Alba miró el lavatrastos y vio un par de platos y un juego de tenedores llenos de una salsa que se encontraba ya seca. Tomó el cenicero del mesón y lo colocó cerca, donde dejó en pausa un cigarrillo que acababa de encender. Tomó la esponja y abrió el grifo.
—Es increíble que ninguno de los dos haya lavado los platos —pensó Alba—. Es mi culpa también por haberles educado de esa forma.
El móvil, que se encontraba junto al cenicero, vibró al recibir una notificación. Alba inmediatamente soltó la esponja, cerró el grifo y se secó medianamente las manos pasándolas al derecho y al revés por su cola. Tomó el móvil y su rostro evidenció un gesto de cansancio al ver que se trataba de un mensaje enviado por un grupo de yoga al cual no había asistido hacía ya tiempo. No lo abrió, en cambio deslizó el dedo hasta encontrar el chat con Nicolás.
Se leía “Necesito que me des el dinero que me debes. Con este son ya tres meses, Nicolás.”
La confirmación de lectura seguía indicando que no lo había visto a pesar de que habían pasado dos días desde que ella envió el mensaje. Se disuadió de enviar otro al ver que ella también tenía tres mensajes sin leer en los le estaban cobrando dinero que había pedido prestado. No iba a ver los mensajes hasta tener el dinero y él seguramente haría lo mismo con ella.
Tomó el cigarrillo que se había consumido hasta la mitad. La cocina se llenó de humo. Lo volvió a dejar sobre el cenicero y continuó lavando los platos. Recordó la insinuación de su jefe el día que éste le dio el aventón hasta su casa.
—Solo era una mamada —pensó—. Una mamada no es para tanto. Tal vez ahora no tendría tantos problemas. Esto es culpa de Nicolás que no me paga lo que me debe. Que infeliz. Lo odio, lo odio. Va hacer lo imposible por no pagar, pero tiene que hacerlo.
—¡Ah!, llegaste —dijo Santiago entrando a la cocina.
—Antes de irme te he pedido que lavaras los platos y no lo has hecho —replicó Alba inmediatamente.
—Ah, es cierto. Disculpa, lo había olvidado —dijo mientras sacaba algo de su bolsillo—. Toma.
Alba vio cómo su hijo mayor le extendió un fajo de billetes. No dudó en tomarlo.
—¿Y esto de dónde lo has sacado? —dijo Alba contando billetes.
—He estado vendiendo las consolas viejas que tenía y algunas otras cosas por internet —dijo Santiago—. Después de que te marchaste fui al cajero a hacer un retiro, por esa razón olvidé lavar los platos.
—Sí claro, por eso se te ha olvidado —dijo Alba con una leve sonrisa que no pudo contener.
—Espero que te ayude a pagar el dinero que debemos —dijo Santiago—. No creo que mi papá vaya a darte aún lo de la manutención de Felipe.
Alba lo miró sin creérselo, no podía creerse que Santiago le acababa de resolver el problema.
—Hay más que suficiente aquí —dijo Alba.
—No importa, quédatelo —dijo Santiago sonriendo—. Creo que deberías ir de compras, así sea a comprar algo sencillo o darte un paso por el salón de belleza; ya se te ven algunas canas.
—Gracias —dijo Alba sorprendida. Su hijo la había visto sufrir por problemas económicos los últimos meses.
—No hay de qué… —dijo él levantando sus hombros.
Tras eso Santiago se marchó a su habitación.
—Pero oye —pensó—, ¿qué me ha querido decir?
Alba caminó hasta el espejo que tenía en la sala principal. Se vio despeinada y con ojeras.
—Dios… me veo terrible —dijo.
Tenía treinta y nueve, pero sentía que si seguía descuidándose como en los últimos meses llegaría rápidamente a los cincuenta. Luego volvió a la cocina y comenzó a hacer la cena.
—¡Santi, Felipe! —gritó tras terminar de servirle a sus hijos una tortilla en los platos—. ¡La cena!
Felipe se sentó en el comedor y Alba puso el plato frente a él. Al ver que Santiago no venía tomó el plato y caminó hacia la habitación. Al llegar a la puerta de la habitación de Santiago, que yacía cerrada, sostuvo el plato con la misma mano que sostenía el vaso con jugo y usó su mano libre para abrir la puerta.
“Oh, oh, oh”… “Yes, oh, yes…”
Vio a su hijo sentando frente al ordenador, con el short por los tobillos, mientras se sujetaba la polla dura con su mano derecha. En la pantalla un hombre fornido y dos rubias de tetas grandes follaban con esmero.
Santiago inmediatamente cerró la pestaña y como pudo se subió el short y los calzones. Su rostro se puso como un tomate.
—La cena… —dijo Alba.
La incomodidad podía sentirse en toda la habitación. Santiago se puso de pie y, evitando mirarla a la cara, camino encorvado a tomar el plato y el vaso. La erección en su entrepierna era notoria, formando una carpa pronunciada.
Alba se permitió sonreír al notar que su hijo no le veía a la cara.
—No pasa nada, eh —dijo Alba.
—Mamá… —exclamó avergonzado Santiago.
—Qué ocurre —dijo Alba sonriendo—. Ya eres mayorcito, un adulto en toda la regla, de hecho. No te voy a decir nada. Aunque deberías búscate una novia.
