Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulos 001 al 006

heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 001


Me llamo Sonia y tengo 45 años. Lo que voy a relatar ocurrió hace 15 años en Llafranc, un pueblecito de la Costa Brava durante unas vacaciones de verano.

Mis padres me cedieron en herencia una casita de pescadores ubicada sobre un pequeño acantilado y con un camino particular a través del cual se accedía a una pequeña cala. La casita en cuestión, cuando ellos la adquirieron la bautizaron como Cala Rodona, puesto que el diminuto trozo de playa con arena se parecía a una plaza de toros rodeada de rocas y con un pequeño estrecho para acceder a mar abierto. La playa en cuestión no llegaba a 20 metros de diámetro, la mitad de la cual estaba cubierta de agua con una profundidad máxima de metro y medio. Era el lugar ideal para disfrutar de unas vacaciones íntimas en familia.

En aquel verano del 2000, las circunstancias familiares eran un tanto complejas, intentaré describirlas para poneros en situación. Mi marido, Daniel acababa de salir del hospital y se estaba recuperando de las secuelas producidas por un accidente de moto. En dicho accidente se fracturó las dos caderas y la pelvis. Durante todo un año los médicos lo estuvieron recomponiendo y fue un auténtico calvario entre hospital, operaciones y sesiones de recuperación.

Aunque no estaba del todo restablecido, los médicos consideraron oportuno que este verano lo pasara fuera del hospital, a poder ser cerca del mar para ver si así acelerábamos la recuperación.

En cuanto a nuestra vida de pareja, era un tanto complicada, puesto que desde el accidente, nada de nada: El ambiente hospitalario, las operaciones y las duras sesiones de recuperación no propiciaban el ambiente adecuado para el sexo. Desde el fatídico accidente, Daniel no había conseguido una erección, no obstante, los médicos lo atribuyeron todo a las operaciones y a la fuerte medicación a la que era sometido. Con el tiempo no dudaban que su cuerpo volvería a la normalidad.

Nuestra situación económica, sin llegar a ser demasiado boyante, la teníamos resuelta. El dinero bien invertido de una herencia recibida nos reportaba una renta mensual equiparable a un buen sueldo, por lo que, en este sentido, el accidente no había trastocado significativamente nuestra economía.

Habida cuenta que íbamos a pasar todo el verano en Cala Rodona, y, dadas las limitaciones de Daniel, nos trajimos a mi hermano Juanque para que me me ayudara en las tareas más difíciles de la casa, así como, por si fuera preciso, ayudar a Daniel. Juanque, de 18 años, vivía con mis padres en un pueblecito del interior, le gustaba mucho el mar pero no tenía demasiadas oportunidades para salir del pueblo. Aquellas vacaciones serían para él algo inolvidable.

Aunque éramos como hermanos, Juanque era hijo adoptivo. Mis padres, tras muchos intentos infructuosos de conseguir un segundo hijo, optaron por la adopción. Juanque llegó a casa con 3 años, y todos lo recibimos con mucha alegría. Coincidió su llegada con mi marcha a Barcelona por motivos de estudios. Cuando a los 22 años finalicé la carrera, encontré trabajo en un gabinete de abogados de Girona y allí trasladé mi vivienda. La relación que habíamos mantenido con Juanque se había limitado a mis visitas esporádicas al hogar de mi infancia. Últimamente teníamos más contacto gracias al correo electrónico y al messenger.

Para acabar de redondearlo y para que Juanque no se aburriera con nosotros, invitamos también a los dos sobrinos de Daniel: Santi, de la misma edad que Juanque y el pequeño David de 14 años.

Una vez instalados en Cala Rodona, organizamos todo para disfrutar de un buen verano, con la esperanza de que Daniel se recuperara lo más pronto posible de sus lesiones para que nuestro matrimonio volviera a la normalidad y de que los chicos disfrutaran de unas buenas vacaciones.

Cala Rodona disponía de tres habitaciones, la de matrimonio que utilizábamos Daniel y yo y las otras dos estaban ocupadas, una con dos camas en la que dormían los dos sobrinos de mi marido, David y Santi y otra más pequeña que ocupaba mi hermano Juanque. Disponíamos también de un cuarto de baño que utilizábamos principalmente Daniel y yo puesto que quedaba dentro de nuestra habitación, aunque también tenía una puerta que daba al pasillo. En cuanto a la cocina, comedor y sala de estar, estaba todo en una misma pieza, creo que se denomina cocina americana. Disponíamos también de una gran terraza con vistas al mar desde la cual se accedía por un camino de rocas hasta la pequeña cala. En uno de los extremos de la terraza teníamos una pequeña caseta con una ducha que utilizábamos para eliminar los restos de arena de la playa y así evitar ensuciar el baño y la casa.

Como vivíamos lejos de Llafranc, destinábamos una tarde a la semana para hacer las compras y reponer así nuestra despensa.

La jornada, habitualmente se iniciaba más o menos a las 10, hora del desayuno, y posteriormente yo misma asignaba a cada uno de los chicos las tareas a realizar: fregar los platos; hacer las camas; fregar el suelo y sacar la basura, que se depositaba en un bidón del municipio situado a unos 100 metros de la casa y que los empleados municipales recogían cada dos días.

La limpieza del cuarto de baño y preparar la nevera con el hielo y las bebidas que nos bajábamos a la playa eran tareas que yo efectuaba. Daniel, al que no le gustaban ni el sol ni el agua de mar se encargaba de preparar la comida y tener la mesa preparada para el mediodía. Teníamos una primera sesión de baño por la mañana, después del desayuno y otra por la tarde, después de la comida y de una buena siesta.

A media tarde finalizaba la jornada de playa. Tocaba ducha, merienda, y tiempo libre para los chicos mientras que Daniel y yo preparábamos la cena. Después de cenar acostumbrábamos a ver alguna peli del vídeo y luego, a media noche más o menos, todo el mundo a la cama.

En Cala Rodona no teníamos aire acondicionado, y en las habitaciones hacía mucho calor. Antes de acostarme y para dormir más fresca, acostumbraba a darme una ducha de agua fría Habían transcurrido solamente tres días desde el inicio de nuestras vacaciones y estaba yo en el baño cuando Daniel, desde la cama me comentó:

- ¿Sabes, cariño que los chicos no te sacan los ojos de encima? -

- Pero, ¿qué me dices?, no, no me había dado cuenta - le respondí.

- No sé qué les das, pero los tienes como pajaritos, comiendo de tus manos.

- No seas exagerado, Daniel, no será para tanto.

- Que si, tú fíjate y ya verás como no exagero.

- Bueno, a partir de mañana ya me fijaré.

Las palabras de Daniel me hicieron reflexionar, y observé que no le faltaba razón: desde que nos instalamos los cinco en Cala Rodona no había sido preciso discutir con ninguno de ellos. Todo lo que les pedía lo hacían sin rechistar, incluso las tareas más desagradables como tirar la basura, pasar la escoba o fregar los platos. ¡Un tanto extraño en niños de esta edad!.

- Si, cariño, los chicos están muy amables, me ayudan mucho en las tareas de la casa.

- No, mi vida, no me refería precisamente a esto que tu comentas - me soltó Daniel.

- ¿Ah, no te refieres a esto? Entonces, Daniel, si no te explicas…. - le comenté.

Daniel siguió:

- Me refería a que están todo el día revoloteando a tu lado, pendientes de ti, en especial cuando bajáis a la playa. Ya sabes que no tengo nada que hacer en todo el día, y que desde aquí arriba, con mis prismáticos, observo todo lo que ocurre a tu alrededor.

- Me estás diciendo, Daniel, que los chicos revolotean a mi alrededor porque yo les …..

Daniel acabó la frase que yo había iniciado - Si, cariño, les pones.

- Pero ¿cómo que les pongo? Esto no es posible, yo soy su tía y hermana.

- Eres su tía y hermana, si, de acuerdo, pero lo uno no quita a lo otro. Los chicos están en una edad en que lo único que tienen en la cabeza es o jugar a la Play o matarse a pajas. Y contigo todo el día a su lado en biquini o ligerita de ropa, pues… de Play, poco.

- Pero, ¡Qué bestia eres, Daniel!

- No exagero, Sonia, además, supongo que los chicos saben que hace un año que no podemos hacer el amor. Esto añade un punto de morbo al asunto. Saben que estás mal follada y que estás necesitada de una buena verga, y esto seguro que les pone, y no poco.

Daniel me contaba todo aquello, pero no enfadado, no, todo lo contrario. Juraría que lo decía con cara de vicio.

- ¿Me estás diciendo, Daniel, que te pone que los chicos se exciten conmigo?.

- Pues si, es verdad, me excita, aunque todavía no sé cómo canalizar esta excitación. Me siento a gusto y es agradable. Es cuanto puedo decirte.

- Estás enfermo, Daniel, no me creo nada.

- Mira, Sonia, ya sabes que mi polla en este momento, nada de nada. Con el tiempo ya veremos, pero mi mente funciona a las mil maravillas. Estos días, desde aquí arriba vengo observando que cuando estáis en la playa, los chicos tienen un comportamiento fuera de lo normal. En vez de jugar a la pelota, al tenis, o hacer aguadillas, están siempre a tu lado. Si tú te bañas, se bañan contigo. Si tu tomas el sol, ellos toman el sol contigo ¿A cuentos chicos de su edad conoces que les guste perder el tiempo tomando el sol?

- Ahora que lo dices, es verdad. Yo pensaba que lo hacían por mí, para hacerme compañía.

- Nada de esto, Sonia. Los niños toman el sol a tu lado no porque les guste el sol. Los chicos toman el sol a tu lado porque tu cuerpo les pone. En más de una ocasión, cuando estás estirada boca abajo con los ojos cerrados, he pillado a uno de ellos, sobre todo Juanque, con las manos dentro de su bañador acariciándose disimuladamente.

- Daniel, por favor ¿Qué me estás diciendo? ¿Mi hermano Juanque?

- Que si, Sonia, que los chicos ya no son tan chicos. A su edad, yo pensaba más con la punta de la polla que con la cabeza, y supongo que a ellos les ocurrirá lo mismo.

- Estoy alucinada, cariño, o sea que que los niños ya no son tan niños.

- No, cariño, no son tan niños.

- Pero, Daniel, yo no hago nada para provocarlos ¿Por qué se excitan conmigo?

- Mira, Sonia, estamos en verano, hace calor y todos andamos por casa ligeros de ropa. Los chicos en bañador, y tú en braguitas y camiseta, como has hecho siempre. Nunca te pones el sujetador, porque nunca lo has hecho, porque estamos en familia y hay confianza, pero... algo ha cambiado. Los niños ya no te ven como su querida tía o hermanita, ahora te miran como a una mujer, una mujer despampanante, una mujer muy deseable y apetecible, que es lo que eres, y si a esto añadimos lo de mal follada, su testosterona se revoluciona y pasa lo que pasa.

- Bueno, pues a partir de ahora me pondré más ropa para andar por casa, no quiero que los chicos piensen que soy una cualquiera.

- Ja ja ja, nada de esto, Sonia. Quiero que todo continúe como hasta ahora. Quiero que los chicos continúen disfrutando de tu excitante cuerpo para que se maten a pajas y se queden la mar de contentos, en cuanto a mí, me gusta lo que veo y me gusta que los chicos se exciten contigo. Ya te he dicho que esta situación me produce un ligero runrún en mi interior, es como si mi maltrecha polla quisiera resucitar, y te aseguro que no voy a renunciar a ello.

- Eres un enfermo mental, Daniel, lo que me pides es indecente.

- Si, Sonia, lo sé, es indecente, y tú que me quieres mucho vas a ayudarme. Aquellas sensaciones, cariño, quiero recuperarlas. Ya te he dicho que me pone mucho esta situación. Quiero que vuelvas locos a los chicos, que los excites, que los provoques, que te exhibas para ellos, quiero que solo piensen en ti y en que les encantaría follarte hasta dejarte seca.

Aquella conversación me estaba poniendo como una moto. O sea que yo, a mis treinta y cinco años tenía a dos jovencitos, mi hermano Juanque y mi sobrino Santi chochos perdidos. Jamás hubiera podido imaginar que esto fuera posible. Yo no había visto una polla en erección desde el desgraciado accidente de Daniel y ahora resultaba ser que mi hermano y mi sobrino, los muy tunantes estaban todo el día empalmados y todo ello gracias a mí. Y lo que era más importante aún, a Daniel no le importaba, todo lo contrario, me incitaba a jugar a un juego que podía ser muy peligroso.

- ¿Sabes, Daniel que todo esto que me estás contando me pone muy pero que muy cachonda?

- ¡Pero que guarra eres Sonia! ¡Yo también me pongo, no sé cómo pero siento cierta excitación, y no sabes tú cuanto me gusta!

Mientras nos besábamos, deslicé un dedito por entre los labios de mi coño. La zona estaba muy lubricada y sin dificultad el dedo se deslizó hasta el fondo. Sentí un leve estremecimiento, mis pechos se hincharon y los pezones se endurecieron, rozando desafiantes el pecho de Daniel.

La lengua húmeda de Daniel se deslizó hacia mi cuello, y continuó descendiendo más abajo, ejerciendo una ardiente succión en las cimas de mis pechos, primero con la lengua caliente y después con tiernos mordiscos que me hicieron jadear

- mmmmmm. Daniel, me encanta. Continúa, por favor.

Daniel posó una mano en mi coño apartando la mía. Deslizó sus dedos entre los húmedos pliegues de mi cueva jugueteando con el clítoris y expandiendo mi humedad con los dedos.

- ¿Tienes ganas de correrte?

- Por favor.... Le supliqué

- No tengas prisa, disfrútalo poco a poco, suavemente.

Y así, suavemente, los dedos de Daniel encharcados con mis jugos, se deslizaron por mi coño, desde la punta de mi botón rosado y centro de mi placer hasta el fondo de mis entrañas.

- La húmeda y caliente lengua de Daniel sorbía alternativamente mis pezones y mi boca. De sus labios salieron frases que exacerbaron mi lujuria hasta un extremo insoportable y el orgasmo más intenso que había tenido nunca explotó en mi interior.

Besé a Daniel con pasión agradeciéndole el placer recibido y al momento me quedé dormida.

Aquella noche tuve más de un sueño erótico. Al despertarme, y en silencio, abrazada a Daniel que todavía dormía, me hice un dedito mientras recordaba todo lo acontecido la noche anterior. Cuando alcancé el éxtasis vi a Daniel con ojos lujuriosos devorándome con la mirada.

- mmmmmm Buenos días, cariño.

- Buenos días, mi vida.

Este día estaba resuelta a comprobar que lo que me había dicho Daniel era cierto. Estaba dispuesta a jugar a este juego cuyo final no acertaba a adivinar.

Después de desayunar y de hacer las camas, bajamos los 4 a la playa. Los dos mayores salieron disparados con la nevera, sombrilla y toallas, a continuación David, intentando emularlos y finalmente yo. Cuando llegué abajo, los chicos ya estaban jugando en el agua.

Daniel, como de costumbre se quedó arriba, en la terraza, a la sombra de un parasol. Mientras nosotros disfrutábamos del mar, él se entretenía leyendo el periódico y tomando alguna que otra cerveza. En uno de los extremos de la terraza había un pequeño rincón desde el que se vislumbraba la zona de arena de la cala. Los chicos no sabían que su tío disponía de unos potentes prismáticos para no perder detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.

La zona de arena no tendría más de 10 metros de diámetro, el resto estaba cubierto de rocas inaccesibles desde los dos lados. Para acceder a aquella playa solamente era posible desde nuestra casa o bien por mar en barca. Durante todas las vacaciones no tuvimos la visita de ninguna barca, por lo que aquella se convirtió en nuestra playa particular.

Quería saber hasta qué punto tenía razón Daniel, y, para ver el comportamiento de los dos mayores pensé que lo mejor sería provocar un poco la situación. Les comenté a los niños que haciendo las camas había tenido un tirón en el hombro y que el dolor no me permitía doblar las manos hacia la espalda, y que este día tendrían que ayudarme con la crema solar. Así que me tendí sobre la toalla boca abajo y le pedí a David, el peque que me desabrochara las tiras del sujetador.

- David, cariño, ya sabes que no puedo.... , ¿Serías tan amable de desabrochar las tiras del sujetador para que no me queden marcas del sol en la espalda?

- Si, tiita.

David, torpemente maniobraba con las tiras de mi sujetador mientras los otros dos, cual buitres hambrientos, no se perdían detalle de la difícil operación que estaba llevando a término el pequeño. Santi y Juanque merodeaban a nuestro lado mientras David manipulaba el cierre. Al final, dio con el truco y consiguió liberarlo. En señal de gratitud permití a David que me extendiera crema por la espalda.

- David, mi vida, necesito otro favor, ¿Podrías extender crema por la espalda de tiita? - Es el tubo azul de Nivea Sun.

- Vale, tiita.

David abrió el bolso de la playa, dio con el tubo de crema, quitó el tapón, lo acercó a mi espalda, presionó y un buen chorretón de crema se desprendió del tubo. Aquella situación me divertía, las caras de los dos primos eran un poema. En su imaginación calenturienta imaginarían que alguien había derramado su corrida sobre mí. David cerró el tubo y azarosamente, con las dos manos procedió a extender la crema solar por mi espalda.

- Lo haces muy bien, cariño. Le dije para tranquilizarlo y de paso provocar un poco más a aquellos dos calenturientos.

- Sobre todo que no quede ninguna zona sin crema ¿Lo entiendes bien, cariño? Por los lados de las braguitas también, no importa que se manchen, luego, con el agua se va.

Nada más pronunciar la palabra “braguitas” que Santi y Juanque tuvieron que salir disparados hacia el agua. Imagino que para reducir la hinchazón que repentinamente se había producido en el interior de sus bañadores.

David era un sol ¿o era un tunante? No tuve que darle más órdenes, él continuaba masajeando mi espalda, desde arriba, desde el cuello hasta abajo, entre la comisura de mis braguitas. Mis generosos pechos, aplastados por mi cuerpo rebosaban ligeramente por entre los dos costados. De vez en cuando sus manos se entretenían sospechosamente más de lo normal en esta zona. A mí no me sabía mal, es más, me divertía, puesto que solamente era una pequeña porción de mis pechos. ¿Era posible que el peque también tuviera sus erecciones pensando en mí?

Los dos muchachos, agua a cintura comentaban algo entre ellos. Desde dónde yo estaba no podía entender lo que decían, lo que si veía claro, y esto se apreciaba en sus miradas, es que se me estaban comiendo con los ojos. Imagino que se estarían tocando, puesto que sus manos estaban completamente sumergidas bajo el agua.

Ya más calmados, no sé si relajados, salieron del agua y se acercaron de nuevo hasta nuestro lado. Extendieron sus dos toallas frente a la mía observando como David masajeaba la espalda de su querida tiita.

Se estaba confirmando lo que me dijo anoche Daniel. Aquella situación me divertía y excitaba a la vez. Quise avanzar un poco más en mi descaro y le propuse a mi sobrino:

- David, cariño, ¿Puedes ponerme también por las piernas?

-Sí, tiita, claro.

David, arrodillado en medio de mis dos largas piernas extendía la crema solar desde los tobillos hasta la altura de los muslos. Los dos primos comentaban algo entre sí, pero no llegaba a entenderlo.

- Juanque, ¿Decíais algo?

- No, Sonia, nada, cosas nuestras.

- ¡A saber en qué estaréis pensando! -Menudo par de tunantes estáis hechos.

Mientras David masajeaba mis muslos, con mis manos arrugué un poco la braguita hacia el interior de mis nalgas para dejar una porción más generosa de mi precioso culo a la vista de los chicos. Había convertido mis braguitas en un improvisado tanga.

- Por el culito también, mi amor, no queremos que se queme ¿verdad?

- No, tiita

El pequeño David, con las manos untadas de crema solar, y de forma un tanto torpe, aunque a mí no me importaba en absoluto, extendía sus manos por mis nalgas mientras aquellos dos no se perdían un solo detalle.

Se me ocurrió lo del tanga para alegrar la vista a Daniel, que seguro que con sus prismáticos no perdía detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.

Los chicos permanecían tumbados boca abajo y no perdían detalle de las manipulaciones que mi sobrino efectuaba por mi cuerpo. Ninguno de ellos se atrevía a ponerse boca arriba, de esta forma ocultaban la hinchazón de sus bañadores, prueba evidente de su excitación.

Después de la crema, masaje y baño solar decidí que había llegado el momento de cambiar el escenario, así que me propuse darme un baño.

- David, mi vida, ¿Puedes abrocharme el sujetador? Le supliqué al peque.

