Estábamos en vísperas de navidad y me había ido con mi amiga Marta a la peluquería y luego a comprar ropa y algunas otras cosas; esperaba la visita de mis hijos para la noche buena, no los había visto en todo el año y quería que me vieran en buen estado y que todo estuviera perfecto. Me sentía emocionada.
—Entonces… ¿Qué te parece? —dije modelando un ropa íntima roja que tenía intenciones de comprar para usar el día de navidad.
—Amiga, se te ve increíble —respondió Marta con una expresión de envidia sana en el rostro—. Bárbara, te lo digo en serio, no parece que tuvieras cincuenta y cuatro años, ni que fueras la madre de tres hijos; tienes un culazo y unas piernas espectaculares.
—Cincuenta y tres.
—Como sea, cualquier jovencita desearía tener unas piernotas como las tuyas —dijo enterrándome sus uñas recién hechas en una nalga.
Me miré en el espejo y pensé que a las palabras de Marta no faltaban a la verdad. Mis tetas estaban algo caídas, pero mis piernas y glúteos se mantenían sorprendentemente firmes a pesar de que el único ejercicio que hacía era salir a caminar cada mañana. Tal vez me hacía falta un bronceado, pero mi piel siempre había sido muy blanca y a mi fallecido esposo siempre le había gustado que fuera de esa forma, así que tampoco era algo que me obstinase mucho.
—Vamos, lo compraré —dije segura de mi decisión.
Luego de pasar por la caja salimos de la tienda y recorrimos todo el centro comercial en búsqueda de unos atuendos, terminé comprando unos jeans blancos, unos tacones rojos, y una blusa roja de cuello ancho que me dejaba la zona alta del pecho descubierta, pero que no mostraba nada de escote, además de unos tacones que combinaban perfectamente. Consideraba que el atuendo me quedaba muy bien sin ser provocador. Era justo lo que necesitaba para la reunión familiar.
Como nuestras casas quedaban hacia la misma dirección compartimos el taxi que me dejó primero en mi casa. Al llegar mi dormitorio me desvestí, tomé el móvil y me acosté desnuda en la cama con intención de escribirle a mi hijo mayor; se llama Luis como su padre, tenía treinta y tres años, trabaja como arquitecto y a pesar de ser muy apuesto, era soltero, siempre había sido muy cariñoso; de pequeño, incluso de adolescente, solía venir a nuestra habitación por la noche y acostarse entre su padre y yo, me abrazaba y cuando despertábamos en la mañana estaba él prácticamente con una pierna sobre mí, su padre tuvo que hablar con él seriamente para que dejara de hacerlo ya que la situación comenzó a volverse algo incomoda cuando fue creciendo, pues cuando despertaba por la mañana me lo encontraba dormido en ropa interior a mi lado o directamente sobre mí, apoyando su erección en mi pierna o sobre mi trasero, a mi esposo eso le enfurecía y yo tenía que intervenir para calmarlo, pero finalmente Luis dejó de hacerlo. Personalmente nunca lo vi como nada malo, nunca interpreté su conducta como una señal de que se sintiera atraído sexualmente por mí o de que me quisiera coger, simplemente pensé que era un joven muy apegado a su madre, que se sentía más cómodo durmiendo con nosotros, y que producto de la adolescencia tenía erecciones nocturnas completamente involuntarias.
Tenía un mensaje de él en WhatsApp.
—¿Has pensado ya lo que te propuse?
Los chats con Luis se habían vuelto más frecuentes desde el fallecimiento de su padre, a diferencia de sus hermanos era él quien siempre me escribía primero. No dudaba en alagarme cada vez que podía; “Mamá, estás hermosa”, “Que linda se te ve en esa foto”, “Que afortunado fue mi padre de tener a una mujer como tú”, por supuesto, esto me parecía que lo hacía para hacerme sentir bien y no porque realmente tuviese intenciones de cortejarme. Recientemente me había propuesto que me mudase con él, que como vivía solo no le molestaría tenerme en su casa y que de esa forma nos hacíamos compañía uno al otro. Yo le ponía excusas, pero él no paraba de insistir para tenerme viviendo en su casa.
—Luis, hijo, mañana tendremos tiempo para hablar de eso —le escribí.
Tras apenas enviar el mensaje vi la confirmación de que lo había visto y seguidamente recibí de forma abrupta una foto de un miembro erecto en la que además podía apreciarse el abdomen. La foto era de él, y junto a ella preguntaba “¿Qué te parece?”. Estaba impactada, no solo porque me tomó completamente por sorpresa que me enviara semejante foto sino también por lo grosa que la tenía. Antes de que pudiera ampliarla la eliminó.
—Perdón, mamá, lo siento. No era para ti, de verdad lo lamento. Que pena, se me cae la cara de vergüenza —me escribió en un mensaje.
A pesar de sus disculpas, supe que había sido completamente intencional, me había mandado una fotografía de su miembro a propósito para que lo viera, y comencé a aceptar lo que hasta entonces me había negado a ver: mi hijo me tenía ganas y la intención de sus proposiciones era crear las condiciones para que me dejara follar.
—No te preocupes hijo, solo ten cuidado a quien mandas esas fotografías —le escribí.
No quise cuestionarle que fuera de esa gente que envía fotos íntimas y mucho menos iba a caer en su juego, no iba a comentar nada sobre su miembro por grande que se viera.
—Buenas noches, mañana hablaremos —le escribí.
No quería admitirlo, pero me puse cachonda y me comencé a tocar, lo hice hasta alcanzar el orgasmo. Debo confesar que por un momento, mientras me tocaba, sí desee tenerlo dentro de mí, muy adentro. Imaginé que él se escabullía con sigilo a mi habitación mientras sus hermanos dormían y me encontraba desnuda en mi cama, haciéndome la dormida como sí no quisiera la cosa, y entonces me tomaba de la cintura y me la metía, así, desde atrás, conmigo de espaldas y mirándolo sobre mí hombro, y me la metía y me la sacaba ahí, en mi habitación, mientras sus hermanos dormían abajo, en la misma cama que había compartido con su padre y que él me decía—: No tienes idea desde hace cuánto había querido hacer esto. He soñado con montarte desde que era un crio.
En mi fantasía yo intentaba controlar mi goce, pero era tan placentero el orgasmo que gritaba y despertaba a mis otros hijos que subían a mi habitación y me encontraban follando con su hermano, nos dirigían una mirada desaprobatoria y yo apenada les pedía disculpas mientras no podía parar de sentir como Luis seguía y seguía matándome de placer con su polla enorme, derramándome su semen en mi interior mientras mis otros hijos contemplaban atónitos la follada que me daba su hermano mayor.
Llegué al orgasmo con esa loca y absurda fantasía y luego me había quedado dormida plácidamente.
A la mañana siguiente me desperté, la luz del sol entraba por la ventana irradiando toda mi habitación con su energía. Yo me encontraba sobre mi cama, desnuda como había pasado toda la noche. Me levanté de la cama y me miré al espejo. Me pareció que debía rebajarme un poco el vello púbico, pero primero iría por algo de café.
