Vestida con el Uniforme del Colegio de Monjas

heranlu

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Mis padres me dejaban trastear por el bar cuando era pequeña. Decían que un día sería mío y por eso cuando salía del colegio servía mesas y hacía cafés.

A los clientes les hacía gracia que les sirviera vestida con el uniforme del colegio de las monjas. Y de aquel uniforme lo que más les gustaba era el largo, o corto, de la faldita a cuadros escoceses en verde, blanco y negro, con calcetines largos hasta casi las rodillas.

Yo lo sabía y me lucía en posturas para que se calentaran viendo mis delgaduchas piernas. Esperaba que alguno ladeara la cabeza para verme las bragas.

-Blancas - oí decir a mi espalda cuando me inclinaba sin doblar las rodillas para coger un papel que tiraron a adrede.

Me gustaba el grupito de jubilados que se quedaban hasta el cierre. Con un moscatel o un culín de vino de la casa echaban la tarde. Mis padres se ponían de los nervios, pero yo estaba encantada de tener público mientras barría al bar, limpiaba el sobre de las mesas estirándome para llegar al otro extremo, levantando una pierna para enseñarles lo que se viera.

Cuando llegaba del colegio mis padres se iban a sus quehaceres. O sea, mi padre a beber con los amigos y apostar lo que mi madre le dejaba en la caja. Ella iba directa a casa para esconder las ganancias.

Era entonces cuando me servía un vaso de leche con Cola Cao y unas galletas. Ellos esperaban aquel momento en que me sentaba en una mesa, a una distancia calculada, para que me pudieran ver las bragas cuando abría las piernas. Las abría despacio, de par en par, mientras untaba la galleta en el Cola Cao. A los abuelos se les salían los ojos de las órbitas ojos enfocando el triángulo blanco que aparecía y desaparecía al ritmo de mis piernas.

Para calentar más a los abuelos daba un par de vueltas a la cinturilla de la falda del uniforme. El largo menguaba cinco dedos y a algún abuelo se le alargada unos milímetros. Era feliz mostrando mis bragas.

Julián, el viejo amigo de mi abuelo, se tomaba ciertas libertades.

-Mari, ven guapa, ven con tu abuelo Julián - decía dándose palmadas sobre las piernas para indicar dónde quería que me sentase.

Cuando me sentaba entre sus piernas notaba cómo se le movía la polla debajo de mi culo. Nos gustaba a los dos.

A sus compañeros de se les hacia la boca agua al ver los ojitos que ponía mi abuelo postizo.

- La Mari lleva algo pegado en la camisa - decía Cesáreo, para que la mano de Julian rozara mi pecho. Yo me erguía y sacaba todo el pecho que podía, que no era mucho en aquellos días. La mano de Julian se apoderaba de uno de ellos, daba igual el que fuera, mientras me lo sobara.

- Parece una mancha- le decía yo sin dejar de mirar aquella

mano potente

-Frota fuerte, hasta que desaparezca, Julián.

El viejo era muy obediente.

Otro espabilado del grupo era Miguel. Fue teniente de alcalde en no sé que año.

Cuando mi padre bajaba al almacén, Miguel siempre me pedía una copilla de aquel licor que tanto le gustaba. El del último estante.

-Señor Miguel, sería tan amable se sujetarme. Me da miedo subir a la escalerilla.

Mentía. Lo decía porque cuando estaba en el quinto escalón me levantaba sigilosamente la falda para que él en primera fila, y sus compañeros que acudían como pirañas, me vieran las nalgas, ya que al coger la escalerilla me metía las bragas entre la raja del culo.

Esperaba hasta que soltara la tela para descender con la botella en la mano.

En ocasiones simulaba un traspié, que él ya esperaba, para que me agarrara por donde más le apeteciera.

Si no llevaba sujetador, que solía ser muy a menudo, me agarraba por los pechos y yo esperaba ser agraciada por su amabilidad. Me dejaba manosear hasta que oía la puerta del almacén.

Mis padres no tardaron en separarse. La bebida y el juego fue la causa.

Una noche, cuando cerré el bar, después de que los abuelos me hiciesen correr como una cerda, entró mi padre y acercándose con cara de poseído me dijo:

-Quiero que te sientes en mis piernas para tocarte las tetas como hace Julián.

Estaba tan bebido que pensé que si me negaba me daría una paliza.

Cuando me iba a sentar en sus piernas me levantó la falda. Me dejé caer despacio y él metió las manos por debajo de mi camisa. No llevaba sostén y comenzó a manosearme las tetas. Noté cómo su erección apretaba mis nalgas. Apresaba los pezones diciéndome:

-Los tienes tiesos, como tu madre. Puerca, más que puerca.

