Con la llegada del verano, mi vecino y su esposa preparaban con prisa sus maletas para irse de vacaciones. Me comentó que su madre se quedaría a cuidar la casa, regar las plantas y atender a su perrita. Me pidió que, por favor, estuviera al pendiente de ella. Aunque me aseguró que era una mujer completamente autosuficiente a sus 60 años, uno nunca sabe cuándo un adulto mayor puede necesitar ayuda. Le tranquilicé diciéndole que no se preocupara, que yo le haría compañía y que se fueran con total tranquilidad.
El jueves por la mañana, justo cuando yo regresaba a casa, vi llegar a mi nueva vecina. Venía bajándose del auto tras regresar de la terminal. Yo ya la conocía; habíamos coincidido un par de veces cuando venía a visitar a su hijo. Era una abuela muy simpática y sociable. De hecho, se notaba que mi vecino había heredado su gran sentido del humor. Físicamente era de baja estatura, rellenita y con algunas arrugas por los años, pero con una energía contagiosa.
El viernes mis vecinos ya se habían marchado. No los vi salir, pero me enteré gracias a una corta conversación que tuve con la abuelita a través de la reja mientras ella barría. Al despedirme, le prometí que por la noche pasaría a visitarla para conversar un rato y tomar algo caliente para el frío. Con una gran sonrisa, aceptó encantada y me dijo que me esperaría.
Ya había oscurecido cuando salí a fumarme un cigarrillo. Para mi sorpresa, en la banca del jardín de al lado estaba ella haciendo lo mismo; me llamó la atención que a su edad fumara. Me saludó muy alegre y me recordó que me estaba esperando. Como yo no tenía ningún plan esa noche, vivo solo y no tengo novia, no me incomodaba en absoluto acompañarla. Así que cerré mi puerta y me fui a conversar un rato con mi nueva vecina.
Me ofreció una cerveza y ella se sirvió un vaso de licor de café. Nos acomodamos en la banca a ver pasar a la gente y a conversar de todo un poco, disfrutando de la noche.
A pesar de ser verano, corría un viento helado. Como ella sintió frío, decidimos entrar a la casa. Nos acomodamos en la mesa de la cocina y nos pusimos a jugar a las cartas, mientras seguíamos bebiendo, fumando y conversando muy a gusto.
La verdad es que la estaba pasando muy bien; nos entretuvimos bastante, nos reímos y conversamos de todo. Entre tanta plática, me confesó que era viuda desde hacía muchos años, pero que no por eso se había cerrado al amor. Me contó que tenía un amigo de su edad con el que se daba sus cariños de vez en cuando. Con una mirada pícara, me hizo jurar que no le contaría nada a su hijo, sellando así nuestro primer secreto de complicidad.
Me reí mucho por la forma en que lo dijo; me pareció excelente que pese a su edad, la veterana todavía disfrutara de la vida de esa manera. Después me preguntó por mi situación sentimental. Le conté que estaba soltero y disfrutando de la vida, explicando que yo también tenía algunas amigas con las que nos dábamos cariños de vez en cuando, pero sin nada serio.
Entre alcohol y cigarros, esta velada inocente comenzó a dar un giro inesperado. Empecé a notar en ella un interés por mí; sus miradas sugerentes, sus gestos coquetos y su risa me daban señales ambiguas de que no le era indiferente. La tensión creció hasta que, tras una broma que hice, se rió con ganas y me tocó la pierna "casualmente".
La cerveza siempre despierta mi libido y, tras unas cuantas botellas, empecé a verla con otros ojos. Saber que la abuela se mantenía activa sexualmente eliminaba cualquier barrera mental. Además, nunca había estado con una mujer de su edad. La curiosidad por experimentar algo tan nuevo y diferente me ganó, y como el ambiente era propicio, me dejé llevar por el morbo de saber cómo sería la experiencia.
No era la mujer más atractiva, pero tenía un cuerpo voluptuoso, con un busto y unas curvas imponentes que encajaban justo con el tipo de mujeres maduras que siempre me habían llamado la atención. Era bajita, de cabello corto teñido de castaño, rellenita, y con los signos del paso del tiempo en su piel, sus manos y su cuello. Aun así, la situación se estaba dando sola y su mirada insinuante terminó por encenderme. Comencé a mirarla de forma más seductora, fijando mis ojos en su escote de manera constante; notar que a ella le agradaba sentirse observada sólo aumentó la tensión entre los dos
Sentía una ligera culpa por traicionar así a mi vecino, sobre todo al pensar en follarme a su santa madre. Sin embargo, me tranquilicé pensando que, si algo llegaba a pasar, obviamente sería un secreto que quedaría estrictamente entre ella y yo.
Le volví a llenar el vaso con licor de café, notando que la botella ya había bajado bastante. Ella le dio un sorbo, saboreándolo, y le pregunté si podía probarlo. Me pasó el vaso y, antes de beber, la miré fijamente a los ojos y le dije que, al tomar del mismo vaso, según el refrán, conocería todos sus secretos.