Me puse un conjunto de pijama que había comprado recientmente, me lo puse sin nada abajo, era muy corto y fresco, se me hacía ideal para estar por casa.
Bajé por las escaleras hacía la cocina, donde comencé a hacer el café y a tostar unas rebanadas de pan para el desayuno; mientras lo hacía pensaba en lo de anoche, en la foto del miembro de mi hijo mayor y la loca fantasía incestuosa que había tenido luego.
Cómo era posible que me hubiese dejado vencer por una calentura y sucumbiera ante tan reprochable y bajo impulso como lo era desear a mi propio hijo, desearlo sexualmente como se desea a un macho. Pero el cuestionarme todo esto no hacía sino acrecentar el morbo que me producía la situación, tenía que parar de pensar en esto sí quería evitar una tragedia, pues sí Luis llegaba a la casa con las intenciones de follarse a su madre, yo no iba a ser lo suficientemente fuerte como para ponerle ninguna resistencia, iba tonta y fatídicamente a ceder también a toda esta nueva morbosidad que estaba experimentando y que me atraía magnéticamente.
Escuché la puerta sonar y me acerqué a abrir. Era muy temprano para que llegara ninguno de mis hijos, aunque bien podría tratarse de Luis, que pudiera tener la intención de llegar antes que sus hermanos para hallarme sola, en este momento eso sería fatal, pues me encontraba en una posición vulnerable en la que fácilmente estaría dispuesta a ceder a cualquier intento que tuviese por hacerse conmigo.
Abrí la puerta y me encontré al vecino. Carlos, un señor muy amable, tres o cuatro años menor que yo, que estaba casado con Amanda, conocida en el vecindario por ser una religiosa impertinente y fuera de lugar.
—Muy buenos días vecina —dijo él nada más se abrió la puerta—, ¿Cómo está usted?
—Buenos días, Carlos —respondí sin soltar la manilla de la puerta—. Muy bien. Cuéntame, ¿Sucede algo?
—No vecina, venía a pedirle un pequeño favor.
—Dime Carlos.
—¿De casualidad tendrá un poco de azúcar que pueda darme? —dijo un poco avergonzado—. Se me olvidó comprar y solo necesito un poco para el café de la mañana.
Jamás hubiese pensando en Carlos para nada, pero en ese momento no podría haber sido más oportuna su presencia. Pensé que podía usarlo como una especie de válvula de escape con la cual podría matar el desproporcionado deseo sexual que estaba teniendo.
—Por supuesto, Carlos, pasa —respondí y le di la espalda para ir hacia la cocina.
Automáticamente sentí como su mirada se posaba en mi culo. Había bajado la guardia con el más despabilado de la cuadra y seguramente ya se estaba regodeando con la vista que le estaba dando. Al cruzar hacia la cocina aproveché que salí de su campo de visión por un momento para subirme el short, encajándomelo bien en el culo y dejando visible la mitad de mis nalgas.
—Debo tener la azúcar por acá, déjame buscar —dije sabiendo que ya se estaba deleitando con la visión que yo le proporcionaba.
Me incliné para recoger una basurita del suelo y luego me extendí para tomar la azúcar. Sin mirarlo trataba de pasearme frente a él. Quería conseguir llevarlo a ese punto en el que no se iba a negar a tener relaciones, por más casado y religioso que fuera. Además, debo admitir que yo también me excité un poco al exhibirme de esa forma.
Al girarme lo miré de frente y noté que tenía un bulto en su pantalón. ¡Lo había conseguido!
—Toma vecino —le dije extendiéndole la azúcar.
Dio un paso tímidamente hacia mí para tomar la azúcar.
—Bueno vecino, ahora necesito que usted me haga un favor a mí.
—Claro, vecina, ¿Qué necesita?
Me di la vuelta y me bajé el short y luego, con un movimiento, me saqué la parte de arriba del atuendo.
—¿Tendrá un poco de leche para darme? —dije sonriendo, ya que pensé que sí decía algo tan absurdo como eso haría que en caso de que le contara a alguien que me había dejado follar por él nadie habría de creerle.
Al tipo le cambió la cara de inmediato, parecía otra persona completamente diferente y se comenzó a desatar el cinturón. Se bajó la cremallera dejando salir un miembro corto y grueso.
—Ábrase —me dijo con una voz imponente.
Mi intención original era inclinarme sobre la mesa y ponerle mi culo en pompa para que me cogiera desde atrás sin tener que mirarlo mucho, pero ahora quería verlo cogiéndome, así que me senté sobre la mesa, montando mis dos piernas sobre la misma y dejándoselas abiertas para recibirlo.
Se acercó y me la metió toda, hundiéndola hacia arriba.
—Bárbara —me llamó por mi nombre ahorcándome con una mano—. Eres una pecadora.
Me embistió. Tas, tas, tas…. Me estaba dando muy fuerte para mi gusto, pero el tipo me transmitía la sensación de que estaba cogiendo con una roca, se había puesto completamente rígido y mecánico.
—Más suave…
—¿Qué dices? —me preguntó desafiante.
—Más suave, por favor, me estás haciendo daño.
Hizo caso omiso a mis palabras y me comenzó a dar más duro todavía.
—Oh… Oh… Ohahh.. —exclamé—, por favor para ya.
Tas…tassss… tasss
—Esto es lo que te mereces —me dijo mientras me seguía follando fuertemente.
En ese momento miré hacia la entrada de la cocina y pude ver a Ángel y Mario, mis dos hijos menores, mirando con perplejidad lo que acontecía.
Intenté detener a mi vecino empujándolo en el pecho con mis manos, pero parecía inamovible. Me sujetó ambas manos y arqueando su espalda siguió golpeándome arrebatadamente con su polla en el coño mientras mis hijos callados contemplaban toda la escena.
Mi vecino finalmente pareció percatarse de que alguien había llegado, volteó a mirar sin parar de cogerme en ningún momento y notó a mis dos hijos parados en la entrada de la cocina sin saber muy bien que hacer. No pareció darle importancia y me siguiendo dando con todas sus fuerzas hasta que, ya jadeante y cerca del orgasmo, en uno de sus movimientos dejó salir su polla de mi coño y, mientras esta aún vibraba en el aire, eyaculó soltando chorros de semen que, rociándome como si fuera un aspersor, fueron a dar en mi rostro, tetas, abdomen y muslos. Me dejó completamente cubierta con su semen.
Al terminar se dio la vuelta y se sacudió la polla descaradamente frente a mis hijos que permanecían en silencio, y luego se subió nuevamente los pantalones.
—Lo siento muchachos, solo vine por algo de azúcar. Recuerden confesarse dijo mirándolos a ellos y viendo lo mismo en lo que me fijé yo: ambos tenían un enorme bulto marcado en sus pantalones. ¡Se habían excitado viendo que se cogían a su madre de la forma más brutal y pornográfica!
