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Antonio y su Madre Esther - Capítulo 001
Hoy, un esplendoroso día, marcaba un hito en la vida de una pequeña familia. La mirada de la madre, Esther, se llenaba de admiración mientras los hábiles dedos de las estilistas arreglaban a su hija mayor, Susana que, con su vestido de novia, irradiaba un resplandor especial.
─ Susana, mi amor, estás deslumbrante ─ dijo Esther, con lágrimas de felicidad en sus ojos.
En el mismo cuarto, su hijo menor, Antonio, lucía un elegante smoking. Era el orgulloso padrino de su hermana, y su mirada reflejaba el afecto y el apoyo incondicional que sentía por ella.
La vida de Esther había estado marcada por desafíos desde el principio. Su esposo la había abandonado cuando Antonio era un bebé, dejándola a cargo de dos hijos pequeños. Sin embargo, ella había luchado valientemente para criarlos y hoy, ver a su hija casarse, era una recompensa por todos esos sacrificios.
La celebración de la boda fue un día lleno de risas y alegría, rodeados de familiares y amigos. La felicidad llenaba el aire hasta bien entrada la noche. Esther y su hijo regresaron a casa, exhaustos pero llenos de gratos recuerdos.
─ Bueno, hijo, ahora solo me quedas tú ─ dijo Esther, con un tono nostálgico.
Antonio, tratando de aligerar el ambiente, respondió con un toque de humor:
─ Vamos, mamá, no seas dramática. Susana se casó, no se fue a la Antártida.
Una sonrisa cariñosa iluminó el rostro de Esther mientras le dio un beso en la mejilla a su hijo.
─ Ve a la cama, cariño. Estoy agotada. Y cuando te quites el smoking, no lo dejes tirado, cuélgalo ─ le recordó.
─ Está bien, mamá ─ respondió Antonio, obediente.
Esther y su hija Susana se encontraron en la acogedora cafetería del centro de la ciudad. Había sido un largo año desde que Susana se casó y había regresado de celebrar su primer aniversario de bodas. La madre y la hija se abrazaron con cariño, y en seguida, Susana mostró interés por su hermano.
─ ¿Y Antonio? ¿Por qué no está aquí? ─ preguntó Susana con curiosidad.
Esther suspiró, una sombra de preocupación cruzó su rostro.
─ Antonio ha cambiado mucho desde que te fuiste. Ahora, está prácticamente todo el día encerrado en su habitación ─ confesó.
Susana, intentando tranquilizar a su madre, respondió:
─ Mamá, Antonio solo tiene 19 años. Apenas está dejando atrás la adolescencia. Es normal que quiera más privacidad y tiempo para sí mismo.
Las dos compartieron un café mientras charlaban, y luego se despidieron. Esther tenía que ocuparse de algunos papeles importantes. Susana le aconsejó que se sacara un certificado digital para hacer los trámites más sencillos.
─ No sé nada de eso, cariño ─ respondió Esther con inseguridad.
Susana decidió acompañar a su madre para solicitar su certificado digital y sugirió que Antonio se lo configurara el ordenador.
De vuelta a casa, Esther llamó a su hijo desde la puerta de su cuarto. Antonio, desde adentro, respondió con una voz apagada.
─ ¿Qué pasa, mamá?
Esther abrió la puerta y encontró a su hijo sentado frente al ordenador, con la mirada fija en la pantalla.
─ ¿Podrías ayudarme, Antonio? Tu hermana me llevo a solicitar un certificado digital y necesito configurarlo en tu ordenador.
─ Claro, mamá. Solo dame unos minutos ─ respondió Antonio algo nervioso.
─ Está bien hijo, voy a cambiarme mientras ─ dijo y se dirigió a su habitación.
Esther se quitó la ropa y el sujetador ─ Este sujetador me hace daño ─ dijo para sí misma mientras acariciaba sus pequeños pechos doloridos.
Fue hacia el armario y mientras se colocaba un cómodo vestido de estar por casa, escuchó la voz de su hijo llamándola.
Ella entró en su habitación con una silla plegable y se sentó junto a él. Antonio comenzó a guiarla a través del proceso para que aprendiera por sí misma, y Esther siguió sus indicaciones torpemente, pues apenas sabía manejar un ordenador.
─ Debería aprender a hacer estas cosas. Hoy en día, todo es digital.
Cuando terminaron, Esther recogió la silla y le recordó a Antonio antes de salir:
─ No te pases todo el día frente a la computadora, ¿de acuerdo?
La preocupación de su madre por su hijo era evidente mientras se dirigía a la cocina para preparar la comida.
Una mañana Esther estaba inmersa en su tarea de limpiar su casa, una rutina que la ayudaba a mantener su vida en orden. Aquel día, se encontraba en la habitación de Antonio mientras este estaba en clase, mientras limpiaba el escritorio, que estaba cubierto de papeles desordenados y polvo acumulado. Decidió encender la computadora, sintiendo la necesidad de aprender a usarla mejor.
Empezó abriendo el navegador y haciendo algunas búsquedas. Mientras miraba una web de recetas de cocina se apoyó sobre el teclado sin querer y abrió el historial. Aunque al principio no entendió lo que veía en la pantalla, pronto comenzó a leer los títulos de las páginas que se abrían ante ella. La sorpresa y el asombro se apoderaron de su rostro mientras sus ojos recorrían los textos que aparecían en la pantalla. El corazón de Esther se aceleró al ver las palabras que aparecían en la lista. Titulares sugerentes y provocativos que se referían a mujeres maduras y sus hijos, un mundo que ella jamás había imaginado.
Con las manos temblorosas, hizo clic en algunas de las páginas, sin saber realmente qué esperar. Lo que vio en esas webs la dejó anonadada y escandalizada. Eran sitios para adultos, llenos de imágenes y videos de mujeres de su edad y jóvenes follando, nunca habría imaginado encontrar eso en la computadora de Antonio. Con el corazón latiendo con fuerza y una mezcla de emociones que iban desde la sorpresa hasta la incomodidad, Esther cerró precipitadamente el navegador y apagó la computadora. La limpieza de la habitación ya no era su principal preocupación, pues se había topado con un lado de Antonio que nunca habría esperado descubrir.
Antonio regresó a casa, saludando a su madre con una sonrisa desconociendo lo que ella había descubierto. Ella le devolvió el saludo, pero en su interior, una inquietante imagen no la abandonaba: la idea de Antonio viendo esos videos en su habitación con su polla en la mano, acariciándose hasta correrse. La tentación se apoderó de ella, y cuando se encontró sola nuevamente, no pudo resistirse a encender el ordenador una vez más.
En su pantalla, el contenido prohibido reapareció, y esta vez Esther se fijó en las fechas de visita. Había páginas que Antonio había explorado la noche anterior, lo que la intrigó aún más. La curiosidad la dominó, y no pudo evitar hacer clic en algunos de los videos. Su sorpresa y asombro aumentaron a medida que observaba las escenas frente a sus ojos, jóvenes con sus pollas erectas follaban duramente a mujeres maduras, sintiendo una oleada de sensaciones desconocidas que la inundaban.
Esther decidió profundizar aún más. En su búsqueda, encontró una carpeta con su propio nombre. Con manos temblorosas, la abrió, y su sorpresa se transformó en escándalo. Dentro de esa carpeta se escondían fotos de ella, imágenes tomadas por Antonio sin su conocimiento. Algunas fotos eran de ella agachada limpiando marcando su trasero, otras de sus piernas sentada en el sofá.
Un suspiro escapó de sus labios mientras una mezcla de emociones la invadía. Confusión, excitación, enojo, violación de la privacidad. No sabía cómo abordar este descubrimiento. Esther apagó el ordenador con firmeza y salió de la habitación, llevando consigo el peso de un secreto que nunca hubiera imaginado que su hijo pudiera ocultar.
En un día que parecía como cualquier otro, Esther decidió poner a prueba a su hijo. Mientras él se acomodaba en el sofá, absorto en el programa de televisión, ella comenzó a limpiar la sala. Cada movimiento era calculado, se agachaba estratégicamente, dejando a la vista de Antonio una perspectiva tentadora de su trasero. Como si fuera un gato acechando su presa, Antonio no tardó en sacar su teléfono móvil, presumiblemente para capturar la visión que se le ofrecía.
