Luismi entró en el portal empujando su bicicleta. Como cada día había cubierto una ruta mixta de unos 50 km. A sus 46 años su físico no aparentaba la edad. Se mantenía en buena forma. La fecha, finales de agosto, no permitía aún recorridos más largos. Las temperaturas eran altas todavía. El ruido de los piñones era lo único que se oía en aquel bloque de pisos, y es que la mayoría eran segundas residencias veraniegas.
Al pasar por delante del bajo B se abrió la puerta. El ciclista se sorprendió antes de reconocer a los vecinos que salían:
-¿Qué de vuelta a casa ya? -preguntó Luismi al hombre que salía con un equipaje seguido por su mujer y su hija.
-Hombre, Luismi -saludó el veraneante -sí la mujer y yo nos vamos ya. Pero Ana, mi hija, se queda una semana más.
-Ah! ¿Ha venido tu hija? -preguntó extrañado Luismi mirando a la hija, Ana, que levanró una de sus cejas en señal de sorpresa.
-Sí, ha venido de Madrid unos días a descansar. Está estudiando medicina y lo va a terminar en septiembre. -Respondía orgulloso el padre.
Luismi se acercó a la chica para saludarla con dos besos. Sus miradas se engancharon, con media sorisa él, con algo de asombro ella. Se besaron muy cerca de la comisura de los labios. Más lascivo que amistoso.
-Se te vé muy bien... -comentó Luismi escrutándola de arriba a abajo.
La frase de halago hizo que la futura doctora de 26 años se ruborizase mientras el ciclista se alejaba ya de ellos tras despedirse de sus vecinos.
Ana seguía todavía dándole vueltas a la frasecita..."se te vé muy bien...". Y es que su vecino le había mentido a sus padres. Él sabía que ella había llegado varios días antes. De hecho habían mantenido un pequeño pero excitante contacto visual.
Había sido en su segundo día cuando salió a tomar el sol a su terraza y, sin pensarlo demasiado, comenzó a tocarse hasta conseguir un orgasmo que se aceleró, sin dudas, cuando descubrió que su vecino la observaba. En un principio ella se asustó pero luego se excitó. Masturbarse en su terraza a la vista de un vecino maduro hizo que su libido se disparase. La sensación de excitación era indescriptible por desconocida. Estaba calentando a un vecino maduro mientras se masturbaba ante él. Ana repitió la experiencia un par de veces más. Su vecino ciclista, cerveza en mano, le ofreció un brindis la última vez a lo que ella contestó sacándole la lengua a modo de burla y sonriéndole antes de mostrarle el dedo corazón de su mano derecha extendido de forma obscena. Pero nunca imaginó vivir la situación que se acababa de producir. Sus braguitas se humedecieron de nuevo, ahora en el coche donde transporta a sus padres de vuelta a casa.
Dos días después, Ana entraba sudorosa en el portal después de hacer su carrera habitual. Justo a la altura de su casa se cruzó con Luismi y su mujer Silvia. Ésta saludó a su joven vecina de manera agradable. Durante unos minutos conversaron sobre loa estudioa de la chica y quedaron en verse en los días siguientes. Luego se despidieron, Silvia acudía a una cena con amigas y Luismi, su marido la acercaría en coche:
-Es que con estos tacones no puedo andar durante tanto trayecto. -Aclaró Silvia a Ana.
Luismi, justo detrás de su mujer que ya se dirigía hacia la calle, guiñó un ojo a su jóven vecina. Ésta, con media sonrisa lasciva, asintió levemente antes de morderse el labio en una declaración de intenciones.
Diez minutos después Luismi estaba frente a la puerta del bajo B. Dudaba si llamar o seguir su camino hacia su casa. Inspiró fuerte y tocó el timbre. La puerta se abrió de inmediato. Él entró sin pensar. Tras ella se encontraba Ana, recién duchada, con su melena aún mojada. Cubría su menudo cuerpo con una toalla que tapaba lo justo para sus pequeñas tetas y su precioso culo. Se besaron apasionadamente. El hombre introducía sus manos por debajo de la toalla hasta acariciar sus suaves glúteos. La chica buscaba el cinturón de su pantalón para quitárselo. Él se liberó de su camiseta dejando a la vista un cuerpo normal. No estaba musculado ni era un adonis griego. Se mantenía en forma solamente. Ella se arrodilló y tiró de su pantalón vaquero arrastrando también el bóxer negro. Ante ella quedó una bonita polla de tamaño estándar y grosor considerable.
Ana miraba lasciva a su vecino maduro mientras acariciaba aquel miembro erecto que la apuntaba directamente a la cara. Tiró debla piel hacia atrás liberando un glande gordo en forma de bola, de color rojo intenso. La piel tirante y tersa había comenzado a lubricarse con el líquido preseminal. La joven doctora lamió la polla de su vecino antes de introducirsela poco a poco en su boca de dentadura perfecta.
