Mi nombre es Ruth y para serles muy honesta, me veo exactamente como la típica abuelita de los libros de cuentos, con mi cabello blanco cuidadosamente arreglado con permanente, con los ojos tras unas gafas de montura metálica, cara redondeada con mejillas rosadas y una cálida sonrisa con dientes blancos. Mido 1,61 m de altura, a pesar de mi silueta robusta, poseo un busto generoso y maduro que resalta mi feminidad
Vivo sola en una casa en el campo, en un pequeño pueblo distante de donde vive mi hija y su familia. He estado sola desde que mi marido murió cuando yo tenía 62 años, y desde entonces nunca he besado a otro hombre. El interés por el sexo nunca se pierde, o al menos yo no lo perdí, pero a esta edad se tiende a sacarlo de la mente, asumiendo simplemente que nadie va a estar interesado en tener sexo con una vieja.
Como mencioné antes, la navidad pasada mi hija Silvia me invitó a pasar las fiestas con su familia. Viven a más de 100 km de mí, por lo que no los veo muy seguido. Además de mi hija, estarían su esposo Nicolás y sus hijos Lucas y Christina. Como ninguno de mis nietos vive cerca de ellos, todos estábamos de visita. A este grupo se sumaron Maicol, el esposo de mi nieta, y sus dos pequeños hijos. La casa de cuatro dormitorios se hizo realmente pequeña para tanta gente; de hecho, mi nieto Lucas terminó durmiendo en el sofá de la sala.
Siempre he tenido una bonita relación con mi nieto. Sin embargo, con mi nieta Christina nunca he sido muy cercana; desde niña fue un poco distante conmigo, es parte de su forma de ser. Quizás por eso nunca había llegado a conocer bien a su marido, Maicol. A lo mucho, recordaba un breve apretón de manos el día de su boda.
Trabaja como mecánico de automóviles y me parecía un hombre bastante agradable; tenía 28 años, medía 1,83 m de altura, era de cuerpo fornido, cabello corto, piel blanca con pómulos hundidos y un discreto bigote que enmarcaba una agradable sonrisa. Realmente no le presté mucha atención los primeros días que estuve allí, pero poco a poco me fui dando cuenta de que él sí estaba pendiente de mí. Al principio pensé que me lo estaba imaginando, pero empecé a notar que siempre buscaba la manera de estar cerca de mí y que me miraba fijamente cuando pensaba que yo no me daba cuenta. No era solo el hecho de que mirara, sino la forma en que lo hacía. No me habían mirado así en décadas y, aunque parecía ridículo, era exactamente como lo había llegado a imaginar.
Por supuesto que me reí; intenté convencerme de que debía dejar de ser una vieja tonta para imaginar esas cosas sobre el esposo de mi nieta. Sin embargo, por más que me repetía que no, esa sensación persistía, arraigada y vibrante. Una noche, cansada de luchar contra mi propio instinto, decidí ponerlo a prueba.
Estábamos sentados toda la familia charlando y viendo la televisión en la sala, de casualidad había quedado al frente de Maicol, yo estaba usando una falda que terminaba justo arriba de las rodillas, muy discretamente me acomode en la silla, haciendo que mi falda subiese un poco hacia mis muslos (aún a mi edad siempre he tenido unas piernas bien formadas).
A los pocos segundos, Maicol se dio cuenta. Intentó ser discreto, pero su mirada se concentró fijamente en mis piernas. Con el paso de los minutos se acomodó más abajo en su silla hasta conseguir una visión más clara de mis muslos desnudos. Aprovechando su incredulidad, separé las rodillas un poco más. Maicol me miró a ver si me había dado cuenta de su voyerismo, por mi parte, fingí estar distraída mirando hacia otro lado.
Fue entonces cuando él clavó la mirada entre mis muslos, intentando ver más allá; incluso noté cómo pasaba discretamente la palma de su mano sobre el bulto de sus pantalones. No había duda; se estaba excitando. Estaba tan absorto en mis piernas que me sorprendió que nadie más se diera cuenta de lo que pasaba. El cruce de miradas llegó a su fin cuando mi nieta Christina, aburrida de estar en casa, le propuso a su esposo salir a caminar. Maicol dio un respingo, como un niño atrapado con las manos en la masa; se levantó de prisa y salió con ella.
