Una Madre Tambien Fantasea

heranlu

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Ago 31, 2007
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Mientras me hago un vídeo masturbándome para enviar a mi marido, ponerlo cachondo perdido y poder follármelo cuando regrese del trabajo, de repente me viene a la mente una imagen de mi hijo adolescente, semidesnudo y con una enorme erección delante de mí. Me quedo petrificada. No me lo puedo creer.

Soy muy abierta en cuanto al sexo desde casi siempre. He tenido relaciones de todo tipo y mi marido y yo disfrutamos como nos gusta. Soy bisexual y hemos tenido relaciones esporádicas con otras parejas, mujeres y hombres. Siempre desde el respeto y el placer sin inhibiciones y sin ataduras.

Pero esto es demasiado.

Mi hijo. Mi propio hijo. Con una polla grande y dura. Masturbándose delante de mí mientras me grabo en la cama, abierta de piernas y con los dedos mojados de la mano derecha realizando círculos alrededor de mi clítoris. Estoy con los ojos cerrados y los abro asustada. ¿Es una fantasía? ¿Fantaseo con mi propio hijo ahora?

Siento lo mojado que se encuentra mi coño depilado mientras lo acaricio con la palma de la mano por encima de los labios. Quiero continuar grabándome y saco la punta de la lengua de la boca, para pasarla por mis labios y gemir a la cámara. Tengo puestas únicamente las medias de rejilla y unos zapatos de tacón de aguja que a mi marido le vuelven loco. Quiero seguir tocándome y vuelvo a cerrar los ojos.

Mi hijo agarra su polla joven y dura con su mano izquierda mientras me mira. Es grande. La veo palpitar mientras escupe a su capullo y moja con su saliva todo el tronco venoso. Me mira mientras lo hace, con su boca entreabierta. Sé que me mira con deseo, como desea a las nenitas con las que sale por ahí y que seguro que querrían follárselo. Pero él prefiere a su madre. Su madre le da lo que necesita en casa y eso le da seguridad.

No puedo quitarme de la cabeza esa imagen. Mis dedos entran en mi coño hasta casi el fondo y gimo más fuerte. Tiemblo con ellos dentro mientras pienso en susurrarle a mi hijo si le gusta lo que ve, si su madre es lo que él desea cuando piensa en una mujer. Una mujer de verdad, no esas jovencitas impetuosas y poco experimentadas, que creen que todo debe ser como en las pelis porno. Bestia y rápido. Pues no, nene. Tu madre sabe hacértelo como te gusta. Lento e inimaginable. Placentero y delicioso.

Apoyo el móvil en la almohada y libero mi otra mano. La llevo a mis pezones, que están duros como piedras. Los pellizco y agarro mi pecho, no demasiado grande, pero bien puesto para mis 41 años. Y dejo que la idea de tener a mi hijo delante me haga volar a otras cotas.

Las paredes de mi vagina se contraen con el movimiento de mis dedos dentro. Siento que la idea de un hijo adolescente voyeur y empalmado me cubre la mente con una niebla nueva y vergonzosa. Nunca había pensado en este tipo de fantasías, incestuosas y extrañas. Pero ahora sólo pienso en ver cómo esa polla juvenil y completamente empalmada se corre para mí y hace que me corra y me mee de gusto al mismo tiempo.

Agito mi pensamiento y acelero la imagen de su cuerpo excitado y arqueado, con las dos manos puestas en esa polla brillante y joven, masturbándose con energía. Y yo acelero un poco mis movimientos, introduciendo dos dedos en mi coño completamente mojado y follándome con decisión.

“Mami quiere verte correr, nene” pienso, mientras se agita y observa cómo su madre también se masturba para él. “Sí, Mami”, susurra él, acercándose un poco al borde de la cama y dejando su polla muy cerca de mi cara, tanto que si quisiese, podría tocarla con la lengua.

Lo observo absorta, cachonda perdida y mojada como hacía tiempo que no estaba. Él continúa con sus movimientos arriba y abajo con las dos manos sobre ese precioso cacho de carne enrojecido y duro. Y lo hace cerca de mi cara. Puedo oler su excitación. Veo sus gotas seminales y sus dedos estrujando su preciosa polla. Huelo que está a punto, porque sus jadeos se hacen más ostensibles.