Luego, como si el cansancio la hubiera abrumado, Esther se dejó caer en un sillón cercano. Abrió sus piernas, revelando parte de sus muslos, y suspiró con teatralidad mientras se inclinaba hacia atrás. Antonio, creyendo que ella no sospechaba nada, no perdió tiempo en capturar la imagen de su madre abierta de piernas. Esther fingió que no veía lo que sucedía, aunque observaba de reojo cómo él tomaba la foto. La excitación del momento la había confundido, y, sintiéndose un tanto sofocada, se retiró a su habitación.
Encerrada en su cuarto, Esther instintivamente llevó su mano a su coño, sintiéndose húmeda. La situación la perturbaba, y se preguntaba cómo un joven como su hijo podía experimentar deseos hacia ella.
─ Necesito una ducha fría... ¿Qué te pasa Esther? ─ se preguntaba a sí misma mientras se dirigía al baño.
Desnuda en el baño, se miró en el espejo, observando las curvas de su cuerpo. Era una mujer delgada y menuda, de pequeños pechos y anchas caderas rematando en un redondo trasero, que era de lo que más orgullosa estaba. Después de la ducha fría que había tomado para calmarse, ya más relajada, se dispuso a preparar el almuerzo.
Al día siguiente, Esther no pudo resistir la tentación de ver las fotos que su hijo le había hecho. Se sentó frente a la computadora y buscó la carpeta donde se encontraban sus últimas imágenes. Allí estaban, varias de su culo agachada y de sus piernas cuando dejó ver más de lo habitual en el sillón. En algunas había conseguido incluso a fotografiar sus bragas
Pero la curiosidad de Esther no se detuvo ahí. Abrió el navegador y exploró el historial, donde encontró una colección de videos que parecían tener una conexión directa con las imágenes. A medida que veía los videos, notó una similitud sorprendente con las fotos. No se había dado cuenta, pero mientras se perdía en los vídeos incestuosos, su excitación fue en aumento. Sus piernas se apretaron entre sí, y una de sus manos comenzó a acariciar sus pechos por encima de su vestido, atrapando sus erectos pezones. Cada imagen en la pantalla aumentaba la tensión dentro de ella.
La tentación finalmente fue demasiado fuerte, y Esther metió su mano bajo el vestido. Sus dedos comenzaron a jugar con su coño por encima de sus bragas. Los suspiros entrecortados llenaron la habitación mientras su excitación se elevaba. Se imagino que ella era la mujer del video que estaba a cuatro patas y que el joven dotado que la follaba era su hijo y ya no pudo aguantar más, metió su mano dentro de su ropa interior. Sus dedos se deslizaron por su vello púbico hasta colarse entre los labios de su coño y gracias a lo mojada que estaba fácilmente se metió dos dedos. La pasión en solitario la envolvió, estuvo varios minutos masturbándose hasta que finalmente cuando el joven del vídeo se corría sobre la mujer, en un momento de éxtasis, alcanzó un rico orgasmo que la estremeció.
Consciente de la situación y quizás un tanto sorprendida por su propia acción, Esther se recompuso rápidamente. Apagó la computadora y salió de la habitación de Antonio, con sus pensamientos y emociones en un torbellino de sensaciones, sin saber si debía confrontar a su hijo o mantener este secreto oculto en el rincón más profundo de su ser.
Este juego de provocación secreta se convirtió en una especie de ritual entre Esther y Antonio, repitiéndose a lo largo de varios días. Esther, aparentemente ajena a las intenciones de su hijo, se entregaba a la actuación de posar para Antonio. Antes de agacharse, se subía un poco el vestido de manera sugerente, regalándole a Antonio una vista más tentadora de su culo y sus piernas. Lo mismo hacía cuando se sentaba, abriendo sus piernas de manera descarada y provocativa.
Cada vez que llevaba a cabo esta coreografía sensual, lo hacía con una mezcla de excitación y nerviosismo. Sabía que Antonio estaba observando, pero disfrutaba de la idea de mantenerlo excitado. Era un juego peligroso, uno que mantenía sus sentidos alerta.
Por las mañanas, cuando su hijo estaba en clase, Esther encendía su ordenador y se dirigía directamente a la carpeta de imágenes que él había hecho con su móvil. Luego, exploraba el historial del navegador, encontrando los videos que él había estado buscando. Era como si estuvieran atrapados en un ciclo de deseo y tentación.
Y como si fuera parte de un ritual secreto, cada sesión de navegación culminaba en una sesión de placer en solitario. Esther no podía evitar ceder a sus deseos, sus manos explorando su propio cuerpo mientras la pasión se desataba. Los suspiros y gemidos se escapaban de sus labios, y en esos momentos, se sentía liberada.
Esther dejaba todo tal como estaba, asegurándose de que Antonio no sospechara nada y salía de la habitación con los jugos de su coño aun recorriendo sus muslos. Ambos estaban atrapados en un juego peligroso de seducción, donde las emociones ardían en lo más profundo de su ser.
Esther continuaba entregándose a su peligroso juego de seducción ante Antonio, mostrándose un poco más con cada ocasión. Un día, mientras Antonio estaba absorto viendo la televisión en el sofá, Esther vio su oportunidad. Se deslizó a su habitación y se puso un tanga y el vestido más corto que tenía para estar en casa.
Regresó a la sala y se acercó a Antonio con una sonrisa encantadora. ─ Perdona, Antonio, pero tengo que limpiar el mueble. No tardaré ─ le dijo, su voz resonando con una dulce promesa.
Antonio, sin despegar los ojos del televisor, asintió con desinterés. ─ Tómate todo el tiempo que necesites ─ murmuró, con su mirada buscando el móvil que siempre tenía a mano.
Esther comenzó su tarea de limpieza, empezando por la parte superior del mueble. Cada vez que se alzaba de puntillas para alcanzar los lugares más altos, su vestido se subía, revelando gradualmente el nacimiento de sus nalgas. La sensualidad y la provocación eran su arma secreta, y su corazón latía con emoción mientras notaba la mirada de Antonio en ella.
Finalmente, se arrodilló para limpiar los cajones más bajos del mueble. Desde esa posición, le proporcionó a Antonio una vista deliciosa de su tanga. No podía evitar notar que Antonio tenía su móvil en la mano, lo que alimentaba sus sospechas de que esta vez estaba grabando.
─ Uf, qué cansada estoy ─ suspiró Esther, como si el esfuerzo de la limpieza la hubiera agotado por completo. Se sentó en el sillón, asegurándose de que su vestido revelara tanto como ocultaba. Tomó una revista y la utilizó para ocultar su rostro mientras abría lentamente sus piernas, mostrando más de lo que había mostrado antes.
Antonio, incapaz de resistirse más, se incorporó un poco y apagó la televisión. ─ Estoy cansado, voy un rato a mi cuarto ─ dijo con sus ojos ardientes de deseo.
Esther asintió, manteniendo su rostro oculto detrás de la revista. ─ Está bien. Te avisaré cuando la cena esté lista ─ respondió con una sonrisa traviesa. Cuando oyó la puerta de Antonio cerrarse, supo que el juego de seducción estaba llegando a su clímax, y una ola de lujuria la invadió.
En medio de la noche, mientras Esther se dirigía a su dormitorio, pasó por la puerta entreabierta de Antonio. Una inexplicable tentación la atrajo hacia el umbral de su cuarto. Lo que encontró allí la dejó sorprendida e intrigada. Antonio yacía en su cama, con su móvil en una mano y la otra ocupada acariciando su mástil erecto. Esther quiso apartarse, pero una fuerza invisible la mantuvo inmóvil, sus ojos fijos en el excitante espectáculo.
Sin poder resistirse al impulso, Esther comenzó a acariciarse a sí misma mientras observaba a Antonio. La pasión y la excitación se apoderaron de ella, y el deseo ardía dentro de la habitación. Cuando ambos estaban a punto de alcanzar el clímax, Antonio agarró un trozo de tela y lo utilizó para limpiarse. Esther reconoció de inmediato la tela: era el tanga que había usado por la tarde.
Apresurada y sintiéndose culpable, Esther se retiró en silencio a su dormitorio, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Poco después, escuchó a Antonio entrar en el baño. Cuando se aseguró de que estaba ocupado, ella salió de su cuarto y se dirigió al baño. Buscó su tanga en el cesto de la ropa sucia y lo encontró. Lo tomó en sus manos y notó que estaba húmedo, lo que la llenó de una extraña excitación. Esther lo guardó en el bolsillo de su bata y regresó a su cuarto.