- Si, tiita, voy. David vino volando a mi lado y con facilidad abrochó el cierre del sujetador. Una vez resuelto el problema de abrirlo, cerrarlo fue muchísimo más simple.

Me incorporé y me dirigí al agua. Como ya os he comentado, la cala tenía forma de plaza redonda, con paredes altas en forma de rocas. La cala era de arena, la mitad estaba cubierta de agua y la otra mitad completamente seca, era la zona en la que tomábamos el sol. La zona de agua parecía una balsa, puesto que estaba protegida de mar abierto. El agua del mar se comunicaba con la cala a través de un pequeño canal no visible desde mar abierto.

El agua de la cala estaba siempre mucho más templada que la de mar abierto, y era muy agradable, al menos para mí que soy un poco friolera. El agua no cubría, y me llegaba justo a la altura del cuello. Era una auténtica gozada disfrutar de aquel paraíso. Ocultas bajo el agua, mis braguitas seguían arrugadas mostrando perfectamente la redondez de mis nalgas. Pese a las aguas transparentes, desde su posición los chicos no me veían, así que aproveché y deslicé un dedo por mi coñito, Después del espectáculo del masaje de David, mi almeja necesitaba un poco de mis atenciones. Me ponía un montón estar ahí tocándome mientras observaba a los chicos con sus ojos fijos en mí y estirados en sus toallas.

Al momento, los tres muchachos se incorporaron y, a la carrera se lanzaron al agua. Yo me mantenía un poco lejos de ellos, a flote, estirada totalmente, y boca arriba. En esta posición obsequiaba a los chicos con la visión de mis generosos pechos que se mostraban ante sus ojos ligeramente ocultos por el transparente sujetador, flotando y sobresaliendo ligeramente por encima de la superficie del agua. Los chicos no se apartaban de mi lado, nadando y revoloteando torpemente como si fueran moscones y sin perder detalle del espectáculo que les estaba regalando.

De vez en cuando me incorporaba, levantaba los brazos y me zambullía como si estuviera en un trampolín. Empezando por los brazos, mi cuerpo se sumergía lentamente en el agua: brazos, cabeza, espalda, culo y piernas. Desde su posición los chicos disfrutaban del hermoso espectáculo que les estaba ofreciendo. Mis nalgas semidesnudas aparecían y desaparecían ante sus narices. Cuando, después de la inmersión salía a la superficie, las caras de los tres chicos eran un poema, se les caía la baba.

Durante un buen rato estuvimos jugando a ver quién efectuaba mejor aquella maniobra de zambullida. Cada vez que uno lo hacía, los demás le puntuaban. A mí me pusieron un 10. ¿Por qué sería?

Era gratificante pensar que los chicos se excitaban conmigo, sobre todo mis dos sobrinos, Santi y David. Lo que me tenía un poco mosca era la actitud de Juanque, puesto que era mi hermano y aquello, aunque morboso, no podía ser muy sano.

También es cierto que tal y como estábamos viviendo aquellas vacaciones, yo era la única mujer que tenían a la vista. De todos es sabido que los chicos a estas edades estaban todo el día pajeándose yo debía ser la musa que inspiraba sus poluciones.

A media tarde dimos por finalizada la jornada de playa, por lo que recogimos todo y en procesión enfilamos los cuatro, cuesta arriba hacia Cala Rodona. Mientras yo ordenaba las cosas de la playa y tendía las toallas, los chicos fueron pasando por la caseta de la ducha uno tras otro. Como la cosa se alargaba decidí que yo me ducharía en mi habitación.

Después de cenar, pusimos una peli de video, y nos sentamos frente a la tele. En Cala Rodona disponíamos de un sofá largo en el que cabían 3 personas, 2 sillones individuales y una tumbona de playa que hacía las veces de sillón, pero mucho más cómodo, puesto que se abatía y también permitía tener los pies en alto.

Daniel se estiraba siempre en la tumbona de playa, yo me tumbaba en el sofá y los mayores utilizaban un sillón cada uno de ellos. El peque, cuando se quedaba, se sentaba a mi lado, pero aquella noche, David nos dejó y se fue a su habitación, por lo que nos quedamos exclusivamente los 4 mayores.

La sala estaba en penumbra, iluminada solamente por la luz que emitía el aparato de televisión. Al poco rato Daniel se hizo el dormido, momento que aproveché para provocar un poco más a los chicos.

Los dos estaban frente a mí, aposentados en su sillón y yo, estirada completamente en el sofá. Habitualmente vestía una camiseta larga, sin sujetador y unas braguitas tipo bañador, por lo que no debía preocuparme demasiado por si se me veían o no. Al fin y al cabo iba más vestida que cuando bajábamos a la playa.

Aquella noche de actos, me levanté para ir al baño, momento que aproveché para entrar en mi habitación, cambiarme las braguitas y sustituirlas por un diminuto tanga. Volví al sofá y me estiré sobre él de forma despreocupada, como hacía habitualmente. De reojo observé cómo les brillaban los ojos tanto a mi hermano como a mi sobrino. Simulé somnolencia y me di la vuelta para mostrarles mis nalgas desnudas. Desde su posición, Daniel, que no dormía, se divertía observando las reacciones de los dos monstruos pajeros.

Aquella noche, en nuestra cama, los dos desnudos, comentamos las experiencias vividas aquella jornada mientras Daniel me hacía un dedito en mi húmedo coño. Me explicó con detalle que cuando me estiré somnolienta en el sofá mostrando con atrevimiento mis desnudas nalgas ellos se estuvieron tocando la polla por encima del bañador y que, ya casi cuando se acababa la película, Juanque, con todo el descaro del mundo, se la acabó sacando y se corrió él sólo una tremenda paja.

Al oír su relato, mi lujuria se desató. Me hubiera encantado un montón ver como mi hermano Juanque se pajeaba con la visión de mi culo desnudo. Antes del accidente, con Daniel habíamos mantenido una actividad sexual frenética. Tanto a él como a mí nos gustaba todo, estábamos abiertos a nuevas experiencias. Asistíamos con frecuencia a un club de intercambio de parejas. Nos daba mucho morbo follar con diferentes personas en presencia de nuestra pareja. Yo, incluso había participado en tríos, no me importaba en absoluto comerme una buena almeja o que me la comieran a mí. A Daniel le volvía loco que le chuparan la polla mientras yo me comía su boca. Todo nuestro mundo sexual se derrumbó con el maldito accidente de moto. Por ahora, Daniel estaba imposibilitado para tener relaciones, pero su mente seguía igual de calenturienta, le excitaba observar el efecto que mi cuerpo provocaba en los dos muchachos.

- ¿Te has fijado en cómo te miraban los chavales? Me soltó Daniel, mientras continuaba con su dedito.

- Si, Daniel, me he fijado. Tenías razón, han estado todo el día pendientes de mí. Le respondí mientras disfrutaba del homenaje que Daniel daba a mi querido chochito.

- Me ha gustado lo que has hecho con tus braguitas. Ha sido muy ingenioso por tu parte convertirlas en un diminuto tanga. ¿Por qué lo has hecho? Estabas excitada?

- No sé, Daniel, ha sido improvisado, me ha salido así, sin pensarlo y me ha gustado, y creo que a los chicos también les ha gustado ¿No crees?

- Ya lo creo que les ha gustado, y sobre todo cuando efectuabais las zambullidas. Tu culo aparecía y desaparecía frente a sus narices, ha sido genial, cariño.

- Y a ti, Daniel, ¿Te ha gustado el numerito? Daniel continuaba haciéndome el dedito mientras que con la otra mano masajeaba alternativamente mis dos tetas. Uno de los pezones era, mientras tanto, lamido por su lengua juguetona. Sacándolo por un momento de la boca, respondió:

- Ya lo creo, he estado todo el día tocándome ahí abajo. Noto ciertas sensaciones, un tanto lejanas, pero que empiezan a ser agradables. Me has puesto como una moto, cariño.

Ahora Daniel me estaba dando un morreo de campeonato mientras con sus dedos me follaba con vigor. Eran tres dedos penetrando mi coño a gran velocidad y rozando mi Punto G. Como ya era habitual en mí, los orgasmos se sucedían uno tras otro en una secuencia que parecía no tener fin. Mi coño rezumaba jugos que salpicaban en su mano y mojaban la colcha de la cama. Mis orgasmos eran cada vez más intensos. Tenía que morderme la lengua, no podía gritar porque los chicos dormían en la habitación de al lado y esto añadía un poco más de morbo al asunto. Cuando me vi incapaz de soportar más placer, con mis manos conseguí sujetar el brazo de Daniel y, satisfecha, rota y agradecida me tumbé encima de él besándolo con pasión. Con cariño, cogí su mano totalmente mojada, la llevé a mis labios, y fui sorbiendo sus dedos, uno tras otro hasta dejarlos completamente limpios.

- Gracias por el placer que me das, cariño, ha sido fabuloso. Te quiero mucho.

- Yo también te quiero, ya lo sabes.

- Mañana quiero que sigas jugando con los niños ¿Lo harás verdad?.

- Si, cariño, lo haré para ti, y también para mí, este juego empieza a gustarme.

- Bien, pero mañana quiero que continúes con el juego del tanga, pero con un tanga de verdad.

- Pero, Daniel, no he cogido ningún bañador tanga, lo siento, no voy a poder.

-¿Como que no vas a poder? Claro que vas a poder. Si no tienes bañador, utilizas las braguitas.

- ¡Daniel, por favor! ¡No pretenderás que tome el sol frente a los chicos en braguitas!

- Me encantaría que lo hicieras, cariño. Lo deseo tanto…

- Pero, ¡si es casi como ir desnuda!

- De esto se trata, quiero que los provoques descaradamente, quiero que te exhibas ante ellos. Quiero que se mueran por follarte, pero sobre todo, quiero también, que tú te excites y que yo me excite. Es nuestro juego, y puede ser muy divertido.

Daniel acercó sus labios a los míos, deslizó de nuevo un dedo por mi húmeda rajita y me susurró - ¿Lo harás por nosotros?

- mmmm si, cariño, lo haré por nosotros, pero no sé qué va a pensar de todo esto mi hermanito Juanque.

- Juanque es el más calenturiento de todos, alucinarías si vieras cómo te mira, y cómo se toca la polla descaradamente cuando tú no miras.

- ¡Vaya con mi hermanito!. ¡Este chico ha salido tan calentorro como su hermana Sonia! Jugaremos, cariño, y que sea lo que tenga que ser.

- Gracias mi vida. Daniel dijo estas palabras mientras me hacía el último dedito de la noche. Había sido una larga y excitante jornada. No recuerdo bien si alcancé el orgasmo, creo que sencillamente, me quedé dormida en sus brazos.

Al día siguiente, después del desayuno, repartí los trabajos domésticos a efectuar. Había que limpiar, hacer las camas, barrer y fregar. Los chicos, sin quejarse hicieron todo cuanto les había encomendado. Cuando, por fin quedó la casa en orden de revista, preparamos la nevera, los útiles de la playa, que ya estaban a punto en la terraza desde el día anterior y, de nuevo, en procesión, nos dispusimos a disfrutar de una nueva jornada de playa en nuestra cala particular.

Daniel, al igual que el día anterior se quedó arriba en la terraza. A su lado, en una bolsa, y sin que los chicos lo supieran, los prismáticos estaban aguardando el inicio de la función, que, presumiblemente debía alcanzar una temperatura ligeramente superior a la del día anterior.

Hoy también los mayores salieron lanzados cuesta abajo, a continuación, David, intentando emularlos. Yo bajé en último lugar. Estaba un tanto nerviosa puesto que no me había puesto el traje de baño. Iba en ropa interior de color blanco y encima, la braguita era un diminuto tanga. A regañadientes había aceptado la proposición indecente de Daniel. No sé si había sido buena idea pero ahora ya no podía echar la marcha atrás.

Cuando llegué abajo, los chicos ya habían montado el tenderete. Habían extendido las toallas, habían izado la sombrilla que protegía la nevera con las bebidas y se estaban dando ya un chapuzón, momento que yo aproveché para sacarme la camiseta y estirarme rápidamente sobre la toalla boca abajo.

Mientras que los chicos habían estado entretenidos efectuando las tareas que les había encomendado después del desayuno, en mi habitación y frente al espejo había probado diferentes combinaciones de braguitas tanga y sujetador. Al final opté por unas de color blanco. Me sentía mucho más guapa y apetecible con este color puesto que el color blanco combinaba a la perfección con mi piel morena. La braguita era un tanto descarada, puesto que, por delante, a duras penas ocultaba la rajita de mi coño y dejaba al descubierto todos los pelos de alrededor. No tuve más remedio que recortarlos, cosa que hice con la ayuda de la maquinilla de afeitar de Daniel. En cuanto al sujetador, al final opté por utilizar la parte de arriba de uno de mis bañadores de color blanco. Juntos combinaban a la perfección.

La goma del tanga, a diferencia de la del bañador, apenas apretaba. La fina tela parecía flotar por encima de mi pubis. Al menor movimiento dejaba mi coño al descubierto, por lo que debía tener mucho cuidado sobre todo al darme la vuelta. Seguro que Daniel, desde su punto de observación se estaría relamiendo pendiente de cómo estaba evolucionando nuestro juego.

Al rato, oí como salían del agua. Yo me hice la dormida mientras los chicos se acercaban a mi lado. Comentaban algo entre ellos, pero no acertaba a entender sus palabras. Acercaron sus toallas a la mía y se tumbaron sobre ellas. Mantenía mis ojos cerrados, atenta a lo que ocurría, pero no ocurría nada. Los chicos estaban callados. A lo lejos acerté a escuchar la voz del pequeño que comentaba algo desde la cala.

Supongo que estarían los dos pendientes de mis nalgas desnudas, esta vez si, desnudas y simplemente cubiertas con un fino hilo que nacía en mi cintura y se perdía en las intimidades de mi coñito. Desde su posición, seguro que no veían ni el hilo. Seguro que ante sus ojos, lo único que veían era mi culo totalmente desnudo. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Seguro, pensé yo, que se estarían tocando, aprovechando que no podía verles. Ninguno de ellos decía nada. Al final opté por comentar….

- Perdonad, chicos, pero supongo que no os importa que tome el sol en tanga.

- No. Respondieron a dúo los dos a la vez.

- Bueno, es como si llevara bañador, total no se ve nada ¿verdad?

- No, no se te ve nada. Respondió Juanque.

¿Cómo que no se me ve nada? ¡Si tengo todo el culo al aire! Vaya cara que tenía mi hermanito.

- Ya sabéis que el sol es muy bueno para la piel, me han salidos unos granitos aquí (y con el dedo señalé el culo) y he pensado que lo mejor es que me toque el sol, así se curarán antes ¿no os parece?

Lo de los granos era mentira, se me acababa de ocurrir, pero quedaba bien ¿verdad?

- Si, si, el sol es muy bueno. Ese era Juanque de nuevo. A Santi le había comido la lengua el gato.

Permanecí en esta posición unos minutos más y al final opté por incorporarme, puesto que de lo contrario el sol acabaría quemándome. Con mucho cuidado, me di la vuelta, cogí el tubo de crema, derramé un buen chorretón por entre mis manos, y, suavemente fui extendiéndola por todo mi cuerpo, entreteniéndome más de lo debido en mis ingles y entre mis pechos.

De reojo observaba a Juanque y a Santi relamiéndose mientras mis manos masajeaban mi cuerpo tostado por el sol. Poco a poco, mis manos dejaron de masajear, cambiaron el ritmo y la presión y pasaron a acariciar suavemente aquello que antes apretaban. Mis dedos húmedos acariciaban sensualmente las ingles, el vientre, mi pecho…. Estaba ofreciendo un espectáculo sensual exclusivamente para mayores. Daniel seguro que estaría relamiéndose observando el numerito y las caras alucinadas de los muchachos.

Como número final, y mientras daba crema al canalillo entre mis pechos, introduje mis dos manos dentro de las cazoletas del sujetador para untar también con crema mis tetas y de paso, darles un homenaje a mis pezones, lo que hizo que automáticamente se erizaran. Cuando saqué las manos, las dos puntas desafiantes aparecieron a la vista de los muchachos. Era como si quisieran escapar por entre la tela del sujetador.

En la cala, a la orilla del mar, corría siempre una ligera brisa. El aire se colaba por entre la fina tela del tanga y mi rajita provocando una ligera fricción de la tela sobre mi coñito. Aquello era delicioso y opté por disfrutarlo dejándome caer de espaldas sobre la toalla. En esta posición, completamente estirada, el aire se colaba con más facilidad aún y las caricias que la tela efectuaba sobre mi coño eran una delicia. Me olvidé de los muchachos, me olvidé de Daniel y me concentré exclusivamente en mí, disfrutando del regalo que la brisa del mar me ofrecía. La sensación era extraña, la caricia que la tela ejercía sobre mi coño, era muy suave, demasiado suave. Me hubiera encantado hundir mis dedos y acabar con ello de una vez, pero no podía hacerlo, puesto que tenía a aquellos dos ahí, a mi lado, mirando y poniéndose las botas. Cerré los ojos, y me dejé ir, sin prisas, con paciencia, mucha paciencia, con la puerta abierta de par en par, esperando a que llegara la anhelada liberación, hasta que por fin llegó, ¡Vaya que si llegó y cómo llegó! …. ¡Os juro que acabé corriéndome como una loca!

- Ni que me lo hubieran jurado, no me hubiera nunca podido imaginar que pudiera correrme tan solo con el ligero roce de la braguita del tanga en mi depilado coño. Fue un orgasmo diferente a todo lo que había experimentado hasta ahora. Fué lento, excesivamente lento, diría yo, y cuando al fin llegó, explotó en mi interior y convulsionó todo mi cuerpo. En aquel momento, habría dado la vida porque una buena verga me hubiera penetrado y que me hubiera follado hasta haber destrozado mi coño en mil pedazos. En el momento del éxtasis tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se dieran cuenta aquellos dos pervertidos, aun así, algo se olieron porque, Juanque de nuevo preguntó:

- Sonia, ¿Te ocurre algo?

-¿Por qué lo dices? No, no me pasa nada, supongo que me he traspasado un momento, no es nada.

Mi coño seguía abrasándome, no me podía mover, las piernas me temblaban, la braguita revoltosa continuaba acariciando mi agradecida rajita que ya no soportaba más placer. Pude incorporarme con dificultad y, cruzando las piernas logré, por fin, desactivar el improvisado vibrador que minutos antes me había llevado al séptimo cielo.

Las braguitas mostraban más que ocultaban, era casi como estar desnuda frente a aquellos sinvergüenzas. Ya os he comentado que al menor descuido mostraban mi rajita con total descaro. Los muy tunantes se habían dado cuenta y no levantaban la vista de mi rasurado pubis.

- ¿Qué, os gusta lo que veis? Ja ja ja Me salió del alma.

Los chicos se quedaron con un palmo de narices. Mi pregunta les había pillado por sorpresa. Se pusieron rojos como tomates incapaces de abrir la boca.

- Es que estáis los dos con la boca abierta mirando mis braguitas y esto me pone un poco violenta.

Los chicos seguían con la boca abierta, incapaces de reaccionar a mi pregunta.

- Lo hago por resolver de una vez por todas, el tema de los granitos. Ya casi no me quedan, siento que tengáis que verme en braguitas, no quiero que os sintáis violentos. ¿Violentos? Anda ya, de eso nada, todo lo contrario. Los muy salidos se estaban poniendo las botas sentados en butaca y en primera fila del escenario.

- Hacedme un favor. Proseguí, - No se lo digáis a Daniel, porque si se entera que he bajado a la cala con estas braguitas seguro que pilla un buen mosqueo, y no queremos que se enfade, ¿De acuerdo?

- No te preocupes, no le diremos nada, dijo Juanque. Decididamente, alguien le había comido la lengua a Santi.

- ¿Sabéis? es más agradable tomar el sol en braguitas que en bañador, puesto que la goma del bañador me aprieta mucho, en cambio, la braguita es mucho más suave. Y al fin y al cabo, los dos tapan más o menos lo mismo, ¿no os parece?.

- Sí, claro Respondieron los dos a dúo. Por fin, habíamos recuperado la lengua de Santi.

- Cualquiera que me viera desde un poco lejos no adivinaría que voy en braguitas ¿verdad?

- Desde mi posición, Sonia, nadie diría que llevas braguitas. Parece que lleves bañador. De hecho, no me habría dado cuenta si no lo hubieras comentado, ya sabes que yo para esto soy muy despistado. Esto dijo el cabroncete de mi hermanito Juanque, haciéndose el tonto.

- Ni yo, ni yo. Este era el de que había perdido la lengua.