Mi vecino tomó la azúcar y se marchó pasando a un lado de ellos. Cuando quedamos solos Ángel y Mario se acercaron, yo me encontraba devastada sobre la mesa.
—Lo siento hijos, lamento que hayan tenido que verme así, me siento completamente humillada y avergonzada con ustedes.
Ángel se inclinó y me tomó entre sus brazos, levantándome.
—No te preocupes, mamá —dijo compasivamente —. Vamos a tu habitación.
Me cargó escaleras arribas, Mario venía siguiéndonos. Al llegar a mi habitación, Ángel me acostó sobre la cama y luego ambos se me quedaron viendo fijamente; lo hacían sorprendidos, pero también me miraban con deseo, deslizando su mirada por todo mi cuerpo cubierto de sudor y un semen ajeno. En ese momento no sé porque sentí la necesidad de compensarles ofreciéndome a ellos. Extendí mis manos tomándolos de la muñeca a cada uno y atrayéndolos hacía mí les dije sabiendo que eran ellos los que me veían con deseo—: Vamos chicos, soy toda suya.
No tengo idea de cómo había llegado a este punto en el que le estaba ofreciendo a dos de mis hijos que me follaran al mismo tiempo, pero sin pensarlo mucho ambos comenzaron a desabotonar sus camisas y a desprenderse del cinturón. ¡Me iban a follar!
Ambos se subieron a la cama desnudos con enormes erecciones.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Mario a su hermano mayor.
Sin decir una palabra miraba como se ponían de acuerdo para cogerme.
Ángel me miró y luego tomándome de la cintura me puso de lado, de frente a él y le dijo a su hermano—: Así.
Mario se acomodó a mis espaldas y, desde atrás, siendo el más pequeño de mis hijos y el último en nacer, me la metió de lleno en el coño.
—Mmmmmm —dejé escapar un gemido—. Que gusto que estén aquí, hijos.
Ángel se acomodó de frente a mí y me metió su polla también en el coño diciendo—: El gusto es nuestro, mamá.
—Y sí es de esta forma mucho más… —replicó Mario—. Sabes cómo se va a poner Luis cuando se entere de que nos estamos cogiendo a nuestra madre antes que él.
Ángel abrió sus ojos al escuchar la imprudencia que decía su hermano menor.
—¿Pero de qué están hablando? —dije asombrada—, ¿Qué está pasando aquí?
—Pues nada, mamá… —respondió Mario—, que estás buenísima y todos tus hijos te hemos tenido el ojo puesto desde siempre. Especialmente Luis, de hecho, fue él quien precisamente nos enseñó a mirarte sin que tu o papá lo notaran y a tomar tus bragas prestadas para masturbarnos sin que te dieras cuenta.
—No me lo puedo creer….
—Sí… —dijo Ángel seriamente—. Luis dijo que iba a ser el primero en follarte, porque ya tenía el trecho para hacerlo, y que luego iba a conseguir que nosotros pudiéramos cumplir nuestras fantasías contigo también.
—No puede ser, no me lo creo. ¿Así que mis hijos han querido follarme todo este tiempo?
—Toda la vida mamá, solo que con nuestro padre presente se nos hacía imposible, pero los tres te deseamos con pasión y lujuria —dijo Ángel.
Mientras hablábamos Mario apoyaba sus manos en mis nalgas y me penetraba el coño, Ángel prácticamente solo me la había metido, pero no me había comenzado a coger como tal, lo besé tras su confesión para que se relajara y le siguiera el ritmo a su hermano. Guardamos silencio y comenzamos a coger los tres.
Ángel me besaba y chupaba los pezones, Mario me tomaba de la cintura y me comía el cuello. Entre mis dos hijos me tenían el coño a extasiar, sentía sus pollas golpeándome en diferentes direcciones, jamás había experimentado algo como esto, ni física y emocionalmente, el mayor de los dos también aprovechaba de frotarme los dedos por el clítoris mientras me cogían.
—Hijos… que rico lo hacen —dije y me atreví a preguntar—: ¿Habían hecho esto otras veces?
Ambos permanecieron en silencio, completamente absortos en poseer a su madre sexualmente.
—Solo con Marta —dijo Mario—. Nos la cogimos entre los dos hace varios años el día de su cumpleaños.
—¡¿Qué?! —exclamé sorprendida.
—Mario, cállate por un puto momento —dijo Ángel.
—Vamos, a mamá le excita saber todo esto —dijo Mario—. ¿O es que te molesta verla en su faceta de hembra lasciva?
—Esperen un momento chicos, sáquenme sus pollas por favor, vamos a cambiar de posición.
Sentí una leve y placentera sensación al apreciar como ambas pollas salían simultáneamente de mi coño.
—Acuéstate —le dije a Ángel—, me voy a poner sobre ti.
Monté a mi hijo y llevé mi mano a mi trasero y separándome las nalgas con los dedos le dije mimosamente a mí otro hijo—: Ven, cariño, métesela a tu mami en el culo.
Noté como se puso empalmadísimo, por ser el más joven siempre le había gustado que le hablara de esa forma.
—No, espera, ¿Por qué él? —objetó Ángel—. Yo quiero ser quien te tome por el culo.
—Porque en este momento yo te quiero montar a ti —le dije para calmarlo—. Ya te dejaré follarme el culo también.
—¿Pero tienes idea del morbo que desata tu culo en nosotros? —dijo Ángel desesperado—. Él ya fue el primero en metértela por el coño, ¿también te va coger el por el culo primero?
—Sí, cariño… —dije mimosamente—. Ya te dejaré metérmela por el culo a ti también, y te prometo que serás el primero que al que se la chupe. Mis mamadas son muy buenas.
Esa promesa pareció dejarlo satisfecho.
—Anda, cómeme las tetas —le dije.
Sentí que Mario se puso atrás de mí y luego—: Mmmmmmm… —sentí que me humedecía la entrada del ano con su lengua.
Luego metió primero la punta de su polla en mi culo, y luego, suavemente, fue avanzando hasta conseguir meterla toda hasta sodomizarme entera.
—Ahhhhhhhhhh —grité un poco al sentir una mordida en el hombro.
Mario se estaba corriendo en mi culo e intentando aguantarse me había enterrado los dientes.
—Lo siento mamá, no aguanto más —dijo Mario y saliéndose de mi culo y acostándose a un lado de nosotros.
—No te preocupes bebé, ya vendrás más oportunidades.
Le brillaron los ojos al escuchar eso. Seguí montando a Ángel que no paraba de chuparme las tetas, de pequeño había sido el que menos tiempo tardó en dejarlas, pero de ahora era el que más disfrutaba de ellas.
—¿Te gustan las tetas de mamá? —le pregunté.
—Sí —respondió mientras me metía un dedo en el culo—. ¿Y la mamada?
—¿La quieres ahora?
—Sí, quiero venirme en tu boca.
Era momento de complacer a mi amado Ángel. Me saqué su polla del coño y sentándome entre los dos comencé a lamerle los huevos, a chupárselos y a pasarle la lengua por toda la polla y luego comencé a chupársela, lo hacía hasta el fondo, hasta que mi lengua llegara nuevamente a sus huevos esta vez con su polla adentro.
