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Mikel y sus Hermanas Gemelas, Sara y Laurana - Capítulos 001
Mikel aterrizó en Madrid con el estómago revuelto, una mezcla de nervios y emoción lo mantenían inquieto desde que había despegado. Era un paso importante. Por fin comenzaría la carrera que tanto había deseado, la oportunidad de dejar atrás el aislamiento del pueblo y, con un poco de suerte, integrarse en un nuevo grupo de amigos. Esa idea lo emocionaba tanto como lo aterraba. Sabía que no era el mejor para socializar, pero esta vez, estaba decidido a hacer un esfuerzo.
Durante el vuelo había intentado calmarse repasando el temario de las asignaturas. Aunque las clases no comenzaban hasta el lunes, no pudo evitar adelantarse. Siempre había sido así. "Friki", lo llamaban sus compañeros en el instituto, pero Mikel no lo veía como algo malo. Le gustaba estar preparado, saber qué esperar y tener el control, al menos en ese aspecto. Mientras hojeaba las notas de los profesores en su tablet, intentaba convencerse de que todo iba a salir bien. Esta vez sería diferente.
Al salir del aeropuerto, se encontró de golpe con el bullicio de la ciudad. Madrid era un mundo completamente distinto a lo que estaba acostumbrado. El tráfico, el constante ir y venir de personas, las voces mezcladas con el sonido de los coches y autobuses... Todo era un caos para él, pero también había algo que le resultaba emocionante, casi liberador.
"Un taxi, primero el taxi", pensó mientras caminaba hacia la fila de vehículos. Subió al primero que encontró libre y, con voz algo temblorosa, le dio la dirección al conductor.
—A la calle Fuencarral, por favor.
El taxista asintió y arrancó, mientras Mikel observaba por la ventana el paisaje cambiante de la ciudad. Su mente divagaba. No podía dejar de pensar en sus hermanas, **Sara y Laura**. Hacía más de seis meses que no las veía. La última vez había sido cuando ellas habían viajado al pueblo a visitar a sus padres. Aún recordaba cómo habían logrado engañar a todos, especialmente a su madre, haciéndola creer que llevaban una vida ejemplar en la capital. Pero Mikel no era tan ingenuo. Sabía muy bien a qué se dedicaban realmente en Madrid. Llevaban varias asignaturas atrasadas y no era precisamente porque fueran tontas. Simplemente no les interesaba esforzarse. Preferían las fiestas, las salidas, la diversión. Para ellas, la universidad era solo una excusa para vivir lejos de casa.
"Me pregunto cómo será convivir con ellas", pensó, recordando la última conversación que tuvo con Sara. Le había dicho que todo estaba preparado para su llegada, que compartirían el apartamento en el centro de Madrid, y que sería una gran oportunidad para los tres. Sin embargo, Mikel no podía evitar tener sus dudas.
El taxi se detuvo frente a un edificio antiguo de varias plantas en el centro de la ciudad. Mikel pagó al conductor y bajó del coche, arrastrando su maleta hacia la puerta. Estuvo un momento quieto, mirando el timbre del portero automático. Respiró hondo y lo pulsó.
—¿Sí? —contestó una voz femenina al otro lado.
—Soy yo, Mikel.
Hubo un breve silencio.
—¿Cómo? —repitió la voz, confusa—. No te esperábamos hasta el lunes.
Mikel frunció el ceño. ¿Cómo podían haberse olvidado?
—Te dije que llegaba hoy —respondió, un tanto irritado—. ¿Me vas a abrir?
—Sí, claro, claro… Perdona —respondió la voz, un poco aturdida.
El zumbido de la puerta sonó, y Mikel la empujó, subiendo las escaleras con su maleta. A medida que se acercaba al piso de sus hermanas, un fuerte olor a marihuana inundó sus fosas nasales. Suspiró. Era un recibimiento que no le sorprendía del todo, pero que de alguna manera **confirmaba** lo que ya intuía: las cosas no iban a ser fáciles.
Al llegar al rellano, la puerta del apartamento se abrió de golpe y apareció **Sara** con una sonrisa amplia y despreocupada en el rostro.
—¡Hermanito! —exclamó mientras abría los brazos para recibirlo.
—Hola, Sara —respondió Mikel, algo incómodo—. ¿Qué tal todo?
—Bien, bien… aunque, te digo la verdad, pensábamos que venías el lunes.
—Te lo dije… en varias ocasiones, de hecho —Mikel alzó una ceja—. ¿Cómo se te pudo pasar?
—Ay, chico, no te pongas así. Son solo dos días de diferencia, tampoco es el fin del mundo —respondió Sara, quitándole importancia con un gesto de la mano mientras le hacía una señal para que entrara.
Mikel cruzó el umbral y lo primero que notó fue el **caos**. El apartamento era un auténtico desastre. Botellas vacías desperdigadas por las mesas, latas de cerveza apiladas en las esquinas y ropa tirada por todos lados. Todo desordenado, como si hubieran celebrado una fiesta la noche anterior. O quizás, simplemente, era su rutina diaria.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Sara, encendiendo un cigarrillo sin esperar realmente una respuesta.
—Bien… tranquilo. —Mikel se removió incómodo mientras miraba alrededor—. ¿Laura está en casa?
—Sí, está en la cocina. Aunque… —Sara sonrió de lado—, no sé si está lista para verte ahora.
Antes de que Mikel pudiera preguntar qué quería decir con eso, **Laura apareció** en escena, vestida únicamente con una camiseta larga que apenas cubría sus piernas. Salió de la cocina acompañada por un hombre alto y musculoso, que no llevaba más que unos calzoncillos.
—¿Qué tal, Mikel? —dijo Laura sin apenas mirarlo. Se estiró para besar al tipo en los labios antes de girarse hacia él—. Anda, vístete y vete. Luego hablamos.
El hombre asintió sin decir nada, desapareciendo en dirección al dormitorio, mientras Laura se encogía de hombros y volvía a la cocina como si nada hubiera pasado.
Mikel no sabía cómo reaccionar. Miró a Sara, que se limitó a reír.
—No pongas esa cara, hermanito. Es viernes, ya sabes cómo es esto. Aquí siempre lo damos todo el fin de semana antes de que empiecen las clases. Pero tranquila, que no es lo habitual. Entre semana nos calmamos, lo prometo.
—¿Teníais planes? —preguntó Mikel, incapaz de esconder su incomodidad. No había esperado que su llegada fuera un evento, pero la escena que acababa de presenciar era demasiado.
—Nada importante, solo… planes de viernes —respondió Sara, soplando el humo de su cigarro—. No te preocupes, ya se va el tipo.
—No es por eso —mintió Mikel—, es solo que… bueno, parece que llegué en mal momento.
—No seas dramático —dijo Sara, poniendo una mano en su hombro—. Ven, te enseño tu cuarto.
Mikel la siguió por el pasillo, esquivando botellas y ropa por el suelo. Al final del corredor, Sara abrió la puerta de una pequeña habitación. La cama individual ocupaba la mayor parte del espacio, y el escritorio, pegado a la ventana, tenía una fina capa de polvo. No era gran cosa, pero al menos era suyo. Soltó la maleta y se quedó de pie, mirando alrededor.
—Es pequeño, pero está bien, ¿no? —dijo Sara—. Laura y yo lo usamos a veces para guardar cosas, pero lo hemos vaciado para ti.
—Gracias… —respondió Mikel, aunque una sensación de **opresión** comenzaba a apoderarse de él. ¿Cómo iba a poder concentrarse en sus estudios en un lugar como este? Sus hermanas eran un huracán de caos y desorden. Él necesitaba tranquilidad, orden, espacio para estudiar y pensar.
—Venga, deja de pensar tanto y relájate un poco. —Sara lo observaba, adivinando lo que pasaba por su mente—. Este fin de semana es para disfrutar, ya habrá tiempo de estudiar.
Mikel se dejó caer en la cama, tratando de relajarse, aunque su cabeza no dejaba de girar. Había soñado con esta oportunidad durante tanto tiempo, pero ahora que estaba aquí, todo le resultaba más complicado de lo que había imaginado. Tendría que **adaptarse**, de eso no cabía duda. Pero, de momento, lo mejor sería intentar no pensar demasiado en ello. Al menos, no hasta el lunes.
