Soy una mujer de buenas medidas, así me defiendo cuando alguien, sin saber qué decir, me menciona mi cuerpo. Y sí, es un cuerpo bien hecho, con esas curvas que parecen diseñadas por un dios con un gusto exquisito por el pecado. Pecho abundante pero no excesivo, esos senos que se resisten a la gravedad con una terquedad admirable, con pezones rosados que se erizan con la menor provocación, con la simple brisa de una madrugada de verano. Cintura que se estrecha como una promesa antes de ensancharse en unas caderas que gritan maternidad y, a la vez, te invitan a aferrarte a ellas en el trance del placer. Y mi culo, diablos, mi culo es una obra de arte, dos globos perfectos, firmes, blancos, que se mecen con cada paso que doy, como una promesa de dulzura y perdición.
Mi marido, ese desgraciado, no supo nunca valorar esto. No solamente es infiel, se jacta de ello, como si sus aventuras fueran trofeos de caza en lugar de espinas clavadas en mi orgullo. Varios veces me ha golpeado, con esa violencia súbita que deja más marcas en el alma que en la piel, aunque alguna vez un morado en mi mejilla me obligó a inventar una torpe caída por las escaleras, justo frente a mi hijo, Dios, cómo me odie a mí misma en ese momento. ¿Y por qué he seguido con él por tanto tiempo? Por nuestro hijo, por Andres, por el único amor puro de mi vida, por el niño que vi crecer y al que protejo como la loba a su cría, aunque a veces esa protección se sienta más una jaula de oro.
Lo sexual entre nosotros se convirtió en una rutina fría, un acto mecánico que él cumplía con la rapidez de un empleado de correo que tiene prisa por terminar su jornada. Yo, en cambio, me convertí en una actriz, en una maestra del disimulo, fingiendo placeres que nunca sentía, arqueando la espalda en un grito silencioso de soledad mientras él jadeaba sobre mí, sin mirarme a los ojos. A veces, en medio de ese aburrimiento carnal, yo cerraba los ojos y soñaba despierta, imaginaba otras manos, otras caricias, un cuerpo joven que me quisiera con la ferocidad de un animal en celo.
Intenté reconectar con mi marido, qué estupidez tan monumental, qué intento tan patético de mi parte por arreglar lo que está hecho polvo y ceniza. Fue su idea, claro, una "última oportunidad", me dijo con esa voz de sermonero que usaba cuando quería disimular que me había estado follando a la vecina del tercero, la de las piernas interminables y el cerebro de mosquito. Me propuso unas vacaciones, una escapada, solo los dos. Asia, me dijo, arena blanca, mar turquesa, noches de locura. Por un momento, una semana entera, yo creí en esa mentira, me permití soñar que quizás podíamos rescatar algo, quizás el fantasma de lo que una vez fuimos todavía habitaba en algún rincón oscuro de nuestra relación. Compré bikinis nuevos, diminutos, de esos que dejan poco a la imaginación, me hice una depilación brasileña, una tortura china que casi me saca lágrimas, pero estaba decidida a ser una diosa para él, a devorarlo vivo, a hacerle olvidar a todas las amantes del mundo. Y, claro, todo se fue a la mierda. La víspera del vuelo, cuando ya tenía las maletas hechas y el corazón latiéndome con un nerviosismo animal, me lo dijo como si anunciara que se le había acabado el pan: "Cancelo, tengo una reunión inaplazable en Nueva York, no puedo, lamento mucho, cariño". No miró mis ojos, se concentró en anudarse perfectamente la corbata, un nudo Windsor perfecto, como todo en él, una perfección vacía y sin alma. Me dejó plantada, con mi cuerpo listo para el pecado y mi alma hecha un trizón. Despues de esto estaba lista para el divorcio.
Y así es como acabo aquí. Ah, el lujo del cielo. Un Boeing 777, medio vacío, por supuesto. Fuera de temporada, me dijeron. Qué eufemismo tan elegante para "nadie con suficiente dinero o sentido común quiere estar aquí ahora". A mi lado, Andres, mi hijo de dieciséis años, se está deslizando en un mar de películas de superhéroes, completamente ajeno a la comedia existencial en la que hemos sido arrojados los dos.
Claro, una escapada madre-hijo a Tailandia. Lo que toda mujer con un matrimonio en coma y un libido en plena efervescencia sueña. Mi marido, Ricardo, el maestro de las coartadas, tenía una "reunión inaplazable". Seguro con su secretaria, Anabel, con su sonrisa de tiburón y faldas que violan todas las leyes de la gravedad, tomando notas muy, muy importantes. Qué ironía. Vine a este avión con la intención, quizás, de encontrar el coraje para terminar con la farsa. O para tener una aventura. ¿Quién sabe? En cambio, tengo como compañero de viaje al único hombre del universo que está legalmente prohibido desear. Y que, por cierto, se está convirtiendo peligrosamente en una réplica masculina de mí misma en cuanto al temperamento.
Observo su perfil, la mandíbula ya definida, el mismo cabello rebelde que tuve a su edad. Tiene la nariz de su padre, menos suerte para él. Pero los ojos… los ojos no son de Ricardo. Son oscuros, profundos, y cuando me miran… bueno, cuando me miran, me miran como si yo fuera la primera mujer que pisó la Tierra. Adoración pura y dura. Es normal, me digo a mí misma, es tu hijo. Pero mi cerebro, traicionero y hambriento, traduce "mamá, eres lo máximo" a "Dios, te comería a besos". Moralidad, por favor, llame a la puerta, estoy ocupada teniendo un colapso ético a treinta mil pies de altura.
Y entonces, el universo decidió que mi monólogo interno necesitaba un poco más de dramatismo. No un suspiro, no un gemido metálico, sino una explosión. Un estruendo seco y brutal que sacudió el avión como un perro sacude a una rata. La luz parpadeó, el olor a quemado llenó mis fosas nasales, y por un instante, el silencio fue tan absoluto que sentí que el mundo había terminado. Luego, el caos. Los gritos, las azafatas corriendo como gallinas sin cabeza, el avión inclinándose hacia un lado en un ángulo que desafiaba toda la física que mi cerebro aburrido había aprendido en el colegio.
Mi mano, movida por un instinto más viejo que el miedo, buscó la de Andres. La encontré, caliente y sudorosa. Su cara estaba pálida, pero sus ojos… mierda, sus ojos estaban fijos en mí, no con pánico, sino con una ferocidad que me heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió algo mucho más bajo.
—"Mamá, lo lograremos. Es una nueva aventura".
Nueva aventura... La ironía me golpeó con la fuerza de un camión. Aquí estaba, a punto de morir en llamas, y mi hijo de dieciséis años le ponía un título de película de acción a nuestro funeral, me apretó la mano con una fuerza que me sorprendió, y yo, en medio del ruido del infierno desatándose a nuestro alrededor, solo pude pensar en lo bien que se sentía su piel contra la mía. Qué putada. Incluso al borde del abismo, mi libido seguía allí, campando a sus anchas, como una cucaracha en el apocalipsis.
La última imagen que grabé en mi retina no fue la de Ricardo arrepintiéndose, ni la de Anabel llorando sobre mi tumba vacía. Fue una mota de verde esmeralda en medio de un océano infinito de azul. Una isla, y luego, la oscuridad.
***
Dormí. O estuve inconsciente. ¿Cuál es la diferencia cuando el mundo se ha ido a la mierda?
Dos días, me dijo Andres. Dos días en el limbo. Me desperté con el sabor a metal y a arena en la boca, con un dolor de cabeza que sentí como si me hubieran perforado el cráneo con un taladro. Estaba en lo que quedaba de la primera clase. Nuestra mitad del avión, bendita sea la avaricia de mi marido que nos compró estos asientos, estaba intacta. Semi-intacta. La otra parte, la de la gente común y corriente, había desaparecido.
—"Mamá, estás despierta".
Su voz. Ancla en mi mareo. Abro los ojos y lo veo. No es el niño que se subía a mis rodillas para pedirle un beso. Es un muchacho joven, con una barba incipiente y unos ojos que han visto demasiado en demasiado poco tiempo. Me cuenta. Todos han muerto. Los pilotos, las azafatas, los otros pasajeros. Él ha buscado. Solo ha encontrado cuerpos destrozados entre los restos del fuselaje que no están aquí. Somos los únicos. Adán y Eva en una versión muy, muy macabra del Edén. Sin serpiente, a menos que cuentes a mi conciencia.
—¿Cómo sobrevivimos? —la pregunta me sale ronca.
—No lo sé. Suerte. O algo más.
Yo creo que fue algo más. Creo que el universo tiene un sentido del humor perverso y nos ha mantenido con vida por la misma razón que un niño mantiene a dos arañas en un frasco: para ver qué pasa.
Los días siguientes fueron un catálogo de horrores domésticos. Enterrar a los pilotos y a la única aeromoza que encontramos entre los escombros de la cabina, con nuestras propias manos. No había cruces, ni oraciones, solo el sonido del mar y el peso agrio del silencio. Cada pala de arena que echábamos sobre sus restos sentía como una excusa, un ritual profano para sellar nuestro aislamiento. Él cavaba, y yo observaba los músculos de su espalda tensarse bajo la camiseta sudada.
El choque psicológico no es fuerte, es total! Es como si me hubieran quitado el cerebro, lo hubieran pasado por una licuadora y me lo hubieran vuelto a meter por el oído con un embudo. La estructura de la realidad, con sus meetings y sus citas con el peluquero, se ha desvanecido. Ahora, la rutina es otra: recolectar. Convertimos nuestro Boeing semidestruido en un centro comercial de expoliación. Abrimos maletas ajenas con la fascinación morbos de quien mira un álbum de fotos de gente que nunca conocerá. Encontramos camisas de seda inútiles, trajes de baño que solo servirían para atraer a los tiburones, y, milagrosamente, una maleta llena de chocolate suizo. Andres casi llora. Yo me río. La vida es tan ridículamente caprichosa.
Yo, en medio de este caos, sigo siendo Michelle. Mi pelo rubio, antes un orgolio de salón, ahora es un nudo de alambres salvajes. Mi piel, blanca como un fantasma nórdico, se está quemando convirtiéndose en un enrojecimiento constante que me hace parecer una rubia mal teñida. Mis senos, que siempre fueron mi mejor carta de presentación y mi mayor carga de conciencia, sudan bajo un top deportivo de alguna señora divorciada de Miami. Sigo siendo, para mi desgracia, una mujer atractiva, caliente atrapada en el infierno con la única persona del universo a la que no debe encontrarle atractiva.
La esperanza, nuestra última droga, tiene nombre: radio. Una pequeña radio de pilas que Andres encontró en el bolsillo de un ejecutivo desafortunado. A las nueve de la mañana, como si fuéramos una pareja de jubilados escuchando el parte meteorológico, la encendemos. "…buscando activamente el vuelo 777… último contacto conocido… zona de alta peligrosidad…". Palabras huecas que rebotan en el metal del avión. Están buscándonos.
El agua se acabó. La sed es un animal que te roe desde adentro, seca la boca, te convierte la lengua en un trapo de polvo. Mi ironía se desvanece, reemplazada por una urgencia animal. Ya no pienso en lo pecaminoso que es el contorno de los bíceps de mi hijo; pienso en que se deshidratará, en que sus labios se agrietarán, y esa imagen me aterroriza más que la muerte.
—Tenemos que movernos —le digo, mi voz sin filos.
Exploramos la isla. Es un paraíso de mentiras. Playas de arena blanca que ocultan rocas afiladas, árboles frondosos que no dan nada que se pueda comer, un sol hermoso que te cocina vivo. Caminamos en silencio, él delante, abriendo paso, y yo detrás, observándolo. Observo cómo se ha convertido en el líder que yo nunca fui. Determinado, silencioso. Adorablemente masculino. Y me odio de nuevo. ¿Qué clase de madre mira a su hijo sediento y piensa que tiene una espalda que invita a ser arañada?
Después de lo que pareció una eternidad, lo oímos. No es el mar, no es el viento. Es un susurro. Un murmullo constante. Agua.
Corremos. Y allí, escondida detrás de una cortina de enredaderas, está. Una pequeña cascada que cae sobre una piscina de rocas, un agua tan clara que parece mentira. Se lanzan a ella primero los dos. No hay gritos de alegría, solo el sonido desesperado de alguien bebiendo. Bebo hasta que me duele el estómago. El agua fría recorre mi cuerpo, y por un momento, siento que renazco.
Mi hijo está de pie bajo el chorro de agua, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. El agua resbala por su cuello, por su pecho, mojando la camiseta y pegándosela al cuerpo. Me quedo mirándolo. Y en medio de la más absoluta miseria, con el olor a muerte todavía en mis manos, mi cuerpo reacciona. Un calor bajo el estómago. Un pulso sutil entre mis piernas.