Tras eso salió de la habitación.
—¿Quieres que la cierre o la dejo abierta? —dijo Alba.
Santiago no respondió; Alba sabía que seguía incómodo.
—Está bien, la cierro, la cierro.
Cerró la puerta y se marchó.
Esa semana todos los problemas económicos de Alba se solucionaron, y tras pagar sus deudas aprovechó el tiempo que le iba quedando libre durante la semana para ir a hacerse un corte y un planchado de cabello, así como la manicura, pedicura, depilación y demás.
—Ay, pero que cambio —dijo al verse en el espejo antes de salir de casa.
Ahora que su ánimo había mejorado, parecía una mujer nueva, se sentía más segura de sí misma, se veía muy bien y su jefe no tardó en volver a tirarle los tejos. Esta vez decidió aceptarle la cita.
Pasó por la habitación de Santiago, le dio un beso en la mejilla y le dijo que volvería tarde, que cuidara de su hermano.
—Mamá, tiene quince… —replicó Santiago.
Alba sonrió y se fue.
A media noche la camioneta que la había pasado buscando se encontraba frente a su casa nuevamente. Tras la velada su jefe había sacado un cigarro de marihuana; Alba le dio un bocado, pero se negó a continuar, no quería perder el control, sabía que iba a ceder ante su jefe, pero no quería entregarse toda; si bien había cedido a jugar su juego, no estaba dispuesta a dar más de lo necesario. Era una negociación que no había sido abiertamente declarada de esa forma, pero ambos sabían que se trataba de un intercambio.
—Ohhhh…. Joder… que bien la chupas… —exclamó su jefe mientras ella terminaba de tragarse su semen.
Alba se limpió la boca con una servilleta y secó sus ojos con el reverso de sus manos. Sus ojos habían soltado algunas lagrimas mientras se la chupaba; no a causa de sus sentimientos, sino de lo físicamente incomoda que fue hacerle la mamada y de la profundidad con la que tuvo que mamar. Había sido una mamada sofocante y claustrofóbica para ella y todo un deleite para el ego de su jefe.
—Hasta mañana —dijo Alba bajando de la camioneta.
Su jefe la dejó marchar sin decir una palabra, había quedado satisfecho. Caminó hasta la puerta de su casa haciendo sonar sus tacones, estaba un poco ebria, pero aún tenía conciencia de lo que hacía.
—Solo fue una mamada, ¿qué más da? —pensó—. No soy la primera que lo hace.
Ahora solo le tocaba esperar un ajuste apropiado de su salario.
Alba entró a la casa, dejó su bolso sobre la mesa y caminó por el pasillo; llegó a la habitación de Felipe, el cual se encontraba dormido. Notó luego que la puerta de su habitación estaba abierta y con la luz encendida. Al asomarse vio que una de sus gavetas estaba a medio abrir. Le pareció extraño, pero pensó que pudo haber dejado todo así antes de salir; aunque no podía estar segura, el efecto de la marihuana parecía haberse intensificado tras entrar a la casa.
Se acercó a la habitación de Santiago. Se quedó de pie junto a la puerta por un momento y escuchó un sonido. Acercó la oreja y percibió gemidos y jadeos exagerados, iguales a los que había escuchado al entrar la vez anterior.
—Ay, Santi, no me digas que te la estás jalando otra vez mirando cochinadas —pensó—. Si es así, necesitas ayuda.
Alba puso la mano sobre su pecho y respiró profundo, luego abrió la puerta. Su hijo se dio vuelta en seguida.
—Oh… oh… —exclamó asustado. Se había llevado una sorpresa.
Esta vez Alba no se había sorprendido, al contrario, ya esperaba encontrarlo así.
—¡Santiago! —exclamó como regañándole, pero en un tono que estaba lejos de expresar molestia.
Alba se acercó a él sonriente; le parecía cómico verlo así, sin que supiera cómo reaccionar. Le sorprendió ver que Santiago tenía algo que le pertenecía.
—Santiago, ¿Eso mío? —dijo mirando el cachetero de encaje que su hijo tenía en su puño.
—Este… eee… es que…
Santiago alzó la mano y le extendió la prenda, pero Alba lo ignoró y en cambio fijó su mirada en su miembro.
—Ya es todo un hombre —pensó mirándole la mata de vellos en su pelvis, así como el tamaño de sus huevos.
Alba miró la pantalla del ordenador; esta vez no se trataba de dos rubias tetonas follando con un tipo de musculatura definida, sino de un joven delgado y una mujer como ella; en la que se vio físicamente reflejada. Su mente hizo clic y unió los puntos.
Un hilo de recuerdos pasaron por la cabeza de Alba como un relámpago; roces, toques, entradas a su habitación y al baño sin antes tocar la puerta, miradas fijas que nunca había logrado descifrar, manos estrategicamente ubicadas al momento de tomarse fotos. Santiago era como ese amigo al que se ha dejado en la friendzone; solo ahora, tras haberlo atrapado con las manos en la masa y con la desinhibición que la marihuna le confería para permitirse pensar en esa posibilidad, es que cayó en cuenta.
—Santi… —dijo Alba acercado su rostro a él con una sonrisa juguetona que denotaba algo de incredulidad—. Es que… ¿acaso tú me quieres coger?