Mikel estaba agotado después del viaje. Aunque Madrid lo había recibido con un torbellino de sensaciones y estímulos, la emoción y el cansancio lo tenían exhausto. Decidió ponerse cómodo en su nuevo cuarto y conectó su tablet para ver uno de sus animes favoritos. Era una forma de desconectar, de refugiarse en algo familiar mientras su mente procesaba la nueva situación. Se tumbó en la cama y, al poco rato, sintió cómo sus párpados se volvían pesados. El ruido lejano de la ciudad se difuminó, y poco a poco fue cayendo en un sueño ligero.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando de repente empezó a sonar música. Mikel abrió los ojos con una sensación de confusión. El apartamento estaba sumido en el crepúsculo, y el volumen de la música hacía vibrar las paredes de su pequeño cuarto. "Debe ser tarde", pensó, frotándose los ojos. Se incorporó con esfuerzo, aún medio adormilado, y salió al pasillo para ver qué estaba pasando.
Al llegar al salón, **Laura** estaba allí, bailando frente al espejo mientras se maquillaba. Parecía no haberse dado cuenta de su presencia. Su cuerpo se movía al ritmo de la música mientras deslizaba el pincel por su rostro con destreza. Llevaba unos shorts cortos y una camiseta ajustada, y Mikel sintió cómo la incomodidad le apretaba el estómago.
—No sabía que eras tan buena bailarina —dijo, intentando sonar casual.
Laura se detuvo y lo miró a través del espejo, sin dejar de pintarse los labios.
—Oh, ¿ya te has despertado? —respondió sin entusiasmo—. Pues mira, no sé, me entretiene.
Mikel notó la frialdad en el aire. La relación con **Laura** siempre había sido algo distante, menos cómplice que con Sara. No era mala persona, pero había una barrera invisible entre ellos que nunca habían logrado cruzar.
—Y… ¿qué plan tienes para hoy? —preguntó Mikel, intentando suavizar el ambiente.
—Salir. ¿Qué más va a ser? Es viernes, y este finde hay que aprovechar —Laura le lanzó una mirada de soslayo mientras aplicaba rímel en sus pestañas.
—¿Y quién era el tipo de antes? —preguntó Mikel, refiriéndose al hombre musculoso que había visto al llegar.
Laura se giró hacia él, con una expresión endurecida.
—Eso no es asunto tuyo, Mikel. —Su tono era cortante, y Mikel se sintió inmediatamente como un intruso.
—Solo preguntaba… —murmuró, sintiéndose incómodo. Decidió que lo mejor era retirarse antes de incomodar más, y justo cuando estaba a punto de volver a su cuarto, la puerta del baño se abrió.
**Sara** apareció envuelta en una toalla, con el pelo aún húmedo, y una gran sonrisa en el rostro.
—¡Deja a mi hermanito en paz, Laura! —exclamó en tono de broma, dirigiéndose a su gemela.
—No le estoy diciendo nada, solo que se meta en sus asuntos —respondió Laura con desdén mientras volvía a su maquillaje.
—Bah, está de mal humor porque Dani no le hace caso —dijo Sara mientras se acercaba a Mikel y le guiñaba un ojo.
—¡Cállate! —gritó Laura, tirándole un pintalabios que Sara esquivó fácilmente, riendo.
—Hoy no pasará, ya verás —murmuró Laura con determinación, mientras seguía concentrada en su reflejo.
—¡Suerte con eso! —Sara se rió entre dientes mientras tomaba a Mikel de la mano—. Vamos, te rescato de aquí antes de que la situación se ponga más tensa.
Sara tiró de Mikel, y él la siguió a su habitación. Antes de cerrar la puerta, Sara lanzó una última puya a Laura:
—Dani no sabe lo que se pierde, cariño.
Laura respondió con un bufido, pero no se molestó en seguir la discusión. Al cerrar la puerta, Mikel dejó escapar un suspiro, intentando recuperar la calma tras el pequeño enfrentamiento entre las gemelas.
En la habitación de Sara, el ambiente era ligeramente menos caótico que en el resto del apartamento, aunque seguía siendo evidente que el orden no era una prioridad. Sara se dejó caer sobre la cama y encendió un porro, inhalando lentamente mientras observaba a su hermano.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó mientras exhalaba el humo—. ¿Estás emocionado por la carrera o ya te arrepientes de haber venido a este loquero?
Mikel se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
—Estoy emocionado… supongo. Aunque no esperaba encontrarme con todo esto nada más llegar. ¿Cómo aguantas vivir así?
—Es Madrid, hermanito. Aquí es otra cosa —respondió Sara, sonriendo mientras abría su armario para escoger algo de ropa—. Pero, tranquilo, te acostumbrarás. Aunque lo parezca, no vivimos todo el tiempo de fiesta. Yo este año, ya te lo dije, voy a centrarme. Quiero terminar la carrera de una vez.
Mikel tragó saliva al ver cómo Sara sacaba del cajón un conjunto de lencería provocativo: un **tanga negro** de encaje. Mientras continuaban hablando, Sara se quitó la toalla con naturalidad y se puso el tanga de espaldas a él, como si no le importara su presencia.
—¿De verdad vas a centrarte? —preguntó Mikel, intentando disimular su incomodidad.
—Sí, lo digo en serio. —Sara le lanzó una mirada a través del espejo mientras se ajustaba el tanga y comenzaba a buscar un sujetador—. Es hora de ponerme las pilas. Ya he dejado pasar demasiadas oportunidades, y papá y mamá no pueden seguir creyendo que soy la hija perfecta, ¿no?
Mikel se rió, aunque no estaba seguro de si lo decía en broma o en serio. Mientras Sara se ponía el sujetador, sin ningún pudor, Mikel desvió la mirada hacia la ventana. Estaba tenso, aunque no quería demostrarlo. El ambiente en casa era muy distinto a lo que él estaba acostumbrado.
—No me mires así —dijo Sara, riéndose mientras abrochaba el sujetador y se giraba hacia él—. No soy tan horrible.
—No es eso —respondió Mikel, sonriendo ligeramente.
—Te noto muy nervioso, ¿eh? —Sara lo observó, medio divertida—. Cuéntame, ¿qué tal te va en ese tema? ¿Alguna chica en la universidad? Ahora que estás en Madrid, seguro que las oportunidades se multiplican.
Mikel se encogió de hombros, intentando ocultar su incomodidad.
—No sé… no he tenido mucho tiempo para pensar en eso. Además, ya sabes cómo soy. Nunca he sido muy bueno en ese tipo de cosas.
—Bah, tonterías. Aquí en Madrid todo es diferente. Ya verás, seguro que encuentras a alguien interesante. Y si no, siempre puedo presentarte a alguna de mis amigas. A ellas les encantan los chicos como tú.
Mikel soltó una risa nerviosa. No sabía si Sara hablaba en serio o si solo intentaba hacerlo sentir incómodo.
—No sé si sería buena idea…
—Venga, no te pongas así —dijo Sara, mientras sacaba un vestido negro ajustado del armario y comenzaba a ponérselo—. Además, podrías salir con nosotras esta noche. Vamos a ir a un sitio genial, perfecto para relajarse antes del lunes.
Mikel negó con la cabeza rápidamente.
—No, no creo que sea buena idea. Estoy cansado, y además, no soy mucho de discotecas…
—¿Seguro? —Sara insistió mientras se ajustaba el vestido frente al espejo—. Te vendría bien despejarte un poco. Pero bueno, si no es hoy, será otro día. El fin de semana es largo.
Mikel sonrió, agradecido de que no insistiera más. Sara se acercó y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación.
—Otro día, entonces —dijo guiñándole un ojo antes de desaparecer por la puerta.
Mikel se quedó en la habitación, un poco más relajado pero aún abrumado por todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Decidió que lo mejor sería tomarse las cosas con calma y adaptarse a su propio ritmo. Sabía que su vida con sus hermanas sería cualquier cosa menos tranquila, pero al menos tenía unos días antes de que comenzaran las clases para aclimatarse.