Se despojó de la bata y cogió el tanga con cuidado. Lo llevó a su nariz e inhaló profundamente su fragancia, una mezcla de sus propios deseos y los de su hijo. La excitación la invadió y comenzó a acariciarse hasta correrse pasando su tanga húmedo aun del semen de su hijo por el coño.
Finalmente, se recostó en su cama, con el pensamiento de lo peligroso y emocionante que se había vuelto este juego que compartían, sin saber hasta dónde los llevaría.
El juego entre Esther y su hijo alcanzó nuevas cotas de atrevimiento. Esther tras mostrarse ante su hijo disimuladamente se encerraba en el cuarto de baño a masturbarse frenéticamente y dejaba deliberadamente su tanga empapado con sus fluidos bien a la vista en el cesto de la ropa sucia, sabiendo que Antonio no podría resistirse a la tentación de recogerlo. Ella esperaba pacientemente y después se asomaba a la puerta para deleitarse con el espectáculo de su hijo masturbándose con su tanga hasta que derramaba todo su semen, observándolo mientras disfrutaba del sugerente regalo que ella le dejaba. Luego, cuando Antonio volvía a dejar la prenda en el cesto, ella iba a recogerla, llevándosela consigo y encerrándose en su cuarto donde volvía masturbarse llegando incluso a lamer su propio tanga en busca de los restos de semen de su hijo.
Sin embargo, todo cambió una mañana en que Esther, impulsada por la curiosidad, sentada frente al ordenador de Antonio, se sumergió en la búsqueda de videos que intuía que él había tomado. Se aventuró a buscar archivos ocultos y, para su sorpresa, dio con una carpeta intrigante.
Al abrir la carpeta había una con su propio nombre, se encontró con videos de ella misma, en momentos tan íntimos como limpiando o simplemente sentada, en algunos mientras ella estaba de espaldas la cámara bajaba y se veía a su hijo acariciándose la polla mientras la miraba. La confirmación de sus sospechas no la detuvo, sino que la excitó aún más. Su curiosidad la llevó a explorar otra carpeta titulada "Míos", donde descubrió videos íntimos de su hijo. Había videos donde Antonio se masturbaba hasta correrse donde decía frases como “mama ojalá estuvieras aquí...mira como tengo la polla” o “oh mama toma toda mi leche” mientras expulsaba chorros de semen. Ella absorta en las imágenes y las cosas que decía su hijo, alimentando la chispa de su deseo.
Pero lo que realmente la perturbó fue la última carpeta titulada "Cam". Al abrirla, se encontró con videos de ella masturbándose frente al escritorio, grabados desde la cámara del ordenador. La sorpresa inicial fue seguida por una ola de confusión y, sorprendentemente, excitación. Él sabía perfectamente lo que hacía por las mañanas cuando no estaba.
Aunque perturbada, Esther mantuvo la compostura y decidió darle a su hijo un espectáculo que nunca olvidaría.
Esther se desnudó completamente y comenzó a ver los videos de su hijo masturbándose. Mordía su labio inferior mientras con una mano se acariciaba y pellizcaba sus duros pezones. Su coño empieza palpitar pidiendo atención, entonces movió la silla un poco más atrás abriendo sus piernas asegurándose que la cámara del ordenador capturara bien lo que estaba por llegar.
Empezó a acariciar los labios de su coño con dos dedos, observaba en la pantalla a su hijo acariciando su polla y hacia como le contestaba ─ Si hijo... ojalá estuviera ahí... mmm ─ mientras hundía sus dos dedos dentro de su coño ─ o tu aquí... ─ para luego sacarlos y separarlos abriendo los labios y dejando bien abierto su empapado coño.
Cuando llego la parte del video en la que su hijo iba a correrse acelero los movimientos masturbándose ferozmente provocando un sonoro chapoteo. ─ Así cariño dale toda tu lechita a mama... oh si... que rica tu leche hijo mío.
Mientras chorros de semen aparecían en la pantalla Esther tuvo un orgasmo como nunca había experimentado mientras quejidos se escapaban descontroladamente desde su garganta. De golpe saco sus dedos y de su coño salió un chorro de sus fluidos cayendo sonoramente sobre el suelo. El video termino dejando la pantalla en negro pudiendo ver su reflejo en ella y no se reconoció, allí jadeante aun, reclinada en la silla del ordenador de su hijo agarrada a los reposabrazos para no caerse al suelo mientras su coño aun palpitaba totalmente empapado.
Los pensamientos contradictorios la embargaron mientras se vestía, aquello no era normal en una madre. Esto se tenía que acabar se decía a sí misma mientras iba a por la fregona y un trapo para limpiar todo el estropicio que había provocado.
Durante el resto de la mañana se convencía de lo inapropiado e inmoral de su comportamiento, pero cuando llego el medio día y su hijo regreso de clases todas sus defensas se vinieron abajo y su mente volvió a inundarse de imágenes de su hijo masturbándose, haciendo que su coño volviera a palpitar.
─ Hola mama, ya estoy en casa.
─ Hola...hijo... que bien. La comida está casi lista ─ dijo ella con voz temblorosa.
Durante el almuerzo, Esther apenas articuló palabra, manteniendo su mirada fija en el plato. En su interior, un torbellino de contradicciones contrastaba con su aparente serenidad. La reciente revelación de los secretos compartidos y el juego de seducción habían creado una mezcla de excitación y ansiedad que se reflejaba en sus ojos, aunque ella tratara de disimularlo.
Por la tarde, Antonio estaba en el sofá del salón, y Esther sintió la necesidad irresistible de volver a mostrarse ante él. Intentaba controlarse, pero algo dentro de ella la empujaba hacia la lujuria, tanto que esta vez decidió prescindir de su ropa interior.
Con una mirada traviesa hacia Antonio, se acercó a él. ─ Disculpa hijo, voy a tener que pasar por delante algunas vece ─ dijo, sus palabras resonando con una provocación que no pasó desapercibida para Antonio.
─ No te preocupes mama, pasa todo lo que necesites ─ respondió él, con una complicidad creciente en su tono.
Esther comenzó a limpiar, asegurándose de que el joven tuviera una vista completa de sus encantos más íntimos. Esta vez, no había tela que ocultara su coño. Cada gesto estaba calculado para provocar, para excitar a su hijo.
Después de un rato, Antonio se disculpó, levantándose y retirándose a su cuarto. Cerró la puerta tras de sí, dejando a Esther con una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Bien entrada la noche Esther paso por la puerta entreabierta del dormitorio de su hijo y se paró a observar.
Antonio acariciaba su polla lentamente mientras veía su móvil, al levantar su brazo un poco para satisfacción de Esther lo que veía en su móvil era el video de la cámara del ordenador de esta mañana.
─ Oh mama que coño más rico tienes ─ susurraba Antonio para sí mismo.
Esther no pudo resistirse y comenzó a acariciar su coño por encima del camisón mientras no apartaba su mirada de la polla de su hijo, pero eso no fue suficiente y metió su mano por dentro de su ropa interior para introducirse sus dedos. Cerro los ojos unos segundos disfrutando de su excitación hasta que inesperadamente una mano la tomo del brazo y la arrastro hacia adentro de la habitación.
─ ¿Qué haces mama? ─ pregunto Antonio con malicia.
─ Yo...hijo... ─ titubeo Esther.
─ ¿Te gusta ver cómo me masturbo? ─ volvió a preguntar a su madre mientras sacudía su polla ─ Ya lo creo que sí, he visto cómo te has corrido esta mañana.
─ Hijo veras... tiene una explicación...
─ Oh si la explicación está bastante clara ─ dijo Antonio atrayendo a su madre agarrándola del brazo y guiando su mano a su polla.
─ Hijo... esto no puede ser... ─ dijo intentando resistirse, pero sus dedos automáticamente rodearon la erecta polla de Antonio.
─ Tranquila mama... déjate llevar ─ le susurro a la vez que comenzó a besar su cuello y con su mano empezó a guiar el movimiento de la mano de su madre.
Esther no podía apartar la mirada de su mano deslizándose por la erecta polla de su hijo, ni si quiera se dio cuenta de que su hijo ya no movía su brazo si no que era ella misma quien movía su mano.
