A la Hora de la Siesta - Capítulos 001 al 002

heranlu

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A la Hora de la Siesta - Capítulo 001

El tenedor choca contra el plato, un sonido metálico que corta el silencio como un cuchillo. Mi marido mastica con la boca abierta, los ojos clavados en la pantalla del televisor, donde un presentador vocifera noticias que a nadie le importan. A mi lado, mi hijo empuja la comida con el cubierto, fingiendo interés en el puré de papas. Pero yo sé. Oh, sí, yo sé adónde va su mirada cuando cree que nadie lo nota.

Bajo la mesa, aprieto los muslos. Mi coño late como un corazón extra, hinchado, hambriento. Cada vez que mi hijo inclina la cabeza, cada vez que sus labios se humedecen al beber, siento el calor treparme por el vientre. Mi ano palpita también, un cosquilleo perverso que sube por mi espina dorsal, recordándome lo vacía que estoy cuando no está dentro de mí.

Terminamos de comer. Mi marido se levanta sin una palabra, dejando el plato sucio sobre la mesa. Se ajusta el cinturón, gruñe algo sobre el trabajo y tumba en el sofá. Mi hijo se queda en el comedor, escuchando música, pero sus ojos—oscuros, herederos de los míos—me siguen mientras me retiro.

—Voy a dormir la siesta—digo, y mi voz suena demasiado ronca, demasiado fingida.

No espero respuesta. Subo las escaleras sintiendo cómo la humedad me corre por los muslos, cómo mis tetas oscilan, los pezones duros rozando contra el sostén. En el dormitorio, las cortinas están cerradas, la habitación sumergida en una penumbra dorada. No me molesto en encender la luz.

Las sábanas son frías al tacto, contrastando con mi calentura. En segundos, estoy desnuda, las piernas abiertas, con los dedos hundiéndose en mi coño empapado. Jadeo, arqueo la espalda, imaginando que son sus dedos, no los míos, los que me abren, los que juegan con mi clítoris hinchado.

—Ay, Dios…—susurro, mordiendo el labio.

Todo el día, un deseo impío me corroe, un anhelo que no es nuevo pero que cada vez arde con más furia: la carne de mi propio hijo. No es hambre, no es capricho, es la lujuria en su forma más pura, más depravada, más exquisita.

Soy una mujer madura, sí, pero mi cuerpo aún responde al llamado de la lascivia con la ferocidad de una fiera en celo. Y él, mi vástago, mi creación, es el manjar que mi boca, mi coño, mi culo, reclaman con desesperación.

Entonces, por fin, escucho la puerta de la calle cerrarse. Mi marido, pobre imbécil, se marcha a trabajar ignorante de nuestro pecado. Y si lo supiera, ¿qué haría? ¿Gritar? ¿Llorar? ¿Matarnos? No importa. Nada podría detener esta danza perversa que repetimos cada tarde, cuando el sol mantiene a todos en casa, reposando los almuerzos, cuando el sol se cuela entre las cortinas de mi dormitorio y su sombra se desliza hacia mi habitación.

El sonido del pomo girando congela el latido de mi corazón. Mi piel se eriza, mi respiración se acelera, mi coño palpita, húmedo y ansioso. La puerta se abre, y allí está: su torso desnudo, marcado por el sudor del verano, su olor a macho joven, fresco y salvaje, inunda el aire. Mis labios se separan, mi lengua se desliza sobre ellos, anticipando el sabor de su piel.

Él cierra la puerta con ese gesto de complicidad que ya conozco demasiado bien. Se acerca, y mis ojos recorren su cuerpo como buitres sobre la carroña. Cada músculo, cada vena, cada latido bajo su piel me pertenece. Y ahí, aprisionada por el tejido de su pantalón, está su polla, dura, arrogante, exigiendo su derecho a penetrarme.

No hace falta que hablemos. Mis dedos tiemblan mientras me acerco, mientras mi boca se abre como un sepulcro dispuesto a devorarlo. La primera lamida a sus peludos huevos es un ritual, la primera succión a su hinchado glande, un juramento. Él gime, sus manos se entierran en mi pelo, guiándome con esa mezcla de ternura y dominación que me vuelve loca.

Su falo entra en mi boca, empujando, jugando, ensuciándome la lengua con el sabor de su líquido preseminal. Me obliga a tragar más, más, hasta que mi garganta se abre como un pozo sin fondo, hasta que siento su punta golpeando mi esófago desde dentro. Mis lágrimas resbalan, mi rostro se tuerce con cada arcada, y el aire se vuelve denso, cargado de nuestros jadeos.

Pero hoy no quiero conformarme con mi boca. Hoy quiero más.

Me aparto, con la boca brillante de saliva, y voy al tocador. De un cajón saco un pequeño frasco, un lubricante anal, frío al principio, pero que pronto se calentará con el fuego de mi pecado. Lo esparzo dentro de mi ojete, sintiendo cómo mi culo se estira, cómo mi cuerpo recibe mis dedos con esa mezcla de dolor y placer que tanto me excita.

Vuelvo a la cama, me arrodillo, ofreciéndome. Mi coño gotea, mi culo late, ansioso por ser llenado. Él lo sabe. Sus manos agarran mis caderas, sus dedos juegan con mi ano, ya relajado por el lubricante, pero aún apretado, aún tembloroso en su esencia más profunda.