- Bueno, pues si no os molesta, voy a seguir tomando el sol, pero necesitaré un favor vuestro. Todavía me duele el brazo, como ayer y yo sola no puedo ponerme crema por detrás. ¿Seríais tan amables?. Y dicho esto, me di la vuelta y me tumbé boca abajo.

Al momento tenía cuatro manos sobre mi cuerpo peleándose por conseguir la mejor parcela. Mis nalgas se cotizaban al alza, puesto que era la zona donde se acumulaban más manos, en cambio, la espalda apenas recibía atenciones.

Decidí cambiar un poco las tornas y le solicité a Juanque que desabrochara la tira del sujetador para que pudieran ponerme crema con más facilidad. Juanque, a diferencia de David, a la primera dio con el cierre.

Los chicos se estaban poniendo las botas, Tenían mi cuerpo a su disposición, ¡y vaya cuerpo!. Estaba prácticamente desnuda ante ellos. Una diminuta tira cruzaba mi cintura desde la que salía un pequeño hilo que se perdía por el interior de mis nalgas. Los pechos aplastados por mi cuerpo sobresalían escandalosamente por los dos costados.

Con esta maniobra conseguí equilibrar un poco las fuerzas. Mientras dos manos masajeaban ¿Masajeaban? Yo no lo definiría como que masajeaban más bien acariciaban mis nalgas, otras dos lo hacían con mi espalda. No tampoco espalda, más bien los dos costados y el trozo de teta que rebosaba.

- Porfa, no os olvidéis también de mis piernas y de mis brazos - Les dije.

Os aseguro que me sobaron a conciencia. Mi culo quedó impregnado y protegido con crema para todo un año. Algún que otro dedo se coló indecentemente por entre mis nalgas y estuvo a punto de alcanzar mi rajita que rezumaba jugos escandalosamente, pero no me preocupaba en absoluto puesto que toda la zona estaba completamente mojada. Al final, decidí dar aquello por acabado dándoles las gracias.

- Muchas gracias a los dos, no sé qué haría sin vosotros. Sois un encanto, de verdad.

- De nada. Respondieron a dúo.
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heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 002


Estuve tomando el sol, bueno, tomando el sol, no, más bien exhibiéndome ante aquellas fieras un buen rato. Cuando consideré que ya se habían dado suficiente atracón, propuse a los chicos que nos diéramos un baño.

Antes del baño pensé que sería bueno obsequiar a sus ojos con otro regalito. Me incorporé y como el que no se da cuenta, mis pechos quedaron totalmente desnudos frente a ellos. ¡No había abrochado el cierre del sujetador!

Yo no dije nada, me hice la despistada y permanecí por unos instantes sentada luciendo mis grandes pechos libres de sujetador. Después de haberles permitido que manosearan mi culo, ¿Qué más daba que vieran también mis tetas?

Haciéndome la despistada, miré hacia mis pechos, los vi desnudos, e inmediatamente crucé mis manos sobre las dos protuberancias intentando ocultarlas y gritando:

- ¡Por Dios, mi sujetador!

Cubriéndome los dos pechos con una mano y un brazo, alargué el otro brazo, recuperé la prenda que había dejado olvidada en el suelo y, con un poco de teatro la puse en su lugar.

- Perdonad, chicos, no sé cómo me ha podido ocurrir.

- No te preocupes, Sonia, no pasa nada, hay muchas chicas hoy en día que hacen topless. Ya estamos acostumbrados. Juanque, el muy cabrón tenía respuesta para todo

- Ya, pero soy tu hermana, y esto no está bien, no sé qué vas a pensar de mí.

- Nada, hermanita, no te preocupes, además ya conoces el dicho: “Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los hermanos”

- ¿Estás seguro que el dicho habla de hermanos? Yo diría que el dicho habla de humanos, le respondí. Y los tres a coro reímos la ocurrencia que había tenido Juanque.

¿Lo había entendido bien? ¿Juanque quería comerme?

- Bien, chicos, ¡vamos al agua! Y eché a correr hacia la cala.

- Los chicos se levantaron y a la carrera, me adelantaron y se lanzaron al agua. Allí estaba David jugando con los balones de playa.

Los balones me dieron una idea, y propuse un nuevo juego a los chicos. El juego consistía en que dos de nosotros teníamos que hacer de caballos y los otros dos de jinetes. Los dos jinetes tendrían que luchar con los balones hasta conseguir que el contrincante perdiera el balón. Se precisaban las dos manos para poder agarrar el balón. Como mucho, para no caernos, podíamos apoyar el balón en la cabeza de nuestro jinete, pero esto penalizaba. Acababa el juego cuando el contrincante perdía el balón o bien cuando alguien apoyaba 5 veces el balón en la cabeza de su jinete.

Era una suerte estar con agua al cuello. Esto reducía el peso que tenían que soportar los caballos, ya sabemos que los cuerpos al agua pesan menos. Yo monté sobre mi hermano Juanque y David encima de su hermano Santi. Aquello era un auténtico escándalo. Mis braguitas, con el peso del agua se me bajaban continuamente dejando en más de una ocasión, mi coño al descubierto. Tenía mis dos manos ocupadas agarrando el balón, por lo que difícilmente podía arreglarme la braguita. Cuando me sentaba sobre los hombros de Juanque, en más de una ocasión notaba como mi rajita tocaba, y se frotaba con los cortos pelitos de su nuca. Yo creo que Juanque lo notaba, puesto que en estas ocasiones me agarraba más fuertemente aún con sus manos y presionaba mi cuerpo contra su cuello.

Los que hacían las veces de caballo efectuaban las maniobras precisas para acercar o alejarse de los contrarios. De vez en cuando, alguien tropezaba y caíamos todos al agua. En este momento se armaba un buen lio de cuerpos, manos y piernas. En más de una ocasión mis pechos, mi culo y algo más, que no voy a decir, fueron manoseados por Santi y por Juanque, aunque yo no les fui a la zaga, y disfruté también de algún que otro tocamiento por encima de sus bañadores, y he de decir que lo que palpé bajo el agua no era precisamente mantequilla, más bien se parecía a un buen par de pepinos.

La jornada de playa fue larga. Hubo tiempo para todo, tomamos el sol, nos bañamos, incluso jugamos a fútbol con los balones de playa. Los chicos se pegaron un buen hartón con mi cuerpo semidesnudo y yo disfruté como hacía tiempo. Al final, agotamos los refrescos que habíamos cargado en la nevera.

Como el día anterior, a media tarde ordené a los chicos recoger las cosas y que tiraran para casa. Me puse la camiseta que cubría justo debajo del culo e inicié la marcha hacia arriba. Los chicos iban tras de mí, por lo que como hacía subida, los que iban detrás disfrutaban de la visión de mis nalgas desnudas bajo el diminuto tanga. Aquel era uno de los regalos que su tía les daba en agradecimiento a la maravillosa jornada de playa que habíamos tenido.

Cuando llegamos arriba, ordené a los niños que fueran a la ducha. Sospechosamente, Juanque y Santi se metieron juntos y oí como pasaban el cierre de la puerta de la caseta mientras que David se entretenía con la pelota. Yo, mientras tanto ponía en orden todo el material de playa para que estuviera listo el día siguiente.

Cuando acabé lo que estaba haciendo, observé que Santi y Juanque seguían encerrados en la caseta de la ducha. Ya llevaban mucho rato y esto me tenía un poco mosca, por lo que, disimuladamente me acerqué a la caseta por si podía escucharles desde fuera y así fue. Esto fue lo poco que acerté a oír, pero creo que fue suficiente.

- No vayas tan deprisa, que estoy casi a punto. Decía Juanque.

- Pues tú corre un poco más, que a este paso no llego. Respondía Santi.

- Cuando vayas a acabar, avisa, que no quiero que me salpique como haces siempre - Decía Santi

- ¿Qué quieres que le haga? Yo no mando. Cuando me corro siempre sale así de fuerte - Este era Juanque.

O sea que mi hermanito Juanque soltaba un buen chorro de leche cuando se corría. Mmmmm Este Juanque ha salido tan calentorro como su hermanita.

- ¿Has visto que culo tiene la muy zorra? - Decía Santi.

- No me hables, cuando la he visto con el culo al aire, casi me corro. La muy puta hace esto para provocarnos - Este era mi hermanito Juanque. ¡Y qué razón tenía el cabrón!

- ¡Me la follaría ahora mismo! decía Santi.

- ¡Y yo!, No me importa que sea mi hermana, no sabes el morbo que me da. ¡Si supieras tú la de pajas que me he cascado pensando en ella! ¡Qué buena está la muy cabrona! -

Pero ¿y esto? Mira tú por donde, el niño lleva tiempo cascándosela y pensando en mí. Pero…. ¡será cabrón!

- ¡Apriétame fuerte, que estoy a punto! Ya sabes que me gusta que me la machaques cuando me sale la leche. Este era Santi.

Joder, joder, joder, no había ninguna duda: los muy tunantes se estaban pajeando. Pero, por lo que había oído, se lo hacían uno al otro. Santi le hacía una paja a Juanque, al mismo tiempo que Juanque se la hacía a Santi. ¡Dios! ¡CUANTO ME HUBIERA GUSTADO ESTAR AHI ADENTRO PARA CONTEMPLAR EN VIVO ESTE ESPECTACULO!

Aquello me estaba poniendo a cien y mi coño rezumaba jugos, pero lamentablemente, tuve que apartarme de la caseta puesto que el pequeño, David se me estaba acercando mientras me decía:

- Tiita ¿Todavía no han acabado? ¿Cuándo me toca a mí?.

- Pronto, cariño, supongo que están a punto de acabar.

Se me ocurrió pegarles un grito diciendo...

- A ver, vosotros dos, que para ducharse no hace falta tanto rato ¿Queréis que entre yo a acabar lo que estáis haciendo?

Reí para mis adentros esta ocurrencia que había tenido. ¡Pobrecitos! ¿Qué habrían imaginado?

Al momento salieron los dos envueltos en sendas toallas y echaron a andar hacia su habitación.

Daniel, sentado bajo el parasol observaba sonriente todas estas maniobras.

- David, cariño, hoy nos bañaremos juntos, porque con mi contractura no puedo enjabonarme por detrás. ¿Ayudarás a tiita, verdad? Dije aquellas palabras frente a los dos mayores para que se fastidiaran. Ellos se la habían estado pelando a mi salud y ahora íbamos a entrar el peque y yo en el lugar de sus fechorías.

Antes de entrar a la caseta, miré a Daniel, que tenía los ojos fijos en mí y nos guiñamos un ojo en señal de complicidad. Yo sabía que Daniel no tardaría mucho en acercarse a la caseta para escuchar nuestra conversación.

Cuando entré en la caseta sentí un morbo especial al recordar la conversación de los dos pajeros. Seguro que en alguna de las paredes debían reposar los restos de la corrida de Juanque, aunque no se notaba nada, puesto que todo estaba completamente mojado.

- Si te parece, David, primero te ayudo yo a ti y luego tu a mi ¿vale?

- Vale, tiita.

Le dí al grifo de la ducha y David, inmediatamente se puso debajo. Cogió el champú y empezó a enjabonarse al mismo tiempo que recibía el potente chorro de agua.

- No, no, no. Esto no está bien, David. A ver, vayamos por partes. En primer lugar, tienes que quitarte el bañador. No pretenderás entrar a casa con el culo lleno de arena, porque seguro que ahí llevas la arena de toda la playa, señalándole el bañador.

David, un tanto avergonzado, se dio la vuelta, agarró el bañador por la cintura, se lo bajó hasta la altura de las rodillas, y con los pies lo fue empujando hasta el suelo. Para proteger su desnudez, sus manos, como si tuvieran un resorte, fueron a parar automáticamente sobre su cosita. Esto me hizo mucha gracia.

Os juro que en estos momentos estaba improvisando. No había planificado previamente esta situación. Habían sido los dos chicos pajeándose los que habían provocado que yo entrara en la ducha con David, y ahora lo tenía ahí, desnudo, frente a mí, con sus 13 añitos, y yo iba a lavarlo. Y además le había dicho que quería que me lavara la espalda, puesto que yo no podía. Lo que iba a ocurrir a partir de ahora forma parte del misterio de la Santísima Trinidad. En pocas palabras, NO SE QUE COJONES IBA A OCURRIR EN AQUELLA PUTA CASETA.

Intenté poner un poco de orden a mi mente calenturienta pero no, no había manera, aquello no había por dónde agarrarlo. Respiré hondo tres veces, conté hasta 10 y me hice las siguientes preguntas:

-¿Se excitará David al bañarse frente a su tía semidesnuda? No nos olvidemos que mis braguitas eran todo un poema, aquello prácticamente no ocultaba nada.

- Y, si se excita, ¿Se le pondrá tiesa pese a su corta edad? Yo desconocía a qué edad los chicos tenían sus primeras erecciones, era algo nuevo para mí.

- ¿Se habrá corrido alguna vez mi sobrino? Desconocía si David era virgen, no en el sentido de follar, no, nada de esto, yo me refería a virgen en el sentido de si ya sabía lo que era hacerse la paja.

- Y, si se le pone tiesa, ¿Qué hago? Esta era una pregunta interesante y merecía una respuesta adecuada. ¿Cómo iba a reaccionar yo ante un pito tieso? Ni yo misma lo sabía. Debería improvisar.

Lo cierto es que mi sobrino estaba ahí, frente a mí, bajo la ducha, con su pito protegido por sus manos, supongo que para que no viera ¿El qué? ¿Que se le había puesto grande? o ¿Que estaba demasiado pequeña? Era preciso hacer algo porque David estaba totalmente bloqueado, y yo temblando como un flan.

Cogí el champú, derramé un chorro en mis manos y me puse a lavarle la cabeza. Intentaba pensar en cuales serían los siguientes pasos mientras removía mis dedos por entre sus cabellos, pero no, nada, mi mente estaba en blanco. Aquello me venía un poco grande, creo que se me estaba escapando de las manos.

Al final opté por dejarme ir, no pensar y dejar que ocurriera lo que tuviera que ocurrir. Vamos, a lo hecho, pecho, me dije.

Cuando consideré que ya tenía los cabellos limpios y sin arena, hice que se pusiera bajo el chorro del agua para enjuagarlos bien. Posteriormente cogí el gel de baño, derramé un buen chorro en la esponja de baño y empecé frotar su espalda (no olvidemos que David, desde que se había desprendido de su bañador, continuaba en la misma posición).

Froté su cuello, espalda, fui bajando hasta su culito, sin pensármelo dos veces introduje la esponja entre sus nalgas mientras le decía

- Tienes el culo lleno de arena, esto debe quedar limpio como los chorros del oro. Olé su tía, menuda ocurrencia acababa de tener.

David no decía nada, permanecía impasible, sus manos en su pito. Parecía una estatua viviente.

Froté también sus piernas, lo que hizo que tuviera que inclinarme hacia adelante. No me importó aplastar mis pechos en su espalda. David no se movía de su posición ¿Era aquello era un infanticidio?

Cuando consideré que ya había acabado el trabajo por detrás, le rogué que se diera la vuelta, pero no, no hubo manera. David continuaba ahí inmóvil, como una estatua.

Puesto que no se movía, opté por lavarle desde mi posición, es decir, acerqué completamente mi cuerpo al suyo y, en esta posición, con mis pechos pegados a su espalda y con mi pubis pegado a su culito empecé a frotar su pecho. A continuación bajé hasta su barriga, no pude hacerlo más puesto que topé con sus manos agarradas a su pito. Intenté apartarlas, pero fue imposible. ¡ESTABAN SOLDADAS! ¡Ni cien personas tirando a la vez hubieran podido separarlas!

Aquello no nos llevaba a ninguna parte, debía conseguir que apartara las manos de ahí, de lo contrario me quedaría toda la vida con la duda de si se le había empinado o no.

- David, cariño. Debo lavarte también la colita ¿entiendes? Seguro que ahí también tienes arena.

David, impasible no decía ni hacía nada.

- A ver, mi amor, ¿No quieres que tiita vea tu cosita? Pero si no pasa nada, mira, si quieres, yo también me desnudo y así estamos iguales ¿quieres?

¡Joder! había dicho aquello sin pensarlo. O sea que ahora Sonia, tenías que desnudarte frente a David para conseguir que el niño apartara sus manos de su colita. ¡Aquello empezaba a ser un infanticidio de verdad!

Oí una voz baja, de ultratumba, que dijo:

- Va vale.

O sea que el cabroncete lo que quería era ver a su tiita en pelotas. Si yo me desnudaba el tío apartaba sus manos de su aparato. ¡Este crio era un caliente mental!

En fin, un trato es un trato, y no tenía más remedio que cumplirlo, y puestos a cumplirlo, le eché un poco de morro al asunto:

- David, ¿me desnudo yo o prefieres hacerlo tú mismo? ¡Ole!, ¡Ahí queda eso!

Desde su posición (El muy cabrón continuaba dándome la espalda) David habló. Atentos a sus palabras…..

- Si … si quieres, lo hago yo. ¡Tómate esa! Yo creo que de infanticidio nada de nada.

- Bueno, pero como no te des la vuelta, no creo que puedas, le solté (Casi se me escapa la risa). Había que quitarle hierro al asunto.

David, todavía tembloroso se dio la vuelta y quedó frente a mí. Seguía con sus manos soldadas al pito. ¡O hacíamos algo o habría que llamar a los bomberos!

Puesto que era David el que tenía que desnudarme, se me ocurrió que lo mejor sería ponerme con los brazos en cruz para dejarle hacer, a su voluntad. Pero no creáis que iba a ponérselo fácil, no, nada de eso.

Con los brazos en cruz tocaba los dos lados de la caseta, por lo que David, si quería liberar el cierre del sujetador tenía dos opciones: o bien me rogaba que me diera la vuelta (Cosa que no hizo) o bien se pegaba a mis pechos y, pasando sus manos por mi espalda, conseguía dar con la combinación para deshacerse del sujetador. Digo lo de la combinación del cierre porque ya sabéis que cada fabricante utiliza su sistema. El cierre del sujetador que llevaba hoy no tenía nada que ver con el de ayer.

David apartó las manos de su cosa ¿Qué tendría ahí escondido que guardaba con tanto tesón? Bien, como decíamos, apartó las manos de su cosa y, lejos aún de mí, intentó pasar sus manos por debajo de mis brazos para alcanzar la llave que abría el sujetador, pero no, no podía, estaba todavía demasiado lejos.

- Si no te acercas un poco, no creo que puedas. Le solté mientras le guiñaba un ojo.

David, con los brazos estirados, fue acercando su cuerpo al mío intentando alcanzar la maldita llave, pero no, no llegaba. Ante cada uno de sus intentos fallidos efectuaba un pasito hacia adelante hasta que al final ocurrió lo que tenía que ocurrir. ¡Alcanzó a tocar el cierre! Y, sin darse cuenta (O no) su colita, que no era tan pequeña como yo imaginaba, se coló por entre mis muslos.

¡Olé, Hombretón! le solté, ¡Animo, que ya casi lo consigues!

Estas palabras envalentonaron al crío, que ya no era tan crío si teníamos en cuenta aquello que se frotaba por entre mis muslos.

David tenía la cabeza literalmente metida entre mis dos pechos, y las manos tanteando el maldito cierre. Si apartaba su cabeza de mis tetas, sus manos se alejaban del cierre, por lo que si quería alcanzar su objetivo no podía separarse de mí. Mis muslos presionaban con fuerza su verga, como aquel que no quiere la cosa.

- ¡Animo, mi amor, lo haces muy bien, ya casi lo has conseguido! Había que animar al chaval.

Tanto va el cántaro a la fuente que… De repente noté como la goma del sujetador dejaba de apretar, ¡lo había conseguido!

Y de la nada brotaron dos montañas blancas como la nieve, grandes y hermosas, coronadas por sendos pezones y los ojos de David, que estaba en el séptimo cielo, se posaron en ellos.

- ¿Lo ves? A mí no me importa desnudarme. ¡Ya estamos los dos igual! Le espeté al chaval.

Rápidamente David respondió: - No estamos igual, falta algo, tiita. Coño con el crio, no se conformaba con ver mis tetas, ahora también quería mi rajita.

- Bien, pero tendrás que prometerme que esto no se lo contarás a nadie ¿De acuerdo?

David lo prometió y lo juró. -Hubiera hecho cualquier cosa que le hubiera pedido-, finalmente cruzó dos dedos y los besó para sellar el pacto entre tía y sobrino.

A continuación, y sin encomendarse a nadie, me agarró las braguitas e hizo que se deslizaran hasta el suelo. Ante sus ojos apareció un pequeño triángulo blanco y en el centro una rajita totalmente depilada. David había alcanzado el octavo cielo ¿Existe el octavo?