Santiago la miró nervioso. La mirada de Alba fue primero a los ojos de su hijo y luego abajo; el rostro de su muchacho expresaba temor, pero su miembro, que iba perdiendo energía de apoco, llamaba su atención con más fuerza.
No sabía si era porque estaba ebria y cachonda, pero el descubrimiento que acaba de hacer no la inquietaba, sino todo lo contrario, le parecía cómico.
Alba se lo pensó un segundo y sazzz… se agachó frente a su hijo, quedando frente a su polla. No era ni la más grande ni la más pequeña que sus ojos habían visto, pero a diferencia de la de su jefe esta sí se le antojaba poderosamente.
En un rápido e instintivo movimiento Alba pasó su lengua por su labio superior y se mordió el labio inferior.
—Santi, ¿te gustaría que de chupe la polla? —dijo sonriendo mientras le miraba a los ojos.
Santiago la miraba sin saber que decir, parecía que los ojos se le iban a salir de las retinas.
—Sí, Santi, dale, te la voy a chupar… —le confirmó Alba—. ¿Te parece?
Las palabras seguían sin poder salir de la boca de su hijo.
—Es solo una mamada, ¿sí? —dijo Alba—. No es para tanto. Te mereces una después de haber ayudado con el dinero.
—Ajá —balbuceó Santiago mientras asentía con la cabeza. No se creía lo estaba pasado—. Mamá… ¿estás ebria?
Alba le sonrió.
—Shhhhhhh —siseó Alba llevando un dedo a sus labios—. Es solo una mamada.
Luego le sujetó la polla y le dio una lenta y seca lamida en el glande mientras lo miraba para ver su reacción. Santiago se reclinó en la silla, respirando.
—No me lo creo…. —exclamó Santiago—. Es que no me lo creo….
“Oh, yes, yes, yes”… se escuchaba desde el ordenador.
Alba se metió la punta de la polla en la boca. El miembro de Santiago endureció hasta el límite en su boca. Tragó un pedazo, y después más, comiéndole todo el tronco venoso.
—Aaaaaah… —exclamó Santiago—. No aguanto, no aguanto más, mamá, por favor, me voy a correr.
Alba se la sacó de la boca y le sonrió a su hijo.
—Aguanta un poco… —dijo Alba y volvió a tragar. No sabía qué era lo que le estaba pasando, pero comerle la polla a su primogénito la había puesto a tope.
—No, mamá, es que… offf… ah… no puedo, no puedo… aguantar.
Alba sintió un disparo que dio contra su garganta y luego su lengua se llenó también de semen. Se sacó la polla de Santiago de la boca, dejándosela llena de saliva y esperma. Se limpió la boca con el reverso de la mano.
—¿Te ha gustado? —le dijo Alba.
Santiago la miró tratando de regular su respiración. No dijo una palabra, pero gracias a la expresión de su rostro Alba supo que él había entendido que a ella, al contrario de disgustarle, le había gustado recibir toda su descarga en la boca.
Alba se la volvió a meter en la boca y se la chupó con fuerza para dejársela limpia; algo que no había hecho con su jefe.
—Oh, mierda, que rico… —exclamó Santiago.
Alba se la sacó finalmente de la boca y se puso de pie mientras se chupaba los dientes tratando de tragarse todo.
—De ahora en adelante… cuando necesites unas de mis bragas —dijo Alba poniéndose de pie—, deberás pedírmelas, ¿ok?
Santiago, sorprendido, asintió obedientemente con la cabeza mientras mantenía expresión facial de absoluta incredulidad. Alba se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Me voy a acostar —dijo Alba y se dio la vuelta.
Antes de salir Alba se detuvo y giró.
—Aunque en realidad he quedado muy cachonda, Santi, y me voy a masturbar. ¿No prefieres que lo haga aquí? —dijo apoyando sus manos en sus caderas.
Parecía que a Santiago se le iban a salir los ojos de las retinas.
—¿Qué opinas? —dijo Alba en tono sumiso—. ¿Quieres ver cómo lo hago?
Santiago asintió con la cabeza. Alba sonrió y comenzó a desabotonarse la blusa. Sus tetas, algo blandas, quedaron expuestas tras zafarse el brassier.
—Mira mis tetas… ¿Te gustan? —dijo Alaba sosteniéndoselas. Luego se desabotonó el botón del pantalón sin esperar una respuesta.
Se dio la vuelta y se inclinó para exponerle el culo mientras se quitaba el pantalón. Una pequeño cachetero de encaje color negro adornaba sus nalgas. Se dio la vuelta de nuevo y se lo quitó frente a él, dejando su coño rasurado expuesto. Tomó su prenda en un puño y luego la arrojó contra el pecho de Santiago, el cual se encontraba aún sobre su silla.
—Toma —dijo Alba al arrojarla—. Este te lo regalo.
Alba se acercó cuanto pudo, casi poniéndose sobre él. Llevó su pie a la palanca de la silla y gracias al peso del propio Santiago esta se deslizó hacia abajo, dejando el rostro de él a la altura de su coño.
—Así lo ves mejor —dijo Alba.
Su hijo estaba en un sueño, no se lo creía, pero se dejaba llevar. Alba se separó los labios con una mano, dejando su gran clítoris expuesto.
—Como me encantaría que me comieras el coño —dijo Alba.