─ ¿Estas excitada mamá? ─ dijo Antonio mientras su mano se deslizaba debajo Esta excitada mamá del camisón y adentrándose en el tanga de su madre hasta recorrer los labios de su empapado coño ─ mmm vaya que si.... mira que mojada estas... ─ le dijo comenzando a masturbarla a ella también.
─ Mmff ─ gimió al sentir la mano de su hijo, mientras instintivamente abrió sus piernas permitiendo que su hijo introdujera dos dedos.
─ Oh mama sigue así... voy a correrme...
Ella aumento la velocidad de sus movimientos mientras gemía por las caricias de su hijo que empezó a respirar cada vez más rápido hasta que espesos chorros de semen empezaron a caer al suelo y en su propia mano.
─ Ahh... ─ gemía el joven expulsando las ultimas gotas de su néctar.
Esther entonces pareció volver a la realidad y fue consciente de lo que había hecho. Precipitadamente agarro el brazo de su hijo sacando sus dedos de su coño y salió corriendo de allí encerrándose en su cuarto bajo la lasciva mirada de su hijo.
Una vez dentro apoyo su espalda contra la pared ─ ¿Qué he hecho? ─ se dijo a sí misma dirigiendo sus manos a su cara, pero entonces se dio cuenta de que aún tenía manchada su mano con el semen de su hijo y acercándola a su rostro su aroma envolvió sus sentidos.
Se dirigió a su cama y se tumbó en ella volviendo a acercar su mano inhalando esa prohibida fragancia. Inevitablemente su otra mano se dirigió a su entrepierna y comenzó a acariciarse cada vez más intensamente y cuando estaba a punto de correrse empezó a lamer el semen de su hijo. El sabor hizo que se corriera en ese mismo momento metiendo los dedos en su boca intentando ahogar sus gemidos.
Se quedo mirando al techo mientras su respiración volvía a la normalidad mientras en su cabeza un remolino de sentimientos contradictorios azotaba sus pensamientos.
Al día siguiente de los perversos acontecimientos, mientras Esther limpiaba los platos antes del almuerzo, llegó su hijo.
─ Ya estoy en casa ─ dijo él con una voz que resonaba con una intensidad que Esther no podía ignorar.
─ Genial, estoy terminando de fregar. Luego almorzaremos ─ respondió Esther, algo nerviosa ante la presencia de su hijo.
Este se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, observándola con una mirada que hacía que la tensión en el aire fuera palpable. ─ ¿Cómo fue tu día? ─ le preguntó ella, intimidando por su mirada penetrante.
─ Bien... ─ murmuró el, mientras ella sentía el palpitar de su corazón acelerándose mientras Antonio se acercaba por detrás ─ Llevo toda la mañana pensando en ti ─ confesó Antonio, al tiempo que agarraba a Esther por la cintura y se pegaba a su cuerpo, eliminando cualquier espacio entre ellos.
─ Hijo, esto no está bien... ─ susurró Esther, tratando de resistirse a la atracción magnética que existía entre ellos.
─ ¿Seguro? Te escuché ayer en tu habitación cuando saliste corriendo ─ susurró Antonio ─ ¿Qué hiciste con mi semen? No te vi que fueras al baño a limpiarte ─ sus palabras caían como lozas en los oídos de Esther.
Entonces, sin más preámbulos, Antonio comenzó a deslizar sus manos bajo la ropa de ella, acariciando su cuerpo de una manera que hacía temblar las defensas de su madre. La agarró de la cintura, la giró, y sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.
Antonio inició un beso apasionado, y poco a poco, Esther comenzó a corresponderle, dejando que el deseo los envolviera. Con firmeza, él la elevó y la colocó sobre la encimera, sin dejar de explorar sus labios con los suyos. Las manos de Antonio se aventuraron más allá, acariciando la entrepierna de Esther, que se entregaba completamente al juego de su hijo.
Totalmente entregada de nuevo, Esther abrió sus piernas, y Antonio, sin perder tiempo, bajó su cabeza entre ellas, aparto la ropa interior dejando a su disposición el coño de su madre. Empezó pasando y explorando con su lengua cada rincón para luego introducir sus dedos a la vez que succionaba el hinchado clítoris.
─ Ahh... ─ gemidos era lo único que podía articular Esther mientras se agarraba como podía a la encimera para no escurrirse debido al placer que su hijo le proporcionaba.
─ Que rico sabes mama... deseaba saborearte desde hace mucho tiempo... ─ le decía a su madre entre lengüetazos.
La respiración de Esther se aceleró y sus gemidos cada vez eran más intensos, su hijo sabía que la tenía al borde del éxtasis así que se esmeró más en su tarea hasta que su madre comenzó a correrse.
─ Ah... hijo... por dios...ah... ─ gritaba ella mientras una corriente eléctrica sacudía su cuerpo y su coño palpitaba fuertemente.
Antonio se incorporó y comenzó a besarla haciendo que ella probara el sabor de sus propios fluidos. El abrió su pantalón y saco su polla erecta y ayudando a su madre a bajarse de la encimera y haciendo que se arrodillara.
Esther tenía la polla de su hijo frente a su cara y no pudo resistirse a tocarla y acariciarla. Cuando bajaba totalmente su piel, el glande parecía llamarla. Tenía la tentación de meterlo en su boca, pero no se atrevía hasta que su hijo llevo su mano a su nuca, la guio y sus labios dieron en la cabeza de su polla. Poco a poco fue abriendo su boca hasta que el glande entro y pudo tocarlo con su lengua, su hijo fue guiando el movimiento de su cabeza. Ella apenas hacía nada solo abría lo más que podía su boca cuando su hijo la presionaba para meterle casi toda su polla en su boca.
─ Así mama así... cómetela toda... ─ le decía el haciendo que se sintiera sucia, pero a la vez excitada.
A los pocos minutos a Esther no le hacía falta que su hijo guiara sus movimientos y ella misma mamaba con devoción aquella joven polla, lamia su cabeza y la succionaba haciendo que sus babas corrieran hasta sus huevos.
─ Mmfff... ─ bramo fuertemente su hijo cogiendo con sus dos manos la cabeza de su madre impidiendo que sacara su polla de su boca.
Esther abrió los ojos lo más que pudo cuando sintió las palpitaciones y los primeros chorros de semen golpeando su garganta. Creía que se ahogaba, pero su hijo no la soltaba haciéndola toser. El semen salió por la comisura de sus labios e incluso por su nariz y solo entonces el saco su polla y sacudiéndola soltó los últimos chorros sobre la cara descompuesta de su madre que intentaba recuperar el aire.
─ Uff mamá que bien lo has hecho ─ le decía Antonio mientras con su polla restregaba el semen por su cara. Luego se inclinó sobre ella, le dio un beso en la frente y se marchó, dejándola allí arrodillada, escupiendo semen aun y con el coño empapado.
Después de darse una ducha y preparar el almuerzo Esther se dirigió al cuarto de su hijo ─ Antonio la comida ya está en la mesa ─ le dijo a través de la puerta.
─ Voy mama ─ dijo el.
Comenzaron a cenar en silencio, ella estaba muy avergonzada.
─ ¿Estas bien mamá?
─ Hijo... lo que hemos... hecho, es algo horrible.
─ ¿Por qué? ¿A caso no te gustó cuando te comí el coño? ─ la pregunta tan directa hizo que ella agachara su cabeza de nuevo ─ Yo diría que te gusto cuando te corriste en mi boca.
─ No digas esas cosas ─ dijo algo molesta con su hijo.
─ ¿Es mentira lo que digo?
─ No... ─ dijo Esther volviendo a agachar la cabeza ─ pero eres mi hijo y no está bien que entre nosotros hagamos ese tipo de cosas.
─ Tranquila mama, no se lo contare a nadie ─ dijo el levantándose y recogiendo su plato vacío.
─ Pero hijo...
─ ¿Has terminado?
─ ¿Qué?
─ ¿Que si has terminado de comer? Para llevarme tu plato digo.
─ Eh... no aun no ─ dijo ella desconcertada, parecía que nada de lo que decía de lo inapropiado de sus actos afectaba a su hijo.
─ Está bien ─ dijo el con total normalidad dirigiéndose a la cocina.
Esther cuando oyó la puerta del dormitorio de su hijo cerrarse se dejó caer sobre la silla, se sentía culpable pues había alimentado aquella perversión en vez de haberla cortado de raíz. Que debía hacer con aquello, como podía manejar la situación, se preguntaba desconsolada.