Luismi suspiró al sentir como su polla se derretía en la ardiente boca de la hija de sus vecinos. Ella se la sacó y escupió en el capullo antes de metersela muy despacio hasta su campanilla:
-Guarra. -La definió él.
Esa fue la señal para que Ana comenzara a mover su cabeza delante y atrás a lo largo de la polla. Se sentía la boca ocupada. Notaba como el capullo intentaba encajarse en su garganta y ella la acomodaba como una experta comepollas. De su coño manaba gran cantidad de flujo vaginal. El movimiento había hecho que la toalla cayese dejandola completamente desnuda de rodillas ante su vecino, 20 años mayor.
El hombre comenzó a tensarse y su polla comenzó a palpitar dentro de la boca de Ana, señal inequívoca de lo que se avecinaba. El primer chorro se produjo en el interior de la boca. Muy adentro. La mujer sintió como el semen resbalaba por su esófago hacia su estómago. Ella tragó sin problemas. El segundo, Luismi lo dirigió hacia el esbelto cuello de su vecina. Esta parte de la corrida descendía desde la parte baja de su mentón hacoa sus tetas. Y el último lo dirigió hacia uno de sus pezones marrón oscuro, gordo, erecto. Quedó totalmente cubierto por aquel líquido viscoso y blanco. Cuando se relajaron la mujer utilizó la toalla para limpiarse:
-Joder tío, cómo me has puesto. Estoy recién duchada. -Se quejaba ella fingiendo enfado.
Luismi la ayudó a levantarse. Le besó la boca sin importale que sabía a polla y lefa. Dirigió su mano derecha a su coño rasurado y separando los labios con dos dedos se los introdujo muy profundos. Ella gimió:
-Vamos a tu cama que te voy a comer el coño.
La chica obedeció y se dirigió a su habitación. Se tumbó sobre la cama, boca arriba mirando el cuerpo desnudo de su vecino maduro. Le gustó. Más aún cuando el hombre se arrodilló ante su entrepierna y comenzó a deleitarse con aquel coñito jo en de labios finos. Emana un embriagador aroma a gel y sexo. Ella sentía como su clítoris palpitaba de excitación ante la mirada de aquel hombre.
Luismi pasó su lengua por la rajita y Ana suspiró. Levantó sus piernas ofreciéndole una mejor visión de su coño y su culo.
El hombre repitió la acción pero ahora empezando por el ano y muy lentamente fue subiendo con su lengua hasta el clítoris. Otro suspiro de Ana delataba su estado de excitación. Luismi volvió a repetir. Intentaba penetrar el ano con la punta de su lengua para seguir hacia arriba introduciéndola entre los labios vaginales, saboreando el intenso sabor a sexo de aquel manjar rasurado.
Ana movía la cadera a cada pasada de Luismi:
-Joder cabrón, qué bien...
Ella le agarró la cabeza por los pelos y le pidió que dejara la lengua quieta. Luego comenzó a mover la cadera haciendo pasar su clítoris por ella. Lo estsba utilizando como masturbador oral. Ana jadeaba, suspiraba, imploraba sintiendo el placer de aquella lengua ardiente de su vecino mucho mayor que ella. El hombre por fin la sujetó y succionó el clítoris con sus labios haciendo pasar la lengua, muy rápido, sobre él que estaba totalmente hinchado por la excitación. La mujer dio un grito cuando notó dos dedos de Luismi en su vagina.
El hombre, los utilizó a modo de gancho para alcanzar la cara interna de la vagina más cercana al Monte de Venus. Allí palpó hasta encontrar esa zona rugosa que hizo que Mar se corriera de manera escandalosa:
-Ahhh. Siii. Joderr. Que comida de coño...cabrón....
Aún con la pipa de ella en la boca y su mentón totalmente man
chado de flujo del coño, el hombre introdujo dos dedos por el ojo del culo de su vecina. Aquel ano estrecho totalmente arrugado de color marrón oscuro se tragó loa dedos manchados de flujo sin problemas. Luismi comenzó a moverlos dentro de aquel estrecho hueco comporbando su flexibilidad. Aunque no tenía un pollón de película porno si era gruesa y por experiencia sabía que al inicio, de no estr dilatado, podría hacerle daño. No sería la primera vez que desgarrase un ano. El de Silvia, su mujer lo había petado un par de veces:
-Qué haces cabrón....para joder.... -Las súplicas de ellas eran poco convincentes.
Luismi se incorporó. Levantó las piernas de Ana y dirigió su polla hacia su culo:
-Por el culo no, por favor... -Ana decía esto con voz lastimera y poco creíble.
-Venga putita, si lo estás deseando...
Y sin previo aviso comenzó a hacer fuerza con su glande contra el esfínter anal de la joven médico. No sin esfuerzo el anillo anal cedió a la presión y el capullo enrojecido de Luismi profano el culo de Ana:
-Aayyy... -gritó la mujer antes de que el hombre diera un golpe de cadera y la empotrara contra el colchón metiendo toda la polla en el ano.