Su hijo no tardó en comenzar a lamerla. No había técnica, pero con el morbo a ella le bastaba. Las manos de Santiago le sujetaron las nalgas con algo de fuerza. Lo dejó jugar en su coño un rato, mientras se regodeaba en lo asquerosamente dominante que eso la hacía sentir.
—Ya… —dijo usando sus manos para apartar la cabeza de Santiago.
Su hijo se reclinó en la silla con los labios húmedos. Alba sonrió al verlo con la boca empapada de sus fluidos. Luego se metió dos dedos y se comenzó a frotar el clítoris con su otra mano.
—Ah… ah… ah… —gimió.
Miraba a Santiago embobado mientras ella se estimulaba.
—¿Te gusta? —dijo Alba sin parar—. ¿Te gusta cómo me masturbo para ti?
—Joder… mamá… estás buenísima —finalmente se atrevió exclamar algo Santiago.
Alba sonrió. Se sacó los dedos y entré espasmos incontrolables hizo squirt. El chorro tomó por sorpresa al muchacho y le mojó la cara, el pecho y las piernas.
—Aaaaah… aaaah… —gimió Alba con fuerza, desahogándose.
Después de eso la habitación quedó en silencio. El video en el ordenador había acabado en algún momento.
—Ay, lo siento, cariño —dijo Alba riendo aunque en realidad estaba complacida por verlo así—. Te he mojado todo.
—Mamá… —dijo Santiago con los ojos brillantes—. Eso ha sido fantástico; esto es lo mejor que me ha pasado.
Alba sonrió complacida. La sorpresa había sido para su hijo, pero esa había sido su intención desde el principio y el resultado fue exactamente el esperado.
—Bueno, Santi, es hora de descansar —dijo Alba.
Alba dio unos pasos hacia atrás y Santiago se puso de pie.
—Duerme conmigo esta noche —dijo Santiago sujetándola de la muñeca.
Alba se mordió el labio.
—¿Y si Felipe nos ve?
—No lo hará —dijo Santiago—. Despertaré primero.
—Bueno… vamos... —dijo Alba. Moría por pasar la noche desnuda y acurrucada a su hijo mayor.
Santiago puso el seguro de su puerta y la cerró dejándola hecha un desastre; con la ropa suya y de su madre desperdigada por la habitación.
Caminaron desnudos y en silencio por el pasillo y se encerraron en la habitación de Alba. Ella se acostó primero. Era una cama grande y de sabanas gruesas.
—Ven —dijo Alba.
Santiago se metió en la cama y la abrazó por detrás. Su hijo se acurrucó junto a ella bajo las sabanas.
—Que agradable es volver a dormir junto a alguien —pensó Alba disfrutando del calor que le daba su hijo mayor. Este le palpaba los senos.
—Mamá… —le susurró al odio Santiago después de cinco minutos.
—¿Qué cosa?, Santi —dijo ella.
—Es que... la tengo dura otra vez.
Alba lo miró sobre su hombro, se mordió el labio y se lo pensó.
—Ay… ¿será una buena idea? —pensó Alba. Sí quería, pero tras correrse ya no estaba tan caliente.
Sintió el miembro duro de Santiago entre sus nalgas y piernas.
—¿Qué estás pensando exactamente? —le preguntó Alba.
La pregunta puso a Santiago inseguro.
—Estaba pensando en… ya sabes… hacerlo.
Alba estaba agotada, pero la curiosidad y el morbo la tentaban, sabía que se podía arrepentir de sus acciones luego, pero moría por sentir a su Santiago adentro.
—Bueno… —dijo finalmente—, pero te lo dejo todo a ti, eh.
—Sí, sí —exclamó Santiago.
Su hijo le levantó una pierna, la hizo pasar frente a él y se metió entre sus muslos. Tomó su polla y antes de que Alba se diera cuenta ya la tenía encajada en el coño.
—Ah… ah… —gimió. Cuando su hijo comenzó a bombearla la excitación volvió a subir.
El ritmo de Santiago era pausado, pero golpeaba con contundencia. Sus senos se bamboleaban de arriba abajo. Llevó sus manos a la espalda de su muchacho, ahora convertido en el hombre que la follaba. Le miró el cuello, además de sus pectorales delgados y levemente definidos. Lo tomó de sus brazos, los tenía duros. Su coño comenzó a succionarle la polla.
—Aaah… aaah… —exclamó él.
Su pene palpitaba adentro de ella. La respiración de ambos se aceleró.
—Bésame —le dijo Alba.
Santiago dejó de apoyarse con las manos, pasó su brazo por detrás del cuello de Alba y con la otra mano la sujetó de la barbilla y la besó. Primero en los labios, pero luego abrieron la boca y sus lenguas se encontraron.
—Creo que mañana me voy a tener que tomar una pastilla —dijo Alba—. ¿No es así?
—Sí —dijo Santiago asintiendo con la cabeza y tratando aún de recuperar el aliento—. Eso creo.
—Buenas noches —dijo Alba mientras se daba la vuelta.
Santiago quedó a su lado, acostado boca arriba, mirando el techo.
—Buenas noches… —dijo Santiago con una expresión de felicidad en el rostro—... Mamá, ¿sabes algo?
—¿Qué cosa?, cariño...
—Esta fue mi primera vez.