Mikel estaba a punto de caer en un sueño profundo cuando escuchó el sonido de las llaves girando en la cerradura. Miró el despertador en la mesita de noche: eran las seis de la mañana. Con los ojos entreabiertos, observó por el resquicio de la puerta cómo Laura entraba al piso acompañada por un chico al que llevaba de la mano. Los vio dirigirse, casi en silencio, directamente a la habitación de Laura. Poco después, empezó a oír el sonido de besos ahogados y, enseguida, unos ligeros gemidos que lo hicieron fruncir el ceño de incomodidad. Agarró la almohada y se la puso sobre los oídos, intentando bloquear el ruido.
Consiguió dormirse, pero apenas media hora después, otro ruido lo despertó. De nuevo el sonido de las llaves. Sara había llegado. Entró en la casa con menos sigilo que Laura, y esta vez sí que se detuvo frente a su puerta.
—¿Estás dormido? —preguntó Sara desde el umbral, con la voz ligeramente arrastrada.
—Menuda pregunta… —murmuró Mikel, medio girándose para mirarla.
Sara entró tambaleándose un poco, riendo suavemente.
—No seas listillo, hermanito —le contestó, mientras se sentaba al borde de su cama.
El silencio de la casa se rompía por los sonidos provenientes de la habitación de Laura. Sara también los escuchó y se llevó la mano a la boca para contener una risa.
—Llevan así media hora —dijo Mikel, visiblemente incómodo.
Sara soltó una carcajada.
—Es Dani —explicó, entre risas—. Había muchas ganas, parece.
Mikel no respondió, simplemente miró hacia el techo, deseando poder escapar de esa situación.
—Anda, ven a mi habitación —sugirió Sara, poniéndose de pie—. Está al otro lado de la casa, no tendrás que escuchar a Laura y su numerito.
Mikel dudó un segundo, pero la idea de seguir escuchando los gemidos desde la otra habitación lo convenció.
—Vale… —murmuró, y se levantó de la cama.
Siguió a Sara por el pasillo hasta su habitación, que, como había prometido, estaba en el extremo opuesto del apartamento. Nada más entrar, se dio cuenta de que el ambiente era más tranquilo. El caos del salón no había llegado a este rincón, y las paredes, más gruesas, bloqueaban el ruido proveniente del cuarto de Laura.
—¿Qué tal la noche? —preguntó Mikel mientras se acomodaba en la habitación.
—¡Súperguay! —respondió Sara, emocionada—. El DJ era guapísimo, buena música, y me lo pasé de lujo.
Mikel se quitó los zapatos y se tumbó en un lado de la cama, exhausto. Sara, entretanto, empezó a cambiarse. Con movimientos relajados, dejó caer el vestido al suelo y se giró hacia Mikel, que no pudo evitar mirar. Esta vez, no apartó la vista de la atrevida ropa interior que Sara se había puesto antes de salir.
—Anda, échame una mano —dijo ella, bromeando, mientras intentaba deshacerse del cierre del sujetador.
Mikel, nervioso, pero ya más relajado por el cansancio y el ambiente, se levantó un poco y le ayudó a desabrochar el sujetador. Sara sonrió, dejándolo caer al suelo, y luego se deslizó fuera del tanga antes de ponerse una camiseta larga que ocultaba todo su cuerpo.
—Venga, siéntate conmigo —dijo, tumbándose a su lado y sacando un porro de la mesilla de noche—. Te dije que te debía uno, ¿no? Esto es lo mejor para acabar la noche.
Mikel la miró, algo más cómodo que antes, y aceptó sin mucha resistencia cuando ella encendió el porro y se lo pasó. Le dio una calada, tosiendo un poco menos que la primera vez, mientras Sara se acomodaba a su lado. El humo llenaba el aire, envolviendo la habitación en una atmósfera cálida y relajada.
—Voy a dejar todo esto, ¿sabes? —dijo Sara de repente, rompiendo el silencio—. Este es mi último año, y pienso terminar la carrera. No más tonterías, no más fiestas locas… Quiero enderezarme, de verdad.
Mikel la miró de reojo, mientras exhalaba el humo. No estaba seguro de si creerle. Había oído ese discurso antes, muchas veces.
—¿De verdad lo dices? —preguntó, curioso.
Sara asintió lentamente, mirando al techo.
—Sí… No puedo seguir así. Me paso el día haciendo tonterías, y al final, sé que estoy tirando mi futuro a la basura. —Hizo una pausa, pensando—. No quiero que papá y mamá piensen que soy un desastre. Quiero que estén orgullosos de mí… Y tú también.
Mikel se sorprendió un poco al escuchar esas palabras. Aunque no siempre lo demostrara, sabía que Sara era consciente de lo que estaba haciendo. Había una parte de ella que quería ser mejor.
—Bueno… —dijo Mikel, intentando animarla—. Si necesitas ayuda con los estudios, ya sabes que puedes contar conmigo. No es que sea un genio, pero se me da bien organizarme. Podría echarte una mano.
Sara lo miró y sonrió.
—Gracias, hermanito. Lo mismo te digo… Tú también puedes contar conmigo. —Le dio otra calada al porro y se lo pasó a Mikel—. Y bueno, ya sabes, aquí en Madrid vas a conocer a mucha gente, hacer amigos. No puedes quedarte encerrado siempre.
—Lo sé… —murmuró Mikel, aunque todavía no se sentía del todo preparado para abrirse tanto.
Después de un rato más de charla relajada, terminaron el porro. Mikel apagó la luz de la mesilla, y ambos se acomodaron en la cama. Sara se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su pecho. Era una sensación extraña, pero reconfortante al mismo tiempo.
—Buenas noches, Mikel —dijo Sara en un susurro, cerrando los ojos.
—Buenas noches, Sara —respondió él, sintiendo cómo el sueño empezaba a apoderarse de él.
Ambos se quedaron profundamente dormidos, el humo disipándose lentamente en la habitación, mientras en el fondo el sonido de la ciudad comenzaba a despertarse con las primeras luces del amanecer.
Mikel se despertó casi al mediodía, aún algo aturdido por el cansancio. La luz que entraba a través de las cortinas iluminaba tenuemente la habitación. Giró la cabeza y vio que Sara seguía dormida a su lado, respirando suavemente. Se levantó con cuidado para no despertarla, aunque en su mente sólo había un pensamiento: lidiar con el delicado "problema" matutino que tenía. Se levantó rápidamente y salió de la habitación, aliviado de que Sara no hubiera notado nada.
Cruzó el pasillo y llegó al baño. El piso estaba en un caos total, el suelo pegajoso por los restos de la fiesta de la noche anterior, y el aire olía a una mezcla de alcohol, humo y perfume. La sensación era algo abrumadora. Mikel se metió en la ducha, necesitaba despejarse, así que dejó correr el agua fría. El chorro lo golpeó y el alivio fue instantáneo. Mientras se duchaba, repasaba mentalmente lo que había sido su primer día en Madrid. Su vida acababa de dar un giro muy distinto al que estaba acostumbrado.
Cuando terminó de ducharse y estaba a punto de salir, escuchó cómo alguien abría la puerta del baño de golpe. Era Laura, que entró corriendo, pálida y con el rostro descompuesto. Sin decir nada, se puso de rodillas y comenzó a vomitar en el inodoro. Mikel, sobresaltado, instintivamente se cubrió con la toalla.
—Joder, Laura... —murmuró, preocupado y todavía intentando no mirar demasiado.
Cuando Laura terminó, se enjuagó la boca con un poco de agua del grifo, tambaleándose levemente. Luego se giró hacia él, algo pálida pero con una expresión de fastidio.
—¿A estas alturas te vas a escandalizar? —dijo con una risa áspera y la voz algo ronca, señalando cómo Mikel todavía se tapaba.
Mikel soltó un suspiro.
—No deberías haber bebido tanto anoche, Laura —respondió con algo de reproche mientras ella bebía agua del grifo.