Al día siguiente, Maicol parecía aún más interesado en mí, en el desayuno y almuerzo procuro estar sentado a mi lado, puso su mano sobre la mía un par de veces mientras se reía de los chistes que hizo mi hija, rara vez pareció apartar sus ojos de mi, si hubiese tenido cincuenta años menos, estoy segura de que mi nieta Christina se habría dado cuenta, pero como yo era solo la dulce anciana que es su abuelita, ella debió pensar ante las atenciones de su marido, que solo estaba siendo amable para ganarse a su familia.
Un poco después, mientras hablaba por teléfono en el pasillo con mi otra hija, que vive en Canadá, Maicol pasó junto a mí. Rozando accidentalmente su entrepierna contra mi trasero. En ese instante decidí que llegaría al fondo del asunto. Por la tarde, mientras todos veíamos la televisión, anuncié que saldría al jardín trasero a respirar un poco de aire fresco; justo antes de moverme, miré fijamente al esposo de mi nieta por un segundo. Mi hija me ayudó a ponerme el abrigo para que no pescara un resfriado, y entonces salí.
Pensé que, si Maicol venía, no pasaría nada malo; solo quería confirmar mi creciente curiosidad. ¿Por qué un hombre joven, casado con una mujer tan atractiva como mi nieta, se interesaba tanto en su abuela? Al principio creí que no iría tras de mí, pero tras un par de minutos escuché unos pasos detrás. De inmediato, fingí un profundo interés en un manzano estéril del patio. Le eché una mirada rápida de reojo y luego me adentré en la caseta de las herramientas, al fondo del jardín. Pasaron tres minutos y entonces Maicol entró y dijo:
Habían pasado más de 10 años desde que había tenido un pene en mi boca, puso una mano sobre mi hombro y empezó a masajear suavemente, mientras yo le daba una mamaba. Después de un par de minutos su pene se puso aún más duro dentro de mi boca, y casi sin aliento exclamó:
No dijimos una palabra, el placer de su cara lo decía todo, rápidamente me incorporé mientras él se acomodaba su pantalón y su ropa interior, entonces le avise que saliera primero. Cuando estaba por irse lo detuve y le dije:
Allí me quité el vestido me recosté sobre la cama y con mis piernas bien separadas me acaricie a mí misma, cerrando los ojos fuertemente trate de imaginar a mi difunto marido ahí conmigo, pero la imagen del esposo de mi nieta apareció, era como si yo pudiera sentir su bigote haciéndome cosquillas en los labios de mi vagina mientras me lamia.
El resto del día y todo el siguiente se transformaron en un juego del gato y el ratón. Maicol no dejaba de lanzar miradas, pesadas y llenas de dobles intenciones. Me obsesioné con la idea de no volver a estar a solas con él. Todavía me costaba procesar la realidad; no podía creer que realmente le había dado una mamada al esposo de mi nieta. El remordimiento me carcomía por dentro. Aquello no podía repetirse bajo ninguna circunstancia. Jamás.
La noche siguiente, mientras toda la familia se concentraba frente al televisor en la sala, yo me quedé en la cocina lavando los platos de la cena. Fue cuestión de minutos para darme cuenta del terrible error que había cometido al aislarme. Con los brazos hundidos hasta los codos en el agua jabonosa y el ruido del grifo de fondo, escuché la puerta abrirse a mis espaldas. El corazón me dio un vuelco violento cuando, al levantar la vista, vi el reflejo de Maicol por la ventana.
Al cerrarse la puerta, quede atrapada junto a Maicol y me dijo cortésmente:
El día siguiente era el último antes de regresar a mi casa, me sentía bastante aliviada, sabía que pronto estaría lejos de esta situación que me tenía tan inquieta. Toda la familia, excepto yo, planeaba ir al cine a ver una película; por fin iba a tener una tarde tranquila a solas en la casa. Sin embargo, mientras se preparaban para salir, Christina empezó a discutir con Maicol, quien parecía bastante molesto con ella. Pocos minutos después, él pasó a mi lado acercándose a mis bisnietos, sus hijo y dijo:
Intentaba aferrarme a esa idea. Me senté en la sala buscando distraerme con la televisión, pero bastaron cinco minutos para escuchar los pasos de Maicol hacia la estancia. El miedo me secó la boca, paralizandome la lengua por completo. Sin decir nada y esquivando mi mirada, él caminó hacia la ventana, cerró las cortinas y, con una calma perturbadora, apagó el televisor. Entonces, clavando sus ojos en mi rostro, me dedicó una sonrisa, se plantó frente a mí y se desnudó. Tenía un cuerpo atlético, con pectorales musculosos y bíceps bien desarrollados. Su pecho estaba depilado, pero un vello espeso nacía desde su ombligo y descendía hacia sus piernas. Su pene, semi erecto, lucía imponente.