Alba se dio la vuelta, lo miró a los ojos y le sonrió. Después se acurrucó en sobre su pecho.
—Es increíble que ninguno de los dos haya lavado los platos —pensó Alba—. Es mi culpa también por haberles educado de esa forma.
El móvil, que se encontraba junto al cenicero, vibró al recibir una notificación. Alba inmediatamente soltó la esponja, cerró el grifo y se secó medianamente las manos pasándolas al derecho y al revés por su cola. Tomó el móvil y su rostro evidenció un gesto de cansancio al ver que se trataba de un mensaje enviado por un grupo de yoga al cual no había asistido hacía ya tiempo. No lo abrió, en cambio deslizó el dedo hasta encontrar el chat con Nicolás.
Se leía “Necesito que me des el dinero que me debes. Con este son ya tres meses, Nicolás.”
La confirmación de lectura seguía indicando que no lo había visto a pesar de que habían pasado dos días desde que ella envió el mensaje. Se disuadió de enviar otro al ver que ella también tenía tres mensajes sin leer en los le estaban cobrando dinero que había pedido prestado. No iba a ver los mensajes hasta tener el dinero y él seguramente haría lo mismo con ella.
Tomó el cigarrillo que se había consumido hasta la mitad. La cocina se llenó de humo. Lo volvió a dejar sobre el cenicero y continuó lavando los platos. Recordó la insinuación de su jefe el día que éste le dio el aventón hasta su casa.
—Solo era una mamada —pensó—. Una mamada no es para tanto. Tal vez ahora no tendría tantos problemas. Esto es culpa de Nicolás que no me paga lo que me debe. Que infeliz. Lo odio, lo odio. Va hacer lo imposible por no pagar, pero tiene que hacerlo.
—¡Ah!, llegaste —dijo Santiago entrando a la cocina.
—Antes de irme te he pedido que lavaras los platos y no lo has hecho —replicó Alba inmediatamente.
—Ah, es cierto. Disculpa, lo había olvidado —dijo mientras sacaba algo de su bolsillo—. Toma.
Alba vio cómo su hijo mayor le extendió un fajo de billetes. No dudó en tomarlo.
—¿Y esto de dónde lo has sacado? —dijo Alba contando billetes.
—He estado vendiendo las consolas viejas que tenía y algunas otras cosas por internet —dijo Santiago—. Después de que te marchaste fui al cajero a hacer un retiro, por esa razón olvidé lavar los platos.
—Sí claro, por eso se te ha olvidado —dijo Alba con una leve sonrisa que no pudo contener.
—Espero que te ayude a pagar el dinero que debemos —dijo Santiago—. No creo que mi papá vaya a darte aún lo de la manutención de Felipe.
Alba lo miró sin creérselo, no podía creerse que Santiago le acababa de resolver el problema.
—Hay más que suficiente aquí —dijo Alba.
—No importa, quédatelo —dijo Santiago sonriendo—. Creo que deberías ir de compras, así sea a comprar algo sencillo o darte un paso por el salón de belleza; ya se te ven algunas canas.
—Gracias —dijo Alba sorprendida. Su hijo la había visto sufrir por problemas económicos los últimos meses.
—No hay de qué… —dijo él levantando sus hombros.
Tras eso Santiago se marchó a su habitación.
—Pero oye —pensó—, ¿qué me ha querido decir?
Alba caminó hasta el espejo que tenía en la sala principal. Se vio despeinada y con ojeras.
—Dios… me veo terrible —dijo.
Tenía treinta y nueve, pero sentía que si seguía descuidándose como en los últimos meses llegaría rápidamente a los cincuenta. Luego volvió a la cocina y comenzó a hacer la cena.
—¡Santi, Felipe! —gritó tras terminar de servirle a sus hijos una tortilla en los platos—. ¡La cena!
Felipe se sentó en el comedor y Alba puso el plato frente a él. Al ver que Santiago no venía tomó el plato y caminó hacia la habitación. Al llegar a la puerta de la habitación de Santiago, que yacía cerrada, sostuvo el plato con la misma mano que sostenía el vaso con jugo y usó su mano libre para abrir la puerta.
“Oh, oh, oh”… “Yes, oh, yes…”
Vio a su hijo sentando frente al ordenador, con el short por los tobillos, mientras se sujetaba la polla dura con su mano derecha. En la pantalla un hombre fornido y dos rubias de tetas grandes follaban con esmero.
Santiago inmediatamente cerró la pestaña y como pudo se subió el short y los calzones. Su rostro se puso como un tomate.
—La cena… —dijo Alba.
La incomodidad podía sentirse en toda la habitación. Santiago se puso de pie y, evitando mirarla a la cara, camino encorvado a tomar el plato y el vaso. La erección en su entrepierna era notoria, formando una carpa pronunciada.
Alba se permitió sonreír al notar que su hijo no le veía a la cara.
—No pasa nada, eh —dijo Alba.
—Mamá… —exclamó avergonzado Santiago.
—Qué ocurre —dijo Alba sonriendo—. Ya eres mayorcito, un adulto en toda la regla, de hecho. No te voy a decir nada. Aunque deberías búscate una novia.
Tras eso salió de la habitación.
—¿Quieres que la cierre o la dejo abierta? —dijo Alba.