Me miró con picardía y tomándome de la mano, me dijo entre risas que me sorprendería mucho conocerlos. Con esa respuesta, ya no me quedó ninguna duda de que la veterana quería guerra. Le di un sorbo al licor y mirándola directamente, le respondí que lo que realmente me sorprendía era lo que ella estaba pensando en ese momento.
Con un tono más serio y sensual, me preguntó qué era exactamente lo que ella estaba pensando. Le respondí que ya no tenía ganas de jugar a las cartas; que ahora prefería un juego mucho más interesante. Con una sonrisa sumamente coqueta, me confesó que había acertado por completo.
Le propuse poner algo de música y nos fuimos a la sala. Encendí el equipo, seleccioné una melodía suave y de inmediato, ella comenzó a bailar, moviendo su voluptuoso cuerpo al compás de la música.
Me cruzó un leve sentimiento de perversión al ver a una mujer de su edad bailando para mí, pero la calentura ya me había ganado. Sabía que una oportunidad tan inusual no se volvería a repetir, así que dejé atrás las dudas, me acerqué a ella y comencé a bailar a su ritmo.
Siguiendo el ritmo, la tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo. Yo mido un metro ochenta y ella andaría por el metro cincuenta y cinco; para que se hagan una idea, su busto quedaba prácticamente a la altura de mi pecho. Comencé a acariciar su espalda mientras ella me miraba hacia arriba con una sonrisa, intuyendo mis retorcidas intenciones.
Mi verga ya estaba dura, casi a la altura de sus tetas, sus manos rodeaban mi cintura. Al mover mi pelvis y pegarme a ella, suelta un suspiro ahogado. Me mira fijamente y clava suavemente sus uñas en mi espalda, acercando su cuerpo aún más al mío en una silenciosa señal de aprobación.
Estábamos listos, no teníamos que seguir fingiendo. Me incliné hacia ella y la besé con descaro. Lejos de sorprenderse, me recibió con los labios abiertos, demostrando que había estado esperando exactamente ese momento.
Comencé de inmediato a meterle mano, llegando a duras penas hasta sus nalgas, ya que por su altura estaban muy abajo, pasándole toda mi palma abierta. Luego, sin romper el beso, llevé mis manos hacia el frente para acariciar sus pechos con suavidad por encima de la ropa, disfrutando de los sutiles espasmos de placer que recorrían su cuerpo.
Permanecimos un rato besándonos y tocándonos, ya que ella también bajó sus manos acariciándome el culo, para luego llevarlas adelante acariciándome suavemente la verga, por sobre el pantalón.
Hice que se sentara en el sofá. Me quedé de pie justo delante de ella, adoptando una postura imponente y desafiante. Sorpresivamente saca su lengua y la pasa por sus labios, sabiendo lo que se venía. Le acaricie sus cabellos y ella misma acercó su cara a mi entrepierna, haciéndola rozar contra mi verga. Ya completamente desatado, desabroche mi pantalón y descaradamente expuse mi verga ante su expectante mirada. Me sentí todo un macho de película porno, muy confiado de mi, ya que seguramente mi verga era mucho más grande y dura que la del abuelito ese que se la follaba de vez en cuando.
La tomó con ambas manos, alabando mi porte, diciéndome que era hermosa, haciendo crecer más mi ego. La acarició muy suavemente con sus calientes manos y sin siquiera pedírselo, abrió su boca y se colocó a chupar.
Lo hacía muy lentamente, succionando, besándola y restregándosela por el rostro, diciéndome lo increíble que era. Me mantuve de pie, disfrutando de las caricias que la veterana me entregaba, me dejé querer por un momento, saboreando el contacto, hasta que le susurré que era hora de irnos al cuarto.
Una vez ahí, empecé a quitarle la ropa, revelando paso a paso su cuerpo voluptuoso. Pensé que el pudor la haría dudar al verse expuesta con la luz encendida, pero su personalidad me tomó por sorpresa. Con una confianza asombrosa, se entregó al momento y dejó que la desnudara con absoluta libertad.
Al desabrochar su sostén, sus pechos quedaron al descubierto, cayendo con naturalidad por el peso. Eran exactamente como los había imaginado; grandes, carnosos y con unos pezones oscuros, erectos y llamativos.
Ya desnudos en la cama, me dedique de lleno a sus tetas, agarrándoselas con ambas manos, dedicándome por entero a ellas. Los pechos de las mujeres siempre me han fascinado. Me encantan por completo; sin importar su color, forma o tamaño, para mí, todas son una auténtica delicia. Se las chupé embelesado, dándole a ratos unas fuertes succiones que la hacían gemir de placer. No podía creer cómo había terminado ahí, chupándole las tetas a una anciana, que gozaba sintiendo como se las devoraba.
Bajé mi mano y acaricie sus vellos púbicos ya canos y abundantes, seguramente nunca rasurados, pero cuando le metí la mano entre las piernas tocando su sexo, ella me las retiró, diciéndome que aun no la tocara ahí, que estaba muy caliente y no quería que la hiciera acabar tan rápido.