Mi propia excitación está llegando al culmen. Siento que el deseo de mi hijo por darme su corrida en la cara hace que mi propio orgasmo asome en mi vientre. Pellizco fuerte mi pezón izquierdo y apuro mis dedos dentro y fuera.

“Dámelo nene, dale a tu madre esa leche tuya” le susurro mientras le miro directamente a los ojos. “Oh Mami sí, quiero dártela. ¿La quieres? ¿Quieres la leche de tu hijo en tu preciosa cara, Mami?” me dice él entre dientes, mientras sé que se va a correr. “Dáselo a tu Mami, nene. Llena mi cara con tu corrida “le digo.

Y entonces exploto mientras él se corre entre jadeos fuertes y temblores. Mi orgasmo me agita y me hace temblar mientras siento sus chorros en la frente, en la boca y en las mejillas. “Eso es, nene, así me gusta. Mami se corre también, nene, sí nene” me repito mientras siento que todo mi líquido se entremezcla con algo de orina y sale a borbotones, mojando y empapando sábanas y colchón.

Me quedo extenuada, estirada en la cama, mojada de mis líquidos y satisfecha. Ha sido increíble. Menudo orgasmo. Y menuda corrida sobre la cama.

Recuerdo que el móvil sigue grabando. Lo recojo y lo paro. Quiero verme. Me regodearé en mi corrida y a lo mejor vuelvo a tocarme viéndome. No lo llevo al principio, quiero verme desde los pensamientos incestuosos. Y me oigo a mí misma susurrando “Dámelo nene, dale a tu madre esa leche tuya”. Dios, me pone cachonda perdida oírme.

Y entonces lo veo. Al fondo, casi en la esquina superior, en la puerta entreabierta, está mi hijo. Asomado entre la penumbra. Con su polla en la mano. Masturbándose mientras me observa.
La imagen de mi hijo masturbándose en la esquina superior de mi vídeo me deja estupefacta. Hay que joderse con el nene. ¿Está en la puerta? ¿Desde cuándo? Y entonces caigo en la idea principal. Mi propio hijo me espía mientras me masturbo y me grabo para su padre.

Esto me deja a medio camino entre horrorizada y cachonda. No logro entender que justo en el momento en que tengo esta fantasía, él aparece. Mucha casualidad. Posiblemente lo haya hecho desde hace largo rato y yo ni me he enterado. No sé. La cosa es extraña, excitante y pecaminosa todo en uno.

Quiero comprobar en el video cuándo aparece él en la puerta. Doy hacia atrás hasta el momento en que apoyo el móvil en la almohada. Y ahí está él. En la puerta. O sea que ya estaba mirándome casi desde el principio. Qué cabrón.

La sensación que me embarga es rara. Primero de horror porque la idea de que tu propio hijo haga eso contigo, pensarte como mujer sexual, no soy capaz de asimilarla. Pero es que es un adolescente de 18 años, con sus hormonas explotando permanentemente y su necesidad sexual a flor de piel. Lo entiendo hasta cierto punto. Claro que lo entiendo.

Observo el video más atentamente y veo cómo él se toca y se acaricia por encima del pantalón y desaparece un momento de la imagen, para reaparecer con su polla en la mano un instante después. Y se empieza a masturbar mirándome. Está claro que él no sabe que el vídeo apunta casualmente a la puerta.

Entonces me doy cuenta que estoy pellizcándome un pezón mientras miro el video. “Joder Ana”, me dije. “Que es tu hijo Cristian. Qué crees que estás haciendo.”

“Pues tocarme, qué voy a hacer”, me respondo casi de inmediato. Es que la escena parece hecha a propósito para un canal de estos de videos para adultos. Una madura vestida como una puta masturbándose mientras se graba en video y un adolescente espiándola en la puerta y haciéndose una paja escondido en la puerta. Si me lo cuentan no me lo creo. Y sin embargo ahí estamos. Y me estoy excitando de nuevo.

En el video mi cuerpo queda atravesado en la cama, con el móvil grabando desde la cabecera y la puerta enfrente, en penumbra, pero perfectamente visible. Me veo a mí misma muy excitada, metiendo los dedos en el coño, emitiendo un sonido líquido y de chapoteo, susurrando “Dáselo a tu Mami, nene. Llena mi cara con tu corrida”. Veo entonces cómo mi hijo se arquea y noto que se corre, porque tiembla y su cuerpo aparece y desaparece en la puerta. Lo hace al mismo tiempo que yo exploto y lleno mis sábanas de líquidos.