—Mamá —susurra, y esa palabra, cargada de tabú, me electriza.

La punta de su polla presiona, y luego, con un empujón lento pero implacable, entra. Un grito ahogado, un espasmo, una rendición. Me penetra, me posee, me convierte en su puta, en su esclava, en su madre degenerada. El lubricante dentro de mí facilita ligeramente cada embestida, pero cada golpe, cada latido de su polla dentro de mi culo me provoca un dolor agudo que intento mitigar con mis dedos masajeando mi hinchado clítoris.

El ritmo se acelera. Ya no hay pensamiento, solo carne, sudor, fluidos. Sus manos me marcan las blancas carnes de mis nalgas, sus gemidos me perforan, su fierro mastil me destroza y me reconstruye una y otra vez. Siento que me desgarro, que me rompo, que muero y revivo. Y entonces, el éxtasis.

Su semen inunda mi interior, caliente, espeso, pecaminoso. Mi cuerpo se sacude con un orgasmo que parece no terminar nunca, que me arrastra al abismo y me devuelve totalmente fuera de mi.

Cuando termina, me giro, tomo su semen con mis dedos y me lo llevo a la boca. El sabor es salado, amargo, delicioso. Él me mira, y en sus ojos veo el mismo fuego que arde en los míos.

Nos besamos, y en ese instante, somos iguales: dos depravados, dos monstruos, dos amantes.

La noche cae, pero yo solo pienso en la próxima siesta, en la próxima vez que su polla me abra, me llene, me haga sentir lo que soy. Porque esto es lo que soy ahora: la puta de mi hijo, su juguete, su entretenimiento favorito.
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heranlu

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A la Hora de la Siesta - Capítulo 002

La primera vez que sus ojos, con la inocencia de sus 18 años aún en el arte del sexo, se clavaron en mí con esa mezcla de terror y fascinación, supe que había cruzado un umbral del que no habría retorno.

Fue en aquel atardecer sofocante, cuando el aire olía al intenso incienso de vainilla y las sombras se alargaban como dedos ansiosos. Él estaba sentado en el tresillo, con su cuerpo juvenil tenso bajo la camisa, los músculos definiéndose bajo la tela cada vez que respiraba. Yo me acerqué, fingiendo casualidad, y dejé caer mi mano sobre su pecho.

—Mamá… —murmuró, con una voz quebrada, como si ya supiera lo que iba a pasar y, sin embargo, no tuviera fuerzas para detenerme.

—Shhh… —susurré, trazando círculos lentos sobre la tela de su camisa, sintiendo el calor que emanaba de él—. Solo estoy… acariciándote. Nada más.

Él tragó saliva, sus pupilas se dilataron.

—Esto no está bien… —protestó débilmente, pero su cuerpo lo traicionaba.

—¿Por qué no? —me incliné, dejando que mi aliento rozara su oreja, comenzando a abrir su camisa —. ¿Acaso no te gusta?

Un gemido escapó de sus labios cuando mis dedos se deslizaron más bajo, rozando el borde de su pubis. Podía ver su erección palpitando bajo la tela del pantalón, con su cuerpo tenso como un arco a punto de romperse.

—No deberíamos… —intentó de nuevo, pero sus manos se aferraron al los posa brazos, como si temiera que, si las movía, ya no podría controlarse.

—Pero quieres… —afirmé, deslizando mi mano sobre el bulto que se marcaba en su entrepierna—. Lo sé. Lo siento.

Él jadeó, arqueándose levemente hacia mi mano.

—Mamá, por favor…

—Dime que pare —reté, apretando ligeramente su polla —. Dímelo y lo haré.

Calló. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

Y entonces, como una sacerdotisa de lo profano, me arrodillé ante él, desabroché su pantalón y me incliné hacia su erecta ofrenda, empapando mi olfato de ese inconfundible olor, y lo bese delicadamente. El primer contacto de mis labios con su piel lo hizo gemir, un sonido entre el éxtasis y la culpa.

—Dios… —murmuró, hundiendo los dedos en mi pelo, tirando sin querer, como si luchara entre empujarme lejos y atraerme más cerca.

Yo sonreí, saboreando ya no solo su cuerpo, sino su rendición. Porque en ese momento, ambos éramos cómplices de algo que jamás podría confesarse.

Y era delicioso

El glande, rosado y tenso, brillaba bajo la luz tenue del salón, como una fruta madura a punto de ser devorada. Mis labios, curtidos en mil batallas de placer, se cerraron alrededor de su cabeza con la precisión de una serpiente que engulle su presa. Un gemido escapó de su garganta, un sonido que alimentó mi lujuria como leña al fuego.

—Mamá… —jadeó, sus manos aferrándose a los cojines del sofá con fuerza—. No puedo… no puedo pensar cuando haces eso…

—No quieres pensar —corregí, deslizando mi lengua por el surco sensible bajo su glande—. Y no tienes que hacerlo.

Bajé lentamente, sintiendo cada pulgada de su tronco viril deslizarse entre mis labios, mientras mi lengua danzaba sobre las venas que latían con furia. Su piel sabía a sal y deseo, a juventud y pecado. Mis manos, mientras tanto, acariciaron sus testículos, esos guardianes del néctar sagrado, y al rodearlos con mis dedos, sentí cómo se contraían, mientras mi hijo respiraba de forma acelerada.