Dios, qué soy. Una superviviente. Una madre. Y una perra en celo. Todo en el mismo paquete nórdico.
Los días se convirtieron en semanas. Nuestro reloj pasó a ser el sol y la radio de las nueve, cuyo boletín se volvió cada vez más breve, como si el mundo se estuviera olvidando de nosotros. "Sin nuevas del vuelo 777". Y punto. La esperanza empezó a tener el sabor del agua salada. La rutina se instaló: buscar comida, mantener el fuego, escuchar el silencio. El calor era un amante celoso y opresivo que no te soltaba ni de noche. Apestaba a sudor, a humedad, a vida salvaje.
Necesitaba sentirme limpia. No del olor, sino de la suciedad del alma. Mientras Andres roncaba plácidamente en una de las literas de primera, que sin duda eran más cómodas que mi cama conyugal, me escapé. Llevaba la pequeña toalla de dharma, un lujito que encontré en una maleta de lencería, y una determinación que me asustaba. Llegué al arroyo, mi paraíso secreto. El sol se filtraba a través del dosel de hojas, pintando el agua con reflejos verdes.
Miré a mi alrededor. Selva. Monos. Serpientes. ¿Qué más podría pedir? La ironía es que el único depredador peligroso en este lugar estaba durmiendo a un kilómetro de distancia. Me desnudé. Dejé la ropa en una roca, un montón de trapos sudados que representaban mi vida anterior. Me quedé allí, de rodillas, completamente expuesta. El aire en mi piel era una caricia nueva, extraña. Sentía el peso de mis senos, la curva de mis caderas. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como un objeto para Ricardo, ni como un monumento a la maternidad para Andres. Me sentía… simplemente. Viva. Animal.
No me atreví a sumergirme. La idea de algo con dientes moviéndose bajo mis piernas era poco atractiva. Así que me quedé en la orilla, de rodillas, y me fui mojando la toalla. La pasé por mi cuello, gimiendo por el placer del alivio. Bajé por mis clavículas, rodeando mis senos, sintiendo cómo se erizaban mis pezones con el frío húmedo del paño y el calor del aire. Me cerré los ojos. Pasé la toalla por mi estómago, por la curva de mis caderas. Era un ritual lento, casi religioso. Cada roce era una promesa, un recuerdo de lo que mi cuerpo era capaz de sentir. Mi mente, traidora, empezó a tejer fantasías. No de Ricardo. Ni de un amante anónimo. Empezó a imaginar manos más jóvenes, más fuertes, que me mojaran la espalda, que me tomaran de los hombros y me giraran para besarme con una desesperación adolescente.
Estaba perdida en mi propio edén privado, con los ojos cerrados y el corazón martilleando un ritmo prohibido, cuando sentí algo. No era un animal. Era una mirada. Un peso en la nuca, una electricidad estática en el aire. Abrí los ojos lentamente, y allí, entre las sombras de los árboles, a unos veinte metros, estaba Andres.
No me estaba viendo con sorpresa. No se dio cuenta que lo veia, estaba completamente inmóvil, con la mirada fija en mí, con una intensidad que me despojó de toda la piel que me quedaba.
Mi primer instinto fue la vergüenza, un calor que me subió por el cuello y me quemó las mejillas. Pero duró apenas un segundo. Fue reemplazado por algo más frío, más perverso. Poder. Me dejó mirar. Durante un minuto largo, interminable, lo dejé. Me mojé el pelo, mi espalda, mis piernas, sabiendo que cada gota de agua era un espectáculo para él. Cuando terminé, me levanté con la lentitud de una diosa saliendo del mar. No lo miré. Me vestí con la misma dignidad falsa que usaba para las cenas con los socios de mi marido. Y me fui.
Camino de vuelta al avión, mi cuerpo vibraba. No de miedo, sino de anticipación.
El ritual se repitió al día siguiente. Y al siguiente. Se convirtió en nuestra nueva religión pagana. Yo, la diosa del arroyo, y él, mi único y silencioso adorador. Yo me bañaba, y yo, en el agua fresca, me masturbaba. No pensaba en él, eso habría sido demasiado, demasiado… real. Pensaba en un bartender de Mykonos, en un instructor de esquí en los Alpes, en caras anónimas y cuerpos perfectos que ya no existían. Mentiras para poder soportar la verdad de mis propios dedos. Era la única forma de no enloquecer, la única forma de descargar esa tensión que crecía como una enredadera venenosa entre nosotros.
El tiempo, ese cirujano plástico brutal, nos remodeló. La desesperación inicial se transformó en una extraña domesticidad. Aprendimos a hablar de nuevo. A reír. Él descubrió unos árboles con un fruto rojo y dulce, yo encontré unas raíces que, asadas, sabían a pan agrio. La confianza volvió, pero era una confianza diferente. Más densa, más peligrosa.
Un día, mientras pelábamos frutos, me miró y dijo: "Tienes la piel más brillante que el sol sobre el agua".
Me quedé quieta. No era un piropo de hijo para madre. Era el piropo de un hombre a una mujer. Y una parte de mí, la parte que había estado reprimida durante treinta y cinco años, floreció. No le dije nada, solo le sonreí, una sonrisa lenta y deliberada. Y a él se le iluminó la cara. Ganaba confianza.
Empezó a pescar. Se hizo una lanza con un trozo de metal del avión y usaba un equipo de snorkeling que encontró en el equipaje. Pasaba horas en el arrecife, quieto como una garza. Cada vez que volvía con un pez plateado retorciéndose en su mano, me miraba primero que a nada. No era para ver si estaba orgullosa. Era para ver si me lo daba. Si su fuerza me excitaba. Y mierda, cómo me excitaba. Ver su cuerpo, delgado, tensarse al lanzar la lanza, la concentración en su rostro… Era la imagen de la virilidad. Y era mi hijo.
Por las noches, junto al fuego, el avión se convertía en nuestro confesionario. Le preguntaba por su vida. Por sus amigos, por sus clases, por sus secretos.
—"¿Tienes novia, Andrés?" —le pregunté una noche, casualmente, como si le preguntara si quería más fruta.
Él me miró, las llamas del fuego bailando en sus ojos oscuros.
—"No".
—"¿Nunca?" —insistí, mi voz más suave de lo que pretendía.
—"No. No… nadie és como tú".
Silencio. El aire se espesó, cargado con lo que no se decía. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el fresco de la noche. No hablamos de mi masturbación, ni de su espionaje. Era el gran elefante en la habitación, el cadáver que no enterramos. Pero sabíamos que estaba ahí. En cada mirada, en cada silencio incómodo, en la forma en que nuestros cuerpos se orientaban uno hacia el otro cuando dormíamos, a solo unos metros de distancia, en literas separadas por el abismo.
Limpiamos el avión. Se convirtió en nuestra caverna, nuestro nido. Quitamos los asientos de la parte trasera, hicimos una cama con cojines y mantas de las maletas de lujo. Era un sarcófago de lujo. Por las noches, acurrucados bajo una única manta de seda rota, hablábamos. Hablábamos de todo, excepto de lo único que importaba.
El ritual diurno se intensificó. Ahora sabía que él estaba ahí. No necesitaba verlo. Lo sentía. Era una presencia, una carga eléctrica en el aire. Y el conocimiento de que él me observaba, de que su mano se movía al mismo ritmo que la mía, me llevaba a orgasmos más violentos, más vergonzosos. Era una orquesta de dos solistas que no se miraban, una sinfonía de pecado ejecutada en el corazón del paraíso. Yo, la directora de orquesta, y mi hijo, el primer violín. Qué familia más jodidamente disfuncional.
Una noche, una tormenta rompió el cielo. El trueno retumbaba tan fuerte que el avión temblaba. La lluvia aullaba contra el metal como una bestia herida. Me desperté sobresaltada, con el corazón en un puño. Y entonces sentí un brazo alrededor de mi cintura. Era Andres. Se había deslizado en mi litera sin que me diera cuenta. No dijo nada. Simplemente me apretó contra él, y yo, en lugar de empujarlo, me relajé. Su cuerpo era un ancla en medio de la tempestad. Su aliento caliente en mi nuca era una promesa. Dormimos así. Y a la noche siguiente, no hubo tormenta, pero él se acurrucó conmigo de todos modos. Se convirtió en nuestra normalidad. Dormir abrazados, mis pies rozando sus tobillos, su pecho contra mi espalda. Era la intimidad más pura que jamás habiamos tenido.
Nuestra ropa se convirtió en harapos. Sus pantalones cortos tenían agujeros, mi top apenas cubría mis pechos. Nos importaba una mierda. Hacía un calor de mil demonios. Empezamos a bromear sobre ello.
—"Mamá, si te mueves así, te vas a salir de lo poco que te queda" —me dijo una mañana, mientras estirábamos una red para secar pescado.
Le lanzé un trozo de fruta podrida que esquivó con una risa. La tensión sexual era tan densa que se podía cortar con un cuchillo de playa. Así que decidí empujarla, ver hasta dónde podíamos llegar.
—"Si tanto te preocupas por mi ropa, por qué no me compras una nueva" —dije, con la voz baja y perezosa—. O mejor, quédate sin ropa y así dejas de preocuparte".
Se quedó mudo. Me miró con los ojos muy abiertos, como un niño que acaba de descubrir el arsenal de juguetes prohibidos. Su garganta se movió al tragar.
—"¿De verdad lo dices?" —su voz era un susurro ronco.
Me encogí de hombros, un movimiento deliberadamente lento que hizo que el tirante de mi top se resbalara por mi hombro, exponiendo más piel de la necesaria. "Es lógico, ¿no? La ropa está hecha polvo. Y para qué la necesitamos... para impresionar a los monos? Es solo una cuestión de tiempo, Andres. Si estamos aquí mucho más, todos los harapos irán a la mierda. Y terminaremos... como vinimos al mundo. Desnudos".
La palabra "desnudos" colgó en el aire, tan pesada como un ancla. Era una mentira gloriosa, una justificación filosófica para la rendición total que ambos deseábamos y por eso mismo era irresistible.
Sus ojos recorrían mi hombro descubierto, la línea de mi clavícula. Podía sentir su mirada como una caricia física. "desnudos", repitió él, casi para sí mismo, como si saboreara la palabra.
"Totalmente desnudos", confirmé, mi voz un murmullo conspirador. "Podríamos empezar ya, si te atreves". El reto quedó flotando, una promesa no cumplida que espesaba el aire. No lo hablamos más, pero la idea se instaló entre nosotros como un nuevo dios pagano. El dios de la inevitable desnudez.
Los dias continuaban con el espiandome en el lago, claro con el tiempo tenia menos ropa que ponerme, en eso un dia la radio nos hizo regresar a nuestra realidad. No hubo explosión esta vez, solo la voz calmada de un presentador de noticias, a miles de kilómetros de distancia, hablando de nosotros como si habláramos de una pieza de museo. "…tras semanas de intensa búsqueda sin éxito, las autoridades han suspendido las operaciones de localización del vuelo 777, declarando oficialmente a todos sus ocupantes como fallecidos".
Fallecidos. La palabra entró en mis oídos y viajó directamente a mi corazón, que explotó en mil pedazos de cristal. La radio cayó de mis manos. Empecé a llorar. No sollozos elegantes, sino un lloro animal, desgarrador. El llanto de alguien a quien le han arrancado el último hueso de la esperanza. Era el final. La puerta se cerraba, con nosotros del lado equivocado. Eramos fantasmas. Muertos para el mundo, encerrados en esta tumba de metal y vegetación.
Andres me tomó en sus brazos. Su cuerpo era firme, roca contra mi tormenta. Me apretaba contra él, y yo me aferré a su camiseta a jirones como si fuera el último salvavidas en el océano.
—"No llores, mamá".
—¿Cómo no voy a llorar? ¡Estamos muertos! ¡Nadie vendrá a buscarnos! ¡Somos…!
—Estamos vivos —su voz cortó mi desesperación. Era firme, clara, sin una pizca de tristeza—. Estamos aquí. Y estamos vivos.
Levanté mi cara, enmarcada por el horror y las lágrimas. Lo miré. Y en sus ojos no había desesperanza. No había pánico. Había… alborozo. Una especie de luz febril, de liberación. Como si hubieran quitado de sus hombros un peso que yo no veía. La noticia de nuestra muerte era, para él, la noticia de su verdadero nacimiento. Pasaron las horas lloré todo el dia debo aceptar que esa revelación me rompió algo más. La última valla. La última razón para seguir fingiendo que éramos solo una madre y un hijo luchando por sobrevivir.
Por la tarde volvimos a hablar el me abrazaba con ternura.