—Finalmente…. —dijo Ángel—. No me puedo creer que esto esté pasando….
Mi hijo se corrió en mi boca, nunca en mi vida había tenido que tragar tanto semen.
Al terminar me acosté entre los dos, repasando la vorágine sexual, frenética e incestuosa por la que me había dejado arrastrar. Sí Ángel no se lo creía es porque lo que había pasado no era para creérselo.
—Hijos, estoy gratamente agradecida por todo el amor que me han dado hoy, pero ahora voy a necesitar que me ayuden manteniendo el secreto. Quiero darle a Luis un hermoso regalo de navidad.
Era ya el atardecer, a petición de mis hijos me había paseado todo el día por la casa usando nada más que una tanga roja y un mandil verde y blanco con florituras navideñas rojas, había cocinado y limpiado un poco vestida de esa forma, o desvestida, depende de la apreciación que se tuviera, incluso estando ellos en usando nada más que ropa interior me había sentado en sus piernas durante algunos momentos del día, la estábamos pasando genial en nuestra nueva normalidad, era un ambiente liberal en el que mis hijos se mostraban más cariños conmigo de lo que nunca lo habían hecho. Se acercaban y me daban un beso en la mejilla y un abrazo, también aprovechaban de manosearme el culo, agarrarme las tetas, apoyarme sus miembros o darme una nalgada, todo con una mezcla de cariño y lujuria que me hacía sentir muy viva.
Sí Luis llegaba yo subiría a mi habitación a ponerme algo de ropa mientras ellos lo distraían, pero se acercaba la hora de la cena y todavía no había aparecido, seguramente pensó que enviarme la foto de su polla había sido un paso en falso y ahora no se atrevía a venir.
Fui al baño y llené la tina, me rasuré el coño con la ayuda de un pequeño peine que me permitía recortar el vello de forma más o menos uniforme sin dejármelo completamente rasurado, tal como me gustaba. Al terminar de bañarme me puse la nueva lencería roja que había comprado, debo reconocer que me veía realmente despampánate.
En vista de que la habíamos pasado muy bien estando semidesnudos todo el día y que eso había sido como un prolongado juego previo al sexo, ya que dábamos por sentado que a partir de esa noche íbamos a follar de lo lindo el resto de las festividades y cuando sea que pudiéramos. No lo habíamos vuelto hacer durante la tarde, porque quería entregarme a mi hijo mayor antes que los otros dos me volvieran a tocar, y así luego poder hacerlo todos juntos a la vez, dejar que me follaran en mi cama mis tres hijos y llegar así al éxtasis, pero como Luis no había llegado me pareció innecesario vestirme para la ocasión, ya no iba a esperar más, quería que mis hijos me vieran con esa lencería, se empalmasen al verme y me follaran como animales.
Me puse los tacones que había comprado y un gorro navideño y bajé las escaleras.
—¡Mamá! —dijo Luis. Estaba sentado en el mueble con sus hermanos al lado.
Todos estaban bien vestidos para la ocasión, peinados, con sus camisas de botones, sus mocasines, listos para la foto familiar de navidad, todos excepto yo, que iba completamente de rojo, en lencería y tacones.
Aunque no era la manera en la que deseaba abordar a Luis, el efecto que quería lo había conseguido, estaban los tres empalmados.
—Hijo….
Se le notaba desorientado, no entendía cómo es que me tenía frente a él semidesnuda en lencería y animada entregarme sexualmente a él.
Me acerqué a ellos. Los tres me veían hipnotizados, deleitándose con la carne de su madre. Me paré frente a Luis, estaba sentando en el mueble entre sus dos hermanos.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Mario intentó tocarme una pierna, pero le di una leve palmada en la mano para evitarlo.
—Primero Luis… —dije—. Sí quieres a mami, ¿no?
Luis asintió con la cabeza. No podía expresar lo que sentía, de los tres era sin duda el que más me deseaba.
—Chicos, ¿Por qué no lo ayudamos?
Luis seguía desorientado, siempre había sido el líder de sus hermanos, pero no lograba entender cómo habíamos llegado a esta situación. Ángel y Mario comenzaron a quitarle el cinturón y bajarle el pantalón y la ropa interior, dejando a la vista aquella polla groseramente grosa que había iniciado todo esto. Mario incluso lo comenzó a masturbar a su hermano.
—Joder… —dijo Mario—, pero menuda polla, eh.
Yo me corrí la braga hacia un lado, dejando la entrada de mi coño libre y me senté sobre Luis, empalándome. Le apoyé mis senos en la cara y comencé a follármelo elegantemente. Lo besé en la boca, le metí la lengua, le mordí el labio. Sus hermanos comenzaron a amasarme el culo y masturbarse mientras estaba ocupada con él, pero de pronto Luis pareció tomar finalmente su ímpetu natural, llevando sus manos a mi culo y sujetándome se puso de pie, dejándome ensartada su polla, me llevó hasta la mesa dome me acostó, la misma mesa donde me cogió el vecino en la mañana. Allí comenzó a clavarme una y otra vez mientras que sus hermanos se acercaban y, ya completamente desnudos, se comenzaron los dos a masturbar cada uno a un lado de la mesa mientras Luis me seguía cogiendo. Con una mano mi hijo mayor me desprendió el brasier y me comenzó a comer las tetas.
—Luis, me voy a correr apártate que le quiero tirar toda la leche arriba a mamá —dijo Mario.
Mi hijo mayor me dejó de chupar las tetas y en ese momento Sus dos hermanos dispararon todo su esperma sobre mí.
—Ahhhhhh…. —exclamó Mario—. Que rico….
—Aggggg —exclamó Angel—. Fuaaa, no puede ser que sea tan intenso esto.
Luis me tiró de la cintura y me llenó todo el coño con su esperma, haciéndome llegar a mí al orgasmo. Luego me la sacó y agitándosela arrojó varios chorros más de semen sobre mi cuerpo, dejándome completamente chorreada de la leche de mis tres hijos.
—Los amo hijos, los amo.
Los cuatro nos fuimos al mueble a recomponernos de polvo, ellos se sentaron desnudos y yo me acosté sobre sus piernas, donde me dejaba acariciar. Ahí nos quedamos un rato conversando cosas; luego, cuando nos dio hambre cenamos en el suelo, desnudos, cubiertos de semen y de fluido. En la noche nos fuimos todos a dormir juntos y follamos nuevamente, me cogieron por delante y por detrás, chupé y también me comieron el coño y el culo, nos besamos, todo parecía pasar al mismo tiempo. En un momento de la noche en el que Ángel y Mario se habían quedado ya dormidos le dije en voz baja a mi hijo mayor—: Luis, ¿estás despierto?
—Sí —me respondió—, ¿qué ocurre?
—Sí quiero —dije.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—Irme a vivir contigo.