—Dios… —gruñó, arqueando la espalda—. Así… no pares…

—¿Te gusta? —pregunté, sabiendo la respuesta, pero queriendo oírla, queriendo que la admitiera en voz alta.

—Sí… —susurró, avergonzado pero incapaz de mentir—. Demasiado.

Con los labios aún húmedos por el sabor de su piel, sonreí contra la base de su hinchada polla, sintiendo el temblor de sus músculos bajo mi boca. Mis dedos acariciaron la base de su escroto, apreciando el peso de sus testículos antes de llevarlos a mi boca uno por uno, recorriéndolos con la lengua como si fueran uvas de una vid prohibida. Los chupé con devoción, saboreando la textura aterciopelada, la tensión que acumulaban cuando él contenía la respiración. Cada gemido suyo vibraba contra mis labios, cada movimiento involuntario de sus caderas delataba su desesperación.

Pero no eran sus testículos lo que yo más anhelaba.

Dejé escapar un suspiro caliente contra su piel y ascendí sin prisa, sin despegar mi lengua de ese camino que iba desde la base hasta la punta palpitante. Cuando llegué al glande —hinchado, rojizo, con esa forma tentadora que me recordaba a una fresa madura, me detuve para relamerme los labios, disfrutando del espectáculo. El líquido brillaba en el orificio como rocío, y no pude resistirme.

— Mira cómo me espera — pensé, antes de inclinarme y envolverlo con mis labios, sorbiendo lentamente, como si quisiera extraerle cada gota de su esencia.

Él gritó, un sonido ronco y quebrado, y sus caderas se elevaron del cojín, empujando su carne más adentro de mi boca. Mis manos se aferraron a sus muslos para sostenerlo, para controlar ese ritmo animal que amenazaba con romper mi juego.

— Así no, mi amor — musité contra su piel, clavando las uñas levemente en su carne. — Yo decido cuándo y cuánto.

Pero él no podía evitarlo. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando con una mezcla de súplica y dominio, mientras su voz repetía mi nombre entre jadeos.

— Más… por favor, más…

Y yo, cruel y generosa a la vez, le complací. Devolví mi boca a él, ahogando mis propios gemidos en su piel. Sabía que no tardaría en reventar, en llenarme de ese néctar que tanto deseaba probar. Pero, no me apresuraría.

—Joder… —maldijo entre dientes, los músculos de su abdomen tensándose—. Voy a… no puedo aguantar…

—No lo hagas —ordené, despegándome por un instante solo para ver cómo sus ojos se oscurecían de frustración—. No todavía.

—Pero… —protestó, casi suplicante.

—Shhh… —me llevé un dedo a los labios, manchados de su esencia y apreté su polla con mi mano, con la suficiente fuerza como para que mi hijo se tensara— Esto es mío. Y yo decido cuándo te dejo terminar.

Él tragó saliva, obediente y desesperado a la vez, mientras yo volvía a inclinarme, decidida a extraer cada gemido, cada temblor, cada gota de su rendición. Porque esto no era solo placer.

Era conquista.

Ajusté mis labios alrededor de su miembro con una presión más que estudiada, justo lo suficiente para hacerle sentir el calor húmedo de mi boca antes de descender con determinación. Su carne, gruesa y palpitante, desapareció dentro de mí, empujando más allá del límite donde la mayoría hubiera retrocedido. Pero yo no era como las demás. Mi garganta, entrenada en el arte de la felación, se abrió para él, relajada y obediente, sin un solo espasmo de resistencia.

El contraste era exquisito: la firmeza de su magnífica polla, tan joven y tensa, desvaneciéndose en la profundidad de mi ser, mientras mis músculos se adaptaban a su forma, envolviéndolo en un abrazo sofocante. No había lucha, solo entrega absoluta. Un gemido gutural vibró en su pecho cuando la base de su falo finalmente rozó mis labios, su pubis presionando contra mi nariz con un contacto que olía a deseo puro, a piel joven y a la esencia masculina que impregnaba el aire. Mis pestañas, cargadas de rímel, rozaron su abdomen inferior, dejando un rastro casi imperceptible sobre su piel sudorosa, marcando el territorio que ahora me pertenecía.

Podía sentir cada detalle, el rápido latido de su corazón transmitiéndose a través de las venas de su miembro, la tensión eléctrica de sus músculos cuando sus dedos se enredaron en mi cabello, no para guiarme, sino para anclarse, como si temiera que el placer lo arrastrara lejos de sí mismo. La saliva acumulada en las comisuras de mis labios brilló bajo la luz tenue, mezclándose con el liquido que brotaba de él en pequeñas gotas translúcidas, un anticipo del néctar que pronto exigiría en su totalidad. Los quejidos de mi garganta y el húmedo sonido que provocaba en ella se mezclaban con entrecortados suspiros.

Y entonces, con un movimiento casi imperceptible, me retiré lentamente, sintiendo cómo su piel, sensible y ardiente, se deslizaba contra mi lengua antes de volver a hundirmela, más profunda esta vez, meneando mi cabeza como si quisiera demostrarle que ningún centímetro de él escaparía a mi devoción.

Mis ojos no se apartaron de los suyos, quería que viera cómo su madre se convertía en su devoradora, en su diosa.