—Tu padre… —empecé a decir, la voz quebrada, las palabras saliendo como un torrente—. Tu padre es un hijo de puta. Nuestra vida era una mierda, Andres. Una mentira. No me tocaba, no me hablaba, tu padre me ha golpeado varias veces… Seguro follaba a su secretaria en cada viaje de negocios. Yo… iba a pedir el divorcio, pero despues pensé en reconectar en este viaje. Era el plan. Terminarlo todo de una forma o de otra. Y ahora… ahora no hay nada que terminar. No hay nada más allá de esta isla. No hay más nada que tú.
Mi confesión colgó en el aire, una lista de pecados y miserias. Era mi testamento, mi rendición final. Lo esperaba todo: lástima, asco, consuelo. Pero no lo que obtuve.
Me soltó, pero solo para tomarme de la cara con sus dos manos. Sus pulgares me limpiaron las lágrimas, un gesto tan tierno y tan posesivo que me heló y me encendió a la vez. Me miró fijamente, a los ojos.
—"Lo lamento, no lo sabia, pero mira el lado positivo" —dijo—. Si todo era una mentira, ahora tenemos la verdad. Aquí. Solo nosotros".
Sus palabras fueron un ancla. Una ancla forjada en el mismo infierno que nos consumía. "La verdad". Qué palabra tan absurda para lo nuestro. Pero en esa locura, encontré un bálsamo. Mi llanto se calmó, transformándose en sollozos entrecortados. Me dejó beber de su fuerza.
—"Eres lo mejor de todo eso, mamá —susurró él, acercando su frente a la mía—. Lo único real que siempre tuve".
Y entonces, me besó.
No fue un beso de hijo. Fue un beso de hombre. Un beso que nacía de la desesperación y la adoración, una mezcla venenosa y deliciosa. Sus labios, firmes y un poco torpes, buscaron los míos. Mi primer instinto fue la rigidez, el shock. Pero duró una fracción de segundo. Fue como rendirse a la corriente de un río después de luchar contra ella durante toda la vida. Abrí la boca, un suspiro ahogado que se perdió en su beso. Correspondí. Y fue la mejor cosa que había probado en mi vida. Mejor que el vino más caro, mejor que el chocolate más fino. Era el sabor del pecado, el sabor de la rendición, el sabor de mi propia destrucción.
Las lágrimas seguían saliendo, pero ya no eran de tristeza. Eran de puro y absoluto terror. Y de excitación. La dualidad de mi existencia en esta isla se resumía en ese beso. Mi cerebro gritaba "¡qué asco!", pero mi cuerpo, ese traidor insaciable, susurraba "más".
Él se separó un poco, suficiente para mirarme a los ojos. Su respiración era agitada. Mi propia respiración era un desastre. Y envalentonado, quizás por mi pasiva rendición, volvió a besarme. Esta vez no hubo titubeos. Su lengua buscó la mía, exploradora, hambrienta. La dejé entrar. Y Dios mío, qué sentimiento. Era una danza, un duelo, una conquista. Estaba besando a mi hijo. Mi hijo me estaba besando con la pasión de un amante. Y yo lo estaba disfrutando. Disfrutándolo como la perra en celo que siempre supe que era, liberada finalmente de la jaula moral.
Mi mente se fue a un lugar oscuro y cómodo. El futuro. Nuestro futuro. ¿Qué sería de él aquí? ¿Un rey de un reino de dos personas? ¿Un hombre que envejecería sin conocer otra mujer que yo? La idea no me horrorizó. Me… complacía. Me llenaba de un orgullo perverso y profundo. Él sería mío, completamente.
Continuamos besándonos como dos adolescentes que acaban de descubrir el fuego, con la misma urgencia y la misma torpeza. Sus manos se movieron de mi cara a mi cuello, y luego, con una timidez que me hizo estremecer, descendieron hasta mi hombro, deslizándose bajo el tirante de harapos que era mi top.
—"Te amo" —dijo él contra mi boca, la frase rota por el aliento y el deseo.
—"Yo también te amo, mi amor" —respondí yo, la frase más cierta que había pronunciado en mi vida.
Él se separó, sus ojos brillando con una luz nueva y febril.
—"No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No como madre. Te amo como a una mujer. Siempre te he amado así. Por eso nunca tuve novia. Porque ninguna… ninguna podría ser como tú".
El confesión me golpeó como una ola. Sus palabras me mataron y me hicieron renacer al mismo tiempo. "Siempre te he amado así". Me abracé a él con la fuerza de quien se aferra a la única verdad en un mundo de mentiras. Le escondí la cara en su cuello, inhalando su olor, una mezcla de sal, de sudor y de él.
—"Andrés… mi amor… lo entiendo. Ahora lo entiendo todo. Pero… somos madre e hijo. No puede ser. No debería". Mi voz era un lamento débil, la última resistencia de mi moralidad, una bandera blanca ondeando en un campo de batalla ya perdido.
Él acarició mi pelo desgreñado. "Mira a nuestro alrededor. Estamos en el punto más perdido del mundo. Nadie nos encontrará. Las reglas… las reglas se quedaron en el otro lado del océano, con los muertos y los que nos han olvidado".
Y tenía razón. Qué puto sentido tenía hablar de reglas cuando el mundo nos había borrado del mapa. La idea, antes aterradora, ahora me liberaba. "Nadie nos encontrará". La frase resonó en mi cabeza, no como una sentencia de muerte, sino como una promesa de vida. Una vida nueva, nuestra vida.
"Además", continuó él, su voz un murmullo caliente contra mi oreja, "eres mi único amor. Siempre lo has sido".
Eso fue todo. El último dique se rompió. "Mi único amor". La frase retumbó, un mantra sagrado y profano que borró todo lo demás. Levanté la cara y lo besé.
Este beso fue diferente. No era de desesperación, ni de conquista. Era de aceptación, sus manos ya no eran tímidas. Me exploraban con una seguridad que me sobrecogía, trazando la línea de mi espalda, descendiendo hasta la curva de mis nalgas sobre los harapos de mi ropa. Mis manos, a su vez, se enredaron en su cabello negro, tirando de él, acercándolo más, más. Nuestras lenguas ya no jugaban, luchaban. Era un baile carnal, un intercambio de saliva que era más íntimo que cualquier conversación que hubiéramos tenido.
Mi mente, en su locura, se puso irónica. Qué ironía. Había pasado años buscando en bares, en vacaciones, en salas de reuniones aburridas, un hombre que me viera, que me deseara, que me admirara. Y el único que lo había hecho siempre, había estado durmiendo en la habitación de al lado. Sus piropos en la isla, que yo había atribuido a la desesperación, no eran nuevos. Eran los mismos de siempre, solo que ahora eran audibles. Siempre me había mirado con esa fascinación y me habia espiado en la intimidad. Yo solo había sido demasiado ciega, demasiado casada, demasiado estúpida para verlo.
¿Y qué? ¿Qué importaba? Era una mujer caliente, siempre lo había sido. Una mujer con un apetito que Ricardo nunca había logrado saciar. Y aquí tenía a un hombre joven, fuerte, apasionado, que me adoraba como a una diosa. Que además era mi hijo. Un detalle menor en la gran obra de teatro de nuestra nueva vida. Era la elección más lógica, la única elección.
Una de sus manos, con una duda que casi me hace reír, se deslizó desde mi cintura hasta mi pecho. Me lo tocó. Tentativamente, como si se acercara a un pájaro exótico que pudiera salir volando en cualquier momento. El contacto fue una descarga eléctrica que me recorrió de pies a cabeza.
Y entonces, me detuve.
Rompí el beso de golpe y me aparté, no con asco, sino con una repentina y fría lucidez. La mirada de él era de pánico, de confusión. "¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Hice algo mal?".
"No, mi amor. No hiciste nada mal". Mi voz era calmada, la voz de una directora de empresa que va a anunciar una reestructuración importante. Necesitaba establecer un orden. Sí, orden. Qué palabra tan absurda y tan necesaria en medio de nuestro caos. "Es solo que… esto es grande. Es… todo. Y necesito algo de ti".
Él me miraba, sin entender, su mano aún suspendida en el aire entre nosotros.
"Tengo miedo", confesé, y la verdad de esas palabras me sorprendió. "No de esto. Sino de ti. Tengo miedo de que mañana, cuando el sol salga y la magia de esta noche se desvanezca, te arrepientas. Que mires hacia atrás y veas solo a tu madre y sientas asco".
—¡Jamás! —su respuesta fue inmediata, violenta en su convicción.
—"Prométemelo". Mi voz era dura, una orden. —No. Prométeme que recordarás esto. Que recordarás tus palabras. Que me amas como a una mujer. Que lo has deseado siempre. Quiero que te lo prometas a ti mismo, no solo a mí. Porque si mañana dices 'lo siento, fue un error', yo te mato, Andres. En serio, te corto los huevos y se los doy de comer a los peces en ese lago.
Mi amenaza, tan brutal y tan descabellada, lo desconcertó por un segundo. Y luego, una sonrisa se dibujó en sus labios. Una sonrisa de comprensión total. Se rio. Un poco, un sonido bajo y masculino.
—"Lo prometo" —dijo él, y su voz no era la de un niño. Era la de un hombre que sabe lo que quiere y lo que está dispuesto a defender—. Lo prometo por lo que más quiera en este mundo. Por ti.
Su promesa fue el permiso que necesitaba. La luz de la fogata bailaba en sus ojos, y yo vi al hombre, al amante, al dios que él se estaba convirtiendo para mí. Me tomó de la mano y me guio fuera del avión, hacia la arena cálida bajo un manto de estrellas tan densas que parecían un derrame de diamantes sobre terciopelo negro.
Sin decir palabra, sus manos encontraron el borde de mi top de harapos. No lo desabrochó. Lo desgarró. El sonido de la tela rasgándose fue el más excitante que había oído en mi vida. Era la destrucción de mi viejo yo. Los jirones cayeron, y mis senos quedaron libres, al aire, bajo la luz de la luna y las llamas. Él los miró con una reverencia que me hizo temblar.
—Esos… son míos —susurró, más para él que para mí.
Luego, su espalda se arqueó en un gesto de fuerza animal, y con un único tirón, me rompió el sujetador. La tela elástica cedió con un chasquido seco. Ya no quedaba nada arriba. Solo yo. Fui yo quien, con movimientos lentos, aflojé la cuerda que sostenía lo que quedaba de mis pantalones. Él se encargó del resto, desgarrando la tela hasta mis tobillos.
No fui la única. Mis manos, con una nueva urgencia, atacaron su camiseta, mis uñas arañando su espalda mientras la desgarraba. Abajo, sus pantalones cortos sufrieron la misma suerte. Estábamos desnudos. Finalmente. El ritual se había completado, no por el tiempo, sino por nosotros.
Nos besamos, y esta vez no había barreras. Piel contra piel. Su pecho duro contra mis senos, sus piernas entrelazadas con las mías. Caímos a la arena, y nos revolcamos como dos bestias, riendo y mordiéndonos los labios. La arena era nuestro lecho, el océano nuestra música de cámara.
Él intentó subirse, tomar el control, el instinto masculino de montar, de poseer. No era mi noche para ceder. Lo detuve. Mi mano bajó con rapidez, no con delicadeza, y lo agarré de los cojones. Con fuerza. No tanto para hacerle daño, sino para dejarle claro quién estaba al mando esta noche. Se quedó inmóvil, un jadeo atrapado en su garganta, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa y el placer. Era una mezcla de dominación y juego, y a él le encantó.
—"Tranquilo, mi amor. Deja que mamá te enseñe" —susurré, mis labios rozando su piel sudada.
Mi viaje hacia el sur fue una procesión. Besé su pecho, mis dientes rozando sus pezones endurecidos. Sentí su corazón martilleando contra mis labios, un redoble salvaje y juvenil. Descendí por su estómago, marcando cada abdomen con la punta de mi lengua. Él gimía, un sonido bajo y ronco que era la música más hermosa que jamás había oído. Era pura, absoluta inexperiencia. Un cuerpo virgen en el arte del placer, y yo sería su maestra, su sacerdotisa, su primera y única iglesia.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas. La luz de la fogata lo envolvía, creando un halo áureo alrededor de su erección. Era imponente. No era el pene de un hombre maduro, cansado, con el que yo había lidiado durante años. Era un monumento a la juventud, perfectamente derecho, con una curva orgullosa, la piel tensa y lisa, la vena que subía por el shaft como un río en un mapa. No estaba frente a un órgano sexual. Estaba frente a un ídolo pagano forjado en bronce. Algo nuevo en la tierra. Un ser extraterrestre de pura carne y deseo, y yo sería su primera adoradora.
Lo examiné con la devoción de un entomólogo frente a una especie recién descubierta. Lo miré, lo acaricié con la mirada, memorizando cada detalle. Él temblaba bajo mi escrutinio, sintiendo el peso de mi adoración. Y entonces, incliné la cabeza.