Santiago no respondió; Alba sabía que seguía incómodo.
—Está bien, la cierro, la cierro.
Cerró la puerta y se marchó.
Esa semana todos los problemas económicos de Alba se solucionaron, y tras pagar sus deudas aprovechó el tiempo que le iba quedando libre durante la semana para ir a hacerse un corte y un planchado de cabello, así como la manicura, pedicura, depilación y demás.
—Ay, pero que cambio —dijo al verse en el espejo antes de salir de casa.
Ahora que su ánimo había mejorado, parecía una mujer nueva, se sentía más segura de sí misma, se veía muy bien y su jefe no tardó en volver a tirarle los tejos. Esta vez decidió aceptarle la cita.
Pasó por la habitación de Santiago, le dio un beso en la mejilla y le dijo que volvería tarde, que cuidara de su hermano.
—Mamá, tiene quince… —replicó Santiago.
Alba sonrió y se fue.
A media noche la camioneta que la había pasado buscando se encontraba frente a su casa nuevamente. Tras la velada su jefe había sacado un cigarro de marihuana; Alba le dio un bocado, pero se negó a continuar, no quería perder el control, sabía que iba a ceder ante su jefe, pero no quería entregarse toda; si bien había cedido a jugar su juego, no estaba dispuesta a dar más de lo necesario. Era una negociación que no había sido abiertamente declarada de esa forma, pero ambos sabían que se trataba de un intercambio.
—Ohhhh…. Joder… que bien la chupas… —exclamó su jefe mientras ella terminaba de tragarse su semen.
Alba se limpió la boca con una servilleta y secó sus ojos con el reverso de sus manos. Sus ojos habían soltado algunas lagrimas mientras se la chupaba; no a causa de sus sentimientos, sino de lo físicamente incomoda que fue hacerle la mamada y de la profundidad con la que tuvo que mamar. Había sido una mamada sofocante y claustrofóbica para ella y todo un deleite para el ego de su jefe.
—Hasta mañana —dijo Alba bajando de la camioneta.
Su jefe la dejó marchar sin decir una palabra, había quedado satisfecho. Caminó hasta la puerta de su casa haciendo sonar sus tacones, estaba un poco ebria, pero aún tenía conciencia de lo que hacía.
—Solo fue una mamada, ¿qué más da? —pensó—. No soy la primera que lo hace.
Ahora solo le tocaba esperar un ajuste apropiado de su salario.
Alba entró a la casa, dejó su bolso sobre la mesa y caminó por el pasillo; llegó a la habitación de Felipe, el cual se encontraba dormido. Notó luego que la puerta de su habitación estaba abierta y con la luz encendida. Al asomarse vio que una de sus gavetas estaba a medio abrir. Le pareció extraño, pero pensó que pudo haber dejado todo así antes de salir; aunque no podía estar segura, el efecto de la marihuana parecía haberse intensificado tras entrar a la casa.
Se acercó a la habitación de Santiago. Se quedó de pie junto a la puerta por un momento y escuchó un sonido. Acercó la oreja y percibió gemidos y jadeos exagerados, iguales a los que había escuchado al entrar la vez anterior.
—Ay, Santi, no me digas que te la estás jalando otra vez mirando cochinadas —pensó—. Si es así, necesitas ayuda.
Alba puso la mano sobre su pecho y respiró profundo, luego abrió la puerta. Su hijo se dio vuelta en seguida.
—Oh… oh… —exclamó asustado. Se había llevado una sorpresa.
Esta vez Alba no se había sorprendido, al contrario, ya esperaba encontrarlo así.
—¡Santiago! —exclamó como regañándole, pero en un tono que estaba lejos de expresar molestia.
Alba se acercó a él sonriente; le parecía cómico verlo así, sin que supiera cómo reaccionar. Le sorprendió ver que Santiago tenía algo que le pertenecía.
—Santiago, ¿Eso mío? —dijo mirando el cachetero de encaje que su hijo tenía en su puño.
—Este… eee… es que…
Santiago alzó la mano y le extendió la prenda, pero Alba lo ignoró y en cambio fijó su mirada en su miembro.
—Ya es todo un hombre —pensó mirándole la mata de vellos en su pelvis, así como el tamaño de sus huevos.
Alba miró la pantalla del ordenador; esta vez no se trataba de dos rubias tetonas follando con un tipo de musculatura definida, sino de un joven delgado y una mujer como ella; en la que se vio físicamente reflejada. Su mente hizo clic y unió los puntos.
Un hilo de recuerdos pasaron por la cabeza de Alba como un relámpago; roces, toques, entradas a su habitación y al baño sin antes tocar la puerta, miradas fijas que nunca había logrado descifrar, manos estrategicamente ubicadas al momento de tomarse fotos. Santiago era como ese amigo al que se ha dejado en la friendzone; solo ahora, tras haberlo atrapado con las manos en la masa y con la desinhibición que la marihuna le confería para permitirse pensar en esa posibilidad, es que cayó en cuenta.
—Santi… —dijo Alba acercado su rostro a él con una sonrisa juguetona que denotaba algo de incredulidad—. Es que… ¿acaso tú me quieres coger?
Santiago la miró nervioso. La mirada de Alba fue primero a los ojos de su hijo y luego abajo; el rostro de su muchacho expresaba temor, pero su miembro, que iba perdiendo energía de apoco, llamaba su atención con más fuerza.
