Había pasado exactamente un año desde que firmamos los papeles del divorcio en esa oficina fría de Bariloche, con el viento patagónico azotando las ventanas como si el lago mismo aprobara nuestra separación. El chalet en Meliquina, ese refugio de madera oscura y ventanas panorámicas que daban al agua turquesa había sido durante quince años el escenario de nuestras peores batallas. Al principio, todo era pasión: noches en que mi exmarido me cogía contra la pared de la cocina, con la pija dura y urgente, mientras el vapor de la olla subía y se mezclaba con nuestros gemidos. Yo le arañaba la espalda, pidiendo más, sintiendo su verga llenándome hasta el fondo de la concha, ese placer salvaje que nos unía como animales.
Pero el tiempo lo pudrió todo. Las peleas empezaron por tonterías: él llegando tarde de sus viajes de negocios, oliendo a perfume barato y a culpa. Yo lo confrontaba, gritando que sabía de sus aventuras con secretarias en hoteles de Córdoba, y él respondía con insultos, diciendo que yo era una frígida que ya no lo excitaba. La última vez que intentamos cogernos, fue un desastre: su pija floja, mis caricias forzadas, terminando en un silencio amargo donde ninguno llegó al orgasmo.
—No sos la misma —me espetó, vistiéndose de prisa mientras yo me quedaba tendida, con la concha seca y el corazón hecho trizas.
Las discusiones escalaron: platos rotos contra el piso, puertas azotadas, noches en sofás separados. Él se mudó a un departamento en la ciudad, llevándose sus cosas y dejando atrás un vacío que olía a humo de chimenea y a promesas rotas.
Ahora, el chalet era mi santuario solitario, pero ese silencio me estaba matando por dentro. Me despertaba sudando, con el cuerpo ardiendo de necesidad, tocándome la concha en la cama king size que aún guardaba el eco de sus embestidas fallidas. Los días se estiraban eternos: yo cocinando para uno, mirando el lago como si pudiera tragarme el dolor. La soledad no era paz; era un hambre voraz, un vacío en la piel que pedía ser llenado por manos fuertes, por vergas palpitantes que me recordaran que seguía viva, deseable, con tetas firmes y una concha que aún podía apretar hasta extraerles el alma.
Por eso, cuando mi hijo llamó desde Buenos Aires, sugiriendo llevar a tres de sus amigos de la facultad para pasar dos meses de vacaciones allí, acepté de inmediato. No fue un acto de generosidad maternal, fue una necesidad visceral, un instinto primitivo de sentir que la casa volvía a latir con voces masculinas, risas graves y cuerpos jóvenes moviéndose por los pasillos. Imaginé sus pasos retumbando en la madera, sus remeras sudadas colgando en el perchero, y un cosquilleo traicionero se instaló entre mis piernas.
—Vení con tus amigos, hijo —le dije, la voz ronca de anticipación—. La casa está muy vacía.
Sabía que no era solo por él; era por el hambre que mi divorcio había despertado, lista para devorarlo todo.
Mónica se movía como una sombra de lujuria hecha carne, una visión que detenía el tiempo y encendía los instintos más primitivos. Su cabello negro, espeso y brillante, le caía en cascada salvaje sobre los hombros desnudos, cada hebra parecía diseñada para ser trenzada con los dedos mientras gemía contra una pared. Sus ojos eran dos esmeraldas pulidas, cargados de un brillo húmedo y desafiante que prometía placer y posesión, una mirada que te medía y te desnudaba con solo un pestañeo. Labios carnosos, pintados de un rojo oscuro como una herida fresca, se curvaban en una sonrisa que no llegaba a los ojos, una mueca de pura conciencia de su poder.
Su cuerpo era un mapa de curvas peligrosas, diseñado para la guerra y la rendición. Alta, esbelta, pero con una voluptuosidad que desafiaba cualquier estándar. Sus tetas, dos montañas firmes y pesadas, se erguían desafiantes bajo la blusa de seda, los pezones marcando el contorno como botones de deseo. La piel, tersa y bronceada, olía a coco y a sudor limpio, a perfume caro y a algo más animal, a mujer en celo. Cuando se inclinaba, la falda de cuero se pegaba a sus nalgas, marcando el hilo del tanga negro que desaparecía entre sus glúteos, un detalle que volvía loco a cualquiera. Sus muslos eran rotundos y poderosos, apretados entre sí por la tensión de contener tanta energía sexual, y al separarlos, se vislumbraba la promesa de una concha húmeda, rosada y arrebatadoramente apretada, siempre lista para ser penetrada con fuerza.
Su voz era grave, ronca, como un ronroneo de gata en celo.
No necesitaba más. Su sola presencia era un desafío constante, un recordatorio de que era pura energía sexual contenida, una bomba de tiempo que cualquier hombre deseaba hacer estallar. Mónica no era solo linda; era un fenómeno de la naturaleza, un cuerpo hecho para el pecado, para ser poseído, para ser cogido hasta perder el sentido, y para dejar a quien se atreviera con ella seco, exhausto y suplicando por más.
Llegaron en un auto destartalado, con las risas estruendosas y la energía juvenil de quienes huyen de la rutina. Eran tres amigos de mi hijo Thomas, y aunque el acuerdo era solo por dos meses, ya sentía cómo el aire del chalet se cargaba con su presencia masculina. Franco, el más chico con sus dieciocho años, era un torbellino de piel curtida por el sol y músculos fibrados, el tipo de cuerpo que se forja trabajando en el campo o en el gimnasio sin descanso. Tenía el pelo rubio revuelto, siempre despeinado como si acabara de coger, y una sonrisa pícara que delataba que ya sabía el efecto que causaba. Sus manos eran grandes, con los nudillos marcados, y cada vez que se ajustaba la mochila, notaba cómo el bulto en su entrepierna se tensaba contra el jean, una promesa implícita de lo que podría caber ahí.
Lucas, de diecinueve, era el más callado del grupo, pero sus ojos color avellana lo decían todo. Alto, esbelto, con la piel tostada en un tono dorado que hacía juego con su mirada lánguida y provocativa, se movía con una seguridad que rayaba en la arrogancia. Sus hombros eran anchos, el pecho definido asomaba bajo las remeras ajustadas, y cada vez que se sacaba la remera para tirarse al lago, el sol iluminaba la V de sus abdominales, bajando hasta la bragueta de su bañador, donde se adivinaba una pija gruesa y pesada, incluso en reposo. Lucas no hablaba mucho, pero sus miradas largas y lascivas a mis tetas o a mi culo mientras yo servía el café en la cocina, eran declaraciones de intenciones.