Después de esa navidad me entregué a mis tres hijos cada vez que quisieron, de la misma forma que ellos se entregaron a mí, pero al vivir con mi hijo mayor fue con este con quien follaba a diario.
—Entonces… ¿Qué te parece? —dije modelando un ropa íntima roja que tenía intenciones de comprar para usar el día de navidad.
—Amiga, se te ve increíble —respondió Marta con una expresión de envidia sana en el rostro—. Bárbara, te lo digo en serio, no parece que tuvieras cincuenta y cuatro años, ni que fueras la madre de tres hijos; tienes un culazo y unas piernas espectaculares.
—Cincuenta y tres.
—Como sea, cualquier jovencita desearía tener unas piernotas como las tuyas —dijo enterrándome sus uñas recién hechas en una nalga.
Me miré en el espejo y pensé que a las palabras de Marta no faltaban a la verdad. Mis tetas estaban algo caídas, pero mis piernas y glúteos se mantenían sorprendentemente firmes a pesar de que el único ejercicio que hacía era salir a caminar cada mañana. Tal vez me hacía falta un bronceado, pero mi piel siempre había sido muy blanca y a mi fallecido esposo siempre le había gustado que fuera de esa forma, así que tampoco era algo que me obstinase mucho.
—Vamos, lo compraré —dije segura de mi decisión.
Luego de pasar por la caja salimos de la tienda y recorrimos todo el centro comercial en búsqueda de unos atuendos, terminé comprando unos jeans blancos, unos tacones rojos, y una blusa roja de cuello ancho que me dejaba la zona alta del pecho descubierta, pero que no mostraba nada de escote, además de unos tacones que combinaban perfectamente. Consideraba que el atuendo me quedaba muy bien sin ser provocador. Era justo lo que necesitaba para la reunión familiar.
Como nuestras casas quedaban hacia la misma dirección compartimos el taxi que me dejó primero en mi casa. Al llegar mi dormitorio me desvestí, tomé el móvil y me acosté desnuda en la cama con intención de escribirle a mi hijo mayor; se llama Luis como su padre, tenía treinta y tres años, trabaja como arquitecto y a pesar de ser muy apuesto, era soltero, siempre había sido muy cariñoso; de pequeño, incluso de adolescente, solía venir a nuestra habitación por la noche y acostarse entre su padre y yo, me abrazaba y cuando despertábamos en la mañana estaba él prácticamente con una pierna sobre mí, su padre tuvo que hablar con él seriamente para que dejara de hacerlo ya que la situación comenzó a volverse algo incomoda cuando fue creciendo, pues cuando despertaba por la mañana me lo encontraba dormido en ropa interior a mi lado o directamente sobre mí, apoyando su erección en mi pierna o sobre mi trasero, a mi esposo eso le enfurecía y yo tenía que intervenir para calmarlo, pero finalmente Luis dejó de hacerlo. Personalmente nunca lo vi como nada malo, nunca interpreté su conducta como una señal de que se sintiera atraído sexualmente por mí o de que me quisiera coger, simplemente pensé que era un joven muy apegado a su madre, que se sentía más cómodo durmiendo con nosotros, y que producto de la adolescencia tenía erecciones nocturnas completamente involuntarias.
Tenía un mensaje de él en WhatsApp.
—¿Has pensado ya lo que te propuse?
Los chats con Luis se habían vuelto más frecuentes desde el fallecimiento de su padre, a diferencia de sus hermanos era él quien siempre me escribía primero. No dudaba en alagarme cada vez que podía; “Mamá, estás hermosa”, “Que linda se te ve en esa foto”, “Que afortunado fue mi padre de tener a una mujer como tú”, por supuesto, esto me parecía que lo hacía para hacerme sentir bien y no porque realmente tuviese intenciones de cortejarme. Recientemente me había propuesto que me mudase con él, que como vivía solo no le molestaría tenerme en su casa y que de esa forma nos hacíamos compañía uno al otro. Yo le ponía excusas, pero él no paraba de insistir para tenerme viviendo en su casa.
—Luis, hijo, mañana tendremos tiempo para hablar de eso —le escribí.
Tras apenas enviar el mensaje vi la confirmación de que lo había visto y seguidamente recibí de forma abrupta una foto de un miembro erecto en la que además podía apreciarse el abdomen. La foto era de él, y junto a ella preguntaba “¿Qué te parece?”. Estaba impactada, no solo porque me tomó completamente por sorpresa que me enviara semejante foto sino también por lo grosa que la tenía. Antes de que pudiera ampliarla la eliminó.
—Perdón, mamá, lo siento. No era para ti, de verdad lo lamento. Que pena, se me cae la cara de vergüenza —me escribió en un mensaje.
A pesar de sus disculpas, supe que había sido completamente intencional, me había mandado una fotografía de su miembro a propósito para que lo viera, y comencé a aceptar lo que hasta entonces me había negado a ver: mi hijo me tenía ganas y la intención de sus proposiciones era crear las condiciones para que me dejara follar.
—No te preocupes hijo, solo ten cuidado a quien mandas esas fotografías —le escribí.
No quise cuestionarle que fuera de esa gente que envía fotos íntimas y mucho menos iba a caer en su juego, no iba a comentar nada sobre su miembro por grande que se viera.
—Buenas noches, mañana hablaremos —le escribí.
No quería admitirlo, pero me puse cachonda y me comencé a tocar, lo hice hasta alcanzar el orgasmo. Debo confesar que por un momento, mientras me tocaba, sí desee tenerlo dentro de mí, muy adentro. Imaginé que él se escabullía con sigilo a mi habitación mientras sus hermanos dormían y me encontraba desnuda en mi cama, haciéndome la dormida como sí no quisiera la cosa, y entonces me tomaba de la cintura y me la metía, así, desde atrás, conmigo de espaldas y mirándolo sobre mí hombro, y me la metía y me la sacaba ahí, en mi habitación, mientras sus hermanos dormían abajo, en la misma cama que había compartido con su padre y que él me decía—: No tienes idea desde hace cuánto había querido hacer esto. He soñado con montarte desde que era un crio.
En mi fantasía yo intentaba controlar mi goce, pero era tan placentero el orgasmo que gritaba y despertaba a mis otros hijos que subían a mi habitación y me encontraban follando con su hermano, nos dirigían una mirada desaprobatoria y yo apenada les pedía disculpas mientras no podía parar de sentir como Luis seguía y seguía matándome de placer con su polla enorme, derramándome su semen en mi interior mientras mis otros hijos contemplaban atónitos la follada que me daba su hermano mayor.
Llegué al orgasmo con esa loca y absurda fantasía y luego me había quedado dormida plácidamente.
A la mañana siguiente me desperté, la luz del sol entraba por la ventana irradiando toda mi habitación con su energía. Yo me encontraba sobre mi cama, desnuda como había pasado toda la noche. Me levanté de la cama y me miré al espejo. Me pareció que debía rebajarme un poco el vello púbico, pero primero iría por algo de café.