—Mírame —ordené con voz ronca, despegándome solo lo suficiente para que las palabras resonaran antes de volver a alojarla en mi garganta —. Mírame mientras te chupo la polla.

—¡Mierda…! —gritó, sus dedos enterrándose en mi pelo con urgencia salvaje—. No voy a… no voy a durar…

—No importa —susurré contra su glande, sintiendo cómo temblaba—. Esta vez no te contengas.

Entonces, comenzó el frenesí.

Mi cabeza se movió con furia salvaje, un ritmo animal que no buscaba placer, sino posesión. Cada descenso de mis labios era un acto de dominación, succionando con avaricia, como si quisiera extraer no solo su semilla, sino su voluntad, su inocencia, su alma entera. Mis uñas, se clavaron en sus muslos con suficiente fuerza para dejar marcas de arañazos, pequeños recordatorios de quién lo había reclamado. No eran caricias, eran sellos de propiedad, señales que gritarían en silencio cada vez que su piel rozara la tela de sus pantalones al día siguiente.

Cada embestida en mi garganta era una afirmación, un «esto es mío». Mi lengua, experta en el arte de la profanación, sobresalía de mi boca haciendo que su glande golpeara la campanilla sin oposición. Él jadeaba, sus músculos estaban tensos como sogas a punto de romperse, sus manos perdidas entre mis mechones, tirando sin control, como si no supiera si quería empujarme más profundamente o alejarme antes de que lo absorbiera.

Y entonces, en medio de aquella blasfemia de jadeos y húmedos gorgoteos—¡oh, sublime catástrofe!—su cuerpo se arqueó, un quejido desgarrador escapó de su garganta con su polla enterrada en la mía. El primer chorro de su semen estalló tan adentro que tuve que tragarlo, caliente y espeso, una oleada de placer y pecado que inundó mis sentidos. El sabor era diferente a todos los demás, más allá de lo meramente físico—era la esencia misma de lo prohibido, la confirmación de mi obscenidad. La textura viscosa se adhirió a mi lengua, a mi paladar, a mis dientes, mientras seguía succionando,

Un gruñido animal escapó de mis propios labios mientras deslicé su polla fuera de mi boca, deleitándome en la forma en que su cuerpo se sacudía, en cómo sus músculos se tensaban bajo mi dominio. Pero no me conformé con su sabor.

Quería más.

Quería ver, sentir, sufrir bajo el torrente de su juventud.

Me retiré apenas lo suficiente para que los siguientes disparos impactaran contra mi rostro. Chorros de un intenso blanco y ardientes salpicaron mis mejillas, mi mentón, mis párpados. Cerré los ojos un instante, saboreando la humillación, la degeneración de verme bañada en el fruto de la virilidad de mi propio hijo.

—Dios… mamá… —jadeó él, mirándome con una mezcla de horror y fascinación mientras su semen goteaba por mi barbilla—. Estás… estás…

—¿Preciosa? —completé con una sonrisa lasciva, pasando un dedo por mi mejilla y llevándomelo a la boca con deliberada lentitud.

Él sonrió entrecortadamente, sus ojos siguiendo cada movimiento de mi lengua limpiando su abundante corrida de mi piel.

—Esto no se termina aquí —murmuré, inclinándome de nuevo para limpiar con mi boca lo que quedaba de su orgasmo en su falo aún palpitante—. Solo es el principio.
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heranlu

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A la Hora de la Siesta - Capítulo 003

Ese día desperté temprano, con el sol colándose entre las persianas como un intruso juguetón e iluminaba mi piel, cálida y provocadora, como si supiera lo que vendría después. El plan era sencillo, vestirme para él. Para ese hombre que, a pesar de ser mi padre, ya conocía cada centímetro de mi cuerpo. Ya habíamos cruzado algunos límites, pero eso no quitaba el placer de provocarlo, de ver cómo su mirada se oscurecía de deseo cada vez que creía que nadie lo notaba.

Elegí los shorts más cortos que tenía, esos que se me clavan entre los cachetes de mi culo con cada paso, dejando al descubierto la piel suave de mis muslos. Sabía que a él le volvía loco cómo el tejido se ajusta a mis curvas, cómo el contorno de mis labios vaginales acogía la costura entre ellos. La camiseta, blanca y fina. Sin sostén, mis pezones duros se marcaban con insolencia, invitando a que sus ojos, o sus manos… o su boca, se detuvieran ahí.

Al mirarme en el espejo, vi a una auténtica mujer. A mis 18 años tenía un cuerpo bien definido, unas hermosas tetas y una cintura ligeramente acampanada que hacía más apetecible mi culo respingón. Sentí un escalofrío húmedo entre mis piernas. Recordé sus manos recorriéndome, su respiración entrecortada en mi cuello la última vez que cedió al deseo. La primera vez que me tuvo entre sus brazos, como una amante y no como a una hija, juró que no volvería a pasar, pero yo conocía su debilidad. Pasé la lengua por mis labios, imaginando su reacción cuando me viera así. Sabía que gruñiría entre dientes, que apretaría los puños para no tocarme. Pero también sabía que, tarde o temprano, volvería a sucumbir. El juego era cruel, pero delicioso. Porque, aunque él llevara mi sangre en sus venas, yo llevaba su obsesión bajo mi piel. Y ese día, otra vez, seria suya.