De nuevo David se había quedado como una estatua, pero esta vez con sus manos estiradas a sus costados y la vista fija en mis tetas -Joder, le ponían más mis tetas que mi coño- Su hermosa polla erguida apuntaba desafiante ante mi coño. Me tocaba a mí dar el siguiente paso, así que me puse manos a la obra, mejor dicho, esponja a la obra.

Cogí de nuevo la esponja de baño, le puse un buen chorretón de gel y, sin preguntar, no sea que tuviera que hacerle otro numerito al niño, empecé a frotar de nuevo por su pecho. Pensé que era mejor empezar por el pecho que por la picha, tiempo al tiempo.

David continuaba en la misma posición que os he descrito anteriormente. Al chaval le iba eso de hacer la estatua viviente. Mis manos decididas siguieron frotando, pero esta vez, con el permiso del titular, y sin entretenerme demasiado, se deslizaron hasta sus ingles y hurgaron en su interior para eliminar los presumibles restos de arena que ahí se escondían. Me sorprendió la rigidez de su verga y la dureza de sus bolas. O sea que ¡El niño tenía erecciones!, y ¡menudas erecciones!

David continuaba embelesado, la vista fija en mis tetas que se movían al mismo ritmo que mi mano frotaba su delicado cuerpo.

- ¿Te gustan las tetas de tiita? Me salió del alma.

- Si, mucho -Ole con el chaval, sincero como su tía-.

- Esto no puedes contárselo a los otros, es nuestro secreto, lo has prometido

- No, no se lo contaré, tiita.

-Que más quisieran Juanque y Santi, encontrarse en esa situación, ¿No te parece?

-En el fondo, David, eres un afortunado porque seguro que los otros dos te tendrán una envidia enorme y seguro se cambiarían contigo ahora mismo.

-¿Quieres que juguemos a ser novios, aquí en la ducha, mientras te lavo?- Puede ser muy divertido, será otro de nuestros secretos, ¿vale?

-Vale, tiita.

-Me gusta que seamos novios, David, porque los novios se quieren mucho y no tienen secretos entre sí. Yo te quiero mucho, mi niño- Le dije esto mientras lo abrazaba pegando mi cuerpo al suyo. Fue agradable sentir en mis muslos el roce de su erecta verga, inmediatamente echó su cuerpo para atrás, pensando que me iba a molestar. Me di cuenta de su maniobra y, para tranquilizarlo le dije:

- No te preocupes, cariño, es normal que se ponga así, a los hombres os ocurre y a las novias nos gusta que os ocurra. No es nada malo.

Esto le hizo sonreír y noté como se tranquilizaba. Creo que se sintió en este momento el tipo más afortunado del mundo mundial. Aprovechando que estábamos intimando, le pregunté:

- David, mi vida, ya sé que cuando estamos abajo en la playa, los chicos comentáis cosas a mis espaldas ¿Qué dicen Juanque y Santi de mí?.

- Na nada, no dicen nada.

- Anda, no seas mentiroso, yo sé que cuentan cosas y quiero saberlo. Tiita te recompensará si se lo cuentas - y le di un beso en la frente.

David, un poco azorado me dijo: -Es que les he prometido que no diría nada, y una promesa es una promesa-

- Si, ya sé que una promesa debe cumplirse siempre, pero yo soy tu tiita, y los comentarios son respecto a mi ¿no se lo vas a contar a tiita? - le dije estas palabras mientras lo agarraba por los hombros, me acercaba a él, y rozándole con mis pechos le daba un piquito. Si, ya lo sé, estaba jugando fuerte. Estaba decidida a saber qué decían de mí aquellos pervertidos.

Aquello derribó las resistencias de David.

- Pero no se lo cuentes a ellos ¿vale? Porque si no, me matan.

- No te preocupes, cariño, tu tiita no va a decir nada de lo que tú me cuentes. Será nuestro secreto ¿vale?

- Vale- Bueno, pues lo que ellos dicen de ti es….

- ¿Que es cariño, anda, no tengas miedo, sigue…

- Pues dicen que …. que estás muy buena.

- ¿Eso dicen?

- Si, eso dicen, y que tienes unos pechos muy bonitos

- ¡Muy bonitos! ¡No te creo!, seguro que Juanque y Santi lo dicen con otras palabras ¿verdad, David?

- Bueno, ellos dicen otras palabras como que…. que estás jamona y que te iban a echar no sé cuántos polvos ¿Para qué sirven los polvos, tiita?

- O sea que los niños van calentitos…. -Ya te contaré David-, continúa.

-También hablan continuamente de un pajar o de pajas que van a hacer a tu salud, pero esto tampoco lo entiendo.

-Ya lo entenderás más adelante, David, tu tiita te enseñará, no te preocupes.

-Y cuando me estiro boca abajo a tomar el sol, ¿ellos me miran?

-Ya lo creo que miran, y aprovechan que tu estas con los ojos cerrados para tocar su cosa.

-¿Se tocan su cosa?

-Si tiita, se tocan su cosa, y se les pone grande. Me dicen que se meten en el agua para relajarse y cuando vuelven del agua ya no la tienen tan grande.

- O sea que los chicos tienen que relajarse de vez en cuando, muy interesante- . Aquellas declaraciones me estaban poniendo a cien.

-Sí, tiita, eso hacen.

Aquello me excitó sobremanera, o sea que los chicos tenían que soltar su lechita de vez en cuando porque yo, Sonia los ponía como una moto. Se confirmaba que el juego ideado por Daniel estaba siendo un éxito.

Y en cuanto a ti, David, -¿Te ocurre lo mismo que a Santi y Juanque?- -¿Tienes también necesidad de relajar tu cosita de vez en cuando?-

David, que no entendía nada de todo aquello respondió -No tiita, yo no sé nada, eso lo dicen ellos-

- Y… Cuando tienes la colita grande como ahora, ¿Qué haces?

- Bueno, la toco un rato hasta que me canso, y luego ella sola se vuelve pequeña, y ya está.

- Cuando estamos en la playa y los chicos tocan su cosa, -¿Tú también te tocas esto? Le dije esto mientras le pasaba la mano por su verga empinada y por sus hinchadas pelotas.

- Bueno, sí, claro, es un juego y hago como ellos.

- Y cuando se te pone tan dura como la tienes ahora -¿También te metes en el agua?

- Sí, claro, me meto en el agua y hago como ellos.

- ¿Y qué hacen ellos?, cuenta, cuenta.

- Pues se bajan el bañador y se la tocan debajo del agua, para que tú no los veas, hasta que les sale la leche.

- ¿Tú has visto cómo les sale la leche?

- Si, todos los días, pero cada uno es diferente: cuando le sale a Santi es como unas gotas gordas, en cambio la de Juanque son como cabellos muy largos.

- ¡Vaya con Juanque! Este chico era una mina.

David era un encanto, me estaba contando aquello con toda la naturalidad del mundo. Estábamos los dos desnudos, frente a frente, él con su polla erguida y yo con mi coñito rezumando jugos. Mi sobrino era un auténtico bollicao de chocolate y a mí me encanta el cacao. Con mucho gusto me lo hubiera zampado de un bocado, pero decidí que lo mejor era esperar. El verano era largo y aquel juego era cada vez más excitante.

Para finalizar, y como premio, me incliné hacia adelante un poco y le pasé la mano a pelo, sin esponja desde el culo hasta la punta de la polla, pasando por sus hinchados huevos.

- Esto ha de quedar muy limpio, mi vida, no quiero arena en la cama -

Posteriormente le di la esponja a David, y dándome la vuelta, le rogué que me enjabonara la espalda. No nos olvidemos que esta había sido la disculpa con la que había conseguido meterme en la ducha a solas con mi sobrino.

David se esmeró, en complacer a su tiita. Frotó con energía mi espalda, mis nalgas y mis piernas. Yo misma lo animaba diciéndole:

- Dame fuerte por el culito, cariño, a ver si de una vez por todas se me van los malditos granos.

¡Menudo motivo gilipollas me había inventado para enseñarle el puto culo!

David se dio un buen hartón de nalgas. ¡Me las sobó a conciencia!

Cuando consideré que ya se había dado un buen lote, me di la vuelta y mis pechos desafiantes se mostraron generosos ante mi sobrino. Mis pulmones cogieron aire y mis tetas se hincharan todavía más. Los ojos de David se salían de sus orbitas contemplando aquellas mamas coronadas por dos duras cerezas. Ante aquél estado de shock, guiñándole un ojo, le pregunté:

- ¿Quieres seguir tú, o acabo yo?

Hablando en plata: no tenía nada que ver de cara que de culo. Fue relativamente fácil para él sobar a conciencia mi culo porque yo estaba de espaldas y no nos veíamos las caras. Si recordáis, el día anterior, ya se había puesto las botas extendiendo la crema solar por todo mi culo, en cambio, ahora estábamos cara a cara, uno en frente del otro. Supongo que mis más que generosos pechos y mi desnuda rajita eran demasiado para él. No se atrevió a tanto y, dándome la esponja dijo:

- Otro día, tiita. ¿Cómo que otro día? ¡El cabroncete confiaba en que aquello lo repetiríamos otro día! ¡Se reservaba mis tetas y mi coño para otro día! Decididamente, el tío era inteligente.

Ante su negativa, cogí el bote de gel, quité el tapón, lo arrimé a mis pechos, presioné y....el blanco gel se derramó sobre ellos en forma de largos goterones. Guiñándole un ojo y señalando con el dedo el jabón que ya se escurría hacia mi tripita, le insinué:

- ¿Qué? ¿Te animas?

De nuevo, David rechazó la generosa oferta.

Una música maravillosa llegó a mi imaginación. Una música que invitaba al baile, pero yo no iba a danzar, eran mis manos las que iban a hacerlo. Y mis manos danzaron y se deslizaron por mi cuerpo, acariciándolo y amándolo al ritmo de las notas de esta música imaginaria que sonaba solamente en mi imaginación.

Tenía la mirada fija en David mientras mis dedos acariciaban mi piel desnuda. Los pechos eran objeto de una atención especial, los pezones, duros y desafiantes apuntaban directamente a los ojos de mi sobrino que los contemplaba completamente hipnotizado. Me había transformado en una bailarina de streptease a la que no le avergonzaba exhibirse desnuda frente a su público.

Los acontecimientos vividos aquel día hicieron que mi coño reclamara desesperadamente las atenciones debidas. De vez en cuando, más de un dedo se entretenía más de lo debido frotando entre mi rajita. Os juro que no me hubiera costado nada, pero cuando digo nada es nada, correrme como una cerda frente a mi sobrino David.

Tras estas reflexiones, abrí el grifo de la ducha y, bajo el agua fría volví poco a poco al mundo real. Dirigiéndome a David, le repetí:

- Recuerda, cariño, que esto que ha ocurrido será nuestro secreto, y que no se lo debes contar a nadie.

- Te lo juro, te lo juro te lo juro. Y mientras repetía estas palabras, besaba sus dedos cruzados reafirmando su promesa.

- Si nadie se entera de eso, podremos repetirlo cada día cuando regresemos de la playa. ¿Te gustaría repetirlo, mi vida?

-Sí, tiita, cada día. Eres la tiita más buena que hay en el mundo- Y mientras me decía esto, me abrazó con fuerza por primera vez, pegando su cuerpo al mío, sin importarle ni la presión que ejercía su polla todavía dura entre mis piernas ni mis tetas desnudas pegadas contra su pecho. Me miró a los ojos y me dio un piquito, tal y como yo había hecho antes.

-¿Es así como se besan los novios, verdad tiita?

- Aquella demostración de cariño me llegó al alma. David estaba muy satisfecho con la experiencia que acababa de vivir. Realmente era un encanto.

-Sí, cariño, así es como hacen los novios. Veo que aprendes las lecciones muy deprisa. Mañana seguiremos jugando a ser novios, ¿Vale, mi amor?

- Me gusta ser tu novio, tiita.

- A mí también me gusta ser tu novia, cariño mío-.

- Bueno, venga ya, que se nos ha hecho tarde, y no sé qué van a pensar los demás-.

Lo ayudé a secar con la toalla y enrollándolo en la misma le dije que se dirigiera a su habitación para vestirse. Salió corriendo como alma que lleva el diablo y se fue directo a su habitación. Al quedarme a solas, dudé entre si hacerme un dedito para acabar aquello que había comenzado o dar aquello por acabado. Finalmente opté por lo segundo, por lo que me enrollé la toalla al cuerpo y me fui directa a mi habitación.

Al salir de la caseta me topé con la mirada de Daniel, que, sentado bajo la tumbona me saludó con la mano, con el pulgar hacia arriba. Todo había salido conforme a sus planes. EL JUEGO CONTINUABA.

No me entretendré contando los pormenores posteriores, pero os diré que entre todos preparamos la cena, y que posteriormente, en familia vimos una peli del video. Algunos aprovechamos la peli para echar un sueñecito.

Tras la peli, dimos la jornada por finalizada, aquello de que cada oveja con su pareja se hizo efectivo: los mayores -Vaya peligro- se fueron a su habitación, David a la suya y Daniel y yo a la nuestra. Antes de meterme en la cama, me dí la última ducha en el baño de nuestra habitación. Me gustaba dormir desnuda y recién duchada. Cuando me acosté, Daniel, también desnudo esperaba impaciente para que comentáramos los pormenores de la jornada.

Daniel escuchó algunos fragmentos de nuestra conversación en la ducha, pero no vio nada, o sea que no me quedó más remedio que contarle, con peros y señales lo que había ocurrido en la caseta con David. Durante el relato, exageré significativamente alguno de los pasajes para placer de los oídos de Daniel.

Con todo lo ocurrido tenía el coño ardiendo, por lo que mientras describía los pasajes eróticos, mi dedo acariciaba mi rajita, Daniel acariciaba mis pechos y me observaba y yo disfrutaba ambas cosas a la vez. Un estremecimiento en mi cuerpo anunció la llegada de la ansiada liberación.

Ya más relajada rogué a Daniel que me explicara lo que había visto con sus prismáticos desde la terraza. Daniel, me contó que había observado como Juanque y Santi se habían sacado la polla del bañador y se la habían estado tocando cuando me vieron con el diminuto tanga tomando el sol boca abajo.

También observó, y esto se veía muy bien desde arriba, puesto que el agua era transparente como se habían corrido la paja dentro del agua, y que lo habían hecho dos veces aquella jornada.. En una de ellas, me dijo, se habían hecho la paja el uno al otro.

- Si, ya sé que lo hacen, me he enterado hace un rato cuando les he escuchado a través de las paredes de la caseta de baño.

- Pobrecitos, son tan encantadores -le dije- Me encanta excitarlos y que se les ponga dura por mi culpa.

- ¿Sabes, Daniel? este juego me excita un montón, Mi coño está todo el día rezumando jugos, mmmmmmm

- ¿Estás caliente mi vida?- me decía Daniel mientras frotaba mi coño y acariciaba mis pechos.

- Muy caliente, mi amor-

- ¿Vas a correrte otra vez para mí? ¿Me vas a dar este gusto? -

- Si Daniel, me voy a correr para ti -

Daniel era un verdadero artista con los dedos. Me provocaba unos orgasmos espectaculares. En pocos minutos me puso al borde del placer. Este otro fue más largo e intenso. Me dejó totalmente desmadejada. Nos besamos con cariño y nos deseamos las buenas noches. Teníamos que reponer fuerzas para mañana.
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heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 003

Después de mis largos orgasmos, quedé dormida en brazos de Orfeo. Fue una larga noche en la que volvieron a mi imaginación recuerdos pasados y deseos futuros. Soñé con Daniel, con su potente polla hundiéndose en mi coño, soñé con Juanque. Si, ya sé que es un poco aberrante, pero es la verdad, los sueños, sueños son. Soñé que, a hurtadillas, me colaba en su habitación, soñé que me lo follaba, soñé que sus labios sorbían mi coño, soñé que su lengua martirizaba mi clítoris, soñé que sus manos amasaban mis pechos y que sus dedos pellizcaban mis duros pezones. Y yo lo disfrutaba, y mi coño explotaba en mil y un orgasmos.

Era un sueño húmedo, agradable, muy placentero. En mi sueño estaba a punto de agarrar la polla de Juanque, quería devolverle los orgasmos con los que me había obsequiado. Quería comerme su polla y beber de su fuente. Quería tocarla, deseaba agarrarla fuertemente y saborearla. Estaba a punto de conseguirlo cuando me desperté, abrí los ojos y, por un momento volví a la realidad y sentí una desilusión. ¡No estaba en la habitación de Juanque! Pero… ¿Dónde estaba? ¡Estaba en mi puto dormitorio! A mi lado no había nadie, pero yo me sentía mojada, mi coño ardía, alguien seguía martirizando mi querido coño. Mis orgasmos no eran fruto de mi imaginación calenturienta. Con la mirada busqué desesperadamente a Juanque y no lo encontré. Sentí una gran desilusión al ver en su lugar a Daniel, con la boca sobre mi coño dándome los buenos días.

- Buenos días, mi amor. Le dije.

- Buenos días, chochito mío. Respondió Daniel.

Después de la rutina matinal anuncié a los chicos un cambio de planes. Tenía que ir a Llafranc a sacar dinero del banco y, de paso, tenía que hacer unas compras. Daniel me dijo que me llevara conmigo a Juanque, y él se quedaría con sus sobrinos.

¿Por qué insistió Daniel en que me llevara a Juanque? ¿Acaso, en mis sueños húmedos había delatado la lujuria que sentía por mi hermanito? ¿Qué pretendía Daniel con aquella maniobra? Yo había previsto ir sola, y ahora… ¿Qué pasaría ahora?

Juanque se había convertido en todo un hombre. Su paso por el instituto, su afición por el atletismo y por todos los deportes en general habían curtido su cuerpo de forma que ahora mostraba unos dignos pectorales y una cintura y culo muy apetecibles. Hasta este verano lo veía como un niño, pero, los acontecimientos ocurridos en Cala Rodona estos últimos días me hicieron cambiar de parecer. Juanque había dejado de ser aquel niño larguirucho y travieso al que todos queríamos para convertirse en un muchacho fornido, dotado de un cuerpo hermoso y apetecible.

Y para este yogurin con los estrógenos en completa ebullición yo era el objeto de sus deseos. Se había masturbado descaradamente contemplando mi culo mientras los demás dormitábamos frente a la tele. Se dejaba pajear por su primo Santi en la ducha soñando con follarme. Me manoseaba descaradamente cuando jugábamos en el agua. No había lugar a dudas, ¡Juanque me deseaba! Y lo que era peor… ¿O no? ¡Yo tenía sueños lujuriosos con Juanque! ¡Yo me humedecía soñando con Juanque! ¡Yo deseaba a Juanque! Nos deseábamos a pesar de habernos criado como hermanos. ¡Pero no éramos hermanos!

Mi marcha prematura del hogar por motivos de estudios hizo que nos viéramos en pocas ocasiones. Yo era muy independiente y al poco tiempo empecé a trabajar. Mi sueldo me permitía vivir alejada del hogar familiar y no estar sometida al duro control que mis padres imponían. Durante estos años, Daniel fue creciendo y se hizo mayor. Mi relación con Juanque podríamos decir que se inició el día en que contactó conmigo a través del messenger. A partir de aquel día no perdimos el contacto, y aunque de banalidades, acostumbrábamos a conversar al menos una vez por semana.

Y ahí estábamos los dos, solos, a punto de subir al coche para dirigirnos a Llafranc. Era del todo imposible predecir lo que iba a ocurrir a partir de ahora. Para ir al pueblo me puse una blusa de topos y unos pantalones cortos, blancos. Juanque, como siempre, sus jeans y una camiseta de los Rolling Stones. Subimos al Ford Mondeo y enfilamos la carretera con dirección a Llafranc.

El trayecto era corto. La carretera serpenteaba a través de la montaña, primero subíamos hasta el faro de San Sebastián y luego bajábamos hasta el pueblo. Hacía un día agradable y viajábamos con las ventanillas del coche bajadas. Mi blusa revoloteaba juguetona, azotada por las ráfagas de aire que se colaban por los dos laterales del Mondeo. Mi blusa, al son del viento se abría y cerraba secuencialmente mostrando mi pecho hinchado presionado por el pequeño sujetador. De repente, el viento juguetón hizo que uno de los botones de mi blusa saliera disparado. Mi blanco y transparente sujetador apareció como de la nada ante los ojos de Juanque.

El viento azotaba mi blusa, prácticamente abierta de par en par. Mis pechos amenazaban por sobresalir del diminuto sujetador, que mostraba con descaro las aureolas de mis pezones. Juanque fijó su mirada en ellos con absoluto descaro. No le importaba en absoluto que a mí me molestara o no.