Sentí que me faltaba la respiración, mientras se sentaba a mi lado en el sofá y empezó a desabrocharme la blusa. Débilmente haciendo un último intento de persuadirlo le hable:
Yacía casi sobre mí, yo pensaba que se iba a montar sobre mí, pero Maicol tenía otras ideas, para mi sorpresa, se levanto y me acomodo sobre la alfombra, de rodillas frente al sofá, mis antebrazos y senos reposando sobre el sillón, entonces se arrodillo detrás de mí, su duro miembro restregándose contra mis nalgas mientras besaba y lamia mis orejas, cuello y garganta. Separando una vez más mis piernas con sus rodillas metió de nuevo un dedo, haciéndome gemir de placer, pensé que nunca volvería a sentir este placer de nuevo. Fue entonces que sentí su joven y potente pene presionando contra mis labios, con un suspiro de satisfacción y placer suavemente me penetró.
Era maravilloso lo que sentía, un pene grande y potente dentro de mí por primera vez en más de 10 años, me empuje hacia él, con lágrimas de éxtasis y placer corriendo por mis mejillas, mientras jadeaba cada vez que sentía sus empujes largos y fuertes en mi, sus bolas golpeando contra mí, me abrazo con una mano agarrando uno de mis senos, los dedos de la otra los llevo a mi vagina hasta encontrar mi clítoris.
Gemía y lloraba de alegría, placer y deseo mientras el joven esposo de mi nieta me cogía, disfrutando por completo de su poderoso y viril pene. En ese momento toda la familia podría haber entrado a la casa, que no me habría importado. Todo mi placer y razón se concentraba en torno al delicioso pene que estaba siendo empujado dentro de mí, y la forma en que me comía la boca me hacían perder el juicio de puro placer. Después de lo que me pareció una eternidad, Maicol me dio un par de embestidas fuertes y tras un gran gruñido sentí como terminaba dentro de mí, llenándome por completo. Me sentía más satisfecha de lo que podía recordar. Me dejé caer hacia adelante en el sofá, mientras Maicol descansaba la cabeza sobre mi cuello y me besaba, sus dedos seguían jugando con mi vagina y mis senos.
Ya estando de regreso en mi casa, pensé que tal vez Maicol solo me había utilizado como un fetiche o la vagina de reemplazo disponible esa navidad, sin embargo en menos de una semana después de mi regreso, Maicol me llamó por teléfono. Él y mi nieta Christina viven a unos 40 kilómetros de distancia. Me comentó que vendría a visitarme en un par de semanas, y tratando de sentirme menos culpable, me dije "Es mejor que mantenga al esposo de mi nieta acostándose conmigo a que salga a buscar a otras mujeres y ella se termine enterando". Ahora espero con ansias su visita.
Vivo sola en una casa en el campo, en un pequeño pueblo distante de donde vive mi hija y su familia. He estado sola desde que mi marido murió cuando yo tenía 62 años, y desde entonces nunca he besado a otro hombre. El interés por el sexo nunca se pierde, o al menos yo no lo perdí, pero a esta edad se tiende a sacarlo de la mente, asumiendo simplemente que nadie va a estar interesado en tener sexo con una vieja.
Como mencioné antes, la navidad pasada mi hija Silvia me invitó a pasar las fiestas con su familia. Viven a más de 100 km de mí, por lo que no los veo muy seguido. Además de mi hija, estarían su esposo Nicolás y sus hijos Lucas y Christina. Como ninguno de mis nietos vive cerca de ellos, todos estábamos de visita. A este grupo se sumaron Maicol, el esposo de mi nieta, y sus dos pequeños hijos. La casa de cuatro dormitorios se hizo realmente pequeña para tanta gente; de hecho, mi nieto Lucas terminó durmiendo en el sofá de la sala.