Laura, sin perder el tono desafiante, bebió un sorbo y luego lo señaló con la mirada hacia su entrepierna.
—Bueno, más te vale que seas gracioso —dijo a modo de puya, con una sonrisa traviesa, mientras dejaba el vaso.
Mikel no supo qué responder, solo la miró incrédulo. Antes de que pudiera decir nada más, Laura salió por la puerta y volvió a su habitación, dejando a Mikel con el comentario colgando en el aire.
Suspirando, Mikel se dirigió a su cuarto. Se vistió rápidamente y decidió que lo mejor sería salir a dar una vuelta. Necesitaba despejarse del caos de la casa y, además, hacía mucho tiempo que no paseaba por Madrid. De hecho, la última vez que estuvo en la ciudad apenas era un niño.
Cuando estaba a punto de salir, Sara apareció en el pasillo, aún despeinada y con los ojos entrecerrados.
—Espera —dijo con una sonrisa adormilada—. Te invito a comer, ¿vale?
Mikel dudó un segundo. Había planeado ir solo, pero no le desagradaba la idea de pasar un rato con su hermana.
—Vale, te espero —respondió al final.
Sara se duchó rápidamente y en menos de media hora ya estaba lista. Con su cabello rubio ligeramente desordenado pero con un aspecto fresco, lo cogió del brazo y ambos salieron a la calle. Caminando juntos, recorrieron algunas calles del centro de Madrid, con Sara liderando el camino hacia un pequeño restaurante que conocía bien.
Se sentaron en una mesa cerca de la ventana, y Sara pidió para ambos. Mikel observaba el movimiento de la ciudad, el bullicio de la gente que pasaba y las conversaciones animadas en el restaurante.
—Bueno —dijo Sara, rompiendo el silencio mientras le daba un sorbo a su bebida—, ¿qué te parece la nueva vida hasta ahora? Sé que ayer fue un poco... caótico.
Mikel sonrió con ironía, todavía procesando todo lo que había sucedido en tan poco tiempo.
—Es diferente, definitivamente. Me va a costar acostumbrarme a esto. —Se encogió de hombros—. Pero está bien. Necesitaba un cambio.
Sara lo miró con cierta ternura, notando lo abrumado que estaba su hermano pequeño.
—Ya sabes que las primeras semanas siempre son las más duras. Pero tú eres muy listo, Mikel. Seguro que te adaptas rápido. Además, la universidad es otro rollo. Las clases te van a ayudar a centrarte.
—Eso espero —respondió Mikel, jugando con la servilleta entre los dedos—. Estoy ilusionado, pero al mismo tiempo un poco nervioso. No conozco a nadie aquí, y me cuesta mucho hacer amigos. Siempre me ha costado.
Sara asintió, comprensiva.
—Te entiendo. Pero aquí tienes una oportunidad de empezar de cero, ¿sabes? Conocer gente nueva, crear nuevas relaciones. No te preocupes demasiado por eso. —Le dio un golpecito en el brazo—. Y además, me tienes a mí. Y a Laura, aunque ella a veces sea un poco... Laura.
Ambos se rieron.
—Gracias, Sara —dijo Mikel, sincero—. En serio, me siento más tranquilo sabiendo que te tengo aquí.
Después de un rato de charla, la conversación empezó a desviarse hacia un tema más personal, el que Sara claramente quería tocar desde hacía rato.
—Y dime, hermanito... —dijo ella, inclinándose un poco sobre la mesa con una sonrisa traviesa—, ¿cómo vas en el tema chicas? Porque, sinceramente, no te veo muy suelto en ese campo.
Mikel tragó saliva, notando cómo el calor le subía a la cara. Nunca le había gustado hablar de ese tema, especialmente con Sara.
—Pues... No sé, no hay mucho que contar —dijo, intentando quitarle importancia—. No he tenido muchas experiencias, ya lo sabes.
—¿Muchas? —se rió Sara—. ¿Alguna? Porque nunca te he visto con una chica.
Mikel desvió la mirada, incómodo.
—No es tan fácil, ya sabes. No soy como tú o como Laura.
Sara le miró con cariño, pero también con ese toque pícaro.
—Escucha, aquí en Madrid hay de todo. Vas a conocer a chicas de todo tipo. No te preocupes por eso. Y además —bromeó—, tienes a tu hermana mayor aquí para darte algunos consejos. Si te hace falta, claro.
Mikel rió nervioso.
—No sé si quiero los consejos de alguien que sale a fiestas cada dos días.
—¡Eh! —protestó Sara—. Puedo ser fiestera, pero también sé de relaciones, hermanito. Si necesitas ayuda, solo dímelo. Tengo amigas muy guapas, por cierto.
Mikel no supo si lo decía en serio o en broma, pero de todas formas le agradeció con una sonrisa tímida.
—Ya veremos... —respondió.
La comida continuó entre risas y conversaciones más ligeras, y Mikel se dio cuenta de lo reconfortante que era tener a Sara cerca en este nuevo capítulo de su vida.
Cuando Sara lo dejó en la puerta de casa tras el almuerzo, Mikel aún estaba pensando en la conversación que habían tenido. Hablar sobre chicas y relaciones con ella siempre le dejaba una mezcla de incomodidad y curiosidad. Había algo reconfortante en la manera en que Sara lo trataba, como si fuera el hermano pequeño al que tenía que proteger, pero también con esa confianza desenfadada que ella manejaba tan bien. Se despidieron, y Sara le dijo que iría a recoger unos libros de segunda mano para la carrera. Él subió al piso solo, deseando tener un rato tranquilo para poner orden en su mente.
Al abrir la puerta, se encontró la casa en el mismo estado caótico en que la había dejado por la mañana, pero algo en el ambiente había cambiado. Un ruido suave y entrecortado llamó su atención. Mikel frunció el ceño y avanzó por el pasillo. Al acercarse a la habitación de Laura, se dio cuenta de que el sonido eran sollozos. Al principio dudó en entrar, pero la curiosidad y la preocupación fueron más fuertes.
—¿Laura? —preguntó, tocando suavemente la puerta antes de abrirla un poco.
Laura estaba sentada en la cama, con las rodillas abrazadas al pecho, el maquillaje corrido y las lágrimas bajando por su rostro. La visión lo sorprendió; no era común verla en ese estado. Laura, la siempre altiva y despreocupada, parecía desmoronarse ante sus ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Mikel, entrando con cautela.
—¡Déjame en paz, Mikel! —exclamó Laura, girando la cabeza para no mirarlo, con un tono que combinaba furia y vergüenza.
Mikel se quedó quieto un momento, sin saber si insistir o respetar su pedido. Pero algo en la forma en que lloraba le hizo quedarse. Se sentó en el borde de la cama, sin acercarse demasiado, y habló con voz suave.
—Vamos, Laura... ¿qué ha pasado? Si necesitas ayuda, dímelo. No es normal verte así.
Laura no respondió de inmediato. Los sollozos disminuyeron y, tras unos minutos de incómodo silencio, finalmente habló entre suspiros.
—He sido una idiota, Mikel... He hecho algo muy estúpido anoche, y ahora me arrepiento. —Su voz estaba quebrada, y aún evitaba mirarlo.
Mikel frunció el ceño, preocupado. Se acercó un poco más.
—¿Qué pasó? —preguntó, intentando no sonar demasiado insistente pero claramente intrigado.
Laura dudó. Al principio parecía que iba a callarse, pero finalmente soltó un largo suspiro y se decidió a hablar.
—Anoche, después de la fiesta... cuando Dani y yo... —empezó, con la voz entrecortada— decidí grabarnos... juntos. En mi habitación.
Mikel abrió los ojos como platos. No estaba preparado para escuchar eso, y el rubor se le subió inmediatamente al rostro.
—¿Qué...? —balbuceó, sin poder ocultar su sorpresa.
Laura asintió, mordiéndose el labio con frustración.
—Sí, fue una estupidez. Lo hice con mi móvil, pero se lo envié a él. Y ahora... —se tapó la cara con las manos—, ahora me ha bloqueado de todos lados. No me contesta. Y no sé qué va a hacer con el vídeo.