Mi primera lamida fue lenta, deliberada. Desde la base, donde el piel se encontraba con el saco, hasta la punta, donde una gota transparente ya esperaba. Su cuerpo se arqueó del todo, un arco de pura electricidad. Él no lo sabía, pero yo sí. Sabía lo que estaba haciendo. Así que le di un festín. Lamidas largas, cortas, círculos alrededor de la cabeza, el peso de él en mi lengua. Mi saliva y su líquido preseminal se mezclaban, el bautismo de nuestro nuevo sacramento. No estaba solo dándole placer. Estaba marcándolo. Dejando mi olor, mi sabor, mi posesión en él.
Era demasiado para él, claro que sí. Era el infierno y el cielo concentrados en unos pocos centímetros de su cuerpo. Con un grito que sonó más a dolor que a placer, su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse. No tuve tiempo de decidir si quería que terminara en mi boca o en otro lado. A él se lo llevaron las prisas de la juventud.
La primera descarga fue tan caliente que me sorprendió en la mejilla. Cerré los ojos instintivamente. Sentí el calor líquido sobre mi piel, en mi frente, en mis párpados. Era un torrente, una ofrenda violenta y desesperada. Era la eyaculación de un adolescente, sin control, sin medida, pura y absoluta explosión. Y no me disgustó. Para nada. Me esperaba. Lo sabía. Era la primera vez. Él me lo había entregado todo, sin reservas, y yo lo había recibido.
Me quedé quieta por un momento, sintiendo su vida cálida enfriarse sobre mi cara. Abrí los ojos lentamente. Él me miraba desde arriba, con el pecho heaving y los ojos llenos de una mezcla de horror póstumo y veneración total. Era mi muchacho. Y era mi hombre.
Sonreí. Una sonrisa lenta, satisfecha. Me limpié la cara con el dorso de la mano, y luego, lentamente, lamié mis dedos. Su sabor, una mezcla de sal y algo dulce y único.
Vi en su cara la frustración nublando el éxtasis. Había fallado. Venido demasiado pronto. La vergüenza de un macho joven, la primera cicatriz en su orgullo recién nacido. Su mirada pedía perdón, pedía tierra que lo tragara.
-"Tranquilo, mi amor" —mi voz era un bálsamo, una mezcla de la madre que consuela y la amante que instruye—. Es normal. La primera vez… la primera vez siempre es así. Un estallido. Y qué mejor manera de empezar, ¿no? Cargar todo el cañón de un solo disparo".
Me acurrucé a su lado, mi cabeza en su pecho. Esta vez el abrazo fue maternal. Escuché su corazón, que poco a poco recuperaba un ritmo más pausado. Estuvamos así un rato, el océano y el fuego nuestros únicos testigos, la arena pegajosa en nuestra espalda. Ni cinco minutos pasaron cuando sentí algo. Su pene, que yacía flácido sobre su muslo, comenzó a latir, a despertar de nuevo con una vitalidad animal.
El toro se había recuperado. Con dieciséis años, el ímpetu es un río que no se detiene.
Se volvió hacia mí, sus ojos ardientes de nuevo, sin rastro de duda. Se puso sobre mí, impulsivo, torpe pero absolutamente decidido. No era mucho más bajo que yo, pero sentí su peso, la promesa de que en un par de años sería un hombre mucho más grande, más fuerte. Me devoró el cuello a besos húmedos y ansiosos, un zorro joven encontrando el cuello de su primera presa.
Y entonces el instinto lo tomó por completo. Intentó montarme. Su pene, duro y ciego, buscó su objetivo contra el interior de mi muslo, un fracaso frustrante. Un segundo intento, esta vez deslizándose por mis labios, también falló.
-"Bueno" —dije, una sonrisa pícara en mi voz—. A la tercera tiene que ser la vencida".
Extendí mi mano entre nosotros. Lo agarré, sintiendo la piel suave y tensa, la vida palpitante en mi puño. Guíé a mi toro perdido hasta la entrada de mi cueva del placer. Su glande me rozó, y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral. Él hizo un pequeño esfuerzo, un empuje ansioso, pero yo apreté los músculos de mis muslos, negándole la entrada. Quería saborear este instante.
No es todos los días que una mujer tiene el placer de desvirgar a un adolescente. No es todos los días que ese adolescente es el muchacho que más quieres en la tierra. Y mucho, mucho menos, que ese muchacho sea tu propio hijo.
Tu propia sangre, tu propia carne. Por un momento, el peso de la realidad me golpeó con toda su fuerza. A partir de este momento, no había marcha atrás. Si alguna vez, por algún milagro, regresamos a la civilización, sería en unos términos inimaginables. Yo habría decidido que así sea.
Mientras saboreaba con gusto el toque del glande de Andrés en mi entrada, deliberando, deliberando, tomé una decisión. Este era mi templo. Él era mi Dios. Y yo sería su sacrificio.
Aflojé los músculos de mis muslos. Le di permiso para entrar, pero a mi manera. Sentí cómo su hombria, ruda y nueva, se abría paso a través de mi ser. Era como introducir una llave nueva en una cerradura antigua; requería paciencia, un ajuste lento. Hacía mucho tiempo que no tenía sexo, y mi cuerpo se contrajo primero, como la tierra reseca que recibe la primera lluvia del verano. Y luego, con un suspiro que fue casi un lamento, se rendió. Lo dejé ir, centímetro a centímetro.
Él, impulsivo, con la prisa de su juventud, intentó entrar de un solo golpe. Yo lo detuve con mis manos en su cadera, controlando la profundidad, el ritmo. Le enseñé el camino. Cuando por fin terminó de penetrarme, cuando su pelvis se encontró con la mía en un choque suave pero definitivo, un gemido escapó de mis labios. No era un gemido de placer convencional. Era el sonido de una jabalina hembra, suavemente degollada en el ritual de la caza. Un sonido de rendición absoluta. Él, como respondiendo a una llamada primigenia, me acompañó con un gemido masculino, un gruñido bajo que era pura posesión, la voz de mi hijo convertido en el de mi amante.
Estaba extremadamente excitada, más de lo que nunca había estado en mi vida. Cada fibra de mi ser vibraba con la contradicción, con la perversión absoluta de lo que estábamos haciendo.
Nos quedamos así por un momento, unidos en el centro de nuestro universo privado, alumbrados por una luna llena que parecía un ojo cósmico aprobando nuestro sacrilegio. Nos miramos a los ojos, y en esa mirada no había madre, no había hijo. Había un hombre y una mujer, perdidos y encontrados al mismo tiempo. Nos dimos un beso, un beso lento, profundo, el sello de nuestro nuevo pacto. Estábamos en esto juntos.
Entonces, él comenzó a moverse. Al principio fue torpe, un vaivén nervioso. Pero luego, el instinto lo guio. Comenzó a cabalgarme como un jinete deseoso de ganar una carrera, con una energía que parecía inagotable. Yo, con mis manos en sus nalgas, regulaba su ritmo, frenándolo cuando iba demasiado rápido, empujándolo cuando necesitaba más.
Pero era demasiada excitación para él. Su juventud era un volcán, y yo era la tierra que lo contenía. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus movimientos se volvían erráticos. Se vino. Y lo hizo dentro de mí. Sentí la explosión, uno, dos, tres, siete chorros de semen caliente que llenaban mi interior, una ofrenda violenta y definitiva.
Y en el instante en que lo sentí explotar dentro de mí, un orgasmo me golpeó desde el centro de mi columna vertebral. No fue un orgasmo controlado, elegante. Fue un maremoto. Una locura extrema que me hizo aferrarme a él con uñas y dientes, gritando como una loca, desgarrando la noche. Al fin y al cabo, estábamos solos. La luna era nuestro único testigo.
Él se derrumbó sobre mí, pesado, rendido, destrozado. Pero feliz. Lo sentía en su respiración agitada, en el latido de su corazón contra mi pecho. Estoy segura que el no podía creerlo. Acababa de poseer a la mujer que tanto había soñado. Y yo acababa de ser poseída por el único hombre que, en el fondo, siempre había deseado.
Nos quedamos así, unidos, mientras la respiración de él volvía a la normalidad y el viento nocturno se aliviaba sobre nuestra piel pegajosa. El peso de su cuerpo sobre el mío no era una carga, era un ancla. El ancla de mi nueva realidad. Podía sentir su latido, lento y satisfecho, un tambor de paz contra mi pecho. Me sentía… completa. Qué palabra tan estúpida. Me sentía invadida, reclamada, marcada. Era un territorio que acababa de ser conquistado, y su bandera, viva y caliente, ondeaba dentro de mí.
Nos quedamos así un buen rato, unidos en el post-orgasmo, ese limbo donde no existe el tiempo ni el pecado, solo la piel y el aliento ajeno. La arena se había vuelto una segunda piel, fría y húmeda bajo mis espaldas, pero el calor de su cuerpo me mantenía a flote.
De repente, sentí que se movía, un intento torpe de separarse. "¿Qué haces, mi amor?" pregunté, mi voz un murmullo pastoso.
—"Mamá… tengo que salirme. Puedo… puedo embarazarte". La voz de él era la de un niño asustado, el sonido de la realidad irrumpiendo en nuestro paraíso.
Mis piernas se cerraron instintivamente sobre su cintura, atrapándolo. "No", dije, mi voz firme, materna y carnal al mismo tiempo. "No te muevas". Mi cerebro, ese serpiente astuto, se activó al instante. ¿Embarazarme? La idea, una bomba atómica en cualquier otro universo, aquí, en esta playa desolada, fue solo una chispa. Una chispa que encendió un incendio.
"No te preocupes", susurré, acariciando su cabello sudado. "Es muy poco probable". Se lo decía a él, pero principalmente me lo decía a mí misma. En realidad, no lo había pensado para nada. Pero la idea… la idea no me disgustaba. Al contrario. Una semilla de él creciendo dentro de mí. La prueba final, la ancla definitiva. La perversidad absoluta de mi propia naturaleza me llenó de un orgullo que era casi sagrado.
Le expliqué, con la calma de una bióloga explicando el ciclo de las mareas. "Conocí a tu padre cuando yo tenía quince años. Él tenía treinta. Lo hicimos sin protección una y otra vez, en asientos de coche, en habitaciones prestadas… y no pasó nada. Por un tiempo, hasta llegamos a pensar que yo era estéril". Sentí cómo su cuerpo se relajaba un poco sobre el mío, cómo absorbía mi historia como un evangelio.
"Nos casaron cuando yo tenía dieciocho, y no fue hasta los diecinueve que salí embarazada de ti. Fue un milagro, una bendición que pensé que nunca tendría". "Para mí es difícil, Andres. En los últimos años con tu padre, no usamos protección y nunca volvió a pasar nada. Así que no te preocupes. Yo no lo hago".
Él se relajó por completo, el miedo desvaneciéndose, reemplazado de nuevo por la confianza. La confianza de un hombre que tiene una mujer que lo sabe todo, que lo controla todo. Estuvimos así un rato más, hasta que por fin, con un movimiento perezoso, se separó de mí.
La pérdida de su peso me dejó vacía por un segundo, sintiendo el aire frío en mi vulva húmeda y usada. Me sentí como una vasija de la que acaba de beberse un dios.
Y entonces lo vi. Su pene, flácido ahora pero todavía imponente, reluciente con nuestros jugos. Y vi en sus ojos la misma chispa de antes. La recuperación rápida de un adolescente. La testosterona pura. Estaba listo para otro round. Y yo, Dios me ayude, yo también lo estaba.... Y volvió a montarme, esta vez no hubo timidez, fue lento, pero más fuerte. Más duro. Se movía con una confianza nueva, la confianza de un hombre que ha conquistado su territorio y ahora lo explora a su antojo. Me dio besos con lengua, profundos, mientras su cuerpo, como un pistón bien aceitado, encontraba un ritmo perfecto. Ya no era un jinete deseoso de ganar una carrera; era el dueño del campo, arando su tierra.
Y esa tierra, mi tierra, respondió. Me vine. Y luego me vine de nuevo, tan pronto que el segundo orgasmo se montó sobre el primero como una ola gigante sobre otra más pequeña. No podía creerlo. La segunda vez fue tan violenta que casi le arranqué la piel de la espalda con las uñas, un grito ronco y salvaje que se perdió en el rugido del océano. Estaba feliz. Más feliz, más satisfecha, más viva que nunca en mi vida. Sentía que estaba arañando el cielo con las puntas de los dedos, que trascendía mi propio cuerpo.
Y entonces el pensamiento golpeó mi cerebro, una joya negra de perversidad. Ese chico que hace dieciséis años salió de mí ahora pugna por entrar por donde vino. La idea, la ironía cruel y divina de nuestro acto, me provocó el tercer orgasmo.
Hicimos el amor tres veces más esa noche. Una y otra vez, hasta que nuestras pieles estaban saladas de sudor y semen, hasta que mis muslos dólares pedían clemencia. Ya no distinguíamos dónde empezaba uno y dónde terminaba el otro. Éramos una sola criatura, una criatura de arena y lujuria, nacida de los restos de un avión y alimentada por la luna.