Joder. Su corrida tiene que estar todavía en el pasillo.

Me levanto a toda prisa y voy a la puerta. Él ya no está. Se habrá ido a su habitación. Asomo al cabeza despacio y no se oye nada. Su puerta cerrada se encuentra un poco más allá, después del baño principal. Miro hacia el suelo y ahí está. Hay unos grandes charcos y dos grandes chorretones a lo largo del suelo de parqué. “Joder, menuda corrida la del nene”, pienso. Ha intentado limpiarla, pero sólo ha esparcido más su semen. Y entonces, sin saber muy bien por qué, me agacho y paso los dedos por encima. Noto lo grueso que es, a pesar de que ya es transparente y lo huelo. “Ana, joder, que es de tu hijo” me digo extrañada. “Y qué. Es semen. Seguro que está bueno”. Y me lo llevo a la boca en la yema de mi dedo.

Meto el dedo entero y chupo el líquido espeso. Sabe cómo el de su padre, pero más denso. “Dios, está riquísimo”, me digo excitada. Es algo que nunca he podido remediar. El sabor del semen me gusta y me encanta tragarlo, tanto que es algo que me pone muy cachonda. Un hombre corriéndose dentro de mi boca, dejando que su líquido corra por mi garganta, denso y pegajoso y que tenga que tragármelo mientras gime. Eso es algo que las mujeres tendríamos que probar una vez en la vida. Y a mí particularmente me pone como una perra en celo.

Me pongo de rodillas en el pasillo y acerco mi cara a esos chorretones en el suelo. Y me convierto en una verdadera puta. Porque quiero lamer y tragar aquel semen del suelo de madera de mi pasillo. El semen de mi propio hijo. Y lo hago. Lamo los charcos formados por su corrida y los trago. Mi lengua recorre la madera y sorbo el denso líquido con fruición. Me estoy poniendo tan cachonda que quiero tocarme o que me folle alguien por detrás mientras lo hago. Necesitaría que alguien con una polla dura y gruesa me follase a cuatro patas mientras lamo el semen de mi propio hijo adolescente del suelo.

Me meto dos dedos en el coño en un movimiento inconsciente y mientras sorbo y lamo el líquido del suelo, me estoy follando con ellos. “Eres una puta, Ana y lo peor es que te está gustando hacer esto”, pienso, mientras siento que mi coño se vuelve como un mar de líquido y se abomba y expande como si me estuviesen follando de verdad. Rozo mi clítoris, que ahora mismo es tan gordo que podría agarrarlo con dos dedos y masturbarlo como si fuese una pollita.

No queda prácticamente nada en el suelo. Me lo he tragado todo. Me da igual que se haya mezclado con la suciedad o lo que sea. Acabo de tragarme la corrida de Cristian, después de que se hiciese una paja espiando a su propia madre. “Joder, esto es surrealista”.

Oigo una puerta. Me levanto a toda prisa y vuelvo a mi habitación. Me pongo justo detrás de la mía, entornándola como estaba. Es Cristian, que va al baño. Entra y cierra. Me dispongo a volver a la cama, cachonda y empapada. “Menuda hora de la siesta, tía”, me digo sonriendo. Apago la luz de la mesita y dejo la penumbra de la persiana algo abierta.

Mi hijo sale del baño. Lo oigo por el pasillo, pero no se aleja. Oigo sus pisadas de puntillas, para no hacer ruido y siento que el corazón me va a mil. Se está acercando a mi puerta de nuevo. Y oigo un sonido peculiar. Y me doy cuenta que es una toalla. Está en el suelo y ha ido a limpiar el semen.

“Joder” le oigo susurrar. Claro, nene, es que ya no hay nada que limpiar. Lo que no sabes es que tu propia madre ha lamido tu corrida del suelo y se la ha tragado mientras se volvía a masturbar.

Y mientras vuelve para el aseo, supongo que su asombro y su extrañeza lo dejan sin palabras, porque no sabrá lo que ha pasado.

Siento que soy una madre con unos pensamientos obscenos e incestuosos, con unas fantasías que tienen que ver con mi hijo adolescente. Y que además ya sé cómo sabe su semen. “Ana, tienes un problema” me digo, y vuelvo a visualizar el video y compruebo cómo me espía, mientras me corro otra vez pensando en él.
 
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