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Antonio y su Madre Esther - Capítulo 001
Hoy, un esplendoroso día, marcaba un hito en la vida de una pequeña familia. La mirada de la madre, Esther, se llenaba de admiración mientras los hábiles dedos de las estilistas arreglaban a su hija mayor, Susana que, con su vestido de novia, irradiaba un resplandor especial.
─ Susana, mi amor, estás deslumbrante ─ dijo Esther, con lágrimas de felicidad en sus ojos.
En el mismo cuarto, su hijo menor, Antonio, lucía un elegante smoking. Era el orgulloso padrino de su hermana, y su mirada reflejaba el afecto y el apoyo incondicional que sentía por ella.
La vida de Esther había estado marcada por desafíos desde el principio. Su esposo la había abandonado cuando Antonio era un bebé, dejándola a cargo de dos hijos pequeños. Sin embargo, ella había luchado valientemente para criarlos y hoy, ver a su hija casarse, era una recompensa por todos esos sacrificios.
La celebración de la boda fue un día lleno de risas y alegría, rodeados de familiares y amigos. La felicidad llenaba el aire hasta bien entrada la noche. Esther y su hijo regresaron a casa, exhaustos pero llenos de gratos recuerdos.
─ Bueno, hijo, ahora solo me quedas tú ─ dijo Esther, con un tono nostálgico.
Antonio, tratando de aligerar el ambiente, respondió con un toque de humor:
─ Vamos, mamá, no seas dramática. Susana se casó, no se fue a la Antártida.
Una sonrisa cariñosa iluminó el rostro de Esther mientras le dio un beso en la mejilla a su hijo.
─ Ve a la cama, cariño. Estoy agotada. Y cuando te quites el smoking, no lo dejes tirado, cuélgalo ─ le recordó.
─ Está bien, mamá ─ respondió Antonio, obediente.
Esther y su hija Susana se encontraron en la acogedora cafetería del centro de la ciudad. Había sido un largo año desde que Susana se casó y había regresado de celebrar su primer aniversario de bodas. La madre y la hija se abrazaron con cariño, y en seguida, Susana mostró interés por su hermano.
─ ¿Y Antonio? ¿Por qué no está aquí? ─ preguntó Susana con curiosidad.
Esther suspiró, una sombra de preocupación cruzó su rostro.
─ Antonio ha cambiado mucho desde que te fuiste. Ahora, está prácticamente todo el día encerrado en su habitación ─ confesó.
Susana, intentando tranquilizar a su madre, respondió:
─ Mamá, Antonio solo tiene 19 años. Apenas está dejando atrás la adolescencia. Es normal que quiera más privacidad y tiempo para sí mismo.
Las dos compartieron un café mientras charlaban, y luego se despidieron. Esther tenía que ocuparse de algunos papeles importantes. Susana le aconsejó que se sacara un certificado digital para hacer los trámites más sencillos.
─ No sé nada de eso, cariño ─ respondió Esther con inseguridad.
Susana decidió acompañar a su madre para solicitar su certificado digital y sugirió que Antonio se lo configurara el ordenador.
De vuelta a casa, Esther llamó a su hijo desde la puerta de su cuarto. Antonio, desde adentro, respondió con una voz apagada.
─ ¿Qué pasa, mamá?
Esther abrió la puerta y encontró a su hijo sentado frente al ordenador, con la mirada fija en la pantalla.
─ ¿Podrías ayudarme, Antonio? Tu hermana me llevo a solicitar un certificado digital y necesito configurarlo en tu ordenador.
─ Claro, mamá. Solo dame unos minutos ─ respondió Antonio algo nervioso.
─ Está bien hijo, voy a cambiarme mientras ─ dijo y se dirigió a su habitación.
Esther se quitó la ropa y el sujetador ─ Este sujetador me hace daño ─ dijo para sí misma mientras acariciaba sus pequeños pechos doloridos.
Fue hacia el armario y mientras se colocaba un cómodo vestido de estar por casa, escuchó la voz de su hijo llamándola.
Ella entró en su habitación con una silla plegable y se sentó junto a él. Antonio comenzó a guiarla a través del proceso para que aprendiera por sí misma, y Esther siguió sus indicaciones torpemente, pues apenas sabía manejar un ordenador.
─ Debería aprender a hacer estas cosas. Hoy en día, todo es digital.
Cuando terminaron, Esther recogió la silla y le recordó a Antonio antes de salir:
─ No te pases todo el día frente a la computadora, ¿de acuerdo?
La preocupación de su madre por su hijo era evidente mientras se dirigía a la cocina para preparar la comida.
Una mañana Esther estaba inmersa en su tarea de limpiar su casa, una rutina que la ayudaba a mantener su vida en orden. Aquel día, se encontraba en la habitación de Antonio mientras este estaba en clase, mientras limpiaba el escritorio, que estaba cubierto de papeles desordenados y polvo acumulado. Decidió encender la computadora, sintiendo la necesidad de aprender a usarla mejor.
Empezó abriendo el navegador y haciendo algunas búsquedas. Mientras miraba una web de recetas de cocina se apoyó sobre el teclado sin querer y abrió el historial. Aunque al principio no entendió lo que veía en la pantalla, pronto comenzó a leer los títulos de las páginas que se abrían ante ella. La sorpresa y el asombro se apoderaron de su rostro mientras sus ojos recorrían los textos que aparecían en la pantalla. El corazón de Esther se aceleró al ver las palabras que aparecían en la lista. Titulares sugerentes y provocativos que se referían a mujeres maduras y sus hijos, un mundo que ella jamás había imaginado.
Con las manos temblorosas, hizo clic en algunas de las páginas, sin saber realmente qué esperar. Lo que vio en esas webs la dejó anonadada y escandalizada. Eran sitios para adultos, llenos de imágenes y videos de mujeres de su edad y jóvenes follando, nunca habría imaginado encontrar eso en la computadora de Antonio. Con el corazón latiendo con fuerza y una mezcla de emociones que iban desde la sorpresa hasta la incomodidad, Esther cerró precipitadamente el navegador y apagó la computadora. La limpieza de la habitación ya no era su principal preocupación, pues se había topado con un lado de Antonio que nunca habría esperado descubrir.
Antonio regresó a casa, saludando a su madre con una sonrisa desconociendo lo que ella había descubierto. Ella le devolvió el saludo, pero en su interior, una inquietante imagen no la abandonaba: la idea de Antonio viendo esos videos en su habitación con su polla en la mano, acariciándose hasta correrse. La tentación se apoderó de ella, y cuando se encontró sola nuevamente, no pudo resistirse a encender el ordenador una vez más.
En su pantalla, el contenido prohibido reapareció, y esta vez Esther se fijó en las fechas de visita. Había páginas que Antonio había explorado la noche anterior, lo que la intrigó aún más. La curiosidad la dominó, y no pudo evitar hacer clic en algunos de los videos. Su sorpresa y asombro aumentaron a medida que observaba las escenas frente a sus ojos, jóvenes con sus pollas erectas follaban duramente a mujeres maduras, sintiendo una oleada de sensaciones desconocidas que la inundaban.
Esther decidió profundizar aún más. En su búsqueda, encontró una carpeta con su propio nombre. Con manos temblorosas, la abrió, y su sorpresa se transformó en escándalo. Dentro de esa carpeta se escondían fotos de ella, imágenes tomadas por Antonio sin su conocimiento. Algunas fotos eran de ella agachada limpiando marcando su trasero, otras de sus piernas sentada en el sofá.
Un suspiro escapó de sus labios mientras una mezcla de emociones la invadía. Confusión, excitación, enojo, violación de la privacidad. No sabía cómo abordar este descubrimiento. Esther apagó el ordenador con firmeza y salió de la habitación, llevando consigo el peso de un secreto que nunca hubiera imaginado que su hijo pudiera ocultar.
En un día que parecía como cualquier otro, Esther decidió poner a prueba a su hijo. Mientras él se acomodaba en el sofá, absorto en el programa de televisión, ella comenzó a limpiar la sala. Cada movimiento era calculado, se agachaba estratégicamente, dejando a la vista de Antonio una perspectiva tentadora de su trasero. Como si fuera un gato acechando su presa, Antonio no tardó en sacar su teléfono móvil, presumiblemente para capturar la visión que se le ofrecía.