La respiración de ambos era forzada cuando se miraron a loa ojos. Ella buscó sus labios para besarle. Sabían a sus propios fluídos, a su propio coño, a sexo y a morbo:
-Dame fuerte cabrón...
El hombre comenzó un mete-saca que fue incrementando con cada embestida. Ella gritaba y gemia entregada al placer anal. El dolor inicial que le parecía insoportable se había pasado a una especie de picor para terminar en un a excitación incontrolable. Ella llevó sus dedos a su coño y empezó a hacerse una paja mientras su vecino la sodomizaba con fuerza.
Unos minutos después estaban a punto de llegar al orgasmo los dos. Luismi arqueo la espalda haciendo que su polla llegara más profundo aún y gritó cuando su esperma comenzó a brotar a chorros inundando las entrañas de su joven vecina de leche caliente. Ana, al sentirse llena también llegó al orgasmo. El morbo de que un vecino casado, 20 años mayor que ella, ante quién se había exibido le hubiese partido el culo en su propia casa era de un nivel superior a cualquier otra situación vivida por ella.
Transcurridos unos segundos de relajación, Luismi le pidió poderse duchar. Ambos estaban completamente sudados. Ana dejó que fuera él el primero en utilizar la ducha. Sin saber en qué momento, ella totalmente desnuda observaba el cuerpo de aquel vecino maduro bajo la ducha y se le volvió a mojar el coñito. Aquella buena polla que se acababa de comer y que la había sodomizado sin compasió pendía ahora, moviendose de lado a lado, morcillona.
Luismi le pidió una toalla a su espectadora. Ana le dio la misma que había utilizado ella misma. A èl le resultó muy morboso. Una vez vestido y ya en la puerta para salir se volvieron a besar. Ella, dada la diferencia de altura, se puso de puntillas. Ya con la puerta abierta ella le llamó la atención:
-Me debes un polvo
Luismi la miró extrañado:
-Sí, por el coño... -y sonriéde le mostró su dedo corazón de la mano derecha extendido y cerró.
Habían pasado cuatro días desde que Ana y Luismi echaron el polvo en casa de ellas. Aquel día, antes del encuentro entre ambos, Silvia, la mujer de él, le había comentado que le gustaría invitarla a cenar antes de que se marchara de nuevo a Madrid. Y hoy era el día elegido para cumplir esa invitación.
Ana sentía sensaciones contradictorias. Por un lado era un muy "heavy" aceptar la invitación de la mujer de un tío que le había partido el culo unos días antes. Por otro, era tremendamente morboso acudir a cenar con el marido infiel y la mujer cornuda. Al pensar esto último sintió um escalofrío por su espalda. Se sintió una auténtica puta.
En cualquier caso, había aceptado y a las 10 de la noche debía subir al primero C para cenar con aquellos vecinos. Imaginar que pudieran cenar los tres en el mismo lugar donde Luismi se deleitaba observando como ella se masturbaba mientras tomaba el sol era excitante. Notó como su coño rasurado se humedecía. Sentada en el sofá frente a la televisión mirándola pero son verla.
Cinco minutos después de la hora señalada, Ana se encontraba frente a la puerta de sus vecinos. Ahora dudaba de la conveniencia de haber aceptado. No había hablado con Luismi respecto a esta cena. Se limitó a aceptar la invitación formal que le propuso Silvia dos días antes. Ana, un tanto cortada, lo había hecho de manera precipitada. No quería estar demasiado tiempo sola con una mujer a la que ella había convertido en cornuda.
Ahora se arrepentía de su indumentaria, una falda corta floreada y la parte de arriba del bikini con el que solía tomar el sol en su terraza. Aquella idea morbosa de provocar a su vecino ahora le parecía una auténtica cabronada. Por fin se decidió a llamar a la puerta. Le abrió Luismi. Ana quedó paralizada durante unos segundos. Él vestía la misma camiseta que cuatro días antes cuando le dio por culo y un bañador azul. La saludó efusivamente y le dio dos besos en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.
-¿Qué tal Ana? Gracias por aceptar la invitación. Estamos encantados
El hombre hablaba como si no hubiese pasado nada entre ellos, lo que tranquilizó bastante a la joven médico:
-Te estábamos esperando Ana -dijo Silvia antes de saludarla con otros dos besos.
Como había imaginado la chica, la hicieron pasar hasta la terraza de aquel piso donde habían dispuesto una mesa con tres sillas y sobre la cual se acumulaban distintos platos con pequeñas raciones. Se sentaron sin ningún orden aparente aunque dejaron que Ana ocupase la silla más cercana a la barandilla y Silvia la más cercana al interior del piso. A medio camino de ambas, Luismi:
-¿Bebes vino? - Le preguntó el hombre a la invitada.