No dormimos en el fuselaje del avión como de costumbre. Para qué volver a esa jaula de metal. Nuestra casa era ahora esta playa, nuestro lecho la arena. Al final, agotados, nos quedamos dormidos sobre la arena, desnudos y enlazados, como si fuéramos Adán y Eva en su propio Edén.
Mi marido, ese desgraciado, no supo nunca valorar esto. No solamente es infiel, se jacta de ello, como si sus aventuras fueran trofeos de caza en lugar de espinas clavadas en mi orgullo. Varios veces me ha golpeado, con esa violencia súbita que deja más marcas en el alma que en la piel, aunque alguna vez un morado en mi mejilla me obligó a inventar una torpe caída por las escaleras, justo frente a mi hijo, Dios, cómo me odie a mí misma en ese momento. ¿Y por qué he seguido con él por tanto tiempo? Por nuestro hijo, por Andres, por el único amor puro de mi vida, por el niño que vi crecer y al que protejo como la loba a su cría, aunque a veces esa protección se sienta más una jaula de oro.
Lo sexual entre nosotros se convirtió en una rutina fría, un acto mecánico que él cumplía con la rapidez de un empleado de correo que tiene prisa por terminar su jornada. Yo, en cambio, me convertí en una actriz, en una maestra del disimulo, fingiendo placeres que nunca sentía, arqueando la espalda en un grito silencioso de soledad mientras él jadeaba sobre mí, sin mirarme a los ojos. A veces, en medio de ese aburrimiento carnal, yo cerraba los ojos y soñaba despierta, imaginaba otras manos, otras caricias, un cuerpo joven que me quisiera con la ferocidad de un animal en celo.
Intenté reconectar con mi marido, qué estupidez tan monumental, qué intento tan patético de mi parte por arreglar lo que está hecho polvo y ceniza. Fue su idea, claro, una "última oportunidad", me dijo con esa voz de sermonero que usaba cuando quería disimular que me había estado follando a la vecina del tercero, la de las piernas interminables y el cerebro de mosquito. Me propuso unas vacaciones, una escapada, solo los dos. Asia, me dijo, arena blanca, mar turquesa, noches de locura. Por un momento, una semana entera, yo creí en esa mentira, me permití soñar que quizás podíamos rescatar algo, quizás el fantasma de lo que una vez fuimos todavía habitaba en algún rincón oscuro de nuestra relación. Compré bikinis nuevos, diminutos, de esos que dejan poco a la imaginación, me hice una depilación brasileña, una tortura china que casi me saca lágrimas, pero estaba decidida a ser una diosa para él, a devorarlo vivo, a hacerle olvidar a todas las amantes del mundo. Y, claro, todo se fue a la mierda. La víspera del vuelo, cuando ya tenía las maletas hechas y el corazón latiéndome con un nerviosismo animal, me lo dijo como si anunciara que se le había acabado el pan: "Cancelo, tengo una reunión inaplazable en Nueva York, no puedo, lamento mucho, cariño". No miró mis ojos, se concentró en anudarse perfectamente la corbata, un nudo Windsor perfecto, como todo en él, una perfección vacía y sin alma. Me dejó plantada, con mi cuerpo listo para el pecado y mi alma hecha un trizón. Despues de esto estaba lista para el divorcio.
Y así es como acabo aquí. Ah, el lujo del cielo. Un Boeing 777, medio vacío, por supuesto. Fuera de temporada, me dijeron. Qué eufemismo tan elegante para "nadie con suficiente dinero o sentido común quiere estar aquí ahora". A mi lado, Andres, mi hijo de dieciséis años, se está deslizando en un mar de películas de superhéroes, completamente ajeno a la comedia existencial en la que hemos sido arrojados los dos.
Claro, una escapada madre-hijo a Tailandia. Lo que toda mujer con un matrimonio en coma y un libido en plena efervescencia sueña. Mi marido, Ricardo, el maestro de las coartadas, tenía una "reunión inaplazable". Seguro con su secretaria, Anabel, con su sonrisa de tiburón y faldas que violan todas las leyes de la gravedad, tomando notas muy, muy importantes. Qué ironía. Vine a este avión con la intención, quizás, de encontrar el coraje para terminar con la farsa. O para tener una aventura. ¿Quién sabe? En cambio, tengo como compañero de viaje al único hombre del universo que está legalmente prohibido desear. Y que, por cierto, se está convirtiendo peligrosamente en una réplica masculina de mí misma en cuanto al temperamento.
Observo su perfil, la mandíbula ya definida, el mismo cabello rebelde que tuve a su edad. Tiene la nariz de su padre, menos suerte para él. Pero los ojos… los ojos no son de Ricardo. Son oscuros, profundos, y cuando me miran… bueno, cuando me miran, me miran como si yo fuera la primera mujer que pisó la Tierra. Adoración pura y dura. Es normal, me digo a mí misma, es tu hijo. Pero mi cerebro, traicionero y hambriento, traduce "mamá, eres lo máximo" a "Dios, te comería a besos". Moralidad, por favor, llame a la puerta, estoy ocupada teniendo un colapso ético a treinta mil pies de altura.
Y entonces, el universo decidió que mi monólogo interno necesitaba un poco más de dramatismo. No un suspiro, no un gemido metálico, sino una explosión. Un estruendo seco y brutal que sacudió el avión como un perro sacude a una rata. La luz parpadeó, el olor a quemado llenó mis fosas nasales, y por un instante, el silencio fue tan absoluto que sentí que el mundo había terminado. Luego, el caos. Los gritos, las azafatas corriendo como gallinas sin cabeza, el avión inclinándose hacia un lado en un ángulo que desafiaba toda la física que mi cerebro aburrido había aprendido en el colegio.
Mi mano, movida por un instinto más viejo que el miedo, buscó la de Andres. La encontré, caliente y sudorosa. Su cara estaba pálida, pero sus ojos… mierda, sus ojos estaban fijos en mí, no con pánico, sino con una ferocidad que me heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió algo mucho más bajo.
—"Mamá, lo lograremos. Es una nueva aventura".
Nueva aventura... La ironía me golpeó con la fuerza de un camión. Aquí estaba, a punto de morir en llamas, y mi hijo de dieciséis años le ponía un título de película de acción a nuestro funeral, me apretó la mano con una fuerza que me sorprendió, y yo, en medio del ruido del infierno desatándose a nuestro alrededor, solo pude pensar en lo bien que se sentía su piel contra la mía. Qué putada. Incluso al borde del abismo, mi libido seguía allí, campando a sus anchas, como una cucaracha en el apocalipsis.
La última imagen que grabé en mi retina no fue la de Ricardo arrepintiéndose, ni la de Anabel llorando sobre mi tumba vacía. Fue una mota de verde esmeralda en medio de un océano infinito de azul. Una isla, y luego, la oscuridad.
***
Dormí. O estuve inconsciente. ¿Cuál es la diferencia cuando el mundo se ha ido a la mierda?
Dos días, me dijo Andres. Dos días en el limbo. Me desperté con el sabor a metal y a arena en la boca, con un dolor de cabeza que sentí como si me hubieran perforado el cráneo con un taladro. Estaba en lo que quedaba de la primera clase. Nuestra mitad del avión, bendita sea la avaricia de mi marido que nos compró estos asientos, estaba intacta. Semi-intacta. La otra parte, la de la gente común y corriente, había desaparecido.
—"Mamá, estás despierta".
Su voz. Ancla en mi mareo. Abro los ojos y lo veo. No es el niño que se subía a mis rodillas para pedirle un beso. Es un muchacho joven, con una barba incipiente y unos ojos que han visto demasiado en demasiado poco tiempo. Me cuenta. Todos han muerto. Los pilotos, las azafatas, los otros pasajeros. Él ha buscado. Solo ha encontrado cuerpos destrozados entre los restos del fuselaje que no están aquí. Somos los únicos. Adán y Eva en una versión muy, muy macabra del Edén. Sin serpiente, a menos que cuentes a mi conciencia.
—¿Cómo sobrevivimos? —la pregunta me sale ronca.
—No lo sé. Suerte. O algo más.
Yo creo que fue algo más. Creo que el universo tiene un sentido del humor perverso y nos ha mantenido con vida por la misma razón que un niño mantiene a dos arañas en un frasco: para ver qué pasa.
Los días siguientes fueron un catálogo de horrores domésticos. Enterrar a los pilotos y a la única aeromoza que encontramos entre los escombros de la cabina, con nuestras propias manos. No había cruces, ni oraciones, solo el sonido del mar y el peso agrio del silencio. Cada pala de arena que echábamos sobre sus restos sentía como una excusa, un ritual profano para sellar nuestro aislamiento. Él cavaba, y yo observaba los músculos de su espalda tensarse bajo la camiseta sudada.
El choque psicológico no es fuerte, es total! Es como si me hubieran quitado el cerebro, lo hubieran pasado por una licuadora y me lo hubieran vuelto a meter por el oído con un embudo. La estructura de la realidad, con sus meetings y sus citas con el peluquero, se ha desvanecido. Ahora, la rutina es otra: recolectar. Convertimos nuestro Boeing semidestruido en un centro comercial de expoliación. Abrimos maletas ajenas con la fascinación morbos de quien mira un álbum de fotos de gente que nunca conocerá. Encontramos camisas de seda inútiles, trajes de baño que solo servirían para atraer a los tiburones, y, milagrosamente, una maleta llena de chocolate suizo. Andres casi llora. Yo me río. La vida es tan ridículamente caprichosa.
Yo, en medio de este caos, sigo siendo Michelle. Mi pelo rubio, antes un orgolio de salón, ahora es un nudo de alambres salvajes. Mi piel, blanca como un fantasma nórdico, se está quemando convirtiéndose en un enrojecimiento constante que me hace parecer una rubia mal teñida. Mis senos, que siempre fueron mi mejor carta de presentación y mi mayor carga de conciencia, sudan bajo un top deportivo de alguna señora divorciada de Miami. Sigo siendo, para mi desgracia, una mujer atractiva, caliente atrapada en el infierno con la única persona del universo a la que no debe encontrarle atractiva.
La esperanza, nuestra última droga, tiene nombre: radio. Una pequeña radio de pilas que Andres encontró en el bolsillo de un ejecutivo desafortunado. A las nueve de la mañana, como si fuéramos una pareja de jubilados escuchando el parte meteorológico, la encendemos. "…buscando activamente el vuelo 777… último contacto conocido… zona de alta peligrosidad…". Palabras huecas que rebotan en el metal del avión. Están buscándonos.
El agua se acabó. La sed es un animal que te roe desde adentro, seca la boca, te convierte la lengua en un trapo de polvo. Mi ironía se desvanece, reemplazada por una urgencia animal. Ya no pienso en lo pecaminoso que es el contorno de los bíceps de mi hijo; pienso en que se deshidratará, en que sus labios se agrietarán, y esa imagen me aterroriza más que la muerte.
—Tenemos que movernos —le digo, mi voz sin filos.
Exploramos la isla. Es un paraíso de mentiras. Playas de arena blanca que ocultan rocas afiladas, árboles frondosos que no dan nada que se pueda comer, un sol hermoso que te cocina vivo. Caminamos en silencio, él delante, abriendo paso, y yo detrás, observándolo. Observo cómo se ha convertido en el líder que yo nunca fui. Determinado, silencioso. Adorablemente masculino. Y me odio de nuevo. ¿Qué clase de madre mira a su hijo sediento y piensa que tiene una espalda que invita a ser arañada?
Después de lo que pareció una eternidad, lo oímos. No es el mar, no es el viento. Es un susurro. Un murmullo constante. Agua.
Corremos. Y allí, escondida detrás de una cortina de enredaderas, está. Una pequeña cascada que cae sobre una piscina de rocas, un agua tan clara que parece mentira. Se lanzan a ella primero los dos. No hay gritos de alegría, solo el sonido desesperado de alguien bebiendo. Bebo hasta que me duele el estómago. El agua fría recorre mi cuerpo, y por un momento, siento que renazco.
Mi hijo está de pie bajo el chorro de agua, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. El agua resbala por su cuello, por su pecho, mojando la camiseta y pegándosela al cuerpo. Me quedo mirándolo. Y en medio de la más absoluta miseria, con el olor a muerte todavía en mis manos, mi cuerpo reacciona. Un calor bajo el estómago. Un pulso sutil entre mis piernas.
Dios, qué soy. Una superviviente. Una madre. Y una perra en celo. Todo en el mismo paquete nórdico.
Los días se convirtieron en semanas. Nuestro reloj pasó a ser el sol y la radio de las nueve, cuyo boletín se volvió cada vez más breve, como si el mundo se estuviera olvidando de nosotros. "Sin nuevas del vuelo 777". Y punto. La esperanza empezó a tener el sabor del agua salada. La rutina se instaló: buscar comida, mantener el fuego, escuchar el silencio. El calor era un amante celoso y opresivo que no te soltaba ni de noche. Apestaba a sudor, a humedad, a vida salvaje.