Me hizo recostarme de espalda, diciéndome que le dejara todo a ella, me pasó las tetas por la verga, luego bajó y volvió a mamármela, esta vez mucho más fuerte, confesándome entre gemidos que eso era lo que más disfrutaba en el mundo, por encima de cualquier otra cosa.
La deje que me la comiera por un largo rato, viendo su cabeza subir y bajar, metiéndose hasta donde podía mi verga, hasta mis bolas terminaron en su boca, dejándomelas todas mojadas, dándome un extraordinario sexo oral. A ratos yo la trataba de subir, pero me pedía que la dejara continuar, que no me preocupara por ella, que le encantaba dar placer de esa forma, obviamente la deje continuar.
Ya luego de un rato bastante largo de recibir las caricias orales, la hice subir y la monte sobre mí. Me dediqué nuevamente a chuparle las tetas, que sin problema llegaban hasta mi boca, agarrándome de sus carnosas nalgas, mientras ella se rozaba contra mi verga.
Se sentó sobre mí y, aunque era robusta, su peso no me resultaba incomodo; al contrario, me excitaba. Comencé a tratar de metérsela, pero no le entraba, estaba algo seca. Ella misma se mojó la mano y se comenzó a tocar, para luego agarrarme la verga y colocarla en el lugar indicado, pidiéndome que esperara, que ella se encargaría de todo. Me aseguró, entre risas y suspiros, que era por tenerla muy grande
Me encantó escuchar eso, me quedé tranquilo, viendo su rostro, con los ojos cerrados tratando de metérsela por su estrecha vagina, hasta que en un momento su concha pareció abrirse y mi verga entró inevitablemente en su cuerpo maduro.
Con el rostro contraído en una mezcla de placer y un leve dolor, comenzó a moverse hacia los lados para acomodársela, hasta que logró introducirla por completo. Empezó a moverse, enterrándosela hasta que luego de unos minutos, mi verga ya entraba perfectamente y comenzamos a coger apasionadamente.
Con sus manos apoyadas en mi pecho, con sus ojos cerrados y su boca abierta, la veterana comenzó a cabalgarme jadeando fuertemente. A veces yo me apoyaba en los pies y la llegaba a levantar metiéndosela hasta el fondo.
Estábamos muy calientes, lo que empezó como una simple cogida, se transformó en una brutal contienda. La abuela ponía todo su empeño montándome, emitiendo fuertes quejidos que se escuchaban por toda la casa y yo metiéndole mano por todos lados.
La recosté de espalda y me metí entre sus gruesas piernas a lamerle el sexo, de labios alargados y arrugados, jugando con ellos, chupándoselos con fuerza y ella con las piernas abiertas gozando como loca. Ya cuando la tenía muy mojada me monté sobre ella y la comencé a coger apoyado solo en mis brazos, mirando como mi verga entraba y salía. Luego la coloque en cuatro sobre la cama y arrodillado detrás de ella comencé a follármela ferozmente.
Tenía un culo increíble, podía sentir sus carnes en mis manos, de donde la agarraba y la echaba para atrás enterrándosela hasta el fondo. Sus gemidos eran escandalosos, salvajes. Entre jadeos y con la boca abierta, me decía una y otra vez cómo sentía mi verga ocupando todo su interior; me aseguraba que la llenaba por completo, que era una delicia, perdiéndose en un sinfín de elogios y soltando frases sucias sin parar.
Yo miraba su espalda, con sus tetas meneándose por todos lados. Me quedaba quieto y dejaba que ella se moviera sola enterrándose mi verga. Le agarraba las tetas y se la dejaba enterrada hasta el fondo, causándole algo de dolor, pero que aguantaba olímpicamente.
Para mi sorpresa, aquella mujer resultó ser sumamente ardiente. Sentía un delicioso morbo en disfrutar de un encuentro con alguien de sus años y características, pero lo mejor fue cómo combinaba esa tremenda lujuria con una personalidad encantadora y simpática.
En medio del encuentro, me pidió un respiro. Nos quedamos tendidos en la cama, recuperando el aliento, mientras ella elogiaba mi desempeño. Entre risas, me confesó que necesitaba parar un momento para recuperar fuerzas, asegurando que mañana no sabía cómo lograría levantarse.
Ambos con sed nos fuimos desnudos a la cocina a buscar cerveza para mi y solo agua para ella, me daba risa estar caminando por la casa de mi vecino desnudo y la vieja delante mío sin ninguna vergüenza mostrándome su inmenso culo.
Nos sentamos en el sofá, disfrutando de nuestra desnudez con total naturalidad. Le pregunté qué tal había estado el encuentro en comparación con su amante; ella, soltando una carcajada, me aseguró que aquello simplemente no tenía comparación.