- Juanque, ¡Ya te vale, Podrías mirar más disimuladamente! ¿No te parece?

- Lo siento, Sonia, pero no hay para tanto, al fin y al cabo vas en sujetador, como en la playa.

- Ya, pero no es lo mismo. Le dije.

- Pues yo creo que es lo mismo. En la playa, cuando se bañas se te transparenta casi todo, se te ve más que aquí.

- Si, Juanque, pero no es lo mismo el bañador que esto. Con el dedo señalé el sujetador.

- Bueno, puestos a mirar, éste me gusta más. Hace que tus pechos sean más bonitos.

-Pero Juanque... ¿Y este descaro?

- Es verdad, Sonia, La lencería hace que una mujer sea más bonita y apetecible. No puedes compararlo con un traje de baño.

- ¿Apetecible? ¡Por Dios, Juanque! ¿Te has vuelto loco?

- De todos modos, Sonia, ayer en la playa nos obsequiaste con tu accidentado topless. O sea, que no sé a qué viene todo esto.

- Fue un accidente, Juanque, no lo olvides. Y no volverá a ocurrir- Dije eso último un tanto enfadada.

- Pues yo sigo pensando que no hay para tanto- Juanque seguía erre que erre.

Ante su insistencia decidí pasar al ataque...

- Si a ti te parece bien que tu hermanita te enseñe las tetas, a mí también me parecería bien que tú me enseñaras la polla- ¿Qué me dices a eso? Me salió sin pensar, lo juro.

Juanque se quedó cortado, no sabía cómo salir del lío en que se había metido.

- Bueno, perdona, si no quieres, no miraré, lo siento- Puso cara de ofendido y fijó su mirada al frente.

Aquello me jodió, puesto que yo quería seguir jugando. Supongo que me pasé mil pueblos cuando le dije que me enseñara la polla. Tenía que arreglarlo como fuera.

- No seas tonto, cariño (pocas veces le llamaba cariño, pero creo que ahora tocaba). No me molesta que mires. Si quieres mirar, mira lo que quieras. Eres mi hermanito y no te voy a prohibir nada, así que ya sabes, puedes mirar, que yo no me voy a enfadar.

- ¿En serio, no te vas a enfadar?

- No, mi vida (bueno, creo que ahora me estaba pasando un poco). En el fondo, continué, todas las mujeres somos un poco exhibicionistas. ¿Por qué crees tú que nos ponemos esta ropa tan apetecible como tú la llamas?

- Para gustar a los hombres.

- Pues claro, cariño, y este conjunto de braguitas y sujetador me costó un ojo de la cara. ¿Para qué coño sirve el dinero que me he gastado si no puedo enseñárselo a nadie?

- Además- continué. La chica de la tienda me dijo que realzaría mis pechos, sin llegar a mostrar nada. ¿Tú crees que este sujetador me hace los pechos más bonitos?

- Tus pechos son muy bonitos, Sonia.

- ¿En serio te gustan? Eres un encanto, cariño. Muchas gracias por el cumplido. Te debo una.

- De nada- contestó el tío soso.

De vez en cuando una ráfaga de aire se colaba por entre las copas del sujetador y, por unos segundos, mis pezones, como dos garbanzos afloraban a la superficie a tomar el sol, para goce y disfrute de mi hermanito.

Y así transcurrió el viaje de ida. Cuando llegamos a Llafranc pude haber comprado un alfiler que hiciera las veces del botón perdido, pero no lo hice. Ciertamente ahora, sin el viento, la blusa ocultaba decentemente mi sujetador, pero determinados movimientos y posturas me permitían continuar alegrando la vista a Juanque.

Saqué dinero del banco, llenamos las bolsas de comida en el súper y, tras depositar las compras en el maletero del Ford, nos dirigimos a unos grandes almacenes, sección baño y playa.

Insté a Juanque para que se comprara un nuevo bañador porque solo tenía uno y era un engorro no tener uno de repuesto. Al rato vi que se dirigía a los probadores con unas cuantas prendas bajo el brazo. Por mi cuenta, seleccioné dos modelos tipo slip. Al rato, desde fuera le pregunté

- ¿Qué tal te sienta cariño? Creo que a partir de hoy le llamaría siempre cariño, me gustaba más que Juanque.

Juanque asomó la cabeza por entre las cortinas de los probadores diciendo...

- Creo que me sientan bien.

- Veamos, que quiero verlo yo, y corriendo la cortina, apareció Juanque luciendo un bañador de estos de tela, que le llegaba casi a las rodillas.

- No está mal, cariño, te sientan bien, aunque creo que deberías probarte estos que he seleccionado para ti.

- Vale- Pasó la cortina y esperé a que me mostrara el resultado del cambio. Al rato, se abrió de nuevo la cortina, asomó la cabeza y me dijo.

- Sonia, creo que me van pequeños.

- ¡Pero si he elegido tu talla! ¿Cómo que te van pequeños? ¿A ver cómo te quedan?.

- Juanque corrió la cortina de nuevo y apareció con su nuevo traje de baño tipo slip, de color negro que resaltaba aún más su joven cuerpo fibrado. Juanque había tenido que hacer auténticos malabarismos para ocultar sus voluminosos genitales debajo de la lycra del minúsculo bañador. Mi hermanito era un auténtico yogurin y la boca se me hacía agua.

- Te sienta de fábula, cariño, no se hable más, nos lo llevamos

- Pero…. ¿No es un poco pequeño?

- ¡Que va!, es tu talla, además, así podrás tomar el sol como Dios manda. Tu otro bañador te tapa prácticamente hasta las rodillas. Además, así también me alegrarás la vista a mí.

- ¡Pero, Sonia!, exclamó.

- Mira, Juanque, es justo que si yo visto diminutos bañadores, tu hagas lo mismo. Yo te alegro la vista a ti y tú me alegras a mí. ¿Acaso crees que soy de piedra? Además, me gusta mucho como te sienta este bañador, si no fueras mi hermano, te me comía aquí mismo. No se hable más, nos lo llevamos y punto. Mañana quiero vértelo en la playa.

Con todo aquello, quise que a Juanque le quedara claro que si yo le ponía a él, él también me ponía a mí. O sea que las cartas estaban todas echadas. ¿Cómo las jugaría cada uno? ¿Quién ganaría la partida?

Seguidamente nos dirigimos a la sección de mujeres. Seleccioné unos cuantos bañadores tipo tanga (intencionadamente elegí los bañadores que consideré más provocativos, incluso una talla inferior a la mía) y nos fuimos a los probadores. En esta sección los probadores eran de cabina con puerta.

Cada vez que me probaba una prenda, entreabría la puerta, me asomaba al exterior y le rogaba a Juanque que entrara en para juzgar cómo me estaba. La cabina, aunque estrecha, tenía espacio suficiente para contener dos personas en su interior.

- Y bien… ¿Qué tal me sienta este? El sujetador, una talla inferior a la mía presionaba mis pechos hinchados que rebosaban descaradamente por encima de las dos cazoletas.

- Yo creo que te va un poco justo. Nos miramos a los ojos por unos segundos y al momento..... ¡Echamos a reír como dos posesos!

- ¿Un poco justo? ¡Si me descuido un poco, estas dos te saltan a los ojos! Mientras señalaba mis pechos.

- Ja ja ja ja. Ja ja ja ja. Era una risa tonta, de estas que te entra a veces y que no hay manera de parar.

- Juanque continuó… Y estas braguitas… Si te descuidas se van a esfumar por ahí- Señalando el agujero que se formaba justo en mi entrepierna.

- Ja ja ja ja. Ja ja ja ja. Aquello era un no parar.

- Yo creo que están fuera de sitio…. A ver si poniéndolas de otra forma - decía esto pasando mis manos por entre el sujetador y mis pechos acomodándolos dentro de la diminuta tela y provocando que uno de ellos se saliera completamente de la cazoleta.

- ¡No, si final lo vas a perder! - Me soltó Juanque. Ja ja ja ja.

- ¡Pues agárralo, que no se escape! - le dije yo. Ja ja ja ja.

Y Juanque, con todo el morro del mundo, agarró mi pecho desnudo y lo colocó de nuevo dentro del sujetador.

- ¡Voilá, llegué a tiempo. No se escapó! Ja ja ja ja Aquello me pilló descolocada, y antes de que pudiera reaccionar me eché a reír también contagiada por la risa de Juanque.

Unos golpes en la puerta de la cabina nos hicieron descender de la nube en la que nos encontrábamos y pisar de nuevo tierra firme.

Era la encargada de probadores, que con voz firme dijo:

- Lo siento, pero los probadores son exclusivamente de uso femenino. Los probadores masculinos están al otro lado de la planta.

- Está bien, ya casi estamos. Le solté a la encargada.

- Y tú, date la vuelta, que voy a vestirme. Le rogué a Juanque.

En teoría, espalda contra espalda, me deshice del diminuto bañador, objeto de nuestro cachondeo, me calcé de nuevo mis braguitas y opté por ponerme directamente la blusa sin el sujetador. Al fin y al cabo, estábamos solos Juanque y yo y después del numerito del probador pensé que sería bueno añadirle un poco de picante al resto del día.

Pese a mi edad y a su tamaño, mis pechos se conservaban turgentes. Evidentemente, al andar se notaba que estaban sueltos, puesto que se movían acoplándose al ritmo de mis pasos, pero cuando me detenía, nadie diría que no llevaba sujetador. Pasamos por caja para pagar el bañador de Juanque y unas braguitas tanga que al final elegí para mí. Posteriormente fuimos a comer a una pizzería muy famosa del pueblo.

Elegimos una mesa en un reservado y amenicé la comida de Juanque obsequiándole con una buena ración de teta oculta tras un generoso escote (no olvidemos que mi blusa continuaba huérfana de botones).

- Me hace ilusión comer aquí contigo, cariño. La gente nos toma como dos enamorados, y esto me hace sentirme más joven. Estas vacaciones están sirviendo para que nos conozcamos mejor y para romper una serie de tabús que nos habían impuesto. Me siento libre sin el maldito sujetador. Nunca voy sin él, pero hoy tenía ganas de hacerlo. Estamos solos tú y yo y a nadie le importa lo que hagamos. ¿Te gusta mi regalo, cariño?

- ¡Bueno, al final ya me los habrás visto de mil maneras! ¡Seguro que más de una paja te habrás hecho soñando con ellos!

- ¡Sonia, por favor! El peque protestó mi ocurrencia, pero yo sabía que en el fondo tenía razón. Juanque se la cascaba porque yo le ponía.

Tras la comida, cogidos de la mano dimos un paseo por el puerto. La zona de playa de Llafranc es muy pequeña y está pegada al puerto. Los turistas se tostaban al sol. Ellas, casi todas en topless y tapadas exclusivamente con diminutos tangas. Los ojos de Juanque se movían de teta en teta y tiro porque me teta. En fin, que se puso las tetas, quiero decir, las botas.

- Es mejor tomar el sol así, ¿No crees? Le solté a Juanque.

- Aquí es más fácil, porque nadie conoce a nadie. En cambio, en Cala Rodona estamos en familia.

- ¿En serio crees que los primos se molestarían si se me ocurriera tomar el sol en topless?

Juanque meditó por unos instantes y dijo - No, no creo que se molestaran.

- Entones, si ellos no se sienten molestos, ¿Eres tú el que se molestaría por verme las tetas?

- ¡No, qué va! No tuvo que pensarlo dos veces para dar esta respuesta.

- Bueno, pues no se hable más, si mañana te pones el bañador que te he comprado, tu hermanita agradecerá tu gesto y tomará el sol en topless.

Juanque se quedó pensativo. Se le planteaban dos dilemas: por una parte, le ponía un montón ver a Sonia tomar el sol semidesnuda, como las turistas que tenía en frente, con la diferencia de que Sonia estaba más buena que ellas; sus pechos era infinitamente mejores, de esto podía él dar fe. El otro dilema era que a cambio debía ponerse aquel minúsculo bañador que no ocultaba prácticamente nada y que dibujaba perfectamente sus genitales a través de la fina tela. ¿Qué ocurriría en el caso de que se le pusiera dura como acostumbraba a pasar últimamente día si y día también? ¿Cómo ocultaría su dura polla a los ojos de Sonia? o ¿Acaso Sonia deseaba verlo así de duro? ¿Qué quiso decir Sonia en los Grandes almacenes cuando dijo que no era de piedra?

El viaje de vuelta fue más divertido aún que el de ida. De nuevo, el viento hizo volar mi blusa y mis pechos, esta vez desnudos quedaron a la vista de Juanque.

Juanque se quedó perplejo al comprobar que no llevaba sujetador.

- No te apures, peque (esta vez me salió lo de peque ¿Qué le vamos a hacer? no me acabo de decidir respecto al calificativo que se merece mi hermanito)

- No te apures, peque, si mañana vamos a tomar el sol en topless, ¡Qué más da que empecemos hoy! ¿No te parece?

- ¡Además, ahora el sol nos viene de cara, así aprovecho y me tuesto un poco! Cariño, deberías tomar nota y hacer lo mismo que yo.

En un momento Juanque se deshizo de la camiseta quedando también con el pecho descubierto. El muy cabrón me hizo caso, pero con trampas: mis tetas teñían más valor que su pecho.

Como ya he explicado anteriormente, la carretera serpenteaba a través de la montaña, y en algún que otro recodo de la carretera existían las típicas zonas para aparcar el vehículo y hacer la foto panorámica de la Costa Brava: pinos, rocas y agua. Era habitual la existencia de pequeñas sendas que permitían descender hasta el agua, y yo las conocía casi todas (ya he comentado que con Daniel, acostumbrábamos a veranear en aquella zona prácticamente desde que éramos novios).

Detuve el coche en una de estas zonas que conocía perfectamente, y le dije a Juanque:

- ¡Peque, te voy a enseñar un sitio secreto que casi nadie conoce, ahí abajo, entre los pinos!. Y eché a andar montaña abajo por entre las rocas.

- ¿De qué conoces tu un sitio ahí abajo? Preguntó Juanque mientras me seguía a la zaga.

- Bueno, era un rincón que me enseñó Daniel, al que íbamos a menudo antes del accidente.

No existía ni camino ni senda, de ahí que muy poca gente conociera aquel lugar. Saltábamos de roca en roca sin dejar rastro de nuestras pisadas. Al final, unos matorrales cerraban el paso. Aparté unas ramas y entramos en su interior frondoso, cruzamos la espesa vegetación y a la salida, apareció ante nosotros mi rincón secreto: una playa de arenas blancas bañada por un agua cristalina que se filtraba desde el mar, un auténtico edén. Un pequeño bosque de pinos la mantenía oculta a la vista de los que circulaban por aquella carretera.

Al pisar la fina arena, me descalcé y, a la carrera, chapoteé en la pequeña laguna hasta que el agua cubrió mis rodillas.

- Está buenísima, enano, anda, ven, pruébala. Mientras le extendía los brazos para que se agarrara a mis manos.

El sol de media tarde pegaba fuerte. Juanque se quitó las sandalias y se arremangó los pantalones. Con las manos extendidas entró en la cala y se detuvo a mi lado. Por unos instantes permanecimos unidos por las manos y mirándonos a los ojos. Yo me sentía muy a gusto, y pensaba que Juanque también, pero, de repente, me soltó las manos, salió de la cala y se sentó sobre la arena.

- O sea, que este era vuestro rincón secreto. Soltó de repente Juanque.

- Pues sí, aquí era dónde veníamos para estar tranquilos y relajados.

- ¿Y os relajabais mucho? La pregunta del enano iba con segundas. Merecía una respuesta adecuada por parte mía.

- Pues sí, nos relajábamos mucho. Daniel era muy fogoso, y yo también. Bueno, yo todavía lo soy, lo que ocurre es que ahora Daniel, bueno, ya sabes... ¿Para qué hablar?

Supongo que Juanque se sorprendió tanto de su pregunta como de mi respuesta. Por unos momentos se hizo el silencio, que yo rompí diciendo.

- ¿Sabes qué, enano?

- ¿Qué? Respondió.

- Pues que tengo mucho calor y que me apetece darme un baño.

- ¡Vale! Exclamó. Voy arriba a buscar los bañadores.

- No necesitamos bañadores le respondí, mientras me desprendía de mis pantalones cortos y de la blusa, arrojándolos a la arena.

Vestida solamente con mi pequeño tanga me tiré de cabeza al agua, di unas brazadas y mirando a Juanque exclamé.

- Está buenísima, venga, métete.

- Pero, ¿Y mi bañador?

- No lo necesitas, haz como yo. Juanque, dubitativo, se quitó los pantalones, y se quedó en ropa interior. Vestía un diminuto slip parecido al bañador que habíamos adquirido en los Grandes Almacenes. El slip marcaba perfectamente la figura de un tronco coronado por una gorda capucha. Una sospechosa humedad cubría el final del tronco. Fueron solo unos segundos, no me dio tiempo a mas, puesto que Juanque, en tres saltos se metió en el agua de cabeza y emergió frente a mi desde el fondo de las aguas.

¡Dios! ¡Realmente mi hermanito se había convertido en todo un hombre!

Sus cabellos negros y rizados; sus ojos verdes; sus pectorales bien marcados; su cintura estrecha,....

Mmmmm Estaba hecho todo un yogurín. Me di cuenta del pedazo de culo que tenía cuando vi cómo le sentaba el bañador en los Grandes Almacenes. Era un culo de primera, un culo que estaba diciendo - cómeme-

Y ahí estaba, frente a mí, los dos hermanitos impúdicos, semidesnudos con el agua hasta la cintura haciendo algo prohibido a los ojos de todo el mundo.

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heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 004

En estos momentos no miraba a Juanque como mi hermano, no, en absoluto. Ahora mismo Juanque para mí era un joven apuesto, un poco inocente ¿Sería virgen todavía? Al que yo le ponía. Un muchacho que llevaba todo el verano matándose a pajas y a mí me jodía tanta leche derramada gratuitamente. Si yo era el motivo, si yo era la causante de sus poluciones, tenía derecho como la que más a disfrutar de ellas.

Juanque estaba un tanto nervioso, así que para romper un poco la tensión, se me ocurrió retarle a un juego.

- A que no me ganas - le dije para provocarle.

Y al momento, sumergí mi cabeza en el agua y aguanté la respiración durante un buen rato (no creo que llegara al medio minuto, más o menos) hasta que salí de nuevo a la superficie.

- No está mal - me dijo, pero creo que lo superaré.

I tanto que lo superó, es lo que yo quería que hiciera, Juanque aguantó más de un minuto bajo el agua, y satisfecho por haber ganado el reto apareció sonriente de nuevo a la superficie gritando - Te gané -

Como perdedora del reto, puse cara de enfado y propuse un segundo reto: debíamos ponernos con el agua a la cintura y bucear por entre las piernas del otro sin tocarlas. El que las tocaba, perdía el reto.

- Vale - Dijo. Empieza tú, Sonia.

Juanque se puso de pié de forma que el agua le llegaba a la cintura. Se abrió de piernas y dijo:

- Adelante, pero recuerda que si me rozas, pierdes.

Me coloqué frente a él, a unos cinco metros, me sumergí y con unas pocas brazadas llegué a su altura. Ante mis ojos apareció el paquete hinchado de Juanque que amenazaba con reventar la fina tela del slip. Me entraron ganas de bajárselo y comerme su polla bajo el agua, pero me reprimí. Aún así, no pude por menos que rozar con la cabeza su zona genital, justo cuando paseé por entre sus piernas.

- Has perdido - Me soltó el peque.

- Todavía no cantes victoria. ¡Veamos cómo lo haces tú!.

Nos colocamos uno frente al otro, me abrí de piernas, y en el momento en que Juanque se sumergía, disimuladamente separé a un lado la tira del tanga que cubría mi coño, dejándolo al descubierto.

Juanque, en dos potentes brazadas se plantó a mi altura, dudó un momento, supongo que al ver mi coño desnudo, atravesó mis piernas sin apenas rozarlas y apareciendo a la superficie unos metros más allá gritando eufórico

- He vuelto a ganar -

En el ambiente flotaba una gran alegría. En aquel momento no éramos hermanos, éramos dos jóvenes que se gustaban el uno del otro, que disfrutaban de la intimidad que les ofrecía aquel rincón paradisiaco de la Costa Brava.

Nuestros cuerpos semidesnudos eran motivo miradas furtivas y lujuriosas, tanto por parte mía como de Juanque. Para mí era una sensación muy excitante mostrar mis pechos desnudos ante él. Mi rajita desnuda, oculta a sus ojos era acariciada también por el movimiento que mis piernas efectuaban en el agua. Mi calentura provocaba que mis jugos fluyeran desde el interior de mi coño y que se mezclaran en mi entrepierna con el agua del mar.