-Sí, pero una copa nada más.
Luismi vertió el Rioja sobre la copa de Ana y luego sobre la dos restantes:
-Bueno ¿brindamos, no? Por la doctora Ana. -E hicieron chocar sus copas.
-Bueno, me queda aprobar dos exámenes en septiembre aún.
Silvia se interesó por la especialidad a que se dedicaría y Ana comentó cuál era su preferencia. Mientras hablaba la joven vecina se fijó en la esposa de Luismi. Era una mujer de la misma edad que él, guapa, de estatura media y cuerpo bien proporcionado. La invitada contestaba a sus preguntas de manera extendida, con la rutina de quien ha respondido muchas veces el mismo interrogatorio.
Después de más de una hora y más de una botella de Rioja (pese a la petición de Ana de una sola copa) el ambiente era tan agradable como distendido:
-¿Entonces? Tu terraza es esa que se ve ahí abajo, ¿no? -preguntó Luismi de manera inocente apoyado en la barandilla desde donde observaba Ana tomando el sol.
-Sí, esa es. ¿No me has visto nunca? A veces salgo a tomar el Sol. -La joven le siguió el juego levantándose y poniéndose junto a él.
Silvia no notó el juego que se traían y se levantó a la cocina a preparar unas copas:
-Así qué nunca me has visto, ¿no?
- Pues no... -dijo Luismi con media sonrisa. Ambos se miraron aumentando la tensión sexual entre ellos.
Cuando Silvia llegó se sirvieron las diferentes copas y la conversación comenzó a virar hacia el tema sexual. La mujer de Luismi era una persona a la que no le importaba hablar abiertamente de prácticas sexuales y Ana no tuvo ningún inconveniente en contar como habían sido las relaciones con su ex, con quién cortó antes de terminar el curso:
-Pues yo no tengo quejas del sexo con Luismi... -comentó Silvia de manera pícara mirando a su marido.
Después no tuvo reparos en contar que en una ocasión habían hecho un trío con una amiga suya. Que ya en la adolescencia se habían enrollado ellas dos en las duchas de un camping. Al parecer, en una ocasión, pasaron un fin de semana en casa de la amiga y acabaron montándoselo los tres. Y lo disfrutaron mucho:
-En la vida hay que probar de todo. -Sentenció Silvia. Ana no supo entender si aquello era algún tipo de proposición.
Habían pasado casi tres horas cuando Ana anunció que tenía que irse, que no quería molestar más. Silvia propuso a Luismi acompañar a la chica y de paso ir al garaje a buscar un par de cosas que debía recoger del coche. Ana se quedó blanca. La propia mujer de Luismi facilitaba una situación tremendamente peligrosa. El vecino se prestó de inmediato. Así que, tras despedirse ambas mujeres, Ana y Luismi salieron de la casa.
Hicieron el trayecto en silencio. Ella delante de él. A la altura de su casa, Ana paró y comenzó a abrir la puerta. Pasó al interior sin cerrarla. No lo habían hablado pero no había vuelta atrás. Luismi entró y cerró tras de sí. Sin mediar palabra agarró a Ana, la giró y contra la pared comenzó a besarla apasionadamente. Ana se dejaba hacer mientras se agarraba a su vecino por la nuca. Sus lenguas se entrelazaban. El hombre metió sus manos bajo la falda de la chica y descubrió que no llevaba braguitas.
Con sus dedos buscó su rajita rasurada. La encontró inundada, jugosa, ardiendo. La mujer gemía mientras el hombre la comenzó a masturbar. Con la otra mano arrancó la parte de arriba del bikini dejando al aire sus pequeñas tetitas de pezones gordos y duros. Luismi no dudó en morderlos y arrancar un grito de placer de su vecina:
-Fóllame cabrón. Métemela por el coño... me lo debes...
Luismi se bajó el bañador y liberó su polla con una tremenda erección. Levantó a su vecina con sus brazos y contra la puerta la penetró con fuerza. Ella dio un grito cuando la polla de aquel maduro se abrió pasó hasta el fondo de su vagina. Sin respiro comenzó a follársela con fuerza. Literalmente la estaba empotrando. El cuerpo de Ana golpeaba la puerta, con cada golpe de cadera, haciendo identificable la actividad para cualquiera que pasara por delante de la casa…
Después de cinco minutos de suspiros, gritos, gemidos y golpes contra la puerta, Luismi avisó que se corría y se la dejó clavada. A Ana le faltaba el aire a punto de llegar al orgasmo. El hombre se corrió abundantemente en el coño de la mujer. Ella apretaba sus músculos vaginales como si quisiera ordeñar la polla.
Aún con la polla dentro de su coño, Ana miró a su amante con media sonrisa:
-¿Te gusta correrte sin condón en el coño de una vecina más joven?
-¿A ti te gusta sentir la corrida de un vecino maduro inundando tus entrañas?