Mateo, el mayor con veintiún años, era la pura testosterona hecha hombre. Moreno, de rasgos fuertes y una barba de tres días que le daba un aire salvaje, parecía salido de una película de carreteras. Sus brazos eran como columnas de músculo sólido, con venas que se le marcaban cuando cargaba las valijas, y un pecho poblado de vello negro que se perdía en el ombligo, invitando a imaginar cómo sería recorrerlo con la lengua. Cada movimiento suyo era calculado, lento, como un depredador que sabe que su presa ya está atrapada. Su sonrisa socarrona mostraba dientes blancos, y cuando se agachaba a recoger algo, el jean se le ajustaba a un culo perfecto, redondo y duro, que hacía que mi concha se humedeciera solo con mirarlo.
Thomas, mi hijo, era el más parecido a su padre en la complexión: delgado, pero con hombros anchos, pelo castaño revuelto y esa sonrisa inocente que ya empezaba a teñirse de malicia. A sus dieciocho años, ya no era un niño, y el verlo interactuar con sus amigos, tocándose los bultos con descaro o hablando de las minas que se cogían en Buenos Aires, me recordaba que también él era un hombre hecho y derecho, con una pija que seguramente ya sabía usar.
Al principio, el respeto era la norma. Se movían por el chalet con cautela, evitando mirarme demasiado, limitándose a saludos corteses y a cargar las valijas como buenos muchachos. Yo, por mi parte, me limitaba a servir el café y observarlos desde la cocina, sintiendo cómo la tensión crecía en el aire cada vez que uno de ellos se sacaba la remera para bañarse en el lago. El sonido del agua, sus risas, el aroma a hombre sudado y leña quemada... todo se mezclaba en un cóctel que me tenía al borde del colapso. Cada tarde, cuando regresaban de pescar o de cortar leña, sus cuerpos brillaban con el sudor y el agua del lago, las remeras pegadas a sus torsos marcando cada músculo, cada abdominal, cada bulto sospechoso en la zona de la bragueta. Yo fingía no notar cómo Lucas se ajustaba la pija en el bañador al verme servir el mate, o cómo Mateo se acercaba por detrás para "ayudarme" con la bandeja, apoyando su verga dura en mi espalda baja. La guerra silenciosa había comenzado, y yo ya no quería ser la madre respetable; quería ser la puta que se cogía a los cuatro, una por una, hasta que el lago ya no pudiera lavar el olor a sexo de las sábanas.
El cuarto día en el chalet comenzó con un sol pálido que teñía el lago Meliquina de un gris plateado, el aire frío y limpio que te pegaba en la cara como una bofetada que despierta. Me levanté temprano, antes que ellos, y preparé un mate amargo mientras miraba desde la ventana cómo el rocío brillaba en la parrilla de hierro fundido que usábamos para las comidas. El sonido de sus voces aún no llegaba, pero ya sentía la vibración en el aire, como un cable pelado que crujía bajo la nieve de los Andes.
A media mañana, los chicos ya estaban en el muelle, con las cañas de pescar y las redes. Franco, con su cuerpo fibroso de dieciocho años, se quitó la campera de jean y se quedó solo en remera, mostrando los brazos tostados y los músculos que se marcaban bajo la piel curtida por el sol. Lucas, más alto y de movimientos pausados, se agachó a atarse las zapatillas y la tela de su pantalón se ajustó a su culo redondo y duro, un culo que parecía tallado para agarrarlo con fuerza mientras lo cogías contra un árbol. Mateo, el mayor, de veintiuno, llevaba una camiseta ajustada que dejaba ver el tatuaje de un águila en el bíceps, y cada vez que levantaba la leña, el movimiento hacía que sus hombros se tensaran, sus tetas —perdón, sus pectorales— se marcaran bajo la tela, y yo sentía cómo la humedad empezaba a acumularse entre mis piernas. Thomas, mi hijo, era el más delgado, pero con esa gracia adolescente que ya empezaba a transformarse en hombría; sus manos, aún con los nudillos marcados de tanto remar, temblaban un poco cuando le pasaba un pez a Franco.
Pasamos la tarde cortando leña. El sonido de los hachazos retumbaba en el valle, mezclado con sus risas y los gruñidos de esfuerzo. Cada vez que Franco levantaba el hacha, el movimiento hacía que su jean se ajustara a su paquete, y yo no podía evitar imaginar cómo sería sentir esa pija dura contra mi concha. Lucas, con la camisa abierta, dejaba ver el vello oscuro que le nacía del ombligo y se perdía en el cierre de su pantalón, y cada vez que se agachaba a recoger un tronco, el culo se le marcaba con una perfección que me volvía loca. Mateo, con su barba de tres días y su mirada de lobo, me miraba de reojo mientras trabajaba, como sabiendo que yo lo observaba, y eso me excitaba más que cualquier cosa.
El cansancio nos dejó el humor relajado, la piel sensible. Regresamos al chalet con los brazos cargados de leña y las mejillas rosadas por el frío. El fuego de la parrilla ya estaba encendido, y el olor a carbón y carne cruda se mezclaba con el perfume de pino de la leña recién cortada. Yo, con mi delantal de cocina, empecé a preparar la parrillada: chorizos gruesos y jugosos, morcillas que goteaban sangre al cortarlas, costillares con huesos que crujían al morderlos. El sonido del chisporroteo de la grasa en el fuego era como una música de fondo, y el humo se enredaba en mi pelo, impregnándome con ese aroma a asado que a cualquier argentino le abre el apetito.
Abrí tres botellas de Cabernet Malbec, ese tinto intenso, con cuerpo, que sabe a tierra mojada y a fruta madura. Serví la primera copa a cada uno, y nos sentamos en la mesa de madera rústica, con las piernas estiradas, los zapatos llenos de barro del lago. Al principio, la conversación era superficial: cómo había estado la pesca, si los peces picaban, qué planes tenían para el fin de semana. Pero la segunda copa soltó las lenguas. Franco contó una anécdota de cuando se perdió en la montaña con sus amigos, y todos reímos con ganas, golpeando la mesa con las manos. La tercera copa hizo que Lucas pusiera su mano en mi muslo, "sin querer", mientras se reía de algo que dijo Mateo. Yo no me moví, dejé que su dedo índice se quedara allí, apretando suavemente la piel sobre mis medias, y sentí un escalofrío que me recorrió la columna.
Fue con la cuarta copa cuando las cartas se pusieron boca arriba. El vino ya no era solo una bebida; era un lubricante para los deseos. Lucas, con la mirada vidriosa, me dijo:
—Sos linda cuando cocinás, Mónica. Tenés un culo que da ganas de morder.