Siempre he tenido una bonita relación con mi nieto. Sin embargo, con mi nieta Christina nunca he sido muy cercana; desde niña fue un poco distante conmigo, es parte de su forma de ser. Quizás por eso nunca había llegado a conocer bien a su marido, Maicol. A lo mucho, recordaba un breve apretón de manos el día de su boda.
Trabaja como mecánico de automóviles y me parecía un hombre bastante agradable; tenía 28 años, medía 1,83 m de altura, era de cuerpo fornido, cabello corto, piel blanca con pómulos hundidos y un discreto bigote que enmarcaba una agradable sonrisa. Realmente no le presté mucha atención los primeros días que estuve allí, pero poco a poco me fui dando cuenta de que él sí estaba pendiente de mí. Al principio pensé que me lo estaba imaginando, pero empecé a notar que siempre buscaba la manera de estar cerca de mí y que me miraba fijamente cuando pensaba que yo no me daba cuenta. No era solo el hecho de que mirara, sino la forma en que lo hacía. No me habían mirado así en décadas y, aunque parecía ridículo, era exactamente como lo había llegado a imaginar.
Por supuesto que me reí; intenté convencerme de que debía dejar de ser una vieja tonta para imaginar esas cosas sobre el esposo de mi nieta. Sin embargo, por más que me repetía que no, esa sensación persistía, arraigada y vibrante. Una noche, cansada de luchar contra mi propio instinto, decidí ponerlo a prueba.
Estábamos sentados toda la familia charlando y viendo la televisión en la sala, de casualidad había quedado al frente de Maicol, yo estaba usando una falda que terminaba justo arriba de las rodillas, muy discretamente me acomode en la silla, haciendo que mi falda subiese un poco hacia mis muslos (aún a mi edad siempre he tenido unas piernas bien formadas).
A los pocos segundos, Maicol se dio cuenta. Intentó ser discreto, pero su mirada se concentró fijamente en mis piernas. Con el paso de los minutos se acomodó más abajo en su silla hasta conseguir una visión más clara de mis muslos desnudos. Aprovechando su incredulidad, separé las rodillas un poco más. Maicol me miró a ver si me había dado cuenta de su voyerismo, por mi parte, fingí estar distraída mirando hacia otro lado.
Fue entonces cuando él clavó la mirada entre mis muslos, intentando ver más allá; incluso noté cómo pasaba discretamente la palma de su mano sobre el bulto de sus pantalones. No había duda; se estaba excitando. Estaba tan absorto en mis piernas que me sorprendió que nadie más se diera cuenta de lo que pasaba. El cruce de miradas llegó a su fin cuando mi nieta Christina, aburrida de estar en casa, le propuso a su esposo salir a caminar. Maicol dio un respingo, como un niño atrapado con las manos en la masa; se levantó de prisa y salió con ella.
Al día siguiente, Maicol parecía aún más interesado en mí, en el desayuno y almuerzo procuro estar sentado a mi lado, puso su mano sobre la mía un par de veces mientras se reía de los chistes que hizo mi hija, rara vez pareció apartar sus ojos de mi, si hubiese tenido cincuenta años menos, estoy segura de que mi nieta Christina se habría dado cuenta, pero como yo era solo la dulce anciana que es su abuelita, ella debió pensar ante las atenciones de su marido, que solo estaba siendo amable para ganarse a su familia.
Un poco después, mientras hablaba por teléfono en el pasillo con mi otra hija, que vive en Canadá, Maicol pasó junto a mí. Rozando accidentalmente su entrepierna contra mi trasero. En ese instante decidí que llegaría al fondo del asunto. Por la tarde, mientras todos veíamos la televisión, anuncié que saldría al jardín trasero a respirar un poco de aire fresco; justo antes de moverme, miré fijamente al esposo de mi nieta por un segundo. Mi hija me ayudó a ponerme el abrigo para que no pescara un resfriado, y entonces salí.
Pensé que, si Maicol venía, no pasaría nada malo; solo quería confirmar mi creciente curiosidad. ¿Por qué un hombre joven, casado con una mujer tan atractiva como mi nieta, se interesaba tanto en su abuela? Al principio creí que no iría tras de mí, pero tras un par de minutos escuché unos pasos detrás. De inmediato, fingí un profundo interés en un manzano estéril del patio. Le eché una mirada rápida de reojo y luego me adentré en la caseta de las herramientas, al fondo del jardín. Pasaron tres minutos y entonces Maicol entró y dijo:
- Oh, Hola señora. *haciéndose el sorprendido como si no supiera que yo estaba ahí*
- ¿Qué significa esto, Maicol? ¿Por qué me ha seguido hasta aquí adentro? Dígame qué es lo que busca de mí... ¿O es que acaso le gusto?