Se volvieron a besar antes de separarse. Luismi le dijo que tenía que volver a casa:
-No te limpies la polla... Por si tu mujer te la chupa. Me da morbo pensar que pruebe el sabor de mi coño...
Al pasar por delante del bajo B se abrió la puerta. El ciclista se sorprendió antes de reconocer a los vecinos que salían:
-¿Qué de vuelta a casa ya? -preguntó Luismi al hombre que salía con un equipaje seguido por su mujer y su hija.
-Hombre, Luismi -saludó el veraneante -sí la mujer y yo nos vamos ya. Pero Ana, mi hija, se queda una semana más.
-Ah! ¿Ha venido tu hija? -preguntó extrañado Luismi mirando a la hija, Ana, que levanró una de sus cejas en señal de sorpresa.
-Sí, ha venido de Madrid unos días a descansar. Está estudiando medicina y lo va a terminar en septiembre. -Respondía orgulloso el padre.
Luismi se acercó a la chica para saludarla con dos besos. Sus miradas se engancharon, con media sorisa él, con algo de asombro ella. Se besaron muy cerca de la comisura de los labios. Más lascivo que amistoso.
-Se te vé muy bien... -comentó Luismi escrutándola de arriba a abajo.
La frase de halago hizo que la futura doctora de 26 años se ruborizase mientras el ciclista se alejaba ya de ellos tras despedirse de sus vecinos.
Ana seguía todavía dándole vueltas a la frasecita..."se te vé muy bien...". Y es que su vecino le había mentido a sus padres. Él sabía que ella había llegado varios días antes. De hecho habían mantenido un pequeño pero excitante contacto visual.
Había sido en su segundo día cuando salió a tomar el sol a su terraza y, sin pensarlo demasiado, comenzó a tocarse hasta conseguir un orgasmo que se aceleró, sin dudas, cuando descubrió que su vecino la observaba. En un principio ella se asustó pero luego se excitó. Masturbarse en su terraza a la vista de un vecino maduro hizo que su libido se disparase. La sensación de excitación era indescriptible por desconocida. Estaba calentando a un vecino maduro mientras se masturbaba ante él. Ana repitió la experiencia un par de veces más. Su vecino ciclista, cerveza en mano, le ofreció un brindis la última vez a lo que ella contestó sacándole la lengua a modo de burla y sonriéndole antes de mostrarle el dedo corazón de su mano derecha extendido de forma obscena. Pero nunca imaginó vivir la situación que se acababa de producir. Sus braguitas se humedecieron de nuevo, ahora en el coche donde transporta a sus padres de vuelta a casa.
Dos días después, Ana entraba sudorosa en el portal después de hacer su carrera habitual. Justo a la altura de su casa se cruzó con Luismi y su mujer Silvia. Ésta saludó a su joven vecina de manera agradable. Durante unos minutos conversaron sobre loa estudioa de la chica y quedaron en verse en los días siguientes. Luego se despidieron, Silvia acudía a una cena con amigas y Luismi, su marido la acercaría en coche:
-Es que con estos tacones no puedo andar durante tanto trayecto. -Aclaró Silvia a Ana.
Luismi, justo detrás de su mujer que ya se dirigía hacia la calle, guiñó un ojo a su jóven vecina. Ésta, con media sonrisa lasciva, asintió levemente antes de morderse el labio en una declaración de intenciones.
Diez minutos después Luismi estaba frente a la puerta del bajo B. Dudaba si llamar o seguir su camino hacia su casa. Inspiró fuerte y tocó el timbre. La puerta se abrió de inmediato. Él entró sin pensar. Tras ella se encontraba Ana, recién duchada, con su melena aún mojada. Cubría su menudo cuerpo con una toalla que tapaba lo justo para sus pequeñas tetas y su precioso culo. Se besaron apasionadamente. El hombre introducía sus manos por debajo de la toalla hasta acariciar sus suaves glúteos. La chica buscaba el cinturón de su pantalón para quitárselo. Él se liberó de su camiseta dejando a la vista un cuerpo normal. No estaba musculado ni era un adonis griego. Se mantenía en forma solamente. Ella se arrodilló y tiró de su pantalón vaquero arrastrando también el bóxer negro. Ante ella quedó una bonita polla de tamaño estándar y grosor considerable.
Ana miraba lasciva a su vecino maduro mientras acariciaba aquel miembro erecto que la apuntaba directamente a la cara. Tiró debla piel hacia atrás liberando un glande gordo en forma de bola, de color rojo intenso. La piel tirante y tersa había comenzado a lubricarse con el líquido preseminal. La joven doctora lamió la polla de su vecino antes de introducirsela poco a poco en su boca de dentadura perfecta.
Luismi suspiró al sentir como su polla se derretía en la ardiente boca de la hija de sus vecinos. Ella se la sacó y escupió en el capullo antes de metersela muy despacio hasta su campanilla:
-Guarra. -La definió él.