Observé a mi madre marcharse al trabajo por la ventana de mi habitación, llegó el momento. Cuando descendí las escaleras, sentí su mirada. Mi padre mantenía el periódico entre sus manos, pero al escuchar mis pasos, alzó los ojos con esa lentitud calculada que tanto me excitaba. El papel se tensó entre sus dedos cuando su respiración se cortó al verme. Hice que cada paso fuera una provocación deliberada. Los muslos rozándose levemente, las caderas balanceándose con un ritmo que sabía le volvía loco. El sonido de mis pies descalzos sobre el suelo era el único eco en la habitación, marcando el compás de su creciente tensión. Podía sentir el calor de su mirada recorriéndome, deteniéndose en los lugares que ya conocía demasiado bien.

Me acerqué a él con la lentitud de una depredadora jugando con su presa. Su mandíbula se tensó cuando me detuve justo fuera de su alcance, lo suficientemente cerca para que el perfume de mi piel lo envolviera, pero lejos aún como para negarle el contacto.

—¿Necesitas algo, papi? — pregunté mientras me acercaba un poco más, dejando que mi voz sonara inocente mientras mis ojos le transmitían todo lo contrario.

El periódico crujió bajo sus puños. Sabía que estaba recordando cómo se sentían mis curvas bajo sus manos, cómo gemía cuando nadie más podía oírnos. Y lo mejor de todo era que, sin importar cuánto luchara contra ello, volvería a caer. Como siempre.

Cuando la distancia entre nosotros se volvió estrecha, no dudé. Con un movimiento calculado, me monté sobre sus piernas, deslizándome hasta sentir el contacto de su entrepierna a través del fino tejido que apenas me cubría y noté de inmediato cómo su miembro respondía, esa tensión familiar, esa firmeza creciente que presionaba contra mí con una insistencia que hacía que mi respiración se acelerara. El calor que emanaba de él era casi sofocante. Podía sentir el ritmo de su pulso a través de la tela, como si su cuerpo me hablara en un lenguaje que solo nos pertenecía a nosotros. Jugué con él, rozando mis labios contra su mejilla en un beso que era más provocación que afecto. Mi aliento cálido se mezcló con el olor de su colonia mientras mis dedos trazaban el contorno de su mandíbula, enredándose en su barba con una familiaridad que ya no podíamos fingir que era inocente. Cuando comencé a mover mis caderas sus manos encontraron con ellas, y aunque sus dedos se aferraron con fuerza, no hubo intento de apartarme. Solo ese gesto posesivo, ese silencioso reconocimiento de que, por mucho que luchara contra ello, yo ya tenía el control.

—¿Te gusta cómo me muevo, papi? — susurré contra su piel, sabiendo que cada palabra era un paso más allá del punto de no retorno.

Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios mientras me balanceaba sobre él, rozando deliberadamente cada centímetro de su miembro que me quemaba a través de la tela. Sus ojos me devoraban, las pupilas dilatadas hasta casi borrar el iris. Podía sentir su conflicto, el modo en que su respiración se entrecortaba, cómo sus dedos se clavaban en mis carnes.

Mi cadera se movía con una cadencia hipnótica, la humedad entre mis piernas empapaba el fino algodón de mis shorts, dejando un rastro fantasmal sobre su pantalón.

— Natalia, ¿qué estás haciendo?

Su voz era áspera, rota por una excitación que ya no podía ocultar. Pero yo no tenía intención de darle tregua.

— ¿No lo sabes? — Mis dedos descendieron por mi abdomen, dibujando círculos lentos justo debajo del ombligo, —Estoy aquí, deseando que me arranques esta ropa… que hagas correrme otra vez... como la última vez.

Un gemido escapó de mi garganta cuando presioné mi coño aún más fuerte contra su polla, buscando alivio a la tensión que me consumía.

—Sabes que esto está mal — gruñó, pero sus labios ya buscaban el cuello.

— Deja de fingir que no lo quieres.

Y cuando su boca finalmente se cerró sobre mi boca, supe que había ganado. Otra vez.



Sin darle tiempo a reaccionar, saqué mi camiseta sobre mi cabeza en un movimiento fluido, dejando al descubierto mis pechos firmes. Mis pezones, erectos y rosados, parecían desafiarle, como dos pequeñas llamas que reclamaban su atención.

— ¿Te gustan mis tetas, papi?

Mi voz era un susurro cargado de malicia mientras mi mirada descendía hacia su entrepierna, donde la tensión de su deseo deformaba el tejido de su pantalón. Él no necesitó palabras, sus manos grandes se cerraron alrededor de mis tetas con un gruñido gutural, los dedos hundiéndose en mi carne como si temieran que fuera a escaparme. Un jadeo escapó de mis labios cuando sus pulgares rozaron los pezones, enviando un escalofrío eléctrico hasta el bajo vientre. No pude evitar arquearme hacia él, ofreciéndome sin vergüenza. Sus ojos, oscuros, devoraban cada centímetro de mi piel mientras su boca descendía sobre mi pezón izquierdo con una avidez que me hizo temblar. El calor húmedo de su lengua envolviéndome, los dientes jugueteando justo en el borde del dolor, era una tortura exquisita.

— Así… sigue así…

Mis dedos se enredaron en su cabello, tirando con suficiente fuerza para hacerle gruñir contra mi piel. Cada succión, cada mordisco, hacia que mi coño se mojara cada vez más. Y entonces, justo cuando el placer comenzaba a nublar mi pensamiento, retiré su cabeza con un tirón brusco.