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Mikel y sus Hermanas Gemelas, Sara y Laurana - Capítulos 001
Mikel aterrizó en Madrid con el estómago revuelto, una mezcla de nervios y emoción lo mantenían inquieto desde que había despegado. Era un paso importante. Por fin comenzaría la carrera que tanto había deseado, la oportunidad de dejar atrás el aislamiento del pueblo y, con un poco de suerte, integrarse en un nuevo grupo de amigos. Esa idea lo emocionaba tanto como lo aterraba. Sabía que no era el mejor para socializar, pero esta vez, estaba decidido a hacer un esfuerzo.
Durante el vuelo había intentado calmarse repasando el temario de las asignaturas. Aunque las clases no comenzaban hasta el lunes, no pudo evitar adelantarse. Siempre había sido así. "Friki", lo llamaban sus compañeros en el instituto, pero Mikel no lo veía como algo malo. Le gustaba estar preparado, saber qué esperar y tener el control, al menos en ese aspecto. Mientras hojeaba las notas de los profesores en su tablet, intentaba convencerse de que todo iba a salir bien. Esta vez sería diferente.
Al salir del aeropuerto, se encontró de golpe con el bullicio de la ciudad. Madrid era un mundo completamente distinto a lo que estaba acostumbrado. El tráfico, el constante ir y venir de personas, las voces mezcladas con el sonido de los coches y autobuses... Todo era un caos para él, pero también había algo que le resultaba emocionante, casi liberador.
"Un taxi, primero el taxi", pensó mientras caminaba hacia la fila de vehículos. Subió al primero que encontró libre y, con voz algo temblorosa, le dio la dirección al conductor.
—A la calle Fuencarral, por favor.
El taxista asintió y arrancó, mientras Mikel observaba por la ventana el paisaje cambiante de la ciudad. Su mente divagaba. No podía dejar de pensar en sus hermanas, **Sara y Laura**. Hacía más de seis meses que no las veía. La última vez había sido cuando ellas habían viajado al pueblo a visitar a sus padres. Aún recordaba cómo habían logrado engañar a todos, especialmente a su madre, haciéndola creer que llevaban una vida ejemplar en la capital. Pero Mikel no era tan ingenuo. Sabía muy bien a qué se dedicaban realmente en Madrid. Llevaban varias asignaturas atrasadas y no era precisamente porque fueran tontas. Simplemente no les interesaba esforzarse. Preferían las fiestas, las salidas, la diversión. Para ellas, la universidad era solo una excusa para vivir lejos de casa.
"Me pregunto cómo será convivir con ellas", pensó, recordando la última conversación que tuvo con Sara. Le había dicho que todo estaba preparado para su llegada, que compartirían el apartamento en el centro de Madrid, y que sería una gran oportunidad para los tres. Sin embargo, Mikel no podía evitar tener sus dudas.
El taxi se detuvo frente a un edificio antiguo de varias plantas en el centro de la ciudad. Mikel pagó al conductor y bajó del coche, arrastrando su maleta hacia la puerta. Estuvo un momento quieto, mirando el timbre del portero automático. Respiró hondo y lo pulsó.
—¿Sí? —contestó una voz femenina al otro lado.
—Soy yo, Mikel.
Hubo un breve silencio.
—¿Cómo? —repitió la voz, confusa—. No te esperábamos hasta el lunes.
Mikel frunció el ceño. ¿Cómo podían haberse olvidado?
—Te dije que llegaba hoy —respondió, un tanto irritado—. ¿Me vas a abrir?
—Sí, claro, claro… Perdona —respondió la voz, un poco aturdida.
El zumbido de la puerta sonó, y Mikel la empujó, subiendo las escaleras con su maleta. A medida que se acercaba al piso de sus hermanas, un fuerte olor a marihuana inundó sus fosas nasales. Suspiró. Era un recibimiento que no le sorprendía del todo, pero que de alguna manera **confirmaba** lo que ya intuía: las cosas no iban a ser fáciles.
Al llegar al rellano, la puerta del apartamento se abrió de golpe y apareció **Sara** con una sonrisa amplia y despreocupada en el rostro.
—¡Hermanito! —exclamó mientras abría los brazos para recibirlo.
—Hola, Sara —respondió Mikel, algo incómodo—. ¿Qué tal todo?
—Bien, bien… aunque, te digo la verdad, pensábamos que venías el lunes.
—Te lo dije… en varias ocasiones, de hecho —Mikel alzó una ceja—. ¿Cómo se te pudo pasar?
—Ay, chico, no te pongas así. Son solo dos días de diferencia, tampoco es el fin del mundo —respondió Sara, quitándole importancia con un gesto de la mano mientras le hacía una señal para que entrara.
Mikel cruzó el umbral y lo primero que notó fue el **caos**. El apartamento era un auténtico desastre. Botellas vacías desperdigadas por las mesas, latas de cerveza apiladas en las esquinas y ropa tirada por todos lados. Todo desordenado, como si hubieran celebrado una fiesta la noche anterior. O quizás, simplemente, era su rutina diaria.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Sara, encendiendo un cigarrillo sin esperar realmente una respuesta.
—Bien… tranquilo. —Mikel se removió incómodo mientras miraba alrededor—. ¿Laura está en casa?
—Sí, está en la cocina. Aunque… —Sara sonrió de lado—, no sé si está lista para verte ahora.
Antes de que Mikel pudiera preguntar qué quería decir con eso, **Laura apareció** en escena, vestida únicamente con una camiseta larga que apenas cubría sus piernas. Salió de la cocina acompañada por un hombre alto y musculoso, que no llevaba más que unos calzoncillos.
—¿Qué tal, Mikel? —dijo Laura sin apenas mirarlo. Se estiró para besar al tipo en los labios antes de girarse hacia él—. Anda, vístete y vete. Luego hablamos.
El hombre asintió sin decir nada, desapareciendo en dirección al dormitorio, mientras Laura se encogía de hombros y volvía a la cocina como si nada hubiera pasado.
Mikel no sabía cómo reaccionar. Miró a Sara, que se limitó a reír.
—No pongas esa cara, hermanito. Es viernes, ya sabes cómo es esto. Aquí siempre lo damos todo el fin de semana antes de que empiecen las clases. Pero tranquila, que no es lo habitual. Entre semana nos calmamos, lo prometo.
—¿Teníais planes? —preguntó Mikel, incapaz de esconder su incomodidad. No había esperado que su llegada fuera un evento, pero la escena que acababa de presenciar era demasiado.
—Nada importante, solo… planes de viernes —respondió Sara, soplando el humo de su cigarro—. No te preocupes, ya se va el tipo.
—No es por eso —mintió Mikel—, es solo que… bueno, parece que llegué en mal momento.
—No seas dramático —dijo Sara, poniendo una mano en su hombro—. Ven, te enseño tu cuarto.
Mikel la siguió por el pasillo, esquivando botellas y ropa por el suelo. Al final del corredor, Sara abrió la puerta de una pequeña habitación. La cama individual ocupaba la mayor parte del espacio, y el escritorio, pegado a la ventana, tenía una fina capa de polvo. No era gran cosa, pero al menos era suyo. Soltó la maleta y se quedó de pie, mirando alrededor.
—Es pequeño, pero está bien, ¿no? —dijo Sara—. Laura y yo lo usamos a veces para guardar cosas, pero lo hemos vaciado para ti.
—Gracias… —respondió Mikel, aunque una sensación de **opresión** comenzaba a apoderarse de él. ¿Cómo iba a poder concentrarse en sus estudios en un lugar como este? Sus hermanas eran un huracán de caos y desorden. Él necesitaba tranquilidad, orden, espacio para estudiar y pensar.
—Venga, deja de pensar tanto y relájate un poco. —Sara lo observaba, adivinando lo que pasaba por su mente—. Este fin de semana es para disfrutar, ya habrá tiempo de estudiar.
Mikel se dejó caer en la cama, tratando de relajarse, aunque su cabeza no dejaba de girar. Había soñado con esta oportunidad durante tanto tiempo, pero ahora que estaba aquí, todo le resultaba más complicado de lo que había imaginado. Tendría que **adaptarse**, de eso no cabía duda. Pero, de momento, lo mejor sería intentar no pensar demasiado en ello. Al menos, no hasta el lunes.