- No lo sé
- Lo siento, de verdad... No puedo evitarlo. Siempre he sentido una debilidad por las mujeres mayores, pero lo suyo es diferente; desde el primer día me pareció bellísima. Este deseo solo ha ido en aumento y anoche... Anoche en la sala, cuando apreciaba sus muslos, me volví loco. Creo que usted es simplemente magnífica.
- No digas tonterías. Soy una vieja llena de arrugas, mientras que mi nieta es una joven preciosa. Explíqueme cómo un hombre con una mujer tan linda a su lado puede fijarse en alguien como yo.
- No sé qué decirle... Solo sé que me parece increíblemente atractiva señora, y no puedo dejar de pensar en lo mucho que me gustaría acostarme con usted.
- Mire Maicol, no sea tonto, no nos es posible hacerlo, quiero decir…
- De ninguna manera. Christina es mi nieta y usted es su esposo. No podemos andar haciendo esta clase de cosas aquí.
- Los otros deben preguntarse dónde está usted.
- Todos estaban tan entretenidos viendo la película que ni siquiera se dieron cuenta cuando salí.
- Mire, Maicol, yo no voy a acostarme con usted. Soy la abuela de su esposa y es algo que no puedo hacer... pero, solo por esta vez…
- Ohhh… mierda, no puedo creerlo.
Habían pasado más de 10 años desde que había tenido un pene en mi boca, puso una mano sobre mi hombro y empezó a masajear suavemente, mientras yo le daba una mamaba. Después de un par de minutos su pene se puso aún más duro dentro de mi boca, y casi sin aliento exclamó:
- Estoy a punto de terminar… *gimió Maicol*
No dijimos una palabra, el placer de su cara lo decía todo, rápidamente me incorporé mientras él se acomodaba su pantalón y su ropa interior, entonces le avise que saliera primero. Cuando estaba por irse lo detuve y le dije:
- Maicol, esto no puede pasar NUNCA más. Por lo que más quiera, prométemelo.
Allí me quité el vestido me recosté sobre la cama y con mis piernas bien separadas me acaricie a mí misma, cerrando los ojos fuertemente trate de imaginar a mi difunto marido ahí conmigo, pero la imagen del esposo de mi nieta apareció, era como si yo pudiera sentir su bigote haciéndome cosquillas en los labios de mi vagina mientras me lamia.
El resto del día y todo el siguiente se transformaron en un juego del gato y el ratón. Maicol no dejaba de lanzar miradas, pesadas y llenas de dobles intenciones. Me obsesioné con la idea de no volver a estar a solas con él. Todavía me costaba procesar la realidad; no podía creer que realmente le había dado una mamada al esposo de mi nieta. El remordimiento me carcomía por dentro. Aquello no podía repetirse bajo ninguna circunstancia. Jamás.
La noche siguiente, mientras toda la familia se concentraba frente al televisor en la sala, yo me quedé en la cocina lavando los platos de la cena. Fue cuestión de minutos para darme cuenta del terrible error que había cometido al aislarme. Con los brazos hundidos hasta los codos en el agua jabonosa y el ruido del grifo de fondo, escuché la puerta abrirse a mis espaldas. El corazón me dio un vuelco violento cuando, al levantar la vista, vi el reflejo de Maicol por la ventana.
Al cerrarse la puerta, quede atrapada junto a Maicol y me dijo cortésmente:
- Pensé en venir y ayudar a secar los platos señora.
- Me lo prometió… dijo que sería una sola vez... Lo que hicimos fue una locura, un error imperdonable. Esto se acabó, Maicol. Por lo que más quiera, ¡váyase ya de aquí! *había querido sonar firme, pero podía oír el temblor nervioso en mi voz*
- Mmm… lo siento pero no puedo reprimir lo que siento, en verdad deseo mucho su maduro cuerpo.
- ¡Maicol, basta, es una locura! Por favor, llámame después de navidad y lo hablamos a solas. Pero váyase ya.