Franco, sin dejar de mirarme los pechos, agregó:
—Y unas tetas... da gusto verlas moverse cuando cortás la cebolla.
Mateo, más serio, solo sonrió y dijo:
—Ustedes dos son unos boludos. Ella necesita más que ustedes.
La tensión en el aire era eléctrica, palpable. Yo, en lugar de ofenderme, me sentí poderosa. Me paré, serví más vino, y mientras me inclinaba, dejé que mi blusa se abriera un poco, mostrando el escote.
El fuego crepitaba en la parrilla, la carne seguía asándose, pero ya nada importaba. El olor a humo, a vino, a sudor masculino y a mi propio deseo, se mezclaban en una tormenta perfecta. Esa noche, la parrillada no fue solo comida; fue el preludio de una orgía que duraría hasta el amanecer, una orgía donde los lazos de sangre se disolverían en el sudor y el semen.
—Che, Mónica, tenés que probar esto —me dijo Lucas, el más callado de los tres, extendiéndome un trozo de carne jugosa.
Tenía los ojos brillantes, la mirada fija en mi escote, que se revelaba cada vez que me agachaba para servir la ensalada. Me puse nerviosa y derramé un poco de vino sobre mi muslo.
—Mierda —susurré, buscando una servilleta.
Antes de que pudiera reaccionar, Mateo, el más impulsivo, me arrebató la servilleta y comenzó a limpiarme la pierna, subiendo la tela de mi falda más de lo estrictamente necesario. Sus dedos rozaron la parte interna de mi muslo y sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
—Estás linda, Mónica —me dijo, mirándome a los ojos con una honestidad brutal—. No deberías estar sola en una casa tan grande.
El ambiente cambió instantáneamente. Ya no éramos la madre de un amigo y sus compañeros de facultad; éramos personas adultas, hambrientas de algo que el vino solo había servido para alimentar. La música sonaba de fondo, el ruido del lago golpeando contra la orilla, y la luz de las velas proyectaba sombras inquietantes en las paredes. Pero la tensión más fuerte venía de mi propio hijo, Tomás, que me observaba desde el otro lado de la mesa con una intensidad que me helaba la sangre y me calentaba la entrepierna al mismo tiempo.
Ninguno dijo nada más durante un rato, pero el silencio ya no era respetuoso; era un silencio cargado, una complicidad pesada que nos envolvía a los cuatro. Sabíamos que el muro estaba a punto de caer.
—¿Alguien quiere ir a buscar más vino? —preguntó Tomás, levantándose.
—Yo te ayudo —dije, poniéndome de pie.
En el pasillo oscuro, hacia la cocina, Mateo me alcanzó y me pegó contra la pared. No hubo preámbulos. Su boca buscó la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Sus manos, grandes y ásperas, bajaron directo a mis pechos, apretándolos contra su cuerpo. Yo gemí, abriendo las piernas instintivamente para sentirlo mejor.
—Llevamos días aguantándonos —susurró contra mi cuello, mientras la mano de Lucas aparecía por detrás, acariciando mi trasero con fuerza.
—No puedo más —dije, tirando de su pelo.
Me sentí la mujer más deseada del mundo. Me llevaron a la habitación principal, la cama que antes compartía con mi marido y que ahora olía a humedad y olvido. Allí me despojaron de la ropa con una ferocidad que me asustó y me excitó al mismo tiempo.
Me acostaron en el centro de la cama. Lucas empezó a lamer mi cuello mientras Mateo se ocupaba de mis tetas, succionando mis pezones con desesperación. Sus bocas trabajaban en armonía, alternando besos y mordiscos que me hacían arquear la espalda.
—Tenés el cuerpo increíble —dijo Mateo, bajando la vista hacia mis piernas abiertas.
Se arrodilló entre ellas. Su mirada era oscura, llena de deseo. Sin dejar de mirarme, bajó la mano y empezó a acariciar mi concha, deslizando los dedos con una destreza que me hizo soltar un grito ahogado. Estaba empapada; el olor a carne asada y vino se mezclaba ahora con el aroma a deseo puro, a piel caliente.
Fue entonces cuando la puerta se abrió lentamente, sin hacer un ruido. Tomás estaba parado allí, en el umbral, una figura silueteada por la luz tenue del pasillo. Lucas y Mateo no se congelaron. Al contrario, Lucas levantó la vista, sonriendo, y apartó la pierna para darle paso. Mateo, sin dejar de acariciarme, hizo una señal con la cabeza, una invitación silenciosa. El aire se espesó, cargado de una complicidad total, de un pacto sellado en el vino y el deseo.
Tomás entró en la habitación y cerró la puerta con un clic suave que resonó como una promesa. Se despojó de su remera, revelando un torso joven y firme, y luego se acercó a la cama. Me miró a mí, pero también los miró a ellos. No hubo palabras de reclamo ni de desafío. Solo una certeza compartida.
Yo no me moví, solo levanté la cabeza para mirar a mi hijo, y en sus ojos vi no solo mi propio deseo, sino el de ellos también, un triángulo de lujuria que ahora se completaba.
—Es mi mamá —dijo, su voz baja y firme, pero no como una advertencia, sino como una simple constatación—. Sí es para todos nosotros.
Mateo irritante, una sonrisa cavernaria, y retrocedió un poco, cediéndome el centro de la cama a mi hijo. Lucas, por su parte, se acercó más y empezó a lamerme la oreja, suspirando mi nombre. De pronto, me encontré en la cama, con mi hijo parado frente a mí, su pija dura y palpitante bajo el jean, mientras los otros dos me rodeaban, sus manos y sus bocas formando un coro de placer. Había una ternura animal en la mirada de Tomás, un derecho que estaba reclamando pero que los otros le estaban entregando.
—Tomás... —susurré, y esta vez él sí me escuchó.
Se tiró encima de mí, y su peso, el peso de mi propio hijo, se sumó al de las manos de Lucas que me apretaban las tetas y al aliento de Mateo en mi cuello. Su boca encontró la mía, y el beso fue brutal, lleno de dientes y saliva. No era un beso de amor; era un beso de conquista compartida. Sus manos, esas manos que yo había limpiado tantas veces, ahora se unían a las de los otros, rasgando mi blusa, desprendiendo el sujetador con un movimiento brusco. Sus dedos se cerraron sobre mis tetas, apretándolas con fuerza, haciéndome gritar contra su boca mientras Lucas me succionaba los pezones.
—Sos un volcán, mamá —sopló en mi oído, mientras su boca bajaba a morder mi cuello—. Una diosa caliente que se deja coger por todos nosotros.