Mikel estaba agotado después del viaje. Aunque Madrid lo había recibido con un torbellino de sensaciones y estímulos, la emoción y el cansancio lo tenían exhausto. Decidió ponerse cómodo en su nuevo cuarto y conectó su tablet para ver uno de sus animes favoritos. Era una forma de desconectar, de refugiarse en algo familiar mientras su mente procesaba la nueva situación. Se tumbó en la cama y, al poco rato, sintió cómo sus párpados se volvían pesados. El ruido lejano de la ciudad se difuminó, y poco a poco fue cayendo en un sueño ligero.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando de repente empezó a sonar música. Mikel abrió los ojos con una sensación de confusión. El apartamento estaba sumido en el crepúsculo, y el volumen de la música hacía vibrar las paredes de su pequeño cuarto. "Debe ser tarde", pensó, frotándose los ojos. Se incorporó con esfuerzo, aún medio adormilado, y salió al pasillo para ver qué estaba pasando.
Al llegar al salón, **Laura** estaba allí, bailando frente al espejo mientras se maquillaba. Parecía no haberse dado cuenta de su presencia. Su cuerpo se movía al ritmo de la música mientras deslizaba el pincel por su rostro con destreza. Llevaba unos shorts cortos y una camiseta ajustada, y Mikel sintió cómo la incomodidad le apretaba el estómago.
—No sabía que eras tan buena bailarina —dijo, intentando sonar casual.
Laura se detuvo y lo miró a través del espejo, sin dejar de pintarse los labios.
—Oh, ¿ya te has despertado? —respondió sin entusiasmo—. Pues mira, no sé, me entretiene.
Mikel notó la frialdad en el aire. La relación con **Laura** siempre había sido algo distante, menos cómplice que con Sara. No era mala persona, pero había una barrera invisible entre ellos que nunca habían logrado cruzar.
—Y… ¿qué plan tienes para hoy? —preguntó Mikel, intentando suavizar el ambiente.
—Salir. ¿Qué más va a ser? Es viernes, y este finde hay que aprovechar —Laura le lanzó una mirada de soslayo mientras aplicaba rímel en sus pestañas.
—¿Y quién era el tipo de antes? —preguntó Mikel, refiriéndose al hombre musculoso que había visto al llegar.
Laura se giró hacia él, con una expresión endurecida.
—Eso no es asunto tuyo, Mikel. —Su tono era cortante, y Mikel se sintió inmediatamente como un intruso.
—Solo preguntaba… —murmuró, sintiéndose incómodo. Decidió que lo mejor era retirarse antes de incomodar más, y justo cuando estaba a punto de volver a su cuarto, la puerta del baño se abrió.
**Sara** apareció envuelta en una toalla, con el pelo aún húmedo, y una gran sonrisa en el rostro.
—¡Deja a mi hermanito en paz, Laura! —exclamó en tono de broma, dirigiéndose a su gemela.
—No le estoy diciendo nada, solo que se meta en sus asuntos —respondió Laura con desdén mientras volvía a su maquillaje.
—Bah, está de mal humor porque Dani no le hace caso —dijo Sara mientras se acercaba a Mikel y le guiñaba un ojo.
—¡Cállate! —gritó Laura, tirándole un pintalabios que Sara esquivó fácilmente, riendo.
—Hoy no pasará, ya verás —murmuró Laura con determinación, mientras seguía concentrada en su reflejo.
—¡Suerte con eso! —Sara se rió entre dientes mientras tomaba a Mikel de la mano—. Vamos, te rescato de aquí antes de que la situación se ponga más tensa.
Sara tiró de Mikel, y él la siguió a su habitación. Antes de cerrar la puerta, Sara lanzó una última puya a Laura:
—Dani no sabe lo que se pierde, cariño.
Laura respondió con un bufido, pero no se molestó en seguir la discusión. Al cerrar la puerta, Mikel dejó escapar un suspiro, intentando recuperar la calma tras el pequeño enfrentamiento entre las gemelas.
En la habitación de Sara, el ambiente era ligeramente menos caótico que en el resto del apartamento, aunque seguía siendo evidente que el orden no era una prioridad. Sara se dejó caer sobre la cama y encendió un porro, inhalando lentamente mientras observaba a su hermano.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó mientras exhalaba el humo—. ¿Estás emocionado por la carrera o ya te arrepientes de haber venido a este loquero?
Mikel se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
—Estoy emocionado… supongo. Aunque no esperaba encontrarme con todo esto nada más llegar. ¿Cómo aguantas vivir así?
—Es Madrid, hermanito. Aquí es otra cosa —respondió Sara, sonriendo mientras abría su armario para escoger algo de ropa—. Pero, tranquilo, te acostumbrarás. Aunque lo parezca, no vivimos todo el tiempo de fiesta. Yo este año, ya te lo dije, voy a centrarme. Quiero terminar la carrera de una vez.
Mikel tragó saliva al ver cómo Sara sacaba del cajón un conjunto de lencería provocativo: un **tanga negro** de encaje. Mientras continuaban hablando, Sara se quitó la toalla con naturalidad y se puso el tanga de espaldas a él, como si no le importara su presencia.
—¿De verdad vas a centrarte? —preguntó Mikel, intentando disimular su incomodidad.
—Sí, lo digo en serio. —Sara le lanzó una mirada a través del espejo mientras se ajustaba el tanga y comenzaba a buscar un sujetador—. Es hora de ponerme las pilas. Ya he dejado pasar demasiadas oportunidades, y papá y mamá no pueden seguir creyendo que soy la hija perfecta, ¿no?
Mikel se rió, aunque no estaba seguro de si lo decía en broma o en serio. Mientras Sara se ponía el sujetador, sin ningún pudor, Mikel desvió la mirada hacia la ventana. Estaba tenso, aunque no quería demostrarlo. El ambiente en casa era muy distinto a lo que él estaba acostumbrado.
—No me mires así —dijo Sara, riéndose mientras abrochaba el sujetador y se giraba hacia él—. No soy tan horrible.
—No es eso —respondió Mikel, sonriendo ligeramente.
—Te noto muy nervioso, ¿eh? —Sara lo observó, medio divertida—. Cuéntame, ¿qué tal te va en ese tema? ¿Alguna chica en la universidad? Ahora que estás en Madrid, seguro que las oportunidades se multiplican.
Mikel se encogió de hombros, intentando ocultar su incomodidad.
—No sé… no he tenido mucho tiempo para pensar en eso. Además, ya sabes cómo soy. Nunca he sido muy bueno en ese tipo de cosas.
—Bah, tonterías. Aquí en Madrid todo es diferente. Ya verás, seguro que encuentras a alguien interesante. Y si no, siempre puedo presentarte a alguna de mis amigas. A ellas les encantan los chicos como tú.
Mikel soltó una risa nerviosa. No sabía si Sara hablaba en serio o si solo intentaba hacerlo sentir incómodo.
—No sé si sería buena idea…
—Venga, no te pongas así —dijo Sara, mientras sacaba un vestido negro ajustado del armario y comenzaba a ponérselo—. Además, podrías salir con nosotras esta noche. Vamos a ir a un sitio genial, perfecto para relajarse antes del lunes.
Mikel negó con la cabeza rápidamente.
—No, no creo que sea buena idea. Estoy cansado, y además, no soy mucho de discotecas…
—¿Seguro? —Sara insistió mientras se ajustaba el vestido frente al espejo—. Te vendría bien despejarte un poco. Pero bueno, si no es hoy, será otro día. El fin de semana es largo.
Mikel sonrió, agradecido de que no insistiera más. Sara se acercó y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación.
—Otro día, entonces —dijo guiñándole un ojo antes de desaparecer por la puerta.
Mikel se quedó en la habitación, un poco más relajado pero aún abrumado por todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Decidió que lo mejor sería tomarse las cosas con calma y adaptarse a su propio ritmo. Sabía que su vida con sus hermanas sería cualquier cosa menos tranquila, pero al menos tenía unos días antes de que comenzaran las clases para aclimatarse.