Necesitaba sentirme limpia. No del olor, sino de la suciedad del alma. Mientras Andres roncaba plácidamente en una de las literas de primera, que sin duda eran más cómodas que mi cama conyugal, me escapé. Llevaba la pequeña toalla de dharma, un lujito que encontré en una maleta de lencería, y una determinación que me asustaba. Llegué al arroyo, mi paraíso secreto. El sol se filtraba a través del dosel de hojas, pintando el agua con reflejos verdes.
Miré a mi alrededor. Selva. Monos. Serpientes. ¿Qué más podría pedir? La ironía es que el único depredador peligroso en este lugar estaba durmiendo a un kilómetro de distancia. Me desnudé. Dejé la ropa en una roca, un montón de trapos sudados que representaban mi vida anterior. Me quedé allí, de rodillas, completamente expuesta. El aire en mi piel era una caricia nueva, extraña. Sentía el peso de mis senos, la curva de mis caderas. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como un objeto para Ricardo, ni como un monumento a la maternidad para Andres. Me sentía… simplemente. Viva. Animal.
No me atreví a sumergirme. La idea de algo con dientes moviéndose bajo mis piernas era poco atractiva. Así que me quedé en la orilla, de rodillas, y me fui mojando la toalla. La pasé por mi cuello, gimiendo por el placer del alivio. Bajé por mis clavículas, rodeando mis senos, sintiendo cómo se erizaban mis pezones con el frío húmedo del paño y el calor del aire. Me cerré los ojos. Pasé la toalla por mi estómago, por la curva de mis caderas. Era un ritual lento, casi religioso. Cada roce era una promesa, un recuerdo de lo que mi cuerpo era capaz de sentir. Mi mente, traidora, empezó a tejer fantasías. No de Ricardo. Ni de un amante anónimo. Empezó a imaginar manos más jóvenes, más fuertes, que me mojaran la espalda, que me tomaran de los hombros y me giraran para besarme con una desesperación adolescente.
Estaba perdida en mi propio edén privado, con los ojos cerrados y el corazón martilleando un ritmo prohibido, cuando sentí algo. No era un animal. Era una mirada. Un peso en la nuca, una electricidad estática en el aire. Abrí los ojos lentamente, y allí, entre las sombras de los árboles, a unos veinte metros, estaba Andres.
No me estaba viendo con sorpresa. No se dio cuenta que lo veia, estaba completamente inmóvil, con la mirada fija en mí, con una intensidad que me despojó de toda la piel que me quedaba.
Mi primer instinto fue la vergüenza, un calor que me subió por el cuello y me quemó las mejillas. Pero duró apenas un segundo. Fue reemplazado por algo más frío, más perverso. Poder. Me dejó mirar. Durante un minuto largo, interminable, lo dejé. Me mojé el pelo, mi espalda, mis piernas, sabiendo que cada gota de agua era un espectáculo para él. Cuando terminé, me levanté con la lentitud de una diosa saliendo del mar. No lo miré. Me vestí con la misma dignidad falsa que usaba para las cenas con los socios de mi marido. Y me fui.
Camino de vuelta al avión, mi cuerpo vibraba. No de miedo, sino de anticipación.
El ritual se repitió al día siguiente. Y al siguiente. Se convirtió en nuestra nueva religión pagana. Yo, la diosa del arroyo, y él, mi único y silencioso adorador. Yo me bañaba, y yo, en el agua fresca, me masturbaba. No pensaba en él, eso habría sido demasiado, demasiado… real. Pensaba en un bartender de Mykonos, en un instructor de esquí en los Alpes, en caras anónimas y cuerpos perfectos que ya no existían. Mentiras para poder soportar la verdad de mis propios dedos. Era la única forma de no enloquecer, la única forma de descargar esa tensión que crecía como una enredadera venenosa entre nosotros.
El tiempo, ese cirujano plástico brutal, nos remodeló. La desesperación inicial se transformó en una extraña domesticidad. Aprendimos a hablar de nuevo. A reír. Él descubrió unos árboles con un fruto rojo y dulce, yo encontré unas raíces que, asadas, sabían a pan agrio. La confianza volvió, pero era una confianza diferente. Más densa, más peligrosa.
Un día, mientras pelábamos frutos, me miró y dijo: "Tienes la piel más brillante que el sol sobre el agua".
Me quedé quieta. No era un piropo de hijo para madre. Era el piropo de un hombre a una mujer. Y una parte de mí, la parte que había estado reprimida durante treinta y cinco años, floreció. No le dije nada, solo le sonreí, una sonrisa lenta y deliberada. Y a él se le iluminó la cara. Ganaba confianza.
Empezó a pescar. Se hizo una lanza con un trozo de metal del avión y usaba un equipo de snorkeling que encontró en el equipaje. Pasaba horas en el arrecife, quieto como una garza. Cada vez que volvía con un pez plateado retorciéndose en su mano, me miraba primero que a nada. No era para ver si estaba orgullosa. Era para ver si me lo daba. Si su fuerza me excitaba. Y mierda, cómo me excitaba. Ver su cuerpo, delgado, tensarse al lanzar la lanza, la concentración en su rostro… Era la imagen de la virilidad. Y era mi hijo.
Por las noches, junto al fuego, el avión se convertía en nuestro confesionario. Le preguntaba por su vida. Por sus amigos, por sus clases, por sus secretos.
—"¿Tienes novia, Andrés?" —le pregunté una noche, casualmente, como si le preguntara si quería más fruta.
Él me miró, las llamas del fuego bailando en sus ojos oscuros.
—"No".
—"¿Nunca?" —insistí, mi voz más suave de lo que pretendía.
—"No. No… nadie és como tú".
Silencio. El aire se espesó, cargado con lo que no se decía. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el fresco de la noche. No hablamos de mi masturbación, ni de su espionaje. Era el gran elefante en la habitación, el cadáver que no enterramos. Pero sabíamos que estaba ahí. En cada mirada, en cada silencio incómodo, en la forma en que nuestros cuerpos se orientaban uno hacia el otro cuando dormíamos, a solo unos metros de distancia, en literas separadas por el abismo.
Limpiamos el avión. Se convirtió en nuestra caverna, nuestro nido. Quitamos los asientos de la parte trasera, hicimos una cama con cojines y mantas de las maletas de lujo. Era un sarcófago de lujo. Por las noches, acurrucados bajo una única manta de seda rota, hablábamos. Hablábamos de todo, excepto de lo único que importaba.
El ritual diurno se intensificó. Ahora sabía que él estaba ahí. No necesitaba verlo. Lo sentía. Era una presencia, una carga eléctrica en el aire. Y el conocimiento de que él me observaba, de que su mano se movía al mismo ritmo que la mía, me llevaba a orgasmos más violentos, más vergonzosos. Era una orquesta de dos solistas que no se miraban, una sinfonía de pecado ejecutada en el corazón del paraíso. Yo, la directora de orquesta, y mi hijo, el primer violín. Qué familia más jodidamente disfuncional.
Una noche, una tormenta rompió el cielo. El trueno retumbaba tan fuerte que el avión temblaba. La lluvia aullaba contra el metal como una bestia herida. Me desperté sobresaltada, con el corazón en un puño. Y entonces sentí un brazo alrededor de mi cintura. Era Andres. Se había deslizado en mi litera sin que me diera cuenta. No dijo nada. Simplemente me apretó contra él, y yo, en lugar de empujarlo, me relajé. Su cuerpo era un ancla en medio de la tempestad. Su aliento caliente en mi nuca era una promesa. Dormimos así. Y a la noche siguiente, no hubo tormenta, pero él se acurrucó conmigo de todos modos. Se convirtió en nuestra normalidad. Dormir abrazados, mis pies rozando sus tobillos, su pecho contra mi espalda. Era la intimidad más pura que jamás habiamos tenido.
Nuestra ropa se convirtió en harapos. Sus pantalones cortos tenían agujeros, mi top apenas cubría mis pechos. Nos importaba una mierda. Hacía un calor de mil demonios. Empezamos a bromear sobre ello.
—"Mamá, si te mueves así, te vas a salir de lo poco que te queda" —me dijo una mañana, mientras estirábamos una red para secar pescado.
Le lanzé un trozo de fruta podrida que esquivó con una risa. La tensión sexual era tan densa que se podía cortar con un cuchillo de playa. Así que decidí empujarla, ver hasta dónde podíamos llegar.
—"Si tanto te preocupas por mi ropa, por qué no me compras una nueva" —dije, con la voz baja y perezosa—. O mejor, quédate sin ropa y así dejas de preocuparte".
Se quedó mudo. Me miró con los ojos muy abiertos, como un niño que acaba de descubrir el arsenal de juguetes prohibidos. Su garganta se movió al tragar.
—"¿De verdad lo dices?" —su voz era un susurro ronco.
Me encogí de hombros, un movimiento deliberadamente lento que hizo que el tirante de mi top se resbalara por mi hombro, exponiendo más piel de la necesaria. "Es lógico, ¿no? La ropa está hecha polvo. Y para qué la necesitamos... para impresionar a los monos? Es solo una cuestión de tiempo, Andres. Si estamos aquí mucho más, todos los harapos irán a la mierda. Y terminaremos... como vinimos al mundo. Desnudos".
La palabra "desnudos" colgó en el aire, tan pesada como un ancla. Era una mentira gloriosa, una justificación filosófica para la rendición total que ambos deseábamos y por eso mismo era irresistible.
Sus ojos recorrían mi hombro descubierto, la línea de mi clavícula. Podía sentir su mirada como una caricia física. "desnudos", repitió él, casi para sí mismo, como si saboreara la palabra.
"Totalmente desnudos", confirmé, mi voz un murmullo conspirador. "Podríamos empezar ya, si te atreves". El reto quedó flotando, una promesa no cumplida que espesaba el aire. No lo hablamos más, pero la idea se instaló entre nosotros como un nuevo dios pagano. El dios de la inevitable desnudez.
Los dias continuaban con el espiandome en el lago, claro con el tiempo tenia menos ropa que ponerme, en eso un dia la radio nos hizo regresar a nuestra realidad. No hubo explosión esta vez, solo la voz calmada de un presentador de noticias, a miles de kilómetros de distancia, hablando de nosotros como si habláramos de una pieza de museo. "…tras semanas de intensa búsqueda sin éxito, las autoridades han suspendido las operaciones de localización del vuelo 777, declarando oficialmente a todos sus ocupantes como fallecidos".
Fallecidos. La palabra entró en mis oídos y viajó directamente a mi corazón, que explotó en mil pedazos de cristal. La radio cayó de mis manos. Empecé a llorar. No sollozos elegantes, sino un lloro animal, desgarrador. El llanto de alguien a quien le han arrancado el último hueso de la esperanza. Era el final. La puerta se cerraba, con nosotros del lado equivocado. Eramos fantasmas. Muertos para el mundo, encerrados en esta tumba de metal y vegetación.
Andres me tomó en sus brazos. Su cuerpo era firme, roca contra mi tormenta. Me apretaba contra él, y yo me aferré a su camiseta a jirones como si fuera el último salvavidas en el océano.
—"No llores, mamá".
—¿Cómo no voy a llorar? ¡Estamos muertos! ¡Nadie vendrá a buscarnos! ¡Somos…!
—Estamos vivos —su voz cortó mi desesperación. Era firme, clara, sin una pizca de tristeza—. Estamos aquí. Y estamos vivos.
Levanté mi cara, enmarcada por el horror y las lágrimas. Lo miré. Y en sus ojos no había desesperanza. No había pánico. Había… alborozo. Una especie de luz febril, de liberación. Como si hubieran quitado de sus hombros un peso que yo no veía. La noticia de nuestra muerte era, para él, la noticia de su verdadero nacimiento. Pasaron las horas lloré todo el dia debo aceptar que esa revelación me rompió algo más. La última valla. La última razón para seguir fingiendo que éramos solo una madre y un hijo luchando por sobrevivir.
Por la tarde volvimos a hablar el me abrazaba con ternura.
—Tu padre… —empecé a decir, la voz quebrada, las palabras saliendo como un torrente—. Tu padre es un hijo de puta. Nuestra vida era una mierda, Andres. Una mentira. No me tocaba, no me hablaba, tu padre me ha golpeado varias veces… Seguro follaba a su secretaria en cada viaje de negocios. Yo… iba a pedir el divorcio, pero despues pensé en reconectar en este viaje. Era el plan. Terminarlo todo de una forma o de otra. Y ahora… ahora no hay nada que terminar. No hay nada más allá de esta isla. No hay más nada que tú.
