no tardaría en correrme.

Apoyé las plantas de los pies en sus hombros, para poder flexionar las piernas, y llevé el tanga a un lado, para que pudiese ver mi sexo. Pasaba mis dedos por mis pliegues, por mi clítoris, me metía un dedo, dos, me los chupaba. Al fin su rabo empezó a reaccionar. Cogí su blanda verga y empecé a darme con ella en el clítoris, masturbándome con ella. Cada vez estaba más dura. Le metí el pulgar del pie en la boca, que mordió y chupó, haciéndome gemir. Eso le puso la polla rígida, así que me llevé la punta a la entrada de la vagina, y seguí masturbándome con fuerza, moviendo las caderas. Quería poner al chico al límite, y lo conseguí, pues de un empujón la introdujo entera. Me hizo gemir otra vez, pero me la saqué.

—Todavía no, amor, aún no es el momento.

Pero el chico volvió a metérmela, haciéndome perder los papeles por un instante, pues me hubiese dejado follar hasta quedar rendida. No obstante la saqué otra vez.

—Te he dicho que no, cielo —estaba muy frustado y empalmado—. Antes te has pajeado usandome a mí, ahora es mi turno, sé bueno.

Así que volví a poner su glande dentro de mi vagina y seguí moviendo las caderas y mis dedos. A la excitación que tenía, se le sumaba la incertidumbre sobre cuándo iba a intentar penetrarme del todo otra vez. Metí de nuevo el pie en su boca, y se puso a lamer mis dedos a través de las medias. En mi paroxismo le agarré la polla, moviéndola mientras me masturbaba, hasta que me corrí, alzando la voz en un corto grito. El aprovechó para volver a meterme el rabo hasta el fondo, haciendo que gimiese otra vez. Lo volví a sacar y me incorporé. Ya con pies en el suelo, me puse a masturbarlo mirándole a la cara.

—¿Quieres eyacular en tu madre? ¿eso es lo que querías hacer? ¿follarme? ¿descargar tu leche dentro de mí? —su polla estaba muy dura—. Me ha gustado tanto tener tu polla tan dentro, qué polla tienes Pedrito… pero a mí quien me monta es tu padre y sabes que no me gusta que me lleven la contraria.

—No es justo, mamá, tengo muchas ganas de follarte, y tú casi la habías metido… —mientras hablábamos yo sacudía su rabo muy cerca de mi cara.

—Hoy no, amor.

—¿Y si me la chupas un poco?

Pedrito hablaba entre jadeos y no tardaría en volver a darme su semen. Me acerqué la verga a la boca, pero me limité a olerla, a olernos, mientras lo masturbaba. Seguí con las manos hasta que chupé su capullo, jadeando a la vez. Me metí el rabo hasta la garganta, esperando que no eyaculase en ese momento, y luego usé mis labios para masturbarlo. Finalmente me agarró de la cabeza y soltó el resto que le quedaba, entre espasmos. Mientras recibía su corrida, pensé en qué hacer con el chico, pues no sólo me la había metido tres veces sin mi permiso, sino que quiso que me atragantara con su leche.

Cuando acabó, volvió a sentarse en la silla. Yo me puse de pie, y frente a él, me llevé nuevamente la mano al coño, metiendo dos dedos en mi vagina. Se los llevé a la boca, y chupó. Luego dejé caer el semen que mantenía en la boca hacia mi escote, mojando la combinación y mi piel. Volví a pasar los dedos por mi chocho y luego por mi barbilla, recogiendo lo que había quedado goteando. Lo agarré del pelo y le metí los dedos en la boca. El cerraba los ojos y sujetaba mi mano, pero sin fuerza.

—Tienes que ser buen chico, o no habrá más regalos, amor.

Finalmente cedió y chupó mis dedos. Volví a repetir varias veces, haciendo que saborease a su madre y a sí mismo. El estaba contrariado, como jurándose que no volvería a tener más unión carnal con su madre, engañándose.

—Y ten cuidado con lo que me pides.