— Papi, te deseo — respiré, disfrutando cómo sus ojos ardían de frustración — Eres mío — dije continuando con mi falso juego de poder, a sabiendas que en algún momento la bestia que habitaba en su interior tomaría el control.



Su erección palpitaba bajo mi coño, presionando contra mis shorts con una urgencia animal que ya no podía contener. Con un gruñido ronco, sus manos me levantándome, volteándome y dejándome caer sobre el sofá con brusquedad mientras levantaba mis caderas al aire. Mis palmas se aferraron al borde de los cojines, con los nudillos blanqueando bajo la presión. Sentí sus dedos recorrer con destreza mis piernas, alcanzando el borde de mis diminutos shorts. La tela se deslizó por mis muslos como una rendición, dejando al descubierto mi coño hinchado y brillante bajo la luz del sol que se filtraba por la ventana. Se arrodilló frente a mí mientras las manos se cerraban alrededor de mis muslos para abrir mis piernas. El aire fresco rozó mi piel sensible, pero nada comparado con el fuego que provocó su aliento al acercarse.

Por un instante que se extendió hasta el infinito, solo existió el peso abrasador de su mirada recorriéndome, estudiando cada detalle: el brillo de mis fluidos en los labios internos, el temblor involuntario de mis piernas, la manera en que mi interior palpitaba, completamente expuesta. Entonces llegó la lengua. No fue un contacto tímido ni exploratorio, fue una toma de posesión. La punta húmeda y hábil se deslizó desde la entrada de mi coño, subiendo hasta el clítoris en un movimiento fluido que me hizo gritar. Su lengua ejercía una presión, firme y constante, dibujando círculos concéntricos que seguían el ritmo de mi pulso. Mis caderas se alzaron por voluntad propia, buscando más contacto, más fricción, más él. Una de sus manos se deslizó bajo mis nalgas, levantándome hacia su boca mientras los dedos de la otra se hundían en la carne de mis muslos, dejando marcas que sabía que durarían horas.

— Qué dulce sabes — murmuró contra mi piel antes de cerrar los labios alrededor del clítoris y succionar con una presión que me hizo ver estrellas.

— Dios… así…

Cada vez que retrocedía, la corriente de aire frío sobre la piel mojada de mi coño me hacía estremecer. Cada vez que avanzaba, su nariz se hundía en el vello púbico, inhalando mi esencia como un animal hambriento. Introdujo dos dedos dentro de mí al mismo tiempo que aumentaba el ritmo de su lengua, supe que no duraría mucho.

— Papi, si sigues así, me voy a correr…

La advertencia salió entre jadeos, pero él solo respondió con una sonrisa perversa antes de alzar la mirada. Sus ojos, oscuros, hambrientos, me atravesaron como un cuchillo.

— Eso es lo que quiero, cariño — dijo con ansia.

Y entonces redobló sus esfuerzos. Su boca se selló sobre mi clítoris, succionando con una intensidad que me hizo gritar. Sus dedos se movían más rápido, más profundo, hasta que el placer se convirtió en una ola imparable que estalló en mi vientre.

El orgasmo me golpeó como un rayo, mientras mis piernas temblaban sin control. Sentí cómo mis fluidos inundaban su boca, cómo sus labios no dejaban escapar ni una gota. Cuando finalmente me dejó caer mis piernas sobre el suelo, jadeando y sensible, se incorporó frente a mí. Su rostro aún brillaba, marcado por los rastros húmedos de mi orgasmo. Su polla, erecta y palpitante, se marcaba en su pantalón ante mí como una tentación imposible de ignorar.

No pude resistirme. Me arrodillé lentamente, como en un ritual, desabrochando su pantalón. Agarré su inmensa polla y la meneé suavemente con mis pequeñas manos. Sintiendo el peso de su mirada mis labios se cerraron alrededor de su glande. El sabor salado y familiar me envolvió, y por un segundo, cerré los ojos, saboreando la perversión y el morbo que esto significaba.

Comencé a moverme con deliberada lentitud, dejando que la punta de su pene rozara el fondo de mi garganta en cada descenso. Mantenía la mirada fija en sus ojos, observando cómo el placer nublaba su expresión, cómo sus músculos se tensaban bajo mi control. Mis labios, expertos ahora, se deslizaban por su longitud, sentía su tronco latiendo en mi boca, succionando con precisión en cada retroceso.

Sus manos se enredaron en mi cabello, no con fuerza, pero con una urgencia que delataba su desesperación. — Más, hija, más…— susurraba.

Su voz era áspera, rota por el deseo, y obedecí. Aceleré el ritmo, tragando más profundo, permitiendo que cada centímetro de él resbalara por mi garganta. El sonido húmedo de mi devoción llenaba el silencio del salón, una evidencia obscena de lo que estábamos haciendo. La perversión y el placer se entrelazaban en mi mente, pero en ese momento, solo importaba una cosa, darle placer a mi padre

Su respiración se fracturaba en jadeos cortos, los párpados pesados como si luchara por mantener la cordura.

— Papa... — dije después de sacar su polla lentamente — quiero que me folles — mis palabras flotaron entre nosotros como un desafío, y por primera vez, vi vacilar en sus ojos esa mezcla de lujuria y culpa que tanto me excitaba.