Una considerable hinchazón en la parte frontal del slip de mi hermanito denunciaba su estado. Era evidente que él también estaba caliente, su dura polla amenazaba con salirse del diminuto slip.

¡Por Dios! ¡Esta polla tenía que ser mía! No se cómo lo iba a lograr, pero por Dios que iba a poner todo mi empeño en ello.

De mí se había apoderado un deseo irrefrenable y estaba dispuesta a lo que fuera con tal de conseguir la polla de mi hermanito. Estábamos muy a gusto los dos, pero yo no me conformaba, yo quería más, por lo que le propuse una última prueba, esta vez jugaba en serio.

- Una última prueba, Juanque - Le solté.

- Vale, tú dirás - respondió.

Sumergí mis dos manos bajo el agua, y me deshice del pequeño tanga. Con una mano, lo elevé por encima de mi cabeza, lo voltee dos veces y lo lancé fuera del agua, sobre la arena.

Juanque se quedó sorprendido y, por unos momentos dubitativo. Mis ojos desafiantes miraban a los suyos interrogándolo…. ¿Te atreves chaval? ¿Tienes los cojones suficientes como para desnudarte ante tu hermana?

¡Y vaya que los tuvo! Al momento, Juanque repitió la misma operación que yo había efectuado anteriormente, deshaciéndose del slip y lanzándolo sobre la arena.

El escenario había cambiado, ahora estábamos los dos desnudos como cuando venimos a este mundo y el juego continuaba. ¿Quién movería la siguiente ficha? ¿Se atrevería el peque?

El agua ocultaba nuestra desnudez. Teníamos los cuerpos sumergidos hasta la altura de las caderas. Mi coño chorreaba y a mí se me hacía la boca agua imaginando la polla de mi hermanito balanceándose entre mis piernas.

Estábamos a unos cuatro metros, uno frente al otro. La tensión se mascaba. Nuestras miradas lujuriosas denunciaban el grado de excitación que sufrían nuestros cuerpos. Nos deseábamos, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a dar el primer paso. Al final, como siempre, fui yo la que le dije:

- Como no salgamos del agua nos vamos a arrugar. Llevamos aquí dentro del agua mucho rato -. Y, sin preocuparme en absoluto de mi absoluta desnudez, eché a andar hacia la orilla. Tendí mis pantaloncitos sobre la arena y me senté sobre ellos.

Juanque continuaba en el agua con cara de preocupación. Imagino que no se atrevía a salir del agua mostrándome su polla no sé si dura o morcillona. Al final, tuve que animarlo diciéndole.

- Venga, Juanque, no tengas vergüenza. Me estoy mostrando desnuda ante ti. Puedes mirarme y no me molesta. Es justo que tu hagas lo mismo ¿no crees?

Nada, Juanque seguía ahí dentro, inmóvil, agua a cintura. Por lo que insistí un poco más.

- Mira, Juanque, los dos somos adultos, y sabemos de las diferencias entre hombres y mujeres, y también sabemos que los hombres, cuando os excitáis, se os pone dura. Pero es normal, no te avergüences por ello, En el fondo, me siento halagada, porque imagino que es por mi culpa que se te ha puesto dura ¿Verdad, cariño?

- Pues si - se atrevió a decir.

- Venga, no seas soso, haz como yo, sal del agua y vente aquí a mi lado - Dije esto mientras con sus pantalones improvisaba a mi lado otra pequeña toalla de playa.

Al final, tapándose con las dos manos salió del agua y…. no tuvo más remedio que sentarse a mi lado si no quería sentarse directamente sobre la arena.

Estábamos a medio metro uno del otro, los dos con el culo apoyado en los pantaloncitos. Mi cuerpo echado ligeramente hacia atrás, apoyándome con las manos y las piernas ligeramente abiertas permitiendo que el sol acariciara mi rajita.

Juanque, con sus manos ocultaba torpemente a mis ojos su orgullosa polla que se adivinaba hermosa entre la mata de pelo. Sus huevos desnudos sobresalían por debajo puesto que sus manos no lograban abarcarlos.

- Ya te vale, enano - Yo estoy aquí, desnuda y en cambio tu aquí tapándote. Anda, quita las manos de ahí - Le di un pequeño manotazo en sus manos y al final conseguí que las apartara. De reojo observé como su polla tenía un tamaño considerable. No, no estaba morcillona, estaba totalmente dura.

- Mira lo que hago yo, túmbate así, y el sol te dará por todo el cuerpo. Es muy agradable tomar el sol desnudo ¿No crees, enano?

Juanque, imitando mi postura, echó el cuerpo hacia atrás lo que provocó que su dura polla se irguiera como un mástil por encima de su barriga.

Ante estas circunstancias tan adversas (adversas para él, para mí no, evidentemente) Juanque no sabía qué cara poner. Creo que, cuanto más intentaba que aquello disminuyera de tamaño, cada vez estaba más duro y empalmado. Para quitarle hierro al asunto le solté medio riendo:

- Es una suerte no llevar puestos los slips, porque en caso contrario los habrías agujereado.

Juanque no pudo responder. De nuevo una de aquellas risas tontas que nos entran a veces se apoderó de nosotros.

- Ja ja ja ja

- Ja ja ja ja

- Nada, no hay manera de que se baje - dijo él

- Ja ja ja Esto es que se encuentra a gusto así, haciendo el pino - dije yo.

- Ja ja ja ja Será por eso - Replicó Juanque.

- Ja ja ja ja O no - dije yo

- Ja ja ja ja ¿Ah, no? - interrogó Juanque.

- Ja ja ja ja Puede que no sea el pino, puede que sean mis tetas.

- Ja ja ja ja ¡Puede que sean tus tetas! Dijo el enano ya más relajado y sincero.

- Ja ja ja ja ¡Pues si son mis tetas, no te prives, hombre, aprovecha y mira, que es gratis!

- Ja ja ja ¡No te creas, que ya miro, ya!

- Ja ja ja ¡Pues si tu miras, yo también miro!. Le solté así, directo al mentón.

Juanque encajó el golpe con deportividad y no se le ocurrió nada mejor que decir: - Vale pues miraremos los dos.

Si creía que con aquella palabrería me iba a tumbar, estaba apañado. ¡Para chula, yo! Me levanté, desplace mi improvisada toalla y me senté frente a él, en la misma postura, con las piernas totalmente abiertas, ofreciendo una visión clara y perfecta de mis tetas y felpudo.

La erección de Juanque no tenía remedio. Dura como un hierro, su polla parecía un volcán a punto de entrar en erupción. Yo también tenía mi propio volcán en mi interior, mi coño ardía y rezumaba jugos. ¡Estaba encharcada! ¡Necesitaba aquella polla en mi coño! ¡Y la necesita urgentemente!

¡Pero Juanque era mi hermano! ¿Cómo iba a follármelo? ¿Y él? ¿Qué pensaba él de todo esto?

Una cosa estaba clara. ¡Juanque estaba así de burro por mí! Pero... ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar?

No quise precipitarme y, antes de lanzarme sobre su polla, que es lo que más deseaba en este momento le pregunté - Peque, ¿Ya tienes novia?.

- No, no tengo

- Pero, ¿Habrás tenido alguna, no?

- Bueno, tengo una amiga, pero nada más.

- Y con tu amiga.... ¿Qué hacéis?

- Pues vamos al cine, a la piscina, de paseo.

- ¿Y de sexo, qué?

- Todavía es pronto, solo nos damos un beso cuando nos vemos, y ya está

- Joder, Juanque, ¿Un beso y nada más?

- Si, nada más.

- Entonces, ¿No tienes a nadie que se ocupe como es debido de esta fiera? Le pregunté señalando con la vista a su polla.

- No entiendo - Respondió. Joder, o era tonto o lo hacía muy bien.

- Joder, peque, si con tu novia no hacéis nada…. Cuando se te pone así de peleona como la tienes ahora, ¿Qué haces?

- Pues...

- ¿Pues qué? ¿Te la cascas?

- Joder, Sonia, te estás pasando ¿Vale?

- Pues no, no me estoy pasando. Si no tienes a nadie, cuando te ocurre lo que ahora, volviendo a señalar con mi vista su polla ¿Qué haces? ¿Rezas una oración mirando al cielo a ver si se te pasa?

La reacción de Juanque no se hizo esperar. - ¿Y tú? ¿Qué haces tú en estos casos? Me soltó de repente.

- Joder, peque, pues muy fácil, si no tengo a Daniel a mano, pues me hago un dedito. Pero siempre es más agradable que te lo hagan. Disfrutas mucho más. (Olé por mí, se lo dije así, todo seguido, sin titubear)

Aquello se estaba poniendo caliente. Juanque, aunque no acababa de arrancar, parecía que poco a poco se iba dejando. Así que aproveché las circunstancias y di un paso más.

- Mira, peque. Si tú tienes la polla tiesa, yo tengo el coño ardiendo. ¿Entiendes?

- Si, entiendo

- Pues si lo entiendes, comprenderás que yo ahora mismo esté cachonda y que tenga ganas de hacerme un dedito. Tú me pones, enano, porque estás muy bueno, y tu polla aún más, así que si no te importa…. Deslicé mi mano hacia mi coño y, mirando su polla inicié una lenta masturbación.

- Mmmmmm que bueno…. Me estaba mordiendo el labio inferior disfrutando de mis caricias. Juanque seguía ahí como un pasmarote abierto de piernas, con sus bolas colgando y con su polla mirando al cielo. De su gorda capucha roja e hinchada se deslizaba un fino hilo de líquido preseminal. ¡Estaba a punto de caramelo!

Después de haber logrado aquel grado de complicidad, no estaba dispuesta a dejarlo, quería darle gusto al cuerpo porque me lo estaba pidiendo a gritos. Llevé la otra mano a mis pechos para acariciar entre el pulgar y el índice mis sensibles pezones mientras con la otra mano acariciaba alternativamente mi inflamado clítoris y mi rajita.

- Esto es delicioso…. Vamos, ¡Anímate! ¡Mira mi coño!

- ¿No tienes ganas? Yo creo que sí, vamos ¡No te hagas rogar!

- Si no te haces una paja ahora lo vas a lamentar toda la vida, mira mis pechos, duros como piedras, mira como los acaricio Mira mis pezones ¿Nunca los habías visto así, tan hinchados, verdad?

- ¡Tu polla está pidiendo a gritos una paja! Vamos, peque, ¡Agárratela y haz como yo!

- ¡Cariño, dame el gusto de ver cuanta leche guardas ahí abajo!

- ¡Mira mi coño! ¡Está encharcado! ¡Déjate ir y gózalo conmigo!

- ¡No sabes lo que te estás perdiendo! ¡Te pajeas viendo revistas o películas, pero seguro que nunca lo has hecho teniendo una tía masturbándose frente a ti!.

- ¡Dame este capricho, enano, hazte la paja conmigo y disfrutemos juntos!

Tras todos mis ruegos, pasó el dedo pulgar por la punta del capullo y, mojándolo, lo llevó a su boca para sorberlo. A falta de lubricante escupió en la palma de su mano. Agarró fuertemente el tronco de su polla e inició un lento movimiento arriba y abajo, arriba y bajo. Si mi coño rezumaba jugos, su glande hacía lo propio expulsando líquidos preseminales.

La mano de Juanque resbalaba perfectamente por toda la superficie del tronco largo y recto. Mi vista fija en su polla y mi mente concentrada en mi propio placer. Sus ojos fijos en mi coño reflejaban claramente la lujuria que se había desatado en su interior. Con su otra mano se apretujaba los huevos, pero no apartaba la vista de mi coño. Le gustaba mi coño y a mí me encantaba todo aquello.

- ¿Te gusta enano? ¿Disfrutas, verdad?

- Mmmmmm si - Sólo dijo esto.

- Pues aprovecha y disfrútalo como hago yo. No tengas prisa, cuanto más tardes, mejor.

- ¡Madre de Dios, Menudo pedazo de carne tienes entre las piernas! ¡Me chifla tu polla enano!

- ¡Me has puesto muy cachonda cabrón! ¿Sabes lo que quiero ahora?

- ¿Qué?, respondió Juanque.

- ¡Quiero ver cómo te corres y derramas tu leche por la punta de tu polla!

¡Quiero ver tu polla escupiendo leche, enano!, mmmmm. ¡Cuando lo hagas, quiero que me mires a los ojos! ¡Quiero que pienses que toda la leche que vas a derramar es para mí!. Y entonces, yo también me correré para ti, para que tu orgasmo sea más largo e intenso. Pero no tengas prisa, cuanto más tardes, mejor.

Cuanto más hablaba, mas cachonda me ponía. Por más que le insistí a Juanque, al final fui ya la que no fue capaz de aguantar y el orgasmo explotó en mi interior. Un orgasmo que mi cuerpo ansiaba frenética y desesperadamente.

- Diossss me corro...... - Y un torrente de líquidos se derramó por entre mis piernas.

- Joderrr que bueno - Grité

- Pero, por lo que más quieras, enano, no pares, continúa machacando tu polla. No sabes tú lo que me pone verte así, agarrado a este tronco y pajeándote junto a mí.

- Mira mis tetas, cariño, ¿Te gustan? Están duras, muy duras. Tú me las pones duras. ¿Y mis pezones? ¿Los habías visto alguna vez tan gordos e hinchados? ¿Y mi coño? Mira como chorrea mi coño por tu culpa, porque tú me pones, cariño, porque tu polla me vuelve loca. Sigue dándole al manubrio, cariño. Necesito más, Quiero correrme más veces, quiero correrme hasta reventar.

Y vaya si me corrí dos, tres, cuatro veces. Era un no parar. Mis palabras guarras me ponían cada vez más cachonda. Y mi coño inflamado no paraba de derramar líquidos. Juanque no salía de su asombro.

- ¡Joder, Sonia, eres espectacular, ¡Menudas corridas!.

Juanque se esforzaba por retrasar su corrida. De vez en cuando tenía que parar, soltarla y cerrar los ojos para no ver a la guarra de su hermana haciéndose un dedito frente a él. En estas ocasiones, su polla daba pequeños saltos siguiendo los latidos de su corazón. Líquidos que anunciaban lo inevitable se derramaban desde la capucha de su polla hasta la base del tronco.

- ¡Si, cariño, lo necesitaba, y no sabes tú cuanto!.

Juanque aguantó lo que pudo. Mis orgasmos se repetían uno tras otro. El quinto orgasmo fue brutal, mis piernas convulsionaron y tocaron las suyas. Supongo que aquel roce fue el detonante que necesitaba el enano para que el volcán expulsara la lava al exterior. El cráter explotó y los lecherazos salieron sin control desde la boca de su capullo, perdiéndose unos por la arena, y otros por mi cuerpo.

- Muy bien, cariño, mmmmm, así, disfrútalo, mmmmm, ¡Cuanta leche tenía mi niño! Así, ¡Échala toda, mi vida!

- La polla de Juanque dejó de lanzar chorros pero siguió derramando un reguero de magma que se deslizaba por la superficie de la rugosa estaca hasta sus huevos.

Como comprenderéis el numerito de mi hermanito corriéndose y los chorretones de leche que derramaba por mi cuerpo activaron mi cerebro y el sexto orgasmo de la tarde sació mi cuerpo por lo que quedaba de día.

No pude resistirme y con un dedo recogí restos de su corrida de uno de mis pechos y lo llevé a mis labios.

- Mmmmmm ¡Me encanta!. ¡Ya casi no recordaba su sabor! Juanque me miraba un tanto alucinado.

- ¿Te gusta? Me preguntó.

- ¡No sabes tú cuanto! Le dije.

- ¿A qué sabe? Joder con el niñato, le estaba quitando toda la gracia al asunto.

- Mira, cariño, no se trata del sabor, es morbo, es lujuria, es sexo. ¿Entiendes?

No creo que Juanque lo entendiera demasiado, pero tampoco me importaba. Tenía todo un verano por delante para poder instruirle y hacer de él un experto amante.

Pero no tenía prisa. Era mi hermanito, sí, pero de adopción. Sus padres biológicos no tenían nada que ver con los míos. Nos habíamos criado como hermanos, y ahora habíamos dado el primer paso para convertirnos en hermanos libertinos.

- Enano, me he puesto como una moto viendo cómo te corrías, lo he disfrutado mucho. Espero que podamos repetirlo más veces ¿vale?

- A mí también me ha gustado mucho, Sonia, yo también quiero repetirlo.

- Y lo repetiremos, mi vida, no te preocupes, de esto me encargo yo.

- Gracias hermanita.

- Y de esto, ni una palabra a nadie. ¿De acuerdo?

- De acuerdo, Sonia

En silencio nos vestimos, fuimos andando hacia el coche y en media hora nos plantamos de nuevo en Cala Rodona.
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heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 005


Aquella noche, con peros y señales tuve que explicar a Daniel lo ocurrido con mi hermano Juanque durante nuestro viaje a Llafranc.

Evidentemente, Daniel se puso como una moto y quiso agradecérmelo como en él ya era habitual, pero no se lo permití. Mi coño era incapaz de soportar más placer por lo que quedaba de día.

Al día siguiente, durante el desayuno nos llamó por teléfono la hermana de Daniel con buenas y malas noticias: Santi tenía que abandonarnos y regresar al pueblo, puesto que le había salido trabajo para lo que quedaba de verano en un supermercado.

Pese a perderse las vacaciones, Santi lograría unos ingresos que le irían muy bien para la universidad. Esta era la parte positiva de la noticia. Y además David se quedaría con nosotros, Santi no tenía claro si era bueno o era malo. Lo que si tenía claro es que difícilmente iba a poder disfrutar de unas vacaciones tan excitantes como las que había vivido aquellos días en Cala Rodona.

Después del desayuno, Santi preparó su maleta, los chicos recogieron la mesa y yo organicé el viaje al pueblo. Daniel se quedó con los niños en Cala Rodona mientras que yo acompañaría a Santi al pueblo.

Del viaje no puedo hablaros demasiado, tan solo deciros que, para alegrarle la vista a Santi las últimas horas de sus vacaciones, me puse una falda blanca y una blusa bastante escotada. La falda era muy estrecha y con las maniobras de los pedales, se me arremangaba hasta la altura de las braguitas. La blusa mostraba lateralmente una buena porción de mis pechos. En fin, que Santi tuvo diversión garantizada para todo el viaje.

De Santi no os he hablado demasiado porque con Santi no hubo feeling en ningún momento. Aunque era de la misma edad que Juanque, físicamente era muy delgado. Se llevaban muy bien los dos primos. Todavía recuerdo aquella tarde en la caseta de baño cuando oí como los dos se masturbaban pensando en mí. He de reconocer que aquello me puso. También sé que se pajeaba pensando en mí y que aprovechaba nuestras sesiones de baño para meterme mano, bien poniéndome crema, bien jugando en el agua. ¡A saber cuánta leche habría derramado inútilmente el muy cabrón!

Al mediodía ya estaba de nuevo en Cala Rodona. Daniel y los niños habían preparado la comida y puesto la mesa. Fue una gozada llegar a casa y sentarme a la mesa directamente para comer.

Este día, Juanque se mostró un tanto extraño conmigo. Imagino que por todo lo que había ocurrido el día anterior. A mí me sabía mal, porque no quería que se sintiera preocupado por lo que habíamos hecho. Estaba dispuesta a demostrarle que iba a cumplir con mis promesas, así que, cuando recogimos la mesa y fregamos los platos sugerí a los dos muchachos que bajáramos de nuevo a la cala.

Eso sí, a Juanque le recordé que tenía bañador nuevo y que sería una oportunidad para estrenarlo.

Mi sugerencia fue recibida con alegría por parte de los dos, por lo que, tras preparar la nevera con los refrescos, bajamos a nuestro paraíso particular por la senda empinada. Juanque lucía el nuevo bañador, oculto tras una camiseta dos tallas más grandes. Yo también estrenaba el tanga que compré en Llafranc y con una camiseta dos tallas inferiores a la mía y que había recortado en su parte inferior para convertirla en un top. La fina tela se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel y permitía adivinar la forma de mis generosos pechos y de mis pezones.

En un exceso de amabilidad, me permitieron liderar el grupo. Supongo que para disfrutar de la visión de mi culo prácticamente desnudo bajo la diminuta prenda. A mí no me supo mal, todo lo contrario, si querían carne, esta tarde estaba dispuesta a darles mucha más de la que ellos podían esperar.

Cuando llegamos a la arena, extendí mi toalla y me senté sobre ella. Me tomé unos minutos observando a los chicos mientras simulaba ordenar el bolso de la playa. Me di cuenta que no me quitaban el ojo de encima, pendientes de mi camiseta. No me hice de rogar y, cruzando los brazos por delante, tiré de la tela para arriba y me desprendí de ella. Mis pechos desnudos quedaron expuestos a las miradas lujuriosas de los dos.