Luego, como si el cansancio la hubiera abrumado, Esther se dejó caer en un sillón cercano. Abrió sus piernas, revelando parte de sus muslos, y suspiró con teatralidad mientras se inclinaba hacia atrás. Antonio, creyendo que ella no sospechaba nada, no perdió tiempo en capturar la imagen de su madre abierta de piernas. Esther fingió que no veía lo que sucedía, aunque observaba de reojo cómo él tomaba la foto. La excitación del momento la había confundido, y, sintiéndose un tanto sofocada, se retiró a su habitación.
Encerrada en su cuarto, Esther instintivamente llevó su mano a su coño, sintiéndose húmeda. La situación la perturbaba, y se preguntaba cómo un joven como su hijo podía experimentar deseos hacia ella.
─ Necesito una ducha fría... ¿Qué te pasa Esther? ─ se preguntaba a sí misma mientras se dirigía al baño.
Desnuda en el baño, se miró en el espejo, observando las curvas de su cuerpo. Era una mujer delgada y menuda, de pequeños pechos y anchas caderas rematando en un redondo trasero, que era de lo que más orgullosa estaba. Después de la ducha fría que había tomado para calmarse, ya más relajada, se dispuso a preparar el almuerzo.
Al día siguiente, Esther no pudo resistir la tentación de ver las fotos que su hijo le había hecho. Se sentó frente a la computadora y buscó la carpeta donde se encontraban sus últimas imágenes. Allí estaban, varias de su culo agachada y de sus piernas cuando dejó ver más de lo habitual en el sillón. En algunas había conseguido incluso a fotografiar sus bragas
Pero la curiosidad de Esther no se detuvo ahí. Abrió el navegador y exploró el historial, donde encontró una colección de videos que parecían tener una conexión directa con las imágenes. A medida que veía los videos, notó una similitud sorprendente con las fotos. No se había dado cuenta, pero mientras se perdía en los vídeos incestuosos, su excitación fue en aumento. Sus piernas se apretaron entre sí, y una de sus manos comenzó a acariciar sus pechos por encima de su vestido, atrapando sus erectos pezones. Cada imagen en la pantalla aumentaba la tensión dentro de ella.
La tentación finalmente fue demasiado fuerte, y Esther metió su mano bajo el vestido. Sus dedos comenzaron a jugar con su coño por encima de sus bragas. Los suspiros entrecortados llenaron la habitación mientras su excitación se elevaba. Se imagino que ella era la mujer del video que estaba a cuatro patas y que el joven dotado que la follaba era su hijo y ya no pudo aguantar más, metió su mano dentro de su ropa interior. Sus dedos se deslizaron por su vello púbico hasta colarse entre los labios de su coño y gracias a lo mojada que estaba fácilmente se metió dos dedos. La pasión en solitario la envolvió, estuvo varios minutos masturbándose hasta que finalmente cuando el joven del vídeo se corría sobre la mujer, en un momento de éxtasis, alcanzó un rico orgasmo que la estremeció.
Consciente de la situación y quizás un tanto sorprendida por su propia acción, Esther se recompuso rápidamente. Apagó la computadora y salió de la habitación de Antonio, con sus pensamientos y emociones en un torbellino de sensaciones, sin saber si debía confrontar a su hijo o mantener este secreto oculto en el rincón más profundo de su ser.
Este juego de provocación secreta se convirtió en una especie de ritual entre Esther y Antonio, repitiéndose a lo largo de varios días. Esther, aparentemente ajena a las intenciones de su hijo, se entregaba a la actuación de posar para Antonio. Antes de agacharse, se subía un poco el vestido de manera sugerente, regalándole a Antonio una vista más tentadora de su culo y sus piernas. Lo mismo hacía cuando se sentaba, abriendo sus piernas de manera descarada y provocativa.
Cada vez que llevaba a cabo esta coreografía sensual, lo hacía con una mezcla de excitación y nerviosismo. Sabía que Antonio estaba observando, pero disfrutaba de la idea de mantenerlo excitado. Era un juego peligroso, uno que mantenía sus sentidos alerta.
Por las mañanas, cuando su hijo estaba en clase, Esther encendía su ordenador y se dirigía directamente a la carpeta de imágenes que él había hecho con su móvil. Luego, exploraba el historial del navegador, encontrando los videos que él había estado buscando. Era como si estuvieran atrapados en un ciclo de deseo y tentación.
Y como si fuera parte de un ritual secreto, cada sesión de navegación culminaba en una sesión de placer en solitario. Esther no podía evitar ceder a sus deseos, sus manos explorando su propio cuerpo mientras la pasión se desataba. Los suspiros y gemidos se escapaban de sus labios, y en esos momentos, se sentía liberada.
Esther dejaba todo tal como estaba, asegurándose de que Antonio no sospechara nada y salía de la habitación con los jugos de su coño aun recorriendo sus muslos. Ambos estaban atrapados en un juego peligroso de seducción, donde las emociones ardían en lo más profundo de su ser.
Esther continuaba entregándose a su peligroso juego de seducción ante Antonio, mostrándose un poco más con cada ocasión. Un día, mientras Antonio estaba absorto viendo la televisión en el sofá, Esther vio su oportunidad. Se deslizó a su habitación y se puso un tanga y el vestido más corto que tenía para estar en casa.
Regresó a la sala y se acercó a Antonio con una sonrisa encantadora. ─ Perdona, Antonio, pero tengo que limpiar el mueble. No tardaré ─ le dijo, su voz resonando con una dulce promesa.
Antonio, sin despegar los ojos del televisor, asintió con desinterés. ─ Tómate todo el tiempo que necesites ─ murmuró, con su mirada buscando el móvil que siempre tenía a mano.
Esther comenzó su tarea de limpieza, empezando por la parte superior del mueble. Cada vez que se alzaba de puntillas para alcanzar los lugares más altos, su vestido se subía, revelando gradualmente el nacimiento de sus nalgas. La sensualidad y la provocación eran su arma secreta, y su corazón latía con emoción mientras notaba la mirada de Antonio en ella.
Finalmente, se arrodilló para limpiar los cajones más bajos del mueble. Desde esa posición, le proporcionó a Antonio una vista deliciosa de su tanga. No podía evitar notar que Antonio tenía su móvil en la mano, lo que alimentaba sus sospechas de que esta vez estaba grabando.
─ Uf, qué cansada estoy ─ suspiró Esther, como si el esfuerzo de la limpieza la hubiera agotado por completo. Se sentó en el sillón, asegurándose de que su vestido revelara tanto como ocultaba. Tomó una revista y la utilizó para ocultar su rostro mientras abría lentamente sus piernas, mostrando más de lo que había mostrado antes.
Antonio, incapaz de resistirse más, se incorporó un poco y apagó la televisión. ─ Estoy cansado, voy un rato a mi cuarto ─ dijo con sus ojos ardientes de deseo.
Esther asintió, manteniendo su rostro oculto detrás de la revista. ─ Está bien. Te avisaré cuando la cena esté lista ─ respondió con una sonrisa traviesa. Cuando oyó la puerta de Antonio cerrarse, supo que el juego de seducción estaba llegando a su clímax, y una ola de lujuria la invadió.
En medio de la noche, mientras Esther se dirigía a su dormitorio, pasó por la puerta entreabierta de Antonio. Una inexplicable tentación la atrajo hacia el umbral de su cuarto. Lo que encontró allí la dejó sorprendida e intrigada. Antonio yacía en su cama, con su móvil en una mano y la otra ocupada acariciando su mástil erecto. Esther quiso apartarse, pero una fuerza invisible la mantuvo inmóvil, sus ojos fijos en el excitante espectáculo.
Sin poder resistirse al impulso, Esther comenzó a acariciarse a sí misma mientras observaba a Antonio. La pasión y la excitación se apoderaron de ella, y el deseo ardía dentro de la habitación. Cuando ambos estaban a punto de alcanzar el clímax, Antonio agarró un trozo de tela y lo utilizó para limpiarse. Esther reconoció de inmediato la tela: era el tanga que había usado por la tarde.
Apresurada y sintiéndose culpable, Esther se retiró en silencio a su dormitorio, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Poco después, escuchó a Antonio entrar en el baño. Cuando se aseguró de que estaba ocupado, ella salió de su cuarto y se dirigió al baño. Buscó su tanga en el cesto de la ropa sucia y lo encontró. Lo tomó en sus manos y notó que estaba húmedo, lo que la llenó de una extraña excitación. Esther lo guardó en el bolsillo de su bata y regresó a su cuarto.