Esa fue la señal para que Ana comenzara a mover su cabeza delante y atrás a lo largo de la polla. Se sentía la boca ocupada. Notaba como el capullo intentaba encajarse en su garganta y ella la acomodaba como una experta comepollas. De su coño manaba gran cantidad de flujo vaginal. El movimiento había hecho que la toalla cayese dejandola completamente desnuda de rodillas ante su vecino, 20 años mayor.
El hombre comenzó a tensarse y su polla comenzó a palpitar dentro de la boca de Ana, señal inequívoca de lo que se avecinaba. El primer chorro se produjo en el interior de la boca. Muy adentro. La mujer sintió como el semen resbalaba por su esófago hacia su estómago. Ella tragó sin problemas. El segundo, Luismi lo dirigió hacia el esbelto cuello de su vecina. Esta parte de la corrida descendía desde la parte baja de su mentón hacoa sus tetas. Y el último lo dirigió hacia uno de sus pezones marrón oscuro, gordo, erecto. Quedó totalmente cubierto por aquel líquido viscoso y blanco. Cuando se relajaron la mujer utilizó la toalla para limpiarse:
-Joder tío, cómo me has puesto. Estoy recién duchada. -Se quejaba ella fingiendo enfado.
Luismi la ayudó a levantarse. Le besó la boca sin importale que sabía a polla y lefa. Dirigió su mano derecha a su coño rasurado y separando los labios con dos dedos se los introdujo muy profundos. Ella gimió:
-Vamos a tu cama que te voy a comer el coño.
La chica obedeció y se dirigió a su habitación. Se tumbó sobre la cama, boca arriba mirando el cuerpo desnudo de su vecino maduro. Le gustó. Más aún cuando el hombre se arrodilló ante su entrepierna y comenzó a deleitarse con aquel coñito jo en de labios finos. Emana un embriagador aroma a gel y sexo. Ella sentía como su clítoris palpitaba de excitación ante la mirada de aquel hombre.
Luismi pasó su lengua por la rajita y Ana suspiró. Levantó sus piernas ofreciéndole una mejor visión de su coño y su culo.
El hombre repitió la acción pero ahora empezando por el ano y muy lentamente fue subiendo con su lengua hasta el clítoris. Otro suspiro de Ana delataba su estado de excitación. Luismi volvió a repetir. Intentaba penetrar el ano con la punta de su lengua para seguir hacia arriba introduciéndola entre los labios vaginales, saboreando el intenso sabor a sexo de aquel manjar rasurado.
Ana movía la cadera a cada pasada de Luismi:
-Joder cabrón, qué bien...
Ella le agarró la cabeza por los pelos y le pidió que dejara la lengua quieta. Luego comenzó a mover la cadera haciendo pasar su clítoris por ella. Lo estsba utilizando como masturbador oral. Ana jadeaba, suspiraba, imploraba sintiendo el placer de aquella lengua ardiente de su vecino mucho mayor que ella. El hombre por fin la sujetó y succionó el clítoris con sus labios haciendo pasar la lengua, muy rápido, sobre él que estaba totalmente hinchado por la excitación. La mujer dio un grito cuando notó dos dedos de Luismi en su vagina.
El hombre, los utilizó a modo de gancho para alcanzar la cara interna de la vagina más cercana al Monte de Venus. Allí palpó hasta encontrar esa zona rugosa que hizo que Mar se corriera de manera escandalosa:
-Ahhh. Siii. Joderr. Que comida de coño...cabrón....
Aún con la pipa de ella en la boca y su mentón totalmente man
chado de flujo del coño, el hombre introdujo dos dedos por el ojo del culo de su vecina. Aquel ano estrecho totalmente arrugado de color marrón oscuro se tragó loa dedos manchados de flujo sin problemas. Luismi comenzó a moverlos dentro de aquel estrecho hueco comporbando su flexibilidad. Aunque no tenía un pollón de película porno si era gruesa y por experiencia sabía que al inicio, de no estr dilatado, podría hacerle daño. No sería la primera vez que desgarrase un ano. El de Silvia, su mujer lo había petado un par de veces:
-Qué haces cabrón....para joder.... -Las súplicas de ellas eran poco convincentes.
Luismi se incorporó. Levantó las piernas de Ana y dirigió su polla hacia su culo:
-Por el culo no, por favor... -Ana decía esto con voz lastimera y poco creíble.
-Venga putita, si lo estás deseando...
Y sin previo aviso comenzó a hacer fuerza con su glande contra el esfínter anal de la joven médico. No sin esfuerzo el anillo anal cedió a la presión y el capullo enrojecido de Luismi profano el culo de Ana:
-Aayyy... -gritó la mujer antes de que el hombre diera un golpe de cadera y la empotrara contra el colchón metiendo toda la polla en el ano.