Me puse un conjunto de pijama que había comprado recientmente, me lo puse sin nada abajo, era muy corto y fresco, se me hacía ideal para estar por casa.
Bajé por las escaleras hacía la cocina, donde comencé a hacer el café y a tostar unas rebanadas de pan para el desayuno; mientras lo hacía pensaba en lo de anoche, en la foto del miembro de mi hijo mayor y la loca fantasía incestuosa que había tenido luego.
Cómo era posible que me hubiese dejado vencer por una calentura y sucumbiera ante tan reprochable y bajo impulso como lo era desear a mi propio hijo, desearlo sexualmente como se desea a un macho. Pero el cuestionarme todo esto no hacía sino acrecentar el morbo que me producía la situación, tenía que parar de pensar en esto sí quería evitar una tragedia, pues sí Luis llegaba a la casa con las intenciones de follarse a su madre, yo no iba a ser lo suficientemente fuerte como para ponerle ninguna resistencia, iba tonta y fatídicamente a ceder también a toda esta nueva morbosidad que estaba experimentando y que me atraía magnéticamente.
Escuché la puerta sonar y me acerqué a abrir. Era muy temprano para que llegara ninguno de mis hijos, aunque bien podría tratarse de Luis, que pudiera tener la intención de llegar antes que sus hermanos para hallarme sola, en este momento eso sería fatal, pues me encontraba en una posición vulnerable en la que fácilmente estaría dispuesta a ceder a cualquier intento que tuviese por hacerse conmigo.
Abrí la puerta y me encontré al vecino. Carlos, un señor muy amable, tres o cuatro años menor que yo, que estaba casado con Amanda, conocida en el vecindario por ser una religiosa impertinente y fuera de lugar.
—Muy buenos días vecina —dijo él nada más se abrió la puerta—, ¿Cómo está usted?
—Buenos días, Carlos —respondí sin soltar la manilla de la puerta—. Muy bien. Cuéntame, ¿Sucede algo?
—No vecina, venía a pedirle un pequeño favor.
—Dime Carlos.
—¿De casualidad tendrá un poco de azúcar que pueda darme? —dijo un poco avergonzado—. Se me olvidó comprar y solo necesito un poco para el café de la mañana.
Jamás hubiese pensando en Carlos para nada, pero en ese momento no podría haber sido más oportuna su presencia. Pensé que podía usarlo como una especie de válvula de escape con la cual podría matar el desproporcionado deseo sexual que estaba teniendo.
—Por supuesto, Carlos, pasa —respondí y le di la espalda para ir hacia la cocina.
Automáticamente sentí como su mirada se posaba en mi culo. Había bajado la guardia con el más despabilado de la cuadra y seguramente ya se estaba regodeando con la vista que le estaba dando. Al cruzar hacia la cocina aproveché que salí de su campo de visión por un momento para subirme el short, encajándomelo bien en el culo y dejando visible la mitad de mis nalgas.
—Debo tener la azúcar por acá, déjame buscar —dije sabiendo que ya se estaba deleitando con la visión que yo le proporcionaba.
Me incliné para recoger una basurita del suelo y luego me extendí para tomar la azúcar. Sin mirarlo trataba de pasearme frente a él. Quería conseguir llevarlo a ese punto en el que no se iba a negar a tener relaciones, por más casado y religioso que fuera. Además, debo admitir que yo también me excité un poco al exhibirme de esa forma.
Al girarme lo miré de frente y noté que tenía un bulto en su pantalón. ¡Lo había conseguido!
—Toma vecino —le dije extendiéndole la azúcar.
Dio un paso tímidamente hacia mí para tomar la azúcar.
—Bueno vecino, ahora necesito que usted me haga un favor a mí.
—Claro, vecina, ¿Qué necesita?
Me di la vuelta y me bajé el short y luego, con un movimiento, me saqué la parte de arriba del atuendo.
—¿Tendrá un poco de leche para darme? —dije sonriendo, ya que pensé que sí decía algo tan absurdo como eso haría que en caso de que le contara a alguien que me había dejado follar por él nadie habría de creerle.
Al tipo le cambió la cara de inmediato, parecía otra persona completamente diferente y se comenzó a desatar el cinturón. Se bajó la cremallera dejando salir un miembro corto y grueso.
—Ábrase —me dijo con una voz imponente.
Mi intención original era inclinarme sobre la mesa y ponerle mi culo en pompa para que me cogiera desde atrás sin tener que mirarlo mucho, pero ahora quería verlo cogiéndome, así que me senté sobre la mesa, montando mis dos piernas sobre la misma y dejándoselas abiertas para recibirlo.
Se acercó y me la metió toda, hundiéndola hacia arriba.
—Bárbara —me llamó por mi nombre ahorcándome con una mano—. Eres una pecadora.
Me embistió. Tas, tas, tas…. Me estaba dando muy fuerte para mi gusto, pero el tipo me transmitía la sensación de que estaba cogiendo con una roca, se había puesto completamente rígido y mecánico.
—Más suave…
—¿Qué dices? —me preguntó desafiante.
—Más suave, por favor, me estás haciendo daño.
Hizo caso omiso a mis palabras y me comenzó a dar más duro todavía.
—Oh… Oh… Ohahh.. —exclamé—, por favor para ya.
Tas…tassss… tasss
—Esto es lo que te mereces —me dijo mientras me seguía follando fuertemente.
En ese momento miré hacia la entrada de la cocina y pude ver a Ángel y Mario, mis dos hijos menores, mirando con perplejidad lo que acontecía.
Intenté detener a mi vecino empujándolo en el pecho con mis manos, pero parecía inamovible. Me sujetó ambas manos y arqueando su espalda siguió golpeándome arrebatadamente con su polla en el coño mientras mis hijos callados contemplaban toda la escena.
Mi vecino finalmente pareció percatarse de que alguien había llegado, volteó a mirar sin parar de cogerme en ningún momento y notó a mis dos hijos parados en la entrada de la cocina sin saber muy bien que hacer. No pareció darle importancia y me siguiendo dando con todas sus fuerzas hasta que, ya jadeante y cerca del orgasmo, en uno de sus movimientos dejó salir su polla de mi coño y, mientras esta aún vibraba en el aire, eyaculó soltando chorros de semen que, rociándome como si fuera un aspersor, fueron a dar en mi rostro, tetas, abdomen y muslos. Me dejó completamente cubierta con su semen.
Al terminar se dio la vuelta y se sacudió la polla descaradamente frente a mis hijos que permanecían en silencio, y luego se subió nuevamente los pantalones.
—Lo siento muchachos, solo vine por algo de azúcar. Recuerden confesarse dijo mirándolos a ellos y viendo lo mismo en lo que me fijé yo: ambos tenían un enorme bulto marcado en sus pantalones. ¡Se habían excitado viendo que se cogían a su madre de la forma más brutal y pornográfica!
Mi vecino tomó la azúcar y se marchó pasando a un lado de ellos. Cuando quedamos solos Ángel y Mario se acercaron, yo me encontraba devastada sobre la mesa.