Se despojó de la bata y cogió el tanga con cuidado. Lo llevó a su nariz e inhaló profundamente su fragancia, una mezcla de sus propios deseos y los de su hijo. La excitación la invadió y comenzó a acariciarse hasta correrse pasando su tanga húmedo aun del semen de su hijo por el coño.
Finalmente, se recostó en su cama, con el pensamiento de lo peligroso y emocionante que se había vuelto este juego que compartían, sin saber hasta dónde los llevaría.
El juego entre Esther y su hijo alcanzó nuevas cotas de atrevimiento. Esther tras mostrarse ante su hijo disimuladamente se encerraba en el cuarto de baño a masturbarse frenéticamente y dejaba deliberadamente su tanga empapado con sus fluidos bien a la vista en el cesto de la ropa sucia, sabiendo que Antonio no podría resistirse a la tentación de recogerlo. Ella esperaba pacientemente y después se asomaba a la puerta para deleitarse con el espectáculo de su hijo masturbándose con su tanga hasta que derramaba todo su semen, observándolo mientras disfrutaba del sugerente regalo que ella le dejaba. Luego, cuando Antonio volvía a dejar la prenda en el cesto, ella iba a recogerla, llevándosela consigo y encerrándose en su cuarto donde volvía masturbarse llegando incluso a lamer su propio tanga en busca de los restos de semen de su hijo.
Sin embargo, todo cambió una mañana en que Esther, impulsada por la curiosidad, sentada frente al ordenador de Antonio, se sumergió en la búsqueda de videos que intuía que él había tomado. Se aventuró a buscar archivos ocultos y, para su sorpresa, dio con una carpeta intrigante.
Al abrir la carpeta había una con su propio nombre, se encontró con videos de ella misma, en momentos tan íntimos como limpiando o simplemente sentada, en algunos mientras ella estaba de espaldas la cámara bajaba y se veía a su hijo acariciándose la polla mientras la miraba. La confirmación de sus sospechas no la detuvo, sino que la excitó aún más. Su curiosidad la llevó a explorar otra carpeta titulada "Míos", donde descubrió videos íntimos de su hijo. Había videos donde Antonio se masturbaba hasta correrse donde decía frases como “mama ojalá estuvieras aquí...mira como tengo la polla” o “oh mama toma toda mi leche” mientras expulsaba chorros de semen. Ella absorta en las imágenes y las cosas que decía su hijo, alimentando la chispa de su deseo.
Pero lo que realmente la perturbó fue la última carpeta titulada "Cam". Al abrirla, se encontró con videos de ella masturbándose frente al escritorio, grabados desde la cámara del ordenador. La sorpresa inicial fue seguida por una ola de confusión y, sorprendentemente, excitación. Él sabía perfectamente lo que hacía por las mañanas cuando no estaba.
Aunque perturbada, Esther mantuvo la compostura y decidió darle a su hijo un espectáculo que nunca olvidaría.
Esther se desnudó completamente y comenzó a ver los videos de su hijo masturbándose. Mordía su labio inferior mientras con una mano se acariciaba y pellizcaba sus duros pezones. Su coño empieza palpitar pidiendo atención, entonces movió la silla un poco más atrás abriendo sus piernas asegurándose que la cámara del ordenador capturara bien lo que estaba por llegar.
Empezó a acariciar los labios de su coño con dos dedos, observaba en la pantalla a su hijo acariciando su polla y hacia como le contestaba ─ Si hijo... ojalá estuviera ahí... mmm ─ mientras hundía sus dos dedos dentro de su coño ─ o tu aquí... ─ para luego sacarlos y separarlos abriendo los labios y dejando bien abierto su empapado coño.
Cuando llego la parte del video en la que su hijo iba a correrse acelero los movimientos masturbándose ferozmente provocando un sonoro chapoteo. ─ Así cariño dale toda tu lechita a mama... oh si... que rica tu leche hijo mío.
Mientras chorros de semen aparecían en la pantalla Esther tuvo un orgasmo como nunca había experimentado mientras quejidos se escapaban descontroladamente desde su garganta. De golpe saco sus dedos y de su coño salió un chorro de sus fluidos cayendo sonoramente sobre el suelo. El video termino dejando la pantalla en negro pudiendo ver su reflejo en ella y no se reconoció, allí jadeante aun, reclinada en la silla del ordenador de su hijo agarrada a los reposabrazos para no caerse al suelo mientras su coño aun palpitaba totalmente empapado.
Los pensamientos contradictorios la embargaron mientras se vestía, aquello no era normal en una madre. Esto se tenía que acabar se decía a sí misma mientras iba a por la fregona y un trapo para limpiar todo el estropicio que había provocado.
Durante el resto de la mañana se convencía de lo inapropiado e inmoral de su comportamiento, pero cuando llego el medio día y su hijo regreso de clases todas sus defensas se vinieron abajo y su mente volvió a inundarse de imágenes de su hijo masturbándose, haciendo que su coño volviera a palpitar.
─ Hola mama, ya estoy en casa.
─ Hola...hijo... que bien. La comida está casi lista ─ dijo ella con voz temblorosa.
Durante el almuerzo, Esther apenas articuló palabra, manteniendo su mirada fija en el plato. En su interior, un torbellino de contradicciones contrastaba con su aparente serenidad. La reciente revelación de los secretos compartidos y el juego de seducción habían creado una mezcla de excitación y ansiedad que se reflejaba en sus ojos, aunque ella tratara de disimularlo.
Por la tarde, Antonio estaba en el sofá del salón, y Esther sintió la necesidad irresistible de volver a mostrarse ante él. Intentaba controlarse, pero algo dentro de ella la empujaba hacia la lujuria, tanto que esta vez decidió prescindir de su ropa interior.
Con una mirada traviesa hacia Antonio, se acercó a él. ─ Disculpa hijo, voy a tener que pasar por delante algunas vece ─ dijo, sus palabras resonando con una provocación que no pasó desapercibida para Antonio.
─ No te preocupes mama, pasa todo lo que necesites ─ respondió él, con una complicidad creciente en su tono.
Esther comenzó a limpiar, asegurándose de que el joven tuviera una vista completa de sus encantos más íntimos. Esta vez, no había tela que ocultara su coño. Cada gesto estaba calculado para provocar, para excitar a su hijo.
Después de un rato, Antonio se disculpó, levantándose y retirándose a su cuarto. Cerró la puerta tras de sí, dejando a Esther con una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Bien entrada la noche Esther paso por la puerta entreabierta del dormitorio de su hijo y se paró a observar.
Antonio acariciaba su polla lentamente mientras veía su móvil, al levantar su brazo un poco para satisfacción de Esther lo que veía en su móvil era el video de la cámara del ordenador de esta mañana.
─ Oh mama que coño más rico tienes ─ susurraba Antonio para sí mismo.
Esther no pudo resistirse y comenzó a acariciar su coño por encima del camisón mientras no apartaba su mirada de la polla de su hijo, pero eso no fue suficiente y metió su mano por dentro de su ropa interior para introducirse sus dedos. Cerro los ojos unos segundos disfrutando de su excitación hasta que inesperadamente una mano la tomo del brazo y la arrastro hacia adentro de la habitación.
─ ¿Qué haces mama? ─ pregunto Antonio con malicia.
─ Yo...hijo... ─ titubeo Esther.
─ ¿Te gusta ver cómo me masturbo? ─ volvió a preguntar a su madre mientras sacudía su polla ─ Ya lo creo que sí, he visto cómo te has corrido esta mañana.
─ Hijo veras... tiene una explicación...
─ Oh si la explicación está bastante clara ─ dijo Antonio atrayendo a su madre agarrándola del brazo y guiando su mano a su polla.
─ Hijo... esto no puede ser... ─ dijo intentando resistirse, pero sus dedos automáticamente rodearon la erecta polla de Antonio.
─ Tranquila mama... déjate llevar ─ le susurro a la vez que comenzó a besar su cuello y con su mano empezó a guiar el movimiento de la mano de su madre.
Esther no podía apartar la mirada de su mano deslizándose por la erecta polla de su hijo, ni si quiera se dio cuenta de que su hijo ya no movía su brazo si no que era ella misma quien movía su mano.