No sabía si era porque estaba ebria y cachonda, pero el descubrimiento que acaba de hacer no la inquietaba, sino todo lo contrario, le parecía cómico.
Alba se lo pensó un segundo y sazzz… se agachó frente a su hijo, quedando frente a su polla. No era ni la más grande ni la más pequeña que sus ojos habían visto, pero a diferencia de la de su jefe esta sí se le antojaba poderosamente.
En un rápido e instintivo movimiento Alba pasó su lengua por su labio superior y se mordió el labio inferior.
—Santi, ¿te gustaría que de chupe la polla? —dijo sonriendo mientras le miraba a los ojos.
Santiago la miraba sin saber que decir, parecía que los ojos se le iban a salir de las retinas.
—Sí, Santi, dale, te la voy a chupar… —le confirmó Alba—. ¿Te parece?
Las palabras seguían sin poder salir de la boca de su hijo.
—Es solo una mamada, ¿sí? —dijo Alba—. No es para tanto. Te mereces una después de haber ayudado con el dinero.
—Ajá —balbuceó Santiago mientras asentía con la cabeza. No se creía lo estaba pasado—. Mamá… ¿estás ebria?
Alba le sonrió.
—Shhhhhhh —siseó Alba llevando un dedo a sus labios—. Es solo una mamada.
Luego le sujetó la polla y le dio una lenta y seca lamida en el glande mientras lo miraba para ver su reacción. Santiago se reclinó en la silla, respirando.
—No me lo creo…. —exclamó Santiago—. Es que no me lo creo….
“Oh, yes, yes, yes”… se escuchaba desde el ordenador.
Alba se metió la punta de la polla en la boca. El miembro de Santiago endureció hasta el límite en su boca. Tragó un pedazo, y después más, comiéndole todo el tronco venoso.
—Aaaaaah… —exclamó Santiago—. No aguanto, no aguanto más, mamá, por favor, me voy a correr.
Alba se la sacó de la boca y le sonrió a su hijo.
—Aguanta un poco… —dijo Alba y volvió a tragar. No sabía qué era lo que le estaba pasando, pero comerle la polla a su primogénito la había puesto a tope.
—No, mamá, es que… offf… ah… no puedo, no puedo… aguantar.
Alba sintió un disparo que dio contra su garganta y luego su lengua se llenó también de semen. Se sacó la polla de Santiago de la boca, dejándosela llena de saliva y esperma. Se limpió la boca con el reverso de la mano.
—¿Te ha gustado? —le dijo Alba.
Santiago la miró tratando de regular su respiración. No dijo una palabra, pero gracias a la expresión de su rostro Alba supo que él había entendido que a ella, al contrario de disgustarle, le había gustado recibir toda su descarga en la boca.
Alba se la volvió a meter en la boca y se la chupó con fuerza para dejársela limpia; algo que no había hecho con su jefe.
—Oh, mierda, que rico… —exclamó Santiago.
Alba se la sacó finalmente de la boca y se puso de pie mientras se chupaba los dientes tratando de tragarse todo.
—De ahora en adelante… cuando necesites unas de mis bragas —dijo Alba poniéndose de pie—, deberás pedírmelas, ¿ok?
Santiago, sorprendido, asintió obedientemente con la cabeza mientras mantenía expresión facial de absoluta incredulidad. Alba se inclinó y le dio un beso en los labios.
—Me voy a acostar —dijo Alba y se dio la vuelta.
Antes de salir Alba se detuvo y giró.
—Aunque en realidad he quedado muy cachonda, Santi, y me voy a masturbar. ¿No prefieres que lo haga aquí? —dijo apoyando sus manos en sus caderas.
Parecía que a Santiago se le iban a salir los ojos de las retinas.
—¿Qué opinas? —dijo Alba en tono sumiso—. ¿Quieres ver cómo lo hago?
Santiago asintió con la cabeza. Alba sonrió y comenzó a desabotonarse la blusa. Sus tetas, algo blandas, quedaron expuestas tras zafarse el brassier.
—Mira mis tetas… ¿Te gustan? —dijo Alaba sosteniéndoselas. Luego se desabotonó el botón del pantalón sin esperar una respuesta.
Se dio la vuelta y se inclinó para exponerle el culo mientras se quitaba el pantalón. Una pequeño cachetero de encaje color negro adornaba sus nalgas. Se dio la vuelta de nuevo y se lo quitó frente a él, dejando su coño rasurado expuesto. Tomó su prenda en un puño y luego la arrojó contra el pecho de Santiago, el cual se encontraba aún sobre su silla.
—Toma —dijo Alba al arrojarla—. Este te lo regalo.
Alba se acercó cuanto pudo, casi poniéndose sobre él. Llevó su pie a la palanca de la silla y gracias al peso del propio Santiago esta se deslizó hacia abajo, dejando el rostro de él a la altura de su coño.
—Así lo ves mejor —dijo Alba.
Su hijo estaba en un sueño, no se lo creía, pero se dejaba llevar. Alba se separó los labios con una mano, dejando su gran clítoris expuesto.
—Como me encantaría que me comieras el coño —dijo Alba.