Sus palabras eran como látigos, y cada una me excitaba más. Sentí cómo abría mis piernas, cómo sus dedos se deslizaban hacia mi concha, ya empapada por el deseo y la locura, mientras Mateo le guiaba la mano. Me metió dos dedos de golpe, sin preámbulos, y me moví contra ellos, buscando más.
—Dale, Tomás —le pedí, arqueándome—. Metela ya. Metela toda, hijo de p.... de mi...
Se incorporó, desabrochándose el jean con manos temblorosas. Su pija saltó libre, y por un instante, la vi con claridad: gruesa, larga, con la cabeza enrojecida y pulsante, igual que la de su padre, pero más joven, más urgente. Se posicionó entre mis piernas, y no hubo más palabras. Solo un gemido gutural cuando me la metió de un tirón.
El dolor fue agudo, un estiramiento brutal que me hizo gritar. Era mi hijo, estaba dentro de mí, llenándome, rompiendo la última barrera mientras los otros me besaban y me tocaban, celebrando mi sumisión. El dolor se transformó en un placer salvaje, visceral. Empezó a moverse, al principio lento, luego más rápido, más profundo. Cada embestida era una negación de mi rol de madre, una afirmación de mi existencia como mujer. Sus manos agarraban mis caderas, sus testículos golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y rítmico. Me cogía como si quisiera borrarme, como si quisiera fundirse conmigo hasta que ya no supiéramos dónde terminaba uno y empezaban los otros.
Me cogió por largos minutos.
Me sentí completa por su virilidad y orgullosa por haber traído desde el lugar que ahora era su trinchera a un hombre de tal calibre.
El orgasmo me tocó como una ola. Un espasmo eléctrico me recorrió de arriba abajo, mis músculos se contrajeron violentamente alrededor de su pija, y un grito ahogado se escapó de mi garganta. Él sintió mi contracción, aceleró el ritmo, y con un rugido animal, se vino dentro de mí, sintiendo su semen caliente llenándome, marcándome como objeto de placer.
Nos quedamos así, jadeando, pegajosos por el sudor y el semen. El olor a incesto, a vino ya carne asada llenaba la habitación. Tomás se recostó sobre mi pecho, y por un momento, volvió a ser mi niño. Pero luego levantó la cabeza y me miró, y vi al hombre que había nacido esa noche.
—Ahora —dijo, con una sonrisa de triunfo—, vamos a ver qué hacen los otros tres.
Lucas se desvistió la parte de arriba y se puso detrás de mí, abrazándome y dándome besos en la nuca. Sentí su pija rozando la parte posterior de mis muslos, dura y palpitante.
—Comienza a entrar —le pedí a Mateo, que ya se había desprendido de sus pantalones.
Se subió encima de mí, separando mis piernas con la fuerza de quien sabe lo que quiere. Su pija, gruesa y caliente, presionó contra mi entrada. Cerré los ojos, sintiendo la presión, el calor, la urgencia. Cuando empujó con fuerza, llenando cada rincón de mi interior, solté un grito que se perdió en el sonido del lago afuera.
Lucas empezó a jugar con mis pezones mientras Mateo se movía dentro de mí, con golpes lentos y profundos que me hacían vibrar la pelvis. Me sentí completa, llena por él, mientras la respiración de Lucas en mi cuello me erizaba la piel.
—Seguí así —susurré, apretando la espalda de Mateo con las uñas, hundiéndolo más en mí.
El ritmo aumentó. Sus cuerpos se coordinaban en la danza. Mateo me cogía con una intensidad animal, sin piedad, que me hacía olvidar quién era y dónde estaba. El placer era una ola que me aplastaba, la sensación de su pija moviéndose dentro de mí, llenándome la vagina con cada embestida, mientras la lengua de Lucas recorría mis orejas y mis hombros.
El goce estalló en mí. Mis músculos se contrajeron violentamente, apretando la pija de Mateo mientras un espasmo eléctrico me recorría el cuerpo. Él rugió, acelerando el paso, enterrándose en mí una y otra vez hasta que ambos llegamos al clímax, fundidos en un nudo de piel y sudor.
Nos quedamos tendidos, jadeando, sintiendo la sangre circular lentamente de vuelta a su lugar. Mateo se retiró, buscando una servilleta, mientras Lucas me besaba la frente.
—A partir de mañana —dijo Mateo, con una sonrisa maliciosa—, la parrillada es obligatoria cada noche.
Esa fue la primera noche. Pero lo que comenzó como una aventura furtiva se convirtió en una rutina deliciosa. Durante el resto de las vacaciones, mi chalet dejó de ser la prisión de mi divorcio para convertirse en un santuario de placer compartido.
Cada noche repetíamos el ritual: la comida, el vino y, finalmente, la cama. A veces era Mateo quien me cogía hasta dejarme sin aliento, la piel roja por la intensidad de sus caricias. Otras veces era Lucas, que se tomaba el tiempo de lamer cada parte de mi cuerpo, centrándose en mi concha hasta que yo suplicaba que dejara de jugar y se metiera ya dentro de mí.
Tomás, mi propio hijo, se unía a veces, convirtiendo la situación en una orgía más controlada pero intensa. Sus manos eran suaves, pero su boca era experta. Me encantaba sentirme rodeada por ellos, la masa de cuerpos calientes contra el frío de la noche de la Patagonia. La primera vez que se unió, fue diferente. Había una tensión especial en el aire, un tabú que se rompía con cada movimiento. Tomás me cogió con una mezcla de ternura y ferocidad que me hizo gritar como nunca. Su pija, similar a la de su padre, pero más joven y urgente, se deslizó dentro de mí como si siempre hubiera pertenecido allí. Mientras me cogía, sus amigos me tocaban, me besaban, me llenaban de sus manos y sus bocas, creando una sinfonía de placer que me hizo perder la noción del tiempo y del espacio.
Había algo en la forma en que se turnaban que me hacía sentir poderosa. Ya no era la madre responsable que cuidaba que no rompieran nada; era la mujer que los dominaba, la que decidía quién entraba primero y quién esperaba la orden. Me gustaba verlos pelearse por mí, sabiendo que el final siempre sería el mismo.
Una noche, el sol se ocultaba detrás de las montañas, pintando el cielo de un naranja sangriento. Estábamos en la terraza, la ropa esparcida por todas partes. Mateo me cogía de pie, apoyada contra la baranda, mientras Lucas me tocaba la concha desde abajo, moviendo los dedos rítmicamente.
—Míranos —susurré, cerrando los ojos—. Nadie puede vernos desde aquí.