Mi confesión colgó en el aire, una lista de pecados y miserias. Era mi testamento, mi rendición final. Lo esperaba todo: lástima, asco, consuelo. Pero no lo que obtuve.
Me soltó, pero solo para tomarme de la cara con sus dos manos. Sus pulgares me limpiaron las lágrimas, un gesto tan tierno y tan posesivo que me heló y me encendió a la vez. Me miró fijamente, a los ojos.
—"Lo lamento, no lo sabia, pero mira el lado positivo" —dijo—. Si todo era una mentira, ahora tenemos la verdad. Aquí. Solo nosotros".
Sus palabras fueron un ancla. Una ancla forjada en el mismo infierno que nos consumía. "La verdad". Qué palabra tan absurda para lo nuestro. Pero en esa locura, encontré un bálsamo. Mi llanto se calmó, transformándose en sollozos entrecortados. Me dejó beber de su fuerza.
—"Eres lo mejor de todo eso, mamá —susurró él, acercando su frente a la mía—. Lo único real que siempre tuve".
Y entonces, me besó.
No fue un beso de hijo. Fue un beso de hombre. Un beso que nacía de la desesperación y la adoración, una mezcla venenosa y deliciosa. Sus labios, firmes y un poco torpes, buscaron los míos. Mi primer instinto fue la rigidez, el shock. Pero duró una fracción de segundo. Fue como rendirse a la corriente de un río después de luchar contra ella durante toda la vida. Abrí la boca, un suspiro ahogado que se perdió en su beso. Correspondí. Y fue la mejor cosa que había probado en mi vida. Mejor que el vino más caro, mejor que el chocolate más fino. Era el sabor del pecado, el sabor de la rendición, el sabor de mi propia destrucción.
Las lágrimas seguían saliendo, pero ya no eran de tristeza. Eran de puro y absoluto terror. Y de excitación. La dualidad de mi existencia en esta isla se resumía en ese beso. Mi cerebro gritaba "¡qué asco!", pero mi cuerpo, ese traidor insaciable, susurraba "más".
Él se separó un poco, suficiente para mirarme a los ojos. Su respiración era agitada. Mi propia respiración era un desastre. Y envalentonado, quizás por mi pasiva rendición, volvió a besarme. Esta vez no hubo titubeos. Su lengua buscó la mía, exploradora, hambrienta. La dejé entrar. Y Dios mío, qué sentimiento. Era una danza, un duelo, una conquista. Estaba besando a mi hijo. Mi hijo me estaba besando con la pasión de un amante. Y yo lo estaba disfrutando. Disfrutándolo como la perra en celo que siempre supe que era, liberada finalmente de la jaula moral.
Mi mente se fue a un lugar oscuro y cómodo. El futuro. Nuestro futuro. ¿Qué sería de él aquí? ¿Un rey de un reino de dos personas? ¿Un hombre que envejecería sin conocer otra mujer que yo? La idea no me horrorizó. Me… complacía. Me llenaba de un orgullo perverso y profundo. Él sería mío, completamente.
Continuamos besándonos como dos adolescentes que acaban de descubrir el fuego, con la misma urgencia y la misma torpeza. Sus manos se movieron de mi cara a mi cuello, y luego, con una timidez que me hizo estremecer, descendieron hasta mi hombro, deslizándose bajo el tirante de harapos que era mi top.
—"Te amo" —dijo él contra mi boca, la frase rota por el aliento y el deseo.
—"Yo también te amo, mi amor" —respondí yo, la frase más cierta que había pronunciado en mi vida.
Él se separó, sus ojos brillando con una luz nueva y febril.
—"No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No como madre. Te amo como a una mujer. Siempre te he amado así. Por eso nunca tuve novia. Porque ninguna… ninguna podría ser como tú".
El confesión me golpeó como una ola. Sus palabras me mataron y me hicieron renacer al mismo tiempo. "Siempre te he amado así". Me abracé a él con la fuerza de quien se aferra a la única verdad en un mundo de mentiras. Le escondí la cara en su cuello, inhalando su olor, una mezcla de sal, de sudor y de él.
—"Andrés… mi amor… lo entiendo. Ahora lo entiendo todo. Pero… somos madre e hijo. No puede ser. No debería". Mi voz era un lamento débil, la última resistencia de mi moralidad, una bandera blanca ondeando en un campo de batalla ya perdido.
Él acarició mi pelo desgreñado. "Mira a nuestro alrededor. Estamos en el punto más perdido del mundo. Nadie nos encontrará. Las reglas… las reglas se quedaron en el otro lado del océano, con los muertos y los que nos han olvidado".
Y tenía razón. Qué puto sentido tenía hablar de reglas cuando el mundo nos había borrado del mapa. La idea, antes aterradora, ahora me liberaba. "Nadie nos encontrará". La frase resonó en mi cabeza, no como una sentencia de muerte, sino como una promesa de vida. Una vida nueva, nuestra vida.
"Además", continuó él, su voz un murmullo caliente contra mi oreja, "eres mi único amor. Siempre lo has sido".
Eso fue todo. El último dique se rompió. "Mi único amor". La frase retumbó, un mantra sagrado y profano que borró todo lo demás. Levanté la cara y lo besé.
Este beso fue diferente. No era de desesperación, ni de conquista. Era de aceptación, sus manos ya no eran tímidas. Me exploraban con una seguridad que me sobrecogía, trazando la línea de mi espalda, descendiendo hasta la curva de mis nalgas sobre los harapos de mi ropa. Mis manos, a su vez, se enredaron en su cabello negro, tirando de él, acercándolo más, más. Nuestras lenguas ya no jugaban, luchaban. Era un baile carnal, un intercambio de saliva que era más íntimo que cualquier conversación que hubiéramos tenido.
Mi mente, en su locura, se puso irónica. Qué ironía. Había pasado años buscando en bares, en vacaciones, en salas de reuniones aburridas, un hombre que me viera, que me deseara, que me admirara. Y el único que lo había hecho siempre, había estado durmiendo en la habitación de al lado. Sus piropos en la isla, que yo había atribuido a la desesperación, no eran nuevos. Eran los mismos de siempre, solo que ahora eran audibles. Siempre me había mirado con esa fascinación y me habia espiado en la intimidad. Yo solo había sido demasiado ciega, demasiado casada, demasiado estúpida para verlo.
¿Y qué? ¿Qué importaba? Era una mujer caliente, siempre lo había sido. Una mujer con un apetito que Ricardo nunca había logrado saciar. Y aquí tenía a un hombre joven, fuerte, apasionado, que me adoraba como a una diosa. Que además era mi hijo. Un detalle menor en la gran obra de teatro de nuestra nueva vida. Era la elección más lógica, la única elección.
Una de sus manos, con una duda que casi me hace reír, se deslizó desde mi cintura hasta mi pecho. Me lo tocó. Tentativamente, como si se acercara a un pájaro exótico que pudiera salir volando en cualquier momento. El contacto fue una descarga eléctrica que me recorrió de pies a cabeza.
Y entonces, me detuve.
Rompí el beso de golpe y me aparté, no con asco, sino con una repentina y fría lucidez. La mirada de él era de pánico, de confusión. "¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Hice algo mal?".
"No, mi amor. No hiciste nada mal". Mi voz era calmada, la voz de una directora de empresa que va a anunciar una reestructuración importante. Necesitaba establecer un orden. Sí, orden. Qué palabra tan absurda y tan necesaria en medio de nuestro caos. "Es solo que… esto es grande. Es… todo. Y necesito algo de ti".
Él me miraba, sin entender, su mano aún suspendida en el aire entre nosotros.
"Tengo miedo", confesé, y la verdad de esas palabras me sorprendió. "No de esto. Sino de ti. Tengo miedo de que mañana, cuando el sol salga y la magia de esta noche se desvanezca, te arrepientas. Que mires hacia atrás y veas solo a tu madre y sientas asco".
—¡Jamás! —su respuesta fue inmediata, violenta en su convicción.
—"Prométemelo". Mi voz era dura, una orden. —No. Prométeme que recordarás esto. Que recordarás tus palabras. Que me amas como a una mujer. Que lo has deseado siempre. Quiero que te lo prometas a ti mismo, no solo a mí. Porque si mañana dices 'lo siento, fue un error', yo te mato, Andres. En serio, te corto los huevos y se los doy de comer a los peces en ese lago.
Mi amenaza, tan brutal y tan descabellada, lo desconcertó por un segundo. Y luego, una sonrisa se dibujó en sus labios. Una sonrisa de comprensión total. Se rio. Un poco, un sonido bajo y masculino.
—"Lo prometo" —dijo él, y su voz no era la de un niño. Era la de un hombre que sabe lo que quiere y lo que está dispuesto a defender—. Lo prometo por lo que más quiera en este mundo. Por ti.
Su promesa fue el permiso que necesitaba. La luz de la fogata bailaba en sus ojos, y yo vi al hombre, al amante, al dios que él se estaba convirtiendo para mí. Me tomó de la mano y me guio fuera del avión, hacia la arena cálida bajo un manto de estrellas tan densas que parecían un derrame de diamantes sobre terciopelo negro.
Sin decir palabra, sus manos encontraron el borde de mi top de harapos. No lo desabrochó. Lo desgarró. El sonido de la tela rasgándose fue el más excitante que había oído en mi vida. Era la destrucción de mi viejo yo. Los jirones cayeron, y mis senos quedaron libres, al aire, bajo la luz de la luna y las llamas. Él los miró con una reverencia que me hizo temblar.
—Esos… son míos —susurró, más para él que para mí.
Luego, su espalda se arqueó en un gesto de fuerza animal, y con un único tirón, me rompió el sujetador. La tela elástica cedió con un chasquido seco. Ya no quedaba nada arriba. Solo yo. Fui yo quien, con movimientos lentos, aflojé la cuerda que sostenía lo que quedaba de mis pantalones. Él se encargó del resto, desgarrando la tela hasta mis tobillos.
No fui la única. Mis manos, con una nueva urgencia, atacaron su camiseta, mis uñas arañando su espalda mientras la desgarraba. Abajo, sus pantalones cortos sufrieron la misma suerte. Estábamos desnudos. Finalmente. El ritual se había completado, no por el tiempo, sino por nosotros.
Nos besamos, y esta vez no había barreras. Piel contra piel. Su pecho duro contra mis senos, sus piernas entrelazadas con las mías. Caímos a la arena, y nos revolcamos como dos bestias, riendo y mordiéndonos los labios. La arena era nuestro lecho, el océano nuestra música de cámara.
Él intentó subirse, tomar el control, el instinto masculino de montar, de poseer. No era mi noche para ceder. Lo detuve. Mi mano bajó con rapidez, no con delicadeza, y lo agarré de los cojones. Con fuerza. No tanto para hacerle daño, sino para dejarle claro quién estaba al mando esta noche. Se quedó inmóvil, un jadeo atrapado en su garganta, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa y el placer. Era una mezcla de dominación y juego, y a él le encantó.
—"Tranquilo, mi amor. Deja que mamá te enseñe" —susurré, mis labios rozando su piel sudada.
Mi viaje hacia el sur fue una procesión. Besé su pecho, mis dientes rozando sus pezones endurecidos. Sentí su corazón martilleando contra mis labios, un redoble salvaje y juvenil. Descendí por su estómago, marcando cada abdomen con la punta de mi lengua. Él gimía, un sonido bajo y ronco que era la música más hermosa que jamás había oído. Era pura, absoluta inexperiencia. Un cuerpo virgen en el arte del placer, y yo sería su maestra, su sacerdotisa, su primera y única iglesia.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas. La luz de la fogata lo envolvía, creando un halo áureo alrededor de su erección. Era imponente. No era el pene de un hombre maduro, cansado, con el que yo había lidiado durante años. Era un monumento a la juventud, perfectamente derecho, con una curva orgullosa, la piel tensa y lisa, la vena que subía por el shaft como un río en un mapa. No estaba frente a un órgano sexual. Estaba frente a un ídolo pagano forjado en bronce. Algo nuevo en la tierra. Un ser extraterrestre de pura carne y deseo, y yo sería su primera adoradora.
Lo examiné con la devoción de un entomólogo frente a una especie recién descubierta. Lo miré, lo acaricié con la mirada, memorizando cada detalle. Él temblaba bajo mi escrutinio, sintiendo el peso de mi adoración. Y entonces, incliné la cabeza.
Mi primera lamida fue lenta, deliberada. Desde la base, donde el piel se encontraba con el saco, hasta la punta, donde una gota transparente ya esperaba. Su cuerpo se arqueó del todo, un arco de pura electricidad. Él no lo sabía, pero yo sí. Sabía lo que estaba haciendo. Así que le di un festín. Lamidas largas, cortas, círculos alrededor de la cabeza, el peso de él en mi lengua. Mi saliva y su líquido preseminal se mezclaban, el bautismo de nuestro nuevo sacramento. No estaba solo dándole placer. Estaba marcándolo. Dejando mi olor, mi sabor, mi posesión en él.