Su hijo no tardó en comenzar a lamerla. No había técnica, pero con el morbo a ella le bastaba. Las manos de Santiago le sujetaron las nalgas con algo de fuerza. Lo dejó jugar en su coño un rato, mientras se regodeaba en lo asquerosamente dominante que eso la hacía sentir.
—Ya… —dijo usando sus manos para apartar la cabeza de Santiago.
Su hijo se reclinó en la silla con los labios húmedos. Alba sonrió al verlo con la boca empapada de sus fluidos. Luego se metió dos dedos y se comenzó a frotar el clítoris con su otra mano.
—Ah… ah… ah… —gimió.
Miraba a Santiago embobado mientras ella se estimulaba.
—¿Te gusta? —dijo Alba sin parar—. ¿Te gusta cómo me masturbo para ti?
—Joder… mamá… estás buenísima —finalmente se atrevió exclamar algo Santiago.
Alba sonrió. Se sacó los dedos y entré espasmos incontrolables hizo squirt. El chorro tomó por sorpresa al muchacho y le mojó la cara, el pecho y las piernas.
—Aaaaah… aaaah… —gimió Alba con fuerza, desahogándose.
Después de eso la habitación quedó en silencio. El video en el ordenador había acabado en algún momento.
—Ay, lo siento, cariño —dijo Alba riendo aunque en realidad estaba complacida por verlo así—. Te he mojado todo.
—Mamá… —dijo Santiago con los ojos brillantes—. Eso ha sido fantástico; esto es lo mejor que me ha pasado.
Alba sonrió complacida. La sorpresa había sido para su hijo, pero esa había sido su intención desde el principio y el resultado fue exactamente el esperado.
—Bueno, Santi, es hora de descansar —dijo Alba.
Alba dio unos pasos hacia atrás y Santiago se puso de pie.
—Duerme conmigo esta noche —dijo Santiago sujetándola de la muñeca.
Alba se mordió el labio.
—¿Y si Felipe nos ve?
—No lo hará —dijo Santiago—. Despertaré primero.
—Bueno… vamos... —dijo Alba. Moría por pasar la noche desnuda y acurrucada a su hijo mayor.
Santiago puso el seguro de su puerta y la cerró dejándola hecha un desastre; con la ropa suya y de su madre desperdigada por la habitación.
Caminaron desnudos y en silencio por el pasillo y se encerraron en la habitación de Alba. Ella se acostó primero. Era una cama grande y de sabanas gruesas.
—Ven —dijo Alba.
Santiago se metió en la cama y la abrazó por detrás. Su hijo se acurrucó junto a ella bajo las sabanas.
—Que agradable es volver a dormir junto a alguien —pensó Alba disfrutando del calor que le daba su hijo mayor. Este le palpaba los senos.
—Mamá… —le susurró al odio Santiago después de cinco minutos.
—¿Qué cosa?, Santi —dijo ella.
—Es que... la tengo dura otra vez.
Alba lo miró sobre su hombro, se mordió el labio y se lo pensó.
—Ay… ¿será una buena idea? —pensó Alba. Sí quería, pero tras correrse ya no estaba tan caliente.
Sintió el miembro duro de Santiago entre sus nalgas y piernas.
—¿Qué estás pensando exactamente? —le preguntó Alba.
La pregunta puso a Santiago inseguro.
—Estaba pensando en… ya sabes… hacerlo.
Alba estaba agotada, pero la curiosidad y el morbo la tentaban, sabía que se podía arrepentir de sus acciones luego, pero moría por sentir a su Santiago adentro.
—Bueno… —dijo finalmente—, pero te lo dejo todo a ti, eh.
—Sí, sí —exclamó Santiago.
Su hijo le levantó una pierna, la hizo pasar frente a él y se metió entre sus muslos. Tomó su polla y antes de que Alba se diera cuenta ya la tenía encajada en el coño.
—Ah… ah… —gimió. Cuando su hijo comenzó a bombearla la excitación volvió a subir.
El ritmo de Santiago era pausado, pero golpeaba con contundencia. Sus senos se bamboleaban de arriba abajo. Llevó sus manos a la espalda de su muchacho, ahora convertido en el hombre que la follaba. Le miró el cuello, además de sus pectorales delgados y levemente definidos. Lo tomó de sus brazos, los tenía duros. Su coño comenzó a succionarle la polla.
—Aaah… aaah… —exclamó él.
Su pene palpitaba adentro de ella. La respiración de ambos se aceleró.
—Bésame —le dijo Alba.
Santiago dejó de apoyarse con las manos, pasó su brazo por detrás del cuello de Alba y con la otra mano la sujetó de la barbilla y la besó. Primero en los labios, pero luego abrieron la boca y sus lenguas se encontraron.
—Creo que mañana me voy a tener que tomar una pastilla —dijo Alba—. ¿No es así?
—Sí —dijo Santiago asintiendo con la cabeza y tratando aún de recuperar el aliento—. Eso creo.
—Buenas noches —dijo Alba mientras se daba la vuelta.
Santiago quedó a su lado, acostado boca arriba, mirando el techo.
—Buenas noches… —dijo Santiago con una expresión de felicidad en el rostro—... Mamá, ¿sabes algo?
—¿Qué cosa?, cariño...
—Esta fue mi primera vez.
Alba se dio la vuelta, lo miró a los ojos y le sonrió. Después se acurrucó en sobre su pecho.