Esos insultos me excitaron más aún de lo que estaba. Su polla abultaba tanto que me levantaba. Me moví para que encajara en mi coño. Él lo notó y comenzó a moverse despacio hacia delante y hacia atrás. Le seguí a contra ritmo apretando el coño a su polla.

Dejó de tocarme las tetas y cogiéndome por la cintura me levantó lo justo para sacarse la enorme polla y la restregó por mi coño.

-Estas empapada, guarra. Eres más puta que tu madre- decía mientras restregaba su capullo en mi clítoris.

Me la metió y yo saltaba sobre ella hasta que se corría dentro de mí. Hacía que me arrodillara entre sus piernas y se la chupara limpiando mis flujos y sus restos de corrida. He de decir que me encantaba chuparle la polla a mi padre.

Aquella fue la primera vez que lo hicimos.

Le dije que o dejaba la bebida o no me follaría más. Dejó el juego pero siguió bebiendo.

Una noche, después de follarme duro, propuso que me acostara por dinero.

-A ti te gusta que te follen y a mí ganar dinero. Es el binomio perfecto – dijo encendiendo dos cigarrillos a la vez.

Le pregunté con quién me tenía que acostar. Dijo que el quién era lo de menos. Lo que le importaba era el dinero.

Acepté con la condición de que él estuviera presente y si le apetecía podría participar.

Desde entonces solemos hacerlo a menudo al cerrar el bar.

Venían a follarme amigos suyos, compañeros del trabajo, incluso los maridos de las amigas de mi madre. Esos últimos me habían visto nacer y les daba mucho morbo follarme vestida de colegiala.

¿A quién no le gustaría follarse a una colegiala?

Pasaban los años ya aquella niña fácil, provocadora, caliente, y porqué no, puta, le crecían los pechos, las caderas se le torneaban y Julián seguía diciendo que me sentara en sus piernas. Lo seguí haciendo muy gustosa. Ahora era yo quién le indicaba donde tenía la mancha.

Ya no llevaba el uniforme del colegio, ahora eran unas minifaldas de escándalo. Algunas de tablilla, otras de licra, que suben solas. Vestidos sueltos y cortos para que me metieran la mano con facilidad. Con escotes desbocados que al señor Miguel le ponen la polla dura.

Cuando mi padre llegaba al bar por la tarde yo aprovechaba para darme una ducha y prepararme para los abuelos. Me vestía para darles morbo, sin bragas ni sostén y perfumada.

Le dije a mi padre que los jueves, a las ocho, bajara al almacén para que el señor Miguel, sin perder la costumbre, me pidiera una copilla de aquel licor del último estante.

Ahora cuando estaba en el último peldaño, Miguel, con toda libertad, me subía la falda y me lamía la raja del culo, besaba las nalgas, luego yo me las separaba para que su lengua se moviera libremente.

Me lamia el agujero con vicio, hacía presión hasta meterme la lengua dentro.

Los tres amigos que le quedaban movían la mano por dentro del pantalón.

En una de aquellas ocasiones, mi padre, al salir del almacén me vio subida a la escalera con la cabeza del señor Miguel metida entre mis nalgas.

Al ver aquella escena se escondió. Oí la carraspera que emite cuando está nervioso. Le busqué y descubrí su sombra detrás de una columna.

Exageré los suspiros de placer y alcé la voz diciendo

-Así, así. Méteme la lengua más a dentro, amor mío.

De detrás de la columna vi aparecer medio cuerpo de mi padre que prefirió que le descubriera a perderse la imagen de su hija con la lengua del cliente metida en el culo.

-Julián, ¿quieres tocarme las tetas?

El amigo de mi abuelo estaba ya muy mayor, pero a mis pechos nunca se les dice que no.

Mi padre ya tenía la polla en la mano cuando llegó Julian. Me incline hacia adelante para que mis tetas estuvieran a la altura de su boca. Las besó primero. Mordisqueó mis pezones haciendo que mi coño soltara una descarga que inundó la boca del señor Miguel.

Vi como brotaba la leche de mi padre. Se seguía pajeando mientras soltaba borbotones de lefa.

-Que lástima desperdiciar esa leche. Me encanta jugar con ella- me decía a mí misma mientas el señor Miguel se limpiaba mis flujos de su cara relamiéndose los dedos.

Julian, en voz casi inaudible me dijo:

-Mari, guapa, me podrás mojar la cara a mí también.