Que habíamos follado por media hora y yo aun tenia la verga parada (acariciándomela con cariño), que si el viejo le ponía empeño, tal vez lo tendría dura solo unos minutos, que aún sin acabar, perdía igual su dureza, en cambio la mía estaba erecta en todo momento.
Prendí un cigarro, ya con mi verga no tan erguida, le dije que ya se me estaba pasando el efecto y muy sensualmente me dice que eso tiene un rápido arreglo. Colocando un cojín en el piso, se arrodilló entre mis piernas, y comenzó a trabajar con sus labios y la lengua para devolverle toda su firmeza.
Ahí estaba yo, sentado en el sofá, con las piernas abiertas, con una cerveza en la mano, en la otra un cigarro y la veterana arrodillada delante mío deleitándose con mi verga. Yo también alababa su destreza y ella me respondía sin soltarla que era su obsesión, que para ella no había nada más rico en la vida que tener un pene duro en la boca, dijo que me relajara, que disfrutara y que no me preocupara por ella.
Me dejé atender como un rey, perdiendo la noción del tiempo bajo sus caricias. Cuando recuperé toda la firmeza, la sujeté por las caderas y la subí para continuar con nuestro salvaje encuentro.
La puse de rodillas en el sillón e intenté metérsela, pero estaba demasiado seca. Le dolió el roce y me resultó imposible entrar en ella en ese momento. Le dije que eso también tenía solución. Imitando su gesto, acomodé un cojín en el piso y me arrodillé frente a ella, dedicándome por completo a chupársela.
La veterana al rato ya gemía diciéndome que tenía una lengua muy rica. No me detuve y al verle el ano también apliqué lengua ahí, algo que la sorprendió, en un principio se rió pero luego comenzó a gozar también. Ya cuando la tenía bien mojada, me levanté y la comencé a coger en la misma posición por detrás. La abuela se quejaba y se quejaba enalteciendo mi desempeño, pidiéndome más y más.
Pasamos al sofá, yo me senté e hice que se sentara sobre mi dándome la espalda. La vieja subía y bajaba enterrándose mi verga, hasta que la tomé, la hice para atrás y manoseando su voluptuoso cuerpo mientras la masturbaba, con mi verga aún adentro.
La abuela jadeaba sin control alguno. Sabía que yo tampoco aguantaría mucho más, me acerqué a su oído y, con la respiración agitada, le pregunté dónde quería recibir mi leche. Sin dudarlo un segundo, me repitió una y otra vez que la quería en la boca.
Sin dejar de metérsela y masturbarla, agarrándole las tetas, agarrándole los pelos de su concha, le decía que le iba a meter la verga en la boca y que ella se tendría que tragar mi leche sin dejar una gota. Ella al escucharme que la trataba como una puta, más se calentaba y me decía que sí, que se los tragaría todos, que haría todo lo que yo quisiera ya casi gritando.
Gritando en medio del éxtasis, me advirtió que se estaba corriendo. Respondí moviéndome con un frenesí salvaje, dándole golpes tan profundos y potentes que terminaba levantando su cuerpo con cada metida. A duras penas alcancé a aguantarme para no acabar dentro de ella, la empujé hacia el lado y rápidamente me paré y le metí la verga en la boca avisándole que me venía, ordenándole que me la chupara y la madura con voracidad chupaba y chupaba, esperando su recompensa, que no tardó en llegar, llenándole de semen la boca.
Entre quejidos y bramidos me descargue en su boca, agarrándola de la cabeza y la veterana no dejaba de tragar y chupar hasta llegar a ahogarse. Aparte sentía como exprimía mis huevos para sacar toda mi leche.
Quedamos completamente exhaustos, sentados en el sofá uno al lado del otro. Con la piel húmeda por el sudor, nos mantuvimos en silencio, intentando recuperar el aliento tras el desenfreno.
Al otro día, volví a su casa de noche y me la volví a follar, igual que el siguiente y el que sigue. Todas las noches después del trabajo, me pasaba a la casa de mi vecino y me follaba a su madre. Hicimos de todo, la hacía sentarse en mi cara, hice que me lengüeteara el culo, traté de metérsela por detrás pero no pudimos hacerlo. Aunque ella sí lo intentó, le dedicaba harto tiempo a meterle la lengua en el ano, cremas, pero le dolía, pidió disculpas por no poder hacerlo. Pero de todas formas me ponía crema en un dedo y se lo metía por detrás y le gustaba a la vieja, que aguantaba cada cosa que yo le pedía.
Pasamos dos semanas sumergidos en un sexo desenfrenado. A veces la rutina me quitaba las ganas, pero bastaba con tomarme un par de cervezas en mi casa para que se me encendiera el cuerpo. Ya entonado, me aparecía en su puerta dispuesto a todo, o aunque fuera solo para recibir una buena mamada.