—No me importa —respondió Mateo, cogiendo la velocidad, sus testículos golpeando contra mi trasero con un sonido húmedo y rítmico.
El placer era tan grande que llegué a llorar. Era el primer año en que volvía a sentirme viva, la primera vez que el sexo no era una obligación para salvar un matrimonio moribundo, sino un juego depravado y excitante.
Pero el tiempo lo pudrió todo. Las peleas empezaron por tonterías: él llegando tarde de sus viajes de negocios, oliendo a perfume barato y a culpa. Yo lo confrontaba, gritando que sabía de sus aventuras con secretarias en hoteles de Córdoba, y él respondía con insultos, diciendo que yo era una frígida que ya no lo excitaba. La última vez que intentamos cogernos, fue un desastre: su pija floja, mis caricias forzadas, terminando en un silencio amargo donde ninguno llegó al orgasmo.
—No sos la misma —me espetó, vistiéndose de prisa mientras yo me quedaba tendida, con la concha seca y el corazón hecho trizas.
Las discusiones escalaron: platos rotos contra el piso, puertas azotadas, noches en sofás separados. Él se mudó a un departamento en la ciudad, llevándose sus cosas y dejando atrás un vacío que olía a humo de chimenea y a promesas rotas.
Ahora, el chalet era mi santuario solitario, pero ese silencio me estaba matando por dentro. Me despertaba sudando, con el cuerpo ardiendo de necesidad, tocándome la concha en la cama king size que aún guardaba el eco de sus embestidas fallidas. Los días se estiraban eternos: yo cocinando para uno, mirando el lago como si pudiera tragarme el dolor. La soledad no era paz; era un hambre voraz, un vacío en la piel que pedía ser llenado por manos fuertes, por vergas palpitantes que me recordaran que seguía viva, deseable, con tetas firmes y una concha que aún podía apretar hasta extraerles el alma.
Por eso, cuando mi hijo llamó desde Buenos Aires, sugiriendo llevar a tres de sus amigos de la facultad para pasar dos meses de vacaciones allí, acepté de inmediato. No fue un acto de generosidad maternal, fue una necesidad visceral, un instinto primitivo de sentir que la casa volvía a latir con voces masculinas, risas graves y cuerpos jóvenes moviéndose por los pasillos. Imaginé sus pasos retumbando en la madera, sus remeras sudadas colgando en el perchero, y un cosquilleo traicionero se instaló entre mis piernas.
—Vení con tus amigos, hijo —le dije, la voz ronca de anticipación—. La casa está muy vacía.
Sabía que no era solo por él; era por el hambre que mi divorcio había despertado, lista para devorarlo todo.
Mónica se movía como una sombra de lujuria hecha carne, una visión que detenía el tiempo y encendía los instintos más primitivos. Su cabello negro, espeso y brillante, le caía en cascada salvaje sobre los hombros desnudos, cada hebra parecía diseñada para ser trenzada con los dedos mientras gemía contra una pared. Sus ojos eran dos esmeraldas pulidas, cargados de un brillo húmedo y desafiante que prometía placer y posesión, una mirada que te medía y te desnudaba con solo un pestañeo. Labios carnosos, pintados de un rojo oscuro como una herida fresca, se curvaban en una sonrisa que no llegaba a los ojos, una mueca de pura conciencia de su poder.
Su cuerpo era un mapa de curvas peligrosas, diseñado para la guerra y la rendición. Alta, esbelta, pero con una voluptuosidad que desafiaba cualquier estándar. Sus tetas, dos montañas firmes y pesadas, se erguían desafiantes bajo la blusa de seda, los pezones marcando el contorno como botones de deseo. La piel, tersa y bronceada, olía a coco y a sudor limpio, a perfume caro y a algo más animal, a mujer en celo. Cuando se inclinaba, la falda de cuero se pegaba a sus nalgas, marcando el hilo del tanga negro que desaparecía entre sus glúteos, un detalle que volvía loco a cualquiera. Sus muslos eran rotundos y poderosos, apretados entre sí por la tensión de contener tanta energía sexual, y al separarlos, se vislumbraba la promesa de una concha húmeda, rosada y arrebatadoramente apretada, siempre lista para ser penetrada con fuerza.
Su voz era grave, ronca, como un ronroneo de gata en celo.
No necesitaba más. Su sola presencia era un desafío constante, un recordatorio de que era pura energía sexual contenida, una bomba de tiempo que cualquier hombre deseaba hacer estallar. Mónica no era solo linda; era un fenómeno de la naturaleza, un cuerpo hecho para el pecado, para ser poseído, para ser cogido hasta perder el sentido, y para dejar a quien se atreviera con ella seco, exhausto y suplicando por más.
Llegaron en un auto destartalado, con las risas estruendosas y la energía juvenil de quienes huyen de la rutina. Eran tres amigos de mi hijo Thomas, y aunque el acuerdo era solo por dos meses, ya sentía cómo el aire del chalet se cargaba con su presencia masculina. Franco, el más chico con sus dieciocho años, era un torbellino de piel curtida por el sol y músculos fibrados, el tipo de cuerpo que se forja trabajando en el campo o en el gimnasio sin descanso. Tenía el pelo rubio revuelto, siempre despeinado como si acabara de coger, y una sonrisa pícara que delataba que ya sabía el efecto que causaba. Sus manos eran grandes, con los nudillos marcados, y cada vez que se ajustaba la mochila, notaba cómo el bulto en su entrepierna se tensaba contra el jean, una promesa implícita de lo que podría caber ahí.
Lucas, de diecinueve, era el más callado del grupo, pero sus ojos color avellana lo decían todo. Alto, esbelto, con la piel tostada en un tono dorado que hacía juego con su mirada lánguida y provocativa, se movía con una seguridad que rayaba en la arrogancia. Sus hombros eran anchos, el pecho definido asomaba bajo las remeras ajustadas, y cada vez que se sacaba la remera para tirarse al lago, el sol iluminaba la V de sus abdominales, bajando hasta la bragueta de su bañador, donde se adivinaba una pija gruesa y pesada, incluso en reposo. Lucas no hablaba mucho, pero sus miradas largas y lascivas a mis tetas o a mi culo mientras yo servía el café en la cocina, eran declaraciones de intenciones.