Volviendo a descubrir el chocho, haciendo a un lado el tanga, lo llevé a su boca y recibí su beso de buenas noches. Un largo beso con lengua. Le devolví el beso en la boca y volví a mi cuarto, donde mi marido se hacía el dormido, aunque estoy segura que el cuarto olía a polla.
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Ayudo a mi Hijo a Descargar sus Testiculos - Capítulos 005


Me senté entre los dos, entre padre e hijo, mi marido y mi niño, mis hombres. Estábamos en el sofá viendo una película bajo una gran manta que nos tapaba hasta el pecho. Estábamos en pijama, el mío de dos piezas de felpa, abotonado por delante, y que me estaba algo grande. Por debajo de la manta, una mano me tocó la pierna, cerca de la ingle. No era la primera vez en esos días, pero esta vez esperé y no la aparté, pues quería ver hasta dónde era capaz de llegar. Pedrito no se esperaba la falta de rechazo y se quedó quieto, a falta de un plan ulterior. Yo, en cambio, puse mi mano en la ingle de mi marido que, tras un minúsculo respingo, se quedó esperando, estoico.

Me mojé las braguitas solo al pensar masturbar a mi marido con nuestro hijo delante, así que busqué su pene, que me estaba esperando con un volumen prometedor. Apenas lo toqué empezó a ponerse más duro, así que metí la mano en su pantalón. Tener esa polla tan gorda y calentita, tan dócil a mi movimiento, me puso a cien. Juan apenas respiraba, muy excitado, igual que yo. Pedrito, ausente de nuestro juego oculto, empezó a retirarse, pero se lo impedí, llevando su mano a mi muslo.

Masturbaba a mi marido con lentitud, trabajando su pene para dejarlo duro y sin intención de que llegara a más. La mano que estaba sobre la de Pedrito la llevé al interior de mi pantalón, al calor de mi entrepierna. Y empezó a pasar el dedo corazón a lo largo de la rajita, sobre las braguitas, haciéndome estremecer cada vez que pasaba por el clítoris. Llevé mi mano por debajo de su pijama para poder asir su verga. Con un par de movimientos, se puso tan dura como la de su padre. Y él metió el dedo por un lateral de las braguitas y lo llevó a mi vagina, introduciendo la punta.

Miré a mi marido y nos sonreímos. Le señalé con los ojos a Pedrito y lo miró sin comprender. Insistí e hice un movimiento más exagerado con la otra mano, para que viese la manta moverse, y entonces se dio cuenta de que estaba masturbando a nuestro hijo. Entrecerré los ojos mientras lo volví a mirar, dejándome llevar por el placer que estaba recibiendo por el dedo en mi chocho, y le hice gestos para que mirara mi ingle. Abrió mucho los ojos al darse cuenta del origen de mi éxtasis y el movimiento involuntario de su polla me comentó lo excitado que estaba.

Solté sus penes y me desabroché el pijama, abriéndome un poco la camisa. Bajé la manta con la excusa de que tenía calor. Mis pechos quedaron parcialmente a la vista con el pezón oculto por las solapas. Ambos podían ver cómo mis senos caían libres, el pliegue que hacían en mi abdomen. Ocurrió que al bajar la manta, ésta quedó pegada a nuestras piernas y a todo lo que había en ellas, así que también pudimos ver el bulto de dos penes erectos y el que hacía el brazo de mi hijo hasta llegar a mi sexo.

Se hizo un silencio solo cortado por el frío sonido del televisor. Llevé mis manos otra vez a sus pollas y los masturbé sin disimulo. Miré a Pedrito y le pedí que siguiera, en referencia a mi chocho. Y lo hizo, lentamente.

— Sí, cariño —dije en un gemido.

Miré a mi marido y le hice un gesto, pasando la lengua hacia mi labio superior, mirando mis pechos. Sin perder un instante, abrió el trozo de camisa que estaba a su lado, mostrando mi seno plenamente, tocándolo con habilidad, manoseando mi pezón, que se puso duro. Una mirada a Pedrito bastó para que sacara la mano de mi pantalón y que abriese su lado de mi camisa, como había hecho su padre. Empezó a tocarme cuando volví a hablar.

— ¡Chuparle las tetas a mami!