Finalmente, las vacaciones de mi vecino terminaron y volvió a casa. Al día siguiente, me trajo a su madre para que se despidiera de mí. Aunque ella y yo ya nos habíamos despedido a solas antes de que él llegara, también prometimos vernos si yo iba a su ciudad. Él me dio las gracias por haber cuidado a su madre y me aseguró, estrechándome la mano, que me debía una. "SI TAN SOLO SUPIERA LA CLASE DE COMPAÑÍA QUE ME DIO SU SANTA MADRE".
El jueves por la mañana, justo cuando yo regresaba a casa, vi llegar a mi nueva vecina. Venía bajándose del auto tras regresar de la terminal. Yo ya la conocía; habíamos coincidido un par de veces cuando venía a visitar a su hijo. Era una abuela muy simpática y sociable. De hecho, se notaba que mi vecino había heredado su gran sentido del humor. Físicamente era de baja estatura, rellenita y con algunas arrugas por los años, pero con una energía contagiosa.
El viernes mis vecinos ya se habían marchado. No los vi salir, pero me enteré gracias a una corta conversación que tuve con la abuelita a través de la reja mientras ella barría. Al despedirme, le prometí que por la noche pasaría a visitarla para conversar un rato y tomar algo caliente para el frío. Con una gran sonrisa, aceptó encantada y me dijo que me esperaría.
Ya había oscurecido cuando salí a fumarme un cigarrillo. Para mi sorpresa, en la banca del jardín de al lado estaba ella haciendo lo mismo; me llamó la atención que a su edad fumara. Me saludó muy alegre y me recordó que me estaba esperando. Como yo no tenía ningún plan esa noche, vivo solo y no tengo novia, no me incomodaba en absoluto acompañarla. Así que cerré mi puerta y me fui a conversar un rato con mi nueva vecina.
Me ofreció una cerveza y ella se sirvió un vaso de licor de café. Nos acomodamos en la banca a ver pasar a la gente y a conversar de todo un poco, disfrutando de la noche.
A pesar de ser verano, corría un viento helado. Como ella sintió frío, decidimos entrar a la casa. Nos acomodamos en la mesa de la cocina y nos pusimos a jugar a las cartas, mientras seguíamos bebiendo, fumando y conversando muy a gusto.
La verdad es que la estaba pasando muy bien; nos entretuvimos bastante, nos reímos y conversamos de todo. Entre tanta plática, me confesó que era viuda desde hacía muchos años, pero que no por eso se había cerrado al amor. Me contó que tenía un amigo de su edad con el que se daba sus cariños de vez en cuando. Con una mirada pícara, me hizo jurar que no le contaría nada a su hijo, sellando así nuestro primer secreto de complicidad.
Me reí mucho por la forma en que lo dijo; me pareció excelente que pese a su edad, la veterana todavía disfrutara de la vida de esa manera. Después me preguntó por mi situación sentimental. Le conté que estaba soltero y disfrutando de la vida, explicando que yo también tenía algunas amigas con las que nos dábamos cariños de vez en cuando, pero sin nada serio.
Entre alcohol y cigarros, esta velada inocente comenzó a dar un giro inesperado. Empecé a notar en ella un interés por mí; sus miradas sugerentes, sus gestos coquetos y su risa me daban señales ambiguas de que no le era indiferente. La tensión creció hasta que, tras una broma que hice, se rió con ganas y me tocó la pierna "casualmente".
La cerveza siempre despierta mi libido y, tras unas cuantas botellas, empecé a verla con otros ojos. Saber que la abuela se mantenía activa sexualmente eliminaba cualquier barrera mental. Además, nunca había estado con una mujer de su edad. La curiosidad por experimentar algo tan nuevo y diferente me ganó, y como el ambiente era propicio, me dejé llevar por el morbo de saber cómo sería la experiencia.
No era la mujer más atractiva, pero tenía un cuerpo voluptuoso, con un busto y unas curvas imponentes que encajaban justo con el tipo de mujeres maduras que siempre me habían llamado la atención. Era bajita, de cabello corto teñido de castaño, rellenita, y con los signos del paso del tiempo en su piel, sus manos y su cuello. Aun así, la situación se estaba dando sola y su mirada insinuante terminó por encenderme. Comencé a mirarla de forma más seductora, fijando mis ojos en su escote de manera constante; notar que a ella le agradaba sentirse observada sólo aumentó la tensión entre los dos
Sentía una ligera culpa por traicionar así a mi vecino, sobre todo al pensar en follarme a su santa madre. Sin embargo, me tranquilicé pensando que, si algo llegaba a pasar, obviamente sería un secreto que quedaría estrictamente entre ella y yo.
Le volví a llenar el vaso con licor de café, notando que la botella ya había bajado bastante. Ella le dio un sorbo, saboreándolo, y le pregunté si podía probarlo. Me pasó el vaso y, antes de beber, la miré fijamente a los ojos y le dije que, al tomar del mismo vaso, según el refrán, conocería todos sus secretos.
Me miró con picardía y tomándome de la mano, me dijo entre risas que me sorprendería mucho conocerlos. Con esa respuesta, ya no me quedó ninguna duda de que la veterana quería guerra. Le di un sorbo al licor y mirándola directamente, le respondí que lo que realmente me sorprendía era lo que ella estaba pensando en ese momento.