Mateo, el mayor con veintiún años, era la pura testosterona hecha hombre. Moreno, de rasgos fuertes y una barba de tres días que le daba un aire salvaje, parecía salido de una película de carreteras. Sus brazos eran como columnas de músculo sólido, con venas que se le marcaban cuando cargaba las valijas, y un pecho poblado de vello negro que se perdía en el ombligo, invitando a imaginar cómo sería recorrerlo con la lengua. Cada movimiento suyo era calculado, lento, como un depredador que sabe que su presa ya está atrapada. Su sonrisa socarrona mostraba dientes blancos, y cuando se agachaba a recoger algo, el jean se le ajustaba a un culo perfecto, redondo y duro, que hacía que mi concha se humedeciera solo con mirarlo.
Thomas, mi hijo, era el más parecido a su padre en la complexión: delgado, pero con hombros anchos, pelo castaño revuelto y esa sonrisa inocente que ya empezaba a teñirse de malicia. A sus dieciocho años, ya no era un niño, y el verlo interactuar con sus amigos, tocándose los bultos con descaro o hablando de las minas que se cogían en Buenos Aires, me recordaba que también él era un hombre hecho y derecho, con una pija que seguramente ya sabía usar.
Al principio, el respeto era la norma. Se movían por el chalet con cautela, evitando mirarme demasiado, limitándose a saludos corteses y a cargar las valijas como buenos muchachos. Yo, por mi parte, me limitaba a servir el café y observarlos desde la cocina, sintiendo cómo la tensión crecía en el aire cada vez que uno de ellos se sacaba la remera para bañarse en el lago. El sonido del agua, sus risas, el aroma a hombre sudado y leña quemada... todo se mezclaba en un cóctel que me tenía al borde del colapso. Cada tarde, cuando regresaban de pescar o de cortar leña, sus cuerpos brillaban con el sudor y el agua del lago, las remeras pegadas a sus torsos marcando cada músculo, cada abdominal, cada bulto sospechoso en la zona de la bragueta. Yo fingía no notar cómo Lucas se ajustaba la pija en el bañador al verme servir el mate, o cómo Mateo se acercaba por detrás para "ayudarme" con la bandeja, apoyando su verga dura en mi espalda baja. La guerra silenciosa había comenzado, y yo ya no quería ser la madre respetable; quería ser la puta que se cogía a los cuatro, una por una, hasta que el lago ya no pudiera lavar el olor a sexo de las sábanas.
El cuarto día en el chalet comenzó con un sol pálido que teñía el lago Meliquina de un gris plateado, el aire frío y limpio que te pegaba en la cara como una bofetada que despierta. Me levanté temprano, antes que ellos, y preparé un mate amargo mientras miraba desde la ventana cómo el rocío brillaba en la parrilla de hierro fundido que usábamos para las comidas. El sonido de sus voces aún no llegaba, pero ya sentía la vibración en el aire, como un cable pelado que crujía bajo la nieve de los Andes.
A media mañana, los chicos ya estaban en el muelle, con las cañas de pescar y las redes. Franco, con su cuerpo fibroso de dieciocho años, se quitó la campera de jean y se quedó solo en remera, mostrando los brazos tostados y los músculos que se marcaban bajo la piel curtida por el sol. Lucas, más alto y de movimientos pausados, se agachó a atarse las zapatillas y la tela de su pantalón se ajustó a su culo redondo y duro, un culo que parecía tallado para agarrarlo con fuerza mientras lo cogías contra un árbol. Mateo, el mayor, de veintiuno, llevaba una camiseta ajustada que dejaba ver el tatuaje de un águila en el bíceps, y cada vez que levantaba la leña, el movimiento hacía que sus hombros se tensaran, sus tetas —perdón, sus pectorales— se marcaran bajo la tela, y yo sentía cómo la humedad empezaba a acumularse entre mis piernas. Thomas, mi hijo, era el más delgado, pero con esa gracia adolescente que ya empezaba a transformarse en hombría; sus manos, aún con los nudillos marcados de tanto remar, temblaban un poco cuando le pasaba un pez a Franco.
Pasamos la tarde cortando leña. El sonido de los hachazos retumbaba en el valle, mezclado con sus risas y los gruñidos de esfuerzo. Cada vez que Franco levantaba el hacha, el movimiento hacía que su jean se ajustara a su paquete, y yo no podía evitar imaginar cómo sería sentir esa pija dura contra mi concha. Lucas, con la camisa abierta, dejaba ver el vello oscuro que le nacía del ombligo y se perdía en el cierre de su pantalón, y cada vez que se agachaba a recoger un tronco, el culo se le marcaba con una perfección que me volvía loca. Mateo, con su barba de tres días y su mirada de lobo, me miraba de reojo mientras trabajaba, como sabiendo que yo lo observaba, y eso me excitaba más que cualquier cosa.
El cansancio nos dejó el humor relajado, la piel sensible. Regresamos al chalet con los brazos cargados de leña y las mejillas rosadas por el frío. El fuego de la parrilla ya estaba encendido, y el olor a carbón y carne cruda se mezclaba con el perfume de pino de la leña recién cortada. Yo, con mi delantal de cocina, empecé a preparar la parrillada: chorizos gruesos y jugosos, morcillas que goteaban sangre al cortarlas, costillares con huesos que crujían al morderlos. El sonido del chisporroteo de la grasa en el fuego era como una música de fondo, y el humo se enredaba en mi pelo, impregnándome con ese aroma a asado que a cualquier argentino le abre el apetito.
Abrí tres botellas de Cabernet Malbec, ese tinto intenso, con cuerpo, que sabe a tierra mojada y a fruta madura. Serví la primera copa a cada uno, y nos sentamos en la mesa de madera rústica, con las piernas estiradas, los zapatos llenos de barro del lago. Al principio, la conversación era superficial: cómo había estado la pesca, si los peces picaban, qué planes tenían para el fin de semana. Pero la segunda copa soltó las lenguas. Franco contó una anécdota de cuando se perdió en la montaña con sus amigos, y todos reímos con ganas, golpeando la mesa con las manos. La tercera copa hizo que Lucas pusiera su mano en mi muslo, "sin querer", mientras se reía de algo que dijo Mateo. Yo no me moví, dejé que su dedo índice se quedara allí, apretando suavemente la piel sobre mis medias, y sentí un escalofrío que me recorrió la columna.
Fue con la cuarta copa cuando las cartas se pusieron boca arriba. El vino ya no era solo una bebida; era un lubricante para los deseos. Lucas, con la mirada vidriosa, me dijo:
—Sos linda cuando cocinás, Mónica. Tenés un culo que da ganas de morder.
Franco, sin dejar de mirarme los pechos, agregó:
—Y unas tetas... da gusto verlas moverse cuando cortás la cebolla.
Mateo, más serio, solo sonrió y dijo:
—Ustedes dos son unos boludos. Ella necesita más que ustedes.