Juanque tenía una obsesión enfermiza con mis pechos. Me los había visto ya en muchas ocasiones, incluso tuvo el atrevimiento de tocármelos en el probador de los Grandes Almacenes. A pesar de todo esto, le chiflaban y nunca tenía suficiente; cada vez que me los veía ponía la misma cara de asombro y excitación. En cuanto a David, la cosa cambiaba, también me había visto los pechos en la caseta de baño, aunque era un secreto para los demás.

- Chicos, después de tantos días, yo creo que ya nos tenemos la confianza suficiente como para que pueda tomar el sol sin sujetador y sin que nadie se moleste ¿No os parece? -

Evidentemente que nos teníamos confianza: con el pequeño David habíamos intimado en la caseta de la ducha, y si bien no había ocurrido nada de lo que nos tuviéramos que lamentar, lo cierto es que nos duchamos los dos en pelotas, le masajeé un poquito su polla y, aunque no llegó a atreverse, le permití que hiciera lo mismo conmigo. En cuanto a Juanque, la cosa era muy diferente. Nos habíamos bañado desnudos y nos habíamos pajeado uno frente al otro sin pudor.

El hecho de que optara por tomar el sol en topless era evidente que no iba a escandalizarles. Lo que añadía un poco de picante al asunto era el hecho de que ninguno de los dos muchachos conocía mis travesuras con el otro. Si bien con Juanque habíamos sido muy lanzados, todavía le quedaban muchas lecciones para aprender, y estaba dispuesta a que acabara aquel verano con su diplomatura de sexo y con matrícula de honor. En cuanto a David, esperaba con ganas el momento oportuno para hacerme con su virgo. ¿Quién mejor que yo para regalarle el primer orgasmo de su vida?

- Mmmmm.... Chicos, me siento muy a gusto tomando el sol a vuestro lado con las tetas al aire. Me gusta la sensación de estar haciendo algo prohibido.

Los dos me miraron sin saber qué responder.

- Si me pillara ahora mismo Daniel con las tetas al aire frente a vosotros ¿no creéis que se iba a mosquear un montón?

- Supongo - respondió Juanque.

- ¿Y no lo encontráis excitante? -

- Si - respondió de nuevo Juanque.

- ¿Sabéis? - Yo de pequeña era muy traviesa, ya diría que incorregible. Me castigaban muchas veces, y cuantas más veces me castigaban, que peor me portaba. En el fondo, lo que me gustaba era la sensación de peligro, la sensación de saber si me iban o no a castigar, el si me iban o no a descubrir. Esta sensación provocaba en mí un estado de excitación tal que superaba con creces el castigo al que podía ser sometida en el caso de ser descubierta. Y ahora siento algo parecido.

- Pero ¿Quién te va a castigar? - replicó Juanque.

- Supongo que Daniel se iba a mosquear un montón, e igual no me hablaba durante una semana. Por esto lo hago, porque me excita el hecho de ser descubierta.

- Pero, ¿Prefieres que nos descubra? - este era David.

- No, mi vida, no quiero que nos descubra, ni mucho menos. Me siento traviesa y me gusta, nada más. Por cierto..... ¿No os sentís vosotros un poco traviesos? -

- ¿Nosotros? - respondieron a dúo.

- Pues sí, vosotros. Me encantaría que dejarais de ser tan formales y que fuerais un poco más traviesos. A las mujeres no nos gustan los hombres formales -

- ¿A qué te refieres con lo de traviesos....? - dijo Juanque.

- Pues, por ejemplo..... a ver que se me ocurre….. ¡Si, ya está! ¡Podríais tomar el sol en pelotas!

- ¿Desnudos? - dijeron al unísono.

- Desnudos o en pelotas, ¿qué más da? Para que veáis que hablo en serio, voy a tomar el sol desnuda, pero quiero que vosotros también os desnudéis. Os aseguro que puede ser una travesura muy divertida tomar el sol en pelota picada, tal y como Dios nos trajo al mundo.

- Pero de esto, no se os ocurra decirle nada a nadie. Será nuestro secreto, ¿vale?

Mi propuesta les pilló de imprevisto. Yo ya había tomado mi decisión. Tenía ganas de tomar el sol desnuda, y con más razón aún si tenía en cuenta lo que había ocurrido días antes con David en la caseta de la ducha y con Juanque en Llafranc. Con independencia de la decisión que tomaran los chicos, y sin más miramientos, levanté las dos piernas, y con mis manos deslicé el tanga hasta los tobillos, lo cogí con una mano y mi rajita desnuda, húmeda y libre de pelos se mostró ante ellos sin ningún tipo de pudor.

- Voilá - les dije.

Lo siguiente que hice fue agarrar el bote de crema solar, acercarlo a mi coño, presionar y soltar un buen chorretón de crema por toda la raja. Las caras de ambos eran un poema. El bañador de Juanque denunciaba una hermosa erección. David tenía las manos escondidas entre sus ingles, ocultando la incipiente hinchazón que crecía sin control en el interior de su bañador.

- ¿Qué, os animáis? - les decía esto mientras con mi mano derecha extendía la crema por toda la rajita y alrededores.

Con la otra mano, mientras tanto, agarré el bote de crema y dejé ir otro chorretón por encima de mis pechos. Una no es de piedra, y aquello me estaba poniendo a cien. Aparentemente me estaba extendiendo la crema por el cuerpo, pero que conste que en realidad lo que efectuaban mis manos era una lenta masturbación.

- Venga, chicos, esto no es justo. Mientras que yo os enseño mi chichi y mis tetas, vosotros en cambio permanecéis vestidos en bañador. Aquí, o jugamos todos o rompemos la baraja. ¿Qué me decís? - mientras tanto, mis manos extendían crema solar por mi cuerpo acariciando sin pudor mis pechos y mi rajita.

Algún que otro suspiro se escapó de mis labios.

- Mmmmm ¡El sol es una delicia! ¡Y esta crema... es tan suave! -

Bueno, la delicia no era el sol precisamente, pero quedaba bien ¿no creéis?

Al final Juanque y David, los dos a una se desprendieron de sus bañadores, y nos quedamos los tres desnudos, como Dios nos trajo al mundo. Juanque, como ya era habitual en él, lucía una hermosa erección. En cuanto a David, era imposible saberlo puesto que no apartaba sus manos de sus genitales.

Le pasé el frasco de crema solar a Juanque diciéndole

- Peque, ponte crema ahí, señalando con la vista su exagerada erección, si no quieres que se te queme y tengamos un disgusto -

- Aunque, si quieres, te la pongo yo misma - le solté

Juanque no se atrevió a tanto. La presencia de David le cohibía, de eso no había duda alguna. Agarró el frasco de mi mano, y al igual que yo había hecho anteriormente, derramó un buen chorretón por encima del capullo. Como consecuencia de la temperatura ambiental y corporal de Juanque, la crema se derritió e hizo el mismo efecto que una corrida: el líquido blanquecino se deslizó por la superficie del tronco deteniéndose en sus huevos. El muy cabrón hizo esta operación sin dejar de mirarme en ningún momento.

No tuve más remedio que morderme el labio. El hijo de la gran puta me estaba pagando con la misma moneda. Sin dejar de mirarme a los ojos su mano agarró la dura estaca, mojó sus labios con la lengua y, al igual que yo había hecho minutos antes, inició una lenta masturbación.

Aquello iba demasiado deprisa, no me interesaba mantener aquel ritmo endiablado que habíamos impuesto los dos hermanos. Quería que David entrara en el juego, e iba a conseguirlo.

- ¡Chicos, vamos al agua! -

Me levanté y eché a correr hacia el agua. Imaginad el espectáculo de mis tetas balanceándose mientras corría hacia el agua. Al momento, los dos se metieron también agua a cintura. Como ya os he comentado anteriormente, la caleta tenía una profundidad máxima de metro y medio, mis pechos desnudos quedaban justo por encima de la línea de flotación y se mecían apaciblemente al ritmo de las olas que provocábamos nosotros mismos.

- ¡A que no hacéis como yo! - les dije mientras me tumbaba de espaldas y me hacía la muerta flotando sobre el agua. En esta postura les ofrecía un primer plano de mi coño y de mis pechos como si fueran dos flotadores.

Al momento, los dos se tumbaron de espaldas imitándome, pero con una diferencia: sus pollas emergían a la superficie como dos periscopios. El de David, largo y delgado. El de Juanque aunque no tan largo, bastante más grueso, pero tanto el uno como el otro, totalmente erectos.

Me sentía en la gloria, desnuda sin rubor ante mi hermano y mi sobrino. Las dos personas que desde el inicio de estas vacaciones habían despertado mi lujuria y que me mantenían en un estado de excitación continua. Sus dos pollas aflorando a la superficie demandaban con urgencia de mis atenciones, pero debía actuar con cautela. Existía una palabra prohibida: follar. Aunque lo deseaba con urgencia, no me los podía follar; eran mi hermano y mi sobrino, en cambio sí podía jugar con ellos, sin olvidar otra regla que me había impuesto y que no me podía saltar, al menos por ahora: ver, oír pero no tocar.

- David, cariño (ahora tocaba ponerse un poco cariñosa) ¿Ya tienes novia? -

- No, ¡Que va! -

- Bueno, pero, ¡seguro que hay por ahí alguna chica que te hace tilín! ¿Me equivoco? -

- Bueno, sí, hay una -

- ¿Y cómo se llama, si puede saberse? -

- Se llama Laura -

- ¿Y ya lo habéis hecho? -

- ¿Hecho, el qué? No sé de qué me hablas, tiita -

- No seas tonto, chaval - le dijo Juanque, - Sonia te pregunta si ya te la has tirado, que si habéis follado. -

- No, todavía no, ella no me deja -

- Esto quiere decir que tú se lo has propuesto y ella no ha aceptado. ¿No es así? - le dije.

- Bueno, más o menos - dijo David.

- ¿Y tú tienes ganas de hacerlo? - le insistí

- Bueno, pues sí, todos nuestros amigos ya lo han hecho -

- Pese a la vergüenza que mostró David cuando estuvimos solos en la caseta de la ducha, aparentemente, con su novia no era así. Supongo que fui demasiado lanzada y acabé por acojonarlo. A partir de ahora debería ser más cauta con mis acciones -

- ¿Y tú, Juanque? ¿Cómo andamos de novias? - Yo ya conocía la respuesta. El propio Juanque me lo había contado la otra tarde.

- Bueno, tengo una amiga.

-¿Y cómo se llama tu novia, Juanque?

Juanque un tanto molesto - Ya te he dicho que no es novia, que solo es amiga, y que se llama Susana -

- ¿Y bien, ya lo habéis hecho?

- ¿Qué? - Juanque sabía que yo conocía perfectamente la respuesta. ¿A qué venía aquel interrogatorio?

- Que si ya habéis follado - Gritó David.

- Pues no, claro que no. Ella tampoco me deja.

- Pero, supongo que tú tienes ganas, ¿verdad?

- ¡Claro! ¡Y muchas!

Estaba claro que los dos andaban muy pero que muy mal follados, como yo desde lo del accidente del Daniel. Era evidente además que, ganas, lo que se dice ganas no nos faltaban a ninguno de los tres. Daba por supuesto que ellos no iban a dar el primer paso. Estábamos jugando a un juego peligroso y excitante. Peligroso porque si se enterara la familia, se armaría un escándalo de mil pares de narices y excitante porque mi coño estaba chorreando y las pollas de ellos dos, en estado de guerra. No sé cómo coño saldríamos los tres de aquella situación, pero lo que si tenía claro es que yo no me iría de la playa sin relajar convenientemente mi almejita.

Manteníamos esta charla, flotando sobre nuestras espaldas, los dos muchachos empalmados frente a mí y yo con las piernas separadas y mi coño abierto y expuesto a sus miradas lujuriosas.

- ¡Anda, que no os quejareis de las vistas! ¡Os estáis poniendo las botas! - Les dije mientras mi coño aparecía y desaparecía a la superficie a un palmo de sus narices.

- Tu tampoco puedes quejarte, Sonia - replicó Juanque. - Me parece a mí que el espectáculo es mutuo -

- No me quejo, todo lo contrario, me gusta lo que veo. Por cierto..... ¿Las tenéis así por mí? - señalando sus vergas.

Juanque, que era el más lanzado dijo - ¡Coño, Sonia! ¡Estamos todos aquí en pelotas! ¡Y tú estás como un tren! ¡Es normal que nuestro hermanito esté así! ¿No crees?

- Gracias cariño, esto me halaga. Yo tampoco soy de piedra y os aseguro que lo que veo desde aquí también me gusta mucho. Si no fuera vuestra tía y hermana....

- ¿Qué? - replicó Juanque.

- Nada, nada, cosas mías.

Para salir del lío en el que me había metido, se me ocurrió algo:

- Bueno, y ya que estamos los tres desnudos y muy a gusto por lo que veo, os propongo que creemos la Hermandad de la Pelota Picada. Los tres formaremos parte de la Hermandad, y cuando nos juntemos deberemos ir siempre en desnudos. ¿Os parece bien?

- Vale - dijeron entusiasmados al unísono.

- Bien, y ahora que hemos creado la Hermandad, os propongo un juego, El Juego de la Verdad.

- ¿En qué consiste el juego? preguntó David.

Se me acababa de ocurrir, pero no tuve ningún problema en explicarles las reglas que me acababa de inventar

- El juego de la verdad consiste en contestar las preguntas que te efectúen tus compañeros respondiendo siempre con la verdad. Si alguien miente, es expulsado y si desea volver a formar parte de la Hermandad deberá pasar dos pruebas que le impondrán cada uno de los miembros restantes -

- ¿Y cómo sabremos si alguien miente? - Ese era Juanque.

- El que efectúe la pregunta deberá conocer también la respuesta. De esta forma nos aseguraremos de que nadie mienta a la Hermandad. El castigo, tal y como os he dicho es la expulsión automática de la Hermandad de la Pelota Picada, o sea que deberá vestirse y abandonar a sus compañeros.

Continué inventando reglas y las fui detallando - Por turnos, cada uno de nosotros podrá preguntar a cualquiera de los otros dos lo que quiera del tema que quiera. El elegido deberá responder a la pregunta sin mentir. Cuando detectemos a un mentiroso, deberá abandonar inmediatamente el Juego y la Hermandad.

- Pero, ¿Preguntas de qué tipo? ¿Cuáles son las reglas? - inquirió Juanque.

- Mirad, sólo hay dos reglas. La primera es que están permitidas todas las preguntas. La segunda, y más importante es que la respuesta tiene que ser verdad.

Los chicos dudaron por un momento pero acabaron por aceptar. Echamos a suertes para saber quién empezaba y quedamos así: Juanque; David y yo en último lugar.

- Juanque, te toca. Elige a uno de los dos y pregunta - le dije

No sé por qué, pero me lo temía. Me eligió a mí.

- A ver, a ver, ¿Qué podría preguntar? .... - Juanque no se acababa de lanzar.

Al final se lanzó - Sonia, ¿Cuantos novios has tenido? -

Para empezar, no estaba del todo mal, era una pregunta inocente, pero con un pelín de intención. Requería de una respuesta adecuada.

- Déjame pensar.... uno,...... dos,....... tres,..... cua..... No, este no vale, con este no llegamos a hacerlo. TRES, definitivamente, tres.

Juanque, un poco mosca por mi respuesta dijo - nos has engañado, querías decir cuatro -.

- No, cariño, no os he engañado. He tenido tres novios solamente. El cuarto fué solo un amigo con derecho roce. Hubo besos y toqueteos, pero no llegamos a follar. Te he dicho toda la verdad -

Como podían observar, estaba dispuesta a jugar fuerte. ¿Hasta dónde llegarían ellos?

Juanque animó a David - Vamos, peque, te toca - Ya veis que el calificativo de peque estaba en boca de todos.

David, aprovechando el tema que había sacado su primo y la respuesta que yo había dado me eligió también a mí y preguntó

- ¿Y, con tus novios, qué hacíais? -

Joder con el peque, claro mi respuesta anterior se lo había puesto a huevo.

- Pues hacíamos lo que hacen los novios. Salíamos a cenar, a bailar, y también nos besábamos, nos acostábamos y hacíamos el amor -

Una respuesta casta y pura. Sin haberles engañado, se quedaron con las ganas de que entrara en detalles morbosos. Tiempo al tiempo. Me tocaba a mí seguir con el turno de preguntas. Elegí a Juanque.

- A ver, Juanque, Durante estas vacaciones, ¿Te has hecho alguna paja aquí en esta cala? -

Yo conocía la respuesta puesto que me lo habían dicho tanto David como Daniel.

Tras dudarlo un momento, Juanque acabó por reconocerlo. No podía ocultarlo puesto que David había sido testigo de sus masturbaciones con su primo Santi.

- Si, me he hecho pajas, aquí mismo en esta cala - respondió Juanque.

Imagino que a Juanque no le interesaba en absoluto la vida de David porque cuando llegó de nuevo su turno, volvió a preguntarme, esta vez con más atrevimiento

- Sonia, cuando hacías el amor con tus novios, ¿Se la chupabas?

¡Ole mi niño! ¡Directo a la yugular!

Sin tapujos ni rodeos respondí - Claro que se la chupaba. A todos ellos, y te aseguro que les encantaba cómo se lo hacía. Y a mí también me gustaba mucho hacerlo -

¡Ahí queda eso! ¡El juego iba ganando en emoción! Mientras tanto, nuestros cuerpos, sin saber cómo habían abandonado la horizontal para quedarnos de pié con el agua a la altura del pecho. Mis tetas, como dos flotadores se balanceaban al ritmo de las olas, y nuestras manos sospechosamente habían desaparecido ocultas bajo el agua. Las olas que provocaban nuestros propios cuerpos dificultaban la visibilidad de nuestras manos y sexos.

Los dos tenían la vista fija en mis pechos. El agua me llegaba justo a la altura de los pezones. Con mis piernas me balanceaba en el agua mostrando sin pudor mis tetas y mis duros pezones. Mis manos acariciaban mi coño como imagino que las suyas acariciarían sus pollas.

Cuando llegó el turno de David nos sorprendió a ambos eligiendo a Juanque para preguntarle.

- Juanque, cuando te sale la leche... ¿En qué piensas? - la pregunta de David no tenía desperdicio. Él sabía que tanto Juanque como su hermano Santi se masturbaban y que les salía la leche, y que cuando les ocurría eso, ponían unas caras extrañas. El pobre David no había experimentado nunca un orgasmo, y no acababa de entenderlo. David había puesto en un buen aprieto a Juanque. La respuesta era yo, evidentemente. ¿Se atrevería Juanque a confesarlo?

- ¡En que me estoy follando a mi novia! - exclamó Juanque.
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heranlu

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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 006


David y yo nos miramos y sonreímos. Los dos sabíamos que aquello no era verdad. No quise ser yo la que lo delatara y fue David quien le dijo:

- Uy uy uy, que yo me sé de uno que va a abandonar la Hermandad de la Pelota Picada y este no voy a ser yo….

Juanque, con muestras de nerviosismo, no le quedó más remedio que admitir que no era su novia precisamente en la que pensaba cuando se pajeaba.

- Bueno, lo siento mucho, no volverá a ocurrir - Aquella frase me recordaba a alguien, y ahora mismo no recordaba a quién.

- No te enfades, Sonia, pero la verdad es que cuando me hago mis pajas pienso en ti.

Juanque bajó la cabeza, avergonzado por haber tenido que confesar aquello delante de David.

- No me enfado, cariño, para mí es un honor que un chavalote guapo y bien plantado como tú se corra la paja pensando en mí, y para que veas que no me enfado, la próxima vez que te pajees, quiero verlo - Mis palabras alimentaron el ego de Juanque que volvió a recuperar la compostura.

Era mi turno y como ya habíamos entrado de lleno en el terreno sexual, no quise desaprovechar la oportunidad y les pregunté a los dos

- ¿Qué estáis haciendo ahora mismo con vuestras manos ocultas bajo el agua?

Los dos se quedaron sorprendidos. Imagino que no esperaban una pregunta tan directa. Juanque fue el primero en responder

- Me estoy acariciando la polla.

- Yo también - continuó David.

- Bien, me gusta vuestra sinceridad. Quiero que sepáis que yo también me estoy haciendo un dedito y que me gusta mucho hacerlo frente a vosotros. Y para que veáis lo mucho que os quiero, di un par de pasos hacia David, le cogí la cabeza entre mis manos y le di un piquito entre los labios. Posteriormente repetí el gesto con Juanque con el que me llevé dos sorpresas; la primera fue que al agarrarle la cabeza para darle el piquito, él me agarró por mis nalgas y restregó su dura estaca por entre mis ingles. La segunda fue que al darle el piquito, el muy cabrón sacó su lengua y como consecuencia hizo que el beso fuera con lengua.