Con un tono más serio y sensual, me preguntó qué era exactamente lo que ella estaba pensando. Le respondí que ya no tenía ganas de jugar a las cartas; que ahora prefería un juego mucho más interesante. Con una sonrisa sumamente coqueta, me confesó que había acertado por completo.
Le propuse poner algo de música y nos fuimos a la sala. Encendí el equipo, seleccioné una melodía suave y de inmediato, ella comenzó a bailar, moviendo su voluptuoso cuerpo al compás de la música.
Me cruzó un leve sentimiento de perversión al ver a una mujer de su edad bailando para mí, pero la calentura ya me había ganado. Sabía que una oportunidad tan inusual no se volvería a repetir, así que dejé atrás las dudas, me acerqué a ella y comencé a bailar a su ritmo.
Siguiendo el ritmo, la tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo. Yo mido un metro ochenta y ella andaría por el metro cincuenta y cinco; para que se hagan una idea, su busto quedaba prácticamente a la altura de mi pecho. Comencé a acariciar su espalda mientras ella me miraba hacia arriba con una sonrisa, intuyendo mis retorcidas intenciones.
Mi verga ya estaba dura, casi a la altura de sus tetas, sus manos rodeaban mi cintura. Al mover mi pelvis y pegarme a ella, suelta un suspiro ahogado. Me mira fijamente y clava suavemente sus uñas en mi espalda, acercando su cuerpo aún más al mío en una silenciosa señal de aprobación.
Estábamos listos, no teníamos que seguir fingiendo. Me incliné hacia ella y la besé con descaro. Lejos de sorprenderse, me recibió con los labios abiertos, demostrando que había estado esperando exactamente ese momento.
Comencé de inmediato a meterle mano, llegando a duras penas hasta sus nalgas, ya que por su altura estaban muy abajo, pasándole toda mi palma abierta. Luego, sin romper el beso, llevé mis manos hacia el frente para acariciar sus pechos con suavidad por encima de la ropa, disfrutando de los sutiles espasmos de placer que recorrían su cuerpo.
Permanecimos un rato besándonos y tocándonos, ya que ella también bajó sus manos acariciándome el culo, para luego llevarlas adelante acariciándome suavemente la verga, por sobre el pantalón.
Hice que se sentara en el sofá. Me quedé de pie justo delante de ella, adoptando una postura imponente y desafiante. Sorpresivamente saca su lengua y la pasa por sus labios, sabiendo lo que se venía. Le acaricie sus cabellos y ella misma acercó su cara a mi entrepierna, haciéndola rozar contra mi verga. Ya completamente desatado, desabroche mi pantalón y descaradamente expuse mi verga ante su expectante mirada. Me sentí todo un macho de película porno, muy confiado de mi, ya que seguramente mi verga era mucho más grande y dura que la del abuelito ese que se la follaba de vez en cuando.
La tomó con ambas manos, alabando mi porte, diciéndome que era hermosa, haciendo crecer más mi ego. La acarició muy suavemente con sus calientes manos y sin siquiera pedírselo, abrió su boca y se colocó a chupar.
Lo hacía muy lentamente, succionando, besándola y restregándosela por el rostro, diciéndome lo increíble que era. Me mantuve de pie, disfrutando de las caricias que la veterana me entregaba, me dejé querer por un momento, saboreando el contacto, hasta que le susurré que era hora de irnos al cuarto.
Una vez ahí, empecé a quitarle la ropa, revelando paso a paso su cuerpo voluptuoso. Pensé que el pudor la haría dudar al verse expuesta con la luz encendida, pero su personalidad me tomó por sorpresa. Con una confianza asombrosa, se entregó al momento y dejó que la desnudara con absoluta libertad.
Al desabrochar su sostén, sus pechos quedaron al descubierto, cayendo con naturalidad por el peso. Eran exactamente como los había imaginado; grandes, carnosos y con unos pezones oscuros, erectos y llamativos.
Ya desnudos en la cama, me dedique de lleno a sus tetas, agarrándoselas con ambas manos, dedicándome por entero a ellas. Los pechos de las mujeres siempre me han fascinado. Me encantan por completo; sin importar su color, forma o tamaño, para mí, todas son una auténtica delicia. Se las chupé embelesado, dándole a ratos unas fuertes succiones que la hacían gemir de placer. No podía creer cómo había terminado ahí, chupándole las tetas a una anciana, que gozaba sintiendo como se las devoraba.
Bajé mi mano y acaricie sus vellos púbicos ya canos y abundantes, seguramente nunca rasurados, pero cuando le metí la mano entre las piernas tocando su sexo, ella me las retiró, diciéndome que aun no la tocara ahí, que estaba muy caliente y no quería que la hiciera acabar tan rápido.