La tensión en el aire era eléctrica, palpable. Yo, en lugar de ofenderme, me sentí poderosa. Me paré, serví más vino, y mientras me inclinaba, dejé que mi blusa se abriera un poco, mostrando el escote.
El fuego crepitaba en la parrilla, la carne seguía asándose, pero ya nada importaba. El olor a humo, a vino, a sudor masculino y a mi propio deseo, se mezclaban en una tormenta perfecta. Esa noche, la parrillada no fue solo comida; fue el preludio de una orgía que duraría hasta el amanecer, una orgía donde los lazos de sangre se disolverían en el sudor y el semen.
—Che, Mónica, tenés que probar esto —me dijo Lucas, el más callado de los tres, extendiéndome un trozo de carne jugosa.
Tenía los ojos brillantes, la mirada fija en mi escote, que se revelaba cada vez que me agachaba para servir la ensalada. Me puse nerviosa y derramé un poco de vino sobre mi muslo.
—Mierda —susurré, buscando una servilleta.
Antes de que pudiera reaccionar, Mateo, el más impulsivo, me arrebató la servilleta y comenzó a limpiarme la pierna, subiendo la tela de mi falda más de lo estrictamente necesario. Sus dedos rozaron la parte interna de mi muslo y sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
—Estás linda, Mónica —me dijo, mirándome a los ojos con una honestidad brutal—. No deberías estar sola en una casa tan grande.
El ambiente cambió instantáneamente. Ya no éramos la madre de un amigo y sus compañeros de facultad; éramos personas adultas, hambrientas de algo que el vino solo había servido para alimentar. La música sonaba de fondo, el ruido del lago golpeando contra la orilla, y la luz de las velas proyectaba sombras inquietantes en las paredes. Pero la tensión más fuerte venía de mi propio hijo, Tomás, que me observaba desde el otro lado de la mesa con una intensidad que me helaba la sangre y me calentaba la entrepierna al mismo tiempo.
Ninguno dijo nada más durante un rato, pero el silencio ya no era respetuoso; era un silencio cargado, una complicidad pesada que nos envolvía a los cuatro. Sabíamos que el muro estaba a punto de caer.
—¿Alguien quiere ir a buscar más vino? —preguntó Tomás, levantándose.
—Yo te ayudo —dije, poniéndome de pie.
En el pasillo oscuro, hacia la cocina, Mateo me alcanzó y me pegó contra la pared. No hubo preámbulos. Su boca buscó la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Sus manos, grandes y ásperas, bajaron directo a mis pechos, apretándolos contra su cuerpo. Yo gemí, abriendo las piernas instintivamente para sentirlo mejor.
—Llevamos días aguantándonos —susurró contra mi cuello, mientras la mano de Lucas aparecía por detrás, acariciando mi trasero con fuerza.
—No puedo más —dije, tirando de su pelo.
Me sentí la mujer más deseada del mundo. Me llevaron a la habitación principal, la cama que antes compartía con mi marido y que ahora olía a humedad y olvido. Allí me despojaron de la ropa con una ferocidad que me asustó y me excitó al mismo tiempo.
Me acostaron en el centro de la cama. Lucas empezó a lamer mi cuello mientras Mateo se ocupaba de mis tetas, succionando mis pezones con desesperación. Sus bocas trabajaban en armonía, alternando besos y mordiscos que me hacían arquear la espalda.
—Tenés el cuerpo increíble —dijo Mateo, bajando la vista hacia mis piernas abiertas.
Se arrodilló entre ellas. Su mirada era oscura, llena de deseo. Sin dejar de mirarme, bajó la mano y empezó a acariciar mi concha, deslizando los dedos con una destreza que me hizo soltar un grito ahogado. Estaba empapada; el olor a carne asada y vino se mezclaba ahora con el aroma a deseo puro, a piel caliente.
Fue entonces cuando la puerta se abrió lentamente, sin hacer un ruido. Tomás estaba parado allí, en el umbral, una figura silueteada por la luz tenue del pasillo. Lucas y Mateo no se congelaron. Al contrario, Lucas levantó la vista, sonriendo, y apartó la pierna para darle paso. Mateo, sin dejar de acariciarme, hizo una señal con la cabeza, una invitación silenciosa. El aire se espesó, cargado de una complicidad total, de un pacto sellado en el vino y el deseo.
Tomás entró en la habitación y cerró la puerta con un clic suave que resonó como una promesa. Se despojó de su remera, revelando un torso joven y firme, y luego se acercó a la cama. Me miró a mí, pero también los miró a ellos. No hubo palabras de reclamo ni de desafío. Solo una certeza compartida.
Yo no me moví, solo levanté la cabeza para mirar a mi hijo, y en sus ojos vi no solo mi propio deseo, sino el de ellos también, un triángulo de lujuria que ahora se completaba.
—Es mi mamá —dijo, su voz baja y firme, pero no como una advertencia, sino como una simple constatación—. Sí es para todos nosotros.
Mateo irritante, una sonrisa cavernaria, y retrocedió un poco, cediéndome el centro de la cama a mi hijo. Lucas, por su parte, se acercó más y empezó a lamerme la oreja, suspirando mi nombre. De pronto, me encontré en la cama, con mi hijo parado frente a mí, su pija dura y palpitante bajo el jean, mientras los otros dos me rodeaban, sus manos y sus bocas formando un coro de placer. Había una ternura animal en la mirada de Tomás, un derecho que estaba reclamando pero que los otros le estaban entregando.
—Tomás... —susurré, y esta vez él sí me escuchó.
Se tiró encima de mí, y su peso, el peso de mi propio hijo, se sumó al de las manos de Lucas que me apretaban las tetas y al aliento de Mateo en mi cuello. Su boca encontró la mía, y el beso fue brutal, lleno de dientes y saliva. No era un beso de amor; era un beso de conquista compartida. Sus manos, esas manos que yo había limpiado tantas veces, ahora se unían a las de los otros, rasgando mi blusa, desprendiendo el sujetador con un movimiento brusco. Sus dedos se cerraron sobre mis tetas, apretándolas con fuerza, haciéndome gritar contra su boca mientras Lucas me succionaba los pezones.
—Sos un volcán, mamá —sopló en mi oído, mientras su boca bajaba a morder mi cuello—. Una diosa caliente que se deja coger por todos nosotros.
Sus palabras eran como látigos, y cada una me excitaba más. Sentí cómo abría mis piernas, cómo sus dedos se deslizaban hacia mi concha, ya empapada por el deseo y la locura, mientras Mateo le guiaba la mano. Me metió dos dedos de golpe, sin preámbulos, y me moví contra ellos, buscando más.