Pese a la sorpresa, no mostré ningún signo de desaprobación ante las dos acciones de Juanque. Aquello me había gustado, y no quería que David supiera del atrevimiento de Juanque.

-Chicos, se hace tarde, sería conveniente regresar cuanto antes, no sea que Daniel se preocupe por nuestra tardanza. Pero antes de irnos, debemos sellar nuestra Hermandad con un beso, los tres a la vez.

Nos agarramos los tres por la cintura, juntamos nuestros labios y nos dimos un piquito y yo me estremecí al notar en mi entrepierna las duras vergas de los dos muchachos.

No quise prolongar el festín que se estaban dando los dos primos, así que a continuación dimos por finalizada la jornada de playa. Nos pusimos de nuevo los bañadores, recogimos las cosas y emprendimos el camino de vuelta hacia Cala Rodona, no sin antes recordarles de nuevo que los secretos de la Hermandad de la Paja no debía conocerlos nadie.

Aquella noche no tuvimos que preparar la cena: Daniel nos invitó a cenar a la pizzería de Llafranc. Siempre era agradable cambiar de aires. Posteriormente estuvimos paseando por el mismo paseo por el que habíamos estado paseando con Juanque el día anterior. Sobre las 12 más o menos decidimos que ya era hora de volver a casa.

Durante el paseo, los chicos iban delante y nosotros dos, abrazados, detrás. Aproveché aquellos momentos de intimidad para poner a Daniel al corriente de los avances de aquel día: la creación de la Hermandad de la Paja y del Juego de la Verdad.

- ¡Joder, Sonia qué ocurrencia más buena: La Hermandad de la Pelota Picada ja ja ja! ¡Desde luego a imaginación no hay quién te gane! -

- ¡Y lo del Juego de la Verdad! ¡Vaya idea tan buena!…. ¡Si juegas bien tus cartas puedes conseguir de ellos lo que quieras! -

- De eso se trata, cariño, al fin y al cabo este era el propósito que tenías cando quisiste que jugara con ellos, ¿No es así?

- Si, mi vida y lo estás haciendo a las mil maravillas. Cuando os he visto esta tarde desde la terraza con los prismáticos no he podido aguantarme y he tenido que desnudarme como vosotros. Aunque en la distancia, me sentía totalmente integrado con vosotros tres, desnudos, tumbados de espalda, ellos dos con la polla tiesa y tu abierta de piernas mostrándoles tu coño. Por unos momentos he logrado una pequeña erección y un gustirrinin ahí abajo como hacía mucho tiempo que no sentía.

- Me alegro, mi vida, le dije Vamos avanzando paso a paso. Si sigues así, conseguirás ser de nuevo el macho con el que me casé y que me follaba cada día -

- No sabes las ganas que te tengo, mi vida - me dijo estas palabras mientras me pasaba la mano por el culo y me agarraba fuertemente una de mis nalgas.

El paseo finalizó cuando llegamos al lugar donde habíamos aparcado el Mondeo. Nos subimos en él y fuimos directamente a Cala Rodona. En la misma puerta de entrada a a la casa nos dimos las buenas noches y nos dirigimos cada uno a nuestras habitaciones.

Una vez dentro de nuestra habitación, cerré la puerta y Daniel me dijo:

- Desabróchate la blusa -

Haciendo caso a su orden, como si de un streptease se tratara, lentamente fui liberando todos los botones de la blusa, empezando por arriba, hasta acabar con el último de ellos.

- ¡Quítatela! -

La voz de Daniel era firme, tras ella ocultaba un deseo lujurioso de tiempos pasados y que en mi provocaba oleadas de deseo. Deseaba obedecer sus órdenes por lo que, con dedos temblorosos, dejé deslizar la ropa por mis hombros. Sentí una gran satisfacción cuando la mirada de Daniel se clavó en mis pechos cubiertos por el sujetador de encaje,

- ¡Ahora quítate el sujetador! ¡Muéstrame tus tetas tal y como has hecho con los muchachos! -

Sus palabras me excitaron, Daniel estaba realmente excitado. Imagino que las escenas que contempló aquella tarde desde la terraza le habían puesto así. Y Daniel continuó.

- Sé que todo esto te excita, Sonia. Mis palabras te excitan y, aunque no te he tocado, siento tu coño húmedo bajo tus braguitas -

Me desabroché el sujetador, vi que Daniel se relamía con esta acción mía, rocé mis pezones con el encaje del sostén erizándolos y cuando los consideré suficientemente duros, me desprendí de él y se lo tiré a la cara.

Daniel lo cogió con una mano, mientras sus ojos permanecían fijos en mis pechos. Su respiración pareció más pesada y su expresión no cambió. Su intensidad la cogió por sorpresa. Casi nunca lo había visto tanto tiempo sin sonreír.

- ¡Quítate la falda! -

Siguiendo con el numerito de streptease, bajé la cremallera de la falda y dejé que se deslizara hacia el suelo. Estaba desnuda para Daniel, tan solo vestida con el diminuto tanga que acostumbraba a utilizar.

- ¡Bragas fuera! -

No tuvo que repetírmelo dos veces. De un tirón me desprendí de mis braguitas quedando ante Daniel tan desnuda como Eva en el paraíso.

- Acaricia tus pezones, haz que se pongan duros -

No tuve que esforzarme, puesto que tenía muchas ganas de hacerlo.

- De acuerdo - le dije.

Amasé mis pechos con las palmas de mis manos, al mismo tiempo que con los dedos índice y pulgar castigaba mis duros pezones. Daniel contemplaba el numerito mientras iba desprendiéndose de su ropa. Prolongué aquel acto por un buen rato aguardando a que Daniel estuviera desnudo del todo. Alternativamente mis pezones eran también lamidos por mi lengua

- ¿Te gustan mis tetas, cabron? -

- ¿Te pone ver cómo me las acaricio? -

- Mmmm mis pezones, sluuuup (mientras me los chupaba) ¡están ricos! -

- ¡Desnúdate, cabrón, mira que caliente me tienes -

- ¡Mira mis pezones! ¿Ves que duros que están? ¡Es porque estoy chorreando por ti!

Daniel ya estaba desnudo, se había situado detrás de mí, apartó mis manos de mis tetas y posó las suyas. Me las amasó a conciencia mientras restregaba su miembro morcillón por mi culo.

A continuación, una de sus manos abandonó el pecho en el que descansaba y emprendió la ruta del sur pasando por mi ombligo, cruzando el monte de venus y posándose directamente en mi clítoris inflamado.

Daniel tenía una mano en mis pechos y la otra en mi clítoris mientras me besaba en la nuca.

- ¿Te gusta, zorra? -

- ¿Te gusta lo que te hago? -

- Mmmmm Si, por favor, continúa, no pares -

Estaba chorreando. Pese a todas las experiencias vividas en la cala, aquel día no me había masturbado y necesitaba urgentemente una liberación. Daniel me estaba poniendo como una moto, si seguía así no aguantaría demasiado.

Cuando más caliente estaba, Daniel me cogió en brazos y me depositó cruzada en la cama, con los pies por fuera. Cogió una silla y, ante mi sorpresa, se sentó frente a mí. Agarró su miembro con una mano y me ordenó:

- Lámete los dedos y juega con tus pezones -

Joderrr no había derecho, yo ya estaba en la antesala del orgasmo, y ahora el muy capullo quería jugar. Mi coño chorreaba y ahora el señorito quería que jugara con mis tetas. En fin, todo sea por un orgasmo, vamos para allá.

Hice lo que me pidió, pero en vez de lamer los dedos con mi lengua, los introduje en mi coño para mojarlos con mis flujos. Los llevé hacia mis pezones y jugué con ellos. Mis dedos, mojados con mis jugos se deslizaban fácilmente por entre la aureola y los pezones. De vez en cuando los agarraba fuertemente y tiraba de ellos mientras me mordía los labios. Daniel mientras tanto, acariciaba su polla, que sin llegar a la erección total, mostraba un tamaño significativo. Eran estos juegos los que necesitaba Daniel para recuperar su virilidad. Y no sería yo la que le negaría cualquiera de sus caprichos.

- ¡Moja de nuevo tus dedos en tu coño y llévalos a tu boca! -

Llevé de nuevo mis dedos a mi coño totalmente empapado, los introduje en él, hurgué un poco en su interior para deleite mío y de Daniel y los saqué totalmente mojados. Un hilo de flujo los acompañó hasta mis labios.

Entreabrí los labios, y mi lengua aguardó con devoción la llegada de los dedos cargados con los fluidos de mis entrañas. Los dedos se depositaron en mi lengua, que los abrazó y arrastró con ella al interior de la boca para que fueran degustados y saboreadados con gran deleite mío.

- Mmmmm Seguro que saben a gloria ¿Me equivoco? -

- No te equivocas, cariño, saben a gloria, no sabes bien lo que te pierdes - La erección de Daniel había mejorado, yo diría que ahora era de un tamaño casi parecido al que tenía antes del accidente.

Al ver aquella erección, mi coño sufrió una convulsión. Mi coño hoy me pedia polla. No se conformaba con una paja o con una mamada, no, nada de esto. Hoy necesitaba una polla con urgencia. Recemos para que Daniel lo consiga, porque en caso contrario, no puedo garantizar la virginidad de Juanque.

- ¡Ahora el coño! ¡Acariciártelo! ¡Hazte un dedito para mí!.

¡Un dedito! Diossss lo que necesitaba era una polla, pero necesitaba que Daniel pudiera, porque en caso contrario, ¡Ni yo misma se de lo que sería capaz!

Hice caso de nuevo a Daniel y armándome de valor, saqué la puta que hay en mí, utilicé todas las artes que conocía, y a base de toqueteos, miradas y palabras…….

- ¡Mira mi coño, cabron! -

- ¡Lo tengo ardiendo! ¿Te das cuenta? -

- ¡Me encanta tu polla! ¡Me la voy a comer toda! -

- ¡Empezaré por la punta de tu capullo….. Tan gordo y rosado mmmmm y seguiré por tus huevos! -

- ¡Hoy te follo, cabron! -

- ¡Me voy a correr con tu polla en mi coño y me lo vas a inundar con litros y litros de leche que tienes aquí acumulada desde hace meses!

Daniel babeaba, con su mano continuaba machacando su polla que cada vez estaba más gorda y húmeda. Y tanto va el cántaro a la fuente que al final……

- Diosssssssssss Siiiiiiiiiiiiiii mmmmmmmmmm

¡Juanque se corrió la paja él solito! El pobre lo necesitaba, después de tantos meses, al final lo habíamos logrado, Daniel había conseguido por fin, que su polla funcionara de nuevo. No pude por menos que resistirme a abrazarle con todas mis fuerzas. Los últimos estertores de su orgasmo mojaron mis pechos y nosotros permanecimos abrazados durante unos minutos.

- Gracias, cariño, Gracias, cariño - no paraba de repetir siempre lo mismo. Daniel sabía que lo habíamos logrado juntos, que él por si sólo nunca lo habría conseguido, por esto tenía para mí, tantas y tantas palabras de agradecimiento.

Después de aquel orgasmo bestial, la polla de Daniel volvió a quedar dormida y ya no hubo manera de resucitarla. Tras intentarlo de mil y una maneras, Daniel hizo uso de sus artes para conseguir mi orgasmo, pero en mi mente no había lugar para otra cosa que no fuera una polla de verdad. Sin una polla, yo sabía con certeza que aquella noche no conseguiría alcanzar el placer.

Para contentar a Daniel, fingí mi orgasmo y con ello su virilidad quedó a salvo. Nos besamos y nos deseamos las buenas noches.

- Hasta mañana mi vida.

- Hasta mañana, mi amor.

Al poco rato, Daniel ya roncaba, pero mi coño continuaba ardiendo y deseando con todas sus fuerzas ¡¡UNA POLLA!!

Me armé de valor, y vestida tan solo con una combinación transparente, me dirigí a la habitación de Juanque.

Tenía el coño chorreando, mis pechos hinchados amenazaban por sobresalirse de la pequeña combinación. Necesitaba urgentemente una polla, y Juanque me la iba a dar aquella noche.

Descalza, me deslice suavemente por el pasillo procurando no despertar ni a Daniel ni a David hasta que llegué en frente de la habitación de mi hermano Juanque.

Con la mano en el pomo entreabrí ligeramente la puerta de la habitación. Tuve suerte puesto que apenas hice ruido. Esperaba encontrarme con Juanque dormido, pero lo que vi, me dejó boquiabierta: Juanque estaba totalmente desnudo encima de la cama, con una mano sujetaba una revista porno y con la otra mano le estaba dando un homenaje a su polla.

¡Se estaba cascando un pajote de Dios y señor mío! En estos momentos tenía los ojos cerrados, y su mano mantenía un ritmo interesante dándole a la manivela.

¿Para qué quería una revista si tenía los ojos cerrados?

¿Tal vez pensaba en otra persona? ¿Podría ser yo? Mmmmm. La visión de Juanque con su mano en la polla hizo que mi coño se pusiera a punto de ebullición. No todos los días podía una contemplar semejante espectáculo.

La suave luz de la mesita de noche hacía que la escena quedara totalmente iluminada, en cambio, la zona donde me encontraba yo estaba en penumbras.

La polla de Juanque me tenía fascinada, tenía un buen tamaño y grosor y bajo la tenue luz de la habitación era más excitante aún, si cabe.

El enano cabrón no tenía prisa, estaba disfrutando de lo lindo, tenía un frasco de crema solar junto a la revista, y de vez en cuando derramaba un buen chorretón por encima del rojo capullo, por la punta del cual destilaba un hilo de líquido preseminal.

Cerré la puerta procurando no hacer ruido, me deshice de la combinación, y ahí, de pie, desnuda, frente a Juanque, una mano en mi coño y otra martirizando mis duros pezones, repetí la experiencia del día anterior. Pero ahora era diferente, estaba invadiendo la intimidad de Juanque, era una intrusa, una voyeur que disfrutaba de la intimidad de su caliente hermano que necesitaba también de su propia liberación. Los acontecimientos vividos estos días nos mantenían en un alto grado de excitación y la masturbación era nuestro único consuelo.

El orgasmo vino a mí sin apenas darme cuenta, y un gemido escapó de mis labios, delatando mi presencia. Al momento Juanque abrió los ojos y me vio desnuda, junto a la puerta, la mirada totalmente desencajada, gozando de los últimos estertores de mi corrida.

Juanque no se sorprendió en absoluto y, sonriéndome, siguió con lo suyo, pero ahora con los ojos fijos en mí, y yo en los suyos. Con una mano en mis tetas y otra en mi ardiente coño contemplaba la lenta paja con la que Juanque se deleitaba y me deleitaba. Al poco rato alcancé un segundo orgasmo.

Por un momento pensé que mi orgasmo provocaría también el suyo, pero no fué así. El muy cabrón tenía controlada la situación: se relamía los labios pajeándose frente a mi con los ojos fijos en los míos y yo en los suyos mientras que yo continuaba martirizando mis doloridos pezones.

Había entrado en la habitación de Juanque con la intención de follármelo, pero no había sido capaz. Existía, todavía un muro infranqueable entre ambos que no nos atrevíamos a derrumbar.

La visión de la polla de Juanque me tenía hechizada. El bombeo de su mano, con un ritmo unas veces lento, otras más rápido - frenético diría yo - controlando en todo momento para evitar la catarsis.

Juanque se había girado hacia mí para tener una visión perfecta de mi desnudo cuerpo, y yo había dado unos pasos adelante para contemplar mejor la escena y mostrar mi indecente desnudez. El enano ahora estaba sentado en la cama, con los pies al suelo y su larga polla empinada mirando hacía el techo.

El movimiento de su mano, el constante bombeo que aplicaba a su verga me tenían totalmente hipnotizada. De no ser por los malditos tabús, ahora mismo habría apartado su mano para sustituirla por la mía. Dios, cuanto me hubiera gustado agarrarle la polla a Juanque, pero no me atrevía, era incapaz de dar el pequeño paso adelante, un paso que seguramente la polla de Juanque habría aplaudido.

Pese a no atreverme a agarrarla, mi mano, agarrada a nada y siguiendo el ritmo de su mano, inició un movimiento de bombeo, igual al que Juanque sometía a su polla. Éramos dos los que nos pajeábamos, tan solo que yo lo hacía al vacío, y Juanque a su hermosa polla. Aquella danza rítmica poco a poco fue cambiando de director. Ahora era yo la que imponía el ritmo. Cuando me detenía, Juanque se detenía y cuando yo incrementaba el ritmo, él también lo incrementaba.

Juanque imitaba a la perfección todos los movimientos masturbatorios a los que sometía a mi polla virtual. De vez en cuando paraba, movía mi dedo pulgar simulando acariciar la cabeza del gordo y húmedo capullo y él hacía lo mismo. Y cuando yo, después de mojar mi dedo lo llevaba a mi boca, él lo llevaba también a la suya, tan solo que el mío no sabía a nada, en cambio el suyo sabía a todos los jugos preseminales que el muy cabrón estaba derramando gracias a mi imaginación.

Había entrado en esta habitación dispuesto a follármelo, no obstante, me daba por satisfecha, había logrado dos buenos orgasmos y ahora estaba dispuesta a darle el suyo a mi hermanito.

Lentamente me había acercado más a su lado, ahora estaba junto a él, de pié, apenas a un metro de la cama. Mis grandes pechos balanceaban al ritmo de la paja a la que estaba sometiendo a mi polla imaginaria.

Juanque se incorporó y quedó frente a mí. Nos separaba apenas un metro de distancia. Nuestras manos no cesaban en el constante bombeo. No precisábamos hablar. Nuestras miradas lo decían todo. Mis ojos delataban la lujuria que sentía en mi interior en aquel momento. Los ojos de Juanque suplicaban desesperadamente que incrementara el ritmo de aquella danza diabólica para alcanzar su merecido paraíso.

Mi mano agarrada al vacío disfrutaba de la rugosidad y humedad de su polla. Si, ya sé que todo era coco, pero, coño, os aseguro que lo disfrutaba mucho. Con una mano agarraba mis tetas gordas y hermosas para que Juanque las contemplara mientras yo le imponía el ritmo de su masturbación.

Dándole más teatro al asunto, simulé coger el tubo de crema solar y derramé un chorretón por encima de mi mano. Juanque hizo lo mismo, se untó la mano que utilizaba para pajearse con crema y continuó dándole a la manivela. Mientras con la otra mano acariciaba mis pezones, Juanque hacía lo propio con los suyos.

Juanque imitaba a la perfección los movimientos que yo efectuaba con mis dos manos. La habitación permanecía en un silencio sepulcral, tan solo se oían los ligeros estremecimientos míos o de Juanque, fruto de la excitación que sufríamos.

Cuando el ritmo de la paja descendía, Juanque suplicaba con la mirada para que lo incrementara. Sin abrir la boca nos entendíamos a la perfección, y cuando yo lo incrementaba, con los ojos le preguntaba si era así como lo quería y el me respondía con una ligera sonrisa y con los ojos totalmente desencajados.

Juanque estaba muy apurado, el pobre llevaba ya mucho rato machacándose la polla sin haber alcanzado su orgasmo. Yo era la culpable, puesto que le obligaba a mantener un ritmo excesivamente lento para lo que él estaba acostumbrado.

Al final opté por incrementar el ritmo y, mirándole a los ojos, le sonreí y me mordí los labios mientras movía ligeramente la cabeza en signo de afirmación.

Aquello fue el detonante, la polla de Juanque, como una manguera sin control, empezó a escupir leche que fue a parar principalmente encima de mi cuerpo. Mis pechos, barriga y pelvis fueron agraciados y recibieron gustos el néctar de Juanque.

El pañuelo que mi hermanito tenía preparado en la cama para cuando llegara este momento quedó ahí olvidado. Me encantó su corrida y cómo había lo habíamos disfrutado los dos.

Con un dedo recogí restos de la abundante corrida que había depositada en mis pechos, lo llevé a mi boca, la saboreé y le sonreí. Por primera vez desde que había entrado en la habitación le hablé:

- Buenas noches, enano. Me ha gustado mucho. Esto hemos de repetirlo y mejorarlo.

Sin hacer ruido, salí de la habitación, desnuda, con los goterones de leche encima de mi cuerpo que no había limpiado y con la combinación en la mano, me dirigí a mi habitación. No sé qué hubiera pasado si me llego a encontrar con Daniel o con David en el pasillo, pero creo que no me hubiera importado demasiado.
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