Ambos llevaron sus bocas a mis pezones, simultáneamente, y me chuparon con mucha pasión. Me hicieron gemir mucho, era como si estuviesen compitiendo a ver quién era más salvaje, y apreté sus vergas hasta que noté cómo mojaba la entrepierna. Me puse de pie y me quité el pantalón y las braguitas. Me arrodillé ante mi marido, le bajé el pantalón lo justo para que la polla quedase a la vista, y saqué la de Pedrito. Me dispuse a chupársela a Juan mientras masturbaba lentamente a mi niño. Metí la verga envolviéndola en mis labios. Entonces me di cuenta de que Pedrito no se atrevía a mirarnos.

— Mírame, amor, mira a mami. Mira la polla de tu padre, mmm, ¿ves cómo entra en mi boca? Sí, no dejes de mirarme. Tienes que ver lo puta que me vuelvo. Mmm. ¿Sabes que Pedrito ha intentado follarse a su mamá? —me llevo la verga a lo más profundo, muevo la cabeza y se oyen sonidos guturales salir de mí. Tomo un respiro—. Pero yo le he dejado bien claro a tu hijo que puede que sea un poco puta, pero sobre todo soy tu puta —volví a meterme la verga hasta que me ahogué con ella. Pedrito tenía los ojos como platos y su líquido preseminal me mojaba las manos, así que ralenticé el frotamiento. Con Juan, sin embargo, empecé más fuerte.

— ¿Le vamos a dar a Pedrito el chocho de mamá? —le pregunté a Juan. Se la chupaba frenéticamente. Estaba a punto de venirse—. Dí que sí, amor. Déjame gozar de su polla, por favor.

— Pero qué puta eres. Te lo puedes follar. Puedes hacer lo que quieras —me iba a lanzar su leche de un momento a otro.

Le dije a Pedrito que se desnudara, y le di tan fuerte a Juan que su glande golpeaba mi garganta a cada vez. Finalmente me agarró la cabeza y metió el rabo aún más. Pude esquivar la descarga sacando la verga de la garganta pero sin quitarla de la boca, llenándola inmediatamente con su semen. Acerqué mis labios al rabo de Pedrito y solté sobre él toda la leche de Juan, me subí encima y acomodé la verga a la entrada de mi coño. Me dejé caer y el pene lubricado entró suavemente hasta el fondo. Empecé a mover la cadera y él me agarró los pechos. Mi pequeño estaba en una nube y yo sentía su polla venosa en cada centímetro de mi interior. Supe que me correría con el único estímulo de su rabo follándome, sin tener que auxiliarme con la pipita. Me movía lentamente, evitando que él se corriese e intentando gozar lo máximo yo.

Volví a coger el pene de mi marido, y aunque estaba algo bajo, lo moví en una masturbación de reanimación. Estaba tan excitada que intercambié la posición con Pedrito. Me senté a su lado, abriendo las piernas, y él me penetró poniéndose sobre mí. Su cara mostraba que su deseo al fin estaba siendo satisfecho, y me contagió su excitación. Agarré la polla de mi marido, que estaba haciendo un esfuerzo titánico por volver a tener la consistencia que me gusta disfrutar, y se la moví a la vez que la de mi hijo me iba llevando a un fortísimo orgasmo. Jalé de la de Juan y lo hice poner de rodillas en el sofá, para poder llevármela a la boca. Cuando fui a acercarla, vi que Pedrito apartó el torso del mío. Pensé que era aversión por verme hacer una felación mientras me follaba, pero luego me di cuenta que lo que tenía era miedo. Miedo de mí y de lo que le pudiese pedir. Miedo a que le hiciese meter la verga de su padre en la boca y de que me obedeciese. Esto hizo que la mamada fuese muy intensa. Todavía podía ponerme todo el pene en la boca y era maleable en mi lengua. Lo atraje hacia mí asiéndolo de los huevos. Sentía esa serpiente hacerse cada vez más dura en mi boca a la vez que el orgasmo era ya inevitable, y me descompuse en una serie de convulsiones de placer, teniendo que sacar la verga en un manantial de babas.

— Has hecho que mami se corra como una puta.

Pedrito me cogió de los pechos apoyando su peso en ellos, usándolos como pivote en su movimiento de cadera. Esto, y el orgasmo que no se iba, hacía que me faltara el aire. Así que llevé mi mano hacia los muslos para abrirlos aún más para él.

— ¡Mamá, me voy! —me dijo con preocupación Pedrito, que no podía con tanta excitación.