— Eso no, Natalia. Eso es el límite — dijo él intentando contenerse a sí mismo.

Su voz era firme, pero el temblor en sus dedos al acariciar mi barbilla delataba la mentira. Mi decepción ardía casi tanto como el vacío entre mis piernas, esa necesidad insatisfecha que ahora palpitaba con más fuerza al saber que la última barrera seguía en pie. Pero yo nunca había sido buena aceptando límites.

La maldad en mi interior urdió una nueva idea mientras mis labios seguían deslizándose por sus huevos. — Y si solo lo metes un poquito… en mi culo…— murmuré contra su escroto, sintiendo cómo se contraía bajo mi boca — solo la puntita... — le supliqué.

El silencio que siguió fue como si nos hubiéramos congelado en ese momento. Su cuerpo se inmovilizó, pero no pudo evitar el gemido que le arrancó la imagen que le planteaba.

— ¿Lo quieres de verdad? — La pregunta salió rasgada, como si ya supiera la respuesta. Yo sonreí, lamiendo lentamente la cabeza de su polla antes de responder.

— Sí, papi… solo un poquito — suplique de nuevo, poniendo cara de niña inocente.



Sus ojos me atravesaron con una intensidad que hizo que el aire se espesara entre nosotros. — Ven aquí — ordenó, y su voz, grave, cargada de una autoridad que ya no era paternal, me hizo estremecer. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca con una firmeza que no admitía discusión, guiándome hacia la silla donde la madera caliente se pegó a mi piel desnuda.

Detrás de mí, sus manos exploraron mis nalgas con una lentitud tortuosa. El contacto de sus yemas en mi piel sensible me arrancó un gemido. — ¿Estás segura? — preguntó.

Giré mi cabeza, abrí mi culo con mis manos, exponiendo completamente mi virginal ojete y esa fue todo lo que necesito saber. Sus labios encontraron primero mis nalgas, besándolas suavemente, casi reverencial, antes de que su lengua dibujara un camino húmedo hacia el centro de mi culo. Lo lamió, escupió en él y lo acarició con sus dedos mientras yo me retorcía

— Shhh… relájate — murmuró cuando di un respingo al sentir su dedo penetrándome con paciencia. Uno, luego dos, moviéndose en círculos que alternaban entre la dulzura y una presión que me hacía arquear la espalda. Cada rotura de resistencia en mi estrecho ano era una victoria para él, cada gemido mío un tributo a su dedicación.

Y entonces, cuando creí que no podía soportar más la tortura de sus dedos, lo sentí, la cabeza de su miembro, gruesa e implacable, presionando contra mi estrechez.

— Solo un poquito — susurró, pero ambos sabíamos la mentira que encerraban esas palabras.

El mundo se redujo a ese instante, a ese desgarro dulce cuando el primer centimetro de él se hundió en mi interior. Un grito ahogado se escapó de mis labios, mezcla de dolor y placer, mientras mis uñas se clavaban en el respaldo de la silla.



— Papi... — suspiré.

La punta de su miembro se abrió paso con una lentitud exquisita, expandiendo mi recto en una danza de dolor y placer. Un grito ahogado se escapó de mis labios, pero seguí moviendo las caderas, rogándole sin palabras que me llenara por completo. Cada centímetro que cedía era una victoria, cada gemido suyo una sinfonía que alimentaba mi obscena devoción.

Solo había penetrado la mitad, pero ya sentía que mi cuerpo se fracturaba. Una presión brutal, invasiva, que distendía cada fibra de mi interior con una mezcla de dolor y éxtasis que me hizo gritar. — Espera… papá, no puedo… basta…— mis palabras salieron entrecortadas, mientras apretaba mis dientes a causa del dolor.

Pero él no detuvo su avance.

Su polla, implacable, siguió abriéndose camino dentro de mí, el roce áspero de su piel quemaba mi culo como un hierro al rojo vivo. Cada centímetro era una agonía, que me hacía gemir entre lágrimas y saliva. Me giré hacia él, el sudor pegando mis mechones al rostro, la boca entreabierta en un jadeo perpetuo. Busqué en sus ojos un rastro de piedad, de ese amor paternal que alguna vez creí genuino. Encontré solo bestialidad.

Sus pupilas, dilatadas y oscuras, brillaban con un hambre primitiva. Una sonrisa retorcida se dibujó en sus labios al ver mi sufrimiento. — ¿Todavía duele, hija? — me preguntó. Sus caderas empujaron otro centímetro, arrancándome un quejido desgarrado.

— Sí… papá… por favor… para…— Mis súplicas sonaban huecas, incluso para mí. Sabía que no me escucharía. La bestia había salido de su jaula, y ahora solo quería saciarse.

Y yo, atrapada entre el dolor y la humillación, sentí cómo mi cuerpo empezaba a traicionarme… adaptándose a su tamaño, aprendiendo a disfrutar lo que nunca imaginé que sería capaz.

Mis pensamientos se reducían al movimiento implacable de sus caderas, cada embestida una afirmación de dominio que resonaba en mi ser. El dolor agudo y candente, se entrelazaba con un placer incipiente que ascendía por mi espina como líquido fuego. — ¿Lo ves? — jadeó, mientras abría mis nalgas con sus manos — cómo tu cuerpo te traiciona, aunque tu boca proteste — añadió dándome una sonora nalgada.