La respiración de ambos era forzada cuando se miraron a loa ojos. Ella buscó sus labios para besarle. Sabían a sus propios fluídos, a su propio coño, a sexo y a morbo:
-Dame fuerte cabrón...
El hombre comenzó un mete-saca que fue incrementando con cada embestida. Ella gritaba y gemia entregada al placer anal. El dolor inicial que le parecía insoportable se había pasado a una especie de picor para terminar en un a excitación incontrolable. Ella llevó sus dedos a su coño y empezó a hacerse una paja mientras su vecino la sodomizaba con fuerza.
Unos minutos después estaban a punto de llegar al orgasmo los dos. Luismi arqueo la espalda haciendo que su polla llegara más profundo aún y gritó cuando su esperma comenzó a brotar a chorros inundando las entrañas de su joven vecina de leche caliente. Ana, al sentirse llena también llegó al orgasmo. El morbo de que un vecino casado, 20 años mayor que ella, ante quién se había exibido le hubiese partido el culo en su propia casa era de un nivel superior a cualquier otra situación vivida por ella.
Transcurridos unos segundos de relajación, Luismi le pidió poderse duchar. Ambos estaban completamente sudados. Ana dejó que fuera él el primero en utilizar la ducha. Sin saber en qué momento, ella totalmente desnuda observaba el cuerpo de aquel vecino maduro bajo la ducha y se le volvió a mojar el coñito. Aquella buena polla que se acababa de comer y que la había sodomizado sin compasió pendía ahora, moviendose de lado a lado, morcillona.
Luismi le pidió una toalla a su espectadora. Ana le dio la misma que había utilizado ella misma. A èl le resultó muy morboso. Una vez vestido y ya en la puerta para salir se volvieron a besar. Ella, dada la diferencia de altura, se puso de puntillas. Ya con la puerta abierta ella le llamó la atención:
-Me debes un polvo
Luismi la miró extrañado:
-Sí, por el coño... -y sonriéde le mostró su dedo corazón de la mano derecha extendido y cerró.
Habían pasado cuatro días desde que Ana y Luismi echaron el polvo en casa de ellas. Aquel día, antes del encuentro entre ambos, Silvia, la mujer de él, le había comentado que le gustaría invitarla a cenar antes de que se marchara de nuevo a Madrid. Y hoy era el día elegido para cumplir esa invitación.
Ana sentía sensaciones contradictorias. Por un lado era un muy "heavy" aceptar la invitación de la mujer de un tío que le había partido el culo unos días antes. Por otro, era tremendamente morboso acudir a cenar con el marido infiel y la mujer cornuda. Al pensar esto último sintió um escalofrío por su espalda. Se sintió una auténtica puta.
En cualquier caso, había aceptado y a las 10 de la noche debía subir al primero C para cenar con aquellos vecinos. Imaginar que pudieran cenar los tres en el mismo lugar donde Luismi se deleitaba observando como ella se masturbaba mientras tomaba el sol era excitante. Notó como su coño rasurado se humedecía. Sentada en el sofá frente a la televisión mirándola pero son verla.
Cinco minutos después de la hora señalada, Ana se encontraba frente a la puerta de sus vecinos. Ahora dudaba de la conveniencia de haber aceptado. No había hablado con Luismi respecto a esta cena. Se limitó a aceptar la invitación formal que le propuso Silvia dos días antes. Ana, un tanto cortada, lo había hecho de manera precipitada. No quería estar demasiado tiempo sola con una mujer a la que ella había convertido en cornuda.
Ahora se arrepentía de su indumentaria, una falda corta floreada y la parte de arriba del bikini con el que solía tomar el sol en su terraza. Aquella idea morbosa de provocar a su vecino ahora le parecía una auténtica cabronada. Por fin se decidió a llamar a la puerta. Le abrió Luismi. Ana quedó paralizada durante unos segundos. Él vestía la misma camiseta que cuatro días antes cuando le dio por culo y un bañador azul. La saludó efusivamente y le dio dos besos en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.
-¿Qué tal Ana? Gracias por aceptar la invitación. Estamos encantados
El hombre hablaba como si no hubiese pasado nada entre ellos, lo que tranquilizó bastante a la joven médico:
-Te estábamos esperando Ana -dijo Silvia antes de saludarla con otros dos besos.
Como había imaginado la chica, la hicieron pasar hasta la terraza de aquel piso donde habían dispuesto una mesa con tres sillas y sobre la cual se acumulaban distintos platos con pequeñas raciones. Se sentaron sin ningún orden aparente aunque dejaron que Ana ocupase la silla más cercana a la barandilla y Silvia la más cercana al interior del piso. A medio camino de ambas, Luismi:
-¿Bebes vino? - Le preguntó el hombre a la invitada.
-Sí, pero una copa nada más.
Luismi vertió el Rioja sobre la copa de Ana y luego sobre la dos restantes:
-Bueno ¿brindamos, no? Por la doctora Ana. -E hicieron chocar sus copas.