Me hizo recostarme de espalda, diciéndome que le dejara todo a ella, me pasó las tetas por la verga, luego bajó y volvió a mamármela, esta vez mucho más fuerte, confesándome entre gemidos que eso era lo que más disfrutaba en el mundo, por encima de cualquier otra cosa.
La deje que me la comiera por un largo rato, viendo su cabeza subir y bajar, metiéndose hasta donde podía mi verga, hasta mis bolas terminaron en su boca, dejándomelas todas mojadas, dándome un extraordinario sexo oral. A ratos yo la trataba de subir, pero me pedía que la dejara continuar, que no me preocupara por ella, que le encantaba dar placer de esa forma, obviamente la deje continuar.
Ya luego de un rato bastante largo de recibir las caricias orales, la hice subir y la monte sobre mí. Me dediqué nuevamente a chuparle las tetas, que sin problema llegaban hasta mi boca, agarrándome de sus carnosas nalgas, mientras ella se rozaba contra mi verga.
Se sentó sobre mí y, aunque era robusta, su peso no me resultaba incomodo; al contrario, me excitaba. Comencé a tratar de metérsela, pero no le entraba, estaba algo seca. Ella misma se mojó la mano y se comenzó a tocar, para luego agarrarme la verga y colocarla en el lugar indicado, pidiéndome que esperara, que ella se encargaría de todo. Me aseguró, entre risas y suspiros, que era por tenerla muy grande
Me encantó escuchar eso, me quedé tranquilo, viendo su rostro, con los ojos cerrados tratando de metérsela por su estrecha vagina, hasta que en un momento su concha pareció abrirse y mi verga entró inevitablemente en su cuerpo maduro.
Con el rostro contraído en una mezcla de placer y un leve dolor, comenzó a moverse hacia los lados para acomodársela, hasta que logró introducirla por completo. Empezó a moverse, enterrándosela hasta que luego de unos minutos, mi verga ya entraba perfectamente y comenzamos a coger apasionadamente.
Con sus manos apoyadas en mi pecho, con sus ojos cerrados y su boca abierta, la veterana comenzó a cabalgarme jadeando fuertemente. A veces yo me apoyaba en los pies y la llegaba a levantar metiéndosela hasta el fondo.
Estábamos muy calientes, lo que empezó como una simple cogida, se transformó en una brutal contienda. La abuela ponía todo su empeño montándome, emitiendo fuertes quejidos que se escuchaban por toda la casa y yo metiéndole mano por todos lados.
La recosté de espalda y me metí entre sus gruesas piernas a lamerle el sexo, de labios alargados y arrugados, jugando con ellos, chupándoselos con fuerza y ella con las piernas abiertas gozando como loca. Ya cuando la tenía muy mojada me monté sobre ella y la comencé a coger apoyado solo en mis brazos, mirando como mi verga entraba y salía. Luego la coloque en cuatro sobre la cama y arrodillado detrás de ella comencé a follármela ferozmente.
Tenía un culo increíble, podía sentir sus carnes en mis manos, de donde la agarraba y la echaba para atrás enterrándosela hasta el fondo. Sus gemidos eran escandalosos, salvajes. Entre jadeos y con la boca abierta, me decía una y otra vez cómo sentía mi verga ocupando todo su interior; me aseguraba que la llenaba por completo, que era una delicia, perdiéndose en un sinfín de elogios y soltando frases sucias sin parar.
Yo miraba su espalda, con sus tetas meneándose por todos lados. Me quedaba quieto y dejaba que ella se moviera sola enterrándose mi verga. Le agarraba las tetas y se la dejaba enterrada hasta el fondo, causándole algo de dolor, pero que aguantaba olímpicamente.
Para mi sorpresa, aquella mujer resultó ser sumamente ardiente. Sentía un delicioso morbo en disfrutar de un encuentro con alguien de sus años y características, pero lo mejor fue cómo combinaba esa tremenda lujuria con una personalidad encantadora y simpática.
En medio del encuentro, me pidió un respiro. Nos quedamos tendidos en la cama, recuperando el aliento, mientras ella elogiaba mi desempeño. Entre risas, me confesó que necesitaba parar un momento para recuperar fuerzas, asegurando que mañana no sabía cómo lograría levantarse.
Ambos con sed nos fuimos desnudos a la cocina a buscar cerveza para mi y solo agua para ella, me daba risa estar caminando por la casa de mi vecino desnudo y la vieja delante mío sin ninguna vergüenza mostrándome su inmenso culo.
Nos sentamos en el sofá, disfrutando de nuestra desnudez con total naturalidad. Le pregunté qué tal había estado el encuentro en comparación con su amante; ella, soltando una carcajada, me aseguró que aquello simplemente no tenía comparación.
Que habíamos follado por media hora y yo aun tenia la verga parada (acariciándomela con cariño), que si el viejo le ponía empeño, tal vez lo tendría dura solo unos minutos, que aún sin acabar, perdía igual su dureza, en cambio la mía estaba erecta en todo momento.