Cerré el bar y me quedé a solas con mi padre. Supuse que al haberse corrido, no le apetecería pegarme un polvo.

Me sobresaltó que golpearan la persiana de la entrada.

Mi padre me miró con una sonrisa de gánster. Al preguntar quién era a aquellas horas, mi padre contestó:

-Son unos amigos que vienen a conocerte, Mari. Y pagan bien.

Eran cuatro. A cual más cerdo. Mi padre les puso como condición, mientras se guardaba las doscientas mil pesetas, que él estaría presente.

Sentado en una silla, mi padre disfrutaba de ver cómo sus colegas se follaban salvajemente a su hija.

Cuatro pollas de diversos calibres me dieron por detrás y por delante. Dos terminaron en mi garganta, uno en mi culo y el otro en el coño.

Cada semana recibía a más de diez clientes. La caja subía y yo disfrutaba. Mi padre se pajeaba mientras se corrían en mi boca y cuando quedábamos solos me solía pegar un buen polvo.

Pero yo disfrutaba más con los abuelos, clientes de toda la vida que con gente de más joven. Me hacían sentir importante, única.

Recuerdo que ya cumplidos los diecisiete, una tarde de verano, me puse un vestido liviano, amarillo con flores pequeñas en rojo. Era de tirantes y muy escotado. Corto a medio muslo y con mucho vuelo.

Como cada tarde no me puse sujetador ni bragas.

Julián, el señor Miguel, Cesáreo y Sixto eran los asiduos del tapete. Aquella tarde la partida se veía reñida. Los cuatro jugadores tenían espectadores. El público era clientela habitual también. Como ellos, jubilados de poco beneficio para la casa pero yo me lo pasaba de muerte poniéndoles a cien.

El vestido era para ganar más dinero. A cada copita de licor que me pedía un jugador, al servirla me inclinaba lo necesario para que el escote se abriera al máximo el y enseñarle el pecho. Al poco me pedían otra copita de lo mismo y les volvía a enseñar lo que tanto les gustaba ver.

Si un espectador me pedía algo de detrás de la barra, me estiraba para llegar al estante del licor que pedía, haciendo que el vestido fuera descubriendo lo que guardaba debajo. Casi siempre me equivocaba y tenía que volver a enseñarle el culo. Les gustaba venir a mi bar. Y a mí que vinieran.

Me llamó el señor Miguel. Cuando me puse a su lado pasó una mano por la cintura atrayéndome hacia él. Pidió un café con una copilla de aquel licor del último estante. Entró bajo el vestido subiendo por el muslo y me apretó la nalga diciendo:

-Señores Mari necesita un voluntario para que le aguante la escalera.

Los cinco espectadores corrieron al interior de la barra. Me hice de rogar. Entré en el servicio y me tardé unos minutos. Al salir vi la escalera y a los abuelos que la rodeaban.

Subí hasta el quinto peldaño sorprendiendo a los que se esmeraban por mirarme el culo en lugar de aguantar la escalera.

Nadie se atrevió a comentar que no llevaba bragas y que no tenía pelos ni el culo ni el coño.

En el último escalón me agarré las nalgas con las dos manos y las separé a la vez que incline el tronco hacia delante y meneé las caderas.

Me abrí para que vieran lo mojada que estaba. Se hizo corto el minuto pero solté las nalgas y cogí la botella.

Al descender, muy despacio, tuve la desfachatez de preguntar, sin girarme:

-¿A quién le gustaría tocar por ahí dentro?

Noté un revuelo y varias manos posándose en mí. Saqué culo y separé piernas.

Ahora sentí cómo entraban dentro. Por delante y por detrás. A la vez me acariciaban las nalgas, los muslos y alguno me tocaba las tetas por debajo del vestido.

Era feliz. Me mojaba y suspiraba. Unos dedos hábiles hicieron que me corriera.

Minutos después oímos la voz del señor Miguel:

-Mari, guapa, ¿Qué estás haciendo, que no te acuerdas de mí?

Cuando le dejé la consumición me puso la mano por debajo del vestido y acariciándome el muslo subió hasta acariciarme las nalgas. Separé las piernas. No tardó en pasar dos dedos por los labios. Yo estaba chorreando y los mojó dentro de mí. Se los llevó a la boca y dijo:

-Este licor me gusta más. El próximo que te pida me lo pondrás de ese.

Últimamente el señor Miguel estaba muy picarón. Su mano subía por mis piernas cada vez que me acercaba a él. Me ponía a mil sentir la mano del abuelo recorriendo el interior de mis muslos y rozar mis labios.