-Bueno, me queda aprobar dos exámenes en septiembre aún.
Silvia se interesó por la especialidad a que se dedicaría y Ana comentó cuál era su preferencia. Mientras hablaba la joven vecina se fijó en la esposa de Luismi. Era una mujer de la misma edad que él, guapa, de estatura media y cuerpo bien proporcionado. La invitada contestaba a sus preguntas de manera extendida, con la rutina de quien ha respondido muchas veces el mismo interrogatorio.
Después de más de una hora y más de una botella de Rioja (pese a la petición de Ana de una sola copa) el ambiente era tan agradable como distendido:
-¿Entonces? Tu terraza es esa que se ve ahí abajo, ¿no? -preguntó Luismi de manera inocente apoyado en la barandilla desde donde observaba Ana tomando el sol.
-Sí, esa es. ¿No me has visto nunca? A veces salgo a tomar el Sol. -La joven le siguió el juego levantándose y poniéndose junto a él.
Silvia no notó el juego que se traían y se levantó a la cocina a preparar unas copas:
-Así qué nunca me has visto, ¿no?
- Pues no... -dijo Luismi con media sonrisa. Ambos se miraron aumentando la tensión sexual entre ellos.
Cuando Silvia llegó se sirvieron las diferentes copas y la conversación comenzó a virar hacia el tema sexual. La mujer de Luismi era una persona a la que no le importaba hablar abiertamente de prácticas sexuales y Ana no tuvo ningún inconveniente en contar como habían sido las relaciones con su ex, con quién cortó antes de terminar el curso:
-Pues yo no tengo quejas del sexo con Luismi... -comentó Silvia de manera pícara mirando a su marido.
Después no tuvo reparos en contar que en una ocasión habían hecho un trío con una amiga suya. Que ya en la adolescencia se habían enrollado ellas dos en las duchas de un camping. Al parecer, en una ocasión, pasaron un fin de semana en casa de la amiga y acabaron montándoselo los tres. Y lo disfrutaron mucho:
-En la vida hay que probar de todo. -Sentenció Silvia. Ana no supo entender si aquello era algún tipo de proposición.
Habían pasado casi tres horas cuando Ana anunció que tenía que irse, que no quería molestar más. Silvia propuso a Luismi acompañar a la chica y de paso ir al garaje a buscar un par de cosas que debía recoger del coche. Ana se quedó blanca. La propia mujer de Luismi facilitaba una situación tremendamente peligrosa. El vecino se prestó de inmediato. Así que, tras despedirse ambas mujeres, Ana y Luismi salieron de la casa.
Hicieron el trayecto en silencio. Ella delante de él. A la altura de su casa, Ana paró y comenzó a abrir la puerta. Pasó al interior sin cerrarla. No lo habían hablado pero no había vuelta atrás. Luismi entró y cerró tras de sí. Sin mediar palabra agarró a Ana, la giró y contra la pared comenzó a besarla apasionadamente. Ana se dejaba hacer mientras se agarraba a su vecino por la nuca. Sus lenguas se entrelazaban. El hombre metió sus manos bajo la falda de la chica y descubrió que no llevaba braguitas.
Con sus dedos buscó su rajita rasurada. La encontró inundada, jugosa, ardiendo. La mujer gemía mientras el hombre la comenzó a masturbar. Con la otra mano arrancó la parte de arriba del bikini dejando al aire sus pequeñas tetitas de pezones gordos y duros. Luismi no dudó en morderlos y arrancar un grito de placer de su vecina:
-Fóllame cabrón. Métemela por el coño... me lo debes...
Luismi se bajó el bañador y liberó su polla con una tremenda erección. Levantó a su vecina con sus brazos y contra la puerta la penetró con fuerza. Ella dio un grito cuando la polla de aquel maduro se abrió pasó hasta el fondo de su vagina. Sin respiro comenzó a follársela con fuerza. Literalmente la estaba empotrando. El cuerpo de Ana golpeaba la puerta, con cada golpe de cadera, haciendo identificable la actividad para cualquiera que pasara por delante de la casa…
Después de cinco minutos de suspiros, gritos, gemidos y golpes contra la puerta, Luismi avisó que se corría y se la dejó clavada. A Ana le faltaba el aire a punto de llegar al orgasmo. El hombre se corrió abundantemente en el coño de la mujer. Ella apretaba sus músculos vaginales como si quisiera ordeñar la polla.
Aún con la polla dentro de su coño, Ana miró a su amante con media sonrisa:
-¿Te gusta correrte sin condón en el coño de una vecina más joven?
-¿A ti te gusta sentir la corrida de un vecino maduro inundando tus entrañas?
Se volvieron a besar antes de separarse. Luismi le dijo que tenía que volver a casa:
-No te limpies la polla... Por si tu mujer te la chupa. Me da morbo pensar que pruebe el sabor de mi coño...