—Lo siento hijos, lamento que hayan tenido que verme así, me siento completamente humillada y avergonzada con ustedes.
Ángel se inclinó y me tomó entre sus brazos, levantándome.
—No te preocupes, mamá —dijo compasivamente —. Vamos a tu habitación.
Me cargó escaleras arribas, Mario venía siguiéndonos. Al llegar a mi habitación, Ángel me acostó sobre la cama y luego ambos se me quedaron viendo fijamente; lo hacían sorprendidos, pero también me miraban con deseo, deslizando su mirada por todo mi cuerpo cubierto de sudor y un semen ajeno. En ese momento no sé porque sentí la necesidad de compensarles ofreciéndome a ellos. Extendí mis manos tomándolos de la muñeca a cada uno y atrayéndolos hacía mí les dije sabiendo que eran ellos los que me veían con deseo—: Vamos chicos, soy toda suya.
No tengo idea de cómo había llegado a este punto en el que le estaba ofreciendo a dos de mis hijos que me follaran al mismo tiempo, pero sin pensarlo mucho ambos comenzaron a desabotonar sus camisas y a desprenderse del cinturón. ¡Me iban a follar!
Ambos se subieron a la cama desnudos con enormes erecciones.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Mario a su hermano mayor.
Sin decir una palabra miraba como se ponían de acuerdo para cogerme.
Ángel me miró y luego tomándome de la cintura me puso de lado, de frente a él y le dijo a su hermano—: Así.
Mario se acomodó a mis espaldas y, desde atrás, siendo el más pequeño de mis hijos y el último en nacer, me la metió de lleno en el coño.
—Mmmmmm —dejé escapar un gemido—. Que gusto que estén aquí, hijos.
Ángel se acomodó de frente a mí y me metió su polla también en el coño diciendo—: El gusto es nuestro, mamá.
—Y sí es de esta forma mucho más… —replicó Mario—. Sabes cómo se va a poner Luis cuando se entere de que nos estamos cogiendo a nuestra madre antes que él.
Ángel abrió sus ojos al escuchar la imprudencia que decía su hermano menor.
—¿Pero de qué están hablando? —dije asombrada—, ¿Qué está pasando aquí?
—Pues nada, mamá… —respondió Mario—, que estás buenísima y todos tus hijos te hemos tenido el ojo puesto desde siempre. Especialmente Luis, de hecho, fue él quien precisamente nos enseñó a mirarte sin que tu o papá lo notaran y a tomar tus bragas prestadas para masturbarnos sin que te dieras cuenta.
—No me lo puedo creer….
—Sí… —dijo Ángel seriamente—. Luis dijo que iba a ser el primero en follarte, porque ya tenía el trecho para hacerlo, y que luego iba a conseguir que nosotros pudiéramos cumplir nuestras fantasías contigo también.
—No puede ser, no me lo creo. ¿Así que mis hijos han querido follarme todo este tiempo?
—Toda la vida mamá, solo que con nuestro padre presente se nos hacía imposible, pero los tres te deseamos con pasión y lujuria —dijo Ángel.
Mientras hablábamos Mario apoyaba sus manos en mis nalgas y me penetraba el coño, Ángel prácticamente solo me la había metido, pero no me había comenzado a coger como tal, lo besé tras su confesión para que se relajara y le siguiera el ritmo a su hermano. Guardamos silencio y comenzamos a coger los tres.
Ángel me besaba y chupaba los pezones, Mario me tomaba de la cintura y me comía el cuello. Entre mis dos hijos me tenían el coño a extasiar, sentía sus pollas golpeándome en diferentes direcciones, jamás había experimentado algo como esto, ni física y emocionalmente, el mayor de los dos también aprovechaba de frotarme los dedos por el clítoris mientras me cogían.
—Hijos… que rico lo hacen —dije y me atreví a preguntar—: ¿Habían hecho esto otras veces?
Ambos permanecieron en silencio, completamente absortos en poseer a su madre sexualmente.
—Solo con Marta —dijo Mario—. Nos la cogimos entre los dos hace varios años el día de su cumpleaños.
—¡¿Qué?! —exclamé sorprendida.
—Mario, cállate por un puto momento —dijo Ángel.
—Vamos, a mamá le excita saber todo esto —dijo Mario—. ¿O es que te molesta verla en su faceta de hembra lasciva?
—Esperen un momento chicos, sáquenme sus pollas por favor, vamos a cambiar de posición.
Sentí una leve y placentera sensación al apreciar como ambas pollas salían simultáneamente de mi coño.
—Acuéstate —le dije a Ángel—, me voy a poner sobre ti.
Monté a mi hijo y llevé mi mano a mi trasero y separándome las nalgas con los dedos le dije mimosamente a mí otro hijo—: Ven, cariño, métesela a tu mami en el culo.
Noté como se puso empalmadísimo, por ser el más joven siempre le había gustado que le hablara de esa forma.
—No, espera, ¿Por qué él? —objetó Ángel—. Yo quiero ser quien te tome por el culo.
—Porque en este momento yo te quiero montar a ti —le dije para calmarlo—. Ya te dejaré follarme el culo también.
—¿Pero tienes idea del morbo que desata tu culo en nosotros? —dijo Ángel desesperado—. Él ya fue el primero en metértela por el coño, ¿también te va coger el por el culo primero?
—Sí, cariño… —dije mimosamente—. Ya te dejaré metérmela por el culo a ti también, y te prometo que serás el primero que al que se la chupe. Mis mamadas son muy buenas.
Esa promesa pareció dejarlo satisfecho.
—Anda, cómeme las tetas —le dije.
Sentí que Mario se puso atrás de mí y luego—: Mmmmmmm… —sentí que me humedecía la entrada del ano con su lengua.
Luego metió primero la punta de su polla en mi culo, y luego, suavemente, fue avanzando hasta conseguir meterla toda hasta sodomizarme entera.
—Ahhhhhhhhhh —grité un poco al sentir una mordida en el hombro.
Mario se estaba corriendo en mi culo e intentando aguantarse me había enterrado los dientes.
—Lo siento mamá, no aguanto más —dijo Mario y saliéndose de mi culo y acostándose a un lado de nosotros.
—No te preocupes bebé, ya vendrás más oportunidades.
Le brillaron los ojos al escuchar eso. Seguí montando a Ángel que no paraba de chuparme las tetas, de pequeño había sido el que menos tiempo tardó en dejarlas, pero de ahora era el que más disfrutaba de ellas.
—¿Te gustan las tetas de mamá? —le pregunté.
—Sí —respondió mientras me metía un dedo en el culo—. ¿Y la mamada?
—¿La quieres ahora?
—Sí, quiero venirme en tu boca.
Era momento de complacer a mi amado Ángel. Me saqué su polla del coño y sentándome entre los dos comencé a lamerle los huevos, a chupárselos y a pasarle la lengua por toda la polla y luego comencé a chupársela, lo hacía hasta el fondo, hasta que mi lengua llegara nuevamente a sus huevos esta vez con su polla adentro.