Era demasiado para él, claro que sí. Era el infierno y el cielo concentrados en unos pocos centímetros de su cuerpo. Con un grito que sonó más a dolor que a placer, su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse. No tuve tiempo de decidir si quería que terminara en mi boca o en otro lado. A él se lo llevaron las prisas de la juventud.
La primera descarga fue tan caliente que me sorprendió en la mejilla. Cerré los ojos instintivamente. Sentí el calor líquido sobre mi piel, en mi frente, en mis párpados. Era un torrente, una ofrenda violenta y desesperada. Era la eyaculación de un adolescente, sin control, sin medida, pura y absoluta explosión. Y no me disgustó. Para nada. Me esperaba. Lo sabía. Era la primera vez. Él me lo había entregado todo, sin reservas, y yo lo había recibido.
Me quedé quieta por un momento, sintiendo su vida cálida enfriarse sobre mi cara. Abrí los ojos lentamente. Él me miraba desde arriba, con el pecho heaving y los ojos llenos de una mezcla de horror póstumo y veneración total. Era mi muchacho. Y era mi hombre.
Sonreí. Una sonrisa lenta, satisfecha. Me limpié la cara con el dorso de la mano, y luego, lentamente, lamié mis dedos. Su sabor, una mezcla de sal y algo dulce y único.
Vi en su cara la frustración nublando el éxtasis. Había fallado. Venido demasiado pronto. La vergüenza de un macho joven, la primera cicatriz en su orgullo recién nacido. Su mirada pedía perdón, pedía tierra que lo tragara.
-"Tranquilo, mi amor" —mi voz era un bálsamo, una mezcla de la madre que consuela y la amante que instruye—. Es normal. La primera vez… la primera vez siempre es así. Un estallido. Y qué mejor manera de empezar, ¿no? Cargar todo el cañón de un solo disparo".
Me acurrucé a su lado, mi cabeza en su pecho. Esta vez el abrazo fue maternal. Escuché su corazón, que poco a poco recuperaba un ritmo más pausado. Estuvamos así un rato, el océano y el fuego nuestros únicos testigos, la arena pegajosa en nuestra espalda. Ni cinco minutos pasaron cuando sentí algo. Su pene, que yacía flácido sobre su muslo, comenzó a latir, a despertar de nuevo con una vitalidad animal.
El toro se había recuperado. Con dieciséis años, el ímpetu es un río que no se detiene.
Se volvió hacia mí, sus ojos ardientes de nuevo, sin rastro de duda. Se puso sobre mí, impulsivo, torpe pero absolutamente decidido. No era mucho más bajo que yo, pero sentí su peso, la promesa de que en un par de años sería un hombre mucho más grande, más fuerte. Me devoró el cuello a besos húmedos y ansiosos, un zorro joven encontrando el cuello de su primera presa.
Y entonces el instinto lo tomó por completo. Intentó montarme. Su pene, duro y ciego, buscó su objetivo contra el interior de mi muslo, un fracaso frustrante. Un segundo intento, esta vez deslizándose por mis labios, también falló.
-"Bueno" —dije, una sonrisa pícara en mi voz—. A la tercera tiene que ser la vencida".
Extendí mi mano entre nosotros. Lo agarré, sintiendo la piel suave y tensa, la vida palpitante en mi puño. Guíé a mi toro perdido hasta la entrada de mi cueva del placer. Su glande me rozó, y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral. Él hizo un pequeño esfuerzo, un empuje ansioso, pero yo apreté los músculos de mis muslos, negándole la entrada. Quería saborear este instante.
No es todos los días que una mujer tiene el placer de desvirgar a un adolescente. No es todos los días que ese adolescente es el muchacho que más quieres en la tierra. Y mucho, mucho menos, que ese muchacho sea tu propio hijo.
Tu propia sangre, tu propia carne. Por un momento, el peso de la realidad me golpeó con toda su fuerza. A partir de este momento, no había marcha atrás. Si alguna vez, por algún milagro, regresamos a la civilización, sería en unos términos inimaginables. Yo habría decidido que así sea.
Mientras saboreaba con gusto el toque del glande de Andrés en mi entrada, deliberando, deliberando, tomé una decisión. Este era mi templo. Él era mi Dios. Y yo sería su sacrificio.
Aflojé los músculos de mis muslos. Le di permiso para entrar, pero a mi manera. Sentí cómo su hombria, ruda y nueva, se abría paso a través de mi ser. Era como introducir una llave nueva en una cerradura antigua; requería paciencia, un ajuste lento. Hacía mucho tiempo que no tenía sexo, y mi cuerpo se contrajo primero, como la tierra reseca que recibe la primera lluvia del verano. Y luego, con un suspiro que fue casi un lamento, se rendió. Lo dejé ir, centímetro a centímetro.
Él, impulsivo, con la prisa de su juventud, intentó entrar de un solo golpe. Yo lo detuve con mis manos en su cadera, controlando la profundidad, el ritmo. Le enseñé el camino. Cuando por fin terminó de penetrarme, cuando su pelvis se encontró con la mía en un choque suave pero definitivo, un gemido escapó de mis labios. No era un gemido de placer convencional. Era el sonido de una jabalina hembra, suavemente degollada en el ritual de la caza. Un sonido de rendición absoluta. Él, como respondiendo a una llamada primigenia, me acompañó con un gemido masculino, un gruñido bajo que era pura posesión, la voz de mi hijo convertido en el de mi amante.
Estaba extremadamente excitada, más de lo que nunca había estado en mi vida. Cada fibra de mi ser vibraba con la contradicción, con la perversión absoluta de lo que estábamos haciendo.
Nos quedamos así por un momento, unidos en el centro de nuestro universo privado, alumbrados por una luna llena que parecía un ojo cósmico aprobando nuestro sacrilegio. Nos miramos a los ojos, y en esa mirada no había madre, no había hijo. Había un hombre y una mujer, perdidos y encontrados al mismo tiempo. Nos dimos un beso, un beso lento, profundo, el sello de nuestro nuevo pacto. Estábamos en esto juntos.
Entonces, él comenzó a moverse. Al principio fue torpe, un vaivén nervioso. Pero luego, el instinto lo guio. Comenzó a cabalgarme como un jinete deseoso de ganar una carrera, con una energía que parecía inagotable. Yo, con mis manos en sus nalgas, regulaba su ritmo, frenándolo cuando iba demasiado rápido, empujándolo cuando necesitaba más.
Pero era demasiada excitación para él. Su juventud era un volcán, y yo era la tierra que lo contenía. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus movimientos se volvían erráticos. Se vino. Y lo hizo dentro de mí. Sentí la explosión, uno, dos, tres, siete chorros de semen caliente que llenaban mi interior, una ofrenda violenta y definitiva.
Y en el instante en que lo sentí explotar dentro de mí, un orgasmo me golpeó desde el centro de mi columna vertebral. No fue un orgasmo controlado, elegante. Fue un maremoto. Una locura extrema que me hizo aferrarme a él con uñas y dientes, gritando como una loca, desgarrando la noche. Al fin y al cabo, estábamos solos. La luna era nuestro único testigo.
Él se derrumbó sobre mí, pesado, rendido, destrozado. Pero feliz. Lo sentía en su respiración agitada, en el latido de su corazón contra mi pecho. Estoy segura que el no podía creerlo. Acababa de poseer a la mujer que tanto había soñado. Y yo acababa de ser poseída por el único hombre que, en el fondo, siempre había deseado.
Nos quedamos así, unidos, mientras la respiración de él volvía a la normalidad y el viento nocturno se aliviaba sobre nuestra piel pegajosa. El peso de su cuerpo sobre el mío no era una carga, era un ancla. El ancla de mi nueva realidad. Podía sentir su latido, lento y satisfecho, un tambor de paz contra mi pecho. Me sentía… completa. Qué palabra tan estúpida. Me sentía invadida, reclamada, marcada. Era un territorio que acababa de ser conquistado, y su bandera, viva y caliente, ondeaba dentro de mí.
Nos quedamos así un buen rato, unidos en el post-orgasmo, ese limbo donde no existe el tiempo ni el pecado, solo la piel y el aliento ajeno. La arena se había vuelto una segunda piel, fría y húmeda bajo mis espaldas, pero el calor de su cuerpo me mantenía a flote.
De repente, sentí que se movía, un intento torpe de separarse. "¿Qué haces, mi amor?" pregunté, mi voz un murmullo pastoso.
—"Mamá… tengo que salirme. Puedo… puedo embarazarte". La voz de él era la de un niño asustado, el sonido de la realidad irrumpiendo en nuestro paraíso.
Mis piernas se cerraron instintivamente sobre su cintura, atrapándolo. "No", dije, mi voz firme, materna y carnal al mismo tiempo. "No te muevas". Mi cerebro, ese serpiente astuto, se activó al instante. ¿Embarazarme? La idea, una bomba atómica en cualquier otro universo, aquí, en esta playa desolada, fue solo una chispa. Una chispa que encendió un incendio.
"No te preocupes", susurré, acariciando su cabello sudado. "Es muy poco probable". Se lo decía a él, pero principalmente me lo decía a mí misma. En realidad, no lo había pensado para nada. Pero la idea… la idea no me disgustaba. Al contrario. Una semilla de él creciendo dentro de mí. La prueba final, la ancla definitiva. La perversidad absoluta de mi propia naturaleza me llenó de un orgullo que era casi sagrado.
Le expliqué, con la calma de una bióloga explicando el ciclo de las mareas. "Conocí a tu padre cuando yo tenía quince años. Él tenía treinta. Lo hicimos sin protección una y otra vez, en asientos de coche, en habitaciones prestadas… y no pasó nada. Por un tiempo, hasta llegamos a pensar que yo era estéril". Sentí cómo su cuerpo se relajaba un poco sobre el mío, cómo absorbía mi historia como un evangelio.
"Nos casaron cuando yo tenía dieciocho, y no fue hasta los diecinueve que salí embarazada de ti. Fue un milagro, una bendición que pensé que nunca tendría". "Para mí es difícil, Andres. En los últimos años con tu padre, no usamos protección y nunca volvió a pasar nada. Así que no te preocupes. Yo no lo hago".
Él se relajó por completo, el miedo desvaneciéndose, reemplazado de nuevo por la confianza. La confianza de un hombre que tiene una mujer que lo sabe todo, que lo controla todo. Estuvimos así un rato más, hasta que por fin, con un movimiento perezoso, se separó de mí.
La pérdida de su peso me dejó vacía por un segundo, sintiendo el aire frío en mi vulva húmeda y usada. Me sentí como una vasija de la que acaba de beberse un dios.
Y entonces lo vi. Su pene, flácido ahora pero todavía imponente, reluciente con nuestros jugos. Y vi en sus ojos la misma chispa de antes. La recuperación rápida de un adolescente. La testosterona pura. Estaba listo para otro round. Y yo, Dios me ayude, yo también lo estaba.... Y volvió a montarme, esta vez no hubo timidez, fue lento, pero más fuerte. Más duro. Se movía con una confianza nueva, la confianza de un hombre que ha conquistado su territorio y ahora lo explora a su antojo. Me dio besos con lengua, profundos, mientras su cuerpo, como un pistón bien aceitado, encontraba un ritmo perfecto. Ya no era un jinete deseoso de ganar una carrera; era el dueño del campo, arando su tierra.
Y esa tierra, mi tierra, respondió. Me vine. Y luego me vine de nuevo, tan pronto que el segundo orgasmo se montó sobre el primero como una ola gigante sobre otra más pequeña. No podía creerlo. La segunda vez fue tan violenta que casi le arranqué la piel de la espalda con las uñas, un grito ronco y salvaje que se perdió en el rugido del océano. Estaba feliz. Más feliz, más satisfecha, más viva que nunca en mi vida. Sentía que estaba arañando el cielo con las puntas de los dedos, que trascendía mi propio cuerpo.
Y entonces el pensamiento golpeó mi cerebro, una joya negra de perversidad. Ese chico que hace dieciséis años salió de mí ahora pugna por entrar por donde vino. La idea, la ironía cruel y divina de nuestro acto, me provocó el tercer orgasmo.
Hicimos el amor tres veces más esa noche. Una y otra vez, hasta que nuestras pieles estaban saladas de sudor y semen, hasta que mis muslos dólares pedían clemencia. Ya no distinguíamos dónde empezaba uno y dónde terminaba el otro. Éramos una sola criatura, una criatura de arena y lujuria, nacida de los restos de un avión y alimentada por la luna.
No dormimos en el fuselaje del avión como de costumbre. Para qué volver a esa jaula de metal. Nuestra casa era ahora esta playa, nuestro lecho la arena. Al final, agotados, nos quedamos dormidos sobre la arena, desnudos y enlazados, como si fuéramos Adán y Eva en su propio Edén.