— ¡No la saques, dame fuerte! ¡Dame tu leche! ¡Así, fuerte! ¡Todo dentro, amor, hasta la última gota!

Su rabo súper duro me taladró con mucha velocidad, tanto, que aún pude sentir remontar levemente el orgasmo que acababa de tener. Eyaculó en varias sacudidas y notaba a cada vez que su pene pasaba por la pared más cercana a mi vientre. El rabo de mi marido ya estaba duro, preparado para darme gusto, así que cogí el de Pedrito y lo limpié con la lengua y los labios muy a fondo. Una vez que estaba reluciente, hice que Juan tomase el relevo de Pedrito, y me la metió haciéndome sentir en el cielo. En la misma postura que con mi niño, empezó a follarme mientras me miraba con mucha lascivia.

— Eres una perra en celo. Sólo quieres verga.

— Sí, sí, fóllame así, soy tu perra.

— Tienes un coño de puta barata.

Mientras las lindezas que me decía mi esposo me iban poniendo a cien, confiaba en que Pedrito tuviese una recuperación parecida a la de su padre. Tenía que estar muy excitado, y le cogí el pene.

— Métemelo en la boca.

Lo hizo y lo usé para ahogar mis gemidos. Durante unos minutos lo fui chupando y masturbando hasta que conseguí volver a ponerlo casi duro, y, entre medias, ya me había corrido por la acción de Juan. La puta que me devora salió otra vez e hice que mi marido se sentara. Me puse sobre él, y metiéndome la verga hasta el fondo, pequé mis pechos a los suyos, juntando nuestras caras. Empezó a darme haciendo un ruido fortísimo al golpear pubis con pubis. Sabía que mi hijo vería en mi culo en pompa una clara invitación. En un momento que bajamos la fuerza de folleteo, Pedrito se arrimó por detrás y fue introduciendo la verga en mi ano. Me quedé quieta y, por los gestos que hacía, Juan comprendió lo que estaba ocurriendo en mi otro agujero. Pedrito empezó a follarme con fuerza y me quedó claro que realmente soy algo zorra, porque mi ano se acomodó pronto a su rabo. Me hizo gozar, mi hicieron gozar rellenándome de esa forma. Dejé que me diesen placer durante un tiempo, hasta que hablé.

— ¿Tú le has dado permiso para que me abra el culo? —le pregunté a mi marido.

— No, ¿y tú?

— No —saqué el rabo de Pedrito estremeciéndome al sentirlo recorrer todo el ojete—. Ve a mi cuarto, y del primer cajón de la cómoda, trae lo que hay al fondo, con el bote que está al lado.

Pedrito se fue y seguí follando fuerte con Juan. Mi hijo tenía dos opciones: no volver o volver con lo que le pedí. La intriga por su decisión que tomaría me excitó más. La polla de Juan parecía que había entrado en modo automático y la exprimí con ganas... hasta que Pedrito volvió. Llevaba en la mano mi arnés con la polla de silicona y en la otra un tubo con vaselina. Era su elección y le daría lo suyo.

Me puse de pie y le cogí el arnés, poniéndomelo. Extendí la vaselina por la verga y coloqué a Pedrito a cuatro patas. Juan estaba expectante, con el pene tieso, no así el de Pedrito, que había bajado considerablemente. Me acerqué a él por detrás, mi pene estaba tocándole los genitales y le cogí la polla, masturbándolo para que volviese a ponerse dura. Al poco lo conseguí y fui introduciendo mi verga con mucho cuidado. Empecé a moverme, follándolo con suavidad. Le indiqué a Juan que me la metiese por detrás también. El sandwich anal fue un caos de armonía, y tuvimos que desistir de él, así que Juan sacó la suya de mi culo y yo mantuve la penetración en Pedrito. Le agarré la polla mientras lo sodomizaba, en una masturbación en la que coger su pene era como si cogiera el mío de goma. Lo follé así hasta que se corrió, llenándome la mano y el cojín del sofá. Con el aparato metido en su culo, me quité el arnés e hice que Juan continuase follándome por atrás. Le dije a Pedrito que se diese una ducha y cuando terminó de hacerlo, mi marido seguía haciéndome gozar con su incansable verga.
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