─ ¿Estas excitada mamá? ─ dijo Antonio mientras su mano se deslizaba debajo Esta excitada mamá del camisón y adentrándose en el tanga de su madre hasta recorrer los labios de su empapado coño ─ mmm vaya que si.... mira que mojada estas... ─ le dijo comenzando a masturbarla a ella también.
─ Mmff ─ gimió al sentir la mano de su hijo, mientras instintivamente abrió sus piernas permitiendo que su hijo introdujera dos dedos.
─ Oh mama sigue así... voy a correrme...
Ella aumento la velocidad de sus movimientos mientras gemía por las caricias de su hijo que empezó a respirar cada vez más rápido hasta que espesos chorros de semen empezaron a caer al suelo y en su propia mano.
─ Ahh... ─ gemía el joven expulsando las ultimas gotas de su néctar.
Esther entonces pareció volver a la realidad y fue consciente de lo que había hecho. Precipitadamente agarro el brazo de su hijo sacando sus dedos de su coño y salió corriendo de allí encerrándose en su cuarto bajo la lasciva mirada de su hijo.
Una vez dentro apoyo su espalda contra la pared ─ ¿Qué he hecho? ─ se dijo a sí misma dirigiendo sus manos a su cara, pero entonces se dio cuenta de que aún tenía manchada su mano con el semen de su hijo y acercándola a su rostro su aroma envolvió sus sentidos.
Se dirigió a su cama y se tumbó en ella volviendo a acercar su mano inhalando esa prohibida fragancia. Inevitablemente su otra mano se dirigió a su entrepierna y comenzó a acariciarse cada vez más intensamente y cuando estaba a punto de correrse empezó a lamer el semen de su hijo. El sabor hizo que se corriera en ese mismo momento metiendo los dedos en su boca intentando ahogar sus gemidos.
Se quedo mirando al techo mientras su respiración volvía a la normalidad mientras en su cabeza un remolino de sentimientos contradictorios azotaba sus pensamientos.
Al día siguiente de los perversos acontecimientos, mientras Esther limpiaba los platos antes del almuerzo, llegó su hijo.
─ Ya estoy en casa ─ dijo él con una voz que resonaba con una intensidad que Esther no podía ignorar.
─ Genial, estoy terminando de fregar. Luego almorzaremos ─ respondió Esther, algo nerviosa ante la presencia de su hijo.
Este se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, observándola con una mirada que hacía que la tensión en el aire fuera palpable. ─ ¿Cómo fue tu día? ─ le preguntó ella, intimidando por su mirada penetrante.
─ Bien... ─ murmuró el, mientras ella sentía el palpitar de su corazón acelerándose mientras Antonio se acercaba por detrás ─ Llevo toda la mañana pensando en ti ─ confesó Antonio, al tiempo que agarraba a Esther por la cintura y se pegaba a su cuerpo, eliminando cualquier espacio entre ellos.
─ Hijo, esto no está bien... ─ susurró Esther, tratando de resistirse a la atracción magnética que existía entre ellos.
─ ¿Seguro? Te escuché ayer en tu habitación cuando saliste corriendo ─ susurró Antonio ─ ¿Qué hiciste con mi semen? No te vi que fueras al baño a limpiarte ─ sus palabras caían como lozas en los oídos de Esther.
Entonces, sin más preámbulos, Antonio comenzó a deslizar sus manos bajo la ropa de ella, acariciando su cuerpo de una manera que hacía temblar las defensas de su madre. La agarró de la cintura, la giró, y sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.
Antonio inició un beso apasionado, y poco a poco, Esther comenzó a corresponderle, dejando que el deseo los envolviera. Con firmeza, él la elevó y la colocó sobre la encimera, sin dejar de explorar sus labios con los suyos. Las manos de Antonio se aventuraron más allá, acariciando la entrepierna de Esther, que se entregaba completamente al juego de su hijo.
Totalmente entregada de nuevo, Esther abrió sus piernas, y Antonio, sin perder tiempo, bajó su cabeza entre ellas, aparto la ropa interior dejando a su disposición el coño de su madre. Empezó pasando y explorando con su lengua cada rincón para luego introducir sus dedos a la vez que succionaba el hinchado clítoris.
─ Ahh... ─ gemidos era lo único que podía articular Esther mientras se agarraba como podía a la encimera para no escurrirse debido al placer que su hijo le proporcionaba.
─ Que rico sabes mama... deseaba saborearte desde hace mucho tiempo... ─ le decía a su madre entre lengüetazos.
La respiración de Esther se aceleró y sus gemidos cada vez eran más intensos, su hijo sabía que la tenía al borde del éxtasis así que se esmeró más en su tarea hasta que su madre comenzó a correrse.
─ Ah... hijo... por dios...ah... ─ gritaba ella mientras una corriente eléctrica sacudía su cuerpo y su coño palpitaba fuertemente.
Antonio se incorporó y comenzó a besarla haciendo que ella probara el sabor de sus propios fluidos. El abrió su pantalón y saco su polla erecta y ayudando a su madre a bajarse de la encimera y haciendo que se arrodillara.
Esther tenía la polla de su hijo frente a su cara y no pudo resistirse a tocarla y acariciarla. Cuando bajaba totalmente su piel, el glande parecía llamarla. Tenía la tentación de meterlo en su boca, pero no se atrevía hasta que su hijo llevo su mano a su nuca, la guio y sus labios dieron en la cabeza de su polla. Poco a poco fue abriendo su boca hasta que el glande entro y pudo tocarlo con su lengua, su hijo fue guiando el movimiento de su cabeza. Ella apenas hacía nada solo abría lo más que podía su boca cuando su hijo la presionaba para meterle casi toda su polla en su boca.
─ Así mama así... cómetela toda... ─ le decía el haciendo que se sintiera sucia, pero a la vez excitada.
A los pocos minutos a Esther no le hacía falta que su hijo guiara sus movimientos y ella misma mamaba con devoción aquella joven polla, lamia su cabeza y la succionaba haciendo que sus babas corrieran hasta sus huevos.
─ Mmfff... ─ bramo fuertemente su hijo cogiendo con sus dos manos la cabeza de su madre impidiendo que sacara su polla de su boca.
Esther abrió los ojos lo más que pudo cuando sintió las palpitaciones y los primeros chorros de semen golpeando su garganta. Creía que se ahogaba, pero su hijo no la soltaba haciéndola toser. El semen salió por la comisura de sus labios e incluso por su nariz y solo entonces el saco su polla y sacudiéndola soltó los últimos chorros sobre la cara descompuesta de su madre que intentaba recuperar el aire.
─ Uff mamá que bien lo has hecho ─ le decía Antonio mientras con su polla restregaba el semen por su cara. Luego se inclinó sobre ella, le dio un beso en la frente y se marchó, dejándola allí arrodillada, escupiendo semen aun y con el coño empapado.
Después de darse una ducha y preparar el almuerzo Esther se dirigió al cuarto de su hijo ─ Antonio la comida ya está en la mesa ─ le dijo a través de la puerta.
─ Voy mama ─ dijo el.
Comenzaron a cenar en silencio, ella estaba muy avergonzada.
─ ¿Estas bien mamá?
─ Hijo... lo que hemos... hecho, es algo horrible.
─ ¿Por qué? ¿A caso no te gustó cuando te comí el coño? ─ la pregunta tan directa hizo que ella agachara su cabeza de nuevo ─ Yo diría que te gusto cuando te corriste en mi boca.
─ No digas esas cosas ─ dijo algo molesta con su hijo.
─ ¿Es mentira lo que digo?
─ No... ─ dijo Esther volviendo a agachar la cabeza ─ pero eres mi hijo y no está bien que entre nosotros hagamos ese tipo de cosas.
─ Tranquila mama, no se lo contare a nadie ─ dijo el levantándose y recogiendo su plato vacío.
─ Pero hijo...
─ ¿Has terminado?
─ ¿Qué?
─ ¿Que si has terminado de comer? Para llevarme tu plato digo.
─ Eh... no aun no ─ dijo ella desconcertada, parecía que nada de lo que decía de lo inapropiado de sus actos afectaba a su hijo.
─ Está bien ─ dijo el con total normalidad dirigiéndose a la cocina.
Esther cuando oyó la puerta del dormitorio de su hijo cerrarse se dejó caer sobre la silla, se sentía culpable pues había alimentado aquella perversión en vez de haberla cortado de raíz. Que debía hacer con aquello, como podía manejar la situación, se preguntaba desconsolada.
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