—Finalmente…. —dijo Ángel—. No me puedo creer que esto esté pasando….
Mi hijo se corrió en mi boca, nunca en mi vida había tenido que tragar tanto semen.
Al terminar me acosté entre los dos, repasando la vorágine sexual, frenética e incestuosa por la que me había dejado arrastrar. Sí Ángel no se lo creía es porque lo que había pasado no era para creérselo.
—Hijos, estoy gratamente agradecida por todo el amor que me han dado hoy, pero ahora voy a necesitar que me ayuden manteniendo el secreto. Quiero darle a Luis un hermoso regalo de navidad.
Era ya el atardecer, a petición de mis hijos me había paseado todo el día por la casa usando nada más que una tanga roja y un mandil verde y blanco con florituras navideñas rojas, había cocinado y limpiado un poco vestida de esa forma, o desvestida, depende de la apreciación que se tuviera, incluso estando ellos en usando nada más que ropa interior me había sentado en sus piernas durante algunos momentos del día, la estábamos pasando genial en nuestra nueva normalidad, era un ambiente liberal en el que mis hijos se mostraban más cariños conmigo de lo que nunca lo habían hecho. Se acercaban y me daban un beso en la mejilla y un abrazo, también aprovechaban de manosearme el culo, agarrarme las tetas, apoyarme sus miembros o darme una nalgada, todo con una mezcla de cariño y lujuria que me hacía sentir muy viva.
Sí Luis llegaba yo subiría a mi habitación a ponerme algo de ropa mientras ellos lo distraían, pero se acercaba la hora de la cena y todavía no había aparecido, seguramente pensó que enviarme la foto de su polla había sido un paso en falso y ahora no se atrevía a venir.
Fui al baño y llené la tina, me rasuré el coño con la ayuda de un pequeño peine que me permitía recortar el vello de forma más o menos uniforme sin dejármelo completamente rasurado, tal como me gustaba. Al terminar de bañarme me puse la nueva lencería roja que había comprado, debo reconocer que me veía realmente despampánate.
En vista de que la habíamos pasado muy bien estando semidesnudos todo el día y que eso había sido como un prolongado juego previo al sexo, ya que dábamos por sentado que a partir de esa noche íbamos a follar de lo lindo el resto de las festividades y cuando sea que pudiéramos. No lo habíamos vuelto hacer durante la tarde, porque quería entregarme a mi hijo mayor antes que los otros dos me volvieran a tocar, y así luego poder hacerlo todos juntos a la vez, dejar que me follaran en mi cama mis tres hijos y llegar así al éxtasis, pero como Luis no había llegado me pareció innecesario vestirme para la ocasión, ya no iba a esperar más, quería que mis hijos me vieran con esa lencería, se empalmasen al verme y me follaran como animales.
Me puse los tacones que había comprado y un gorro navideño y bajé las escaleras.
—¡Mamá! —dijo Luis. Estaba sentado en el mueble con sus hermanos al lado.
Todos estaban bien vestidos para la ocasión, peinados, con sus camisas de botones, sus mocasines, listos para la foto familiar de navidad, todos excepto yo, que iba completamente de rojo, en lencería y tacones.
Aunque no era la manera en la que deseaba abordar a Luis, el efecto que quería lo había conseguido, estaban los tres empalmados.
—Hijo….
Se le notaba desorientado, no entendía cómo es que me tenía frente a él semidesnuda en lencería y animada entregarme sexualmente a él.
Me acerqué a ellos. Los tres me veían hipnotizados, deleitándose con la carne de su madre. Me paré frente a Luis, estaba sentando en el mueble entre sus dos hermanos.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Mario intentó tocarme una pierna, pero le di una leve palmada en la mano para evitarlo.
—Primero Luis… —dije—. Sí quieres a mami, ¿no?
Luis asintió con la cabeza. No podía expresar lo que sentía, de los tres era sin duda el que más me deseaba.
—Chicos, ¿Por qué no lo ayudamos?
Luis seguía desorientado, siempre había sido el líder de sus hermanos, pero no lograba entender cómo habíamos llegado a esta situación. Ángel y Mario comenzaron a quitarle el cinturón y bajarle el pantalón y la ropa interior, dejando a la vista aquella polla groseramente grosa que había iniciado todo esto. Mario incluso lo comenzó a masturbar a su hermano.
—Joder… —dijo Mario—, pero menuda polla, eh.
Yo me corrí la braga hacia un lado, dejando la entrada de mi coño libre y me senté sobre Luis, empalándome. Le apoyé mis senos en la cara y comencé a follármelo elegantemente. Lo besé en la boca, le metí la lengua, le mordí el labio. Sus hermanos comenzaron a amasarme el culo y masturbarse mientras estaba ocupada con él, pero de pronto Luis pareció tomar finalmente su ímpetu natural, llevando sus manos a mi culo y sujetándome se puso de pie, dejándome ensartada su polla, me llevó hasta la mesa dome me acostó, la misma mesa donde me cogió el vecino en la mañana. Allí comenzó a clavarme una y otra vez mientras que sus hermanos se acercaban y, ya completamente desnudos, se comenzaron los dos a masturbar cada uno a un lado de la mesa mientras Luis me seguía cogiendo. Con una mano mi hijo mayor me desprendió el brasier y me comenzó a comer las tetas.
—Luis, me voy a correr apártate que le quiero tirar toda la leche arriba a mamá —dijo Mario.
Mi hijo mayor me dejó de chupar las tetas y en ese momento Sus dos hermanos dispararon todo su esperma sobre mí.
—Ahhhhhh…. —exclamó Mario—. Que rico….
—Aggggg —exclamó Angel—. Fuaaa, no puede ser que sea tan intenso esto.
Luis me tiró de la cintura y me llenó todo el coño con su esperma, haciéndome llegar a mí al orgasmo. Luego me la sacó y agitándosela arrojó varios chorros más de semen sobre mi cuerpo, dejándome completamente chorreada de la leche de mis tres hijos.
—Los amo hijos, los amo.
Los cuatro nos fuimos al mueble a recomponernos de polvo, ellos se sentaron desnudos y yo me acosté sobre sus piernas, donde me dejaba acariciar. Ahí nos quedamos un rato conversando cosas; luego, cuando nos dio hambre cenamos en el suelo, desnudos, cubiertos de semen y de fluido. En la noche nos fuimos todos a dormir juntos y follamos nuevamente, me cogieron por delante y por detrás, chupé y también me comieron el coño y el culo, nos besamos, todo parecía pasar al mismo tiempo. En un momento de la noche en el que Ángel y Mario se habían quedado ya dormidos le dije en voz baja a mi hijo mayor—: Luis, ¿estás despierto?
—Sí —me respondió—, ¿qué ocurre?
—Sí quiero —dije.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—Irme a vivir contigo.
Después de esa navidad me entregué a mis tres hijos cada vez que quisieron, de la misma forma que ellos se entregaron a mí, pero al vivir con mi hijo mayor fue con este con quien follaba a diario.