Mikel estaba a punto de caer en un sueño profundo cuando escuchó el sonido de las llaves girando en la cerradura. Miró el despertador en la mesita de noche: eran las seis de la mañana. Con los ojos entreabiertos, observó por el resquicio de la puerta cómo Laura entraba al piso acompañada por un chico al que llevaba de la mano. Los vio dirigirse, casi en silencio, directamente a la habitación de Laura. Poco después, empezó a oír el sonido de besos ahogados y, enseguida, unos ligeros gemidos que lo hicieron fruncir el ceño de incomodidad. Agarró la almohada y se la puso sobre los oídos, intentando bloquear el ruido.
Consiguió dormirse, pero apenas media hora después, otro ruido lo despertó. De nuevo el sonido de las llaves. Sara había llegado. Entró en la casa con menos sigilo que Laura, y esta vez sí que se detuvo frente a su puerta.
—¿Estás dormido? —preguntó Sara desde el umbral, con la voz ligeramente arrastrada.
—Menuda pregunta… —murmuró Mikel, medio girándose para mirarla.
Sara entró tambaleándose un poco, riendo suavemente.
—No seas listillo, hermanito —le contestó, mientras se sentaba al borde de su cama.
El silencio de la casa se rompía por los sonidos provenientes de la habitación de Laura. Sara también los escuchó y se llevó la mano a la boca para contener una risa.
—Llevan así media hora —dijo Mikel, visiblemente incómodo.
Sara soltó una carcajada.
—Es Dani —explicó, entre risas—. Había muchas ganas, parece.
Mikel no respondió, simplemente miró hacia el techo, deseando poder escapar de esa situación.
—Anda, ven a mi habitación —sugirió Sara, poniéndose de pie—. Está al otro lado de la casa, no tendrás que escuchar a Laura y su numerito.
Mikel dudó un segundo, pero la idea de seguir escuchando los gemidos desde la otra habitación lo convenció.
—Vale… —murmuró, y se levantó de la cama.
Siguió a Sara por el pasillo hasta su habitación, que, como había prometido, estaba en el extremo opuesto del apartamento. Nada más entrar, se dio cuenta de que el ambiente era más tranquilo. El caos del salón no había llegado a este rincón, y las paredes, más gruesas, bloqueaban el ruido proveniente del cuarto de Laura.
—¿Qué tal la noche? —preguntó Mikel mientras se acomodaba en la habitación.
—¡Súperguay! —respondió Sara, emocionada—. El DJ era guapísimo, buena música, y me lo pasé de lujo.
Mikel se quitó los zapatos y se tumbó en un lado de la cama, exhausto. Sara, entretanto, empezó a cambiarse. Con movimientos relajados, dejó caer el vestido al suelo y se giró hacia Mikel, que no pudo evitar mirar. Esta vez, no apartó la vista de la atrevida ropa interior que Sara se había puesto antes de salir.
—Anda, échame una mano —dijo ella, bromeando, mientras intentaba deshacerse del cierre del sujetador.
Mikel, nervioso, pero ya más relajado por el cansancio y el ambiente, se levantó un poco y le ayudó a desabrochar el sujetador. Sara sonrió, dejándolo caer al suelo, y luego se deslizó fuera del tanga antes de ponerse una camiseta larga que ocultaba todo su cuerpo.
—Venga, siéntate conmigo —dijo, tumbándose a su lado y sacando un porro de la mesilla de noche—. Te dije que te debía uno, ¿no? Esto es lo mejor para acabar la noche.
Mikel la miró, algo más cómodo que antes, y aceptó sin mucha resistencia cuando ella encendió el porro y se lo pasó. Le dio una calada, tosiendo un poco menos que la primera vez, mientras Sara se acomodaba a su lado. El humo llenaba el aire, envolviendo la habitación en una atmósfera cálida y relajada.
—Voy a dejar todo esto, ¿sabes? —dijo Sara de repente, rompiendo el silencio—. Este es mi último año, y pienso terminar la carrera. No más tonterías, no más fiestas locas… Quiero enderezarme, de verdad.
Mikel la miró de reojo, mientras exhalaba el humo. No estaba seguro de si creerle. Había oído ese discurso antes, muchas veces.
—¿De verdad lo dices? —preguntó, curioso.
Sara asintió lentamente, mirando al techo.
—Sí… No puedo seguir así. Me paso el día haciendo tonterías, y al final, sé que estoy tirando mi futuro a la basura. —Hizo una pausa, pensando—. No quiero que papá y mamá piensen que soy un desastre. Quiero que estén orgullosos de mí… Y tú también.
Mikel se sorprendió un poco al escuchar esas palabras. Aunque no siempre lo demostrara, sabía que Sara era consciente de lo que estaba haciendo. Había una parte de ella que quería ser mejor.
—Bueno… —dijo Mikel, intentando animarla—. Si necesitas ayuda con los estudios, ya sabes que puedes contar conmigo. No es que sea un genio, pero se me da bien organizarme. Podría echarte una mano.
Sara lo miró y sonrió.
—Gracias, hermanito. Lo mismo te digo… Tú también puedes contar conmigo. —Le dio otra calada al porro y se lo pasó a Mikel—. Y bueno, ya sabes, aquí en Madrid vas a conocer a mucha gente, hacer amigos. No puedes quedarte encerrado siempre.
—Lo sé… —murmuró Mikel, aunque todavía no se sentía del todo preparado para abrirse tanto.
Después de un rato más de charla relajada, terminaron el porro. Mikel apagó la luz de la mesilla, y ambos se acomodaron en la cama. Sara se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su pecho. Era una sensación extraña, pero reconfortante al mismo tiempo.
—Buenas noches, Mikel —dijo Sara en un susurro, cerrando los ojos.
—Buenas noches, Sara —respondió él, sintiendo cómo el sueño empezaba a apoderarse de él.
Ambos se quedaron profundamente dormidos, el humo disipándose lentamente en la habitación, mientras en el fondo el sonido de la ciudad comenzaba a despertarse con las primeras luces del amanecer.
Mikel se despertó casi al mediodía, aún algo aturdido por el cansancio. La luz que entraba a través de las cortinas iluminaba tenuemente la habitación. Giró la cabeza y vio que Sara seguía dormida a su lado, respirando suavemente. Se levantó con cuidado para no despertarla, aunque en su mente sólo había un pensamiento: lidiar con el delicado "problema" matutino que tenía. Se levantó rápidamente y salió de la habitación, aliviado de que Sara no hubiera notado nada.
Cruzó el pasillo y llegó al baño. El piso estaba en un caos total, el suelo pegajoso por los restos de la fiesta de la noche anterior, y el aire olía a una mezcla de alcohol, humo y perfume. La sensación era algo abrumadora. Mikel se metió en la ducha, necesitaba despejarse, así que dejó correr el agua fría. El chorro lo golpeó y el alivio fue instantáneo. Mientras se duchaba, repasaba mentalmente lo que había sido su primer día en Madrid. Su vida acababa de dar un giro muy distinto al que estaba acostumbrado.
Cuando terminó de ducharse y estaba a punto de salir, escuchó cómo alguien abría la puerta del baño de golpe. Era Laura, que entró corriendo, pálida y con el rostro descompuesto. Sin decir nada, se puso de rodillas y comenzó a vomitar en el inodoro. Mikel, sobresaltado, instintivamente se cubrió con la toalla.
—Joder, Laura... —murmuró, preocupado y todavía intentando no mirar demasiado.
Cuando Laura terminó, se enjuagó la boca con un poco de agua del grifo, tambaleándose levemente. Luego se giró hacia él, algo pálida pero con una expresión de fastidio.
—¿A estas alturas te vas a escandalizar? —dijo con una risa áspera y la voz algo ronca, señalando cómo Mikel todavía se tapaba.
Mikel soltó un suspiro.
—No deberías haber bebido tanto anoche, Laura —respondió con algo de reproche mientras ella bebía agua del grifo.