Una lágrima cálida trazó un camino hasta mi mentón, mezclándose con el sudor y la saliva. — Sí, papá — gemí, sorprendida por cómo mis caderas comenzaban a moverse al unísono con las suyas.

— El dolor… ¿aún sigue ahí? — preguntó retirándose casi por completo sólo para hundirse de nuevo con cruel deliberación.

— Me destroza — confesé entre gritos, pero mis uñas se clavaron en sus muslos impidiéndole alejarse — pero no pares… por favor… — supliqué.

Una risa macabra escapó de su garganta cuando aumentó su ritmo, transformando cada embestida en una declaración de posesión absoluta. Su falo, ahora completamente hundido en mi culo, se movía con ferocidad, con una fuerza que hacía crujir la silla. Ya no era solo el dolor físico lo que me estremecía, sino la conciencia brutal de mi propia degradación convertida en un increíble placer.

— Más... quiero más... papi — supliqué, y mi voz sonó desconocida para mí, rota por una necesidad animal que superaba cualquier atisbo de decencia. Él respondió con una fuerza implacable que hacía temblar los cachetes de mi culo. Las paredes resonaban con el impacto rítmico de nuestros cuerpos.

Mis músculos ya no se resistían, se adaptaban, se rendían en una sucesión de espasmos que me arrancaban gemidos entrecortados. Podía sentir cada vena, cada pulso de su polla abriéndose camino dentro de mí, remodelando mi recto. El dolor se había transmutado en algo más complejo, una mezcla de vergüenza, sumisión y placer prohibido que me hacía arquear la espalda en busca de mayor contacto. Sus manos, ancladas a mis caderas como grilletes, me empujaban contra él con cada movimiento, mientras sus gruñidos se mezclaban con mis sollozos de placer. En ese instante, embriagados en el éxtasis de nuestra transgresión mutua, ya no éramos padre e hija, sino simples criaturas esclavas del deseo más oscuro. Mis dedos descendieron por mi abdomen hasta encontrar mi coño palpitante entre mis piernas. El clítoris, hinchado y dolorosamente receptivo después del primer orgasmo, respondió al contacto con una sacudida eléctrica que me hizo arquear la espalda. Me acariciaba con frenesí, cada círculo preciso de mis yemas alimentando el fuego que su polla avivaba en mis entrañas. Mi otra mano se clavó en el respaldo de la silla, aferrándome a ella para no caerme con cada embestida que me empujaba más cerca de un nuevo orgasmo.

— ¿Te gusta, hija? — Me preguntó, sus labios rozaron mi oído haciéndome estremecer.

— Sí, papá, me encanta — gemí, sin poder controlar el intenso placer que ahora me envolvía.

Sus movimientos, al igual que mis dedos se aceleraron.

— ¿Dónde quieres que me corra? — preguntó entre jadeos

—Dentro… dentro de mi culo — supliqué, deseando sentir el calor de su semen llenándome, llenándome por dentro.

— ¿Así de puta te has vuelto? — Dijo riéndose. Su risa era oscura, cargada de una mezcla de asombro y admiración perversa.

— Sí, papá. Tu puta… quiero que me llenes, que me reclames como tuya — confesé sin pudor, en un acto de rendición total.

Su ritmo se volvió frenético, cada embestida más profunda, más brutal, como si intentara sacar su polla por mi vientre. El dolor se intensificó, mi culo se había estirado hasta límites que nunca imaginé posibles. — Por favor… córrete dentro de mí — rogué a punto de desvanecerme.

Su miembro me embistió una última vez, sentí la punta rozando en los más profundo de todo mi ser. Cuando el primer chorro de semen caliente llenó mi recto, un intenso orgasmo eclosionó acompañado de un grito que escapó de mis labios. Sus manos fuertes me aferraron contra él mientras vaciaba cada gota de su semen en mis entrañas. Mi cuerpo respondió con contracciones involuntarias, como si quisiera retenerlo para siempre, absorber cada partícula de su ser. Él gruñó, empujando unas embestidas finales, cada movimiento enviando oleadas de placer mezclado con un dolor exquisito a través de mi columna vertebral. Cuando al fin se retiró, un hilillo de nuestros fluidos mezclados descendió por mis muslos, manchando la silla con la evidencia de nuestro pecado. Él se dejó caer en el sofá, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, con su miembro aun palpitando.

— Mira lo que me hiciste hacer — murmuró, señalando mi culo totalmente abierto con una mezcla de reproche y orgullo.

— Lo siento, papi — dije sabiendo que ninguno de los dos lo lamentaba mientras mis dedos jugaban con el semen que escaba de mi ojete.

Lentamente, me arrodillé ante él. Mis labios se cerraron alrededor de su glande aún sensible, limpiando cada rastro de nuestra obscenidad con lentitud deliberada. Sus gruñidos de placer eran música para mis oídos.

— ¿Te gustó, hija? —

— Más de lo que imaginé — confesé mientras lamia su tronco.

— ¿Quieres que esto vuelva a pasar? — me preguntó, mientras sus dedos se enredaron en mi cabello.

Miré hacia arriba, atrapando su mirada con la mía — Todos los días, papi — le contesté antes de tragarme su flácida polla por completo.
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