Prendí un cigarro, ya con mi verga no tan erguida, le dije que ya se me estaba pasando el efecto y muy sensualmente me dice que eso tiene un rápido arreglo. Colocando un cojín en el piso, se arrodilló entre mis piernas, y comenzó a trabajar con sus labios y la lengua para devolverle toda su firmeza.
Ahí estaba yo, sentado en el sofá, con las piernas abiertas, con una cerveza en la mano, en la otra un cigarro y la veterana arrodillada delante mío deleitándose con mi verga. Yo también alababa su destreza y ella me respondía sin soltarla que era su obsesión, que para ella no había nada más rico en la vida que tener un pene duro en la boca, dijo que me relajara, que disfrutara y que no me preocupara por ella.
Me dejé atender como un rey, perdiendo la noción del tiempo bajo sus caricias. Cuando recuperé toda la firmeza, la sujeté por las caderas y la subí para continuar con nuestro salvaje encuentro.
La puse de rodillas en el sillón e intenté metérsela, pero estaba demasiado seca. Le dolió el roce y me resultó imposible entrar en ella en ese momento. Le dije que eso también tenía solución. Imitando su gesto, acomodé un cojín en el piso y me arrodillé frente a ella, dedicándome por completo a chupársela.
La veterana al rato ya gemía diciéndome que tenía una lengua muy rica. No me detuve y al verle el ano también apliqué lengua ahí, algo que la sorprendió, en un principio se rió pero luego comenzó a gozar también. Ya cuando la tenía bien mojada, me levanté y la comencé a coger en la misma posición por detrás. La abuela se quejaba y se quejaba enalteciendo mi desempeño, pidiéndome más y más.
Pasamos al sofá, yo me senté e hice que se sentara sobre mi dándome la espalda. La vieja subía y bajaba enterrándose mi verga, hasta que la tomé, la hice para atrás y manoseando su voluptuoso cuerpo mientras la masturbaba, con mi verga aún adentro.
La abuela jadeaba sin control alguno. Sabía que yo tampoco aguantaría mucho más, me acerqué a su oído y, con la respiración agitada, le pregunté dónde quería recibir mi leche. Sin dudarlo un segundo, me repitió una y otra vez que la quería en la boca.
Sin dejar de metérsela y masturbarla, agarrándole las tetas, agarrándole los pelos de su concha, le decía que le iba a meter la verga en la boca y que ella se tendría que tragar mi leche sin dejar una gota. Ella al escucharme que la trataba como una puta, más se calentaba y me decía que sí, que se los tragaría todos, que haría todo lo que yo quisiera ya casi gritando.
Gritando en medio del éxtasis, me advirtió que se estaba corriendo. Respondí moviéndome con un frenesí salvaje, dándole golpes tan profundos y potentes que terminaba levantando su cuerpo con cada metida. A duras penas alcancé a aguantarme para no acabar dentro de ella, la empujé hacia el lado y rápidamente me paré y le metí la verga en la boca avisándole que me venía, ordenándole que me la chupara y la madura con voracidad chupaba y chupaba, esperando su recompensa, que no tardó en llegar, llenándole de semen la boca.
Entre quejidos y bramidos me descargue en su boca, agarrándola de la cabeza y la veterana no dejaba de tragar y chupar hasta llegar a ahogarse. Aparte sentía como exprimía mis huevos para sacar toda mi leche.
Quedamos completamente exhaustos, sentados en el sofá uno al lado del otro. Con la piel húmeda por el sudor, nos mantuvimos en silencio, intentando recuperar el aliento tras el desenfreno.
Al otro día, volví a su casa de noche y me la volví a follar, igual que el siguiente y el que sigue. Todas las noches después del trabajo, me pasaba a la casa de mi vecino y me follaba a su madre. Hicimos de todo, la hacía sentarse en mi cara, hice que me lengüeteara el culo, traté de metérsela por detrás pero no pudimos hacerlo. Aunque ella sí lo intentó, le dedicaba harto tiempo a meterle la lengua en el ano, cremas, pero le dolía, pidió disculpas por no poder hacerlo. Pero de todas formas me ponía crema en un dedo y se lo metía por detrás y le gustaba a la vieja, que aguantaba cada cosa que yo le pedía.
Pasamos dos semanas sumergidos en un sexo desenfrenado. A veces la rutina me quitaba las ganas, pero bastaba con tomarme un par de cervezas en mi casa para que se me encendiera el cuerpo. Ya entonado, me aparecía en su puerta dispuesto a todo, o aunque fuera solo para recibir una buena mamada.
Finalmente, las vacaciones de mi vecino terminaron y volvió a casa. Al día siguiente, me trajo a su madre para que se despidiera de mí. Aunque ella y yo ya nos habíamos despedido a solas antes de que él llegara, también prometimos vernos si yo iba a su ciudad. Él me dio las gracias por haber cuidado a su madre y me aseguró, estrechándome la mano, que me debía una. "SI TAN SOLO SUPIERA LA CLASE DE COMPAÑÍA QUE ME DIO SU SANTA MADRE".