Laura, sin perder el tono desafiante, bebió un sorbo y luego lo señaló con la mirada hacia su entrepierna.
—Bueno, más te vale que seas gracioso —dijo a modo de puya, con una sonrisa traviesa, mientras dejaba el vaso.
Mikel no supo qué responder, solo la miró incrédulo. Antes de que pudiera decir nada más, Laura salió por la puerta y volvió a su habitación, dejando a Mikel con el comentario colgando en el aire.
Suspirando, Mikel se dirigió a su cuarto. Se vistió rápidamente y decidió que lo mejor sería salir a dar una vuelta. Necesitaba despejarse del caos de la casa y, además, hacía mucho tiempo que no paseaba por Madrid. De hecho, la última vez que estuvo en la ciudad apenas era un niño.
Cuando estaba a punto de salir, Sara apareció en el pasillo, aún despeinada y con los ojos entrecerrados.
—Espera —dijo con una sonrisa adormilada—. Te invito a comer, ¿vale?
Mikel dudó un segundo. Había planeado ir solo, pero no le desagradaba la idea de pasar un rato con su hermana.
—Vale, te espero —respondió al final.
Sara se duchó rápidamente y en menos de media hora ya estaba lista. Con su cabello rubio ligeramente desordenado pero con un aspecto fresco, lo cogió del brazo y ambos salieron a la calle. Caminando juntos, recorrieron algunas calles del centro de Madrid, con Sara liderando el camino hacia un pequeño restaurante que conocía bien.
Se sentaron en una mesa cerca de la ventana, y Sara pidió para ambos. Mikel observaba el movimiento de la ciudad, el bullicio de la gente que pasaba y las conversaciones animadas en el restaurante.
—Bueno —dijo Sara, rompiendo el silencio mientras le daba un sorbo a su bebida—, ¿qué te parece la nueva vida hasta ahora? Sé que ayer fue un poco... caótico.
Mikel sonrió con ironía, todavía procesando todo lo que había sucedido en tan poco tiempo.
—Es diferente, definitivamente. Me va a costar acostumbrarme a esto. —Se encogió de hombros—. Pero está bien. Necesitaba un cambio.
Sara lo miró con cierta ternura, notando lo abrumado que estaba su hermano pequeño.
—Ya sabes que las primeras semanas siempre son las más duras. Pero tú eres muy listo, Mikel. Seguro que te adaptas rápido. Además, la universidad es otro rollo. Las clases te van a ayudar a centrarte.
—Eso espero —respondió Mikel, jugando con la servilleta entre los dedos—. Estoy ilusionado, pero al mismo tiempo un poco nervioso. No conozco a nadie aquí, y me cuesta mucho hacer amigos. Siempre me ha costado.
Sara asintió, comprensiva.
—Te entiendo. Pero aquí tienes una oportunidad de empezar de cero, ¿sabes? Conocer gente nueva, crear nuevas relaciones. No te preocupes demasiado por eso. —Le dio un golpecito en el brazo—. Y además, me tienes a mí. Y a Laura, aunque ella a veces sea un poco... Laura.
Ambos se rieron.
—Gracias, Sara —dijo Mikel, sincero—. En serio, me siento más tranquilo sabiendo que te tengo aquí.
Después de un rato de charla, la conversación empezó a desviarse hacia un tema más personal, el que Sara claramente quería tocar desde hacía rato.
—Y dime, hermanito... —dijo ella, inclinándose un poco sobre la mesa con una sonrisa traviesa—, ¿cómo vas en el tema chicas? Porque, sinceramente, no te veo muy suelto en ese campo.
Mikel tragó saliva, notando cómo el calor le subía a la cara. Nunca le había gustado hablar de ese tema, especialmente con Sara.
—Pues... No sé, no hay mucho que contar —dijo, intentando quitarle importancia—. No he tenido muchas experiencias, ya lo sabes.
—¿Muchas? —se rió Sara—. ¿Alguna? Porque nunca te he visto con una chica.
Mikel desvió la mirada, incómodo.
—No es tan fácil, ya sabes. No soy como tú o como Laura.
Sara le miró con cariño, pero también con ese toque pícaro.
—Escucha, aquí en Madrid hay de todo. Vas a conocer a chicas de todo tipo. No te preocupes por eso. Y además —bromeó—, tienes a tu hermana mayor aquí para darte algunos consejos. Si te hace falta, claro.
Mikel rió nervioso.
—No sé si quiero los consejos de alguien que sale a fiestas cada dos días.
—¡Eh! —protestó Sara—. Puedo ser fiestera, pero también sé de relaciones, hermanito. Si necesitas ayuda, solo dímelo. Tengo amigas muy guapas, por cierto.
Mikel no supo si lo decía en serio o en broma, pero de todas formas le agradeció con una sonrisa tímida.
—Ya veremos... —respondió.
La comida continuó entre risas y conversaciones más ligeras, y Mikel se dio cuenta de lo reconfortante que era tener a Sara cerca en este nuevo capítulo de su vida.
Cuando Sara lo dejó en la puerta de casa tras el almuerzo, Mikel aún estaba pensando en la conversación que habían tenido. Hablar sobre chicas y relaciones con ella siempre le dejaba una mezcla de incomodidad y curiosidad. Había algo reconfortante en la manera en que Sara lo trataba, como si fuera el hermano pequeño al que tenía que proteger, pero también con esa confianza desenfadada que ella manejaba tan bien. Se despidieron, y Sara le dijo que iría a recoger unos libros de segunda mano para la carrera. Él subió al piso solo, deseando tener un rato tranquilo para poner orden en su mente.
Al abrir la puerta, se encontró la casa en el mismo estado caótico en que la había dejado por la mañana, pero algo en el ambiente había cambiado. Un ruido suave y entrecortado llamó su atención. Mikel frunció el ceño y avanzó por el pasillo. Al acercarse a la habitación de Laura, se dio cuenta de que el sonido eran sollozos. Al principio dudó en entrar, pero la curiosidad y la preocupación fueron más fuertes.
—¿Laura? —preguntó, tocando suavemente la puerta antes de abrirla un poco.
Laura estaba sentada en la cama, con las rodillas abrazadas al pecho, el maquillaje corrido y las lágrimas bajando por su rostro. La visión lo sorprendió; no era común verla en ese estado. Laura, la siempre altiva y despreocupada, parecía desmoronarse ante sus ojos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Mikel, entrando con cautela.
—¡Déjame en paz, Mikel! —exclamó Laura, girando la cabeza para no mirarlo, con un tono que combinaba furia y vergüenza.
Mikel se quedó quieto un momento, sin saber si insistir o respetar su pedido. Pero algo en la forma en que lloraba le hizo quedarse. Se sentó en el borde de la cama, sin acercarse demasiado, y habló con voz suave.
—Vamos, Laura... ¿qué ha pasado? Si necesitas ayuda, dímelo. No es normal verte así.
Laura no respondió de inmediato. Los sollozos disminuyeron y, tras unos minutos de incómodo silencio, finalmente habló entre suspiros.
—He sido una idiota, Mikel... He hecho algo muy estúpido anoche, y ahora me arrepiento. —Su voz estaba quebrada, y aún evitaba mirarlo.
Mikel frunció el ceño, preocupado. Se acercó un poco más.
—¿Qué pasó? —preguntó, intentando no sonar demasiado insistente pero claramente intrigado.
Laura dudó. Al principio parecía que iba a callarse, pero finalmente soltó un largo suspiro y se decidió a hablar.
—Anoche, después de la fiesta... cuando Dani y yo... —empezó, con la voz entrecortada— decidí grabarnos... juntos. En mi habitación.
Mikel abrió los ojos como platos. No estaba preparado para escuchar eso, y el rubor se le subió inmediatamente al rostro.
—¿Qué...? —balbuceó, sin poder ocultar su sorpresa.
Laura asintió, mordiéndose el labio con frustración.
—Sí, fue una estupidez. Lo hice con mi móvil, pero se lo envié a él. Y ahora... —se tapó la cara con las manos—, ahora me ha bloqueado de todos lados. No me contesta. Y no sé qué va a hacer con el vídeo.
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