Sixto, que se sentaba a la derecha del señor Miguel, vio como me metía la mano por dentro del vestido y luego se los chupaba, se atrevió a pedirme que le sirviera otro de lo mismo.

Cuando le dejaba la copa en la mesa noté su mano que subía por mis muslos.

Sixto no podía ser menos que el señor Miguel y separé también las piernas para darle permiso. Me acarició los labios con mano trémula. Le ayudé removiendo ligeramente las caderas.

El señor Miguel observó mis movimientos y ladeando la cabeza descubrió el motivo. Sonrió y dijo:

-A Sixto le van a resbalar las cartas de la mano.

Tres de los espectadores se acercaron a Sixto que aún se perdía dentro de mí.

El de más edad me levantó el vestido y apareció el brazo de Sixto entre mis piernas y la mitad de su mano dentro de mí.

Los que vieron cómo me follaba con media meno guardaron silencio.

Julián y Cesáreo, inmersos en una conversación, no se enteraron de nada.

Una noche, casi a la hora de cerrar, estaba barriendo el bar y colocando las sillas sobre las mesas para fregar el suelo cuando los cuatro de siempre, que estaban apurando la última ronda y viendo cómo me agachaba con las piernas abiertas para recoger algún papelito.

Cuando abría las piernas me subía el vestido y miraba a la mesa para comprobar que me veían.

Me excitaba tanto enseñarles la raja en aquella postura que no podía reprimir las ganas de tocarme. La mano bajó para buscar mi tesoro cuando el señor Miguel me cortó el rollo al decir:

-El otro día vi una película porno.

Todos se rieron y Julián le dijo:

-Mira que eres pillo. Nunca cambiarás Miguel.

-Dejarme hablar – decía - Será que vosotros no veis porno, carcamales. Estáis todo el día con el móvil de los cojones babeando con el porno.

Total que la historia era que unos amigos juegan a cartas en casa de uno de ellos y se juega a su mujer.

-Y eso ¿qué tiene que ver con nosotros? – Dijo Sixto.

-Pues que me gustó la idea de jugarnos algo así.

-Pero si ninguno ya tenemos mujer. Estamos todos viudos.

-Ya. No sé cómo explicarlo – decía el señor Miguel.

Interrumpí diciendo -Yo si sé lo que quiere decir, señor Miguel.

Me levanté y fui a la barra a por bebidas. Regresé con una botella de coñac y una de anís.

-¡Sol y sombra para todos! – dije sirviendo las copas. – Lo que quiere conseguir es un juego erótico. Que el que gane una mano tenga un premio y quien gane la partida un premio mayor. ¿Es eso señor Miguel?

-Sí. Eso es, Mari. Tú sí que me entiendes – dijo guiñando un ojo a la vez que me lanzaba un beso.

-¿Pero qué premio sería? –preguntó Julián.

Me levanté de la silla y giré sobre mí dando un par de vueltas para que volara el vestido. Me lo vieron todo y dije:

-El premio seré yo.

Quedaron mudos y blancos. De un sorbo vaciaron las copas.

-Podemos hacer una partida de prueba – añadí poniendo cara de niña picarona chupándome un dedo.

Se miraron entre ellos y Cesáreo sacó las cartas del bolsillo y barajó.

La mano la ganó Julián, a quien le gusta decir que es mi abuelo.

-¿Y ahora qué? – preguntó Julián.

Me puse a su lado, me tumbé sobre la mesa con una pierna apoyada en el suelo y la otra en el mármol quedando de culo a él. Me subí el vestido hasta la cintura. Con las dos manos separé las nalgas dejándolo todo a la vista y le dije:

-Este es su premio. Puede tocarlo, meter la lengua, los dedos. Es todo suyo durante dos minutos.

-Nadie se puede levantar. El premio es sólo para él – añadí.

Los cuatro quedaron petrificados.

Julián dijo que desde que me vio subida a la escalera con la cara del señor Miguel empapada de mis jugos, se moría de ganas por que le pasara a él.

-Pues ya sabe. Disfrúteme y me correré en su cara, abuelo Julián.

Julián me lamió, entró con varios dedos y yo le ayudé a correrme. Le llené la cara y con la lengua le limpié mi corrida. A todos les gustó que me comiera mis jugos.

Aquella mano sirvió para confirmar el inicio de un campeonato. Se jugaría los martes a las 22 horas a puerta cerrada.

A petición de los jugadores, nunca podría usar ropa interior.

Me ofrecía como premio sólo al ganador.
 
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