El día siguiente era el último antes de regresar a mi casa, me sentía bastante aliviada, sabía que pronto estaría lejos de esta situación que me tenía tan inquieta. Toda la familia, excepto yo, planeaba ir al cine a ver una película; por fin iba a tener una tarde tranquila a solas en la casa. Sin embargo, mientras se preparaban para salir, Christina empezó a discutir con Maicol, quien parecía bastante molesto con ella. Pocos minutos después, él pasó a mi lado acercándose a mis bisnietos, sus hijo y dijo:
- Papá no va poder ir. Me empezó a doler la cabeza, así que me voy a quedar en la cama viendo el fútbol en la televisión.
Intentaba aferrarme a esa idea. Me senté en la sala buscando distraerme con la televisión, pero bastaron cinco minutos para escuchar los pasos de Maicol hacia la estancia. El miedo me secó la boca, paralizandome la lengua por completo. Sin decir nada y esquivando mi mirada, él caminó hacia la ventana, cerró las cortinas y, con una calma perturbadora, apagó el televisor. Entonces, clavando sus ojos en mi rostro, me dedicó una sonrisa, se plantó frente a mí y se desnudó. Tenía un cuerpo atlético, con pectorales musculosos y bíceps bien desarrollados. Su pecho estaba depilado, pero un vello espeso nacía desde su ombligo y descendía hacia sus piernas. Su pene, semi erecto, lucía imponente.
Sentí que me faltaba la respiración, mientras se sentaba a mi lado en el sofá y empezó a desabrocharme la blusa. Débilmente haciendo un último intento de persuadirlo le hable:
- Maicol, por favor... Detente, no podemos hacer esto. Soy una anciana y tú eres el esposo de mi nieta. ¡Por Dios, esto está mal!
Yacía casi sobre mí, yo pensaba que se iba a montar sobre mí, pero Maicol tenía otras ideas, para mi sorpresa, se levanto y me acomodo sobre la alfombra, de rodillas frente al sofá, mis antebrazos y senos reposando sobre el sillón, entonces se arrodillo detrás de mí, su duro miembro restregándose contra mis nalgas mientras besaba y lamia mis orejas, cuello y garganta. Separando una vez más mis piernas con sus rodillas metió de nuevo un dedo, haciéndome gemir de placer, pensé que nunca volvería a sentir este placer de nuevo. Fue entonces que sentí su joven y potente pene presionando contra mis labios, con un suspiro de satisfacción y placer suavemente me penetró.
Era maravilloso lo que sentía, un pene grande y potente dentro de mí por primera vez en más de 10 años, me empuje hacia él, con lágrimas de éxtasis y placer corriendo por mis mejillas, mientras jadeaba cada vez que sentía sus empujes largos y fuertes en mi, sus bolas golpeando contra mí, me abrazo con una mano agarrando uno de mis senos, los dedos de la otra los llevo a mi vagina hasta encontrar mi clítoris.
Gemía y lloraba de alegría, placer y deseo mientras el joven esposo de mi nieta me cogía, disfrutando por completo de su poderoso y viril pene. En ese momento toda la familia podría haber entrado a la casa, que no me habría importado. Todo mi placer y razón se concentraba en torno al delicioso pene que estaba siendo empujado dentro de mí, y la forma en que me comía la boca me hacían perder el juicio de puro placer. Después de lo que me pareció una eternidad, Maicol me dio un par de embestidas fuertes y tras un gran gruñido sentí como terminaba dentro de mí, llenándome por completo. Me sentía más satisfecha de lo que podía recordar. Me dejé caer hacia adelante en el sofá, mientras Maicol descansaba la cabeza sobre mi cuello y me besaba, sus dedos seguían jugando con mi vagina y mis senos.
Ya estando de regreso en mi casa, pensé que tal vez Maicol solo me había utilizado como un fetiche o la vagina de reemplazo disponible esa navidad, sin embargo en menos de una semana después de mi regreso, Maicol me llamó por teléfono. Él y mi nieta Christina viven a unos 40 kilómetros de distancia. Me comentó que vendría a visitarme en un par de semanas, y tratando de sentirme menos culpable, me dije "Es mejor que mantenga al esposo de mi nieta acostándose conmigo a que salga a buscar a otras mujeres y ella se termine enterando". Ahora espero con ansias su visita.