—Dale, Tomás —le pedí, arqueándome—. Metela ya. Metela toda, hijo de p.... de mi...
Se incorporó, desabrochándose el jean con manos temblorosas. Su pija saltó libre, y por un instante, la vi con claridad: gruesa, larga, con la cabeza enrojecida y pulsante, igual que la de su padre, pero más joven, más urgente. Se posicionó entre mis piernas, y no hubo más palabras. Solo un gemido gutural cuando me la metió de un tirón.
El dolor fue agudo, un estiramiento brutal que me hizo gritar. Era mi hijo, estaba dentro de mí, llenándome, rompiendo la última barrera mientras los otros me besaban y me tocaban, celebrando mi sumisión. El dolor se transformó en un placer salvaje, visceral. Empezó a moverse, al principio lento, luego más rápido, más profundo. Cada embestida era una negación de mi rol de madre, una afirmación de mi existencia como mujer. Sus manos agarraban mis caderas, sus testículos golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y rítmico. Me cogía como si quisiera borrarme, como si quisiera fundirse conmigo hasta que ya no supiéramos dónde terminaba uno y empezaban los otros.
Me cogió por largos minutos.
Me sentí completa por su virilidad y orgullosa por haber traído desde el lugar que ahora era su trinchera a un hombre de tal calibre.
El orgasmo me tocó como una ola. Un espasmo eléctrico me recorrió de arriba abajo, mis músculos se contrajeron violentamente alrededor de su pija, y un grito ahogado se escapó de mi garganta. Él sintió mi contracción, aceleró el ritmo, y con un rugido animal, se vino dentro de mí, sintiendo su semen caliente llenándome, marcándome como objeto de placer.
Nos quedamos así, jadeando, pegajosos por el sudor y el semen. El olor a incesto, a vino ya carne asada llenaba la habitación. Tomás se recostó sobre mi pecho, y por un momento, volvió a ser mi niño. Pero luego levantó la cabeza y me miró, y vi al hombre que había nacido esa noche.
—Ahora —dijo, con una sonrisa de triunfo—, vamos a ver qué hacen los otros tres.
Lucas se desvistió la parte de arriba y se puso detrás de mí, abrazándome y dándome besos en la nuca. Sentí su pija rozando la parte posterior de mis muslos, dura y palpitante.
—Comienza a entrar —le pedí a Mateo, que ya se había desprendido de sus pantalones.
Se subió encima de mí, separando mis piernas con la fuerza de quien sabe lo que quiere. Su pija, gruesa y caliente, presionó contra mi entrada. Cerré los ojos, sintiendo la presión, el calor, la urgencia. Cuando empujó con fuerza, llenando cada rincón de mi interior, solté un grito que se perdió en el sonido del lago afuera.
Lucas empezó a jugar con mis pezones mientras Mateo se movía dentro de mí, con golpes lentos y profundos que me hacían vibrar la pelvis. Me sentí completa, llena por él, mientras la respiración de Lucas en mi cuello me erizaba la piel.
—Seguí así —susurré, apretando la espalda de Mateo con las uñas, hundiéndolo más en mí.
El ritmo aumentó. Sus cuerpos se coordinaban en la danza. Mateo me cogía con una intensidad animal, sin piedad, que me hacía olvidar quién era y dónde estaba. El placer era una ola que me aplastaba, la sensación de su pija moviéndose dentro de mí, llenándome la vagina con cada embestida, mientras la lengua de Lucas recorría mis orejas y mis hombros.
El goce estalló en mí. Mis músculos se contrajeron violentamente, apretando la pija de Mateo mientras un espasmo eléctrico me recorría el cuerpo. Él rugió, acelerando el paso, enterrándose en mí una y otra vez hasta que ambos llegamos al clímax, fundidos en un nudo de piel y sudor.
Nos quedamos tendidos, jadeando, sintiendo la sangre circular lentamente de vuelta a su lugar. Mateo se retiró, buscando una servilleta, mientras Lucas me besaba la frente.
—A partir de mañana —dijo Mateo, con una sonrisa maliciosa—, la parrillada es obligatoria cada noche.
Esa fue la primera noche. Pero lo que comenzó como una aventura furtiva se convirtió en una rutina deliciosa. Durante el resto de las vacaciones, mi chalet dejó de ser la prisión de mi divorcio para convertirse en un santuario de placer compartido.
Cada noche repetíamos el ritual: la comida, el vino y, finalmente, la cama. A veces era Mateo quien me cogía hasta dejarme sin aliento, la piel roja por la intensidad de sus caricias. Otras veces era Lucas, que se tomaba el tiempo de lamer cada parte de mi cuerpo, centrándose en mi concha hasta que yo suplicaba que dejara de jugar y se metiera ya dentro de mí.
Tomás, mi propio hijo, se unía a veces, convirtiendo la situación en una orgía más controlada pero intensa. Sus manos eran suaves, pero su boca era experta. Me encantaba sentirme rodeada por ellos, la masa de cuerpos calientes contra el frío de la noche de la Patagonia. La primera vez que se unió, fue diferente. Había una tensión especial en el aire, un tabú que se rompía con cada movimiento. Tomás me cogió con una mezcla de ternura y ferocidad que me hizo gritar como nunca. Su pija, similar a la de su padre, pero más joven y urgente, se deslizó dentro de mí como si siempre hubiera pertenecido allí. Mientras me cogía, sus amigos me tocaban, me besaban, me llenaban de sus manos y sus bocas, creando una sinfonía de placer que me hizo perder la noción del tiempo y del espacio.
Había algo en la forma en que se turnaban que me hacía sentir poderosa. Ya no era la madre responsable que cuidaba que no rompieran nada; era la mujer que los dominaba, la que decidía quién entraba primero y quién esperaba la orden. Me gustaba verlos pelearse por mí, sabiendo que el final siempre sería el mismo.
Una noche, el sol se ocultaba detrás de las montañas, pintando el cielo de un naranja sangriento. Estábamos en la terraza, la ropa esparcida por todas partes. Mateo me cogía de pie, apoyada contra la baranda, mientras Lucas me tocaba la concha desde abajo, moviendo los dedos rítmicamente.
—Míranos —susurré, cerrando los ojos—. Nadie puede vernos desde aquí.
—No me importa —respondió Mateo, cogiendo la velocidad, sus testículos golpeando contra mi trasero con un sonido húmedo y rítmico.
El placer era tan grande que llegué a llorar. Era el primer año en que volvía a sentirme viva, la primera vez que el sexo no era una obligación para salvar un matrimonio moribundo, sino un juego depravado y excitante.